Los medios globales; Herman y McChesney

Medios de Comunicación. Mass Media. Espacio público. Internet. Autopista de la información. Nuevas tecnologías

  • Enviado por: Elodie
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 15 páginas
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LOS MEDIOS GLOBALES

Edward S. Herman & Robert W. McChesney.

  • INTRODUCCIÓN

En este libro Herman y McChesney parten de la idea de que el “espacio público”, vitalmente necesario para la consecución de una sana sociedad democrática, cobra una especial importancia en la época actual; una época caracterizada por el rápido desarrollo de las telecomunicaciones y las tecnologías de la comunicación pero también por el apabullante dominio de los medios de comunicación comerciales globales sobre los medios de “servicio público”.

Este “espacio público”, que Habermas recomendó fuera institucional y económicamente independiente tanto del Estado como del resto de fuerzas económicas o políticas dominantes, habría de servir para debatir temas de trascendencia pública por parte del amplio abanico de medios que deben integrar la vida informativa y opinativa de la sociedad. Los medios de comunicación, como tales, han de servir a la ciudadanía y, a través de ellos, ésta ha de poder participar en el proceso político. En la misma medida en la que los medios contribuyan a la creación y conservación de este ámbito público será determinada la calidad democrática de la sociedad.

Sin embargo, los programas y/o contenidos de servicio público no tienen por qué estar reñidos con otro tipo de contenidos (entretenimiento) e incluso es bueno que ambos coexistan; la función informativa y de promoción del debate público de los medios puede muy bien complementarse con espacios de entretenimiento “serio” que hagan reflexionar a los receptores sobre los aspectos de actualidad; el problema sobreviene cuando los medios de comunicación comerciales acaparan el espacio público para programar contenidos de entretenimiento que no obedecen a ningún interés en pro del bien público sino de sus propios intereses comerciales.

Estas amenazas al espacio público son múltiples y provienen tanto del control gubernamental de la información, que en algunos casos desemboca en censura, como de los sistemas privados de control que, auspiciados por intereses económicos nacionales o extranjeros, promueven sus propios mecanismos de autocensura. Estos sistemas privados de control son la principal amenaza para el ámbito público (aún por encima de las intrusiones de los gobiernos en los entes públicos) debido a que se basan en el control de la información y los contenidos por parte del propietario, dueño de ese medio de comunicación privado, que defenderá y representará intereses de clase concentrándose así la propiedad de los medios en grandes compañías multinacionales que cada vez serán menores en número pero mayores en facturación.

Otra importante razón para temer la concentración privada de medios que Herman y McChesney explicitan en este libro es la dura dependencia de los medios privados del beneficio publicitario, una característica que termina condicionando los contenidos a la dictadura comercial de la máxima obtención de beneficios y, en ningún caso, a las necesidades y/o intereses públicos.

Los autores explicitan cómo los medios de comunicación privados, sujetos por una parte al empresario, dueño de la empresa informativa, y por otra a los anunciantes, principal fuente de ingresos de dicha empresa, suelen adoptar posiciones políticas conservadoras, extremadamente hostiles a cualquier crítica que pueda perjudicar el “statu quo” del cual extraen beneficios. Por esa razón suelen crear un entorno “agradable” para los productos y posturas ideológicas que publicitan (muchas veces, como veremos más adelante, llegando a manipular, tergiversar y censurar informaciones) en vez de procurar el mantenimiento y conservación de un espacio público cualitativo en el que las fuerzas democráticas y la ciudadanía se mantengan bien informadas, con pensamiento crítico e independencia en sus juicios con el fin de participar de forma igualitaria en el proceso democrático lo cual revertirá en el bienestar social.

