Victoria aliada y consecuencias de la guerra

Debilitamiento de Europa. EEUU (Estados Unidos). URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Japón. Pérdidas. Carta del Atlántico

  • Enviado por: Colocau
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 15 páginas
publicidad

Tema 10. La Segunda Guerra Mundial

Lectura 24. La victoria aliada y las consecuencias de la guerra

1. La victoria de los aliados (1943-1945).

A. Planes y preparativos (1942-1943).

En enero de 1942, 26 países de Europa, Asia y América (incluidos EEUU, Gran Bretaña y la URSS) se unían contra el Eje, formando lo que Roosevelt llamó las Naciones Unidas. Se comprometían a usar todos sus recursos para derrotar al Eje y a no firmar una paz por separado. La Gran Alianza contra el fascismo, que no pudo crearse en los años 1930, se lograba al fin.

EEUU y Gran Bretaña unieron sus recursos en una organización llamada Jefes de Estado Mayor Combinados. Nunca dos países habían formado una coalición tan estrecha. Se decidió que Alemania era el principal enemigo, contra el que era preciso concentrarse. De momento, la guerra en el Pacífico quedaba en un segundo plano. Australia se convirtió en la principal base de operaciones contra Japón. El general MacArthur, a quien se había ordenado abandonar las posiciones en Filipinas, asumió el mando en el sudoeste del Pacífico; las fuerzas navales del Pacífico estaban al mando del almirante Nimitz. Se fijó una organización aparte para el teatro de operaciones China-Birmania-India. La flota y la fuerza aérea de EEUU no tardaron en detener la expansión japonesa hacia el sur y desbaratar sus esfuerzos por cortar las líneas de abastecimiento a Australia; en la primavera de 1942, lograron importantes victorias navales y aéreas en la lucha del mar del Coral y en Midway, que constituyeron la única satisfacción en el marco general de los reveses de aquel período. En el verano, las fuerzas de EEUU desembarcaron en Guadalcanal, en las islas Salomón. Comenzaba un largo y duro “salto de isla en isla”, con fuerzas insuficientes.

En Europa, el primer punto de concentración fue un bombardeo aéreo de Alemania. Los rusos, disgustados, reclamaban un verdadero “segundo frente”, una invasión inmediata, con fuerzas de tierra, que aliviase la presión de las muchas divisiones alemanas que estaban devastando su país. Recelosos de Occidente, consideraban la tardanza en establecer un segundo frente como una nueva evidencia de los sentimientos antisoviéticos.

Pero EEUU aún no estaba preparado para emprender un asalto directo por tierra. Aunque habían transcurrido más de dos años entre el estallido de la guerra en Europa y su intervención, EEUU se hallaba aún en los pesados procesos de movilización, reconversión de la industria para la producción bélica, imposición de controles económicos para impedir una fuerte inflación, y preparación militar de la población, de mentalidad profundamente civil (12 millones de personas acabarían prestando servicios en el ejército, más del triple que en la 1ª G.M.). En todo caso, a lo largo de 1942 los submarinos alemanes controlaban el Atlántico lo suficiente como para hacer demasiado arriesgados los grandes embarques de tropas: tenían al ejército norteamericano prácticamente bloqueado en EEUU. Las flotas de EEUU y Gran Bretaña fueron ganando, poco a poco, la batalla del Atlántico; en los primeros meses de 1943 la amenaza submarina se redujo a dimen-siones tolerables. Los aliados decidieron iniciar el asalto a Alemania, desde Gran Bretaña, con un masivo y prolongado bombardeo aéreo de sus fábricas y ciudades. Como no todo podía enviarse a través del Atlántico al mismo tiempo, y EEUU e Inglaterra estaban empeñados también en la guerra contra Japón, la invasión por tierra se aplazaría hasta 1944. Los asediados rusos se preguntaban si los aliados occidentales pensaban enfrentarse alguna vez con el ejército alemán.

B. El cambio de signo (1942-1943): Stalingrado, África del Norte, Sicilia.

Mientras tanto, a finales de 1942, empezó a cambiar la marcha de la guerra. En noviembre los aliados lanzaron una invasión sorpresa de Argelia y Marruecos, en una operación anfibia de proporciones sin precedentes. Los aliados, al no lograr la cooperación francesa en África del Norte, acudieron al dirigente de Vichy, el almirante Darlan, en una calculada acción oportunista que suscitó enérgicas protestas en muchos sectores. Darlan ayudó a los aliados asumiendo el mando, pero fue asesinado a finales de diciembre. En la competencia que surgió, en los meses siguientes, por la jefatura del comité de liberación de Francia, recientemente establecido en Argel, el general de Gaulle, a pesar de inspirar recelos a Roosevelt, venció con facilidad a sus rivales.

Tras los desembarcos en África del Norte, los alemanes tomaron también el control de la Francia no ocupada, pero fracasaron en su esfuerzo por apoderarse de la flota francesa, al hundir sus tripulaciones los barcos en Toulon. En África del Norte, las fuerzas invasoras, al mando del general Eisenhower, luchaban por abrirse paso hacia Túnez, al este. Mientras tanto, las fuerzas británicas, bajo el general Montgomery, tras contener a los alemanes en El Alamein en junio de 1942, habían lanzado su tercera (y última) contraofensiva en octubre, incluso antes de la invasión; ahora empujaban a los alemanes hacia el oeste, a partir de Egipto, hasta que una gran fuerza alemana, aplastada entre los dos ejércitos aliados, fue destruida en Túnez. En mayo de 1943 ya no había fuerzas del Eje en África. Se había desvanecido el sueño de Mussolini de un imperio africano; el Mediterráneo estaba abierto; la amenaza a Egipto y al Canal de Suez había terminado.

A1 mismo tiempo, estaba claro que en el invierno de 1942-43 los alemanes habían sufrido un catastrófico revés en la batalla de Stalingrado. En agosto de 1942, fuerzas alemanas masivas comenzaban un asalto con todos sus recursos contra Stalingrado, clave del transporte por el Volga inferior; en septiembre habían penetrado en la ciudad. Stalin, que desde el comienzo de la guerra mandaba personalmente las operaciones militares, ordenó resistir a toda costa; los soldados y la población civil ofrecieron una resistencia tenaz. Hitler era igualmente obstinado en sus órdenes de conquista. Tras varias semanas de lucha, los alemanes habían ocupado la mayor parte de la ciudad, pero los soviéticos comenzaron un gran contraataque, dirigido por el general Zhukov; 22 divisiones alemanas fueron obligadas a capitular; los alemanes perdieron más de 330.000 hombres. Los soviéticos siguieron con una nueva contraofensiva hacia el oeste que les supuso avances generales y recuperar lo perdido en el primer año de guerra. Después de Stalingrado, a pesar de algunos retrocesos, los soviéticos se mantuvieron a la ofensiva durante todo el resto de la guerra. Stalingrado (luego llamada Volgogrado) fue un punto crítico, no sólo para el cambio de la historia de la guerra, sino también de la historia de la Europa central y oriental.

Mientras tanto, da lo largo de 1943 fue llegando a la URSS gran cantidad de equipo de EEUU, gracias a la Ley de Préstamo y Arriendo: un flujo de aviones, cañones, vehículos, ropas y alimentos se abría paso, laboriosamente, a través del océano Ártico y también del golfo Pérsico. Se enviaba maquinaria y equipo para las fábricas de armas soviéticas, que estaban incrementando enormemente su producción. Los bombardeos angloamericanos estaban destrozando la industria de la aviación alemana en su propio suelo. La contribución aliada al esfuerzo de guerra soviético era indispensable, pero las pérdidas humanas soviéticas fueron tremendas: murieron más soviéticos en la batalla de Stalingrado que soldados de EEUU en toda la guerra.

