Historia


Desintegración del Imperio Romano


DESINTEGRACIÓN DEL IMPERIO ROMANO

La caída del Imperio romano de Occidente en la época de las grandes invasiones germánicas, y con ello la transición de la Antigüedad tardía a la Edad Media, es uno de los temas que mayor interés ha suscitado entre los intelectuales occidentales.

En la actualidad, se suelen subrayar tres aspectos por parte de los estudiosos del tema. En primer lugar, aceptar que en la caída del Imperio intervinieron al menos dos factores fundamentales, y en absoluto excluyentes: los conflictos internos de diversa índole y las invasiones bárbaras. En segundo, tender a valorar el hecho de que las distintas causas posibles del derrumbamiento no tuvieron la misma incidencia en cada una de la regiones del Imperio. Así, mientras que en algunas, como Baetica, Britannia, Gallaecia, Germania, Lusitania, Mauritania, Numidia o Panonia, el dominio romano efectivo apenas sobrepasó los primeros años del siglo V, en otras, como África, Galia, Ilírico, Italia o Tarraconense, se mantuvo durante gran parte de esta centuria. Y, por último, observar que si su caída oficial se produjo en el año 476, tras la deposición del último emperador romano de Occidente, la idea de Roma se intentaría mantener viva, adaptándola a las nuevas circunstancias históricas del Medievo.

Factores internos

La caída del Impero romano de Occidente se ha venido asociando tradicionalmente a la desaparición política del mismo en el año 476 con el destronamiento de su último emperador Rómulo Augústulo ( denominado así en lugar de Augusto por su juventud) por Odoacro, rey de los hérulos y al envío de las insignias imperiales por parte de éste a Constantinopla, al emperador romano de Oriente Zenón. Pero hoy no se otorga a este acontecimiento más que un valor anecdótico.

El hecho cierto es que el destronamiento no causó la impresión entre los contemporáneos que hoy se podría esperar; quizá, por ausencia de una verdadera literatura germánica que hubiera convertido el acontecimiento en gesta nacional; quizá, porque el suceso en sí carecía de trascendencia; quizá, sencillamente, porque la noticia hacía ya mucho tiempo que se presumía.

Tiempos de crisis, tiempos de reformas

Dentro de la trayectoria política del Imperio romano desde el gobierno de Diocleciano (284-305) hasta el 476 han de tenerse en cuenta varias circunstancias que explican la precariedad del Estado, pese a que fuera, sin embargo, desde finales del siglo III cuando además de ser conscientes de los problemas del Imperio se empezaran a adoptar una serie de medidas para intentar solucionarlos.

Desde Augusto (61-14 a.C.) hasta finales del siglo III se idearon diferentes fórmulas de gobierno con el propósito de mantener la estabilidad estatal. Sin duda, el Principado fue una de las más sobresalientes. Basado legalmente en el “consensos universorum”, al recibir el poder del pueblo y del Senado, y representando un compromiso entre la República y la Monarquía, el Principado fue en la práctica una forma de poder autocrático en cuanto que su titular disfrutaba de poderes ilimitados al habérsele reforzado la “auctoritas” o potestad ejecutiva. También desde Augusto se intentó encontrar la fórmula sucesoria ideal. Así, la transmisión de poder de unos emperadores a otros sufrió numerosas variaciones, que fueron desde su propio intento de educar a un familiar concreto para desempeñar con posterioridad el cargo, hasta desembocar en la más original de todas ellas, la Tetrarquía de ¨Diocleciano, pasando por el principio hereditario bajo lo Flavios, la elección entre los mejores con los Antoninos, o el puro golpe de estado llevado a cabo por los generales fronterizos.

También tras la crisis del siglo III el Imperio intentó por todos los medios rehacerse en su marco político y administrativo. En esta idea trabajaron, sobre todo, y de manera decidida, los emperadores Diocleciano y Constantino (307-337). En primer lugar, había que reforzar tanto la teoría como el ejercicio del poder. Así se pasará de concebir al emperador como un primer ciudadano a verle como un amo absoluto (dominus). Constantino daría un gran paso en la sacralización del poder imperial con el reconocimiento del Cristianismo. De tal modo que el fundamento sagrado de su poder se hizo mucho más sólido.. Al menos Teodosio (379-395) lo entendió así al declarar el Cristianismo religión oficial del Estado. Sin embargo, este objetivo resultaba de difícil cumplimiento en la parte occidental del Imperio, donde no existía la larga tradición oriental de sumisión a la autocracia sacralizada. En Occidente, además, se tenía que hacer frente a unas realidades distintas que impedirían el triunfo de tales ideas: una peor economía y, sobre todo, el ascenso del ejército al poder. Tras la muerte de Teodosio la figura del militar que de los últimos escalones de la milicia llegaba a general con amplísimos poderes no fue excepcional. Personajes como Stilicón, Aecio, Ricimero u Odoacro así lo demuestran.

