Historia de la Medicina

Práctica médica antigua. Grecia. Atenas. Roma. Enfermedades. Métodos curativos. Sanadores. Mitología. Epidauro. Asclepio. Hipócrates. Galeno

  • Enviado por: Naia22
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 50 páginas

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INDICE

  • INTRODUCCIÓN

  • MEDICINA CRETENSE Y MICENICA

  • CONOCIMIENTOS A CERCA DE LA SALUD Y ENFERMEDAD

  • MÉTODOS CURATIVOS

  • LOS SANADORES

  • MITOLOGÍA MÉDICA GRIEGA: ASCLEPIO

  • ASCLEPIO Y LA SERPIENTE DE EPIDAURO

  • LOS TEMPLOS DE LA SALUD DE ASCLEPIO

  • MÉTODOS CURATIVOS EN LOS TEMPLOS DE ASCLEPIO

  • MEDICINA PREHIPOCRÁTICA

  • HIPÓCRATES

  • JURAMENTO DE HIPÓCRATES

  • LOS SISTEMÁTICOS Y LA TEORÍA DE LOS HUMORES

  • GALENO

  • MEDICINA GRECORROMANA

  • CONSECUENCIAS DE LA DECADENCIA ROMANA

  • BIBLIOGRAFÍA

  • INTRODUCCION

    La medicina se inicia cuando por 1ª vez un hombre observa que uno de sus semejantes sufre y necesita su ayuda. De esto no existe, como es natural, ningún testimonio. Los datos históricos más antiguos que se poseen son informaciones confusas y oscuras sobre la medicina practicada en las civilizaciones sumerias (prebabilónica), egipcia y minóica. Los sumerios, según nos cuenta Herodoto, no tenían médicos titulados y dejaban a los enfermos expuestos en la plaza del mercado, para que los viandantes les aconsejaran remedios. En el antiguo Egipto existían ya academias de medicina y estudios médicos regulares en función casi sacerdotal, a la sombra de los templos. Se efectuaban diversas operaciones quirúrgicas como la circuncisión, castración, cesárea y tal vez extirpación de cataratas. Pero se tenían, sin embargo, ideas fantásticas sobre la anatomía humana.

    La higiene pública aparece de forma tangible en Roma hacia el 600 a.C. con la construcción del primer alcantarillado.

    Los conocimientos médicos de Egipto y Babilonia se propagaron hacia Occidente y llegaron a Grecia y Roma.

    MEDICINA CRETENSE Y MICENICA

    Cuando se habla de medicina griega, se piensa ante todo en la figura de Hipócrates, como personificación de un planteamiento racional de la práctica médica, no basado en las creencias religiosas. Sin embargo, Hipócrates no surgió de la frente de Zeus en el siglo V a.C. como la diosa Palas Atenea.

    Durante cientos de años, los griegos se habían relacionado con muchos otros pueblos de la antigüedad como, por ejemplo, los egipcios; y en los siglos anteriores a Hipócrates, hubo innumerables progresos en la experiencia médica, en el conocimiento y la comprensión del mundo, tanto en la Grecia continental como en las islas del Egeo, que fueron importantes para la posterior evolución de la medicina hipocrática. Además, grandes hombres, nuevas doctrinas y extraordinarios avances en el saber continuaron enriqueciendo la civilización griega después de Hipócrates.

    Hace poco más de un siglo, prácticamente todo cuanto sabíamos de la primitiva cultura griega procedía de las tradiciones, leyendas y poemas épicos, tales como la Iliada y la Odisea de Homero y la Teogonía de Hesíodo. No se sabía en que medida eran fieles a los hechos históricos, hasta que en 1870, Heinrich Schliemann descubrió y comenzó a excavar en Troya, y que había localizado casi exclusivamente a partir de los indicios que aparecían en los textos de Homero. Animado por los asombrosos descubrimientos de Schliemann en Troya y otros lugares, sir Arthur Evans inició unas excavaciones en la ciudad cretense de Cnossos en el año 1900. Los resultados obtenidos fueron igualmente espectaculares y demostraron que tales lugares habían sido el asiento de una cultura muy avanzada, anterior al 3000 a.C.; que Cnossos había sido destruido (posiblemente por un terremoto), alrededor del 1500 a.C., y que después de ser majestuosamente reconstruido, el palacio había quedado otra vez en ruinas alrededor del 1400 a.C., probablemente esta vez por una invasión marítima desde Grecia peninsular a través del mar Mediterráneo.

    Basándose en los restos hallados en estos asentamientos antiguos, la arqueología ha aclarado que las leyendas y los poemas épicos antiguos se crearon a partir de un contexto cercano a la realidad histórica. Las ruinas del palacio de Cnossos son testimonio de una cultura avanzada que floreció alrededor del 2000 a.C. y que fue la primera gran civilización, llamada Minoica por el legendario rey Minos, desarrolló un poder marítimo que se extendía por todo el Mediterráneo y una estructura pictográfica conocida actualmente como Cinear A, cuyo significado aún no ha podido ser descifrado.

    Los minoicos alcanzaron, al parecer, la cúspide de su prosperidad y civilización hacia el 1600 a.C., período en el que sus rivales marítimos, los micenicos que poblaban la Grecia continental, alcanzaron igual desarrollo e hicieron de su ciudad-estado fortificada, el centro mercantil del mundo antiguo.

    La civilización micénica vivió en continuas fricciones con sus contemporáneos, los minoicos, y estuvo ampliamente influida por la cultura cretense en virtud de sus relaciones comerciales. La aparición de una nueva escritura, Cinear B, en Cnossos durante los periodos tardíos, que provenía seguramente del continente, sugiere la influencia de los micenicos y les convierte en los presuntos responsables de la destrucción final de la ciudad, alrededor del 1400 a.C.

    Las ciudadelas micénicas fortificadas que existían sobre el siglo XII a.C., son los lugares donde se desarrollan los hechos narrados en la Iliada y la Odisea. Los detalles históricos de este periodo fueron recogidos por Homero a mediados del siglo IX a.C. por transmisión oral.

    A pesar de que la información acerca de la medicina es escasa, los datos sobre la vida cotidiana de estos griegos primitivos son tan numerosos que han permitido reconstruir un minucioso cuadro de la época. Probablemente se han incluido en estas leyendas poéticas detalles procedentes de los propios tiempos de Homero.

    CONOCIMIENTOS ACERCA DE LA SALUD Y LA ENFERMEDAD

    Prácticamente todos los dioses griegos tenían poder para causar enfermedades. Apolo y su hermana Artemisa (ambos hijos de Zeus) podían disparar dardos que producían enfermedades y desencadenaban epidemias y otros que ocasionaban el deterioro y la muerte en la vejez. La Iliada comienza con una epidemia enviada por Apolo. Para conseguir dominar una peste, se intentaba descubrir la ofensa hecha a Dios, recurriendo a los servicios de un adivino, para luego dedicarle oraciones, sacrificios y purificaciones tratando de aplacar sus iras. A pesar de ello, se sabía que la enfermedad tenía unas causas naturales, por lo que se daba gran importancia a los métodos curativos empíricos.

    Además, los conocimientos acerca de la anatomía y fisiología humanas estaban más fundamentados en la experiencia que en las creencias mágico-religiosas. Los conocimientos anatómicos eran, por supuesto muy limitados y procedían principalmente de la matanza y los sacrificios de los animales y de la observación de los heridos en las guerras, ya que no se practicaban disecciones.

    Conocían bien algunos hechos sencillos como, por ejemplo, que el aire aspirado pasa a través de la tráquea, que el corazón tiene palpitaciones, que los alimentos son transportados a través de la garganta por medio de la deglución, o que el recto, la vejiga, los glúteos y los huesos pélvicos están interrelacionados topográficamente.

    Pensaban que la fuerza vital o thymos, se halla repartida por todo el organismo y que se conserva por la acción de factores externos (como los alimentos, las bebidas y el aire) e internos (como los movimientos de los fluidos orgánicos, entre ellos la sangre) y que puede perderse a través de las heridas y por evaporación ocasionando la muerte.

    La psyche, alma o personalidad individual, es el espíritu que va al mas allá después de la muerte. Existen dos interpretaciones respecto a las ideas sobre la localización de la conciencia en la Grecia homérica; unos creen que la situaban en el pecho y el diafragma, mientras que otros opinan que era en la cabeza. No obstante, podemos afirmar que tanto en el antiguo Egipto como en la Grecia de Aristóteles (siglo IV a.C.) se pensaba que la conciencia residía en el corazón.

