Guerra del Pacífico (1879-1883)

Historia de América. Conflictos limítrofes. Ocupación de Antofagasta. Campaña Tarapaca

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Conflictos Limitrofes

con Argentina

Los primeros problemas entre ambas naciones se presentaron en 1843. El Presidente Bulnes hizo efectiva la soberanía nacional en la zona del Estrecho de Magallanes, ordenando la fundación del fuerte que luego llevaría su nombre. Cuatro años después, en 1847, el Gobierno argentino presenta un vigoroso reclamo diplomático alegando tener mejores títulos de dominio sobre esa región. Pero, la confrontación no pasó a mayores.

Sólo nueve años después, en 1856, se volvió a abordar la cuestión de los límites. Chile y Argentina firman un Tratado de Comercio, en el que, para definir los posibles puntos de desacuerdo, se consagra el principio del derecho internacional del Uti posidetis; vale decir, se establece que ambos países reconocen como sus límites aquellos que poseían a fines del período colonial (1810).

En 1865 se reabren las negociaciones diplomáticas. El temor de que España intentara recuperar su dominio sobre América, dio origen a un movimiento americanista y a la voluntad de concertar alianzas entre los países del cono sur. Chile se unió, en su lucha contra el invasor, a eru y Ecuador. Asimismo, envió una misión diplomática a Argentina, con un fin análogo, a cargo del conocido intelectual y político, José Victorino Lastarria. Queriendo dar muestras de buena voluntad, el plenipotenciario chileno hizo generosas cesiones (buena parte del Estrecho de Magallanes). Pero, fue desautorizado por el Gobierno chileno. Ese mismo año, el Gobierno argentino fundó una colonia de ingleses en las márgenes del río Chubut.

A comienzos de 1870, el fuerte americanismo pasó al olvido, se activaron las querellas limítrofes entre todos los países, y se dio inicio a una carrera armamentista. En el curso de esa década, los conflictos con los vecinos adquirieron un nivel de tensión alarmante, especialmente con los países del norte, que exhibían el mayor grado de beligerancia. Chile, debió concentrar su preocupación en esa región, manteniendo una política más contemplativa con Argentina.

Durante esa década Argentina se consagra a una ocupación sistemática de la Patagonia. El Gobierno de ese país adopta un conjunto de medidas que dan estimulo a la colonización. Ese expansionismo fue complementado con la existencia de un agresivo clima antichileno. Cuando el historiador Diego Barros Arana llega a Buenos Aires (1876), en calidad de ministro plenipotenciario, para tratar nuevamente el problema, puede apreciar la existencia de un clima belicista y la inminencia del conflicto. Prefiriendo mantener la paz con Argentina, para concentrar toda la energía y la capacidad del país en el norte minero, que suponía más valioso que la Patagonia, Barros Arana acepta el proyecto propuesto por el canciller argentino que dejaba la Patagonia íntegramente en poder argentino, al igual que buena parte del Estrecho de Magallanes. Pero, fue desautorizado por el Gobierno chileno.

En 1878, los Gobiernos de ambos países acuerdan un esbozo de tratado. Pero, finalmente, el Parlamento argentino, que conoció el proyecto cuando ya había comenzado la Guerra del Pacífico, no lo ratifica; las cuestiones de límites seguían sin resolverse, después de tantos años.

Cuando se reabrió la discusión, en 1881, Argentina ya había anexado a su dominio, de hecho, casi toda el área en disputa. Chile, por su parte, se había extendido hacia el norte, ocupando la zona minera cuyo dominio disputaba con Perú y Bolivia.

EI Tratado de Límites definitivo, de 1881, que fijó nuestras fronteras, reconoció esa situación. Argentina y Chile se quedaron con las zonas que, de hecho, habían ocupado en esos años: la Patagonia y el Estrecho de Magallanes, respectivamente.

