El príncipe; Nicolás Maquiavelo

Filosofía renacentista. Pensamiento maquiavélico. Autoridad. Gobierno y poder político. Contexto histórico. Biografía. Obras filosóficas

  • Enviado por: Javierb
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NICOLÁS MAQUIAVELO Y EL PRÍNCIPE

LECCIONES PARA LA VIDA, LA POLÍTICA, LA EMPRESA Y MÁS...

ÍNDICE

1.- CONTEXTO SOCIAL, HISTÓRICO Y POLÍTICO

2.- NICOLÁS MAQUIAVELO: BIOGRAFÍA Y OBRAS. CRONOLOGÍA

3.- EL PRÍNCIPE: CONTENIDO

4.- SELECCIÓN DE TEMAS Y TEXTOS

5.- ANÁLISIS Y VALORACIÓN

6.- BIBLIOGRAFÍA

1.- CONTEXTO SOCIAL, HISTÓRICO Y POLÍTICO

1.a. EL RENACIMIENTO

            Hacer una breve presentación de un tema como el Renacimiento resulta difícil, por cuanto requiere estimar apropiadamente una gran cantidad de conceptos, hechos históricos, consideraciones sobre economía, política, religión, etc. costoso de sintetizar; es éste un tema que se comprende mejor por contraste, por el hecho de que en si mismo no es sino una tremenda revolución en la mentalidad de las elites intelectuales de Europa Occidental.

           Otros temas en los cuales las diversas obras que abordan el tema suelen detenerse -las manifestaciones artísticas, las grandes transformaciones técnicas, las guerras de Italia, el mecenazgo de los Médici- no son sino manifestaciones secundarias del fenómeno más profundo: con el Humanismo se instala en la alta cultura laica una nueva visión del mundo, una manera irreductiblemente diferente de comprender el mundo de lo real.

            Esta nueva visión del mundo fue una visión completa: implicó una nueva economía, una nueva política, una nueva teología, una nueva antropología, una nueva filosofía natural.

            Fue también un fenómeno eminentemente intelectual, que afectó en primer medida a los pensadores, estudiosos y productores culturales europeos. No deberíamos utilizar el término Renacimiento para caracterizar la totalidad de una época. En realidad, el Humanismo fue un fenómeno palaciego, una corriente de pensamiento eminentemente aristocrática y elitista. El hombre común -el campesino, el artesano, el sirviente, el mendigo, el comerciante- vio su vida relativamente poco afectada por esta revolución de mero corte intelectual.

De hecho, la visión generalmente optimista que acompaña a la descripción de la etapa renacentista, olvida que fue también un período de guerras violentas, de persecuciones de criptojudíos en España, de quema de brujas en Italia, de estallidos de crisis religiosas y psicosis milenaristas, de una incontrolable subida de los precios de los productos agrícolas básicos, de abusos contra los indígenas americanos cometidos por muchos de los primeros conquistadores.

Cabe preguntarse, pues, acerca de qué fue el Renacimiento para todos estos individuos. Indudablemente, una vez que salimos del atelier de Leonardo da Vinci, de las academias florentinas de los Médici, del escritorio de Tomás Moro y Erasmo de Rotterdam, o si obviamos a autores como Marsilio Ficino o Giovanni Pico della Mirándola, el tópico rótulo de Renacimiento pierde gran parte de su sentido.

            No obstante, y sin ningún género de dudas, la transformación intelectual que afectó a la elite cultural europea constituye un tema clave en la Historia de la cultura occidental que merece examinado con detenimiento. Como una muy limitada muestra de ello, presentamos a continuación un único texto que nos ha llamado particularmente la atención por cuanto creemos sintetiza la aportación de Maquiavelo a la profunda transformación en las mentalidades ocurrida a finales del siglo XV y comienzos del siglo XVI.

           Con esta célebre obra, objeto de nuestra atención, Maquiavelo no sólo funda la ciencia política moderna, sino que impulsa -como nunca antes nadie- la consolidación de un campo autónomo de pensamiento y conocimiento humano, al margen del pensamiento teológico. Si durante la Edad Media la teología había fagocitado a la filosofía, en esta obra Maquiavelo independiza brutalmente al pensamiento político del discurso religioso cristiano. En efecto, presenta una ética, una escala de valores opuesta a la lógica de la moral cristiana oficial.

Para Maquiavelo, aquellas virtudes que la teología moral alaba en mayor medida, constituyen graves errores en la práctica política. En su decálogo invertido, aquellas virtudes que permiten a un hombre ganar el cielo, pueden provocar, sin embargo, a un Príncipe la perdida de su estado. De hecho, Maquiavelo sugiere entre líneas que, en un mundo perverso como el que vivimos, quien cumple con los preceptos del Decálogo judeo-cristiano, ...más camina a su ruina que a su preservación.

El mismo capítulo 15, de donde se ha extraído el siguiente párrafo, incluye una de las frases más revulsivas de todo el libro: el Príncipe debe aprender a ser malvado según su conveniencia y necesidad; se trata, en definitiva, del célebre precepto que justifica cualquier medio para alcanzar un fin, aunque nunca llegue a expresarse de tal manera.

Ciertamente, no nos cuesta demasiado entender las razones por las que El Príncipe pasó a integrar rápidamente la lista de libros condenados por la Iglesia romana.

Réstanos tratar de la conducta y procedimientos que debe seguir un Príncipe con sus súbditos y con sus amigos. Sé que muchos han escrito de este asunto y temo que al hacerlo ahora yo, separándome de las opiniones de los otros, se me tenga por presuntuoso. Pero mi intento es escribir cosas útiles a quienes las lean, y juzgo más conveniente irme derecho a la verdad efectiva de las cosas, que a cómo se las imagina; porque muchos han visto en su imaginación repúblicas y principados que jamás existieron realmente. Tanta es la distancia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que quien prefiere a lo que se hace lo que debería hacerse, más camina a su ruina que a su preservación, y el hombre que quiere portarse en todo como bueno, por necesidad fracasa entre tantos que no lo son, necesitando el Príncipe que quiere conservarse, aprender a poder ser no bueno y a usarlo o no usarlo, según su necesidad.

Prescindiendo, pues, de Príncipes imaginados, digo que todos los hombres de quienes se habla, y especialmente los Príncipes, poseen cualidades dignas de elogio o de censura: unos son liberales, otras avaros, algunos crueles y otros compasivos; unos afeminados y miedosos, otros animosos y aún feroces; humildes o soberbios; castos o lascivos; sinceros o astutos; religiosos o incrédulos.

Comprendo que en el concepto general sería por demás laudable encontrar en un Príncipe todas las citadas cualidades, las que se tienen por buenas; pero no siendo posible tenerlas ni practicarlas por entero, porque no lo consiente la condición humana, el Príncipe debe ser tan prudente que sepa evitar la infamia de aquellos vicios que lo privarían del poder, y aún prescindir, mientras le sea posible, de los que no acarrean tales consecuencias. No debe tampoco cuidarse de que le censuren aquellos defectos sin los cuales le sería difícil conservar el poder, porque, considerándolo bien todo, habrá cualidades que parezcan virtudes y en la aplicación produzcan su ruina, y otras que se asemejen a vicios y que, observándolas, le proporcionen seguridad y bienestar.

1.b. CONTEXTO HISTÓRICO Y POLÍTICO

Cambios socioculturales en Florencia

Florencia se encontraba entre los siglos XIII a XV, en el corazón de una zona muy fragmentada políticamente, en el interior de la cual no deja escapar ocasión alguna que se presentase de ampliar su propio territorio. Hacia 1450, la república de Florencia alcanzará una superficie de unos 15.000 Km2, llegando desde los alrededores de Bolonia hasta la Umbría.

La extensión de la soberanía florentina se obtuvo con frecuencia, gracias a la compra de ciudades (Livorno, Borgo San Sepolcro); otras veces se conquistaban por la fuerza de las armas (Pisa).

Florencia aumentó de forma considerable su población, pasando de 50.000 habitantes a casi 100.000 habitantes hacia el año 1300; pero la curva demográfica florentina se orientó en ese momento hacia un descenso, en parte provocado por las epidemias que azotaron las poblaciones de Europa en los siglos XIV-XV. Ante este panorama, el hecho de convertirse en el centro político de un territorio más vasto no favoreció la evolución de Florencia. La demografía de los dominios florentinos fue siguiendo poco más o menos una tendencia análoga a la de su capital.

La mayor preocupación del Común radicaba en asegurar la libertad y la seguridad de las vías comerciales que lo unían a su vastísima área económica. La situación política italiana durante este período está en un momento de transición continua; a los antiguos Comunes (cuyas dimensiones, en general apenas sobrepasaban los límites de la ciudad), los van sustituyendo poco a poco las Señorías, que englobaban varios burgos y ciudades y que dominaban las familias más ambiciosas, que imponían a menudo organizaciones autoritarias a sus territorios.

La ciudad toscana nos ofrece el caso de una zona dominada por un sistema Común, que trata de erigirse en Estado territorial, pero manteniendo su base republicana.

En su constitución interior Florencia, siguió apocada a las fórmulas comunales que habían madurado durante el siglo XIII; en los siglos siguientes se verá afectada por todo un proceso de transformaciones, que no logrará hacerla desaparecer.

