Historia


Sociedad española en la Guerra Civil


Tipos y personajes

El estratega del café:

España nacional

Aquellos que están relacionados con la guerra por lazos de estrategia, que no necesitan de instrumentos de precisión para hacer su estrategia sino que se basan en las mesas de los cafés con sus correspondientes objetos para mover a los ejércitos y preparar batallas

El frívolo:

Se daba en las dos zonas, pero era más evidente en la España franquista.

Repetían, a favor del régimen, los actos sociales benéficos de la sociedad monárquica de los años veinte.

El que vive del “crédito facial”:

Llegaban a la España nacional desde zonas republicanas donde perdieron todo lo que tenían, donde eran bien acogidos, concediéndoseles préstamos que devolverían cuando recuperasen sus pertenencias, pero existía la lógica sospecha de que sus pertenencias estuvieran sólo en su mente y vivían cómodamente con la dificultad de comprobar sus historias.

El pancista:

Se da en los dos bandos, y es aquél que espera tranquilamente a que termine la guerra, que sólo le causa molestias materiales, y en ambos casos la prensa le echa en cara su actitud.

El impaciente:

Muestra su egoísmo en la retaguardia, y exige prácticamente la toma diaria de una provincia para estar callado.

La madrina de guerra:

Aparece en la España nacional.

En la zona republicana no había madrinas de guerra, pero en la prensa aparece a menudo una sección destinada a servir de intermediario entre las necesidades de los soldados del frente y quienes puedan mandarles ropa y tabaco o libros.

El veraneante

En San Sebastián se une a los que vinieron siempre una masa humana que, en su huida de los horrores de la España republicana, hace su hogar provisional en los pueblos de la España liberada.

El posible espía

La prensa pone en guardia al lector contra el espía: “No hables de la guerra con persona alguna que no conozcas ni tengas en ella absoluta confianza... Denúnciale a las si piensas que puede ser un espía. Si no lo haces así, incurrirás en grave delito.

El flecha

Un pequeño de camisa azul y boina roja desfilando por las calles de la España franquista...

Era el alevín del falangista, quien tenía que sustituirle el día de mañana en la Revolución Nacionalsindicalista. De él se esperaba que sirviera a la patria en el espíritu de la Falange Española, que fuera valiente, veraz y denodado para el sacrificio por los ideales de falange. Fuera disciplinado y obediente a sus jefes y que fuera “Por el Imperio hacia Dios.”

Sigue la descripción de los deberes de los pequeños en la línea religiosa-patriótica-falangista que quería el nuevo régimen. La pertenencia a ella no era obligatoria.

El postulante

En las calles de las dos zonas circulaban continuamente postulantes pidiendo una contribución económica en apoyo de entidades relacionadas con la guerra. La demanda, en general, era acogida positivamente.

Al cabo de unos meses la policía empezó a sospechar de una iniciativa que no tenía el menor marchamo oficial.

En la España Nacional, desde los primeros meses, también existió la colecta en calles y comercios para cubrir diversas necesidades del momento, pero la establecida de forma oficial y permanente fue la que dirigía la organización de ayuda al desvalido llamada “Auxilio Social”.

El comerciante aprovechado

En la zona republicana tenían los comerciantes mala fama por su carácter de pequeño burgués; era sospechoso y la desconfianza aumentaba cuando empezaron a escasear los productos en las tiendas y se rumoreaba que se encontraban fácilmente entrando por la parte de atrás y pagándolos a precios mucho más elevados que los autorizados por la ley.

En el lado franquista también intentaron los comerciantes aprovecharse. Los atacaba públicamente Queipo de Llano desde Radio Sevilla: “Cometen un delito de traición a la Patria”. El intento en el lado franquista de ciertos comerciantes para aprovechar las circunstancias bélicas y ganar más fácilmente dinero, chocó con la abundancia de productos básicos que hacía más difícil su beneficio personal. Sólo los que trataban con ropa y calzado pudieron aprovechar la relativa escasez para hacer buenos negocios. Fueron sometidos a duras multas y a la amenaza de cárcel. Aprovechando el espíritu nacionalista que respiraba aquella zona, los comerciantes y fabricantes combinaban en su publicidad, y a veces de forma grotesca, el espíritu patriótico con el ansia de vender. Es curioso cómo una censura que vigilaba estrechamente el respeto a los mitos nacionales tolerase anuncios que unían de forma tan cruda el afán de vender un producto mercantil con una invocación patriótica.

El perseguido:

En aquellos tiempos los perseguidos por motivos políticos fueron muy numerosos.

Ejemplos en la zona republicana: algunos vestidos de proletarios intentaban pasar la frontera con Francia pintando las siglas de partidos importantes en los mojones de la carretera. Otros se hacían pasar por locos, viviendo la guerra en cómodos manicomios.

En la zona nacional: Estaban los denominados topos. Tapiaban sus cuartos esperando la liberación. A la muerte de Franco salieron a la luz.

El extranjero:

En la sociedad nacional el más denostado por los hombres y admirado por las mujeres era el italiano por su refinamiento en el vestir y el uso exagerado de agua de colonia.

Los alemanes estaban en menor número y en lugar de formaciones de infantería, eran especialistas de aviación, artillería, instructores de academias militares y especialmente por su carácter más introvertido y disciplinado.

En el otro bando, los rusos eran los más renombrados y los menos visibles. Aparecieron sólo como asesores en los Estados Mayores de los ejércitos.

