Primera Guerra Mundial: La Gran guerra

Historia universal contemporánea. Siglo XX. Imperialismo. Bismark. Causas. Revolución Bolchevique. Tratado Versalles

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El imperialismo

El conflicto de carácter político-económico que surge entre las grandes potencias por el control de los mercados y de las materias primas, necesarias para proseguir el desarrollo del sistema económico internacional bajo el signo del capitalismo, se conoce con el término de imperialismo. Los viejos y nuevos estados imperiales aspiran a la supremacía mundial individual a expensas de los países más débiles que no están en condiciones de explotar los recursos de su territorio, por ricos que sean. De hecho, entre los rasgos distintivos del imperialismo figura la lucha por el control político, militar y económico de vastos territorios de los países citados, con la sumisión de poblaciones enteras bajo violentos regímenes de ocupación.

En la segunda mitad del siglo XIX comienza el reparto de las regiones africanas y asiáticas entre las grandes potencias, y en los primeros años del siglo XX, una vez concluido el proceso de ocupación de gran parte del planeta, se alcanza el punto de saturación.

Toda África y parte de Asia se encuentran ya repartidas entre las principales potencias europeas; en Asia se perfila la nueva potencia japonesa del emperador Mitsuhito; América Latina se convierte en el principal objetivo de la política exterior y económica de los Estados Unidos.

El imperialismo también afecta a la política interna y a las relaciones internacionales de las grandes potencias, y no se limita a una simple política orientada a garantizar colonias a una nación.

De hecho, la mayor parte de las naciones imperialistas tiende a asumir un carácter autoritario y clasista, apoyándose en ideologías nacionalistas y militaristas respaldadas por los intereses de los grandes empresarios que cada vez se entrecruzan más con las políticas de los gobiernos.

Esto lleva a una radicalización del enfrentamiento en una situación cada vez más exacerbada de exigencias y expectativas que subyace a los principales conflictos del siglo XX, y no sólo a las dos guerras mundiales.

Las economías nacionales

La nueva y poderosa orientación que toma la economía mundial procede de las grandes transformaciones que tuvieron lugar durante la “gran depresión” (1873-1893).

La “concentración” de la economía en un número cada vez más restringido de empresas industriales y financieras constituye la principal característica de la nueva economía mundial, guiada por monopolios (control del mercado por parte de una única empresa) y de oligopolios (control del mercado por parte de unas pocas empresas) en un número cada vez mayor de sectores productivos.

Esta situación marca el fin del régimen de libre competencia en favor de las empresas más grandes que por fin se encuentran en condiciones de eliminar completamente a sus competidores nacionales y extranjeros y convertirse en las únicas productoras de bienes en su propio sector, naturalmente con enormes beneficios.

La necesidad de considerables inversiones de capital en los nuevos sectores principales de la economía (la química, la electromecánica, la telefonía) hace objetivamente difícil la introducción de nuevas empresas en el mercado y contribuye a reforzar la tendencia a la concentración.

Muy pronto se llega al nacimiento de los trusts (fusiones de empresas similares o complementarias para garantizar el control de un determinado sector), sobre todo en los Estados Unidos, y los cárteles (acuerdos entre empresas similares para no hacerse la competencia y practicar precios y condiciones de venta iguales), típicos sobres todo del mercado alemán.

La diplomacia alemana

La diplomacia de Bismarck y la agresividad del emperador Guillermo II Hohenzollern transforman en pocas décadas a Alemania en la mayor potencia europea de comienzos del siglo XX, así como en el eje en torno al cual giran todas las principales relaciones internacionales.

Ya desde finales del siglo XIX la política expansionista alemana comienza a asumir rasgos bien definidos: en 1898 el ministro de Marina, Alfred Von Tirpitz, procede a reorganizar la marina de tal manera que Alemania pronto se encuentra en condiciones de competir con la potentísima flota inglesa.

Tras la dimisión forzada de Bismarck y el consiguiente desmantelamiento del sistema de equilibrio de fuerzas construido por él, Guillermo II se entrega a una política de fuerza orientada hacia los Balcanes y Asia Menor que pronto suscita un conflicto con Rusia.

La Alemania de 1904 tiene dos objetivos: consolidar aún más su propia posición central en las relaciones internacionales, y romper el posible cerco mediante la creación de motivos de tensión entre las naciones enemigas Rusia, Inglaterra y Francia.

Las dos crisis marroquíes de 1905 y 1911 constituyen la prueba de que el primer objetivo se ha logrado, con una excepcional demostración de fuerza que por otra parta contribuye a impedir la consecución del segundo, dado que las naciones enemigas, ante tanta agresividad, estrechan aún más sus relaciones diplomáticas a pesar de los numerosos motivos de enfrentamiento que las separan. Alemania sigue siendo el eje de la frágil Triple Alianza, que ve a su lado al fiel imperio austro-húngaro y a una indecisa Italia que finalmente optará por alinearse con Francia e Inglaterra.

El declive de las potencias del siglo XIX

El carácter multi étnico del Imperio austro-húngaro comporta un gran número de problemas que contribuyen al retraso de la sociedad austriaca de comienzos del siglo XX. El proyecto del archiduque Francisco Fernando, consistente en asignar al componente eslavo el mismo peso que al húngaro y al alemán, no logra frenar los movimientos nacionalistas y las tendencias centrífugas. El fenómeno tiende progresivamente a radicalizarse, pasando de las reclamaciones de autonomía a la reivindicación de independencia: entre los checos de Bohemia y de Moravia nace el movimiento de los jóvenes checos, que se opone a la política de germanización del gobierno de Viena, y aún más radicales son las tendencias nacionalistas de los eslavos del sur, serbios y croatas, atraídos por el vecino Reino de Serbia. El gran imperio austro-húngaro es en consecuencia un gigante con los pies de barro que no está en condiciones de controlar la explosiva situación que se ha creado en su extenso territorio.

Al mismo tiempo que se agrava la decadencia del imperio austriaco se consuma la crisis del imperio otomano, que llega a su ápice en 1908 cuando la revolución de los “Jóvenes turcos” logra imponer un retorno al régimen constitucional, aunque fracasa en su intento de modernizar el país.

La debilidad de Ankara y la incompetencia política de Viena repercuten en los Balcanes reavivando las tendencias en favor de la autonomía de los pueblos eslavos.

La decadencia de los dos grandes colosos del siglo precedente será una de las causas, si no la circunstancia desencadenante, del primer conflicto mundial, que se cerrará con su completa derrota y su desaparición del escenario político internacional.

Europa domina el mundo

La conferencia de Berlín de 1878 había consagrado el principio del “concierto europeo”, una ideología que defendía la unidad y la colaboración y que mantuvo un cierto equilibrio en el Viejo Continente hasta la primera década del nuevo siglo.

