Socialismo Marxista

Historia Universal. Marxismo. Karl Marx. Lucha de Clases. Manifiesto Comunista. Teoría Económica. Economía Fisiocrática. Revolución Industrial

  • Enviado por: FLORENCIO RODRIGUEZ FRAILE
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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COMENTARIO SOBRE EL SOCIALISMO MARXISTA.

Para realizar el comentario sobre la economía marxista, es necesario comenzar con esta breve introducción, ya que la importancia de Marx en el campo de las ideas no es consecuencia de su aportación a la teoría económica, que en cualquier caso no es superior a la de Ricardo, o a las de Malthus, sino que es debida a sus concepciones filosóficas.

Marx contribuyó grandemente a difundir el interés por la ciencia económica, pues fue también el primer “economicista” de la historia, en el sentido de que desbordó el campo de la economía, convirtiendo el proceso económico en el elemento fundamental para la “realización” de una concreta concepción filosófica. A partir de Marx, todo, o casi todo, puede recibir una interpretación económica.

Como en los textos se refleja, Marx es el heredero de una tradición filosófica inmanentista, “…el hombre sólo puede confiar en el hombre…”. Esta concepción fue iniciada por Descartes, que en el orden práctico asegura que en el único ser que puede confiar el hombre, es el hombre; todo lo que le supera, o lo que no puede explicar, no existe, o es como si no existiese. Es decir, sólo existe lo que el hombre puede explicar. Esta actitud es manifiesta en los socialistas utópicos, ya sea que pongan su confianza en la razón, como Saint-Simon, o en las pasiones como Fourier.

Marx decepcionado por los fracasos de los experimentos sociales de los utópicos, fue tomando conciencia de la defectibilidad de las facultades y pasiones humanas. Una sociedad no puede cambiar por muy razonable o atrayente que sea el ideal que se propone. Es necesario algún principio que haga inevitable el ansiado cambio social, y que lo realice indefectiblemente.

Este principio activo no podía estar por encima del hombre, cosa que negaba su herencia filosófica, luego sólo quedaba una solución, que proviniese de la misma estructura que la Naturaleza.

Marx sustituyó la libre voluntad del hombre, en la que no creía, por una fuerza irracional, que procede de la misma estructura de la Naturaleza, y que se rige por las mismas leyes que las de la mecánica determinista newtoniana. Esta sustitución aseguraba la eficacia e inexorabilidad del cambio social; ya no dependía de la débil e ineficaz voluntad humana, sino de una ciega e inevitable fuerza de la Naturaleza.

A partir de ese momento el problema que se planteaba era explicar cómo toda la actividad humana podía reducirse a puro impulso natural, o manifestación de una energía natural, y una vez logrado esto, introducir algún tipo de progreso que explique cómo el devenir histórico está orientado hacia la consecución de ese paraíso terrenal.

La solución de la primera parte del problema se la proporcionó la misma ética de Smith, para quién “…el vicio privado…” -la avaricia y el egoísmo- era el fundamento del bienestar común. Marx interpretó este “afán de lucro” como manifestación de una fuerza irracional, fundamentada en último término, en la íntima estructura de la materia. La lucha por mejorar las condiciones de vida se convierte así en el impulso fundamental del hombre, al que puede reducirse cualquier otra actividad humana. La organización social, legal, la ciencia, la religión, etc., no es más que una “superestructura” consecuencia de esa fuerza bruta que rige el comportamiento del hombre.

La solución a la segunda parte del problema, el materialismo dialéctico, le vino sugerida, al menos en parte, por la lectura de los escritos pesimistas de Malthus y Ricardo. Las leyes “naturales” e inevitables de la economía ricardiana, junto con un proceso dialéctico de origen hegeliano, dio lugar al materialismo dialéctico. La raíz creadora de todos los hechos sociales se halla en las relaciones de producción. El modo de producción es la “infraestructura” de todo el acontecer humano. El modo de producción de la vida material determina, en forma general, la vida social y cultural. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino, al contrario, “…su ser social lo que determina su conciencia…”. El hombre es fruto y consecuencia de las relaciones productivas, aunque también puede modificar esas relaciones condicionantes. El transcurso de este condicionamiento, y sus modificaciones, constituye la historia, que tiene unas leyes de carácter evolutivo. Por esta razón la historia se desenvuelve en continuos conflictos que se resuelven deacuerdo con la ley dialéctica “negación de la negación”.