Las magistraturas que regentaban Florencia, permanecerán invariables hasta el siglo XV y vendrán caracterizadas por la brevedad de sus funciones y por el ejercicio colegiado del poder. Tratándose de una comunidad soberana, la autoridad de sus magistrados emanaba directamente de la misma. No todos eran electores, ya que no todos gozaban de derechos políticos (los ciudadanos con tales derechos, eran sólo una minoría). A los habitantes de las campiñas próximas se les denegó la participación en el poder, por cuanto sólo podrían ser electores aquellos que hubieran sido inscritos en algunas de las asociaciones corporativas de oficios (Artes) y que fuesen contribuyentes en regla con los impuestos. Los florentinos designaban a sus magistrados por sorteo, extrayendo sus nombres de cierto número de bolsas en los que habían sido depositados con anterioridad. Para formar parte de los elegibles era preciso haber obtenido dos tercios de los votos, en el momento de la renovación de candidatos.

La duración de los cargos políticos era muy breve, como muchos de los Comunes italianos de la Edad Media, que imponían un sistema rápido de rotación para las magistraturas. En Florencia, los nueve miembros de la magistratura suprema, alcanzaban un mandato de sólo dos meses de duración y tan sólo después de dos años podían nuevamente formar parte de ella. Se les llamaba Priores, siendo además representantes de las Artes ante el gobierno. Uno de éstos priores, denominado Gonfaloniero, cumplirá funciones como la de ser portaestandarte del Común o presidir la jefatura de las fuerzas armadas y el consejo de Priores.

El gobierno era, en fin, colegiado, y las decisiones de la Señoría no eran viables sin la mayoría de los dos tercios de los magistrados. Tales decisiones se tomarán a menudo con el concurso de otros dos consejos restringidos: el Colegio de los Buenos Hombres (doce miembros); y el Colegio de los Gonfalonieros (cuatro por distrito y dieciséis en total; cada distrito aportaba cuatro compañías ciudadanas armadas). Desde 1329 la corporación legislativa se componía de dos Consejos, el del Podestá (doscientos cincuenta ciudadanos), y el del Capitán del Pueblo (trescientos ciudadanos). Estos órganos habituales del poder eran regidos a veces, en momentos políticamente cruciales, por una asamblea soberana o Balia, a la que se confería la autoridad absoluta, de modo coyuntural. Este órgano era elegido por el pueblo, reunido en la plaza de la Señoría, teniendo reconocido el poder de tomar decisiones sin apelación, si bien los magistrados seguían en sus puestos.

Los florentinos vivieron mucho tiempo ciñéndose a su constitución comunal, fundamentada en los Ordinamenti di Giustizia, de 1293, hasta la segunda mitad del siglo XV; no hubo tentativas serias de modificación debido, quizás, a los recuerdos que acerca de grandes conflictos y esfuerzos mantenía la ciudadanía, lo que provoco a su vez que acabara siendo considerada intocable a los ojos de la mayoría de los ciudadanos.

Así es como, desde el siglo XIII, el régimen florentino se presenta a la vez como popular, democrático y republicano y, sin embargo, desde sus orígenes hasta su final, la República de Florencia, fue fundada sobre la exclusión de una parte importante de sus habitantes en la participación activa en la vida política.

Toda la historia de Florencia, se inscribe bajo el signo de la ofensiva más o menos victoriosa de una elite social que consigue hacer ilusorias las conquistas políticas de la constitución comunal. El pueblo de Florencia (sus hombres de empresa, los comerciantes y los artesanos), habían hecho de la ciudad toscana uno de los centros más importantes de la producción textil de Occidente; toda una serie de actividades diversas (desde el comercio hasta la banca), se habían desarrollado en torno a este motor de la vida económica ciudadana.

La gran debilidad de las clases bajas florentinas consistía en que se mantenían aferradas al sistema corporativo, por cuanto se consideraba una estructura válida a la que era preciso acudir, consiguiendo los notables vaciarlo plenamente de substancia, tanto en el terreno económico como en el político.

La industria florentina, como era general durante la época, tenía caracteres peculiares que separaban a los asalariados de los empresarios, pues estos últimos, sin que tuviesen en sus manos la actividad textil, disponían de los medios para asegurarse la solidaridad de los dueños de las empresas complementarias. La incipiente burguesía importaba las materias primas, gestionaba las tareas productivas intermediarias, comercializaba el producto acabado.

Así, quienes se hicieron con el control de los sectores claves de la economía urbana, serían igualmente designados para dirigir la política de su ciudad. Florencia no medraba gracias a grandes instituciones religiosas o culturales; la base de su poder residía en su economía, por lo que, quienes destacaban en la actividad económica no podían dejar de constituir su clase dirigente, resultando inevitable que, pausada pero incesantemente, sus miembros fueran superando las encarnizadas rivalidades familiares y de clase que les habían enfrentado, llegando a unirse en la vida social, para conseguir un dominio casi total sobre la ciudad.

Florencia, que desde finales de la Edad Media constituyó uno de los polos más activos de la península italiana, seguirá jugando un papel dominante en el campo cultural; a modo de ejemplo, tan solo citar a Dante, Petrarca, Bocaccio, Brunelleschi, Donatello, Masaccio, Leon Battista Alberti, Andrea del Castagno, Filipo Lippi, Piero della Francesca, Andrea del Verrocchio o Benozo Gozzoli. Gracias a estos y otros nombres Florencia se convertirá en un verdadero centro artístico, al cual volverán su mirada otras áreas europeas, tomándola como referencia a seguir.

Italia y la cuestión del Estado absolutista

Si bien es cierto que el estado absolutista surge en el Renacimiento, en Italia, debido a las instituciones universales (Papado e Imperio Germánico) no se llegó nunca a la formación de una monarquía territorial unificadora. El determinante fundamental del fracaso absolutista recae en el temprano desarrollo del capital mercantil en las ciudades del norte de Italia, que impidió la aparición de un poderoso Estado feudal reorganizado en el plano nacional.

La riqueza y la vitalidad de las comunas lombardas y toscanas derrotó el más serio esfuerzo por establecer una monarquía feudal unificada, que podría haber echado las bases de un absolutismo posterior. El eclipse simultáneo del Imperio Germánico (Federico II, Manfredo) y del Papado (Alejandro III, Inocencio IV, Urbano IV), convirtió a Italia en el eslabón débil del feudalismo occidental.

Desde mediados del siglo XIV hasta mediados del siglo XVI, diferentes ciudades norteñas y del centro ubicadas entre los Alpes y el Tíber vivieron una revolucionaria experiencia histórica, el renacimiento de la civilización de la Antigüedad clásica.

La civilización renacentista que apareció en Italia fue de una gran vitalidad; su evolución política fue diferente a la de sus prototipos de la antigüedad clásica. Mientras que las repúblicas municipales de la época clásica dieron lugar a imperios universales, sin ninguna ruptura básica de su continuidad social, debido a que el expansionismo territorial era una prolongación natural de su inclinación militar y agraria, las ciudades del Renacimiento siempre estuvieron en desacuerdo con el campo; su legislación se concentraba en la propia economía urbana; eran repúblicas con sufragio formal y gobernadas por grupos restringidos de banqueros, manufactureros, mercaderes y terratenientes, cuyo denominador común era la riqueza, la posesión de un capital.

El protagonismo económico de las ciudades del Renacimiento italiano, se mostró precario en tanto dependiente de las cortes internacionales, en competencia con los paños ingleses y franceses y las marinas holandesa e inglesa, influenciado las bancarrotas españolas, siendo al mismo tiempo la estabilización política de las oligarquías republicanas surgidas de las luchas entre los patriciados y los gremios, difícil. El conjunto de estas tensiones (en las ciudades del norte y del centro de Italia) constituyó el marco para el auge de las Señorías.

La expansión de las Comunas condujo a la conquista de las ciudades por los señores rurales cuyos territorios se habían incorporado a ellas. La mayor parte de los primeros tiranos del norte, feudatarios o Condottieri, tomaron el poder valiéndose de su situación de poder en las ciudades.

La soberanía de las Señorías acostumbró a tener dudosa legitimidad, por cuanto se basaban en el fraude personal y la fuerza, sin disponer de sanción colectiva en la jerarquía o cumplir las normas aristocráticas y, a pesar de su modernismo, fueron de hecho incapaces de generar la forma de Estado característica de la primera época moderna, el absolutismo monárquico unitario.

El meollo del problema de la unidad italiana durante el Renacimiento consistía en la ausencia de una nobleza feudal dominante, lo que impidió la aparición en Italia de un absolutismo peninsular; y derivado de ello, la de un Estado unitario contemporáneo de los de Francia o España.

2.- NICOLÁS MAQUIAVELO: BIOGRAFÍA Y OBRAS. CRONOLOGÍA

Niccoló Machiavelli, castellanizado Nicolás Maquiavelo, nació en 1469, hijo de un hombre de leyes, de familia de cierta raigambre, aunque de escasos recursos. Recibió una completa formación humanística, para entrar en 1498 al servicio de la república florentina como secretario de la cancillería Su vida fue consagrada a la teoría y praxis política, la que dedujo de la observación y su experiencia directa de la confusión política. En 1498, cuando contaba con 29 años, fue nombrado Secretario de la Señoría de Florencia, equivalente hoy en día a un Secretario de Relaciones Exteriores, cargo que durante más de catorce años. Siempre lo desempeñó con entereza y honestidad, demostrando una inigualable capacidad diplomática, pero sus actividades se extendieron a numerosas misiones diplomáticas, tanto con sus vecinos italianos como con los soberanos de Europa. Si analizamos la vida y las obras de Maquiavelo, nos damos cuenta de que en realidad el menos maquiavélico de los hombre fue él mismo.