Dado que, lo que Herman y Mc Chesney llaman “externalizaciones positivas”, produce beneficios no comerciales (pues su beneficio no es económico sino social) los medios de comunicación privados se inclinan por otro tipo de contenidos menos sanos y serios (entretenimiento barato, contenidos de prensa rosa, grandes dosis de violencia y sexo) que generan audiencias millonarias con las que atraer a los anunciantes y comerciales aunque el perjuicio para la sociedad sea ilimitado (aumento del temor e inseguridad ciudadana, propagación y mantenimiento de prejuicios sociales, aumento de la tasa de violencia, etc.)

De tal forma vemos cómo la controversia, el debate político serio, la polémica y/o todos aquellos espacios que puedan poner en entredicho la opinión convencional son desterrados de las programaciones y parrillas de radios y televisiones de todo el mundo, y cómo cualquier mensaje de profundidad que interfiera con el mensaje comercial y consumista de este tipo de medios es rápidamente diluido en espacios de entretenimiento insustancial donde el pensamiento crítico, la protesta, la divergencia de opiniones y cualquier otra oposición al actual sistema de medios simplemente no tienen cabida.

“Dicho de otra forma, el mercado puede ganar dinero programando lo que da lugar a externalizaciones negativas, de la misma manera que mejora sus ganancias ignorando las externalizaciones positivas del espacio público.”

(Herman & Mc Chesney. Los medios globales. Pág. 21)

En esta tesitura comienza a darse, cada vez con mayor celeridad desde finales de los años 80, un proceso de globalización mediática cuyos principales rasgos son el aumento del flujo de contactos internacionales de los medios de comunicación (lo que propicia un rápido crecimiento de los medios multinacionales); la tendencia a centralizar el control de estos medios de comunicación y el consiguiente aumento e intensificacion de su comercialización. Este proceso globalizador de los medios, mantienen los autores, provoca, tanto en la sociedad como en la propia estructura de los medios, efectos positivos (medios globalizadores que amplían las opciones del público, incremento de la diversidad y mantenimiento del carácter local y/o regional, mantenimiento de la calidad y carácter de servicio de los entes públicos, etc.) y negativos, precisamente aquellos de los que se ocupa este libro, a saber:

  • La implantación del modelo comercial de comunicación a escala global con su característica “cultura del entretenimiento”, incompatible con un orden democrático ya que generará productos mediáticos que se convertirán en bienes de consumo para satisfacer los objetivos de mercado y no los de la sociedad, cuya intensificación se hará más patente cuando alcance el mercado de las telecomunicaciones.

  • El control, cada vez más exhaustivo, del flujo de noticias, las influencias políticas y los intereses económicos y políticos de los medios. La publicidad mercantilizará el mensaje informativo llegando a integrar a los medios comerciales dentro del sistema de mercado global.

Como única esperanza, Herman y Mc Chesney plantean la resistencia local y nacional ante este proceso que parece no tener ya vuelta atrás. La globalización y comercialización de los medios se combatiría así desde los medios de comunicación propios, las diferentes lenguas, costumbres y tradiciones arraigadas en cada país, una regulación nacional sobre comunicación, nuevas tecnologías y telecomunicaciones propia, no impuesta por intereses multinacionales, y, por último, la conservación del espacio cultural y político original de los medios de comunicación social.

  • ESTRUCTURA Y CONTENIDO

Apreciamos cómo prácticamente todo el planteamiento teórico está ya explicitado en las recién comentadas páginas de la introducción, dejando los autores el cuerpo del documento para detenerse (a veces con minucioso detalle) en cada una de los aspectos que integran las afirmaciones vertidas en este prólogo. Además ahondan en aspectos económicos muy concretos que explican el creciente desarrollo y consolidación de un mercado oligopolístico de los medios flanqueado por el imparable desarrollo de las nuevas tecnologías como Internet y de las telecomunicaciones (satélites, cables de fibra óptica, etc.) en todo el planeta.