    METODOS CURATIVOS

    En la mayor parte de las casas, el tratamiento médico se limitaba a tratar las lesiones externas y las heridas. En el campo de batalla se extraían las armas clavadas en el cuerpo, se cortaba la hemorragia por medio de vendajes y se lavaban las heridas limpiándoles la suciedad. Los medicamentos se usaban principalmente, aunque de manera exclusiva, para tratamientos locales y se administraban habitualmente en forma de polvos. Pharmaka era la denominación empleada para nombrar los medicamentos, y servía para designar desde sustancias mágicas hasta venenos o remedios curativos. Los medicamentos de uso local se utilizaban para mejorar la enfermedad, aliviar el dolor y favorecer la curación.

    LOS SANADORES

    De igual modo que en la mitología los dioses se curaban mutuamente, en la Iliada y la Odisea, los guerreros se ayudaban entre ellos a superar las heridas y las enfermedades. Había algunos guerreros que poseían conocimientos médicos especiales como por ejemplo: Machaon y Podalirio, hijos del dios Esculapio. Ambos curaban las heridas, aunque el nombre de Machaon prevaleció durante los siglos posteriores como Padre de la Cirugía.

    Podalirio fue más tarde elevado a Padre de la Medicina Interna, aunque su actividad, tal y como aparece en la Iliada no justifica este apelativo, puesto que, lo mismo que su hermano Machaon, se ocupaba de limpiar las heridas y espolvorear sobre ellas determinados medicamentos. Sin embargo, la necesidad de encontrar un patrón en la antigüedad hizo que los médicos posteriores imaginaran que Podalirio era capaz de tratar las enfermedades internas y crearon para él un lugar honorífico semejante al que ocupaba Machaon, el antecesor de los cirujanos.

    A parte de estos nobles guerreros, había también otros sanadores pertenecientes, al parecer, al grupo social de los artesanos, que eran muy estimados, como todos los que tenían una destreza especial. De esta forma, se hace decir a Emmaeus: “ ¿Quién es capaz de dar hospitalidad a un extranjero errante, a no ser que sea uno de los que trabajan para el pueblo, un adivino, un médico, un carpintero o un músico ambulante?”

    En la Grecia arcaica, los dioses y los prácticos de la medicina actuaban unidos en la lucha contra la enfermedad. Los dioses sanadores fueron entronizándose en templos especiales como los dedicados a Esculapio.

    MITOLOGÍA MÉDICA GRIEGA: ASCLEPIO

    Lo mismo que en la época micénica, tanto la práctica médica religiosa como la secular, continuaron ejerciéndose conjuntamente. Los médicos asistían con frecuencia a los templos de Asclepio en cuyas columnas se inscribían algunas veces los nombres de los más famosos.

    Aunque los templos y el culto a Asclepio llegaron a ser el foco principal de la medicina religiosa, les precedía una larga y mítica herencia. Los antiguos dioses de la tierra y del mundo subterráneo con sus agentes animales (serpientes, topos), fueron considerados a menudo como fuerzas sanadoras y Asclepio fue, quizá, la última personificación de alguno de ellos.

    El legendario Melanpo (sobre el 1500 a.C.) tenía fama como sanador por haber curado a las mujeres locas de Argos, entre ellas las hijas del rey Tirinto, que era una ciudadela como Micenas. Su método, consistente en provocar en las mujeres un comportamiento todavía más agitado, se relaciona con los misterios dionisíacos y sus ritos orgiásticos. Empleaba para ello el eléboro negro, planta que produce efectos distintos según la cantidad que se administra: narcosis, diuresis o catarsis.

    Anfiarao fue una de las más famosas divinidades descendientes de Melampo. Su origen hay que situarlo, quizás, en un demonio subterráneo local conocido en Tebas, Atenas y especialmente en Oropos, en donde llegó a ser una especie de competidor de Asclepio.

    Trongonio fue otro médico sobrenatural procedente del mundo subterráneo, para cuyos servicios había que acudir a las cuevas, enviaba sus poderes sanadores por medio de serpientes, las cuales, continúan siendo en nuestros días un símbolo de la regeneración y de la curación.

    Más cercano a los dioses del Olimpo, estaba Orfeo, cuya música y cuya poesía influían en el alma. Pudo existir realmente en Tracia hacia el 1300 a.C.

    En torno a él se desarrolló una secta religiosa que creía en la reencarnación y el ascetismo (celibato, vegetarianismo, ejercicios...). El grupo filosófico y médico de Pitágoras ( 530 a.C.) estaba íntimamente unido al misticismo órgico.

    Casi todos los dioses del panteón griego, lo mismo que los semidioses y los héroes, parecen haber tenido alguna relación con la enfermedad y la salud: Hera, mujer de Zeus, diosa del hogar y de las parturientas. Atenea, diosa de la sabiduría, tenía también templos dedicados como sanadora y se la consideraba algunas veces patrona de la vista.

    Quirón era hijo de Zeus, llamado también el Titán de Cronos. Mitad hombre mitad caballo, Quirón ocupa un lugar especial como patrón de la salud. Hay leyendas que cuentan como enseñó los secretos de las plantas medicinales a Apoteyo, compilador de un famoso herbario. Se decía que su conocimiento de las propiedades sanadoras de las plantas le había sido transmitido a través de Artemisa. Las historias poéticas de Píndaro indican que Quirón además de servirse de encantamientos en sus curas mágicas, administraba fármacos y practicaba la cirugía, lo que puede demostrar su utilización en la época del propio Píndaro (518-438 a.C.). Quirón llegó a ser el patrón de los que enseñaban medicina y entre sus discípulos se incluyó a Melampo, Aquiles y Asclepio. Sin embargo fue Apolo el que se convirtió en la principal divinidad sanadora. Tal vez la leyenda de que Asclepio era hijo de Apolo contribuyó a la preponderancia.

    Esculapio o Asclepio hace referencia a un antiguo dios griego, que simbolizaba la salud. Aparece varias veces en la Iliada y la Odisea de Homero como rey guerrero que contribuyó con barcos y hombres a la guerra de Troya. Sus dos hijos: Macaón y Podalirio, conocían las artes curativas. No obstante en la época de Hesíodo (700 a.C.), unos dos siglos más tarde que Homero, Asclepio era ya considerado como el principal dios de la salud.

    La versión de Hesíodo acerca del nacimiento y la divinización de Asclepio es la más conocida, aunque no es seguro si él la inventó o simplemente la reprodujo.

    La historia cuenta que Coronis, una mujer mortal, se entregó fuera voluntaria o involuntariamente, al dios-sol Apolo, y quedó embarazada. En dicho estado se casó con Ischis, de quien era prometida.

    Apolo, por celos de que le hubiera arrebatado lo que él consideraba de su pertenencia, mató a Ischis, y su hermana Artemisa, que estaba enamorada de Ischis, por venganza, mató también a Coronis.

    Sin embargo, antes de que el cuerpo de Coronis fuera incinerado en la pira funeraria, Apolo arrebató al pequeño Asclepio del vientre de su madre muerta, y le llevó a una montaña que servía de refugio a Quirón, el centauro, quien crió al niño y le enseñó todo lo referente a las artes curativas, especialmente lo relativo a las plantas medicinales.

    Cuando creció, su habilidad era tan grande que incluso podía devolver la vida a los muertos. Había curado a tantas personas, que Plutón se quejaba de que el Hades (el infierno) se estaba despoblando; y Zeus, el principal dios, temeroso de que el más allá se despoblara si Asclepio continuaba resucitando a la gente, se mostró de acuerdo en eliminar a Asclepio con su rayo.

    Asclepio fue entonces llevado a los cielos convertido en una deidad.

    En la época de Píndaro, la honestidad en los dioses era algo inaceptable, por lo que, con el fin de ajustarse a las normas morales, se introdujeron cambios en la leyenda.

    Coronis pasó a ser una mujer adultera que engañaba tanto a Apolo como a su marido, por lo que merecía el castigo recibido. El castigo de Asclepio se justificaba por que había hecho resucitar más por razones interesadas que por causas nobles. Esta revisión mostró que todos los médicos, incluido Asclepio, podían ser castigados por Hybris (pecado de pretender lo que corresponde a los dioses), que la naturaleza no debía ser contrariada y que los médicos eran unos mercenarios, todo lo cual refleja posiblemente las actitudes propias de la época.

    Asclepio tenía una numerosa familia, muchos de cuyos miembros ejercían funciones médicas y sanadoras:

    • Epíone: era su mujer y poseía la facultad de calmar el dolor.