Este periodo de paz es el más largo que haya tenido lugar en Europa, aunque varias veces se produjeran nuevas formas de enfrentamiento, sobre todo por motivos económicos y coloniales, que supusieron una amenaza de crisis entre las grandes potencias.

El “concierto europeo” se basa en dos premisas fundamentales: el papel hegemónico de la potencia alemana, a quien corresponde la tarea de gestionar las relaciones internacionales, y el nacimiento de un nuevo sistema de formación de los estados nacionales.

La expansión japonesa en Asia comienza a poner a prueba la política exterior europea, que muchas veces vacila en su unidad ante las agresiones perpetradas por el imperio nipón contra China; la intervención expansionista de los Estados Unidos en América del Sur y en el Pacífico, por otra parte, contribuye a reducir las zonas de influencia de una Europa que progresivamente va perdiendo su status de potencia internacional. La reacción ante esta nueva situación mundial se materializa en las primeras controversias relacionadas con la política exterior de las grandes potencias, sobre todo en África, el último continente que sigue bajo el control exclusivo de Europa. La dimisión forzada de Bismarck, exigida por Guillermo II, y la desacertada política exterior del nuevo soberano transforman la posición hegemónica de Alemania en una farsa y hacen perder al país la imagen de estabilidad y fuerza que tenía a los ojos del mundo. Algo similar ocurre en Austria, y potencias como Francia e Inglaterra inician tímidos intentos por hacerse con la posición dirigente entre sus hermanas europeas.

La relación de equilibrio está definitivamente en entredicho y Europa, tratando de hallar nuevos protagonistas políticos, se lanza de cabeza a la primera guerra mundial.

Hacia el conflicto

En 1914 el panorama internacional está dominado por una serie de posiciones de fuerza que se materializan en múltiples conflictos nacionales.

Francia desarrolla sentimientos hostiles hacia Alemania a causa de la anexión de Alsacia-Lorena al imperio del Reich; Alemania está descontenta con las decisiones adoptadas por la comunidad internacional en el reparto de los dominios coloniales en África y Asia; Austria y Rusia se enfrentan en los Balcanes como consecuencia de la anexión austriaca de Bosnia-Herzegovina; Alemania e Inglaterra compiten en una carrera de expansión de sus respectivas flotas navales; en general todas las grandes potencias compiten entre sí en el plano económico e industrial.

Las grandes potencias se lanzan a la carrera armamentística a un ritmo nunca visto, dado que el recurso a los cuerpos militares se convierte en este contexto en el principal medio para mantener las posiciones en las relaciones internacionales. El origen de la carrera armamentística no se limita a la dura lucha por los mercados o por las reivindicaciones territoriales y dinásticas, ya que constituye una importante distracción de las luchas internas políticas y sociales.

Los miedos suscitados por la revolución rusa de 1905 y la revolución de los Jóvenes turcos ofrecen a las élites nacionalistas una buena ocasión de reavivar en la opinión pública europea sentimientos antisociales y antidemocráticos, logrando un caldo de cultivo propicio a la retórica belicista, y el 28 de junio de 1914 el atentado de Sarajevo ofrece la ocasión que las insatisfechas Austria y Alemania necesitaban para desencadenar una guerra que según los altos mandos militares de las potencias militares habría de ser rápida y victoriosa, además de inevitable en opinión de muchos. Al contrario, supondría una increíble y absurda carnicería para todos.

El atentado de Sarajevo

El asesinato del heredero al trono austriaco el archiduque Francisco Fernando y su esposa a manos de un estudiante bosnio, Gavrilo Princip, es la chispa que hace estallar la primera guerra mundial.

El atentado de Sarajevo del 28 de junio de 1914 es el último de una serie de actos terroristas de corte anárquico que se habían cobrado muchas víctimas entre los jefes de Estado y los príncipes herederos.

Pero Sarajevo es la sede de la organización irredentista “Unidad o Muerte”, a la que pertenece Princip, ya que Serbia toleraba la presencia de esta y otras organizaciones con el fin de alimentar el sentimiento irredentista eslavo.

Austria no duda en utilizar el atentado como pretexto para hacer frente definitivamente a la amenaza que representa Serbia y el 23 de julio envía a Sarajevo un ultimátum cuyo contenido es tan claramente inaceptable que el conflicto resulta inevitable.

El día 25 de ese mismo mes Serbia, con apoyo de Rusia, proclama una movilización parcial que lleva a que el 28 de julio Austria-Hungría declare la guerra a Serbia.

Se pone en marcha un espantoso mecanismo automático: Rusia ordena la movilización de todas las fuerzas armadas hasta la frontera con Alemania; el Reich alemán envía un ultimátum a Rusia exigiendo la inmediata suspensión de los preparativos bélicos, y otro a Francia imponiéndole la neutralidad. Al no recibir respuesta, Alemania declara la guerra a Rusia el 1 de agosto y a Francia el 3 de agosto, aplicando el Plan Schlieffen que había estudiado durante años los vértices militares y preveía una rápida toma de Francia para después concentrar rápidamente el ejército contra Rusia sin necesidad de combatir en los dos frentes. El plan se basaba en el paso de las tropas alemanas por la neutral Bélgica y en la previsible lentitud del aparato militar ruso. Pero cuando el 4 de agosto las tropas alemanas entran en Bélgica, Inglaterra declara la guerra a Alemania.

De esta manera cae el telón sobre la paz europea.

La batalla del Marne

Una vez concluida la invasión de Bélgica con la rapidez prevista, el ejército alemán, en un impetuoso avance, logra llegar hasta las puertas de París, pero aunque en el curso de la invasión consigue algunas victorias en batallas de cierta consideración, ninguna de ellas resulta decisiva.

La movilización francesa es igualmente rápida y gracias a la inmediata intervención de las fuerzas inglesas el ejército del territorio invadido se reorganiza y toma posiciones a lo largo del curso del río Marne.

El imprevisto ataque ruso en el frente oriental obliga a Alemania a retirar parte de las tropas hacia el este, y el ejército alemán comienza a acusar las consecuencias de un avance demasiado rápido que ha dificultado las comunicaciones entre el frente y la retaguardia. Como consecuencia, algunas divisiones resultan extremadamente vulnerables por falta de refuerzos.

El general Joffre, a la cabeza del ejército francés, decide aprovechar la ocasión y lanza un ataque imprevisto el 5 de septiembre; la batalla se prolonga hasta el 12 de septiembre con pérdidas entre los dos ejércitos de aproximadamente 500.000 hombres, una verdadera masacre.

El frente alemán se retira hacia los ríos Aisne y Somme.

La derrota del Marne marca el declive de la guerra-relámpago y Alemania, contrariamente a las previsiones de sus mejores estrategas, se ve obligada a defenderse en dos frentes. Mientras tanto, Rusia ha organizado su ejército de forma mucho más rápida de lo previsto y la invasión francesa ha fracasado.

