La formación de la Humanidad; Richard Leakey

Historia universal. Evolución de las especies. Homínidos. Arte prehistórico

  • Enviado por: Beatriz
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CAPÍTULO 1: COMPRENDER NUESTROS ORÍGENES

"La inquietud fundamental"

Los seres humanos poseemos muchas características excepcionales, de entre las cuales la menor no es nuestra intensa curiosidad. La historia sintonizó con una incertidumbre aparentemente universal acerca de nuestra procedencia, el deseo de resolver esta incertidumbre es lo que el gran teólogo Paul Tillich describió como "la inquietud fundamental". Cada tribu, estado y nación ha explicado su propia creación, por lo general, de la mano de un dios todopoderoso (teoría creacionista).

Durante más de un milenio, la civilización occidental se ha basado en los cimientos religiosos judeocristianos que conciben el ser humano y el planeta en que vivimos como el foco central de la provincia de Dios, sin embargo a partir de Copernicus, Kepler y Galileo la ciencia empezó su erosión de la concepción judeocristiana del mundo.

La siguiente revolución importante se produjo a mediados del siglo XIX con Charles Darwin y su obra "El origen de las especies". La implicación evidente de su teoría era que los seres humanos eran descendientes de algún animal parecido a los monos antropoides, y no el producto de una "creación especial".

Nuestra íntima relación con los monos se ha confirmado científicamente en fechas más recientes, los bioquímicos han demostrado que las proteínas que constituyen el cuerpo del hombre y las de los chimpancés difieren en su estructura en menos del uno por ciento. Esta similitud bioquímica delata que hay una relación evolutiva muy estrecha, ello no supone que hayamos evolucionado a partir de los chimpancés y los gorilas sino más bien que, en algún momento del pasado, compartimos con ellos un antecesor común. Podemos imaginar que los descendientes de este antecesor común evolucionaron en dos direcciones: una, que produjo los monos antropoides modernos, y otra, que dio lugar a los antecesores del hombre, los homínidos.

La tradición de los Leakey

Louis Leakey (padre del autor), junto con Raymond Dart y Robert Broom formaron un trío de hombres que impulsaron el estudio de los orígenes del hombre en África.

El llamado "hombre-mono" (niño de Taung), un homínido genuino descubierto por Raymon Dart en Sudáfrica en 1924, fue rechazado de forma generalizada por ser más mono que hombre.

Louis Leakey excavo en muchos lugares de Kenia y Tanzania, sin embargo su yacimiento favorito fue la garganta de Olduvai (Tanzania). A mediados de 1960 L. Leakey y su esposa habían acumulado una impresionante lista de hallazgos fosilíferos, de los que, al fin, era posible deducir algunos detalles de la prehistoria humana.

Louis creía que unos dos millones de años atrás existían varias especies diferentes de homínidos, de los que algunos llegaron a extinguirse, mientras que uno, el que bautizó Homo habilis, habría dado lugar, al final, al hombre moderno. También creía que el origen de la estirpe Homo se remontaba mucho más atrás en el tiempo.

Richard E. Leakey, su hijo y escritor de este libro, centro sus actividades en el lago Turkana (Kenia), en el campamento de Koobi Fora donde se encontró el cráneo conocido como 1470, este homínido antiguo tuvo un cerebro notablemente grande, a pesar de haber vivido hacía muchísimo tiempo. Este cráneo era del mismo tipo que el que Louis bautizó como Homo habilis pero un poco más antiguo y más completo que los ejemplares de Olduvai, este cráneo parecía confirmar la teoría que había propuesto años atrás, que la estirpe Homo era mucho mas antigua de los que se había supuesto.

Nuestro lugar en el universo.

¿Qué se sabe de nuestra especie?. Por el momento se puede decir que contamos sólo con unos 100.000 años. Al parecer, nuestro antepasado inmediato, Homo erectus duro alrededor de un millón y medio de años y, antes que él, Homo habilis ocupó partes de África durante casi un millón de años, el representante más moderno de la estirpe Homo es el Homo sapiens sapiens.

CAPÍTULO 2: TIEMPO Y CAMBIO

Los mecanismos mediante los cuales las especies aparecen y luego declinan hasta extinguirse han constituido un enigma para los biólogos durante mucho tiempo. El problema se planteó por vez primera cuando geólogos y naturalistas aficionados descubrieron el carácter estratificado de determinadas rocas y la existencia en éstas de restos de animales que ya no existían. Estos descubrimientos implicaban que el mundo de los seres vivos había cambiado en un sentido que hacía difícil su conciliación con el concepto de la Creación.

Se apeló a la llamada teoría del diluvio. Ésta proponía que las especies extinguidas habían sido víctimas del diluvio universal. Pero se vio que las rocas solían contener no sólo una, sino muchas capas de seres extinguidos diferentes, y ello significaba que una única inundación no podía haber sido responsable de su desaparición. El célebre geólogo y naturalista francés barón Georges Cuvier ofreció una solución con su teoría del catastrofismo, sugiriendo que el mundo habría pasado por una serie de creaciones, a cada una de las cuales le habría seguido un acontecimiento de destrucción global que había acabado, si no con todos, por lo menos con la mayor parte de los habitantes de la Tierra. A la muerte de Cuvier, en 1832, se habían computado veintisiete de estos eventos.

Charles Lyell en el siglo XIX concluyo que la Tierra estuvo sujeta a procesos de formación muy lentos, pero continuos. Lyell explicó que estos procesos no sólo eran muy largos, sino que todavía seguían actuando.

La teoría de la evolución

Jean Baptiste de Lamarck publicó su teoría en 1809. Lamarck creyó que la evolución se producía porque las características adquiridas por un animal durante su vida eran transmitidas a sus descendientes.

También Darwin creyó que las características adquiridas podían ser heredadas, pero, a diferencia de Lamarck, no baso su teoría en este mecanismo.

En 1856 publico "El origen de las especies".

Selección y supervivencia

El significado de "El origen de las especies" es cuádruple:

  • Darwin vio el mundo de los seres vivos como cambiante y no estático: las especies cambiaban de forma gradual, con lo cual aparecían especies nuevas y se extinguían otras.

  • Darwin imaginó el proceso gradual y continuo sin "saltos" o cambios bruscos.

  • Postuló la idea de un antepasado común

  • El mecanismo de cambio, de evolución, era la selección natural, proceso mediante el cual aquellos individuos dotados de características perfeccionadas daban la descendencia más numerosa (ideario liberalista).

  • La selección natural solo puede producirse si hay "variación". La "variación" supone que los descendientes, si bien pueden tener muchos caracteres en común con sus padres, nunca son idénticos a ellos. La selección natural actúa sobre la variación "favoreciendo" más a unos animales que a otros. A consecuencia de la variación, resulta que algunos individuos tienen posibilidades de ser más capaces que otros. Son éstos, los "mejor dotados", los que sobreviven, los que prosperan y los que dejan más descendencia tras sí.

    La expresión que empleó Darwin "supervivencia del mejor adaptado", de hecho fue acuñada por Herbert Spencer en su descripción de la sociedad económicamente estratificada de principios del siglo XIX, se invocaron las leyes de la biología que formuló Darwin para apoyar las actitudes sociales y políticas asociadas con el laissez-faire del capitalismo. El movimiento llego a conocerse como darwinismo social.

    La evolución de especies nuevas

    Según Darwin las especies nuevas aparecen por la adición gradual de rasgos nuevos a una especie existente, de modo que, si se examina la población en un punto del tiempo, se verán todas las características de la especie antecesora, mientras que un examen de un momento posterior, quizá correspondiente a un millón de años después, mostrará una especie relacionada, pero diferente, que tiene rasgos nuevos. Y en cualquier momento intermedio habría estados de transición, con las características nuevas desarrolladas aún de forma incompleta. La transición evolutiva afecta a toda la población de una especie. A esta teoría se le llamo "gradualismo filético".

    La teoría opuesta propone el cambio evolutivo a través de períodos de modificación relativamente rápidos, separados por períodos largos en los que las especies permanecen inmutables.

    Según el anatomista Alan Walker la evolución seguramente debe producirse por ambas vías y en todas las posiciones intermedias entre ambas. Vale la pena tenerlo presente al considerar el registro fósil, desgraciadamente incompleto, de la evolución humana. La impresión inmediata es que en el registro aparecen de manera súbita eslabones nuevos de los antepasados del hombre, pero también hay amagos de formas intermedias.

    La faz cambiante de la Tierra

    Hace doscientos millones de años, toda la masa continental del globo estaba en contacto, formando el único supercontinente al que llamamos Pangea. Debido al movimiento continuo de las placas tectónicas, Pangea se subdividió, y los continentes se fueron desplazando gradualmente hacia sus posiciones actuales. Muchos accidentes del mundo que hoy vemos son relativamente recientes: Norteamérica y Sudamérica eran continentes separados hasta hace unos dos millones de años, y África quedó aislada de Europa por mares poco profundos en algún momento comprendido entre los dieciocho y los dieciséis millones de años atrás.

    La construcción del registro fósil

    Las capas de cenizas volcánicas "tobas" presentes a intervalos en algunos depósitos son de una valor inestimable como ayuda para la datación de los fósiles. Determinados cambios que experimentan los componentes minerales de la ceniza volcánica por el calor y la presión de la erupción ponen en marcha un "reloj atómico" que sirve para establecer la edad de las tobas, el método se conoce como datación por el potasio/argón. Sabemos que cualquier cosa enterrada bajo una toba es más antigua que ella, y que lo que la recubre es más moderno, ello nos da una estimación bastante delimitada de la edad de los fósiles hallados.

    El lago Turkana (Koobi Fora) es una fuente de fósiles extraordinariamente rica.

    CAPITULO 3: ANTEPASADOS ANTROPOIDES.

    Por un asombroso cúmulo de circunstancias un hecho muy corriente ocurrido hace unos 3.750.000 años, dio lugar a lo que, probablemente, es el descubrimiento arqueológico más espectacular de este siglo. Tres homínidos dejaron una pista de pisadas que han quedado claramente conservadas, las cuales nos ofrecen un cuadro sorprendente de unos momentos de la vida de algunos antepasados nuestros.

    El lugar del suceso se llama hoy Laetoli, una zona boscosa cercana al monte volcánico Sadiman, situada a unos 40 km. Al sur de la actual garganta de Olduvai, en Tanzania.

    El origen del ser bípedos debe verse como uno de los pasos más importantes, si no el más importante, de la evolución humana.

    La herencia de los primates

    Homo sapiens pertenece al orden de animales conocido como "primates". Los primates comparten numerosas características importantes, tales como dedos prénsiles recubiertos en su extremo de uñas, en lugar de garras, y ojos frontales de visión binocular. Estas características representan una ventaja selectiva para un animal arborícola e insectívoro como el antepasado del primate. El primate más primitivo fue, probablemente, un animal nocturno del tamaño de una musaraña arborícola. Descendientes posteriores adoptaron un régimen diurno de frugívoros, actividad que exigía la visión en colores. Los monos evolucionaron hace unos cuarenta millones de años, seguidos de los antropoides, diez millones de años después. Por último, hace entre catorce y cuatro millones de años llegaron los homínidos.

    Los setenta millones de años de evolución de los primates han estado marcados, entre otras cosas, por el aumento de tamaño del cuerpo. Paralelamente, ha habido un progreso notable en la inteligencia, y los primates han desarrollado, además, un grado progresivamente más complejo de comportamiento social.

    Los antropomorfos y los homínidos se conocen colectivamente como "hominoideos". Los biólogos buscan con ahínco saber cómo los antropomorfos modernos, el hombre actual y los diversos homínidos ancestrales han evolucionado a partir de un antepasado común. Por desgracia el registro fósil es bastante incompleto por lo que respecta a los homínidos, y el de los antropomorfos es casi inexistente ya que nos hallamos con una serie de lagunas de indicios. La laguna mayor llamada "el vacío de fósiles", corresponde al período entre ocho y cuatro millones de años atrás.

    El mundo selvático de los driopitecinos

    Sabemos que, hace unos veinte millones de años, África era el dominio de unos animales primitivos parecidos a los antropomorfos, conocidos como driopitecinos.

    Por lo que puede deducirse de sus esqueletos y dientes, los driopitecinos vivían en la selva, comían frutos, hojas y retoños blandos, flores y, probablemente insectos.

    En algún momento comprendido entre hace dieciocho y dieciséis millones de años, África quedó unida a Eurasia y varias especies pasaron de un continente a otro. Ello produjo una explosión de cambios evolutivos, puesto que los animales se encontraron con nuevas oportunidades y nueva competencia. Aparecieron nuevas especies, y otras fueron empujadas a la extinción. Hay indicios de que el clima terrestre empezó a enfriarse, lo que conllevó una reducción continua de las vastas selvas tropicales.

    El cambio resultaba inevitable y apareció un grupo nuevo el de los ramapitecinos. En ellos buscamos indicios del primer antepasado de los homínidos y, posiblemente, también del antepasado de los antropomorfos modernos.

    De la selva al bosque claro

    Los ramapitecinos se diferencian de los driopitecinos principalmente por sus dientes, generalmente debido a que estos tuvieron que habérselas con comida más dura y menos nutritiva que la normal de los antropomorfos. En base a este cambio en la dentadura, los paleontólogos infieren un desplazamiento desde la selva a un bosque más claro.

    Los ramapitecinos prosperaron desde hace catorce millones de años hasta hace ocho millones de años y se difundieron por África, Asia y Europa.

    Una de las zonas mejores para hallar fósiles de ramapitecinos son los montes Siwalik en Paquistán donde David Pilbeam e Ibrahim Shah encontraron tres tamaños de hominoideos, con tres tamaños de cráneo, de mandíbula y de otras partes del cuerpo. El menor de los tres es Ramapithecus del que el grupo toma su nombre. En vida debía pesar unos 20 kg. y, probablemente, repartía su tiempo entre los árboles y el suelo. El siguiente es Sivapithecus, muy parecido a Ramapithecus, pero algo mayor. Probablemente, también era medio arborícola y medio terrestre. El último era Gigantopithecus, que como su nombre indica, era un animal muy grande.

