Tríptico judío

Religiones. Judaísmo. Sentido y significado. Sábado. Culto. Santa Escritura. Divino oficio. Templo. Santificación. Talmud y Midrashim

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TRIPTICO JUDÁICO.

( Breve revisión de temas judaicos)

1.- Significado del Judaísmo.

Podríamos preguntarnos cuál es el objeto del judaísmo, después de varios miles de años de existencia y frente al mundo moderno. las dos religiones más poderosas del mundo, el cristianismo y el mahometismo, hace mucho que afirman que han reemplazado el judaísmo y que vienen a ofrecer ideales nuevos a la humanidad. Que los argumentos no son muy convincentes lo prueba lo poco que han influido en los judíos. Muy al contrario, Maimónides y Judá Halevi, eminentes pensadores medievales judíos, afirmaron ya que el Islam y el cristianismo no son más que transiciones en el camino hacia el mesianismo, que no hacen sino preparar el terreno en un mundo esencialmente pagano, para ciertos ideales básicos judíos.

El mundo, que ha alcanzado progresos tan asombrosos en los campos de la técnica y de la ciencia, ha avanzado poco por el camino de la humanidad, o sea por el camino de Dios. Hay un dualismo profundo entre lo que se predica y lo que se hace. la presencia divina, la shejiná, no puede morar en un mundo de opresión, de odios, de guerra, de asesinato y de hipocresía. La moral religiosa judía no admite semejante dualismo, alejado del ideal mesiánico.

Como podrá verse a través de las líneas de este trabajo de introspección hacia la religiosidad del pueblo hebreo, muchas aseveraciones que aquí se presentan son resultado del gran impacto que ha causado en mí no sólo la tradición judío cristiana que he aceptado y vivo, sino también y de manera prominente, los estudios de un pueblo tan maravilloso como es el hebreo.

Es fácil hablar despreciativamente de unos ideales que hoy nos parecen más lejanos que nunca, y es fácil desesperar. Los mártires del judaísmo no hicieron investigaciones históricas para averiguar si sus creencias estaban de acuerdo con la historiografía de su tiempo. Murieron por una verdad que sentían, por una verdad viva que anhelaban. Fueron antihistóricos y anticientíficos en el sentido de que sólo se puede morir por una verdad que es diferente de la historia y del camino ya recorrido y examinado. Si el error tiene su historia, la verdad religiosa, en cuanto ideal, no la tiene, pues es una meta constante.

Íntimamente relacionada con la idea de la elección del pueblo judío para su misión divina es la de la humanidad. El universalismo religioso se desprende forzosamente del deber de anunciar a Dios único a todo el género humano. La misión judía, muy diferente de la competencia religiosa en cuanto a atraerse adeptos, consiste en el intento de hacer llegar a todos los humanos la verdad que los pondrá, junto con los judíos, en el camino hacia Dios.

Pese a las apariencias, el judaísmo es una religión mundial. No se esfuerza por imponer sus ritos o costumbres a todas las naciones, ni exige uniformidad en ese sentido. El judío religioso rechaza sin embargo, la indiferencia materialista, la ética irreligiosa y la cultura espiritual postrada ante el poderío político o económico. Más bien cree que el futuro de la humanidad y el progreso ético se fundarán en la fe en Dios único, tal como lo proclamaron los profetas hebreos. El ideal religioso y ético en que todos los hombres podrán encontrarse está expresado brevemente en esta frase de Miqueas ( VI,8): “ El te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno y lo que el Eterno exige de ti: solamente que obres con justicia, que ames y que andes en humildad con tu Dios”.

El sentido del judaísmo: Entre todas las naciones civilizadas, la santa Escritura es venerada como la palabra de la verdad. Los hombres más avanzados, o si se quiere, los más desviados por el camino de la negación, profesan gran respeto a los sagrados libros de los hebreos, haciendo excepción de las leyes locales y ceremoniales, que les parecen no tener ya ningún valor ni contener ninguna obligación. Pero ningún espíritu recto se atreve a negar los principios generales de moral, de justicia y de sociabilidad que enseña el Antiguo Testamento, ni las grandes y luminosas perspectivas del porvenir, que abre como espléndida aurora de renacimiento y de renovación social, a todo el género humano. Puede abolirse un mandamiento, pero no se puede suprimir una esperanza.

Las escrituras contienen innumerables pasajes en que se anuncia el día en que Dios hará cesar los males de Israel, y su dispersión por la superficie del globo. Es una promesa formal, positiva, que aún espera su realización. Es esta una fe y una verdad en el corazón de los hombres que aún creen en Dios y en su palabra. Tenemos pues un mañana y un porvenir. Estamos destinados a algo útil y necesario en medio de la sociedad futura. Esas son nuestra legitimidad y nuestra razón de ser en todas las épocas; somos porque seremos.

Israel no espera ese porvenir para él sólo, como bien personal y como privilegio egoísta; lo espera para toda la humanidad, como una salvación universal, de la cual él aparece, gracias a la Providencia, como garantía y como señal viviente.

Israel es necesario para el futuro destino de la humanidad. Sin él, el orden social se apoya en las frágiles instituciones nacidas de la necesidad o de los vicios sociales, ídolos de madera que hoy se adoran y mañana se echan a la hoguera de las revoluciones. Sin él la Biblia misma, esa carta magna de la humanidad, no es más que un monumento mitológico de épocas pasadas, una leyenda, una fábula desprovista de toda prueba de verdad y de testimonio de autenticidad. Sin él, Dios jamás se ha manifestado a los hombres, jamás les ha hecho conocer lo que hay en ellos de grande, de perfecto, de santo y de divino; jamás les ha revelado los principios de justicia y de igualdad, las leyes de la familia y de la propiedad, los sentimientos de caridad y de fraternidad, ni las virtudes del corazón y la santidad descendidas a la tierra desde el Sinaí, que son como los materiales del templo del que la Divinidad dice a los hombres: “¡ Construídme un santuario, para que yo more entre vosotros!”. Sin Israel, Dios jamás ha existido; sin él las dos formidables religiones del levante y del poniente caen en el polvo y no son más que cadáveres, de los que el calor, la luz y la vida se ha retirado para siempre. No basta con que la Biblia israelita, la doctrina israelita, la fe israelita, existan en el mundo y lleguen a ser más y más propiedad de todos los pueblos; es preciso que Israel mismo exista, para imprimir a esa Biblia y a esa doctrina el sello histórico de su origen puro y divino, la marca indeleble del testimonio vivo y eterno . . .

Elegido como testigo, Israel debe seguir siendo él mismo, conservar su carácter peculiar, llevar a través de los tiempos y de las generaciones las señales auténticas de su misión, los atributos distintivos de su dignidad.

Sus usos religiosos, su idioma sagrado, sus tradiciones, sus costumbres y formas de culto son títulos que deben acreditarlo en la sociedad mesiánica como mensajero de salud.

