Reinado de Carlos III

Historia de España. Economía. Sociedad. Ilustración. Goya

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Carlos III

Reinado de Carlos III

Carlos III era hijo de Felipe V y de su segunda esposa Isabel de Farnesio. Nació en Madrid el 20 de Enero de 1716. Como sea que la sucesión a la corona de España le correspondiera a su hermano mayor, Fernando VI, él recibió en herencia los Ducados de Parma, Piacenza y Guastalla desde 1731, año en que abandonó España y pasó a tierras italianas, siendo más tarde proclamado rey de Nápoles y de las Dos Sicilias el 25 de Agosto de 1734 con el nombre de Carlos VII, a raíz de la guerra de sucesión de Polonia, ya que entró en Nápoles y se apoderó de Sicilia. Este reino, será una de las escuelas de gobernación, dada su complejidad y sus contrastes. Le acompañan su esposa Maria Amalia de Sajonia, que morirá más tarde, y sus hijos nacidos en Italia.

Por azares del destino, pocos años más tarde, por fallecer su hermano Fernando VI, ya viudo de la Reina doña Bárbara de Braganza muertos sin descendientes, Carlos de Nápoles, se vio llamado a ocupar el Trono español en 1759, abdicando entonces la corona napolitana en el tercero de sus hijos, quien reinaría con el nombre de Fernando IV.

Carlos III llega a Madrid en Octubre de 1759, en compañía de su esposa Maria Amalia. El nuevo rey tiene una amplia experiencia política, una vasta cultura y, sobre todo, una visión precisa de sus líneas de actuación. En contacto con el pensamiento europeo, continuando el reformismo de Fernando VI con el convencimiento de que es el único camino para un país tan atrasado como España. Fomentando a su vez la riqueza del país.

Pero pronto choca con los atavismos. Al revés de lo que se cree, Carlos III no fue un monarca popular. Su laicismo e innovaciones concitaron a su alrededor una atmósfera hostil fomentada por la Iglesia, abanderada de la defensa de una supuesta tradición encubridora del medio cambio que caracteriza al régimen estamental conforme con la centuria.

Carlos III se encontró con una ciudad pueblerina, destartalada y oscura, que no ofrecía en modo alguno la dignidad requerida por una corte dieciochesca. El nuevo monarca acometió de forma decidida el embellecimiento de la capital, atendiendo, de un lado, al trazado de grandes avenidas de recta perspectiva y con abundante arbolado, y de otro, a la reforma de las tortuosas y quebradas calles de la villa hasta donde fuera posible con el fin de conseguir su mejor iluminación y ventilación. Asimismo, se ocupó de la pavimentación y creación de un sistema de limpieza y de la mejora de las condiciones de salubridad en el interior urbano, designando a tal fin al arquitecto Sabatini, para que elaborara una “Instrucción para el nuevo empedrado y limpieza de las calles de Madrid”, normativa que el rey aprobó en Mayo de 1761, ordenando su rápida implantación.

Todo esto bajo el espíritu de la Ilustración. Venida de la profunda crisis de la conciencia europea. Y es incuestionable que en España una minoría de españoles como obispos, curas, nobles, burgueses, artesanos, propietarios rurales, y desde luego los intelectuales y miembros de las profesiones liberales, participaron en las inquietudes comunes del Occidente europeo del s. XVIII adoptando una actitud crítica ante el pasado, oponiendo la razón a la tradición. Lo peculiar de la Ilustración española radica en la compatibilidad de la crítica y la razón, por un lado, con la tradición cristiana del otro. Los valores más representativos de la cultura española del setecientos fueron unos prefectos “cristianos ilustrados”, que pusieron siempre en relieve la aludida compatibilidad entre sus convicciones religiosas y su entrega total a los nuevos horizontes abiertos por las luces del siglo.

No es menos evidente que desde un principio se entabló la pugna entre la minoría ilustrada y los reaccionarios, mientras las masas permanecían reacias a cualquier cambio.

La Ilustración no es un simple deseo de comprensión racional de las cosas, ni una mera secularización de la cultura, sino la exaltación de la razón como única vía de comprender y dominar totalmente el universo.

El hombre de la Ilustración se piensa a sí mismo como capaz de penetrar todos los misterios del mundo, tanto visibles como invisibles. Y esta ingenua seguridad en su razón le hace sentirse superior a los hombres de otras épocas y apoyarse exclusivamente en la ciencia y en los hallazgos naturales como en los medios más seguros para el descubrimiento de la verdad y la consecución de la felicidad, que sigue considerándose como el fin de la vida.

Los valores de la ciencia natural, tienden a suplantar por tanto a los religiosos y la comprensión trascendente del mundo se hace inmanente mediante un peculiar proceso de explicación racional.

Por otra parte, si la Ilustración quiere decir felicidad del hombre, éste se concibe no obstante de tal manera que puede identificarse de hecho con el utilitarismo.

En conjunto se trata de un movimiento cultural de valor muy diverso: desarrolla positivamente las ciencias naturales, es poco riguroso en cambio en el campo filosófico y contribuye a un alejamiento del mundo moderno respecto a Dios.

En esta etapa en la que Carlos III reina, los hombres de gobierno piensan que la cultura debía ser difundida por el poder público. Como los ilustrados, creen que la difusión de la cultura, significa la generalización de conocimientos útiles sobre todo, de lo que seguiría un mayor bienestar de los ciudadanos. De ahí la necesidad de reformar la enseñanza y de librarla de las trabas que la aferraban a una tradición esterilizante.

A mediados del s. XVIII los mejores colegios eran de los jesuitas. La enseñanza primaria estaba en manos de maestros generalmente mal preparados. Las universidades escapaban al control del monarca por sus numerosos privilegios y tendían a ignorar todo lo que fuese experimentación. La situación fue pronto objeto de la literatura crítica del XVIII; así los escritos del padre Feijoo. Su obra claramente criticada por los estamentos más conservadores, sirvió al gobierno para dar una nueva orientación a la enseñanza, entendida como un servicio público y desligarlas de la tutela eclesiástica.