    Después de lo que parece haber sido un breve florecimiento de las poblaciones de hominoideos hace unos de ocho millones de años estos primates desaparecieron de Siwalik. Aunque los ramapitecinos desaparecieron de Paquistán al enfriarse el clima, bien pudo ser que siguieran viviendo en África, uno de los fósiles más antiguos conocidos de Ramapithecus lo encontró L. Leakey en Fort Ternan, Kenia.

    Es posible que la variedad de ambientes generados por la formación del rift esteafricano y de las nuevas cordilleras contribuyera eficazmente al origen evolutivo del primer hominoideo erguido; en otras palabras, del primer homínido

    Durante la última década se ha considerado de forma generalizada a Ramapithecus como candidato a "primer homínido", lo cual situaría el inicio de la estirpe humana y su separación de los antropomorfos en catorce millones de años atrás. La razón principal para considerar como homínido ancestral a Ramapithecus es que su dentición se parece mucho a la de los homínidos posteriores. De todos modos, no es en absoluto seguro que Ramapithecus sobreviviera desde hace catorce millones de años hasta algún momento del "vacío de fósiles", cuando podría haber evolucionado para dar homínidos primitivos. También podría ser que Ramapithecus llegará a desaparecer y que el primer homínido procediera de un antepasado aún no descubierto. También se baraja la posibilidad de que Sivapithecus, sea un modelo razonable para que de él derivara el orangután.

    El origen del andar erguido

    Las características principales de los primeros homínidos fueron, probablemente, la modificación del aparato dental y la adopción de una postura y un andar erguido.

    Los cambios dentales observados en Ramapithecus bien pudieron ser una respuesta evolutiva a la salida a un terreno más abierto.

    La explicación al bipedismo basada en que así quedaban las manos libres para fabricar y utilizar herramientas y armas fue popular durante mucho tiempo. Pero, de hecho, no hay indicios de ningún artefacto en el registro arqueológico hasta hace unos dos millones de años, es decir, por los menos dos millones de años después de que los homínidos adoptaran la marcha erguida.

    Se podría explicar el bipedismo en términos de dieta. En un hábitat de bosque claro, los alimentos además de ser más duros, tienden a estar más dispersos que en la selva. Un animal del bosque o de la sabana arbustiva pasa la mayor parte del tiempo en tierra yendo de una fuente de comida a la siguiente, por ello David Pilbeam, de la Universidad de Yale, sugiere: "Creo que es del todo razonable llegar a la conclusión de que un animal tan pequeño como Ramapithecus anduviera erguido muy fácilmente cuando se hallara en tierra. Y este hábito se habría reforzado si pasaba mucho tiempo comiendo en tierra, cogiendo frutos, bayas y núculas de arbustos bajos, por ejemplo".

    Sea cual sea la causa del bipedismo, el paso de ser una criatura de cuatro patas a una bípeda es drástico. Owen Lovejoy, de la Universidad Estatal de Kent, mantiene: "Es un cambio anatómico absolutamente enorme. Hay cambios importantes en los huesos, en la disposición de los músculos que los mueven y en el movimiento de las extremidades. Hay, además modificaciones en los órganos internos, si bien, éstas no son tan radicales. En conjunto, la adopción del bipedismo es uno de los cambios anatómicos más sorprendentes que puedan verse en biología evolutiva."

    Antropomorfos y homínidos se separan

    David Pilbeam ha sido la figura que en los años recientes ha estado a la cabeza de la interpretación de fósiles de los primeros hominoideos por eso es apropiado que transcribamos sus conjeturas actuales: "Diría que el último antepasado común de todos los hominoideos existió hace unos diez millones de años. Entonces se separaron los antropomorfos asiáticos. La división entre los antropomorfos africanos y los homínidos tuvo lugar después, hace unos siete millones de años, cuando ocurrieron cambios climáticos y ambientales generalizados. De todos modos, supuestos como éste sólo serán comprobables de manera realmente científica si se encuentran muchos más fósiles buenos que los avalen."

    CAPÍTULO 4: LOS HOMÍNIDOS PRIMITIVOS

    A partir de hace unos cuatro millones de años, empiezan a aparecer varias especies de homínidos, y nos encontramos por vez primera con seres a los que podemos llamar con propiedad nuestros antepasados.

    Hay que admitir que aún no se ha propuesto una teoría coherente con la que todos estén incondicionalmente de acuerdo: sería pedir demasiado de una ciencia que está experimentando cambios rápidos y a la que a menudo se lastra de una carga emocional.

    De todos modos, aumenta la cohesión en los intentos de seguir el curso de la historia humana.

    Los fósiles de las cavernas de Sudáfrica

    Raymond Dart anunció en 1925 su descubrimiento del niño de Taung, un "hombre-mono" infantil, en una caverna calcárea del Transvaal, África del Sur. Los prehistoriadores británicos rechazaron inmediatamente la afirmación.

    Pero quién estaba equivocado era el cuerpo científico, no Raymond Dart. Su propuesta tuvo que esperar casi doce años antes de que recibiera apoyo material, el cual llego en forma de un hombre-mono adulto descubierto por Robert Broom en otra cueva calcárea, la de Sterkfontein. Lenta muy lentamente, la marea científica empezó a cambiar, y se reconoció que los descubrimientos de Raymond Dart y de Robert Broom abrían una nueva era en la búsqueda de los antepasados del hombre: habían hallado Australopithecus africanus, homínido que vivió en África hace entre tres y un millón de años.

    En junio de 1938 apareció un segundo tipo de hombre-mono descubierto por Robert Broom en la gruta calcárea de Kromdraai, era una forma de hombre-mono más bajo y más fuerte al que se le dio el nombre de Australopithecus robustus, nombre que se refiere a sus grandes molares y a las prominentes marcas de los tendones de unión de los huesos con los músculos maxilares.

    Durante más de un cuarto de siglo, Sudáfrica fue el foco de los descubrimientos de hombre-mono, y los hallazgos principales se lograron en las cavernas de Sterkfontein, Kromdraai, Swartkrans y Makapansgat.

    Bob Brain, director del Museo de Transvaal, ha ideado un método para determinar si las acumulaciones de huesos fueron obra de depredadores o de carroñeros. Mediante el estudio de acumulaciones de huesos actuales ha establecido que cuando el responsable es un depredador, como un leopardo, los huesos corresponden todos a animales de tamaño más o menos igual y hay muchos animales jóvenes. Un carroñero, en cambio acumula huesos de animales de tamaño muy variado.

    Uno de los mayores problemas relativos a los depósitos de las cuevas sudafricanas es que resulta muy difícil decir su edad con cierta seguridad. En general, se considera que Makapansgat es la más antigua, posiblemente con algo más de tres millones de años. La siguiente es Sterkfontein con unos dos millones y medio; luego, en orden decreciente, vienen Kromdraai, Swartkrans y Taung, y está sería quizá tan moderna como para tener sólo 700.000 o 900.000 años.

    Las pruebas de África oriental

    Los fósiles excavados en África austral proceden exclusivamente de depósitos de cueva. En cambio, en África oriental, la mayor parte de los huesos de nuestros antecesores se preservaron al borde de antiguos lagos o junto a deltas de torrentes o de ríos.

    Son numerosas las diferencias entre ambos tipos de emplazamientos. Los depósitos de caverna proporcionan una fuente concentrada de fósiles: Sterkfontein y Swartkrans son las fuentes más ricas del mundo en ejemplares de Australopithecus africanus y Australopithecus robustus respectivamente. En cambio en depósitos del África oriental como Koobi Fora buscar fósiles implica explorar reiteradamente más de 1000 kms. de depósitos, lo mismo ocurre en El Hadar, la garganta de Olduvai, y el delta del Omo, Etiopía.

    No es casual que los principales lugares de África oriental mencionados estén estrechamente vinculados al Gran Rift. El fondo del valle de fractura esteafricano posee numerosos lagos que proporcionan agua a muchos animales. En el pasado, entre estos animales se contaban nuestros antepasados. Desde el punto de vista del buscador de fósiles, lo que tiene mayor importancia es que el ascenso y el descenso del nivel de los lagos y las crecidas estacionales de los ríos fueron responsables de la inhumación y preservación de huesos. Este proceso no da concentraciones de fósiles tan buenas como la acumulación por depredadores, propia de las cavernas de África austral, pero los huesos encontrados suelen aparecer intactos con mayor frecuencia.

    El descubrimiento de "Dear boy"

    La historia de la búsqueda del hombre fósil en África oriental dio un vuelco drástico el 17 de julio de 1959 en la garganta de Olduvai. Mary Leakey encontró un cráneo (al que apodo cariñosamente "Dear boy") el cual aunque estaba claramente emparentado con la especie sudafricana Australopithecus robustus tenia una complexión aún más fuerte. Por esta razón se le dio un nombre nuevo, Australopithecus boisei., este ha podido ser datado con exactitud merced a las capas de cenizas volcánicas presentes en la garganta de Olduvai y ha sido datado en 1.750.000; aunque A. Boisei era importante y su datación segura, evidentemente no era un Homo. Desde 1959 se han encontrado muchos más individuos A. Boisei en diversos lugares de África oriental.

    A los dos años de la aparición de A. Boisei se encontró un segundo tipo de homínido el cual tenía los huesos mucho más delicados que Australopithecus boisei pero también era distinto de los gráciles australopitecinos típicos de África austral (los Australopithecus africanus). El cerebro de este nuevo homínido era sustancialmente mayor que el de cualquier otro australopitecino: media casi 800 cm3, en lugar de 450 a 550. L. Leakey decidió que, por fín, se había hallado el fabricante de utensilios, y al nuevo homínido se le llamó Homo habilis. El nombre Homo indicaba que el homínido era de la rama que ha dado al hombre moderno, mientras que habilis se refiere a su destreza para fabricar útiles. Homo habilis vivió junto al lago hace casi dos millones de años.

    Los años que faltaban: Hadar y Laetoli

    Los descubrimientos logrados en África austral y oriental demuestran que hace unos dos millones de años había, por lo menos, tres homínidos en el continente, los australopitecinos gráciles, los australopitecinos robustos y Homo habilis. El interrogante está en lo que pudo ocurrir entre Ramapithecus y estos homínidos más tardíos.

    Por suerte, dos de los lugares donde se busca desde hace poco - Laetoli en Tanzania y Hadar en Etiopía - han proporcionado pruebas magníficas relativas al período comprendido entre hace cuatro y hace dos millones de años.

    Además de las maravillosas pisadas impresas, se han descubierto veintitrés fragmentos de homínidos de tres y medio millones de años. Cuanto más cerca se está de la estirpe "raíz", más se parecen las especies separadas.

    El Hadar , Triángulo de Afar (Etiopía) ha demostrado ser una de las fuentes africanas con mayor abundancia de fósiles del período comprendido entre hace dos y medio y tres y medio millones de años.

    En noviembre de 1975, Don Johanson y sus colaboradores hallaron una concentración de varios centenares de huesos que representaban por lo menos trece individuos y, posiblemente más. De los trece individuos del grupo, cuatro son infantiles, de menos de cinco años (los dientes proporcionan esta información) y el resto, es probablemente, una mezcla de adultos y juveniles.

    El descubrimiento del "grupo familiar", como suele llamársele, se produjo unos años después de que Don Johanson y un colaborador, Tom Gray, encontrarán los primeros fragmentos de lo que resultó ser el 40 % de un único esqueleto pequeño de homínido. El esqueleto se hizo célebre bajo el nombre de "Lucy".

    Don Johanson junto a Tim White sugieren que los homínidos de Hadar pertenecen a una especie nueva, a la que bautizaron Australopithecus afarensis perteneciendo a ella también los homínidos de Laetoli. Pero su afirmación más significativa es la de que Australopithecus afarensis es la raíz ancestral de todos los homínidos subsiguientes, es decir, tanto de los australopitecinos como de la especie Homo.

    Australopithecus afarensis andaba erguido, su dentadura y sus mandíbulas se parecen mucho a las de Ramapithecus del Paquistán, el cerebro es muy pequeño, con un volumen inferior a 400 cc.

    Siguiendo con Don Johanson este sostiene que una faceta de la evolución humana que los descubrimientos de Laetoli y Hadar esclarecen es el temprano desarrollo del andar erguido. Estos fósiles revelan claramente que el andar erguido se produjo mucho antes que la expansión del cerebro. Los cerebros de los homínidos no presentan indicios de volverse particularmente grandes hasta hace de dos a dos y medio millones de años, mientras que estos seres eran ya bípedos por lo menos un millón de años antes.

    Johanson sostiene que los individuos mayores del conjunto son A. afarensis machos y los menores son hembras, R. Leakey cree que eso no es probable y que se tratan de dos especies diferentes ya que la disparidad entre machos y hembras que se sugiere es bastante radical.

    R. Leakey imagina dos especies de homínidos viviendo en Hadar hace tres millones de años, una especie mayor , que era una forma primitiva de Homo y un grupo de homínidos menores pertenecientes a una especie anteriormente desconocida de Australopithecus

    La evolución de los homínidos no fue un movimiento constante unidireccional según una trayectoria de "mejora" gradual ni, probablemente, tampoco la prehistoria humana la hicieron sólo las escasas especies de homínidos que los científicos identifican hoy en el registro fósil. Es casi seguro que el paso del tiempo a partir de hace ocho millones de años vio varias especies geográficamente separadas, de las cuales la mayoría tuvieron un breve florecimiento, pero a la larga no dejaron descendencia. En cambio, otras tuvieron más éxito y éstas son las ramas de la descendencia de homínidos que los prehistoriadores tratan de seguir.

    La coexistencia de los homínidos primitivos

    Dejando de lado el problema de la procedencia exacta de los homínidos de hace dos millones de años, las otras preguntas importantes a responder son: ¿qué hacían?, ¿cómo vivían los australopitecinos y su primo Homo y cuál era la relación ecológica mutua?.

    La mayor parte de lo que se dice sobre el comportamiento de homínidos antiguos son necesariamente suposiciones. De todos modos, podemos partir de algunos hechos incontrovertibles.