El pensamiento de Dios, ¡ con que brillo y con qué fuerza no se manifiesta en nuestra larga y milagrosa existencia !. Si la posteridad de Judá no está destinada al cumplimiento de un gran destino, si debiéramos quedar en el rebajamiento de antaño o en la mediocridad de hoy ¿ por qué motivo mostraría la Providencia un empecinamiento tan extraño en prolongar y en guardar la existencia de Israel, de esa gota de agua en el océano de las razas humanas ? La sociedad no nos necesita. Algunas veces, nuestros antepasados prestaron señalados servicios a contemporáneos suyos. Les enseñaron la medicina, la astronomía, las lenguas y literaturas orientales, el comercio, la letra de cambio, el manejo de la hacienda pública, el arte de tallar el diamante y de trabajar los metales preciosos, y gran número de conocimientos y oficios que constituyen progreso y civilización. Hoy, todos esos conocimientos han llegado a ser patrimonio hasta de los países más atrasados, y los judíos más bien pueden aprender que enseñar. Hay más; incluso el dogma de la unidad de Dios puede prescindir del apoyo judío; es la creencia íntima de millones de personas nacidas en el seno de otras religiones y que sin embargo rechazan todo sistema que pretenda dar a la Divinidad asociados y colaboradores. ¡ No seríamos el miembro más inútil del género humano, si perdiésemos de vista la gran obra de la que fueron encargados nuestros padres, y la gran responsabilidad en relación con la sociedad futura, que pesa sobre nosotros ?.

Las naciones marcharán a tu luz, y los príncipes a la claridad de tu radiación”. Es esta una de las mil promesas hechas por el oráculo divino a Israel. La luz y la radiación que deben arrastrar al mundo y deslumbrarlo, ¿ dónde están ? ¿ Estarán en nuestras pobres reformas al culto, en nuestras transgresiones crecientes, en nuestros templos desiertos durante tres cuartas partes del año, en el aniquilamiento de la vida religiosa en beneficio de la material, en la conquista de algunos títulos y dignidades y en la demolición progresiva del santuario secular ?

Israel es el pueblo de la elección, el pueblo de la enseñanza. ¡ qué de luces y qué de instrucción no encontrarían aún en él las sociedades más desviadas! La fuerza bruta, los ejercicios, la multitud de instrumentos de destrucción jamás le han servido para defender su existencia, sus leyes, su moral y su Dios, ni para rechazar los violentos ataques de todas las barbaries. Las conquistas, las batallas ganadas, los países invadidos, las ciudades incendiadas y destruidas, la rodilla puesta en el pecho del vecino --orgullo y gloria de las naciones-- no debían conquistarle triste celebridad; y si los hebreos vencieron a veces a sus enemigos, atribuyeron el éxito no a su valor personal, a la habilidad para verter la sangre de sus semejantes, sino a la protección del Señor “ que marchó ante ellos en los días de combate “.

Los trabajos plásticos que se llaman Bellas Artes y que reciben aún hoy tantos homenajes, sacrificios e inciensos, han preocupado poco a Israel, porque en la antigüedad, esos trabajos creaban ídolos abominables y sus templos; en los tiempos modernos, también sirven más bien para enaltecer los lugares de perdición y para reproducir objetos destinados a corromper las costumbres, que no para construir altares a la religión, asilos a la miseria y colocar ante los ojos del pueblo la imagen de una vida santa, casta, modesta y ejemplar. Esa idolatría industrial, esas orgullosas exposiciones de la obra del hombre, hacen olvidar, si no menospreciar, la obra de Dios, las maravillas de su sabiduría y de su poderío divino. Nuestras máquinas y nuestros aparatos más asombrosos están aún infinitamente por debajo de la gota de rocío que brilla en el cáliz de la flor del campo. Esa idolatría, esa apoteosis humana, jamás hubiera podido entristecer a la sociedad judía que recuerda esta advertencia de su ley: “ Tu dirás: Mi fuerza y mi brazo han producido estas riquezas. recuerda que es el Eterno el que te ha dado el poder de hacerlo “, porque “la inteligencia del hombre es una luz de Dios”.

La civilización y el progreso no están pues allí donde los hombres creen; están en las instituciones, en la conducta, en las virtudes, en el pensamiento y en el genio de Israel. Por amor a nuestros semejantes, por patriotismo, por afecto a nuestros conciudadanos es por lo que debemos permanecer apegados inquebrantablemente a todo lo que nos ha venido del cielo y de nuestros padres.

El hombre siente en sí una fuerza invencible, un alma todopoderosa que no conoce límite ni fin a su acción. Pero surgen obstáculos materiales miserables, grano de arena en la rueda de su fortuna, la falta de la palanca que necesita para alzar el mundo, que detiene su omnipotencia y anulan su liberta. Todo en la creación aspira a la libertad. Se ha dicho que la religión judía se inauguraba de cierta manera con una proclamación de libertad, con la liberación de un mueblo reducido a la esclavitud. Ningún esclavo tenía derecho a participar en la primera de sus fiestas ( Ex. XII,45), por ser esa fiesta la proclamación de la libertad. Sin embargo, los numerosos mandamientos de esa religión, las abstinencias, las renuncias y los múltiples sacrificios que impone al hombre, a sus deseos, al goce de la vida, ¿ no son acaso obstáculos serios a la libertad, fosas cavadas para impedir el acceso a ella? ¿ No habrá encontrado la libertad más bien una ayuda poderosa, un aliado sincero y precioso, en la religión que abolió esos mandamientos, esos sacrificios, que ha quitado esos obstáculos y llenado las fosas ? La verdad es otra.

En la antigua historia judía, vemos que nuestros padres se echaron en brazos de la religión, después de cada liberación de una opresión cualquiera; esa fue para ellos las suprema realización de la libertad. Jacob, habiéndose salvado de las persecuciones de su hermano mediante la huida, levantó ya en tierra de exilio una piedra, la consagró a la adoración de Dios y la llamó Bet-El ( casa de Dios ). Salidos de la esclavitud egipcia, los hebreos recibieron la ley, organizan su culto, recogen piadosamente las creencias y tradiciones de los patriarcas, y hallan en las prácticas sagradas el cumplimiento y la garantía de su emancipación.

De regreso de su cautiverio de Babilonia, su primer cuidado fue reconstruir el templo y restablecer las instituciones de culto mosaico. Hechos análogos se produjeron después del triunfo de los Macabeos y de la reconquista de Jerusalén. No quiero seguir pasando revista a la larga y horrible noche del martirio Israelita, en que se ve la luz de la fe judía prendida nuevamente, cada vez que las naciones, cansadas de perseguirlos, les dejan un momento de tregua y de reposo. Aún hoy, cuando unos pocos judíos huyen ante el fanatismo y se refugian en alguna comarca de América, se reúnen ante todo en comunidad religiosa, construyendo una casa al Señor y llevan con felicidad y orgullo esa divina obligación del judaísmo, que es el símbolo de libertad. Lejos de ver en sus tradiciones y en su religión restricciones a su libertad civil y política, los judíos no han encontrado en ella sino los beneficios que los estatutos y constituciones humanas más liberales han podido asegurar a la sociedad.

La situación es diametralmente opuesta en otras partes. Cuando una nación recobra sus derechos y su fuerza, ¿ qué hace ? Derriba altares y destituye a los sacerdotes, o por lo menos, les quita la mayor parte de su poder. Pese a todas las predicciones contrarias, el instinto de los pueblos israelitas les muestra la alianza íntima entre su religión y el absolutismo, y los peligros que entraña esa religión para las libertades públicas.

La religión judía jamás ha concluido pacto alguno con la potencia temporal, a la cual ella nada ha dado, y de la cual nada ha aceptado. No reconoce ninguna clase de infalibilidad en la tierra, ni la del príncipe ni la del sacerdote, y condena todas esas idolatrías humanas del mundo civilizado. Concentrando el poder supremo y la majestad suprema en un Dios único e indivisible, coloca a todos los hombres en igualdad absoluta; no es la igualdad de la miseria y de la decadencia, a la cual conducen derechamente ciertas doctrinas sociales y cuya realización cumpliría muy a la letra la profecía de que “el león comerá paja como el buey” ; sino una igualdad de bienestar, de elevación moral y material, de derechos y deberes y de recompensa.