    • Higía: era su hija y era también la deidad de la salud y más tarde pasó a simbolizar la prevención de la enfermedad.

    • Panacea: otra de sus hijas, simbolizaba el tratamiento.

    • Telesforo: era su hijo y le acompañaba habitualmente, significaba la convalecencia.

    ASCLEPIO Y LA SERPIENTE DE EPIDAURO

    Según narra la historia, se llevó una petición al templo de Epidauro, para que ayudara a detener la epidemia que asolaba la capital (Atenas). La Serpiente de Epidauro salió del recinto del templo y en un barco que la esperaba, llegó a la Isola Tiberina, donde se detuvo. Allí mandó construir un templo, las gentes del lugar obedecieron y construyeron un maravilloso templo en su honor. Esta acción gustó a los dioses, y la epidemia finalizó.

    Pero los templos de Asclepio no eran nada simples, cada templo era un conglomerado de edificios e instalaciones, cuyo tamaño y opulencia dependían de su riqueza e importancia. La estructura dominante era habitualmente el templo principal, en el que una estatua del dios tenía lógicamente un lugar preferente. Parece que la estatua del templo de Epidauro era de vastas proporciones y terrorífico aspecto y estaba decorada de oro y marfil.

    También se colocaban a veces estatuas de varios miembros de la familia del dios, ya fuera en el templo o en alguno de sus anexos. En el recinto, en las puertas describían curas milagrosas y ofrendas que expresaban gratitud por los favores recibidos.

    Una construcción circular, el Tholos, contenía agua para la purificación, aunque otras veces estaba en estanques o manaba de un manantial sagrado. También aquí las pinturas y decoraciones eran frecuentes.

    Los grandes templos como el de Epidauro, tenían un teatro, un estadio y un gimnasio, que servían para entretener, consolar y también para influir en el espíritu de la gente. A menudo se necesitaban así mismo posadas y alojamientos temporales, aunque normalmente se situaban fuera de los límites del conjunto.

    LOS TEMPLOS DE LA SALUD DE ASCLEPIO O ESCULAPIO

    Cuando Asclepio fue deitificado, surgieron templos (alrededor del siglo VI a.C.), seguramente en Tesalia, bien sea en Epidauro (de acuerdo con los hallazgos arqueológicos), o bien sea en Trica (según la Iliada y Hesíodo). A ellos acudían los enfermos para rendirle culto y en busca de curación (algunos templos existían ya antes, pero mejoraron su situación al adoptar el nuevo culto a Esculapio). Esos templos estaban, por lo general, en lugares apartados, a los que los enfermos acudían en peregrinación; a su llegada debían cumplir ritos de purificación, que eran un preludio de lo que sucedía en la zona más importante para el enfermo suplicante que era el lugar de incubación, el Abaton, que era un lecho en los recintos interiores y en el que se producía la cura durante el sueño del fiel y en el que eran introducidos, de noche.

    Allí, se suponía que los enfermos recibirían la visita del dios, o de uno de sus hijos, o tal vez de un emisario (por ejemplo una serpiente) en sueños, y suponiendo que el dios estuviera satisfecho con ellos, se curarían.

    Se produjo luego una rápida extensión del culto a través del mundo griego: hacia el Este hasta Éfeso y aún más allá, hacia el Sur de Creta y África, hacia el Oeste hasta Taras (Tarento) y Siracusa.

    En Egipto, la divinidad de Asclepio se unió con la de Imhotep, de lo que resultó Asclepio-Imhotep. Después de la muerte de Alejandro Magno en el 323 a.C., el fuerte apoyo prestado por el poder Ptolemaico al dios Serapis como divinidad sanadora, condujo a una nueva fusión con Asclepio.

    Al parecer, la leyenda era tan convincente y Asclepio satisfacía de tal manera la necesidad de una divinidad personal y compasiva, que heredó, reemplazó o se fundió con el dios sanador local de todos los lugares en donde sus ritos eran introducidos.

    En 295 a.C. se erigió en Roma el primer templo dedicado a Asclepio.

    Los templos de Asclepio eran muy populares tanto entre los ricos como entre los pobres, por lo que el culto a Asclepio también fue favorecido por el hecho de que satisfacía una necesidad económica a la vez que una necesidad espiritual; el tratamiento no costaba nada, aunque se esperaba que los pacientes que tenían medios para ello contribuyesen a costear los templos. En su momento culminante, dicho culto representa probablemente el más logrado intento de la historia para difundir religión, magia, y cura natural (dieta, descanso, masajes e hidroterapia) al servicio de la salud. Mas que precursores de los hospitales, fueron, en términos actuales, una mezcla entre santuarios religiosos y balnearios medicinales.

    En el siglo IV a.C. había templos en muchos lugares del continente, entre ellos: La Argólida, Mantinea, Gortina, Cilene, Corinto y Egina, en Atenas (tras una epidemia en el año 410 a.C.) y el Pireo.

    Asclepio también tuvo culto en la isla de Cos, y funcionó durante varios siglos, incluso tras la desaparición del grupo que impartía las enseñanzas de Hipócrates en la isla.

    Los más famosos templos de Asclepio de la época, exceptuando el de Epidauro, estaban en Pérgamo y en la vecina isla de Rodas. En Delfos y Lebera también se construyeron templos poco después.

    MÉTODOS CURATIVOS EN LOS TEMPLOS DE ASCLEPIO

    La medicina en sí empezaba tras la puesta de sol y comprendía unos rituales muy complicados. Junto a la impresión causada por los edificios y las diversiones exteriores y al influjo de muchos casos satisfactoriamente resueltos, dichos ritos colocaban al visitante en un estado mental receptivo a los servicios de los sacerdotes y de sus ayudantes.

    Se exigía abstenerse previamente de determinados alimentos y de vino, o incluso ayuno total. Después del baño ritual, el suplicante se ponía una túnica blanca limpia y ofrecía un regalo o un sacrificio al dios Asclepio, que podía ser comida, un animal o cualquier signo de sumisión. Una donación muy común en la época tardía fue un gallo; su especial significado parece proceder de la religión Zoroástrica, en la que se creía que el canto del gallo ahuyentaba los malos espíritus y prevenía las enfermedades. Los templos se vieron también sometidos a presiones para utilizar medicinas, y pronto se emplearon en ellos drogas.*

    El suplicante estaba en ese momento preparado para la parte más importante de la ceremonia: la incubación. Se tendía en un lecho, normalmente de pieles, y esperaba la visita del dios. Parece evidente que se les inducía mediante esas drogas a un estado de somnolencia o semivigilia.

    Pero esencialmente, el método de Asclepio se basaba en la sugestión del paciente. Cuando uno de los clientes no tenía una visión de Asclepio, los sacerdotes sentían la tentación de enviar a uno de ellos vestido como el dios, para remediar la deficiencia.

    Durante la noche, el sacerdote, vestido como Asclepio, acompañado de sus hijas, servidores ayudantes y de una serpiente o un perro, hacía sus “rondas” (siempre en la semioscuridad, para no poder ser reconocido), e iban de durmiente en durmiente, administrando curaciones o dando consejos. Los sacerdotes no consideraban su acción como fraudulenta en la intención, pudieron tener una justificación aún más sencilla: "si el método cura, entonces ¿por qué no emplearlo?"

    El paciente tenía la sensación de que realmente era tratado por el dios, aunque a menudo era tratado con medicinas y recursos propios de los médicos ajenos al templo.

    Incluso algunas veces el perro que les acompañaba, lamía la parte afectada. Para tratar la esterilidad de la mujer, se le colocaba una serpiente en el abdomen, y en esta postura, la mujer soñaba que una gran serpiente tenía relaciones sexuales con ella. Otros animales participaban también en el proceso curativo, entre ellos un ganso sagrado, que picaba los forúnculos.

    El dios usaba una gran variedad de tratamientos: posar las manos, aplicar una medicación, realizar una operación quirúrgica o dar instrucciones o consejos.

    Por las mañanas, el visitante esperaba estar curado. Algunas veces se alargaba el proceso de modo que podía permanecer en el recinto o en sus proximidades durante algunos días. En todo caso, antes de salir del templo, se esperaba que la persona curada dejara alguna muestra de gratitud, modesta si era pobre, o suntuosa si era rica.

    La mayor parte de los procedimientos que se utilizaban, eran prácticas habituales de los médicos laicos o del pueblo. Algunas veces se realizaban intervenciones quirúrgicas concretas y, mientras el dios-médico operaba y los ayudantes sostenían al paciente, la sangre se derramaba por el suelo.

