Mitos de la creación

Mitología griega. Hesíodo. Mito de la sucesión. Descendencia de Urano

  • Enviado por: Héctor Fernández
  • Idioma: castellano
  • País: Guatemala Guatemala
  • 18 páginas

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Mitos de la Creación

Para una mentalidad realista y racional como la helénica resultaba muy difícil la comprensión de la eternidad y del vocablo infinito; era más lógico pensar que todo había tenido un principio, incluso los dioses. Si acaso hay “algo” que, en la mayoría de los relatos mitológicos sobre la creación parece preexistente, es el Caos, abismo sin fondo, espacio abierto sumido en la oscuridad en donde andaban revueltos todos los elementos: el agua, la tierra, el fuego y el aire. Nada tenía en él forma fija y durable, todo estaba en constante movimiento con inevitables choques, los elementos congelados contra los abrasadores, los húmedos contra los secos, los blandos contra los duros y los pesados contra los ligeros. Es decir, el Caos es el Vacío primordial, pero concebido como un enorme recipiente para albergar elementos en forma desordenada. Caos es a la vez Nada y Algo, ¿materia y antimateria o en realidad un primer dios? Pronto se produciría lo que empleando, términos actuales sobre el origen y expansión del Universo, llamaríamos el Big-Bang, la gran explosión que arruinaría al caos y provocaría lo que en el Génesis se relata como Creación por obra de Yahvé, único Ser Supremo. Éstas son las diversas versiones helénicas:

La creación según Hesíodo

Es el relato más conocido, el que ha quedado como clásico, por ello primer lugar, dada su importancia. Sin embargo, otras narraciones, no por menos conocidas, son también muy atractivas.

Según Hesíodo, en un principio sólo existía el Caos. Después emergió Gea (la tierra) de ancho pecho, morada perenne y segura de los seres vivientes, surgida del Tártaro tenebroso de las profundidades, y Eros (el Amor), el más bello de los dioses. Del Caos nada podía esperarse, hasta que de la acción de Eros, principio vital, salieron Érebo (las tinieblas), cuyos dominios se extendían por debajo de Gea en una vasta zona subterránea, y Nix (la oscuridad o la noche). Érebo y Nix tuvieron amoroso consorcio y originaron al Éter y Hemera (el Día), que personificaron respectivamente la luz celeste y terrestre.

Con la luz, Gea cobró personalidad, pero como no pudo unirse al vacío Caos, comenzó a engendrar sola y así mientras dormía surgió Urano (el Cielo Estrellado), un ser de igual extensión que ella, con el fin de que la cubriese toda y fuera una morada celestial segura y eterna para los dioses. También produjo las montañas, para albergue grato de las Ninfas, que escogieron para ello frondosos bosques.

Urano -la pareja primigenia, el Cielo y la Tierra, es propia de muchas mitologías y se encuentra en lugares tan remotos como Nueva Zelanda, donde aparecen respectivamente como Rangi y Papa, y el relato sigue una línea semejante al de Hesíodo- contempló tiernamente a su madre desde las elevadas cumbres y derramó una lluvia fértil sobre sus hendiduras secretas, naciendo así las hierbas, flores y árboles con los animales y las aves, que formaron como un cortejo para cada planta. La lluvia sobrante hizo que corrieran los ríos y al llenar de agua los lugares huecos se originaron así los lagos y los mares, todos ellos deificados con el nombre de Titanes: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Iápeto, Crono; y Titánides: Temis, Rea, Tetis, Tea, Mnemósine y Febe; de ellos descendieron los demás dioses y hombres. Pero como si Urano y Gea quisieran demostrar que su poder estaba por encima de todo, crearon otros hijos de horrible aspecto: los tres Cíclopes primitivos, llamados Arges, Estéropes y Brontes, quienes tenían un solo ojo redondo en medio de la frente y representaban respectivamente el rayo, el relámpago y el trueno y eran inmortales (uno de los descendientes fue astutamente engañado por Ulises, tal como lo cuenta la Odisea), y muchos de éstos ya mortales fueron muertos por Apolo para vengar la violenta desaparición de Asclepio del mundo de los vivos (sus espíritus habitaban las cavernas del volcán Etna en Sicilia). Finalmente, engendraron a los Hecatonquires o Centimanos, tres hermanos con cincuenta cabezas y cien brazos cada uno que se llamaron Coto, Briareo y Giges.

Por su parte la Noche por sí sola había engendrado a Tánatos (la muerte), a Hipno (el sueño) y a otras divinidades como la Hespérides, celosas guardianas del atardecer cuando las tinieblas empiezan a ganar la batalla de la luz diurna, fenómeno que se repite cada día; las Moiras (Parcas), defensoras del orden cósmico, representadas como hilanderas que rigen con sus hilos los destinos de la vida; Némesis, la justicia divina, perseguidora de lo desmesurado y protectora del equilibrio.