Con el éxito de EEUU en las islas Salomón a finales de 1942 y la lenta asfixia de los submarinos alemanes en el Atlántico, el inicio de 1943 trajo nuevas esperanzas para los aliados en todos los frentes. En una espectacular campaña de julio-agosto de 1943, tropas de Canadá, Gran Bretaña y EEUU conquistaron Sicilia. Mussolini cayó inmediatamente; el régimen fascista tocaba a su fin tras veintiún años. Mussolini estableció una República Social Italiana en el norte, pero no fue más que un gobierno títere de los alemanes (unos meses después, en abril de 1945, el Duce, cuando intentaba huir del país, fue apresado, fusilado y colgado como un cerdo por los italianos antifascistas). El nuevo gobierno italiano presidido por el mariscal Badoglio trató de firmar la paz en agosto de 1943. Entonces, el ejército alemán ocupó Italia. Los aliados, tras haber pasado a la península italiana, atacaban desde el sur. En octubre el gobierno de Badoglio declaró la guerra a Alemania, e Italia fue reconocida como “cobeligerante” por los aliados. Pero los alemanes frenaban tenazmente el avance aliado hacia Roma, a pesar de sus nuevos desembarcos y cabezas de playa. La campaña italiana desembocó en un largo y desalentador estancamiento, porque los aliados occidentales, al concentrar sus tropas en Inglaterra para la próxima invasión a través del Canal, nunca podían disponer de fuerzas suficientes para el frente italiano.

C. La ofensiva aliada (1944-1945): Europa y el Pacífico.

La Fortaleza de Europa defendía sus accesos occidentales (las costas de Holanda, Bélgica y Francia), con todo tipo de fortificaciones que la inventiva científica y militar alemana podían idear. Un ataque por mar contra esa fortaleza era una operación sin precedentes. Se diferenciaba de los anteriores ataques anfibios contra Argelia, Sicilia o las islas del Pacífico en que el defensor, al hallarse en la zona donde la red de carreteras y ferrocarriles era más densa, podía acudir inmediatamente con abrumadoras reservas al punto atacado, a no ser que una táctica de despiste lograse desorientarlo, la fuerza aérea destruyese sus transportes, o los rusos le obligasen a retener sus fuerzas en el Este. Se elaboraron planes minuciosos: 10.000 aviones darían protección aérea, decenas de buques de guerra bombardearían la costa, 4.000 embarcaciones transportarían a las tropas y sus abastecimientos a través del canal, se crearían puertos artificiales donde no hubiese.

La invasión comenzó el 6 de junio de 1944. El punto elegido fue la costa de Normandía, cruzando el Canal directamente desde Inglaterra. Una combinación sin precedentes de fuerzas, británicas, canadienses y norteamericanas, de tierra, mar y aire, respaldada por gigantescas acumulaciones de abastecimientos y de reservas de hombres, reunidas en Gran Bretaña, y todo bajo el mando del general Eisenhower, asaltó la costa francesa, estableció una cabeza de playa y mantuvo un frente. La fuerza aliada superaba los 130 000 hombres el primer día, y llegó al millón en un mes. Se obligó a los alemanes a retroceder, al principio más fácilmente de lo que se había pensado. En agosto fue liberado París y en septiembre los aliados cruzaban la frontera alemana. En Francia, Italia y Bélgica, los movimientos de resistencia, que se habían desarrollado en secreto durante los últimos años de la ocupación alemana, salían ahora a la luz y expulsaban a los alemanes y a sus colaboradores. Dentro de Alemania, nunca se desarrolló un movimiento de resistencia con raíces profundas, pero unos pocos hombres, militares y civiles, formaban un grupo clandestino. El 20 de julio de 1944, ese grupo intentó asesinar a Hitler haciendo estallar una bomba en su cuartel general; Hitler sólo resultó herido y se vengó duramente.

En agosto, en otra gran operación, los aliados desembarcaron en la costa mediterránea de Francia, y desde allí acudieron a unirse con las fuerzas aliadas, que encontraban una resistencia cada vez más dura. La ofensiva aliada sufrió, momentáneamente, un serio revés. Un súbito ataque alemán, lanzado bajo las órdenes directas de Hitler en diciembre de 1944 contra unas débiles líneas norteamericanas en las Ardenas belgas, causó grandes pérdidas y confusión. Pero los aliados se rehicieron. Ni la contraofensiva de Hitler ni el empleo de nuevas armas destructoras lanzadas sobre Inglaterra (bombas volantes y cohetes) sirvieron de nada a los alemanes. Los aliados seguían avanzando y destrozaban la línea Sigfrido. El último obstáculo natural se superó cuando, en marzo de 1945, los aliados cruzaron al puente de Remagen y establecieron una cabeza de puente: eran las primeras tropas, desde Napoleón, que cruzaban el Rin combatiendo. Los aliados no tardaron en encontrarse aceptando numerosas rendiciones en el valle del Ruhr.

Mientras tanto, en 1944, los ejércitos rusos expulsaban a los alemanes de Ucrania, de Bielorrusia, de los estados bálticos y de la Polonia oriental. En agosto, llegaban a los suburbios de Varsovia. La clandestinidad polaca se levantó contra los alemanes, pero los rusos, decididos a que Polonia no fuese liberada por una dirección polaca no comunista, se negaron a prestar ayuda al levantamiento, y éste fue aplastado. Los rusos, con sus líneas muy extendidas, y contenidos durante algunos meses por la fuerza alemana en Polonia, se dirigieron el sur, hacia Rumania y Bulgaria; estos dos países cambiaron de bando y declararon la guerra a Alemania. A comienzos de 1945, los rusos reanudando su ofensiva, se abrieron paso hacia la Prusia Oriental y hacia Silesia, y, en febrero, llegaron al Oder, a 60 kms de Berlín, donde Zhukov se detuvo para reagrupar sus fuerzas. En marzo y abril, las fuerzas rusas ocupaban Budapest y Viena.

Empezaba el ataque final contra Alemania. Hitler trasladó fuerzas del frente occidental, que se desmoronaba, para resistir en el Oder y proteger Berlín. La población colaboraba poco al freno del avance aliado, con la esperanza de que llegasen a Berlín y ocupasen lo más posible, antes que los rusos. En abril, los norteamericanos llegaban al Elba, a unos 90 Km. de Berlín, sin encontrar apenas obstáculos; pero allí se detuvieron, por orden del general Eisenhower. Sus líneas de abastecimiento estaban muy extendidas y querían una línea de demarcación clara entre ellos y los rusos; también consideraban necesario desviar algunas fuerzas hacia el sur, contra una posible última resistencia alemana en los Alpes. Pero la decisión fue, sobre todo, un gesto con los soviéticos, a quienes se les permitió tomar Berlín para compensar su enorme sacrificio a la causa común. De igual modo, las tropas que avanzaban hacia el sur se abstuvieron de apoderarse de Praga, permitiéndose a los soviéticos que tomasen la capital checa. Algunos han dicho después que el destino de la Europa central lo determinó la guerra en el Lejano Oriente; EEUU buscaba la ayuda soviética contra Japón, de la que luego resultó que podían prescindir perfectamente.

Los aliados exigieron una rendición incondicional, pero los alemanes siguieron luchando en las calles de Berlín. El 30 de abril Hitler se suicidó entre las ruinas de su capital. El almirante Doenitz, designado sucesor por Hitler, aceptó la rendición el 8 de mayo de 1945. Con ello se ponía fin a la guerra en Europa (unos días antes se había acabado también en el frente italiano).

En el Pacífico las operaciones se habían arrastrado durante tres años contra Japón, entorpecidas por la decisión estratégica de concentrar el esfuerzo contra Alemania. Poco a poco, desde diversos puntos de las islas Salomón (la parte más oriental del archipiélago indonesio), las fuerzas norteamericanas, al principio muy escasas, se abrían paso en dirección hacia el lejano Japón. Tuvieron que luchar, sucesivamente, por Guadalcanal, Nueva Guinea y las Filipinas, así como por las islas japonesas y los atolones del Pacífico central (arrebatados por Japón a los alemanes tras la 1ª G.M. y convertidos en poderosas bases navales), las islas Gilbert, Marshall, Carolinas y Marianas. En octubre de 1944, lograron una gran victoria naval en el golfo de Leyte. Por último, en una de las más grandes y decisivas batallas de la guerra, tomaron la isla de Okinawa, sólo a 450 kms de Japón, justamente cuando los alemanes se hundían en Europa. Desde las nuevas bases conquistadas (Saipan, Iwo Jima y Okinawa) y desde los portaaviones, se lanzó una terrible ofensiva de bombardeos contra Japón, como la que había devastado Alemania en los dos años precedentes, que destrozó la industria japonesa y los restos de su flota, y obligó a su gobierno a pensar seriamente en pedir la paz. Los aliados no se creían que las defensas japonesas estuvieran a punto de desmoronarse o que los japoneses estuvieran dispuestos a negociar. El ejército norteamericano se disponía a trasladar fuerzas de combate del escenario europeo al del Lejano Oriente, dentro de los preparativos para una invasión a gran escala del propio Japón.