Este Trata do fijó como Límite entre ambos países una línea que pasara por las más altas cumbres de la Cordillera de los Andes, que dividieran aguas, hasta el paralelo 52”, de latitud sur. La frontera continuaría luego hacia el oriente, en línea recta hasta Punta Dungeness, en la boca atlántica del estrecho. Desde ahí tomaría nuevamente curso hacia el sur, cortando en dos a la Tierra del Fuego, en el meridiano 78” 74', hasta llegar al canal del Beagle. Las islas que quedaran al sur de ese canal serían parte del territorio chilena. Se establecía, como mecanismo para solucionar las diferencias, el arbitraje de una nación amiga.

Ese Tratado es el que rige actualmente. Los conflictos que se han suscitado con posterioridad (1892, 1896, 1898, 1902, 1976, 1992, 1995), se han originado por diferentes interpretaciones de él.

Conflictos Limítrofes

con Bolivia y Perú

Chile, desde que se constituye en República independiente, alegó títulos sobre la zona del despoblado de Atacama, que corresponde hoy en día a la región de Antofagasta. Señal de ello es que, desde 1822, los textos constitucionales señalaban, como límite septentrional del país, el desierto de Atacama, incluyéndolo.

Sin embargo, Chile no manifestó interés verdadero por estas tierras, debido a que las consideraba de escaso valor y a que su predilección territorial inicial estaba en la zona agrícola del centro del país. La falta de una voluntad real de ejercer dominio sobre el desierto explica que, cuando el Presidente boliviano, Andrés de Santa

Cruz, decidió, unilateralmente, fundar el puerto de Cobija (1829) dentro del territorio que reclamaba Chile, el Gobierno chileno no elevara protesta alguna ante la Cancillería boliviana.

Los conflictos limítrofes entre ambos países comenzaron sólo cuando se descubrió el valor económico del desierto. Afines de la década de 1839, se encontraron importantes yacimientos de guano, un rico fertilizante muy demandado por los países del norte, en la costa del norte grande. El Gobierno del Presidente Bulnes decidió enviar una Comisión exploradora a reconocer las potencialidades de los depósitos de la zona. Una ley, de 1842, declaró propiedad nacional las guaneras al sur de la bahía de Mejillones (23”, de latitud sur), lo que importaba fijar en esa línea la frontera norte del país. El Gobierno, asimismo, comenzó a otorgar permisos a empresarios particulares para cargar guano en las proximidades de Mejillones. En 1847, las autoridades bolivianas resolvieron interrumpir tales faenas y expulsaron a empresarios y obreros chilenos de esa zona. El Gobierno respondió enviando tropas a ocupar Mejillones.

Pero, estas medidas de fuerza no lograron detener un proceso ya en marcha.

Cateadores chilenos, que después eran seguidos por empresarios y trabajadores de la misma nacionalidad, fueron incrementando su presencia en toda la zona, durante el período del Presidente Montt, lo que motivó reiterados reclamos diplomáticos por parte de Bolivia, que aducía que el límite entre ambos países se hallaba en el paralela 25” y no en el 23”, como pretendía Chile. A comienzos de la década de 1860, ambos países endurecieron sus posturas. El Parlamento boliviano autorizó al Ejecutivo para que declarara la guerra a su vecino del sur si éste no se avenía a restituir las tierras supuestamente usurpadas.

Pero, cuando ya se estaba en situación de quiebre inminente, una circunstancia fortuita vino a alterar el curso de los hechos: la ocupación, por parte de la Armada española, de las islas Chinchas, del Perú. Y el clima general de solidaridad americana que generó esta acción, llevaron a Chile y Bolivia a acercar sus posiciones, surgiendo una intención clara de lograr acuerdos mediante transacciones mutuamente favorables.

En 1866, los Gobiernos de Pérez, de Chile, y Melgarejo, de Bolivia, suscriben un Tratado de Límites, en el que se acoge una fórmula transaccional: se fijaba como frontera entre ambos países, el paralelo 24” (no el 23”, que quería Chile, ni el 25”, que postulaba Bolivia). Además, se establecía la creación de una zona económica compartida, entre los paralelos 23” y 25”. Los impuestos provenientes de la explotación del guano y minerales, se repartirían por partes iguales entre ambos países. Esta disposición importaba un reconocimiento al hecho de que casi todas las empresas que operaban en la zona pertenecían a chilenos.

