Pierre Bourdieu

Sociología. Sociólogos franceses contemporáneos. Vida y obra. Influencias. Pensamiento. Estructuras mentales. Habitus. La distinción

  • Enviado por: Esterinha
  • Idioma: castellano
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PERFIL INTELECTUAL DE PIERRE BOURDIEU

Pierre Bourdieu nació en 1930 en Denguin (Francia), estudió en distintos liceos y en la École Normale Supérieure, ha sido profesor ayudante de distintas facultades de Filosofía y Letras (Argel, París, Lille), dirigió desde 1975 la revista Actes de la recherche en sciences sociales y ocupaba la cátedra de Sociología del College de France desde 1981 hasta su reciente defunción hace un año, en 2002.

Asistió a las clases del antropólogo Lèvi Strauss en el Collège de France y trabajó como ayudante del sociólogo Raymond Aron.

Influido esencialmente por el estructuralismo y el marxismo (teoría de la reificación), pero también por el psicoanálisis y por diversos trabajos sobre el simbolismo, forjó en el terreno de la sociología una línea de pensamiento original y en permanente desarrollo a lo largo de 3 décadas.

También se ha visto influido por Durkheim y Weber mediante la aplicación rigurosa de un relacionismo metodológico, empleado también por Levi-Strauss o Jakobson, pero se opone a los encasillamientos de los términos “weberiano”, o “durheimiano”.

Se le considera estructuralista pero llega a la conclusión de que el estructuralismo tenía tantas limitaciones como el existencialismo, él quería integrar el estructuralismo de Claude Lévi Strauss con al menos una parte del existencialismo de Jean- Paul Sartre. Es a partir del diálogo con estos dos pensadores como se han ido formando sus ideas.

Bourdieu se orientó siempre en una búsqueda destinada a superar las viejas contradicciones que ponían freno al desarrollo de la sociología, su intención era construir una “ciencia social total” como superación del metodologismo, siempre dispuesto a separar el método científico de las reflexiones que le incumben, tanto como de la "teoría teoricista", con su aberración por la investigación empírica, incapaz de trascender el antagonismo entre modos de conocer objetivistas y subjetivistas, entre el análisis de lo simbólico y lo material, y el problema —más grave aún— del divorcio entre teoría y metodología científica.

Bourdieu desea superar la oposición entre objetivismo y subjetivismo, hay una oposición absurda entre el individuo y la sociedad. Los objetivistas ignoran la acción y el agente, y Bourdieu se muestra a favor de una perspectiva estructuralista que no pierde de vista al agente. Se centra en la relación dialéctica entre las estructuras objetivas y los fenómenos subjetivos.

Para evitar el dilema objetivista- subjetivista, Bourdieu se centra en la práctica, considerada por él como el producto de la relación dialéctica entre la acción y la estructura. Su interés por la dialéctica entre la estructura y el modo en que las personas construyen la realidad social se refleja en la denominación que da Bourdieu a su propia orientación: “estructuralismo genético”: “el análisis de las estructuras objetivas, en diferentes campos, es inseparable del análisis del génesis, en los individuos biológicos, de las estructuras mentales que son, hasta cierto punto, el producto de la incorporación de las estructuras sociales”.

    No se trata, sin embargo, de una simple meditación del sujeto sobre sí; la reflexión debe orientarse, más bien, hacia ese espacio complejo de conflictos y competencia en el que se desarrolla la tarea específica del científico social.

Afirma que las estructuras también existen en el mundo social. Cree que las estructuras objetivas son independientes de la conciencia y la voluntad de los agentes, adopta una posición constructivista que le permite analizar la génesis de los esquemas de percepción, pensamiento y acción, así como de las estructuras sociales.

Se esfuerza por vincular el estructuralismo y el constructivismo, hay en su trabajo un sesgo hacia el estructuralismo, por lo que se le ha considerado un postestructuralista. En su obra se percibe más continuidad con estructuralismo que con el constructivismo. El constructivismo de Bourdieu ignora la subjetividad y la intencionalidad. Cree importante el modo en que las personas perciben y construyen el mundo social.

Su interés primordial se sitúa entre las estructuras sociales y las estructuras mentales. Paradigmáticos de esa apuesta epistemológica son dos conceptos acuñados por Bourdieu, en los que se apoya en cierto modo su teoría: campo y hábitus.

El concepto central mediante el cual puede hacerse patente la dinámica de la vida social, el de habitus, puede dar, en cierta forma, respuesta a una interrogante que atraviesa la reflexión sociológica desde sus orígenes: ¿por qué la vida social es tan regular? Podemos contestar que es el habitus, en tanto que mecanismo estructurador, lo que permite responder a las demandas del campo de manera coherente. Mediante la internalización, desde la infancia, de la multiplicidad de estructuras externas inherentes a un sistema concreto de relaciones sociales, se genera una "lógica práctica" que permite "preconocer" e interpretar las respuestas que se esperan del sujeto en cada caso. No hay que sobrestimar, sin embargo, el papel de las estructuras externas en la conformación de ese habitus; no determinan por sí solas las actitudes de los receptores, aunque proveen, de un esquema básico de percepción y pensamiento para la acción. El habitus, si bien es generado por estructuras objetivas, opera desde el interior estableciendo relaciones de sentido no conscientes. Las necesidades y gustos son, en definitiva, el reflejo de la coherencia de elecciones que genera un habitus, formas de elegir -paradójicamente- determinadas.

El habitus incluye las estructuras mentales cognitivas mediante las cuales las personas manejan el mundo social. Un habitus se adquiere como resultado de la ocupación duradera de una posición dentro del mundo social. El habitus varía en función de la naturaleza de la posición que ocupa la persona en ese mundo. Los que tienen la misma posición suelen tener habitus parecidos.

El habitus engendra unas representaciones y unas prácticas que están siempre más ajustadas de lo que parece a las condiciones objetivas de las que son producto. Tu propio habitus te condiciona con respecto a la gente con la que te vas a relacionar.

El habitus es transferible de un campo a otro. Pero cuando a una persona con un habitus determinado se le desarraiga de sus costumbres y se le imponen otras impropias para su habitus se produce el fenómeno de la Hysteresis, el ejemplo que nos da el libro de Ritzer es que a una persona que lleva una vida agrícola en una sociedad precapitalista, por ejemplo, resulta llevada a trabajar a Wall Street. Tu habitus no te permite afrontar la vida que se te presenta.

