José Martí

Historia de América. Independencia cubana. Escritor cubano. Biografía

  • Enviado por: Daniel
  • Idioma: castellano
  • País: Cuba Cuba
  • 18 páginas
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Escuela: Angola

José Martí nació en La Habana, el día 28 de enero de 1853, en una humilde casa de una barriada próxima al puerto. La casa donde nació Martí está en la calle Leonor Pérez, que antes se llamó calle de Paula.

En los altos de esta casita sencilla y pobre vivió Martí los dos o tres primeros años de su vida. En ella aprendió a andar, correteó por ella, y empezó a querer a dos hermanitas que allí nacieron después de él. Martí era el primer hijo del matrimonio, el hermano mayor.

Casa Natal de José Martí.

El padre de Martí, Don Mariano, era español, de Valencia; la madre, Doña Leonor Pérez, era también española; de las islas Canarias.

Muy fatigado el padre y quebrantado de salud, decide ir con su familia a España. El niño, Pepe, como todos le llaman, tiene algo más de 4 años cuando hace el viaje a Valencia con sus padres y con sus dos hermanitas. Dos años están en España. A los dos años regresan a Cuba.

Seis años y medio tiene Pepe cuando vuelve a La Habana. Empieza a ir entonces a una escuelita que hay en el barrio de Santa Clara.

Ya tiene en este tiempo Pepe 5 hermanitas.

No son de horas alegres estos años de niñez de Martí. En la cara de los padres ve la preocupación y la pena; en la casa pobre hay como una sombra de abatimiento y de pesar que no deja que se vea el cariño. El niño siente eso, y mira con angustia el gesto doloroso de los padres, mientras ayuda a mamá en sus quehaceres y a cuidar de sus hermanitas queridas.

Por fin el padre consigue un cargo de agente de la autoridad en Hanábana, en región campesina y cañera de Matanzas y allá va Pepe una temporada. Tiene algo más de ocho años; escribe bastante bien, tiene buena letra y podrá ayudar a su padre.

Trata a los hombres campesinos, y les conoce su entereza de ánimo, su honradez y su corazón bueno. Goza junto a su padre, que ya no tiene enfados y demuestra muy bien como quiere a su hijo, con palabras de cariño y con elogios de su buena escritura y de su buen carácter.

Va y viene por entre los que hacen el trabajo de la caña. Sufre de ver a los trabajadores negros, amontonados en barracones sucios; le duelen sus miradas tristes y sus cantos como lamentos, y se horroriza de ver como un mayoral de mal corazón castiga a latigazos a un negro esclavo, en un salvaje bocabajo.

Pepe ha regresado a La Habana. Han pasado muy rápidos los meses de su vida en el campo con su padre. Vuelven los días de colegio en San Anacleto. Es allí el mejor alumno, el más estudioso e inteligente. Lee mucho; se le ve siempre entre libros. Es un tanto retraído, anda siempre preocupado y no es un muchacho alegre.

Por aquel tiempo ha conocido a Fermín Valdés Domínguez, hijo de rica familia, compañero bueno y leal, y ha nacido entre los dos una amistad que se mantendrá firme toda la vida.

Tiene poco más de 12 años. Busca, averigua y sabe de un buen colegio de segunda enseñanza, y Pepe va allí a ofrecerse para ayudar en algo si es necesario, y para estudiar.

En el colegio de San Pablo vive ahora, y allí va a tener ocasión de admirar y querer a un hombre sabio y bueno.

Don Rafael María de Mendive es el director del colegio. Es un hombre admirable. Martí lo recordará siempre como un hombre maravilloso. Es el maestro sabio, afectuoso y elocuente.

Martí, un verdadero estudiante

Pepe se siente a gusto allí, al amparo de aquel maestro tan culto y acogedor, del que aprende a decir bellas palabras y a admirar las nobles acciones; aquel maestro sereno y cariñoso es para él como un padre.

La sed de justicia y el ansia de libertad de la patria van cuajando así en el corazón del muchacho con un entusiasmo impetuoso. Martí se entrega a ese ideal con el ardor de los mayores, y en el odio a la opresión y en el sueño de la libertad se funden aún más firme la comprensión y el cariño de maestro y discípulo.

Trece años tiene Pepe cuando hace su ingreso en el instituto de Segunda Enseñanza. Sus padres siguen con orgullo los éxitos del hijo estudioso, de cuyo talento hablan todos.

Cuba viene atravesando una época de fuerte crisis económica. Hay pérdida y ruina en la riqueza del azúcar y el café, y agravan la situación nuevos impuestos y trabas que España impone a su colonia.

Corre el año 1868, y, el 10 de octubre, en la región oriental de la Isla, Carlos Manuel de Céspedes se ha levantado con un grupo de valientes en guerra contra España.

En esta época ha cuajado ya en el corazón del joven Marti el motivo ideal que será rumbo de su vida hasta la muerte. Consagrado vivirá ya para siempre al gran empeño revolucionario que haga libre su patria.

En El Diablo Cojuelo, una hoja impresa que ha preparado con su amigo Valdés Dominguez, escribe notas de burla y censura de las autoridades y de la política, y en La Patria Libre, periódico del que no sale más que un número, que prepara él mismo con trabajos de Mendive y otras personas adultas, se publica su poema dramático Abdala. Martí había metido en el movimiento cuerpo y alma.

Después de un registro en casa de Valdés Domínguez, ambos muchachos fueron detenidos por haber escrito una carta increpando a un condiscípulo que se había afiliado a las milicias españolas.

Arrestados, en octubre de 1869, Fermín fue condenado a seis meses de cárcel; Pepe, por sostener que la carta no era obra de su amigo, sino suya, a seis meses de trabajos forzados.

Vistieron al adolescente -no tenía aún 17 años- con el traje de presidiario, le impusieron un cinturón de hierro del cual pendía una pesada cadena, remachada a un grillete en el tobillo, de modo que cada paso que daba era una tortura. Lo asignaron a una cuadrilla que trabajaba desde la madrugada hasta la caída de la tarde, en las canteras, bajo el ardiente sol tropical, apaleándolo cuando sus fuerzas flaqueaban. Es el preso número 113 de la primera brigada de blancos.