La producción masiva es la fórmula típica del capitalismo, que ha desatado las fuerzas de la producción, generando un proceso de injusticia creciente. Cuando el conflicto alcance su cima se producirá el fenómeno de la transformación dialéctica y aparecerá un nuevo modelo social con su propio desarrollo histórico.

Estas fuerzas ciegas he impersonales, que tienen su origen en la estructura de la materia, y que actúan dentro de este proceso dialéctico, tienen una finalidad: la última y definitiva liberación de la humanidad de todo tipo de sufrimientos e injusticias, que son la raíz de todos los desórdenes sociales.

Marx dio tanta importancia al estudio del cambio social, que cuando intentó establecer la finalidad de ese cambio, su contestación fue contradictoria o, al menos sorprendente. No hay nada en todo el proceso elaborado por Maque justifique la existencia de ese fin. No se entiende por qué ese proceso económico-dialéctico, deberá interrumpirse y alcanzar una meta.

Marx creó una religión sin Dios, en la que el hombre no podía esperar su liberación de un Ser superior, ni siquiera de sí mismo, sino de un proceso ciego e imparable -el materialismo dialéctico-, cuya manifestación más inmediata es el mismo proceso económico productivo.

Marx relativizó las leyes naturales de la economía clásica, diciendo que efectivamente son válidas e inexorables, pero dentro de su propio período de desarrollo histórico. Para relativizar las leyes naturales del capitalismo, tuvo que absolutizar una ley de origen extraeconómico, el materialismo dialéctico.

Marx que seguía siendo un economista clásico, logró que la mano invisible de Smith no sólo armonizara lo intereses individuales, sino que gobernara toda la historia. Como todos los autores clásicos, pensaba qué, en último término, la armonía universal está garantizada por la operación de una ley natural, que todo lo gobierna y lo somete.

En este sentido, es científico el materialismo histórico; las leyes de la economía son como las de la física, o de la química. Es necesario conocerlas, para así poder acelerar el proceso dialéctico que le llevará al supuesto paraíso terrenal.

Marx observó que el capitalismo es un sistema económico que se fundamenta en el principio de equivalencia de intercambios. “…Son mercancías intercambiables aquellas que tienen incorporadas la misma cantidad de trabajo, en consecuencia tienen el mismo valor…”. Luego en un sistema de equivalencia de intercambios existe una ley-la de formación de salarios- que permite la existencia de un beneficio no ganado. Esta es la principal contradicción del sistema económico clásico.

Marx resolvió esta paradoja distinguiendo entre “valor-trabajo del producto del trabajo”, en cuanto cantidad de trabajo-tiempo invertido en su producción, “valor-trabajo del papel laboral de los obreros”, que estos venden a los empresarios, a causa de que no tienen medios de producción y por tanto, no pueden producir ni vender nada por sí mismos.

El empresario tiene la buena suerte de que puede comprar una mercancía -el trabajo-, cuya utilización proporciona más “valor-trabajo” que el necesario para su propio mantenimiento, que es el que regula su valor de cambio. El trabajo es la única mercancía cuyo valor de uso excede su valor de cambio; luego quien quiera que compre trabajo, y lo emplee para producir mercancías intercambiables, consigue un exceso de valor o plusvalía. De acuerdo con el razonamiento clásico, un excedente provocará “…una reacción competitiva que acabará por anular ese excedente…”. Marx sostiene sin embargo, que la plusvalía “…no es un elemento del coste de producción..” , ya que si bien es cierto que el trabajo, causante del valor añadido del producto, es incorporado por el obrero, éste no obtiene su equivalente.

