Segunda mitad del siglo XVI en Europa

Historia europea moderna. Monarquía autoritaria. Evolución histórica. Guerras de Religión. Estado Hugonote. Enrique III. Enrique IV. Isabel I de Inglaterra. Conjura de Essex. Felipe II. Concilio de Trento. Edicto de Nantes

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HISTORIA de la SEGUNDA MITAD del S. XVI en EUROPA

Situación de Francia, Inglaterra y España. Las Guerras de Religión (1559-1610)

Religión y Poder

Las diferencias religiosas ya habían sido la causa fundamental de conflictos en la época de Carlos V, pero lo característico de este periodo es que la religión se convierte en un factor de fractura social y de inquietud política en el seno de cada Estado. Las contiendas religiosas no se limitan a los integrantes de los grupos sociales sino que enfrentan al monarca con sus súbditos. Ante esto cabría la represión o la tolerancia, esta última tropezando no sólo con la oposición de las iglesias dominantes, fueran católica o protestante, sino con el sentimiento popular y, sobre todo, con la voluntad de los monarcas que opinaban, no sin razón que la unidad religiosa era una condición básica para la obediencia política, y la existencia de varias confesiones un elemento de potencial conflicto civil.

La principal línea divisoria era la que separaba a católicos y protestantes, sobre todo en su nueva y activa confesión calvinista, pero en España la fractura fundamental fue la que enfrentó a cristianos con criptomusulmanes.

El Catolicismo salió reforzado del Concilio de Trento (1563). La doctrina quedó mejor definida, superándose las ambigüedades anteriores, y la organización de la Iglesia reforzada sobre la base de un episcopado dedicado a sus tareas pastorales, y un clero secular y regular mejor preparado en seminarios y colegios. Evidentemente la puesta en práctica completa de los decretos tridentinos fue lenta, pero en seguida se dejó sentir un nuevo espíritu favorecido por prelados reformadores y por las nuevas órdenes religiosas, en especial por los jesuitas.

En el ejercicio del gobierno diario, los instrumentos eran grosso modo:

  • Las monarquías trataron de contrapesar el poder de los nobles, que alegaban derechos feudales para participar en el gobierno, con el recurso a burócratas formados en las universidades, provenientes de la pequeña nobleza o de clases medias.

  • Por medio de consejos integrados por un reducido número de hombres de confianza y respaldados por un conjunto de secretarios que les ayudaban a manejar la creciente masa de papeles. Así los monarcas tomaban sus decisiones.

Destaca, por su mayor complejidad, la maquinaria administrativa de Felipe II; la diversidad de sus dominios provocó la multiplicación de consejos en la Corte, unos de carácter territorial, para ayudar al Rey a gobernar sus respectivos ámbitos y otros que se ocupaban de cuestiones específicas. Los diversos reinos o territorios se regían por medio de virreyes o gobernadores, de la familia real y cada vez más de la gran nobleza ayudados por instituciones de tipo judicial como las audiencias o los corregimientos.

La monarquía francesa contaba con una amplia red administrativa que cubría el territorio todavía con notables diferencias jurídicas y culturales. Uno de los mayores problemas era la venalidad de cargos públicos.

El ejército constituía el instrumento definitivo de la supremacía del monarca, la razón última para obedecerle. El español era el más potente de la época y Felipe se decidió por un modelo de administración militar directa, a través de funcionarios de la monarquía. Era, no obstante, un ejercito mercenario y multinacional, donde las tropas de elite españolas constituían una pequeña pero decisiva parte. Y como se manifestó durante la sublevación morisca y la guerra de Granada (1568-1570), frente al poderío del ejercito destinado fuera de España, la Península carecía de tropas preparadas y para acabar con la revuelta hubo que recurrir a los viejos sistemas de movilización feudal y municipal.

Francia: Crisis y restauración del poder monárquico

Los orígenes de las Guerras de Religión (1559-1562)

En 1559 Francia se enfrentaba a una crisis que combinaba aspectos financieros, políticos y religiosos. La larga lucha con los Habsburgo había forzado a un incremento de la presión fiscal, de la venta de oficios públicos y del endeudamiento. En 1558, Enrique II se vio obligado a suspender pagos y a recurrir a los Estados Generales, que no se habían reunido desde 1484, y éstos aprovecharon para tratar de reafirmar su papel en el Estado. A la oposición parlamentaria s sumó el enfrentamiento entre facciones aristocráticas. Las grandes familias habían constituido una amplia red de clientela entre la nobleza local de sus ámbitos de influencia: Los Guisa en el noreste, los Borbones en el sudoeste, los Montmorency-Châtillon en el norte y en la zona de París.

El problema mayor y que junto al financiero condujo a la paz de Cateau-Cambrésis, fue el religioso. En la segunda mitad de los años cincuenta habían surgido multitud de iglesias protestantes, de confesión calvinista, en el oeste y sur de Francia animadas por la llegada de predicadores y pastores desde Ginebra. Recibieron especial fuerza gracias a la conversión de los líderes de dos familias principales: los de Borbón, Luis, príncipe de Condé y su hermano Antonio de Borbón junto con su mujer Juana d'Albret, reina de Navarra; de los Montmorency-Châtillon, Gaspar II de Coligny, almirante de Francia. A ellos se sumaron multitud de pequeños nobles y miembros de la alta magistratura y de la burguesía comercial. Se estima que alcanzaban el millón de personas. En mayo de 1559 celebraron un primer sínodo nacional en París.

Enrique II sólo tuvo tiempo para iniciar la represión ya que murió en julio como consecuencia de un accidente dejando como heredero a un Hijo, Francisco II, de 15 años y mala salud, quedando así el gobierno bajo el control de sus tíos, los Guisas, Francisco, duque de Guisa y Carlos, Cardenal de Lorena, fervientes defensores católicos que continuaron la represión de Enrique II. Como reacción, algunos hugonotes proyectaron un golpe para hacerse con la persona del Rey y arrebatar el poder a los Guisa. El fracaso de la conspiración de Amboise trajo como consecuencia el abandono de la causa por Antonio de Borbón y la captura del príncipe de Condé, que se salvó de la condena a muerte gracias al fallecimiento de Francisco II en diciembre de 1560. Dado que el nuevo rey Carlos IX, era legalmente menor de edad, correspondió a su madre Catalina de Médicis, que tendrá un papel clave en la primera etapa de las guerras de religión.

Catalina intentó un acercamiento de las posturas entre católicos y protestantes y para ello convocó en Poissy (sept 1561) un coloquio religioso que acabó en fracaso. Por el edicto de Saint-Germain en enero de 1562, se otorgaba a los hugonotes libertad de culto privado en las ciudades y público en los arrabales.

La matanza por el duque de Guisa y sus seguidores de una treintena de hugonotes en una celebración religiosa ilegal en Vassy (marzo de 1562), condujo a la movilización calvinista, nombrándose al príncipe de Condé por los hugonotes como protector de la Corona francesa. Los Guisa solicitaron a Carlos IX la revocación del edicto de tolerancia.

El apogeo del poder hugonote

El pode de los hugonotes alcanzó su apogeo durante el decenio de 1562-1572 gracias al apoyo de las iglesias locales. El sistema de organización eclesiástica calvinista proporcionó unas tropas disciplinadas, entusiásticas y encuadradas bajo la dirección de los nobles locales.

Junto al respaldo interno, recibieron algunos apoyos externos, el mas notable fue el de Isabel de Inglaterra. Sin embargo la condición de ceder El Havre (como garantía de la devolución futura de Calais)a cambio de un préstamo (Tratado de Hampton Court, 1562) desprestigió la causa calvinista entre los patriotas. Fue, por último, el deseo de Catalina de Médicis de contrarrestar el influjo de los Guisa y de superponer el poder de la Corona al de las facciones, lo que permitió a los hugonotes mantener un margen de tolerancia legal gracias a nuevos edictos reales, e incluso tener acceso a la Corte.

La causa hugonote pudo sobrevivir al resultado negativo de las tres primeras guerras gracias a la capacidad de movilización del almirante Coligny, que se hizo cargo de la dirección a la muerte de Condé en 1569 y consiguió en la Paz de Saint-Germain, de 1570 no sólo recuperar la libertad de culto, sino cuatro plazas de seguridad en las que se autorizaba el establecimiento de guarniciones protestantes. Su habilidad política fue más lejos y, aprovechando la salida de los Guisa, consiguió entrar en la Corte en un momento en que Catalina de Médicis preparaba ambiciosos planes matrimoniales para lograr la reconciliación. La clave era el matrimonio de su hija Margarita con Enrique de Borbón, el protestante hijo de Antonio y Juana de Navarra, sin embargo la ambición de Coligny le llevó demasiado lejos: además de nuevas concesiones para los hugonotes, logró irse ganando la confianza del rey Carlos IX, desplazando a su madre Catalina de Médicis, y le animó a intervenir en los Países Bajos en contra de Felipe II. Catalina no creyó conveniente transigir con un desafío tan marcado contra su poder con un proyecto que le parecía contrario a los intereses franceses como era la guerra con España. El éxito de Coligny se iba a convertir en un agudo fracaso para la causa calvinista.

La matanza de San Bartolomé y sus consecuencias: El Estado Hugonote

La matanza de la noche de San Bartolomé (23-24 de agosto de 1572) en que fueron salvajemente asesinados el almirante Goligny y otros líderes hugonotes presentes en París con ocasión de la boda de Margarita y Enrique y la extensión posterior de la brutal matanza a muchas partes de Francia provocó una deserción aristocrática en que muchos nobles volvieron al catolicismo y otros huyeron.

El complot de Catalina de Médicis contra Coligny y la aceptación por Carlos IX de la matanza llevó el resentimiento y la desesperanza a las filas hugonotes e hizo surgir una serie de panfletos relatando la masacre e incluso lanzando ideas democráticas de revuelta popular.