Martí en presidio

Martí tuvo tiempo de ver infinidades de crueldades que le marcaron para toda su vida. Vio a Don Nicolás, un anciano de 76 años que no se sostenía de la cantidad de llagas que tenía en el cuerpo. Vio allí al hombre negro de cien años, y a niños de 14, y al huérfano Lino Figueredo, de doce años; niños encadenados y sentenciados como presos políticos.

Allí estuvo Martí, en el terrible presidio, viendo estremecido el suplicio de los demás hombres presos; sufriendo el propio dolor, que no sentía tanto como el tormento de todos; débil y debilitado de cuerpo, pero de espíritu fuerte ante la justicia y la crueldad; antes orgulloso que avergonzado de sus cadenas, que eran señal de dolor y sufrimiento por la patria.

Algo más de medio año estuvo Martí en el aborrecible presidio. Un amigo de Don Mariano, rico catalán influyente, Don José María Sardá, logró que Martí fuese indultado y confinado en la Isla de Pinos, bajo su custodia y en la casa que allí tenía.

Pero aquellos días de retiro y de paz duran poco. A los dos meses es conducido a La Habana, pues hay orden de que embarque allí para España como deportado.

Llegó a Madrid pobre y enfermo. Por suerte no tardó en encontrar amigos y trabajos. Enseñando y escribiendo pudo sufragar los gastos de su vida y de sus estudios universitarios. A pesar de su quebrada salud -consecuencia de las penalidades sufridas en el presidio- logró, después de 5 años intensísimos, graduarse en Derecho y en Filosofía.

El tiempo pasado en España fue sumamente provechoso para la cultura del joven; escuchó los grandes oradores de la época, asistió a las secciones del parlamento, frecuentó los museos, dedicándose a la apreciación de la pintura, la música, el teatro, las letras, todas las artes.

Terminados sus estudios anhelaba volver a la patria lejana, pero allí ardía aún la guerra y él estaba desterrado.

Fermín Valdés Domínguez fue deportado a España. La llegada de su amigo es para Martí bálsamo y apoyo. Fermín esta a su lado, lo cuida, lo ayuda... Fortalece y levanta el ánimo afligido la amistad, y así también el cuerpo enfermo se reanima.

La publicación de versos, ensayos, artículos le dio fama literaria. Fue recibido en los círculos más exclusivos. Sintió que era necesario aprovecharse de su reputación creciente para adelantar los intereses de Cuba libre, ayudar a los valientes mambises que luchaban en la manigua, intensificar la propaganda insurrecta, particularmente en la Revista Universal, a cuyo cuerpo de redacción pertenecía.

Y ha de partir. Ya cumplió en cuatro años de destierro en España su quehacer de trabajo y estudio. Ahora ha de volver a tierras de América, cerca de su patria.

Sabe que sus padres y sus hermanas se han trasladado a México porque en La Habana les es casi imposible vivir con su trabajo, y Ana, la candorosa y tímida hermana, ha ido enferma y allí sigue sufriendo. Tiene que ir allá.

Pisa Martí en Veracruz suelo de México. En la estación lo espera su padre, acompañado del mexicano Manuel Mercado, vecino y amigo de la familia, y allí están también sus hermanas: Carmen, Amelia, Antonia... Ana murió, lo cual hace sufrir a Martí.

Entre las relaciones de Martí en México, una había de traer a su vida consecuencias que lo marcarían con honda huella. Don Francisco Zayas Bazán es abogado cubano de acomodada posición, que llegó a México desde tierra camagüeyana. Martí visita con frecuencia aquella casa en la que se respiran vida y recuerdos de la patria querida. Con Don Francisco viven sus tres hijas: Carmen, Isabel, y Rosa.

Martí se encariña con Carmen, habla de ella apasionadamente, y llega a nacerle por ella en el corazón un firme amor que es promesa de amor para siempre.

Martí viaja de Veracruz a La Habana a principios del año 1877. Es peligroso entrar en el país, pero está decidido. Seis años hace que salió de su patria. En cuanto desembarca va a casa de Valdés Domínguez. Entusiasta sorpresa y gran alegría.

La vecina Guatemala estaba en un período constructivo bajo la férrea mano de Justo Rufino Barrios, para quien tenía Martí cartas de presentación.

Fue recibido en Guatemala con cordialidad; le ofrecieron una cátedra de literatura en la Escuela Normal y luego en la Universidad. Sus conferencias hicieron sensación: todo el mundo quería escuchar al joven profesor cuya sabiduría y elocuencia eran notables.

Martí conoce en Guatemala a María García Granados, hija del general Garcia Granados, expresidente del gobierno. Esta se había enamorado profundamente de Martí.

Luchan en el corazón del joven la promesa del amor a Carmen que lo espera y la pena de aquella amarga desventura de María, doliente de un amor que le consume como llama.

Antes de finalizar el año 1877 sale Martí para México a cumplir su compromiso. Se casa allí el 20 de diciembre, próximos sus 25 años; termina la edición del folleto que ha escrito sobre Guatemala y regresa feliz con Carmen a continuar su trabajo en la Escuela Normal. Poco después se cerraban para siempre los ojos de María García Granados, la triste niña de Guatemala, cuyo recuerdo triste cantó Martí años después con dolor sin consuelo.

El 31 de agosto desembarca Martí con su mujer en La Habana. Su familia vive con escasos recursos. El los tiene muy justos, y ha de prever que no tardará en nacerle el hijo.

En La Habana formó parte del bufete de su antiguo amigo en el destierro, Don Nicolás Azcárate. Trabajaba como abogado.

Como regalo feliz sintió su vida el nacimiento del hijo, casi a los tres meses de estar en La Habana. Inmensa ternura paternal, la de Martí!

Con un grupo de conspiradores y con hábiles emisarios, emprende la tarea de entablar relación con jefes combatientes que salieron del país y con los que quedaron en él. En esta labor, el periodista Juan Gualberto Gómez, culto y noble amigo, es uno de los compañeros más activos y valiosos.