Los capítulos del libro son por tanto siete, y como ya hemos comentado, no tanto extensos como minuciosos en su aportación de datos específicos que intentaremos simplificar:

CAPÍTULO I: El auge de los medios globales

En este apartado se explica cómo los medios globales, a través de sus contenidos, (bien sean estos de información o entretenimiento) facilitan el establecimiento de un ambiente ideológico favorable para la existencia de un orden social exclusivamente orientado a la obtención de beneficios, lo que los convierte en un elemento básico del capitalismo global, casi podría decirse, en uno de sus más fuertes pilares. Se detalla aquí la evolución de los diferentes medios de comunicación (agencias, prensa, TV, radio, cine...) y su entrada en el mundo capitalista al caer en manos de los empresarios que gestionaban las empresas informativas de acuerdo con principios comerciales no éticos.

Factor clave para la formación de los medios globales auspiciados por la neoliberalización económica capitalista fue, sin embargo, la creación de la empresa multinacional, cuya irrupción en el mundo de los medios tuvo repercusiones diversas tanto en EE.UU (principal exportador del capitalismo económico) como en Europa aunque sería en este primer país donde las empresas de medios se establecieron ya como “empresas globales” con el total beneplácito gubernamental con el fin (suponen Herman y Mc Chesney) de usurpar el papel hegemónico en la comunicación internacional que, hasta entonces, había pertenecido a Europa.

Pese a las voces contrarias a esta política económica global, que se articularon en movimientos y organizaciones del mundo occidental como la NAM (Movimiento de las Naciones No Alineadas) y la NWICO( Nuevo Orden Mundial de la información y la Comunicación) los transmisores comerciales multinacionales se hicieron con el dominio de los satélites y, apoyadas por las máximas instituciones económicas capitalistas (el FMI y el Banco Mundial) exigieron derechos de propiedad intelectual y de patentes en el Tercer Mundo, reduciendo así la posible oposición a la penetración económica y cultural de los países avanzados y eliminando la posibilidad de adoptar vías de desarrollo alternativo.

Se nos explica en este capítulo cómo este auge de los nuevos imperativos comerciales se fundamenta no sólo en la concentración empresarial de medios, de bienes, poder económico o político por parte de las grandes compañías multinacionales globales sino a la amplia aceptación de una ideología corporativa global que es “recibida con entusiasmo por los ricos” y asumida de una forma “natural e inevitable” por los pobres, a quienes se invalida para cualquier mínima actuación bajo el convencimiento de que el orden actual de las cosas es el correcto.

Los medios comerciales globales representan el principal caballo de batalla en este proceso promoviendo las virtudes del mercado y los intereses corporativos de las multinacionales y dominando así en todos los estratos y niveles de la sociedad global. (Incluso, llegan a decir Herman y McChesney, en las campañas electorales de los estados donde se veta la participación en debates públicos, y se minimiza la entrada a los gobiernos a las voces disidentes que, el día de mañana pudieran cambiar el actual orden económico y social de las cosas.

En este punto ya podemos deducir que las relaciones internacionales ya no se establecen entre la estratificación jerárquica de unos polos de poder político sino económico. Esta polaridad económica, de claro signo mercantilista, es unidireccional y emana de EE.UU hacia el resto del planeta.

CAPÍTULO II: Los medios globales a finales de los años noventa

En este apartado se explica cómo la industria audiovisual estadounidense (cine, música, televisión) domina el resto del mundo asociándose con productoras locales y regionales que le permiten una mayor permeabilidad de sus productos en otros países, además de la utilización de otras lenguas no inglesas, que lleva a una disneyficación de la producción cinematográfica, televisiva y musical global.

Esta hollywoodización de la producción artística es fácilmente comprensible con una de las citas que Herman y Mc Chesney introducen en este punto, extraída de los labios de un productor de Hollywood que decía que “Las patadas en el culo funcionan en todas partes”. Estamos una vez más ante esas “externalizaciones negativas” (sexo, violencia, morbo) que las compañías multinacionales globales procuran vender antes que analizar sus repercusiones en los espectadores. La acción norteamericana de las películas traspasa todas las fronteras y vende enormes cantidades de dinero no sólo con el reporte económico del filme sino con todo su merchandising posterior. La violencia no construye, no ayuda y no habla idiomas. Pero vende.