    Hoy podemos decir de forma contundente que los australopitecinos andaban erguidos. La adopción del andar erguido, combinada con lo que revelan los análisis acerca de los ambientes en los que se hallan los huesos de homínidos, implica que nuestros antepasados de hace dos millones de años vivían en un territorio mucho más abierto que sus predecesores, pero no que hubieran perdido del todo sus hábitos arborícolas. Probablemente eran capaces de trepar a los árboles ante un peligro, y es posible que, donde no hubiera cuevas para resguardarse, durmieran en los árboles como los papiones.

    Probablemente, la forma exacta de su vida social habría estado en gran parte determinada por el modo concreto de vivir, lo que comían y la distribución de estos alimentos en el ambiente.

    La dentadura, que es representante de tantos descubrimientos de homínidos puede revelarnos algo sobre su dieta. John Robinson, principal colaborador de Robert Broom, sugirió que la especie robusta era primordialmente un animal vegetariano que vivía de hierba, raíces, retoños y bayas. El Australopithecus africanus, sería algo menos selectivo agregando otras cosas a su dieta como lagartos, huevos e incluso pequeños mamíferos, mientras que Homo se habría desviado aún más del vegetarianismo típico de los primates y habría seguido una dieta de la que la carne era una parte considerable.

    Si se considera el cerebro de estos homínidos antiguos, podemos ver cuál debió de ser el factor diferenciador entre el Homo y los australopitecinos: el intelecto. Los cráneos fósiles de los australopitecinos sugieren que fue mínimo o nulo el cambio de tamaño o forma de su cerebro durante más de un millón de años. Por otra parte, una de las características más sorprendentes de las especies primitivas de Homo fue el aumento de tamaño del cerebro. Con una inteligencia más aguda, Homo pudo muy bien idear formas de hallar alimentos nuevos, lo que habría ampliado su base económica, y desarrollar un sistema social para mantener este tipo nuevo de economía.

    CAPÍTULO 5: LA BASURA DEL PASADO

    El comportamiento de nuestros antepasados

    Los primeros útiles de piedra hoy conocidos aparecen en el registro arqueológico hace dos millones de años: pequeñas lascas de cuarzo extraídas de las excavaciones en el valle del Omo (Etiopía), De todos modos, hay quien reclama la patente de máxima antigüedad para otros útiles procedentes de Hadar, Etiopía, donde la arqueóloga francesa Helène Roche descubrió lascas pétreas muy rudimentarias, sin duda talladas por homínidos. Su edad es algo incierta, pero podría llegar a dos y medio millones de años. Para etapas posteriores del registro arqueológico son mucho más numerosos los lugares en los que se han hallado instrumentos pétreos, y también aumenta el número de artefactos encontrados en cada sitio. Lo más interesante y lo más significativo en términos de la historia de la evolución humana, es el hecho de que los útiles suelen aparecer mezclados con restos de animales.

    A unos 25 km. tierra adentro desde el campamento de Koobi Fora, John Harris, John Onvango-Abuje y Glynn Isaac supervisaron la posterior excavación del lugar, merced a la cual se desenterraron más de cien útiles de piedra. Los útiles eran una mezcla de lascas afiladas, piedras mayores -de las que habían sido arrancadas las lascas- y un canto rodado fluvial, cuyo aspecto inducía a pensar que había sido empleado como martillo de piedra para arrancar lascas de las piedras grandes. Estos restos tienen casi dos millones de años.

    El yacimiento 50

    A dos horas de Koobi Fora, en el escarpe de Karari, Kenia, se halla el yacimiento 50 que se empezó a trabajar en 1977. Los individuos que ocuparon este lugar, situado en la orilla interior de un recodo del río, dejaron tras sí más de 1.500 fragmentos de piedras, hoy repartidos en dos concentraciones principales. Del lugar también se han recogido unos 2.000 fragmentos de huesos fosilizados, igualmente concentrados en dos zonas.

    Son muy escasos los hábitats como éste, tan lejanos en la prehistoria humana, que se han excavado, porque su inhumación inicial debió de ser un proceso precario porque las probabilidades de volver a aflorar y ser descubiertos son muy bajas. Uno de los lugares de este tipo más notorios de África oriental se halla en la garganta de Olduvai. El yacimiento, llamado "Zinj", proporcionó millares de fragmentos óseos y útiles pétreos.

    Examen atento de huesos y piedras

    En gran parte, la tecnología viene condicionada por la materia prima disponible. En el escarpe de Karari (yacimiento 50), la lava solidificada emanada de volcanes contiguos era la roca más común usada para fabricar instrumentos pétreos simples. A medida que los grumos de lava son rodados por las crecidas a lo largo de los cauces fluviales, se van alisando gradualmente y se convierten en guijarros de un tamaño adecuado para la extracción de lascas.

    Durante décadas, el trabajo tradicional sobre utensilios pétreos de esta era se centró en su clasificación en varios grupos: de filo terminal, de filo lateral, discoidales, protobifaces y otros parecidos. Por lo general, la clasificación se basa en la forma del útil, pero a veces aquélla conlleva alguna referencia a la función, como "raspados". En la fabricación de todos estos utensilios se producen numerosas esquirlas, a menudo descritas como "residuos". La experiencia adquirida en los últimos años, tanto en la confección como en el uso de útiles, ha incrementado sensiblemente el respeto por las humildes lascas. En realidad, se ha llegado a sugerir que la lasca era el objetivo principal del desbaste de la mayoría de los guijarros en las primeras fases de la industria.

    Si, por el momento, aceptamos que los hombres primitivos de esta época incluían carne en su dieta, entonces la aplicación de la tecnología de útiles pétreos podría haber sido muy significativa. Los papiones, y también los chimpancés, comen carne fresca siempre que pueden conseguirla, pero los homínidos primitivos no contaban con los agudos colmillos de aquellos y les hubiera resultado difícil despedazar animales, siquiera pequeños. Pero las sencillas lascas de piedra permiten atravesar la piel de un elefante e hicieron posible el acceso a la carne de animales grandes y pequeños. Su invención tal vez pudo determinar que nuestros antepasados adoptaran un nuevo estilo de vida.

    Los útiles posteriores, un millón y medio de años más modernos incluyen unidades mucho mayores: hachas de mano y cuchillas. Esta tecnología suele denominarse acheulense. Dichas hachas de mano y cuchillas pueden ser consideradas, en términos básicos, como lascas muy grandes: están más trabajadas, en especial las de forma amigdaloide o de lágrima, pero su ventaja principal estriba en que su borde cortante es mucho mayor. El avance decisivo requerido para producir cuchillas y hachas de mano es, simplemente, la habilidad y la perspicacia de sacar una lasca grande de un núcleo grande. La cuchilla tiene forma de cuña, su filo mide de 8 a 10 centímetros de longitud y su labrado es tosco. En cambio, una hacha de mano puede ser una obra de arte y conlleva un acabado minucioso para conseguir dos filos. Los aproximadamente 1.500 fragmentos del yacimiento 50 representan una tecnología sencilla de lascas, no hay hachas ni cuchillas.

    Huesos rotos: ¿hienas u homínidos?

    La apariencia de un hueso roto por hienas o por fuerzas naturales no es exactamente igual que la de los huesos aplastados y abiertos por manos humanas. Si se usa un utensilio de piedra para separar la carne de un hueso, aquél deja cicatrices reveladoras. Estas marcas establecen una distinción clara entre lo que son restos de comida de los homínidos y los huesos acumulados por hienas y carnívoros.

    Las investigaciones de Henry Bunn y los esfuerzos del resto del equipo han demostrado que estos huesos fueron a parar al asentamiento fluvial que llamamos yacimiento 50 por la acción de los homínidos. El yacimiento 50 que vemos hoy es, probablemente, una versión muy empobrecida de lo que un día fue un asentamiento sembrado de numerosos huesos. También es de suponer que, en el momento en que partieron los homínidos, quedaran muchos restos de alimentos vegetales.

    La ausencia de materia vegetal en el registro fósil ha exagerado, sin duda, el acento de la carne como componente de la dieta cotidiana de los homínidos primitivos. Pruebas realmente fidedignas del papel que desempeñaron los vegetales en la dieta de nuestros antepasados no aparecen hasta hace 40.000 años. La subestimación de los alimentos vegetales en la investigación arqueológica también se debe a que la recolección de comida vegetal apenas exige tecnología, y los escasos utensilios con probabilidades de haber sido empleados en la recolección de vegetales están hechos de materiales perecederos. En cambio, para convertirse en carnívoros significativos, los homínidos, dotados de una dentadura modesta, tenían que emplear agudos filos cortantes. Los útiles resultantes de esta necesidad brillan como un faro en el registro del pasado desprovisto de otra cosa.

    Glynn Isaac tiene la siguiente opinión sobre el yacimiento 50: " Los primeros homínidos reiteradamente transportaban piedras a algunos lugares predilectos, y de ellas sacaban utensilios sencillos afilados. Parece que a estos mismos sitios llevaron partes de animales muertos. Una vez allí, probablemente se comieron la carne y, sin duda, rompieron los huesos para acceder al tuétano. Cuando la gente me pregunta por qué los homínidos no se comían la carne donde la conseguían, podría argüir algunas posibles razones. Quizá, simplemente, fueran a comer a la sombra, pero todavía me parece más probable el traslado de la comida a lugares especiales, como el yacimiento 50, por causas sociales, en particular, para alimentar a los hijos e, incluso, a sus parejas y familiares. Esta actitud de compartir los alimentos se convirtió, ciertamente, en una parte universal del modelo humano de comportamiento en alguna etapa de la evolución, y muchos arqueólogos se inclinan a creer que debió de empezar por la época en que se formó el yacimiento 50. Pero ello no significa que los homínidos que llegaron allí vivieran exactamente como los hombres -por lo que conocemos, se relacionaban allí durante el día y, concretamente, dormían en árboles. Tampoco sabemos si conseguían la comida principalmente cazando o si aprovechaban desperdicios, ni que alimentos vegetales debieron comer, ni si también éstos eran llevados al lugar. Sólo la excavación paciente de toda una serie de lugares bien conservados como éste puede ayudar a responder estas preguntas."

    El compartir como estilo de vida

    Con todo, algo sugiere de manera persuasiva que los homínidos del yacimiento 50 compartían la comida que conseguían con otros miembros de su grupo. Para un antropólogo, éste es un modelo muy corriente de comportamiento: es precisamente lo que hace todos los días de su vida la gente que caza y recolecta, de la que quedan todavía algunos representantes en el mundo. Pero, para un primate no humano, ésta es una forma extraordinaria de actuar.

    El paso de la manutención individual, que probablemente fue practicada por nuestros antecesores más remotos, a la recolección y el compartir la comida en una morada base constituyó una alteración profunda del estilo de vida ¿Qué había tras esta revolución radical? Algunos sostienen una hipótesis de "caza", y otros han propuesto como alternativa a ésta, la hipótesis de "recolección". Pero el autor prefiere la hipótesis de Glynn Isaac de "compartir la comida".

    La hipótesis de "caza" parte de la noción del "hombre cazador que el antropólogo Sherwood Washburn se esforzó en desarrollar (1956): "Entre los primates vegetarianos, los machos adultos no comparten la comida. Ocupan los mejores puestos para comer e incluso les quitan alimentos a los animales menos dominantes. En cambio, puesto que compartir la presa es un comportamiento normal de muchos carnívoros, la responsabilidad económica de los machos adultos y la práctica de compartir la comida en el grupo probablemente se debieron al hecho de ser carnívoros. La misma acción que determinó que el hombre fuera temido por otros animales le llevo a compartir la comida, a una mayor cooperación y a la interdependencia económica."

    La antropóloga Sally Slocum rechaza la hipótesis de la caza; señala el hecho de que, entre la mayoría de los cazadores-recolectores contemporáneos, la comida vegetal recogida por las hembras constituye la proporción mayor de la dieta diaria. Sugiere que lo que llevó a los homínidos a tomar este rumbo nuevo fue el período cada vez más largo de dependencia de los hijos. Adrienne Aihlman y Nancy Tanner han desarrollado más la hipótesis de la recolección. Compartir la comida empezó entre la madre y el hijo dependiente, y estos lazos sociales y económicos persistieron en lo que ellas llaman "grupos de parientes". Los machos pudieron estar involucrados si eran parientes o, con la evolución del sistema, si también proveían; de todos modos, el papel del macho fue algo periférico. Adrienne Zihlman ha escrito recientemente: "Los elementos nuevos fundamentales de la vida humana incluían compartir la comida como forma de sobrevivir, el reparto regular entre la madre y la descendencia y la ampliación de la red de reparto, de modo que hembras adultas dieran a machos adultos... Las hembras también compartirían con sus hermanos machos. Posteriormente, estos comportamientos habrían constituido la base del compartir generalizado con adultos ajenos al grupo de parientes inmediatos."

    La actividad económicamente incierta de la caza es considerada un entretenimiento relativamente inofensivo que podía ser tolerado. "Así pues, a pesar de que en la caza o en la obtención de materias primas en lugares alejados se invertía mucho tiempo y a menudo con ello no se lograba comida, los individuos ocupados en estas actividades (seguramente la mayoría machos) podían seguir con ellas, porque estaban seguros de compartir la comida recogida por las mujeres con las que mantenían estrechos vínculos."

    Ambas hipótesis tienen aspectos plausibles, si bien la hipótesis de la recolección es mucho más sólida que su opuesta, la de la caza. Es sumamente probable que los alimentos vegetales constituyeran, en verdad, la parte principal de la economía de los homínidos primitivos y, por otra parte, las pruebas inequívocas de que el hombre se dedicaba a la caza, y no a aprovechar carroña, no aparecen hasta una etapa relativamente tardía del registro fósil, probablemente no antes de hace medio millón de años.

    De todos modos, ambas propuestas adolecen de contraponer una actividad y una fuente de comida a la otra. Lo atractivo de la hipótesis de Glynn Isaac sobre compartir la comida estriba en que sugiere una economía sustentada, a la vez, en la carne y en los vegetales, y el beneficio inmediato se cifraría en que los homínidos que hubieran seguido este estilo de vida habrían ampliado la gama de recursos de los que dependían para subsistir. El éxito evolutivo se basa principalmente en mantener y mejorar el acceso a la comida: si amplias tu gama de alimentos, instantáneamente obtienes ventajas sobre tus vecinos de dieta más limitada.