El frente europeo se extiende desde el mar del Norte hasta la frontera suiza, con una longitud de 750 kilómetros, transformándose en una larga línea continua de trincheras y fortificaciones. La guerra de trincheras se convierte en una terrible realidad.

El fin del conflicto

La entrada en guerra de los Estados Unidos determina la incontestable superioridad aliada. En agosto de 1918 los alemanes sufren una de las derrotas más duras en la batalla de Amiens, y a principios de septiembre la totalidad de las fuerzas franco-inglesas se lanzan a la batalla en una última gran contraofensiva.

Los alemanes se ven obligados a retirarse de los territorios ocupados y los generales, tras comprender que habían perdido definitivamente la guerra, dejan a los dirigentes políticos la difícil tarea de elaborar un armisticio que se anuncia duro para evitar la responsabilidad de la derrota.

El 29 de septiembre de 1918 un ejército mixto de franceses y serbios fuerza la rendición de Bulgaria penetrando en Macedonia; Turquía pide el armisticio en octubre; al mismo tiempo en el ejército austro-húngaro se asiste a la deserción de las fuerzas checas y húngaras, el ejército italiano lanza la ofensiva de Vittorio Veneto y con la entrada en Trento y en Trieste empuja a Austria al armisticio (3 de noviembre).

En Alemania el ejército está a la deriva; algunas unidades militares siguen el modelo ruso y forman consejos revolucionarios, en Berlín y en Baviera los socialdemócratas organizan fuertes manifestaciones de desacuerdo que obligan al Kaiser Guillermo II a huir a Holanda.

El socialdemócrata Ebert forma entonces un gobierno de transición que elabora los tratados de paz en Rethondes; el 11 de noviembre de 1918 Alemania firma el armisticio.

Las autoridades alemanas aceptan la entrega total del armamento pesado y de la flota, la retirada de las tropas más allá del Reno, la devolución de los prisioneros y la renuncia a los tratados de Brest-Litovsk: Alemania ha perdido la guerra, aunque no ha sufrido ninguna derrota decisiva en las diversas batallas y no ha perdido en batalla ni un kilómetro de su territorio. El hambre y el agotamiento de los recursos han sido el arma invencible ante la cual el Reich ha tenido que capitular.

La guerra de trincheras

La primera guerra mundial es escenario de grandísimas batallas, como la del Somme o la de Verdún, cuyo único resultado es la muerte de centenares de miles de soldados y el avance por parte de uno y otro ejército de sólo unos pocos kilómetros. Ya desde 1915 el frente occidental, que debía ser extremadamente móvil según los planes estratégicos de las potencias implicadas en el conflicto, se convierte en una larguísima línea (750 kilómetros) de trincheras, fortificaciones y cercados con alambre de espino; el frente oriental, por el contrario, debido en parte a la mayor extensión territorial, se mantiene más fluido.

Los mandos militares toman conciencia con evidente lentitud de la nueva situación bélica, y continúan confiando en que se producirán grandes embestidas y grandes ofensivas que resultarían decisivas para la resolución del conflicto.

La guerra de desgaste obliga a una movilización cada vez mayor de recursos humanos e industriales, de tal manera que la genialidad estratégica y la victoria en el campo de batalla ya no tienen el tradicional valor fundamental, relegadas por la nueva capacidad de llevar al frente masas cada vez más imponentes de hombres y de medios para contrarrestar de manera eficaz al equivalente despliegue de fuerzas del adversario. En consecuencia, la guerra ya no está limitada a los frentes ni a los campos de batalla, sino que afecta directamente a la sociedad civil.

Las largas esperas en el fango y los asaltos sangrientos y a menudo suicidas (por el fuego de las metralletas enemigas) llevan a la conquista de unos centenares de metros, mientras que la imposibilidad de huir de los bombardeos de la artillería adversaria y la rígida disciplina que se impone a los soldados provocan frustración y desgaste nervioso entre los combatientes: estas serán sobre todo las características “innovadoras” de la primera guerra mundial de trincheras. Durante el conflicto la insubordinación no afecta sólo a Rusia (aunque la importancia histórica de la revolución rusa no tiene comparación en este periodo), porque la “indisciplina colectiva” es un fenómeno presente en el ejército francés y en el alemán e inevitablemente suscita un recrudecimiento de la disciplina y de los castigos para los desertores.

Las ofensivas decisivas

La primera guerra mundial es principalmente una guerra de trincheras y de desgaste caracterizada por esperas infinitas e imprevistos golpes de mano. Estos ataques inesperados por parte de uno u otro ejército ya no se resuelven a la manera tradicional. La batalla campal (porque a fin de cuentas es de lo que se trata) cambia la tipología de las manifestaciones. La duración de las operaciones, que normalmente no se prolongaban más de un día, se amplía hasta alcanzar meses y meses de masacres, de ataques y contraataques; como por ejemplo las grandes batallas de Verdún y del Somme, libradas entre febrero de 1916 y agosto de 1917. Obviamente el carácter resolutivo de estas inmensas carnicerías es sólo ideológico y no se corresponde con la realidad, pero las batallas juegan un papel muy importante en la moral de las masas obligadas a la inactividad forzada durante meses y meses, y tras los primeros días de combate el pánico y el terror ante tamaña sinrazón se adueñan de la situación.

Durante el conflicto se pueden citar tres grandes batallas terrestres que de un modo u otro tienen mayor peso que otras en la resolución de la guerra: las ya citadas batallas de Verdún y del Somme, y el enfrentamiento de Caporetto.

En el mar el único gran conflicto se disputa frente a las costas de la península de Jutlandia; en él se enfrentan finalmente las dos grandes flotas rivales, la alemana y la inglesa, con resultados similares a los conflictos terrestres. La ausencia de grandes batallas en el frente medio-oriental se explica por el recurso de la Entente a la guerrilla y no a la guerra abierta, como hicieron los pueblos árabes contra el imperio Otomano, entonces ya extinto.

La economía y la producción

La transformación más evidente tras el estallido de la primera guerra mundial guarda relación con la economía de los países implicados: de hecho, el sector industrial debe alimentar la gigantesca máquina bélica de los ejércitos desplegados en el frente. El desarrollo, imprevisto y enorme, afecta a las industrias siderúrgicas, mecánicas y químicas, todas ellas directamente involucradas en la producción de material bélico. Las leyes de mercado se olvidan por completo porque, al ser el Estado el mayor y de hecho el único cliente, la rapidez de la entrega adquiere más importancia que el precio de los productos.

Es, por tanto, inevitable llevar a cabo una reorganización de todo el sistema productivo: el Estado controla sectores industriales enteros, sometiendo a la mano de obra de las fábricas a una disciplina militar. En Alemania el esfuerzo productivo alcanza formas tan exacerbadas que se conoce como “socialismo de guerra”; toda la población participa en el proceso productivo, pero sólo las oligarquías militares e industriales se beneficial del boom industrial de carácter bélico.