El 6 de agosto de 1945, una bomba atómica, fabricada con el máximo secreto por científicos norteamericanos y europeos, fue lanzada sobre Hiroshima, una ciudad de 200.000 habitantes. La ciudad fue destruida totalmente, y murieron más de 70.000 personas. Dos días después, la URSS, que se había comprometido a entrar en el conflicto de Oriente en el plazo de tres meses después de la rendición de Alemania, declaró la guerra al Japón e invadió Manchuria. El 9 de agosto, otra bomba atómica aún más potente cayó sobre Nagasaki y mató a muchos más miles de personas. Los japoneses pidieron la paz inmediatamente. El 2 de septiembre de 1945, se firmó la rendición formal. Se permitió al emperador que continuase como jefe del estado, pero Japón quedó bajo el dominio de un ejército de ocupación de EEUU. La 2ª G.M. había terminado.

D. Las “resistencias” nacionales.

En todos los países ocupados surgió una “resistencia” que, a pesar de las diferencias nacionales, conoció una evolución semejante. Los disconformes con la ocupación escuchaban las emisiones de radio que difundían los aliados desde Boston a Moscú, y sobre todo la BBC de Londres; estas noticias, con­ mensajes de aliento y de directrices de acción, las difundían a su vez mediante octavillas y ­periódicos. Así nacieron agrupaciones espontáneas, más o menos duraderas, haciendo todo lo que estaba a su alcance y poniendo a punto sus propios métodos de acción.

Los sabotajes a la máquina de guerra alemana fueron cada vez más numerosos y eficaces. Para ayudar a personas perseguidas (prisioneros de guerra evadidos, aviadores aliados derribados, judíos, etc) se crearon “redes de evasión” que iban desde Bélgica hasta los Pirineos, o desde Polonia a Hungría y Grecia. Al mismo tiempo, con operacio­nes marítimas o aéreas, introducían o sacaban agentes o información en beneficio de los aliados. Los más audaces se unían para atacar a los colaboracio­nistas o a tropas aisladas. Poco a poco, sobre todo después de que el Servicio de Trabajo Obligatorio en Alemania se impusiera a los jóvenes, se formaron nuevos grupos de combate (maquis o partisanos). Ocasionalmente, la insurrección general, con huelgas repetidas, manifesta­ciones amplias y levantamien­tos armados en ciudades (Varsovia, París) o regiones favorables (Eslovaquia) consumaron el proceso con la apoteosis de la libera­ción.

Aunque la resistencia podía en algún caso coger armas al enemigo (como los partisanos yugoslavos a los ocupantes italianos tras la capitulación italiana), no podía actuar ­realmente ni mantenerse fuerte si los aliados no se las proporcionaban. Los militares de carrera, sin embargo, desconfiaban de ella. Los británicos crearon un Servicio de Operaciones Especiales para equiparla y en Londres se instalaron gobiernos “en el exilio” que se dirigían a sus compatriotas a través de la radio; pero sólo alentaban la guerra clandestina como acoso a las tropas ocupantes. EEUU también tuvo dificultades para adaptarse a ella, aunque a partir de 1943 aportaron a la resistencia la mayor parte de su material. Pero todos los aliados estaban de acuerdo en ayudar a la resistencia sólo si les servía para sus intereses; en caso contrario, la combatían. En la URSS, tras el primer año de guerra, grandes unidades militares quedaron desarticuladas, aunque no capturadas, y las instituciones y los dirigentes soviéticos desaparecieron. Una vez reagrupadas las tropas y recuperado el partido comunista, grupos de miles de partisanos operaron detrás del inmenso frente alemán (en vastos territorios que era imposible ocupar densamente); su cometido consistía en cortar las líneas de abastecimiento, retener a numerosas divisiones alemanas lejos del principal teatro de operaciones y preparar las ofensivas del Ejército Rojo. Estas luchas se libraron en un clima de exaltación patriótica, que marcaba una estrecha unión del régimen soviético con la Rusia eterna. En Yugoslavia, con más ayuda británica que rusa, el jefe partisano, el comunista Tito, luchó a la vez contra los ocupantes alemanes, los colabora­cionistas croatas y serbios, y la resistencia chetnik, anticomunista, de Mihailovic. Por su mayor combatividad, logró imponerse, dibujando así la Yugoslavia de la posguerra, un estado federal con un régimen comunista.

La historia de los movimientos europeos de resistencia es en gran medida mitológica, pues (salvo, en cierta medida, en Alemania) la legitimidad de los regímenes y gobiernos de posguerra se cimentó fundamentalmente en su participación en la resistencia. Francia es el caso extremo, porque en ese país no existió una continuidad real entre los gobiernos posteriores a la liberación y el de 1940, que había firmado la paz y había colaborado con los alemanes, y porque la resistencia armada organizada apenas tuvo importancia hasta 1944 y obtuvo escaso apoyo popular. La Francia de la posguerra fue reconstruida por el general De Gaulle sobre la base del mito de que la Francia eterna nunca había aceptado la derrota. Como afirmó el mismo De Gaulle, “la resistencia fue un engaño que tuvo éxito”. El hecho de que en los monumentos a los caídos sólo se rinda homenaje a los miembros de la resistencia y a los que lucharon en las fuerzas mandadas por De Gaulle es fruto de una decisión política. Sin embargo, Francia no es el único país en el que el estado se cimentó en la mística de la resistencia.

Es preciso hacer dos matizaciones respecto a estos movimientos europeos de resistencia. Ante todo que, con la posible excepción de Rusia, su importancia militar, hasta el momento en que Italia abandonó las hostilidades en 1943, fue mínima y no resultó decisiva en ningún sitio, salvo tal vez en algunas zonas de los Balcanes. Hay que insistir en que tuvieron ante todo una importancia política y moral. Así en Italia, después de veinte años de fascismo, que había tenido un apoyo popular importante, incluso de los intelectuales, la vida pública fue transformada por la gran movilización de la resistencia en 1943-1945, en la que destaca el movimiento partisano armado de la zona central y septentrional del país, con más de 100.000 combatientes, de los que murieron 45.000. Esto permitió a los italianos superar sin mala conciencia la era mussoliniana. En cambio, los alemanes no pudieron distanciarse del período nazi de 1933-1945 porque apoyaron firmemente a su gobierno hasta el final. Los miembros de la resistencia interna, una minoría formada por militantes comunistas, militares conservadores prusianos y disidentes religiosos y liberales, habían muerto o volvían de los campos de concentración. A la inversa, a partir de 1945 el apoyo al fascismo o el colaboracionismo con el ocupante dejaron fuera de la vida pública durante una generación a quienes los habían practicado. No obstante, la guerra fría contra el comunismo ofreció a estas personas no pocas oportunidades de empleo en las operaciones militares y de inteligencia clandestinas de los países occidentales.

La segunda observación acerca de los movimientos de resistencia es que, por razones obvias, aunque con una notable excepción en el caso de Polonia, se orientaban políticamente hacia la izquierda. En todos los países, los fascistas, la derecha radical, los conservadores, los sectores más ricos y todos aquellos cuyo principal temor era la revolución social, simpatizaban con los alemanes, o al menos no se oponían a ellos. Lo mismo cabe decir de algunos movimientos nacionalistas minoritarios, que siempre habían estado en la derecha ideológica y que esperaban obtener algún beneficio de su colaboración. Tal es el caso en especial del nacionalismo flamenco, eslovaco y croata. Muy parecida fue la actitud del sector de la Iglesia católica formado por los anticomunistas más intransigentes. No obstante, la posición política de la Iglesia era demasiado compleja y en ningún sitio se puede calificar simplemente de “colaboracionista”. De lo dicho se desprende que los elementos de la derecha que participaron en la resistencia eran inevitablemente atípicos. Winston Churchill y el general De Gaulle no eran exponentes típicos de sus familias ideológicas, aunque es cierto que para más de un tradicionalista visceral de derechas con instintos militaristas, un patriotismo que no defendiera la patria era simplemente impensable.

