Pensamiento de Friedrich Nietzsche

Filosofía contemporánea. Vitalismo. Nihilismo y geneaología nihilista

  • Enviado por: Aurora Vergara
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 7 páginas
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NIETSCHE

La descripción y el origen: Ser fenoménico requiere poesía: requiere una presencia vital en el escenario, que es naturaleza y mundo, que parece exigir tradiciones que no soporta. Parece que el hombre está en su opinión sobre las cosas antes que ellas en él. El dogma se reduce a la forma y al que lo padece; y la forma pedante se va a mostrar la más vital -como voluntad anterior y previa, como capacidad y como posibilidad- porque la vida es muda, pero necesariamente tajante. Así que las convicciones rítmicas son susurros de errores que se derraman durante la historia, cristalizándose en tradiciones con las que se articulan procesos pastoriles, de consecuencias tan manidas, que son intencionales, que buscan sólo aquello que quieren encontrar, con el reconfortante sosiego de haberlo compuesto ellas mismas. Porque, si la intención conoce el fin, todo lo que tiende a lo definitivo es sólo una conjetura ficticia que asume algo que no le corresponde, y la ingenuidad es la única compostura durante el retraso del “hasta”, porque la vida retorna eternamente. La vida sólo implica la desazón justa que provoca su espontaneidad.

Ser fenoménico requiere poesía, porque la vida -objeto lírico de la expresión metafórica, de la asistencia a la fiesta de lo existente sin el traje de gala del filtro antropocéntrico del lenguaje- merece ser descrita fenoménicamente; ya que es anterior al aparato digestivo del hombre rumiante y acota los márgenes hacia los que éste se dirige, hacia los que no puede sino impulsar la incertidumbre de su devenir.

Las notas del mundo son independientes a la melodía que compone un lenguaje, producto del imperativo histórico que nos impulsa a rodearnos en la vida de fertilidad y pragmatismo, quizá la filosofía también está inscrita en la pluralidad cosmopolita del mundo como totalidad. Este lenguaje resulta el embajador involuntario de los errores que el hombre configura como suyos, sin embargo, para admitir lo fallido hay que admitir las partes; y nadie analiza lo que prejuzga esencial, porque lo intuye unitario. Pero en la rectitud necesaria del ritmo vital, el hombre oscila, danzando a veces con la emoción que proporciona ser conscientes de la independencia de lo que se observa con respecto a nosotros, y que se expresa en la poesía. La religiosidad de lo romántico sólo debe llegar hasta restablecer lo que siempre ha ocupado su lugar, pero ha permanecido oculto. La pretensión de lo lícito requiere un cambio de perspectivas, pero también el respeto hacia lo que, fuera de la interpretación, no es un artificio. Nos queda el compromiso de articular la cultura hacia un sentido de presencia antropológica, desde unos principios de humanidad ausente, cuya veracidad epistémica es independiente a la moralidad. Es necesario articular el espacio del hombre, a pesar de las trampas del ingenuo principio pueril como maestro del devenir, sobre la imparcialidad de la vida. El aprendizaje consiste en derramar la actividad del genealogista sobre las trazas del tiempo, no en la hipoteca originaria que cree conocer el porvenir. Dios ha muerto a manos del dinamismo de los cambios que no aprenden de su quietud, que enseñan que la cultura es sólo el conjunto de formas contingentes que expresan algo que merece ser expuesto tanto como si fuera necesario. A cerca de Schopenhauer dice Nietzsche: “No comprendió que hay infinitas maneras de ser diversamente y de ser Dios”. Dios es la forma unánime de una esencia innecesaria, de manera que ha muerto por un nuevo sistema que asume la representación de la verdad y la mentira, esta vez en sentido extramoral. El realismo al que palpamos por nuestra ceguera con la metáfora de la poesía, es independiente a la moralidad que ha intervenido por sus intereses en un ámbito que en condiciones naturales la desvanecería. Hemos asistido a la devoción hacia lo ausente, por la ficción de miedos eficaces; ahora convivamos con lo inefable, advirtiendo su presencia independiente con poesía.

Ser fenoménico requiere poesía, porque lo que se describe es independiente a las estructuras lingüísticas; eficaces para el progreso de lo irracional...; porque si el vitalismo es irracional, debido a su anterioridad con respecto a la atención sobre la causa, la pausa ignorante del compromiso teleológico hacia el superhombre también lo es, ya que abusa de lo indomable mientras permanece engañada por lo indómito.