Pero, el mismo año en que se firmó el Tratado, nuevas circunstancias alteraron el escenario. los mineros chilenos, José Santos Ossa y Francisco Puelma, obtuvieron una concesión del Gobierno boliviano para dar inicio a la explotación del salitre en el Salar del Carmen (1866). Formaron, para esos efectos, la Sociedad Explotadora del Desierto de Atacama, antecesora directa de la famosa Cía. de Salitres y Ferrocarriles, de Antofagasta. Algunos años después (1870) se descubre plata en Caracoles, también en las cercanías de Antofagasta.

Estos dos nuevos factores de riqueza -salitre y plata-dieron impulso a un segundo proceso masivo de establecimiento de empresas chilenas, constituidas sobre la base de capitales de Valparaíso, fundamentalmente, en un territorio que, según lo dispuesto en el Tratado suscrito en 1866, pertenecía a Bolivia. El desierto comenzó a ser totalmente “chilenizado”, planteando una encrucijada diplomática difícil de zanjar.

El recelo boliviano fue potenciado por el peruano. Los empresarios mineros chilenos no limitaron su acción a la zona de Atacama. Un numeroso contingente de empresarios y obreros se estableció en Tarapacá. En 1876, la población de esa provincia se componía, en un 44 por ciento, de peruanos, y, en un 56 por ciento, de individuos de otras nacionalidades, de los cuales cerca de la mitad eran chilenos.

A comienzos de la década de 1870, el expansionismo de la gran potencia del sur parecía incontenible.

Las naciones andinas, al igual que Argentina, comenzaron a estudiar la posibilidad de'aunar sus esfuerzos contra Chile. Bolivia y Perú concretaron una alianza secreta el 6 de febrero de 1873. Argentina, que participó en las negociaciones iniciales para concertar esa alianza contra Chile, finalmente se desistió de participar en ella, por juzgar más favorable a sus intereses mantenerse en una actitud expectante. Este año, 1873, comenzó a desarrollarse en el desierto una suerte de campaña de recuperación, iniciada por los peruanos, que luego querrían continuar los bolivianos.

A comienzos de 1873, el Presidente Pardo, del Perú, decretó el Estanco del Salitre, en Tarapacá. Complementó esa medida, con un decreto en el que ordenaba la expropiación de las salitreras, muchas de las cuales eran de propiedad de capitalistas chilenos.

En 1874, Chile y Bolivia firman un nuevo Tratado de Límites, en el que Chile hace una cesión importante:

se mantuvo el límite en el paralelo 24”; Pero, Chile renunció a sus derechos a las tierras localizadas al norte de este límite. Se estableció, como condición complementaria, el compromiso del Gobierno boliviano de mantener los impuestos cobrados a las empresas chilenas, por concepto de exportación de salitre y otros ítemes, en el nivel que habían tenido hasta entonces, por un lapso de 25 años, en la zona comprendida en-tre los paralelos 23” y 24”.

Pero, en 1878, la reacción antichilena prosiguió. El Gobierno del Presidente Hilarión Daza acordó, vulnerando lo dispuesto en el Tratado, establecer un nuevo impuesto a la exportación de salitre. Alentado por Perú, Daza había decidido apoderarse de las salitreras chilenas, aplicando en la provincia de Antofagasta la misma receta seguida por Pardo en Tarapacá.

El nivel de confrontación llegó a ser tan alto en el segundo lustro de la década de 1870, que la guerra se veía como algo inevitable. Esto explica que Chile intentara lograr un avenimiento con Argentina, a costa de importantes cesiones territoriales. Argentina entendió que Chile estaba pagando ese precio por su neutralidad, y aceptó gustosa.