El habitus produce el mundo social y es producido por él. Es una estructura que estructura el mundo social. El habitus sugiere lo que las personas deben pensar y lo que deben decidir hacer, pero no determina las elecciones de las personas. Existe una lógica dentro de las acciones de las personas, incluso cuando no se comportan de manera racional, esto es la “lógica de la práctica” que mencionábamos antes, y puede mantener una multiplicidad de significados confusos y lógicamente contradictorios, es “politética”, pero el contexto predominante de su funcionamiento es práctico. El habitus no es una estructura fija e inalterable, lo adaptan los individuos.

Habitus es el concepto que permite articular lo individual y lo social, las estructuras internas de la subjetividad y las estructuras objetivas que constituyen el ambiente, esto es, las llamadas condiciones materiales de la existencia. Al mismo tiempo, este concepto permite comprender que estas estructuras subjetivas y objetivas, lejos de ser extrañas por naturaleza, son dos estados de la misma realidad, de la misma historia colectiva que se deposita o inscribe a la vez en los cuerpos y en las cosas.

Como sistema de disposiciones para actuar, percibir, sentir y pensar de una cierta manera, interiorizadas e incorporadas por los individuos a lo largo de su historia, el habitus se manifiesta  por el sentido práctico, es decir, por la aptitud para moverse y orientarse en la situación en la que se está implicado y esto sin recurrir a la reflexión consciente, gracias a las disposiciones adquiridas que funcionan como automatismos.

El concepto de habitus se diferencia de la noción de costumbre; mientras esta última se caracteriza por la repetición, el mecanicismo, el automatismo, el habitus se caracteriza por su poder generador de nuevas prácticas.

El siguiente concepto a analizar es el de campo: la teoría del campo constituye el supuesto teórico y punto de partida de todas sus investigaciones sociológicas, y es a la vez mediador entre lo individual y lo social, entre estructura y superestructura. En toda sociedad moderna diferenciada, la vida social se representa en campos que funcionan con verdadera independencia y que operan como un sistema estructurado de fuerzas objetivas. Según la esfera en la que esta configuración relacional de individuos e instituciones se desenvuelve, podemos hablar de campo político, intelectual, económico, etcétera. Es la red de relaciones entre las posiciones objetivas que hay en él. Estas relaciones existen separadas de la conciencia y la voluntad colectiva.

El campo es un tipo de mercado competitivo en el que se emplean y despliegan varios tipos de capital. Sin embargo, es el campo del poder (político) es más importante; la jerarquía de las relaciones de poder dentro del campo de la política sirven para estructurar los demás campos.

El análisis sociológico, consiste, precisamente, en el estudio de la dinámica interna de cada campo, así como de las relaciones que entre esos campos se establecen. Es, por otra parte, en la teoría de los campos donde se hace más transparente la influencia del estructuralismo y el marxismo en este autor, si pensamos que un campo es por un lado un sistema estructurado, y por otro que está constituido por dos elementos: un capital común y la lucha por su apropiación. Respecto del marxismo tradicional, hay un giro desde la visión puramente economicista a otra más bien simbolista; en cuanto al estructuralismo clásico, hay en la teoría de los campos un excedente de dinamismo y plasticidad histórica que marcan la diferencia.

Bourdieu define los campos sociales como espacios de juego históricamente constituidos, con sus instituciones específicas y sus leyes de funcionamiento propias; son espacios estructurados de posiciones, las cuales son producto de la distribución inequitativa de ciertos bienes (capital) capaces de conferir poder a quien los posee. 

Hay una amplia diversidad de campos y subcampos que funcionan con una lógica específica pero que a su vez comparten un conjunto de leyes generales, válidas para todos. Cada campo específico se define a partir del capital que en él está en juego. El capital puede definirse como un conjunto de bienes acumulados que se producen, se distribuyen, se consumen, se invierten, se pierden.

Un campo puede ser económico, cultural, social o simbólico. Dentro de estas categorías hay una gran variedad de subcampos; por ejemplo, dentro del campo cultural existe el arte - a su vez dentro de él el subcampo de la literatura, la música, el cine, etc. - y está también el campo científico - y dentro de él, el subcampo de las ciencias sociales, el de las ciencias naturales, el lingüístico, etc.

Históricamente pueden surgir nuevas especies de bienes que sean valorados y reconocidos socialmente y que, por lo tanto, den origen a un capital específico y a un nuevo campo de lucha; por ejemplo, dentro del campo cultural, el campo de la tecnología (cine...) es de formación “reciente”. Del mismo modo, determinados campos pueden dejar de existir o se puede modificar su lugar en la jerarquía de los campos, se pueden volver dominantes sobre otros o perder valor. Por ejemplo, el campo religioso ha ido perdiendo a partir de la modernidad su capacidad de dominar otros campos culturales como el educativo o el artístico. Los campos son modificables tanto en el tiempo como en jerarquía.

El habitus existe en la mente de los actores, los campos existen fuera de sus mentes.

Se realizan tres pasos necesarios para analizar un campo: identificar la relación del campo que se estudia con el campo político; trazar la estructura objetiva de las relaciones entre las posiciones dentro del campo; y determinar la naturaleza del habitus de los agentes que ocupan los diversos tipos de posiciones dentro del campo. Las posiciones de los diversos agentes dentro del campo dependen de la cantidad y peso relativo del capital que poseen. El capital nos permite controlar nuestro destino y el de los demás. Los tipos de capital que hay son: el capital económico, el capital cultural que son los conocimientos legítimos, el capital social: relaciones sociales valoradas entre las personas y el capital simbólico: el honor y el prestigio de las personas.

Bourdieu considera el Estado como el lugar de la lucha por el monopolio de, en sus términos, la violencia simbólica. Es una forma suave de violencia que se practica mediante mecanismos culturales y difiere de las formas de control social más directas en las que suelen centrarse los sociólogos. El sistema educativo, por ejemplo. El lenguaje, los significados, el sistema simbólico de los que están en el poder se impone al resto de la población.

A Bourdieu le interesa la emancipación de las personas de la violencia y, en general, de la dominación política y de clase.

Rechaza la división entre los individualistas y los holistas metodológicos y adopta una posición que recientemente ha recibido la denominación de “relacionismo metodológico”. La preocupación central es la relación entre habitus y campo. Cree que esta relación opera en dos direcciones: por un lado el campo condiciona al habitus y por otro, el habitus constituye el campo como algo significativo, con sentido y valor.

En “La Distinción” aplica la teoría del habitus y el campo: examina las preferencias estéticas de diferentes grupos sociales. Intenta demostrar que la cultura puede ser un objeto legítimo de estudio científico. Las preferencias culturales de los diversos grupos de la sociedad constituyen sistemas coherentes. El gusto es también una práctica que sirve, entre otras cosas, para dar al individuo una percepción de su lugar en el orden social. El gusto sirve para unificar a los que tienen preferencias similares y para diferenciarlos de los que tienen gustos diferentes.