La militarización de la economía avanza simultáneamente con la del Estado: los altos mandos militares han reemplazado al poder público porque los regímenes democráticos no pueden tomar decisiones con la suficiente rapidez y confidencialidad, elementos fundamentales en un conflicto de grandes proporciones. El Estado mayor de cada uno de los ejércitos tiene un poder casi absoluto, sobre todo en Alemania, sometida a una especie de dictadura militar de Hinderburg, el jefe de Estado mayor, y de su colaborador Ludendorff. También en Francia y en Inglaterra se producen similares situaciones político-económicas con el poder en manos de Georges Clémenceau y de David Lloyd George respectivamente.

La búsqueda del consenso

La excepcional dimensión del conflicto y el número cada vez mayor de llamamientos que el Estado debe dirigir a los ciudadanos en relación con los recursos económicos y materiales dan lugar a un mecanismo de propaganda bélica increíble y original, dirigido a los soldados en el frente y a la población civil que participa en el régimen de producción militarizada.

La resistencia interna recibe estímulos que favorecen el nacimiento de comités y organizaciones, los muros de las ciudades aparecen cubiertos de manifiestos que celebran la futura derrota del enemigo, la grandeza de la patria o la absoluta necesidad de una guerra de consecuencias cada vez más sangrientas, sin olvidar a los muchachos destacados en el frente, cuya movilización suscita impresionantes manifestaciones de solidaridad.

Se trata de una propaganda aún rudimentaria frente a la que caracteriza la segunda guerra mundial, por ejemplo, pero se trata de una señal inequívoca de la absoluta necesidad del apoyo de la opinión pública en un conflicto de estas dimensiones.

Cuanto más largo y desgastador resulta el conflicto, más necesaria se hace la llamada al consenso, único instrumento capaz de contrarrestar el cansancio que se extiende entre los combatientes y entre los civiles, precursor de peligrosas y desestabilizadoras posiciones pacifistas.

Junto a la propaganda se desarrolla una severísima censura con condenas muy duras para los llamados “derrotistas”.

Tras la derrota de Caporetto el mando militar italiano instituye el Servicio P (Propaganda) que a través de los periódicos que se difunden en las trincheras se ocupa de aportar una justificación ideológica del conflicto (presentándolo como lucha por un orden interno e internacional más justo) y de dar a conocer a los soldados, cuya moral está especialmente baja, las ventajas materiales para el país y sus habitantes que se derivan de una victoria con la institución del eslogan tan eficaz como falso: “¡La tierra para los campesinos!”.

Una guerra mundial

Las dos grandes alianzas que participan en la primera guerra mundial aumentan de tamaño a lo largo de los años de guerra hasta determinar el carácter global de la conflagración.

En 1914 Japón, movido por intereses expansionistas en el Pacífico, declara la guerra a Alemania, mientras Turquía y poco después Bulgaria, que tratan de resarcirse tras las guerras balcánicas, entran en guerra junto a los imperios centrales (Austria y Alemania). La Entente se amplía con la entrada de Rumanía y de Grecia en respuesta a la intervención búlgara y turca, y por último con los Estados Unidos y por ende China, Brasil y otros estados suramericanos bajo su control.

Italia entra en guerra el 24 de mayo de 1915 tras un grave enfrentamiento político-nacional que se resuelve con un golpe de mano del rey Víctor Manuel III de Saboya y los destacados liberales Salandra y Sonnino, que firman en secreto el “pacto de Londres” con los aliados (es preciso recordar que Italia en un primer momento estaba al lado de Alemania y de Austria en la Triple Alianza). Los católicos, los socialistas y gran parte de los liberales pertenecientes a la corriente de Giovanni Giolitti, convencidos de poder obtener de Austria el Trentino y la región de Venezia Giulia mediante negociaciones que un ataque militar comprometería irremediablemente, se oponen a entrar en guerra. Por el contrario, el resto de los liberales, los nacionalistas y los sindicalistas revolucionarios son favorables a la intervención.

Gran Bretaña y Francia confían en la participación decisiva de Italia, pero la falta de preparación logística y técnica de nuestro ejército hace que estas expectativas resulten vanas. En los Balcanes se asiste a continuos cambios de situación con una ventaja de la Alianza tras la entrada en guerra de Bulgaria, seguida inmediatamente por el éxito de la Entente con la ofensiva rusa en los Cárpatos meridionales y la entrada en guerra de Rumanía, que esperaba conquistar Transilvania, junto a la Triple Entente.

En una sucesión de retiradas y nuevas declaraciones de guerra, el conflicto asume poco a poco proporciones cada vez mayores hasta que en 1918 casi todas las principales naciones del mundo están implicadas en la absurda carnicería.

Bloqueo naval y guerra submarina

El control de los mares pronto se convierte en un elemento decisivo para la resolución de la guerra. Los recursos y las provisiones llegaban hasta los ejércitos involucrados en los dos frentes sobre todo desde las colonias; impedir la llegada de estas embarcaciones a su destino suponía mucho más que ganar una importante batalla en el campo. Inglaterra pronto impone un bloqueo naval que poco a poco estrangula a Alemania. La flota inglesa, de gran tradición y prestigio, bloquea el acceso al Mar del Norte y en consecuencia también el abastecimiento de las tropas desplegadas en Centroeuropa. Alemania trata de vencer este bloqueo en varias ocasiones con la flota del Reich, pero apenas consigue hacer mella en la potencia marítima inglesa, como demuestran los resultados de la batalla naval de la península de Jutlandia. En vista de la situación Alemania decide emplear masivamente peligrosos sumergibles para romper el bloqueo inglés. En los primeros años de 1917 los sumergibles alemanes hunden 110.000 toneladas de carga inglesa gracias a su carácter invisible y a la potencia sin precedentes de los impactos que afectan al casco de las naves de abajo arriba.

Los U-boot alemanes alcanzan también naves civiles, y precisamente el hundimiento de una de ellas, la Lusitania, cargada de pasajeros americanos, lleva a la guerra a los Estados Unidos. La marina inglesa no logra desarrollar unidades de defensa eficaces contra los submarinos hasta finales de 1917, momento en que recuperan su potencia y estrechan aún más el bloqueo naval, que en estas fechas es ya inexpugnable. La inferior potencia de la flota alemana y los errores cometidos por los submarinos, como el del Lusitania, resultan ser una de las causas determinantes del fracaso por agotamiento de las fuerzas alemanas.

La nueva guerra terrestre

El carácter de desgaste que adquiere el conflicto desde su primer año hace indispensable el uso de ejércitos cada vez más numerosos, excepcionalmente dotados desde el punto de vista logístico y bien armados. La imprevista duración de la guerra obliga a todas las naciones a llamar a filas a soldados muy jóvenes o a reservistas de edad avanzada con el fin de lograr la movilización general de los recursos humanos.