La expulsión de los jesuitas favoreció al intento de control del gobierno sobre la educación en todos sus niveles.

La reorganización del Seminario de Nobles y la fundación de los Reales Estudios de San Isidro en Madrid, en 1770, marcan un punto importante.

Pronto se comenzó también la revisión de la vida universitaria. En el mismo año, el Consejo de Castilla pidió a todas las Universidades que enviasen informes para proceder a su reforma. Y en efecto, fue ésta llevada a la práctica en lo que tenía de programa centralizador. Y así, aunque no se rompió la vieja tradición de los cancilleres, que sometían las universidades al control de la Iglesia, apareció junto a ellos una autoridad que representaba al poder público. A tal efecto Carlos III designó como rectores de las Universidades a ministros- consejeros de Castilla, para que fiscalicen desde Madrid las actividades de los centros. Los fiscales del Consejo de Castilla procuraron reducir la facultad de conceder grados en los centros que no contasen con dotaciones suficientes.

La reforma no dio con todo el resultado deseado y el Gobierno acabó desentendiéndose del problema, dejando que cada Universidad aplicase las reformas que estimara convenientes.

Por su parte, el replantamiento de los Colegios Mayores arranca del Memorial por la libertad de la literatura de Pérez Bayer que fue ocasión de una serie de decretos reales que regulaban el nuevo método de provisión de becas, de oposiciones y de régimen interior. Al aplicarse estas normas, quedaron cortados algunos abusos anteriores; pero no fue suficiente. A la larga los colegios serían suprimidos en 1798.

En cuanto al campo de las ciencias, la Medicina alcanzó gran altura con la obra de Gaspar Casal (1680-1789) Historia Natural y Médica del Principado de Asturias. En ella destaca un inequívoco sentido crítico que le permite respetar lo clásico y rendir culto a lo moderno. A finales de siglo, la Anatomía y la Fisiología habían logrado verdadero rigor científico.

La Física la Química, y las Ciencias Naturales también progresa. Los ilustrados eran partidarios decididos de la enseñanza de las ciencias útiles y comprendían la interdependencia de las mismas. La Química se desenvolvió por este motivo como auxiliar de la metalurgia y de la industria textil, y el desarrollo de la Botánica estuvo ligado al de la agricultura y la Medicina. El desarrollo de la Botánica, durante el s. XVIII estuvo acompañado de expediciones científicas que proporcionaron información nueva. En el nuevo Continente se consiguió información sobre nuevas especies vegetales y animales y sobre las aplicaciones de tales productos en la industria y el comercio.

Sin embargo, aunque el Gobierno patrocinó y fue creando museos, observatorios y jardines botánicos, no consiguió la difusión de los resultados obtenidos. Manuscritos, láminas y herbarios quedaron inéditos, con la consiguiente pérdida de posibilidades de avance en la investigación.

En conjunto, el pensamiento de la segunda mitad del s. XVIII en España continúa dominado por la escolástica, lo cual, ante la ilustración, provoca cierto eclecticismo, en el que los elementos no siempre aparecen bien integrados.

Se pueden distinguir tres grupos de filósofos: los sensistas, que reciben influencias de Locke y del empirismo italiano ( A. Eximeno y J. Andrés) ; los antimodernistas, que reaccionan con desconfianza hacia el nuevo espíritu ilustrado y polemizan sus aportaciones (F. De Cevallos y F. De Alvarado) y un grupo de autores que se acercan ay comprenden positivamente muchos elementos de la Ilustración pero que en sus visiones del mundo permanecen dentro de los contenidos tradicionales: A. J. Rodríguez, E. De Arteaga, y G. M. De Jovellanos.

A la vez que se interesaban por las ciencias experimentales, se ahondó en el conocimiento de la Historia como medio de comprensión del presente.

En efecto, la Historia se concibe en el s. XVIII como un instrumento de reforma social, al ser considerada como forma de comprensión de un pueblo, a través del proceso que lo había conducido al presente que se quiere organizar. La labor a realizar consistía en el caso de las ciencias experimentales en la recogida y esclarecimiento de datos verídicos mediante la observación de los hechos para individualizarlos y diferenciarlos.

Los escritores del s. XVIII continuaron fieles al estilo de Quevedo y de Gracián; pero pronto se dejaron sentir las primeras corrientes neoclásicas que reaccionaban contra el abuso de metáforas y expresiones de moda en la centuria anterior.

Entre los cultivadores de la literatura crítica destacan el padre Benito Jerónimo Feijoo (1676- 1764) y Gaspar Melchor de Jovellanos ( 1744 - 1810).

El primero autor del Teatro Crítico Universal y de las Cartas eruditas , sostenía que los escritores estaban obligados a buscar la verdad y a sacar al pueblo de su ignorancia enfoca los problemas desde un punto de vista crítico, defendiendo el método experimental contra la escolástica; aunque sin menoscabar nunca el valor de las figuras intelectuales del pasado.

Jovellanos como hombre de acción, trató de resolver problemas concretos y escribió por ello sobre problemas muy determinados. De su obra cabe destacar el Informe sobre el expediente de la ley Agraria, la Memoria sobre los espectáculos públicos, redactada por encargo de la Real Academis de la Historia, y su memoria en defensa de la Junta Central.

En el campo de la poesía, y en Andalucía, continuaron las manifestaciones barrocas. J. De León, y G. Alvarez de Toledo siguieron empleadndo complejas metáforas en sus poemas. En cambio, esbozan formas nuevas N. F. De Moratín (1737-1780) que empezó a editar el periódico “el poeta” en 1764 y en él publicó muchos de sus poemas, satíricos y patrióticos.; José de Cadalso y Tomás Iriarte, que reflejan en sus versos influenias extranjeras; j. Meléndez Valdés qu trató en los temas de carácter social y político e influyó notablemente en Nicolás Alvarez de Cienfuegos y en M. J. Quintana.

