Puebla de los Angeles de México

Historia. Arte. Arquitectura religiosa. Conventos de frailes y monjas. Urbanismo. Ciudad

  • Enviado por: Alvaro C
  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 23 páginas
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INTRODUCCIÓN :

-SITUACIÓN GEOGRÁFICA :

A 100 kilómetros al este de Méjico, a la sombra de los volcanes Popocatepetl e Iztaccihuatl, se alza la ciudad de Puebla de los Ángeles, cuyos orígenes se remontan al año 1531.

-HISTORIA DE LA CIUDAD :

La ciudad de Puebla de los Ángeles nació en 1531 con la idea de establecer un núcleo de población formado por españoles que todavía no habían encontrado un lugar permanente donde asentarse, ya que no disfrutaban de las prerrogativas de la conquista. Su estratégica situación en la ruta entre la capital del virreino y la costa del Golfo, el impulso que la Segunda Audiencia proporcionó para el desarrollo de la villa y el traslado de la nueva ciudad del obispado a la región, que antes tenía su sede en Tlaxcala, la convirtieron pronto en la segunda ciudad en importancia de la Nueva España.

Su rica producción agrícola, disposición hábil de los pobladores y acertada labor de los gobernantes y religiosos ayudaron a la prosperidad de la ciudad. Al parecer, fueron los frailes franciscanos quienes tuvieron mucho que ver con el nacimiento de esta ciudad que, en 1576, recibió el título de “Muy noble y muy leal ciudad”.

El desarrollo urbano de la ciudad alcanza su plenitud en el XVII, crecimiento que es debido a su gran producción agropecuaria, artesanal y comercial, pero fundamentalmente, a su enorme industria textil, de la seda y la lana, que abasteció todo el mercado de la Nueva España. Además, desarrolló una característica y famosa fabricación de vidrio y cerámica vidriada, puesta en marcha por maestros originarios de Bohemia y alfareros procedentes de la ciudad toledana de Talavera de la Reina.

En la ciudad de Puebla se han censado 2619 inmuebles históricos, de los que un 1% se remontan al siglo XVI, un 23% son del siglo XVII, un 18% del XVIII y el resto, un 57% son del XIX.

-URBANISMO :

El lugar elegido fue todo un acierto, tanto por el suelo como por el clima y bondad de sus fértiles ejidos. El alarife Alonso Martín Camacho trazó a cordel las calles rectas de la cuadrícula y la dividió en manzanas rectangulares de 200 varas de largo por 100 de ancho ; Las manzanas se dividieron, a su vez, en solares y se repartieron entre los fundadores con especial trato para la iglesia y los franciscanos. La plaza Mayor se dispuso como la de Méjico, en forma rectangular, aunque de dimensiones más reducidas; uno de sus lados se reservó para la futura catedral, y los tres restantes se adjudicaron al Ayuntamiento, Carnicería y Comercio. Años después, estos frentes se adornaron con soportales que todavía subsisten.

El corazón urbano de la ciudad se encuentra en su Plaza Principal o Plaza de Armas, en cuyo centro y rodeada de frondosos árboles y zonas ajardinadas se levanta una fuente barroca del siglo XVIII coronada por el arcángel San Miguel. A su alrededor se abren los clásicos soportales.

En uno de los lados de la plaza se levanta el Palacio del Ayuntamiento, construido a principios del siglo XX, y a su izquierda, el antiguo Palacio del Arzobispado, una soberbia construcción del siglo XVII que hoy alberga la casa de Cultura y la famosa Biblioteca Palafoxiana, con más de 50.000 volúmenes, entre los que se encuentran unos cuantos Incunables. Sin embargo, todo el protagonismo de la Plaza de Armas se lo lleva la inmensa mole de la Catedral. Emplazada en el sitio de la primitiva iglesia, sus trabajos comenzaron en 1575, aunque las obras se fueron realizando con una desesperante lentitud. Fue el obispo Juan de Palafox y Mendoza el que aceleró la construcción, y tras ocho años de intensos trabajos, logró consagrar la Catedral.

Numerosas son las casas que a lo largo del trazado rectangular de la ciudad decoran sus fachadas con el típico azulejo de origen talaverano. El paseo por las calles de Puebla se hace necesario al visitante, que puede descubrir rincones sorprendentes como el Callejón de los Sapos, vía cerrada al tráfico rodado, sembrada de todo tipo de bazares donde se venden desde las cosas más insignificantes, hasta obras de arte de considerable valor. También habría que destacar el Parián, donde se reúnen las artesanías típicas del estado (desde la cerámica a los artículos de palma). Después de visitar la ciudad, se comprende la cantidad de artistas y artesanos que debieron convivir en Puebla en los primeros años del siglo XVII para hacer de ella una "ciudad de luz en taza de azulejos", tal y como la cita la Enciclopedia de Méjico:

"Arquitectos, canteros, alarifes, escultores, yeseros, ebanistas, marqueteros, pintores, iluminadores, doradores, estofadores, plateros, batihojas, tiradores, filigraneros, cinceladores, lapidarios, herreros, cerrajeros, espaderos, fundidores, tejedores de terciopelo y brocados, bordadores, tapiceros, guarnicioneros, pasamaneros, organeros, lauderos, bajoneros, vihueleros y guitarreros, quienes contribuyeron a la diversificación y esplendor de la vida urbana."

LA ARQUITECTURA RELIGIOSA:

Las ordenes religiosas serán las encargadas de evangelizar y llevar la arquitectura a Nueva España. Las ordenes mendicantes son las que llegan a estos territorios, principalmente son: franciscanos, dominicos y agustinos.

Franciscanos: La orden franciscana estuvo presente desde los días de la reconquista, pero su obra evangelizadora comenzó en el año 1524 con la llegada de los llamados "Doce apóstoles" y a la cabeza de ellos Fray Martín de Valencia. Sus frailes fueron venerados por todas partes, destacando Fray Pedro de Gante.

Dominicos: Llegaron en el año 1526 a Nueva España dirigidos por Fray Domingo de Betanzos. Se les conoce como los predicadores vinculados con la inquisición. Destacó Fray Bartolomé de las Casas, que se erigió como un gran defensor de los indios.

Agustinos: Su llegada se produjo más tarde, hacia el año 1533, pero pronto superaron a los dominicos y rivalizaron con los franciscanos, a los que superaron en lujo. Destacó Fray Francisco de la Cruz.

