Las Cruzadas

Historia religiosa. Expediciones militares. Cristianos. Contexto. Sociedad. Papa. Anatolia. Nuremberg. Saladino. Consecuencias. Federico II

  • Enviado por: Señor Wilson
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LAS CRUZADAS

Cruzadas, expediciones militares realizadas por los cristianos de

Europa occidental, que comenzaron en 1095, normalmente a petición del

Papa, para recuperar Jerusalén y otros lugares de peregrinación en

Palestina (en la actualidad, Israel y Palestina), en el territorio

conocido por los cristianos como Tierra Santa, y que estaban bajo

control de los musulmanes. Los historiadores no se ponen de acuerdo

respecto a su finalización, y han propuesto fechas que van desde 1270

hasta 1798, cuando Napoleón I conquistó Malta a los Caballeros

Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, una orden militar establecida

en esa isla durante las Cruzadas. El vocablo cruzada (en latín, cruz,

el emblema de los cruzados) se aplicó también, especialmente en el

siglo XIII, a las guerras contra los pueblos paganos, contra los

herejes cristianos y contra los enemigos políticos del Papado. Por

extensión, el término se emplea para describir cualquier guerra

religiosa o política y, en ocasiones, cualquier movimiento político o

moral. Así, en España, los alzados contra el gobierno republicano en

1936 pronto denominaron a la guerra iniciada por ellos mismos (1936-

1939) Cruzada, por considerar que su objetivo era vencer el ateísmo.

Contexto histórico

El origen de las Cruzadas está enraizado en el cataclismo político que

resultó de la expansión de los Selyúcidas en el Próximo Oriente a

mediados del siglo XI. La conquista de Siria y Palestina llevada a cabo

por los Selyúcidas islámicos alarmó a los cristianos de occidente.

Otros invasores turcos también penetraron profundamente en el

igualmente cristiano Imperio bizantino y sometieron a griegos, sirios y

armenios cristianos a su soberanía. Las Cruzadas fueron, en parte, una

reacción a todos estos sucesos. También fueron el resultado de la

ambición de unos papas que buscaron ampliar su poder político y

religioso. Los ejércitos cruzados fueron, en cierto sentido, el brazo

armado de la política papal.

En un esfuerzo por entender por qué los cruzados las llevaron a cabo,

los historiadores han apuntado como razones el dramático crecimiento de

la población europea y la actividad comercial entre los siglos XII y

XIV. Las Cruzadas, por tanto, se explican como el medio de encontrar un

amplio espacio donde acomodar parte de esa población en crecimiento; y

como el medio de dar salida a las ambiciones de nobles y caballeros,

ávidos de tierras. Las expediciones ofrecían, como se ha señalado,

ricas oportunidades comerciales a los mercaderes de las pujantes

ciudades de occidente, particularmente a las ciudades italianas de

Génova, Pisa y Venecia.

Aunque estas explicaciones acerca de las Cruzadas quizá tengan alguna

validez, los avances en la investigación sobre el tema indican que los

cruzados no pensaron encontrarse con los peligros de enfermedades, las

largas marchas terrestres y la posibilidad de morir en combate en

tierras lejanas. Las familias que quedaron en Europa tuvieron que

combatir en muchas ocasiones durante largos periodos de tiempo para

mantener sus granjas y sus posesiones. La idea de que los cruzados

obtuvieron grandes riquezas es cada vez más difícil de justificar; la

Cruzada fue un asunto extremadamente caro para un caballero que tuviera

el propósito de actuar en Oriente si se costeaba por sí mismo la

expedición, ya que probablemente le suponía un gasto equivalente a

cuatro veces sus ingresos anuales.

Sin embargo, a pesar de ser una empresa peligrosa, cara y que no daba

beneficios, las Cruzadas tuvieron un amplio atractivo para la sociedad

contemporánea. Su popularidad se cimentó en la comprensión de la

sociedad que apoyó este fenómeno. Era una sociedad de creyentes, y

muchos cruzados estaban convencidos de que su participación en la lucha

contra los infieles les garantizaría su salvación espiritual. También

era una sociedad militarista, en la que las esperanzas y las ambiciones

estaban asociadas con hazañas militares.

La primera Cruzada

Las Cruzadas comenzaron formalmente el jueves 27 de noviembre de 1095,

en un descampado a extramuros de la ciudad francesa de Clermont-

Ferrand. Ese día, el papa Urbano II predicó a una multitud de seglares

y de clérigos que asistían a un concilio de la Iglesia en esa ciudad.