La Guerra del Pacífico:

1879-1883

La Guerra del Pacífico se desarrolló en fases: cada campaña, organizada por el Gobierno y Ejército chilenos, permitió cumplir algún objetivo estratégico. El hecho de que se lograra completar con éxito las metas de las primeras etapas, dio una ventaja estratégica a los chilenos, que les permitirá llevar siempre la ofensiva. En buena medida, esta supremacía táctica y posicional fue consecuencia del éxito de las fuerzas chilenas en las dos primeras etapas de la guerra: ocupación de Antofagasta y campaña marítima. El rápido control de la zona del salitre (Antofagasta), significó para el Gobierno chileno el poder contar con todos los recursos necesarios para sostener la guerra; el dominio de los mares representó para Chile la posibilidad de tener un control total sobre las vías de transporte y comunicaciones.

Ocupación de Antofagasta (febrero y marzo 1879):

El 14 de febrero de 1879 debía verificarse el remate, al mejor postor, de las instalaciones de la “Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta”, que el Gobierno boliviano había embargado. Ese mismo día, desembarcaron dos Divisiones del Ejército chileno, al mando del coronel Emilio Sotomayor, compuestas de 2.000 hombres, con la misión de interrumpir su desarrollo. En poco más de un mes (entre el 14 de febrero y fines de marzo), el Ejército chileno logró ocupar Antofagasta, Mejillones, Caracoles, Cobija, Tocopilla y Calama; vale decir, toda la zona comprendida en la actual II Región. Las autoridades y las fuerzas bolivianas se replegaron a su territorio y al peruano. Esta operación relámpago permitió al Ejército controlar con muy bajo costo toda la zona salitrera en litigio.

La reacción boliviana resultó lenta. El 1 de marzo de 1879, ese país declaró la guerra a Chile, arrastrando con ello al Perú, debido al acuerdo de asistencia recíproca firmado en 1873. El 5 de abril de ese mismo año, Chile, en conocimiento de la existencia del Tratado secreto que ligaba a ambos países, les declara formalmente la guerra.

Las consecuencias que se siguieron de estos apurados sucesos, son de la mayor relevancia. El golpe de fuerza rápido, seco y eficaz aplicado por los chilenos, resolvió, de una vez, la disputa, antes siquiera de que ésta fuese declarada oficialmente. Los chilenos se adjudicaron, por la vía de los hechos, toda el área minera de la provincia de Antofagasta, sin destruir ninguna instalación, sin alterar en lo más mínimo el funcionamiento de las empresas.

Campaña Maritima (mayo a octubre de 1879):

Entre ambos bandos, existía un relativo equilibrio en su poderío naval. Bolivia carecía de Armada. Pero, Perú y Chile habían adquirido en esta década, como parte del fuerte proceso armamentista que involucró a todos los países americanos, cuatro modernas naves de guerra. Los peruanos contaban con el acorazado Huáscar y la Independencia.· Los chilenos, por su parte, disponían del Blanco Encalada y el Cochrane.

Los aliados tenían una ligera ventaja en cuanto a los armamentos. Sus naves de guerra superaban en capacidad a las chilenas. Pero esa ventaja era sobradamente contrapesada por el mayor grado de profesionalismo de los marinos nacionales. No hay que olvidar que una parte significativa de la tripulación de los barcos de guerra peruanos se había compuesto tradicionalmente de marinos chilenos. Al vislumbrarse la posibilidad de la guerra, el Gobierno peruano había decidido expulsar de ese país a los marinos chilenos, mermando seriamente su poderío naval.