Las edificaciones religiosas dedicadas a la evangelización del territorio, corresponden a la idea de cubrir la necesidad de atender a las grandes concentraciones de indígenas en los pueblos convertidos en focos de evangelización; aunque también surgieron como refugio y fortificación en casos de peligro, cosa que hizo resucitar el viejo sistema español de Templo-Fortaleza.

ESQUEMAS DE LOS CONVENTOS DE FRAILES:

La acción de la corona por intentar unificar las trazas es de 1568, pero es una fecha tardía y debió tener poca influencia, pues para esa época ya estaban fundados la mayor parte de los conventos eveangelizadores.

El conjunto conventual comprende las siguientes partes: Explanada de Indios o atrio, con capillas posas que normalmente se encuentran en los ángulos delimitando el espacio, y una cruz de piedra sobre gradas en el centro. Al fondo está la iglesia y a los lados el convento y la capilla de indios.

Capillas posas: son pequeños edificios cuadrados a modo de templetes, situados normalmente en las esquinas del atrio. Su finalidad ha sido muy discutida. Se las llama capillas posas porque se decía que en ellas se posaba el Santo Patrón en las procesiones. También se dice que servían para adoctrinar a hombres, mujeres, niños y niñas, situando a los hombres y niños en las capillas posas del lado de la Epístola y mujeres y niñas en las del Evangelio. Estas capillas recuerdan a las capillas que adornaban los claustros de los conventos europeos. En ellas hay una mezcla de estilos, se ve el arco de medio punto (elemento renacentista) pero también elementos góticos e indígenas. Estas capillas se cubren con una falsa bóveda por aproximación de hileras (tomado del mundo indígena) a veces con forma piramidal y otras como si fueran una bóveda de paños.

Cruces de atrio: de piedra, sobre pedestales o gradas situadas en el centro del atrio. Con frecuencia estas cruces se decoran con motivos de flores y signos de la pasión de Cristo. Su colocación axial confirma la idea de espacio santificado. A veces, en el cruce de los brazos aparece tallado el rostro de Cristo (tal vez por influencia de las cruces góticas pintadas). Hay una variedad de formas: cilíndricas, planas, poligonales... En ocasiones los brazos terminan en flor de lis.

Capillas de indios: Recintos abiertos dedicados al culto. Los indígenas se congregaban en los atrios para seguir las celebraciones culturales. En realidad, estas capillas de indios son ábsides cubiertos, y lo que les falta es el cuerpo de la nave. Muchas de estas capillas se convirtieron más tarde en templos, al construir las naves a continuación de los presbiterios ya existentes. Estas capillas de indios pueden agruparse en tres tipos de más sencillas a más complicadas. Así, el primer grupo se refiere a capillas sencillas, de pequeño tamaño y con altar. Dentro sólo caben los oficiantes. El segundo grupo formado por capillas de mayor tamaño, donde entraría un grupo más elevado de personas. Podría tener un ábside y una nave o varias naves pequeñas. El tercer grupo lo constituyen capillas de grandes proporciones que son casi iglesias en sí mismas.

La iglesia: La mayoría son de una nave larga, sin crucero, sin capillas y con cabecera poligonal. Los ejemplos de testero plano son escasos, tampoco son abundantes las iglesias de tres naves (aunque más tarde, con los dominicos, se generalizarán). Suelen cubrirse con bóvedas y terceletes, pero las cabeceras son más ricas por la presencia de óculos y conopios. Los agustinos emplearon la bóveda de cañón, al menos en algunas partes de sus iglesias. Espadañas y torreones se alternan como sistema de remate de cortas alturas, en ellas se alojaban las necesarias campanas que marcaban la hora y el ritmo de la población. Exteriormente, las iglesias acentuaban sus volúmenes severos de templos fortificados por el material, que constaba sobre todo de mampuesto más que sillería y por los remates de pináculos que flanqueaban los caminos de ronda. También hay remates de crestería y almenas, donde hay influjos de lo mudéjar y lo indígena.

El convento: Por lo general, se encuentra al lado de la Epístola del templo, igual que en España. No suelen ser muy grandes, pues el número de frailes que lo habitan es reducido. Se distribuían en torno a un claustro cubierto por bóvedas de crucería o techumbres de madera. Las dependencias conventuales eran escasas: portería a la entrada, refectorio, sala de profundis, cocina que a veces tenía huerta, cementerio y poco más. Lo importante era el atrio como elemento evangelizador.

LOS CONVENTOS DE FRAILES POBLANOS:

Convento de San Francisco: Situado hacia el oriente de la ciudad. Los franciscanos se establecieron en Puebla recién fundada la población. En 1535 comenzaron su convento primitivo. Para 1550 ya estaba edificándose el gran templo, que sigue la forma y disposición de todos los conventos del siglo XVI. Fue terminado bajo el provinciato de Fray Miguel Navarro, entre 1567 y 1570, excepto el coro, obra de Francisco Becerra y datado hacia 1575. El famoso escultor Adrián Suster, talló en 1597 un retablo junto a Andrés Pablo para este templo. La sacristía y la gran estancia que la precede fueron concluidas en 1631, según se lee en el muro exterior. El campanario antiguo se terminó en 1672, formado por dos cuerpos y un remate. En la inscripción que se conserva al pie de la torre se alude a las obras que se realizaron en ella hacia 1696. La torre actual del templo fue comenzada por el Padre Tapia en 1730, y en el 1748 se llegó a la cornisa. Continuó con ella José Antonio de Santo Domingo y se la colocaron las campanas en 1767. La bella fachada churrigueresca de piedra, ladrillo y azulejo fue obra de José Buitrago entre 1743 y 1767. En el siglo XIX, el interior del templo fue echado a perder, quitándole toda huella de austeridad y primitivismo, dándole un carácter suntuoso. Se le colocaron dos filas de columnas a los lados de la nave para sostener un pasillo con balaustrada, así mismo, se organizó otro pasillo con balaustrada colocado sobre la cornisa, a la altura del arranque de las bóvedas. También sustituyeron los altares antiguos por otros neoclásicos. Es un milagro que se conservara intacta la sillería de coro, que aun existe y puede lucir su elegante estilo rococó. El enorme templo consta de una sola nave. Su cabecera da al oriente y la puerta principal al oeste. También tiene una portada al norte y es la más primitiva ya que ostenta aún el escudo de Tlaxcala. En los dos espacios de la nave hay bóvedas nervadas con terceletes y ligaduras. La bóveda del coro tiene dobles terceletes, así como la del espacio presbiterial. El testero es curvilíneo, sin llegar al semicírculo. De las numerosas capillas que tenía, sólo subsisten tres adosados al muro norte de la iglesia. En la antesacristía se conserva un cuadro que representa la genealogía franciscana firmado por Cristóbal de Talavera en 1731. La sacristía amplísima también conserva pinturas.