Martí y Juan Gualberto Gómez citan ejemplos a los grupos de conspiradores de La Habana para organizar la ayuda a los alzados. Secretamente se reúnen en Regla y constituyen un comité que preside Martí. Pero algún espía delata la trama, y no necesita el general Blanco que le digan quién es el alma de la conspiración.

Unos días después, el 25 de septiembre de 1879, salía Martí en el Vapor Alfonzo XII, otra vez deportado para España, a disposición del gobernador Santander. Una vez más la separación de su madre, de sus hermanas, de su padre achacoso. En el puerto, un adiós de contenida congoja a su esposa y a su hijito.

El ambiente de Madrid lo hastía, la innoble política lo indigna, el íntimo pesar lo agobia. Tiene que librarse de un destierro que lo consume; acercarse a la patria y unir a las fuerzas dispersas para poner en marcha la revolución que la salve, es su mayor objetivo.

Tras un breve paso por Paris, llega a Nueva York el 3 de enero de 1880.

En la casa donde se hospeda conoce a Calixto García, el jefe rebelde que salió de las prisiones españolas después del Pacto del Zanjón.

Los une a Martí y al general la pasión por hacer libre a la patria. Hablan, proponen y, en el comité de los revolucionarios cubanos de Nueva York conciben y acuerdan el plan de una expedición a Cuba, mandada por Calixto García.

El vigoroso y magistral discurso pronunciado en Steck Hall ha levantado los ánimos y ha conquistado las voluntades. Como consecuencia, Martí pasa a ser presidente del Comité revolucionario cubano de Nueva York rector de la nueva etapa guerrera.

En la casa de huéspedes que tienen el cubano Manuel Mantilla y su mujer Carmen Miyares, encuentra aposento familiar y estable. Allí llegan al fin su esposa y el hijo, tan esperados.

El ánimo está dispuesto; los brazos, listos. La decisión está hecha. La meta es la patria de Bolívar, cuna de libertad americana.

Crecía el prestigio de Martí y la simpatía por él de los jóvenes y de los hombres de Venezuela. Sus artículos de La Opinión Nacional y de la Revista Venezolana eran soberbios destellos de altos ideales y propósitos generosos.

El 28 de julio -como medio año ha estado en Caracas- se aleja Martí de la tierra de Bolívar de regreso a Nueva York. En el alma lleva ilusión y dolor por el porvenir de nuestra América. La propaganda de dignidad y de luz lo arroja de nuevo al constante peregrinar. Tenia entonces 28 años.

En aquellos primeros meses de Nueva York, Martí atendía al trabajo de periodista. Se refugiaba en el cuarto de la pensión donde vivía, la misma en que había vivido antes, y allí escribía horas y horas. A veces salía a buscar otros trabajos, pues tenía que asegurar el vivir, para hacer la obra que se había propuesto y que era norte de su vida.

El prestigio de Martí como extraordinario cronista había trascendido, y periódicos de distintos países lo querían como corresponsal en Nueva York. Y Martí escribió para diarios de Caracas, de Buenos Aires, de Bogotá, de México, de Montevideo...

La vida de Martí en Nueva York va entrando en cauce más sereno.

Martí trajo a su padre, el pobre viejo enfermo, a vivir con él en Nueva York una temporada. Don Mariano se siente orgulloso de su hijo. Habría querido verlo más dispuesto a afianzar el bienestar que ha conquistado con su talento; comprueba también que su hijo sigue, como siempre, el camino del sacrificio por el ideal de la patria. Vuelve tarde a casa, son muchas las actividades que tiene y las visitas que recibe de cubanos que hablan de Cuba libre y de su conspiración.

En el mes de octubre del año 1884 se reúne Martí con Máximo Gómez y Maceo en la habitación de un hotel en Nueva York. Es la primera vez que se juntan estos tres hombres.

Hablan sobre las decisiones a tomar para la guerra. Martí no acepta del todo las decisiones de Gómez, por lo que en una ocasión ocurre una discusión entre ambos, la cual los distancia un tiempo.

Siguieron adelante los planes de Gómez y Maceo, pero el entusiasmo de las emigraciones comenzó a decaer. Múltiples dificultades se opusieron a la reunión de las voluntades y a la obtención de los medios necesarios para organizar un movimiento fuerte.

Martí se sintió herido de amarga decepción. Había además entre los emigrados quienes criticaban su retraimiento y lo censuraban como si se tratara de una deserción.

En ese tiempo lo habían absorbido atenciones y tareas activas de la empresa revolucionaria; pero no había dejado de atender los compromisos del otro trabajo que hacía para vivir y para servir.

Ya bien entrado el invierno, doña Leonor llega a Nueva York. Algo mas de un año estará allí, viviendo con su hijo en la pensión de Carmen Miyares, viuda de Mantilla.

Es verdad que Martí es la voz poderosa de la dignidad de Cuba. Y todos los cubanos emigrados lo sabían y lo tenían a orgullo.

Un amigo brasileño el señor A. D'Acosta Gomez, proporciona los medios , y en este año de 1889, en le mes de julio sale el primer número de La Edad de Oro, revista mensual dedicada a los niños de América.

Encariñado y entusiasmado estaba Martí con su obra; pero quien patrocinaba la revista, pretendió violentar y torcer las ideas que era justo y conveniente mantener en ella, y Martí no se avino, y se negó; y la revista dejó de publicarse.

Treinta y ocho años tiene Martí. Su vida y los latidos más entrañables de su corazón en ella, van quedando en las breves y escuetas composiciones de sus Versos Sencillos. No hay en ellos sino pensamientos y sentimientos puros, limpios del adorno retórico a que tendía la propensión romántica de la época.

Ha llegado el momento para Martí de actuar ya a fondo en la etapa definitiva del destino de Cuba. De la Isla se sabe que cunden el descontento y el malestar. La política de España sigue siendo torpe y represiva, y se ha agravado, y hay muchos ánimos soliviantados. Hay que actuar ya sin demora para crear un ambiente firme y amplio de rebelión, que evite el que allá surjan brotes impacientes o desesperados que, sin preparación, se lancen a una lucha desordenada que lleve a otro fracaso más.