En el género teatral, la instauración de la casa de Borbón conslida la distinción entre un teatro palaciego, en el que se cultiva el melodrama y la ópera a la manera italiana, y un teatro popular en el que se siguen cultivando las mismas formas del siglo anterior y se repite el repertorio predominante calderodiano y de autores de su ciclo.

En muchas de las obras escritas durante el s. XVIII se manifiestan pensamientos que demuestran que los autores han tomado partido por una sociedad más justa y menos jerarquizada. Las corrientes ilustradas pueden hallarse en la obra de los autores neoclásicos , como respuesta lógica a la idea de los hombres de gobierno de que el teatro podía conformar una mentalidad favorable a las ideas que intentaban imponer desde el poder para realizar reformas.

En un principio, las obras neoclásicas fueron traducciones, que no llegaron además al gran público hasta el momento en que se produjo la prohibición de un género de raigambre nacional, los “Autos Sacramentales” y se impusieron desde arriba los primero ensayos originales.

Digamos por último sobre la prensa que fue uno de los elementos básicos de propagación del ideario ilustrado. A comienzos de siglo, apareció por una larga serie de publicaciones periódicas aunque todas efímeras como resultado de iniciativas particulares. Durante la segunda mitad de la centuria, esta publicaciones, sobre todo en Madrid, tuvieron una mayor acogida.

Otra parte de la cultura española del s. XVIII es la pintura, en la que destaca por encima de todo el personaje de Francisco de Goya y Lucientes, nacido en Fuendetodos (Zaragoza).

FIGURA Goya pag 246 libro d bup

Su padre era dorador, por lo que de niño, vivió en un ambiente relacionado con el arte. En 1760 se traslada con su familia a la propia capital aragonesa donde comienza asu formación artística en el taller del pintor José Luzán. Y es a partir de de aquí como se inicia su trayectoria artística , una de las más importantes en la pintura de todos los tiempos. En la evolución de la obra de Goyase distinguen con cierta densidad varias etapas, una primera que va desde 1763 hasta 1773, en donde Goya se presenta en Madrid al concurso de pensiones de la Academia de San Fernando, sin lograr éxito. Decide entonces viajar a Italia, sin premios ni pensiones, y animado por su triunfo en la Academia de Parma vuelve a España en 1771 para instalarse de nuevo en Zaragoza, donde recibe el encargo de pintar la bóveda del coreto de la basílica del Pilar. en esta primera etapa, realiza varias obras de tema religioso sin excesiva originalidad, aunque en ellas se advierte la perfección de la técnica aprendida en italia.

La segunda etapa comprende la época que va desde 1773 hasta 1792, en donde en Julio de 1773, contrae matrimonio con la hermana del entonces pintor famoso aragonés Francisco Bayeu. El matrimonio se instala en Madrid y allí comienza Goya a pintar cartones para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, gracias a la influencia de su cuñado continua en esa tarea hasta 1792. entre los cartones sobresalen los de la Maja y los esbozados, El militar y la señora, EL cacharrero Lagallina ciega, La boda. En ellos, a la variedad de los temas se unen las dotes de observación del pintor y una gran riqueza de colorido.

En 1780 ingresa en la Real Academia de San Fernando. Al año siguiente es designado como uno de los siete pintores que habían de decorar la Iglesia de San Francisco el Grande, en Madrid. El éxito de la obra que presentó Goya, para sta basílica,( San Bernardino de Sena predicando al Rey de Aragón) determina un rápido aumento de su clientela privada, que lo convierte en el pintor de moda en la corte. Traza ahora el retrato de Floridablanca, el de la Familia del Infante don Luis de Borbón, Jovellanos, Carlos III, una Anunciación para los duques de Osuna y algunas otras obras religiosas, como los lienzos del Convento de Santa Ana de Valladolid y los de San Francisco de Borja para la catedral de Valencia.

En 1789, Goya es nombrado pintor de cámara, una de sus aspiraciones mayores. Entonces ejecuta varios retratos de los reyes y el conocido de los duques de Osuna.

Otra de sus etapas es la correspondiente entre 1792 y 1808, ya fuera del reinado de Carlos III donde destaca su grave enfermedad que le deja sordo, y destacan loas pinturas de La tirana Doña Tarea Arias de Enriquez y los de la Duquesa de Alba y de Chinchón.

RETRATOS DEE D. ALBA PAG 247 LIBRO BUP

En 1797 destaca Los Caprichos La condesa de Chinchón y la Familia de Carlos IV, además de l retrato de Godoy y la Maja vestida y la Maja desnuda.

Otra de las etapas de Goya es la correspondiente entre 1808 -1824 donde diseña los Desastres de la guerra la Lucha entre paisanos y Mamelucos en la Puerta del Sol o los fusilamientos o LA tauromaquia. También en este periodo destacan sus pinturas negras - La romería Saturno devorando a sus hijos...

Su última etapa corresponde aentre a 1824 y 1828 donde se traslada a Burdeos y donde pinta los toros de Burdeos, Muguiro...

En definitiva, Goya ha de ser situado entre los más geniales pintores de la historia del arte. Pintó grabó y dibujó en proporciones gigantescas utilizando todas las técnicas con procedimientos personalísimos. Su influencia en pintura contemporánea es fundamental, preludia en sus obras no sólo el romanticismo, y el impresionismo sino en ocasiones el surrealismo y el arte abstracto.

Para fomentar la riqueza del país, contó con excelentes ministros españoles e italianos, que vinieron a su séquito. Entre los políticos españoles destacaron, el Conde de Aranda, el Conde de Floridablanca, y el ministro Campomanes, que llevaron a cabo la mayor parte de las directrices de la política exterior. Entre los ministros italianos destacaron Grimaldi y el Marqués de Esquilache, que trataron de disminuir el poder de la nobleza y el alto clero y procuraron nombrar para los altos cargos a gente de la clase media. A ellos debemos también la urbanización de otras ciudades españolas.