Según las creencias judías, el hombre nace inocente, puro y sin tacha, llevando en sí la divina luz que no debe dejar que se apague por la tormenta de pasiones, y que debe esforzarse en devolver a Dios algún día engrandecida y con el brillo de virtudes y de triunfos. Al darle la luz, el Creador no remachó en sus pies la cadena de ninguna ignominia antediluviana, de ningún crimen hundido en misterios inconcebibles. El hombre viene al mundo con libertad completa; puede fijar la medida de sus goces en la tierra y de su felicidad en el cielo. Dios le dice: “Pongo delante de ti la vida y la muerte, el bien y el mal, la bendición y la maldición: ¡Elige!” . No permite pues a un déspota amasado de sangre y de barro que le diga: “Pongo delante de ti la opresión y la esclavitud, el mal y la destrucción, y te niego el bien y la vida, el aire y el sol” ¡NO! el judío no se resignará, ni aceptará jamás la situación del que se cree acusado, perseguido y quizá justamente castigado por un pecado original. El judío es el hombre que puede y debe luchar contra fuerzas superiores y vencerlas.

Cuando el profeta se hubo presentado ante el Faraón, para cumplir la misión que había recibido en el Horeb, no le recitó un gran discurso sobre la libertad y la tiranía, sobre los derechos del hombre y la igualdad de los ciudadanos, sino que le dijo: “ Estas son la palabras del Dios de Israel: Devuélveme mi pueblo para que me sirva en el desierto”. Es decir, que para poner fin a todos los males de sus hermanos, Moisés reclamó la libertad religiosa, resumen, complemento y perfección de las demás libertades. No pidió el concurso y el brazo del Estado para el ejercicio del culto ni el establecimiento de una Iglesia oficial y dominadora, sino que dijo: Queremos adorar al Señor alejados de toda influencia temporal --¡separación completa entre la religión y la fuerza bruta! ¡ Ninguna intervención del rey en las cosas de Dios! ¡ Ningún pacto entre sacerdote y gobernante, de los que uno se apodera del alma y el otro del cuerpo de la humanidad! Queremos libertad de conciencia, de sentimiento, en el desierto, entre las bestias salvajes y en medio de las tempestades de la soledad, antes que ver la religión profanada por el manto de púrpura, tan a menudo manchado de sangre, y de la protección de la fuerza.

El judaísmo revela a cada paso de su historia su repugnancia por la fuerza. Sus pontífices, lejos de ostentar su derecho divino o su infalibilidad, dicen con el profeta Elías: “Yo no soy mejor que mis padres”. No invoca leyes de opresión y de violencia, porque “ Dios sólo quiere guiar e inspirar el pensamiento religioso, sin el apoyo de ninguna ayuda extraña”. Dios quiere descender hacia el hombre por la puerta de la fe y de la convicción, y no por medio de la violación del domicilio moral, o por la brecha abierta a la conciencia con ayuda de recompensas o de castigos materiales.

2.- El Culto.

En el judaísmo, la palabra culto significa no solamente el homenaje público que se rinde a Dios en los templos, en asambleas piadosas y en la oración, sino todas las manifestaciones del sentimiento religioso: observancias, actos y señales exteriores y peculiares, prescritos por la ley escrita o tradicional, constituyen la vida religiosa judía. Tales actos y señales son, además, la defensa y la garantía del dogma y de la verdad sinaíticos, en medio de las tinieblas de toda clase de idolatrías. No es preciso demostrar su eficacia. Ellos han salvado al israelita, como persona, de la corrupción del mundo, han conservado en la familia judía virtudes santas y austeras y han mantenido en el judío, en cuanto ser inteligente y espiritual, la verdadera fe en el verdadero Dios. Esas observancias y esas señales han hecho más por el judaísmo, desprovisto de toda fuerza material, disperso y perseguido en todas las comarcas del mundo, que todos los ejércitos y todas las potencias políticas y nacionales han podido hacer por otras religiones.

Se ha pretendido a veces que muchas de las prácticas del judaísmo tenían una motivación puramente humana: una razón local o geográfica, o sobre todo, utilidad higiénica de necesidad transitoria; que en otros tiempos, en otras circunstancias, en otras regiones y en otras condiciones sanitarias y sociales, tales leyes ya no tenían objeto ni razón de ser. Tal argumentación no es sólida y revela cierta ligereza en la búsqueda de la verdad.

Si las leyes que fueron dadas a Israel no tuviesen como objeto más que el bienestar personal, la salubridad individual y pública, ¿ Por qué fueron promulgadas con tanta solemnidad y con tanto resplandor, en nombre del Eterno ? ¿ Por qué su transgresión acarrearía castigos tan severos y maldiciones tan terribles como las que se pronunciaron en el monte Ebal ?. Simples ordenanzas y recomendaciones de médico, acompañadas de amenazas de enfermedad y muerte, se habrían escuchado mil veces mejor que las leyes cuya motivación el vulgo no comprende y que los pensadores más profundos de todos los siglos han tratado de dilucidar.

Precisamente los hombres menos civilizados, que soportan más difícilmente la idea del sufrimiento físico y de la muerte, se someten con mayor fervor y abandono a las prescripciones médicas. Se entregan a tal punto a cualquiera que les habla de su salud que aceptan ciegamente el veneno de un charlatán o los inmundos elíxires de una vieja bruja, y no retroceden ante ninguna superstición ni ante ninguna tontería. ¿ Acaso necesitaba Moisés, que gozaba de la confianza absoluta de su pueblo, decretar la pena del karet ( expulsión, segregación), la muerte civil o la muerte eterna, contra el que comiere sangre, ciertas grasas de algunos animales, etc.? ¿ No hubiera sido suficiente decir a los hebreos que el consumo de tales alimentos era malsano en aquel clima y que amenazaba la vida? ¿ Y no habría estado eso más de acuerdo con su honor y con su deber ? ¿ Para qué hacer intervenir a la divinidad en un simple asunto de higiene y decretar penas infamantes, tanto temporales como espirituales, por un acto que nada tiene de criminal y por la desobediencia a una simple orden del médico ?.

Y luego, los hebreos no poseían siquiera la mayoría de los alimentos que Moisés les prohibió; no tenían más que los animales necesarios para el servicio del santuario. Carecían de todo: no tenían ni pan para comer ni agua para beber. los hambrientos desdichados se abalanzaban sobre las codornices que el viento acarreaba y morían de comerlas. Querían volver a las cadenas de la esclavitud egipcia, sólo para saciar su hambre. ¿ Acaso habría tenido Moisés la crueldad de hablarles en medio de tal miseria del gran número de alimentos que no poseían y que no debían poseer jamás, puesto que iban a morir en el desierto?. ¡ Ironía malévola la de prohibir el néctar y la ambrosía, los festines y los goces de la felicidad al pobre que ni pan tiene! ¿ No debía haber dejado Moisés a sus sucesores, a los hombres de ciencia de Canaán, el cuidado de enseñar a los hebreos qué alimentos y qué costumbres debían adoptar en su país, para no comprometer su salud? Y finalmente, ¿ era Moisés médico, especialista en higiene?