    Otras veces se adoptaba una actitud conservadora como, por ejemplo, en casos de absceso torácico, en lo que se seguía una conducta contraria a los médicos laicos, suponiendo que el pus saldría por sí mismo drenando así el pecho.

    No todos los métodos empleados, como se ha podido comprobar, procedían de las prácticas racionales de los médicos. Algunos eran mágicos y fantásticos.

    También se usó una especie de tratamiento por delegación, mediante el cual, una persona podía pasar a la incubación en lugar de otra, que de esta manera se curaba. Se creía, por tanto, en la curación a distancia.

    Se trataban muchos tipos de enfermedades, la gran mayoría de las cuales tenían una base psicógena: La ceguera, el mutismo y la cojera se curaban a veces por lo que podríamos llamar, métodos milagrosos, como por ejemplo, inmersión en manantiales sagrados.

    Otras veces se empleaba la sorpresa, como quitar las muletas a un muchacho, esperando que este persiguiera enseguida al ladrón antes de darse cuenta de que era cojo. Hay una graciosa anécdota en torno a este peculiar método curativo: A un tal Faliso, que supuestamente era ciego, se le dio una tablilla especial para que la mirase; al hacerlo recuperó la vista, horrorizado al leer una orden por la que debía pagar un regalo exorbitante al templo.

    La esterilidad, la impotencia, el dolor de cabeza y las enfermedades de la piel fueron también afecciones que figuraban con frecuencia entre las que se consideraban curadas. Pero como ya hemos dicho antes, el factor más importante en la eficacia de las curaciones, era la fe.

    La confianza de los suplicantes en el poder del dios, se veía ayudada por la exposición de curaciones anteriores en tablillas y probablemente por las explicaciones orales de los ayudantes. También se conseguía una sensación de relajación mediante la música y la tranquilidad del ambiente. Se creaba así una atmósfera religiosa y espiritual que hacía doblemente impresionante la aparición y los cuidados del sacerdote que actuaba como Asclepio, con su séquito acompañándole.

    No es extraño que el culto de Asclepio fuera tan popular y permaneciera durante tantos siglos, si se tiene en cuenta que los médicos laicos tenían pocos remedios eficaces contra las enfermedades orgánicas de la época.

    Además, como se consideraba prudente y moral negarse a asistir los casos incurables (hacer lo contrario era considerado como un fraude), los pacientes no tenían otra alternativa que acudir a los charlatanes o a los templos.

    Había enfermos considerados incurables por los médicos (y hoy llamados psicógenos) curados en templos, por lo que muchos pacientes recobraban la esperanza, ya que el éxito de dichas curaciones debió alcanzar gran notoriedad.

    Es difícil saber que proporción de casos fueron considerados curaciones por los sacerdotes. Sea como fuere, los templos continuaron siendo una esperanza para el enfermo, como lo eran, por otra parte, los médicos que usaban los medios racionales existentes en aquella época.

    *[Este hecho, que creciera la importancia de las drogas en el siglo V a.C., pudo deberse al nuevo comercio de la época con África y el Oriente Próximo. En todo caso, debe achacarse también al hecho de que se incrementaron las luchas entre facciones médicas rivales.

    Naturalmente el comerciante velaba por sus propios intereses y quería vender sus mercancías poniendo gran entusiasmo a la hora de venderlas como drogas maravillosas.]

    MEDICINA PREHIPOCRÁTICA

    La medicina griega laica y racional, que alcanzó su apogeo en tiempos de Hipócrates, venía precedida de una larga tradición; sin embargo, no se conoce con precisión su contenido durante el período comprendido entre la época homérica en el siglo IX u VIII a.C., y la aparición de los filósofos presocráticos, en el siglo VI a.C. Las relaciones con Creta, Micenas, Egipto y Asia habían conducido al intercambio de prácticas curativas religiosas y empíricas y es de suponer que esta fertilización mutua continuó más tarde. Algunos fragmentos del libro de Hesíodo (“Los trabajos y los días”) del siglo VIII a.C., sugieren la vigencia de un tipo de medicina popular que combinaba normas básicas de higiene con el uso empírico de alimentos y plantas, pero que también incluía elementos religiosos y mágicos.

    Cuando se considera que en el siglo VI a.C. surge de repente un nuevo enfoque (acerca del cual se tiene información directa a través de los filósofos presocráticos) se descubre que hay un intento de explicar todos los fenómenos desde el punto de vista natural y no desde la magia y la religión.

    En la época de Tales (sobre el 640-546 a.C. y considerado el primer filósofo presocrático), su ciudad natal, Mileto, situada a las orillas del Mar Egeo en la costa oeste de Asia menor, era un gran puerto comercial, con una población internacional y excelentes maestros. Pertenecía a la periferia del mundo griego, como las demás áreas en las que se desarrolló la nueva filosofía: las islas del mar Egeo, la costa asiática, Italia y Sicilia.

    La práctica de la medicina estaba entonces seguramente en manos de artesanos itinerantes, como en la época de Homero. La información se transmitía oralmente de generación en generación, y en tiempos de Hipócrates (mitad del siglo V a.C.) los sanadores empleaban una gran variedad de métodos de diferente eficacia. Al mismo tiempo, grupos de aprendizaje médico o “escuelas” se desarrollaron en el mundo griego, y asimilaron tanto la tradición empírica como los planteamientos de los filósofos presocráticos.

    Nuestra información sobre Tales, se basa en lo que otros escribieron sobre él y citaron de sus enseñanzas [“¿Qué es difícil? Conocerte a ti mismo. ¿Qué es fácil? Aconsejar a otro]

    El hombre que está tras estas explicaciones, tuvo una gama muy amplia de intereses y produjo una profunda impresión en sus contemporáneos y seguidores. No es raro que le se haya considerado entre los siete grandes sabios.

    Tales creía que el elemento básico en toda vida animal y vegetal era el agua de la que derivaban la tierra y el aire. Se ocupó de las matemáticas, astronomía, navegación y geometría y parece que desarrolló varios de los teoremas geométricos, mas tarde utilizados por Euclides. En el aspecto más importante de su obra, por el que ha sido llamado “padre de la ciencia” fue que en sus interpretaciones de los fenómenos no recurre a agentes sobrenaturales.

    Aunque aceptaba la idea de la divinidad, no usó medios religiosos para inquirir o explicar los procesos naturales del universo o de los hombres.

    Después de Tales, florecieron en Mileto dos pensadores de gran importancia: Anaximandro (560 a.C.) y Anaximenes (546 a.C.).

    Anaximandro desarrolló las interpretaciones de Tales y afirmó que todas las criaturas vivientes habían tenido su origen en el agua. Pensaba que incluso el hombre procedía de un organismo acuático. También expuso la teoría de que el universo está formado por fuerzas opuestas en equilibrio y gobernado por leyes universales. Su discípulo Anaxímenes, consideraba al aire como elemento primario y, por ello requisito esencial para la vida.

    Heráclito (500 a.C.), el importante filósofo de Efeso, localidad al norte de Mileto, consideró al fuego como elemento principal y suscribió la teoría de los opuestos de Anaximandro, afirmando que las tensiones entre las fuerzas contrarias eran esenciales para el universo y la vida y que el cambio era lo único constante.

    En el siglo VI a.C. se aceptaba de modo general cuatro elementos y sus cualidades -que más tarde fue relacionada con la teoría de los cuatro humores orgánicos- influyó de manera definitiva en el saber del médico durante siglos.

    HIPÓCRATES

    Hasta hace muy poco tiempo, Hipócrates ha sido, con mucho, el hombre más grande de la Medicina.

    Hipócrates nació en la isla de Cos, alrededor del año 460 a.C., con lo que practicó en la era de Pericles.

    Se ha creído que a él sólo debe acreditarse el haber cogido la medicina griega por el cuello, haberla sacudido para liberarla de adherencias mágico-religiosas y de la superstición, haber insistido en la observación y en el registro exacto de historiales clínicos, y hacer posible la primera diferenciación sistemática de las enfermedades mediante su estudio, (aparte de haber establecido para los médicos unas normas, El Juramento Hipocrático, que todavía hoy son admiradas y aceptadas).

    Numerosos médicos griegos, algunos de ellos discípulos de Aristóteles, continuaron con la tradición de la medicina helénica en Alejandría, en donde destacaron los nombres de Herófilo y Erasistrato. Esta escuela dio un gran impulso al conocimiento de la anatomía, generalizó la observación del pulso, consideró al corazón como bomba aspirante e impulsante y estuvo a punto de dar con la solución del misterio de la circulación sanguínea.

