Papa Juan Pablo I

Teología. Albino Luciani. Belluno. Comisión para la Doctrina de la Fe. Iglesia. Illustrissimi. Pontificado

  • Enviado por: Antonio Rull
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 9 páginas
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Juan Pablo I

 

 

I. Breve biografía

Albino Luciani nació el 17 de octubre de 1912, en Forno di Canale (hoy Canale d'Agordo), por entonces un pueblecito de poco más de mil habitantes al norte de Italia, en la diócesis de Belluno.

Albino pertenecía a una familia humilde y de escasos recursos. Su padre, un hombre de carácter amable, era obrero. Habiendo enviudado en su primer matrimonio, se casó en segundas nupcias con una mujer muy piadosa y de firmes principios católicos. Aquel buen hombre, hasta entonces socialista, se comprometió a educar a sus futuros hijos en la fe católica.

En búsqueda de trabajo, la familia Luciani emigró a Suiza. Años más tarde, el padre, de vuelta en Italia, halló trabajo en Murano —una isla frente a Venecia—, en una fábrica de vidrio artístico.

Albino era el mayor de cuatro hermanos. Después de estudiar en el seminario local de Belluno, fue ordenado sacerdote del Señor el 7 de julio de 1935. Posteriormente se dirigió a Roma para continuar sus estudios teológicos en la universidad Gregoriana.

En 1937 regresó a su pueblo natal, donde fue nombrado coadjutor de la parroquia. Pronto sería nombrado vicerrector del Seminario Gregoriano de Belluno y allí, por espacio de diez años, se dedicó a enseñar diversas materias: teología dogmática, moral, derecho y arte sacro. Su perfil como maestro lo describiría uno de sus alumnos de este modo: «el padre Albino era sumamente apreciado por su capacidad de síntesis, de ir a lo esencial. (...) Como superior, unía una cierta firmeza con mucha benevolencia, con lo cual convertía en una persona activa a todo aquel que le faltaba entusiasmo».

En 1947 fue nombrado Pro-vicario de la diócesis de Belluno, y dos años más tarde le fue encomendada la organización del Congreso Eucarístico de Belluno. De la experiencia de todos esos años, y como director de la oficina de Catequesis, publicó por entonces un libro titulado: Catequesis en migajas. En efecto, el campo de su especial interés era la catequesis. Había nacido para ser maestro.

El año 1954 es nombrado vicario general de Belluno, y cuatro años más tarde el Papa Juan XXIII, en Roma, lo consagraba Obispo para la diócesis de Vittorio Veneto, cerca de Venecia.

Durante un tiempo perteneció a la Comisión para la Doctrina de la Fe, del Episcopado Italiano. Entonces ya se manifiesta una clara búsqueda de la coherencia de la fe, siempre unida a la caridad para con quien yerra.

En 1969 el Papa Pablo VI lo nombra patriarca de Venecia, y en 1973 es creado cardenal por el mismo Papa. A pesar de estos importantes nombramientos, Albino Luciani nunca perdió su característica humildad y sencillez: «¿Qué es eso de Príncipe de la Iglesia? Yo sigo siendo un seminarista», añadiendo luego con mucha naturalidad: «Hay obispos de muchos tipos. Algunos asemejan a las águilas que vuelan por las alturas con documentos magisteriales. Otros son jilgueros que cantan las glorias del Señor de modo maravilloso. Otros, en cambio, son simples gorriones, que lo único que saben hacer es piar desde lo alto del árbol de la Iglesia. Yo soy de estos últimos».

Durante tres años (1973-76), será vicepresidente de la Conferencia Episcopal Italiana.

Su amor y solidaridad para con los más necesitados lo expresaba constantemente. Cuando en 1976 ofreció el producto de la venta de dos cruces pectorales —regalo del Papa Juan XXIII—, y un anillo —regalo del Papa Pablo VI— para ayudar a los subnormales, dijo a los presentes: «Es poca cosa por la ayuda que con esto puedo aportar, pero es mucho si nos ayuda a entender que el verdadero tesoro de la Iglesia son los pobres, los desheredados, los pequeños a los que hay que ayudar». Se situaba así en una trayectoria que impulsada en el mismo Señor Jesús ha avanzado constantemente a lo largo de la vida de la Iglesia.

El mismo año publica su famoso libro Illustrissimi, cartas ficticias dirigidas a personajes de la historia o fantasía, y que para él serán un medio de expresar sus más profundas convicciones y puntos de vista. Así, por ejemplo, se referirá a los teólogos que por aquel entonces se consideraban "avanzados": «Teólogo —decía— no es el que habla de Dios, sino también el que habla a Dios. ¿Y cuántos de ellos hablan con Dios y nos ayudan a hablar con Él?».

