Las Fundaciones; Santa Teresa de Jesús

Teología. Literatura mística. Religiosa. Inspiración divina. Dios: grandeza. Estilo. Prólogo: análisis

  • Enviado por: Juan Carlos Triay
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COMENTARIO A “LAS FUNDACIONES” DE SANTA TERESA DE JESÚS

“Inútil pensar para comprender el espíritu de aquella mujer ideal. Ella logró ser Dios mismo en esas andanzas dolorosas de la vida, bien que sufrió su gran pasión muerte por la carne, pero al fin desató a su sangre y a su corazón de su alma”

(Federico García Lorca.

La literatura mística. Santa Teresa. El Libro de las Fundaciones.

La culminación de la mística española se extendió en un período que puede abarcar de 1560 a 1600. Dos figuras emblemáticas(junto a Fray Luis de Granada y a Fray Luis de León) destacan en este período: San Juan y Santa Teresa. Pero ello no debe hacernos olvidar que hay otros místicos españoles en esos años. Podemos citar a pedro Malón de Chaide (1530-1589), agustino autor de “La conversación de la Magdalena”, y a dos franciscanos: Diego de Estella(1524-1578), autor de “Meditaciones devotísimas del amor de Dios”, de un gran vigor intelectual, y a Fray Juan de los Ángeles (1536-1609) con una amplia y abundante obra: “Diálogos de la conquista del espiritual y secreto reino de Dios” y “Triunfo del amor de Dios”.

Una característica peculiar de la literatura religiosa del período es la estrecha unión entre la Mística y la Ascética. Místicos, en el sentido más propio de la palabra serían Fray Juan de los Ángeles, Santa Teresa y san Juan de la Cruz. Estos dos últimos por encima del primero en cuanto valores literarios, religiosos e incluso filosóficos. Viene esto a demostrar que la escuela carmelitana es la culminación de la Mística española universal.

No hay que olvidar que Teresa de Jesús (Ávila, 1515-Alba de Tormes, 1582) fue desde niña amiga de los libros. Entre sus primeras lecturas se encuentran los libros de caballería, el Abecedario Espiritual de Osuna, Bernardino de Lorenzo e incluso Erasmo, aunque este último fue pronto abandonado y nunca reconocido.

Parece que Santa Teresa estaba ya desde niña destinada a la vida monacal. Gustaba de jugar a los conventos y a edificar monasterios. A los 18 años ingresa en el convento abulense de la Encarnación.

En 1560 empieza la reforma carmelita. La Orden había perdido mucho de su primitiva austeridad y la Santa se propuso restablecerla. Esta reforma debió suscitar grandes discordias en la Orden, entre los “descalzos” (reformados) y los “calzados”. A los calzados se unieron nuevos enemigos, que no dudaron en llevarse los escritos de Santa Teresa, concretamente El Libro dela Vida, incluso hasta la Inquisición.

Es interesante el capítulo de la “persecución” por parte de la Inquisición hacia Santa Teresa. Dice Menéndez y Pelayo que el creer que la Inquisición persiguió a santa Teresa no tiene fundamento. No hubo tal persecución, sino que Santa Teresa era una mujer que hablaba y escribía de temas teológicos y místicos, y por ello, según Menéndez y Pelayo la conducta que llevó a la Inquisición con la Santa “nos parecerá prudentísima”.

Además de “El Libro de La Vida” Santa Teresa plasmó en su obra todo el contenido de la teología mística. Así tenemos:

Camino de perfección”: como una vía para llegar a Dios a través de la oración mental y vocal.

Fundaciones”: libro que nos ocupa y que trataremos más profundamente luego.

Libro de las siete moradas”: síntesis de sus experiencias espirituales. El alma es un castillo, en cuya última morada está Dios. Teresa guía al alma para que ésta recorra las moradas y llegue a la última de ellas donde se producirá la ansiada unión con el Amado.