La portada lateral: es sin duda la más antigua de Puebla, está formada por tres cuerpos. El primero con una puerta con arco adintelado y ángulos redondeados, jambas y pilastras con relieves, su imposta recuerda los capiteles de las columnas de los claustros primitivos. El segundo cuerpo se desplaza sobre la cornisa del primero, con dos pilastras y en el espacio central una hornacina profunda con una cruz. El tercer cuerpo viene a ser un alfiz que cubre un frontón triangular muy agudo el cual cobija el escudo de Tlaxcala, perdurando algún tiempo como designación de la diócesis, aunque ya se había trasladado a Puebla.

La torre: es la más esbelta de la ciudad, formada por un gran basamento de mampostería, dos cuerpos de planta cuadrada y un remate ochavado. Los cuerpos fueron hechos seguramente copiando lo que se había edificado de las torres de la catedral, y ofrecen el mismo sobrio estilo escurialense.

La fachada: sigue el perfil de la estructura. Las caras interiores de los grandes contrafuertes esquinados ofrecen una forma rehundida en planta de trapecio. Sobre un rodapié de piedra aparece el paramento de los tres muros hecho en ladrillo. Sobre este paramento destaca la portada de piedra gris con tres tableros de azulejos de cada lado y cuatro en los muros oblicuos. Estos tableros son en sí mismos notables obras de arte, representan grandes jarrones con ramos de flores que se extienden armoniosamente y cubren todo el espacio del tablero. Los grandes óculos circulares parecen posteriores, ya que rompen una faja de azulejos y destruyen la composición arquitectónica del conjunto. La portada principal es de tres cuerpos y cuenta con un remate en estilo churrigueresco, pues emplea pilastras-estípites en toda su altura. También aparece un nicho con venera en el centro. En el segundo cuerpo hay un alto relieve con la imposición de las llagas a San Francisco. El tercer cuerpo ofrece un óculo mixtilíneo y arriba una composición bizarra de pilastras-estípites, nichos e imágenes. El remate se desplanta sobre una cornisa muy poco saliente y ofrece al centro un nicho con la Virgen y arriba la estatua de San Miguel, a los lados hay escudos. De lo que fue convento, gran parte se destinó al Hospital Militar, que aun subsiste con uno de los claustros y el portal de la portería.

Convento de Santo Domingo: Los frailes de Santo Domingo parece que llegaron a Puebla en 1534. El señor Garcés, obispo de Tlaxcala, que era dominico, les favoreció logrando solares para su convento, que tuvo la advocación de San Miguel. A finales de 1534 se inician los cimientos, aunque el monumento actual no fue comenzado hasta 1571 y se dice que en 1611 estaba ya concluido, salvo la cúpula y la torre. Hay una inscripción al entrar en el piso que dice: "Acabose Año de 1659". En los comienzos del edificio intervino el arquitecto Francisco Becerra. La fachada es sobria, de estilo purista datado hacia 1611. La torre fue empezada en el año 1801, pero no llegó a construirse.

Del enorme atrio sólo se conserva una de sus portadas, aunque tenía otras dos (una en una esquina formando chaflán y otra en un costado). La portada que queda es de bellas líneas barrocas por el exterior y ofrece hacia dentro un bello ejemplar de arquitectura poblana, que es un muro cubierto con petatillo de ladrillos y azulejos y un tablero también de azulejos con la imagen de San Miguel. La portada severa de piedra gris es de los pocos ejemplares de estilo purista que subsisten en Méjico. Consta de dos cuerpos y un remate, a cada lado del arco dos pares de columnas toscanas adosadas y cobijándola un entablamento con arquitrabe muy angosto. El friso está compuesto por rosetas y estrellas y posee una cornisa velada. Para romper la monotonía del muro, las impostas del arco se prolongan a los lados, tras las columnas. En el segundo cuerpo éstos corresponden a pilastras jónicas, con los plintos resaltados para cada par. Sobre la cornisa del primer cuerpo y en el centro, se sitúa la estatua de San Miguel en mármol custodiado por dos perros. Hay una gran ventana en el espacio central con el marco en piedra. El remate se forma prolongando las pilastras de en medio con pilastrillas que sostienen un frontón en forma de trapecio. En el centro está la imagen de Santo Domingo en alto relieve de mármol y encima del frontón, a los lados hay otros dos perros y en el centro el escudo dominicano. La severidad del conjunto se salva por sus bellas proporciones y por el efecto de clarooscuro que forman los resaltes, las columnas y pilastras.

Aun se conservan los restos de la antigua portería, que constituyen el más bello ejemplar del barroco poblano de exteriores. Los arcos de debajo han sido tapiados y en el cuerpo alto las ventanas se han convertido en balcones. Todo el paramento del muro está labrado en relieves de argamasa riquísimos que imitan pilastras, nichos, medallones, ornatos con motivos vegetales, arcos ciegos con sus alfices... de aspecto suntuoso. A juzgar por su estilo, la obra data seguramente del siglo XVII.

La iglesia es muy amplia y aparece cubierta por ricas bóvedas ornamentadas con relieves. A los lados de la nave se abren capillas hornacinas cerradas por rejas y que conservan valiosas pinturas. El crucero está cubierto con una bóveda proto-cupular, como en Santo Domingo de Oaxaca. El testero es plano con un gran retablo barroco de Pedro Maldonado decorado con esculturas en las entrecalles y datado entre 1688 y 1690.

También hay que destacar el púlpito, decorado con mosaico blanco y negro y el escudo de los dominicos.

Dentro del convento, también es importante mencionar la "Capilla del Rosario". El culto de Nuestra Señora del Rosario fue exaltado principalmente por los frailes de Santo Domingo y así, en cada uno de sus conventos, se dedicó una capilla a su devoción. Esta ha sido considerada como la joya del barroco exuberante de Méjico en la segunda mitad del siglo XVII. La capilla comunica con el cuerpo de la iglesia por una gran portada barroca muy sobria. El interior se caracteriza por tener planta de cruz latina con brazos y testero algo cortos. La nave está dividida en tres tramos con bóveda de cañón con lunetos igual que en los brazos del crucero. La cúpula es esbelta con tambor. El interior de la capilla es portentoso, aparece cubierto todo él por relieves. Los lados de la nave contienen seis lienzos de José Rodríguez de Carnero, con las escenas del Nacimiento de Cristo y los Misterios Gozosos del Rosario.