Ahora hay que abrir el camino a la última etapa; el afán ahora es atraer, unir, unificar, fundar...; hay que organizar y establecer el firme clima de rebelión, dentro y fuera del país, y la preparación eficaz de la ayuda necesaria a los luchadores.

Los ardorosos discursos, como toda su valiente propaganda revolucionaria, han suscitado por parte de España una protesta contra él, como cónsul de la Argentina, que es nación amiga. Para que de ello no se derive disgusto alguno entre los dos países, Martí renuncia inmediatamente a ese cargo, y renuncia también al cónsul de Uruguay y de Paraguay. Tampoco quiere continuar en la presidencia de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, en la que también se han dicho censuras.

A medianoche del 25 de noviembre de 1891, llega Martí a Tampa. Bajo una lluvia torrencial lo esperan en el apeadero muchos hombres que lo reciben con abrazos y apretones de mano.

El 27 de noviembre Martí pasa el día atareado de creación para unir a todos. La Liga Patriótica Cubana acoge con orgullo al hermano Martí. En la casa de Cornerio Brito, un trabajador negro, funda la Liga de Instrucción, semejante a la de Nueva York. Formula las resoluciones de una acción revolucionaria común de todos los organismos locales, resoluciones que son como antecedentes directos de lo que habrán de ser luego las Bases del Partido Revolucionario Cubano.

Martí parte para Nueva York. Siente el cuerpo fatigado, pero en el ánimo lleva la firme confianza y el inmenso entusiasmo.

Ahora va de paso para Cayo Hueso. El día de Navidad arriba en un pequeño vapor al Cayo, donde se le recibe con alegría de banderas y música. Van con él amigos de Tampa que lo acompañan. Ya en tierra, abraza a conocidos y a compañeros, y la emoción, se le ve en los ojos.

Tres días seguidos de discursos que atraen y conquistan, hermosos y emocionantes: en el Círculo Cubano de San Carlos, en el club Patria y Libertad, en las manufacturas de tabacos... Todos se sienten ganados por aquella arrebatadora elocuencia.

La convención cubana ha discutido las Relaciones de Tampa y ha aprobado las Bases del Partido Revolucionario Cubano que Martí mismo acaba de redactar. También se delega en él para que redacte los Estatutos Secretos del Partido.

El Partido Revolucionario Cubano es la agrupación de los que aspiran -escribió después Martí- a crear una nación ancha y generosa, fundada en el trabajo y la equidad.

Había que decir en Nueva York a los emigrados el fervor revolucionario levantado allá en el Sur, y así habría que promoverlo también en las grandes ciudades donde los ánimos no estaban en general tan bien dispuestos ni eran todos tan fieles. No faltaban los recelosos, ni los malintencionados y soberbios que ponían en duda la sinceridad y las rectas intensiones de Martí; pero los más son almas nobles que saben apreciar sus sacrificios, y en su admiración y su fe se estrellan las insidias personales y las críticas que aventuran algún periódico.

Reviven y surgen enseguida los clubes; se organizan unos y nacen otros aquí y allá. La labor va preparando una prometedora cosecha. Hay que sostener vivos esos brotes decididos; hay que mantenerlos unidos y dirigirlos todos con un mismo ideal y con esfuerzos concentrados. Para ello Martí se sobrepone a la fatiga y funda el periódico Patria. Le ayudaron a hacerlo, con otros cubanos, Quesada, Benjamín Guerra, entre otros, está también con ellos el puertorriqueño Sotero Figueroa.

Entre la siembra fecunda de Patria y las cartas de Martí a los compañeros del Sur, todo está dispuesto en pocas semanas, y el día 8 de abril de este año de 1892, los clubes de emigrados eligen a Martí delegado del Partído. El 10 de abril, se pusieron en pie todas las asociaciones cubanas y puertorriqueñas que mantienen fuera de Cuba y Puerto Rico la independencia de las Antillas, y toda proclamación de los funcionarios que establece, el Partido Revolucionario Cubano.

Ahora sí que la revolución está en marcha.

Tiene que mantener vivo el fervor levantado y hay que asegurar la unión sólida de todos los grupos de emigrados. Es esa, además, función suya como delegado del Partido.

Todavía enfermo, salta al Sur, a recorrer los lugares donde hay núcleos de cubanos. Primero a Tampa; de allí a Cayo Hueso, a Ocala, Jacksonville...

Las viejas diferencias con Máximo Gómez se han borrado mucho en el olvido, y Martí ha pensado siempre en él; pero, como Delegado, pone el asunto de la dirección militar a la decisión de las emigraciones, y las emigraciones eligen a Máximo Gómez como jefe superior con el que el Delegado ha de tratar la organización de las fuerzas para la guerra. Martí se dispone a visitar enseguida al general, y sale de Nueva York para Santo Domingo.

Regresa unos días a Nueva York para informar de todo el trabajo y dejarlo reflejado en Patria, y otra vez emprende viaje de propaganda por la Florida: reuniones y discursos en los clubes y en los talleres de tabaco en Cayo Hueso, en Tampa, en Ocala. Ahora es necesario acumular recursos y preparar elementos cuando llegue la hora. Por su parte ya ha escrito a Maceo, hablándole del gran quehacer que le espera.

A primeros de junio de 1893 otra vez llega a Montecristi a la casa de Gómez. Acuerda con el general los planes y detalles de la preparación guerrera y la ayuda que ha de pedir a Maceo. Pasa por Haití y embarca para Costa Rica. Durante el viaje va enviando cartas a Nueva York, a sus compañeros de trabajo, para que no decaigan y sigan vigilantes. No va bien de salud, pero ni eso ni la falta de sueño y cuidados le quitan la alegría de seguir abriendo el camino la gloria de Cuba.

Tras largos días de travesía llega a Costa Rica. Maceo vive allí, en la colonia agrícola que ha fundado con un grupo de cubanos. En San José, la capital, se reúnen Martí y Maceo.

En este tremendo bregar de viajes por diferentes países, un solo día de descanso y fiesta íntima: el día en que llega a Nueva York Fermín Valdés Domínguez; el mismo día en que Martí cumple 41 años; el 28 de enero de 1894.

