Laicidad en la educación

Laicismo. Religión. Doctrinas religiosas. Escuela Pública. Sistema Educativo Mexicano. Libertad. Conciencia. Creencias. Democracia

  • Enviado por: Danielusho
  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 8 páginas
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Introducción

Relacionar a la educación con el laicismo y con la vida cotidiana nos da ocasión de aquilatar uno de los principios fundamentales que garantizan nuestras libertades. La laicidad ha tenido una enorme importancia en la historia de México. En nuestro tiempo, es un principio con implicaciones de gran relevancia y en consecuencia, conviene discutirlo para tener ideas claras que nos ayuden a apreciarlo

Es saludable que en el medio académico se dé la debida atención al tema de la vigencia de este principio de la educación nacional. La valoración de lo rico y complejo de sus planteamientos jurídicos y filosóficos, y de sus consecuencias para la vida cotidiana y para el futuro de la nación, se beneficia del tratamiento riguroso y ecuánime que pueda imprimirle el debate académico.

Fundamento Legal

Art. 5 - La educación que el Estado imparta será laica y, por lo tanto, se mantendrá por completo ajena a cualquier doctrina religiosa.

Nuestra constitución establece que la educación que imparta el estado debe ser laica, y la define como aquella que se mantiene "por completo ajena a cualquier doctrina religiosa". El laicismo en el ámbito educativo es la expresión del principio histórico de separación del Estado y las iglesias, así como de un conjunto de normas que, por un lado, impiden al Estado establecer preferencias o privilegios a favor o en contra de religión alguna y, por otro, de la garantía de la libertad de creencias, de la cual se derivan derechos específicos para todo individuo, a saber: tener o adoptar la creencia religiosa de su preferencia, o bien no profesar creencia religiosa alguna y no ser objeto de discriminación, coacción u hostilidad por causa de tales creencias religiosas, ni ser obligado a declarar sobre ellas.

El laicismo en la educación responde a las necesidades de un pueblo como el nuestro, que ha aspirado a asegurar la libertad de conciencia, a afianzar, mediante la educación, una forma de gobierno y un sistema de vida democráticos en los que se exprese el pluralismo social y político del país; y a respetar plenamente las garantías individuales y los derechos humanos de toda persona.

La educación laica es una condición del desarrollo libre de los individuos, pues asegura la libertad de conciencia de todas las personas, tanto la de quienes adoptan alguna religión como la de quienes no lo hacen. Ante el Estado y ante la ley estas personas son iguales.

Además, el laicismo en la educación, ha hecho posible la superación de conflictos sociales que en otras épocas dividieron profundamente a los mexicanos y ha puesto a salvo de dichos conflictos a las comunidades escolares al respetar la libertad de creencias de los niños y de sus padres.
Por otra parte, hemos comprendido la necesidad de reconocer la diversidad y de respetar los derechos de las minorías. El laicismo en la educación hace suyos estos dos principios democráticos y con ellos garantiza el principio de igualdad jurídica de todos ante la ley.

Asimismo, el Estado laico garantiza la libertad de conciencia, por ello no adopta ni se opone a los credos de las diversas religiones.

Veamos cada una de estas condiciones del laicismo, imaginando las consecuencias de su incumplimiento en el ámbito educativo.

Si el Estado adoptara en la educación pública las creencias que emanan de algún credo religioso, violaría la libertad de creencias de aquellos que no comulgan con ese credo, y con ello, uno de los derechos humanos del pueblo mexicano, pues al adoptar una religión se negaría la libertad de unos y la igualdad de todos.

Pero en nuestra concepción de laicismo, tampoco tiene lugar la oposición a las convicciones religiosas, y las posturas ateas y agnósticas también son respetadas. En la escuela no se demuestran las creencias religiosas de los educandos, ni se busca sustituirlas por otras: la educación laica no es antirreligiosa. En la escuela se enseña que la adhesión a un credo religioso es un derecho de las personas y que por lo tanto debe ser respetada.

Introducir en la escuela pública distinciones que tengan como base los credos religiosos de los alumnos, abriría la puerta a privilegios, conflictos, exclusiones y discriminación que, precisamente, la educación está llamada a combatir. La escuela pública laica está abierta a todos sin distingo alguno.