Si hasta entonces los hugonotes habían logrado mantener la ficción de que luchaban para proteger los intereses del Rey frente a la influencia de los Guisa, ahora resultaba innegable el enfrentamiento con la monarquía y trataron de justificar su resistencia.

En la práctica, el resultado inmediato de San Bartolomé fue la organización de un estado hugonote en el sur de Francia y su alianza con los políticos. Este estado se caracterizó por la autonomía local y la y la descentralización en la base, y la constitución de asambleas territoriales que agrupaban a las organizaciones provinciales. En la cúspide, una asamblea general federal formada por representantes provinciales y dotada de poderes hasta entonces atribuidos al rey, como fijar y repartir impuestos, decidir la guerra y la paz, elaborar leyes. Nombraba además un consejo permanente para controlar la actuación de la suprema autoridad, el protector general, cargo que se otorgó a Enrique de Navarra. En definitiva, había surgido un estado que controlaba una parte de Francia arrebatada al poder real. A la debilidad de este contribuyeron además, las intrigas en la Corte protagonizadas por el hijo menor de Catalina de Médicis, Francisco, duque de Alençon, en contra de los Guisa. De esta forma se constituyó el partido de los descontentos, uno de cuyos representantes más destacados fue Montmorency-Damville, que aprovechó su cargo de gobernador del Languedoc para establecer una alianza con el estado hugonote y contribuir así al hundimiento de la autoridad real en el sur de Francia.

Enrique III (1574-1589)

Enrique II fue el último de los hijos de Enrique II y Catalina de Médicis en acceder al trono. Antes de heredar la corona de Francia a la muerte de su hermano Carlos en el 74, había sido elegido rey de Polonia en 1573. Se pusieron muchas esperanzas en que el ejemplo de la tolerancia religiosa en la Polonia de la época pudiera extenderse a Francia, pero la experiencia polaca de Enrique de Anjou fue un fracaso del que escapó para hacerse cargo de una Francia dividida. No le quedó más remedio que aceptar las condiciones impuestas por los rebeldes en la paz de Monsieur de 1576, confirmada por el edicto de Beauliu, en que se concedía amplia libertad de culto a los hugonotes, admisión a todos los cargos incluyendo los parlamentos, y se les otorgaban 8 plazas de seguridad. También salieron favorecidos los descontentos y en especial Francisco de Alençon, que recibía en apanage varias regiones francesas con el título, que hasta entonces había ostentado su hermano Enrique, duque de Anjou.

Este notable éxito hugonote provocó la inmediata reacción católica. Se organizó un partido Católico con el fin de asegurar la unidad religiosa, quien acabó convirtiéndose en un movimiento revolucionario y antirrealista. La Liga Católica contaba con precedentes provinciales surgidas en los años 60, pero ahora tuvo una dimensión nacional bajo la dirección de Enrique, duque de Guisa. Se basó en la alianza entre las uniones locales encabezadas por la nobleza militar católica y la clientela de los Guisa. Pretendía limitar los poderes de la monarquía reforzando el papel de los Estados Generales. Enrique II reunió los Estados Generales en Blois (1576), pero sus concesiones a los católicos en contra de los protestantes no impidieron que se ataca el centralismo monárquico y se defendiera una monarquía electiva. Pasó a continuación a encabezar la Liga y llevar a cabo una nueva guerra contra los hugonotes que acabó con el edicto de Poitiers (octubre de 1577), que restringía las concesiones a los protestantes. La prohibición de todas las ligas, católicas y protestantes, parecía abrir el camino hacia la tolerancia, pero las resistencias eran demasiado fuertes. Quiso el rey, finalmente, contrarrestar el poder territorial de los Guisa concediendo diversos gobiernos provinciales a sus favoritos y configurar así, su propio partido, pero la existencia de los tres regímenes (protestante, católico y real) sumió a Francia en la anarquía mientras se agudizaba la crisis económica y malestar social.

La muerte de Francisco de Alençon y Anjou planteaba abiertamente el problema de la sucesión, porque debido a la exclusión de las mujeres por la ley sálica, el presunto heredero era el protestante Enrique de Navarra. La reacción de los Guisa fue inmediata: contando con apoyo financiero de Felipe II por el tratado secreto de Joinville reconstruyeron la Liga Católica sobre base más amplia (nobleza católica, clientela de los Guisa y organizaciones urbanas). Bajo la presión de Guisa, Enrique II revocó las concesiones a los protestantes y anuló los derechos de Enrique (Edicto de Nemours 1585). Al final jugó la carta patriótica: Atacó a los Guisa por su alianza con España y tras la excomunión de Sixto V (sep de 1585) denunció la intromisión papal en los asuntos franceses y tomó las armas con un limitado apoyo extranjero.

La guerra de los 3 Enriques (1585-1588) tuvo su momento culminante en el Día de las Barricadas. El rey intentó hacerse con París y con los Guisa por medio de un golpe de fuerza y ocupó la capital. Pero la sublevación del 12 de mayo del 88 hizo que se viera obligado a huir. El verano del 88 tuvo que someterse, de nuevo a las exigencia de la Liga y de los Guisa con ocasión de la reunión de los EG en Blois, en los que mandó asesinar a sus rivales, Enrique de Guisa y Luis, cardenal de Guisa (diciembre del 88), produciendo así un levantamiento popular: La Sorbona liberó a los franceses de la fidelidad al Rey y autorizó tomar las armas contra su tirano. La doctrina de la resistencia hugonote fue utilizada ahora por los católicos.

Se produjo un acercamiento entre el Rey y Enrique de Navarra. Mientras cercaban París, un dominico exaltado mató a Enrique III en agosto del 89 quien antes de morir reconoció como sucesor al de Navarra si se convertía al catolicismo.

La liga, por su parte proclamaba como rey al cardenal de Borbón, tío de Enrique de Navarra, con el título de Carlos X.

Enrique IV (1589-1610)

En Borbón, dotado de una gran habilidad política, actuó con suma prudencia y en su declaración inicial, sin renunciar a su fe calvinista, prometió defender la fe católica y la independencia de la Iglesia francesa frente a la injerencia de Roma. Trataba con ello de atraerse a los católicos moderados.

La liga padecía múltiples debilidades internas. Entre ellas destacan por su dependencia del apoyo español, puesto de manifiesto cuando el ejército de Flandes, al mando de Alejandro Farnesio, acudió en su favor y levantó el sitio de París. La defensa de Felipe II de la candidatura al trono de su hija Isabel Clara Eugenia, sobrina de Enrique III, despertó el orgullo nacional y chocó con la oposición de los Estados Generales y del Parlamento parisino en 1593. Pero la principal era su creciente división interna al acrecentarse el radicalismo del sector urbano que alejó a las clases medias de la liga y las aproximó al Rey. Enrique aprovechó la oportunidad para abjurar del calvinismo (jun. 1593); antes que Roma le diera la absolución en 1595, la Iglesia francesa permitió su coronación en Chartres y, tras su entrada en París, la Sorbona le reconoció como rey legítimo de Francia.

La guerra abierta contra Felipe II (1595-1598) contribuyó a reforzar el apoyo nacional al nuevo monarca, pero fue aprovechada por los hugonotes para presionar a favor de sus exigencias hasta el punto de amenazar con una nueva guerra civil. En 1598 buscó la paz, tanto con España como con los hugonotes. Lo primero se logró en Vervins, lo segundo con el Edicto de Nantes. Suponía, en definitiva, el triunfo del ideario de los políticos y el establecimiento de un marco de tolerancia para los calvinistas, aun reconociendo al catolicismo como la religión principal y restableciendo su culto en toda Francia.

Además de restaurar la Paz, restauró la autoridad monárquica y la economía francesa.

  • Sustituyó a los nobles por hombres de su confianza provenientes de la nobleza de toga

  • Los gobernadores prov. vieron limitados su poderes por la presencia de comisarios extraordinarios

  • Los Estados Generales no volvieron a ser convocados, y los estados provinciales y los parlamentos fueron sometidos por el poder central

No obstante el poder de las instituciones y de los nobles se mantuvo e incluso se reforzó por su venalidad y transmisión hereditaria. (Paulette)

La vuelta a la paz favoreció la recuperación de la agricultura después de la aguda crisis de finales del s. XVI. La política mercantilista del gobierno estimuló las manufacturas y el comercio, al tiempo que se ponía orden en la circulación monetaria y se saneaba la hacienda estatal, tareas en las que destacó el ministro Sully.

Pero las tensiones subsistían y la política belicosa de Enrique IV contra los Habsburgo y a favor de los protestantes alemanes provocó el malestar de los católicos más intransigentes. Uno de ellos Ravaillac, asesinaba al Rey el 14 de mayo de 1610 en una calle de París. Dejando como heredero un niño de 9 años, Luis XIII, bajo la tutela de su madre María de Médicis, su segunda esposa.

Isabel I de Inglaterra

Instauración del régimen Isabelino.

Isabel, hija de Enrique VIII y Ana Bolena, subió al trono inglés a la muerte de su hermanastra María en 1558, cuando tenía 25 años. La situación estaba marcada por una crisis múltiple: religiosa, dinástica y bélica.

  • Durante el reinado de Eduardo VI (1547-1553) se impuso el protestantismo, mientras que en el de María (1553-1558) se restauró el catolicismo.

  • Isabel era soltera y de inmediato se planteó el problema del matrimonio real y de la sucesión. Además, María, reina de Escocia, reclamaba el trono como descendiente de Enrique VII.

  • Esto se complicaba con el enfrentamiento con Francia, heredado de reinados anteriores, dadas las estrechas relaciones tres la reina Escocesa y la Corte francesa; María era sobrina de los Guisa y estaba casada con Francisco II de Valois. La amenaza católica, francesa y escocesa, se dejaba sentir.