Esto explica el notable predominio de los comunistas en los movimientos de resistencia y el enorme avance político que consiguieron durante la guerra. Gracias a ello, los movimientos comunistas europeos alcanzaron su mayor influencia en 1945-1947. La excepción fue Alemania, donde los comunistas no se recuperaron de la brutal decapitación sufrida en 1933 y de los heroicos pero suicidas intentos de resistencia que protagonizaron hasta 1936. Incluso en países como Bélgica, Dinamarca y Países Bajos, alejados de cualquier perspectiva de revolución social, los partidos comunistas aglutinaban el 10-12% de los votos, mucho más de lo que nunca habían conseguido, lo que les convertía en el tercer o cuarto grupo más importante en sus parlamentos. En Francia fueron el partido más votado en las elecciones de 1945, ganando por primera vez a sus viejos rivales socialistas. Sus resultados fueron aún más sorprendentes en Italia. El Partido Comunista italiano, que antes de la guerra era un pequeño partido acosado, poco implantado y clandestino, se había convertido, después de dos años de resistencia, en un partido de masas con 800.000 afiliados, llegando a casi dos millones en 1946. En los países donde el principal elemento en la guerra contra las potencias del Eje había sido la resistencia interna armada (Yugoslavia, Albania y Grecia), las fuerzas partisanas estaban dominadas por los comunistas, hasta el punto de que el gobierno británico de Churchill, que no albergaba la menor simpatía hacia el comunismo, trasladó su apoyo y su ayuda del monárquico Mihailovic al comunista Tito, cuando se hizo patente que el segundo era mucho más peligroso que el primero para los alemanes.

Los comunistas participaron en los movimientos de resistencia no sólo porque el “partido de vanguardia” de Lenin había sido pensado para lograr unos cuadros disciplinados y desinteresados, cuyo objetivo era la acción eficaz, sino porque esos “revolucionarios profesionales” habían sido creados precisamente para situaciones extremas como la ilegalidad, la represión y la guerra. En ese sentido, diferían de los partidos socialistas, que no podían actuar fuera de la legalidad (elecciones, mítines, etc), que enmarcaba sus acciones. Otros dos rasgos, su internacionalismo y la convicción apasionada con la que dedicaban su vida a la causa, ayudaron a los comunistas a alcanzar una posición preeminente en la resistencia. Gracias al primero pudieron movilizar a las personas más inclinadas a responder a un llamamiento antifascista que a una causa nacional. Así ocurrió en Francia, donde los refugiados de la guerra civil española fueron el núcleo mayoritario de la resistencia armada en el suroeste del país (unos 12.000 miembros) y donde los refugiados y trabajadores inmigrantes de 17 naciones realizaron, bajo la sigla MOI (Main d'Oeuvre Immigrée), algunas de las acciones más arriesgadas que llevó a cabo el partido, como el ataque del grupo Manouchian (armenios y judíos polacos) contra los oficiales alemanes en París. El segundo de esos rasgos generó esa mezcla de valentía, espíritu de sacrificio y determinación implacable que impresionaba incluso a sus enemigos (léase Tiempo de guerra del yugoslavo Milovan Djilas).

Aunque su disciplinada organización aumentaba sus posibilidades de supervivencia en las prisiones y campos de concentración, los comunistas sufrieron cuantiosas bajas. El recelo que suscitaba el Partido Comunista francés, cuya dirección era contestada incluso por otros comunistas, no desmentía su afirmación de ser le parti des fusillés, con casi 15.000 militantes ejecutados por el enemigo. No es sorprendente que tuviera una gran ascendencia sobre las personas más valientes, especialmente los jóvenes y, sobre todo, en países como Francia o Checoslovaquia, en los que la resistencia activa no había encontrado un apoyo masivo. Ejercían también un fuerte atractivo sobre los intelectuales, el sector que más rápidamente se movilizó bajo el lema del antifascismo y que fue el núcleo central de las organizaciones de resistencia no partidistas, pero de izquierdas en sentido amplio. Tanto la devoción de los intelectuales franceses hacia el marxismo como el dominio de la cultura italiana por personas vinculadas al Partido Comunista, fueron un corolario de la resistencia.

Los comunistas no trataron de establecer regímenes revolucionarios, excepto en las zonas de los Balcanes dominadas por la guerrilla. La URSS, hacia la que los comunistas mostraban una lealtad total, desalentó los intentos unilaterales de conseguir el poder. De hecho, las revoluciones comunistas que se llevaron a cabo (en Yugoslavia, Albania y luego China) se hicieron contra la opinión de Stalin. El punto de vista soviético era que la política de posguerra tenía que seguir en el marco de la alianza antifascista global, es decir, el objetivo era la coexistencia a largo plazo, o más bien la simbiosis de capitalismo y comunismo, de modo que los cambios sociales y políticos tendrían que surgir de las “democracias de nuevo tipo” que surgirían de las coaliciones nacidas durante la guerra. Esa hipótesis optimista no tardó en desvanecerse con la guerra fría, hasta tal punto que pocos recuerdan que Stalin instó a los comunistas yugoslavos a sostener la monarquía o que en 1945 los comunistas británicos se opusieron a la ruptura de la coalición que habían establecido con Churchill durante la guerra, es decir, a la campaña electoral que llevaría a los laboristas al poder. Sin duda, Stalin era sincero cuando hacía esos planteamientos e intentó demostrarlo disolviendo la Comintern en 1943 y el Partido Comunista de EEUU en 1944.

La decisión de Stalin dejaba claras sus intenciones. Significaba un adiós definitivo, por pragmatismo, a la revolución mundial. El socialismo quedaría limitado a la URSS y al territorio que se le asignara en la negociación diplomática como zona de influencia, es decir, básicamente al que ocupaba el ejército rojo al finalizar la guerra. Pero incluso dentro de esa zona sería más un vago proyecto de futuro que un programa inmediato para implantar “democracias populares”. El devenir histórico, que no tiene en cuenta las intenciones políticas, tomó otra dirección, excepto en un aspecto. La división del mundo mismo, en dos zonas de influencia que se negoció en 1944-1945 pervivió. Durante treinta años ninguno de los dos bandos traspasó la línea de demarcación fijada, excepto en momentos puntuales. Ambos renunciaron al enfrentamiento abierto, garantizando así que la guerra fría nunca llegaría a ser una guerra caliente.

2. Las consecuencias: el mundo al finalizar la guerra

A. Las Conferencias interaliadas.

El fanatismo y la dureza del conflicto generaron un ambiguo final: no se firmó ninguna paz. La derrota de los vencidos fue total, sin condiciones, lo que hubiera debido facilitar la solución de los problemas pendientes. Pero, en realidad, no se arregló nada; más aún, se plantearon nuevos problemas imprevistos y que exigían respuestas tan fulminantes como difíciles, hasta el punto de que algunos pensaron resolver­los emprendiendo una tercera guerra mundial entre los aliados de la víspera. A pesar de todo, se tomaron medidas y se crearon organismos (la ONU) para prevenir semejante catástrofe. Una nueva paradoja fue ver a los vencedores emplearse diligentemente en rehabilitar a los adversarios que tanto interés habían tenido antes en destruir (Alemania, Italia, Japón), consiguiéndolo muy rápidamente.

La Carta del Atlántico, elaborada por Roosevelt y Churchill en su primera reunión (agosto de 1941, frente a la costa de Terranova), era similar en su espíritu a los Catorce Puntos de Wilson. Se comprometía a devolver la soberanía y el autogobierno a todos los que hubieran sido despojados de ellos por la fuerza, señalaba que todas las naciones tendrían un acceso igual al comercio y a los recursos mundiales, y que trabajarían conjuntamente para conseguir mejores niveles de vida y seguridad económica. Prometía una paz que liberaría a toda la humanidad del miedo y de la necesidad, y que acabaría con la fuerza y la agresión en los asuntos internacionales. A lo largo de 1943, los aliados trataron de coordinar sus planes militares. En Casablanca (enero 1943), decidieron exigir la “rendición incondicional” de las potencias del Eje. Aunque criticada en años posteriores (y no aplicada del todo a Japón), no es seguro que tal decisión influyese en el desarrollo de los acontecimientos. La resistencia alemana se prolongó a causa de la obstinación de Hitler y del apoyo de sus militares, y no porque los dirigentes hubieran estado dispuestos a pedir la paz, si los aliados les hubiesen ofrecido unas condiciones adecuadas. En Teherán (diciembre 1943), los aliados discutieron la ocupación y la desmilitarización de Alemania y fijaron los planes para establecer una organización internacional para la posguerra.

