El Botellón

Sociología. Juventud. Alcohol. Leyes. Calle. Fin de semana. Botellas. Gasto

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Teoría general del «botellón»



Cuando hace ya más de dos años que es una moda clamorosa (por generalmente ruidosa) y en aumento, nuestras autoridades han venido a caer en que el botellón existe y puede ser un problema. El búho ha hablado largo y tendido del asunto y hasta ha intentado rastrear sus causas, porque sin saber los motivos nada se soluciona si no es falsamente. No sé qué quiera decir de nuestras autoridades este súbito caer del guindo. Evidentemente les preocupan las dimensiones y suciedad del botellón, pero ¿qué hacer? ¿Puede la policía disolver una reunión de, a veces, más de 300 jóvenes apiñados en una plaza con alcohol de garrafón, calimocho, cerveza en litrona y vasos y bolsas de plástico, que luego se quedan por allí, entre meadas y a veces vomitonas? No.

El botellón es fruto lo recuerdo de la economía y de una insatisfacción honda que muchos chicos y chicas ni siquiera sabrían expresar con nitidez. Las copas en los bares son bastante caras y el mal alcohol comprado en el supermercado mucho más barato. Por lo demás la masificación las plazas se apelmazan parece servir de defensa contra el enemigo exterior, pero también como factor degradante: aumentan la suciedad y el ruido, y esa sensación triste de lo masivo: la moda obtusa, estar ahí como quien está por imitación, siguiendo una consigna. ¿Qué periodista avisado no sacaría magníficas consecuencias de la foto que se puede hacer botellón de la Plaza de París de un chico meando en una esquina del mismo Tribunal Supremo? No soy un viejo burgués que se horripile de todo. Creo que la juventud siente una terrible falta de horizontes y se agobia sin saber. Necesita que ocurra algo (necesita, como siempre, ritos de paso) y el botellón es una mala solución de urgencia. Una solución que la Navidad (y sus celebraciones a toque de silbato) volverá más aguda y más ácida. Pero lo que no pueden decir padres y educadores es que estos jóvenes o adolescentes se emborrachan y colocan sin darse cuenta, como guiados por sépase qué mala mano satánica. En absoluto.La limpia realidad es que, una amplia mayoría de estos chicos y chicas, espera el fin de semana (lo que podría llamarse la cutre orgía sabadera) para emborracharse a plena conciencia.Quieren emborracharse porque necesitan que algo ocurra y porque precisan desintonizar con lo habitual, que suele presentarles muchos problemas y pocas soluciones. ¿Qué hacer? Nada contra el botellón, que acaso pueda ser controlado pero no frenado sin una desagradable y puritana represión. Alternativas, claro. Pero sin confundir a los jóvenes con teresianas o ursulinas. Abrir los polideportivos de noche nunca sustituirá una farra. Romper lo gregario, avisar del alcohol sin prohibirlo crear locales de diversión baratos. Por ahí anda la solución. Cambiar la vida.¡Menudo embolao, señores!

PONGAMOS FRENO AL «BOTELLÓN»

lgunas ciudades españolas dan los primeros pasos para atajar las crecientes consecuencias negativas del llamado «botellón».Esta es la denominación popular de un fenómeno preocupante que los más jóvenes desatan los fines de semana en las zonas de ambiente y que se resume en trasladar a calles y plazas la diversión colectiva que se origina en bares y discotecas, con el consumo de alcohol a raudales como animador común.

No es nuevo, pero en muy pocos años se ha extendido como moda y rutina, con efectos insoportables para los ciudadanos que han tenido la mala suerte de residir en estas zonas de desenfreno juvenil. Y lo que es peor, se ha convertido en un atractivo irresistible para muchos adolescentes que se adentran en la senda del alcohol.

El «botellón» se ha hecho fuerte porque no ha encontrado límites en los poderes públicos. Salvo excepciones, no se han tomado siquiera decisiones que parecen obvias, como el cumplimiento de los horarios de cierre o la adopción de medidas excepcionales de limpieza para hacer la vida más llevadera a los ciudadanos afectados.

Pero la desproporción del fenómeno exige soluciones. Gobiernos regionales y ayuntamientos empiezan ahora a reaccionar en esta línea, empujados por colectivos sociales que han decidido plantar cara al problema. En algunas comunidades han hecho efectiva la prohibición del consumo de alcohol en la calle, una medida que debiera regularse con carácter general. Paralelamente, es ineludible la máxima contundencia legal contra la proliferación de establecimientos que fundamentan su provechoso negocio en la venta de bebidas alcohólicas de manera más o menos encubierta.