Ante un planteamiento económico tan lúcido, Marx intenta una explicación que fundamentalmente no se aparta un ápice de los planteamientos clásicos, y que le lleva a decir que, del mismo modo que la ley natural de la superpoblación, de Malthus, sirvió a Ricardo para explicar el porqué los salarios se mantienen tan bajos, él la emplearía para explicar la preservación del beneficio. La plusvalía, diferencia de valores, es causada por un exceso de población que, al incrementar la oferta del trabajo, hace bajar su precio de mercado, lo cual incrementa la diferencial de los valores, y, en consecuencia, incrementa el beneficio, a través del aumento de la plusvalía.

En cuanto al capital, es un medio de explotación, su forma física son los medios, o instrumentos de producción, mediante los cuales se proporciona empleo a todos los que no son propietarios de esos medios. Es evidente que el empleo de una máquina aumenta la productividad del obrero y, en consecuencia, la “plusvalía”. El capital sólo produce plusvalía cuando se emplea en la producción comprando mano de obra. Luego todo el capital que está invertido en máquinas, no proporciona ningún ingreso.

La función del capital constante es proporcionar la estructura técnica, que hace posible la compra de trabajo mediante el capital variable.

El progreso tecnológico incrementa el rendimiento de la mano de obra, mediante el aumento progresivo de la proporción de capital constante que participa en el proceso productivo, y, en consecuencia, una disminución relativa del capital variable. Es decir, reduce la capacidad del capital total para comprar trabajo, única fuente de plusvalía.

En cuanto a la formación de los precios, Marx admitió el principio clásico de que el capital, en su afán de buscar las inversiones de rendimiento masivo, acaba por igualar los beneficios de todos los sectores productivos.

Por otro lado, había establecido que el beneficio depende de la “estructura orgánica” del capital. Es decir, que las industrias más tecnificadas -con más capital constante- producen menos plusvalía que las industrias muy manuales -con mucho capital variable-, pues solo la compra de mano de obra -según su teoría del “valor-trabajo”- es fuente de plusvalía o beneficio.

Según Marx, la competencia entre los capitalistas por conseguir las inversiones más ventajosas hace que el capital fluya desde las industrias muy tecnificadas (T) -poco rentables- a las industrias muy manuales (M). Grandes generadoras de plusvalía. Este flujo de capital se estabiliza cuando se consigue igualar la tasa de beneficios de todas las actividades industriales. los precios a los que se consigue esta igualdad se llaman “precios de producción”. Estos precios no coinciden con los valores de los productos, sino que se desvían, por arriba o por abajo, según que incluyan una tasa de beneficio mayor o menor que la tasa media de beneficios. Con este mecanismo de precios se consigue una redistribución de la plusvalía, en proporción al capital invertido. De donde resulta que los productos T reciben a través de los precios de producción un beneficio que no es enteramente producido por los obreros empleados en sus industrias, mientras que los capitalistas M no se quedan con toda la plusvalía generada por los obreros empleados en sus industrias.

Esta transferencia de plusvalía sólo puede realizarse en el ámbito de los consumidores, siempre y cuando sean los mismos consumidores los que adquieran los productos T y M, pues en ese caso sus ahorros y pérdidas acabarían por cancelarse mutuamente, sin que se alterase la ganancia total de explotación.

La realidad es que de forma paralela -y en coherencia con el planteamiento de Marx-, así como hay dos clases sociales en el ámbito de la producción: capitalistas y obreros, pues no compran las mismas cosas los capitalistas y los obreros.

El “tableau economique” de Quesnay, y su original forma de poner de manifiesto la existencia de un flujo circular de bienes, había constituído motivo de admiración para Marx. Esta idea fisiocrática va a dar origen al nacimiento de una interesante teoría de los ciclos económicos, en la que se integra y armoniza gran parte del pensamiento económico de Marx.

Las investigaciones sobre la estructura del capital y la explicación de la ley del decaimiento de la tasa de beneficios sugerían la existencia de dos grandes sectores productivos: el sector de bienes de equipo (SBE) y el sector de bienes de consumo (SBC), según que el producto elaborado fuera un medio de producción (maquinaria, herramientas, etc.) o, bien de consumo(alimentos, vestidos, etc.).