Ya sabemos que la orientación general de las distintas monarquías europeas en el s. XVIII responde a los principios del Despotismo Ilustrado. Estos principios comienzan a adquirir consistencia y a difundirse durante la primera mitad del siglo; alcanzan su apogeo, informando una “revolución desde arriba”, con las generaciones que ocupan las riendas del poder entre 1748 -aparición de L´espirit des lois, de Montesquieu; difusión del enciclopedismo y el estallido de la Revolución francesa de 1789; y entran en crisis con el viraje en sentido conservador que imprimirá la mayoría de los mismo ilustrados a la Europa legitimista como actitud defensiva frente al proselitismo revolucionario. Este viraje explica la conversión del Despotismo ilustrado en puro y simple despotismo ministerial que mantiene del primero sólo su aparato externo; la omnipotencia gubernamental, la dictadura de la administración sobre el país. El Despotismo ilustrado - alianza entre los teóricos del futuro Estado liberal (ilustrados) y los representantes del absolutismo monárquico sin cortapisas. En el fondo constituye un compromiso dinámico entre lo viejo y lo nuevo , entre tradición y revolución, entre los déspotas y los ilustrados.

Nos hemos referido a la revolución desde arriba, esto es, a los cambios planificados desde el poder, como típica del Despotismo Ilustrado. Si tenemos en cuenta que estos cambios consubstanciales al reformismo de la época atentaban necesariamente contra los estamentos privilegiados de la sociedad, la alianza entre los ilustrados y los defensores de la exaltación de la soberanía regia venía impuesta por la necesidad de doblegar la resistencia de los que iba a resultar perjudicados con las reformas. Ello lo expresan con toda claridad los ilustrados de la época de Carlos III.

En cuanto a la reforma más importante en nuestro territorio fue la de la abolición de los fueros de los reinos de la Corona de Aragón por los decretos de Nueva Planta, que no son otra cosa que una centralización político-administrativa.

Diremos que la plenitud del Despotismo Ilustrado le corresponde a la época de Carlos III.

En cuanto a los objetivos fundamentales del Despotismo Ilustrado, fueron en síntesis, los siguientes: la centralización político - administrativa; la racionalización de la Hacienda, el reformismo economicosocial, la educación- el ideal pedagógico era educar al pueblo- y la afirmación de las regalías del Estado frente a los derechos de la Iglesia.

Una de las grandes reformas de Carlos III en cuanto a la administración central, se refiere al Consejo de Castilla, al dar entrada a los burgueses; la Junta de Catastro, o la Junta de Estado.

En cuanto a la administración local, las reformas de Carlos III vigorizaron la autoridad del corregidor y de los alcaldes mayores, y dieron participación al pueblo mediante la designación, por elección popular indirecta, de los diputados del común y del síndico personero. Otra reforma fue la creación de los alcaldes de barrio, la introducción de los “serenos” y la preocupación por los servicios de limpieza.

Otras grandes reformas son, los esfuerzos constantes de Carlos III que se encaminaron a modificar las condiciones económicas del país y a fomentar sus fuentes de riqueza. Las dos reformas más importantes fueron la constitución de la Junta de Catastro, para inventariar la propiedad y riqueza de España con vistas a lograr una “contribución única y universal.” Y la reorganización del Consejo de Castilla, procurando nombrar para sus cargos a personas capaces.

En cuanto a la economía, no dejaron de mantener cierta libertad para la iniciativa particular, aunque protegida por el Estado. Así se construyeron las Sociedades Económicas de Amigos del País, entidades regionales que tenían por fin estimular el desarrollo de la economía local. Ayudado por estas Sociedades, el Gobierno favoreció el desarrollo de la agricultura, dejando libertad de comercio del trigo. Estableció manufacturas e industrias, favoreció el comercio con la regulación de monedas, pesos y medidas, facilitó la creación de nuevas compañías de comercio y fundó el Banco de San Carlos.

Pero todos estos programas lesionaban los intereses de la oligarquía aristocrática y religiosa. Dando lugar al primer roce serio, que se producirá en el séptimo año de su reinado (1766) con motivo de un decreto promulgado el 10 de marzo por inspiración de su ministro italiano Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache, regulando el vestido según categorías sociales y acortando los sombrero y capas para atemperarlos a la moda europea. Este pretexto se convierte en causa de un motín.

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La imposición de la vestimenta, sienta mal en una opinión pública manipulada por sectores del clero que, encubiertamente, se aprovechan de los efectos de la desastrosa situación económica (sequía desde 1760, carestía de aceite, jabón y pan, escasez de alimentos de primera necesidad) para oponerse a la política del monarca.

El levantamiento madrileño, cunde con menor virulencia en Cuenca, Zaragoza, Palencia y en algunas localidades navarras, catalanas y andaluzas alterando al rey de los verdaderos fines de la protesta.

Carlos III tuvo que aceptar las condiciones del representante de la mayoría amotinada que exigía el exilio de Esquilache, la revocación de aquella prohibición y la rebaja del precio del pan y de los comestibles.

EL motín de Esquilache llega con experiencia sobrada. Como muestra de buena voluntad, expulsa a su ministro pero desatiende el resto de peticiones que se le exigen, como principal a estas la de la prohibición de ministros extranjeros en el Gobierno y que se suprima la Junta de Abastos. Frenada la reacción, la moda hace el resto. En cuanto a la Aristocracia comienza a usar sombreo de tres picos y la capa corta, su uso se populariza olvidándose el levantamiento

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La calma renació en Madrid; pero los disturbios se repitieron en más de un centenar de ciudades y pueblos de la Península, que pedían el abaratamiento del pan.

El motín de Esquilache fue la conmoción más grave que conoció el país después de la guerra de Sucesión.