El ejército también vivió profundas transformaciones. Unos de los motivos que las originó fue el fin de las conquistas romanas y la distinta concepción que sobre el “limes” se iba a tener a partir de las presiones ejercidas sobre él por los bárbaros ya des la época de Marco Aurelio. Hasta entonces la frontera se había concebido como un línea provisional dependiente de los sucesivos avances del Imperio, pero después se mostrará ya como un línea defensiva. Lo mismo hay que decir respecto a la creación de un nuevo sistema defensivo por Constantino, completado mediante tratados (foedera) con los jefes germanos que actuaban como aliados del Imperio. Pero, a la larga, a lo que se iba a asistir era a una barbarización del ejército.

También con el propósito de enderezar el Imperio se modificaron los órganos políticos y administrativos, desde el Senado de Roma, que vio perder su antiguo poder para limitarse a rectificar las constituciones imperiales, hasta las provincias que, numéricamente, pasaron de la cincuentena al centenar con Diocleciano.

Los decuriones, integrantes del consejo municipal o curia, pertenecía al grupo de ciudadanos propietarios de tierras y de un determinado nivel de riquezas. Su cargo, hereditario, pasó de se4 un honor a convertirse en una carga insoportable y odiada, a causa de la obligación que tenía de responder con su peculio del pago de los impuestos debidos por la población urbana. En cualquier caso, las curias, una institución milenaria, dejarían de reunirse a comienzos del siglo VII, cuando desde hacía ya dos siglos habían dejado de tener su clásica configuración y sus especiales competencias.

Primero con Diocleciano y luego con Constantino se llevaron igualmente a cabo los últimos intentos de reforma monetaria y financiera, empezando por el ejercicio de la regalía monetaria. Paralelamente, se adoptaron medidas para regular los precios de los productos y los salarios de los trabajadores (Edicto de Diocleciano del año 301). Desde el punto de vista fiscal, el Estado de los siglos IV y V, junto a la denominada “res privata” (tierras propiedad del titular del Imperio), los ingresos ordinarios y la regalías, hizo proliferar los impuestos extraordinarios que se cobraban en especie para mantener la “annona” alimenticia de los soldados y las obras públicas. Diocleciano los regularizó a través de la “indicción” (cálculo anual de las necesidades de alimentos y materiales que el gobierno tenía, cuyo montante se repartía entre las tierras agrícolas de acuerdo con su rendimiento para cubrir así el total del presupuesto de gasto) A este impuesto, Constantino añadió el censo de la población agrícola o “capitatio”. Sin duda, la “indicción” proporcionó unos sustanciosos ingresos a la Hacienda tardorromana, pero resultó aplastante para buena parte de la población.

Las reformas fiscales se completaron con otras medidas coactivas, adoptadas para organizar las fuerzas productivas mediante la adscripción hereditaria al oficio. A fines del siglo III, con Aureliano, se obligó a los artesanos a integrarse en corporaciones, los “collegia”. Para asegurar los servicios indispensables y el abastecimiento de soldados y funcionarios el Estado acabó, asimismo, por organizar sus propias redes artesanales y mercantiles, minando con ello la libre iniciativa y, a la postre, provocando la regresión en la economía altomedieval.

La estratificación social también iba a resultar alterada desde el siglo III. En la cúspide se encontraba el orden senatorial. A él podían acceder gentes pertenecientes al estrato de los “honestiores” (decuriones, soldados, funcionarios, profesionales liberales). Por debajo se situaban los comerciantes y artesanos. El grupo de los poderosos cada vez se alejaba más del resto de la población, los “humiliores”, adscritos al oficio.

Las guerras civiles y defensivas, así como las diferentes medidas adoptadas por el Estado repercutieron en todos los ciudadanos, aunque no con la misma intensidad. Los grupos privilegiados lograron mantener su posición; las clases medias, pequeños propietarios y comerciantes, prácticamente, desparecieron como tales. En el medio rural, el número de pequeños y medianos propietarios fue disminuyendo progresivamente. Las causa fundamentales, junto a la de las continuas fragmentaciones por vía de herencia, fueron la excesiva presión fiscal y el endeudamiento progresivo. Su pésima situación le llevó a buscar protección a través del “patronato”, es decir, entrando en encomendación respecto a algún latifundista, a quien cedían sus tierras o parte de ellas, conservando el usufructo, a cambio de protección real tanto frente al fisco como frente a la violencia existente. También la situación de los campesinos no propietarios, arrendatarios o “colonos” se degradó a lo largo del siglo IV, al encontrarse adscritos personalmente al propietario de la tierra, quien podía perseguirles si huían y maltratarles físicamente. El colono, además, pagaba sus impuestos a través del propietario, y se hallaba incapacitado para litigar con éste en juicio, así como para enajenar bienes sin su consentimiento.

Pero si el Estado romano tuvo claro el motivo para reducir a la nada las libertades del campesinado, también los tuvo éste para mostrase insolidario con el Imperio en los momentos de crisis, y llegar a protagonizar una serie de revueltas contra los grandes propietarios y, por supuesto, contra el Estado. La más popular de todas fue el movimiento “bagauda”, que se extendió por parte de la Galia, los Alpes e Hispania, siempre retoñado cada vez que las autoridades romanas creían haberlo sometido.