Identifica dos campos interrelacionados: las relaciones de clase y las relaciones culturales. Las acciones que emprenden los agentes que ocupan posiciones específicas se rigen por la estructura del campo, la naturaleza de las posiciones y los intereses relacionados con ellas. Sin embargo, el juego también implica el autoposicionamiento y el uso de una amplia gama de estrategias que permiten obtener ventajas. El gusto representa una oportunidad para experimentar y reafirmar la posición de una persona dentro del campo. Pero el campo de la clase social influye profundamente en la capacidad de esa persona para jugar ese juego, los que pertenecen a clases altas tienen más capacidad para lograr que se acepten sus gustos y para oponerse a los gustos de los que pertenecen a las clases bajas.

También vincula el gusto con el habitus. Los gustos dependen más de estas disposiciones profundamente arraigadas y duraderas que de las opiniones y las verbalizaciones superficiales. Las preferencias de la gente en cuanto a aspectos mundanos (ropa, decoración del hogar...) dependen de su habitus. Esto forja la unidad inconsciente de una clase.

Las prácticas culturales se establecen a partir de la relación entre el habitus y el campo, y todas las prácticas en general.

La apropiación de ciertos bienes culturales proporcionan una ventaja en cuanto a la distinción se refiere.

No trata de afirmar la teoría del consumo de Thorstein Veblen “la búsqueda motriz de la conducta humana es la búsqueda de distinción” en su “Teoría de la clase ociosa” pero sí afirma que los gustos difieren entre unos y otros dependiendo de su clase social.

Los cambios en los bienes culturales conducen a alteraciones en los gustos, pero los cambios en los gustos también suelen introducir transformaciones en los productos culturales. La estructura del campo no sólo condiciona el deseo de bienes culturales por parte de los consumidores, sino que también estructura lo que los productores crean para satisfacer esas demandas.

El núcleo de las luchas por el gusto se basa en el sistema de clases. Son las oposiciones en la lucha de clases las que condicionan las oposiciones en el gusto y el habitus.

El avance del dominio del mundo intelectual por los especialistas en las ciencias humanas, fenómeno que encuentra su momento de auge en los años sesenta y que se organiza en torno de la lingüística, ha producido lo que Bourdieu llamó en su Homo academicus el efecto "logia", consistente en el esfuerzo de los filósofos por adoptar los métodos y la apariencia de cientificidad de las ciencias sociales, manteniendo su condición de "librepensadores", y que ha dado lugar a creaciones como la arqueología de Foucault, la gramatología de Derrida o el intento de los althusserianos de hacer una lectura "científica" de Marx.

En “Homo Academicus” Bourdieu aplica su teoría al campo de la universidad, los diferentes campos académicos, sus correspondientes habitus y la lucha entre ellos. Pretende vincular el campo académico y lo que ocurre en él con el campo más extenso del poder.

La academia es una jerarquía social y cultural gobernada por el capital cultural que se deriva de la autoridad científica o del renombre intelectual.

También analiza la relación entre los alumnos, los profesores y los subordinados, o aprendices, y su comportamiento en la revolución.

Su investigación y su teoría son inseparables por lo que no le agrada que le coloquen el adjetivo exlusivo de teórico.

La naturaleza de las relaciones reales entre los campos es siempre una cuestión empírica, y la naturaleza del habitus cambia cuando se alteran las circunstancias históricas, está ligado a la estructura y a la historia de un campo.

La Distinción (1979)

Criterio y bases sociales del gusto

En este libro Bourdieu realiza un análisis de la realidad social basado en el gusto como capacidad de elección con los bienes culturales como protagonistas, y su influencia en la diferenciación de las personas en clases.

La dinámica de los campos:

En esta obra recoge los bienes culturales así como la pintura, la literatura, la escultura... en definitiva: el arte, como los elementos más acertados para expresar las diferencias sociales. Pero ésto no es algo reciente, en la sociedad de los siglos XVI y XVII la jerarquía del gusto se imponía sobremanera y la oposición entre lo vulgar y lo noble era una preocupación principal, que distinguía las clases sociales relacionando lo vulgar con la clase social más baja y viceversa. De hecho, la manera en que los “distinguidos” huían de los “no distinguidos” era más exagerada que en la actualidad, por este motivo, entre otros, la diferencia entre clases era tan grande.

Los bienes culturales son los instrumentos de apropiación simbólica, que dotan al que los posee de una singularidad y elegancia especial que les sitúa por encima de los que no los poseen. Los propietarios de estos instrumentos desean creer que únicamente su dimensión económica es la que proporciona su singularidad a los bienes culturales. Comparan apropiación simbólica con participación mística en un bien común: el arte, cuando en muchas ocasiones no se trata de apreciar el bien cultural como tal, sino que mide su valor en tanto que aporta distinción.

Las obras culturales constituyen el objeto de una apropiación exclusiva, no están dispuestas universalmente aunque pueda parecer lo contrario porque existe la insalvable diferencia económica y al funcionar como capital cultural aseguran un beneficio de distinción, no basta con poseer la riqueza, hay que tener también buen gusto al elegir.

El beneficio simbólico que proporciona la adquisición de arte se mide en la distinción que aporta. Las obras culturales están sutilmente jerarquizadas para marcar los grados de distinción que hay. Suele suceder que a mayor precio el bien cultural, mayor es también el beneficio simbólico porque más distinción genera.

Para analizar la dinámica social es necesario comprender el campo como el lugar en el cual se juegan las posiciones relativas que ocupan los distintos grupos o clases y las relaciones que entre los mismos se establecen y, al mismo tiempo, comprender las formas de conformación de la subjetividad, es decir, la constitución del habitus.

La correspondencia entre la producción de los bienes y la producción de los gustos:

El ajuste de la oferta y la demanda de bienes culturales no es el efecto de la imposición que ejercería la producción sobre el consumo en un mercado de libre competencia, sino el resultado del concierto objetivo de dos lógicas independientes: la lógica de los campos de producción y la del campo de consumo. La más o menos perfecta homología entre los campos de producción en los que se elaboran los productos y los campos en los que se determinan los gustos hace que los productos elaborados encuentren la demanda por parte de las diferentes clases. Al final todos los productos encuentran su salida al mercado.

Existe un universo de posibles en el que se nos ofrece la multitud de opciones de bienes culturales existentes, esto es el campo de producción, la oferta entre la cual se puede seleccionar el rasgo estilístico distintivo constitutivo del estilo de vida.

Los gustos dependen del estado del sistema de los bienes ofrecidos, cualquier cambio del sistema de los bienes ocasiona un cambio de los gustos, y a la inversa, todo cambio de los gustos resultante de una transformación de las condiciones de existencia conduce a una transformación del campo de producción.