    Los homínidos que se iniciaron en la economía mixta de reunir carne y vegetales debieron renunciar a una parte de su independencia individual para conseguir mayor seguridad económica. Los individuos debieron, a la vez, contribuir a los esfuerzos colectivos del grupo y aprovecharse de ellos y a cada individuo le debía de ir mejor así que si él o ella hubieran tenido que aprovisionarse por sí solos. La combinación de aprovechamiento de la carroña con la base segura de la recolección de vegetales es una forma de vida viable.

    El nuevo orden económico de los primeros homínidos los distanció de sus primos los antropomorfos no tanto por lo que comían, sino por la manera en que comían. El punto significativo de distanciamiento fue la estrategia de reunir comida para comerla más tarde, y el consumo de alimento en una red social. Una consecuencia inmediata de esta organización habría sido el mayor reforzamiento de la interacción social, ya muy desarrollada en los primates más evolucionados.

    Un elemento esencial de la hipótesis de compartir la comida tal y como la entiende Glynn Isaac es una división del trabajo entre machos y hembras. La obtención de carne, en particular si conlleva caza activa, lleva a los individuos mucho más lejos de lo que exige la recolección de alimentos vegetales. Además, en el buscar carne existe la posibilidad de riesgo físico. Así, parece lógico que las hembras, cargadas de hijos pequeños se dedicaran a recolectar vegetales, dejando la carne a los machos. Por consiguiente, el contrato para la economía mixta de subsistencia se establecería esencialmente entre los machos y las hembras dentro del grupo social. De hecho, esta división del trabajo por sexos se observa en la mayoría de las comunidades modernas de cazadores-recolectores.

    Probablemente la hipótesis del compartir comida es una candidata con muchas posibilidades de explicar qué fue lo que situó a los homínidos primitivos en la ruta hacia el hombre moderno. Desde luego que no todos los homínidos sobrevivieron hasta alcanzar el presente: Australopithecus africanus y Australopithecus robustus florecieron durante un par de millones de años y luego se extinguieron. Sólo continuó la estirpe Homo. ¿Supone ello que sólo el Homo primitivo adoptó la estrategia de compartir la comida? ¿Es que los australopitecinos no fabricaron utensilios de piedra o no llevaron carne a una morada base? Por desgracia, resulta muy difícil adivinar cómo la arqueología puede ayudar a responder estas preguntas de forma directa.

    Nuestros antepasados Homo encajaron en un nicho ecológico particular porque estaban dotados del equipo mental adecuado para explotarlo. Los nichos ocupados por Australopithecus africanus y Australopithecus robustus eran, sin duda, diferentes uno de otro y, ambos distintos del ocupado por Homo. No deberíamos considerar a los australopitecinos como perdedores de alguna gran carrera evolutiva para devenir hombres. Fueron especies muy logradas que mantuvieron estilos de vida estables durante varios millones de años. Los escasos indicios sobre las actividades de los homínidos que vivieron entre cuatro y un millón de años atrás hacen difícil desentrañar las particularidades de su estilo de vida. Pero deberíamos concebir los australopitecinos como seres que en el pasado estuvieron bien adaptados a su ambiente.

    Con todo, los australopitecinos se llegaron a extinguir y, probablemente, nunca sabremos exactamente a causa de qué. Es muy posible que sus estilos de vida, aun con ser diferentes de los de Homo, se parecieran lo suficiente como para que hubiera competencia, la cual se habría ido intensificando conforme Homo se afirmaba más y más. Pero también pudo ser que la competición se planteara desde otro ángulo: los papiones. La desaparición de los australopitecinos coincidió con un aumento de la población de papiones de zonas no boscosas, animales que, casi con toda seguridad, se procuraron un nicho ecológico parecido. La competencia, por lo que se refiere a la comida y al espacio, habría resultado inevitable. También es posible que esta competencia se planteara no sólo con los papiones, sino también con Homo.

    Fuera cual fuese la causa, la extinción de los australopitecinos supuso que en la tierra quedara sólo un homínido: Homo.

    CAPITULO 6: LA VIDA DEL CAZADOR-RECOLECTOR

    Durante por lo menos dos millones de años, nuestros antepasados mantuvieron una forma de vida tecnológicamente sencilla, pero muy próspera. La estrategia inicial -el aprovechamiento ocasional de carroña combinado con la recolección organizada de alimentos vegetales- evolucionó gradualmente hacia un estilo de vida de caza y recolección y, probablemente, la transición ocurrió en algún momento comprendido entre hace un millón de años y hace medio millón de años. Este antiquísimo estilo de vida no empezó a ser reemplazado por la producción sistemática de comida (el pastoreo o la agricultura) hasta hace entre 20.000 y 10.000 años,

    La dedicación a cazar y recolectar fue una característica permanente y estable de nuestra evolución biológica desde Homo erectus, pasando por el Homo sapiens antiguo, hasta, finalmente el hombre moderno.

    Sabemos que, hasta la adopción de la agricultura, los hombres vivían recolectando alimentos vegetales y cazando o aprovechando la carne de animales hallados muertos, actividades que se centraban en torno a algún tipo de morada-base. De ello podemos inferir que debió de haber alguna forma de organización social, pero el registro fósil nada dice de cómo debía de ser un miembro de este grupo cazador y recolector. Nada indica acerca de que cosas eran importantes para los individuos del grupo o a qué códigos morales se ajustaban, y sólo nos insinúa las habilidades requeridas para sobrevivir. Claro que nunca conoceremos a ciencia cierta las respuestas a estos interrogantes, pero se pueden obtener algunas claves a través del estudio minucioso de los cazadores-recolectores contemporáneos.

    La estampa de las sociedades que viven de la caza y la recolección

    Los antropólogos del siglo XIX concebían a los cazadores-recolectores como sociedades fosilizadas y salvajes primitivos. En los últimos veinte años, y en particular en la última década se ha transformado esta imagen. En la práctica la economía de caza y recolección no es una búsqueda incesante de comida, como han supuesto muchos antropólogos, sino un sistema que permite disponer de mucho más tiempo libre. El conocimiento de estos pueblos proporciona nociones válidas sobre las implicaciones sociales y técnicas de la vida de caza y recolección. No son réplicas exactas de nuestros antepasados, pero permiten comprender los principios que regían sus vidas.

    CAPÍTULO 7: NUEVOS HORIZONTES

    El esqueleto de Homo erectus es esencialmente moderno, En cambio la cabeza y la cara son aún "primitivas": la frente, huidiza hacia atrás, arranca de unos arcos ciliares prominentes, y el tamaño del cerebro, aunque mayor que el de Homo habilis, representa sólo el setenta por ciento del tamaño de un cerebro de Homo sapiens. La cara es menos saliente que la de Homo habilis, pero no tan plana o "recogida" como la de Homo sapiens. Ya presenta mentón, rasgo tan característico del hombre moderno. Pero lo que más sorprende de Homo erectus no es el desarrollo de nuevos rasgos anatómicos, sino los cambios de comportamiento. Gracias a la adopción del estilo de vida basada en compartir, propio del cazador-recolector y a una inteligencia más aguda, Homo erectus se aventuró por territorios en los que ningún homínido avanzado había vivido anteriormente. Hace un millón de años o más, algunos grupos de estos homínidos pasaron a Europa y a Asia. Merced a este traslado, nuestros antepasados dejaron de ser seres exclusivamente tropicales y aprendieron a habérselas con las fluctuaciones de la disponibilidad de comida inherentes a los cambios estacionales de las regiones templadas. Homo erectus se detecta en el registro fósil por vez primera en la época correspondiente a hace un millón y medio de años y se mantiene presente en él hasta hace unos 300.000 años, cuando empieza a aparecer Homo sapiens. Homo erectus se dispersó por África, Asia y Europa, pero no llegó a los extremos septentrionales más fríos de Eurasia, ni a América ni a Australia. Era la época en que quedó firmemente implantada la vida de caza y recolección y en que la caza activa, contrapuesta al aprovechamiento oportunista de carroña, adquiría una importancia creciente. Que la caza a gran escala se desarrolló por vez primera en este período lo vemos en los primeros indicios del uso sistemático y controlado del fuego y de la celebración de ceremonias por parte de estos homínidos. La fabricación de utensilios ya se ejercía de manera controlada y sujeta a modelos. Se afrontaron y superaron nuevos retos y se desarrollaron nuevos estilos de vida. La época de Homo erectus fue claramente una fase importante de la evolución del hombre.

    La migración desde África

    Desde la obra pionera de Eugene Dubois en Java (descubrió el Pithecanthropus erectus, hombre de Java), de fines del siglo pasado se han descubierto ejemplares de Homo erectus en muchas partes de Europa, Asia y África. La salida de África fue un hito fundamental y debió conllevar cambios radicales de estilo de vida. Los trópicos ofrecen una seguridad considerable en cuanto a recursos alimentarios, con frutos maduros disponibles todo el año y carne de algún tipo la mayor parte del tiempo. No ocurre lo mismo en las zonas templadas, donde el paso de las estaciones ofrece jugosos brotes frescos en primavera, plantas maduras en verano, abundantes frutos secos en otoño, pero casi nada en los meses yermos de invierno. El reto de las zonas templadas era la adaptación, desde contar siempre con comida vegetal y animal hasta desarrollar una estrategia que implicara aprovechar diferentes alimentos en distintas épocas del año. Sin duda, Homo erectus logró superar lo que antes fuera una barrera ecológica para la migración de los homínidos.

    Los antepasados de Homo erectus debieron ser seres razonablemente inteligentes, puesto que su cerebro medía casi el doble que el de los australopitecinos. Podían fabricar útiles de piedra sencillos y, probablemente, incluyeron mucha más carne en su dieta que cualquier otro primate. Su economía de compartir la comida debió de exigir interacciones sociales mucho más complejas de las que antes hubieran podido existir. El intelecto y la recolección de comida en forma cooperativa fueron los factores clave de su éxito. Con el tiempo, aquellos homínidos evolucionaron hasta Homo erectus, cuyo cerebro, sustancialmente mayor permitió a éste administrar mejor la economía de compartir la comida y elevarla a niveles nuevos.

    Una mayor capacidad organizativa y una observación más perspicaz de los hábitos de los animales de presa habrían producido nuevas habilidades para cazar. En lugar de limitarse a esperar que la casualidad le depara un animal recién muerto, Homo erectus habría buscado deliberadamente animales jóvenes, débiles y vulnerables, en los rebaños que pacían, matándolos sigilosa y astutamente.

    Si se juntaran todos los ejemplares de cráneos de Homo erectus ya descubiertos, las semejanzas anatómicas resultarían bien manifiestas: la caja cerebral grande, los arcos superciliares prominentes, la conformación de la cara y el grosor del hueso del cráneo. También se verían diferencias: la forma del cráneo, el grado de protrusión de la cara, la robustez de los arcos superciliares y otras. Probablemente, estas diferencias no son mayores que las que vemos hoy entre las razas humanas geográficamente separadas. Tales variaciones biológicas surgen cuando las poblaciones quedan geográficamente separadas unas de otras durante períodos de tiempo significativamente largos.

    Hay un factor biológico, relativo a las poblaciones de Homo erectus que emigraron de los trópicos hacia las regiones templadas, del que podemos estar seguros: su piel era oscura. La pigmentación de la piel oscura, propia de quienes viven cerca del ecuador, proporciona una protección esencial contra los dañinos rayos ultravioleta del sol. Nuestros antepasados más antiguos debieron de tener una cubierta de pelo parecida a la de los gorilas y chimpancés. No está claro por qué razón ésta se redujo a un pelo corto y fino, pero, probablemente, ello ocurrió a la vez que se desarrollaban nuestras glándulas sudoríparas y pudo ser una respuesta a la caza en las llanuras desprovistas de árboles, donde mantener el frescor resultó más problemático que antes para nuestros antepasados.

    Una vez desaparecida esta cubierta de pelo, la coloración oscura de la piel fue una necesidad biológica. Pero, si bien los rayos ultravioleta son perjudiciales si son fuertes, los hombres necesitamos algo de luz solar para efectuar la síntesis de vitamina D que tiene lugar en la piel. Hoy se ha comprobado que algunas personas de piel oscura que viven en regiones de escasa insolación padecen a veces una deficiencia de esta vitamina, y es lógico suponer que, al migrar hacia el Norte, Homo erectus desarrolló un color más claro de la piel como adaptación a la menor insolación.

    Conviene subrayar dos aspectos del paso hacia Europa y Asia. Primero, Homo erectus no tuvo necesariamente que migrar por una necesidad imperiosa de trasladarse a tierras nuevas deshabitadas. Eran gente nómada, y un simple vagar no premeditado de sólo 20 km. por generación habría bastado para cubrir, por ejemplo, los 14.000 km. que separan Nairobi de Pekín en 20.000 años. Para la escala de tiempo con la que trabajamos, éste es un suceso relativamente rápido. Segundo, a pesar de la colonización de continentes nuevos es importante, porque expresa las nuevas facultades de Homo erectus, la mayoría de nuestros antepasados probablemente se quedaron en África. Hasta hace unos cien mil años, la población de África fue, tal vez, diez veces mayor que la de Eurasia, y durante los reiterados periodos glaciares del último millón de años esta cifra pudo acercarse a veinte.

    Perfeccionamiento de los utensilios y organización de la caza

    La manifestación cultural principal de Homo erectus es la tecnología acheulense, que toma su nombre de la localidad donde se identificó por vez primera, St. Acheul, Francia. El juego de utensilios acheulense es una gama sencilla, pero versátil, de útiles para trocear, cortar, penetrar y machacar, usados seguramente para trocear carne y preparar comida vegetal. Los artefactos característicos del utillaje africano son las hachas de mano amigdaloides, en forma de lágrima, y la cuchilla de filo largo, instrumentos muy útiles para descuartizar piezas de caza, pero que también podrían haberse usado con material vegetal.