Por lo demás, al caer Esquilache subió al poder el Conde de Aranda, un noble ilustrado que fue quien pacificó el país pero quien consiguió del rey la expulsión de los jesuitas, acusados de estar relacionados con la agitación contra el ministro italiano. En realidad, la medida estuvo relacionada con el empeño regalista propio del despotismo ilustrado y con el propósito de atacar a la aristocracia. , que se educaba en los ciento doce colegios que la Compañía poseía en España. Les fueron confiscados sus bienes y se presionó ante la Santa Sede hasta que el Papa Clemente XIV dictó la bula Dominus ac Redemptor en 1773 por la que quedó extinguida la Compañía.

El fenómeno jesuita, preocupa a las casa reales europeas. Protegidos del Papado e independientes de la jerarquía eclesial, su riqueza conseguida explotando inmensos territorios en Brasil y Paraguay les confieren un poder en franca competencia con el de las Coronas, que tienden a hacer prevalecer su autoridad sobre Iglesia.

La tendencia secularizante de la época actual, constituye un obstáculo para apreciar la importancia que los temas religiosos tenían en pasados siglos, cuando la Iglesia era poderosa, lo mismo en el plano temporal que en el espiritual, y la religiosidad era un componente esencial de todas las actividades humanas.

En el siglo XVIII, los comienzos de la descristianización eran ya visibles en varios países europeos; en España no sólo el ateísmo sino el puro deísmo eran prácticamente inexistentes; incluso los personajes, los ministros que han pasado a la historia como descreídos, eran en el fondo creyentes como los demás.

Para comprender la política religiosa de Carlos III hay que situarse en este ambiente. Hombre de su siglo, participó de sus inquietudes, y sobre un fondo de firmísima fe y auténtica piedad emprendió unas reformas que miraba como indispensables en bien de la propia Iglesia. Su padre había tenido grandes diferencias con la Santa Sede, y sin duda, durante sus años infantiles, escuchó muchas diatribas contra la política temporal de los papas, contra la rapacidad de la Curia romana contra el exceso de clero y los daños de la amortización eclesiástica, es decir con el elevado número de fincas que, al pasar al dominio del clero, dejaban de tributar al Estado.

Los veinticinco años de gobierno en Nápoles, también proporcionaron a Carlos III un conocimiento directo delos problemas eclesiásticos y las reacciones que suscitaban. Había tocado los inconvenientes que nacían de que el Sumo Pontícipe, fuera soberano de un Estado.

A su creciente impopularidad se suman las críticas de la orden agustina, envidiosa de su proximidad a la cúpula civil y de sus privilegios. Contra lo que pueda hacer, la oposición a la expulsión fue más testimonial que real. Hubo incluso ciertas diócesis de Navarra, Aragón y Cataluña que, aunque acogieron a los expulsados, les prohibieron confesar y predicar.

España lo que hace es secundar a países como Portugal, Francia, Austria, Parma y Nápoles, que toman las misma decisión casi a la vez. Con bienes de la Compañía se crean instituciones docentes, de espíritu liberal, y se realiza la necesaria reforma de la enseñanza, potenciando las disciplinas científicas. Carlos III no es, a pesar de librar este pulso, ningún revolucionario. Deja sin tocar las estructuras de propiedad y no vuelve a molestar a la Iglesia. Religioso ferviente, viudo desde los 44 años, combate la sexualidad durmiendo en cama dura y paseando descalzo por su cámara en interminables noches.

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Por otra parte, Carlos III firmó una docena de reales cédulas y otras provisiones para fortalecer las disciplinas de las demás órdenes religiosas y redujo el número de sus miembros en algunas de ellas. Además, al ejercer el derecho de presentación en el nombramiento de los obispos, pudo contribuir a sanear su nivel moral.

En cuanto a la Inquisición, el rey procuró designar inquisidores generales contrarios al empleo de la violencia física. La tortura y la quema pública de herejes reincidentes desaparecieron prácticamente.

Las realidades exteriores, obligaron a España a sostener varias guerras para defender sus colonias. Como Inglaterra era enemiga común, España y Francia firmaron nuevos Pactos de Familia, e intervinieron unidos en la “guerra de los Siete Años”, que acabó desastrosamente para España en la Paz de París de 1763. tuvo que ceder a Inglaterra la Florida y darle ventajas comerciales. Francia como recompensa por la ayuda prestada, cedió a Carlos III la Luisiana.

El último conflicto internacional en el que se vio envuelto el país bajo su reinado fue en la guerra de la Independencia de las trece colonias norteamericanas, que hasta entonces constituían dominio británico. Por la Paz de Versalles de 1783, España recuperó Menorca pero no consiguió Gibraltar.

Su labor reformadora es importantísima, aunque haya una gran distancia entre intenciones y resultados.

Acaba la modernización de la administración proseguida por Fernando VI creando cinco ministerios, el de Estado o Asuntos Exteriores, de Gracia y Justicia, de Hacienda, de Guerra y Marina y de Indias. ; y seis Consejos, doce Capitanías Generales, denominadas “Reinos” al frente de virreyes y treinta y dos Intendencias o provincias encabezadas por intendentes o gobernadores civiles.

También pretende cambiar la mentalidad, potenciando la dignidad del trabajo, único medio según la filosofía ilustrada, de hacer prosperar a la nación. Introduce la libertad de precios y contratación, pero no puede luchar contra la realidad: el 70 % de las tierras son de una oligarquía sin imaginación ni visos de cambiar de modelo económico.

Reinado de Carlos III

En el plano económico, ya sabemos que a finales del s. XVII se registraron en la economía española los primeros síntomas de recuperación en la periferia peninsular, que a su vez repercutieron en Castilla y motivaron la entrada, a partir del primer decenio del s. XVIII, en un punto de partida sólido, con estabilidad de salarios. Ello preludiaba al cambio de coyuntura que se manifiesta claramente a partir de la década 1730 - 1740.