Al comienzo del conflicto el ejército mejor adiestrado y dirigido es el alemán, con 82 divisiones, de las cuales 31 son de reserva. Por su parte, Austria-Hungría no está en condiciones de organizar un ejército tan imponente debido a la heterogeneidad étnica de su imperio: menos de la cuarta parte de sus hombres son alemanes y sólo la cuarta parte son húngaros; esta composición variada explica en parte la progresiva insubordinación de las tropas eslavas y checas y en consecuencia lleva a la imprevista disgregación de la armada.

El imperio ruso tiene el ejército más imponente en cuanto a recursos humanos movilizados: 85 divisiones de infantería y caballería, 35 de la reserva. Pero se trata de un ejército mal organizado, mal armado y mal equipado, fiel reflejo del retraso económico y social de país.

El ejército francés, aunque está compuesto de 73 divisiones y en consecuencia es numéricamente importante, se encuentra bajo las órdenes de un estado mayor con una visión agresiva de la guerra que manda a masas enteras de hombres a la masacre en batallas tan sangrientas como inútiles.

Por el contrario, Inglaterra tiene un ejército organizado sobre una base de voluntarios con visión estratégica y con un armamento extremadamente moderno gracias a la experiencia militar de la guerra anglo-bóer; además el ejército inglés y el francés incorporan continuamente contingentes coloniales (australianos, indios, neozelandeses), lo que a la larga se revelará como un elemento decisivo para la victoria final.

La aviación

La primera guerra mundial es esencialmente un conflicto de recursos, de capacidades logísticas y de enfrentamientos muy prolongados entre masas enormes de hombres. En este contexto adquieren un especial significado los enfrentamientos aéreos, que parecen inspirados en un concepto caballeresco y tradicional de enfrentamiento. Los “caballeros del aire”, denominación con claros tintes propagandísticos, se enfrentan de forma individual, valiéndose de armas como la destreza, la habilidad y el valor que son sólo un vago recuerdo de las inmensas masacres terrestres.

Si la caballería es un recurso inutilizable ante el fuego mortal de las metralletas, la aviación toma su lugar asumiendo el carácter de arma noble; por este motivo pasan a la leyenda algunos pilotos y sus valientes hazañas. Sirva como ejemplo el piloto alemán Manfred Von Richtofen, más conocido por su título nobiliario y por el color de su Fokker: El “barón rojo”. Este soldado sale victorioso en más de 78 duelos aéreos entre 1916 y 1918, fecha en que resulta finalmente abatido. Por otra parte, también el poeta italiano Gabriele D'Annunzio utiliza el avión para llevar a cabo una de sus empresas más provocativas y famosas: el lanzamiento de octavillas sobre Viena.

Las innovaciones técnicas que se suceden en el curso de la guerra incrementan la importancia de la aviación como arma, pero ésta no llega a convertirse en un elemento decisivo del conflicto. El número de bombas y de armas ligeras que se pueden transportar es en realidad muy limitado todavía y los daños de los bombardeos aéreos, comparados con la devastación que provocarían estos mismos ataques en la segunda guerra mundial, son modestos. A pesar de ello, el impacto psicológico que tiene el uso de la aviación entre los ciudadanos es excepcional, dado que en varios casos la población civil resulta afectada por los ataques. Se inaugura así un tipo de ofensiva que caracterizaría el horrendo conflicto que asolaría Europa apenas treinta años después.

Las nuevas armas

Son muchas las innovaciones bélicas que se experimentan o se emplean por primera vez durante la primera guerra mundial, y afectan más o menos a todos los principales sectores del aparato militar, desde la marina (con los tremendos e invisibles sumergibles) a la aviación (el uso bélico de los aviones se remonta al conflicto italo-turco de 1911-12).

Entre las innovaciones más importantes, sin duda corresponde un puesto de relieve al perfeccionamiento de la ametralladora, protagonista indiscutible de la larga guerra de trincheras. Miles de hombres caen durante sus incursiones, víctimas de las continuas ráfagas de estas máquinas de muerte sumamente fáciles de manejar. Para contrarrestar el fuego de las ametralladoras y las alambradas, las grandes potencias se lanzan al desarrollo de nuevas máquinas bélicas: los carros de combate. Los carros de combate aparecen ya desde el comienzo de la guerra, pero no se producen ni se utilizan a gran escala hasta los últimos meses del conflicto gracias sobre todo a la capacidad previsora de Winston Churchill, que entonces era primer lord del almirantazgo. Los carros, además de ser inmunes a los ataques de la artillería ligera, se pueden mover por terrenos muy accidentados, con grandes agujeros causados por granadas, gracias al deslizamiento de cadenas a cremallera extraordinariamente fuertes.

También se perfeccionan las armas más tradicionales, como fusiles y cañones, con lo que logra mayor precisión de tiro, mayor alcance y mayor velocidad de carga, pero 1915 marca de forma especial el nacimiento de un nuevo y mortífero tipo de guerra: la guerra química. El 25 de abril los franceses destacados en el frente en la región de Ypres, en Bélgica, de pronto ven avanzar hacia ellos una nube de color amarillo verdoso que aumenta progresivamente de tamaño. Mientras aún se preguntan de qué se trata, miles de soldados mueren ahogados, una suerte compartida dos días más tarde por las tropas canadienses destacadas al este de Ypres.

Los primeros caídos a causa de la utilización del gas en la primera guerra mundial alcanzan las 5.000 unidades en cuatro días.

La insurrección bolchevique

La decisión de pasar a la insurrección armada contra el gobierno provisional se adopta el 10 de octubre (calendario ruso) durante la reunión del comité central del partido bolchevique. El artífice de la propuesta es Lenin, apenas regresado del exilio forzado, mientras Kamenev y Zinov'ev, dos de los más respetados dirigentes del partido, expresan su perplejidad y su contrariedad.

La sensación de proximidad de una nueva iniciativa contrarrevolucionaria y la convicción de la inminencia de la revolución mundial, con la adhesión incondicional de los obreros y campesinos al partido bolchevique, inclinan la decisión del comité central en favor del sí. Entre los defensores de la propuesta de Lenin figuran Iósiv Vissariónovich Dzhugachvili (llamado Stalin) y Lev Davídovich Bronstein, llamado Trotski, hasta entonces presidente del Soviet de Petrogrado y responsable de la organización y de la prensa del partido.