    Uno de los aspectos sorprendentes de la tecnología de Homo erectus es su inmutabilidad a lo largo de extensos lapsos. La primera aparición de elementos del juego de utensilios data de un millón y medio de años, y el diseño básico persistió hasta hace unos 200.000 años en África, donde fue reemplazado por la tecnología más compleja de la Edad de Piedra Media. En Europa occidental el acheulense siguió siendo la característica principal del diseño de útiles de piedra hasta hace solo 100.000 años, cuando Homo erectus había empezado a dejar paso al Homo sapiens primitivo.

    A lo largo del millón de años que duró la tecnología acheulense no se produjo ninguna mejora apreciable. Una expresión tan limitada en el diseño, tanto en el tiempo como en el espacio, puede implicar que Homo erectus tenía una destreza y una imaginación limitadas, en comparación con Homo sapiens.

    Parece que las poblaciones más tardías de Homo erectus habían experimentado un aumento, pequeño pero significativo, de la capacidad cerebral, desde unos 900 cc. En el Homo erectus más antiguo hasta unos 1.100 cc. Este incremento en el tamaño del cráneo pudo ser consecuencia de un aumento del tamaño del cuerpo, pero también pudo conllevar una mejora de la capacidad cerebral. Un indicio de la mayor capacidad mental lo tenemos en las pruebas que atestiguan una especialización en la caza a fines del período de Homo erectus. Un yacimiento en Kenia, el de Olorgesailie, y dos en España, los de Torralba y Ambrona, proporcionan las pruebas de esta especialización en la caza.

    En Olorgesailie, se han desenterrado más de sesenta papiones gigantes extinguidos junto con más de 10.000 hachas de mano maravillosamente modeladas lo cual indica una habilidad especializada que no se aprecia anteriormente en el registro arqueológico.

    Hay también indicios de cacerías organizadas y a gran escala en dos yacimientos algo más modernos, de la sierra de Guadarrama, zona central de España. Los montes de Torralba y Ambrona que cuentan con evidencias que apuntan a la acción coordinada de grupos de personas inteligentes. Y hay también indicios de que su interés por los animales rebasa la simple subsistencia básica. En Torralba, por ejemplo, casi todo el lado izquierdo de un elefante estaba dispuesto como para ser exhibido. Y en Ambrona había dos hileras de huesos de elefantes dispuestos perpendicularmente, formando una "T" premeditada. Otro misterio es el destino de los cráneos de elefante. De los numerosos animales desmembrados en los yacimientos solo queda el cráneo de uno, y éste está asociado con la disposición en forma de T de Ambrona. Todo ello sugiere que, ligado a las actividades de caza a gran escala de Homo erectus, surgió algún elemento ritual.

    El hombre de Pekín

    Síntomas de ceremonias arcaicas se aprecian también en uno de los yacimientos más famosos del mundo de Homo erectus: , Choukoutien, la caverna del hombre de Pekín, en China septentrional. De estos depósitos se han recuperado los restos de, quizá, cuarenta individuos de Homo erectus en forma de cráneos, fragmentos de ellos y de mandíbulas y partes de huesos de extremidades. También se han recogido veinte mil útiles pétreos confeccionados por los habitantes de las cuevas hace medio millón de años.

    Davidson Black, director del departamento de anatomía del Union Medical College de Pekín anunció en 1927 que había sido descubierta una nueva especie de hombre primitivo: Sinanthropus pekinensis, "el hombre chino de Pekín".

    Uno de los descubrimientos más importantes logrados en la caverna del hombre de Pekín fue conseguir pruebas inequívocas del uso del fuego por parte de homínidos. Está bien claro que el hombre de Pekín se recogía al abrigo de la cueva durante los fríos meses de invierno, manteniéndose caliente y teniendo los animales a raya con las llamas de la hoguera. La cueva es lo bastante grande como para albergar un grupo de unos veinte individuos y, al parecer, éstos volvían a la cueva todos los años. Además, los habitantes de la cueva debieron empezar a desarrollar el hábito de cocinar la carne antes de comérsela, avance que, ciertamente, debió de facilitar la tarea de masticar la comida.

    Un asentamiento mediterráneo

    Un importante yacimiento de Homo erectus, de una edad tal vez parecida a la de la cueva de Choukoutien, es el de Terra Amata, a orillas del Mediterráneo, cerca del puerto comercial de Niza de cuyos trabajos se ocupo Henri de Lumley, entonces profesor de la Universidad de Aix-Marseille. Sus excavaciones revelan que por lo menos un grupo de cazadores-recolectores lo eligió como albergue temporal de primavera durante varios años.

    Los resultados más interesantes de la excavación fueron el descubrimiento en la arena de los restos de una serie de once barracas grandes y cuidadosamente construidas, todas instaladas casi exactamente en el mismo punto que las de los años anteriores. Tenían forma oval y medían unos doce metros de longitud por 6 metros de anchura. Estaban construidas con paredes hechas de ramas tiernas apoyadas en el centro por una hilera de estacas sólidas. La gente de Terra Amata colocó grandes piedras en torno a la base de las paredes, como para reforzarlas contra el viento del Noroeste.

    La importancia del descubrimiento no estriba tanto en la propia construcción, sino en lo que revela sobre la actividad en su interior. Casi en el centro de cada choza se instaló un hogar. Las lascas pétreas desparramadas dieron fe del trabajo de un fabricante de utensilios, y la zona de en medio, desprovista de lascas, marcaba el lugar donde aquél trabajaba agachado. Los habitantes de las cabañas empleaban pieles de animales para estar cómodos, probablemente para sentarse y para dormir sobre ellas, lo más intrigante de todo son los restos de ocre, ya inservible, como el que, según el historiador francés François Bordes, se usaba para pintarse el cuerpo.

    Los restos de ciervo común, elefante, una especie extinguida de rinoceronte, cabra montés y jabalí nos indican el gusto de los habitantes de las cabañas por la carne. Muchos de los animales llevados al campamento eran jóvenes, lo que indica caza, y no aprovechamiento de carroña. La presencia de conchas, de ostras, mejillones y lapas demuestra que esta gente sacaba partido de los recursos marinos.

    Henri sabe que el campamento costero era ocupado a fines de primavera gracias al análisis del polen contenido en los coprolitos. La gente que durante años hizo de Terra Amata su residencia temporal de primavera seguía claramente un modelo de vida bien establecido de cazadores-recolectores nómadas. Su tecnología de útiles pétreos no era especialmente elaborada en cuanto a la forma física, pero, probablemente, eran muy expertos en el manejo de aquellos.

    CAPÍTULO 9: EL HOMBRE DE NEANDERTAL

    El descubrimiento del hombre de Neandertal

    En 1856 se descubrió el hombre de Neandertal, sus huesos salieron de una pequeña cantera abierta en una cueva próxima a Düsseldorf que se hallaba en la parte alta de un valle estrecho por él discurre el río Neander, más la comunidad científica decimonónica dio de lado este descubrimiento considerando que pertenecía a una raza salvaje extranjera o que padeció alguna terrible enfermedad.

    Es interesante resaltar que, cuando en 1868 se descubrieron en la Dordoña los cráneos y el esqueleto del hombre de Cro-Magnon, éstos fueron inmediatamente aceptados por la comunidad académica. Los signos evidentes de antigüedad, bajo la forma de utensilios pétreos primitivos asociados a huesos de animales extinguidos, no escandalizaron a los científicos, porque los fósiles humanos tenían unos cráneos redondeados perfectamente respetables y unos rasgos faciales "no bárbaros". El hombre de Cro-Magnon pudo ser aceptado como parte normal de la historia humana, mientras que el hombre de Neandertal no, porque no alcanzaba los patrones de humanidad decimonónicos. El hombre de Cro-Magnon resultó tener 35.000 años y es uno de los representantes más antiguos de Homo sapiens sapiens de Europa occidental.

    Tras el descubrimiento de los controvertidos huesos fósiles del valle del Neander fueron apareciendo década tras década, más y más individuos análogamente "deformados" en diversas partes de Europa: Alemania, Francia, Bélgica y Yugoslavia. Pronto, las explicaciones de que todos eran extranjeros enfermos empezaron a parecer improbables, y se aceptó a los hombres de Neandertal como miembros de una raza bárbara antigua que tenia muy poco o nada que ver con la historia del hombre "autentico". La imagen de un cretino inarticulado y desgarbado que andaba arrastrando los pies fue una imagen viva y persistente hasta que a mediados de los años 50 llegó su rehabilitación iniciada por los anatomistas William Straus y A.J.E. Cave.

    Desde el punto de vista anatómico ¿Qué se entiende por Neandertal?. El término se refiere a un patrón anatómico global, a un conjunto de características físicas sutilmente diferentes, más que a un rasgo particular. El cráneo es relativamente, aunque no excepcionalmente, bajo; y las arcadas superciliares son prominentes. Ambos rasgos son una reminiscencia de Homo erectus, del que casi con toda seguridad derivaron los neandertales. El cerebro es algo mayor que el del hombre moderno -1.400 cc. Por término medio, frente a la media actual de 1.360 c.c.. Los huesos de las piernas están algo arqueados, y están muy bien marcados los puntos de unión con los músculos; caracteres, ambos, que implican una estructura muy musculosa. Los neandertales, macho y hembra, probablemente, fueron mucho más fuertes que la mayoría de la gente actual. La cara es característica: la nariz y las mandíbulas determinan una superficie inclinada hacia delante, los arcos de los pómulos tienen una pendiente huidiza hacia atrás y la frente es estrecha. La altura media de los neandertales era de 1.67 m. aproximadamente. La impresión general es, la de haber sido individuos bien formados bastante rechonchos.

    La vida de los neandertales

    Los rasgos neandertales hacen su primera aparición en el registro fósil hace unos 100.000 años, momento en que en el mundo se disfrutaba de una cálida fase interglaciar que duro desde hace 130.000 años hasta hace unos 70 000 años. Al hombre de Neandertal se le suele considerar el hombre europeo de la glaciación, pero esto no es más que una simplificación; en primer lugar, porque tuvo su raíz evolutiva en una era cálida y, en segundo lugar, porque muchos neandertales vivieron en regiones del mundo no atenazadas por el hielo de la glaciación. Los restos de neandertales se extienden, dispersos, desde Europa occidental a una parte del Próximo Oriente y hasta Asia occidental.

    ¿Cómo explicar el aspecto particular de la gente de Neandertal? Lo rechoncho del cuerpo podría considerarse una simple herencia de Homo erectus, o bien una adaptación específica al entorno. Los cuerpos bajos pero fuertes y las piernas relativamente cortas son adecuados para los climas fríos, porque presentan menos superficie por unidad de volumen de la que perder calor. En este sentido, los neandertales que habitaban en las partes más frías del territorio que ocupaban estaban bien adaptados para resistir las bajas temperaturas.

    La evolución del Homo sapiens , evidentemente, conllevó una expansión considerable del cerebro, hecho que se pone de manifiesto con toda claridad en su modo de vivir. Para empezar, algunas de las poblaciones de Neandertal se trasladaron a partes del globo a las que ningún homínido se había aventurado a ir antes, y ello en una época en la que el intenso frío de la glaciación convertían en un reto considerable la vida en estas regiones. Eran cazadores hábiles, inventivos frente a la adversidad. Sus campamentos solían ser muy grandes y, a veces, los ocupaban durante varios meses. Abrigarse con ropa, desde luego era esencial para combatir las temperaturas gélidas, y podemos suponer que su habilidad para confeccionar prendas debió de aumentar considerablemente.

    Una forma nueva de tecnología de útiles de piedra se identifica como estrechamente ligada al hombre de Neandertal. Es la musteriense, nombre que recibe de la cueva de Le Moustier, en la Dordoña. La técnica musteriense supuso una mejora de diseño considerable respecto a su antecesora, la acheulense. Por ejemplo, los neandertales producían hasta sesenta objetos identificables, comprendidos cuchillos, raspadores y puntas de proyectil, todos labrados en una lasca que luego era modelada para su función especifica. Los utensilios musterienses eran mucho más finos y precisos que ninguno de los producidos bajo las culturas anteriores. Durante algún tiempo se había usado una técnica de labrado de lascas conocida como levalloisisense, pero en manos de los neandertales fue refinada y desarrollada en mayor grado. Básicamente, implicaba preparar un núcleo, de modo que de él pudieran salir muchas lascas de los tamaños deseados. Estas lascas constituían la materia prima en la que se modelaba el utensilio, mediante un desbastado primoroso y hábil, proceso que exigía un gran control de las manos y una noción clara del instrumento deseado. Ello contrasta con la industria acheulense, en la que, en general, cada útil consistía en una sola piedra que se trabajaba hasta que adquiría la forma deseada. Los neandertales también fabricaron útiles con hueso en mucho mayor grado que sus antecesores. Para que de él puedan salir implementos útiles, el hueso exige una manipulación cuidadosa, pero en manos hábiles es un material excelente para fabricar utensilios finos y delicados.

    Aunque el tema aún es objeto de discusión, al parecer hay varios estilos diferentes en la cultura musteriense, que se distinguen por la composición de la colección de utensilios y por la forma de los instrumentos individuales.

    Sea como fuere, es evidente que la gente de Neandertal poseía un grado considerable de habilidad tecnológica y es muy probable que comprendiera realmente muy bien el mundo que le rodeaba. Sin una sensibilidad ante los posible recursos del medio combinada con una habilidad consumada para explotarlos, a los neandertales seguramente les habría resultado imposible conquistar tantos ambientes diversos. Anatómicamente, el hombre de Neandertal tiene afinidades íntimas con el hombre moderno. Su tecnología es muy desarrollada y elaborada. En los diferentes estilos de la cultura musteriense hay, además, indicios de que pudo haber tribus separadas, cada una con una identidad cultural bien marcada.