Del encuentro con el emperador Maximiliano surgió, en 1508, su obra Informe sobre los asuntos de Alemania; de unas misiones con el rey Luis XII nació, en 1510, el Informe sobre los asuntos de Francia; después de pasar un tiempo al lado de César Borgia escribió, en 1503, la Exposición sobre la forma como el Duque de Valentinois derrotó a Vitellozzo Vitelli, Oliverotto de Fermo, el señor Pagolo y el duque Gravina Orsini.

En quince años de República Florentina, hasta la vuelta al poder de los Médici, en 1512, tuvo variadas responsabilidades políticas y técnicas, incluyendo la organización militar completa de cuerpos de infantería y de caballería.

En el año 1513 fue alejado del poder, fue destituido de su puesto, encarcelado y torturado. Fue puesto en libertad cuando se decreto la amnistía a los presos políticos en honor a la elevación al solio Pontificio del Cardenal Juan llegando a sufrir tortura. Fue confinado en su casa de campo y fracasó en sus numerosas tentativas de lo que algunos críticos han considerado fue pretender la simpatía de los retornados Médici, nuevos amos de Florencia y de Roma, en tanto que otros lo consideran presentar su propia valía y buscar el reconocimiento merecido.

En todo caso y fruto parcial de esta situación de inactividad, nacieron De Principatibus, Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio e Iistorie Fiorentine. Con excepción de esta última obra, sus demás escritos fueron publicados después de su muerte.

Sólo retomará (parte) de sus anteriores funciones políticas en el año 1526, para morir poco tiempo después, en junio de 1527.

La experiencia en la actividad política, así como las dotes de observador para conocer la psicología del político y los intereses que mueven a las masas, unido todo ello a su agudeza y brillante estilo, han hecho de Nicolás Maquiavelo uno de los más leídos, aunque también más discutidos escritores políticos. No fue un teórico contemplativo; trató de deducir de la práctica política una teoría experimental del Estado y sus actores, fueran éstos Príncipes o pueblos. Ha tenido ilustres admiradores (Napoleón, Richelieu) y acérrimos detractores, como Federico de Prusia, que lo retrató en su Anti-Maquiavelo.

La obra literaria de Maquiavelo contiene, aparte de otros escritos menores:

- De Principatibus, El Príncipe (1513)

- Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio, Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1513-19)

- Dell'arte della guerra, El arte de la guerra (1516-20)

- Istorie fiorentine, Historia de Florencia (1521-25)

- Belfagor arcidiavolo (1549)

- La Mondragola, La mandrágora (1520)

- Clizia (1549).

CRONOLOGÍA

1469
El 3 de mayo nace Nicolás Maquiavelo en una antigua y noble familia toscana.

El estado florentino es una república donde los Médici, de hecho, ejercen la soberanía absoluta.

1469-1470
A la muerte de Pedro de Médici, le suceden sus hijos Lorenzo y Julián.

1478
Abril: conjura de los Pazzi contra Lorenzo y Julián de Médici, que resulta muerto.

1492
Abril: Muerte de Lorenzo de Médici, llamado el Magnifico. Le sucede su hijo Pedro II.

1494
Expedición de Carlos VIII a Italia. Pisa se sacude el yugo de Florencia.

Los Médici son expulsados de la ciudad. Se proclama la República.

Savonarola es omnipotente en Florencia.

1497
Excomunión de Savonarola.

1498
Suplicio de Savonarola.

Junio: A los 29 años Maquiavelo ingresa en la Cancillería florentina como Secretario.

Julio: Se incorpora al servicio de los diez magistrados encargados de la guerra y de los asuntos extranjeros.

1499
Marzo: Es enviado en misión ante el señor de Piombino.

Junio: Es enviado ante Catalina Sforza, en el sitio de Pisa.

1500
Primera legación de Maquiavelo en Francia.

1502
Maquiavelo es enviado en comisión a Arezzo. Acompaña a Urbino, para negociar con César Borgia, y a monseñor Soderini, obispo de Volterra y futuro cardenal, hermano de Soderini, que pronto será Gonfalonero vitalicio.

Octubre: Legación de Maquiavelo ante César Borgia en Imola.

Maquiavelo presencia el asunto de Sinigaglia.

1503
Legación de Maquiavelo en Roma, después de la muerte de el Papa Alejandro VI.

1504
Segunda legación de Maquiavelo en Francia.

Misión a Piombino. Publica un poema, La Primera Decenal.

1505
Misión de Maquiavelo a Mantua. Misión ante el ejército florentino que sitia Pisa.

1506
Diversas misiones de Maquiavelo sobre el territorio de la República.

Segunda legación de Maquiavelo ante el Papa Julio II, al que seguirá en su expedición guerrera.

1507
Misión de Maquiavelo a Piombino, a Siena, a Bolzano.

1509
Misión de Maquiavelo ante el ejército que sitia Pisa. Legación en Mantua, en Verona. Maquiavelo publica La segunda decenal.

1510
Tercera Legación de Maquiavelo en Francia. Legación en Siena

1511
Misión de Maquiavelo ante Luciano Grimaldi en Mónaco.

Cuarta Legación de Maquiavelo en Francia.

Maquiavelo es comisionado para reclutar tropas en el territorio de la República.

1512
Misión de Maquiavelo en Pisa.

Regreso de los Médici a Florencia y destitución de Maquiavelo.

1513
Maquiavelo es aprisionado y es liberado despuesde meses.

Es exiliado de Florencia a su casa de campo en San Casciano.

Sostiene una activa correspondencia con su amigo Francisco Vettori.

Escribe De Principatibus y trabaja al mismo tiempo en los Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio.

1514
Notable actividad literaria de Maquiavelo.

1516
Ofrece a Lorenzo, duque de Urbino, el tratado de El Príncipe.

1518

Maquiavelo asiste regularmente a las reuniones literarias en los jardines de los hermanos Rucellai en Florencia. Prosigue con su actividad literaria.

1519
Maquiavelo es encargado por el cardenal Julio de Médici, futuro Clemente VII, de escribir la Historia de Florencia. Termina su libro El Arte de la Guerra.

1521
Misión confiada a Maquiavelo por el gobierno de los Médici, ante los Hermanos Predicadores de Carpi.

1525
Legación de Maquiavelo en Venecia.

1526
Numerosas misiones de Maquiavelo ante el ejército de la Liga.

1527
Toma de Roma por las tropas imperiales mandadas por el Condestable de Borbón.

Los Médici son expulsados de Florencia. Maquiavelo parte en misión a Civita-Vecchia ante el almirante Doria.

Regresa, enfermo, a Florencia.

Muere a los 58 años el 22 de junio.

Es inhumado en Santa Croce.

1532
Publicación de El Príncipe, los Discursos y la Historia de Florencia.

3.- EL PRÍNCIPE: CONTENIDO

Junto con el nombre de Nicolás Maquiavelo nos surgen en la mente ideas de complots, intrigas, hipocresías, mentiras, o figuras como la familia Borgia, desde el Papa Alejandro VI a sus hijos Lucrecia y Cesar Borgia.

Su libro más famoso, El Príncipe, se ha considerado como un manual de crueldades, para un príncipe inmoral, y se dice que, habiendo sido libro de cabecera de múltiple reyes y mandatarios, el mismo Napoleón lo consideraba de lo más inspirador. El Príncipe es el manual del gobernante renacentista: secular, profesional, nacionalista y expansionista. Es un breviario del arte de conservar el poder, en el que desiste de todo intento de buscar una justificación teológico-racional del poder: el poder se justifica a sí mismo y es árbitro absoluto de todo lo que, pretendidamente, eran sus reglas hasta este momento, incluida la moral. Veremos que tres son los factores que juegan en todo el proceso de adquisición, conservación y pérdida de los Principados: fortuna, virtud y talento-mérito.

Escrito con gran elegancia y en un estilo claro y sencillo, muestra, asimismo, una gran erudición histórica y un intelecto poderosos en la capacidad de extraer conclusiones y de razonar, así como una gran lucidez en todo lo relativo a las consecuencias políticas de la actuación moral. Notable, igualmente, es el nacionalismo que muestra, pudiendo sostenerse incluso que, salvando las distancias, Maquiavelo fuese demócrata, republicano y partidario de un gobierno justo y no despótico, sin necesidad de hacer excesivos esfuerzos.

... Es mejor que el Príncipe sea justo (o en todo caso, que lo aparente)...

En los primeros capítulos trata de los diferentes tipos de principados y como debe de comportarse un Príncipe con relación a su conquista y administración; resalta entre sus conclusiones:

... los hombres cambian con gusto de señor, creyendo mejorar; y esta creencia los impulsa a tomar las armas contra de él; en lo cual se engañan, pues luego la experiencia les enseña que han empeorado...

y esto es algo que se olvida tanto en empresas como en gobiernos. Aconseja al nuevo Príncipe, que si el principado que conquistó es de la misma provincia y lengua que el anterior, va a ser relativamente fácil mantenerlo, si no es casi imposible, más aún si el estado era un estado relativamente democrático. Esto puede ayudar a entender porque las fusiones y adquisiciones de empresas tienen tantos problemas con su administración: sólo precisamos cambiar lengua y provincia por cultura organizacional.

Por otro lado, debe cuidarse tanto de que la descendencia del anterior Príncipe desaparezca como de que los tributos y las leyes se mantengan inalteradas; ello es sumamente importante para evitar concitar el odio del pueblo, porque:

... los hombres olvidan primero la muerte de un padre que la perdida de un patrimonio...

Si en lugar de leer desaparezca lo cambiamos por pedir la renuncia, este principio es aplicable cuando se renueva toda la descendencia del Príncipe anterior, tras unas elecciones; pero tampoco el sector empresarial está de esta práctica: cuando se cambia a un Director General, normalmente se efectúa un cambio radical en todos los puestos de confianza alrededor de él y luego se continúa el proceso hacia abajo. Esto nos lleva a otro principio, cual es:

... a los hombres hay que conquistarlos o eliminarlos, porque si se vengan de las ofensas leves, de las graves no pueden; así que la ofensa que se haga a un hombre tiene que ser tal que no pueda vengarse...