Entre ambos sectores se establece un flujo de maquinarias y herramientas, producidas en SBE, necesarias en SBC, y, en sentido inverso, de bienes de consumo producidos en SBC, y necesarios en SBE. Estos dos sectores se necesitan mutuamente y, de hecho, sólo comparten parcialmente. Se trata entonces de buscar cuáles son las condiciones para que este modelo económico, funcionando en régimen cíclico, alcance un equilibrio estable.

Marx realizó un supuesto básico: el valor del producto de ambos sectores se determina como la suma del valor de los materiales y maquinarias empleados en el proceso productivo, más el valor de los salarios empleados, y más las plusvalías.

La principal aportación de Marx al estudio de la crisis económica la constituye su certera visión de que existe una inherente inestabilidad ligada al circuito económico de bienes y capitales, y que la estructura de este último influye notablemente en la fluidez de circulación en ese circuito.

La economía clásica, con menos justificación que la mecánica newtoniana, o clásica, aplicó una concepción matemática de equilibrio. La moderna economía, como la moderna física, ha admitido que el concepto de equilibrio es más una concepción operativa que una simple igualdad matemática.

El marxismo, como hemos observado a lo largo de todos estos textos, incurre en el error, reforzando la supuesta antinomia capital-trabajo como único medio para superarla. Este planteamiento exige reducir al hombre a la condición de medio al considerarlo como una especie de “resultante” de las tendencias productivas de la economía. La vía para solucionar, a nivel teórico y práctico, este enfrentamiento entre el trabajo y el capital, tiene que basarse en una sana antropología que reafirme la primacía de la persona sobre las cosas y, en consecuencia, del trabajo del hombre, actividad de la persona, sobre el capital, acumulación de cosas.

COMENTARIO DE LA ECONOMÍA FISIOCRÁTICA (COMO PRINCIPAL REPRESENTANTE QUESNAY).

Los fisiócratas deben ser considerados como indudables precursores de los ya casi inmediatos economistas clásicos. Este grupo de escritores franceses, que se titularon a sí mismos, y por primera vez, con el título de “economistas”, realizaron su obra a finales del siglo XVIII y constituyeron una escuela no sólo en cuanto a la existencia de una común sistematización básica, sino incluso en el hecho de que existe un fundador y maestro, QUESNAY, respetado y admirado por los demás componentes que se consideraban discípulos y seguidores.

En una primera aproximación puede decirse que el fundamento último de esta escuela es la profunda convicción de que existe un orden natura, una armonía universal, que hace que el fin de toda ciencia sea descubrir las leyes que rigen esa armonía preexistente. El mismo nombre, fisiocracia, es un término que procede del griego y que podría traducirse por “gobierno del orden natural”.

Enfocar el problema económico desde esta perspectiva es algo totalmente novedoso que contrasta fuertemente con la actitud pragmática y parcial de los mercantilistas. Las consecuencias de este enfoque pueden resumirse en una concepción individualista de la vida económica, autorregulada y esencialmente armoniosa. Todo ello conduce a una política de “laissez faire, laissez passer”. Ellos son los creadores de esta expresión.

Desde el punto de vista metodológico reemplazan el análisis dinámico de los mercantilistas por un análisis estático y global. Es decir, desplazan la atención hacia las fuerzas y condicionamientos que producen un equilibrio estable en la incesante actividad económica.

El hecho de que este análisis sea global es lo que constituye a la fisiocracia en el primer sistema que aparece en la historia de la teoría económica. Es, pues, un auténtico hito, a partir del cual la economía se empieza a constituir como un cuerpo formalizado de conocimientos.

La primera cuestión no es tanto saber si un sistema puede crecer, sino si puede vivir. Es imprescindible un análisis global de la estabilidad antes de tratar de determinar las condiciones que posibilitan el crecimiento equilibrado y estable de un sistema económico. Esta primera tarea básica es lo que trató de resolver la escuela fisiocrática.