La expansión caracteriza el reinado de Carlos III. Los precios y salarios se mueven en franco auge coincidiendo con el desarrollo demográfico y económico del país. , que recibe cantidades crecientes de metales americanos. La burguesía, se constituye en esta época no sólo en los grandes emporios mercantiles e industriales de Cádiz y Barcelona, sino un poco en todas partes, si bien fuera de aquellas dos ciudades, más que como verdadera burguesía, como clases medias influyentes. A partir de 1774, los salarios suben a remolque de los precios, aunque con mayor intensidad en Barcelona que en Madrid, en la periferia que en el centro. He aquí el momento decisivo de la transferencia del centro de gravedad económico de la España moderna. Para confirmarlo se publica el decreto referente a la libertad de comercio con América. En pocos años el triunfo de las regiones litorales será un hecho. Cádiz rebosa de riquezas y Barcelona duplica beneficios, triplica el volumen de su comercio, mientras en el interior de Cataluña se instala la nueva industria del hilado y tejido de algodón. La Revolución Industrial, comienza por tanto en esta parcela del territorio peninsular.

El esfuerzo bélico de Carlos III contra Inglaterra motivó la inflación monetaria y el establecimiento del Banco de San Carlos. De momento, el alza de precios pudo ser asimilada mediante la expansión demográfica y económica, pero el bloqueo inglés paralizó el tráfico de los puertos españoles, detuvo la instalación de fábricas en Barcelona y provocó el paro y la miseria en los hogares obreros.

Las necesidades financieras de la Monarquía, manifestadas en el esfuerzo bélico de Carlos III contra Inglaterra, indujeron al gobierno presidido por Floridablanca a dar un paso trascendental en la historia del dinero español; la creación de papel moneda. En efecto, aceptando los proyectos de un sindicato de banca franco-hispano-holandés, dirigido por Francisco Cabarrús, Carlos III decretó (Septiembre de 1780) la emisión de vales reales, títulos de la renta medios de crédito a la vez, por importe de 9.900.000 pesos (los 100.000 restantes fueron contrapartida que se atribuyeron los supcriptores de la operación). Las necesidades militares, aumentadas durante la época de Carlos IV, provocaron nuevas emisiones de vales reales. En cuanto a las finanzas, el programa del Despotismo Ilustrado aparece sintetizado en estas palabras de Carlos III “recelo que se han empleado siempre más tiempo y desvelos en la exacción y cobranza de la Real Hacienda, que en el cultivo de los territorios que la producen y en el fomento de sus habitantes que han de proporcionar aquellos productos”.

La novedad más importante en la historia tributaria del s. XVIII es la introducción del Catastro, que sólo comenzó en 1770 durante el reinado de Carlos III.

Monedas del reinado de

Carlos III :

Durante el reinado de Fernando VI, Bernardo Ward, evaluaba la demografía española en unos 8 millones de personas, unos 6 millones para la Corona de Castilla y 2 para la Corona de Aragón.

Desde la segunda mitad de siglo, las indicaciones son más abundantes y precisas. Sin embargo, el criterio para la confección de censos varía continuamente: el de 1787 se hace por diócesis, el de 1797 por intendencias etc. el censo de 1768, hecho por diócesis, fue el primero que abarcó todo el territorio peninsular. El cálculo ya no se hizo por vecinos, sino por almas. A tenor de sus datos, España tenía entonces 9.307.804 habitantes. El censo de 1787, por diócesis también da un total de 10.409.879 habitantes. Y el de 1797, por intendencias da como resultado 10.541.221 habitantes.

Los datos transcritos autorizan a decir que el empuje demográfico de España en el s. XVIII fue de unos 4 millones de habitantes, con un aumento del 50 %, mucho más acentuado en la periferia que en la Meseta. La población acusaba entonces una distribución por edades casi idéntica a la actual. De las ciudades, sólo Madrid y Barcelona, rebasaban las 100.000 almas. Se acercaban a esta cifra Sevilla, Valencia y Granada; Cádiz tenía 70.000 almas, y Málaga y Zaragoza, 50.000. diversos autores aludieron al fenómeno del urbanismo: Jovellanos, por ejemplo deseaba un país más uniforme.

En cuanto al reparto social, los censos mencionados, nos proporcionan indicaciones bastante precisas. Así e número de nobles censados es el que damos a continuación, con el respectivo porcentaje de los mismos:

Censos: N º de nobles % de la población total

1768 722.794 7,2

1787 480.589 4,6

1797 402.059 3,8

También disminuyó el estamento eclesiástico. El número de gentes de Iglesia señala un pronunciado y constante descenso, como indican los datos siguientes:

Censos: Labradores % de la población total

1768 226.187 2,2

1787 191.101 1,8

1797 172.231 1,6

Por el contrario, aumenta la población burguesa. Ello se hace patente con el crecimiento de las ciudades y en las cifras totales de fabricantes, artesanos y menestrales (por familias) ;

Censos: Población artesana % de la población total

1787 310.739 3

1797 533.769 5

Al mismo tiempo disminuye el número de labradores:

Censos: Eclesiásticos % de la población total

1787 1.871.768 17,3

1797 1.677.172 15,2

De todos estos datos, pueden obtenerse dos indicaciones muy claras: la disminución numérica de los estamentos superiores (nobleza y clero) y el aumento de la población urbana, aun a costa de los habitantes de campo.

Lo que deseaban Carlos III y sus miembros, era borrar la mala imagen que se tenía de España y medir el aumento que durante su reinado había tenido la población española.

Los recursos de los que disponía el gobierno para incrementar la población, eran limitados, porque el factor biológico, el más importante, estaba fuera de la tecnología de la época. Los limitados progresos de la ciencia médica eran ineficaces contra la viruela, una de las grande plagas de la época, contra la diarrea infantil y otras enfermedades que causaban la muerte de la tercera parte de nacidos antes de alcanzar los seis años de edad. Uno de los poco remedios eficaces fue la quina, que se distribuyó por cuenta del rey a los afectados por las fiebres palúdicas que producían gran mortalidad. En conjunto, la mortalidad siguió siendo muy alta, pero las terribles epidemias de peste bubónica, que habían diezmado la población, desaparecieron.