Conforme los ejércitos rusos avanzaban contra los alemanes en 1944, el destino de Europa central y oriental se convirtió en una cuestión muy importante. EEUU seguía la táctica de aplazar las decisiones territoriales y políticas conflictivas hasta que la victoria estuviese asegurada. Churchill era más receloso. Formado en la política tradicional del equilibrio de potencias, creía que, si no se negociaban antes unos ajustes políticos, la victoria sobre los nazis equivaldría a la dominación rusa sobre la Europa oriental. Visitó por propia iniciativa a Stalin (octubre 1944) y esbozó una demarcación de esferas de influencia entre las potencias occidentales y la URSS en los Balcanes (predominio ruso en Rumania y Bulgaria, y occidental en Grecia, influencia paritaria en Hungría y Yugoslavia). El control ruso sobre los estados bálticos había sido aceptado por los ingleses ya con anterioridad. Pero Roosevelt y el Departamento de Estado no ratificaron aquel acuerdo, que consideraban anticuado y una peligrosa resurrección de los peores aspectos de la diplomacia anterior a 1914. Sin embargo, era preciso adoptar decisiones políticas sin tardanza.


Las conferencias que alcanzaron las decisiones políticas más importantes fueron las de Yalta y Potsdam en 1945. La de Yalta (febrero 1945) tuvo lugar cuando los aliados estaban más cerca de la victoria final de lo que nadie podía imaginarse. Los tres estadistas aliados se reunieron en un antiguo balneario zarista, a orillas del Mar Negro, y brindaron por sus triunfos comunes. Roosevelt se asignó el papel de mediador entre Churchill y Stalin cuando se trataron problemas europeos. Se esforzó por impedir que Stalin fuese a tener la impresión de que Roosevelt y Churchill estaban, en cierto modo, unidos contra él; la verdad era que Roosevelt recelaba de la devoción de Churchill por el imperio y los lazos coloniales, que él consideraba anacrónicos para el mundo de la posguerra. A pesar de las diferencias, lograron acuerdos, al menos formalmente, sobre Polonia y la Europa oriental, el futuro de Alemania, la guerra en el Lejano Oriente, y la proyectada organización internacional de posguerra, las Naciones Unidas.

La discusión sobre Polonia y la Europa oriental planteó las mayores dificultades. Las tropas de Stalin, que habían empujado a los nazis hasta 60 Km. de Berlín, controlaban Polonia y casi toda Europa oriental y central. Los rusos recordaban aquellas áreas como antisoviéticas, y a Polonia, en especial, como la nación que había perpetrado la agresión contra el territorio soviético en 1920 y como el antiguo pasillo de los ataques a Rusia. Stalin había tomado medidas ya para establecer un gobierno “amistoso” en Polonia. En Yalta, Roosevelt y Churchill obtuvieron de Stalin varias promesas sobre las áreas que él controlaba. De acuerdo con la Carta del Atlántico, se permitirían a los estados liberados unos gobiernos provisionales “ampliamente representativos de todos los elementos democráticos de la población”. Presionaron a Stalin para que se comprometiese también al “establecimiento mas rápido posible, mediante elecciones libres, de gobiernos responsables ante la voluntad del pueblo”. El compromiso fue una concesión verbal que costó muy poco al dirigente ruso; rechazó la sugerencia de una supervisión internacional de las elecciones. La Declaración sobre la Europa Liberada, que prometía derechos soberanos y autodeterminación, produjo una falsa sensación de acuerdo.

Se aceptaron también ciertos cambios territoriales, a falta del acuerdo final. La frontera oriental de Polonia seguiría la llamada línea Curzon, es decir, la frontera ideada por los aliados en 1919, antes de que los polacos conquistasen territorios más al este. A los polacos se les compensaría por el norte y por el oeste, a costa de Alemania. Sobre estas cuestiones hubo un amplio acuerdo; los tres grandes compartían su aversión al nazismo y al militarismo alemanes. Alemania seria, además, desarmada y dividida en cuatro zonas de ocupación bajo la administración de las tres grandes potencias más Francia (ante la insistencia de Churchill). También se habló vagamente sobre la desmembración de Alemania, pero se vieron las dificultades de tal empresa y se aplazó la propuesta, luego desechada. También se abandonó, por impracticable, el plan Morgenthau, que pretendía transformar Alemania en una economía agraria preindustrial. EEUU y Gran Bretaña rechazaron como excesivas las demandas de reparaciones formuladas por la URSS, 20.000 millones $ a pagar en especie, la mitad de los cuales serían para la URSS. Pero se acordó que las reparaciones se entregarían a los países que hubieran soportado las cargas más duras de la guerra y sufrido las más graves pérdidas y que la URSS recibiría la mitad de la suma total que se fijase.

Los participantes estuvieron de acuerdo en los planes para una organización internacional, que recibiría el nombre de Naciones Unidas. Roosevelt creía que las grandes potencias, cooperando en el marco de la ONU y actuando como policías internacionales, eran las únicas que podrían preservar para el futuro la paz y la seguridad del mundo. Se acordó que cada una de las grandes potencias, miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la nueva organización, tendría un poder de veto en las decisiones importantes.


Sobre el Lejano Oriente los acuerdos fueron difíciles. Aquí, las decisiones políticas y militares se hallaban inextricablemente enlazadas En abril de 1941, los soviéticos habían firmado un tratado de no agresión con Japón y habían permanecido neutrales en la guerra del Pacífico, a pesar de sus intereses históricos en el Lejano Oriente. Dada la magnitud de su esfuerzo de guerra en el frente europeo, nadie les presionó para que entrasen en la guerra del Pacífico. Se acordó esperar, por lo menos, hasta que los alemanes estuviesen al borde de la derrota. En Yalta, Stalin se avino a entrar en la guerra contra Japón, pero aseguró que la “opinión pública” soviética pediría una compensación. Se estipuló que la URSS entraría en la guerra contra Japón, “dos o tres meses” después de la rendición de Alemania. En compensación la URSS recuperaría los territorios y los derechos que Japón había arrebatado a la Rusia zarista cuarenta años antes, tras la guerra de 1905, la mitad meridional de la isla Sajalin, y en Manchuria especiales concesiones en el puerto libre de hielos de Dairen y en la base naval de Port Arthur, así como el control conjunto con China sobre los ferrocarriles manchurianos que conducen a esos puertos; además, la URSS recibiría las islas Kuriles, que no habían sido rusas antes. La posición rusa en Mongolia Exterior permanecería también inalterada. A su vez, Stalin confirmaba la soberanía política china sobre Manchuria, a pesar de los privilegios concedidos a los soviéticos, y prometía su apoyo al gobierno nacionalista de China, entonces en difíciles relaciones con los comunistas chinos.

Pero China no era partícipe de ninguna de aquellas concesiones, que durante algún tiempo se mantuvieron secretas. Roosevelt se encargó de lograr el consentimiento de Chiang Kai-Chek, cosa que consiguió, en efecto. Con las concesiones territoriales a la URSS en el Lejano Oriente, las potencias occidentales parecían estar autorizando la sustitución del imperialismo japonés por el imperialismo ruso en la zona largamente discutida de la China del nordeste, y sin que China tuviese en absoluto voz en la cuestión. Las concesiones eran el precio que había que pagar a la URSS por su ayuda contra los japoneses, entonces considerada indispensable para la derrota final del Japón. Pero, no obstante, la entrada de la URSS en la guerra no tuvo consecuencia militar alguna; en efecto, se produjo dos días después de la bomba de Hiroshima y cuando los japoneses se hallaban ya en una situación desesperada, cerca del colapso y de la rendición, incluso aunque la bomba atómica no se hubiese arrojado. También era posible que, aun sin el acuerdo de Yalta, tal vez nada habría podido disuadir a Stalin de entrar en la Manchuria después del colapso japonés, o también de controlar la Europa oriental, como él deseaba. Pero el acuerdo de Yalta prestó respetabilidad a la expansión soviética.