    Entierros rituales

    Con la aparición de los neandertales encontramos los primeros indicios arqueológicos de sepulturas rituales. Por todo el territorio que ocuparon hay restos de individuos jóvenes y viejos que fueron enterrados de forma deliberada y quizá reverencial. En Le Moustier, un joven fue bajado a un hoyo acostado sobre su lado derecho y con la cabeza apoyada en el antebrazo, como si durmiera. Un montón de nódulos de sílex le servía de colchón, y junto a su mano había un hacha de piedra delicadamente labrada. Estaba rodeado de huesos de animales salvajes, lo que induce a pensar que junto a él quizá se enterró carne, que debía proporcionarle sustento para el viaje a una nueva vida. En Teshik Tash, Uzbekistán (Asia central), el esqueleto de un chiquillo yace entre huesos de cabra montés, seis pares de los cuales forman un anillo en torno a su cabeza. El esqueleto del niño también presenta marcas de útiles de piedra, lo que hace pensar que éstos se utilizaron para liberarlo de la carne, posiblemente como parte de un rito. Y en el refugio rocoso de La Ferrassie, cercano a la ciudad de Le Bugue, en la Dordoña, el cuerpo sin cabeza de un chiquillo fue encontrado en posición doblada en el fondo de un hoyo somero. Un poco más arriba del hoyo está el cráneo sin mandíbula de un niño bajo una laja calcárea. La parte de debajo de la laja había sido teñida de almagre, y la de encima, grabada con dieciocho hoyitos. Indudablemente, estos extraños entierros tuvieron gran significado para los neandertales, aunque no es probable que éste se llegue a desentrañar nunca.

    Un descubrimiento que enlaza al Neandertal con el hombre actual procede de la cueva de Shanidar, en las montañas de Zagros, Irak. La cueva excavada durante más de veinte años por Ralph Solecki, de la neoyorquina Universidad de Columbia, ha proporcionado una rica selección de restos de neandertales. A uno de ellos, Shanidar IV, le enterraron de un modo poco corriente un día de principios de junio hace unos 60.000 años. Arlette Leroi-Gourhan, del Museo del Hombre de París, quedo sorprendida al descubrir densas nubes de polen que sólo podían proceder de flores completas. Las flores no estuvieran colocadas al azar, sino cuidadosamente dispuestas alrededor del cuerpo del hombre Shanidar IV.

    Una delicada combinación de flores blancas, amarillas y azules, con las ramas verdes de cola de caballo que habrían formado "una especie de lecho sobre el que dejar al muerto". De por sí, la escena es ya bastante significativa, pero Ralph Solecki insinúa que cabría añadir una significación aún mayor a las flores, y señala: "Se sabe que la mayoría de ellas tienen propiedades herbarias, y hoy las usa gente de la región... Se podría pensar que tal vez Shanidar IV no sólo fue un hombre importante, un jefe, sino también una especie de curandero o brujo de este grupo..."


    Los hechos de Shanidar tienen una importancia incuestionable y, junto con los otros muchos ejemplos de entierros ceremoniales, hablan claramente de un profundo sentimiento por el aspecto espiritual de la vida. La preocupación por el destino del alma humana es universal en las sociedades humanas actuales y, evidentemente, también fue tema de la sociedad neandertalesa. Por otra parte, existen motivos para creer que los neandertales cuidaban a los viejos y a los enfermos de su grupo. Varios individuos enterrados en la cueva de Shanidar, por ejemplo, presentaban signos de haber padecido enfermedades en vida y, en un caso, un hombre estaba gravemente tullido, probablemente paralizada casi toda la parte inferior de su lado derecho. Esta gente vivió mucho, a pesar de que para ello debió de necesitar ayuda y cuidados constantes. Es imposible imaginar una sociedad tan compleja y tan imbuida de sentimientos de ternura y manifestaciones de ritos como lo fue la de los neandertales sin un lenguaje hablado bien desarrollado.

    La desaparición de los neandertales.

    En el oriente se desvanecieron hace unos 40.000 años, mientras que en Europa occidental su desaparición ocurrió unos cinco mil años después.

    Nota: Aquí el autor intenta contestar las preguntas acerca de la repentina desaparición de los neandertales. R. Leakey explica dos teorías: la teoría de la "fase Neandertal" que expone que los neandertales evolucionaron directamente hacia Homo sapiens sapiens y la teoría llamada "del Jardín del Edén" que sostiene que les reemplazó el hombre moderno que había evolucionado en cualquier otra parte del globo. A partir de estos enunciados R. Leakey los desarrolla, sin embargo como los descubrimientos de Atapuerca han dado un nuevo giro a todas estas teorías la exposición queda desfasada y por eso no la transcribo.

    Palma de Mallorca, 16 de noviembre de 1999.

    CAPÍTULO 10: EL ARTE DE LA GLACIACIÓN

    El arte prehistórico floreció hacia fines de la última glaciación; empezó hace unos 35.000 años, alcanzó su máximo esplendor en la época de Lascaux (Francia) hace unos 15.000 años, y se terminó para siempre cuando los casquetes de hilo se retiraron, hace unos 10.000 años. Hasta ahora se han descubierto más de 200 cuevas y refugios decorados, principalmente en el sudoeste de Francia y en el norte de España. Lascaux y la cueva española de Altamira, la que primero se descubrió de todas las cuevas pintadas, son, indudablemente, los legados más espléndidos de arte prehistórico con que contamos en Europa.

    La cueva de Laxcaux, en el sudoeste de Francia presenta una serie de imágenes llenas de acción, movimiento y vida que fueron pintadas hace unos 14.000 años.

    Como si huyera de una extraña figura con cuernos y como de brujo que amenaza desde cerca de la entrada, la cabalgata de animales prehistóricos se precipita hacia las profundidades más recónditas de la caverna. Cuatro toros blancos gigantescos perfilados en negro dominan la larga caverna en el punto en que ésta se ensancha y forma una galería circular: la sala de los Toros. Un enjambre de animales más pequeños se atropellan entre las patas de las grandes bestias. Caballos al galope, venados tensos y jóvenes poneys retozones salen de las paredes y del techo en negro, rojo y amarillo, a veces nítidos, a veces sólo como insinuaciones tentadoras. Algunas imágenes ensombrecen a otras; algunas son enormes; otras minúsculas. Un elegante caballo rojo púrpura con una abundante crin negra ondeante está suspendido cerca de dos grandes toros que se miran frente a frente, desafiándose uno al otro. Signos geométricos e hileras de puntos negros aumentan el misterio de la sala de los Toros.

    Después de la rotonda, la cueva vuelve a estrecharse, formando una galería de figuras que saltan y caen. La galería se abre con la cabeza nítidamente esbozada de un venado magnifico. Una vaca negra salta a través del techo de un lado a otro del pasadizo. En la pared derecha, bajo la enorme cabeza de un toro negro, hay una hilera de pequeños poneys pardos de largas crines y, muy cerca, una manada de trece caballos. En la otra pared se ve un toro negro corriendo hacia el final de la galería y, frente a él, huye un caballo cuya negra crin vuela al viento. Donde la galería se estrecha aún más y tuerce a la derecha, hacia la oscuridad, otro caballo salta y se precipita al vacío.

    Desde la sala de los Toros, una pequeña salida a la izquierda lleva a un corredor angosto; en sus paredes, que se desmoronan, esta labrada una maraña de minúsculos grabados, cuya mejor visión se consigue con una iluminación oblicua. Abundan los caballos y venados en miniatura; algunos representan el animal completo; otros, sólo la cabeza. Un pequeño abombamiento de la superficie rocosa parece haber sido aprovechado para dibujar una panza redonda, y una protuberancia minúscula forma el ojo de un caballo. El corredor se abre a la nave, que exhibe cuatro grupos de pinturas, tres a la izquierda y una a la derecha. Ocho cabras salvajes llenan la pared izquierda: cuatro son rojas con cuernos negros, y cuatro son negras, y sus cuerpos sólo se aprecian por el grabado, ya que el color se desvaneció hace mucho tiempo. Hay otros diseños geométricos y dos yeguas preñadas. Un caballo semental y un bisonte están atravesados por flechas grabadas. De otros dos caballos dibujados, uno galopa y el otro pasta. Lo más curiosos de esta pared es una inmensa vaca negra pintada sobre una serie de caballos mucho menores. El cuerpo gigantesco del animal se apoya en unas patas delgadas y termina en una cabeza muy pequeña: no se parece a ninguna de las demás figuras de Lascaux. En la pared opuesta, cinco venados esbozados en trazos negros simples se deslizan sigilosamente. Sólo son visibles sus cabezas y cuellos, como si atravesaran un río a nado, y el animal delantero parece levantar su hocico como si se aproximara a la orilla invisible.

    La nave se estrecha en su terminación, luego se ensancha y forma dos recámaras, una con seis leones grabados en las paredes. Un león ha sido cazado, y de su cuerpo bellamente modelado salen doce flechas. Abriéndose a la derecha, en la unión entre el pasadizo grabado y la nave, está el ábside, una zona adornada con grabados y muchas pinturas descoloridas. Aquí resulta difícil descifrar con claridad muchas figuras, pero un grabado grande que representa la cabeza y las astas de un venado es increíble. Seguramente se trata de una de las mejores pieza de grabado de la prehistoria.

    El misterio de Lascaux se hace más profundo en una curiosa escena pintada en la pared de un hueco del ábside. Un hombre yace muerto entre las figuras de un bisonte herido y un rinoceronte. A diferencia de los animales de la cueva, el hombre está dibujado de una forma tosca. Tiene cuatro dedos en los extremos de sus brazos emparejados, y su cara parece un pico de ave. Junto a él hay una vara con un pájaro atravesado en la parte alta, y resulta imposible decir si es imposible decir si es un pájaro real o un grabado. Al bisonte se le salen las entrañas por las heridas, su pelaje brilla, y tiene la cola levantada, ya que ataca al hombre con los cuernos bajados. Tres pares de puntos separan esta escena de la del rinoceronte, que mira al otro pasadizo y parece que se aleja.

    Hay también algunas pinturas rupestres espectaculares en cuevas africanas, aunque son menos célebres y, a menudo, subestimadas. Éstas se distribuyen en dos grupos principales: las norteafricanas y las situadas al sur del actual desierto de Sahara, en Tanzania y Sudáfrica.

    Europa durante la glaciación

    Durante la glaciación, Europa meridional era inmensamente rica en animales, mientras que la población humana era aún escasa, quizá de unas decenas de miles de habitantes.

    La mayoría de los cazadores-recolectores nómadas de la época vivían al aire libre, levantando refugios temporales en lugares privilegiados. A veces vivían en cuevas, como lo demuestra la presencia de restos y desperdicios domésticos. En general, parece que las partes decoradas de las cuevas no se emplearon como vivienda. Es posible que también se pintaran las paredes de la entrada de las cuevas que servían de refugio, pero, como éstas están relativamente expuestas a la intemperie, sus pinturas habrían desaparecido gradualmente. De todos modos, es interesante el hecho de que sean tan numerosos los ejemplos de pinturas, grabados y otras obras artísticas en lugares de acceso extremadamente difícil y que, probablemente, sólo fueron visitados una o dos veces, a juzgar por la presencia de pisadas no estropeadas. Al parecer, el arte de estas cuevas habría sido algo bastante especial. Además, son muy pocas las cavernas decoradas más accesibles que contienen cantidades significativas de restos de alimentos lo que también indica que los lugares debían de tener una función especial.

    El hallazgo de la primera cueva

    La antigua hacienda de Altamira está situada en una pradera elevada de pendiente suave a unos 4 km. de la costa norte de España, fue descubierta en 1879 por Marcelino Sautuola, propietario de la finca. Este ejemplo de arte parietal esta compuesto por las figuras rojas de casi una docena de bisontes. Alrededor del grupo hay otros animales: dos caballos, un lobo, tres verracos y tres ciervas. Roja, amarilla y negra, la escena luce tan fresca como si la acabaran de pintar. Ingeniosamente los artistas paleolíticos habían aprovechado los salientes y los huecos del techo ondulado para imprimir una notable calidad tridimensional a las pinturas. Ésta es una característica común a todo el arte de la glaciación, pero en ninguna otra parte está tan lograda como en Altamira.

    En 1895 se descubrió en la Dordoña la cueva de La Mouthe, con un bisonte pintado y grabado y un magnifico ejemplo de lámpara de piedra, cuya pertenencia a la época de la glaciación era incontrovertible. Luego se hallaron más ejemplos de cuevas decoradas en Francia: Font-de-Gaume y Les Combarelles en la Dordoña.

    Muchas de las aproximadamente 200 cuevas y refugios decorados que hoy se conocen fueron halladas por accidente. Estos evocativos legados de la glaciación están concentrados en los cerros y valles calcáreos del Périgord, los Pirineos y la cordillera Cantábrica, mientras que son escasos los ejemplos en Italia, y en los Urales hay sólo uno, el de Kapovaia. Sorprenden las semejanzas entre las pinturas rupestres de estas regiones, no sólo en los temas, sino también en elementos estilísticos. Cada cueva o refugio tiene una composición incuestionablemente única y, además, puede presentar innovaciones técnicas especiales, pero en conjunto dan la impresión de ser variaciones sobre un tema.

    Con todo, la calidad del arte varía considerablemente, y Lascaux descolla como muy superior a la mayoría de las demás. La mayor parte del arte de la cueva da una impresión de caos: imágenes grandes entremezcladas con otras pequeñas y, a menudo, una segunda pintura sobre una anterior; no hay un límite evidente de la obra; los animales pueden estar orientados en cualquier dirección; no hay contexto, ni paisaje, ni siquiera una superficie en la que se apoyen los animales. Salvo en Lascaux, Altamira y otros lugares de África, la idea de composición parece inexistente.