La cuestión más importante y urgente era fijar la orientación religiosa del estado. Muy posiblemente el sentimiento mayoritario del pueblo inglés fuera el catolicismo enriciano: mantenimiento del dogma y de la liturgia católica pero separación de la Iglesia anglicana de la obediencia a Roma. Pero la postura de la reina era claramente protestante. El problema era cómo establecer el protestantismo sin provocar conflictos civiles graves. Hay que señalar que uno de los postulados básicos de su política religiosa fue “no hacer ventanas en los corazones y las mentes”; = exigir conformidad exterior con la Iglesia oficial, pero no indagar en la conciencia.

En 1559 consiguió que el Parlamento aceptara las Actas de Supremacía y Uniformidad, no sin una notable resistencia de los lores, entre los que se encontraban obispos católicos designados en la época de María. Isabel era declarada gobernadora suprema de la Iglesia de Inglaterra, introduciendo un sutil matiz con relación a su padre que fue cabeza suprema y debía ser expresamente reconocida como tal por todos los clérigos, oficiales reales y graduados universitarios. Era obligatorio, bajo multa, asistir a la iglesia los festivos. La mayor dificultad estuvo en fijar el marco litúrgico y eclesial de la nueva Iglesia. Se vio obligada a aceptar la postura litúrgica algo más radical de sus consejeros que introdujeron modificaciones en el modelo eclesial que siguió siendo jerárquico y contando con obispos.

Otro problema grave fue la sucesión. El matrimonio de Isabel se convirtió en una cuestión de estado que provocó tensiones entre la Reina y sus consejeros y parlamentos. Isabel consideró que la decisión formaba parte de la prerrogativa regia y no debía estar sometida a la discusión parlamentaria.

(gobierno) Isabel gobernó de forma autoritaria ayudada por un consejo privado seleccionado por ella y donde cada vez más figuraron burócratas profesionales. El consejo proponía las líneas de acción política pero la Reina tomaba la decisión final. La corte isabelina se caracterizó por un alto grado de consenso y por un bajo nivel de conflicto entre las facciones. Causas:

  • Homogeneidad protestante de los cortesanos a partir de 1570.

  • Estabilidad de la continuidad en el control de los cargos por las mismas familias.

  • Ni las damas ni los favoritos de la reina tuvieron un papel político relevante, al menos hasta el final.

El Parlamento, con sus dos cámaras, la de los Comunes y la de los Lores, era una pieza clave de la política inglesa. En la época isabelina se consideraba que la soberanía residía en la unión del rey y el Parlamento. Isabel distinguía entre materias de la commonwealth que podían ser discutidas a propuesta de los parlamentarios, y materias de estado que sólo podían tratarse con su aprobación. Entre las últimas situaba las cuestiones religiosas, su matrimonio y sucesión, la política exterior.

Otra de las razones de la tranquilidad del reinado está en la evolución de la política internacional. No tenía aspiraciones expansivas en el exterior y manejó con prudencia la intervención inglesa en los conflictos de la época. La principal amenaza a comienzos del reinado provenía de los vínculos familiares entre Francia y Escocia, pero el mutuo temor a la hegemonía francesa aproximó inicialmente los intereses de Isabel y de Felipe II, lo que unido a la crisis de la monarquía Valois otorgó a la Reina un tiempo precioso para consolidar su poder. Su repugnancia ante la desobediencia contra la autoridad la hizo ser especialmente cauta en su apoyo a los rebeldes de los Países Bajos, a pesar de las simpatías confesionales de los ingleses. Pero finalmente, su papel de defensora de la causa protestante ante la amenaza católica, representada por Felipe II y el papa, sirvió de parachoques a las críticas internas.

Una hábil propaganda la presentó como una heroica y virtuosa defensora de la verdadera fe frente al papismo.

El desafío puritano

La exaltación final de Isabel contrasta con las críticas internas que desde el ámbito protestante se dirigieron al modelo eclesial establecido a comienzos del reinado y defendido celosamente por la Reina. Los críticos fueron denominados puritanos porque trataban de purificar la Iglesia de los residuos papistas. No se trataba de diferencias teológicas ya que la Iglesia de Inglaterra aceptaba la doctrina calvinista de la predestinación. Las pretensiones básicas de la mayoría puritana moderada era depurar la liturgia para adecuarla al modelo reformado e incrementar la instrucción doctrinal y la disciplina moral en las parroquias. Los más radicales, conocidos como presbiterianos, pretendían además, acabar con la estructura eclesiástica de tipo medieval y configurar una nueva siguiendo el modelo calvinista, es decir, abolir el episcopado y el sistema jerárquico e instaurar una organización con participación de los laicos que partiera de las parroquias para irse agrupando regionalmente de forma ascendente hasta los sínodos nacionales. Esto se manifestó en diversos episodios. Uno de ellos fue en 1565 la querella sobre las vestimentas eclesiásticas, al oponerse algunos clérigos a llevar ropas distintivas. Pero la Reina mantuvo la obligación de llevar, al menos el sobrepelliz, y ordenó perseguir a los disidentes. La ofensiva presbiteriana en el Parlamento arreció a principio de los años setenta y mediados de los ochenta. Otros episodios son la reclamación de mejores ministros para la instrucción al pueblo, una reforma de la liturgia sacramental, y sobre todo, una reorganización de la Iglesia. Pero la Reina no estaba dispuesta a aceptar modificaciones a lo establecido, en particular en aquellas que pudieran afectar a su autoridad. Tuvo incluso que obligar a retirarse al obispo de Canterbury, Grindal y poner a Whitgift, que llevó a cabo una campaña obligando a los clérigos a manifestar su conformidad con el sistema religioso establecido

El desafío católico

En los años primeros del reinado la mayoría era católica y bajo la protección de la gentry conservadora muchos clérigos católicos siguieron ejerciendo su ministerio, pero debieron ser pocos los recusantes que se negaron a aceptar el Acta de Supremacía y acudir a las iglesias anglicanas. La reina prefirió no perseguir a los recusantes y confiar en que el tiempo iría disolviendo los residuos del catolicismo. Un paso importante en el proceso fue la sustitución de los antiguos obispos católicos por otros protestantes.

En 1568, para hacer frente a esta carencia, William Allen estableció un seminario en Douai, en los Países Bajos españoles, donde se formaban sacerdotes destinados a mantener la fe entre los ingleses.

Otro desafío peligroso lo protagonizó la presencia en Inglaterra de María Estuardo, reina de Escocia, que había sido obligada a abandonar su torno. En torno a ella se van a centrar una serie de conspiraciones que aúnan las esperanzas de restauración católica con un cambio dinástico. En 1569 se produjo la rebelión de los señores del norte, como consecuencia de un complejo y descoordinado plan encabezado por el protestante duque de Norfolk que pretendía casarse con María, recuperar Escocia y después esperar la sucesión de Isabel. En él participaban diversas facciones cortesanas descontentas con el poder que tenía el secretario W. Cecil. El plan fue descubierto y Norfolk y otros arrestados, pero los señores católicos de Northumberland y Westmorland se sublevaron en sus dominios del norte en defensa del catolicismo. La rebelión fue rápidamente sometida y sus líderes se refugiaron en Escocia.

La tensión religiosa se incrementó en especial, como consecuencia de la excomunión de Isabel por Pío V en 1570, decretada en contra de la opinión de Felipe II. En su bula, el papa la deponía del torno por hereje y ordenaba a los católicos negarle obediencia. La Cámara de Comunes quiso endurecer las penas contra los recusantes, pero la Reina se resistió. Aceptó que se condenara como traidores a los que la llamaran hereje, negaran su derecho al trono o tuvieran en su poder la bula papal o cualquier objeto de devoción católico, como el rosario.

Se produjo de inmediato un nuevo complot para reinstaurar el catolicismo, instigado por el banquero florentino Ridolfi con apoyo español, en el que estaban implicados María de Escocia y el conde de Norfolk. Este último fue condenado a muerte por traición y María encarcelada.

La actuación de los misioneros de Douai se vio dificultada por la presión política y militar de los líderes católicos en contra de Isabel. Hubo una rebelión que con apoyo español, se mantuvo hasta finales de 1581. En este contexto, los primeros jesuitas que llegaron en 1580 a Inglaterra se enfrentaban a una tara casi imposible: pretendían que su misión era espiritual y no política.

Las conspiraciones de un pequeño grupo de católicos exaltados continuaron tejiéndose en torno a María Estuardo y contando con el apoyo español, hasta que, en 1587, Isabel tuvo que aceptar la ejecución de la reina de Escocia. Su desaparición, junto con el fracaso de la Armada española, hizo disminuir la presión del desafío católico; sólo perduró lo que se conoce como catolicismo señorial, en el entorno de la gentry católica, pero su importancia decayó mucho y no se consideró un peligro político.

Los últimos años y la conjura de Essex

Los últimos años del reinado se caracterizaron por la lucha de facciones en la Corte, la oposición del Parlamento y el malestar económico del Reino. Se adoptaron diversas medidas entre las que destacan las Leyes de Pobres de 1597, que organizaron un sistema nacional de atención a los pobres. Los encargados eran loas parroquias con el objetivo de sacar a los pobres de la calle, recluirlos en hospitales y enseñarles un oficio a los niños y obligar a trabajar a los sanos.

Entre 1597-1601, el Parlamento desarrolló una política contraria a los monopolios comerciales con que la Reina favorecía a sus servidores, que la forzó a cancelar la mayoría de las concesiones.