Acercándonos al centro, se levanta el trono de la Virgen que es el baldaquino obra de Lucas Pinto. Esta capilla del Rosario de Puebla fue obra de la caridad del pueblo, se dice que los pescadores de perlas ofrecían a la Virgen la primicia de su trabajo. Su construcción se debió comenzar en el tercer tercio del siglo XVII y su dedicación se celebró el 17 de junio de 1690, día de San Miguel, patrono del templo y aniversario de la fundación de Puebla.

Convento de San Agustín: El convento fue fundado con licencia del virrey don Antonio de Mendoza en 1546, y en 1548 el ayuntamiento les cedió el terreno para edificar su casa, a la que se trasladaron dos años después. Construyeron un templo primitivo que debió tener techumbre de madera. El actual fue estrenado en 1612 y concluido en 1629. Por su situación y altura fue utilizado como fortaleza, ya que defendía las entradas sur y oeste. En 1863 quedó muy estropeada y fue restaurada en 1870 (aunque su interior perdió todo su ornato). El templo es de grandes dimensiones, con planta de cruz latina, amplio crucero y capillas hornacinas a los lados de la nave. Su testero es plano y está cubierta por bóveda de cañón con lunetos. La cúpula, que no llega a ser de media naranja, no tiene tambor, y las pechinas están cubiertas por un enorme bloque en el exterior, lo que hace recordar a las cúpulas bizantinas.

La portada principal es de estilo muy sobrio, con dos cuerpos y uno de remate. El primer cuerpo aparece organizado a base de pilastras pareadas dóricas con nichos avenerados y con esculturas. El segundo cuerpo con el mismo esquema pero con pilastras jónicas, demasiado bajas para guardar la proporción requerida. Además tiene otras dos pilastras a los lados del gran relieve central que representa "La visión de San Agustín".

La portada lateral es aun más sobria, con un arco de medio punto entre pilastras simples acanaladas. Tiene un entablamento liso y frontón roto con el escudo agustiniano (el corazón traspasado por dos flechas). Al eje de las pilastras hay remates piramidales terminadas en bolas (lo que indica un estilo herreriano).

Convento de la Merced: Los mercedarios llegaron a Puebla en 1598 y recibieron del obispo Romano la ermita de los santos Cosme y Damián, para que allí edificasen su casa, con el requisito de que su advocación fuese siempre la de dichos santos médicos. Lograron edificar un suntuoso convento y un gran templo. El actual fue dedicado en 1659 y debió haber sufrido muchas reformas. El estado del convento en esa época se puede conocer por una litografía de 1856, donde el casco del templo se ve como lo vemos hoy: con cúpula sin tambor y nervios exteriores, la torre muy alta compuesta por un basamento, dos cuerpos y un cupulín con linternilla rematada en esfera. La construcción lateral, que corresponde a la portería, ofrece una balaustrada sobre la cornisa y pináculos, pero este remate ya no existe. El segundo cuerpo de la torre desapareció en 1872 por lo que ahora parece achaparrado.

La fachada del templo se compone de dos cuerpos más un remate, pero todo destaca sobre un gran muro de sillares con juntas rehundidas. El cuerpo bajo es de orden dórico con columnas pareadas a los lados y nichos para las estatuas de los santos Cosme y Damián. El segundo cuerpo aparece con orden jónico, con sus nichos y estatuas. En el centro aparece un relieve de la Virgen de la Merced con los fundadores de la orden y de remate una ventana coronada por un frontón curvo.

El interior era de una sola nave y con crucero. La cabecera es plana y las capillas laterales hacen que la iglesia parezca de tres naves. Las bóvedas de la nave central son de cañón con lunetos y el resto, de cañón corrido.

Convento del Carmen: Los frailes de la orden del Carmen llegaron a Puebla en 1586. El obispo don Diego Romano los acogió y les cedió para su fundación la ermita de los Remedios, de la cual tomaron posesión en junio de ese año. Levantaron junto a la ermita unas pequeñas habitaciones y estrenaron el convento en septiembre de 1586. Los carmelitas, dueños de su pequeño templo y de tres solares más concedidos por la ciudad, pensaron en edificar un convento más suntuoso, aunque por una orden del Reverendo Padre General, se estrechó la fábrica y disminuyeron las dimensiones. No se sabe cómo era el templo primitivo, ya que el actual es del siglo XVII. Éste cuenta con una planta cruciforme con una nave cubierta por bóveda de cañón con lunetos, cúpula sin tambor y testero plano. En el lado de la epístola estaba el convento y en el del evangelio se abren tres capillas: la primera está dedicada a Santa Cruz y se realiza en torno a 1630 por don Antonio de Cervantes y Carvajal. La segunda capilla era la capilla del Sagrario o Santa Teresa y la tercera, a los pies del templo y formando ángulo con él, la capilla de Nuestra Señora del Carmen. El atrio del Carmen ha sido considerado como el más romántico de Puebla. Los arcos de la portería del convento que forman al fondo del atrio, contienen bellos ornatos en relieve, decorados con azulejos. Los años cubrieron esos adornos con la túnica de la pátina, por esta razón, los padres del convento mandaron rehacer todo porque les pareció muy sucio y mal tratado, sin tener en cuenta la antigüedad de lo que allí se conservaba.

Es famosa la huerta del convento del Carmen, que durante el siglo XIX fue convertida en cuartel.

LOS CONVENTOS DE MONJAS:

El barroco comienza con la unidad religiosa de América dada en Trento. En el siglo XVII se acaba la construcción de catedrales del XVI y se va a llevar a cabo la fundación de nuevos conventos de monjas y la restauración de otros.

ESQUEMA DE LOS CONVENTOS DE MONJAS:

Los esquemas son españoles, aunque en algunas zonas hay modificaciones de artistas locales. Se trata de iglesias de una sola nave, con doble portada y un atrio alargado, cerrado por un lado por la torre, la cual es única. Las torres, aunque son típicas del barroco, suelen ser sustituidas en estos conventos por espadañas con una campana. En muchos conventos se cambiaron por la torre en el siglo XVIII. Son conventos muy sobrios, a veces tienen crucero en la iglesia, pero aunque no lo tengan, en muchas ocasiones llevan una cúpula linterna. Algunas veces, estos conventos son casas hidalgas adaptadas. Los materiales suelen ser nobles en portadas y marcos de ventanas y de menor calidad en el resto del edificio.