La educación es indispensable en la democracia y para la democracia, puesto que todos los ciudadanos requieren estar capacitados para comprender los principios y normas que los rigen y para participar en su conformación. Por ello, la educación básica en México tiene carácter universal y obligatorio. Su obligatoriedad compromete al Estado a impartirla mediante planes y programas en los cuales se omitan los credos religiosos.

La educación laica no cuestiona los fundamentos de las religiones, pero tampoco se basa en ellos, sino en los resultados del progreso de la ciencia, cuyas conclusiones no pueden ser presentadas sino como teorías que se cotejan con los hechos y los fenómenos que las confirman o refutan. Prescinde, así, de pretensiones dogmáticas y se ubica en la libertad.

Conviene recordar que la escuela y las iglesias tiene fines diferentes y responden a necesidades humana distintas. Aunque ambas instituciones tienen un papel legítimo en la sociedad, sus métodos de trabajo son diferentes: las escuelas forman ciudadanos y las iglesias, devotos.

Impartir educación laica en un contexto cultural en el cual las creencias religiosas tienen un lugar relevante, nos lleva a considerar la manera como éstas son recibidas y tratadas en la escuela.

Consideramos, por ejemplo, que cada niño llega a la escuela con principios y valores aprendidos fuera de ella, en el medio social al que pertenece. Dichos principios y valores condicionan muchos aspectos de su conducta, y algunos, incluso, tienen un origen religioso.

A la escuela corresponde partir de un pleno respeto a las convicciones del educando. En ella se aprenderán los principios que la sociedad considera valiosos, los cuales coincidirán en mayor o menor medida con lo que su familia y el medio social más amplio le han transmitido. Pero la escuela tiene la obligación de brindarle también las herramientas conceptuales y de juicio que progresivamente lo ayuden a examinar por su propia cuenta el conjunto de los principios que guían su conducta, para sostenerlos o modificarlos, según los criterios que libremente vaya formando en su proceso de maduración, de modo que pueda hacer compatible sus convicciones, con los imperativos de la convivencia y se encuentre en aptitud de hacer valer su libertad de conciencia ante la sociedad.

La escuela no es el lugar donde se examinan las creencias de los educandos, sino donde se ofrece un marco de valores universales que hace posible la convivencia de personas con diferentes credos y costumbres, y que ayuda al estudiante a revisar los que le son propios.

La escuela proporciona al alumno nociones y saberes a fin de que construya explicaciones y respuestas para las grandes interrogantes que lo inquietan, y para poder elegir con fundamento las propuestas a las que se adhiere y sobre las cuales desea edificar su propia vida.

Los valores y principios que transmite la escuela laica al estudiante contribuyen a que sus creencias, sus costumbres y sus actos, sean acordes con la dignidad y los derechos de las personas. Al brindar una cultura nacional y universal, la escuela amplía los horizontes espirituales del alumno; al proporcionarle conocimientos, le da la posibilidad de comprender el mundo y participar en su transformación. Multiplicar sus opciones ensancha márgenes de su libertad.

El laicismo no impone una visión del mundo: crea las condiciones para que cada quien libremente construya la propia.

El laicismo significa neutralidad en materia religiosa, pero no neutralidad valorativa o moral. No sólo permite, sino estimula una educación valoral. Aún más, el laicismo comprende y alienta principios que los mexicanos hemos asumido como fundamentales a lo largo de nuestra historia, como el respeto, la tolerancia, la libertad de conciencia, y la igualdad jurídica ante la ley; principios que, a su vez, implican una profunda consideración de la libertad, de la igualdad y de la justicia.

El articulo 3º Constitucional establece con claridad los principios y fines de la educación nacional, entre los cuales sobresalen: el aprecio por la dignidad de la persona, la integridad de la familia, la convicción del interés general de la sociedad; los ideales de fraternidad e igualdad de derechos de todos los hombres, evitando los privilegios de raza, religión, grupos, sexos o individuos; el amor a la patria, la solidaridad internacional en la independencia y la justicia; la democracia y el nacionalismo.