Expansión y consolidación del cristianismo

La difusión y consolidación del Cristianismo en el Imperio romano coincidió también con su periodo de decadencia, por lo que una parte significativa de los autores paganos de la época, así como algunos historiadores posteriores, desde el Renacimiento hasta nuestros días, se plantearon su grado de responsabilidad en el derrumbamiento final de tan alabada expresión política. El conjunto de los escritores de la Antigüedad tardía, aunque desde perspectivas distintas, coincidieron en observar que la integración del Cristianismo en la sociedad y en la vida política del Imperio supuso un cambio fundamental. Pero, mientras que para los historiadores paganos las consolidación del Cristianismo fue decisiva en el derrumbamiento de Roma, para los cristianos las desgracias del Imperio no se debían al Cristianismo sino al envejecimiento imparable de un mundo ya decadente física y moralmente.

Autores de los siglos XVI y XVII, y más de la Ilustración, acusaron al Cristianismo y a la Iglesia de haber dado muerte al racionalismo de la cultura clásica y haber impuesto la irracionalidad y la intolerancia frente a la religiosidad romana tradicional, que se fundamentaba en la aceptación de la diversidad de creencias y en la convicción de que sus prácticas religiosas resultaban indispensables para contar con el favor a la ciudadanía de las divinidades y para afirmar el espíritu cívico común. Ahora bien, el espíritu religioso en los últimos siglos del Imperio, además de su mayor complejidad, se encontraba en plena evolución. Por una parte, desde el paganismo comenzaron a preocuparse más por la suerte del creyente después de la muerte. En definitiva, el espíritu religioso del mundo mediterráneo tendió a ser “menos cívico y más místico”.Por otra, el paganismo del Imperio presentaba las dos vertientes. Una, basada en la tradición religiosa clásica y representada fundamentalmente por los grupos aristocráticos, la clase senatorial, e intelectuales que despreciaban el bajo nivel intelectual del Cristianismo. Otra, los cultos campesinos de origen neolítico, elementales pero a la larga más resistentes, contra los que tendría que luchar la jerarquía eclesiástica altomedieval, y que se concretaban en fiestas y ritos asociados a fuerzas de la naturaleza o a objetos y lugares tales como montañas, bosques o encrucijadas de caminos.

El éxito de las religiones histéricas orientales en el pueblo, y muy especialmente entre las tropas del ejército, dejaba un terreno abonado para la expansión del Cristianismo. Este terreno abonado permitió la difusión vertiginosa del Cristianismo pese a las persecuciones de Decio (250-251), Valerio (257-260) y Diocleciano (303-305).

Se han barajado diferentes interpretaciones para explicar la oposición presentada al Cristianismo por e Estado romano y una buena parte de los intelectuales de la época, siendo, quizá, la más contundente la de que la Iglesia se estaba convirtiendo en una institución que rivalizaba con el propio Estado. Asimismo, se han presentado muchas razones para explicar el triunfo del Cristianismo: falta de homogeneidad religiosa en el Imperio; el carácter universalista del Cristianismo, por encima de peculiaridades regionales; el alto nivel moral y de solidaridad que presentaban los cristianos de la época; los mecanismos de la psicosis de angustia existente que arrastraba a las gentes a buscar más la fe que la razón; el fortalecimiento numérico e institucional cada vez mayor que presentaba la Iglesia, y un largo etcétera. La conversión del emperador Constantino, y el trato de favor dado al Cristianismo a partir de ese momento, fue definitivo en su consolidación.

Sobre la conversión de Constantino al Cristianismo han destacado la ambigüedad religiosa y el oportunismo político del emperador; características que le habrían llevado a intentar conciliar los principios de la Fe cristiana con los de un paganismo todavía fuerte. De hecho, Constantino nunca renunció al título pagano de “Pontifex Maximus”, y presidió los ritos paganos tradicionales en la fundación de Constantinopla.

La conversión de Constantino supuso abrir la puerta a numerosas novedades surgidas del reajuste en las relaciones Iglesia-Estado. Un reajuste iniciado con el edicto de Milán del año 313, a partir del cual los cristianos iban a disfrutar de la tolerancia estatal. Constantino ordenó que se devolvieran a la Iglesia las propiedades que le habían sido confiscadas durante las persecuciones; eximió al clero de pagar impuestos; confirió a los obispos autoridad judicial; autorizó a la Iglesia a recibir donaciones y a que sus templos fueran lugares de asilo; dispuso de medidas ligadas al carácter humanitario del Cristianismo, como la prohibición de marcar esclavos con fuego o la crucifixión; inaguró la política de construcción de iglesias a expensas del Estado. Pero, sin duda, el acontecimiento de mayores repercusiones fue su intervención en el Concilio de Nicea del 325, al suponer el primer paso dado en la intromisión del poder laico en los asuntos internos de la Iglesia, que tan larga e intensa trayectoria tendría a lo largo del Medievo.