LOS CONVENTOS DE MONJAS EN PUEBLA:

Convento de la Concepción: fundado con monjas de la Concepción de Méjico en 1596 por el cura de Xonotlan llamado Leonardo Ruiz de la Peña. La iglesia actual con la que cuenta el convento es de 1617 y presentaba una techumbre de madera hasta que en 1732 se construyeron las bóvedas y la cúpula. Con motivo de las leyes de la reforma, el convento fue transformado en casas de habitación, por lo que el claustro ofrece un aspecto abigarrado y desagradable. La iglesia es de una sola nave, con ábside cuadrado y sin crucero. La cubierta está realizada con bóvedas de cañón con lunetos y cúpula sobre pechinas. Tanto el coro alto como el bajo llevan rejas. El exterior se caracteriza por sus enormes contrafuertes de perfil mixtilíneo, dos portadas barrocas del siglo XVII y algunas esculturas populares. También tiene una torrecilla de dos cuerpos con esbeltas columnas salomónicas.

Convento de Santa Inés: Pertenece a las monjas dominicas de Santa Inés del Monte Policiano de la ciudad de Puebla. Fue fundado en 1620 por doña Jerónima de Gamboa, viuda de Serrano. Este primer edificio fue concluido en 1626, pero la iglesia era pequeña por lo que el canónico don Florián Reynoso edificó un nuevo templo (que es el actual) que fue dedicado en 1663. La iglesia es de una sola nave sin crucero, como todas las conventuales poblanas de monjas; posee una cúpula sobre pechinas y sin tambor, el ábside es cuadrado, con bóvedas de cañón con lunetos y bóvedas vaidas en la nave. Se conservan las rejas del coro alto y bajo, adornadas con interesantes pinturas. La portada es bastante sobria.

Convento de San Jerónimo: No sabemos con exactitud cuando fue fundado. Desde 1586, un sacerdote llamado Jerónimo de Santander, donó unas casas al Ayuntamiento para que se fundara un colegio municipal que tomó su nombre. El auténtico fundador del convento fue el capitán Juan García Barranco, que lo creó a principios del XVII. La iglesia fue dedicada el 19 de agosto de 1635.

Consta de una sola nave sin crucero, con cúpula sobre pechinas que marca la división en paños por fuera mediante fajas de azulejos. Las cubiertas están realizadas mediante bóvedas de cañón con lunetos. Del exterior hay que destacar la cúpula y también la torre, de arquitectura popular. Los contrafuertes son de una gran belleza, ya que cuentan con unos preciosos relieves que los unen con la cornisa. Las portadas son bastante sobrias y cuentan con relieves en la parte alta, a los lados y en el marco de las ventanas.

Esta iglesia en uno de los ejemplos en donde mejor se puede apreciar las características de las iglesias de los conventos de monjas poblanos.

Convento de la Soledad: Tuvo su origen en una capilla levantada de 1698 a 1706 por un mulato, para una imagen que le envió de Madrid el Conde de Casalegre. Fue colocada en 1708, sin embargo, por un pleito entre los dos bandos de la cofradía, la Mitra la decomisó. El capellán nombrado, Pedro José Rodríguez, y el canónigo don Juan de Vergaya decidieron fundar un convento de monjas carmelitas aprovechando el edificio de la capilla (que quedó convertido en camarín). Construyeron el templo en donde, incluso, trabajaron los propios fieles acarreando los materiales. La iglesia fue concluida en 1731 como se lee en la fachada, sin embargo, no se consagró hasta 1749, ya que la licencia Real no llegó hasta dos años antes de esta fecha.

La iglesia es muy esbelta, y tanto la cúpula (que aparece revestida de azulejos negros y blancos) como la torre (de dos cuerpos y un remate) son muy bellos. Tiene planta cruciforme y conserva en los brazos del crucero cuatro magníficos retablos barrocos del primer tercio del XVIII. En uno de los brazos del crucero se ve una alacena con varios santos carmelitas muy bien retratados, obra de Magón en 1764.

Convento de Santa Teresa: Varios señores españoles se reunieron en Veracruz en casa de doña Ana Núñez de Montalbán, para fundamentar un recogimiento voluntario de mujeres, con licencia del obispo de Puebla don Diego Romano. Más tarde concibieron la idea de establecer un convento de carmelitas descalzas, con la regla de Santa Teresa. Tras esperar el permiso de la Santa Sede, que tardó mucho en llegar, fundaron el convento en 1604, aunque la obra se desarrolló entre 1608 y 1624.

La iglesia es muy sencilla, consta de una sola nave paralela a la calle, de la que se separa un atrio enrejado. La cúpula no tiene tambor y es muy baja. Tiene dos portadas idénticas entre los macizos contrafuertes de sección rectangular. Sobre un par de pilastras toscanas el entablamento fuertemente moldurado, y arriba, entre otras dos pilastras que no siguen el eje de las inferiores, encasamentos con veneras para las imágenes de la Virgen del Carmen y San José, talladas en piedra de Villerías. El interior del XIX mantiene los dos coros intactos.

Convento de las Capuchinas: El convento fue fundado gracias a doña Ana Francisca de Córdoba y Zúñiga, viuda de don Diego Largachi. La licencia Real para su fundación llegó en 1703 a Méjico tras haber sido autorizada en 1699. En 1704 llegaron a Méjico las seis monjas fundadoras, la primera abadesa fue Sor Angela Javiera. En 1711 fueron llevados al templo los restos de los promotores de la fundación: los de Diego Largachi, al presbiterio, del lado del Evangelio, con una estatua orante sobre su escudo, y los de doña Ana, en el coro bajo, en el sepulcro de las monjas.

La iglesia es de una nave en esquina. La fachada posee dos cuerpos con un arco trilobulado entre pares de columnas toscanas. El remate está formado por un frontón partido con un relieve en el centro que representa el primitivo escudo franciscano de las cinco llagas. También hay relieves muy finos entre las columnas. El claustro es muy sencillo, aunque está muy bien conservado, cuenta con una pequeña fuentecilla en el centro. En la sacristía hay grandes lienzos con escenas de la Pasión realizados por Marimón.