En su sermón, el Papa esbozó un plan para una Cruzada y llamó a sus

oyentes para unirse a ella. La respuesta fue positiva y abrumadora. El

papa Urbano, entonces, encargó a los obispos en el concilio que

regresaran a sus localidades y reclutaran más fieles para la Cruzada.

También diseñó una estrategia básica según la cual distintos grupos de

cruzados iniciarían el viaje en agosto del año 1096. Cada grupo se

autofinanciaría y sería responsable ante su propio jefe. Los grupos

harían el viaje por separado hasta la capital bizantina, Constantinopla

(la actual Estambul, en Turquía), donde se reagruparían. Desde allí,

lanzarían un contraataque, junto con el emperador bizantino y su

ejército, contra los Selyúcidas, que habían conquistado Anatolia. Una

vez que esa región estuviera bajo control cristiano, los cruzados

realizarían una campaña contra los musulmanes de Siria y Palestina,

siendo Jerusalén su objetivo fundamental.

Los ejércitos cruzados

La primera Cruzada se atuvo en sus líneas generales al esquema previsto

por el Papa. El reclutamiento prosiguió a pasos agigantados durante el

resto de 1095 y los primeros meses de 1096. Se reunieron cinco grandes

ejércitos nobiliarios a finales del verano de 1096 para iniciar la

Cruzada. Gran parte de sus miembros procedían de Francia, pero un

significativo número venía del sur de Italia y de las regiones de

Lorena, Borgoña y Flandes.

El Papa no había previsto el entusiasmo popular que su llamamiento a la

Cruzada produjo entre el campesinado y las gentes de las ciudades. Al

lado de la Cruzada de la nobleza se materializó otra constituida por el

pueblo llano. El grupo más grande e importante de cruzados populares

fue reclutado y dirigido por un predicador conocido como Pedro el

Ermitaño, natural de Amiens (Francia). Aunque fueron numerosos los

participantes en la Cruzada popular, solamente un mínimo porcentaje de

ellos pudieron llegar al Próximo Oriente; aún fueron menos los que

sobrevivieron para ver la toma de Jerusalén por los cristianos en 1099.

La conquista de Anatolia

Los ejércitos cruzados de la nobleza llegaron a Constantinopla entre

noviembre de 1096 y mayo de 1097. El emperador bizantino Alejo I

Comneno presionó a los cruzados para que le devolvieran cualquier

antiguo territorio del Imperio bizantino que conquistaran. Los jefes

cruzados se sintieron agraviados por esas demandas y, aunque la mayoría

en última instancia accedió, comenzaron a sospechar de los bizantinos.

En mayo de 1097, los cruzados atacaron su primer gran objetivo, la

capital turca de Anatolia, Nicea (la moderna Iznik de Turquía). En

junio, la ciudad se rindió a los bizantinos, antes que a los cruzados.

Esto confirmó las sospechas de que Alejo intentaba utilizarlos como

peones para lograr sus propios objetivos.

Muy poco después, de la caída de Nicea, los cruzados se encontraron con

el principal ejército Selyúcida de Anatolia, en Dorilea (ahora

Eskisehir, en Turquía). El 1 de julio de 1097, los cruzados obtuvieron

una gran victoria y casi aniquilaron al ejército turco. Como

consecuencia, los cruzados encontraron escasa resistencia durante el

resto de su campaña en Asia Menor. El siguiente gran objetivo fue la

ciudad de Antioquía (la actual Antakya, en Turquía) en el norte de

Siria. Los cruzados pusieron sitio a la ciudad el 21 de octubre de

1097, pero no cayó hasta el 3 de junio de 1098. Tan pronto como los

cruzados hubieron tomado Antioquía, fueron atacados por un nuevo

ejército turco, procedente de Al Mawsil (Irak), que llegó demasiado

tarde para auxiliar a los defensores turcos de Antioquía. Los cruzados

repelieron esta expedición de auxilio el 2 de junio.

La conquista de Jerusalén

Los cruzados permanecieron descansando en Antioquía el resto del

verano, y a finales del mes de noviembre de 1098 iniciaron el último

tramo de su viaje. Evitaron atacar las ciudades y fortificaciones con

el fin de conservar intactas sus tropas. En mayo de 1099 llegaron a las

fronteras septentrionales de Palestina y al atardecer del 7 de junio

acamparon a la vista de las murallas de Jerusalén.