En lo que al orden económico natural respecta, la concepción básica de Quesnay, es que todo el universo, incluida la actividad económica, funciona automáticamente con arreglo a sus propias leyes. Este funcionamiento es armonioso y autorregulable, siempre que se le quiten las trabas que le impiden manifestar su íntima vitalidad y salud. Como en los textos nos indica “…la economía es considerada como un todo orgánico, en el cual se produce un flujo circular de riqueza fecundadora…”. La fuente que alimenta y genera este flujo es la propia fecundidad de la naturaleza. Para Quesnay, la auténtica y casi exclusiva fuente de la riqueza es la agricultura, y quizás también la minería. Se fundamenta en la opinión de que sólo en la agricultura la productividad de la tierra es capaz de producir un exceso -el “producto neto”- por encima del costo de producción.

La industria y todos los procesos de manufacturación fueron considerados como “estériles”, en el sentido de que no producen un superávit. Quesnay pensaba que la manufacturación sólo añade su propio valor, que incluye las materias primas usadas en la producción, el salario, representado por el consumo necesario para alimentarlo durante el proceso productivo, y el beneficio del industrial. Es decir, todo lo que constituye el coste de producción. Tres consecuencias inmediatas: a) el valor no es más que la expresión monetaria de la cantidad de materia prima englobada en un producto; b) cada trabajador no puede añadir al producto más que el valor de los medios de subsistencia por él consumidos, y c) todos los trabajadores viven de anticipos.

Esta concepción casi volumétrica de la producción, que requiere de un superávit tangible sobre el valor de lo consumido en la producción, proclama que, salvo las tareas agrícolas, las restantes actividades económicas son improductivas: “estériles”.

El hecho de que se califique de “productivo” al trabajo agrícola no implica negar la utilidad y necesidad de los demás trabajos “no productivos”. En ningún momento Quesnay pone en duda la utilidad de la industria cosa que no se puede afirmar tan rotundamente del comercio, ya que algunas veces se refirió al interés comercial como una ganancia realizada en detrimento del vecino.

Quesnay tomó este concepto de producción como criterio de la organización social, y con arreglo al cual estableció una sociedad con tres clases: la de los terratenientes, la productiva, y la “estéril”. Quesnay suponía que la tierra era propiedad de terratenientes, que por lo general no la cultivaban directamente, sino que la arrendaban a los granjeros, quienes constituían la verdadera y auténtica clase productiva. La clase “estéril” (artesanos, comerciantes, etc.) desempeñaba todas aquellas actividades “improductivas” pero necesarias para el funcionamiento de la sociedad.

Una vez establecida esta simple y bastante esquemática organización social, que los fisiócratas se inclinan a considerar como una adecuada manifestación del orden natural que subyace en la actividad económica, es necesario demostrar que efectivamente es un organismo “natural”. Para ello Quesnay va a elaborar una explicación de cómo ese organismo “vive”. Es decir, de cómo el proceso económico, en tal sociedad sé “autoperpetúa” y sé “autorregula”, como corresponde a las leyes de la naturaleza de ese cuerpo económico. Va a elaborar una explicación de cómo el final del proceso de producción y distribución se vuelve a restaurar la situación que se había tomado como punto de partida. De esta manera intenta poner de manifiesto como todas las clases sociales viven, trabajan y consumen durante un periodo completo de tiempo, y quedan nuevamente preparadas para participar en un segundo periodo temporal, idéntico al anterior.

La explicación de que el proceso de producción es (bajo ciertas convicciones) autorrenovable, o la constatación de que existe un flujo circular de bienes es la gran aportación de los fisiócratas a la teoría económica.

En cuanto a lo que “Le tableau economique” respecta, es un instrumento metodológico desarrollado por Quesnay para describir e interpretar el funcionamiento del ciclo económico. Adopta la forma de una hoja de balances, en la que se expresan los cambios monetarios y reales habidos en el seno del modelo social que está considerando.