La descripción de los procesos históricos que han erosionado un espacio extinguido, en cuyo cuenco habitan su presente las nuevas formas que obtienen su significado y su sentido desde un lenguaje actualizado y desgastado por contingencias petrificadas por la historia, implica ser genealogista; porque así como lo estático requiere el espacio donde yace, lo dinámico merece ser referido al origen, como paradigma de inicio de un periodo que puede seguir siendo el mismo. Como somos descendientes directos de contingencias petrificadas por la unidireccionalidad aparente de la historia, la estrategia consiste en conceder unos instantes de protagonismo a lo que nunca llegó a ser, en el derroche de convertir la posibilidad en destino; para que, simultáneamente a que la historia eduque la interpretación de nuestro presente, la potencialidad nos muestre la ilusoria magnificencia de lo que de hecho está.

La descripción es anterior a la interpretación, y por eso, es más próxima a la poesía, que es el lenguaje de la crónica a cerca de las cosas que no han pedido ser descritas. Es entonces la poesía un alarde, casi vital, que se muestra con su presencia, sin llegar a desear persuadir con su intencionalidad. La descripción adopta el cuerpo de lo que expresa, configurando su presencia en un lenguaje que no entiende. No obstante, la artificialidad del arte poético contiene una intencionalidad que provoca conocimiento, enseña o simplemente muestra tras la inefabilidad de su opinión; incapaz de convertirse en dogma, no por el compromiso fetichista de las formas de una jugarreta teorética, sino por la ausencia de discursos en su rigor callado.

La actualidad es una intimidad que se expresa públicamente mediante el lenguaje de la historia, así como el hombre aporta su opinión con la lengua común creada entre todos, adquirida, quizá alienada; de manera que puede permanecer oculto eternamente lo que le es más próximo, sólo por resultarle más apetecible.

La crítica no es un esfuerzo que ablanda su lecho porque tiende al descanso, sino una sospecha cuya vigilancia es el momento y el ritmo de la humanidad.

La construcción no es un sistema cuya certeza radica en la coherencia de su hermetismo, porque la contradicción sólo refiere a compañías presentadas con la misma cortesía, porque mientras se actualizan respuestas desde las premisas del sistema, el mundo no ha dejado de estar presente un instante. La construcción sugiere, propone circunstancias expuestas tras la investigación de su origen, desvela la multiplicidad de posibilidades ante el benévolo momento de la voluntad de potencia, de la disposición a poder. Su seducción consiste en el compromiso de desarrollar las opiniones durante el transcurso evolutivo de teorías, que son descripciones poéticas de objetos sensuales y difusos. El profeta es un genealogista tramposo, porque advierte de lo que ya ha visto en la lógica de una época que ahora se repite. La moda actualiza tendencias pasadas, y esta revaloración depende de preferencias subjetivas, de preferencias estéticas íntimas; porque en el misterio mercantil del reparto ocupacional a unos les a tocado dictar la referencia que paraliza la diversidad formal de una necesidad esencial en torno a dicho inicio, desde el que se monta un teatro que a nadie sorprende porque están acostumbrados. De manera que convivimos con el desamparo de un cansancio tolerante, así como el griego representa el dolor con su respuesta trágica. Y en este impulso preferente que escurre su vitalismo sobre las actitudes fúnebres, sólo queda la advertencia fenoménica de la miseria y la construcción de la civilización con cloacas para ella. La moda y la tendencia dan paso a la contingencia, que desprecia su disfraz de destino, y los sistemas culturales componen un panorama, desde su humildad pública, cuya imagen contiene una gran satisfacción estética.

La crítica destructiva desmonta la ingenuidad mercantil con la que somos clientes de un negocio que nos ofrece la increíble posibilidad de contemplar lo que tenemos la capacidad de ser. La construcción es tímida, proviene de una investigación cuyo conocimiento no precisa vender nada. La autovaloración de nuestras virtudes implanta su régimen en una tierra que no le corresponde. La eficacia de las virtudes no viene dada por el grito unánime inscrito en la tradición, sino en la ingenuidad de un niño que aún no se ha percatado de que sus muecas son graciosas, que tiene la posibilidad de articularse un gesto, desvelando el fetichismo que lo embelesa. La gramática es una forma de la expresión que nos ceba y nos amenaza, el fetichismo el vicio de un lenguaje malgastado, y la eficacia el uso de un narcisismo que no sirve. En el crepúsculo de esta época ha muerto epistémicamente la osadía de una inseguridad de aliento familiar, que sobrevive en la eficacia de nuestro miedo al azar.