Muchos autores e historiadores, ligaban la recuperación demográfica a un cambio en las estructuras económicas que el Estado no podía ejecutar. La más célebre de sus iniciativas fue la repoblación de las tierras situadas a lo largo de la carretera general de Andalucía. Esta empresa, dio origen a las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, denominación insuficiente, porque ni se limitó a Sierra Morena ni tuvo n alcance meramente demográfico; fue también un interesante experimento social.

Pese a las sensibles mejoras experimentadas desde mediados de la centuria, el panorama general de la agricultura española no era demasiado halagüeño. Parece que los progresos agrícolas se debieron, en general a la extensión y no a la intensificación de las labores. Los privilegios de la Mesta fueron limitados, no suprimidos. El corregidor de Cáceres calculaba que un millar de ovejas necesitaban mil fanegas de tierras y tres o cuatro pastores para su guarda; esa misma superficie reducida a cultivo, alimentaría a más de ciento cincuenta personas. No resultaba, pues, exagerada la afirmación de que Extremadura, liberada de la sujeción en que la tenían diecisiete mil pastores con tres millones y medio de ovejas, podía pasar del medio millón a los dos millones y medio de habitantes.

La constante alza de precios en los productos agrícolas durante la segunda mitad del siglo, indujo a muchos propietarios a convertir sus cotos y pastizales en tierras de labor.

Por lo que se refiere a la industria, destaca el despliegue de Cataluña. En general, puede afirmarse que en el transcurso del s XVIII el resto de España no conoció la gran industria más que bajo la forma de algunos establecimientos estatales., fábricas de tejidos Brihuega, Guadalajara y Ávila. De cristales como San Idelfonso; de tabacos Sevilla; de porcelana y salitre en Madrid etc.

Sólo a partir de 1750 surgieron algunas empresas debidas exclusivamente a la iniciativa particular. Cerca de Ronda se estableció una de las primeras manufacturas de hojalata de Europa, y en el Norte, el marqués de Sagardelos trabajó por sentar las bases de la metalurgia moderna. La única región que emprendió una industrialización a fondo fue Cataluña. En 1763 se fundó la Junta Particular de Comercio de Barcelona, en la que se integraron los elementos innovadores de la transformación industrial, comerciantes enriquecidos que invirtieron parte de sus recursos en el desarrollo de la industria de indianas.

El proceso del equipamiento industrial en el campo textil fue acelerado por la rápida introducción de las máquinas de vapor.

En cuanto al comercio, sus progresos fueron muy sólidos, en gran parte por la extinción de las aduanas interiores y la abolición del monopolio de la Casa de Contratación en el comercio indiano. A ello hay que añadir el desarrollo de la Marina mercante, las obras públicas realizadas, la creación de Compañías de Comercio y la constitución de cuerpos mercaderes o consulados en casi todas las provincias. Ya nos hemos referido al auge de Barcelona a fines de la centuria. La gran oleada de prosperidad que experimentó Cataluña a partir de 1760 y concretamente a consecuencia del comercio con América. Y de los fabulosos negocios realizados desde el desencadenamiento de la Revolución francesa. Estudiando las recaudaciones por derecho de peaje en el puerto de Barcelona entre 1, 760- 1804, se han puesto de relieve las caídas provocadas por las guerras contra Inglaterra y, por contrario, los bruscos aumentos registrados durante la Revolución francesa.

En definitiva, el comercio en la España de la época de Carlos III se caracterizó por la articulación progresiva de las economías regionales en el interior, y en el exterior, por el proteccionismo industrial y la libertad de comercio con América, cuyos principales productos fueron los aguardientes, el azúcar y el algodón.

Pero seguimos en esa época con una sociedad estamental, dividida en grupos sociales, entre los que destacan el grupo de los privilegiados, que a pesar de la crisis estamental, las clases aristocráticas españolas conservan sus privilegios legales hasta la revolución del XIX. No debe sorprendernos el hecho de que frente a un Estado en rápida evolución, la sociedad española solo presentaba caducidad. Durante este siglo, se conservan pues las antiguas formas sociales. Surge una clase nueva bien definida, la de los militares profesionales, mientras se consolida la burocracia civil y, frente al amparo económico, adquieren un considerable pero específico de la burguesía., sobre todo en la periferia, y en el campo, una clase media de labradores enriquecidos.

Sin coincidir ni mucho menos, con la minoría dirigente, ya que hubo muchos aristócratas entre la masa, mientras que gentes de humilde condición formaron parte de la élite, las clases nobiliarias del s. XVIII, con su estatuto legal bien definido por un conjunto de privilegios, experimentaron una considerable reducción de efectivos. Casi todas las familias de estirpe hidalga, se concentraban en el ámbito situado entre el Duero y el Cantábrico, a excepción de Galicia, más semejante en este aspecto a las tierras del Sur. Aragón, Soria y Valladolid constituían las transición hacias las zonas en que los nobles formaban sólo islotes perdidos en el océano del estado llano. Estas tierras eran todo el resto de España, menos Madrid y Murcia. Examinando la distribución espacial de las grandezas y títulos de Castilla, se obtiene un esquema exactamente inverso, ya que abundaban tanto en la Meseta, Andalucía, Valencia y Cataluña como escaseaban en el Norte. Este contraste constituye la manifestación de la dualidad interna del estamento nobiliario: uno en el aspecto jurídico y vario en la realidad económica y social.

Felipe V creó 200 títulos de Castilla, Fernando VI sólo 2, pero Carlos III usó con prodigalidad de su real prerrogativa. En el reinado de Carlos III, la cualidad de noble ya no era tan apetecida como antes, en parte por haber menguado el exacerbado sentimiento del honor, que proporcionaba un complejo de inferioridad a todos aquellos que no lograban sobresalir entre sus conciudadanos y proclamar la excelencia de su estirpe. Minada por el celibato y las uniones consanguíneas, la nobleza española del Setecientos tenía escasa vitalidad y sin el aporte de nuevos elementos que rejuveneciesen su sangre, podía preverse su paulatino agotamiento.