Hace el supuesto de que, con el fin de cada clase sea capaz de producir e intercambiar sus productos durante un período, es necesario que lo inicie con un cierto equipamiento -lo que en la terminología actual se denominaría un capital inicial-, que se empleará total o parcialmente durante el periodo que se considera. Luego, si se supone esta situación de partida, su restauración al final de un ciclo deberá incluir también la restitución del capital gastado en el proceso productivo ,de modo que se posibilite reiniciar el trabajo en el periodo siguiente, en las mismas condiciones.

El análisis de los fisiócratas se realiza en términos de bienes más que en términos monetarios. Por primera vez se levanta “el velo monetario” para poner al descubierto los procesos de intercambios reales que están debajo. El dinero es situado en un segundo plano, como un medio de cambio; lo que circula no es únicamente el dinero, en un sentido, sino una corriente de bienes reales en sentido contrario. Esta es sin duda otra de las conquistas de los fisiócratas, aunque tuvo la contrapartida de que también pasaron a segundo término los aspectos dinamizantes de dinero. Quizás sea la influencia fisiócrata de considerara el dinero como irrelevante, o neutro, en el ámbito de la actividad económica el rasgo de la tradición clásica y perduraría durante más años.

En cuanto a lo que a aspectos sociales del pensamiento fisiocrático respecta, nos conduce a la inevitable necesidad de admitir una política del “laissez faire, laissez passer”. El supuesto orden natural representado parece autorregularse y autoproducirse, deforma que las influencias exteriores al sistema serán siempre perturbadoras y contradictorias.

Quesnay no analiza una sociedad realmente existente, sino que invoca un programa: cada individuo, al buscar su propio interés, actúa en beneficio de todo el organismo social. Esta manera de pensar es indudable que representa una auténtica revolución en la manera de pensar de la Francia del siglo XVIII. Un testimonio en este sentido es que Quesnay recomendaba que el tipo de interés fuese fijado por las autoridades públicas. En esto sigue el ejemplo de los mercantilistas, moviéndose con la misma finalidad de proteger "“deudor-producto"”contra el "“creedor-capitalista"” a quien Quesnay denunció como “desconocedor de rey o de país”.

COMENTARIO SOBRE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL.

La decidida configuración del nuevo dinamismo surgido de la modernidad (potenciado en sus más diversas facetas por importantes factores tales como los ya promovidos por el renovador impulso intelectual surgido del movimiento renacentista o por los nuevos horizontes de iniciativa y actividad abiertos por el desarrollo del primer capitalismo, etc.), permitió en Europa occidental la puesta en marcha de un creciente proceso de maduración que, de forma especial, a lo largo del siglo XVIII, cristalizaría, por una parte, en el formidable movimiento intelectual de la ilustración y, por otra, en la creación de las condiciones favorables al desarrollo y evolución, constantes y sorprendentes, de un doble movimiento técnico-ciéntífico que, dado el creciente auge de las actividades burguesas y la paralela sensibilización socioeconómica de los núcleos burgueses y emprendedores, pondrá en marcha El mecanismo que, de forma plena desde el arranque de la Revolución Industrial en Inglaterra a partir de 1780, iba a transformar de forma extraordinaria las realidades económicas, sociales, políticas y culturales.

En efecto, la eficaz combinación del espíritu ingenioso y estudioso (que propulsó especialmente a partir de 1730, el desarrollo de los artefactos maquinistas) y de la visión económica de las promociones de empresarios decidido (que supieron adivinar las inmensas posibilidades de multiplicación de las manufacturas, y, en definitiva, de aumento extraordinario de beneficios, que representaría la utilización de los nuevos ingenios maquinistas), haría posible la aparición de un horizonte favorable a la introducción, creciente y profunda de innovaciones técnicas, que no solamente aumentaría la riqueza de sus beneficiarios, sino que revolucionarían además de forma decisiva tanto el conjunto de realidades económicas como las líneas tradicionales de la vida social y de las formas de cultura. El aprovechamiento de las posibilidades abiertas por el maquinismo a favor de los intereses capitalistas produciría una profunda conmoción en el campo de las técnicas y estructuras económicas, que solamente puede compararse, con las debidas matizaciones, al impacto que muchos siglos antes, en el arranque dinámico del neolítico, supuso la revolución agrícola (es decir, la introducción de las técnicas que cambiarían las perspectivas generales de la economía y de la vida social de los pueblos afectados por tales innovaciones).