Así, nace un comité insurreccional (48 bolcheviques, 14 revolucionarios socialistas de izquierda y 4 anarquistas) que se instala en el instituto Smolnyi, sede del Soviet de Petrogrado; bajo su dirección, en la noche del 6 al 7 de noviembre (24/25 de octubre según el calendario ruso) las tropas revolucionarias ocupan los puntos estratégicos de la ciudad, iniciando la más importante revolución del siglo XX. Kerenski se da a la fuga a bordo de un vehículo de la embajada americana y las tropas revolucionarias avanzan sin encontrar resistencia hasta el Palacio de Invierno, sede del gobierno, donde les esperan un millar de cadetes y un batallón de mujeres. La toma del Palacio de Invierno resulta fácil y la revolución bolchevique triunfa en muy poco tiempo.

La guerra civil

Entre 1918 y 1921 Rusia es escenario de una larga guerra civil que enfrenta al ejército soviético reorganizado por Trotski (comisario general del Ejército Rojo) y los diversos ejércitos “blancos” muchas veces ayudados por los Estados occidentales, contrarios a los principios de la revolución de octubre.

Las operaciones se desarrollan en varias zonas del territorio ruso: entre los Urales y el Volga en 1918 y en el norte de Rusia en 1919. En Siberia el ejército del almirante Kolcak, monárquico y reaccionario, es derrotado a finales de 1919, y en 1920 este mismo almirante es ajusticiado. Las últimas tropas americanas que apoyaban la contrarrevolución en Siberia se retiran a comienzos del mismo año. 1920 es también el año de la derrota definitiva en el Cáucaso del ejército blanco encabezado por Denikin, que había obtenido importantes victorias en los primeros dos años del conflicto.

En Estonia las tropas del general blanco Judenic llegan en 1919 a las puertas de Petrogrado, pero en febrero del ya fatídico 1920 sufren la poderosa contraofensiva soviética. En noviembre es liberada Sebastopol y cae derrotado el ejército del general Wrangler, que ocupaba Crimea. Poco antes, en la primavera, había sido neutralizado el ejército polaco situado en la línea del Dniéper.

La población y los recursos económicos están al límite al cabo de tres años de intensa actividad militar, y los dirigentes revolucionarios ponen en marcha, tan pronto como la guerra concluye definitivamente, la NEP (Nueva Política Económica), una serie de medidas que, aunque los propios dirigentes de los partidos políticos las consideraban un paso atrás, abren pequeños espacios para la iniciativa privada y alivian parcialmente la economía.

Una serie de ataques de apoplejía condenan a Lenin a la inmovilidad en diciembre de 1922 y acaban con su vida en enero de 1924: deja un testamento político en el que insta a los dirigentes soviéticos a no situar a Stalin a la cabeza del Partido bolchevique. Este testamento se mantiene en secreto y Stalin, con un hábil golpe de mano, se alza con el poder, que con él se hace absoluto.

La paz separada

A pesar de la amenaza de represalias por parte de los gobiernos de la Entente si se produce una retirada unilateral del conflicto contra Alemania, dadas las condiciones en que se encuentra el país y la disgregación del ejército, la paz se convierte en el objetivo irrenunciable de las fuerzas revolucionarias soviéticas.

El 3 de marzo de 1918 se estipula el tratado de Brest-Litovsk: se impone a Rusia la cesión de los territorios ocupados por las tropas alemanas, que comprendían un tercio de la población y cerca de la mitad de todas las instalaciones industriales del país. Las condiciones del tratado, que el propio Lenin define como vergonzosas, provocan la ruptura definitiva entre los bolcheviques y los revolucionarios socialistas de izquierda, que tratan de retomar la guerra organizando el asesinato del embajador alemán y un atentado contra Lenin, en el cual el líder bolchevique resulta gravemente herido.

El golpe de estado fracasa y el gobierno tiene que afrontar una serie de enormes dificultades a causa de la devastación provocada por la guerra mundial, del bloqueo económico impuesto por los Aliados como represalia por haber abandonado el conflicto, y de la contrarrevolución interna que desembocará en la guerra civil de 1918-20.

De hecho, las naciones occidentales organizan una intervención militar contra el poder soviético prestando grandes ayudas a los “ejércitos blancos”, las tropas todavía fieles al régimen zarista, por miedo a que la revolución bolchevique se pudiera extender al oeste de los Urales. El ejército rojo, reorganizado por Trotski, repele los diversos intentos de penetración en la zona de Moscú y Petrogrado, e inicia la larga contraofensiva que por fin en 1921 lleva al partido bolchevique a la victoria.

El programa de Lenin

El programa de Lenin era muy simple pero eficaz: la tierra para los campesinos, las fábricas para los obreros, la paz inmediata y el poder a los soviets. Tras formalizar un armisticio con los alemanes (que poco después se transformó en paz) reorganiza Rusia según un modelo que, en su opinión, debe exportarse a todo el mundo. Considera que Rusia es sólo la “primera etapa de la revolución comunista mundial, inexorable y próxima”. Con este fin en 1919 se crea la internacional comunista o Tercera Internacional, dirigida por el partido comunista ruso, destinada a coordinar a escala internacional la acción del proletariado con vistas a la lucha final contra la burguesía y a dar vida donde fuera posible a “partidos comunistas”. La internacional comunista difiere en muchos aspectos de la Segunda Internacional (fundada en París en 1889 y disuelta en 1940), que engloba a los partidos socialistas que permanecían fieles a los métodos democráticos tradicionales y contrarios a la conquista violenta del poder. Lenin transforma completamente la sociedad y el ex imperio zarista asume un nuevo rostro político, social y económico. Queda abolida la propiedad privada de la tierra, que se reparte entre los campesinos a través de los soviets de cada pueblo; instituye el control obrero en las fábricas, y la jornada laboral de ocho horas. Transfiere al estado la propiedad de bancos y medios de transporte. Para dar una base auténticamente democrática a la república socialista se afirma la igualdad de todos los pueblos de Rusia y su derecho a decidir de forma autónoma su propio destino: el estado soviético adquiere un carácter federal (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas: URSS) con capital en Moscú, bajo la constitución promulgada en julio de 1918. El nuevo estado está dirigido por un Soviet Supremo y la dirección política pasa a manos del Comité Central del partido comunista y en particular a su secretario general.