La ciudad estaba por aquel entonces bajo control egipcio; sus

defensores eran numerosos y estaban bien preparados para resistir un

asedio. Los cruzados atacaron, con la ayuda de refuerzos llegados de

Génova y con unas recién construidas máquinas de asedio. El 15 de julio

tomaron por asalto Jerusalén y masacraron virtualmente a todos sus

habitantes. Según la concepción de los cruzados, la ciudad quedó

purificada con la sangre de los infieles.

Una semana más tarde el ejército eligió a uno de sus jefes, Godofredo

de Bouillon, duque de la Baja Lorena, como gobernante de la ciudad.

Bajo su liderazgo, los cruzados realizaron su última campaña militar y

derrotaron a un ejército egipcio en Ascalón (ahora Ashqelon, Israel) el

12 de agosto. No mucho más tarde, la mayoría de los cruzados regresó a

Europa, dejando a Godofredo y un pequeño retén de la fuerza original

para organizar y establecer el gobierno y el control latino (o europeo

occidental) sobre los territorios conquistados.

El apogeo del poderío latino en el Oriente

Tras la conclusión de la primera Cruzada, los colonos europeos en el

Levante establecieron cuatro estados. El más grande y poderoso de los

cuales fue el reino latino de Jerusalén. Al norte de este reino, en la

costa de Siria, se encontraba el pequeño condado de Trípoli. Más allá

de Trípoli estaba el principado de Antioquía, situado en el valle del

Orontes. Más al este aparecía el condado de Edesa (ahora Urfa,

Turquía), poblado en gran medida por cristianos armenios.

Los logros de la primera Cruzada se debieron en gran medida al

aislamiento y relativa debilidad de los musulmanes. Sin embargo, la

generación posterior a esta Cruzada contempló el inicio de la

reunificación musulmana en el Próximo Oriente bajo el liderazgo de Imad

al-Din Zangi, gobernante de Al Mawsil y Halab (actualmente en el norte

de Siria). Bajo el mando de Zangi, las tropas musulmanas obtuvieron su

primera gran victoria contra los cruzados al tomar la ciudad de Edesa

en 1144, tras lo cual desmantelaron sistemáticamente el estado cruzado

en la región.

La respuesta del Papado a estos sucesos fue proclamar la segunda

Cruzada a finales de 1145. La nueva convocatoria atrajo a numerosos

expedicionarios, entre los cuales destacaron el rey de Francia Luis VII

y el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Conrado III. El

ejército germano de Conrado partió de Nuremberg, Alemania, en mayo de

1147 rumbo a Jerusalén. Las tropas francesas marcharon un mes más

tarde. Cerca de Dorilea (Anatolia) las tropas germanas fueron puestas

en fuga por una emboscada turca. Desmoralizados y atemorizados, la

mayor parte de los soldados y peregrinos regresó a Europa. El ejército

francés permaneció más tiempo, pero su destino no fue mucho mejor y

sólo una parte de la expedición original llegó a Jerusalén en 1148.

Tras deliberar con el rey Balduino III de Jerusalén y sus nobles, los

cruzados decidieron atacar Damasco en julio. La fuerza expedicionaria

no pudo tomar la ciudad y, muy poco más tarde de este ataque

infructuoso, el rey francés y lo que quedaba de su ejército regresaron

a su país.

Saladino y la tercera Cruzada

El fracaso de la segunda Cruzada permitió la reunificación de las

potencias musulmanas. Zangi había muerto en 1146, pero su sucesor, Nur

al-Din, convirtió su Imperio en la gran potencia del Próximo Oriente.

En 1169, sus tropas, bajo el mando de Saladino, obtuvieron el control

de Egipto. Cuando Nur al-Din falleció cinco años más tarde, Saladino le

sucedió como gobernante del estado islámico que se extendía desde el

desierto de Libia hasta el valle del Tigris, y que rodeaba los estados

cruzados que todavía existían por tres frentes. Después de una serie de

crisis en la década de 1180, Saladino finalmente invadió el reino de

Jerusalén con un enorme ejército en mayo de 1187. El 4 de julio derrotó

de forma definitiva al ejército cristiano en Hattin, Galilea. Aunque el

rey Guy de Jerusalén, junto con alguno de sus nobles, se rindió y

sobrevivió, todos los Caballeros Templarios y los Caballeros

Hospitalarios de San Juan de Jerusalén fueron degollados en el campo de

batalla o en sus proximidades. Saladino, tras esta victoria, se apoderó

de la mayor parte de las fortalezas de los cruzados en el reino de

Jerusalén, incluida esta ciudad, que se rindió el 2 de octubre. En ese

momento la única gran ciudad que todavía poseían los cruzados era Tiro,

en el Líbano.