Concepto del Amor de Dios”: donde comenta el cantar de los cantares

Constituciones”: donde recoge las reglas del la Orden Reformada.

Epistolario”, etc.

En lo literario, J. Caminero piensa que la obra de Santa Teresa no es sino un intento de conciliar la raíz empírica de su experiencia mística con las conclusiones sacadas de sus lecturas. Las relaciones de la escritora con el ambiente social de su tiempo se basan en una radical aceptación de la “santa ignorancia” y en una actitud antiliteraria, que sacrificando lo más brillante del ornato retórico la lleva a escribir por obediencias por necesidad de comunicarse. Sus ideas estéticas están basadas en el ensimismamiento, la elevación y el olvido del paisaje.

Una de las características más distintivas de Santa Teresa de Jesús frente a otros místicos es su enérgica defensa de la Humanidad de Cristo como tema de contemplación mística, cuyo ángulo considera Cristo como única puerta de entrada a los secretos de Dios (“Os parecerá que quien goza de cosas tan altas no terná mediación en los misterios de la sacratísima Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, porque se ejercitará y todo en amor”. Moradas VI, 7

Sirva esta brevísima referencia la obra teresiana como introducción al Libro de las Fundaciones, cuyo Prólogo es el tema de este comentario.

El Libro de las Fundaciones sale a la luz por primera vez en 1630 (edición de Amberes), en obsequio al Conde Duque de Olivares (conservado hoy en el Escorial). Tiene esta edición multitud de notas y apostillas, muchas de ellas tachadas, achacadas al Padre Ripalda, rector del colegio de la Compañía de Jesús en Salamanca o al Padre Gracián.

Según la Biblioteca General de Autores, los comentarios de esta edición son “profanaciones” ya que la Iglesia considera el libro de inspiración divina (incluso Santa Teresa hallaba a veces trozos no escritos por su mano, aunque sí con su letra).

Así, considera la BGA “profanación al intercalar en aquel escrito pensamientos no inspirados y ocurrencias frívolas e impertinentes y borrar palabras en el texto mismo, cuando la misma Teresa no se atrevía algunas veces a borrarlo”.

El libro original tiene puesto su título de distinta letra en una hoja en blanco al principio y dice: “Libro original de las fundaciones, de su reformación que hizo en España la gloriosa Virgen Santa Teresa de Jesús escrito de su mano- Librería de San Lorenzo el Real-para perpetua memoria”.

Hay que buscar el origen de Las Fundaciones en el mismo Libro de La Vida, ya que en los capítulos 32 a 36 se detalla la fundación de San José, primer convento reformado. Cada nueva fundación suponía una nueva aventura debido a los esfuerzos y sinsabores que ello conllevaba. Era. Pues, necesario que todo ello fuera recogido por escrito para que quedase constancia. En 1753 el jesuita Padre Ripalda le ordena a Santa Teresa que vaya relatando esas fundaciones. A ella no le parece buena idea el ser elegida ya que dice estar muy ocupada por otros asuntos y, haciendo gala de su gran modestia dice sentirse “algo apretada por ser yo para tan poco, y con tan mala salud”.

Pero el poder de Dios es mayor y va a escribir “por mandato divino”. Concretamente nos habla de una revelación que tuvo en San José de Malagón el segundo día de Cuaresma (Libro de las Relaciones, relación III, párrafo 2.

El tiempo que transcurre entre esa visión y la fecha en que empieza el libro es de 6 años, durante los cuales no para de fundar conventos(Valladolid, Pastrana, Toledo), sin tiempo `para escribir, ya que en 1571 acepta el priorato del Convento de la Encarnación de Ávila, teniendo que parar las fundaciones.

Empieza a escribir definitivamente y, según nos aclara el Prólogo el 24 de agosto de 1573, escribiendo la historia de los ocho conventos de monjas que llevaba fundados (primera parte del libro: 20 primeros capítulos). Primera etapa: Prólogo y capítulos del 1 al 9. La segunda etapa (1574) iría de los capítulos 11 al 20 (Alba de Tormes).