Otros mitos de la creación en el escenario helénico

El primero de ellos se atribuye a los pelasgos, uno de los pueblos primitivos que según la tradición habitaron Grecia, en él se advierte una evidente postura matriarcal basada en la concepción primigenia de una Diosa Madre, que se generalizaría en el mundo mediterráneo Oriental, dice así: En el principio Eurínome, la Diosa de todas las cosas, surgió desnuda del Caos, pero no encontró nada sólido en que apoyar los pies y, a causa de ello, separó el mar del firmamento y danzó solitaria. sobre sus olas en dirección sur, y el viento Norte llamado también Bóreas, puesto en movimiento tras ella, le sugirió que sería un buen instrumento pan iniciar una obra Creadora. Eurínome se dio entonces la vuelta y se apoderó de aquél y lo frotó entre sus manos hasta que dio origen a la enorme serpiente Ofión. A continuación la diosa, que tenía frío, bailó para calentarse cada vez más agitadamente, despertando el deseo carnal en Ofión, quien sin pensarlo tres veces se enroscó el cuerpo de Eurínome y la poseyó con lujurioso deleite. Así fue como Eurínome quedó encinta. Después se transformó en paloma y se posó sobre las olas y a su debido tiempo puso el Huevo Universal. A petición suya Ofión se enroscó siete veces alrededor de l huevo hasta que se empolló y dividió en dos. De él salieron todos los seres y elementos que componen el Cosmos: el sol, la luna, las estrellas, la tierra con sus montañas, ríos, mares y lagos, sus árboles, hierbas y criaturas vivientes. Eurínome y Ofión fijaron su morada en el monte Olimpo. Cuando Ofión irritó a su compañera, arrogándose el título de autor del Universo, ésta le pegó tan tremendo puntapié que le arrancó los dientes y lo arrojó a las oscuras cavernas situadas bajo la tierra. Seguidamente la diosa Creó siete potencias planetarias y colocó una Titánide y un Titán en cada una: Tía e Hiperión para el Sol; Febe y Atlante para la Luna; Dione y Crío para el planeta Marte; Metis y Geo para Mercurio; Temis y Eurimedonte para Júpiter; Tetis y Océano para Venus; Rea y Crono para Saturno. Guardadores todos de la sucesión del tiempo. Sin embargo, en esta armoniosa “creación” faltaba el hombre, y entonces apareció Pelasgo, brotado de los dientes de Ofión enterrados en los abismos de Arcadia y precursor de otros que lo aclamaron como jefe culturizador, pues de él aprendieron a construir chozas, a alimentarse de bellotas y a coser túnicas de piel de cerdo. Dioses y hombres se hallaban sometidos a sus oponentes sexuales femeninos y todos, en definitiva, rendían culto a la Gran Diosa Madre. La mujer constituía así el sexo dominante y el hombre aparecía como su víctima asustada. Semejante concepción mitológica debía ser imaginada por una sociedad matrilineal en la que se atribuía el papel engendrador, no al varón, sino al viento o a la ingestión de habichuelas por la futura madre o bien a la deglución de un insecto. En este caso Eurínome actúa como Creador, a semejanza de Yahvé en el Génesis, sólo que aquí en lugar de un Dios asexuado único y supremo es una diosa. Por su parte las culebras, símbolos de Ofión, son consideradas como reencarnaciones de los muertos. Homero consideraba que todos los dioses y seres vivientes surgieron del Océano que circunda el mundo y que Tetis fue la gran madre universal. Por su parte, los helenos iniciados en los misterios órficos creían que la noche de las alas negras, diosa por la que incluso Zeus, el futuro padre de los dioses helénicos clásicos, sentía un temor reverente, fue seducida por el Viento y puso un huevo de plata en el seno de la Oscuridad del que salió Eros o Fanes (el sol), que impulsó el movimiento del Universo. Eros tenía cuatro cabezas (las cuatro estaciones), alas doradas y doble sexo. A veces rugía como un león, mugía como un toro, balaba como un carnero o silbaba como una serpiente. Vivía en una cueva junto con la Noche que se manifestaba en forma de tal, del Orden o de la Justicia. Rea era la madre universal que tenía como misión tocar un tambor de latón para que los hombres se sintieran atraídos a la consulta de los oráculos de la diosa. Eros creó el cielo, el sol y la luna, pero su gobierno perteneció a la diosa hasta que Urano la destronó.

Finalmente, dos mitos a los que el Robert Graves consigna con el apelativo de filosóficos; el primero. basado en La Teogonía de Hesíodo, se muestra confuso, pues mezcla abstracciones con seres concretos: Nereidas, Titanes, Gigantes; y el segundo, forjado ya en una época helenístico-romana (siglo II a I d.C.), recuerda al Génesis y a tradiciones babilónicas-mesopotámica, como el poema épico de Gilgamesh que menciona a Utanapistim, el “Noé sumerio”. Son éstos:

«Algunos dicen que al principio reinaba la Oscuridad y de la Oscuridad nació el Caos. De la unión entre la Oscuridad y el Caos nacieron la Noche, el Día, el Erebo y el Aire.

La unión de la Noche y el Erebo provocó el Hado (el destino), la Vejez, la Muerte, el Asesinato, la Continencia, el Sueño, los Desvaríos, la Discordia, la Miseria, la Vejación, Némesis (la Justicia distribuida según las acciones), la Alegría, la Amistad la Compasión, las tres Parcas y las tres Hespérides.

La unión del Aire y el Día originó la Madre Tierra, el Cielo y el Mar.

De la unión del Aire y la Madre Tierra surgieron el Terror, la Astucia, la Ira, la Lucha, las Mentiras, los Juramentos, la Venganza, la Intemperancia, la Disputa, el Pacto, el Olvido, el Temor, el Orgullo, la Batalla y también Océano y Metis, y los otros Titanes, Tártaros y las Tres Erinies o Furias

De la conjunción del Mar con sus ríos salieron las Nereidas.»