Sobre este tema Bourdieu hace un apunte más tarde que me parece relevante destacar: en cuanto a los cambios en el campo de los gustos generalmente es la clase social “distinguida” la que por medio de la introducción de extravagantes transformaciones a lo existente junto con el paso del tiempo deja de ser extravagante para convertirse en moda.

Es paradójica la viceversa, porque cuando sucede al contrario el cambio tarda mucho más tiempo en ser admitido, y las transformaciones han de ser más suaves y paulatinas si el individuo o grupo que quiere crear la “nueva moda” pretende evitar la situación de marginación a la que se ve avocado. En la práctica lo que sucede es que la moda que surge del pueblo (los “no distinguidos”) son pequeños cambios en base a las aportaciones que hacen grupos marginales, más atrevidos, o copiados directamente o adaptados de las clases sociales más altas.

Las oposiciones que se organizan en el campo de las clases sociales (ricos/ pobres) son homólogas entre sí y la relación entre los productos y las clases de consumidores se realiza por mediación del sentido de la homología entre unos bienes y unos grupos que define el gusto. Quiere decir que para cada clase social hay un gusto homólogo, que le corresponde, sin necesidad de que sean las clases sociales con las fronteras actualmente establecidas sino que la diferencia entre los gustos diferencia a las personas y las “enclasa” dentro de un grupo diferente del resto.

La lógica del funcionamiento de los campos de producción de bienes culturales y las estrategias de distinción que se encuentran en la base de su dinámica hacen que los productos, ya se trate de creaciones de moda o de novelas, estén predispuestos para funcionar diferencialmente, como instrumentos de distinción.

Es la lógica de las homologías lo que hace que las obras estén ajustadas a las expectativas de su público. Así hay productos de todo tipo, cada uno en consonancia con el gusto de su grupo homólogo.

El sentido social encuentra sus puntos de referencia en el sistema de signos que cada cuerpo lleva consigo (vestido, pronunciación, maneras de hablar y comportarse...) y que, registrados de forma inconsciente, constituyen el fundamento de las antipatías o de las simpatías que producen en la gente, son las afinidades electivas.

La búsqueda de las afinidades electivas en los “grupos primarios” es un conjunto de actos de conocimiento de los otros mediante las cuales un habitus se asegura de su afinidad con otros habitus. Esto significa que el gusto es también lo que empareja y une personas y cosas que se convienen mutuamente.

Se comprende así la sorprendente armonía de las parejas normales que, entendiéndose bien desde su origen, se entienden cada vez mejor según se conocen más. Este reconocimiento del habitus por el habitus constituye la base de las afinidades inmediatas que orientan los encuentros sociales, desalentando las relaciones socialmente discordantes y alentando las relaciones armónicas, sin que estas operaciones tengan nunca que formularse de otra manera que no sea la del lenguaje socialmente inocente de la simpatía y la antipatía. Automáticamente descartamos a las personas que no se hallan dentro de nuestra “clase de gusto”, lo cual me parece un poco exagerado ya que no considera la movilidad entre clases sociales, y la apertura de mente que te haga tolerar otra conducta, u otras afinidades distintas a las tuyas. En este tema Bourdieu se muestra un poco cerrado al pensar que no pueden desarrollarse simpatías por alguien que no se halle dentro de tu círculo social. Que las relaciones sólo son armónicas cuando tienes ciertas cosas en común es cierto, pero limitar estas afinidades al gusto o la distinción no. En cambio en las relaciones de pareja los gustos sí deben ser más similares, porque son más ámbitos en los que se convive. Cito textualmente a Bourdieu: “dos personas no pueden darse mejor prueba de la afinidad de sus gustos que el gusto que tienen la una por la otra. Los que se aman se sienten “justificados de existir”, están hechos el uno para el otro.” Es la teoría del gusto llevada al romanticismo.

Las luchas simbólicas:

Las luchas de clases son relaciones de poder en las que se utiliza un tipo de violencia que no es física, se trata de la violencia simbólica.

Las diferencias mismas que pueden establecerse entre grupos o clases se desplazan en la teoría de Bourdieu desde una posición marxista clásica que acentúa las relaciones de producción y propiedad, hacia otra nueva y original que destaca el matiz simbólico del consumo. Las relaciones económicas se hallan fuertemente relacionadas con otras formas de poder que se desarrollan en la esfera de lo simbólico: la reproducción y la diferenciación. La noción de violencia simbólica, desempeña un papel fundamental en la teoría a la hora de explicar el fenómeno de la dominación en general, y específicamente los casos de la dominación de clase en las sociedades avanzadas o de una nación sobre otra en el contexto de la política internacional. Es, además, una noción inquietante y polémica por definición, ya que esta clase especial de violencia se ejerce sobre un agente con el consentimiento de éste. Aquí consentimiento significa desconocimiento; se acepta una violencia que se desconoce como tal. Así vive el sujeto en la aceptación de creencia del mundo "tal como es", un mundo social en el que ha nacido y que por ello le resulta evidente, y del que acepta ciertos postulados y axiomas que no cuestiona. De todas las formas de "persuasión clandestina" —afirma Bourdieu—, la más implacable es "el orden de las cosas".

Afirma Bourdieu que si para escapar a la ilusión subjetivista que reduce el espacio social al espacio coyuntural de las interacciones, es preciso construir, como se ha hecho, el espacio social en tanto que espacio objetivo, al tratar los hechos sociales como cosas, reifica lo que describe. Aquí se deja ver la influencia de Marx por el término “reificar”.

La estructura de las relaciones de clase es lo que se obtiene al fijar el campo de las luchas entre las clases: la fuerza relativa que los individuos pueden comprometer en esa lucha, o en otros términos, la distribución en el momento considerado de las diferentes especies de capital, define la estructura de ese campo; pero en compensación, la fuerza de que disponen los individuos depende del estado de la lucha con respecto a la definición de la apuesta de la lucha.

Allí donde las clases populares, reducidas a los bienes y virtudes de “primera necesidad” reivindican valores normales, las clases medias, ya más liberadas de la urgencia, desean cualidades más elaboradas. En una de las encuestas que aparecen en el libro, Pierre Bourdieu analiza los adjetivos que emplean los ciudadanos al referirse a su hogar, y pregunta las cualidades que les parecen más importantes. Y el estudio demuestra que la proporción de las elecciones que acentúan unas propiedades propiamente estéticas aumenta a medida que se va subiendo en la jerarquía social.