Moisés dedicó largos capítulos del Levítico a la lepra y a varias enfermedades que causaban impureza. Pudo indicar los signos exteriores, por los cuales el sacerdote debía pronunciar lo puro y lo impuro, pero no indicó ni un sólo remedio para todas esas enfermedades. Tenía tan pocos conocimientos de medicina y de química que Dios mismo tuvo que señalarle cierta madera que poseía la virtud de endulzar las aguas de Mará ( Ex. XV, 24)

Moisés no estaba más versado en el arte de la medicina que en materia de jurisprudencia práctica, puesto que Jetro, su suegro, tuvo que enseñarle las primeras reglas de esa ciencia y la manera de administrar justicia al pueblo ( Ex. XVIII, 13-26). Dios sólo, dice la escritura, es el médico de su pueblo ( Ex. XV, 26). Las leyes prácticas del judaísmo deben tener pues una causa más elevada, un objetivo divino.

Sin duda, esas leyes, como todo lo que proviene de Dios, tienen una utilidad material incontestable. El que las observa siente los efectos bienhechores en su persona y en su prosperidad. Son, según una expresión rabínica, como un capital inmortal de cuyos intereses goza el hombre ya en esta vida. Son una rama de la fe celestial de Israel, que es un árbol de la vida. Pero su utilidad material no es más que un accesorio insignificante, un pálido reflejo de su valor divino.

Si la comparación nos fuera permitida o posible, podríamos decir que ocurre algo parecido con las leyes humanas. efectivamente, las leyes humanas ordenan a casa uno cumplir con sus obligaciones para con el prójimo, de no causarle daño alguno en sus bienes, en su comercio o en su honor. Dicta severas penalidades para castigar ciertos delitos, ciertas pasiones y vicios. El obedecedor a las leyes tiene consecuencias bienechoras en la vida del que las observa. El que cumple con sus obligaciones adquiere la consideración y la estimación de la sociedad; se hace acreedor a la confianza general y aumenta incluso su fortuna. Dice un proverbio: El que paga sus deudas se enriquece. Observar las leyes consignadas en el Código Penal mantiene en la vida de cada uno la calma, el orden y la dignidad que son la fuente y garantía de la felicidad doméstica, condición y salvaguardia del honor familiar. Esas leyes contribuyen también a la salud física y moral del que las observa.

¿ Acaso se han hecho por interés individual, para aumentar la riqueza y las ventajas de uno o para mantener la salud y el bienestar de otro? De ninguna manera. Tienen un objetivo más elevado: la sociedad y su organización, la solidez del Estado y su futuro, el respeto a la justicia, mantener a los hombres en el camino recto del bien y de la justicia y protegerlos contra el mal y contra el crimen. El legislador humano permite al hombre más bien el suicidarse que no robarle un óbolo a su prójimo. Así sucede con la ley divina israelita: produce en la vida de cada uno un efecto material admirable; asegura su tranquilidad y prosperidad en la tierra, pero su causa y su objetivo no son de este mundo, no están en el individuo y en su tiempo, sino en la sociedad espiritual entera y en la eternidad.

Maimónides, que buscaba los motivos y la utilidad de las leyes prácticas del judaísmo --búsqueda que pareció llevar a la consecuencia de que se debían modificar o abolir ciertas leyes cuyas razones habían dejado de existir, dijo sin embargo ( Moré Nebujim III, 34) : “Debes saber que la ley (Torá) no toma en consideración cosas que suceden raras veces o excepcionalmente, sino lo frecuente, de lo cual resulta conocimiento, virtud o una acción útil. No toma en consideración el perjuicio que puede sufrir por ello un hombre particular. La ley es obra de Dios; por medio de la contemplación de la naturaleza reconocerás que sus fuerzas son igualmente saludables y útiles para la generalidad, aunque resulten ser a veces nocivas para el individuo. Según este punto de vista, comprenderás que los fines de la ley no se realizan en cada uno y se encuentran necesariamente hombres que no gozan enteramente de los efectos bienechores que se proponen. Tampoco obtiene todo individuo lo que le pertenece por la naturaleza de su especie”.

Ambos, la ley y la naturaleza, provienen de un mismo Dios, son de la misma creación, realizada por la misma Providencia. . . Por ese pensamiento se reconoce también la imposibilidad de que los mandamientos estén arreglados de acuerdo con la situación cambiante de los hombres y con la diferencia de los tiempos, como si fuesen un remedio calculado para el temperamento físico de cada individuo en particular. La ley es general y debe encontrar su cumplimiento en el conjunto, sea útil a ciertas personas o no, puesto que al tomar en cuenta consideraciones individuales, perdería sus principios, y de ello resultaría un daño para el todo. He ahí por qué las prescripciones de la ley que tienen un objetivo directo, no podían ligarse ni al tiempo ni al lugar, sino que tenían que ser generales, obligatorias para todos y cada uno, como lo ha dicho el Altísimo: “La comunidad tendrá una sola ley” ( Num. XV,15).

Una vez descartadas las consideraciones higiénicas, locales y climáticas, temporales y accidentales, de los fundamentos del judaísmo, se reconocen en él cuatro pensamientos básicos. Estos son: 1o. la adoración de Dios; 2o. la santificación del hombre 3o. la caridad y la humanidad; 4o. el apartamiento de la idolatría.

La forma de la adoración de Dios, que fue tan espléndida en la bendita tierra de los antepasados, en el santuario inmortal de Jerusalén, ha conservado en Israel una dignidad y una simplicidad conmovedoras, como en ningún otro culto. Dentro de las sinagogas, ninguna imagen, ninguna estatua, ninguna obra humana desvía la atención y la oración de los fieles del Creador; ningún sacerdote, engalanándose con una aureola divina, viene a colocarse entre el corazón del creyente y el amor del Altísimo, como si fuera un portero del cielo que pudiese permitir o negar la entrada a los suspiros y a las lágrimas de la humanidad. En las sinagogas no hay más dios que Dios.

Las invocaciones a la divinidad son de una elevación grande; contienen pocas plegarias propiamente dichas, es decir súplicas, o solicitaciones de bienes materiales. El judío pide a Dios que le aleje de las tentaciones, del atractivo y de la ocasión del pecado, que santifique su corazón e ilumine su espíritu, para comprender y practica la ley divina y la verdad y para hacerlas comprender y practicar a otros. Sus horas de recogimiento están consagradas principalmente a la glorificación y exaltación del Altísimo, a recordar sus favores, su amor, su ternura infinita por Israel y sobre todo a la recitación y a la meditación de la milagrosa liberación de la esclavitud egipcia. Ésta llena sus corazones de gratitud imperecedera, de adoración ardiente por el protector de Israel y también de profunda humildad, al recordar las desgracias de nuestros padres, nuestro origen y la bárbara y humillante servidumbre. Al elevar su alma hacia el cielo, el israelita deposita sacrificios dignos en el altar del Altísimo.

Pero el culto no cesa con el divino oficio en el templo. Prácticas santas y conmovedoras las realiza el judío a todas horas del día, en todas las circunstancias de la vida, transformando su existencia en servicio y pensamiento consagrado al Eterno. Aún la satisfacción de sus necesidades y los goces sensuales llegan a ser, por medio de ceremonias y de las meditaciones que los acompañan, actos religiosos y adoración de Dios. Debido a tales ceremonias y actos, símbolos y pensamientos; la profanación no puede entrar en sus habitaciones ni la suciedad y la degradación en sus espíritus, ni el mal ni el pecado en sus obras.

Un pensador profundo, que no pertenece al judaísmo, ha dicho esta gran verdad: “ Cierto que el mejor medio para expresar el amor y el reconocimiento que nos inspira Dios es cumplir con el deber; pero se pueden tener varias razones para portarse bien y aún cuando, entre otras razones, se quiere honrar a Dios por medio de la conducta, es preciso advertir a otros hombres mediante signos exteriores que no admiten equivocación. Considerémonos en el mundo como un niño en la casa de su padre. Manifestemos primero nuestro respeto y nuestro reconocimiento con una conducta ejemplar y una sumisión sin reservas; pero no nos creamos libres de todos los deberes, si no aprovechamos y no buscamos todas las ocasiones para expresar nuestros sentimientos con nuestra actitud y nuestras palabras”.