El 29 de octubre de 1187, el papa Gregorio VIII proclamó la tercera

Cruzada. El entusiasmo de los europeos occidentales fue grande y a sus

filas se apuntaron tres grandes monarcas: el emperador del Sacro

Imperio Romano Germánico Federico I, el rey francés Felipe II y el

monarca de Inglaterra Ricardo I Corazón de León. Estos reyes y sus

numerosos seguidores constituyeron la fuerza cruzada más grande que

había tenido lugar desde 1095, pero el resultado de todo este esfuerzo

fue pobre. Federico murió en Anatolia mientras viajaba a Tierra Santa y

la mayor parte de su ejército regresó a Alemania de forma inmediata a

su muerte. Aunque tanto Felipe II como Ricardo I Corazón de León

llegaron a Palestina con sus ejércitos intactos, fueron incapaces de

reconquistar Jerusalén o buena parte de los antiguos territorios del

reino latino. Lograron, sin embargo, arrancar del control de Saladino

una serie de ciudades, incluida Acre (ahora en Israel), a lo largo de

la costa mediterránea. Hacia el mes de octubre de 1192, cuando Ricardo

I Corazón de León partió de Palestina, el reino latino había sido

restablecido. Este segundo reino, mucho más reducido que el primero y

considerablemente más débil tanto en lo militar como en lo político,

perduró en condiciones precarias un siglo más.

Las últimas Cruzadas

Las posteriores Cruzadas no obtuvieron los éxitos militares que había

tenido la tercera Cruzada. La cuarta, que duró dos años, desde 1202

hasta 1204, estuvo plagada de dificultades financieras. En un esfuerzo

para aliviarlas, los jefes cruzados acordaron atacar Constantinopla en

concierto con los venecianos y aspirar al trono del Imperio bizantino.

Los cruzados lograron tomar Constantinopla, que fue saqueada sin

misericordia. El Imperio latino de Constantinopla, creado así por esta

Cruzada, sobrevivió hasta 1261, fecha en la que el emperador bizantino

Miguel VIII Paleólogo retomó Constantinopla. Todo ello no contribuyó en

nada a la defensa de Tierra Santa.

En 1208 el papa Inocencio III proclamó una Cruzada contra los

albigenses, una secta religiosa, al sur de Francia. La consiguiente

Cruzada fue la primera que tuvo lugar en Europa occidental. Duró desde

1209 hasta 1229 y causó un gran derramamiento de sangre y no logró

poner bajo control a los albigenses.

La primera ofensiva de la quinta Cruzada (1217-1221) tenía como

objetivo capturar el puerto egipcio de Damietta (Dumyat), lo que se

consiguió en 1219. La estrategia posterior requería un ataque contra

Egipto, la toma de El Cairo, y otra campaña para asegurar el control de

la península del Sinaí. Sin embargo, la ejecución de esta estrategia no

obtuvo todos sus objetivos. El ataque contra El Cairo se abandonó

cuando los refuerzos que había prometido el Sacro Imperio Romano

Germánico, del emperador Federico II, no se materializaron. En agosto

de 1221 los cruzados se vieron obligados a rendir Damietta a los

egipcios y en septiembre el ejército cristiano se dispersó.

Federico II

La Cruzada que llevó a cabo el emperador del Sacro Imperio Romano

Germánico Federico II se diferenció de las anteriores en su forma de

enfocar la cuestión. Federico II había prometido dirigir una Cruzada en

1215 y renovó su compromiso en 1220, pero por razones políticas

internas del Imperio estuvo posponiendo su salida. Bajo la amenaza de

la excomunión del papa Gregorio IX, Federico y su ejército embarcaron

finalmente en Italia en agosto de 1227, pero regresaron a puerto pocos

días más tarde, cuando el emperador cayó enfermo. El Papa, exasperado

por otro retraso más, rápidamente excomulgó al emperador. Una vez

recuperada su salud, Federico marchó a Tierra Santa en junio de 1228,

como un cruzado anónimo, sin la protección de la Iglesia. Federico

llegó a Acre, donde encontró que la mayor parte de su ejército se había

dispersado. No obstante, no tenía intención de combatir si se podía

recuperar Jerusalén mediante una negociación diplomática con el sultán

egipcio Al-Kamil. Esas negociaciones dieron como resultado un tratado

de paz por el cual los egipcios devolvían Jerusalén a los cruzados, que

garantizó una tregua durante 10 años. A pesar de este éxito, Federico

era esquivado por los líderes seglares de los estados latinos y por el

clero, dado que estaba excomulgado. Al mismo tiempo, el Papa proclamó

otra cruzada, esta vez contra Federico; reclutó un ejército y procedió

a atacar las posesiones italianas del emperador. Federico regresó a

Europa en mayo de 1229 para hacer frente a esta amenaza.