Con base en estos principios y a fin de fortalecer una conciencia favorable a los derechos humanos, hemos llevado a cabo la reforma de los planes y programas de estudios de la educación básica para reforzar la formación cívica y ética de los educandos. Se trata de fomentar una cultura nacional incluyente, en la que conviven los distintos modos de entender la vida, en una sociedad tan plural como la mexicana. Se trata también de que los niños y los jóvenes sean capaces de apreciar y enriquecer lo que su país les ofrece; así como de atender, en el ejercicio responsable de su libertad, las exigencias que les plantea la vida en sociedad.

Hemos sido especialmente cuidadosos al traducir estos principios en contenidos y métodos de enseñanza, conscientes de que esta materia exile la mayor prudencia, pues se actúa en un campo delicado que no sólo compete a la escuela, sino también a las familias y a la sociedad en su conjunto.

Los valores contenidos en la sociedad, están sustentados en un profundo respeto a la dignidad del ser humano. Su eficacia pedagógica depende de que se logre que los educandos entiendan que su dignidad y las de los demás son iguales, y de que aspiren a relacionarse con los otros de manera libre y justa.

Sin embargo, como hemos dicho, en la formación valoral laica no basta el enunciado de valores y principios, sino que es necesario proporcionar al estudiante los conocimientos indispensables que le permitan convertirlos en forma de vida. La naturaleza humana, el desarrollo del adolescente, el conocimiento de sus derechos y obligaciones y de las condiciones para el funcionamiento de la democracia, son temas imprescindibles para este propósito.

Además, es necesario que la reflexión y el diálogo les brinden la capacidad de esbozar un proyecto de vida propio y de comprometerse con los principios y proyectos colectivos. Por eso la formación cívica y ética tiene que ver con la inteligencia, la sensibilidad, las emociones y la conducta. Así, cuando los estudiantes se enfrenten a conflictos de valores, se encontrarán mejor preparados para decidir y asumir su responsabilidad.

Como resultado de una buena educación, los estudiantes no guiarán su conducta únicamente por la obediencia a disposiciones o normas, sino que deberán ser capaces de reconocer, en contextos y circunstancias variables, la necesidad de reflexionar, discernir, decidir y actuar conforme al criterio que se hayan formado. La educación cívica y ética de hoy, invita a los estudiantes a reflexionar, a buscar la información necesaria y relevante para juzgar con la mayor precisión posible los hechos y las circunstancias, antes de tomar decisiones.

Una materia como ésta no puede tener una fundamentación filosófica definitiva, puesto que existe un intenso y permanente debate entre los distintos fundamentos posibles; ni siquiera puede contar con métodos y contenidos definitivos, porque éstos tendrán que enriquecerse permanentemente con las propuestas que surgen de una sociedad en constante transformación.

Una asignatura escolar que se proponga formar cívica y éticamente, no puede aspirar a entregar un código de valores terminado y autosuficiente, con una jerarquía inamovible entre los principios que promueve. Debe mostrar a los estudiantes la necesidad de buscar la explicación, el sentido y las consecuencias de sus actos, a fin de que puedan apoyarse en el valor esclarecedor de los principios universales que la humanidad y su nación han ido construyendo en un proceso histórico, en el cual habrán de tener la curiosidad de atenderse.

La formación cívica y ética educa para la democracia, esto es, prepara para su ejercicio y posibilita su perfeccionamiento, en la medida en la que enseña a revisar sus propios principios y su práctica de manera crítica. En un sistema de vida democrático cada ciudadano no sólo acata la ley sino que tiene recursos para transformarla. La educación para la democracia implica capacitar al ser humano, para discernir, para adoptar, para comprometerse consigo mismo y con los demás, para mejorarse continuamente. Esto solo es posible en un ambiente de libertad, especialmente de libertad de conciencia, de la cual la educación laica es sostén y salvaguarda.

