El alquimista; Paulo Coelho

Literatura hispanoamericana contemporánea del siglo XX. Narrativa. Novela. Argumento. Amor. Personajes

  • Enviado por: Sdenka
  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 5 páginas
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El Alquimista.

Relata sobre un joven pastor que cuida su rebaño, y un día se queda dormido en una iglesia abandonada y vuelve a soñar algo repetidamente, y por lo tanto,

decide al otro día ir a visitar a una gitana para que le descifre su sueño. Le cuenta que ha soñado con un tesoro cerca de las pirámides de Egipto. La gitana le dice que tiene que ir a buscarlo y que cuando lo encuentre en vez de cobrarle la consulta, debe darle la décima parte de ese tesoro.

No cree nada de lo que dice y decide ir a buscar un libro más grueso para poder utilizarlo como almohada y para tardarse más en leerlo.

Estando en la plaza, iba a comenzar a leer su libro cuando un hombre se le acercó y le dijo que el libro era aburrido. Se agachó y el muchacho vio que había un resplandor en su pecho. Comenzaron a platicar y el muchacho le contó sobre su sueño. El hombre le dijo que él era el rey de Salem y que venia a ayudarlo para que siguiera su sueño. El muchacho no creía que fuera un rey, pero se descubrió el pecho y vio que era un tronco de oro puro con piedras preciosas incrustadas. Quitó dos, llamadas Urim y Tumim, y le dijo al muchacho que ellas le podrían ayudar a hacer decisiones importantes, una significaba “si” y la otra “no”.

El rey le habló de la Leyenda Personal, que había que cumplirla, de la Suerte de Principiante y lo instruyó en muchas cosas importantes. Le dijo que su sueño había sido la señal de que debía cumplir su LEYENDA PERSONAL, que en el mundo estaban escritas muchas señales que debía seguir para cumplir su LEYENDA PERSONAL, le dijo “Cuando quieres una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla”.

Decidió ir, vendió todo su rebaño y juntó dinero para irse a Africa. Llegó a un bar y una persona se le acercó, hablaba español. Comenzaron a platicar y el muchacho le contó a lo que iba, le dijo que necesitaba comprar un caballo, y ésta persona le preguntó si tenía dinero, el dueño del bar los sacó, ya que la persona con la que el muchacho estaba, era un ladrón.

El muchacho se quedó sin dinero, y llegó a una tienda de cristales. Entró y le dijo al dueño que le ayudaba a limpiar todos los cristales a cambio de una comida. El dueño aceptó y cuando terminó el dueño le dijo que fueran a comer. Le explicó que según el Corán era una ley darle de comer al hambriento sin ninguna paga. Al dueño le gustó tanto como se veían sus cristales limpios que empezó a tener mayores ventas, el muchacho se quedó a trabajar con él cerca de un año para juntar dinero y así poder regresar a Andalucía y comprar su nuevo rebaño. Aprendió a hablar bien el árabe, y el dueño de la tienda le explicó más cosas sobre las señales. “Maktub” decía. Las cosas estaban ya escritas, como el destino. El muchacho tuvo brillantes ideas para que el señor tuviera mejores ventas, pusieron una tienda en la punta de una colina para que la gente que subiera tomara té en bellos jarrones de cristal y así quisieran comprarlos.

Cuando decidió irse, volvió a acordarse de sus piedras de la adivinación, Urim y Tumim, y les preguntó si el rey aún estaba con él. “Si” les volvió a preguntar si debía continuar con su viaje y las piedras se cayeron por un agujero de la chamarra. Se dio cuenta que sólo podía hacer preguntas concretas.

Se fue con una caravana que partía hacia Egipto, ahí conoció a un inglés y se hicieron amigos. El muchacho sacó de su bolsa a Urim y Tumim. y se asombró de que el inglés supiera el nombre de las piedras y éste le dijo que no estaban en venta, el inglés le respondió que no tenían gran valor comercial, que sólo eran piedras de la adivinación para los alquimistas. Entonces el muchacho se sorprendió de que el inglés también fuera un aprendiz de la alquimia, y el inglés le prestó libros que traía para que aprendiera más. Cuando finalmente el muchacho terminó de leerlos, el inglés le preguntó lo que había entendido y éste le respondió que no había aprendido mucho, que sólo había aprendido que la alquimia es tan fácil que se puede escribir en una simple esmeralda, el inglés se sintió decepcionado.