No sirven la tentación de la fuerza ni ideas descabelladas, como las de quienes defienden la creación de «botellódromos» en las afueras de las grandes ciudades. Propuestas como la de Gallardón, partidario de establecer «sanciones positivas», de servicio social, contra los infractores deben ser tomadas en consideración. Pero sólo si contribuyen a reeducar y no atentan contra derechos fundamentales.

Seis comunidades autónomas prohíben ya el «botellón»

Un congreso nacional ha estudiado un fenómeno que afecta a millones de jóvenes en toda España.


Los chicos beben y beben y vuelven a beber mientras los vecinos acumulan ojeras, la industria engorda y los políticos se rascan la cabeza. Botellón, dícese de la mezcla de calle, noche y alcohol, con acepciones de cristales rotos, ruidos de más, orines urbanos, luchas de libertades y conflicto social.

Nadie se atreve a dar una cifra oficial sobre el número de jóvenes que practican este fenómeno en España, (la Comunidad de Madrid llegó a hablar de 500.000 personas) pero el dato se mide en millones.Cada fin de semana, miles de plazas, esquinas, jardines y parques españoles se llenan de gente entre los 14 y los 26 años que se reúne en torno al alcohol y a algunas cosas más poco estudiadas hasta ahora. La onda expansiva de esa práctica provoca quejas vecinales, ciudades temporalmente sucias, negocios pingües, administraciones locales desbordadas y jóvenes más habituados con el alcohol, una sustancia legal, incorporada a la cultura y publicitada con imágenes y músicas lujosas.

La estatura del botellón ha subido tanto que algunas comunidades autónomas han cortado por lo legal. Aragón, Canarias, Cantabria, Castilla y León, Murcia y Valencia ya tienen leyes que prohíben el consumo de alcohol en la vía pública de forma expresa o autorizándolo a sus ayuntamientos. Otras tres, Madrid, Baleares y Extremadura podrían aprobar textos similares en la próxima primavera. En teoría, en esas comunidades, el botellón es un acto ilícito, un escenario donde la policía puede entrar, recoger y cerrar.Si se sigue practicando es por la dejación o el disimulo de algunos ayuntamientos.

El delegado del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, Gonzalo Robles, dijo la pasada semana que, además de las medidas educativas, la prohibición de beber alcohol en la calle no sería una mala idea.

Ese paso desde el Ministerio del Interior resume la preocupación del Gobierno central en esta historia. La Administración ha gastado seis meses y unos cuantos millones de pesetas en organizar un macrocongreso sobre el botellón, una cita de traje y corbata con cuatro ministros (Rajoy, Del Castillo, Aparicio y Villalobos) , un puñado de secretarios de estado y hasta la Reina en el acto de inauguración.

Bajo el título Jóvenes, noche y alcohol, arranca mañana un encuentro de tres días repleto de políticos, científicos, médicos, especialistas en adicciones y periodistas que tratarán de descifrar por qué se hace botellón, contar hasta dónde llega el problema y proponer algunas alternativas. Pero entre psiquiatras de renombre, médicos de primera línea, sociólogos sesudos y políticos de arriba y de abajo, hay quien echa en falta algo. «Me parece muy bien todo eso, pero echando un vistazo al programa a mí me falta la voz de los propios jóvenes, de la gente que hace botellón. Toda solución que se busque sin la participación de los actores no será una solución, sino un parche. Y eso lo sabemos por experiencia», dice Jaime Alvarez, un montón de años al frente de Universida, un colectivo de apoyo a toxicómanos que trabaja en zonas marginales.

La cuestión es delicada, el derecho a estar en la calle frente al derecho al descanso. A falta de soluciones más imaginativas, algunos lugares han usado a la policía para que gane lo segundo.La imagen del pasado fin de semana en Madrid lo decía todo: vecinos regalando flores a los policías municipales que habían acabado con el botellón en sus barrios.

Pero, citarse, comprar unas cuantas botellas de alcohol y de refrescos, beber hasta que se acaben los líquidos haga frío o calor y centralizar una discordia social debe tener algo de rito.«No sé si el botellón es bueno o no. Sólo sé que los chicos se reúnen así por muchas razones y no sólo para beber. Ellos hablan de que es más barato, de que tienen un espacio de libertad, de la ausencia de normas externas... Y son conscientes de que su práctica molesta a los demás», dice María Jesús Sánchez, una antropóloga que pasó seis meses camuflada de botellón en botellón (ver EL MUNDO, 22 de diciembre de 2001) e incluida a última hora como ponente en el Congreso que empieza mañana.