    La mayor parte del arte rupestre representa animales, pero también hay algunos motivos abstractos: grupos de puntos, líneas meandriformes, mallas rectangulares cuyos cuadros individuales a veces han sido rellenados con colores diferentes. El animal más frecuentemente pintado es, con mucho, el caballo, y le siguen el bisonte y los bueyes; los tres juntos suponen casi el sesenta por ciento de todas las imágenes de animales. La mayor parte del resto son ciervos, mamuts y cabras monteses, y están también el reno, determinados antílopes, el muflón, el jabalí, el rinoceronte y algunos carnívoros, como el león, la hiena, el zorro y el lobo. Escasean las aves y los peces, aunque por los restos de comida sabemos que éstos constituían una parte importante de la vida humana durante la glaciación. Lo más curioso de todo es la escasez de las representaciones humanas. Las existentes son, casi todas, líneas esquemáticas que insinúan la forma humana, y no retratos al natural como los que se sabe que los artistas estaban en condiciones de pintar. Sólo en la notoria cueva de La Marche, en el oeste de Francia, hay imágenes que son casi bocetos de caras, y muchos parecen más bien caricaturas. Lo que sí hay son huellas en la pintura de manos humanas y, en muchas cuevas, el contorno de las manos, marcado poniendo la mano en la pared de la cueva y aplicando pintura alrededor.

    Aunque la atención popular suele fijarse en las pinturas, también fueron aspectos vitales del arte de la glaciación los pequeños objetos portátiles, como huesos, astas y piedras grabados. En los últimos cien años se han descubierto millares de objetos primorosamente esculpidos y grabados, muchos procedentes de las cuevas decoradas, es el denominado "arte portátil". Este arte se caracteriza en que puede ir a la gente, en lugar de tener que esperar que la gente vaya al arte como ocurre en las pinturas murales.

    Una diferencia sorprendente entre ambas formas de arte estriba en que en los objetos portátiles apenas hay figuras de animales. La mayor parte del arte portátil presenta algún tipo de diseño geométrico: arcos, conjuntos de puntos, cheurones, zig-zags y otros. En Altamira, el arte mural pone un marcado énfasis en el bisonte, mientras que entre la artesanía portátil no hay ni una sola imagen de bisonte; la figura más popularmente grabada en ella es el ciervo, y los restos esparcidos por el suelo de la cueva demuestran que estos animales constituían una importante fuente de comida para la gente que se reunía en Altamira. Otro aspecto interesante es que el arte portátil de distintas partes de Europa no muestra el tipo de uniformidad que presentan las pinturas rupestres, quizá como reflejo de su carácter más personal.

    Uno de los grandes enigmas del arte Paleolítico es el escaso tratamiento que recibe el reno en las pinturas rupestres. Gracias a los restos óseos hallados en las cuevas decoradas se ve claramente que el reno tenía un papel preponderante en la dieta: algunos huesos de reno constituyen más del 98% de los restos de animales de los asentamientos.

    Ya se ha mencionado antes que había una cierta semejanza entre las pinturas rupestres de toda Europa. También parece haber hilos comunes que se mantienen a través del tiempo. Aunque a lo largo de los 25.000 años que duró este período pueden verse elementos de desarrollo del arte, los cambios no fueron espectaculares. En conjunto, da más la sensación de estabilidad que de cambio, lo que contrasta vivamente con los cambios relativamente rápidos de estilo en las industrias pétreas durante este período. El gran prehistoriador y experto en arte rupestre, el francés André Leroi-Gourhan, ha dicho: "En la vida de una sociedad, los modelos de armas cambian muy a menudo; los de utensilios, con menor frecuencia, y las instituciones sociales, muy rara vez, mientras que las instituciones religiosas se mantienen inmutables durante milenios."

    El significado del arte de la glaciación

    Una vez que las pinturas rupestres fueron aceptadas como productos auténticos de la gente de la glaciación, los prehistoriadores empezaron a tratar de comprender el significado de todo ello. El Abbé Henri Breuil, un experto en la época terminal de la glaciación y uno de los mayores prehistoriadores de Francia, interpreto el arte de la glaciación como un medio de magia para cazar, un medio sobrenatural de asegurar "que la caza fuera abundante, que aumentara y que se pudiera matar lo suficiente." Según él, la maraña desorganizada de imágenes implicaba que éstas habían sido pintadas como parte de una serie de ceremonias realizadas como preparación para la caza; los motivos geométricos eran figuras esquemáticas de trampas y lazos. Creía que la mayoría de las cuevas decoradas eran lugares sagrados, elegidos para celebrar ceremonias. Como la mayoría de los prehistoriadores de la época, concebía la vida durante la glaciación como una lucha perpetua para obtener suficiente comida, y por eso se tenía que apelar a poderes mágicos que facilitaran la caza. El Abbé Breuil interpretó el ocaso del arte hace 10.000 años como debido a la dispersión de las manadas de animales de presa al retirarse los casquetes de hielo. La era de la glaciación pasó y, con ella, su magia.

    El descubrimiento en 1940 de Lascaux, con sus frisos relativamente coherentes, fue como un mazazo a la propuesta del Abbé Breuil, la cual, en parte, se basaba en la maraña aparente caótica de figuras pintadas del arte rupestre.

    André Leroi-Gourhan dijo: "Realmente, la coherencia es uno de los primeros hechos que sorprenden al estudioso del arte paleolítico. En pintura, grabado y escultura, en paredes rocosas o en marfil, asta de reno, hueso y piedra, y en los estilos más diversos, los artistas del Paleolítico representan reiteradamente el mismo inventario de animales en actitudes comparables. Una vez reconocida esta unidad, sólo hace falta que el estudioso busque formas de agrupar de una manera sistemática las subdivisiones temporales y espaciales del arte."

    Las numerosas imágenes de caballos y bisontes del arte de la glaciación, y, según André Leroi-Gourhan y Annette Laming-Emperarie, lo que ellas reflejan no es, simplemente, una obsesión artística por estos animales. Ambos prehistoriadores ven un significado más profundo, significado que encierra un modelo de sociedad. El "modelo" es la dualidad entre macho y hembra, y el argumento sugiere que simbólicamente, las imágenes de macho y de hembra están distribuidas por separado en cada cueva, lo que refleja una división fundamental en el mundo.

    En sus extensas y meticulosas investigaciones, André Leroi-Gourhan estudió sesenta cuevas y más de 2.000 imágenes. Llegó a la conclusión de que los símbolos femeninos se hallaban predominantemente en las partes centrales de las cuevas, mientras que las zonas más periféricas estaban principalmente ocupadas por imágenes masculinas. En otras palabras, el arte rupestre no debía verse como una colección al azar de pinturas de animales, sino como una proyección simbólica ordenada del mundo de los cazadores. La dualidad sexual era la faceta más obvia a los ojos de André Leroi-Gourhan, si bien él admite que la división puede representar algún otro aspecto de la vida paleolítica en el que ni siquiera hayamos pensado.

    Poner el acento en el contexto tanto como en el contenido al estudiar el arte de la glaciación, idea que André Leroi-Gourhan y Annette Laming-Emperarie introdujeron en la década de 1960, debe considerarse un avance importante para nuestra percepción de la vida en el pasado. Preparó el terreno para muchos de los trabajos que siguieron. Por ejemplo, Margaret Conkey ha planteado recientemente si el techo pintado de Altamira puede reflejar la organización social de la gente que estuvo allí.

    El núcleo de la composición de Altamira es un grupo de bisontes. Estos aparecen rodeados de otros animales, como jabalíes, un caballo y una cierva común. Margaret Conkey y otros sugieren que estas imágenes no tienen nada que ver con la caza de una forma explícita, sino que pueden representar a la gente en el grupo social. Si se interpreta a los bisontes centrales como animales hembras dando a luz, entonces ello podría simbolizar la posición central de las mujeres en la sociedad cazadora-recolectora. Los hombres son algo periférico en esta sociedad, por cuanto forman grupos y abandonan el campamento base durante unos días mientras cazan. ¿Será que el caballo, el ciervo y los jabalíes representan hombres que, aun formando parte del grupo cazador-recolector, son, en cierto modo, periféricos en él?, se pregunta Margaret Conkey. Muchos antropólogos ven esta disposición "matrifocal" como un tema común de las sociedades recolectoras.

    La noción de que el arte refleja así la sociedad es, ciertamente, plausible, y, según Margaret Conkey, se extiende también a otros niveles de la sociedad. Esta investigadora ha analizado minuciosamente los elementos de diseño empleados en grabados y esculturas del arte portátil de muchos lugares del norte de España. Para el lego, el arte portátil de esta región parece, si no uniforme, por lo menos muy parecido, pero ella ha sabido detectar rasgos que diferencian una localidad de otra. En Altamira ocurre algo interesante, porque hay una coincidencia de rasgos de diseño de muchas localidades cercanas. La gama de útiles de piedra hallados en la cueva constituye también una colección de estilos de los alrededores. Al parecer, Altamira fue un lugar importante, donde se congregaba gente procedente de muchos lugares diferentes en determinadas épocas del año, probablemente en otoño, cuando abundaban los ciervos comunes y las lapas. La gente que había pasado la mayor parte del año dispersa por los montes y valles de Cantabria se reunía estacionalmente, lo que suponía una acumulación de tecnología y de arte. La causa de la congregación anual pudo haber sido explotar los ricos y concentrados recursos alimentarios. O, tal vez, se debía a razones sociales: quizá buscaban la oportunidad de reunirse con un grupo mayor de personas para todo tipo de relación, desde el intercambio de novedades hasta la búsqueda de una pareja para el matrimonio, como ocurre entres los cazadores-recolectores actuales.

    ¿Qué tiene que ver todo esto con el techo de Altamira?. Según Margaret Conkey, las imágenes podrían representar una congregación de diferentes unidades sociales que, aunque distintas, compartían un objetivo común. El antropólogo de Chicago Leslie Freeman comparte esta idea y defiende que Altamira y otras cuevas grandes decoradas "debieron de servir como centros de reunión, en los que periódicamente se realizaban ceremonias estacionales en nombre de toda la población de una extensa región que se había congregado". Así, el techo de Altamira pudo tener un doble significado, representando las relaciones sociales en el seno de cada grupo y entre los distintos grupos. También podría ser que no significara nada parecido, pero la propuesta merece ser tomada en consideración.

    ¿Viejas ceremonias en las cuevas?

    Cerca de Ariège (Francia) se halla la cueva conocida como Le Tuc d'Audoubert conectada con otra caverna llamada Les Trois Frères en la que se han descubierto dos bisontes modelados en arcilla, cada uno de casi un metro de longitud, los cuales estaban plantados en medio de una cámara circular de techo bajo. Esta vieja escultura había permanecido allí, intacta y escondida unos 15.000 años. Cerca de la sala de los bisontes, en una cámara lateral situada a unos 25 metros de aquélla, hay un hoyo del que se saco la arcilla para hacer las figuras. Quienes esculpieron los bisontes dejaron sus pisadas en la arcilla húmeda de la cámara lateral, pero lo extraordinario es que las huellas corresponden sólo al talón del pie. Por alguna razón, los artistas se guardaron mucho de dejar las marcas de los dedos. Seguramente, la gente del Paleolítico no hizo un viaje tan difícil a las entrañas de la tierra solo para ejercitar su habilidad artística. El recorrido debió de ser mucho más trabajoso que hoy, puesto que para alumbrarse no contaban más que con bujías de grasa animal, las cuales si se apagaban, no podían volver a encenderse dentro de la cueva. ¿Qué había ocurrido en aquella cámara tantos miles de años atrás? Nos hayamos ante un misterio de difícil solución.

    Otra cueva pirenaica, la Grotte de Montespan, contiene también figuras de arcilla, aunque el modelado no es tan exquisito como en Le Tuc, y las figuras se han deteriorado más con el paso del tiempo. En las paredes de la cueva, a unos 2 km. de su boca, hay fragmentos de un león y de osos de barro. Vuelve a haber pisadas en el suelo fangoso; algunas, de niños.

    ¿Tiene algún significado que, en ambos casos, por la cueva discurra un río? Así lo cree el arqueólogo británico Paul Bahn, quien señala que a los ríos, las charcas y los lagos la gente de tecnología sencilla de todo el mundo les suele atribuir fuertes propiedades espirituales. Y la combinación con grutas, las cuales representan la entrada a otro mundo, dota al agua de poderes aún mayores. "Hay motivo para creer que el agua desempeñó un papel principal en el sistema de creencias del Paleolítico superior, y, por consiguiente, que fuera un factor incorporado a cualquier arte ritual de ese periodo", propone Paul Bahn.

    Les Trois Frêres es una de las cuevas prehistóricas más intensamente decoradas, pero quizá su mayor interés y, sin duda, lo más sobrecogedor estriba en una quimera de rasgos humanos y animales llamada "el brujo". En esta imagen, pintada y grabada, un par de astas se levantan sobre una cara barbuda en la que dos ojos como de búho miran fijamente. Su cuerpo y su cola parecen de caballo con patas delanteras de oso y patas traseras claramente humanas. Extrañamente emplazados fuera de sitio cuelgan, bajo la cola, unos genitales humanos masculinos. Si toda la figura es rara, también lo es su posición, por cuanto se apoya virtualmente en las cuatro patas y esta situada en la pared de una "chimenea" suspendida sobre la cueva tan ricamente decorada.

    Los seres que presentan una mezcla de características humanas y animales o que son una amalgama de dos animales diferentes constituyen tema común en muchas religiones diferentes. Margaret Conkey sugiere otra interpretación, según sus conjeturas, las imágenes podrían significar que se destaca la continuidad, y no la separación, de los mundos humano y animal. Si la gente del Paleolítico se concebía a sí misma como una parte del mundo que la rodeaba, entonces esta interpretación es claramente plausible. Debe de haber muchas posibilidades, y nadie puede asegurar cual sería la correcta.

    Resultan particularmente inquietantes las pisadas de chiquillos, tanto tiempo conservadas, en los recovecos difícilmente accesibles de grandes galerías subterráneas. ¿Qué debían hacer unos niños tan pequeños en las profundidades de estas peligrosas cuevas? Una sección recientemente descubierta del vasto sistema cavernoso de Niaux, en el valle del Ariège, nos ofrece otra instantánea atormentadora de este aspecto enigmático de la vida durante la antigüedad. En un lugar, tres niños se agacharon en una cámara lateral pequeña de apenas un metro de altura. Sus huellas se han mantenido patentes e inalteradas por lo menos 10.000 años. En la cueva cercana de Fontanet parece como si un grupo de niños hubiera dejado deliberadamente sus marcas de pies y manos en una galería que lleva a una cámara mayor.