A mitad del camino les informaron que había una guerra entre los clanes y que tendrían que llegar lo mas pronto posible al oasis.

Un camellero les explicó que el oasis es un punto neutro donde nadie puede entrar con armas. Pasaron varias noches y varios días caminando hasta que al fin encontraron el oasis. El inglés saltó de felicidad mientras que el muchacho disfrutó de esa victoria en silencio como le había enseñado el desierto.

Al entrar a las tiendas del oasis el jefe les pidió que se despojaran de todas sus armas y el muchacho se sorprendió al ver que el inglés llevaba un revólver consigo y le preguntó que para que lo llevaba, el inglés respondió que para aprender a confiar en los hombres.

Ese primer día todos durmieron de cansancio y el muchacho estaba instalado lejos del inglés junto con otros cinco muchachos de su edad. Querían saber todo acerca de las grandes ciudades cuando llegó el inglés y se lo llevó.

El inglés le pidió que lo ayudara a encontrar al alquimista y se pusieron a buscarlo en tiendas donde vivieran hombres solos, más no encontraron nada. Se acercaron a un pozo a ver si la gente que fuera a buscar agua, pudiera ayudarlos.

Encontraron a una señora y le preguntaron por el Alquimista. La señora les respondió que no había nadie con ese nombre por ahí y le avisó que no debía hablar con mujeres vestidas de negro porque estaban casadas y era la tradición.

Siguieron llegando mujeres de negro y él no les preguntaba nada, aunque el inglés lo impulsaba para que lo hiciera.

Un hombre fue a buscar agua y el muchacho le preguntó si sabía dónde vivía el hombre que cura las enfermedades. El hombre le respondió que Alá es el que cura las enfermedades y lo que ellos estaban buscando era un brujo.

Finalmente y después de varios intentos, apareció una mujer que no estaba vestida de negro y el muchacho se aproximó para preguntarle sobre el alquimista, entonces fue cuando se enamoró perdidamente de sus ojos negros y de su delicada sonrisa. Después de algún tiempo el inglés se levantó y lo sacudió diciéndole que se lo preguntara a ella, ella le sonrió y el muchacho le preguntó su nombre. Fátima. El muchacho le dijo que era un nombre muy común de donde él venía y ella le respondió que es el nombre de la hija del profeta. Finalmente le preguntó por el alquimista y ella le dijo que era un hombre que conocía los secretos del mundo. Llenó su cántaro y se fue y el inglés se fue en búsqueda del alquimista.

Después de esa noche el muchacho iba todos los días al pozo a esperar a Fátima, le habló sobre su vida, del lenguaje que todo el mundo hablaba, de su Leyenda Personal, y del tesoro cerca de las pirámides de Egipto, y le dijo que la amaba y que quería que fuera su mujer.

Cierto día se encontraba observando al desierto cuando de pronto escuchó unos ruidos en lo alto. Eran dos gavilanes que volaban dibujando algunas figuras sin sentido aparente, más para él lo tenía, de pronto un gavilán atacó al otro, en ese momento el muchacho tuvo una visión: un ejercito con espadas entrando al oasis. La visión desapareció. Por un instante pensó en olvidarlo pero recordó las palabras del rey “sigue siempre las señales” .

El muchacho pensó en Fátima y por ella fue a hablar con el camellero, el cual le dijo que hablara con el Jefe, y eso hizo, fue a buscar al Jefe a su tienda y cuando dijo lo que había visto y a pesar de su escepticismo el Jefe ordenó que todos violaran la tradición y cuidaran del oasis con sus armas, pero le advirtió que si su visión era falsa un arma se dispararía sobre él, pero que si su visión se cumplía, por cada 10 muertos él le entregaría una moneda de oro.

Salió de la tienda caminando hacia la suya temeroso de que su visión fuera incorrecta “Maktub” pensó.

De pronto escuchó un ruido muy fuerte y un viento lo aventó hacia la tierra. El lugar se llenó de polvo y sobre el vio un caballo blanco que relinchaba. El jinete alzó una enorme espada en forma de media luna y preguntó: ¿quién se atrevió a leer el vuelo de los gavilanes?. El muchacho respondió que había sido él y esperó que la espada cayera sobre él, más no fue así.

La punta de la espada tocó su cabeza, era tan afilada que le sacó una gota de sangre y pensó que iba a morir. Le pareció la idea ya que iba a morir en busca de su leyenda personal.