Con la excepción de Juliano el Apóstata, los sucesores de Constantino fueron dando pasos decisivos para la expansión del Cristianismo y las relaciones Iglesia-Estado. El emperador Graciano dejó de ostentar el título pagano de Pontifes Maximus en el 379, retirando tres años después el altar dedicado a la Victoria en el Senado de Roma. Teodosio, con el edicto de Tesalónica (380) hizo del Cristianismo la religión oficial del Estado. En los años 392 y 393 se prohibieron, respectivamente, las manifestaciones públicas de culto pagano y los Juegos Olímpicos.

A partir de entonces los enemigos de la Iglesia iban a ser otros: las fisuras heréticas surgidas en el seno de la comunidad cristiana, entre las que el arrianismo desempeñaría un papel destacado por su éxito entre las poblaciones germánicas; y los brotes continuos de aquel paganismo rural y ancestral nunca vencido.

Factores externos: los bárbaros

El término “barbaroi”, bajo el que se designaba a todos aquellos pueblos situados más allá de la fronteras políticas y culturales de la Hélade, fue heredado de los griegos por Roma, al igual que se carácter peyorativo, y su identificación con gentes en un estadio de civilización inferior. Esta imagen, así como la idea de la culpabilidad de los bárbaros en la crisis política que acabó con el Imperio romano caló profundamente en los ambientes humanistas.

Los pueblos Germanos y Roma

Sabemos de una primera cultura germánica al sur de Escandinavia y en la Península de Jutlandia, de su expansión por la costa sur báltica y por la gran llanura centroeruopea, así como de su llegada hacia el año 500 a.C. hasta el curso inferior del Rin y sus contactos con los celtas, a costa de quines se llevaron a cabo las migraciones germánicas entre los siglos III-I a.C. hasta la conquista de la Galia por César (58-51 a.C.) y la organización del “limes” danubiano por Augusto (16-15 a.C.). Desde entonces hasta el siglo II los germanos dejaron de constituir un peligro serio para el Imperio. También corresponden a esta época las descripciones más famosas sobre sus costumbres, aunque no todo lo puntuales y objetivas que desearíamos, debidas, entre otras, a las plumas de César (101-44), Estrabón, Plinio el Viejo o Tácito.

En la actualidad se suele hablar de tres momentos en las relaciones entre Roma y los pueblos germanos: el de conquista y colonización romana, en el que la guerra de fronteras con los bárbaros formaría parte del proceso de creación del Imperio; el de las migraciones de parte de las poblaciones germanas a las provincias imperiales, acompañados ya los guerreros de mujeres y niños, con un carácter siempre pacífico y con el deseo de servir a Roma, bien de manera individual como mercenarios, bien de manera colectiva mediante tratados para proteger el “limes” de otros pueblos; por último, el de las invasiones violentas protagonizadas por guerreros que guía a sus respectivos pueblos, siguiendo las directrices de un jefe común y cuyos desencadenantes podía ser varios: la presión de otro pueblo, el fracaso de los pactos con Roma, su traición o, sencillamente, la envidia y el deseo de vivir como los romanos.

El conocimiento de las grandes ramas dialectales permitió en su día una primera clasificación de estos pueblos: dialectos nórdicos o escandinavos, dialectos ópticos (gótico, burgundio, vándalo), dialectos wésticos (francos, alamanos, bávaros, lombardos), dialectos del Elba y del mar del Norte (anglos, sajones y frisones). Aunque todos estos pueblos conocían la agricultura sedentaria, sus formas económicas se hallaban ligadas fundamentalmente a la ganadería como principal fuente de riqueza, con una preferencia al ganado bovino por parte de los sajones y frisones, y hacia el equino por parte de los godos. La forma de ocupación del suelo era el poblado o dorf, con sus tierras de labor en torno al mismo y el sistema de reservas para futuras roturaciones o “marcas”, más alejadas y utilizadas por ganaderos, cazadores y leñadores. Su artesanía sólo descuella en los ramos de metalurgia y orfebrería. La práctica mercantil era también rudimentaria entre estos pueblos acostumbrados más al autoconsumo y al trueque. No utilizaban la moneda, aunque la atesoraban por su valor en oro y plata. No obstante, por la influencia cada vez mayor del Imperio su comercio a través del limes llegó a tener un cierto peso, lo que ha llevado a considerar las funciones económicas de la línea fronteriza junto a las puramente defensivas. Los productos de intercambio eran, sobre todo, esclavos, pieles y ámbar germanos frente a manufacturas y metales preciosos romanos.