Con la reforma de los planes y programas de estudios y la inclusión de la asignatura educación cívica y ética, hemos tratado de satisfacer las demandas de diversos grupos sociales para que la escuela atendiera, mediante la educación valoral, algunos problemas como la desintegración familiar, la violencia, el consumo y tráfico de drogas, así, el reforzamiento del respeto a los derechos humanos independientemente de que estas son tareas de todos, la escuela ha asumido su papel y está dando una respuesta educativa a estos y otros problemas desde su posición laica.

El articulo 3º Constitucional aprobado en 1946, contiene una clara orientación social, humanista y democrática de la educación. Podemos afirmar que es una síntesis equilibrada de los valores y principios que, desde la educación, se proyecta a toda la vida nacional. Son principios y valores que se han ido perfilando a lo largo de nuestra historia hasta formar parte de un proyecto nacional.

Desde entonces, la sociedad mexicana ha experimentado grandes cambios: urbanización, expansión de los servicios educativos y elevación de las tasas de escolaridad, multiplicación de los medios escritos y no escritos de difusión, el avance de las instituciones democráticas y el pluralismo político, entre otros.

Estos cambios a su vez, han contribuido a fortalecer la libertad, el pluralismo, la tolerancia religiosa y el respeto a la religiosidad del pueblo. No obstante es preciso reconocer que persisten signos de intolerancia. Se trata de casos localizados y excepcionales, conflictos religiosos asociados a la pobreza, la marginidad y el aislamiento, a un deficiente acceso a la justicia, a la débil implantación de las instituciones y prácticas democráticas en algunas religiones y grupos sociales del país.

Estamos convencidos de que para superar esos espacios reducidos de intolerancia religiosa, lo mejor es persistir en la práctica de la educación laica, junto con la ejecución de políticas de carácter social que contribuyan a sacar a tales grupos de la marginación y del aislamiento en que se encuentran.
Sin embargo, en los últimos años de han levantado algunas voces que señalan la necesidad de extender la educación religiosa que se imparta en algunas escuelas particulares a la escuela públicas oficiales. Algunas de esas propuestas plantean que los directores y maestros de cada escuela oficial, de común acuerdo con los padres de familia, decidan la orientación y el contenido religioso que se impartiría en cada plantel.

Reflexiones

Llevar la educación religiosa a la escuela pública sería una forma de propiciar un problema donde no existe: sería convertir las escuelas públicas en tierra fértil para el conflicto religioso, con tantas aristas como lugares en los que hay una escuela; sería una forma de reavivar en las aulas un conflicto ya superado en la sociedad y en la vida nacional.


El avance del pluralismo y la tolerancia religiosa en la sociedad obliga al Estado a preservar los principios del laicismo en la escuela pública. Este régimen contribuye a la unidad esencial de los mexicanos, a partir del respeto y de la tolerancia que de otra manera estaría en riesgo. Nuestro marco constitucional y legislativo satisface las necesidades de mantener una clara separación entre el Estado y las iglesias, de no mezclar los asuntos políticos con los religiosos, de fomentar la educación laica y la libertad de creencias, el pluralismo en todos los terrenos y el principio de igualdad jurídica ante la ley.

Conclusiones

Con base en todo lo expresado, podemos concluir que el artículo 3º Constitucional es norma adecuada para preservar la libertad de conciencia y de creencias, así como para evitar los conflictos religiosos que han dañado a la nación mexicana en otras épocas: que el Articulo 3º hace posible una educación en valores que, más allá de las preferencias políticas y religiosas, contribuye a consolidar un régimen de respeto y tolerancia en una sociedad cada vez más plural y democrática; que el laicismo educativo mexicano ha significado neutralidad en materia religiosa, pero no neutralidad valorativa, y menos aún ausencia de valores.

En síntesis, la neutralidad en materia religiosa en la escuela pública, en los planes, programas y materiales educativos, ha sido un asunto de moral pública y al mismo tiempo, un principio que permite preservar la libertad de conciencia, superar los conflictos religiosos e impulsar el avance de las instituciones democráticas del país.

Bibliografía

Art. 3° Constitucional y Ley General de Educación.

Libro de Texto: “Bases Filosóficas, legales y organizativas del Sistema Educativo Mexicano” 1er Semestre.

Lic. Miguel Limón Rojas “Educación Laicismo y vida cotidiana”