Martí sigue preparando afanosamente las expediciones guerreras que han de quedar pronto listas y dispuestas. Todo está previsto y concertado: la colecta de fondos, la adquisición de pertrechos de guerra, el alistamiento de combatientes, la conformidad con los jefes que actúan en las provincias y con Juan Gualberto Gómez en La Habana.

Máximo Gómez se siente conmovido ante la enorme tarea de organización que Martí ha llevado a cabo. Ya no hay más que decidirse y acometer el plan: cuando llegue el momento, un barco debe recogerlos a él en Santo Domingo con los suyos; otra expedición dirigida por Serafín Sánchez y Carlos Roloff saldrá de la Florida para Santa Clara, y en Costa Rica embarcarán con los suyos Maceo y Flor Crombet.

Martí espera, haciendo; preparándolo todo con una celeridad y un ansia angustiada. Tres vapores, el Lagonda, el Amadis y el Baracoa van a estar listos, cargados de armas, en el puertecito de Fernandina, próximo a Jacksonville. Las tres expediciones desembarcarán por distintos lugares de la Isla; los revolucionarios que esperan allí se levantaran en armas con las expediciones, y con la sorpresa y el desconcierto de España la guerra se hará más corta.

En estas ilusiones y en estos trabajos le llega la abrumadora noticia: las autoridades norteamericanas han registrado y detenido las embarcaciones. Alguien, por cobardía o por maldad, ha tomado el bajo oficio de delator y ha hecho fracasar el plan.

Esquivando el asedio de policías y periodistas, logran salir de Jacksonville los complicados en el plan de Fernandina. Martí se oculta en Nueva York, en casa de Quesada. El final desdichado del plan y las consecuencias del fracaso lo atormentan sin cesar en su refugio.

Martí reacciona enseguida. Frustrado un plan hay que poner en marcha otro rápidamente. Los comprometidos en Cuba tienen una situación difícil y esperan impacientes la orden de alzarse; así lo informa Juan Gualberto Gómez.

No hay tiempo que perder. Es preciso asegurar que el levantamiento de la Isla se prepare y se haga bien, y que pueda recibir ayuda muy activa y constante del exterior. Tiene acumulados el Partido pertrechos de guerra, pero hace falta dinero. Martí proyecta desembarcar con Gómez en Cuba, de un modo u otro, para proporcionar dirección militar al alzamiento, y decide enviar a Maceo los fondos que quedan para que salga con su expedición desde Costa Rica. Quesada quedará encargado en Tampa y en el Cayo de reunir recursos y preparar hombres.

Al día siguiente sale Martí hacia Santo Domingo a conferenciar con el general Gómez. Lo acompañan Mayía, Collaso y Manuel Mantilla. Hay en las despedidas de este viaje un dolor hondo y callado, como el de las separaciones definitivas.

El día 7 de febrero llegan los viajeros a la casa de Máximo Gómez en Montecristi. El chino viejo abraza a Martí, le oye explicar lo de Fernandina, le escucha su plan de llegar a Cuba enseguida. Pero hay que salvar dificultades; las costas están vigiladas, y por el interior de la isla se mueven agentes españoles de espionaje.

El día 25 de marzo, en la casa de Montecristi donde vive ahora Gómez, redacta como manifiesto a Cuba del Partido Revolucionario Cubano, el histórico documento que firmaron Martí y Máximo Gómez, conocido con el nombre de Manifiesto de Montecristi. Muchas cosas nobles se declararon en el Manifisto que es como una doctrina condensada de la revolución.

Un capitán se compromete a dejarlos en Cuba si le compran su goleta y le dan además una fuerte suma.

Con mucho sigilo, en la madrugada del 1ro de abril, embarcaron Gómez, Martí, Francisco Borrero, César Salas, Angel Guerra y Marcos del Rosario.

Avanza la goleta en mar picado. Por la noche ya divisaban la isla Inagua. De madrugada desembarcan; pero traiciona el capitán, y la tripulación se niega a seguir; solo les queda fiel el cocinero, el buen David de las islas Turcas.

Un vapor alemán, el Nordstrand, arriba a Cuba a descargar madera. Tratan con el capitán. Por mil pesos se compromete a llevarlos; pero el barco tiene que hacer escala en Cabo Haitiano. Desde allí los llevará directamente a Cuba y los dejará cerca de la costa, donde podrán desembarcar en el bote que han comprado.

En noche cerrada vira el vapor de Inagua, avanza y se detiene a unas millas de la costa sur. Hay chubascos y mar brava. Bajan el bote. Las olas lo sacuden contra el barco. Bajan los cinco con armas y provisiones: unos al remo; Gómez al timón.

Desembarco por Playita

Más de una hora van avanzando así, casi sin rumbo. Martí va al remo de proa, con las manos doloridas, pero con una firme energía. Dos horas llevan remando. Ya están cerca. Ya llegan. Vara el bote en playa de piedras. Saltan a tierra. Son las diez. Han llegado a Playita. Gómez besa el suelo, de rodillas. Martí contemplaba embobecido el cielo de estrellas.

Cargados van los seis expedicionarios desde Playita, repecho arriba, por piedras, espinos y cenagal... Un bohío. De madrugada, llaman. Gente buena, gente amiga. Un muchacho les sirve de guía hasta una cueva donde pueden dormir y descansar todo el día. Al día siguiente parten con el guía a reunirse con la guerrilla de Félix Ruenes del lado de Baracoa.

Por el cañadón, por el monte de Acosta, halaron de sol a sol, el camino fatigoso. Se siente el peligro. Les van siguiendo de cerca las huellas. Y al otro día, jornada de guerra. A monte puro han ido acercándose, ya en las garras de Guantánamo, Arroyo Hondo. A las once redondo tiroteo. Luego las noticias llegan del triunfo de los cubanos, José Maceo vino con sus fuerzas a salvarlos. En el camino se juntan con abrazos y vivas. Y al sol de la tarde emprenden la marcha de victoria, de vuelta al campamento. Martí va en el caballo que le ha regalado José Maceo. Llegan a noche avanzada.