En 1601 se produjo la rebelión de Robert Devereux, joven conde de Essex, que se convirtió en el favorito de la reina en un momento en que se había producido un especie de vacío político por la muerte de los dirigentes más ancianos del régimen. Quiso convertirse en la cabeza indiscutible de la corte oponiéndose a Robert Cecil, que había sucedido a su padre. Extendió sus redes que llegaron a incluir al mismo William Shakespeare. Partidario de una activa política de intervención en Europa contra España, participó en expediciones militares en Francia y en el asalto a Cádiz de 1596. Regresó y se presentó de improvisto a la Reina, lo que le costó caer en desgracia y perder la concesión del monopolio de importación del vino dulce. Agobiado por las deudas, planteó un levantamiento en Londres para hacerse con la Corte (febrero 1601). Descubierto y fracasado fue ejecutado. R. Cecil logró entonces el control casi absoluto de la Corte, anunciando la situación que se produciría bajo los primeros Estuardos.

Isabel murió en 24 de marzo de 1603, ala edad de 69 años, y le sucedió Jacobo Estuardo, hijo de María, rey de Escocia.

Felipe II

El gobierno de Felipe II

Nacido en 1527, contaba con amplia experiencia de gobierno cuando su padre Carlos V abdicó en Bruselas. El Emperador no había conseguido mantener unido su Imperio, pero, no obstante, los dominios heredados en 1555-1556 por Felipe II eran enormes, dispersos y muy diferentes. Eran: Castilla, Aragón, Granada y Navarra; Nápoles y Milán; plazas del Norte de África, las Canarias y las Indias; Los Países Bajos y el Franco Condado.

No heredó el conjunto de los territorios que fueron de su padre Carlos V porque la herencia carolina fue dividida entre dos ramas de los Habsburgo: la encabezada por su hijo y la que inició su hermano, el más tarde emperador de Alemania Fernando I. A Felipe pasaron los territorios hispanos con todas sus dependencias, así como el ducado de Milán y los Países Bajos (que Carlos decidió incorporar al conjunto hispano; a Fernando correspondieron los dominios patrimoniales austríacos y la candidatura por la dinastía Habsburgo a la dignidad imperial.

Pese a esto el Rey Prudente ostentó en l Europa de su tiempo un auténtico liderazgo, apoyado por la otra rama de los Habsburgo, con la que constituyó el eje Madrid-Viena. Por su parte, Polonia, la avanzada de la Catolicidad en Oriente, llegó a situarse como primera potencia militar del Báltico. Dada la ubicación de estas tres formaciones políticas en el mapa de Europa y su confesionalidad mayoritaria, han sido calificadas en su conjunto como diagonal de la contrarreforma.

POLÍTICA INTERIOR

Mantuvo la estructura básica del gobierno instaurada por los Reyes Católicos y completada por Gattinara en los años veinte. Al esquema de múltiples consejos que orientaban al rey en el gobierno añadió los de Italia, Portugal y Flandes, síntoma de la complejidad de sus dominios. En 1561 se fijó en Madrid.

Se casó cuatro veces:

  • María de Portugal. Con ella tuvo al príncipe Carlos, el heredero, que dio muestras de inestabilidad mental y murió en 1568 bajo arresto ordenado por su padre.

  • María Tudor, no tuvo descendencia.

  • Isabel de Valois. Tuvo dos hijas, Catalina e Isabel.

  • Ana de Austria, que en 1571 a un hijo que murió junto con otros y hubo que esperar hasta 1578 el nacimiento del sucesor: Felipe III.

Tampoco las disputas entre las facciones cortesanas afectaron gravemente al gobierno, a excepción del caso de Antonio Pérez. Felipe utilizó para el gobierno a letrados formados en las universidades, pero no pudo evitar la existencia de camarillas nobiliarias en la Corte, sobre todo en torno al Consejo de Estado.

A comienzos del reinado se enfrentaron dos grupos, el encabezado por Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli y el de Fernando Alvarez de Toledo, duque de Alba. El objetivo principal de la lucha era obtener mayores cotas de poder y de patronazgo, y aquí les salió un duro competidor en el cardenal Diego de Espinosa, que acumuló cargos en la Corte y controlaba de cerca los nombramientos. Pero también se enfrentaban por la defensa de políticas distintas: con la rebelión de los Países Bajos, Alba propugnó una represión a ultranza frente a la línea moderada de Éboli. La muerte de este en 1573 y del cardenal Espinosa en 1572 y el alejamiento y caída en desgracia de Alba creó un vacío de poder que fue aprovechado por los secretarios Antonio Pérez, hijo de Gonzalo e integrante de la camarilla de Éboli y Mateo Vázquez, formado con Espinosa, para tratar de influir en el Rey.

La última etapa estuvo caracterizada por el ascenso de Cristóbal de Moura y la formación de la llamada Junta de noche que analizaba la propuesta de los Consejos y las presentaba al Rey. Pero Felipe II comenzó a temer que algunos de sus miembros se hiciesen demasiado poderosos y la reconvirtió en una Junta de Gobierno en la que participaba el archiduque Alberto de Austria y que se reunía en presencia del príncipe heredero Felipe. Conforme su salud se deterioraba, Felipe II podía ocuparse menos de los asuntos y el Príncipe tomaba mayor protagonismo. Después de una larga enfermedad, el Rey falleció el 13 de septiembre de 1598.

Las alteraciones de Aragón

Sus mayores dificultades provinieron de sus dominios de los Países Bajos. Sin embargo, Aragón se opuso a lo largo del reinado a algunas de las medidas del gobierno real amparándose en los fueros y en las instituciones encargadas de defender el marco constitucional del Reino, como era la Justicia. Las cortes aragonesas, integradas por cuatro brazos que representaban al clero, la alta y baja nobleza y a las ciudades, tenían, en unión con el Rey, la capacidad legislativa. Felipe II las convocó en pocas ocasiones ya que la concesión del servicio económico estaba vinculada a la satisfacción de las quejas previas contra los excesos (contrafueros) del gobierno. Uno de los conflictos más ásperos el reinado se debió a la negativa del Reino, de acuerdo con los fueros, a aceptar un virrey extranjero.

La situación se complicó cuando en 1590, Antonio Pérez, tras huir de la cárcel, se refugió en Aragón y se presentó ante el Justicia para escapar de la jurisdicción real. Felipe II, temeroso de que se aireasen comprometedores secretos de estado relativos al asesinato de Escobedo, hizo entrar en acción al Santo Oficio que sacó al preso de la cárcel de Justicia y lo llevó a la inquisitorial. Provocó una sublevación en Zaragoza en la que murió el conde de Almenara, representante especial de Felipe II en el Reino y el preso fue devuelto a Justicia. El Rey optó por enviar u ejército para restablecer la autoridad. Lanuza y otros nobles se enfrentó al ejercito real y fue derrotado. Pérez huyó a Francia, Lanuza fue decapitado por orden real, los principales rebeldes ejecutados y Aranda y Villahermosa trasladados a Castilla donde murieron en circunstancias misteriosas. En 1592, Felipe II convocó las Cortes aragonesas en Tarazona e impuso algunas medidas para reforzar su autoridad en el Reino, como anular el impedimento de nombrar un virrey extranjero y la exigencia de que las decisiones tuvieran que tomarse por unanimidad en lugar de por mayoría.

Los problemas religiosos: La aniquilación del protestantismo

Cuando Felipe II regresó a España en 1559 se encontraba en su apogeo la persecución iniciada varios años antes contra grupos protestantes descubiertos en Sevilla y Valladolid (Egidio, Constantino Ponce de la Fuente). El grupo castellano había surgido de las predicaciones del italiano Carlos de Seso, que logró convertir apersonas socialmente distinguidas entre las que destacaba el doctor Agustín Cazalla, pedicador de Carlos V. La inquisición, estimulada por el Inquisidor General, Fernando de Valdés, investigó a fondo ambos grupos, causando una gran alarma en el Emperador, retirado en Yuste, y en la regente Juana. La reacción inquisitorial fue my dura y en varios autos de fe celebrados con toda solemnidad y concurrencia en Valladolid (21 de mayo y 8 de octubre de 1559) y en Sevilla (1559 y 1560) se condenaron a la hoguera la casi totalidad de los procesados. La mayoría de los protestantes procesados posteriormente eran pobres inmigrantes franceses. La represión de los focos protestantes se completó con la imposición de la censura a los impresos por medio del Index librorum prohibitorum y la persecución inquisitorial y las limitaciones para estudiar en el extranjero.

Los problemas religiosos: Los moriscos y la guerra de Granada

(ver página 12)

POLÍTICA EXTERIOR

FASE MEDITERRANEA (1559-1578)

La paz de Cateau-Cambrésis de 1559 había creado el clima internacional idóneo para acometer la lucha contra el Islam y reanudar el interrumpido concilio de Trento.

De momento, turcos y berberiscos se enfrentaban en solitario a la monarquía hispánica. Por eso Felipe, nada más regresar a España en septiembre de 1559, inició un programa para proteger el Mediterráneo hispano de la presión islámica. El aumento y rehabilitación de los baluartes costeros y la intensificación de la actividad de los astilleros se encuentran entre las primeras medidas adoptadas. Pero la impaciencia por poner a prueba la eficacia de sus logros le llevó al fracaso inicial. A él no fueron ajenos tampoco los caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén, quienes solicitaron la ayuda de Felipe II para recuperar Trípoli, perdida en 1551. La escuadra española al mando de Gian Andrea Doria, después de recalar en Malta pro el mal tiempo, en lugar de dirigirse a Trípoli desembarcó en la isla de los Gelves (Djerba), procediendo a su rápida conquista (1560). Pero, unidas las fuerzas del corsario Dragut a las turcas de Pialí Pachá obligaron a los españoles a abandonar la isla, sin haber tenido ocasión de acometer la conquista de Trípoli.

Felipe prosiguió los planes de reconstrucción naval, lo que le permitió defender las plazas españolas de Orán y Mazalquivir del ataque argelino de 1563, y al año siguiente pasar a la ofensiva con la recuperación del Peñón de Vélez de la Gomera, pedido una década antes.