El dominio de los mares se resolvió, finalmente, en dos encuentros, que tuvieron lugar en mayo y octubre de 1879. El desenlace del primer enfrentamiento a gran escala fue curioso: el almirante, Juan Williams Rebolledo, había decidido resolver, de una sola vez, la disputa por los mares, dando un golpe directo, vigoroso, a la Armada peruana, que éI suponía en las inmediaciones del puerto de Callao, frente a la ciudad capital de Lima. Envió al grueso de la Escuadra nacional con destino al Callao, dejando a dos naves menores y a bastante maltraer -la Esmeralda y la Covadonga-, a cargo del bloqueo del principal puerto del enemigo en la provincia de Tarapacá: Iquique. Pero, su apreciación demostró ser profundamente errada, pues la Armada peruana se encontraba bastante más al sur de lo que éI suponía. El 21 de mayo, los dos principales barcos de guerra peruanos, dirigidos por el más talentoso marino de ese país, Miguel Grau, ingresaron a la rada de Iquique. Allí se toparon con las dos frágiles embarcaciones chilenas. El monitor Huáscar (1.130 t) destruyó en unas pocas horas a la Esmeralda (850 t), que, por su lentitud, no logró escapar. La Independencia (2.000 t), por su parte, inició la persecución de la pequeña corbeta Covadonga (412 t), que logró huir hacia el sur. Carlos Condell sabía que un enfrentamiento directo equivalía al suicidio; condujo su nave pegada a la costa, con el propósito de hacer encallar a su rival. Al llegar a la altura de Punta Gruesa, algunos kilómetros al sur de Iquique, la nave peruana se acercó más de lo conveniente a la costa y varó. En completa indefensión, pudo ser cañoneada por la Covadonga hasta quedar totalmente inutilizada.

El balance para los chilenos fue muy positivo. Habían ganado su primer héroe, Arturo Prat, cuestión muy relevante desde un punto de vista anímico en una guerra. Pero, por sobre todo, habían destruido el 50 por ciento del poderío naval de su enemigo, a cambio de una nave bastante antigua.

Desde ese momento, el lance ya estaba resuelto. Sólo restaba dar alcance al Huáscar para terminar por completo con la presencia peruana en los mares. No resultó fácil, pues el hábil almirante Grau eludió la persecución durante varios meses. El Huáscar, en forma heroica y casi suicida, se internó en territorio dominado por chilenos, atacó puertos y naves, hasta que el 8 de octubre de 1879, en Punta Angamos, a la altura de Mejillones, fue sorprendido por los blindados Blanco Encalada y Cochrane, que dieron cuenta de él. La captura del Huáscar significó la destrucción total del poder naval peruano.

Campaña Tarapaca (noviembre de 2879 ajunio de 3880):

El paso siguiente, según los estrategas chilenos, debería ser la ocupación de la provincia peruana de Tarapacá. Se preparó y armó, con gran celeridad, un contingente de 10.000 hombres en Antofagasta, bajo el impulso del ministro de Guerra, don Rafael Sotomayor. El 2 de noviembre de 1879, se produjo el desembarco de esa fuerza en el puerta de Pisagua. Luego, se libraron las batallas de Dolores (19 de noviembre) y de Tarapacá (26 de noviembre).

El general peruano, Juan Buendía, producto de las sucesivas derrotas, hubo de replegarse a Tacna y Arica con las tropas sobrevivientes.

En sólo un mes la provincia de Tarapacá había corrido el mismo destino que la de Antofagasta: fuerzas chilenas, inferiores en número, se habían impuesto en operaciones relámpago.

Los resultados de la guerra provocaron un verdadero sismo político en los países aliados. En Perú fue depuesto el Presidente Mariano Ignacio Prado, y asumió Nicolás Piérola; en Bolivia, Narciso Campero derrocó a Hilarión Daza. La debilidad política que evidenciaban los aliados, contrastaba, en cambio, con la notoria estabilidad del sistema político chileno, que funcionó sin contratiempos, permitiéndose incluso el lujo de elegir, en medio de la guerra, un nuevo Presidente, dentro de un clima de calma total. Probablemente, una de las razones de mayor peso que explican la efectividad militar (y económica) de los chilenos radique en la solidez de su Estado de derecho; la firmeza de sus instituciones y la calidad de su clase política permitieron a los chilenos disponer de una mayor capacidad para canalizar los esfuerzos colectivos de la sociedad, que enfrentó como un todo esta aventura. Chile, luego de tan promisorios resultados, decidió proseguir con su avance. Se organizó una nueva fuerza de ocupación, cuyo objetiva eran las provincias de Arica y Tacna.