Y el segundo:

«El Dios de todas las cosas que algunos llaman Naturaleza apareció de pronto en el Caos y separó la tierra del cielo, el agua de la tierra y el aire superior del inferior. Después de desenredar los elementos, los ordenó tal como aparecen en la actualidad. Dividió la tierra en zonas, unas muy calurosas, otras muy frías y algunas templadas; moldeó después las llanuras y montañas e hizo crecer los árboles y las plantas. Sobre la tierra colocó el firmamento en constante movimiento, lo llenó de innumerables estrellas y designó las posiciones de los cuatro vientos. Pobló también las aguas de peces, la tierra de animales y el cielo con el sol, la luna y los cinco planetas y finalmente creó al hombre.» Como puede observarse este último relato es el menos mitológico en el sentido que estamos acostumbrados, aunque no por ello es el menos alegórico, con el objetivo central de cantar las glorias de un Ser Supremo y Creador.

La descendencia de Urano y el mito de la Sucesión

El mito de la sucesión comprende, en sentido estricto, la vida de Urano, Crono y Zeus, los tres sucesivos ocupantes del trono de los dioses. Comienza con Urano, el primer señor del mundo, no llamado así por Hesíodo, pero así se implica en su re­lato; explícitamente lo dice Apolodoro (OÜranØj prñtoj toã pantØj £dun§steuse kÕsmou). Urano odia a los hijos que va engendrando en su madre la Tierra y los oculta en los abismos de ésta (En Teogonía 157 s., encontramos prácticamente con­fundidas e identificadas la divinidad de la Tierra y la realidad física que el mito le atribuye), por lo que la Tierra, dolorosamente distendida en sus entrañas, apela a sus hijos y los incita contra su padre, maquinando una emboscada contra él. Los cinco mayores, empavorecidos, nada responden; pero Crono, el menor (que, a su vez, será también destronado por el más joven de sus hijos), le promete su ayuda. Su madre le entrega una hoz dentada que ella misma ha fabricado, con la que Crono, aprove­chando el momento en que Urano, que ha llegado trayendo consigo la noche, está extendido en amorosa unión sobre la Tierra, le corta a su padre los órganos genita­les, empuñando la hoz en la mano derecha y sujetándose los miembros con la iz­quierda. A continuación Crono arroja al mar los genitales de su padre tirándolos a su espalda, gesto quizá entendido por Hesíodo como ritual o mágico, y en cierto modo semejante al lanzamiento antropogónico de piedras por Deucalión y Pirra, a la prohibición de mirar atrás que se impone a Orfeo como condición para la resurrec­ción de Eurídice, y al lanzamiento por Ulises, también a sus espaldas, del velo de Leucotea (en Odisea v. 459, donde no se dice cómo lo arroja, pero en v. 350 la pro­pia Leucotea le ha dicho que debe hacerlo vuelto de espaldas). La castración de Urano resulta fecunda. Las gotas de sangre que manan de la herida caen sobre la Tierra, que las recibe y, andando el tiempo, engendra, sin duda fecundada por ellas, tres grupos de seres: las Erinies, los Gigantes y las Ninfas Melias. Las Erinies (9ErinÝej)o Furias (Furiae) son diosas, las diosas encargadas de castigar sobre todo a los parricidas (por eso puede ser simbólico su nacimiento de las gotas de sangre del padre mutilado por su hijo); su aspecto es horrible, con cabellera de serpientes y blandiendo en las manos látigos que son también serpientes; son tres (aunque He­síodo no precisa el número), y sus nombres (que tampoco Hesíodo menciona) son Alecto, Tisífone y Megera (9Alektë, TisifÕnh, Mgaira). En Esquilo son hijas de la Noche, lo que sugiere alguna equiparación con las Ceres de la Teogonía (v. 217), que son hijas de la Noche y «que castigan sin compasión».

El segundo grupo de seres que brotan de las gotas de sangre de Urano es el de los Gigantes (Ggantej), seres colosales, de poder semejante al de los dioses, pero mortales en todo caso. Casi nada dice de ellos Hesíodo, aparte del indicado origen; pero fuera de Hesíodo hay muchos más datos, concentrados sobre todo en torno a la lucha de los Gigantes contra los dioses llamada Gigantomaquia. Los Gigantes, en efecto, no son dioses, sino una especie en cierto modo intermedia entre dioses y hombres: próximos a los dioses (¦gc*eoi en Odisea VII 206) por sus fuerzas, pero mortales como los hombres. Parecidos a los Gigantes son, por otra parte, los Lestrí­gones (LaistrugÕnej) y los Feacios (Fahkej). Las más antiguas alusiones a la Gi­gantomaquia que poseemos están en Píndaro y los relatos más detallados, en Apolo­doro y en las dos Gigantomaquias de Claudiano. En estos relatos y en otras fuentes se menciona un gran número de nombres individuales de Gigantes (Encélado, Alcioneo, Porfirión, Mimante, Efialtes, Éurito, Clitio, Palante, Polibotes, Hipólito, Agrio, Toon, Óbrimo, Reto, Peloro, Énfito, Teodamante, Asco, Oromedonte, Damástor, Paleneo, Equíon, Ctonio, Peloreo, y varios otros).En cuanto a datación, la Gigantomaquia es, en la mayoría de las fuentes, posterior a la Titanomaquia (con la que a veces indebidamente se confunde, así como los Titanes en general, o algunos de ellos en particular, son a veces llamados Gigantes).