Descubrimos aquí, cómo y por qué se dan las condiciones idóneas para la comercialización y la desregulación de los entes públicos de Radiotelevisión de muchos de los países occidentales llegando incluso a venderse casi por completo a las multinacionales. Las razones vendrían marcadas por la competencia con la TV por cable, la dura lucha por las audiencias contra la TV comercial que no tenía que satisfacer ningún servicio público y la pérdida de las subvenciones estatales propiciada, tal vez, por esa misma competencia.

Junto a la privatización de los entes públicos llega la desregulación: EE.UU fundamentó su coartada idelógica en la Primera Enmienda de su Constitución para promover el lenguaje comercial en detrimento de la intervención del gobierno. Los medios comerciales se basan en este principio de “libre circulación de la información” según el cual la titularidad pública de los medios es interpretada como un intervencionismo en contra de la libre expresión y circulación de información. Se aprovecha la idea de libre mercado para aducir que el control de los medios por parte de las empresas multinacionales es el adecuado pudiendo así manejar a su antojo los medios de comunicación social en beneficio de sus intereses económicos.

Se habla también en este capítulo del papel predominante de la publicidad como “arma táctica número uno” en este proceso de concentración de los medios. El exceso de publicidad lleva al enmascaramiento de anuncios (infocomerciales) que fomentan un consumismo feroz desde las sillas de los despachos los tres grandes grupos publicitarios del mundo: WPP Group (Reino Unido), Omnicom e Interpublic (EE.UU) cuyas grandes redes publicitarias se han ido extendiendo hasta alcanzar el Tercer Mundo y los países en vías de desarrollo, donde se han hecho con la titularidad de las agencias autóctonas de publicidad.

De tal forma vemos cómo el conglomerado de los medios de comunicación, la concentración corporativa y la hipercomercialización de los contenidos favorecen el control cultural sobre los medios que cada vez adquieren tintes más comerciales (dado que estos cada vez pertenecen más a los anunciantes) en un claro perjuicio de la cultura propagada a través de estos, a su vez cada vez menos basada en criterios culturales, artísticos o estéticos.

CAPÍTULO III: Los actores del sistema de los medios globales.

De este capítulo extraemos la consolidación del mercado mundial de los medios en cinco poderosísimas compañías que dominan las ventas del planeta:

Time Warner, Disney, Bertelsmann, Viacom y News Corporation seguidas de otras tantas compañías multinacionales cuya cobertura ya no es tanto global como local y regional (Dreamworks, Direct TV y Westinghouse en EE.UU; Havas y Hachette en Francia; Thomson Corporation, Grupo Hollinger y Roger Communications en Canadá, etc.) las cuales también aspiran a convertirse en compañías multinacionales del primer grupo.

Vemos así cómo los medios globales comerciales se reparten entre tan sólo diez conglomerados multinacionales, la mayoría norteamericanos, que operan en mercados oligopólicos bajo un régimen de durísima competencia que les lleva a primar en ellas los intereses financieros en publicidad sobre los valores culturales o los intereses públicos. Esta es la razón por la cual las televisiones comerciales enfatizan sólo las áreas que saben serán lucrativas comercialmente (videoclips, deportes, programación infantil perversamente plagada de anuncios especializados en niños...) desplazado así otros intereses mediáticos.

CAPÍTULO IV: Medios globales, Internet y revolución digital.

La conjunción de comunicación digital, comunicación por satélite y los adelantos en fibra óptica configuran las actuales “autopistas de la información”, un poderoso instrumento en la lucha por la igualdad de oportunidades dentro del mundo de la comunicación. Sin embargo, la convergencia llevada a cabo por los medios en el ámbito de las telecomunicaciones propició la fusión y adquisición de varias compañías de telefonía, televisión por cable y software y hardware informático para mantener una mejor estabilidad ante la confusión inicial en la que se hallaba el mercado de las telecomunicaciones.