El caballero le preguntó que hacía en esa tierra y él respondió que buscaba su leyenda personal, y que era algo que nunca entendería .

El caballero le quitó la espada de encima y le dio a entender que él era el alquimista. Le pidió que si para la siguiente noche estaba vivo fuera a buscarlo y se fue. A la mañana siguiente el oasis fue defendido por 2000 hombres armados.

Media hora después sólo estaba el Jefe de los invasores vivo. Lo interrogaron y le dieron una muerte sin honor. Lo colgaron de una palmera muerta.

Esa noche el muchacho no fue hasta el pozo para ver a Fátima, pues habían estado en guerra, más a la mañana siguiente le pidió a un joven que si lo llevaba hasta su casa y lo recompensaría. Ya estando con Fátima se despidió de ella prometiéndole volver ,y se fue a buscar al alquimista.

Comenzaron su travesía juntos, le enseñó lo que le faltaba saber sobre la alquimia, sobre la esmeralda y lo más importante, a escuchar a su corazón.

Cierto día que estaban caminando por el desierto, un ejercito de hombres los secuestraron y para que los dejaran libres, el alquimista les prometió que el muchacho se convertiría en viento a los tres días de estar ahí, si no podrían matarlos. Los hombres aceptaron el ofrecimiento. Al término de este plazo el muchacho les pidió un poco de tiempo para poderse convertir en viento. Se paró viendo hacia el desierto y comenzó a hablar con él pidiéndole que lo convirtiera en viento, pero el desierto no pudo, el viento que escuchaba comenzó a hablar con el muchacho, pero él tampoco pudo, así que levantó una tormenta de arena a su alrededor para que pudiera hablar con el sol, mientras los hombres que lo observaban se detenían unos con otros para no ser arrastrados por el viento, el sol tampoco pudo convertirlo en viento, pero le dijo que hablara con la mano que escribió todo. Ella era lo única capaz que podría transformar todo lo que quería. Y el muchacho se sumergió en el alma del mundo y vio que el alma del mundo era parte del alma de Dios, vio que el alma de Dios era su propia alma. Y que podía, entonces, realizar milagros.

Después de mucho tiempo el viento se calmó y los hombres buscaron al muchacho. Ya no estaba. Ahora se encontraba atrás de ellos. Así que los dejaron irse.

Siguieron caminando hasta que llegaron a la puerta de un monasterio. El alquimista pidió la cocina. Derritió en un recipiente de hierro un poco de plomo, sacó de su bolsa un huevo de vidrio amarillento, al que le raspó una ligera capa, la envolvió en cera y la tiró en el recipiente de plomo. La dejó secar y se convirtió en oro. Cuando se secó el alquimista lo partió en cuatro. Una parte se la dio al monje, otra parte se la dio al muchacho, otra se la quedó él y la última se la dio al monje con instrucciones de que si el muchacho regresase se la entregara. Después de esto el muchacho tuvo que continuar su camino solo, le quedaban algunas horas para llegar a las pirámides. Su corazón le dijo que cuando llegara él lo haría llorar y que donde cayeran sus lágrimas debía buscar su tesoro.

Al llegar al lugar indicado, comenzó a llorar y donde cayeron sus lágrimas empezó a excavar, en ese momento unos ladrones le quitaron su parte del oro, obligándole a seguir excavando creyendo que encontrarían más oro. Al darse cuenta que no había oro, lo golpearon, el muchacho gritó que estaba buscando un tesoro , el cual había visto en un sueño repetido. El Jefe de los ladrones le dijo que él también había tenido un sueño en el que debía ir hasta España, buscar una iglesia en ruinas donde los pastores acostumbraban a dormir y que tenia un sicomoro dentro de la sacristía y que debía de cavar ahí para encontrar su tesoro. El muchacho se levantó. Regresó al monasterio y el monje sonrió al verlo, le devolvió su pedazo de oro. El muchacho pensó que el alquimista todo lo sabía y se preguntó porqué no se lo había dicho. Escuchó la voz del alquimista diciéndole que quería que viera las pirámides, que eran hermosas.

Al llegar a España de nuevo, buscó su tesoro y encontró una caja repleta de monedas de oro y piedras preciosas. Dejó a Urim y Tumim en la caja y recordó que debía de ir a pagarle a la gitana. El viento volvió a soplar sintió un beso que se colocó en sus labios y olió el perfume que bien conocía. Regresó por Fátima.