La poda de la nobleza por parte delos Borbones, se hizo sentir de modo especial contra los hidalgos del norte. Así, en Asturias, donde casi toda la población disfrutaba de la carta de hidalguía, a finales del s. XVIII sólo conservaba este privilegio la sexta parte de sus habitantes.

La unidad espiritual de la nobleza formaba un extraño contraste con la diversidad de sus géneros de vida, y con su falta absoluta de cohesión, de cabeza visible y de órganos rectores

A finales del s. XVIII, la población eclesiástica en España sumaba 172231 personas, representativas del 1,6 % del número total de habitantes como hemos visto en la demografía. Hay que tener en cuenta, que la importancia del clero en la vida nacional y su papel en la sociedad eran incomparablemente mayores de lo que indican estas cifras. A principios de siglo, la sacudida de la guerra de Sucesión afectó gravemente al clero, con la discordia entre felipistas y carolinos. Estos últimos fueron objeto de dura represión.

Las rentas y riquezas de la Iglesia en el s. XVIII continuaban siendo importantísimas. Los eclesiásticos poseían la séptima parte de las tierras de pasto y labor, pero atendiendo no a la extensión sino a la renta, su proporción ascendía a la cuarta parte , lo que indica que las fincas de los eclesiásticos eran mucho más productivas que la de los seglares.

En cuanto a la burguesía y a las clases medias, el espíritu burgués, con su característica mentalidad se desarrolla en paralelismo con la favorable coyuntura económica a partir de la segunda mitad del s. XVIII, sobre todo en los ámbitos periféricos. La burguesía española de la época, se identifica con los comerciantes sin almacén abierto y con los fabricantes e industriales de algodón y de la seda, concretamente los comerciantes gaditanos y los fabricantes catalanes.

Los comerciantes, los hidalgos, los párrocos, los funcionarios, los propietarios rurales y los miembros de las profesiones liberales, es decir los elementos que un entusiasmo efímero reunió durante algunos decenios en las tareas de las Sociedades Económicas, eran las clases medias, que coincidían en cierto grado en cuanto a ideas e intereses. De ellos la actividad máxima estuvo representada por los oficiales del Ejército, integrantes de la clase social que con mayor espíritu emergió a la vida pública como consecuencia de las reformas militares de los primero Borbones. Los propietarios rurales de tipo medio, cuya ascensión es otro de los hechos básicos del s. XVIII, supieron sacar el máximo provecho material de las convulsiones políticas del momento.

Por otro lado, estaban los artesanos y los labradores, en donde la reacción del s. XVIII contra la deshonra legal, que implicaba el trabajo en los oficios (mecánicos, bajos y viles) para emplear la terminología al uso, el incremento de la población urbana, la crisis de la sociedad estamental, la expansión económica y el reformismo gubernamental, mejoraron la condición de estos.

En general los obreros de las ciudades vivían mejor que los jornaleros del campo. Los salarios reales alcanzaron su pinto óptimo durante el reinado de Fernando VI y Carlos III para ir disminuyendo al compás del aumento de precios.

Probablemente, sólo Barcelona, pudo ofrecer, a pesar de la inflacción, buenos salarios.

Las clases rurales formaban la parte más considerable del país. Entonces, como hoy, el Norte y el Sur se contraponían en cuanto al reparto de la propiedad rústica, mientras el Levante y el Centro presentaban matices intermedios.

En gran parte de Castilla, Extremadura y Andalucía, tierra de latifundios, y en general en todos los grandes dominios señoriales, laicos y eclesiásticos, la condición del campesino era miserable. El pequeño propietario, cargado de deudas, se ve obligado a vender sus tierras para convertirse en un arrendatario famélico, a menos que quiera ser un jornalero a menudo en paro, que espera en vano ser contratado en la plaza pública y perece de inanición. La miseria suele ser la compañera inseparable del jornalero aragonés y andaluz, como del valenciano que trabaja en los arrozales, del pastor extremeño como del campesino manchego. El reverso en la medalla corresponde en general, a los labriegos vascos y asturianos, a los hortelanos valencianos y a los vinateros de la Rioja, así como a los propietarios acomodados.

Entre estos también destaca una clase inferior, que unidos a esclavos, mendigos y gitanos suponen la más baja clase. Estamos hablando de las gentes dedicadas a oficios manuales que inspiraban aversión. Este concepto merecían los taberneros, caldereros, peltreros, amoladores, herreros, esquiladores, carniceros y curtidores. Algo parecido sucedía con los comediantes, profesión que suscitó enconadas polémicas acerca de la licitud del teatro. Los mendigos, reales y supuestos, eran numerosos. Así, Campomanes habla de “un ejército de 140.000 almas de vagabundos y mendigos” que solían alimentar el bandolerismo y la delincuencia. Cree que unos 30.000 eran verdaderos necesitados. Y Ensenada puso en ejecución medidas drásticas contra los gitanos y legó a planear, incluso,, la extinción total de la desventurada raza, mediante el presidio y las galeras.

La esclavitud se extinguió casi por completo en el reinado de Carlos III. En la primera mitad no era raro hallar judaizantes condenados por los tribunales de la Inquisición. A partir del reinado de Carlos III, la asimilación de los antiguos conversos estaba prácticamente terminada. Ya no había moriscos ni judíos, pero la opinión adversa a sus descendientes continuaba manteniéndose.

Sólo en Mallorca perduraba todavía la cuestión judía los “chuletas”. En otros lugares de España subsistían discriminaciones legales y antipatías contra grupos aislados que se habían singularizado por su especial género de vida o por algún hecho remoto que apenas puede rastrearse. Los más individualizados eran los “agotes” de Navarra y los “vaqueros de alzada” de Asturias.