De estas enormes fusiones surgen varias compañías que se introducirán en los medios de comunicación tradicionales mediante la unión con otros gigantes mediáticos como la NT&T, Deutsche Telecom, Concert, ET&T, France Telecom, Bell, Stet, Atlantic-Nynex, Telefónica y Sprint. (Todas menos la japonesa ET&T mostrarán más tarde ambiciones globales.)

En 1997, la Organización Mundial del Comercio firma el Acuerdo de las Telecomunicaciones (WTO) donde se culmina esta, hasta ahora imparable, tendencia a la liberalización de los mercados tecnológicos de la comunicación. Con ello se da un incremento de las mejoras en los servicios para los países en vías de desarrollo, aunque se compromete de por vida el acceso universal de la población a estos medios dado que sólo se aprovecharán de esta mejora el mundo de los negocios y las clases más acomodadas.

Una vez más fuimos testigos de cómo los adelantos tecnológicos, en lugar de acortar las distancias entre el Primer y el Tercer Mundo, las acrecentaron en nombre de los beneficios económicos, los intereses comerciales y los “democráticos” y “constitucionales” principios del mundo libre administrados por la siempre vigilante potencia norteamericana, EE.UU.

Como autopista de información, Internet supuso el acceso universal a la información ilimitada junto a una promesa casi total de interactividad a través de sus servicios de chat, correo electrónico y/o videoconferencia. El New York Times así lo señalaba:

“...Cualquiera con un módem es en potencia un panfletista global.”

Una vez instaurada la “Sociedad Internet”, en 1995, según la cual el gobierno estadounidense entregaba su participación informática a siete compañías (entre las que estaban MCI y Sprint) a no utilizar la red con propósitos exclusivamente comerciales llegó, en 1996, la Telecomunications Act que, con su aprobación, permitía que el mercado se hiciera con los aspectos no técnicos de la World Wide Web.

Si consideramos que el auge de Internet entre universitarios, periodistas, intelectuales y demás líderes de opinión cambió los tradicionales usos de la informática y que, mediante la inversión en fibra óptica y la mayor anchura de banda ( el ADSL actual), se podría ofrecer el acceso a la red, televisión por cable y telefonía en un sólo aparato, no debe extrañarnos el hecho de que la gran acelerada de este período fuese la industria informática de software (como Microsoft) que hubo de adecuar sus productos e infraestructuras para la nueva avalancha de peticiones que le demandaba el mercado.

Como medio de masas, sin embargo, la posición de la Red en 1997 (año de edición de este libro) todavía no estaba muy definida. Las enormes posibilidades de interactividad y aprovechamiento de los contenidos no se había calibrado todavía y la mayoría de los medios de comunicación ofrecían páginas web con contenidos prácticamente calcados de sus publicaciones tradicionales.

Aun así, las compañías no llegaron a monopolizar todos los contenidos de la Red y se limitaban a beneficiarse del público ya captado anteriormente a través de los medios tradicionales.

A partir de ahora las dos maneras más rápidas de generar beneficios para los proveedores de contenidos en Internet serán la publicidad y las suscriciones o ventas directas. Toda esta confusión terminará siendo regulada por el mercado que no querrá renunciar a su parte económica correspondiente y que determinará el futuro o fracaso de muchas de las empresas “punto com” que se crearon en este inesperado auge de la comunicación digital.

Herman y Mc Chesney concluyen en este capítulo que Internet, como fantástico proveedor de periodismo y cultura igualitarios fracasó al no ser aprovechada la carencia de control gubernamental o corporativo sobre la infinitud de sus contenidos para su constitución como medio de comunicación global no comercial.

CAPÍTULOS V y VI: La globalización de los medios

En estos dos capítulos los autores relatan pormenorizadamente cómo el modelo más claro de globalización corporativa de los medios se encarna en EE.UU, potencia a la que, si no se pone remedio, muchas otras potencias tomará como modelo de mercado evolutivo.