    Pero la influencia de Hipócrates en las generaciones posteriores, ha tenido que ser modificado.

    Lo que se sabe de Hipócrates es muy poco, indudablemente era bien conocido como maestro de medicina; pero su nombre no empieza a adquirir grandes dimensiones hasta siglos más tarde. Fue reverenciado como un héroe, sin embargo, no hay certidumbre alguna de que escribiera siquiera uno de los tratados hipocráticos; y el único que se le podría atribuir, porque se adapta bien a las primeras descripciones de sus teorías, suele verse como uno de los menos convincentes.

    Parece ser que Hipócrates fue un hombre a quien generaciones posteriores asignaron sus anécdotas, creencias y prejuicios, de un modo parecido a como lo hicieron los primeros cristianos con Jesús, solo que a menor escala.

    Los escritos hipocráticos han servido de todo a todos los investigadores; casi todas las ramas de la medicina, han podido remontar a ellos sus orígenes; la Osteopatía y la Homeopatía compiten con la medicina ortodoxa en hacer amistosas referencias "a Hipócrates" que les sirven para sentirse más respetables.

    Los escritos hipocráticos no predican, no proponen, como tantos textos posteriores han hecho, un sistema terapéutico como si fuera el único camino posible para tratar a los pacientes, ignorando cualquier otro. De hecho, apenas se preocupan de ese aspecto de la enfermedad: su atención se centra en el diagnóstico y el pronóstico.

    Los aforismos hipocráticos son particularmente seductores, con su aire de refinada melancolía: dos de ellos han llegado a ser frases familiares:

    *"males desesperados requieren remedios desesperados"

    *"el arte es largo y la vida breve [...] la ocasión efímera; la experiencia, engañosa; el juicio, difícil. El médico debe no sólo estar preparado para hacer él lo que conviene, sino también para asegurarse la cooperación del paciente, los enfermeros y los auxiliares"

    Hipócrates puso su confianza en la vix medicatrix naturae. En su forma pura, podríamos describir ésta como la creencia de que si la fuerza vital del paciente es lo bastante vigorosa, el paciente se recuperará, y si no lo es, morirá; así pues, los médicos deben encomendarle a su fuerza vital, limitándose a apartar los impedimentos para la recuperación (por ejemplo, la insistencia en que el paciente repose) y dando a su cuerpo toda la ayuda posible (como asignarle una dieta adecuada).

    Si esa teoría hubiera sido generalmente aceptada, los índices de mortalidad por enfermedad habrían sido mucho más bajos, porque menos pacientes hubieran muerto por los efectos de tratamiento mal concebidos y de drogas venenosas. En ese sentido, el tratamiento hipocrático era a la vez racional y eficaz.

    Pese a todas las limitaciones e inconsistencias de los tratados, Hipócrates merece un lugar eminente en la medicina, por su acentuación de la importancia de la relación médico-paciente. Según lo expresó el historiador del siglo pasado Edward Theodore Withington:

    Nadie tuvo nunca más elevado sentido de la dignidad de la medicina; nadie manifestó mayor respeto por sus pacientes; incluso advierte a sus discípulos que no le expongan innecesariamente durante el examen o la operación. El gran objetivo médico debe ser beneficiar a su paciente, o al menos, no dañarle... Los deseos e incluso los caprichos del paciente deben ser respetados en la mayor medida posible, y un médico debe perder sus honorarios antes que preocupar con ellos al enfermo, porque el recuerdo de una buena acción es mejor que una ventaja temporal, porque "donde está el amor del arte está el amor del hombre".

    JURAMENTO DE HIPÓCRATES

    “JURO POR APOLO médico y por Asclepio y por Higía y por Panacea y todos los dioses y diosas, poniéndoles por testigo, que cumpliré, según mi capacidad y criterio, este juramento y declaración escrita:

    TRATARÉ al que me haya enseñado este arte como a mis progenitores, y compartiré mi vida con él, y le haré partícipe, si me lo pide, y de todo cuanto le fuere necesario, y consideraré a sus descendientes como a hermanos varones, y les enseñaré este arte, si desean aprenderlo, sin remuneración ni contrato.

    Y HARÉ partícipes de los preceptos y de las lecciones orales y de todo otro medio de aprendizaje no sólo a mis hijos, sino también a los de quien me haya enseñado y a los discípulos inscritos y ligados por juramento según la norma médica, pero a nadie más.

    Y ME SERVIRÉ, según mi capacidad y mi criterio, del régimen que tienda al beneficio de los enfermos, pero me abstendré de cuanto lleve consigo perjuicio o afán de dañar.

    Y NO DARÉ ninguna droga letal a nadie, aunque me la pidan, ni sugeriré un tal uso, y del mismo modo, tampoco a ninguna mujer daré pesario abortivo, sino que, a lo largo de mi vida, ejerceré mi arte pura y sanamente.

    Y NO CASTRARÉ ni siquiera (por tallar) a los calculosos, antes bien, dejaré esta actividad a los artesanos de ella.

    Y CADA VEZ QUE entre en una casa, no lo haré sino para bien de los enfermos, absteniéndome de mala acción o corrupción voluntaria, pero especialmente de trato erótico con cuerpos femeninos o masculinos, libres o serviles.”

    JURAMENTO HIPOCRATICO

    Es el antiguo juramento realizado por los médicos en su ceremonia de graduación. Se atribuye a Hipócrates; sin embargo, investigaciones recientes sugieren que el juramento puede ser originario de los pitagóricos del siglo IV a.C.

    Como código de comportamiento y práctica prohíbe a los médicos, en su forma original, la realización de abortos, eutanasia o cirugía; se exige también promesa de no mantener relaciones sexuales con los pacientes y guardar secreto profesional de las confidencias que éstos hagan.

    A pesar de que algunos principios postulados en el juramento hipocrático siguen vigentes, como la importancia de la confidencialidad y el mantenimiento del principio de justicia con el paciente, otros aspectos carecen hoy de interés. Muchos médicos respetan el derecho de elección de la mujer a tener el feto o abortarlo siempre y cuando las leyes de cada país lo permitan, y en algunos países (por ejemplo, Holanda) la eutanasia es aceptada en determinados casos extraordinarios. Para la gran mayoría de los médicos carece de significado realizar el juramento en nombre del médico Apolo, Asclepio, Higía, Panacea y todos los dioses y diosas. Por estas razones hay juramentos alternativos: La declaración de Ginebra se adoptó en 1948 en la segunda asamblea general de la Asociación Médica Mundial.

    LOS SISTEMÁTICOS Y LA TEORÍA DE LOS HUMORES

    No hay razón para suponer que las ideas de Hipócrates tuvieran mucho impacto en la medicina práctica de su tiempo. Los principales rivales del culto de Esculapio no fueron hipocráticos; a falta de mejor término podríamos clasificarlos como pitagóricos.

    La carrera de Pitágoras se nos presenta llena de adherencias legendarias que es imposible desenredar los verdaderos hechos de la ficción; pero parece ser que hacia el año 530 a.C. pasó de Grecia a la Italia meridional y estableció allí una Orden filosófico-religiosa que habría de ejercer una profunda influencia en la medicina. Esa filosofía recibió uno de sus impulsos originarios de la comprensible insatisfacción por los dioses griegos, a los que se atribuía una conducta propia de niños consentidos y temperamentales que de divinidades. La comprensión de este hecho llevó a los pitagóricos no al agnosticismo ni al monoteísmo, sino a una nueva y más austera concepción del cosmos, en términos matemáticos -una “clave para los enigmas del universo” y un “instrumento para la purificación del alma”.

    Ésta nueva filosofía tuvo algunas repercusiones directas en el tratamiento médico. Enfermedades que podían considerarse como emocionales o mentales se trataron por medio de la música, un método que pudiera considerarse como la versión ancestral del tratamiento de shock y la psicoterapia de abreación. Pero mayor importancia para el futuro de la medicina tuvo la preocupación pitagórica, que condujo a una fascinación por determinados números, en particular el número cuatro. De ahí salió una explicación sencilla a la vez que satisfactoria de la relación del hombre al cosmos, a través del equilibrio de sus “humores”, o fluidos corporales: una idea que, bajo varios disfraces, iba a ser dominante en la medicina durante milenios.

    La teoría de los humores parece provenir de una elaboración de la hipótesis india del Yin y Yang:

    Había tres fluidos básicos: aire, bilis, y flema:

    Aire: es frío, seco y ligero.