El último grupo de seres que brotan de la Tierra al caer las gotas de sangre de Urano es el de las Ninfas Melias, que apenas tienen actuación alguna, tanto en He­síodo como en las pocas menciones posteriores. Por su nombre parecen ser ninfas de los fresnos (Melai), o bien de los árboles en general, semejantes a las Dríades. Si tal conexión arbórea llegara en las Ninfas Melias, como en las Dríades, a una cierta identificación con la naturaleza arbórea, podría verse en la génesis de las Melias una cierta semejanza con el nacimiento de un almendro de los genitales de Atis o de un granado al caer a tierra los órganos genitales y la sangre de Agdistis. No tienen nombres individuales las Ninfas Melias, ni en Hesíodo ni en los otros textos, al me­nos en cuanto tales componentes del grupo; hay una Oceánide Melia, madre de Fo­roneo; y una Melia, madre de Folo, de Sileno y de Egialeo, de quien no consta si es la Oceánide, si pertenece al grupo de las Melias de que estamos tratando, o si se trata de otro personaje; todavía más inidentificables son cada una de las dos Melias mencionadas por Calímaco. Las Erinies, los Gigantes y las Ninfas Melias son, pues, los seres que brotan de la Tierra al caer en ella las gotas de sangre de Urano. Pero mucho más importante es otra consecuencia directa de la castración de Urano: sus órganos genitales caen al mar, vagan flotantes durante largo tiempo, y junto a ellos se forma una blanca espuma, brotada de los miembros inmortales, sobre la que a su vez se forma o emerge una joven que será nada menos que la excelsa diosa del amor y de la belleza, Afrodita o Venus, que a continuación pasa junto a Citera (tª KÝ*hra, isla al sur del Peloponeso que en tiempos históricos poseyó un famoso santuario de Afrodita), y por último llega a Chipre (KÝproj), donde establece su residencia principal. Hesíodo explica por estas conexiones los otros dos nombres usuales de Afrodita, a saber, Citerea (Ku*reia), y Cipris (KÝprij. Hesíodo no uti­liza este nombre, que es muy usual luego, sino la variante Kuprogen¿j; hay también Kuprogneia); y por haber brotado de la espuma, el de Afrodita (9Afrodth por ¦frÕj `espuma', pero dejando sin explicar la segunda parte del nombre). En latín no se emplea nunca Afrodita, sustituida, como es común en casi todos los dioses de primera fila, por una traducción o equivalencia con una divinidad itálica, Venus en este caso; son, en cambio, muy usuales en latín las transcripciones indicadas de Cite­rea y Cipris. Añade Hesíodo, entre otros datos, el de que la acompañaban el Amor ( Eroj, que no parece identificarse con el hijo de Venus de la tradición posterior a Hesíodo, designado habitualmente con la forma Erwj, sino con el ser primigenio que brotó o vino al mundo en cuarto lugar, después del Caos, la Tierra y el Tártaro), y el Deseo (Imeroj, de cuya genealogía nada dice Hesíodo), tanto en el momento de su nacimiento como al marchar a unirse a la muchedumbre de los dioses. Esta ge­nealogía hesiodea de Venus, así como la forma de su nacimiento así descrita por Hesíodo, es inconciliable con la genealogía homérica y con ella se relaciona un dato que es muy célebre, pero que no está ni en Hesíodo ni en texto alguno anterior a Plauto: el de que Venus nació de una concha, o bien que, una vez nacida en el mar, navegó en una concha.

Una vez mutilado Urano por su hijo Crono, éste ocupa el poder supremo, la «dig­nidad regia entre los inmortales», aquí ya explícitamente en Hesíodo (v. 462 de la Teogonía; en v. 486 llama a Crono «el Uránida, gran soberano, rey de los primeros dioses»). Se casa a continuación con su hermana Rea, tiene seis hijos (tres hembras, Hestia, Deméter y Hera, y los tres varones, Hades, Posidón y Zeus), e imita a su pa­dre, pero con mayor dureza aún hacia sus hijos, a los que devora conforme van na­ciendo. Así sucede con los cinco primeros; pero cuando está a punto de nacer el úl­timo, Zeus, su madre Rea, que estaba desolada, pide ayuda a sus padres, Urano y Gea, quienes (en consonancia con una amenaza o predicción de futuro castigo, for­mulada por Urano a raíz de su castración por Crono), le aconsejan que se vaya a Licto, en Creta, para dar a luz al más joven de sus hijos. Así lo hace Rea y, después de dar a luz a Zeus, lo esconde en una profunda cueva del monte Egeo, y a Crono le da a comer, en lugar del niño, una piedra envuelta en pañales. Hesíodo no dice dónde dio a luz Rea a Zeus; nos dice que lo llevó a Licto, pero nos quedamos sin saber si es que para Hesíodo previamente había nacido Zeus en algún otro sitio, o si es que lo llevaba todavía en el vientre y lo dio a luz en Licto; en Apolodoro y en Diodoro Zeus nace en Creta, en una cueva del monte Dicte. Tampoco el monte Egeo, así llamado en Hesíodo, es localizable; la tradición posterior habla del Dicte, como en Apolodoro y Diodoro para el nacimiento, o del Ida, más o menos confun­dido con el Dicte, montañas, ambas, muy conocidas de Creta; las demás fuentes mitográficas se reparten entre el Dicte y el Ida, bien distintos en la mayoría de ellas. La crianza de Zeus tiene lugar en Creta, y sobre ella hay numerosos detalles y va­riantes, ajenos todos ellos a la Teogonía y contados en Apolodoro, Higino y muchos otros textos. Protegido por los Curetes, que ejecutan armados ruidosas danzas para que el llanto del niño no llegue a oídos de Crono, Zeus es criado con leche de la ca­bra Amaltea, o bien es criado por la ninfa Amaltea con leche de cabra; otros nom­bres de nodrizas de Zeus son Adrastea, Ida, Melisa, Temis la Titánide y Cinosura (que será catasterizada en la Osa Menor). En Apolodoro y Zenobio son unas Ninfas, llamadas Adrastea e Ida, hijas de un Meliseo del que nada más se dice, las que se cuidan de criar a Zeus con leche de la cabra Amaltea; en el escolio a la Ilíada es a Temis y a Amaltea, «que era cabra», a quienes confía Rea la crianza del niño. Ovi­dio llama Náyade a Amaltea, y ninfas cretenses en general a las nodrizas de Zeus; Higino y Lactancio la llaman ninfa, sin mayor especificación. En cuanto a la cabra, dicen Eratóstenes e Higino que era hija del Sol y de aspecto pavoroso; Eratóstenes. y Lactancio añaden que con su piel se fabricó Zeus después su famoso escudo llamado égida y que uno de sus cuernos era el Cuerno de la Abundancia.