    Dicho sea de paso, la cámara contiene restos de comida, cosa bastante rara en las cuevas decoradas que son más que simples refugios rocosos. Tal vez un banquete acompañaba las ceremonias celebradas ante las imágenes pintadas y grabadas de bisontes y cabras monteses. Esta cámara tiene otra característica rara: además de los animales, hay seres humanos de nariz grande y bulbosa pintados en las paredes.

    Pero lo más extraño de todo son las impresiones de las manos, cuyo contorno se ve bien porque se salpicó la pared con pintura alrededor de la mano apoyada en la superficie. Presumiblemente, la pintura fue "atomizada" con la boca y soplando a través de una pajita de tallo tierno. Marcas de este tipo se encuentran en más de veinte cuevas de Francia y España. La mayoría de estas imágenes son escasas y relativamente discretas. Pero, en tres cuevas, la práctica de marcar la mano toma un giro extraño y perturbados: en Maltravieso, del norte de España, y en Tibiran y Gargas, de los Pirineos, muchas de las impresiones revelan algún grado de mutilación de los dedos. Gargas muestra el caso más dramático, donde nubes de pintura roja y negra enmarcan unas plantillas con las deformidades más sobrecogedoras. Más de la mitad de ellas revelan la ausencia de la articulación superior de los cuatro dedos y otras indican la pérdida total o parcial de una o más articulaciones: curiosamente, los pulgares parecen haberse salvado. Hay también varias marcas correspondientes a chiquillos, cuyas manos intactas fueron apoyadas en la pared mediante la ayuda de un adulto.

    No cabe duda de que las manos de la gente de Gargas estaban mutiladas, porque las imágenes no son un truco de la técnica de pintar o atomizar.

    La pregunta es: ¿qué lo produjo? ¿Sería que la comunidad padeció una enfermedad? ¿Fue la congelación? ¿O es que la gente de Gargas practicaba un ceremonial estrafalario que comprendía la mutilación? Sencillamente, no hay pruebas suficientes para responder, y el misterio probablemente quedará siempre sin resolver.

    Nuevas interpretaciones

    A mediados de la década de 1960 Alexander Marshack empezó a aplicar a pinturas, esculturas y grabados paleolíticos unas técnicas que nadie había empleado. Fotografió las pinturas con luz infrarroja y ultravioleta y examinó al microscopio líneas y filos de huesos grabados y piedras, buscando claves en detalles minúsculos acerca del modo en que los objetos fueron labrados. Alexander Marshack sacudió al mundo académico arqueológico al insinuar que una serie de hoyitos grabados en un utensilio óseo de 30.000 años de antigüedad indicaba que el artesano de la glaciación se había percatado de los cambios en el ciclo lunar. Anteriormente, la procesión serpenteante de hoyos había sido interpretada como un simple "entretenimiento". Pero Alexander Marshack detectó al microscopio que para marcar los setenta y nueve hoyos se habían empleado veinticuatro utensilios diferentes. Resultó evidente que la serpiente de hoyos era el resultado de una serie de actos distribuidos en un período de tiempo. Alexander Marshack también desentrañó que la disposición de las curvas en la "serpiente" grabada coincidía con las fases cambiantes de la Luna.

    La idea sigue siendo un reto desafiante para la comunidad académica.

    Para Alexander Marshack, una composición estacional aún más sorprendente es la grabada en un trozo de cornamenta de reno hallado en la cueva de Montgaudier, en el sudoeste de Francia. Desde que se descubrió, en la década de 1880, se habían interpretado las imágenes de las diversas criaturas que hay en él como magia para cazar. Pero las observaciones detalladas de Alexander Marshack revelaron otras posibilidades. Las imágenes de una foca macho y de una foca hembra más pequeña presentan un gran detalle. Junto a las focas se halla un salmón, en cuya mandíbula inferior hay un gancho como los que desarrollan los machos en su migración Río Arriba para el apareamiento. A la izquierda del salmón hay tres líneas a las que los arqueólogos habían interpretado como arpones, pero que, merced al examen de Alexander Marshack, han resultado ser varas con hojas: las barbas tienen una disposición opuesta a la que deberían tener para corresponder a arpones. Sobre la foca hembra hay una minúscula flor abierta y, junto a la foca macho tres seres enigmáticos considerados animales acuáticos de muchas patas. Dos serpientes con genitales están algo entrelazadas. Por último, y también sólo visible al microscopio, un boceto de cabeza de cabra montés en vista frontal presenta una cruz en la frente. El grabado es exquisito y sigue la superficie curvada de la cornamenta.

    Dice Alexander Marshack: "En el bastón de Montgaudier veo una clara composición estacional. Las focas están en celo, lo mismo que las serpientes y el salmón, y las flores están en plena floración. Resulta interesante comparar el grabado tan realista de la mayoría de las imágenes con el esquematismo de la cabra montés, que, a mi entender, ha sido muerta simbólicamente con la cruz. El grabado me sugiere una matanza, no para comer, sino como rito simbólico relacionado en la llegada de la primavera."

    Este autor planteó pro primera vez la noción del uso y la reutilización del arte, noción que deduce de pinturas rupestres tales como las curiosas imágenes de la cueva de PechMerle, que muestra dos caballos grandes salpicados de puntos rojos y negros. La fotografía con infrarrojos le permitió decir que el contorno de un caballo fue primero pintado y luego reseguido con grupos de puntos, proceso al que siguió otro análogo para el segundo caballo. En el arte Paleolítico abundan los ejemplos de reelaboración en imágenes pintadas y grabadas: cabezas redibujadas, patas pintadas de nuevo en posiciones algo diferentes o todo el contorno cambiado. Para Alexander Marshack, el objeto de arte sería casi "vivo" e intervendría en una ceremonia. También hay otras explicaciones. Por ejemplo, para Michel Lorblanchet, uno de los principales expertos franceses en arte paleolítico, este "retocamiento" podría simplemente ser parte de una forma convencional de expresarse, e insinúa que, al esbozar cabezas y piernas en muchas posiciones diferentes, se pretendía comunicar un sentido de movimiento, una sensación de actividad en una imagen que, de los contrario, habría parecido estática. De entrada, esto puede sonar raro y curioso, pero sólo porque no encaja con nuestras ideas convencionales sobre el arte.

    La forma humana

    Frente a esta rica representación del mundo animal de la glaciación, destacan la escasez numérica y la pobreza de las imágenes del hombre. Ningún retrato humano posee un detalle equivalente al de los toros gigantescos de Lascaux. Parece como si representar la forma humana fuera tabú. Quizá se tratara de un convencionalismo cultural. En tal caso, no era absoluto, porque en La Marche, Francia occidental, hay retratos, si bien resultan rudimentarios comparados con las figuras de animales.

    Por alguna razón desconocida, la gente de La Marche, grabadores muy prolíficos, trabajaron más el tema humano que los animales; todo lo contrario del patrón típico.

    En total hay cincuenta y siete grabados de cabezas humanas aislada y otros cincuenta y uno menos completos de cabezas y cuerpos. Este lugar alberga, él solo, más de una cuarta parte de todas las representaciones humanas hasta hoy descubiertas en el arte glacial europeo. Las cabezas están de perfil, algunas con mandíbulas increíblemente grandes y nariz cómicamente respingona; posiblemente son caricaturas. Pero muchas parecen retratos personales, y permiten decir si corresponden a varones o hembras. En casi todas, el pelo es corto y en algún caso parece estar finamente trenzado. Diez hombres llevan barba y por lo menos tres tienen bigote. Un individuo lleva una banda en la cabeza y se ven doce sombreros. En realidad, La Marche nos proporciona el retrato más claro que hoy tenemos de los propios artistas de la época glacial.


    Las representaciones prehistóricas más famosas de la forma humana son, sin embargo, las llamadas venus, estatuillas con nalgas y pechos desbordantes que, supuestamente, encierran una imagen de la fertilidad o de la diosa madre. En estas estatuillas es muy llamativo el énfasis puesto en la sexualidad. En las exageradas curvas de la pequeña venus ebúrnea de Lespugue, Francia, resulta inconfundible el sentido de superfemeinidad. Y la venus de Monpazier, en la Dordoña, de cinco centímetros de altura, además de sus nalgas y pechos salientes, tiene una clara vulva nítidamente labrada en la figura. Pero estas estatuillas de rasgos femeninos manifiestamente exagerados sólo constituyen una pequeña minoría. Entre los varios centenares de figuras esculpidas descubiertas hasta hoy en Europa, algunas pueden identificarse como hembras, de las que la mayoría tienen las proporciones no exagerada, sino naturales, otras son claramente varones, pero el mayor número son asexuadas, por lo menos a nuestro entender. Al parecer, habríamos sobrestimado mucho la idea de un culto a escala continental a la diosa madre, simbolizada por las "venus" rechonchas.

    Esta conclusión nueva se debe fundamentalmente a la obras de los prehistoriadores británicos Peter Ucko y Andrée Rosenfeld y al notable investigador francés Léon Pales. Estos investigadores analizaron con un detalle mayor que hasta entonces la gama completa de estatuillas encontradas. Dice Peter Ucko al comentar sus observaciones: "Las figuras representan un grupo heterogéneo de individuos, más que un individuo único, humano o divino."

    Muchas de las figuras dan la impresión de ser "bocetos toscos" de la forma humana, más que representaciones cuidadosamente esculpidas. No suelen dar la sensación de retrato, a diferencia de lo que se ve en los grabados de La Marche. Por lo general, no hay rasgos faciales ni siquiera en las piezas más habilidosamente trabajadas. Ello podría obedecer a que fuera tabú plasmar la imagen real, y con ella el espíritu o el alma, del individuo. Pero ¿por qué un tratamiento tan descuidado de brazos y piernas?. Prácticamente, todas las estatuillas prehistóricas tienen como piernas unos muñones truncados, lo cual contrasta mucho con la gran atención puesta en las patas y pies de los animales en las pinturas y los grabados rupestres.

    En Europa oriental y Rusia, donde probablemente la escasez de refugios cavernosos adecuados contribuyó a la ausencia virtual de arte mural, se aprecia el mayor énfasis puesto en la creación de figurita. Una colección particularmente valiosa de estatuillas fue hallada entre los restos de seis cabañas en Maltà, sobre las terrazas de río Blanco en Siberia oriental. La gente de Maltà incluyo en su obra muchísimos detalles, y uno de los casos da una viva impresión de ser uno de estos "retratos" tan escasos: en la minúscula figura de marfil hay ojos, nariz y boca de una claridad poco frecuente.

    De todos modos, los caracteres fundamentales del arte de la época glacial de Europa oriental y Rusia fueron los diseños geométricos. Alexander Marshack explica así las diferentes expresiones artísticas: "El arte de la glaciación fue, en gran parte, el resultado de lo regionalmente posible. En el sudoeste de Francia y el norte de España, los vastos sistemas de cuevas calcáreas permitieron la creación del arte en forma de pinturas murales. Y como allí la gente compartía una ecología común de sistemas interconectados de ríos y valles habitados por una gama similar de animales, es natural que su arte lo reflejara. Sus sistemas de símbolos eran expresados en imágenes naturalistas, mientras que, en Europa oriental y Rusia, la gente creó expresiones diferentes para sus sistemas de símbolos, los cuales tenían forma de motivos geométricos y esquemáticos. Ello no significa que las dos formas de expresión respondieran a grados diferentes de complejidad cognoscitiva. Son manifestaciones diferentes de un determinado intelecto. Lo importante acerca del arte de la glaciación es que la gente desarrolló una expresión simbólica de sentimientos, creencias y sistemas sociales que eran importantes para su modo de vida."

    El fin de una era

    La Edad del Arte duró unos 25.000 años y terminó hace 10.000 años. Antes de la Edad del Arte encontramos indicios de algún tipo de expresión artística, si bien mucho menos desarrollada, que se remontan a muchos millares de años. Pero, cuando terminó la glaciación, el arte de la época glacial, con sus imágenes vibrantes y dinámicas de animales desapareció casi sin dejar sucesión.

    Con el fin de la glaciación, el arte en sí no se desvaneció, sino que cambió, tanto en contenido como en espíritu. El arte geométrico floreció y evolucionó en muchas zonas. En las regiones en las que reaparecieron imágenes figurativas se produjo un giro temático, por cuanto el foco de interés pasó del mundo animal al humano; de todos modos, no hubo una exaltación de al forma humana análoga a la imaginería animal de la época glacial. Más bien surgió una obsesión por representar confrontación entre las gentes. Las escenas de batallas se convirtieron en un tema común, representación, tal vez, de un registro de un conflicto pasado o de un intento de conseguir ayuda sobrenatural para una lucha futura. Amanecía una nueva edad, y el arte debía expresar sus deseos e inquietudes.

    Palma de Mallorca, 19 de noviembre de 1999.

    Palma de Mallorca, 11 de noviembre de 1999.

    Frugívoro: Dícese del animal que se alimenta de frutos.

    ebúrneo, -a: I. Del lat. eburneus < ebur, eboris = marfil. 1. (adjetivo, -a). De marfil o de una materia semejante a él. SIN. Marfileño.

    LA FORMACIÓN DE LA HUMANIDAD

    RICHARD E. LEAKEY

    Barcelona: Ediciones del Serbal, 1981

    Bibl.Publ.Mca. - Sign.: 572 LEA for

    Tema 8 y 9 - Primeros estadios de la cultura humana. / El Paleolítico inferior.

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    BEATRIZ - 17:59 - 16/07/

    LA FORMACIÓN DE LA HUMANIDAD

    RICHARD E. LEAKEY

    Barcelona: Ediciones del Serbal, 1981

    Bibl.Publ.Mca. - Sign.: 572 LEA for

    Tema 16 y 17 - El arte Paleolítico.

    23

    BEATRIZ - 17:59 - 16/07/

    LA FORMACIÓN DE LA HUMANIDAD

    RICHARD E. LEAKEY

    Barcelona: Ediciones del Serbal, 1981

    Bibl.Publ.Mca. - Sign.: 572 LEA for

    Tema 7 - El origen del Hombre

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    BEATRIZ - 17:59 - 16/07/

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