Pero como los romanos vieron con tiempo los inconvenientes, los remediaron siempre, y jamás les dejaron seguir su curso para evitar una guerra, porque sabían que una guerra no se evita, sino que se difiere para provecho ajeno.... Nunca fueron partidarios de ese consejo que está en boca de todos los sabios de nuestra época «hay que esperarlo todo del tiempo»; prefirieron confiar en su prudencia y en su valor no olvidando que el tiempo puede traer cualquier cosa consigo...

No nos parece, al leer estas palabras, que nos separen quinientos años; más bien nos sentimos confundidos de su actualidad y como a cada rato se nos dice que hay que esperar... no hay que tomar decisiones precipitadas... las cosas cambiaran con el tiempo, mientras normalmente en realidad el tiempo juega a favor de nuestros adversarios. En la mayoría de los casos es una excusa, una excusa aparentemente noble, lo cual nos tranquiliza los ánimos, una excusa a una falta de determinación, visión o simplemente que no sabemos qué hacer, una excusa que nos permite esperar y no arriesgarnos. Luego nos excusaremos que no tuvimos suerte, mientras que a los que tuvieron éxito los juzgaremos al revés, es decir que tuvieron suerte. La ocasión propicia, nos dice el florentino, es importante pero también es importante saberla aprovechar, y eso depende exclusivamente de nosotros y sin los méritos la suerte es inútil.

Estas ocasiones permitieron que estos hombres realizaron felizmente sus designios, y por otro lado sus méritos, permitieron que las ocasiones rindieran provecho.

El momento más peligroso para un Príncipe, llegará cuando lo haga el éxito: éste genera el mayor peligro, porque despliega seguridad, no permite cuestionar las actuaciones y normalmente lleva al exceso de confianza; a este respecto, indica:

Esta es la conducta que debe de seguir un Príncipe prudente: no permanecer nunca inactivo en los tiempos de paz, sino, por el contrario, hacer acopio de enseñanzas para valerse de ellas en la adversidad, a fin de que, si la fortuna cambia, lo halle preparado para resistirle.

Poco cuesta ver lo mismo reformulado en un gurú del mundo empresarial como Peter Drucker: las empresas tienen que cuestionar la validez de su misión y objetivos cuando tienen éxito, porque es el único momento en el cual tienen el tiempo y los recursos para realizarlo.

Por consiguiente, éstos Príncipes nuestros que ocupan el poder hacía mucho tiempo, no acusen a la fortuna por haberlo perdido, sino a su ineptitud. Como en épocas de paz nunca pensaron que podían cambiar las cosas (es defecto común de los hombres no preocuparse por la tempestad durante la bonanza), cuando se presentan tiempos adversos, atinaron a huir y no a defenderse.

Así sucede con la fortuna, que se manifiesta con todo su poder allí donde no hay virtud preparada para resistirle y dirige sus ímpetus allí donde sabe no se han hecho diques para contenerla.

Maquiavelo pasa a analizar cuales son las principales virtudes que tiene que tener un Príncipe exitoso, y se pregunta si tiene que ser pródigo o avaro, y afirma que el Príncipe prodigo es amado por poco tiempo por sus súbditos, porque se quedará rápidamente sin dinero y tendrá que aumentar los impuestos para balancear sus finanzas, y al cambiar su actitud será tenido por avaro, mientras que si desde el principio es avaro en realidad será amado porque:

... al ver que con su avaricia le bastan las entradas para defenderse de quién les hace la guerra, y puede acometer nuevas empresas sin gravar al pueblo, será tenido siempre por más pródigo, pues practica la generosidad con todos aquellos a quienes no quita, que son innumerables, y la avaricia con todos aquello a quiénes no da, que son pocos.

Con lo que no es del Príncipe ni de sus súbditos se puede ser extremadamente generosos... sólo el gastar lo de uno perjudica. No hay cosa que se consuma tanto a sí misma como la prodigalidad, pues cuanto más se la practica, más se pierde la facultad de practicarla...".

Lo mismo pasa con la crueldad: descarta el uso de la crueldad a menos que sea extremadamente necesario, porque existe una clemencia cruel y una crueldad piadosa:

... porque con pocos castigos ejemplares será más clemente que aquellos que, por excesiva clemencia, dejan multiplicar los desordenes, causa de matanzas y saqueos que perjudican a toda la población, mientras que las medidas extremas adoptadas por el príncipe solo van en contra de uno.

Y la pregunta que ha preocupado a innumerables líderes, surge inevitablemente: ¿vale más ser amado o ser temido? Es importante resaltar que la palabra que usa es temido y no odiado y asegura que un Príncipe odiado no retendrá mucho tiempo su reino: será derrocado por el pueblo. Lo ideal sería que fuese temido y amado a la vez, pero ser amado depende de los demás y no está totalmente bajo control del Príncipe, mientras el ser temido depende de él; termina recomendando que es más conveniente ser temido, para lo que se apoya, inexorable, en su concepción de la naturaleza humana:

Porque de la generalidad de los hombres puede decirse esto: que son ingratos volubles, simuladores, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro. Mientras les haces bien, son completamente tuyos,: te ofrecen su sangre, sus bienes, su vida y sus hijos, pues ninguna necesidad tienes de ello; pero cuando la necesidad se presenta se revelan... porque las amistades que se adquieren con el dinero y no con la altura y la nobleza del alma son amistades merecidas, pero de las cuales no se dispone y llegada la oportunidad no se pueden utilizar. Y los hombres tienen menos cuidado en ofender a uno que se haga amar de uno que se haga temer; porque el amor es un vínculo de gratitud que los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que pueden beneficiarse; pero el temor es miedo al castigo que no se pierde nunca.

Tenemos, sin embargo, que mencionar también la parte más negativa que se le atribuye: el Príncipe no tiene que respetar la palabra dada, sino sentirse vinculado solamente por la razón de estado, donde se resalta la idea del famoso maquiavelismo: una es la ética para la gente otra la ética para el Príncipe. Ese concepto lo sustenta en la perversidad de los hombres: si fuese realmente lo que idealmente se concibe, debería luchar con las leyes, pero el hombre casi siempre, en la lucha, se comporta como un animal, y el animal lucha solamente con la fuerza (recalca esta idea exponiendo que el Aquiles fue educado por el centauro Quirón, el centauro, ser mitológico, mitad hombre y mitad animal, porque el líder tiene que luchar como ambos, entre los animales como zorro y como león, zorro para poder detectar las trampas y los engaños y león para tener la fuerza de oponérsele). Todo lo anterior, recalca, no sería válido si los hombres fuesen buenos, pero como no lo son y no observaran las leyes para con el Príncipe, tampoco el Príncipe lo tiene que hacer para con ellos.

Lo importante es que sea siempre estimado: aconseja al Príncipe que se reúna con sus súbditos, converse con ellos, dé prueba de sencillez y generosidad, pero sin olvidarse jamás de la dignidad que lo inviste y que no deberá faltarle en ninguna ocasión.

Llega finalmente a preguntar como se sabrá si el Príncipe es realmente un buen Príncipe, que puede dirigir con éxito el país; simplemente llama la atención hacia los hombres que lo rodean, su siguiente nivel, escogidos por él: de la capacidad y sabiduría de ellos se podrá inferir, sin error, la capacidad del líder. Y no deberá preocuparse de si el pueblo pregunta si es o no el líder o en realidad sólo lo parece porque sus colaboradores son buenos. Esa pregunta no tiene sentido porque:

... ningún Príncipe que no sea sabio puede ser bien aconsejado.

Esto es tan importante y tan poco común que en la gestión de empresas se le ha dado hasta un nombre al efecto contrario efecto pigmeo: el jefe se rodea de gente inferior en capacidad a él, y éstos contrataran a gente inferior a ellos... y así hasta llegar a la nada. Porque todos tienen miedo a que sus colaboradores lo puedan rebasar, aunque con ello lo que demuestran es falta de capacidad y sabiduría.

Es bien importante que el líder entienda esto porque para que no se dé el efecto pigmeo la responsabilidad es suya, no de sus colaboradores. Y más importante es evitar los aduladores: los que simplemente nos dicen lo que queremos oír y nos sugieren cómo proceder.

Pero no hay otra manera de evitar la adulación que el hacer comprender a los hombres que no ofenden al decir la verdad; y resulta que, cuando todos puedan decir la verdad, faltan al respeto. Por lo tanto, un Príncipe prudente debe preferir un tercer modo: rodearse de los hombre de buen juicio de su Estado, únicos a que dará libertad para decir la verdad, aunque en las cosas sobre las cuales sean interrogados y sólo en ellas. Pero debe interrogarles sobre todos los tópicos, escuchar sus opiniones con paciencia y después resolver por sí en su albedrío. Y con estos consejeros comportarse de tal modo que nadie ignore que será tanto más estimado cuanto más libremente hable... Debe preguntar a menudo, escuchar con paciencia acerca de las cosas sobre las cuales ha interrogado y ofenderse cuando alguien no se la ha dicho por temor... Fuera de ellos no escuchar a ningún otro, poner enseguida en práctica lo resuelto y ser obstinado en su cumplimiento.