Zeus va creciendo en Creta y, una vez llegado a la edad adulta, consigue que Crono vomite a sus hermanos (después de haber vomitado la piedra que había de­glutido creyendo ser Zeus, piedra que Zeus coloca en la tierra de Pito, la futura Del­fos, donde, como tal pretendida reliquia, se enseñaba todavía en el siglo II d. C., se­gún cuenta Pausanias), ya sea mediante un vomitivo que le administra la Oceánide Metis, ya mediante alguna otra estratagema, no especificada. Libera también Zeus a los Cíclopes y Hecatonquires que, encadenados por su padre Urano, permanecían todavía en las entrañas de la tierra. Y a continuaci6n, inducido por Gea, emprende Zeus, juntamente con sus hermanos, y con la ayuda, al parecer, de algunos otros dio­ses (probablemente la Oceánide Estige y sus hijos la Gloria (ZÅloj), la Victoria (Nkh), la Fuerza (Kr§toj) y la Violencia (Ba), aunque esto está sólo en la Teogo­nía (vv. 383-401), y de un modo muy impreciso, sin seguridad de que se refiera a la Titanomaquia), una encarnizada guerra contra su padre Crono, guerra llamada la Titanomaquia por estar Crono asistido en ella por al menos algunos de los otros Ti­tanes, si bien no consta con claridad quiénes fueron, de entre los Titanes y Titánides, los que según la tradición de la Titanomaquia tomaron parte en la lucha al lado de Crono. Hesíodo no lo dice en absoluto; pero tampoco hace excepción alguna al mencionar a los Titanes en general en esta lucha (sobre todo en vv. 667 s., en donde «p§ntej, *¿leiai te ka ©rrenej, [...] Tit§nej te *eo ka Ösoi KrÕnou £xegnonto» parece incluir en la lucha a la totalidad de los Titanes, Titánides y Cró­nidas), ni tampoco después al referir su castigo en los vv. 715-733, por lo que parece como si se refiriera siempre a los doce que tiene nombrados en vv. 133-38. Sin em­bargo, hay algunos de ellos frecuentemente excluidos en las otras fuentes, como es el caso de Océano y de Helio; hay otros que aparecen como los principales comba­tientes, como Ceo, Crío, Hiperíon, Crono y Iápeto, además de algunos de sus des­cendientes como Menecio y Atlas.

Los Titanes luchan desde el monte Otris; los Crónidas, desde el Olimpo, con lo que parece Hesíodo dar a entender que las batallas tendrían lugar en la llanura tesa­lia que se extiende entre ambas montañas. Que Zeus y sus hermanos ocupasen el Olimpo expulsando de allí a los Titanes, y constituyendo tal acto algo así como la rotura de hostilidades que inicia la Titanomaquia, es algo no especificado claramente en ningún sitio, pero sí sugerido al menos en la Teogonía (vv. 112 s.); en todo caso, la ocupación del Olimpo será definitiva, y desde entonces Zeus, sus hermanos y sus hijos (no todos, sino los más importantes) se llamarán los Olímpicos. La descripción de la Titanomaquia y de sus resultados ocupa los vv. 629-733 de la Teogonía; la lu­cha dura diez años, hasta que al fin la intervención de los Hecatonquires, que se sa­bía sería decisiva según profecía comunicada por Gea a Zeus (y entonces es, según Apolodoro, cuando Zeus los libera, dando muerte para ello a una tal Campe que era su carcelera), la resuelve a favor de Zeus, que depone del trono a su padre y le su­cede en el gobierno del mundo, que conservará ya a perpetuidad (gracias al trueno, relámpago y rayo que le han proporcionado los Cíclopes, Zeus «reina sobre mortales e inmortales»: Teogonía, v. 506; según Apolodoro, los mismos Cíclopes proporcio­naron también a Plutón el casco y a Posidón el tridente). Crono y los otros Titanes (sin excepción explícita en Hesíodo, pero es probable que haya que exceptuar al Océano y a otros) son expulsados del cielo y encadenados y encerrados bajo la cus­todia de los Hecatonquires en las profundidades de la Tierra, en el Tártaro, tan dis­tante, por debajo, de la tierra, como ésta del cielo.