Otros tres gobiernos regionales preparan normas restrictivas «Jóvenes, noche y alcohol» será inaugurado en Madrid por la Reina y contará con la presencia de cuatro ministros

Lo que cuesta el 'botellón'

Los jóvenes gastan unos 10 millones de pesetas todos los fines de semana

La masiva afluencia de jóvenes a las zonas de 'botellón' tiene como una de sus bases fundamentales la escasez económica que poseen y el elevado precio de las copas en los bares. A pesar de ello el volumen de dinero que mueve este fenómeno juvenil es realmente considerable.

A retirada de casi 3.000 kilos de residuos por parte de Inagra cada una de las mañanas de botellón supone que han tenido que consumirse el contenido de miles de botellas de plástico y vídrio, miles de litros de refrescos y de bebidas alcohólicas. Todo eso tiene un precio y no es barato. Los jóvenes que acuden al botellón las noches del viernes y el sábado, -al margen de la pasada Fiesta de la Primavera que puede considerarse como un hecho aislado y extraordinario-, gastan en bebidas alrededor de tres millones de pesetas cada una de las noches del viernes y el sábado. La noche de los jueves, a la que ya se ha ampliado la movida, aunque aún de forma tímida, el gasto parece oscilar entre 2 y 2,5 millones de pesetas.

Este dinero sale, generalmente, de las asignaciones mensuales y semanales que los padres dan a sus hijos. Acaba en las cajas de las grandes superficies, supermercados pequeños, tiendas de chuches, bares del entorno del botellón y también en el de vendedores callejeros ilegales que acuden a las zonas de concentración en furgonetas cargadas de bolsas con bebidas, sin ningún control y a precios por los que sólo se puede vender alcohol de garrafa.

Los grupos de chicos más jóvenes, hasta 18 años, suelen conseguir entre ellos cantidades de hasta 3.000 pesetas, a razón de 300 a 500 pesetas cada uno. Con ese dinero pueden acceder a dos bolsas que contienen cuatro litros de refresco, una botella de martini y una bolsa de hielo, o también a dos botellones ya preparados de cuatro litros refresco ya mezclado con martini o vermouth y algo de ginebra o vodka.

Los grupos de más edad o con un poder adquisitivo mayor tienen sus preferencias en el alcohol más duro, el whisky y la ginebra. La bolsa de botellón, en este caso sube de precio hasta alcanzar cantidades entre 1.600 y 1.800 pesetas con cuatro litros de refresco, una botella de whisky y su correspondiente bolsa de hielo. Un grupo de cuatro o cinco personas suele adquirir dos bolsas, como mínimo, para una noche de movida. También están los grupos que se conforman con la tradicional litrona. El gasto es mucho menor por bolsa, pero consumen más cantidad de litros.

Los motivos

El fenómeno del botellón tiene sus causas. Hasta hace unos años la movida en Granada se producía en las proximidades de bares y pubs, los jóvenes ocupaban las calles, pero generalmente era por la aglomeración de gente en el interior y las bebidas procedían de los bares. Durante el tiempo de verano la gente solía ocupar las calles, aunque en ese caso el interior de los bares se quedaba vacío. Más tarde, por el encarecimiento de los precios de las copas en los bares de movida, entre 300 y 500 pesetas un combinado, los más jóvenes dejaron de acudir a estos lugares, su economía no se lo permitía. las pandillas buscaron lugares de concentración y grandes superficies donde comprar sus bebidas para, más tarde, consumirlas en la calle. Al precio de las copas, un estudiante de instituto o primeros cursos de universidad sólo accedía a una copa o dos. Con el botellón, el nivel de copas aumenta considerablemente y también la libertad de acción, ya que no se encuentran con las imposiciones de orden y control del interior de los bares.

Lo que no se entiende es la barbarie de la basura, la música a todo trapo desde los coches y el escándalo. La cultura del aire libre se ha visto beneficiada también por la facilidad a la hora de adquirir las bebidas de botellón. Las tiendas de frutos secos almacenan cientos de litros ya mezclados para el fin de semana en sus pequeños espacios. Algunos bares de los alrededores viven gracias a ese tipo de bebidas y de vender las bolsas con su contenido preparado, e incluso han proliferado vendedores ilegales que acuden a esas zonas en furgonetas con litros y litros de alcohol de dudosa procedencia.