Luis IX

Transcurrieron casi 20 años entre la Cruzada de Federico y la siguiente

gran expedición al Próximo Oriente, organizada y financiada por el rey

Luis IX de Francia y motivada por la reconquista de Jerusalén por parte

de los musulmanes en 1244. Luis pasó cuatro años haciendo cuidadosos

planes y preparativos para su ambiciosa expedición. A finales de agosto

de 1248, Luis y su ejército marcharon hasta la isla de Chipre, donde

permanecieron todo el invierno y continuaron los preparativos.

Siguiendo la misma estrategia que la quinta Cruzada, Luis y sus

seguidores desembarcaron en Egipto, el 5 de junio de 1249, y al día

siguiente tomaron Damietta. El siguiente paso en su campaña, el ataque

a El Cairo en la primavera de 1250, acabó siendo una catástrofe. Los

cruzados no pudieron mantener sus flancos, por lo que los egipcios

retuvieron el control de los depósitos de agua a lo largo del Nilo. Los

egipcios abrieron las esclusas, provocando inundaciones, que atraparon

a todo el ejército cruzado, y Luis IX fue forzado a rendirse en abril

de 1250. Tras pagar un enorme rescate y entregar Damietta, Luis marchó

por mar a Palestina, donde pasó cuatro años edificando fortificaciones

y consolidando las defensas del reino latino. En la primavera de 1254

regresó con su ejército a Francia.

El rey Luis IX también organizó la última gran Cruzada, en 1270. En

esta ocasión la respuesta de la nobleza francesa fue poco entusiasta y

la expedición se dirigió contra la ciudad de Túnez y no contra Egipto.

Acabó súbitamente cuando Luis murió en Túnez en el verano de 1270.

Mientras tanto, las fortificaciones fronterizas que todavía le quedaban

al imperio latino de Siria y Palestina se vieron sometidas a una

presión incesante por parte de las fuerzas egipcias. Una a una, las

ciudades y castillos de los estados cruzados cayeron en manos de los

potentes ejércitos mamelucos. La última plaza fuerte, la ciudad de

Acre, fue tomada el 18 de mayo de 1291 y los pobladores cruzados, junto

con las órdenes militares de los Caballeros Templarios y los Caballeros

Hospitalarios, buscaron refugio en Chipre. Alrededor de 1306, estos

últimos se establecieron en la isla de Rodas, la cual administraron

como un virtual estado independiente y fue la última plaza fuerte en el

Mediterráneo hasta su rendición a los turcos en 1522. En 1570, Chipre,

por aquel entonces bajo la soberanía de Venecia, también fue

conquistada por los turcos. Los otros estados latinos que se

establecieron en Grecia como consecuencia de la cuarta Cruzada

sobrevivieron hasta la mitad del siglo XV.

Consecuencias de las Cruzadas

La expulsión de los latinos de Tierra Santa no puso fin a los esfuerzos

de los cruzados, pero la respuesta de los reyes europeos y de la

nobleza a nuevas convocatorias de Cruzadas fue débil, y las posteriores

expediciones se llevaron a cabo sin ningún éxito. Dos siglos de

Cruzadas habían dejado poca huella en Siria y Palestina, salvo

numerosas iglesias, fortificaciones y una serie de impresionantes

castillos, como los de Marqab, en la costa de Siria, Montreal, en la

Transjordania, Crac de los Caballeros, cerca de Trípoli y Monfort,

cerca de Haifa (Israel). Los efectos de las Cruzadas se dejaron sentir

principalmente en Europa, no en el Próximo Oriente. Los cruzados habían

apuntalado el comercio de las ciudades italianas, habían generado un

interés por la exploración del Oriente y habían establecido mercados

comerciales de duradera importancia. Los experimentos del Papado y de

los monarcas europeos para obtener los recursos monetarios para

financiar las Cruzadas condujeron al desarrollo de sistemas de

impuestos directos de tipo general, que tuvieron consecuencias a largo

plazo para la estructura fiscal de los estados europeos. Aunque los

estados latinos en el Oriente tuvieron una corta vida, la experiencia

de los cruzados estableció unos mecanismos que generaciones posteriores

de europeos usarían y mejorarían, al colonizar los territorios

descubiertos por los exploradores de los siglos XV y XVI.

SEÑOR WILSON