Maceo no anda lejos con sus fuerzas. No han podido verlo aún. Martí le escribió su deseo de verlo, y Maceo les ha anunciado su llegada y los ha citado en Bocucy, el día 5 a las 12. Van a la cita Gómez y Martí con la fuerza toda. En el ingenio La Mejorana se prepara gran comida, como de fiesta. A la mesa, Maceo y Gómez discuten en voz baja. Llaman a poco a Martí en el portal. Hay algún punto en desacuerdo.

Gómez y Martí continuarán la invasión a Occidente; Maceo mandará las fuerzas y las operaciones en Oriente. En cuanto a Martí, jefe supremo de la revolución, no se opone a trasladarse a Nueva York si es necesario, pero no antes de haber participado en algún combate.

Otro día camino Cauto arriba y a cruzar el Contramaestre hasta los ranchos abandonados de Pacheco en llano de Dos Ríos. Pero hay mejor sitio para campamento a 8 kilómetros, en la hermosa finca La Vuelta Grande, y en ella acampan, a la orilla del Contramaestre, cerca de la confluencia con el Cauto.

Martí queda en el campamento a escribir instrucciones a los jefes y a esperar a Masó. Con él quedan unos 20 hombres a los quehaceres y a las guardias. En aquella forzosa quietud que aviva recuerdos y angustias el día 18 le escribe a Manuel Mercado, su gran amigo de México, que ha sido en ocasiones para él como un hermano o como un padre.

La interrumpió a la llegada del general Masó al campamento, ya entrada la noche, con sus 300 jinetes. Con los suyos sudorosos regresó el general Gómez al mediodía del día siguiente; el 19 de mayo.

Poco después, cuando los jefes discuten futuros planes, vienen vanguardias cubanas a avisar que la columna española ha venido siguiendo a Gómez y está cerca. Ya se oyen tiros por los llanos de Dos Ríos.

Se forman y disponen las fuerzas. En el centro de la columna van Gómez, Masó, Martí, Borreros y otros jefes. Hay orden de vadear el Contramaestre y ganar el terreno llano donde dar la batalla. Al cruzar el río se entabla la pelea. Gómez ha ordenado que Martí se quede atrás, a resguardo; con él está el joven Angel de la Guardia, uno de los ayudantes de Masó.

Martí ha estado atrás, asistiendo al combate. Ve allí las fuerzas cubanas luchando. Sale a galope, por entre la manigua, allá, hacía el Contramaestre, por el bohío de Pacheco. Cerca del enemigo, oculto en un matorral, los detiene a él y a Angel una descarga cerrada. Cae de su caballo Martí, ensangrentado. Tres balas apagaron aquella vida. Al pie del enemigo quedó cara al cielo.

Muerte en combate de José Martí

No pudieron rescatar el cuerpo del gran hermano los hermanos cubanos. El enemigo lo llevaba como trofeo.

El cuerpo hecho polvo está allí en el Cementerio de Santa Ifigenia; pero Martí sigue y seguirá vivo para siempre, en la memoria y en el corazón de su pueblo. Espejo de humanidad es para todos. La revolución lo lleva en su entraña.

La formación inicial del pensamiento político de Martí estuvo indisolublemente ligada a las experiencias concretas del movimiento revolucionario cubano de 1868. De igual forma sus primeras actividades políticas revolucionarias tienen su motivación en la gesta heroica iniciada en La Demajagua por Carlos Manuel de Céspedes. Pensamiento y acción están unidos en él.

El presidio político en Cuba le permite sentir en carne propia la represión española, así como observarla de cerca. Como derivación de esta experiencia escribirá su denuncia testimonial.

Con anterioridad ha definido la problemática central de la sociedad cubana de la época: o Cuba o España. Disyuntiva que aparece claramente expresada en El Diablo Cojuelo, en fecha tan temprana como es el 19 de enero de 1869, cuando sólo tenía 15 años, en términos de: o Yara o Madrid. Y Martí decidió Yara.

En particular, y por encima de cualquier otro movimiento político, la Guerra de los 10 Años abrió una nueva época en la historia cubana y, con ella, una nueva ideología toma expresión nacional, la independentista.

Años después diría el propio Martí al referirse a aquel pueblo que se lanzó a la “Manigua”, que era un pueblo niño. Así expresaba nuestro Héroe Nacional lo que sólo había sido la infancia de la revolución su etapa inicial.

De todas estas experiencias, de los factores favorables o negativos, saldría el nuevo plan revolucionario que, por los contenidos que le daría Martí, sería continuación y superación de la gesta inconclusa del 68.

Martí entiende que no fue la acción del enemigo lo fundamental en el revés, “Porque nuestra espada no nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer nosotros mismos”.

Es precisamente Martí quien es capaz de analizar y encontrar las soluciones adecuadas a los problemas planteados por los diez años de lucha armada y sus conflictos. Es él quien es capaz de reconocer al situarse por encima de las pugnas que debilitaron la revolución, los méritos de todos los que -pese a sus pequeños o grandes defectos personales, pese a sus personalidades discutidas y discutibles- han dado de sí lo mejor a la causa independentista.

Con rara claridad hace observar Martí los errores sin disminuirlos, disimularlos o aumentar su importancia, pero al mismo tiempo minimiza los falsos problemas que obstruyen la continuación de la lucha revolucionaria.

En 1873, Martí ya sabe qué puede y qué no puede esperar de la República española, del liberalismo peninsular. En 1873 se ha definido, para Martí, un problema que en 1868 no estaba aclarado. La comprensión de los problemas de la colonia jamás podrá ser asumida por las estructuras de poder de la metrópolis.

Es justamente la visión latinoamericanista de Martí la que completa y reafirma sus observaciones de la realidad cubana, de la guerra y de los problemas que podían surgir y desarrollarse como consecuencia de una falta previa.

Ahora el estudio de la Guerra de los Diez Años, será para evitar que se repitan los errores. Esta fue la base de la futura guerra que llevaría a cabo Martí muchos años después. Tomó los errores y trató de que no se repitieran.

Se ha dicho, y con razón, que Martí era un genio; un genio de la política. Es este hecho, su genialidad, lo que nos permite pensar en él como en un hombre extraordinario. Se necesita una inteligencia superior para poder llevar a cabo la obra que Martí desarrolló y nos legó.