Los individuos de clases bajas dan importancia a valores como limpieza, la facilidad del mantenimiento y la practicidad, mientras que los trabajadores de profesiones libres o grandes empresarios dan importancia a la confortabilidad, la armonía, o la intimidad de su vivienda. Los valores que son elementales para las familias obreras, las clases altas los relegan a un segundo plano, porque los tienen desde hace mucho tiempo y por consiguiente les parecen completamente naturales. Bajando aún más en la escala social una familia obrera valorará la limpieza de su hogar pero ni cuestionará la característica de la potabilidad del agua corriente, en cambio el sector más pobre de la población que duerme en la calle tomaría esta comodidad en la vivienda como un lujo inalcanzable. Los bienes son diferentes según quién los valore. Apreciamos con estos ejemplo cómo la costumbre quita valor a las posesiones.

Los gustos obedecen así a una especie de ley de Engel generalizada (de acuerdo con la ley de Engel, el porcentaje de presupuesto familiar destinado a gasto en alimentación disminuye a medida que aumenta la renta): a cada nivel de la distribución, lo que es especial y constituye un lujo inaccesible o una fantasía absurda para los ocupantes del nivel anterior o inferior, se vuelve trivial y común, y se encuentra relegado al orden de lo que se da por normal debido a la aparición de nuevos consumos, más especiales y más distintivos.

Además aquellos a los que se considera distinguidos tienen el privilegio de no tener que preocuparse de su distinción, su “sentido de la distinción” les aleja de todo lo que es común.

La dinámica del campo en la que los bienes culturales se producen encuentra su principio en las estrategias en las que se engendran su singularidad y la creencia en su valor, y que concurren a la realización de esos efectos objetivos mediante la misma competencia que los contraponen: la “distinción”, o mejor, la “clase”.

La cultura es una apuesta que, como todas las apuestas sociales, supone e impone a la vez que se entre en el juego y que se tome gusto al juego. El valor de la cultura se engendra en la inversión originaria que implica el mismo hecho de entrar en el juego. La oposición entre lo “auténtico” y lo “imitado”, la “verdadera cultura” y la “vulgarización”.

En esas luchas entre adversarios objetivamente cómplices es donde se engendra la creencia en el valor de la cultura.

La lucha a su vez produce así los efectos propios para disimular la propia existencia de la lucha. Las luchas simbólicas entre las clases no tiene ninguna posibilidad de manifestarse ni de organizarse como tales, pasan desapercibidas por el hecho de que nadie se plantea su existencia. Las luchas de clases existen por la diferencia de status, pero la distinción no es motivo suficiente.

Las clases dominadas sólo intervienen a título de punto de referencia pasivo, de contraste, en las luchas simbólicas por la apropiación de las propiedades distintivas. Las clases altas sirven de modelo para los pretenciosos.

La naturaleza contra la cual se construye en este caso la cultura no es otra cosa que todo lo que es “pueblo”, popular, vulgo... en definitiva: común. Aquel que quiere promocionar socialmente debe pagar su acceso con un verdadero cambio de naturaleza. Las luchas en las que lo que se encuentra en juego es todo lo que constituye el poder simbólico como poder reconocido, no conciernen más que a los poseedores “distinguidos” y a los pretendientes “pretenciosos”.

La realidad del mundo social está parcialmente en juego en las luchas que enfrentan a los agentes a propósito de la representación de su posición en el mundo social, y en este mundo, en consecuencia.

Cuando se pasa de la clase obrera a la pequeña burguesía, las clases medias toman partido por lo simbólico. Su preocupación por el parecer, disfrazada a veces de arrogancia y usurpación de identidad social que consiste en adelantar el ser mediante el parecer, en apropiarse de las apariencias para tener la realidad.

El pequeño burgués es aquél que, condenado a todas las contradicciones entre una condición objetivamente dominada y una participación en intención y en voluntad en los valores dominantes, está obsesionado por la apariencia que muestra al otro y por el juicio que el otro tiene sobre su apariencia. Por el contrario, los miembros de las clases privilegiadas, seguros de su ser, pueden desinteresarse del parecer.

El pequeño burgués pretencioso que busca la distinción es el componente más esclavizado de los que estamos analizando. El que tiene el gusto entre lo común comparte con sus homólogos a parte del gusto, las inquietudes, por lo menos es libre de actuar naturalmente; el que tiene el gusto entre lo distinguido lo encuentra de manera natural porque es así como se ha educado desde niño. Es el que se encuentra en el medio, nacido entre lo común pero con aspiraciones distinguidas el que vive esclavizado por la apariencia, excesivamente esforzado por , primero seleccionar entre lo que es distinguido y lo que no, a parte de tener pagar los gustos que se consideran distinguidos, preocupado continuamente no sólo por el “qué dirán” sino mayormente por el “qué pensarán” los que se hallan naturalmente entre los distinguidos... son las víctimas de la violencia simbólica en la lucha por la distinción.

Pero según la opinión de Bourdieu el lugar por excelencia de las luchas simbólicas, es la propia clase dominante. Las fracciones dominadas tienen la iniciativa y la soberanía para organizarse según unas oposiciones casi superponibles a las que la visión dominante establece ente la clase dominante y las clases dominadas: de un lado la libertad, el desinterés, la “pureza” de los gustos sublimados, la salvación en el más allá, etc. Del otro la necesidad, el interés , la bajeza de las satisfacciones materiales, la salvación en este mundo. Aunque este comentario de Bourdieu me parece un tanto alejado de la realidad, “las fracciones dominadas tienen la iniciativa y la soberanía”, quizá por el mayor número de individuos, no por el poder que detentan. Lamentablemente en la sociedad actual aún no se ha llegado al punto de democracia máximo que sería condición indispensable para alcanzar el estado que describe Bourdieu.

Las estrategias que los intelectuales y los artistas producen contra los “burgueses” tienden a tener doble efecto y a estar dirigidas indistintamente contra todas las formas de sumisión a los intereses materiales.

Aquel que puede permitirse situarse más allá de las reglas solamente buenas para los pedantes o los gramáticos se erige en instaurador de las reglas, árbitro de las elegancias cuyas transgresiones no constituyen a su vez faltas sino el esbozo de una nueva moda.

La distinción natural reposa en el poder que tienen los dominantes de imponer, con su existencia misma, una definición de la excelencia que, al no ser otra que su propia manera de existir, está destinada a presentarse a la vez como distintiva. La soltura en el sentido de facilidad natural no es más que el desahogo en el sentido de situación de fortuna que asegura una vida fácil.

El aristocratismo del desinterés se encuentra sin lugar a dudas en la base de muchas de las condenas de la sociedad de consumo, que olvidan que la condena del consumo es una idea consumista. Pero como decía antes, es mayor la condena del que tiene que decidir qué objetos consume, no por su propio interés o gusto, si no por aparentar que se encuentra en una clase social más distinguida que la que tiene.