Esa actitud y esas palabras son el culto, la adoración de Dios por medio de la oración, las ceremonias y las santas prácticas instituídas como símbolos y manifestaciones de la fe. La primera palabra que el Creador dirigió a Adán no fue una enseñanza teórica y especulativa, sino un mandamiento práctico. Para hacer de Abraham un creyente perfecto, digno de la alianza divina, el Altísimo no pronunció discursos teológicos, ni le dió un curso de moral y de filosofía religiosa, sino que le ordenó una obra: la circuncisión. Y para transformar a Israel en el pueblo elegido, el apóstol de la verdad en la tierra, Dios comenzó ordenándole una ceremonia: la reunión alrededor del cordero pascual.

El segundo pensamiento de las leyes prácticas del judaísmo es la santificación del hombre.

“ santos seréis, porque santo soy yo, el Eterno, vuestro Dios” ( Lev. XIX,2). Esa santificación, que es la dignidad, el honor y la superioridad del hombre, la condición de su elevación espiritual y de su semejanza con la imagen divina, es difícil, si no imposible en medio de las tentaciones, de las pasiones y de los deslumbramientos de la vida. Las naturalezas excepcionales, cuyo corazón queda herméticamente cerrado a la tentación, al deseo del mal, son muy raras. Por otra parte, el aislamiento anacorético que excluye las satisfacciones materiales de la vida; la huida del mundo y la violencia a los sentidos, que convierten el cuerpo humano en algo como aquellos ídolos de barro que tienen ojos y no ven, y oídos y no oyen, alteran la naturaleza humana y hacen al hombre inútil a sus semejantes y una carga para sí mismo. Pero, hartar todos los apetitos sensuales produce efectos aún más desastrosos: embrutece al hombre, lo degrada profundamente, detiene el vuelo de su alma y apaga en él la chispa divina.

La religión judía ha querido dar a sus hijos, al lado de una absoluta libertad moral, los medios de hacer de ella el mejor uso: de poseer la vida y sus goces, sin perder el alma, ni comprometer su grandeza entre los seres de la Creación ni su destino futuro en las regiones del Altísimo. “ El Altísimo, para asegurar la salud de Israel, le ha dado leyes y mandamientos en gran número” ( Makot 23b). Por medio de esos mandamientos, se recuerda al israelita continuamente, en todos sus actos, en todos sus goces, su deber, su dignidad, su posición en la escala de la creación, que le conduce de la tierra al cielo. Puesto que tiene que recitar alguna oración, dar las gracias a Dios o cumplir con una obligación religiosa a cada instante, ¿Cómo podría olvidarse, abandonarse al vicio, ensuciar sus labios, profanar su corazón , donde se nombra constantemente a Dios ? Tampoco se puede olvidar en la mesa, abandonarse a una orgía o a una borrachera degradante, pues sabe que después de la comida tiene la obligación de elevar su voz en un cántico al dispensador de todos los bienes. No puede vivir en disipaciones locas e impuras del cuerpo y del espíritu, pues tendrá que recitar, al levantarse el sol, el divino Shemá y fijar a su brazo y a su frente los augustos símbolos de los tefilín. No puede entregarse a la prodigalidad ruinosa, a la pasión del juego, al lujo inmoderado o a gustos aún más funestos, pues la religión le obliga a gastar lo que tiene en superfluo en ayudar a su desdichado hermano; no para cumplir un acto de caridad generoso y voluntario, sino para obedecer a una ley positiva que le ordena ir en ayuda de su prójimo.

No puede hacer el mal, ni en el secreto de su hogar, puesto que su casa, donde ve al entrar la divina mezuzá fijada en la puerta, es un santuario inviolable donde todo le indica la presencia del Eterno. Tampoco puede entregarse a lecturas perniciosas, pues debe emplear su tiempo libre en el estudio de la ley; ese estudio no es una simple recomendación, sino una prescripción formal y positiva. En sábados y días festivos no puede pasear a caballo o en un coche o dedicarse a bailes y al libertinaje, pues debe pasarlos en la casa del Señor, en la meditación y en la oración, y en el seno de la familia reunida para celebrar conmovedoras ceremonias religiosas. Finalmente, toda su vida ha de estar bien regulada y ser honesta y virtuosa. “ He lavado mis pies, ¿Cómo los ensuciaría? (Cantares V,3) Estando el corazón y el espíritu del judío purificado, santificado, ennoblecido por tantas prácticas santas y augustas, ¿cómo podría profanarlos y arrancar la blanca cortina de la inocencia, de la virtud y de la santidad? “¡Que vuestros vestidos sean blancos en todo tiempo, y que el ungüento no falte en vuestra cabeza!” ( Eclesiastés IX,8)

¿ Pero no habrá acaso otros medios de santificación? ¿ No se podrían cambiar, modificar esas antiguas prácticas que parecen tan extrañas y son tan molestas en la sociedad moderna?. Para sostener esta tesis, sería preciso negar la inmutabilidad de la ley y aun la necesidad de conservar el judaísmo disperso por el mundo, la unidad de la fe por la unidad del símbolo. ¿ Dónde está la autoridad que pueda decretar una forma nueva de vida religiosa, un nuevo símbolo reconocido y adoptado por todo Israel? Lo que nadie podría negar es la prueba de la experiencia, la eficacia de nuestras prácticas y su maravillosa influencia en la moralización de la familia judía, en que se hallan reunidas todas las grandes y santas virtudes humanas, pese a las persecuciones, al oprobio social del que han sido víctimas los judíos durante dieciocho siglos y lo son aún en parte, y que entre otras cosas, han engendrado la degradación física, moral e intelectual. ¡Véanse las costumbres de una verdadera familia judía, la conducta de los padres e hijos, su fidelidad inquebrantable, su amor filial, su sobriedad, su alejamiento de todo lo que avergüenza y de lo que hiere la mirada o el sentimiento, su delicadeza y calma en el infortunio, y que se atrevan a poner en duda la divinidad y la necesidad del mandamiento práctico israelita, para asegurar el progreso moral, el honor y la santificación de su vida!.

La caridad y la humanidad son objeto de gran número de sus mandamientos. Se conocen numerosas leyes mosaicas concernientes a la entrega a los pobres de parte de los frutos y de las cosechas, a la restitución de los vestidos que dejaron en garantía, al pago inmediato del salario del obrero, a las consideraciones, a la protección y al sostenimiento que se deben al extranjero, a la viuda, al huérfano, etc. Se les ordena el hacer posible que los pobres celebren con felicidad los días del Señor. “Te alegrarás delante del Eterno tu Dios; tú, tu hijo y tu hija, tu siervo y tu sierva, el levita que estuviere en tus ciudades, el extranjero, el huérfano y la viuda que vivieren cerca de tí ... Acuérdate que fuiste esclavo en Egipto; por tanto guardarás y cumplirás estos estatutos” ( Deut. XVI, 11,12-14).