Convento de Santa Mónica: La fundación de este convento fue autorizada el 14 de septiembre de 1682, su escritura de fundación fue firmada por el señor Santa Cruz el 28 de noviembre de 1686. Por su estilo, la obra parece datar de fines del siglo XVII. Posee un bello patio de azulejos que está fechado hacia principios del XVIII.

El exterior es muy sobrio. La iglesia se alinea a la calle y tiene dos portadas; la torre queda del lado del convento. La iglesia es de una nave, con bóvedas de arista y de cañón con lunetos; la cúpula está dispuesta sobre un tambor y la cabecera posee testero plano. La decoración y los altares pertenecen a un estilo que podemos llamar "Tolsá recargado". A los lados del presbiterio se ven las estatuas orantes de los benefactores: el señor Santa Cruz y Zerón Zapata. En lo que se refiere a los coros, se conservan íntegros los dos, el alto y el bajo, con sus rejas y celosías.

En 1934, por algunas denuncias, el gobierno descubrió en Puebla varios conventos clandestinos, entre ellos el de Santa Mónica. En su edificio fueron reunidos los objetos no reclamados por las monjas como de propiedad personal, de los conventos de Santa Catalina y Capuchinas, y con todos ellos y los que allí quedaron se organizó más tarde el Museo de Arte Religioso de Santa Mónica (que aun hoy se conserva).

Santa Catarina:

No se conoce la fecha de su fundación, aunque lo que sí que se conoce es que es el más antiguo convento de monjas de Puebla. Ya en 1556 se menciona a las religiosas bajo la dirección del prior de Santo Domingo. La fundadora fue doña María de la Cruz Montenegro, que adquirió parte de la manzana que más tarde ocupó el convento.

La primera iglesia, construida al parecer entre 1556 y 1571, tuvo techumbre de artesón y sobrecubierta de tejas. Más tarde, en el siglo XVII, fue construida otra iglesia que es la que podemos ver hoy. En 1705 el doctor don Diego Peláez Sánchez la cubrió de bóvedas. Algunos señalan que los azulejos del lambrín datan de 1690 y que la iglesia, tal como hoy la vemos, fue terminada en 1750.

La iglesia es de una sola nave alineada a la calle. La fachada es muy austera, en ella podemos apreciar dos portadas sencillas, contrafuertes y ventanas. El campanario es de un solo cuerpo realizado en ladrillo y azulejos típicos poblanos. La cúpula del interior carece de tambor y también está adornada con azulejería.

Convento de Santa Rosa:

Fue fundado como beaterio en tiempos del señor Santa Cruz, sin embargo, no fue hasta 1740 cuando adquirió categoría de convento gracias a la bula expedida el año anterior. Algunos estudiosos señalan que la iglesia fue dedicada en el mismo año de 1740.

La iglesia es de una sola nave, posee una cúpula con paños y sin tambor. Las cubriciones se hacen a partir de bóvedas de cañón con lunetos, lo mismo que en el coro. La bóveda que cubre el coro está decorada con pinturas al óleo sobre tela adherida a la propia bóveda. La sacristía tiene un gran número de pinturas de gran calidad. En la entrada al antiguo convento se ven pinturas al óleo sobre el muro con escenas de la vida de Santa Rosa (una de estas pinturas está firmada por Mariano del Castillo) Desgraciadamente el edificio se encuentra en un estado no demasiado bueno, ya que ha servido para un gran número de fines. En la cocina del convento se estableció un museo de Cerámica. Esta cocina, sin duda de las más bellas de Méjico, fue construida por el obispo Santa Cruz para las monjas del convento.

Convento de Santa Clara: Fue fundado bajo el patronato de doña Isabel de Villanueva Guzmán, quien donó cuarenta mil pesos y cedió las casas en las que habitó Antonio de Villa Beltrán para el convento. La escritura de fundación fue firmada el 31 de mayo de 1607. Sirvió de iglesia una pieza baja, hasta que construyeron un templo, que fue consagrado en 1642. En 1667, tras un fuerte terremoto, fue necesario construirle unos contrafuertes en el muro que da a la calle. Sin embargo, otro terremoto volvió a dañar seriamente el templo en 1711, por lo que se construyó el templo que podemos ver en la actualidad (el cual fue consagrado en agosto de 1714).

La iglesia es de una sola nave, con una cúpula de semiesfera revestida de azulejos, sin tambor y con cuatro nervios al exterior. La portada se corresponde con la de la primera iglesia, ya que es de estilo herreriano muy puro.

El convento tuvo un fin no demasiado bueno, ya que fue fraccionado y vendido a particulares para la edificación de casas.

LAS IGLESIAS POBLANAS:

El santuario de la Luz: Fue comenzado hacia 1767 bajo el patronazgo de Manuel del Toro, sin embargo, en 1778 la obra fue suspendida y pasaron muchos años hasta que fue concluida. Esto ocurrió en 1805 con el presbítero don Pedro Romero.

La iglesia presenta planta de cruz griega con uniones cuadradas en sus ángulos, que sólo abarcan la mitad de los brazos de la cruz. En los espacios exteriores que quedan libres hay unas dependencias del templo. Las cubriciones se llevan a cabo mediante bóvedas de cañón con lunetos en los cuatro brazos del crucero, vaídas en los espacios de unión y una gran cúpula sobre tambor y pechinas en el centro. Algunos autores señalan una fuerte influencia en la estructura del templo de la Capilla del Sagrario de Méjico. El exterior tiene una única entrada y dos torres de piedra gris. La iglesia fue concluida en el siglo XIX, de ahí que los altares sean de esa época. El templo conserva un gran número de pinturas del siglo XVIII, entre ellas hay que destacar las "Escenas de la vida de San Juan Nepomuceno", situadas en la parte del altar, y también cuadros como el de "La Vida de la Virgen" de Miguel de Mendoza, fechado hacia 1781.

La decoración exterior del templo es extraordinaria, aquí podemos disfrutar el contraste de la portada de cantería (de sobrio estilo neoclásico), con los muros revestidos de ladrillo y azulejo, con brillantes tableros que reproducen imágenes de santos. También es característico el aspecto que da a la iglesia el gran número de pináculos piramidales que rematan el cuerpo alto de las torres.

La iglesia de la Valvanera: Fue iniciada por Andrés López, aunque quedó abandonada tras su muerte hasta que fue continuada su construcción por Juan Martín. Su dedicación tuvo lugar hacia 1763.

El templo es muy sencillo, consta de una única nave con crucero muy sobrio que sostiene una cúpula con tambor ochavado y óculos en forma de estrella La torre consta de dos cuerpos y como remate un pequeño cupulín.