    Bilis: caliente, fluida y penetrante.

    Flema: fría, aceitosa y pesada.

    Cuando los tres elementos se daban en proporciones correctas, el cuerpo estaba en estado de salud; por lo tanto, cuando el estado del cuerpo no era saludable la causa debía encontrarse en un exceso o defecto de uno de esos humores. El flato sugería un exceso de aire, y en consecuencia, para remediarlo se prescribía el aceite, que al ser caliente, oleoso y pesado, contrarrestaba la influencia del aire.

    Fuera cual fuera su origen, la teoría de los humores, representó una brillante adivinación intuitiva de la significación de los fluidos del cuerpo. Lo malo era que los humoralistas no coincidían entre sí en cuanto a qué fluidos eran en verdad importantes. Algunos escritores añadieron la sangre al trío original; los griegos relegaron al aire a una categoría secundaria, y dividieron la bilis en dos humores: bilis amarilla y bilis negra: Se ha conjeturado que la bilis negra fue incluida a causa del aspecto oscuro del vómito y las heces en ciertas enfermedades graves; pero si eso no hubiera sido observado, habría tenido sin duda que encontrarse algún cuarto humor para mantener la simetría pitagórica y hacer juego con otros cuartetos contemporáneos: tales como la teoría de Empédocles, un contemporáneo de Hipócrates, que afirmaba la existencia de cuatro elementos físicos: agua, fuego, aire y tierra.

    Así presentada, la teoría de los humores parece un invento convencional; pero su fundamento (la idea de la salud como un equilibrio mantenido por los fluidos del cuerpo, y la enfermedad como un síntoma de perturbación del equilibrio), iba a ser formalmente sancionada durante dos mil años. En lo que los pitagóricos se descarriaron fue en tratar de decir demasiado a la teoría. Naturalmente, esperaban que les ofreciera una clave para el tratamiento médico práctico. Supongamos, por ejemplo, que un paciente sudaba: una mirada al diafragma indicaba que ese fenómeno debía referirse a la condición sanguínea de dicho paciente: ¿podría haber ahí una indicación de que se le hiciese una sangría? Excitados por estas posibilidades, los pitagóricos rechazaron los métodos de Hipócrates y determinaron buscar, entender y explotar, un sistema terapéutico basado en los humores.

    Algunos esfuerzos por explicar el sistema fueron ingeniosos; la idea propuesta por Teofrasto (siglo IV a.C.) discípulo de Aristóteles, de que los humores podían relacionarse con rasgos de la personalidad. Personas en cuyo cuerpo dominaba la bilis negra, pensaba Teofrasto, eran de disposición melancólica. Esa idea se ajustó a la teoría originaria, con las disposiciones sanguínea, flemática y colérica para completar el número cuatro.

    Las implicaciones de ese descubrimiento pudieron ser muy notables, por cuanto apuntaban a un tratamiento basado no en la naturaleza de los tipos de enfermedad (al menos no exclusivamente), sino en la naturaleza del tipo del paciente. Pero en el tiempo en que se establecía la idea de los tipos constitucionales ésta no era más que una de las varias teorías humorales que competían para ser consideradas y aceptadas.

    La debilidad inherente de la teoría de los humores era que todo el mundo podía considerarse un humorista y basar su tratamiento en su interpretación de la teoría; pero no había dos interpretaciones que fueran iguales. La naturaleza de la doctrina pitagórica, reforzada por los trabajos y la reputación de Aristóteles (que podía presumirse que salud y enfermedad obedeciesen a ciertas normas inmutables de carácter matemático, con efectos necesarios en la diagnosis y el tratamiento), animó también más tarde a la proliferación de sistemas especulativos que incluían ideas mucho menos sensatas que las de Teofrasto; y la medicina, como la religión, se vio infestada de sectas, cada una de las cuales se veía a sí misma como la poseedora de la única interpretación verdadera y pedía a los suyos obediencia para la única fe verdadera.

    Eso significaba también (de nuevo como en el caso de las sectas religiosas) que cuando una interpretación llegaba a ser aceptada como doctrina se había alejado muchas veces de la teoría originariamente propuesta por el maestro al que se atribuía: un buen ejemplo es el destino de Asclepiades, el amigo y médico personal de Cicerón, a quien suele acreditarse la introducción de la medicina griega en Roma, en el siglo II a.C.

    Asclepiades se irritaba por lo que le parecían excesivas pretensiones de los dogmáticos (según el nombre con el que eran conocidos, aunque quedarían mejor calificados como “racionalistas”: ellos se consideraban a sí mismos como los verdaderos discípulos de Hipócrates). Asclepiades le objetaba no solamente su actitud negativa de “meditación sobre la muerte”, sino también la posterior teoría humoral, porque ésta le parecía inadecuada: y propuso una alternativa, que atribuía la enfermedad a la condición no de los líquidos del cuerpo (bilis, sangre, flema) sino de sus sólidos: la enfermedad tenía lugar cuando esos sólidos estaban demasiado encogidos o demasiado relajados. Esa teoría, que también tiene obvias afinidades con el Yin Yang taoísta, impresionó notablemente a investigadores modernos.

    Aunque los testimonios a propósito de Asclepiades son demasiado escasos, lo poco de que disponemos sugiere que era un hombre razonable, no un maniático: se le atribuye un intento de someter la locura a un tratamiento de apacibilidad y simpatía; y aunque le pareciera deseable intervenir decisivamente para ayudar al paciente en la enfermedad en vez de confiar en la fuerza vital del enfermo, parece que reconoció que había pocos medios disponibles para hacer intervenciones adecuadas (recomendaba remedios no muy diferentes de los indicados en los escritos hipocráticos- dieta, masaje, hidroterapia, y un limitado uso de drogas).

    Pero los seguidores de Asclepiades se sintieron atraídos por la idea de que la enfermedad era causada por el excesivo encogimiento o la excesiva relajación de los sólidos del cuerpo. Eso les dio la idea de que el tratamiento podría basarse en el principio de relajar lo que estuviera demasiado encogido y encoger lo que estuviese demasiado relajado, idea que mantuvieron con tal devoción que se les conoció como “los metódicos”. Y, como el modo obvio de conseguir tal objetivo era con la ayuda de drogas, las drogas que empezaron otra vez a obtener favor, según sus éxitos como astringentes o relajantes. A partir de su utilización en ese contexto se formó todavía otra teoría que sería de profunda significación para el futuro de la medicina: la doctrina de los contrarios, que se conocería más tarde como alopatía.

    La doctrina de los contrarios debe haber parecido la extensión lógica de la teoría de los humores. ¿Qué ese paciente tiene fiebre? Désele algo que restablezca el equilibrio, enfriándole. ¿Qué otro paciente está estreñido? Désele un laxante. ¡Simple sentido común, sin duda! Pero había una dificultad: el uso de los contrarios no está siempre de acuerdo con las enseñanzas hipocráticas a cerca de la importancia de la fuerza vital. Supongamos que el síntoma no correspondía a la enfermedad, sino a la fuerza vital que reaccionaba contra la amenaza de la enfermedad (como es, por ejemplo, el caso de los vómitos). En semejantes casos, los escritos hipocráticos habían indicado que debía ayudarse a la fuerza vital (si es que de algún modo podía ayudársela) no mediante un contrario, sino mediante algo que pudiese facilitar el vómito para echar fuera el veneno: un “semejante” para curar a un “semejante”.

    A partir de ese período es posible ver divergir a los dos caminos. La medicina se dividió en dos campos; los que sostenían la doctrina de los contrarios (alopatía) y los que sostenían la doctrina de los semejantes (homeopatía). Considerarlos como campos hostiles es desde luego una simplificación excesiva, porque pocos médicos han subscrito en exclusividad una u otra doctrina (los escritos hipocráticos contienen elementos de una y otra). Pero no por eso fue menos importante la división, que condujo ocasionalmente a violentas discordias.

    El principal campo de batalla entre las diversas sectas que aparecieron a partir de la teoría de los humores fue Alejandría, después de su fundación en el siglo IV a.C. Allí, durante algún tiempo, la profesión médica disfrutó de una elevada reputación, que descansaba principalmente en aquellos de sus miembros que observaban principios hipocráticos, de manera especial el respeto por la observación.

    Dos nombres han llegado hasta nosotros: Hierófilo, que suele suponerse que fue el primero en enseñar públicamente a hacer disecciones del cuerpo humano (si no realizó tales disecciones, su conocimiento de la anatomía es muy notable); y Erasistrato; pero como ninguna de sus obras se ha conservado, es imposible distinguir en sus carreras los hechos y el mito, y la mayoría de los comentarios acerca de los mismos están basados en su influencia sobre las sectas que crecieron a su sombra.