Deben llamar a los pobres, no a su ante sala para hacerles entrega por los criados de una limosna, sino a la mesa, para que celebren con ellos la Pascua y las festividades del Altísimo. Son iguales al rico en el templo y en la asambleas del Señor. la décima parte de los bienes del judío les pertenece por derecho. “Los mandamientos relativos a las ofrendas al templo, a los sacerdotes, etc. , tienen por objeto fomentar la beneficencia y habituar al hombre a la virtud de la generosidad, al pensamiento de que su fortuna pertenece a Dios y a la humanidad, a combatir la avaricia y la codicia, que son la ruina de la sociedad humana” (Moré Nebujim III,39). Puede decirse que en todas partes donde el Dios de Israel exige un acto en su honor, hay también un intento de beneficencia y una obra humanitaria. No hay culto en Israel sin caridad.

El alejamiento de la idolatría es la cuarta causa de muchas de sus prácticas religiosas. Ilustres doctores de la Sinagoga han atribuido a los sacrificios el sentido de que desviaban a sus padres de los altares de cultos falsos y de que consagraban en honor del verdadero Dios una costumbre profundamente arraigada en la vida y creencias de los pueblos. También la prohibición de la magia, de la brujería, del uso de ciertos frutos y de ciertas vestiduras, la prohibición de matrimonios y de alianzas con ciertas naciones, y la admonición: “No andéis según las prácticas de las gentes” (Lev. XX,23), etc. Tenían por objeto alejar a los israelitas de las prácticas idólatras. El vino, las fiestas, las orgías de tantas naciones han quedado prohibidos severamente, no sólo por su inmoralidad, sino porque podían llevar al olvido de Dios y a la idolatría. Podemos dar por seguro que cierto número de prácticas han sido introducidas en sus casas con el fin de consagrar a la verdad y a la luz a los que en otras partes han servido al error , a las tinieblas y a las supersticiones burdas. Cada ceremonia del judaísmo, cada costumbre tradicional, cada cuadro consagrado y cada oración fijada en las paredes de la casa israelita están destinadas a preservar de las ceremonias y de los usos análogos del mundo idólatra.

La idolatría, particularmente en su variedad grosera, ha desaparecido sin duda de gran parte de la tierra; pero aún existe en la otra parte, que es importante. Los mandamientos prácticos destinados a combatirla deben pues mantenerse. No se podría modificarlos o abolirlos sino a medida que la idolatría desaparezca de nuestra sociedad. ¿Acaso tiene cada uno de nosotros el derecho, y sobre todo el entendimiento necesario, para decidir cuánta idolatría hay a su alrededor y el grado de progreso logrado por nuestros vecinos hacia la verdad israelita? Y luego, como esa idolatría y esos progresos hacia el bien varían en cada país, en cada ciudad, y a menudo en cada familia y en cada persona, ¿ no habría que abolir u observar tantos mandamientos prácticos como fueren necesarios de una familia a otra, de una casa a otra, de un día a otro? ¿No sería necesario un código religioso particular para cada israelita que vive en tal o cual país y que tiene a tales o cuales por vecinos? Cuando el conocimiento del Dios verdadero cubra la tierra entera, como las aguas cubren el fondo del océano, solamente entonces las leyes contra la idolatría no tendrán razón de existir.

Está demás seguir adelante don la presente investigación, con el fin de demostrar que la ley práctica del judaísmo se remonta a los tiempos más remotos y que los primeros hombres, desde que conocieron a Dios, encontraron ya en esa ley la forma más noble del culto y la más fuerte garantía de dicha es esta vida y de felicidad en la eterna.

3.- El Sábado.

Ninguna costumbre ha tenido efecto tan profundo en el pueblo judío como su celebración del sábado. El sábado, tal como se observó entre los judíos de muchas generaciones en los siglos y milenios pasados, era realmente un día santo. El día semanal de reposo implantado por la legislación bíblica de los hebreos, fue adoptado en el mundo entero. En cuanto a su importancia humanitaria, bien dice el escritor francés socialista Proudhon: “ Aun nuestro moderno espíritu, con sus áridas teorías de derechos cívicos y políticos, y su lucha por la libertad y la igualdad, no ha ideado ni creado una sola institución que por sus efectos beneficiosos con las clases trabajadoras, pueda compararse si remotamente con el día de descanso semanal, promulgado en el desierto sinaítico”.

El sábado hebreo tiene más que ese significado social importantísimo. Ha creado un simbolismo de gran altura religiosa, al hacer del sábado un día de alegría y de reposo, en que vivía una vida distinta y separada del día laborable. La legislación rabínica ha levantado una valla tan alta alrededor del sábado que ninguna voz de la algarabía externa ha podido penetrarla. El sábado era tan sagrado que no debía realizar labor alguna en él, ningún familiar, ningún esclavo o servidor, ni siquiera las bestias. Su santidad era superior a la de las demás festividades. Tenía una poesía profunda, que nunca fue igualada en la celebración de otros días de reposo y que se ha perdido en su mayor parte, ante la presión de las exigencias de la vida moderna. El sábado santificaba y daba sentido al resto de la semana.

Con el sábado, el judaísmo no solo confirió uno de los derechos más preciosos a la humanidad trabajadora, sino que enseñó al mundo, además, otra práctica característica del sábado: la de observar horas y días fijos de reverencia, en que se hace un llamamiento a la conciencia del pueblo y en que se proclama y explica la voluntad divina. Es una renovación espiritual y moral. A la palabra divina corresponde la exigencia del bien y la severidad de la ley; a nosotros nos corresponde un pensamiento mitigado por la imposición de la paz sabática. Como es distinto el concepto judío de la deidad, así es también distinto su concepto de la fiesta religiosa y especialmente el del sábado. Ninguna religión ni ninguna época han podido agregar cosa alguna a la esencia y al contenido espiritual del sábado.

Esa roca de la vida religiosa judía, que constituyó el sábado, fue socavada a consecuencia de la revolución industrial y económica del siglo XIX. Mientras los judíos vivían en países en que se les permitía trabajar el domingo y en otros días de descanso de la población no judía, la celebración del sábado no acarreaba inconvenientes. pero al entrar en el engranaje económico del mundo circundante ya sea como empleados, obreros o patronos, los obstáculos fueron cada vez mayores. El grupo de los fieles que sacrificaban sus intereses con tal de no infringir la ley sabática, decrecía constantemente, particularmente en países de escasa población judía.

En la actualidad, se han tratado de introducir algunas formas nuevas de la celebración sabática, como el Oneg Shabat, en que grupos de judíos ( hombres y mujeres) se reúnen para su mutua edificación espiritual, para escuchar conferencias, asistir a actos culturales y artísticos, etc. en los cuales se crea una nueva atmósfera judía.

Contribuyen a mantener el espíritu sabático ciertas costumbres y ceremonias, como las de prender velas los viernes en la noche y la despedida por medio del bello rito de Havdalá, al terminar el día festivo.

... dice la escritura que Dios había acabado el cielo y la tierra y todo lo que hay en ellos; descansó el séptimo día de toda la obra que había hecho y bendijo y santificó el séptimo día ( Gen. II, 1-3)

Ese día hecho santo, inviolable, por el propio Creador, ¿cómo se atrevería el hombre a profanarlo ?

En medio de un desierto que ardía y cuando sentían tremendas privaciones, se les dijo a los hebreos: “Mirad que el Señor os ha dado el sábado, y por eso os da en el sexto día alimento para dos días. Estése pues cada uno en su casa y nadie salga de su lugar el séptimo día” ( Ex. XVI,29). En presencia de la muerte diaria por el hambre y la sed, a la vista de los sufrimientos del niño recién nacido y del anciano que iba a morir, Dios no quería que el hombre se preocupara, el sábado, de las necesidades materiales más urgentes. ¿Cómo les sería permitido entonces a ellos, en medio de la abundancia efectiva y en el seno de una vida que abarca a todos los habitantes de la tierra, violar la santidad del día del Eterno, correr detrás de ese maná terrestre, que unos poseen de sobra y que otros generalmente pueden procurarse en cantidad doble o triple en la víspera del sábado?.