La respuesta otomana al ataque español no se hizo esperar. Una gran escuadra turca a las ordenes de Pialí Pachá zarpó de Constantinopla en abril de 1565 con destino a Malta, centro de los caballeros de la orden de Malta, apoderándose fácilmente de parte de la isla. La réplica en este caso fue asumida, además de por los propios caballeros, por la flota, que, desde Sicilia y al ando de don García de Toledo, obligó a los otomanos a levantar el asedio y regresar a sus bases del Mediterráneo oriental.

Concilio de Trento

Si mucho había costado hacer realidad la reunión del concilio, por el que se venía clamando hacía mucho tiempo desde sectores diversos, su desarrollo tampoco resultó sencillo. Convocado finalmente para Trento, las dos primeras fases, correspondientes al reinado de Carlos V, tuvieron que sortear no pocos obstáculos. La tercera y última, ya reinando Felipe II, se perfilaba más que nunca como un concilio católico, abandonado al intento inicial de convertirlo en foro de diálogo entre protestantes y católicos. Los últimos años del reinado de Carlos V y los primeros de Felipe II, coincidentes con el pontificado de Paulo IV (1555-1559) no se habían mostrado proclives para la reanudación del concilio. Faltaba el entendimiento básico entre las cabezas visibles de la catolicidad europea, del papa y el monarca español. La situación cambió con el acceso al solio pontificio de Pío IV (1559-1565) y la distensión internacional, de la que la paz hispano-francesa de Cateau-Cambrésis constituyó el ejemplo más destacado. Durante casi dos años, entre enero de 1562 y diciembre de 1563, los teólogos católicos se dedicaron a debatir cuestiones de dogma y de oral, ya no con vistas a la antes ansiada reintegración cristiana, sino con el objetivo de dotar al sector católico de “armas” para enfrentarse al sector protestante, cuya radicalización de posiciones bajo la dirección de un nuevo reformador, el francés Juan Calvino, era también evidente.

Hay que tener en cuenta que la necesidad de una reforma y de su puesta en marcha por el sector católico habían sido anteriores a la exposición de las famosas 95 tesis de primer reformador protestantes.

La fase postrera del concilio, cuyos decretos ratificó Pío IV por la bula Benedictus Deus et Pater, constituyó, pues, el pórtico de diversos enfrentamientos armados que afectaron a la Europa occidental, y muy especialmente a la monarquía hispánica, desde esa década de los años sesenta.

Ampliación del frente conflictivo en Francia

El inicio de las Guerras de Religión en Francia y de la rebelión de los Países Bajos, corresponden a esta primera fase.

La inesperada muerte de Enrique II en 1559, situó en el trono de Francia a Francisco II (1559-1560) y produjo el acceso al poder de los Guisa, quienes desde el gobierno llevaron a cabo una política decididamente anticalvinista. En la oposición a los Guisa, los hugonotes (príncipe de Condé, Almirante de Coligny) contaron con el apoyo de muchos nobles descontentos y desocupados tras la paz de Cateau-Cambrésis. Una maniobra para maniobra para derrocar a los Guisa (la conjuración de Amboise de 1560, en la que estuvo involucrado el príncipe de Condé, fue descubierta y duramente reprimida.

Pero el temprano fallecimiento del rey hizo que su sucesor y hermano Carlos IX (15601574), menor de edad, fuera regentado por su madre Catalina de Médicis. Desaparecidos los Guisa del poder la regente trató de seguir una política conciliatoria respecto a los hugonotes, que desagradó a la facción católica. En 1562 la entrada de las tropas de Francisco de Guisa en París, adonde fueron conducidos el monarca y la regente, proporcionó argumentos (junto a la matanza de hugonotes de Vassy) a los protestantes para alzarse en armas iniciándose así las guerras de religión. Ya desde su inicio se produjo la intervención de Felipe II, apoyando con hombres y dinero al sector católico. Más tarde, en la fase siguiente, la injerencia del Rey Prudente se incrementó con la propuesta de su hija Isabel Clara Eugenia como candidata al torno francés. Francia, por su parte, aunque mermada en sus capacidades ofensivas por los problemas internos, sacó fuerzas de flaqueza para seguir desempañando, a escala muy inferior, su papel de debilitar a la monarquía española, encontrando en la sublevación de los países Bajos frente a Felipe II una baza importante que jugar.

Entre 1562 y 1598 (Edicto de Nantes de Enrique IV) se sucedieron 8 guerras. La ayuda prestada por Ginebra y por Isabel de Inglaterra a los calvinistas y por Felipe II a los católicos tiño ya de internacionalidad la primera de estas contiendas.

El edicto de Amboise de 1563, con el que concluyó, reconocía la libertad de conciencia de los franceses, contribuyendo a un largo viaje emprendido por Catalina de Médicis y su hijo Carlos IX a través de todo el país, en el curso del cual se entrevistaron en Bayona (1565 con la reina de España Isabel de Valois y el duque de Alba quien instó a la regente a abandonar la arriesgada política de reconciliación religiosa que amenazaba con debilitar la posición de la monarquía francesa.

La política de Rigor que Alba, en nombre de su rey, recomendó a Catalina la puso poco después en práctica el propio monarca español en los Países Bajos. Precisamente la demostración de fuerza que significó la marcha del ejército del duque de Alba desde Italia a los Países Bajos para tratar de controlar la explosiva situación por la que atravesaban aquellos territorios, sirvió de detonante para iniciar la segunda guerra en 1567, en la que los hugonotes contaron con el apoyo militar del elector del Palatinado. Pero el temor de la intervención española en Francia contra los hugonotes impulsó a la regente a forzar la paz y a aproximarse al sector católico, propiciando la vuelta de los Guisa al poder.

Durante la tercera guerra (1568-1570), Enrique, duque de Anjou, hermano y heredero de Carlos IX, venció a los protestantes en Jarnac, donde murió en príncipe de Condé, sucedido en la dirección del sector protestante por el almirante Coligny. A pesar de las derrotas militares, los protestantes, llegada la paz, lograron que se les concedieran cuatro plazas de seguridad durante dos años, lo que significaba un retroceso del poder real.

La situación hugonote mejoró, además desde el comienzo de la década de los setenta, al instalarse el partido calvinista, a través el entendimiento entro Coligny y Carlos IX, en la corte, de la que fueron alejados una vez más los Guisa. Coligny, en su calidad de miembro del Consejo real y gracias a la influencia que ejercía sobre el monarca, trató de canalizar los ímpetus de los franceses, enzarzados en las ruinosas confrontaciones civiles, hacia la lucha con Felipe II, en apoyo de los sublevados de los Países Bajos, Sus relaciones con Guillermo y Luis de Nassau se insertan en esta línea. Por eso acogió con satisfacción la toma de Brielle en 1572, en la desembocadura del Mosa, por los corsarios holandeses, los mendigos del mar, que dio paso a la insurrección general en los Países Bajos.

Los proyectos de Coligny en territorio flamenco, sin embargo, eran vistos con recelo por Catalina y por muchos miembros del Consejo real. En esta disparidad de opiniones pudo residir el atentado fallido del que fue objeto Coligny en 22 de agosto de 1572). Muchos de los principales dirigentes calvinistas, que se encontraban en París para asistir a la boda de Enrique de Navarra con Margarita de Valois, hermana del monarca pidieron explicaciones por lo ocurrido. Quizás para evitar verse implicada en aquel atentado, Catalina pudo pensar entonces en la desaparición violenta de la cúpula calvinista y presionar al débil Carlos para que la ordenase. Lo cierto es que la famosa matanza de la noche de San Bartolomé (entre el 23 y el 24 de agosto de 1572) desaparecieron, junto a Coligny, numeroso hugonotes. No tardaron mucho en reponerse, contando incluso a veces con el respaldo del duque de Alençon (Monsieur), hermano de Carlos IX, con el que conspiraron a favor de los rebeldes de los Países Bajos. El duque de Alençon planteando problemas al nuevo rey de Francia Enrique III (1574-1589), también hermano suyo, a quien obligó a hacer concesiones a los hugonotes. La principal reacción ante esta recuperación protestante fue la formación de la Liga Católica (1576) integrada por los católicos más radicales. Dos años después la nobleza católica del sur de los Países Bajos, descontenta con los extremismos calvinistas ofreció el gobierno a Monsieur, convertido ya en duque de Anjou. Aunque el duque aceptó y también su hermano, el rey, que veía en esta propuesta la forma de alejar de la corte a su hermano. Pero la habilidad del nuevo gobernador de los PPBB, Alejandro Farnesio (1578-1592), impidió que esto se llegase a cumplir.

Ampliación del frente conflictivo en los PPBB [(1)]

En los Países bajos se desataba una compleja rebelión contra la autoridad de Felipe II, en la que confluía la protesta política, religiosa y socioeconómica. Un conflicto inicialmente entre un rey y unos súbditos rebeldes, trascendió pronto también al plano internacional.

Las motivaciones que llevaron a la ruptura fueron de muy diversa naturaleza. Instrumento de agitación política, la ideología calvinista había ido penetrando en los PPBB desde Ginebra y Estrasburgo, experimentando un auge con la llegada de hugonotes franceses tras la firma de la paz de Cateau-Cambrésis. Por otra parte, la renovación de los placards o edictos contra la herejía, decretados ya por Carlos V, contribuyó a enrarecer las relaciones entre el monarca y sus súbditos.

En esta situación, Felipe II abandonaba los Países Bajos rumbo a España en 1559, dejando como gobernadora de aquel territorio a Margarita de Parma, hija natural de Carlos V, asesorada por un Consejo de Estado (Antonio Perrenot desde 1561, cardenal de Granvela). Contra este se alzaron voces, como la de Guillermo de Nassau, príncipe de Orange, o las del conde de Egmont. El descontento creció de tono en 1561 con la publicación de una bula pontificia que trataba de implantar en los PPBB una reforma eclesiástica, consistente en la creación de nuevas diócesis. Felipe II acabó destituyendo a Granvela en 1564 como solicitaba la oposición pero la situación continuó deteriorándose, con las órdenes de implantación de los decretos tridentinos, de los placards y de un mayor rigor inquisitorial.