La iglesia de Guadalupe: Este santuario fue construido a extramuros de la ciudad de Puebla a petición de Juan Alonso Martínez Peredo. Se comenzó hacia 1694 y fue consagrado en 1722. Exteriormente es una de las más bellas iglesias de Puebla, sin embargo el interior fue totalmente transformado en el siglo XX, por lo que muy poco nos ha llegado del aspecto original del edificio.

La iglesia es de planta de cruz latina con cúpula sin tambor. En el exterior dos esbeltas torres flanquean la fachada, los basamentos están revestidos de ladrillos, sobre los cuales resaltan tableros de azulejos. Las torres constan de tres cuerpos, los dos inferiores están formados por columnas salomónicas, el último tiene estípites. El primer cuerpo es de planta cuadrada con frontones en su parte alta, y los otros dos son ochavados. La fachada está cubierta por un arco poco profundo, todo su paramento consta de azulejos en fajas horizontales en zig-zag. La portada de piedra es barroca y muy sobria; tiene pilastras acanaladas, relieves en las enjutas, pináculos con bolas y dos ventanas en el centro, una con frontón roto y otra con frontón semicircular. El conjunto aparece rematado por una balaustrada.

Destaca su capilla lateral de planta cruciforme y brazos muy cortos. También cuenta con columnas salomónicas y una cúpula de gajos, visibles por fuera y por dentro. El tambor posee ocho óculos mixtilineos y cuatro lucarnas.

El señor de los Trabajos: Al principio fue llamada iglesia de San Pablo de los Naturales. Se la menciona ya desde el año 1550. El cambio de la advocación provino de una imagen de Cristo con la cruz a cuestas, pintada sobre un muro de adobe en la calle por un artista. Este mismo artista pintó en 1612 otra imagen, cuya cabeza estaba pintada en una piedra de amolar. Esta cabeza fue trasladada al interior de la iglesia, y más concretamente al sagrario, en 1690. Fuera de estas imágenes, el templo no tiene gran interés artístico.

Nuestra señora del refugio: Su origen proviene de una imagen de esa advocación que había traído un padre jesuita de Italia, y que regaló al boticario Pedro López de Villaseñor. Este hombre colocó la imagen en un nicho frente a su botica en la esquina de las calles de Guevara y la Santísima. Este ejemplo fue imitado por mucha gente, pero sólo subsistió la imagen que un vecino tenía en su casa y que era muy venerada por los fieles. En vista de esto, el jesuita Miguel José de Ortega edificó una capilla más amplia que fue consagrada en 1746 y que subsistió hasta 1924 (año en la que una explosión acabó con ella). El culto aumentaba, y por ello se construyó un templo mayor cuya primera piedra fue puesta el 3 de mayo de 1747.

El edificio tenía planta cruciforme, con una gran cúpula con tambor y dos torres a los pies, con dos cuerpos y decoración de pilastras y columnas. El remate estaba formado por un nicho con frontón roto.

San Baltasar Campeche: Antiguamente, Campeche era un pueblecito al sur de Puebla, sin embargo, hoy ya forma parte del tejido urbano. No se sabe muy bien su historia, no obstante ya hay noticias de él hacia 1801.

La iglesia es de planta de cruz latina, con un crucero bastante corto que aparece cubierto por una cúpula sin tambor por paños, las torres constan de dos cuerpos. La portada barroca es muy sencilla, posee dos pares de pilastras acanaladas de orden toscano y una puerta con arco de medio punto. En el segundo cuerpo hay perillones sobre las columnas y pilastras estípite en el centro custodiando la ventana. Así mismo, aparece cubierto por unos bellos relieves escultóricos. En el interior destaca el púlpito de piedra tallada, que aparece sostenido por el cuerpo de una persona reclinada en el pavimento de la iglesia.

LA CATEDRAL DE PUEBLA:

Su construcción fue ordenada directamente al virrey de Nueva España. Se planteó el problema de la autoría de los planos de la catedral. Se mandó construir en los años 60, pero no fue hasta 1575, aproximadamente, cuando se comenzó. Esta catedral es muy similar a la de Méjico D.F, lo cual hace pensar a algunos estudiosos que Arciniega fuese el que la proyectó. También se le ha atribuido a Francisco Becerra, pues en 1579 era él el Maestro Mayor de la catedral. Lo que se ha discutido es si Becerra inició la catedral con sus propios planos o con los de Arciniega. También se ha hablado de la posibilidad de que Gómez de Mora trabajase en ella. En 1921, Don Manuel Francisco Álvarez, ingeniero, será quien proceda de modo científico en lo que se refiere a la autoría del plano de la catedral de Puebla. Señala que Gómez de Mora no pudo ser el autor de los planos originales pues ya había muerto para 1648. Entre los documentos referentes a Francisco Becerra, se demuestra su nombramiento, en enero de 1575, como Maestro Mayor de la catedral de Puebla con Juan de Cigorondo. Nada se había llevado a cabo antes de Francisco Becerra, lo que hace que sea el primer arquitecto del templo. Hoy se puede demostrar que él trazó el plano e inició la obra desde los cimientos, pues existe un documento en el que se señala: "El 11 de noviembre del mismo año de 1575, ambos arquitectos (Becerra y Cigorondo) mostraron al cabildo la traza y modelo y montea, así por de afuera como por de dentro, y condiciones de la dicha obra". Leicht da noticia de una segunda traza ordenada por Villamanrique, que sólo pudo haber alterado el alzado. Respecto a la traza de Becerra, no se conserva ningún dibujo, pero sí se puede conjeturar como era gracias a una descripción del estado de la obra en 1626, cuando fue suspendida su construcción. Según esta descripción, la planta era rectangular, con la Capilla de los Reyes en la cabecera, la sacristía de un lado y la sala capitular del otro. Constaba de tres naves situadas a igual altura y dos filas de capillas en los costados. En cada uno de los cuatro ángulos, se levantaba una torre. No se habla ni de crucero ni de cimborrio. Las bóvedas eran de tracería, con piedra cortada.

En 1634, Juan Gómez de Trasmonte, pasó a Puebla por orden del virrey Marqués de Cerralvo, y parece que modificó totalmente el proyecto, a semejanza de la catedral de Méjico, de la que era maestro mayor.