Roosevelt hizo concesiones en Yalta, no sólo porque creía que necesitaba el apoyo de los soviéticos en la última fase de la guerra contra Japón; quería conservar la coalición occidental-soviética hasta que la victoria final estuviese garantizada, y, sobre todo, creía que la armonía del tiempo de la guerra produciría la cordialidad en la posguerra. Churchill, menos seguro del futuro y de la “diplomacia por la amistad”, habría preferido una definición y un reconocimiento más explícitos de las esferas de influencia. Aquellas ideas fueron desechadas como el pensamiento de una época superada. Pero el espíritu de la Carta del Atlántico, a saber, la promesa de la autodeterminación para todos los pueblos, fue infringido en Yalta en muchos aspectos.

En Potsdam (julio 1945), tras el hundimiento alemán, los Grandes volvieron a reunirse: Harry S. Truman (sucesor de Roosevelt, muerto en abril), Clement Attlee (sustituto de Churchill tras el triunfo electoral del Partido Laborista) y Stalin. Los desacuerdos entre los aliados se habían profundizado, no só1o respecto al control soviético de Polonia, la Europa oriental y los Balcanes, sino también sobre las reparaciones alemanas y otras cuestiones. No obstante, hubo acuerdos sobre la ocupación de Alemania, el desarme alemán, la desmilitarización, la “desnazificación” y el castigo de los criminales de guerra. Se acordó que cada potencia podría cobrar reparaciones en especie de su zona de ocupación, que los rusos obtendrían importantes entregas adicionales de las zonas occidentales. Hasta el tratado final de paz, el territorio alemán al este de los ríos Oder-Neisse se encomendaba a la administración polaca; con ello, la frontera polaco-alemana se fijaba en el Neisse, más al oeste de lo inicialmente previsto. Polonia extendía así sus fronteras territoriales unos 150 km hacia el oeste, en compensación de la expansión rusa a expensas de Polonia. La Prusia Oriental alemana fue dividida entre Rusia al norte y Polonia al sur. Konigsberg, fundada por los Caballeros Teutónicos, durante siglos sede de los duques prusianos y ciudad de la coronación de sus reyes, se convirtió en la ciudad rusa de Kaliningrado. Las viejas Stettin y Breslau alemanas se transformaron en las ciudades polacas de Szczecin y Wroclaw. Se contaba con que el traslado de la población alemana de aquellas áreas orientales se haría de forma ordenada y humana, pero millones de alemanes fueron expulsados de sus casas o huyeron en el plazo de unos pocos meses. Para ellos (y para los alemanes que fueron arrojados de la tierra de los sudetes) era la consumación final de la guerra desencadenada por Hitler.


En Potsdam, se acordó firmar tratados de paz, tan pronto como fuese posible, con los antiguos países satélites alemanes; para prepararlos se formó un Consejo de Ministros de Asuntos Exteriores de EEUU, Gran Bretaña, Francia, URSS y China. En los meses siguientes el creciente distanciamiento entre los soviéticos y Occidente se hizo evidente en las duras reuniones de dicho Consejo en Londres, París y Nueva York, así como en una conferencia de paz reunida en París en 1946, con presencia de los 21 estados que habían aportado fuerzas militares a la derrota del Eje. En febrero de 1947 se firmaron tratados con Italia, Rumania, Hungría, Bulgaria y Finlandia. Todos estos países pagaron reparaciones y aceptaron ajustes territoriales. En 1951, se firmó un tratado de paz con Japón, pero no por parte de la URSS, que hizo su propio tratado de paz en 1956. No se firmó ningún tratado final de paz con Alemania, dividida en dos.

Las Conferencias de Yalta y de Potsdam confirmaron la desaparición de Gran Bretaña, Francia y Alemania como potencias de primer orden, así como el establecimiento de una especie de condominio para dirigir el mundo por parte de las dos superpoten­cias (EEUU y la URSS) que la guerra había contribuido a engrandecer. El mundo comenzaba a dividirse en dos bloques y la amenaza (ahora, atómica) volvía a ser asidua consejera de la diplomacia, a pesar de los buenos deseos que supuso la creación de la Organización de las Naciones Unidas.

Esta nueva Sociedad de Naciones se inspiró en la Carta Atlántica firmada por Churchill y Roosevelt (agosto 1941) y aprobada poco después por Stalin. La primera “Declaración de las Naciones Unidas”, por la que 26 naciones en guerra contra el Eje se comprometían a permanecer unidas después de la guerra, se hizo el 1 de enero de 1942. En septiembre de 1944, en Dumbarton Oaks (Washington), EEUU, la URSS, Gran Bretaña y China se pusieron de acuerdo sobre las grandes líneas de la ONU. Todos los estados estarían en igualdad de condiciones como miembros de la Asamblea General; los británicos lograron que se admitiera a sus Dominios (Canadá, Australia, etc) y la URSS a Bielorrusia y Ucrania. La responsabilidad del mantenimiento de la paz se reservó al Consejo de Seguridad, del que serían miembros natos (con derecho a veto) las cuatro potencias más Francia, y que debería tomar las decisiones por unanimidad: era condenarlo a la impotencia siempre que uno de los grandes estimara que sus intereses estaban en peligro.

La Carta fundacional fue firmada por 50 países el 25 de junio de 1945 en San Francisco, constituyéndose la ONU en septiem­bre. Durante la guerra habían surgido también otros organismos internaciona­les, cuyo número aumentará, y que trabajarán en estrecha colaboración con la ONU: Comisariado para los refugiados, UNRRA (para “el auxilio y la rehabilitación”, febrero de 1943), Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo (BIRD) y Fondo Monetario Internacional (FMI) (ambos nacidos en Bretton Woods en julio de 1944), Organización Internacional del Trabajo (OIT, octubre de 1944), UNICEF (ayuda a la infancia), UNESCO (educación, ciencia y cultura), FAO (agricultu­ra y alimentación), OMS (salud), etc.

B. Las pérdidas humanas y materiales.

Más aún que en la 1ª G.M., en la 2ª se luchó hasta el final, sin que ninguno de los bandos pen­sara seriamente en un posible compromiso. Para ambos bandos era una guerra de religión o, en términos modernos, de ideologías. Para la mayoría de los países involucrados era también una lucha por la super­vivencia. Como lo demuestran los casos de Polonia y de las zonas ocupadas de la URSS, así como el destino de los judíos, cuyo exterminio sistemático se dio a conocer poco a poco­ a un mundo que no podía creer que fuera verdad, el precio de la derrota a manos del nazismo alemán era la esclavitud y la muerte. Por ello, la guerra se desarrolló sin ningún límite.


Las pérdidas ocasionadas por la guerra son literalmente incalculables y es imposible incluso realizar estimaciones aproximadas, pues, a diferencia de la 1ª G.M., las bajas civiles fueron tan impor­tantes como las militares y las peores matanzas se produjeron en zonas en que no había nadie que pudiera registrarlas o que se preocupara de hacerlo. Según estimaciones, las muertes causadas directamente por la guerra fueron de tres a cinco veces superiores a las de la 1ª G.M. y supusieron entre el 10 y el 20% de la población total de la URSS, Polonia y Yugoslavia y entre el 4 y el 6% de la de Alemania, Italia, Austria, Hun­gría, Japón y China. En Francia y Gran Bretaña el número de bajas fue muy inferior (unas 200.000 en cada país, en torno al 1%)­, pero en EEUU fueron algo mayores (unas 300.000). Sin embargo, esas cifras no son más que especulaciones. Las bajas soviéticas se calculan entre 7 y 20 o incluso 30 millones.