Su estructura social se fundamentaba en tres tipos de solidaridades. La primera era la sippe, o familia amplia, que aseguraba la protección de la parentela en torno al padre, quien ostentaba el mundo, la autoridad o soberanía doméstica. Los varones llegaban a la mayoría de edad a los quince años, cuando eran armados ante la asamblea de guerreros; las mujeres quedaban bajo la tutela paterna hasta su matrimonio. En la familia, las esposas legítimas tenía un cierto relieve en cuanto guardianas de la tradición, así como un contrato matrimonial y las prestaciones económicas del esposo (arras). La segunda era la tribu, y la tercera el gau o pueblo, formado por un conjunto de tribus y con un jefe común, que resultaba elegido durante la celebración de las reuniones anuales de sus guerreros o thing.

En torno a los titulares de esta aristocracia se formaron clientelas militares de hasta doscientos guerreros ligados a su jefe por vínculos personales de fidelidad.

Los jefes más destacados podían ser elegidos para dirigir la guerra y alcanzar, incluso, la consideración de reyes del pueblo en armas, bajo cuya guía se federaban los distintos aristócratas con sus respectivos séquitos de guerreros. Pero paralelamente a esta forma de realeza militar, dependiente de la elección coyuntural, los pueblos germanos conocieron otra forma -algunos más tardíamente como los sajones- cimentada en el supuesto origen divino del linaje, cuyos miembros podían ostentarla, que tendía a ser dinástica, y en torno a la cual se formaban las grandes confederaciones de pueblos, como ocurrió durante las grandes migraciones. Por debajo de la gran masa de población libre se hallaban los semilibres, miembros de tribus germanas sometidas, y los esclavos domésticos o agrícolas, de origen diverso (cautivos de guerra, nacidos de padres esclavos, por deudas…).

Respecto al De4recho,los germanos carecía de norma escrita. Tenía un Derecho consuetudinario de transmisión oral, aunque por la influencia de Roma acabarían por codificarlo. Mantuvieron elementos de Derecho personal y territorial. Se dejó gran parte de la competencia de la justicia a la familia, ya que a ella pertenecía la responsabilidad colectiva y la venganza de sangre; también a ella correspondía dar cuenta de los delitos, jurar la inocencia de una persona, y el pago o cobro de las multas judiciales. Asimismo, en ocasiones, el Derecho germánico previó la convocatoria de un combate para determinar la culpabilidad, así como el juicio a través de la ordalía; métodos que a pesar de su primitivismo iban a subsistir en algunas partes de Europa hasta la plenitud medieval.

Sus creencias religiosas se basaban en la concepción del universo como un campo de batalla, en donde los diferentes dioses y fuerzas naturales medían sus fuerzas. El culto a objetos o lugares considerados sagrados -montañas, bosques, fuentes-, así como a los días de luna llena o a los comienzos de los solticios fueron frecuentes. Lo mismo hay que decir respecto a las celebraciones de fiestas con sacrificios de animales y danzas en honor de los dioses de cada tribu tras una victoria militar, y de la construcción de templos con ídolos de madera o metal. Varias de sus formas religiosas paganas iban a subsistir, incluso, tras su cristianización.

Uno de los pasos más relevantes en el proceso de integración de los germanos fue su aceptación del Cristianismo ortodoxo. El paso de los ya arrianos al catolicismo marcó un momento clave en la historia de pueblos como los visigodos. Pero aún más decisivo, y también más complicado, fue el paso directo del paganismo al catolicismo de franco o anglosajones. El resultado fue que su conversión formal no conllevó la renuncia a sus antiguos dioses, lugares sacros, o ancestrales costumbres religiosas, y el paganismo, aunque no nominalmente, iba a mantener buena parte de sus formas y ritos, en especial, en el medio rural. Esta amalgama de paganismo y Cristianismo explica que, aunque en el siglo VIII y posteriores, personajes como Carlomagno (768-814) consideraran oportunas las conversiones forzosas, a sangre y fuego, otros, de mayor talla intelectual y de propósitos fundamentalmente evangélicos, como el papa Gregorio Magno (590-604) pensaran que las únicas conversiones firmes y duraderas tenían que llevarse a cabo con especial cuidado, sin intentar arrancar en un día las creencias acumuladas y vividas por estas gentes durante siglos; sin que fueran, en definitiva, traumáticas.

Y algo parecido hay que decir respecto a su arte; un arte tendente a la abstracción frente al realismo romano.

Las grandes migraciones del siglo V

La situación de estos pueblos frente al “limes” imperial antes de que en el 375 los hunos emprendieran su marcha hacia Occidente era la siguiente: el río Dniéper constituía la frontera entre las dos principales ramas del pueblo godo, los visigodos instalados en Dacia y los ostrogodos en el Ponto y actual Ucrania. En esta época, Ulfila (310-380), consagrado obispo en el año 340, creó su alfabeto, tradujo la Biblia al gótico e introdujo la Fe arriana entre ellos. La confederación de los alamanos, en la que existía un claro predominio suevo, se hallaba instalada en los cursos medios del Elba y del Saale. Los burgundios ocupaban el valle de Main y las zonas próximas al Rin al este de Maguncia, y los turingios al este del Elba. Los francos, por su parte, estaban asentados en la orilla dercha del Rin Inferior. Los sajones ocupaban la zona entre el Elba y el Ems, los frisones, al oeste de este río, conviviendo con anglos y warnos; los quados, en Moravia. Las tribus vándalas de asdingos y silingos se establecieron en la llanura húngara, al norte del Danubio y en la Silesia media. Finalmente, los lombardos emigraron desde el Elba a Panonia en el siglo V.