Con el definitivo establecimiento de Zeus en el trono supremo de los dioses y el mundo termina el mito de la sucesión. Hesíodo no menciona el reparto del mundo por sorteo, que aparece ya en la Ilíada (xv 187-95), entre los tres hermanos Zeus, Posidón y Plutón, que reciben así, respectivamente, la soberanía del cielo, el mar y el infierno. Que para Hesíodo Zeus pasa a ser soberano de los dioses y del mundo inmediatamente después de terminada la Titanomaquia, está sólo implicado, y no de un modo claro, en la Teogonía, a saber, en el v. 730 y en la razón que se da, en los vv. 461-65, para explicar por qué Crono devoraba a sus hijos: «para que ningún otro de los celestes ocupase la dignidad real entre los inmortales, pues había tenido noti­cia, comunicada por la Tierra y el Cielo, de que su destino era ser subyugado por un hijo suyo, a saber, por los designios del gran Zeus». Sólo después de la Titanoma­quia es donde, por una especie de también imprecisa elección o aclamación de los dioses vencedores, Zeus pasa a ser, explícitamente, el rey y soberano de los inmor­tales. Pero aun así, una vez terminada la Titanomaquia y expulsados del cielo por Zeus los Titanes, la supremacía de Zeus, ya sea por lo visto meramente implicado, ya por el sorteo homérico (que, en rigor, no implicaría más que una superioridad literal o topográfica sobre sus hermanos, es decir, la de habitar el cielo de que pasa a ser soberano), de hecho será ya definitiva e inalterada; pero hay, sin embargo, varias ocasiones en que Zeus está a punto de perder esa supremacía, en tres de ellas por tener que enfrentarse con temibles enemigos, y en otras dos con motivo de apeten­cias eróticas suyas. Las primeras son la Gigantomaquia, la Tifonomaquia y la lucha con los Alóadas Oto y Efialtes.

La Gigantomaquia, que no está en Hesíodo y sí principalmente en Apolodoro y Claudiano, es la guerra de los Gigantes contra Zeus y los otros Olímpicos. Instiga­dora de esa lucha es, en la mayoría de las fuentes, la madre de los Gigantes, esto es, la Tierra, que, a pesar de haber tenido anteriormente, como hemos visto, actuaciones favorables a Zeus, quiere ahora vengar la derrota y prisión de los Titanes. La lucha, encarnizada y terrible, se desarrolla en los campos de Flegra (nombre mítico de Pa­lene, la más occidental de las tres penínsulas que componen la también península de la Calcídica, en el NE. de Grecia), y durante ella los Gigantes acumulan unas sobre otras las montañas más importantes de Grecia, intentando escalar así el cielo. Un oráculo había indicado que era condición imprescindible para la victoria de los dio­ses contra los Gigantes que al lado de aquéllos combatiese un mortal (así en Apolo­doro), o, según otros, dos semidioses. La condición se cumple, en el primer caso, en la persona de Hércules; en el segundo, en las de Hércules y Baco; este último apa­rece como combatiente en varias otras fuentes que no mencionan el oráculo. Con la ayuda, pues, ya sea de Hércules solo, ya de Hércules y Baco, los dioses consiguen una victoria total, dando muerte a los Gigantes, algunos de los cuales quedan sepul­tados debajo de islas o de montañas. Esta grandilocuente lucha conocida como la Gigantomaquia (batalla o lucha contra los gigantes), aunque posterior a la creación del hombre, se coloca generalmente aquí por ser la confirmación del poder de Zeus y sus compañeros. En ella no faltó lo anecdótico y lo imprevisto, como cuando algunas versiones cuentan que al aparecer los gigantes se asustó el asno del sátiro Sileno y sus rebuznos fueron tan enormes que impidieron el primer asalto de aquéllos, ya que quedaron perplejos ante los extraños sonidos, creyendo que provenían de algún terrible animal. Otras terribles narraciones cuentan que no fue el asno de Sileno sino el de Dioniso, mientras que otras refieren que este suceso ocurrió cuando Tritón empezó a hacer sonar su trompa marina. Sea como fuere, aunque salta a la vista la ingenuidad de tales relatos como un intento de explicar una fantástica derrota, en Mitología (y la griega no es una excepción) hemos de acostumbrarnos a encontrar lo grandioso y lo terrible mezclado con lo infantil, reflejo subconsciente del modo de ser de los pueblos antiguos creadores de los mitos. La Gigantomaquia fue un tema favorito de la plástica, y así podemos contemplarla en muchos frontones conservados de los templos clásicos (algunos de los cuales son guardados celosamente en los museos más importantes del mundo). Los cuerpos de los monstruos, rematados en serpientes, se prestaban admirablemente a rellenar los ángulos de los frontispicios y terminar así artísticamente una composición.