Y en otro pasaje: «Se dice: `Todos estamos tarados frente a la verdad. Antes existía en la Iglesia el Magisterio normativo; ahora todos nos encontramos en un proceso de búsqueda. Es la hora del pluralismo en la fe'. Sólo que la fe no es pluralista: se puede admitir un sano pluralismo en teología, en la liturgia, en otras cosas, pero nunca en la fe. En cuanto nos consta que Dios ha revelado una verdad, la única respuesta posible es . Para todos y en todos los tiempos: con convicción y valentía, sin dudas ni vacilaciones… En cuanto al Magisterio normativo… existía ayer y existe hoy».

Su sentido sencillo y jovial no debe hacer pensar jamás que se trata de una persona acrítica, todo lo contrario. Su sentido de análisis del mundo hodierno es siempre muy agudo, como lo es su respuesta pastoral. Los pasajes dignos de citar son en verdad una multitud. Pero finalicemos este acápite con una cita sobre el problema del fe: «Sí, respiras objeciones antirreligiosas como se respira el aire, en el colegio, en la fábrica, en el cine, etc. Si tu fe es un montón de buen trigo, vendrá todo un ejercito de ratones a tomarlo por asalto. Si es un traje, cien manos tratarán de desgárratelo. Si es una casa, la piqueta querrá derribarla piedra a piedra. Tendrás que defenderte: hoy, de la fe sólo se conserva lo que se defiende».

 

Un nuevo Papa...

El cónclave de Agosto de 1978 fue el más grande hasta entonces—en cuanto al número de Cardenales asistentes—, y quizá también uno de los más cortos. Al finalizar la primera jornada, el mundo entero sería sorprendido por la nueva elección, pues entre las infaltables cábalas y especulaciones, pocos habían fijado su atención en el patriarca de Venecia, tan poco conocido fuera de Italia.

El nuevo Papa elige entonces los nombres de sus predecesores inmediatos: Juan y Pablo. ¿Una señal de continuidad con respecto al camino emprendido por sus más cercanos predecesores? Ciertamente el nuevo Papa se mostraba como un "hombre del Concilio", porque era un hombre de la Iglesia, fiel a ella y fiel a Cristo, su Señor. "Su programa" sería el programa del Espíritu Santo, y él seguiría las líneas fundamentales de sus predecesores, como él mismo lo planteó. Sin embargo, la elección del nombre —más allá de las conjeturas que podamos hacer — se debió a otro razonamiento, o quizá digamos, a un gesto de profunda gratitud y de unidad cordial con sus predecesores:

«Ayer por la mañana fui a la Sixtina —decía el recién electo Pontífice— a votar tranquilamente. Nunca había imaginado lo que iba a suceder. Apenas comenzó el peligro para mí, los dos compañeros que tenía al lado me susurraron palabras de ánimo. Uno me dijo: "Ánimo; si el Señor da un peso, dará también las fuerzas para llevarlo." Y el otro compañero: "No tenga miedo; en el mundo entero hay mucha gente que reza por el nuevo Papa". Al llegar el momento he aceptado.

«Después vino la cuestión del nombre, porque preguntaban qué nombre quiere tomar, y yo había pensado poco en ello. Hice este razonamiento: "El Papa Juan quiso consagrarme personalmente aquí, en la basílica de San Pedro. Después, aunque indignamente, en Venecia, le he sucedido en la cátedra de San Marcos, en esa Venecia que todavía está completamente llena del Papa Juan. Lo recuerdan los gondoleros, las religiosas, todos. Pero el Papa Pablo no sólo me ha hecho cardenal, sino que algunos meses antes, sobre el estrado de la plaza de San Marcos, me hizo ponerme completamente colorado ante veintemil personas, porque se quitó la estola y me la puso sobre las espaldas. Jamás me he puesto tan colorado. Por otra parte, en quince años de Pontificado, este Papa ha demostrado no sólo a mí, sino a todo el mundo, cómo se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja y se sufre por la Iglesia de Cristo. Por estas razones dije: me llamaré Juan Pablo.

«Entendámonos, yo no tengo la sapientia cordis del Papa Juan, ni tampoco la preparación y la cultura del Papa Pablo, pero estoy en su puesto, debo tratar de servir a la Iglesia. Espero que me ayudaréis con vuestras plegarias».

 

Su breve pontificado

En otra ocasión decía el electo Pontífice: «Yo he sido y soy, y ante todo, un párroco. ¿Recuerda la parábola del Buen Pastor? Pues bien, ese ha sido siempre mi programa»...

El Papa Juan Pablo I se proyectaba como un hombre de diálogo, de escucha, y se mostraba en todo momento cercano, dialogante, tan conciliador como coherente, muy humilde y sonriente. Su tarea —así lo entendía él— era la del pastoreo de la Iglesia en fidelidad a lo que el Espíritu había ido suscitando ante los «signos de los tiempos». Para el la responsabilidad de gobierno era servicio: «Nosotros los obispos gobernamos sólo si servimos: nuestro gobierno es adecuado si se concreta en servicio o se ejerce con miras al servicio, con espíritu y estilo de servicio». Y servir es eseñar, exhortar, es guiar, ejercer la sacra potestad.