    Erasistrato rechazó las teorías humorales y propuso la idea de la fuerza vital como una especie de espíritu vital, ligero, que llenaba las venas: una apreciación intuitiva del papel del oxígeno. La principal causa de la enfermedad, afirmaba Erasistrato, era un “demasiado”; una plétora de sangre en las venas que causaba fiebre y otros síntomas. Pero en vez de adoptar lo que podía parecer el remedio de sentido común, sangrar a los pacientes, Erasistrato rechazó la alopatía y utilizó métodos hipocráticos y homeopáticos, medicamentos suaves y diluidos. Lo cual no impidió a sus discípulos la adopción de métodos alopáticos, y las disputas entre ellos y los seguidores de Hierófilo tuvieron como efecto no previsto una reacción en la dirección del empirismo (que se rechazaran todas las teorías de la medicina y se concentraran los médicos sobre el paciente y sus síntomas). La idea era atractiva para aquellos médicos que estaban cansados de las disputas sobre sistemas y pensaban que el tratamiento médico debía basarse en saber popular, costumbre y experiencia. Por supuesto, si se descubría que una forma de tratamiento no era eficaz, debía abandonarse, por muy bien conectada que pudiera estar, por bien que pudiera adaptarse a nociones tradicionales relativas a los humores o a su síntesis matemática.

    Sin embargo, apenas habían conseguido afirmarse en su posición los empíricos, cuando empezaron a recibir algunos rudos golpes de sus oponentes, especialmente de Galeno, que opinaba que los empíricos rebajaban la profesión hasta un nivel de folklore, privándola de las ventajas de la ciencia. Pero el verdadero error de los empíricos no consistía tanto en que rechazasen principios fundamentales, como en que no reconocían el poder de la sugestión en los remedios que utilizaban. El médico encontraba que era más fácil que sus pacientes respondiesen a remedios excéntricos y grotescos que no a otros más sensatos y ordinarios. [ Uno de los adalides empíricos, Serapion de Alejandría, utilizaba como remedios específicos cerebro de camello, corazón de liebre, excrementos de cocodrilo y testículos de jabalí].

    GALENO

    Lo que se necesitaba era claramente alguien que tuviese la suficiente confianza en sí mismo para imponer su propia regla y así poder dominar todas aquellas diversas teorías; ese papel correspondería a GALENO.

    Nacido en Pérgamo, hacia el año 130 d.C., Galeno se hizo una reputación local como médico de los gladiadores de su ciudad natal y entre los treinta y cuarenta años de edad salió para Roma con la esperanza de hacerse allí una aún mayor. Su ambición fue rápidamente satisfecha, principalmente, si hemos de confiar en sus propias explicaciones, por su notable olfato diagnóstico: acertaba no simplemente qué era lo que iba mal en los pacientes (lo que no le habría servido de mucha ayuda si no había un remedio adecuado) sino también lo que podía curarles. Por alguna razón, (bien fuera por el miedo al contagio de una peste, bien por el miedo a la animosidad de sus rivales) dejó Roma, cuando su reputación se encontraba en su punto culminante, para regresar a Pérgamo, aunque no por mucho tiempo. Invitado por el Emperador Marco Aurelio, se estableció de nuevo en Roma, donde fue médico de cinco emperadores a lo largo de treinta años.

    Algunos comentaristas han creído que el sistema médico original de Roma estaba enteramente vacío de elementos científicos y era propio de un pueblo de cultura inferior, y que todo el aspecto externo de la medicina romana cambió por el advenimiento de la ciencia griega.

    Tal juicio habría asombrado y encolerizado, sin duda, al viejo Plinio, que tenía precisamente la opinión opuesta: durante seiscientos años, proclamaba Plinio, Roma se había sentido muy bien sin médicos, la ausencia de los cuales se había manifestado como una bendición para los ciudadanos. La suposición de Plinio consistía en que los romanos eran un pueblo saludable porque concedían una escrupulosa atención a la higiene y habían adquirido un extenso conocimiento de los remedios herbarios; en el caso de que mantuviesen esas observancias podían esperar que continuarían gozando de la protección de los dioses: ¿qué más podían necesitar?. Ciertamente, médicos no. Podían encontrar un lugar auxiliares médicos, por ejemplo, para dar masaje; pero esa no era una tarea propia de un romano nacido libre. La chifladura de la medicina griega (según la opinión de Plinio) era tonta y degradante a la vez; y él citaba, con aprobación, lo que tal vez fue el primero de los incontables chistes lapidarios a expensas de la profesión médica: (“murió a causa de la confusión de sus médicos”).

    Esa actitud era lógica, y la tesis de Plinio de que los romanos habrían podido mantenerse más saludables si las ideas griegas hubieran sido desechadas, era por lo menos defendible.

    Pero el proceso de degeneración en la medicina romana estaba ya muy avanzado; la creciente confianza en la pseudo-magia reflejaba la decadencia de la cultura romana, lo mismo que el declive de la fe en los dioses, que ofrecería más tarde la oportunidad al cristianismo.

    Todo esto también ofreció su oportunidad a Galeno; cuando éste comenzó a practicar en Roma, los médicos (de Grecia y de otras partes), habían adquirido ya una respetabilidad; Julio César les había otorgado la ciudadanía romana, y Augusto les eximió de impuestos en pago a sus esfuerzos en beneficio suyo. Los romanos, insatisfechos con su propia medicina, abrazaban con entusiasmo las promesas de conocimiento esotérico ofrecidas por un forastero; y Galeno se encontró así con su propia apoteosis.

    Galeno sabía muy bien cómo adquirir una reputación: adoptó ese aire de suave confianza en sí mismo que tanto aprecian los pacientes necesitados de seguridad, y es mucho mejor recibido cuando ese paciente se trata de un emperador, acostumbrados a exigir servicios. Galeno dejó una descripción de la ocasión en que conquistó a Marco Aurelio, con lo que habría de sellar su reputación:

    “ El Emperador había regresado en triunfo a Roma después de una campaña victoriosa, y se había entregado con exceso a los festejos durante la celebración. Tres médicos habían sido llamados, le habían tomado el pulso y habían prescrito drogas, sin el menor resultado. Galeno atrajo en primer lugar el interés del emperador al negarse a tomarle el pulso, diciendo que aquello era innecesario, puesto que no era cuestión de fiebre ya que el mal radicaba simplemente en una intemperancia en la ingestión de vituallas indigeribles. Con cualquier otro paciente, continuó Galeno, él habría recomendado vino rociado con pimienta; pero, tratándose de un rey, los remedios violentos no estaban indicados; así pues, él recomendaría simplemente una cataplasma en el estómago (que era el remedio habitual, y no muy eficaz del emperador en ocasiones semejantes). Marco Aurelio mandó que le trajeran la cataplasma, pero tan pronto como Galeno se retiró, pidió vino, lo espolvoreó con pimienta y se lo bebió, haciendo la observación de que le animaba saber que al fin tenía un médico que tenía valor para expresar sus convicciones.”

    Aparte de ser tan astuto a la cabecera del enfermo, Galeno era un asiduo anatomista; muchas de sus observaciones fueron exactas, y algunas penetrantes; y el esmero con que puso por escrito sus descubrimientos hizo útil su obra a los maestros, y, en consecuencia, a los estudiantes diligentes. Una vez establecida su influencia sobre Marco Aurelio no le faltaba ningún incentivo para volverse arrogante y dogmático. Y lo hizo.

    Ningún médico ha suscitado sentimientos tan fuertes a lo largo de la historia; se esforzó poco en disimular su desprecio por sus rivales, y se arrobó en la contemplación de su propio ingenio. “He hecho tanto por la medicina - escribía - como Trajano por el Imperio Romano... Yo sólo he indicado los verdaderos métodos de tratamiento de las enfermedades. Debe concederse que Hipócrates abrió el camino, pero no lo siguió; sus obras tienen grandes limitaciones. Él señaló por dónde ir; yo he ido.” Y sus admiradores se han sentido inclinados a aceptar esa auto-evaluación. Para ellos, Galeno (más que Hipócrates, considerado por ellos una figura histórica casi por cortesía) es la encarnación de la polimatía médica: su servicio consistió en soldar en un solo sistema de medicina, claramente escrito y fácilmente ininteligible, todo lo que había de bueno en los escritos hipocráticos y en las inconexas, y a veces antagónicas, enseñanzas de las sectas.