A comienzos de 1880, desembarcaron 13.000 chilenos en los puertos de Ilo y Pacocha. Luego de un penoso y largo avance, se libró la batalla de Tacna (26 mayo 1880). Arica quedaba enteramente rodeada por fuerzas enemigas y su caída era inminente. La ciudad fue sitiada, y, finalmente, se produjo el asalto a su principal fortaleza, El Morro, bajo la conducción del coronel Pedro Lagos (7 junio 1880).

Después de la batalla de Tacna, Bolivia no prosiguió la guerra, y los restos de su Ejército volvieron al altiplano, dejando solo al Perú, y rompiendo, de hecho, el pacto de asistencia recíproca que los unía. Cesaba de esta manera la participación boliviana en la guerra.

Con posterioridad a la segunda campaña terrestre, se realizó la “Conferencia de Arica”, en octubre de 1880, con la mediación de los Estados Unidos. La guerra parecía haber llegado a su término, con clara victoria para los chilenos, y era necesario negociar su conclusión. Desde el punto de vista chileno, no tenía ningún sentido proseguir con ella, pues aquello por lo cual se había peleado -las riquezas mineras del desierto- ya había sido obtenido. Los representantes de los países beligerantes se reunieron en Arica, a bordo de la fragata norteamericana Lackawanna. El plenipotenciario chileno, Eulogio Altamirano, exigió la cesión definitiva de los territorios situados al sur de la quebrada de Camarones. Su proposición fue rechazada por los delegados de Perú y Bolivia. La falta de entendimiento sobre este punto hizo necesario persistir, en un esfuerzo inútil y entera mente evitable, todavía por tres años más, en una guerra ya resuelta.

Campaña de Lima (noviembre de 1880 a enero de 1881):

Terminadas las negociaciones, Chile comenzó a planificar un nuevo avance: la campaña de Lima, que tuvo lugar entre noviembre de 1880 y enero de 1881. A fines de 1880, partieron de Arica 25.000 combatientes, al mando del general, Manuel Baquedano, con la misión de ocupar Li ma. Desembarcaron en Pisco, acampando, luego, en el valle de Lurín, a 30 kilómetros al sur de Lima. El 13 de enero de 1881, los peruanos fueron derrotados en la bata I la de “Chorrillos”; y, el 15 de enero de 1881, otra vez, en la batalla de “Miraflores”. Lima se rindió incondicionalmente al Ejército chileno, el 17 de enero de 1881. El puerto de El Callao corrió igual suerte al día siguiente.

Una fuerza de ocupación, dirigida por el almirante, Patricio Lynch, conocido como el “Ultimo Virrey”, se hizo cargo de Lima. Los restos del Ejército y las autoridades peruanas se replegaron a la sierra,y organizaron una resistencia que se mantendrá todavía durante dos años.

Campañas de la Sierra (junio 1882 a julio 2883):

La existencia de fuerzas peruanas irregulares en la sierra, obligaron al Ejército chileno a acometer la que tal vez haya sido su tarea más ardua. El Presidente Piérola, y el coronel Andrés Cáceres, habían organizado una suerte de guerra de guerrillas, en terrenos de muy difícil acceso. A los soldados chilenos, que habían experimentado hasta ahí modalidades más convencionales de enfrentamiento, les costó mucho adecuarse. Hubo tres combates principales. En el de Sangra (26 y 27 junio 1881)y de La Concepción (9 y 10 julio 1882), el balance fue adverso para las fuerzas chilenas. Este último, eso sí, tuvo el mérito de ampliar la galería de héroes nacionales. Una pequeña partida de 77 hombres, dirigidos por el capitán Ignacio Carrera Pinto, resistió hasta morir el ataque de fuerzas muy superiores.

Finalmente en el combate de Huamachuco, el 10 de julio de 1883, la División del coronel, Alejandro Gorostiaga, derrotó definitivamente a las montoneras de Cáceres, el caudillo peruano más hostil a la ocupación chilena. Lo que permitió entablar las negociaciones definitivas para la paz. Con esa batalla termina la guerra del Pacífico. En términos de derecho internacional, la conclusión definitiva de los temas que dejó abiertos la guerra tomará mucho más tiempo.