Esto nos lleva a reconsiderar el famoso dicho de que "Todo pueblo tiene el gobierno que se merece" completándolo con "Todo jefe tiene a los subordinados que se merece"; depende de él que sean buenos subordinados, que hablen con la verdad, que no sean solamente aduladores, que solamente buscan la forma de complacer. Cesare Romiti, Administrador delegado de la FIAT, al preguntársele que esperaba de un subordinado contestó: " No quiero un colaborador fiel, para eso me compro un perro, no necesito alguien que trate de adivinar lo que quiero escuchar para agradarme, quiero un hombre que me sea leal, que si no está de acuerdo conmigo me lo diga de frente y lo sostenga con razones...". Lealtad no es fidelidad y siempre tenemos la tendencia a confundirnos: lealtad es una virtud en el mundo administrativo; la fidelidad es una falta, que nos produce tal vez placer, pero no nos es útil en cuanto a obtener buenos resultados. En las empresas, muchas veces procedemos precisamente al revés: tenemos miedo y nos molesta si alguien no esta de acuerdo con nosotros, cuando deberíamos nombrar un abogado del diablo para así poder asegurar que la decisión que se tomó fue considerando todas las razones posibles en contra. Se cuenta que Alfred Sloan, Presidente de la General Motors, al someter una decisión a su consejo y al no recibir ninguna objeción concluyó: "Si no hay ninguna objeción es probable que sea una mala decisión. Será mejor irnos a dormir y regresar mañana para discutir los problemas que se nos ocurrirán al examinar un poco más la propuesta".

Nicolás Maquiavelo creó una muy importante en materia política. Describió con exactitud la situación de su época, contribuyendo a fundar las bases de la política moderna. Aunque su teoría es calificada muchas veces de perversa, hay que tener en cuenta que las ideas de está fueron extraídas de los actos políticos del siglo XV.

Maquiavelo no es el creador del sistema político que recomienda. El análisis que realiza sobre los diferentes procedimientos eran practicados por Felipe el Hermoso, Luis XI, Enrique VII, Isabel de Inglaterra, las repúblicas y los príncipes italianos. Se le atribuye el principio de que "El fin justifica los medios", que parece fluir en muchos pasajes de su obra, pero esa actitud ya era implementada por los mandatarios de la época. Él sistematiza la realidad política de esa época.

En él virtud tiene el significado de los antiguos: capacidad y fuerza, la cual puede dar pie a comportamientos (justificados según él, tratándose de política).

Toda esta concepción está fundamentada en un método que Maquiavelo expone con claridad: hay que buscar el realismo en la política, una "verdad efectiva" que se mantenga al margen de mitos y utopías que hermosean la realidad de una manera hipócrita y que son características de la filosofía y de la religión. La historia del hombre demuestra que es imposible extirpar el mal del corazón humano. Con respecto a los sucesos políticos, parece adoptar el esquema cíclico propuesto por Polibio, según el cual, la decadencia de un estado seguiría de manera irremisible a su esplendor. Sin embargo, aporta una corrección importante a ese esquema: ese proceso no es inevitable, dado que puede hacérsele frente con la virtud del pueblo y de los magistrados, a través de un retorno a los principios que dieron fuerza al primitivo estado. En este punto entran dos fuerzas que mutuamente se entrelazan: la virtud y la fortuna (suerte, casualidad). La fortuna denota las condiciones que no dependen de la voluntad ni de la libertad de los hombres, frente a las cuales, sin embargo, no debe uno refugiarse pasivamente en la esperanza, sino que se debe intervenir activamente para dominarlas. Maquiavelo adjudica a la virtud posibilidades mucho mayores que a la fortuna. Así, defiende que las posibilidades de éxito no pueden relegarse únicamente a la fortuna, sino que dependerán también de la virtud de quien actúe.

Es Francia el país que presenta un mayor desarrollo en cuestión de este tipo de gobierno al conseguir ser la nación más compacta de toda Europa puesto que a partir de 1439 todo el poder se concentra en las manos del monarca con lo que poco después puede contar el país con un ejercito preparado y además los impuestos se centralizan con lo cual las pequeñas regiones que disponían de recursos propios se encuentran con estos centralizados y ya no tiene el poder anterior para hacer frente al rey.

CONTENIDO POR CAPÍTULOS

CAPÍTULOS I-XI

A lo largo de estos once capítulos, Maquiavelo describe diferentes tipos de principados atendiendo a cómo se consiguen y a cómo, posteriormente, se conservan, por parte del Príncipe.

Así, tenemos:

1.- Principados hereditarios: Han estado siempre gobernados por un Príncipe, por lo que el conservarlos no entraña mucha dificultad. Sólo ha de procurar seguir actuando de manera acorde a lo que sus antepasados hacían.

2.- Principados mixtos: Se trata de principados nuevos, pero que han estado anexionados algún tiempo a otro Estado. Estos principados presentan la peculiaridad de que sus habitantes esperan muchas mejoras con el cambio de Soberano y, si el Príncipe no gobierna bien, se decepcionan y se revelan contra él. De esta manera, el Príncipe no puede confiar ni en las gentes a quien ha arrebatado los territorios ni en su propio pueblo.

Otra dificultad que puede surgir es que sea un pueblo con lengua, religión y tradiciones totalmente distintas. Se precisa mucha suerte para poder mantener un Principado así. La mejor solución es pasar a residir en ese país, pero nunca hay que ocuparlo militarmente o establecer colonias.

Además, deberá defender al débil e ingeniárselas para derrocar a los poderosos, ya que son más peligrosos que los primeros: es mucho más difícil que sea arrebatado un el reino si el Príncipe está rodeado de siervos, los cuales le veneran ya que les mantiene y les proporciona riquezas, que si está acompañado de nobles, avariciosos, fuertes y capaces de cualquier cosa si le odian.

Antes de describir otros tipos de principados, Maquiavelo nos habla de las distintas vías existentes para llegar a conseguir gobernar un Principado nuevo.

a) La primera manera es por medio de la virtud y de las propias armas. Conseguir un nuevo principado por medio de la virtud, es difícil de ejecutar, pero fácil de mantener después. La dificultad está en que, una vez conquistado el Principado, debe introducir nuevas instituciones y debe enfrentarse a aquellos a los que aprovechaba el anterior régimen.

b) Otra forma es por medio de la fortuna. Ésta forma, por el contrario, permite más facilidad de conseguir el nuevo principado, pero representa mayor dificultad el mantenerlo, debido a que suelen ser o adquiridos por dinero u otorgados por otro. De esta manera, se pasa a depender de quienes anteriormente reinando.

c) Si se pretende conseguir un reino por medio de la vía de la conquista usando un ejército propio u otro ajeno, decir que considera más segura la opción de utilizar ejército propio, ya que tras el uso de uno ajeno no es prudente mantener la confianza en el mismo, sobre todo si es poderoso.

d) Una forma más conlleva la utilización del crímen y el terror. Las artimañas que se practican para llegar a gobernar por esta vía, son tales como asesinatos de ciudadanos notables, traición al amigo, carecer de palabra, de honor, de respeto, de religión, etc. Es costoso de alcanzar el poder por medio de esta vía, nos dice, pero después, si se instaura una dura disciplina, es fácil de mantener.

3.- Principados civiles: El Príncipe que haya conseguido llegar a gobernar uno de estos principados ha sido designado por sus conciudadanos, no ha hecho esfuerzo expreso alguno, en principio.

La elección la ha podido ejercer el pueblo o los notables. Si los que le han alzado hasta el poder han sido los notables, será más difícil mantenerlo, ya que está rodeado de personas a las que, al considerarse iguales que el Príncipe, no puede gobernar de la misma manera que a la generalidad de los ciudadanos; con ellas que corre más peligro. Sin embargo, tras el caso de ser elegido por el pueblo, habrá poca gente que quiera verle derrocado, siendo más numerosos los apoyos, además de resultar más fácil defenderse de los grandes, con el apoyo del pueblo, que en caso contrario.

4.- Principados eclesiásticos: En este caso, la principal dificultad se encuentra antes de adquirir los propios principados, ya que, una vez adquiridos, por medio de la virtud o de la fortuna, se sustentan por medio del poder de la Iglesia.

Son estados atípicos, por cuanto nunca le son arrebatados al Príncipe que esté en posesión de ellos, a pesar de no contar con defensa, y los súbditos, aunque no están sojuzgados, no intentan rebelarse contra su señor. Son, por lo tanto, los más felices y seguros.

CAPÍTULOS XII-XIV

En estos tres capítulos, Maquiavelo explica la importancia de tener un ejército propio, mencionándonos tres tipos de ejércitos: el propio, el mercenario, y el mixto, que es una mezcla de ejército auxiliar y mercenario.

Nos dice que las peores tropas con las que se puede contar son las mercenarias y las auxiliares, ya que las mercenarias son generalmente indisciplinadas y muy ambiciosas, valientes con los amigos pero cobardes con los enemigos; sólo se mantienen fieles por el sueldo acordado, pero en cuanto llega la guerra, tienden a escabullirse.

En el caso de las tropas auxiliares, pueden ser buenas y efectivas, pero para los intereses de otros; el príncipe que haya pedido tropas auxiliares a un señor poderoso, si es derrotado, queda destrozado, y si vence, queda a merced de su auxiliador.

Recomienda al Príncipe prudente que deberá prescindir de este tipo de tropas y tener un ejército propio, por mayor seguridad. Son gente que le habrá de respetar y que está dispuesta a morir por él. El buen Príncipe, además, debe ser un maestro en el arte de la guerra; de hecho, no debería pensar prácticamente en otra asunto. Esto, además de asegurarle victorias en el campo de batalla en futuras guerras, acrecienta su autoridad entre los suyos.