Dado que en el Capítulo VI la estructura y contenido son muy similares (pues detalla la trayectoria evolutiva de otros países como Gran Bretaña, Canadá, Brasil, Italia, Nueva Zelanda... que siguen la estela dejada por los estadounidenses) vamos a detenernos solamente en el Capítulo V, que despeja las claves del proceso por el cual EE.UU pasó a convertirse en cuna de la mayor parte de las empresas y compañías multinacionales culpables de la la actual situación oligopólica dentro del mercado de la información.

Hemos visto ya cómo los sucesivos cambios tecnológicos y económicos hicieron mella en las economías nacionales y globales de los años 80 y 90 que propició la globalización y comercialización de los medios. Esto llevó a un considerable aumento del dominio de los medios comerciales sobre los medios del sector público y sobre el sector público en sí. Vimos también cómo los programas de los medios de comunicación públicos no venden tanto ante las audiencias pues, aunque los beneficios de sus contenidos moral, ética y cívicamente son muy altos (ciudadanía mejor informada, un mejor orden democrático, mayor estabilidad social) económicamente no son tan elevados. De tal forma los efectos externos positivos de los medios públicos se minimizaron para dar mayor prioridad a los negativos (sexo, guerra, violencia) pues “viajan bien de unas culturas a otras” y venden grandes cantidades económicas aunque el impacto inmediato de sus mensajes y los valores implícitos en ellos no sean considerados importantes.

EE.UU se considera el modelo evolutivo para el resto del mundo debido a su poder global dominante, su papel de líder organizador en el orden global neoliberal, el hecho de que la dominación del mercado por parte de los medios sea allí más amplia y completa que en cualquier otro lugar del planeta. Su evolución es fácil de seguir por el resto de occidente siempre que se centralicen absolutamente todos los medios de comunicación, se le dote de prioridad a los fines comerciales en detrimento de otros valores e intereses (sobre todo aquellos que causen controversia, polémica o debate público) dándole prioridad en fin a los anunciantes, que, en definitiva son quienes ponen el capital lo cual los consolida casi como los “dueños” de las cadenas y medios de comunicación.

La finalidad de los medios de comunicación, en manos de los anunciantes y comerciales que sólo enfocan los contenidos de los medios de comunicación en su beneficio, se ha ido pervirtiendo hasta el límite de que guiones, tiempos de antena, secciones, contenidos e incluso los valores a promocionar son decididos o controlados por los anunciantes.

Estos valores obviamente no van contra sus intereses sino todo lo contrario; la importancia del consumo y la adquisición cada vez más compulsiva de bienes prima sobre valores tradicionales y éticos como la solidaridad, los valores éticos, culturales o morales. Y eso no es todo, la clase conservadora (claramente beneficiada también con este tipo de mercadeo de los medios) apoya a estas grandes compañías que albergan a los medios corporativos globales y no tienen problema alguno en atacar al gobierno acusándolo de “intervencionista”, so pretexto de vulnerar la Primera Enmienda, cada vez que los entes públicos se salen del marco tradicional de la cultura de mercado y entretenimiento.

Se prevé que este tipo de actuaciones provoquen en los ciudadanos un declive considerable del compromiso cívico y la participación de los mismos en la sociedad, además de mermar la atención y los puntos de vista plurales sobre algunas temáticas vitales para la política nacional o internacional del país o, lo que algunos han llamado ya “infotenimiento”.

(Herman y Mc Chesney detallan aquí escalofriantes casos de tergiversación, manipulación y ocultamiento de datos en las campañas informativas realizadas en América del Norte sobre los conflictos de Vietnam y el Golfo Pérsico.