Es interesante destacar que en estas etapas la Santa iba tomando apuntes que luego pasaría a los cuadernos del manuscrito definitivo, con algunos cambios formales.

Santa Teresa quiso dar por terminada la relación de Las Fundaciones en la tercera etapa que va del capítulo (Segovia) al Epílogo, ya que no se veía capaz de afrontar nuevas fundaciones.

Pero con la ayuda del Padre Doria y del rey Felipe II terminaría por fundar los conventos de Villanueva de la Java, Palencia, Soria y Burgos, correspondientes a los capítulos 28 a 30. estos capítulos finales ya no eran provenientes de apuntes o notas sino que fueron redactados así como iban sucediendo, ganando así el texto en veracidad descriptiva.

No escribió Santa Teresa este libro para que las monjas lo leyesen durante su vida. No lo habían de ver hasta que ella muriese “pues mientras fuera viva no lo habéis de ver; seríame alguna ganancia para después de muerta lo que me ha cansado en escribir esto”. Al final de la fundación de Palencia también alude a la poca duración de la vida y parece querer concluir el libro, pues pone: “A Dios sean dadas las gracias”.

La imprenta, pues, no era el objetivo final de sus escritos por ir destinado a“difusión interior”; sabía que serían leídos atentísimamente, no sólo por las monjas, a quienes en algunos escritos debía de aleccionar, sino sobre todo por confesores e inquisidores que, como he referido antes, recelaban si sus éxtasis y su reforma monacal “eran demonio”.

Pero ¿cuál es el objetivo real de Las Fundaciones? No es ni más ni menos que el mostrar la grandeza de Dios. Dios es el verdadero protagonista del libro y lo demás (los conventos, las monjas, la propia Santa Teresa) son meros secundarios que están ahí para alabar a su Señor y prestarle obediencia (“... y deseando que nuestro Señor dé a entender a tos como en estas fundaciones no es casi nada lo que hemos hecho las criaturas. Todo lo ha ordenado el Señor...”). F. 13, 7

Todo lo relatado en el libro está sujeto a la Divinidad. Abundan las transposiciones de lo cotidiano a lo divino. Es, pues, la forma que tiene Santa Teresa de contarnos que cualquier cosa que ocurra en la vida, cualquier situación, nos hace ver la mano de Dios en ello (“¿De dónde pensáis que tuviera poder una mujercilla como yo para tan grandes obras, sujeta, sin sólo un maravedí ni quien con nada me favoreciese?...Mirad, mirad, mis hijas la mano de Dios...”) F.27, 11 y 12.

A destacar también a lo largo de toda la obra es la humildad con la que Santa Teresa habla de ella misma y de sus monjas.

Otro objetivo de la Fundaciones sería el de dejar constancia de aquellos que hicieron posible la reforma y la fundación de los conventos, con nombres y apellidos, pero por otra parte se muestra la Santa cauta al obviar los nombres de aquellos que lo entorpecieron.

La novedad en el Libro de las Fundaciones radica en que, al contrario de otras crónicas de la época, que eran meras copias documentales, aquí no es el documento lo que importa sino el propio recuerdo. No se trata de escribir una cronología histórica o algo por el estilo, sino el ir poniendo sobre el papel los recuerdos de unos viajes cargados de penurias y de problemas que tienen como finalidad el engrandecimiento de Dios.

Estilo.

Según Menéndez Pidal, Santa Teresa escribió cuando su formación estaba ya completa. Escribió, por tanto, apoyada en los recuerdos.