De cualquier forma, ¿qué importancia tiene la exactitud estadística cuando se manejan cifras tan astronómicas? ¿Acaso el horror del holocausto sería menor si los historiadores llegaran a la conclu­sión de que la guerra no exterminó a 6 millones de judíos, sino a cinco o incluso a cuatro millones? ¿Qué importancia tiene que en el asedio al que los alemanes sometieron a Leningrado durante 900 días (1941-1944) murieran un millón de personas por efecto del hambre y el agotamiento o tan sólo 750.000 o medio millón de personas? ¿Es posible captar el significado real de las cifras más allá de la mera intuición? ¿Qué signi­ficado tiene para quien lea estas líneas que de los 5,7 millones de prisione­ros de guerra rusos en Alemania murieron 3,3 millones? Un dato seguro respecto a las bajas causadas por la guerra es que murieron más hombres que mujeres. En la URSS, todavía en 1959, por cada siete mujeres comprendidas entre los 35 y 50 años había solamente cuatro hombres de la misma edad. Una vez terminada la guerra fue más fácil la reconstrucción de los edificios que la de las vidas de los seres humanos.

Las operaciones militares habían ocasionado, además, vastos movimientos de población, a veces organizados por el ocupante (expulsión de loreneses, polacos, intercambio de tiroleses, etc), a veces provocados por el miedo (éxodo de Francia en junio de 1940, huida de millones de alemanes frente al Ejército Rojo en 1945). A ello hay que añadir los millones de prisioneros de guerra, los afectados por el servicio de trabajo obligatorio o los recluidos en campos de concentración (en Alemania casi 15 millones de personas). En la URSS se produjeron migraciones de trabajadores a las tierras más allá de los Urales, y en EEUU del sur agrícola al nordeste industrial. En total, se evalúa en 30 millones el número de personas “desplazadas”.

La dureza de los combates, el ir y venir de los ejércitos enemigos por los mismos territorios, la amplitud de los bombardeos de la aviación o de la artillería, las operaciones de represalia, etc. explican las enormes destrucciones materiales. Alemania, Polonia y la URSS fueron los países más afectados: un informe polaco estimaba las pérdidas en el 80% de los medios de transporte, el 50% de la riqueza ganadera y el 31% del producto nacional bruto. En Yugoslavia el 20% de las casas fueron destruidas; en Francia fueron dañados 37.000 Km. de vía férrea de un total de 83.000; en Alemania y Japón la mayor parte de las ciudades eran sólo ruinas y cenizas. Italia había sido devastada de sur a norte, librándose sólo la rica llanura del Po. Ni siquiera Gran Bretaña quedó indemne. Sólo EEUU salió del conflicto sin la menor pérdida material.

Paradójicamente, al mismo tiempo que se producían estas enormes destruccio­nes, se ponían en marcha los medios para reparar rápidamente los estragos. Durante la guerra, la investigación científica, teórica y aplicada, efectuó un salto tan grande que se puede hablar realmente del nacimiento de una civilización científico-técnica, que abrió a la humanidad nuevas posibilida­des de desarrollo (y de destrucción). El radar, la electróni­ca, la informática, las materias plásticas, el DDT, las sulfamidas, la penicilina, los procedi­mientos de transfusión sanguínea y de reanimación, la mecanización indus­trial, la energía nuclear, todo ello fue inventado y aplicado durante la 2ª G.M. Si todo esto fue posible, y EEUU se llevó la parte del león, se debió a que los gobiernos concedieron a los investigadores unos medios sin precedentes. La investigación científica y la tecnología salen de la era artesanal, se transforman en tarea de equipo y en la actividad fundamental del país, y pasan muy pronto del laboratorio a la aplicación en serie de nuevos métodos para la producción de numerosos productos a precios más baratos.


C. Los imperios coloniales y el destino de Japón.

Las victorias de Japón durante la guerra y, después, el ejemplo de China, contribuyeron al despertar de los pueblos colonizados. Éste se produjo a costa, inevitablemente, de los aliados imperialistas (Gran Bretaña, Francia, Países Bajos), y se vio alentado tanto por la política anticolonialista de Roosevelt como por la antiimperialista de la URSS. El comportamiento japonés provocó a veces la revuelta de los nacionalis­tas indígenas, sobre todo en Filipinas y Birmania. Las colonias chinas de Insulindia y Malasia fueron también focos de oposición. En Indochina el Vietmin intentó mantenerse entre el nuevo y el antiguo colonizador. En Indonesia los japoneses intentaron reinar enfrentando a los musulmanes tradicionalistas con los jóvenes reformistas. A pesar de todo, persistió una complicidad entre los pueblos de color contra el invasor blanco; antes de evacuar esos territorios, los ejércitos japoneses entregaron las armas y los poderes a los nacionalistas, haciendo así más difícil el regreso de los europeos, especialmente en Indonesia e Indochina.

Los vencidos perdieron sus imperios coloniales. En septiembre de 1945 los aliados dieron la independencia a Etiopía, Libia y Somalia, colonias de Italia. Japón, por su parte, devolvería Formosa (Taiwan) y Manchuria a China, Port Arthur y el norte de la isla de Sajalín a la URSS, perdería su mandato sobre las islas del Pacífico, y Corea volvería a ser independien­te. Pero los vencedores no se libraron de la agitación en sus imperios. Sus ejércitos habían perdido a menudo el prestigio ante los indígenas. EEUU se pronunciaba por el fin del colonialismo. Los líderes nacionalistas aprovecharon la división entre los colonizadores. En Indonesia, Sukarno proclamó la independencia tras la derrota de los japoneses; los holandeses que quedaron allí fueron incapaces de volver a hacerse cargo de la administración.

En China, durante la guerra, Mao Zedong, unas veces unido, otras enfrentado al gobierno nacionalista de Chiang Kai-Chek, había sabido asociar, en un vasto territorio, la acción guerrillera con la implantación de un nuevo régimen basado en el campesinado. Mientras tanto, los aliados renunciaron a sus “concesiones territoriales” y privilegios en China; este país, sin embargo, aunque figuró entre los vencedores, quedó muy debilitado; tras la expulsión del ocupante japonés, comunistas y nacionalistas reanudaron la guerra civil, que ganaría finalmente Mao en 1949.

El imperio francés se había mantenido leal durante la guerra, sobre todo en África negra, pero la presencia británica en Oriente Medio y Madagascar, la de EEUU en el norte de África y la japonesa en Indochina minaron la autoridad francesa. Tuvo que conceder la independencia a Siria y Líbano. En Sétif (Argelia) el día de la capitulación alemana estalló una revuelta reprimida con sangre. Al irse los japoneses de Indochina, China ocupó el norte y los británicos el sur, pero el Vietmin se extendía por la zona y su líder Ho-Chi-Minh proclamó la independencia de Vietnam.

El imperio británico pareció salir intacto de la guerra, pero Canadá y Australia se situaban cada vez más en la zona de influencia de EEUU. Durante la guerra, además, se había prometido la indepen­dencia a Birmania. Finalizada la guerra, en la India hubo huelgas, revueltas populares, motines de soldados, etc y se agudizaron las diferen­cias entre los hindúes del Partido del Congreso y los musulmanes de la Liga, presagiando una difícil independencia.

Por último, EEUU consideró que le correspondía determinar el futuro de Japón. Decidió mantener al emperador, si bien sin sus poderes divinos, para que la población aceptase más fácil-mente las decisiones de EEUU­. Un tribunal, en Tokio, condenó a los responsables de la guerra. El general McArthur, verdadero procónsul con poderes ilimitados, decretó la desmilitarización y democratiza­ción del país. Con las pérdidas humanas y la destrucción de la industria y de las flotas de guerra y mercante, la economía japonesa alcanzó un punto crítico. El desaliento de la población era total, nada quedaba de sus mitos y creencias, el manteni­miento de su propia civiliza­ción parecía ­perdido al adoptarse las técnicas occidentales. Empezó así una ocupación ­que el pueblo japonés sufrió sin saberse cuál sería el desenlace. EEUU se instalaba en el Pacífico.


D. División y debilitamiento de Europa.

Europa salió muy debilitada y prácticamente dividida en dos bloques: el occidental, que girará en torno a EEUU, y el oriental, en torno a la URSS. Varias potencias de primer orden en 1939 quedaron relegadas a un segundo plano en 1945: por supuesto, las vencidas (Alemania, Italia), pero también las vencedoras (Francia, Gran Bretaña).