En esta situación, varios nobles reunidos en torno a Luis de Nassau decidieron formar un Compromiso o Liga (1565), tanto de católicos como de protestantes, para solicitar al rey el cese de las actividades de la Inquisición y una moderación de su política en materia religiosa. A principios de abril de 1566 un grupo de compromisarios se entrevistó en Bruselas con la gobernadora. Fue entonces cuando se acuño en nombre de gueux (mendigos) para designarlos.

Para complicar más la situación, las dificultades económicas por las que estaba pasando el país (malas cosechas, cierre del estrecho del Sund a los navíos holandeses, problemas comerciales con Inglaterra) lanzaron al pueblo a la revuelta y facilitaron la labor de los predicadores calvinistas, dispuestos a beneficiarse del descontento cada vez más generalizado.

En agosto de 1566, coincidiendo con una subida del precio del pan, se desató la furia iconoclasta que recorrió todo el país.

De las 2 tendencias manifestadas por sus consejeros, el monarca español se decantó por la partidaria del rigor, enviando al duque de Alba para reprimir tales excesos y además causando ... (pag 11, 4)

El arresto de los consejeros católicos, condes de Egmont y de Horn fue una de las primeras medidas adoptadas por el nuevo hombre fuerte de Felipe II en los PPBB que asimismo procedió a establecer el llamado Tribunal de los Tumultos, dirigido simultáneamente contra la herejía y la oposición política. Alba fue nombrado gobernador general y Margarita de Parma dimitió. La muerte de los condes de Egmont y de Horn en 1568 provocó el regreso del príncipe de Orange dispuesto a enfrentarse a las tropas españolas.

La llamada Guerra de los Ochenta Años (1568-1648) presenta durante el reinado de Felipe II dos fases:

  • A comienzos de la primera, la introducción de nuevos impuestos (1569) aumentó el descontento. Desde el punto de vista militar, la toma de Brielle, en la provincia de Zelanda, por los mendigos del mar en 1572, seguida de la conquista de la ciudad de Flesinga, marcaron el paso de la mayor parte de Holanda y de Zelanda a la causa de los sublevados.

  • La destitución de Alba en 1573 supuso el triunfo de la línea conciliatoria, con el nombramiento de Luis de Requesens como su sucesor. La disolución del Tribual de los Tumultos y la supresión de los últimos impuestos fueron fruto del nuevo talante. Fracasó en cambio el gobernador en sus negociaciones para alcanzar la paz con el príncipe de Orange, constituido ya en jefe de los sublevados. Su muerte en 1576 fue seguida del vandálico saqueo de Amberes por las tropas de Felipe II. De la indignación provocada por este suceso sacó provecho el de Orange, quien por la Pacificación de Gante lograba poner en pie de guerra a todas las provincias. Entre sus reivindicaciones figuraba la salida de las tropas españolas y la convocatoria de los Estados Generales

    El nuevo gobernador Juan de Austria, aceptó por el Edicto Perpetuo de 1577 la Pacificación de Gante, obligándose a retirar los tercios y a respetar las libertades de los PPBB. Pero en el verano, Juan de Austria rompía esta entente con la toma de Namur, a la que respondieron los Estados Generales negando la obediencia al vencedor de Lepanto y proclamando gobernador general al Archiduque Matías, hijo de Maximiliano II. El regreso de los tercios al mando de Alejandro Farnesio, hijo de Margarita de Parma, logró restablecer en parte la situación al poner en fuga a los rebeldes en Gembloux, cerca de Namur (1578). Por su parte la nobleza valona llamó al duque de Anjou quien se trasladó a los Países Bajos. Como reacción, los calvinistas del Norte solicitaron la presencia de Juan Casimiro del Palatinado.

    Muerto Juan de Austria en 1578, Alejandro Farnesio, su lugarteniente, le sucedió al frente del gobierno de los Países Bajos. Su dotes diplomáticas, el franco apoyo de su rey y la mayor disponibilidad de numerario fueron utilizados por Alejandro para atraer a la causa de Felipe II a la nobleza valona y al influyente clero del Sur, que veían con profundo desasosiego la expansión del espíritu democratizante y del calvinismo por las provincias del Norte.

  • A partir de enero de 1579 (con la formación de la Unión de Arrás) una segunda, caracterizada por la clarificación de posiciones. (ver en la fase atlántica)

  • El Mediterráneo entona su canto del Cisne

    El incuestionable éxito de Malta hizo concebir esperanzas sobre el futuro de la confrontación cristiano-islámica, esperanzas que se incrementaron con la muerte del gran sultán Solimán II el Magnífico en 1566 y el inicio del pontificado de Pío V (1566-1572), decidido partidario de organizar una liga antiturca. Sin embargo, pronto aparecieron en el horizonte hispano negros nubarrones.

    Cuando sólo habían transcurrido poco más de tres años desde el sitio de Malta, los moriscos granadinos se alzaron en armas contra su rey Felipe II, mostrando de nuevo la íntima conexión entre las cuestiones internas y las internacionales. Porque la sublevación de las Alpujarras, aparte del temor que generó ante la utópica posibilidad de una coalición panislámica, fue aprovechada por turcos y berberiscos para infligir severas derrotas a los cristianos en escenarios bien alejados de la revuelta alpujarreña.

    .

    El principal foco de disidencia religiosa lo constituían los moriscos. Siguiendo la pauta medieval, los Reyes Católicos permitieron la pervivencia de la religión y de las costumbres islámicas, a cambio del sometimiento político. Pronto la pervivencia musulmana resultó inaceptable y nada más comenzar el s. XVI los mudéjares granadinos y castellanos fueron obligados a convertirse o a exiliarse. Un cuarto de siglo más tarde, en 1525, Carlos V aprovechaba que los agermanados habían impuesto el bautismo forzoso a muchos de los mudéjares valencianos para extender la obligación al resto de los de la Corona de Aragón.

    A comienzos del reinado de Felipe II poco se había hecho para evangelizar y lograr la cristianización sincera de los nuevos convertidos. Tampoco la Inquisición se había empleado a fondo contra ellos, sobre todo en Aragón y Valencia. Felipe II decidió forzar el proceso de aculturación y lanzar a la Inquisición contra los moriscos. De est forma entre 1560 y 1614 casi una tercera parte de los 28000 procesados contabilizados en estos 55 años, lo son por mahometismo.

    Se tomó muy en serio las propuestas y con el respaldo del cardenal Diego de Espinosa dio el visto bueno a todas las peticiones de los prelados relativas a la cultura morisca. El resultado fue el levantamiento morisco iniciado la Nochebuena de 1568 y que se transformó en una guerra que acabó afectando a casi todo el Reino de Granada y que costó a la monarquía un gran esfuerzo concluir casi dos años más tarde. La debilidad defensiva española quedó de manifiesto y hubo que recurrir a la movilización feudal y municipal y a traer tropas de Italia para acabar con los rebeldes que practicaban una guerra de guerrillas. Felipe II puso al frente de las operaciones a D. Juan de Austria, e incluso viajó a Andalucía para estar más cerca del frente.

    Tras finalizarla, se extendió por España el temor a las conspiraciones de los moriscos con los muchos enemigos de la Monarquía, y en especial con los turcos y argelinos. Felipe II no atendió estas peticiones y mantuvo una política basada en la represión inquisitorial y en promover campañas misionales de evangelización, que tuvieron poco éxito. El problema fue heredado por su hijo, que en 1609 y a instancia del duque de Lerma tomó la decisión de expulsar a todos los moriscos.

    Mientras el argelino Euldj Alí conquistaba Túnez (cuyo rey era aliado de España) a comienzos de 1570, el sultán Selim II atacaba Chipre, posesión veneciana. La gravedad de la presión turco-berberisca, por una parte y la conclusión de la revuelta granadina por otra (1570), decidieron la formación de la anhelada liga. Suscrita en mayo de 1517, recordaba otra Liga Santa formada en 1538. Tanto sus componentes (España, Venecia y los Estados Pontificios), como la contribución de cada uno de ellos a la empresa (la mitad, un tercio y un sexto) eran iguales.

    Partió de Mesina con mas de 200 buques de línea y un considerable número de cargueros, en los que se embarcaron más de 30 000 combatientes, sin contar los remeros y marineros. Los efectivos movilizados por los turcos y sus aliados berberiscos fueron similares, aunque su flota, dirigida por Alí Pachá, contaba con medio centenar de buques de guerra más. El encuentro tuvo lugar en el golfo de Lepanto, el 7 de octubre de 1571. Al tratar de salir del golfo la flota otomana para, en una acción envolvente, rodear a la armada liguera y empujarla hacia el fondo del golfo, sufrió una severa derrota. La batalla en la que encontró la muerte el almirante turco, se saldó con grandes pérdidas, sobre todo para los vencidos. La victoria moral para los cristianos fue enorme; no en balde era el primer gran éxito cristiano en aguas del Mediterráneo oriental, el lago turco.

    Pero no se supo aprovechar bien. La muerte del papa en 1572 y la defección de Venecia, después, al firmar por separado la paz con el turco en 1573, dieron al traste con la liga. A pesar de ello, ya en solitario, la monarquía hispánica continuó sus acciones contra el Islam, recuperando Túnez en 1573, aunque se mostraría incapaz de conservar la plaza, perdida sólo un año después, junto con La Goleta. A partir de entonces se iniciaron las acciones diplomáticas conducentes a la ya mencionada tregua hispano-turca de 1578. Se hizo con un carácter de secretismo y oficiosismo.

    El motivo principal y básico se debió al hecho de que ambos contendientes fueron reclamados por asuntos de mayor importancia:

    • la lucha contra los protestantes para España

    • los enfrentamientos con la Persia Chiíta para Turquía

    La primera Guerra por el dominio del Báltico

    Durante la primera mitad del quinientos había tenido lugar la crisis de tres formaciones medievales: la Unión de Kalmar, la Hansa y la Orden Teutónica.