Una causa de la indomable espontaneidad teresiana es la improvisación llevada a grado extremo. La reformadora redacta siempre arrastrada por la rápida afluencia de ideas (“¡Ojalá pudiera yo escribir con muchas manos!”). Camino de Perfección, XXXIII. De ahí elipsis incesantes, concordancias troncadas, paréntesis enormes que hacen perder el hilo del discurso, razonamientos inacabados por desviación del pensamiento, oraciones sin verbo. Recordemos el lema estilístico de Juan Valdés “escribo como hablo”, pero Santa Teresa propiamente ya no escribe como habla sino que habla por escrito, así que el hervor de la sintaxis emocional rebasa a cada momento los cauces gramaticales ordinarios. Santa Teresa aquí se diferencia enormemente con el Padre Granada, nunca vuelve atrás para releer lo escrito.

Así, concentrada intensamente en la propia subjetividad, prescinde por completo de todo uso estilístico. Le ruborizaba el empleo de tecnicismos. Siempre el lenguaje teresiano muestra su atractivo fuera o en posición de todo lo que pudiera llamar “literatura”.

El estilo de Las Fundaciones es más correcto que en sus otros libros anteriores. Mejora el modo de narrar, hay más soltura en la escritura, el orden y el enlace de ideas y hasta en el modo de redondear los períodos (debido, quizás, al trato de gente, a los viajes, etc.). De genio alegre y jovial, carácter sencillo, candoroso y puro. La crítica de situaciones o personajes está llena de agudeza, pero sin malicia alguna.

Al tiempo que habla con sus monjas, Santa Teresa autoreflexiona en monólogo. Dialoga con Dios y cobra el discurso tono de oración. Incluso Dios participa en el lenguaje del coloquio hablando con la carmelita.

Es notoria igualmente la falta de adjetivación en el texto. No importa aquí ornamentar, lo que importa es contrastar situaciones (bien/mal).

Comentario al Prólogo de Las Fundaciones

En cuanto al Prólogo en sí podemos decir en esta breve introducción que realiza la santa es un auténtico tratado de principios. Es claro que la carmelita está decidida a empezar un auténtico libro y nada mejor que empezarlo por un prólogo en el cual expondrá las razones que la motivaron a escribir la obra y el cómo va a ser escrita (“se dirá con toda verdad sin ningún encarecimiento”). Vemos, pues, que santa Teresa va a explicar las cosas tal y como sucedieron, apoyada siempre en sus recuerdos, único soporte del que se va a servir.

La autora quiere dejarnos claro desde un principio que ésta es una obra que realiza por encargo, datando incluso la fecha en que le fue ordenada su realización (“Estando en San José de Ávila, año de mil y quinientos y setenta y dos [...] fui mandada del Padre Fray García de Toledo [...], que escribiese la fundación de aquel monasterio...”).

Aparece, cómo no, la típica captación de benevolencia por parte de la escritora (“Procuraré abreviar, su supiere, porque es mi estilo tan pesado que, aunque quiera, temo que no dejaré de cansar y cansarme”), aunque según mi opinión, lo que late aquí y a lo largo de todo el Prólogo es, como comentado anteriormente, esa declaración de sincera humildad constante en toda la obra teresiana..

Podemos verlo igualmente cuando nos habla de “por tener ya poca memoria”, “conforme a mi poco ingenio y grosería”, etc.

Como se ha visto anteriormente, la función principal es la del enaltecimiento de dios (como en otros muchos ejemplo de la áurea época). Así, no es de extrañar que se le aluda constantemente en el Prólogo poniendo a Su disposición la obra (“le pareció sería servicio de Nuestro Señor”) y encomiándole para que le ayude a llevar a buen término la realización del libro (“plega a nuestro Señor que, pues en ninguna cosa yo procuro provecho mío, ni tengo por qué, sino su alabanza y gloria”).

Igualmente apunta Santa Teresa quién va a ser el destinatario real de la obra, aunque, eso sí, debe llegar a ser ese destinatario cuando ella ya haya muerto (“... con el amor que mis hijas me tienen, a quién ha de quedar esto después de mis días...”).