Tal como acertadamente han subrayado algunos autores de prestigio y autoridad como Cipolla, la Revolución industrial es un fenómeno tan fundamental en la historia humana que cambia de forma irreversible modos multiseculares de producción, organización social y esquemas de vida. De hecho en la larga serie de actividades, inventos, innovaciones, etc., que acompañan la aventura histórica del hombre, sólo alcanzan un nivel, especialmente destacado y decisivo, de hitos transformadores dos movimientos de renovación sustancial de las técnicas económicas. Dos hitos separados por miles de años.

Los textos a comentar comienzan hablando sobre toda la maquinaria inventada, gracias a la cual la fue posible la Revolución Industrial. Entre ellas aparece la Lanzadera volante para “…tejer mejor y con más precisión…”, La máquina de hilar de donde procede la palabra jersey, El alto horno importantísimo para el desarrollo industrial, … Pero el gran invento fue La Máquina en sí; esta consta de motor, transmisión y la máquina herramienta o la máquina de trabajo, como bien dice el texto “…La máquina es por lo tanto, un mecanismo que, previa la transmisión del movimiento, realiza con sus herramientas las mismas operaciones que el obrero realizaba antes manualmente valiéndose de herramientas análogas…”.

Como segunda causa-consecuencia de la revolución industrial podemos encontrar la división del trabajo y el trabajo infantil. La incorporación de maquinaria para la elaboración de los productos, permitió la disminución de mano de obra, además una sola máquina, vigilada por un adulto y servida por cuatro o cinco niños hacía tanta tarea como treinta hombres trabajando a mano según el método antiguo. Gracias a la división del trabajo se da el proceso más importante en las facultades productivas del trabajo, y gran parte de la aptitud destreza y sensatez con que esta se aplica o dirige. Un ejemplo claro de ello es el que nos aparece en el texto 16.7 sobre la fabricación de alfileres.

El aumento considerable en la cantidad de productos que un mismo número de personas pudo llevar a cabo, como consecuencia directa de la división del trabajo, procede de: la mayor destreza de cada obrero en particular, del ahorro del tiempo que comúnmente se pierde al pasar de una ocupación a otra, y por último, de la invención de un gran número de máquinas, que facilitan y abrevian el trabajo. Esto dará lugar a una sociedad bien gobernada, opulencia universal que se derrama hasta las clases inferiores del pueblo. Obreros y artesanos se hallan en la misma situación, el uno provee al otro de lo que necesita, con lo cual se difunde una general abundancia en todas las clases de la sociedad.

Empiezan aparecer aquí pensadores de gran importancia como: Adam Smith, C. Marx, Sismondi, Villermé, etc. Los cuales comienzan a tratar los diversos problemas que se derivan del periodo de la industrialización, como el gran desempleo al sustituir la fuerza del hombre por la máquina, los suburbios de las ciudades, y quizá lo más importante es la lucha de clases que según Marx se da a raíz de este proceso de industrialización.

Según el fragmento del Manifiesto Comunista de Marx, una de las consecuencias inmediatas de la Revolución industrial fue la aparición de una nueva clase en la sociedad: LA BURGUESÍA. Esta nueva clase social surgió de la acumulación de capitales, inversión y posteriores ganancias, de los que se vieron favorecidos una clase adinerada de la sociedad. Esta según Marx se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal, y no ha abolido los antagonismos de clase, es más, ha creado nuevas condiciones de opresión que vienen a sustituir las antiguas. La sociedad, por lo tanto, tenderá a dividirse en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado. Al desarrollarse la gran industria, la burguesía verá tambalearse bajo sus pies las bases sobre las que produce y se apropia lo producido. Produce ante todo, a sus propios enterradores. Su caída y el triunfo del proletariado son igualmente inevitables.

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