Después de haber creado la tierra y dado al mundo físico leyes naturales, que debían dirigirlo para siempre, el Creador también dió al mundo espiritual leyes morales, que debían fijar su conducta, y los deberes del hombre para con Dios y para con la sociedad. El Eterno desciende sobre el Sinaí; la naturaleza tiembla, el sol se vela, estallan los truenos, y del seno de la nube en llamas, el Supremo Legislador promulga el código inviolable e inmortal que es desde entonces la condición y la base de todo orden social. Ese código sagrado, grabado no sólo en las tablas del Horeb, sino también en el corazón y en la conciencia del hombre, encierra una sola ley de práctica religiosa propiamente dicha; un sólo homenaje público que el maestro soberano de la humanidad pide a los mortales: el reposo sabático y la santificación del séptimo día.

¿ Cómo podríamos violar esa ley, sin sacudir el fundamento del mundo, que es el Decálogo, y sin hacernos culpables ante dios en el mismo grado que si cometiésemos alguno de los crímenes enunciados en los Diez Mandamientos? La moneda del prójimo, que no debemos hurtar; su asno, que no debemos codiciar, ¿ son acaso más sagrados e inviolables que la palabra y la voluntad del Señor?.

Al santificar el séptimo día, la séptima parte de su vida, el judío proclama al Creador y reconoce su obra. La Biblia fija la pena de muerte para la violación pública y premeditada del sábado, porque esa violación constituye la negación de Dios y de la creación del mundo.

El mundo no es un lugar de reposo y de libertad para el hombre, debido a sus necesidades, a sus exigencias y a menudo, a su tiranía, impone la constricción, la servidumbre y una esclavitud de todos los días y de todos los instantes. Por ello celebramos también el sábado en memoria de la salida de Egipto, de esa merced inmortal, que nos prueba y nos recuerda siempre que solamente Dios nos da la libertad verdadera y la verdadera independencia. Se dice en una plegaria de sábado:” Tus hijos reconocen y saben que te deben a tí el reposo”.

Las naciones más devotas de la tierra han tratado de imitar el sábado judío; pero ninguna de ellas ha podido alcanzarlo, pese al apoyo de las leyes civiles y de la fuerza bruta; ninguna le ha podido dar consagración, la santidad, la elevación y la transfiguración, ni los efectos y bendiciones del celestial sábado de los judíos.

En lugar del sábado han fijado un día de reposo; ¿ acaso han podido igualarnos? Cuando mucho, como una estatua se parece a un hombre vivo” (Cuzarí III,9) Y el filósofo (Judá Haleví) continúa: “ He meditado sobre vuestra situación, y he visto que Dios ha utilizado para vuestra conservación medios particulares. El sábado y las festividades son una de las causas principales de vuestra permanencia y de vuestra consideración. Los pueblos os hubiesen repartido entre ellos, tomándoos como esclavos, a causa de vuestra sagacidad y vuestra inteligencia. Hubieran hecho de vosotros incluso hombres de guerra, sin esas épocas que observáis rigurosamente, por estar instituidas por Dios y que se basan en motivos tan poderosos como lo son el recuerdo de la creación, la salida de Egipto y la Revelación -cosas divinas que estáis obligados a venerar. Sin esas épocas, nadie de vosotros vestiría un hábito puro, y no tendrías como punto de unión el recuerdo de vuestra ley, a causa de la presión sobre vuestro espíritu que sufríais en vuestro largo destierro. Sin esas épocas, no tendrías un solo día de agrado en toda vuestra existencia, mientras que ahora consagráis la sexta parte de vuestra vida al reposo material y espiritual. He aquí algo que ni siquiera los reyes pueden hacer, puesto que su espíritu no está en reposo durante las festividades, ya que en esos días tienen que moverse y cansarse; se mueven y se cansan y su alma no goza de un reposo completo. Sin esas épocas, todo lo que pudiérais adquirir pertenecería a otros, puesto que estaría constantemente expuesto al pillaje. Pero vuestros gastos para ese día son un beneficio para vosotros en este mundo y en el mundo venidero, puesto que se hacen en honor a Dios”.

La santidad y la inviolabilidad del sábado israelita fueron reconocidos por los pontífices de otras religiones. Así Lutero dice: “ Aunque el sábado quede abolido entre los cristianos, es sin embargo necesario que se observe un día particular de la semana. La naturaleza exige que uno se pare durante un día de la semana y que se abstenga uno del trabajo, tanto hombre como bestia. Pero el que quiere hacer del sábado una ley positiva, una obra de Dios, debe observar el sábado y no el domingo, pues es el sábado el que fue prescrito a los judíos, y no el domingo” ( t.III, 643).

“ El Dios de Israel ha elevado el sábado a tal altura, que lo ha colocado por encima de su templo y de su santo tabernáculo, repitiendo dos veces: mis sábados guardaréis, y mi santuario tendréis en reverencia” (Lev. XIX, 30; XXVI,2). Al ordenar a los hebreos que le contruyeran una morada, el Señor comenzó por recordarles nuevamente la ley del reposo ( Ex. XXXV, 2-3), como si les dijera: No creáis que por levantar ese edificio sagrado, os será permitido violar el sábado. Nada podría justificar la profanación de ese día augusto, ni los intereses terrenales, ni los del cielo. ¡Respetad a vuestros padres imitándolos, ya que practicaron con tanta santidad ese mandamiento divino! Observad mis sábados, y no sacrifiquéis a los ídolos del oro y de la perdición! ( Lev.XIX, 3-4).

Dice el Talmud: “El que observare exactamente el sábado es como si cumpliese toda la ley”. También dicen los sabios: “ El que viola públicamente el sábado es como si se entregase a la idolatría”. Esta grande y misteriosa importancia del reposo sabático se revela en cada página de la sagrada Escritura. Al anunciarse los castigos más terribles a los violadores de los mandamientos del Señor, no se indica especialmente más que la transgresión de una sola ley, la del reposo, al decirse: “Entonces la tierra holgará durante los sábados... la tierra descansará en los días de la desolación, puesto que no tuvo reposo en vuestros sábados, mientras habitábais en ella”. (Lev. XXVI, 34-35)

Ese hecho notable se reproduce igualmente en las escrituras de los profetas. Esos órganos sublimes del pensamiento de Dios exhortaban al pueblo constantemente a la moral, a la pureza de las costumbres, a la rectitud del corazón, a la justicia, a la caridad, etc.; pero al hablar de los deberes religiosos, no indican concretamente sino la ley del séptimo día. Se puede leer en Isaías ( LVI, 2-6): “Feliz el hombre que esto hiciere, el hijo de hombre que sugiere esta regla; que evite profanar el sábado, y guarde su mano de hacer el mal... Y los hijos del extranjero allegados al Eterno para adorarle, para amar el nombre del Señor, para dedicarse a su servicio, todos los que se guardan de violar el sábado y permanecen fieles a mi pacto, yo los llevaré a mi monte sagrado y los recrearé en mi casa de oración”.