A este nivel de gasto hay que añadir la venta y consumo de drogas. Al margen del consabido porro, se ha detectado que en algunos grupos de la movida sobre todo a altas horas de la noche, se incrementa el consumo de drogas de síntesis, las conocidas pastillas, denominadas rulas por sus consumidores habituales. Algunos jóvenes tienen que añadir a su gasto en botellón el importe de las pastillas. Las más habituales y con mayor aceptación son las denominadas flecha amarilla. Su precio oscila entre 1.000 y 1.500 pesetas por pastilla.

La presencia de drogas más duras como el éxtasis, denominado cápsulas es más escasa, ya que se les tiene miedo y además su precio es mucho más caro, oscila entre 5.000 y 10.000 pesetas.

El consumo de estas pastillas, que se hace mucho más patente en ambientes techno y en sus fiestas de baile más allá de las tres de la madrugada, se está incrementado en el botellón, con el problema añadido de que se consumen después de haber ingerido cantidades importantes de alcohol.

Botellón, ¿De qué estamos hablando?

No quiero hablar más de lo mismo acerca de lo que se ha estado debatiendo estos días con respecto al problema del botellón, que ya ha sido bastante, sino que me gustaría aportar mi propia visión como joven, por alusiones.

Está claras cuáles son las principales causas para su celebración (falta de espacios donde reunirse, precios excesivos en las copas, menor control en el consumo de alcohol por menores...) así como conocemos las consecuencias tanto de orden público como de salud.

Lo que me parece bastante triste y escandaloso es que haya saltado esta pública polémica del consumo de alcohol en la calle sólo porque, y esto es así, los grupos de jóvenes que se reúnen los fines de semana en la calle MOLESTAN a los vecinos. Sólo porque molestan.
Lo que nos estamos cuestionando aquí no es el hecho de que los jóvenes consuman alcohol sin ningún tipo de control, sin que se les eduque para la prevención y la convivencia social, empezando por los propios padres, que no saben o no se quieren enterar muchas veces de cómo hacerlo, siendo más fácil delegar la responsabilidad en otros (administración, educadores..). No es la principal discusión el que no exista otra alternativa para el tiempo de ocio.... lo que en este caso preocupa principalmente es que ocasionan molestias.
Sólo cuando ese grupo de vecinos cabreado decide salir a la calle (protestando pero sin realizar el esfuerzo de proponer ninguna solución, sólo necesitan poder dormir por la noches) es cuando se empieza a hablar de posibles soluciones. Tan patéticas, desde mi punto de visto, como la de aplicar la prohibición tajante al consumo de alcohol en la calle. Tan absurda, a mi juicio, como que no hay nada como prohibir a un joven que no haga determinada cosa para que se busque la manera de burlar la ley. ¡Pero si los jóvenes están deseando encontrar retos que poder combatir, y tener causas contra las que rebelarse!. La prohibición sólo generaría guetos en las afueras de la ciudad, en zonas sujetas a menor control, con el consiguiente peligro de que bajo los efectos del alcohol se realicen desplazamientos.
Pero eso parece que no importa a aquellos que nos quieren prohibir que nos reunamos en la calle, que por otra parte es de todos. ¿o acaso es que no interesa que los jóvenes puedan tener espacios donde reunirse, aunque sea en la calle?
¿Se trata de solucionar el problema, o de arrinconarlo donde no moleste?

No somos los jóvenes los que hemos inventado nada. Es el mundo adulto y sus intereses los que saben que la movida, el consumo, es un negocio contra el que no interesa que se actúe. Se enmascaran la diversión en forma de borrachera como si fuera nuestro estilo. El problema es que no nos queda otra forma de entenderlo. Aquí es donde los jóvenes deberían de tener la rebeldía para gritar que quieren otra cosa: Espacios abiertos los fines de semanas, centros socioculturales, bibliotecas, polideportivos....
Los jóvenes necesitamos reivindicar nuestro espacio, relacionarnos, identificarnos con un grupo.
Y claro que no me parece correcto que ni los jóvenes ni ningún ciudadano se dedique a molestar al resto o a ensuciar las calles. Claro que me parece un grave problema que chavales más o menos jóvenes se pillen unas buenas “cogorzas” los fines de semana porque sí, sin más finalidad