Italia había cambiado de bando justo a tiempo para evitar el desastre, por lo que sufrió sólo unas mínimas pérdidas territoriales en Istria (Yugoslavia) y los Alpes franceses. Pero la guerra había mostrado la precariedad de sus estructuras económicas. El regreso a la democracia se había hecho demasiado deprisa, subsistiendo amplias secuelas del fascismo. La resisten­cia, en la que la participación comunista era grande, sólo estaba unida contra el fascismo. A corto plazo, la recuperación de la economía e incluso el suministro de alimentos dependía de la generosidad de británicos y EEUU­.

Para Alemania la catástrofe fue total; muy pocas veces un país había pasado, en tan poco tiempo, de unas victorias y una expansión tan exultantes a una derrota tan abrumadora: las infraestruc­turas industrial, ferrovia­ria y viaria estaban en ruinas. Los alemanes estaban desmoraliza­dos por la magnitud del desastre, la ausencia de 3 millones de prisioneros de guerra, el gigantismo de los crímenes nazis y la dureza de los ocupantes, sedientos de venganza. La zona occidental se hallaba superpo­blada por el éxodo de las poblaciones procedentes del este (en la zona británica la densidad de población se elevaba a 246 hab/km2), la decadencia moral era general, empezaba el hambre y el paro obrero era lo normal. Al menos, la casta de los grandes terratenientes y de los oficiales prusianos desapare­ció. Las minas quedaron intactas y algunos sectores de la industria, menos afectados que otros, pero la bancarrota no terminaría ni empezaría la recuperación hasta que los aliados lo quisieran. Mientras tanto, un gran vacío se instaló en el centro de Europa.

La recuperación de Francia fue grande y un nuevo impulso, nacido de la resistencia, con decisiva participación comunista, animó a una opinión momentáneamente agrupada tras el general De Gaulle. Económicamente, Francia evolucionó gracias a un dirigismo moderado, pero sufrió graves escaseces y la inflación acechaba. A pesar de las ambiciones de De Gaulle, Francia ya no era una gran potencia y la ayuda norteamericana era indispensable para su recupera­ción.

La gran potencia de Gran Bretaña quedó reducida a un semivasallaje. Su armada quedó eclipsada por la marina de guerra de EEUU; el tonelaje de los navíos mercantes en 1945 (inferior en 6 millones al de 1939) apenas llegaba a un tercio del de EEUU. Financieramente, el mercado londinense ya no era el primero del mundo; las grandes invasiones en Sudamérica se perdieron, se contrajeron deudas con los dominios, se tuvo que negociar con EEUU. un elevado empréstito por 50 años. El gobierno laborista de Attlee, que vence en las elecciones de 1945 al conservador Churchill, ya no puede diferir más las reformas sociales exigidas por una masa obrera que nada reclamó durante el esfuerzo de guerra. Pero la búsqueda del pleno empleo, la nacionalización de las industrias clave y la aplicación del Plan Beveridge (una buena Seguridad Social) eran objetivos difícilmente conciliables con el manteni­miento de una política mundial de prestigio.


En los países de la Europa central y oriental, las autoridades en el poder se adhirieron de grado o por la fuerza a la órbita de la URSS; los comunistas entraban en gobiernos de unión nacional; los fascistas eran objeto de persecucio­nes. Esta actuación se desarrolló sin tropiezos en Bulgaria, que no había entrado en guerra contra la URSS y cuya población era rusófila de siempre. En Rumania, las medidas de confiscación de tierras y de nacionaliza­ción de empresas adoptadas bajo inspiración comunista crearon tensiones en el Frente Nacional Democrático (socialistas, comunistas y partido campesino) y, por presiones soviéticas, el rey Miguel nombró a un comunista ministro del Interior. En Checoslovaquia, el respetado Benes fue nombrado presidente, el liberal Masaryk primer ministro, y el comunista Gottwald viceprimer ministro. Hungría, culpable de haberse aliado con Alemania, fue tratada como enemiga y ocupada por el Ejército Rojo; tras las primeras elecciones, en las que obtiene mayoría el partido de los pequeños propietarios, los comunistas reciben tres ministerios (interior, comunicaciones y uno sin cartera). En Yugoslavia, el triunfo comunista, sin necesidad del Ejército Rojo, fue total; en marzo de 1945 Tito formó un gobierno de unión nacional en el que los partisanos ocupaban 23 de 28 ministerios.

Así, si unimos Polonia y la Alemania oriental, toda la Europa central y oriental, al margen de la actitud que cada Estado adoptó durante la guerra, entró en la zona de influencia de la URSS, excepto Grecia, que Stalin había aceptado como zona de influencia británica, pero cuya suerte aún no estaba echada pues, restablecida la monarquía tras el fin de la guerra, los guerrilleros comunistas reanudaron la lucha por su cuenta.

E. Las dos superpotencias: EEUU y la URSS.

La URSS había confirmado magistralmente, en una colosal lucha de la que por mucho tiempo soportó todo el peso, una solidez (de su ejército, de su industria, de su población, de su régimen político) de la que muchos dudaban. A cambio obtuvo una doble expansión. Se anexionó Carelia (Finlandia), los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), zonas de Bielorrusia y Ucrania antes polacas, Rutenia (Checoslova­quia), Besarabia y Bukovina (Rumania), Königsberg y Prusia oriental (Alemania), islas Kuriles y sur de Sajalín (Japón). Además, gracias a las nuevas alianzas que su victoria le ha proporcionado con la ayuda de los partidos comunistas y también por la presencia de su Ejército, su influencia se extiende en Europa hasta el Elba y Viena, en Asia hasta el sur de Manchuria, norte de Corea e Irán.

Pero la hemorragia en hombres y productos que ha sufrido deja a la URSS exangüe y desprovista. La miseria de las poblaciones devastadas sigue siendo extrema. La recuperación será difícil y larga, pues la guerra ha puesto en evidencia las grandes debilidades de los medios de transporte y de producción de bienes de consumo. No obstante, en los Urales y más al este la producción ha aumentado mucho y el Ejército Rojo, cuya victoria ha dado a la URSS un inmenso prestigio, es por mucho tiempo el único gran ejército en Europa. Los “errores” de Stalin; las “purgas” y los “procesos”, el pacto con Hitler, se han olvidado. La Comintern es suprimida, pero la URSS sigue siendo más que nunca la capital del comunismo internacional, que domina toda Europa central y oriental y colabora con el poder en Francia e Italia.

EEUU, por su parte, rebosa prosperidad y optimismo. A pesar de la movilización de millones de hombres y de las pérdidas sufridas, la curva demográfica sube, se consigue el pleno empleo, la renta nacional se duplica en los cinco años de guerra y el presupuesto se equilibra, aunque la deuda pública se cuadruplica. La producción progresa fuertemente: 33% la agricultura, 40% el petróleo, 40% el mineral de hierro; 95 millones de Tm salían de los altos hornos, los astilleros navales construyeron en un solo año dos veces más buques que los hundidos por los submarinos alemanes en las peores horas de la batalla del Atlántico. EEUU se había convertido en la primera potencia naval del mundo y monopolizaba prácticamente la navegación aérea intercontinental. Como consecuen­cia, el 60% de las reservas de oro del mundo encontraron refugio en el Banco Federal de EEUU, lo que hizo del dólar la única moneda-oro. La balanza comercial eran ampliamente excedentaria y la de pagos más aún. Este enriquecimiento, sin embargo, estuvo desigualmen­te repartido: los obreros, aunque su nivel de vida subió, denunciaron los enormes beneficios de numerosas empresas; algunas regiones, particularmente el sur, se empobrecieron un poco más; y, sobre todo, grupos de población como los negros, los chicanos y los puertorriqueños, siguieron en un estado relativamente próximo a la incultura y la miseria.

La influencia de EEUU se hizo preponderante en todo el planeta. Canadá y Latinoamérica entraron totalmente en su órbita, si bien la segunda se adaptará más difícilmente al american way of life, del que sólo se beneficia una minoría privilegiada. Primero en Asia y luego en Europa, el final de la guerra fue para EEUU el principio de otro tipo de presencia.

164

Hª Contemporánea Universal (hasta 1945) - Lectura 24