Jeremías, queriendo atajar a su pueblo al borde del abismo, que se abría más y más bajo sus pies, se esforzaba en conducirlo al bien mediante la observancia del séptimo día, y dijo: Estas son las palabras del Eterno: Vigilad vuestras almas y no traigáis carga en el día del sábado, ni permitáis que entre por las puertas de Jerusalén; no saquéis carga de vuestras casas, ni hagáis obra alguna en día sábado; mas santificadlo, como yo lo he ordenado a vuestros padres... Y si me escucháis, santificando el sábado y absteniéndoos de toda obra, entonces esta ciudad será morada de reyes y príncipes, que se sentarán en el trono de David, poderosos por sus ejércitos y sus carros de guerra, ellos, sus ministros, todos los hombres de judá, todos los habitantes de Jerusalén y esta ciudad subsistirá eternamente... Pero si no me escucháis, para santificar el día sábado, entonces encenderá un fuego en las puertas de Jerusalén; consumirá los palacios, y no se apagará” ( XVII, 21-27).

El profeta Ezequiel, ese maravilloso vidente, cuya mirada descubría los misterios del cielo y los horizontes ocultos del porvenir, al llevar la palabra de Dios a los ancianos de Israel, les dice: (XX, 12-14)” Les dí también mis sábados, como una alianza entre mí y ellos, para que supiesen que soy yo el Eterno que los santifico. Pero la casa de Israel me ha molestado en el desierto, no han obedecido a mis ordenanzas; han rechazado mis derechos, por los cuales el hombre vive; han profanado gravemente mis sábados. Por lo tanto, he derramado mi cólera sobre ellos, para aniquilarlos en el desierto. Hice esto por el honor de mi nombre, para que no quede infamado ante los pueblos, delante de los cuales los había liberado...” Dios mismo proclama, pues que la violación del sábado es la profanación pública de su nombre tres veces santo. ¿ Quién se atrevería a cargar su conciencia con un pecado tan grave ?.

El profeta Amós expresando viva indignación contra las gentes que pisotean la religión para no perder ni un momento de sus negocios y especulaciones, pone en boca estas palabras, que tendrían triste eco aún en nuestros días: “ Cuando pasará la neomenia ( el mes de las solemnidades religiosas), y venderemos el trigo? ¿ El sábado, para que podamos abrir nuestros graneros?” ( VIII,5). Y el cielo les contesta en su cólera: “En presencia de semejante conducta, ¡la tierra misma ha de estremecerse y sumir a sus habitantes en luto!”.

Al retornar de Babilonia, lo primero que hicieron los israelitas fue repudiar las alianzas impuras y restablecer el día de reposo, obligándose por medio de un juramento solemne, “ a no comprar nada a las gentes que venían el sábado a vender toda clase de objetos alimenticios” (Nehemías X,34). Y el profeta ruega al Señor que tenga en cuenta el mérito de haber evitado la profanación del día consagrado, al dirigir a los príncipes de Judá esta severa recriminación: “ ¡Qué maldad es esa de vosotros de profanar el sábado! Así hicieron vuestros padres, por lo cual Dios ha vertido sobre nosotros y sobre esta ciudad todas estas desgracias. ¡Y vosotros añadís ira sobre Israel profanando el sábado!”. (Neh. XIII, 17-18).

Muchas veces se ha admirado la conducta de los judíos que en la época de los macabeos prefirieron morir antes que violar el día del Señor. La rígida observancia de ese mandamiento está mencionada en numerosos pasajes de los Evangelios. Habría que llenar volúmenes enteros para citar lo que dicen de bello y de maravilloso acerca de la santificación del sábado El Talmud y los Midrashim.

De la misma manera que la creación del mundo comenzó con el nacimiento de la luz, así el sábado, que es un homenaje público al Creador y remembranza de su obra, se inaugura con el candelabro de luces vivas, símbolo de la fe de Israel, que brilla como un astro del firmamento en la noche del error y de la barbarie. Y como el último acto del Creador fue la formación del hombre mortal y perecedero, así la última ceremonia del sábado consiste en apagar la luz y decirle al Creador: Somos arcilla en tus manos; ¡perdónanos nuestros pecados, que el día cuenta al día y la noche a la noche!”.

El sábado también es fuerte lazo de unión para la familia, medio poderoso de excitar y mantener las virtudes domésticas. Los niños se apretujan contra sus padres, para recibir su bendición y sus abrazos. Luego se sientan a esa mesa judía, verdadero altar del Señor, en que el jefe de la casa bendice el pan y el vino, y los distribuye a todos como un maná celestial, como una dádiva de la infinita ternura del Altísimo. El temor de quedar sin las bendiciones y sin esa parte del festín sagrado, es, para los niños, un estimulante para el cumplimiento con sus deberes... Esa adorable y solemne hora del sábado realiza en la familia judía la promesa mesiánica, de la cual dice el divino profeta: “Llevará el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres”. (Malq. III,24). El sábado es la unión de Israel, la paz y la santificación de toda la casa de Jacob; es un hogar de santidad y fuente de todas las bendiciones. La familia israelita piensa en ello durante la semana y se prepara.

No me detendré a describir los preciosos frutos que el creyente, como individuo, obtiene de la observancia de ese mandato. Pero se tiene que insistir en la importancia capital del sábado como signo exterior de la fe judía y como ligazón manifiesta entre la gran familia israelita. Sus costumbres, sus relaciones sociales, nada destaca entre ellos mejor a los hijos de Jacob. La unidad de idioma dejó de existir para los judíos; la unidad de culto ha sufrido graves menoscabos; la vida en el mundo ha dejado de tener ese sello sagrado del judaísmo, la adoración pública del Dios de Israel, por medio de la cual El quería estar glorificado ante las naciones de la tierra. Sólo el sábado marca la unidad de su fe, la sagrada característica de sus creencias, la glorificación magnífica del Dios de sus padres. Sin el sábado, su religión judía no merecería un lugar bajo el sol, y el israelita no tendría Dios en medio de las naciones. Dice el Talmud: Jerusalén ha sido destruída solamente porque sus habitantes han profanado el sábado”.

La violación del Día del Señor dejará a Jerusalén, a Israel y su culto siempre en ruinas; porque destruye en nosotros la santa consagración que Dios ha querido dar a toda la vida del judío.(“Guardaréis mis sábados, porque son señal entre mí y vuestras generaciones futuras, para que sepáis que yo soy el Eterno que os santifica” Éxodo XXXI,13); Les separa para siempre de las creencias y de los recuerdos que constituyen la fe judía; es la negación evidente de todo lo que encierran sus monumentos sagrados, la Biblia, los libros de sus sabios, sus ceremonias y sus oraciones.

En el culto del sábado, se da gracias a Dios por haber otorgado un día de reposo físico y de elevación espiritual, durante el cual se puede olvidar uno de la tierra y de sus males, durante el cual hasta a los condenados en el infierno se les libra de sus sufrimientos; se da gracias al Ser Supremo por la emancipación de las fatigas y de la esclavitud de la pobre existencia que se lleva aquí abajo, para darse un gusto anticipado del destino final y feliz en un mundo mejor.

No cabe duda: los intereses materiales están en conflicto con la observancia del sábado; se teme comprometer la fortuna al cerrar la casa el día séptimo a las agitaciones dl mundo y a las luchas por el interés económico. Pero el Señor prometió “doble alimento” el sexto día, y dijo: “ordenaré que mi bendición descienda sobre vosotros”. Los talmudistas han observado: “ El que honra el sábado, recibirá una herencia sin límites”, y en otro lugar: “Si se observan rigurosamente los sábados, la liberación vendría inmediatamente”.}

Según las tradiciones judías, Adán fue desterrado del paraíso en la tarde del sexto día, la víspera del sábado (Sanedrín 38-b). Por medio del sábado es como la humanidad regenerada volverá a entrar en el Edén.

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