CONCLUSIÓN, Clases y enclasamiento:

El gusto es una disposición, adquirida, para diferenciar, apreciar y establecer unas diferencias mediante una operación de distinción y esconden lo que se denominaría injustamente unos valores en los gestos más automáticos o en las técnicas del cuerpo más insignificantes en apariencia, como los movimientos de las manos, la manera de andar... y ofrecen los principios más fundamentales de la construcción y de la evaluación del mundo social. Así que ampliamos el concepto de distinción, no sólo en función de la posesión de ciertos bienes culturales sino en la manera de comportarse.

El gusto, al funcionar como una especie de sentido de la orientación social orienta a los ocupantes de una determinada plaza en el espacio social hacia las posiciones sociales ajustadas a sus propiedades, a mezclarse con gente distinguida, y hacia las prácticas o los bienes que les convienen a los ocupantes de esa posición.

Todo conocimiento del mundo social es un acto de construcción que elabora unos esquemas de pensamiento y de expresión, y que entre las condiciones de existencia y las prácticas o las representaciones se interpone la actividad estructurante de los agentes que, lejos de reaccionar mecánicamente a unos estímulos mecánicos, responden a los llamamientos o a las amenazas de un mundo cuyo sentido ellos mismos han contribuido a producir. El principio de esta actividad estructurante es un sistema de esquemas incorporados.

Estructuras sociales incorporadas:

La ciencia social acuerda que los agentes son ellos mismos, en su práctica ordinaria, los sujetos de actos de construcción del mundo social.

La ciencia social busca en las distribuciones objetivas de las propiedades, en particular materiales, el fundamento de los sistemas de enclasamiento que los agentes aplican a todas las cosas.

La ciencia social se interroga sobre la relación entre los principios de división y las divisiones sociales (entre generaciones, sexos...) que constituyen su fundamento y sobre las variaciones del uso que se hace de esos principios según la posición ocupada en las distribuciones.

Las estructuras cognitivas que elaboran los agentes sociales para conocer prácticamente el mundo social son unas estructuras sociales incorporadas. Todos los agentes de una formación social determinada tienen en común un conjunto de esquemas de percepción fundamentales, que reciben un comienzo de objetivación en las parejas de adjetivos antagónicos comúnmente empleados para clasificar y calificar a las personas o los objetos. Tiene como principio la oposición entre la elite de los dominantes y la masa de los dominados y glorifica a los distinguidos como personajes únicos.

Las oposiciones en apariencia más formales de esa mitología social deben su eficacia ideológica al hecho de que remiten a las oposiciones más fundamentales del orden social: la que, inscrita en la división del trabajo, se establece entre dominantes y dominados.

De igual modo podría demostrarse que la oposición entre la derecha y la izquierda que, en su forma fundamental, afecta a la relación entre los dominantes y los dominados. El miedo a no ser nadie, no tener reputación, son categorías fundamentales de la percepción dominante del mundo social.

El hecho de que las oposiciones que conlleva el lenguaje se encuentren, con unos valores muy próximos, en el principio de la visión dominante del mundo social se comprende si se sabe que, reducidas a su estructura formal, las mismas relaciones fundamentales se encuentran en todas las sociedades divididas en clases. Todas las formaciones sociales se hallan divididas en clases que son relaciones de orden que diferencian, propuestas estas diferencias por los componentes de las clases altas, para distinguirse del vulgo insignificante.

Un conocimiento sin concepto:

Por medio de los condicionamientos asociados a las diferentes condiciones de existencia, por medio de las exclusiones y de las inclusiones, de las uniones y divisiones que están en el origen de la estructura social el orden social se inscribe progresivamente en las mentes. Hay jerarquía en la sociedad, en el sistema educativo, en los juegos, en el lenguaje... en todo. Ya nos parece hasta natural que unos estén por encima de otros, nos hemos acostumbrado.

Las divisiones sociales se convierten en principios de división que organizan la visión del mundo social. Los límites objetivos se convierten en sentido de los límites, anticipación práctica de los límites objetivos. Te excluyes de aquello de lo que estás excluido. Lo propio del sentido de los límites es olvidarte de ellos. Hacen que nos sintamos incapaces de medrar, de este modo acaban con la lucha entre clases porque imponen una rendición anticipada, así es la fuerza que ejerce la violencia simbólica.

Los dominados tienden de entrada a atribuirse lo que la distribución les atribuye, rechazando lo que les es negado, contentándose con lo que se les otorga y midiendo sus esperanzas por sus posibilidades. El sentido de las realidades sociales que se adquiere por la confrontación con una forma particular de la necesidad social es lo que permite actuar como si se conociera la estructura del mundo social y el lugar ocupado en esa estructura y al mismo tiempo, las distancias a guardar.

La misma oposición clasificadora (rico/pobre) puede aplicarse a cualquier punto de la distribución y a reproducir todo el espacio de la misma en cualquiera de sus segmentos.

Ya se trate de situarse en el espacio social o de situar en él a los demás, el sentido del espacio social, como cualquier otro sentido práctico, se refiere siempre a la situación particular en la que debe orientar las prácticas. En los estudios que ha realizado Bourdieu los encuestados no se ponen de acuerdo ni sobre el número de divisiones que realizan en el seno del grupo considerado, ni sobre los límites de los “estratos” ni sobre los criterios empleados para definirlos. Las clases no tienen fronteras, no existen. Los individuos se autoincluyen en una clase social por el interés de los que detentan el poder y su pretensión de alejarse lo máximo posible de lo vulgar.

El gusto es la necesidad social convertida en naturaleza. Todo sucede como si los condicionamientos sociales ligados con una condición social tendieran a inscribir la relación con el mundo social en una relación durable y generalizada con el cuerpo propio, la hexis corporal es una manera práctica de experimentar y de expresar la opinión que se tiene, como suele decirse, de su propio valor social: la relación que se mantiene con el mundo social y el lugar que uno se atribuye en él se declara mediante el lugar que se ocupa con el cuerpo en el espacio físico, con un porte y unos gestos y con su palabra en el tiempo (por el tiempo de interacción del que se apropia y por la manera de hacerlo).

El aspecto propiamente sexual es capaz de evocar toda una relación con el mundo más altanera o sumisa, y con ello todo un mundo.

El logocentrismo y el intelectualismo de los intelectuales han impedido que nos demos cuenta de que somos “autómatas en las tres cuartas partes de nuestras acciones” (según Leibniz), en las disposiciones primeras y primitivas del cuerpo se depositan los más vitales intereses de un grupo.

La distinción y las uniones contra natura son contrarias al enclasamiento común.

Unas atribuciones interesadas:

El interés por el aspecto percibido nunca es completamente independiente del interés por percibirlo.