En el desencadenamiento final de las grandes migraciones de estos pueblos fueron fundamentales las alteraciones y posterior presión de los pueblos nómadas de las estepas rusas, en concreto de los hunos que, tras vencer a alanos, ostrogodos y visigodos, desde el 375 dominarían las estepas del Don y el delta danubiano, encabezando una confederación de pueblos.

En el año 376, los visigodos, presionados por los hunos, atravesaron el Danubio. Al emperador Valente no le quedó otro remedio que aceptarlos y mantenerlos a cargo de la annona. Pero el mal funcionamiento del sistema de abastecimientos al que se hallaban supeditados, así como los abusos perpetrados por funcionarios y mercaderes romanos provocaron su sublevación y posterior victoria sobre las legiones romanas en la batalla de Adrianópolis (378), donde murió el propio emperador. Los visigodos se dispersaron entonces por los Balcanes, sembrado el pánico entre la población. Sólo la actitud de Teodosio I (379-395) iba a lograr provisionalmente la paz. El nuevo augusto, de origen hispano, llevó a cabo un pacto con el pueblo godo en el año 382, instalando a los ostrogodos en Panonia como federados del Imperio y a los visigodos en Mesia Inferior. El foedus les convertía en tropas al servicio de Roma a cambio de recibir provisiones a cargo de la annona. Sin embargo, las rapiñas por Tracia y Macedonia fueron frecuentes en los años inmediatos cada vez que la provisiones escaseaban o que se deseaba presionar al emperador con el fin de que otorgara nuevas concesiones y honores a sus jefes. A pesar de ello la situación puedo mantenerse hasta la muerte de Teodosio. Tras su desaparición, el acuerdo, que conllevaba no la fidelidad de los godos al Estado romano sino a la persona del emperador, quedó roto. A su muerte el Imperio se dividió entre sus hijos: Arcadio recibió Oriente y Honorio, Occidente. Este último, por su corta edad, cedió de hecho el poder a un militar de origen vándalo, Stilicón, quien tuvo que enfrentarse continuamente a los ataques de los bárbaros, en especial a los protagonizados en Tracia y Macedonia por el visigodo Alarico, sin duda, el caudillo más relevante del momento.

En el año 405 grupos de ostrogodos, vándalos y alanos entraron en Italia. Aunque Stilicón consiguió aniquilar a la mayoría, a Honorio no le quedó otro remedio que trasladar su corte a Rabean. El 31 de diciembre del 406 los suevos, vándalos y alanos lograron romper la frontera del Rin y extenderse por las Galias. La apertura de este nuevo frente bélico y el asesinato de Stilicón en el 408 iban a dejar desprotegida a Italia durante algún tiempo. Su falta de defensa fue aprovechada por Alarico y sus guerreros, quienes llegaron a asediar Roma en tres ocasiones hasta su toma final (410).

Alarico no tenía intención de permanecer en Italia, sino pasar al norte de África. Su muerte, poco antes de que terminara el año, acabaría con su sueño a la par que iba abrir un nuevo periodo en el caminar del pueblo visigodo. En efecto, su sucesor Ataúlfo decidió remontar la Península itálica y asentarse en el sur de la Galia. Su objetivo y el de sus inmediatos sucesores no era ya la destrucción del Imperio, sino llegar a un entendimiento, a una política de amistad, con las autoridades romanas. En este contexto hay que situar tanto el matrimonio de Ataúlfo con la hermana del emperador, Gala Placidia (414), prisionera de los visigodos desde el saqueo de Roma, como el foedus suscrito por el rey Walia con el Imperio (418), por el que quedaban asentados de manera estable al sur de la Galia, entre Toulouse y el Atlántico, a cambio de compartir el bandolerismo rural, los “bagaudas”, y luchar contra suevos, vándalos y alanos que habían entrado en Hispania en el 409.

En el otoño del año 409 los vándalos, suevos y alanos atravesaron el Pirineo. Los suevos se acantonaron en Gallaecia, así como los vándalos asdingos; los alanos se desperdigaron por la Cartaginense y Lusitania, y los ándalos silingios en la Bética. La resistencia en Hispania era escasa por la ausencia de tropas romanas, limitándose las autoridades peninsulares a mantenerse en la Tarraconense.