En 1883, Chile y Perú firmaron el Tratado de Ancón. En este documento, la nación derrotada acuerda ceder en forma perpetua e incondicional la provincia de Tarapacá, comprendiendo en ella desde la quebrada de Camarones, por el norte, hasta el río Loa, por el sur. Pero no quedó resuelto en forma definitiva quien se adjudicaba las provincias de Tacna y Arica. El Tratado previó una solución por la vía plebiscitaria. Chile mantendría su dominio sobre ambas provincias, y, al cabo de diez años, sería el propio pueblo de ellas quien decidiría su destino. Esta solución de trámite tan engorroso no produjo ningún fruto. El plebiscito no llegó a realizarse, y sólo en el Tratado de 1929, que es el que actualmente rige entre ambos países, se zanjará definitivamente la cuestión, quedando concluidas, en sus líneas gruesas, las cuestiones pendientes con Perú: Tacna fue adjudicada a Perú y Arica a Chile.

Al término de la guerra, Bolivia no aceptó firmar un tratado definitivo de límites en el que se estableciera la cesión de la provincia de Antofagasta. La nación altiplánica sólo se avino a firmar un Pacto de Tregua, en 1884, en el que se proclamaban reabiertas las relaciones comerciales y se establecía que el territorio comprendido entre el río Loa y el paralelo 23” continuaría sometido a las leyes chilenas, sin implicar con ello un traspaso territorial. La guerra, formalmente, no había concluido. Sólo en 1904 se firma el Tratado de Límites definitivo, en el que Bolivia renuncia a sus pretensiones sobre Antofagasta, y se fijan las fronteras que separan a ambos países en la actualidad.

Cuadro de resumen:

Fecha

Campaña

Hechos belicos

Protagonistas

Febrero y marzo de 1879

Ocupación de antofagasta por las tropas chilenas

Emilio Sotomayor

1 de marzo de 1879

Bolivia declara la guerra a chile

5 abril

Chile declara la guerra a Peru y Bolivia

21 de mayo de 1879

Marítima

Combate naval de iquique

Arturo Prat y Miguel Grau

8 octubre 1879

Marítima

Combate naval en Punta gruesa

Carlos Condell

2 noviembre 1879

Tarapacá

Desembarco en pisagua

Erasmo Escala

19 de noviembre 1879

Tarapacá

Batalla de Dolores

Emilio Sotomayor

26 de noviembre 1879

Tarapacá

Batalla de Tarapaca

Eluterio Ramirez

26 mayo 1880

Tacna

Batalla de Tacna

Manuel Baquedano

7 junio 1880

Tacna

Toma del Morro de Arica

Pedro Lagos

22-27 octubre 1880

Tacna

Conferencia de Arica

Eulogio Altamirano

13 enero 1881

Lima

Batalla de chorrilos

Manuel Baquedano

15 enero 1881

Lima

Batalla de Miraflores

Manuel Baquedano

26 y 27 junio

Sierra

Combate de Sangra

Jose Luis Araneda

9 y 10 junio 1882

Sierra

Combate de La Concepción

Ignacio Carrera Pinto

10 julio 1883

Sierra

Combate de Huamachuco

Alejandro Gorostiaga

Consecuencias de la guerra

del Pacifico

  • El desenlace victorioso de la guerra repercutió finalmente en un alza del valor de cambio de la moneda chilena. Al mismo tiempo la ocupación militar de las salitreras hizo que se incrementara la producción y, por consiguiente, la recaudación por derechos de aduana. Por otra parte, la conclusión de la guerra determinó que bajaran los tipos de interés, de lo que se beneficiaron los agricultores y los deudores en general. Los bancos contribuyeron a esta situación de bonanza económica ampliando sus márgenes de crédito.

Durante la contienda, el gobierno peruano había emitido pagarés hipotecarios denominados «certificados», que fueron adquiridos por numerosos extranjeros, quienes los conservaron.