En su abnegada labor revolucionaria, Martí acudió a todos los que estaban interesados en la independencia de Cuba, pero sobre todo a la gente más humilde, en especial a los emigrados cubanos que trabajaban como tabaqueros en Tampa y Cayo Hueso. Fue en ellos donde encontró el sentimiento patriótico más profundo y el apoyo más vigoroso. Así, los clubes de tabaqueros cubanos en la emigración fueron el puntal mas firme de la revolución que se preparaba.

En este período, Martí llevo las ideas revolucionarias de Cuba, a su más alta expresión. Su integridad y capacidad política, su espíritu de sacrificio e inteligencia, le permitieron dar unidad y convertirse en el máximo dirigente del movimiento independentista cubano.

José Martí comprendió que, antes de iniciar la lucha armada, era imprescindible crear un instrumento que aglutinara, que lograra una organización centralizada y aportara los recursos necesarios para lograr los propósitos emancipadores. En otras palabras, concibió la necesidad de crear un partido revolucionario único.

El 10 de abril de 1892, Martí fundó en Tampa el Partido Revolucionario Cubano, cuyo objetivo principal era: Dar unidad a esta nueva etapa de la lucha. El Partido Revolucionario Cubano se proponía unir a todos los cubanos que deseaban la libertad de la Patria; organizar la guerra con la que se obtendría la libertad, recaudar fondos para hacer frente a los gastos de la guerra , y ayudar a la independencia de la Isla de Puerto Rico.

Por eso el Partido Revolucionario Cubano, fundado y dirigido por Martí fue el organizador de la “Guerra necesaria” para lograr con la independencia la república nueva, descolonizadora, latinoamericanista y antimperialista.

El Partido Revolucionario Cubano se constituye para lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico. Este no tenia por objeto precipitar inconsideradamente la guerra en Cuba, ni lanzar a toda costa al país a un movimiento mal dispuesto y discorde, sino ordenar, de acuerdo con cuantos elementos vivos y honrados se le unan, una guerra generosa y breve, encaminada a asegurar en la paz y el trabajo la felicidad de los habitantes de la Isla.

El Partido Revolucionario Cubano se compone de todas las asociaciones organizadas de cubanos independientes que acepten su programa y cumplan con los deberes impuestos en él.

El Partido Revolucionario Cubano funcionará por medio de las Asociaciones independientes, que son las bases de su autoridad, de un Cuerpo de Consejo constituido en cada localidad con los Presidentes de todas las Asociaciones de ella, y de un Delegado y Tesorero, electos anualmente por las Asociaciones.

En general sus propósitos concretos fueron los de unir los esfuerzos continuos y comunes de la acción de todos los cubanos residentes en el extranjero. Fomentar relaciones sinceras entre los factores históricos y políticos de dentro y fuera de la Isla que puedan contribuir al triunfo rápido de la guerra y a la mayor fuerza y eficacia de las instituciones que después de ellas se funden, y deben ir de germen en ella. Programar en Cuba el conocimiento del espíritu y los métodos de la revolución, y congregar a los habitantes de la Isla en un ánimo favorable a su victoria, por medios que no pongan innecesariamente en riesgo las vidas cubanas. Allegar fondos de acción para la realización de su programa, a la vez que abrir recursos continuos y numerosos para la guerra. Establecer discretamente con los pueblos amigos relaciones que tiendan a acelerar, con la menor sangre y sacrificios posibles, el éxito de la guerra y fundación de la nueva República indispensable al equilibrio americano.

Una vez dada la orden de alzamiento antes de partir para Cuba, Martí se dirigió a Santo Domingo, lugar donde residía Máximo Gómez con su familia. Allí mientras realizaban gestiones para obtener transporte y poder llegar a Cuba, Martí redactó, junto a Gómez, un documento dirigido a todos los pueblos y gobiernos del mundo, en que les anunciaban que “La revolución de independencia iniciada en Yara ... Ha entrado en Cuba en un nuevo periodo de guerra”.

Este documento, de suma importancia en nuestra historia revolucionaria, ha sido recogido bajo el titulo de El Manifiesto de Montecristi firmado por Gómez y Martí el 25 de marzo de 1895.

Además de aclarar que la nueva guerra es continuación de la de los Diez Años, el Manifiesto expone su terminante voluntad de respetar, y hacer que se respete, al español neutral y honrado en la guerra y después de ella, y de ser piadosa con el arrepentimiento, e inflexión solo con el vicio, el crimen y la humanidad.

En el Manifiesto se condena el terror jamás justificado a la raza negra, pues “Solo los que odian al negro, ven en el negro odio”. Esta afirmación demuestra claramente que Martí y Gómez poseían hondas ideas de antirracismo, iguales a las que practica actualmente nuestra Revolución, porque esta es, también, continuación de aquella heroica epopeya.


Martí antirracista

Oponiéndose a los prejuicios de su época, Martí criticó duramente toda manifestación de racismo y señaló que era una forma eficaz de dividir a los cubanos y por ende, de frenar la revolución. Para él no habían razas inferiores. Todos los hombres eran iguales y solo se distinguían entre sí por la actitud que asumieran ante la vida. Cubanos blancos y negros debían luchar juntos por la libertad de su patria y después construir una nación en que disfrutaran de los mismos derechos.

En una ocasión expuso al respecto:

...Solo los que odian ven en el negro odio (...)

Peca contra la humanidad el que fomente y propague la

Oposición y el odio de razas ... Hombre es mas que blanco

Más que mulato mas que negro ... dígase hombre y ya

Se dicen todos los derechos.

Martí antimperialista

Los años que vivió Martí en los Estados Unidos, precisamente cuando el capitalismo en ese país estaba en su fase imperialista, le permitieron conocer la forma injusta en que estaba organizada la sociedad norteamericana, en la que un grupo de ricos monopolistas controlaban los principales recursos del país y competían ferozmente entre si para lograr un mayor enriquecimiento, mientras millones de obreros explotados vivían en la miseria.

Previó también las consecuencias fatales que tendría para los pueblos de América Latina la expansión del imperialismo norteamericano.