El propietario agrícola

La mayoría de los propietarios que no fueron asesinados o huyeron a tiempo de la zona republicana tuvieron que entrar en colectividades agrícolas.

El militar:

En la República española aparece la sospecha sobre el militar antiguo considerado monárquico y nostálgico del gobierno de derechas de Primo de Rivera.

Las figuras más temidas fueron eliminadas. Se hizo necesario crear héroes para que el pueblo pudiese admirarlos y seguir su ejemplo. Aparecieron en actos políticos. Para evitar la idolatrización el 5 de Octubre de 1937 Indalencio Prieto publicó una orden. A ello debe contribuir también la prensa, para desviar la atención pública del heroísmo general de las masas para concentrarla en las personas más o menos próceres de guerra. El 16 de Octubre de 1936 se crean los comisarios políticos (Comisarios de Guerra) para ejercer un control de índole político-social sobre los soldados, milicianos y demás fuerzas armadas al servicio de la República. Se pretende establecer una corriente espiritual entre los mandos y las tropas, para que la confianza de los combatientes en los jefes que les dirigen sea absoluta y total.

Muchos voluntarios antifascistas sentían poca fe ante los que se quedaron con la República, mirando cualquier orden de ataque o retirada con suspicacia. El comisario tenía que poner paz entre grupos distintos de que se componía el ejército republicano.

En la zona nacional, los comisarios tenían su equivalente en los capellanes castrenses. Se trataba de servir de enlace espiritual entre el mando y el soldado, y de instruir a ambos en los principios que debía tener todo servidor del Estado que nacía al socaire de la guerra. Debían vigilar también la conducta moral de los militares, sus lecturas y sus expresiones verbales. El personal eclesiástico castrense tendrá a su cargo la enseñanza elemental para combatir el analfabetismo, así como la labor de información a los familiares de los combatientes que hayan fallecido, estén heridos o enfermos.

Recomendados, enchufados, emboscados:

La guerra intensifica las recomendaciones. Contra esta costumbre ancestral española considerada inoportuna y casi ofensiva en época de crisis, surge la condena de jefes militares nacionales. Igualmente se ataca esa costumbre en el otro lado.

Las recomendaciones contra las recomendaciones no sirvieron de nada. En ambas zonas, los parientes y amigos de gentes importantes consiguieron pasar la guerra mucho más cómodamente que los que carecían de esos lazos familiares. Se les llamó emboscados en ambos bandos, o enchufados. La prensa se cansaba de condenarles y los soldados en las trincheras maldecían su existencia. Ellos siguieron impertérritos con el firme propósito de terminar la guerra sanos y salvos, lo que en su mayoría consiguieron.

Otros, en vez de en una oficina, se escondieron en un hospital. En la zona republicana, muchos médicos de ideas afines a quienes podían ser presuntas víctimas de los revolucionarios, les diagnosticaron rápidamente una serie de dolencias que obligaban al individuo a ingresar inmediatamente en un hospital.

El vago:

A partir de Febrero de 1937, para ir tranquilo por la calle republicana el ciudadano tenía la obligación de demostrar que ayudaba a la causa común, si no luchando, al menos trabajando. Se establece a continuación que todos los ciudadanos de dieciocho a cuarenta y cinco años posean un certificado de trabajo en el que se especifique el empleo que ejercen, con la firma del jefe o responsable. Los que no lo puedan presentar ni tengan certificado médico de incapacidad física serán censados y posteriormente destinados a obras de fortificación u otras que fueran precisas y necesarias para la guerra.

Si el sorprendido sin el certificado estuviera en lugares de diversión pagará multas nunca inferiores a mil pesetas (un periódico valía 15 céntimos); si no es pagada, sufrirá un arresto de treinta días al menos. Durante ese tiempo, el detenido debe pagar su manutención y si se descubre los medios de vida que le permiten estar ocioso son ilegítimos se considerará faccioso y se le aplicará la ley de vagos. Los vagos son una vergüenza para la causa.

El anarquista:

El que intentó el imposible proyecto de crear un mundo ácrata sin Dios, ni jefes ni economía dirigida en una sociedad ya capitalista, era un personaje típico de la República y su presencia se hizo notar principalmente en Cataluña, donde la CNT-FAI tenía muchos afiliados. Un anarquista símbolo fue Durruti.

El alférez provisional:

Quedaba la clase media. A este estamento Franco enroló en sus filas, dándole poder y respeto ajeno, concediéndoles tras unos breves cursillos el título de alférez, que le permitía mandar a sargentos y sentirse admirados cuando paseaban con su uniforme a medida y la estrella dorada sobre fondo negro en el pecho.

La portera, la criada:

La portera era símbolo vivo de la clase proletaria incrustada en la superior. Habían dado muestra de su ansia de desquite social, denunciando a los vecinos facciosos y ocupando su domicilio al grito de que ya era hora que ellas dejasen las pocilgas subterráneas donde habían vivido hasta entonces y pasaran a disfrutar del sol y del aire a través de los amplios balcones cono había hecho la dama encopetada del segundo derecha.

Algunas criadas fueron todo lo contrario. Despistaron a las patrullas de control asegurándoles que estaban mal informados y que los vecinos que buscaban eran de absoluta confianza republicana; incluso llegaron a alimentar a la atemorizada señora. Otras cooperaron con su novio, ahora miliciano, en el saqueo del domicilio y detención de sus antiguos señoritos.




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Enviado por:David Martinez
Idioma: castellano
País: España

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