Al finalizar la guerra el gobierno de Santa María los reconoció, entregándoles las salitreras a bajo precio. Uno de estos potentados y negociantes fue John Thomas North, quien llegó a dominar prácticamente toda la actividad económica de Tarapacá a partir de 1885.

  • Chile consolidó su presencia en el norte del país al aumentar su territorio, pasó a ser considerado como una potencia sudamericana y adquirió importantes zonas salitreras, aunque su explotación quedó en manos de inversionistas extranjeros.

  • La prueba fue favorable a los chilenos debido en gran parte a la superior conducción militar de las operaciones y a la notable capacidad guerrera del pueblo chileno, el que se transformó, en breve lapso, en un compacto y disciplinado conjunto de soldados profesionales en los campos de batalla. En efecto, todos los chilenos jóvenes de cualquier profesión, dejando de lado sus labores e intereses personales, se integraron desde el primer momento al Ejército en defensa de la Patria. El triunfo de los nuestros se caracterizó por ser alcanzado a costa de heroísmo y sacrificios inigualables por parte de toda la tropa, guiados sabiamente por oficiales de todos los grados. Entre ellos, que son muchos, destacamos al General Manuel Baquedano, sin dudas, el vencedor de la guerra; al General Justo Arteaga, a quien correspondió organizar el Ejército de Operaciones del Norte, en Antofagasta; el Coronel Alejandro Gorostiaga, cuyo triunfo en Huamachuco obligó al enemigo a firmar la paz; al Teniente Coronel Eleuterio Ramírez y al Capitán Ignacio Carrera Pinto, quienes con el heroico sacrificio de sus vidas en la Batalla de Tarapacá y en el Combate de la Concepción, respectivamente, reafirmaron para siempre, una doctrina institucional rigurosa en su código de honor, que se mantiene inalterable hasta nuestros días.

  • Los acuerdos de paz

Tratado de Ancón:

Se firmó en 1883 entre Chile y Perú. El aspecto más importante que dispuso fue la entrega definitiva a Chile, por parte Perú, de la provincia de Tarapacá. Las provincia de Tacna y Arica quedaron bajo la tutela chilena por diez años. Luego de este tiempo, un plebiscito realizado entre sus habitantes establecería qué país se quedaría con esos territorios.

Tregua con Bolivia:

Acuerdo firmado en 1884; estableció que el territorio comprendido entre el río Loa y el paralelo 23 quedaría bajo la administración del gobierno chileno, mientras que Bolivia tendría acceso a los puertos de Arica y Antofagasta, para poder sacar sus productos al mar, quedando establecida una tregua indefinida.

Ambos tratados dejaron muchas cosas pendientes. Ellas fueron aclaradas en dos tratados, firmados en 1904 con Bolivia, y 1929 con Perú.

Tratado de 1904:

Estableció, a perpetuidad las fronteras entre Chile y Bolivia. El territorio de Antofagasta quedó para Chile. A cambio de esto, nuestro país se comprometía a construir un ferrocarril que uniera las ciudades de Arica y La Paz. Asimismo, se concedió a Bolivia el más libre tránsito de mercaderías a través de territorio chileno.

Tratado de Lima (1929):

De acuerdo al Tratado de Ancón, debía realizarse un plebiscito para determinar qué país quedaba como soberano de Arica y Tacna. Sin embargo, pasaron los 10 años acordados, y esta consulta popular nunca se realizó, pues ambos gobiernos no se pusieron de acuerdo. El asunto fue sometido al arbitraje de Estados Unidos. Esto tampoco dio resultado, y finalmente se firmó el Tratado de Lima. Este acuerdo estableció que Tacna quedaba bajo soberanía peruana, y Arica bajo la chilena. La línea divisoria que constituiría la frontera entre Perú y Chile se denominó Línea de la Concordia, una demarcación distante diez kilómetros al norte del puente del río Lluta y paralela a la línea del ferrocarril que une Arica y La Paz. Además, Chile pagó al Perú seis millones de dólares como cumplimiento al artículo sexto del Tratado.

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