La lógica del estigma recuerda que la identidad social es la apuesta de una lucha en la cual el individuo en tanto que es un objeto potencial de categorización, no puede responder a la percepción parcial que lo encierra en una de sus propiedades más que poniendo delante, para definirse, la mejor de ellas, la más adecuada.

Las contradicciones o las paradojas a las que conducen las clasificaciones de la práctica ordinaria no obedecen, como lo creen todos los positivismos, a una especie de insuficiencia esencial del lenguaje ordinario, sino al hecho de que esos actos sociológicos no estén orientados hacia la búsqueda de la coherencia lógica.

Imagen ejemplar de esa búsqueda de la reapropiación de una identidad social por definición inalcanzable.

No existe interrogación real sobre la división del mundo social que no comprometa los intereses asociados a la pertenencia o a la no pertenencia.

Las fronteras, incluso las más formales en apariencia, como son las que separan las clases de edad, fijan un estado de las luchas sociales, es decir, un estado de la distribución de las ventajas y de las obligaciones, tales como el derecho a unas tarifas especiales o a la jubilación y la obligación escolar o, en su momento, militar.

Los lugares comunes y los sistemas de enclasamiento constituyen así la apuesta de unas luchas entre los grupos a los que caracterizan enfrentándolos y que se oponen entre sí con respecto a ellos.

La oposición entre los sexos y las clases de edad, así como la oposición entre las generaciones, son también objeto de manipulaciones parecidas.

Lo que los individuos y los grupos invierten en el sentido particular que dan a los sistemas de enclasamiento comunes, es infinitamente más que su interés en el sentido ordinario del término, es todo su ser social, todo lo que define la idea que se hacen de ellos mismos.

La psicología social observa que toda división de una población en dos grupos, por muy arbitraria que sea, determina unos comportamientos discriminatorios, favorables a los miembros del grupo propio y hostiles a los miembros del otro grupo, y esto aun cuando los intereses del grupo primero tenga que sufrir con ello.

El análisis de la estereotipia hace que la información sobre la pertenencia categorial de una persona influya fuertemente los juicios formulados con respecto a la misma.

La luchas de enclasamientos:

La apuesta de las luchas a propósito del sentido del mundo social es el poder sobre los esquemas clasificadores y sobre los sistemas de enclasamientos que se encuentran en la base de las representaciones y, con ello, de la movilización y de la desmovilización de los grupos: poder evocador de la enunciación que hacer ver de otra manera, de lo indiferenciado hace surgir la diferencia.

Solamente en la lucha y por la lucha los límites incorporados se convierten en fronteras, contra las cuales se choca y a las que es preciso desplazar.

Los sistemas oficiales de enclasamiento, realizan de manera expresa y sistemática lo que los esquemas clasificadores hacían de manera tácita y práctica: los atributos se convierten en atribuciones, atribuidos al titular de una función, justificado así de existir como existe.

El principio de división lógica y política que es el sistema de enclasamiento sólo tiene existencia y eficacia porque reproduce en la lógica propiamente simbólica de las distancias diferenciales, las diferencias.

Los sistemas de enclasamiento no serían una apuesta de lucha tan decisiva si no contribuyeran a la existencia de las clases.

La presencia o la ausencia de un grupo en el enclasamiento oficial depende de su aptitud para hacerse reconocer, para hacerse percibir y para hacerse admitir, para obtener un lugar en el orden social.

De hecho, el orden de las palabras nunca reproduce estrictamente el orden de las cosas. En la independencia relativa de la estructura del sistema de las palabras enclasantes y enclasadas con respecto a la estructura de la distribución del capital, y , con mayor precisión, en el desajuste entre el cambio de los puestos, donde reside el principio de las estrategias simbólicas que tratan de explicar las discordancias entre lo nominal y lo real, de apropiarse las palabras para tener las cosas que aquéllas designan o de apropiarse las cosas en espera de obtener las palabras que las sancionen; de ejercer las funciones sin tener los títulos adecuados para hacerlo.

Realidad de la representación y representación de la realidad:

Los sujetos enclasantes que enclasan las propiedades y las prácticas de los demás, o las suyas propias, son también objetos enclasables que se enclasan (a los ojos de los demás) al apropiarse unas prácticas y unas propiedades ya enclasadas. Las más enclasantes y las mejor enclasadas de esas propiedades son las que están expresamente designadas para funcionar como signos de distinción o marcas de infamia, estigmas.

Aquellos que enclasan o se enclasan no pueden ignorar que mediante los objetos o las prácticas distintivas en que se expresan sus poderes enclasan a los que se las apropian.

Los sujetos sociales comprenden el mundo social que les comprende. No se puede, para caracterizarlos, atenerse a las propiedades materiales, propiedades simbólicas.

La física social armada con su uso objetivista de la estadística, establecería unas distribuciones que son expresiones cuantificadas del reparto entre un gran número de individuos, en competencia por su apropiación y una semiología social para descifrar esas significaciones.

La ciencia social no tiene que elegir entre esa forma misma de la física social, representada por Durkheim, que está de acuerdo con la semiología social en admitir que no se puede conocer la realidad si no es elaborando unos instrumentos lógicos de enclasamiento y la semiología idealista que, dándose como objeto el hacer un informe de los informes, como dice Garfinkel, no puede hacer otra cosa que registrar los registros de un mundo social que nos sería, en el límite, más que el producto de las estructuras mentales, es decir, lingüísticas.

Se trata de superar la oposición entre las teorías objetivistas que identifican las clases sociales (también las clases sexuales y las de edad), con unos grupos discretos, simples poblaciones que pueden contarse y que están separadas por unas fronteras objetivamente inscritas en la realidad.

Basta con tener presente que los bienes se convierten en signos distintivos (de distinción) pero también de vulgaridad.

Una clase se define por su ser percibido tanto como por su consumo y por su posición en las relaciones de producción. La visión berkeleyniana reduce el mundo social a la agregación de las representaciones (mentales) ofrecidas por los otros grupos. Los esquemas clasificadores que se encuentran en la base de la relación práctica que mantienen los agentes con su condición son a su vez producto de esa condición. La posición en la lucha de enclasamientos depende de la posición en la estructura de las clases.

Resumen:

El objetivo de este trabajo es presentar algunos conceptos centrales del pensamiento de Pierre Bourdieu que permiten explicar, desde su perspectiva,  cuál es la dinámica y estructura de los procesos de reproducción social.

Desde la perspectiva de este autor, lo social (prácticas y procesos sociales) sólo puede ser explicado a partir de un análisis que vincule elementos económicos y culturales simultáneamente, la distinción es el ejemplo que aúna economía y cultura, ya que ésta está determinada por la posesión de ambas características.