CAPÍTULO VII: Alternativas al statu quo

Este último capítulo es más bien una reflexión final de los autores sobre los contenidos ya expuestos, una enumeración de las principales líneas de defensa y rechazo al statu quo de los medios, así como una breve llamada de atención sobre cuatro factores importantes dentro del acelerado desarrollo de los medios comerciales, a saber:

  • El sistema global de medios comerciales no se detiene en su papel de determinar la trayectoria y contenido de los medios nacionales de casi todo el mundo;

  • Este sistema global está constituido por apenas una decena de conglomerados multinacionales, casi todos estadounidenses;

  • Funciona como un componente imprescindible de la economía globalizadora del mercado en el que cuenta con un impresionante espacio de inversión (que sigue acrecentándose) gracias a la comunicación y la información. Estos medios constituyen, además, un foro imprescindible para los anunciantes y su promoción de valores basados en el consumismo y en la obtención de beneficios económicos.

  • Su propia naturaleza así como sus propios defectos estructurales impiden su servicio a valores democráticos e impiden la consecución y desarrollo de cualquier gobierno democrático pues fomenta el control centralizado de los medios de comunicación social por parte de una mínima élite del mundo de los negocios cuya abundante promoción del entretenimiento y la ausencia de controversia, polémica y/o debate público limitan y erosionan el sector público y la participación ciudadana en el mismo.

En lo referente a las líneas ideológicas de defensa de la globalización y la comercialización Herman y Mc Chesney señalan cinco puntos:

Sobre el mercado global de comunicación:

  • El mercado es un mecanismo que sirve al consumidor. Según este punto de vista el mercado solamente estaría actuando, con capacidad de repuesta ante el consumidor, siguiendo las leyes que lo rigen que son la oferta y la demanda. No se tiene en cuenta, sin embargo, que el mercado deja el servicio público fuera de su ámbito de acción ya que trata a su público en tanto que consumidor y no en tanto que ciudadano.

  • El mercado no permite al público escoger sus propios contenidos. Es decir, el ciudadano, una vez más, sigue sin ser soberano, se le niega ser el dueño de la información, como efectivamente debería ser.

  • Los medios comerciales, sirven al público de acuerdo con las preferencias comerciales de los anunciantes y no del público. Existe aquí una predisposición antidemocrática que se encuentra en la propia naturaleza del anunciante, pues éste querrá obtener beneficios mediante el tratamiento de unos públicos ricos y lucrativos, dejando a los más desfavorecidos por el camino.

  • El creciente control de la producción oligopolística de los medios propicia la adopción de posturas cada vez más conservadoras. Así como la supresión en los medios de cualquier discrepancia política y/o ideológica.

  • El mercado, aún sujeto a la oferta y la demanda, rara vez es totalmente competitivo. Puede estar sujeto a restricciones netamente monopolísticas.

Sobre la profesionalidad y la objetividad:

Los defensores de la globalización y comercialización mediática argumentan que los niveles de profesionalización y objetividad aumentan en este tipo de mercados del entretenimiento pero ni la profesionalización justifica la no transparencia de los datos ni la objetividad puede supeditarse a valores comerciales e intereses económicos como los que acucian a los anunciantes. De esta forma, los únicos periodistas que trabajarán en los medios (porque serán considerados objetivos y profesionles) serán aquellos que se adhieran a la política del empresario pues, de lo contrario, los conflictos diarios que surgirían entre información y poder o información y beneficio económico terminarían, como dijo Squires, en la “muerte del periodismo”.

Sobre el “público activo”

Los defensores de la postura globalizadora dicen aducen que “el mercado da a la gente lo que esta quiere”, que el público es activo y que la idea de que las compañías de los medios lavan el cerebro del público instándoles a renunciar a sus propias culturas para abrazar la norteamericana no es cierta. Esta postura además, incurre en una pésima valoración del receptor cuya soberanía y conciencia política son consideradas irrelevantes. Además, no considera los efectos acumulativos de un soporte continuado dentro del sistema de mercado global de los medios, ni la capacidad de estos para vencer las resistencias del público con el paso del tiempo. Hace caso omiso al sector público, al que ignora por completo, y favorece la despolitización.