Una vez terminada la Gigantomaquia, engendra la Tierra al espantable Tifoeo o Tifón (TufweÝj o Tufën o Tuf§wn), y tiene lugar la feroz contienda entre Zeus y los Olímpicos por una parte, y ese único adversario por otra. Hesíodo, que no men­ciona la Gigantomaquia, coloca inmediatamente después de la Titanomaquia la lucha de Tifoeo contra los dioses (llamada, aunque no en la Antigüedad, Tifonomaquia), que describe a lo largo de sesenta versos. La descripción física de Tifoeo está sobre todo en Apolodoro: Tifoeo superaba en estatura a los más altos montes, tocando los astros con la cabeza; de las manos le salían cien cabezas de serpientes y sus extre­midades inferiores estaban formadas por anillos de víboras; todo el cuerpo lo tenía provisto de alas. El pánico que Tifoeo provoca en los dioses es tal (aunque no en Hesíodo), que emprenden todos la huida a Egipto y allí se metamorfosean: Zeus en toro, Hera en vaca, Apolo en cuervo, Baco en macho cabrío, Ártemis en gata, Afro­dita en pez, Hermes en ibis (así en Ovidio; hay variantes, y mención de otros dioses metamorfoseados, en los otros textos citados). Pero, independientemente de esas metamorfosis, se produce un encuentro decisivo entre Zeus y Tifoeo. Zeus lo ful­mina y llega con él a las manos en el monte Casio de Siria, pero Tifoeo lo enlaza con sus extremidades viperinas y le corta los tendones, tras de lo cual se lo carga a cuestas y lo lleva a la cueva Coricia (de Cilicia, en Asia Menor), entregando los ten­dones, para su custodia, al dragón hembra Delfine, monstruo híbrido de mujer y ser­piente. Pero Hermes y Egipán logran hacerse con ellos a hurtadillas, y se los colocan de nuevo a Zeus, que, recobrando su fuerza, persigue de nuevo a Tifoeo, quien llega a Tracia y se defiende descuajando montañas enteras, que arroja contra Zeus. Huye después a Sicilia, donde por fin es definitivamente vencido por Zeus, que lo apri­siona echándole encima el volcán Etna, cuyas erupciones y sacudidas se explicaban a veces como convulsiones de Tifoeo, aprisionado pero no muerto (con alguna con­fusión con Encélado, Gigante mencionado en la Gigantomaquia y en ella aprisio­nado debajo de la isla de Sicilia, sin más especificación). Hay que indicar, por úl­timo, que Tifoeo es hijo de Hera, sin padre, en una versión que aparece en el Himno homérico a Apolo (vv. 307-355).

La tercera ocasión de peligro bélico para Zeus (y para los otros Olímpicos) es contada con menos dramatismo o como peligro más leve: se trata del intento de es­calar el cielo para luchar con los dioses por parte de los Alóadas (9Alw`§dai o 9Alw§dai). Eran los Alóadas dos muchachos (hijos de Posidón y de Ifimedía, so­brina y esposa de Aloeo) dotados de tan vertiginoso crecimiento, que a los nueve años de edad medían ya casi dieciséis metros de estatura y cuatro de anchura. Des­pués de haber tenido prisionero a Ares durante trece meses (a quien libera Hermes, avisado por Eeribea, madrastra de los Alóadas), o bien antes (en Apolodoro), colo­can el monte Osa sobre el Olimpo y el Pelio sobre el Osa (acción también atribuida, a veces en orden inverso, a los Gigantes en la Gigantomaquia ordinaria) con el pro­pósito de llegar al cielo y atacar a los dioses; pero Apolo (en la Odisea) acaba con ellos, al parecer antes de que logren alcanzar el cielo, y antes, en todo caso, de que llegasen a la pubertad. (En cambio, en el escolio de la Ilíada y en Apolodoro los Alóadas mueren víctimas de una estratagema de Ártemis, a quien quería violar Oto, a la vez que a Hera lo intentaba Efialtes: pone Ártemis una cierva entre ambos, y al intentar ellos cazarla disparándole sus dardos se matan el uno al otro.

Sobre las otras dos ocasiones de peligro para Zeus, ambas ocurren con motivo de apetencias eróticas suyas. La primera amenaza contra su poder surge de su relación (matrimonio según Hesíodo) con la Oceánide Metis, pues Urano y Gea le habían profetizado que el hijo que naciera de esa unión derrocaría a su padre como él había hecho con su padre y éste con su abuelo. Ellos mismos le aconsejan que, para evi­tarlo, devore a Metis y así lo hace, pues ella estaba ya en avanzado estado de gesta­ción. Poco después nacería de la cabeza de Zeus el fruto de esta unión, la diosa Ate­nea. La segunda es simplemente una profecía que no llegó a cumplirse: Zeus preten­día a Tetis, hasta que un oráculo que le predijo que el hijo que naciera de ella sería más fuerte que su padre le disuadió; Zeus entregó a Tetis como esposa a Peleo, y efectivamente se cumplió el oráculo, pues hijo de Tetis fue el temible héroe Aquiles.

Sin embargo, en ninguna de las cinco ocasiones llega a consumarse la amenaza, como tampoco en varias rebeliones, al parecer no muy peligrosas, de diversos dioses como Prometeo, Hera, Posidón, Apolo y otros y el poder de Zeus se considera en la mitología como eterno e inquebrantable.