    El sistema de Galeno era, en verdad, fácilmente inteligible; pero sólo merced a distorsiones y simplificaciones excesivas, tendentes a conseguir que todo ajustara. Lo que Galeno predicaba y practicaba era una mezcla de experiencia personal y doctrinas rivales, fundido todo en una estructura pitagórica de aspecto impresionante pero espuria. Los remedios que recomendaba, aparte del hecho de que necesitaban ser reforzados por magia, eran muchas veces ridículos; porque aunque Galeno no inventó la polifarmacia, se deleitó en ella. “La tarea de la farmacología - escribió - es combinar drogas de tal manera que... se hagan eficaces para combatir o superar las condiciones que existen en todas las diferentes enfermedades.” En consecuencia, el modo de decidir la mejor combinación era no dejar de experimentar, y, siempre que una de ellas daba resultado, aplicarla de nuevo en los futuros casos del mismo tipo de desorden. Galeno creía que en eso era empírico: él no podía darse cuenta de en cuántas ocasiones la curación no era lograda por el particular compuesto puesto a prueba, sino por su propia personalidad. Pese a toda su arrogancia, parece no haber tenido conciencia del grado en que debían atribuirse a él mismo, más bien que a los remedios utilizados, las recuperaciones de sus pacientes. Pero aunque la sugestión tuviera algunos resultados excelentes, no siempre los tenía; y, en consecuencia, lo mismo había que pensar de los “compuestos” utilizados y, así, debían proseguirse las pruebas y experimentarse drogas nuevas en número creciente. Al final, en una sola dosis debía administrarse un compuesto de una docena o una veintena de drogas.

    Es posible construir una defensa de la teoría en medicina sobre fundamentos teológicos: Si una comunidad cree firmemente que toda la creación sirve a un gran designio finalista, es lógico tratar de esclarecer ese designio, en la esperanza de que, una vez encontrado, todos los misterios se aclararán, mejor que esforzarse en humildes faenas empíricas. Pero eso requiere una humildad que pocos buscadores de la verdad han poseído y que, indudablemente, no poseyó Galeno. La norma ha sido una y otra vez que los investigadores creyeran haber descubierto el designio y, a partir de entonces, dedicaran sus carreras a encajar en aquel los hechos, a la fuerza, como en un lecho.

    Para los detractores de Galeno, éste fue un hombre que, con todas sus habilidades, tuvo una desastrosa influencia; principalmente, porque dejó detrás de sí su “sistema” (un horripilante batiburrillo de sin sentidos, filosofía aristotélica, dogma hipocrático y agudas observaciones clínicas y experimentales, para estrangular al futuro: “Hipócrates dejó la medicina en libertad, pero Galeno la encadenó con hipótesis”).

    No obstante, para jugar limpio con Galeno, gran parte de esta crítica debe dirigirse no tanto a sus creencias como a la rigidez con que sus obras fueron interpretadas por sus discípulos. Si todos sus libros hubieran quedado destruidos cuando su biblioteca se incendió en el año 192 d.C., su nombre estaría hoy, sin duda alguna, cubierto de respeto. Pero aproximadamente un centenar de ellos se salvaron, proporcionando un sistema de medicina basado aparentemente en sólidos fundamentos clínicos. Como en el caso de Hipócrates, el lector de esos libros puede tener una razonable seguridad de encontrar en ellos cualquier cosa que busque; con algo más, que no había en los escritos hipocráticos: que Galeno se jactaba de sus curaciones y las relacionaba con la teoría de modo tan ingenioso que tenía la apariencia de ser una parte integrante del designio cósmico. Sería, pues, relativamente fácil para cristianos y musulmanes abrazar y aceptar el galenismo (limpiándolo, simplemente, de lo menos adaptable, e insistiendo en que lo que Galeno había pensado como fuerza vital no procedía del cosmos, sino de Dios, o de Alah. De ahí no había mas que un paso para imponer interpretaciones dogmáticas, estableciendo lo que podía y lo que no podía considerarse como ortodoxia médica: la Verdad.

    Pero aunque Galeno no fuera responsable en persona de embutir la medicina en ese molde, tampoco puede disculpársele del todo, porque el temple de su mente, y en consecuencia, el de sus escritos, era autoritario. El resultado de eso sería que lo llamado a sobrevivir fuera el galenismo, mas bien que la medicina romana.

    MEDICINA GRECORROMANA

    Los judíos, bajo la ley mosaica, poseyeron leyes dietéticas y reglas de higiene militar excelentes. En cuanto a la Higiene, en Roma los baños públicos se abrieron en el 21 d.C. y se empezó a utilizar un método de filtrado de agua en el 50 d.C.

    Aproximadamente de 50 al 100 d.C. prosiguió el perfeccionamiento de la higiene pública romana con la publicación de un libro sobre el suministro de aguas a Roma y varias medidas prácticas.

    La medicina griega alejandrina influyó en la Roma conquistadora a pesar de la resistencia inicial de los romanos. Asclepiades de Bitinea tuvo un papel importante en el establecimiento de la medicina griega en Roma en el siglo I a.C. Contrario a la teoría de los humores, pensaba que el cuerpo se componía de partículas desconectadas, o átomos, separados por poros. La enfermedad era causada por la restricción del movimiento ordenado de los átomos o por el bloqueo de los poros, y el tratamiento que propuso se basaba en el ejercicio, los baños y modificaciones en la dieta más que en los fármacos. Esta teoría se revitalizó en varias ocasiones y de distintas formas hasta finales del siglo XVIII.

    La medicina romana estuvo en gran parte en manos de médicos griegos. Aulo Cornelio Celso, que escribió una enciclopedia de medicina y que practicó su arte del 14 al 37 d.C., durante el reinado de Tiberio, escribió el tratado más valioso de medicina romana. Los métodos quirúrgicos se encontraban bastante adelantados entre los romanos, incluso referente a la cirugía plástica. Reconocieron como entidades públicas el paludismo, la gota, la demencia. Un cirujano militar al servicio de Nerón, llamado Dioscórides sobre el 50 d.C., inició los estudios de materia médica (farmacología) aprovechando sus viajes para estudiar las plantas. El anatomista griego Rufo de Éfeso (principios del siglo II a.C.) célebre por sus investigaciones sobre el corazón y los ojos; Sorano de Éfeso, ortopédico griego que recogió información relativa a la obstetricia y ginecología, en apariencia basada en la disección humana, y que aunque pertenecía a la escuela de Asclepiades, distinguió las enfermedades por su sintomatología y evolución.

    CONSECUENCIAS DE LA DECADENCIA ROMANA

    Las medidas tomadas para mantener la higiene de la ciudad de Roma y de sus habitantes no han sido superadas.

    El sistema principal de desagües estaba en funcionamiento ya en una época tan remota como el siglo VI a.C.; más tarde se construyeron los acueductos, para suministrar a la ciudad abundante agua corriente; baños públicos y facilidades para el ejercicio se dispusieron no sólo en Roma sino también en puestos avanzados del Imperio, para sus defensores. Un Hospital romano que data del siglo I ha sido excavado en Germania; anticipaba el trazado de corredor que más tarde se convertiría en norma convencional.

    Pero las medidas a favor de la salud pública fueron las primeras víctimas en tiempos de trastornos civiles de la clase que Roma sufrió tan a menudo durante su decadencia, y no supieron sobrevivir a las embestidas y a la ocupación por los invasores. En todo caso, aun cuando los romanos hicieron mucho por prevenir la enfermedad, no llegaron a dominarla; algunas autoridades han sugerido que en la última instancia la caída de Roma puede referirse a un fracaso en controlar la malaria. Con el tiempo, el Imperio adquirió una estructura que hizo muy difícil la evitación de las epidemias.

    El crecimiento de las ciudades por todo el Imperio, pocas de las cuales gozaban de las facilidades higiénicas de Roma, y la mejora de las comunicaciones entre ellas y el resto del mundo, parecía calculada para suministrar la materia prima a las pestes y para propagarlas.

    Cuando (fuera por las epidemias, o por incompetencia política, o por decadencia moral, o por un complejo de estas y otras causas coadyuvantes) el Imperio Romano acabó por desintegrarse, su legado médico a la posteridad no fueron sus acueductos ni sus establecimientos hidroterápicos, prontos a desmoronarse en elegante decadencia, sino un elaborado sistema de medicina extranjera, cuyas ideas y métodos eran una directa repudiación de los de la antigua Roma.

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