Toma del marxismo la idea de una sociedad estructurada en clases sociales en permanente lucha por la imposición de sus intereses específicos, pero entiende que las diferencias económicas y materiales no alcanzan para explicar la dinámica social. El poder económico sólo puede reproducirse y perpetuarse si, al mismo tiempo, logra hegemonizar el poder cultural y ejercer el poder simbólico. La dominación de una clase social sobre otra se asienta en el ejercicio de este poder.

Lo social se expresa tanto en las estructuras objetivas (estructuras independientes de la conciencia y de la voluntad de los agentes individuales, grupales, clases o sectores) como en las subjetividades (esquemas de percepción, de pensamiento, de acción que constituyen socialmente nuestra subjetividad).

Los conceptos de campo y habitus permiten captar estos dos modos de existencia de lo social: el campo como lo social hecho cosa (lo objetivo) y el habitus como lo social inscrito en el cuerpo (lo subjetivo). Las prácticas sociales que realizan los agentes se explican a partir de la relación dialéctica que existe entre ambos.

Bourdieu define la relación entre el habitus y el campo como una relación de condicionamiento: el campo estructura el habitus, que es el producto de la incorporación de la necesidad inseparable de ese campo o de un conjunto de campos más o menos concordantes.  Pero es también una relación de conocimiento o de construcción cognitiva: el habitus contribuye a constituir el campo como mundo significativo, dotado de sentido  y de valor y en el cual vale la pena invertir su energía. La relación de conocimiento depende de la relación de condicionamiento que la precede y que da forma a las estructuras del habitus.

La realidad social se verifica entonces en los campos y en los habitus, en el exterior y en el interior de los agentes;  el habitus contribuye a naturalizar y legitimizar el mundo social del que es producto

El elemento de homogeneidad que define a una clase o a un grupo como tal es el resultado de los condicionamientos estructurales idénticos a los que han estado sometidos los individuos que la constituyen.

Para entender la estructura y función de los procesos pedagógicos, desde la pedagogía familiar hasta la escuela, es necesario recurrir al análisis de la génesis de los habitus. El sistema de enseñanza tradicional logra producir la ilusión de que su acción de inculcación es enteramente responsable de la producción del habitus culto y que su eficiencia diferencial se debe a las aptitudes innatas de los que la reciben, por lo tanto, es independiente de todas las determinaciones de clase. Sin embargo, la escuela tiene por función confirmar y reforzar un habitus de clase que, por estar constituido fuera de la escuela, está en la base de todas las adquisiciones escolares. De este modo, contribuye de una manera irremplazable a perpetuar la estructura de las relaciones de clase y, al mismo tiempo, a legitimar disimulando que las jerarquías escolares que produce reproducen las jerarquías sociales.

Existen dos modos típicos de constitución de los habitus: la educación primera o aprendizaje por familiarización (espontánea, implícita, infiltrada en todas las prácticas sociales en que participa el niño) y el trabajo pedagógico racional (la acción escolar).

La educación primera reduce los principios, valores y representaciones que tienen un estatuto simbólico específico al estado de práctica pura, a conocimiento práctico. El efecto de este tipo de procesos se sitúa en el plano inconsciente. Todo el trabajo que se realiza sobre el cuerpo del niño, con el objeto de introducirlo a las formas, movimientos y maneras `correctas', es decir, todo el trabajo de corrección y enderezamiento que se expresa en una variedad de órdenes de conducta trae aparejado el aprendizaje de las maneras, de los estilos donde se expresa la sumisión al orden establecido.

La fuerza de las experiencias primeras y de los habitus que se inculcan de manera tan disimulada cuanto eficaz y duradera, van a condicionar y determinar los aprendizajes posteriores, de modo tal que toda experiencia pedagógica debe contar con su presencia y eficacia.

Si se tiene en cuenta que en toda sociedad de clases existe un sistema de acciones pedagógicas estructurado (sistema escolar) destinadas a reproducir los habitus que corresponden con los intereses de las clases dominantes, el trabajo pedagógico escolar va a tener una productividad diferencial de acuerdo a la clase social de origen de los individuos. Para los que provienen de los sectores dominantes, la educación escolar tendrá el sentido de una reeducación, para los que pertenecen a los sectores dominados, será de deculturación.

La importancia de la educación primera es tal que sus efectos se manifiestan a lo largo de toda la vida de los individuos. El aprendizaje por familiarización y las pedagogías racionales constituyen dos modos de adquisición de la cultura y la competencia cultural de cada individuo va a quedar marcada por su origen y a definir modos particulares de relación con la cultura.

La educación escolar es tanto más necesaria como estrategia de adquisición de capital cultural en la medida en que no ha sido posible obtener el mismo mediante herencia familiar. Para aquellos individuos que pertenecen a los sectores más desposeídos de capital económico y cultural, el recurso de la escuela se constituye en el único camino para apropiarse de los bienes culturales.

A pesar de la inculcación de maneras en el sistema escolar el estatus te viene heredado, y con él la distinción. En el caso de que no venga de familia y se pretenda pasar de un nivel de distinción al siguiente, el proceso es bastante más complicado. Los obstáculos que se presentan son múltiples, todos ellos analizados a lo largo de la presente disertación, pero puestos en conjunto en este resumen: el primer obstáculo a vencer es la violencia simbólica ejercida mediante la cual nosotros mismos nos condicionamos y frenamos las expectativas, nos acomodamos donde estamos y no pretendemos ascender “por encima de nuestras posibilidades”, que son las posibilidades que nos hacen creer que no tenemos. Por otro lado, y no menos importante es la necesidad de adquirir la capacidad económica y cultural apropiada al efecto, condición indefectible para alcanzar la distinción, de nada vale tener el gusto si no lo pones en práctica.

Después de todas estas barreras interpuestas entre lo vulgar y lo distinguido me pregunto si no es encasillar demasiado las diferencias entre lo vulgar y lo especial, lo mundano y lo distinguido, ¿no cree Bourdieu que el capital cultural no está al alcance de todos y por esa exclusiva razón no es disfrutado por todos?

En mi opinión el único motivo que nos distingue es la lucha económica, estando más en consonancia con las ideas marxianas que con las de Bourdieu, si todos los bienes culturales estuvieran a disposición universal habría más individuos que podrían disfrutar del espectáculo de la ópera, uno de los bienes culturales más elitistas actualmente.

Por supuesto no es mi intención desacreditar a nuestro sociólogo pero si tengo que manifestar mi opinión es demasiado clasista al pretender establecer una clase superior en cuestiones culturales a través de los gustos, según sean éstos distinguidos o vulgares.

Pierre Bourdieu

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