Genealogía y nihilismo: El vitalismo requiere un compromiso con lo previo, una ausencia perpleja que observa en lo que no interviene, que se siente integrada en este entorno, a partir del cual quiere poder. La actividad del genealogista rastrea los instantes remotos de convivencia con las fenoménicas lecciones vitales, que se dictan en pulsiones, en instintos; los instantes remotos cuando habitábamos un mundo cuya representación componía los márgenes de interpretaciones anhelantes de objetividad, de nuestra perspectiva potencial hacia un mundo que produce desde la usurpación de posibles, pero no omite esencias necesariamente. La voluntad emanente se malgasta en produciones retratadas pétreamente con las ganas de seguir ocupando el tiempo, justo antes de una altanera jornada donde nuestro conocimiento se otorga a sí mismo el equilibrio sobre un hilo tenso que el mismo finge, que tiene como horizonte un universo ignorado.

Una anécdota, con rudimentos míticos, puede ser una forma adecuada de aproximarse a lo que sucede antes de la decisión voluntaria, pero que se sigue desarrollando tras ella. El hombre que dormía sobre lechos espontáneos está asustado e inquieto frente la amenazadora reivindicación de los artificios. Y la tradición propone una sugerente tranquilidad a cambio de que el conocimiento goce de prácticos reconocimientos extraepistémicos. Pero las ganas pueden a la siesta, y esta tarde este niño que somos sólo quiere llorar.

El genealogista desenmascara las trazas de una tradición expuestas en un origen vitalista clausurado por características tan próximas al hombre como sus ganas de superarlas. Aunque esté cansado, su ámbito no es la tranquilidad, ni la seguridad, ni el descanso. El hombre se muestra tan soberano que se propina una saciedad inmediata, y se abandona en su necesaria ingenuidad de tolerarse. Pero la genealogía desvela que este pacto ha sido prematuro, y la ingenuidad a la que recurrimos, suplicando olvido, se torna un error que ya nos sirve; muere la verdad cuyo sistema encaja por una voluntad anterior a la morfología azarosa de sus piezas. Los propósitos no pueden inaugurar un nuevo calendario con el énfasis de las promesas de un mesías. El nihilismo no puede constituirse en opción dogmática, ni en opinión teorética de vigencia sofista, tampoco en pacto que compra una nueva era, en cuyo tiempo se desvanece, ni una corriente que se ofrece a cambio de olvidos. El nihilismo está provocado por la dinámica inscrita en una dialéctica que lo expulsa a partir de los errores fetichista acumulados por la tradición. Pero el nihilismo no sabe existencialmente a un sinsentido pesimista por el apetito empalagoso de una simbología excesiva. El nihilismo no requiere eras y confianzas prestadas a cambio de un seguro cuya certeza está previamente en el que lo anhela. El nihilismo no precisa de la exposición convincente y ajena de las cosas que no pueden sino ocupar su lugar, de las cosas que viajan a lo largo de un lenguaje que abusa de su vigor. El nihilismo no es un desdeño de los bandos que enfrentamos a nuestra elección y preferencia, no es una elaboración, en primer término, compuesta de referencias enhebradas por una voluntad de distinción y apartamiento. No llega apenas a ser la actitud que resulta de la enseñanza genealógica, es una nueva aparición encadenada a cada instante de la historia, la nueva apariencia de ese pasado que ahora no puede sino transmutarse al ritmo de tajantes golpes que son el ruido de la misma vida. La intención voluntaria y consciente, en manos de un agente incómodo sobre los confortables sofás donde duerme la sospecha, del rastreo genealogista está inscrita en este proceso natural porque le es vitalmente necesaria. Su expresión es igualmente paralela, las referencias quedan expuestas en gestos miméticos que no precisan lenguajes expulsados por el análisis y la interpretación. La poesía usurpa la convención a un lenguaje caprichoso y malcriado entre el excesivo amor de todos, de tantos, y reduce sus convicciones fetichistas y débiles fuerzas cotidianas, anhelantes de esa cara certeza que se paga con el abusivo precio del error, a meras ambigüedades solemnes que sólo pueden decir lo que ya está sonando en simultáneos discursos vitales. La historia se ha derramado, y sin ayuda alguna se reclama ahora la atención para los gritos constantes, pero desapercibidos.