Dal Comunismo de guerra a la NEP

Los años 1918-1921, durante los cuales tuvo lugar la guerra civil, fueron tremendos para el gobierno soviético. La falta de materias primas había bloqueado la producción industrial y el intercambio de productos entre el campo y la ciudad prácticamente había cesado. La destrucción que habían provocado los ejércitos blancos habían dado el golpe de gracia a la economía; se había llegado a un punto en que en Moscú y en las grandes ciudades la ración diaria de comida consistía en unos cientos de gramos de pan. Para garantizar la supervivencia de la población, los bolcheviques habían tenido que recurrir a la fuerza y requisar cereales en los campos para nutrir a las ciudades hambrientas. Toda actividad productiva y comercial se sometía al control estatal y toda la población en condiciones de trabajar se empleaba en trabajos de todo tipo (“comunismo de guerra”). El poder, que formalmente pertenecía todavía a los soviets, se había concentrado en manos del partido socialdemocrático, que en marzo de 1918 había pasado a denominarse “partido comunista bolchevique”. A comienzos de 1921, cuando terminó la guerra, el país se encontraba en condiciones desastrosas. Millones de personas habían muerto de hambre, grandes áreas cultivables parecían desiertos, millones de cabezas de ganado se habían perdido. La calidad y la cantidad de la producción industrial se habían reducido a niveles bajísimos. El descontento se extendía de forma inquietante entre obreros y campesinos. La urgencia de resolver la economía del país llevó a Lenin a adoptar en 1921 una “nueva política económica” (NEP) que restablecía el libre comercio de las pequeñas empresas artesanales y comerciales y la propiedad privada de la tierra, de tal forma que los campesinos podían disponer de cosechas propias. Por el contrario, bancos, medios de transporte, industria pesada y actividades financieras quedaron bajo el control del estado. Lentamente la NEP dio sus frutos. A pesar de que 1921 fue de nuevo un año de carestía, en 1926 concluye la reorganización de la agricultura y la producción industrial se recupera gracias a decenas de miles de pequeños empresarios agrícolas, comerciales e industriales. En el campo sigue existiendo, más fuerte que antes, la clase de los kulaki. Estas concesiones parciales en favor del capitalismo y de la economía basada en la demanda del mercado suponen la relajación de las reticencias de los otros países europeos, muchos de los cuales reconocen la legitimidad del nuevo régimen.

Los precedentes

En los albores del nuevo siglo Rusia se encuentra sumida en una fuerte regresión política, el sistema autocrático impuesto por los sucesores de Alejandro II no está modulado con tendencias constitucionalistas y todo intento de occidentalización es inmediatamente reprimido. El poder de los zemstvo, los órganos de autogobierno local, está muy reducido; la justicia y la educación están controladas casi exclusivamente por el Estado, y se asiste a un proceso de “rusificación” de las minorías nacionalistas y a un recrudecimiento de la represión antisemita.

En estas condiciones, y gracias a la política de Sergej Vitte, ministro de finanzas entre 1892 y 1903 y más tarde primer ministro, Rusia intenta por primera vez dar un paso adelante en el campo de la industrialización. El Estado aumenta sus ayudas a la producción nacional endureciendo el proteccionismo y multiplicando las inversiones públicas, mientras la represión de las reivindicaciones sociales y la contención de los salarios permiten a los inversores extranjeros obtener grandes beneficios. La industrialización rusa es, por tanto, un procedimiento impuesto desde arriba que no lleva al desarrollo de una burguesía empresarial autónoma, y en consecuencia se produce una fuerte concentración industrial en determinadas zonas del país: en Petrogrado, en la zona de Moscú, en los distritos mineros de los Urales y en la región petrolífera de Baku junto al mar Caspio.

Los distritos industriales están aislados en un territorio todavía predominantemente agrícola, creando fuertes divisiones entre la población, que en un 70% continúa dedicada al cultivo de la tierra.

La revolución de febrero de 1917

El Zar Nicolás II se ve obligado a abdicar tras la revuelta de obreros y soldados en Petrogrado el 23 de febrero de 1917.

El gobierno provisional formado por los principales partidos que componen la Duma, octubristas (monárquico-constitucionales) y cadetes, está presidido por el príncipe Georgij E. L'vov; el importante ministerio de justicia se confía al revolucionario socialista Alexsandr Kerenski. El gobierno provisional aborda inmediatamente la construcción de un régimen liberal-parlamentario y la continuación del conflicto contra Alemania. Pero los Soviets, organismos representativos elegidos en las fábricas y en el ejército e integrados por revolucionarios socialistas y mencheviques, adquieren un poder y una relevancia social muy superiores a los del gobierno provisional.

La oposición de los revolucionarios socialistas contra los objetivos imperialistas de la guerra lleva a que en abril las relaciones con el ejecutivo entren en crisis. La discusión sobre la participación socialista en el gobierno asume tonos encendidos en el Soviet mientras en el campo comienza una insurrección de los campesinos contra los grandes terratenientes.

En este estado de cosas Lenin regresa a Rusia con un grupo de dirigentes bolcheviques y en Petrogrado, en medio de una multitud enfervorecida, enuncia las famosas “tesis de abril” (4 de abril): ningún apoyo al gobierno provisional y “todo el poder a los soviets”, confiscación de las tierras de todos los grandes terratenientes, unificación de los bancos, creación de una nueva Internacional para promover y apoyar la revolución en los otros países.

En consecuencia, se hace necesaria la constitución de un segundo gobierno provisional, compuesto casi en un 50% por ministros socialistas. El ministro de la Guerra, Kerenski, desencadena una ofensiva militar desastrosa en Galitzia, lo cual acentúa la disgregación del ejército. La consiguiente movilización de julio en Petrogrado contra la intervención militar es utilizada por los bolcheviques y los revolucionarios socialistas de izquierda para poner en marcha una insurrección. El intento fracasa y el gobierno se lanza a la represión del partido bolchevique: Lenin se ve obligado a trasladarse a Finlandia, Trotski es arrestado y se suspende la publicación del diario “Pravda”.

Kerenski asume la jefatura del gobierno, pero poco después debe hacer frente a un intento de golpe de estado encabezado por el general Kornílov, comandante en jefe del ejército. Kerenski apela a los Soviets y a las organizaciones revolucionarias, se constituye la guardia roja obrera y el avance del ejército contrarrevolucionario resulta obstaculizado por la acción de los trabajadores del ferrocarril que paralizan las líneas férreas. El golpe de estado fracasa y crece el prestigio de los bolcheviques protagonistas de la resistencia: mientras el gobierno provisional atraviesa una profunda crisis, el Soviet de Petrogrado, presidido por Trotski, nuevamente libre, se dispone a encabezar el movimiento revolucionario.

El balance de la guerra

Más de ocho millones de soldados resultaron muertos o desaparecidos durante el conflicto: Rusia (que se retira de la guerra un año antes que las demás naciones) cuenta 1.800.000 muertos, Alemania 1.800.000, Francia 1.400.000, el Imperio Británico 947.000, Italia 650.000, Rumanía 335.000, Turquía 325.000 y los Estados Unidos 115.000, sin contar los más de 20 millones de heridos y mutilados.

En lugar de llevar a una clara supremacía mundial de las potencias europeas, la guerra marca el inicio del declive de Europa en favor de los Estados Unidos. La sociedad europea queda profundamente afectada por la pérdida de hombres y de recursos económicos, y todas las expectativas que se habían creado con la propaganda bélica resultan frustradas al final del conflicto. La posguerra se caracteriza por la crisis económica generalizada, pero también por las crisis institucionales que afectan a los países vencidos (Alemania en primer lugar) y a los vencedores (por ejemplo, Italia, donde ya en 1922 se consolida el fascismo).