    Creada a fines del s. XIV por la asociación de las coronas de Noruega, Suecia y Dinamarca, la Unión de Kalmar sufrió la amputación de Suecia, de la que fue proclamado rey Gustavo Vasa en 1523 tras vencer en su enfrentamiento con Dinamarca, rectora de la Unión.

    La Hansa, asociación de ciudades mercantiles, que había ejercido desde sus orígenes en el s. XII una especie de monopolio sobre el comercio báltico al distribuir los productos que llegaban por el eje Vencia-Augsburgo-Lübeck, entro también en crisis por la conjunción de dos fenómenos interrelacionados:

    • los grandes descubrimientos geográficos, con el establecimiento del nuevo eje económico: Sevilla-Lisboa-Amberes-Copenhague con la consiguiente penetración en el Báltico de mercaderes occidentales, sobre todo holandeses.

    • Impulso hacia el mar de los estados ribereños, replegados antes en una economía agropecuaria, se opondrían con éxito a las tendencias monopolistas de la Hansa

    Así mismo prosiguió el desmoronamiento de las propiedades de la Orden Teutónica. Fundada a finales del s. XII sobre la base territorial de Pomerania, se había unido en la primera mitad dl XIII a los Hermanos de la Espada (que aportaron Livonia y Curlandia), conquistando después Prusia y Estonia. Tras la perdida de Pomerania, a fines de la Edad Media, el ducado de Prusia secularizado se convirtió en vasallo de Polonia en 1525. Fue precisamente la crisis de la Orden Teutónica la que provocó la primera guerra por el dominium maris baltici. La riqueza agrícola de sus territorios de la cuenca oriental del Báltico (Estonia, Livonia y Curlandia) y el hecho de controlar el comercio ruso con Occidente despertaron las apetencias de las principales potencias bálticas.

    Hitos fundamentales en esta confrontación fueron la conquista del puerto de Narva en Estonia por los ejércitos rusos de Ivan IV el Terrible en 1558, la aceptación dos años después por la Suecia de Erik XIV de la invitación de la ciudad de Reval (Tallín) para que la protegiese de los rusos, la ocupación por los daneses de Federico II de la isla de Oesel en 1561 y el ofrecimiento de vasallaje de la mayoría de Livonia y de Curlandia a Segismundo II de Polonia el mismo año. De las negociaciones que precedieron a la paz de Stettin fueron excluidos los rusos, pero acudieron potencias como España e Inglaterra.

    Por la unión de Lublín de 1569 se había declarado la unión perpetua de Polonia y el Gran Ducado de Lituania, que a partir de entonces tendrían una Dieta y una Capital común, que se estableció en Cracovia, aunque antes de concluir el siglo, Segismundo III la trasladaría a Varsovia. Pero en 1572 el país habría de sortear el escollo de la extinción por la línea masculina de la dinastía Jaguellón a la muerte de Segismundo II.

    Tras no pocas peripecias, y vencer el impacto que la matanza de San Bartolomé causó, la elección recayó en el candidato francés, Enrique de Valois, duque de Anjou (mayo de 1573) quien tuvo que comprometerse a respetar las diferencias confesionales de sus nuevos súbditos. En 1574 tras la muerte de Carlos IX, subió al trono francés, y la Dieta designó rey a Esteban Báthory, príncipe de Transilvania (dic. 1585), de confesión católica, se esforzó por difundir los principios contrarreformistas como en tiempos de Segismundo II, con una de cuyas hijas, Ana Jaguellón, contrajo matrimonio. Vio en la guerra contra Rusia la mejor forma de acabar con los problemas internos y unir a los polacos en una acción conjuntos contra el enemigo tradicional. De acuerdo con este proyecto, al comenzar el año de 1578, Bathory se disponía a atacar al zar Iván IV el Terrible.

    FASE ATLÁNTICA (1578-1598)

    Felipe I de Portugal y II de España. El Imperio más vasto de todos los tiempos

    La muerte del rey don Sebastián de Portugal en la batalla de Alcazarquivir (1578), inició la crisis sucesoria, clausurada con el reconocimiento en las Cortes de Thomar (abril de 1581) del rey de España como Felipe I de Portugal, fechas entres las que se inscribe el corto reinado del cardenal Enrique y una intensa actividad diplomática y una breve, pero contundente intervención militar que doblegó la resistencia de los opositores al soberano español. Felipe II, era nieto del monarca Manuel el Afortunado, y tuvo que vencer a otros pretendientes: Antonio, prior de Crato, nieto también de Manuel, pero por línea bastarda.

    La opinión pública portuguesa se mostraba muy dividida. Los sectores sociales más relevantes del país apoyaban la candidatura de Felipe II de España; la burguesía mercantil, necesitada asimismo de un gobierno capaz de acabar con las continuas agresiones que sufría el comercio ultramarino portugués, a manos de ingleses y holandeses principalmente y los privilegiados, nobleza y alto clero, deseosos de un poder fuerte para sofocar los conatos de revueltas populares.

    Las clases populares, en cambio de larga tradición anticastellana, depositaron su confianza en la solución nacional representada por Antonio.

    El duque de Alba, por tierra, y Alvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, por mar, confluyeron sobre la capital, Lisboa, de la que tuvo que huir el prior de Crato. Todavía Crato mantendrá sus aspiraciones al trono portugués en su exilio de las Azores, apoyado por los enemigos de España, Francia e Inglaterra en primer término.

    Pero las Cortes de Thomar de 1581 zanjaban en principio el conflicto con la proclamación del nuevo rey, aunque se trataba de una unión personal, Felipe II logró reunir bajo su soberanía la mayor cantidad de territorios que ha conseguido monarca alguno.

    Ampliación del frente conflictivo en los PPBB [(2) Clarificación de posiciones en los Países Bajos]

    Alejandro Farnesio, logró que las provincias del Sur aceptasen sus propuestas, conducentes al establecimiento de la paz en estos territorios.

    • Los estados valones de Artois y de Hainault y la ciudad de Douai constituyeron en enero de 1579 la Unión de Arrás. Con ella suscribió Alejandro Farnesio el tratado de Arrás (mayo 1579) por el que, a cambio de la garantía de sus libertades y de la retirada de las tropas españolas, los unionistas se comprometían a reconocer a Felipe II y a mantener la religión católica. Al mes siguiente la toma de Maastricht por las tropas españolas contribuyó a tambalear el prestigio del príncipe de Orange en las provincias de Flandes y Brabante.

    • La respuesta calvinista a la Unión de Arrás fue la Unión de Utrecht (enero de 1580) integrada por las siete provincias septentrionales, encabezadas por Holanda.

    La unión de Utrecht, de mayoría protestante, se enfrentaba a la Unión de Arrás, de mayoría católica. Con ello la confrontación política adquiría mayor tinte religioso del que había tenido en años anteriores, cuando en la oposición política a Felipe II habían luchado codo con codo católicos y protestantes.

    A partir de este momento, la rebelión de los Países Bajos se articuló sobre nuevos supuestos. Escindido el territorio en dos bloques, las acciones bélicas se centraron en la zona intermedia de Flandes y Brabante, fundamentalmente.

    Guillermo de Orange, jefe de los sublevados, declaró depuesto a Felipe II y convocó los Estados Generales que proclamaron al duque de Anjou (hermano y sucesor de Enrique II de Francia) soberano hereditario. La posibilidad de que el duque contrajese matrimonio con Isabel I de Inglaterra hizo vislumbrar una unión dinástica entre Holanda, Francia e Inglaterra. Sin embargo, la actuación del duque de Anjou defraudó muy pronto. El proyecto de conquistar Amberes y Dunkerque (1583) con tropas francesas fue muy mal recibido. Su muerte en 1584 fue seguida de un mes más tarde por la del príncipe de Orange, asesinado. Los estados Generales ofrecieron el trono a Enrique III, quien no se atrevió a aceptar por temor a la más que previsible reacción española.

    Alejandro Farnesio, para conquistar las plazas flamencas por someter, redujo Amberes en 1585. El envío del conde de Leicester por Isabel I en ayuda de las Provincias Unidas poco contribuyó a mejorar su situación, dad a la inhabilidad del conde. Contra Leicester y Mauricio de Nassau, hijo del asesinado Guillermo, preparó Farnesio toda su capacidad ofensiva.

    El episodio de la Gran Armada contra Inglaterra en 1588 y el asesinato de Enrique III de Francia en 1589 con la subsiguiente elevación al trono del hugonote Enrique IV, reclamaron toda la atención de Felipe II. Tanto Alejandro Farnesio (+ 1592) como alguno de sus sucesores al frente de los Países Bajos serían obligados a intervenir en Francia.

    Inglaterra recoge la antorcha Antihabsburgo

    Tanto Felipe II como Isabel I , a pesar de haber fracasado el proyecto de matrimonio entre ellos, mantuvieron sus relaciones iniciales en parámetros similares a los heredados, por mutua conveniencia. En el caso de Isabel su necesidad de afianzarse en el trono y de retomar el proceso de anglicanización del país, tras el paréntesis de su antecesora María I, desaconsejaban embarcarse en acciones exteriores de envergadura. Para Felipe II la continuación de la alianza con Inglaterra resultaba decisiva para el control de los Países Bajos y la vigilancia de Francia.

    El exilio de la depuesta reina de Escocia, la católica María Estuardo, en Inglaterra a partir de 1568 hizo concebir esperanzas a la oposición político-religiosa a Isabel sobre la posibilidad de que María llegase a ocupar el trono de Inglaterra. Dos años más tarde, en 1570, la excomunión de la reina inglesa por el papa Pío V (Regnans in excelsis) situó a la soberana en una incómoda posición. Pero a la altura de 1570 el anglicanismo se encontraba bastante sólidamente establecido.