Con motivo de la conferencia panamericana, nuestro José Martí denunció brillantemente el interés de los yanquis en establecer el control sobre el comercio de latinoamérica para convertir a nuestros países en abastecedores de materias primas baratas y en consumidores de sus productos manufacturados.

Para Martí, era necesario tomar urgentes y radicales medidas a fin de evitar que los imperialistas establecieran su dominio en América latina y comenzaran el saqueo de sus riquezas y la explotación de los pueblos. Por eso él afirmó:

...Ha llegado para la América española, la hora de

declarar su segunda independencia.

Martí latinoamericanista

Se desprende de la posición antimperialista de Martí, su sentimiento de amor a los pueblos de latinoamérica .

Durante su estancia en numerosos países de nuestro continente comprendió cómo las oligarquías nativas, en alianza con las potencias extranjeras, mantenían en sus respectivos países los graves males del latifundismo, la monoproducción, el atraso industrial, la dependencia de un solo mercado, la opresión política; y en el orden social, la explotación de las masas populares sometidas a la ignorancia y la miseria, etc .

Una América Latina débil y desunida era la región propicia para la penetración y el dominio de los imperialistas. Por eso advertía:

...Puesto que la desunión fue nuestra muerte, ¿Qué

vulgar entendimiento, ni corazón mezquino, a menester

que se le diga que de la unión depende nuestra vida ?...

Pueblo, y no pueblos, decimos de intentos, por

parecernos que hay mas que uno del Bravo a la Patagonia...

Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de

andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de

los Andes.

José Martí en presidio estuvo desde abril hasta septiembre de 1870. Mas tarde, por gestiones de su padre y de un amigo de este, lograron que lo trasladaran a Isla de Pinos. Allí pasó tres meses, hasta que el 15 de enero de 1871 embarcó en el vapor “Guipuzcoa” desde donde fue deportado por primera vez de su territorio natal hacia España. Ya en la Metrópolis continuó sus estudios, a la vez que daba clases para poder sostenerse sin ayuda de nadie y continuó publicando diferentes obras contra el colonialismo español y en favor de la libertad de Cuba.

Martí no podía volver a Cuba por lo que decidió viajar a otros piases de la América Latina(México). Allí escribió periódicos y revistas; intercambió opiniones con otras personas, escribió poesías y teatro y contrajo compromiso de matrimonio con Carmen Zayas Bazán.

Más tarde viajó a Guatemala, donde ganó fama y lo llenaron de honores, pero estuvo poco tiempo. Su idea era la de juntar todos los corazones por la causa de la libertad de Cuba.

Volvió a México para casarse. En Cuba, la Guerra de lo Diez Años había terminado. Este fracaso fue un duro golpe para él, pero ya en esa época se había acordado el Pacto del Zanjón y volvió a Cuba con su mujer, y al poco tiempo nació el hijo tan ansiosamente esperado. Ejerció entonces como abogado en Cuba; trabajó mucho, escribió y batalló por la libertad de su patria, conspirando contra España cuando se preparaba la Guerra Chiquita. Acusado como conspirador es desterrado nuevamente a España en 1879, y ya no vendría mas a Cuba hasta 1895.

A su llegada a Nueva York, después de fugarse de España, continuó conspirando y escribiendo en varios periódicos y revistas de países centro y sudamericanos. Martí impartiría un nuevo sentido a los trabajadores revolucionarios en el exilio, al organizar a las masas trabajadoras; y centavo a centavo recauda los fondos necesarios para continuar la guerra. Ninguno de los jefes militares del 68 residentes en Estados Unidos por esta época tenía el don de la oratoria, ni la capacidad de organización que desplegaría Martí en su labor entre los emigrados.

Al fracasar esta breve guerra en Cuba, Martí inicia su labor para lograr la unión de todos los cubanos que estaban en el extranjero, unión necesaria para derrotar a España. Con este fin viaja a Venezuela. Allí daba clases para vivir, mientras realizaba su labor de propagar las ideas libertadoras y obtener la unión de todos los cubanos.

Regresó a Nueva York y llevó a cabo una intensa propaganda entre los exiliados cubanos. Los de Tampa y Cayo Hueso, sobre todo, respondieron favorablemente a su patriótico llamado. En su mayoría eran tabaqueros, personas humildes y pobres que habían tenido que salir de Cuba por la persecución del gobierno español. Cada día realizaba visitas a fábricas y talleres; escribía en periódicos y revistas, pronunciaba discursos. Arrebataba a todos cuantos le escuchaban al maestro. Así le llamaban en todas partes.

En la historia americana José Martí no tiene paralelo como ejemplo de un espíritu dotado de la máxima confluencia de dones, puesto al servicio impersonal de los que consideró su deber, adelantándose a su época, fue profeta de sucesos y admoniciones al estilo propedéutico. Todo lo vaticinó. Fue el percipiente de todos los elementos que contribuyeron al progreso y a la libertad del hombre. De ahí la continuidad y perennidad de su apostolado. A más de un siglo de su natalicio este hombre excepcional continua iluminado con su ideario, con vigencia indefectible, a esta América suya, dramático escenario aún de convulsiones, de inquietudes, de protesta y rebeliones, y que siente como se extienden, arraigan, y fructifican los universales principios que él postulara.

Martí fue el mentor directo de nuestra revolución cubana, esta exhibe logros que él defendió durante toda su vida. Martí es en tono epilogal, sino el fundador, el creador de todo sistema revolucionario posterior. Siempre para todo los fenómenos que ocurrieron y que están ocurriendo en nuestra revolución se ha recorrido a su palabra y pensamiento para darles una interpretación justa. Hombre con cuyo ejemplo se ha logrado hacer cosas importantes en nuestra patria.

La misma revolución cubana exhibe logros que él defendió durante toda su vida, ejemplo las escuelas al campo. El decía que el hombre se debía forjar junto con el trabajo. Otro ejemplo es que nuestra sociedad es democrática y la masa obrera, es decir, el pueblo es el que dirige nuestro país en una dirección correcta a favor de todos.

Fidel Castro, nuestro guía, un gran estudiante del ejemplo martiano, ha tenido siempre presente las ideas del apóstol convirtiéndolas en vigencias para el bien del pueblo.

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