Por fin Zeus, cuya última evolución de las creencias lo identifican con la potencia universal que encarna el Cosmos (no en vano en la declinación helénica el genitivo de ZeÝj es DiÕj y en la mitología germana anterior a Wotan u Odin se halla Ziu, el dios padre indoeuropeo [Daius Pitar = Dios Padre]), pudo dedicarse a organizar su reino, terminadas las grandes guerras contra titanes y gigantes. Se relata que en la morada terrenal del Olimpo y en la cúspide de tan alta montaña erigió el padre de los dioses una ciudadela. Los mitólogos historicistas quieren ver en Zeus a un rey helénico o indoeuropeo, quien apostado con sus súbditos en la fortaleza olímpica rechazó varios asaltos de pueblos invasores, así como de malvados bandidos. Intentan dar así una explicación real y humana, en especial a la Gigantomaquia. Los poetas y escritores helénicos cuentan que los vientos, la lluvia, las nubes no osaban acercarse a la cima del Olimpo, morada de eterna primavera. A propósito de este lugar, Solino escribe lo siguiente: «El punto más elevado se llama cielo y en él hay un altar consagrado a Zeus. Las entrañas de las víctimas allí sacrificadas se resisten al soplo de los vientos y a la impresión de las lluvias, de suerte que al otro año se encuentran en el mismo estado en que se dejaron. Lo que una vez se consagró al dios queda en todas las épocas al abrigo de las impresiones del aire. Las letras impresas en la ceniza permanecen sin borrarse hasta que se repiten las ceremonias al año siguiente». El nombre de Olimpo no solamente se dio a la parte del Cielo donde Zeus estableció su morada y al monte tantas veces mencionado, sino también en sentido más metafórico a la reunión de dioses que deliberaban en asamblea. Los dioses estaban sujetos como los hombres a la necesidad de alimentarse, pero no con los mismos elementos. En el banquete divino se servían como manjar la ambrosía y el néctar como bebida, ambos destilados de los cuernos de la cabra Amaltea, que alimentó a Zeus cuando era niño. Los dos elementos recreaban los sentidos, embalsamaban el ambiente, otorgaban la juventud y la dicha y aseguraban la inmortalidad. La ambrosía era nueve veces más dulce que la miel, de forma que comiendo miel se prueba la novena parte del placer que se sentiría tomando ambrosía. Según Homero, el néctar era de color rojo y no menos aromático y grato al paladar. Las dinastías de Urano y Crono significaron la época de los grandes cambios y trastornos en la naturaleza, período de formación de los elementos en que nada podía ser estable ni duradero. El gobierno de Zeus -tercera dinastía divina- es el período de la estabilización. La Tierra ha alcanzado la madurez y el aire y el mar han llenado los espacios vacíos dando a la naturaleza los principios vitales, germen de nuevos seres que habían de poblar el mundo terrestre. Pero Zeus no puede con todo y decide el reparto del Universo. Dos son los hermanos que más han ayudado al triunfo final: Posidón, a quien cederá el gobierno del mar, y Hades, al que confiará las profundidades terráqueas. La nueva organización está ya en marcha y ya nadie podrá destruir el mito del invencible Zeus, de sus hermanos y de los olímpicos: Hera, Atenea, Apolo, Ártemis, Hermes, Hefesto, Hestia, Leto, Deméter, Ares y Afrodita... además de Dioniso, divinidad errante terrestre.

Zeus se convirtió en la divinidad suprema del Olimpo, dios de la luz del día, del cielo y de los fenómenos atmosféricos, soberano de dioses y de hombres, que lo conoce todo, tanto el presente como el porvenir. Es todopoderoso, sabio, justo y bueno. Establece el destino del Universo, él mismo de halla sometido a aquél para que esta especie de humillación se tome como ejemplo de humildad, aunque en realidad el Destino es una emanación del propio Zeus.

Según los tratadistas de mitologías comparadas, existieron unos trescientos dioses en los panteones de los pueblos que pueden identificarse con el Zeus helénico. Los cretenses, ya en la antigüedad, no se contentaban con mostrar el lugar donde, según ellos, había nacido el dios, sino que también mostraban la “tumba de Zeus” en Cnossos con la inscripción Ci git Zan (aquí yace Zan = Zeus), lo que producía una gran curiosidad entre la mayoría de la gente que iba a visitarla y un gran escándalo para los mitógrafos y poetas.

Teniendo en cuenta esta importancia, se comprenderá que quizá los fragmentos mitológicos helénicos más extensos se hallen dedicados a la figura de Zeus, que aparece en casi todos los relatos. De éstos probablemente los más conocidos sean las innumerables aventuras amorosas que tuvo con sus esposas y amantes, unas divinas y otras mortales. El número de sus hijos legítimos o ilegítimos se evalúa en unos ciento cincuenta. La procreación aparece en Zeus como manifestación de una acción providencial y no debemos escandalizarnos como hicieron los primeros escritores cristianos ante aquellos relatos, pues hay que penetrar antes en el mundo sociocultural de las gentes que crearon aquella mitología, lo cual no quiere significar que los griegos (aunque con una conducta muchísimo más laxa que la moral estricta cristiana) siguieran habitualmente los ejemplos que mostraban cotidianamente sus dioses. Para explicar los orígenes del mundo y su desarrollo y poblamiento era necesario el que se permitieran uniones sin excesivo prejuicio e incluso muchas de ellas terminarían siendo castigadas. Así pues los poetas y mitógrafos se esforzaban por reconocer las profundas razones que llevaron especialmente a Zeus a dar hijos a los mortales. Así explicaban el nacimiento de Helena por el deseo de disminuir la población excesiva de Grecia y Asia, provocando un conflicto sangriento. El nacimiento de Heracles por la intención de suscitar a un héroe invencible capaz de librar a la tierra de monstruos maléficos.

Bibliografía

-Cardona, F. L. (1996). Mitología Griega, Barcelona, Edicomunicación, S.A.

-Ruiz de Elvira, A. (1975). Mitología Clásica, Madrid, Gredos.

Joven cuyos amores se disputan Agdistis y Cibeles. Al ser destinado a la hija del rey Midas, Agdistis hace que se vuelva loco; el joven se castra frente a un pino y muere. Cibeles entierra los órganos cortados y, junto a ellos, a la hija de Midas, que se suicida. De su tumba nacerá un almendro.

Hijo de Zeus brotado de una roca. Dioniso lo embriaga y lo castra, y su sangre fecunda la tierra, de la que brota un granado. Precisamente uno de estos frutos es tomado por la hija del río Sangario, que queda embarazada dando a luz a Atis.

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