Vemos, no obstante en Prólogo, 4 que Santa Teresa nos habla de un “lector” posible que pudiera tener acceso a la obra, a quien demanda igualmente gratitud (“una avemaría pido por su amor a quien esto leyere”). Así apunta la carmelita que aunque las destinatarias serían “sus hijas” no está de más dirigirse a un hipotético futuro lector.

Insiste la autora en párrafos finales en recordar que ésta es una obra escrita por encargo y que además de tratar en ella las fundaciones va a hablarnos de otras cosas, que por supuesto tendrán como finalidad alabar al Señor (“... también me mandan, si se ofreciere ocasión trate algunas cosas de oración y del engaño que podría haber para no ir más adelante las que las tienen...”).

Termina el Prólogo con las fórmulas de sumisión al juicio de la Iglesia y aclara que es posible que antes que las monjas lo lean pudiera ir el libro a manos de “letrados y personal espirituales” (recordemos la relación de la autora con la Inquisición). Así mismo se encomienda al Señor, a su Madre (“... cuyo hábito tengo, aunque indigno de él...”, otra vez la modestia teresiana), y a San José.

Y para que quede constancia cierra el Prólogo con la datación y un conciso “sea Dios alabado”.

En cuanto al estilo, el lenguaje de Santa Teresa no es para nada grandilocuente, a causa de ese continuo bullir de ideas, de ese querer “hablar por escrito” del que nos hablaba Menéndez Pidal. La sintaxis teresiana se hace enrevesada y casi laberíntica.

No quería la Santa dejarse fuera ningún dato que explicase lo que describe, no podía abandonar al lector. Así, va llenando el texto con proposiciones parentéticas que no dejan huecos vacíos de información. Por ejemplo, en el Prólogo lo vemos en el párrafo 2. “Estando en San José de Ávila, año de mil y quinientos y sesenta y dos - que fue el mismo que se fundó ese monasterio - fui mandada...

El habla de Teresa de Jesús se caracteriza igualmente por la afectividad, con lo que se produce una atracción al primer plano de los sintagmas que más interés tiene en decir, con lo que se descalaba un tanto el orden lógico:”...que los mortales es bien que tengamos...”, “... y también nuestros bulliciosos movimientos, amigos de hacer su voluntad y aún de sujetar la razón en cosas de nuestro contento, cesan...”. Vemos en el segundo ejemplo cuánto aleja Santa Teresa el verbo de la oración. A veces da la impresión que se le va a olvidar.

Son frecuentes, asimismo, las elipsis relativas dejándonos a los lectores bastante confusos, sin llegar a dilucidar a veces a qué se está refiriendo. Por ejemplo: “...con otras muchas cosas que, quien lo viere, si sale a la luz verá”, “... cosas de oración y del engaño que podrí haber para no ir más adelante las cosas que las tienen...”.

Para terminar, podemos destacar las repeticiones, debidas quizás al descuido: “En esto entiendo... en esto está”, “... se dejarán de decir muchas cosas muy importantes...”, el frecuente uso del “que” con distintos valores, el “la” por el “lo”, el trastocar el “se” reflexivo (“de qué se quejar”, “no se poder sufrir”) y, cómo no, una de las figuras teresianas como es el hacer participar a Dios en el diálogo (“... me dijo el Señor: «Hija, la obediencia da fuerzas»”).

El ardor grande que en aquel pecho santo vivía saltó como pegado en sus palabras de manera que levantan llamas por donde quiera que pasan”2

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De su Epistolario: “aquel día fueron tantas las cartas y negocios que estuve escribiendo hasta las dos, y hízome harto daño a la cabeza, - que creo ha de ser para provecho; porque me ha mandado dotor que no escriba hasta las doce, y algunas veces no de mi letra. Y cierto ha sido el trabajo en este caso ecesivo este invierno; y tengo harta culpa, que por no me estorbar la mañana, lo pagaba el dormir...”

2 Fray Luis de León refiriéndose a la Santa abulense.