Por el foedus del 418, Walia, además de devolver a Gala Placidia, se había comprometido, como ya se ha señalado, a hacer la guerra a estos pueblos. Los resultados no tardaron en llegar, al vencer en seguida a los alanos y a los vándalos silingos. Los supervivientes se sometieron a la autoridad de Gundérico, rey de los asdingos. En el 419 estalló la guerra entre los suevos gobernados por Hermético y los vándalos de Gundérico. Éstos, finalmente se trasladarían a la Bética (420). La década de los años veinte coincide con la prolongada minoridad del emperador Valentiniano III (423-455) y con los años de predominio vándalo. Ni el emperador, ni Aecio, el militar que llevaba sobre sus hombros la defensa del Imperio, pudieron impedir que los vándalos señorearan a su antojo por la Península ibérica. Derrotaron al ejército romano en la Bética, donde definitivamente iba a perder su ya menguado prestigio. Pero la muerte de Gundérico y la subida al trono de Gensérico iban a cambiar, sin embargo, el curso de los acontecimientos. El nuevo caudillo vándalo decidió reunir a sus pueblos, unas 80.000 almas, y cruzar el estrecho de Gibraltar en el año 429. Ocuparon el África proconsular y sus áreas próximas en los primeros años. Entre el 439 y 440 tomaron Cartago y amenazaron Sicilia. Roma perdía con ello su más importante granero. A Roma, incapaz ya de reaccionar militarmente, no le quedó otro remedio que admitir la existencia de un nuevo reino bárbaro, el de los vándalos en el norte de África. También tuvo que reconocer su dominio sobre Baleares, Córcega y Cerdeña, y sufrir el inicio de las violentas persecuciones de la población romana de la zona y el declive de su comercio en el Mediterráneo.

Los suevos, instalados en Gallaecia, habían creado un reino propio bajo la dirección de Hermético (409-438). Braga era su capital, así como la residencia de sus monarcas. También ocuparon la plaza fuerte de Oporto, mientras que ciudades como Lugo o Coimbra permanecieron en manos de aristocracias locales. Las relaciones entre ambas comunidades étnicas fueron a menudo difíciles, incluso violentas, aunque salpicadas de algunos intervalos de paz, coincidentes con los años de expansión sueva por la Península. Dicha expansión fue protagonizada por dos de sus monarcas: Rékila (411-448), quien conquistó Mérida y Sevilla, y su hijo Rekiaro, quien penetró en el valle del Ebro, aprovechando la complicada situación por la que atravesaba la zona como consecuencia de un nuevo brote bagaúdico.

En el año 436, burgundios, tras una lenta marcha iniciada en la zona de Brandeburgo, acabaron asentándose en la cuenca del Ródano como federados del Imperio. Contaron con núcleos importantes, como Lyon y Ginebra. Su época más floreciente coincidió con el gobierno de Gundobaldo (480-516), quien mandó compilar su Derecho. Pero los francos, tras varios intentos fallidos, acabarían conquistando su reino tras la victoria de Autum (534, del mismo modo que pocos años antes, en el 431, habían ocupado el reino de Turingia).

Las Islas habían sido abandonadas por las legiones romanas hacía ya casi medio siglo cuando acudieron a la Galia en el 406 para su defensa, y a participar en la guerra civil entre Honorio y Constantino III. Las consecuencias de tal decisión fueron inmediatas: ausencia de defensas imperiales en las Islas; desaparición de la vida urbana; reaparición de las costumbres prerromanas-célticas. Los caudillos bretones, jefes de clanes que aglutinaban entonces el poder local, intentaron resistir el empuje de los invasores. Pero, paralelamente, los pueblos precélticos, como los pictos de Escocia y los escotos irlandeses, aprovecharían el vacío de poder político existente para presionar también. A los bretones no les quedó otro remedio que emprender sus propias migraciones hacia Gales, Cornualles, la Península Armoricana y Galicia.

Atila

Los hunos, que hasta el año 405 habían estado asentados provisionalmente en las llanuras de Ucrania y Rumania, contaba ahora con un caudillo excepcional, Atila. Hasta el año 450 Atila había dirigido sus incursiones hacia el Imperio de Oriente, al que no le había quedado otro remedio que pactar un tributo anual. Pero desde esta fecha Occidente pasaría a ser su objetivo fundamental. En su cambio de actitud debió pesar, sin duda, la propuesta que le hizo Honoria, la hermana del emperador Valentiniano III. El desencadenante de los acontecimientos fue la orden imperial de arresto y posterior decapitación d Eugenio, amante de Honoria, por estar convencido Valentiniano III de que ambos habían urdido un complot contra su persona para hacerse con el poder. En la primavera del 450 Honoria, ante el compromiso matrimonial con otro hombre que se le había impuesto, envió a su fiel eunuco Jacinto ante Atila con una carta, una fuerte suma de dinero y su anillo.

Teodosio II, pocos días antes de morir, envió inmediatamente un mensaje a Valentiniano III, aconsejándole la entrega de su hermana a Atila para no darle pretexto alguno sobre mayores pericones. La embajada de Atila a la corte de Rabean en defensa de su “esposa” no se hizo esperar. Atila, apoyado por la fuerza de sus guerreros, solicitó para sí y su prometida la mitad del Imperio de Occidente, la Galia. En los primeros meses del año 451, desde Panonia, Atila con un destacado ejército atravesó el Rin e inició el asedio de Orleáns. Después buscó la resolución de la guerra en un enfrentamiento decisivo. Fue la batalla de Campus Mauriacus (el legendario encuentro de los Campos Cataláunicos) donde un coalición militar encabezada por Aecio y Teodorico le derrotaron.