Hablando de las catequesis de los miércoles de Pablo VI, decía: «Trataré de imitarlo, con la esperanza de poder yo también de alguna manera ayudar a la gente a hacerse más buena. Pero para ser buenos es necesario estar en regla con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos». En sus catequésis se trató de la bondad y la humildad, y luego de cada una de las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad.

Sin embargo, Juan Pablo I, elegido por el Espíritu Santo para ser «párroco del mundo» en la sucesión de la cátedra de San Pedro, por los misteriosos designios de Dios sería llamado pronto a la Casa del Padre, el 28 de septiembre de 1978, habiendo transcurrido escasamente un mes de su pontificado.

Hablando del excepcional pontificado del Papa Juan Pablo I, Luis Fernando Figari escribía en junio de 1979, mostrando algo de lo que por aquel entonces se experimentaba en la comunidd eclesial: «La Iglesia Católica da otra respuesta al mundo. Y es que con la también providencial elección de Albino Luciani como Juan Pablo I, la Iglesia de Cristo había respondido a las inquietudes del mundo de este segundo milenio. Sí, el Papa Luciani fue una hermosa y sorprendente respuesta para un mundo anhelante de amor, de alegría, de esperanza, de confianza. Desde su aparición en los balcones del Vaticano, el Papa Juan Pablo I cautivó a todos cuantos contemplaban la escena. `El Papa de la sonrisa', `el Papa de los niños', como se le ha llamado, fue una respuesta generadora de entusiasmo. El Espíritu Santo que vela por la Iglesia suscitó a través de la elección del Patriarca de Venecia una corriente mundial de entusiasmo religioso, de fervor, de sencillez. El corto reinado del Papa Luciani fue como una muestra pública de que hoy, en medio de la secularización, en medio de los conflictos, de las traiciones de tantos, es posibles ser cristiano; simple y sencillamente cristiano.

«Esto fue Juan Pablo I: modelo de cristiano. Su atrayente figura; su palabra calma y segura; su doctrina firme, sólida, tradicional, devolvieron a muchísimos el entusiasmo que se había perdido en medio de la rebeldías y contestaciones que por doquier se venían levantando contra el anciano Pablo VI, quien fiel a sus intenciones y al llamado de Dios seguía predicando la sana doctrina sin que muchos le escucharan, y ante el entusiasmo de pocos. Al dejar la dolida y sufrida figura de Paulo VI a la esperanzadora y cálida imagen de Juan Pablo I, el mundo católico, el mundo de aquellos que buscan realmente ser fieles al Señor Jesús y al Evangelio íntegro, se alegró. Alegría nacida no por un rechazo a Pablo VI, a quien también se amó, y mucho, sino por la esperanza de luz, de orden, de paz que un nuevo hombre en la Cátedra de Pedro podía traer.

«La alegría y esperanza en torno a Juan Pablo I no fue vana. Su corto reinado, ¡su imperecedero reinado!, es un firme testimonio de ello. ¡Es posible ser cristiano hoy! ¡Es posible ser sencillo, humilde, comprometido con los que sufren, feliz, y ser al mismo tiempo consecuente testigo de la milenaria tradición católica! Pero, el Papa Juan Pablo I, que daba testimonio de este esperanzador mensaje, fue convocado por el Señor a su presencia. Y el mundo, una vez más, se detuvo ante la incertidumbre.

«Momentos como aquellos sirven para comprobar la solidez de la fe. Por ella sabemos que el Espíritu Santo está con la Iglesia, que es su vida misma, y que Santa María guía y dirige la acción de sus hijos. Pero en momentos difíciles aparece para muchos `un margen de falta de certeza incluso en algunos corazones se abre camino la corrosiva duda… (Por eso la elección del Papa Juan Pablo II) es una reafirmación de la fe que no debe flaquear: la `Iglesia Católica da otra respuesta al mundo'» (tomado del libro Voz de esperanza: S.S. Juan Pablo II).

¿Quién podrá agotar los inescrutables designios divinos? Unas explicaciones y el percibir los signos de los tiempos nos hacen ver algo del misterio, profundizar un poco, y nos ayudan a avivar la confianza, pero alguna transitorio incógnita puede quizá aún quedar. ¡Y es que, precisamente, está en la naturaleza del misterio que no se agota! Ante ello, mostrémonos agradecidos por lo que comprendemos y recordemos que los caminos del Señor, ciertamente, no son siempre los caminos que según nuestro entendimiento o nuestro gusto serían los más lógicos o deseables. Sobre la importancia de este brevísimo pontificado, aunque algo hemos podido intuir y barruntar, como bien lo hemos hecho a través de la cita, sólo Dios la conoce en plenitud. A nosotros nos basta lo que entendemos, y lo agradecemos de corazón.