En lo que se refiere a la existencia de la traza de Gómez de Mora, esta se puede explicar de la siguiente manera: Hacia 1615, la obra de la catedral de Méjico fue suspendida. El marqués de Guadalcázar envió a Felipe III una relación del estado de la obra y una montea en la que el maestro Alonso Pérez de Castañeda delineaba el edificio marcando la parte construida. El rey ordenó a su arquitecto, Gómez de Mora, que realizase una nueva montea en vista de lo ya edificado y la remitió a Méjico, disponiendo que una junta de personas prácticas e inteligentes decidiese cual era la traza que debía seguirse. En 1616, la junta determinó que se realizase la traza de Claudio de Arciniega y el modelo de Juan Miguel de Agüero. En el caso de Puebla, puede ser posible que el virrey, como encargado y responsable ante la corte de la obra de ambas catedrales, haya enviado a Puebla la montea que para Méjico no fue aprobada y que allí podía ser utilizada.

La obra fue atendida por Becerra durante algunos años, pero en 1580 ya aparece trabajando en Quito, así que para esa época Miguel de Estangas era el Maestro Mayor. A este le sucedió Jerónimo Pérez de Aparicio. En 1586, el virrey Marqués de Villamanrique nombró como maestro mayor a Antonio Ortiz del Castillo y este tomó posesión de su cargo en 1587, pero el virrey, en ese mismo año, le encomendó otras tareas y nombró maestro mayor de la catedral a Luis de Arciniega, hermano de Claudio en ausencia de Antonio Ortiz del Castillo. En 1601, Luis de Arciniega muere y el virrey nombró su sucesor, otra vez, a Antonio Ortiz del Castillo. El 1615 se suprimen las obras y el pago de los sueldos, sin embargo, el maestro mayor (por aquella época Pedro López Florín) siguió yendo a la obra. No recibe dinero por sus servicios hasta que en 1630 acudió a ver al virrey solicitando el pago de su salario, lo obtuvo ese mismo año gracias a una orden dada al alcalde de Puebla, don Tristán de Luna y Arellano. En 1634 pasó por Puebla Gómez de Trasmonte, sin embargo no se avanzó demasiado.

La obra se reanudó en 1640, año en que la construcción de la catedral es impulsada por el obispo don Juan de Palafox y Mendoza, el cual expresó de la siguiente manera el estado en que se encontró el templo:

"Llegué a Puebla y hallé este templo edificado sólo hasta la mitad de los pilares, y todo él descubierto, sin instrumentos y materiales algunos ni efectos prontos para comprarse, sin haberse comenzado arco ni bóveda alguna y sin esperanza de poder seguir..."

Con él se llevaron a cabo dos modificaciones fundamentales: se alzó la nave mayor sobre las colaterales y cada una de ellas recibe luz de sí misma (igual que se hizo en la catedral de Méjico) y se llevó a cabo la construcción de un claustro en el frente de la catedral (igual que en el Monasterio de El Escorial). Sin embargo, esta segunda reforma no fue aceptada, ya que el templo con sus altas torres se vería menospreciado si se colocaba un claustro delante.

El acto de la consagración la realizó el obispo Palafox el 18 de abril de 1649. Para esta fecha el interior del templo estaba totalmente concluido, sin embargo faltaban por concluirse aspectos del exterior. Don Diego Osorio de Escobar y Llamas terminó las portadas principales en 1664, fecha que se puede leer sobre la puerta del Perdón. No se sabe quién fue el maestro de la portada Norte, pero sí se sabe que se terminó en 1690.

El señor Santa Cruz concluyó la torre que había comenzado el venerable Palafox en 1680, la obra la dirigió el Maestro Mayor de Arquitectura, Albañilería y Cantería, Carlos García de Durango, el cual siguió las instrucciones que dejaron en 1660 Gómez de Trasmonte y Rodrigo Díaz de Aguilera. La otra torre fue terminada en 1768 por don Manuel Vallejo, siendo obispo de Puebla don Francisco Fabián y Fuero.

Durante los siglos XVII y XVIII se llevaron a cabo una serie de reformas por las cuales las rejas de madera del coro y de las capillas fueron sustituidas por rejerías de hierro. También se sustituyó una claraboya volada sobre la puerta principal por una ventana. En lo que se refiere a la cúpula del presbiterio, la cual estaba decorada en su interior por casetones azules y blancos, fue reformada y Cristóbal de Villalpando pintó allí la Gloria, de excelente calidad técnica.

La catedral tiene una planta que forma un rectángulo que corre de oriente a poniente, donde está la fachada principal. Se organiza en cinco naves, una central, dos procesionales y dos de capillas-hornacinas. La nave principal se divide en nueve tramos: dos de trascoro, dos de coro, una de planta cuadrada para la cúpula, dos para el presbiterio, uno que liga las naves procesionales en la cabecera y el final, ligeramente más ancho para la capilla real. Las naves procesionales llegan al octavo tramo, en que se ven cerradas por muros que forman, con los espacios que corresponden a las capillas, del lado de la Epístola, la sacristía y del Evangelio, el Sagrario. En el cuarto tramo se forma el crucero, en el imafronte aparecen tres grandes portadas y una en cada brazo del crucero.

Las capillas son catorce además de la de los Reyes. Las primeras se encuentran bajo las torres. La estructura es de una gran lógica, ya que las capillas más bajas están cubiertas con bóvedas de arista, cada capilla tiene su ventana rasgada. Las naves laterales tienen bóvedas vaídas, muy poco peraltadas. La nave central aparece cubierta por bóveda de cañón con lunetos. Los soportes están formados por gruesos pilares de sección cuadrada con medias columnas adosadas de orden toscano (las cuales tienen acanaladuras en el primer tercio del fuste). En la rosca del arco se prolongan las estrías de las medias columnas, algo que también se ve en la catedral de Méjico y que se copia aquí, pero con la peculiaridad de añadir un trozo de entablamento sobre el ábaco al modo de Siloé.

Sobre el cuadrado que forma el crucero se desplanta el tambor de la cúpula, que descansa en cuatro grandes pechinas (en las que aparecen pintados cuatro ángeles de García Ferrer). El casquete está construido de piedra pómez, equivalente al tezontle de Méjico, aunque más ligero. La linterna, de bellas proporciones, se remata con la estatua de San Pedro.

Sobre la Capilla Real se levanta otra cúpula más pequeña, sin tambor, por lo que vista desde fuera ofrece un desagradable aspecto. Las torres en el proyecto original eran cuatro, al igual que en la catedral de Valladolid.

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