    Las cada vez más difíciles relaciones entre Inglaterra y España fueron fomentadas también por aquella patrocinando operaciones de saqueo contra las posesiones españolas en América, como las protagonizadas por Francis Drake .

    La ruptura llegó en 1585 cuando Felipe II decretó el embargo de buques ingleses surtos en puestos españoles, respondido de la misma forma por Isabel I respecto a los navíos españoles. El envío del conde de Leicester en auxilio de las Provincias Unidas y nuevas acciones de Drake contra Vigo y distintos puertos americanos no hicieron sino ratificar el creciente desencuentro entre Felipe e Isabel.

    La respuesta española fue fraguada entre Felipe II y sus consejeros. El proyecto final lo aportó el monarca y consistía en la invasión de Inglaterra. La escuadra española, al mando del marqués de Santa Cruz, partiría de Lisboa con dirección a los Países Bajos, en donde recogería a las tropas de Alejandro Farnesio, para desembarcar a continuación en Inglaterra. EL punto más débil del plan residía posiblemente en que los españoles no controlaban en los Países Bajos ningún puerto de suficiente calado para facilitar el embarque de las tropas de Alejandro Farnesio. Por otra parte, los largos y complejos preparativos que requería la empresa hicieron que pronto se perdiera el factor sorpresa. En abril de 1587 Drake en su ataque a Cádiz pudo comprobar directamente lo que se estaba fraguando y de paso destruir algún buque.

    La muerte de María Estuardo, ordenada por un tribunal extraordinario inglés (1587, febrero) aceleró la conclusión de los preparativos e hizo vislumbrar la posibilidad de que Isabel Clara Eugenia pudiese llegar a ser reina de Inglaterra, si la empresa concluía con éxito.

    Cuando la escuadra española (Armada Invencible), se puso en movimiento, no lo hacía a las ordenes del marqués de Santa Cruz, ya fallecido, sino a las del duque de Medina Sidonia, cuya capacidad para tan gran empresa ha sido objeto de no pocas controversias. Constituida por 130 buque y cerca de 30 000 hombres, entre marinos y soldados, la flota debía garantizar el paso de las tropas desde los Países Bajos a Inglaterra.

    La armada zarpó de Lisboa a punto de concluir el mes de mayo de 1588. Después de refugiarse en La Coruña por el mal tiempo, puso rumbo al Canal de la Mancha, ya avanzado el mes de Julio. La armada inglesa, al mando de Lord Howard de Effingham y con Drake como segundo, contaba con efectivos similares a la española, aunque pronto sus buques demostraron su mejor adaptación a las nuevas tácticas de la guerra marítima.

    Tras los primeros encuentros, bien soportados por la escuadra española, se comprobó la imposibilidad de embarcar las tropas de Farnesio debido al bloqueo establecido por los rebeldes de las Provincias Unidas. Ya a principios de agosto los ingleses consiguieron romper con brulotes la formación de la escuadra española que se dirigió hacia el Norte para volver a reunirse en Gravelinas. Allí tuvo lugar el 8 de agosto un encuentro decisivo que se saldó con notables pérdidas para la armada de Felipe II.

    La recuperación de la flota española fue rápida, como demostraron al año siguiente los fracasos de las presiones inglesas sobre La Coruña y Lisboa o el proyecto inglés de desembarcar en Portugal al prior de Crato. En 1591 la poderosa escuadra española se enfrentaba con éxito a la inglesa del almirante Howard, que a la altura de las Azores acechaba el paso de la flota de Indias. Algo más tarde fue capaz de dar adecuada respuesta a las operaciones de saqueo contra la América española, emprendidas en 1595 por Drake y Hawkins, quienes encontrarían la muerte e el transcurso de las mismas.

    Por fin la guerra con Francia

    La intervención en los asuntos franceses durante los primeros años de las Guerras de Religión en apoyo del sector católico frente a los hugonotes no supuso en modo alguno un enfrentamiento con la monarquía francesa, aunque ésta, por obra y gracia de los sucesivos titulares de la misma y de la reina madre Catalina, siguiese una tortuosa política, inclinándose al lado de católicos o protestantes a tenor de las circunstancias.

    Lo que trocó el intervencionismo español en oposición a la monarquía francesa fue la negativa de Felipe II a aceptar la decisión de Enrique III de designar al hugonote Enrique de Borbón como su heredero y la propuesta de Isabel Clara Eugenia, hija del monarca español, como candidata al trono respectivamente. La reacción se plasmó en el tratado de Joinville (31 de diciembre de 1584) por el que Felipe II y los Guisa, rectores de la Liga Católica, propusieron como alternativa a Carlos X, cardenal de Borbón. Ello suponía la oposición frontal al monarca francés. El desconcierto creado por la derrota de la armada española frente a Inglaterra fue aprovechado por Enrique III para ordenar la muerte del duque de Guisa y de su hermano el cardenal de Guisa, mientras el cardenal de Borbón era hecho prisionero.

    Estos acontecimientos provocaron el levantamiento contra Enrique III de gran parte de su pueblo, que encontró en París, centro principal de la Liga Católica, su fundamental reducto. Cuando la capital era sitiada por las tropas realistas, Enrique III fue víctima de un atentado (agosto del 89. Su última voluntad fue la sucesión de Enrique de Borbón si se convertía al catolicismo. De acuerdo con lo estipulado en Joinville, los ligueros se apresuraron ad designar como rey a Carlos X. Felipe II ordenó a Alejandro Farnesio trasladarse a Francia para levantar el sitio de París. De nada sirvió la resistencia del gobernador de los Países Bajos, que tuvo que acatar las ordenes de su rey y abandonar territorio flamenco en un momento delicado.

    Pero las relaciones hispano-francesas iban a dar un nuevo giro con la muerte de Carlos X. Fue cuando se propuso la candidatura de Isabel Clara Eugenia. Contra esta pretensión, que amenazaba con apuntalar la hegemonía española con un miembro de la dinastía Habsburgo instalado en el trono francés, se alzaron las Provincias Unidas y los príncipes protestantes alemanes, que enviaron tropas y dinero para apoyar a Enrique IV. Alejandro Farnesio se vio forzado otra vez a salir de los Países Bajos, a favor de los derechos de la hija de su rey.

    En enero de 1593, ante los Estados Generales, el embajador español, duque de Feria solicitó la proclamación de Isabel Clara como reina de Francia. Pero aquellos se negaron a derogar la ley sálica, paso imprescindible para que una mujer pudiese ocupar el trono francés.

    La conversión al catolicismo de Enrique de Borbón en julio de 1593, ratificada solemnemente con su coronación en la catedral de Chartres (1954), fue seguida por la salida de la guarnición española, establecida en París. La oportuna conversión del rey de Francia había sido suficiente para acallar a gran pare de la oposición francesa.

    Enrique IV declaró la guerra a España en enero de 1595. A lo largo de su desarrollo se sucederían victorias y reveses en las zonas siempre débiles de las fronteras comunes. Pero más que a las armas, en esta ocasión, el triunfo de Enrique se debió al soporte que le prestaron los políticos, católicos y protestantes, empeñados en una solución nacional que aunase los esfuerzos de los franceses al margen de sus creencias frente a la injerencia extrajera, representada en este caso por España.

    En la paz de Vervins del 2 de mayo de 1598, Felipe II renunciaba a la candidatura de su hija al torno francés y reconocía al nuevo monarca . Seguido se promulgó el edicto de tolerancia de Nantes de 13 de abril que significaba el final de las Guerras de Religión, con la reconciliación de los franceses.

    La gran coalición antifilipina y el viraje hacia la paz

    La coalición de Greenwich (1596, Francia, Inglaterra y Provincias Unidas) se habían opuesto bélicamente a la España de Felipe II, pero lo habían hecho con notable descoordinación. En 1596 decidieron, en cambio, aunar sus fuerzas contra el enemigo común. La coalición presentaba una peculiaridad: dos viejas monarquías no tuvieron inconveniente de suscribir en pie de igualdad un pacto con unas provincias cuya autodeclarada independencia aún no había sido reconocida por la monarquía hispánica. La coalición representaba el espaldarazo oficial a una situación de hecho y la formación de un fuerte bloque antifilipino.

    El asalto y saqueo de Cádiz por la flota anglo-holandesa al mando del conde de Essex fue la primera consecuencia práctica. Reverdecieron en España los proyectos de invasión de Inglaterra. La conquista de Calais en 1596 por el archiduque Alberto, abría mejores expectativas a la empresa (proporcionaba un puerto). Pero el fracaso de invasión junto a la continuación de los ataques ingleses a las colonias españolas y los grandes gastos que todo ello comportaba a una monarquía, que acababa de decretar una nueva suspensión de pagos, impulsaron a Felipe II a buscar la paz con los integrantes de la Coalición Greenwich. Vervins 1598 constituyó el primer paso efectivo para romper la coalición y se iniciaba una línea de actuación pacifista, de acuerdo con la cual, España fue signando la paz uno tras otro con todos. A los pocos días de la firma Felipe II cedía la soberanía de los Países Bajos a su hija Isabel Clara Eugenia y a su prometido Alberto, gobernador de los Países Bajos. La suspensión de las hostilidades con las Provincias Unidas, que no acataron la decisión de Felipe II, no se lograría hasta la tregua de los 12 años (1609), a la que había precedido la paz con Inglaterra en 1604, suscritas por Felipe III.

    Enrique III, Enrique de Navarra y Enrique de Guisa

    No debe considerarse una doctrina opuesta al anglicanismo sino un movimiento multiforme dentro de la Iglesia inglesa, con unas bases sociales muy diversas, que quería una piedad y una organización eclesiástica más acordes con las directrices calvinistas.

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    Relaciones Internacionales en la segunda mitad del s. XVI

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