Además, para adiestrar la mente, deberá leer la historia de los antepasados eminentes y tomar como modelo a alguno de ellos, como mentores óptimos.

CAPÍTULOS XV-XXIII

Un Príncipe puede tener muchos rasgos, y algunos de ellos ser considerados buenos en un primer análisis, pero tras ser reconocidos como previsibles, pueden llegar a resultar contraproducentes para el adecuado ejercicio del poder.

Tal podría ser el caso de la liberalidad que, con el paso del tiempo, puede hacerle devenir involuntariamente en tacaño, ya que no puede ser generoso con todos y habrá de disgustar a muchos. Por eso es mejor que un Príncipe se acerque más a la cualidad de tacaño, con lo que se convertirá invariablemente en liberal ante los ojos de sus súbditos, ya que comprueban que, gracias a su parsimonia, adecua sus rentas a sus necesidades, puede defenderse de los enemigos y puede desarrollar las más diversas empresas sin gravar excesivamente a sus pueblos.

Asimismo, debe procurar ser considerado clemente, pero con moderación, y no demasiado cruel, aunque a veces ésta última cualidad puede serle útil. Debe crear entre sus súbditos temor y respeto, y cuidar de no tener demasiada confianza con ellos, actuando con prudencia y humanidad. Puede conseguir ser temido y no ser odiado si respeta los bienes de sus súbditos, así como a sus mujeres y familias, a la vez que procede a ejecutar a quien lo merezca. Por otro lado, no le ha de preocupar su posible fama de cruel cuando se encuentre rodeado de sus soldados, ya que perderían la disciplina y se tomarían demasiada confianza.

En resumen, para que un Príncipe triunfe, debe crear un ambiente de respeto y temor hacia su persona, pero evitar el ser odiado por los suyos.

Otro rasgo a destacar en un Príncipe es el respeto a la palabra dada. A este respecto, los ejemplos que Maquiavelo aporta e interpreta en su libro muestran que entre los reyes de la antigüedad fue habitual conseguir victorias engañando, sin primar el mantenimiento de compromisos o promesas previas, aunque la victoria final correspondió a los que supieron manejar en cada circunstancia el grado de fidelidad a este rasgo.

Una guía rápida acerca de cómo actuar en cada momento le llega al Príncipe de la consideración de que habrá dos caminos a seguir: la ley (propia de los hombres) y la fuerza (propia de los animales), aunque debe desenvolverse adecuadamente en ambos.

Utiliza una doble analogía para representar ciertas cualidades que, de forma añadida, precisará el Príncipe. Son las que clásicamente se atribuyen a dos animales emblemáticos: el zorro, astuto, que sabe esquivar las trampas, y el león, que puede defenderse de los lobos.

Quienes solo practican las virtudes del león no se dan cuenta muchas veces de lo que están haciendo. La adecuada consideración de esta cualidad le llevará al buen Príncipe a aparentar clemencia, sinceridad y otras virtudes, pero solo a aparentarlas, ya que habrá situaciones en las que deberá actuar en sentido opuesto.

En el capítulo más extenso del libro expone e insiste en cómo ha de evitar el Príncipe ser odiado: para que el pueblo no le desprecie y le odie, el Príncipe ha de evitar usurpar sus bienes y sus mujeres, así adquiere buena reputación y no corre peligro de conjuras.

Tiene que preocuparse, pues, de los asuntos internos, además de los externos, de los extranjeros poderosos; estima que siempre que los asuntos interiores vayan bien, los relacionados con el exterior también lo irán, ya que se crea una buena reputación internacional.

Cuando los asuntos exteriores van bien, lo que el Príncipe debe temer son las conjuras interiores, en el caso de que el pueblo no esté contento, pero mientras lo esté, nadie se atreverá a preparar conjuras, para las que siempre se precisará de apoyos.

Maquiavelo nos muestra diversos ejemplos históricos a fin de asentar la opinión de que un Príncipe deberá ser duro y cruel en ocasiones, pero no tanto como hasta el punto de hacerse odiar, porque todos los que lo fueron terminaron sus reinados de forma trágica. Es éste uno de los puntos más destacables del libro y uno de los principales consejos a tener en cuenta por el nuevo Príncipe.

Es fundamental mantener la seguridad en el propio Estado y, si bien existen muchas maneras de actuar al respecto, sólo algunas resultan de utilidad: mantener armados a los súbditos, ya que, así, el Príncipe asegura su propia defensa, en tanto que si los desarma, les ofende y genera odio hacia si. Por otro lado, al carecer de ejército, se verá obligado a contratar un ejército mercenario, o a pedir ayuda a alguno extranjero, errores que, como ya nos ha indicado con anterioridad, no debe cometer.

Construir fortalezas es otro buen procedimiento, ya que refrenan a los que puedan planear atacar al Príncipe desde el interior, además de servir de defensa contra agresiones externas, si bien las fortalezas pueden llegar a ser perjudiciales en según qué circunstancias. Es por ello que Maquiavelo insiste en que la mejor defensa es el tan recalcado hecho de no ser odiado por el pueblo.

Nos obliga, en este momento, a centrar la atención en la reputación que un Príncipe se crea con respecto a los restantes soberanos. Se puede alcanzar buena reputación en el exterior por muchos procedimientos: realizar grandes empresas, a la vez que se domina la administración de los asuntos interiores; ser buen amigo a la vez que un enemigo temible, lo que quiere decir que es hábil en sus alianzas (siempre con Príncipes menos poderosos) contra otros; por reconocimiento respecto a la reputación que mantiene entre el pueblo, permitiendo y facilitando que los ciudadanos ejerzan sus profesiones con libertad, promocionando festejos y espectáculos, dando premios a los más sobresalientes.

Deberá el Príncipe, también, elegir cuidadosamente a los ministros que le habrán de acompañar en el poder, ya que si un ministro es hábil, el pueblo pensará que el príncipe es inteligente y ha sabido elegir sabiamente, pero si ocurre lo contrario, su reputación se verá dañada. Los ministros deben merecer total confianza, poseer una comprobada fidelidad, y proporcionar consejos que el Príncipe pueda estimar y llevar a la práctica con total seguridad.

En efecto, Maquiavelo insiste en que el buen Príncipe debe aprender a pedir consejo y seguir los que él crea que son apropiados, pero habrá de exigir que se le proporcionen sólo cuando él lo estime preciso y acerca de los asuntos de su interés.

CAPÍTULOS XXIV-XXVI

Expone aquí Maquiavelo qué entiende por Fortuna y por Virtud.

Asegura que se le presta más atención a un Príncipe nuevo que a uno antiguo y, si éste lo hace bien, sus súbditos le servirán con más fuerza que si fuera antiguo. Si un Príncipe nuevo crea un nuevo dominio e implanta buenas leyes y forma un buen ejército, doble será su gloria, al igual que doble será la vergüenza de aquél que habiendo nacido Príncipe, se hunde en la desidia. Es ésta una primera comparación que hace entre virtud y fortuna. El primer Príncipe habrá triunfado gracias a la Virtud, en tanto que el segundo, que llegó a gobernar sin esfuerzo alguno, esto es, contando con Fortuna, fracasa. Echando mano a otra lección histórica, resalta el caso de reyes que echaron la culpa de su fracaso a la fortuna y que, y sin embargo, la culpa era de su falta de virtud. Quien de verdad triunfa es aquel que nace con la virtud de poder reinar. También presenta ejemplos de otros que decían tener virtudes, porque triunfaban, aunque en realidad lo que poseían era fortuna en conjunto con circunstancias favorables de su época.

Maquiavelo entiende por Virtud la capacidad de gobernar, casi un haber nacido con las capacidades necesarias para ello. Es un concepto de difícil aprehensión; evoca un carácter audaz, generoso, valiente, que conoce el temor a veces violento, preocupado de no cometer injusticias vanas; es una prudencia aguerrida, capaz de medirse con la realidad política. No es tanto una calidad, como una operación; no se mide con la figura del gobernante, sino por la relación de éste con la realidad, y cómo se inscribe en la Historia humana a través de lo militar, lo económico y lo político. Ni todos lo Príncipes ni todos los estados necesitan de ella: algunos heredan de tiempos calmados que se autoconservan.

Por Fortuna, entiende el encontrarse inmerso en una serie de circunstancias que le llevan al Príncipe al poder, sin poseer aptitudes para ello. Hay una inextricable complejidad de causas y de razones: la extrema confusión se suma a las pasiones y a la necesidad, en un conjunto. La acción de la fortuna, esto es, la suerte, el azar, la vida, sobre los Príncipes, no es homogénea. Los grandes hombres serán engrandecidos o rebajados por ella, pero ello no cambia sus disposiciones, su firmeza de espíritu, su carácter. No forja ni fabrica a los Príncipes fundadores. Son virtuosos aquéllos cuya voluntad resiste a los ataques de la fortuna y logran crear rupturas políticas en la confusión de los hechos humanos, por lo que la acción del Príncipe no será moral, sino ordenadora. Su preocupación fundamental ha de centrarse en su relación con su pueblo y con la universalidad de su obra. El justo medio es antinatural y todo exceso de un lado u otro tiene un precio.

No obstante, nos presenta casos de personajes que llegaron a reinar gracias a la Fortuna y, después de seguir el ejemplo de antepasados ilustres, se mantuvieron en el trono. Esto es, que el Príncipe llegó al poder gracias a la Fortuna, para adquirir, gracias a su esfuerzo la Virtud de gobernar.