En los países colonizados se asiste a una aceleración del proceso de formación de movimientos independentistas gracias al estrechamiento de las relaciones con la “madre patria” durante el conflicto y al nacimiento de las primeras formas de autogobierno; la propaganda adversaria también contribuye a agitar los sentimientos nacionalistas en los países que se habían visto explotados como proveedores de recursos humanos y materiales, como Arabia, de la que Inglaterra se había servido con fines de oposición a Turquía.

Por último, la revolución bolchevique rusa contribuye a encender los ánimos de miles de personas oprimidas por el yugo colonial.

Los tratados de paz

La firma de cinco tratados constituye el resultado de la conferencia de paz de Versalles, en la que participan exclusivamente las potencias vencedoras, que obligan a los países derrotados a ratificar el contenido de los acuerdos.

El tratado de Versalles está firmado por los jefes de gobierno de las cuatro potencias que habían combatido contra los imperios centrales: Inglaterra (Lloyd George), Francia (Clémenceau), Estados Unidos (Wilson) e Italia (Orlando), y suscrito por Alemania. En él se establece que Alemania debe devolver Alsacia y Lorena a Francia; conceder los distritos de Eupen y Malmédy a Bélgica, y Schleswig del Norte a Dinamarca; ceder a Polonia la Alta Silesia, Posnania y una franja de Pomerania (el llamado corredor polaco), que divide Prusia occidental de Prusia oriental y permite a Polonia la salida a la ciudad de Danzica declarada ciudad libre. Alemania, en consecuencia, pierde un octavo de su territorio y la décima parte de su población.

Ulteriores sanciones económicas y militares se añaden a las territoriales: Alemania tiene que pagar 132.000 millones de marcos-oro en treinta años como resarcimiento de los daños de guerra y no podrá tener un ejército superior a 100.000 unidades, que además estará equipado exclusivamente con armas ligeras; además, debe renunciar a la marina de guerra y no podrá construir aviones, carros de combate ni elementos de artillería pesada; por último, debe abolir el servicio militar obligatorio.

Con el tratado de Saint-Germain-en-Laye (10 de septiembre de 1919) se materializa la separación definitiva de Austria y Hungría. La definitiva disolución del imperio Habsburgo conlleva la entrega de Galitzia a Polonia, el límite con Brennero, Trieste e Istria son cedidas a Italia, Eslovaquia y Bohemia se unifican en la República Checoslovaca; Eslovenia, Croacia y Bosnia-Herzegovina se unen a Serbia y Montenegro dando lugar a la Federación de los Eslavos del Sur (Yugoslavia).

El tratado de Trianon del 4 de junio de 1920 obliga a Hungría a ceder todos los territorios eslavos y algunos territorios habitados mayoritariamente por magiares.

El tratado de Neuilly (27 de noviembre de 1919) obliga a Bulgaria a ceder Tracia a Grecia y parte de sus territorios en Macedonia a Yugoslavia.

Con el tratado de Sèvres (11 de abril de 1920), por último, Turquía pierde todos sus territorios, manteniendo sólo Constantinopla y Anatolia septentrional; Smirna pasa a Grecia, e Inglaterra y Francia se reparten el resto del Imperio Otomano.

El proyecto de Wilson

Ya antes del final del conflicto mundial el presidente de los Estados Unidos, T. W. Wilson, había establecido en un famoso discurso los caracteres fundamentales de la Europa post-bélica. Los famosos “catorce puntos” del proyecto de Wilson prevén entre otras cosas el famoso “principio de nacionalidad”. Por primera vez se sitúa en primer plano la necesidad de que en las disputas territoriales se tenga en cuenta la nacionalidad y se respete el derecho de los pueblos a la autodeterminación. La diplomacia pre-bélica estaba basada en criterios completamente diferentes, y esta introducción constituye una auténtica revolución. La compleja composición étnica del continente europeo determina que el principio sea difícil de aplicar, en parte debido a la voluntad, muy extendida entre las potencias que salieron victoriosas de la primera guerra mundial, de castigar a los vencidos, impidiendo la repetición de un conflicto de similares proporciones.

Lo cierto es que los numerosos Estados que nacen como consecuencia de los tratados de paz de 1919-20 respetan en líneas generales el principio de la nacionalidad.

Además, Wilson es el artífice de la creación de la Sociedad de Naciones, un organismo cuya principal función habría de consistir en dirimir por medios diplomáticos y pacíficos las controversias internacionales, permitiendo el respeto de los principios de la justicia internacional. Paradójicamente el senado de los Estados Unidos, de mayoría republicana, vota contra la presencia de los Estados Unidos entre los miembros de la Sociedad de Naciones, lo que la convierte en la práctica en un instrumento político en manos de Francia e Inglaterra, que confirman así su posición dominante en la Europa post-bélica.

El nuevo orden europeo

Los imperios austro-húngaro, alemán, ruso y otomano, pesos pesados de la política europea antes del conflicto mundial, en sólo 4 años de guerra desaparecen literalmente dando lugar a ocho nuevos estados.

Sobre todo Austria experimenta tales cambios que la superficie de su territorio se ve reducida a 85.000 kilómetros cuadrados aproximadamente y su población asciende a sólo seis millones de habitantes, de los cuales uno y medio residen en Viena, una capital que ha quedado desproporcionada respecto de las dimensiones y las necesidades de un estado pequeño.

El tratado de Saint-Germain entre otras cosas prohibía a Austria la unificación con Alemania para crear una gran área alemana, y se encarga a la Sociedad de Naciones que vele por la independencia austriaca.

Nacen Hungría, Yugoslavia y la República Checoslovaca, el imperio otomano queda definitivamente expulsado del territorio europeo, y se reconstituye Polonia.

El nuevo orden mundial fruto de los tratados de paz está caracterizado sobre todo por la contraposición entre las potencias occidentales y Rusia, que se ha convertido en sinónimo de peligro revolucionario para las democracias burguesas y las monarquías europeas.

La Entente no reconoce el tratado de Brest-Litovsk, pero se niega a devolver a Rusia los territorios que ésta se había visto obligada a ceder a Alemania. Esta actitud determina el nacimiento de las repúblicas independientes de Finlandia, Letonia, Estonia y Lituania, que junto a Polonia y Rumanía son desde el primer momento hostiles al nuevo estado soviético. Estas naciones forman una estrecha banda de estados colchón en torno a Rusia, para impedir la difusión en Europa de la revolución bolchevique.

Resulta en consecuencia una especie de cordón sanitario destinado a bloquear las pretensiones expansionistas del nuevo Estado. La fragilidad del nuevo orden mundial así determinado lleva en breve al nacimiento de fuertes sentimientos de resaca y de nuevas aspiraciones imperiales que llevan a una nueva y dramática guerra mundial al cabo de sólo treinta años.

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