Sobre las nuevas tecnologías de la comunicación

Hay quien argumenta que éstas proveen nuevas posibilidades para la comunicación competitiva, eliminando el monopolio expansivo de los medios. Sin embargo, estos nuevos medios de comunicación (Internet, TV digital, satélite) han sido ya acaparados por las grandes compañías mediáticas que, a su vez, los han absorbido dentro del mismo mercado oligopólico de siempre. La continua creación de nuevos canales es ilusoria, no suelen aportar contenidos nuevos ni originales sino programar refritos de lo ya visto anteriormente.

Sobre la no-existencia de otras alternativas viables al modelo comercial de los medios.

Quienes defienden la postura predominante de los medios comerciales sobre los de servicio público mantienen que fuera del mercado la burocracia entorpecería la relación entre producción y consumo de los medios. Pocos alegatos hay que hacer a esto (y aquí incluyo mi valoración personal); quizá los medios funcionen peor así, más lentamente, con menor cobertura o con escasez de medios pero al menos, serán controlados por la opinión general del público receptor; por sus intereses y necesidades, y no por los de los ricos y poderosos que, encima de explotar los mermados recursos de las clases más bajas ni siquiera le permite escoger la manera.

Finalmente, Herman y Mc Chesney analizan la creciente resistencia global por parte de individuos, grupos y organizaciones que ven sus intereses dañados o mermados en beneficio de los de otros y deciden actuar contra ello: encontramos que la lucha más activa se centraliza, una vez más, fuera del espacio público pues éste no tiene medios ni produce el suficiente sentimiento de unión para desafiar a la creciente hegemonía del mercado. La tendencia actual consiste en atraer ciudadanos y trabajadores de la esfera ideológica hacia el ámbito mercantil de la comunicación y, mediante el cabildeo y la educación, conseguir ir desterrando algunos de los valores comerciales, consumistas y capitalistas extremos que el sistema corporativo global de los medios propugna. Así, surgen varios medios alternativos, (que no opuestos) (porque no les dejan, claro) como el Movimiento Cultural del Medio Ambiente (CEM) o la Organización para la Ecuanimidad y la Exactitud en la Información (FERIA) en EE.UU; La Voz del Oyente y del Espectador (VLV) en Gran Bretaña o la Media Télévision Télespectateur en Francia; organizaciones y asociaciones que trabajan por la protección de los entes públicos y los valores democráticos de la comunicación. El problema principal, sin embargo, es su reducido tamaño y su falta de unidad ante los poderosos.

Otros ejemplos de resistencia cultural e ideológica son los programas y emisoras de televisión y radio de acceso público y comunitario; también vertebradas por asociaciones como AMARC (Asociación Mundial de Radiodifusores Comunitarios) o GAMA (Asociación Global de los Medios Alternativos). Estos retransmisores comunitarios no suelen recibir ayudas del Estado pero tampoco ninguna intervención del mismo en su actividad. Suelen estar coordinados y dirigidos por una sola persona aunque fomentan de forma muy amplia la participación pública. Así nacieron, desde mediados de los 80, casos bastante populares como la Radio Negra de Liberación en Illinois, Free Radio Berkeley en San Francisco, o Radio Zinzine en Francia.

Sin embargo, aunque la radio e Internet son medios asequibles para el gran público, realizar otro tipo de periodismo más cualitativo requiere unos recursos económicos y unas instalaciones técnicas que pocos medios podrían permitirse sin el apoyo estatal.

La ola activista, concluyen Herman y Mc Chesney, que actualmente se sigue produciendo a nivel regional y local debería poder elevarse hasta las esferas nacionales y globales para establecer un sector público global y no lucrativo que remplace o complemente a los medios comerciales globales.

La comunicación democrática, y aquí coincido con los autores de este libro incluyendo así mi valoración personal, debería funcionar, una vez conseguida, como instrumento efectivo para la consecución de una economía (y por ende también una sociedad ) más justa y democrática.