4.- SELECCIÓN DE TEMAS Y TEXTOS

En El Príncipe, nuestro autor ofrece múltiples ejemplos de sus enormes dotes de observación y de su profundo conocimiento de la psicología del ser humano. Una muestra de ello lo conforma la siguiente selección de extractos, no textuales, de la mencionada obra. Así, nos habla de:

Resistencia a los cambios:

Los hombres viven tranquilos si se les mantiene en viejas formas de vida, ya que la incredulidad de los hombres, hace que no crean en las nuevas ideas hasta que no las experimentan. Por ello, la naturaleza de los pueblos es muy poco constante; resulta fácil convencerles de una cosa, pero resulta difícil mantenerlos convencidos.

Cualidades del Príncipe:

Ciertas cualidades debe poseer el Príncipe, que si se observan permanentemente resultan perjudiciales, pero si sólo aparenta tenerlas son útiles; por ejemplo: parecer clemente, leal, humano, íntegro, devoto... y serlo, pero tener el ánimo predispuesto de tal manera que si es necesario no serlo, pueda y sepa adoptar la cualidad contraria.

Apariencia:

Todos ven las apariencias, pero pocos llegan a lo que se es.

Delegar las medidas impopulares:

Los Príncipes debe ejecutar a través de otros las medidas que puedan acarrearle odio y ejecutar por sí mismo aquellas que le reportan el favor de los súbditos. Debe estimar a los nobles, pero no hacerse odiar del pueblo.

Elección y manejo de consejeros:

No hay otro medio de defenderse de las adulaciones que hacer comprender a los hombres que no lo ofenden si dicen la verdad; pero cuando todos la pueden decir, puede llegarse a la falta de respeto. Un Príncipe prudente se procura un tercer procedimiento: elegir hombres sensatos y otorgarles solamente a ellos la libertad de decirle la verdad y únicamente en aquellos asuntos acerca de las que les pregunta y de ninguna otra.

La venganza:

A los hombres se les ha de mimar o aplastar, pues se vengan de ofensas ligeras ya que de las graves no pueden, es decir, si se decide aplastarlos, debe ser tan fuerte que no haya ocasión a temer su venganza.

Contraer obligaciones:

La naturaleza de los hombres es contraer obligaciones entre si, tanto por los favores que se hacen como por los que se reciben.

Entretener al pueblo:

Se debe entretener al pueblo en las épocas convenientes del año con fiestas y espectáculos.

Alianzas:

Hay que guardarse de establecer alianzas con alguien más poderoso que uno, para atacar a otros, a no ser que se vea forzado a ello. En caso de victoria se convierte en prisionero, en tanto que los Príncipes deben evitar en la medida de lo posible estar a la discreción de los demás.

Prestigio:

Se adquiere prestigio tanto cuando se es un verdadero amigo, como cuando se es un verdadero enemigo, es decir, cuando se pone resueltamente en favor de alguien contra algún otro. Esta forma de actuar es siempre más útil que permanecer neutral, porque cuando dos estados vecinos entran en guerra, como sean de tales características que si vence uno de ellos haya de temer al vencedor y éste no quiere amigos dudosos que no lo defiendan en la adversidad, en tanto que el derrotado no concederá refugio por no haber compartido su suerte en su momento con las armas.

Es de gran ayuda el dar ejemplos sorprendentes en su administración de los asuntos interiores, de forma que cuando algún subordinado lleve a cabo alguna acción extraordinaria (positiva o negativa), se adopte un premio o un castigo que dé suficiente motivo para que se hable de él. Hay muchas gentes que estiman que un Príncipe sabio debe, cuando tenga la oportunidad, fomentarse con astucia alguna oposición a fin de que, una vez vencida, brille a mayor altura su grandeza.

Apariencia de las cosas:

La poca prudencia de los hombres impulsa a comenzar un asunto y, por las ventajas inmediatas que ella procura, no se percata del veneno que está escondido debajo.

Prudencia:

El que no detecta los males cuando nacen, no es verdaderamente prudente.

El arte de la guerra:

Un Príncipe que no se preocupe del arte de la guerra, aparte de las calamidades que le puedan acaecer, jamás podrá ser apreciado por sus soldados ni tampoco fiarse de ellos.

Lo que se debe hacer:

Quien deja a un lado lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende antes su ruina que su preservación.

Generosidad:

El Príncipe ha de ser liberal con todos aquellos a quienes no quita nada -que son muchos- y tacaño con todos aquellos a quienes no da, que son pocos. Con aquello que no es suyo, ni de los súbditos, se puede ser considerablemente más generoso, ya que el gastar lo de los otros no le quita consideración, antes bien, la aumenta.

Castigos:

Con pocos castigos ejemplares será más clemente que aquellos otros que, por excesiva clemencia, permiten que los desórdenes continúen, situación de la cual surgen asesinatos y rapiñas.

Naturaleza humana:

Se puede decir que los hombres son ingratos, volubles, simulan lo que no son y disimulan lo que son, huyen del peligro, están ávidos de ganancia. Mientras se les hacen favores se ponen completamente a disposición, ofrecen la sangre, los bienes, la vida y los hijos cuando la necesidad está lejos; pero cuando ésta se viene encima, vuelven la cara. Los hombres olvidan antes la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio.

Evitar el odio del pueblo:

El Príncipe debe hacerse temer, de manera que si le es imposible ganarse el amor del pueblo, consiga evitar el odio, porque puede combinarse perfectamente el ser temido y el no ser odiado.. Ha de evitar así todo aquello que lo pueda hacer odioso o despreciado.

Cuándo iniciar el combate:

Nunca se debe continuar con los problemas para evitar una guerra, ya que no se la evita, sino que se la retrasa con desventaja.

Imitar a los hombres:

El hombre prudente imita a aquellos que han sobresalido en la Historia extraordinariamente, con el fin de que, aunque no se alcance su virtud, permanezca siquiera algo de su esencia.

Las recompensas:

Una nueva recompensa nunca borrará la vieja injusticia que se cometió con alguien.

La crueldad:

Se puede hacer un buen o mal uso de la crueldad. Positiva será cuando se aplique de una sola vez y de golpe, asegurándose que ya no se intente ninguna sublevación sobre el Príncipe. Pero será mal utilizada cuando vaya aumentando poco a poco sin ayudar, y solo se atribuirá fama de benévolo o cruel.

Las injusticias y los favores:

Las injusticias se deben hacer todas a la vez, por la necesidad de asegurarse y que hagan menos daño, mientras que los favores se deben hacer poco a poco con el objetivo de que se aprecien mejor. Mal usadas son aquellas que, pocas en principio, van aumentando con el transcurso del tiempo, en lugar de disminuir.

Es decir, los hombres, de quien reciben un bien (si esperaban un mal), no le causarán un mal, ya que sienten que es su benefactor; y por lo tanto, el pueblo le tendrá mayor afecto al Príncipe que si lo hubiese alzado a tal jerarquía con su apoyo.

Fidelidad a la palabra dada:

No puede -ni debe- un Príncipe prudente guardar siempre fidelidad a su palabra, pues cuando las circunstancias provocan que tal fidelidad se vuelva en contra suya, desaparecen los motivos que determinaron tal compromiso. Si los hombres fueran todos y siempre buenos, este precepto no sería correcto, pero, puesto que son malos y no guardarán su palabra, uno no debe tampoco verse atado por la suya.

Simular y disimular:

Es necesario ser un gran simulador y disimulador; los hombres son tan simples y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes que el que engaña encontrará siempre quien se deje engañar.

5.- ANÁLISIS Y VALORACIÓN

El pensamiento político de Maquiavelo se encuentra principalmente en dos libros: El Príncipe (su titulo real: De los Principados) y el Discurso sobre la primera década de Tito Livio; empieza escribiendo los discursos, para luego en el verano de 1513 escribir El Príncipe, realmente en unos pocos meses; en estos dos libros podemos ver la contraposición que hace respecto a lo ideal y lo real: en los Discursos detalla su ideal de gobierno: un gobierno republicano, igual que el Romano antes del Imperio, contrabalanceado por tres fuerzas: el Consulado, que representa la parte monárquica; el Senado, que es la parte aristocrática del gobierno; y el Tribunado, que es la parte democrática. Sin embargo, al analizar el carácter del Hombre, se encuentra sumido en un profundo pesimismo: el Hombre es malo, y como Hobbes, llega al veredicto: Homo Homine Lupus. No hay más que leer algunos párrafos tanto de El Príncipe, como de los Discursos para darnos cuenta de la desesperación de Maquiavelo respecto a esta naturaleza humana:

... hay que partir del presupuesto que los hombres son todos perversos, y siempre que se le presente la ocasión, harán uso de la malignidad de su ánimo. Los hombres no obran jamás el bien, a no ser por necesidad.

... porque de los hombres podemos decir generalmente que son ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, amigos de rehuir el peligro y ávidos de ganancia. Mientras les haces el bien y no los necesitas son enteramente tuyos, pero en cuanto te ven en peligro se te rebelan...

Este problema lo habían detectado ya los griegos: Biantes, escribió en el frontón del Partenón Todos los Hombres son malos, pero lograron conciliar esta maldad, más bien llamándola ignorancia: el hombre comete el mal porque piensa que es bueno, por consiguiente, por medio de la educación se puede corregir ese comportamiento; Platón, y antes que él Sócrates, creían que la educación podía llevar el hombre al bien. Maquiavelo no logra conciliar el problema: ve que el hombre es malo y hace el mal a sabiendas; lo escoge porque

...los hombres se afligen del mal y se aburren del bien...

No cometen el mal por ignorancia, sino porque esta es su naturaleza; y si queremos que sean buenos, no es suficiente educarlos, sino hay que obligarlos: solamente cuando es obligado el hombre se porta correctamente y hace el bien:

Los hombres no obran jamás el bien, a no ser por necesidad.