Al año siguiente irrumpió en el valle del Po, saqueando Aquilea, Papua, Vicenza, Verona; Brescia, Bérgamo y Milán. Se han aducido dos motivos de desigual relieve para explicar que Atila no emprendiera la conquista de Roma. Uno, que los chamanes le desaconsejaran esta operación, recordándole el ejemplo de Alarico, muerto al poco tiempo de llevar a cabo el saque de la ciudad. Otro, la embajada romana encabezada por el papa León I, quien le habría convencido para no penetrar en la capital, quizá con la promesa del envío de Honoria y del pago de algún tributo. Pero lo realmente relevante es, por un lado, que Aecio y el emperador confiaran la embajada a León I, lo que demuestra la consolidación cada vez mayor del poder espiritual frente al de un Impero próximo a derrumbarse; y, por otro, que Atila, inesperadamente, se dejara persuadir y se retirara. No obstante, en la decisión del caudillo huno debieron repercutir dos hechos más: que el emperador de Oriente, Mauricio, estaba atacando sus cuarteles en Panonia; y el cansancio de las tropas hunas, molestas además por la lejanía de su base de operaciones y las epidemias que las estaban diezmando. Además, no existe referencia a la entrega del posible tributo prometido y Honoria no le fue entregada.

En el 453, nada más regresar a Panonia, Atila se apresuró a preparar el ataque contra el emperador de Oriente por haberse negado a pagar los tributos acordados con su antecesor Teodosio. Pero su muerte, ocurrida durante la noche de bodas con un una esposa, la germana Ildico, a causa de un nuevo ataque de epistaxis, enfermedad que sufría desde hacía años, pondría fin a sus propósitos y llevaría la tranquilidad a Constantinopla y también a Occidente.

El final político del Imperio romano de Occidente

La muerte de Atila, sin embargo, no iba a significar más que un levísimo respiro. La inestabilidad del poder romano se acentuaba progresivamente: Valentiniano III mandaba ejecutar a Aecio pocos meses después, y el propio emperador moría asesinado en el año 454.

En las décadas siguientes, hasta el destronamiento del último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo, en el año 476, fue consumándose la descomposición del poder imperial, convertido ya en una pura ficción. De hecho, el poder se encontraba reducido a una parte de Italia. La presencia vándala en África, el principal granero de Roma, y en el Mediterráneo occidental dificultaba enormemente el aprovisionamiento triguero de la capital. La propia Roma, que ya había cedido su papel de corte a Rábena, era asaltada por los vándalos en el año 455, sin que ninguna autoridad civil o eclesiástica pudiera detener entonces el empuje bárbaro como lo había conseguido poco antes León I con Atila.

Tras la desaparición de la dinastía Teodosiana, los siguientes titulares del Imperio de Occidente carecieron de fuerza y prestigio, depositando el poder de hecho en los grandes jefes militares de ascendencia germánica. Entre ellos destacaron Ricimero, quien ostentó el poder entre los años 456 y 472, y Odoacro, nombrado rey por las propias tropas imperiales, quien lo mantuvo hasta la entrada de los ostrogodos en Italia en el año 489. Solo el emperador Mayoriano (457-465), impuesto por Ricimero, representaría un último intento, aunque sin éxito, de restablecer la dignidad imperial al combatir a francos, visigodos y vándalos.

El destronamiento de Rómulo Augústulo en el año 476 por su antiguo protector Odoacro ponía fin a cualquier nuevo intento de restauración del Imperio romano de Occidente. El caudillo hérulo remitió a Constantinopla, la “Segunda Roma”, las insignias imperiales en señal de acatamiento al único emperador con poder efectivo que quedaba, Zenón, con el deseo de seguir ejerciendo el poder militar en la parte occidental mientras que la clase senatorial italiana mantendría la administración civil. Pero el futuro del panorama político en Occidente iba a ser otro. Desde el año 481, los francos, hasta esos momentos un pueblo de segunda categoría, se lanzarían desde su núcleo de Tournai a ocupar un puesto fundamental en la Galia. Su protagonista fue Clodoveo (482-511), quien acabó con los resto del dominio romano en la zona tras su victoria en el 486 sobre el duque galorromano Siagrio, y su posterior conquista del área entre el Somme y el Loira. Por su parte, los ostrogodos, bajo el mando de Teodorico el Grande (493-526) se asentarían en Italia con el propósito de crear una entidad política basada en un sistema de alianzas de los pueblos germánicos para luchar contra Bizancio. La creación de estos nuevos reinos y la puesta en marcha de sus proyectos, de mayor o menor éxito, lograrían que el perfil de Europa fuera distinto a partir del siglo VI.




Descargar
Enviado por:Moreno
Idioma: castellano
País: España

Te va a interesar