Este pensamiento impregna toda la obra: su forma de actuar esta restringida por la naturaleza maligna del hombre, por su maldad... y por eso la forma ideal de gobierno es un Principado y no una República.

Esta decisión respecto a la naturaleza del hombre, es una decisión que todo líder en cualquier organización, y por supuesto en el caso de la administración de empresas, tiene que hacer; de ella dependerá el tipo de administración que aplicará en su empresa o respecto a su relación con los compañeros de trabajo; es lo que McGregor llama Teoría X y Teoría Y: en la primera el hombre es malo y hay que obligarlo para que trabaje y en la segunda el hombre es bueno, y el trabajo del jefe es simplemente quitar obstáculos para que pueda trabajar: Maquiavelo escoge la Teoría X, o más bien es el padre espiritual de esa teoría y proporciona sus principios en su tratado.

Maquiavelo piensa lo político según su experiencia; busca comprender no lo que un hombre debe hacer, sino cuáles operaciones son posibles en el mundo de los hombres y sus pasiones, cuáles gestos son los suyos cuando pretenden controlar las cosas, para ser, por fin engañados por ellos mismos. Trató de ver, con claridad y rigor, cuáles son las acciones humanas que podrían impedir el error.

Mi intención ha sido escribir cosas provechosas para aquellos que podrían entenderlas y me pareció más conveniente seguir la verdad efectiva que las cosas.

Esta frase es el hilo conductor del pensamiento de Maquiavelo: hay que seguir los hechos; estos son siempre múltiples, las causas lo son también, por ello hay que aprender de la Historia.

Estoy profundamente sorprendido, y afectado, al ver que, para fundar una república, mantener los Estados, gobernar un reino, organizar un ejercito, llevar una guerra, dispensar la justicia, acrecentar un imperio, no hay Príncipe, ni república ni capitán ni ciudadano, que aprenda de los ejemplos de la antigüedad.

No se actúa sobre los hombres, sólo se puede pretender controlar las cosas, las circunstancias y las armas. La maldad no es sólo la carencia de bondad o su opuesto, es, más bien, la amoralidad y la imprevisibilidad de todo hombre. Éste es avaro, insaciable, vindicativo, temeroso, cobarde, sometido, ciego a sus propios motivos, incapaz de racionalizar sus fines. Sin embargo, los hombres son rara vez totalmente buenos o malos, son más bien inconstantes y flexibles; por ello pueden ser integrados en un universo político. No son fieras feroces, su infinito egoísmo los vuelve propios al gobierno civil; se trata entonces de mediocridad.

Hablar de mediocridad, sirve; lo que no sirve es decir que son ingobernables y que sólo la fuerza puede legitimar el poder político: la mediocridad del carácter humano los vuelve aptos para vivir en el seno de las leyes. Pero las pasiones humanas son necias.

Maquiavelo se interesa más bien por los tiempos de ruptura, por las políticas fundadoras, por los órdenes nuevos. Ahí se articulan los hechos humanos y los valores del príncipe para orientar el destino de los hombres, sin jamás poderlo cubrir completamente. Ahí se mide la eficacia en relación con las circunstancias. Observa que la mayoría de aquellos que canalizaron grandes cosas en el mundo y entre los hombres de su tiempo, tuvieron principios humildes y oscuros, contrariados por la fortuna. Así que es la circunstancia, no la sabiduría, la que hace a los hombres grandes. La historia no camina hacia ningún fin racional.

También insiste en estas tesis en El arte de la guerra, que no es una obra propiamente militar, sino que habla de lo que el Capitán debe encarnar ante los ojos de su soldados. La cristalización final de la virtud es el parecer; es decir, no hay que disociar el fondo de la forma, la imagen de los gobernados tiene de sus gobernantes. La virtud del Príncipe es saber jugar con esta imagen, parecer cruel sin serlo, liberal o codicioso, religioso o desleal, pero siempre moderado, deslizándose por grados obligados de una representación del poder a otra, capaz de evitar el odio de sus súbditos. El Príncipe no es un hombre a la vez razonable y deshonesto; sería más bien político y disimulador. Hará con dignidad y moderación todo lo que le permita establecer y conservar su poder. Está fuera de la normas y es esencialmente amoral. Su victoria es su medida, el instrumento de su victoria es su parecer, o como lo ven los súbditos, y el nombre que le dan. Todo esto impide una definición moral del gobierno de los hombres, porque su ley está en la interacción de sus pasiones con las de su pueblo y con las de su circunstancia.

La figura maquiavélica no es cínica. Expresa una exigencia política radical:

Si se trata de deliberar sobre la salvación de la República, un ciudadano no debe detenerse en ninguna consideración de justicia o injusticia, humanidad o crueldad, ignominia o gloria.

La autoridad política produce un orden que garantiza los derechos; lo que la justicia es la eficacia con la cual asegura a los ciudadanos poder cumplir con sus necesidades naturales, así como satisfacer sus pasiones privadas. Fundada sobre la ambición natural de los hombres, la legitimidad y el valor de la autoridad política se expresan por lo que los hombres hacen con su libertad. Pretendiendo dar lecciones a los monarcas, Maquiavelo dio lecciones a los pueblos. El Príncipe es un libro republicano.

La filosofía política no tiene como tarea el pensar sobre el derecho o la fuerza, sino la relación entre el poder del Príncipe y la libertad del pueblo, porque la grandeza de los Príncipes reside en la liberación de sus Estados. Si son excelentes, raros y maravillosos, es por que el mandato de la Virtud fue obedecido en las nuevas leyes y reglas que inventaron. La idea de virtud no se justifica por el individuo que la encarna, sino por su horizonte político, por su capacidad de transformar radicalmente las condiciones de la Historia Política.

La religión representa una fuerza natural que, en el seno de la esfera política, permite controlar la pasión y transformarla en orden y en unión política. No importan los contenidos de la fe, sino su conformidad con los proyectos políticos que permiten realizar.

Que jamás la religión parezca herida.

Aun cuando es mentirosa, la religión participa del proceso de humanización de los sujetos del Estado, convierte su egoísmo al interés común y su imprevisibilidad al orden del derecho y a la unidad política. La religión mantiene el orden social por que provoca y alimenta el temor. Éste es un temor saludable, un dispositivo técnico que permite trabajar sobre la credibilidad a la rusticidad de los pueblos; la religión es parecida a la mentira piadosa de la cual habla Sócrates en La República de Platón; es pedagógica porque pule la materia bruta de la condición humana y encauza su destino político. Pero es la ley la que asienta, definitivamente, el Estado en su límite real, el de la libertad.

Todos los legisladores que han dado constituciones sabias a sus repúblicas han tenido el cuidado esencial de establecer un guarda, un límite a la libertad.

La ley constituye el sentido del orden político porque establece una seguridad civil. No hay que ver en la legislación una vuelta a la moral. Las leyes no son buenas porque son leyes, sino por el orden que permiten instaurar: algunas constituciones y algunas leyes convienen a algunos pueblos, otras les son extrañas. La naturaleza de la ley no es jamás determinada, siempre es relativa: cabe en el corazón de la realidad. Ahora, la vida política obtiene su sentido de las ocupaciones de los ciudadanos, no de cómo se les dirige, y de la libertad, no de la imposición. El papel de la ley no es contrariar las pasiones, sino encauzarlas, convirtiéndolas en pasiones políticas.

Jamás los pueblos han acrecentado su riqueza y su potencia como lo hicieron bajo los gobiernos libres... La libertad es la figura más alta, a condición de ser ordenada por la ley; el horizonte político de cada hombre es, ante todo, el incontenible deseo de satisfacer sus propios intereses, adquirir riquezas, acrecentar su potencia... La libertad no es lo que los hombres quieren que sea la libertad.

El análisis del pensamiento de Maquiavelo es de insustituible utilidad para cualquier líder político o administrador de empresas u organizaciones en general, y, si se logra esa visión menos pesimista, eliminando las partes referentes a la crueldad y a la perfidia que se originan precisamente de esa concepción de la naturaleza del hombre y que tan inmerecida fama le causaron a su autor y si, además, sustituimos a la palabra Príncipe por la de líder y a la de principado la de empresa u organización, la actualidad de muchas de sus sugerencias son de una modernidad que llega a desconcertar.

Para concluir, y utilizando una frase extraída de una de las obras que más adelante se señalan, se compartan o no los planteamientos de nuestro autor,

... ningún hombre de su época vio con tanta claridad la dirección que estaba tomando en toda Europa la evolución política. Nadie comprendió mejor que él los desplazamientos de las instituciones y nadie aceptó con más facilidad el papel que la fuerza bruta estaba desempeñando en este proceso.

M. Viroli

6.- BIBLIOGRAFÍA

En la realización del presente trabajo se han utilizado las siguientes obras:

  • Anderson, P., El estado absolutista, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 1999

  • Burckhardt, J., La cultura del Renacimiento en Italia, Ediciones Akal, Madrid, 1992

  • Jay, A., La dirección de empresas y Maquiavelo, Editorial Destino, Barcelona, 1972

  • Maquiavelo, N., El Príncipe, Alianza Editorial, Madrid, 1982

  • Maquiavelo, N., El Príncipe. La Mandrágora, Ediciones Cátedra, Madrid, 1999

  • Mcalpine, A., El nuevo Maquiavelo, Gedisa Editorial, Barcelona, 1999

  • Tenenti, A., Florencia en la época de los Médici, Ediciones Península, Barcelona, 1974

  • Viroli, M., La sonrisa de Maquiavelo, Tusquets Editores, Barcelona, 2000

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