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Geografía


Estructuras Territoriales. Sistema Productivo. Declive de las Actividades Agrarias y Pesqueras. Reestructuración de la Industria. Actividad y Espacios Turísticos. Población Española. Caracteres de Poblamiento. Sistema de Transportes y Comunicaciones



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ÍNDICE

TEMA I: ETAPAS Y CONDICIONANTES EN LA CONFIGURACIÓN DE LAS ESTRUCTURAS TERRITORIALES


TEMA I: ETAPAS Y CONDICIONANTES EN LA CONFIGURACIÓN DE LAS ESTRUCTURAS TERRITORIALES

El progreso económico de la humanidad en los últimos doscientos años se ha apoyado fundamentalmente en los incrementos de productividad conseguidos en el sector industrial que han revolucionado las condiciones de producción en los otros sectores, obligándolos a emprender el camino de la modernización. Hay que tener en cuenta el grado de precocidad, intensidad y peculiaridades que definen el movimiento histórico de industrialización propio de cada país. De ahí la utilidad de considerar la evolución de las estructuras productivas y las diversas etapas que pueden diferenciarse, para interpretar las sucesivas transformaciones ocurridas en el modelo de organización territorial español hasta la actualidad

En el proceso industrializador español cabe diferenciar una serie de etapas, aunque los límites temporales resulten siempre discutibles. En la división aquí hay que tener en cuenta que en cada una de ellas el cambio en los indicadores macroeconómicos se sustentó en transformaciones profundas, tanto en las estructuras productivas, pautas de localización, así como en las relaciones sociales, comportamientos demográficos y movilidad de la población.

Así aquí se tratará un primer apartado dedicado a herencias e inercias de la España preindustrial para pasar después a sintetizar los rasgos fundamentales del territorio y sociedad tras el relativo fracaso de la Primera Revolución Industrial. En el Apartado tercero se la situación y evolución del Territorio Nacional Español durante los seis primeros decenios, definidos por un lento despegue económico.

El Plan de Estabilización de 1959 abrió una nueva etapa "la del desarrollismo" que dio lugar a una apertura hacia el exterior y modernización de la economía y sociedad. Una etapa que se prolongó hasta mediados de los años setenta, que algunos han definido como la tercera revolución industrial, medidas a las que conllevó la transición política española y la posterior integración en la Comunidad Europea.

  • HERENCIAS E INERCIA DE LA ESPAÑA PREINDUSTRIAL

  • Un primer hecho a destacar es la escasa población que el territorio español sustentó durante siglos. Los años de malas cosechas o los efectos de las guerras internas o externas desencadenaban la conocida espiral de carestía hambre epidemias sobremortalidad, que estuvo vigente hasta bien entrado el pasado siglo. Este débil poblamiento supuso una rémora para el crecimiento económico.

    Pero la propia evolución demográfica es indisociable de una estructura económica dominada por el sector agrario (66% de la población activa en 1797). La vida del campesinado se vio frenada por dos tipos de obstáculos: la pervivencia de un fuerte atraso técnico y una débil presencia de regadío.

    Los fenómenos de concentración y amortización de la propiedad de la tierra en España fueron el resultado de dos mecanismos: los repartos de tierra realizados durante la Reconquista y la vinculación (en virtud de la cual unos bienes quedaban asignados a un destino o sujetos a un especial orden sucesorio que los inmovilizaba en manos de determinadas personas, familias o corporaciones). De ese modo, los vastos patrimonios territoriales acumulados durante siglos, especialmente en la mitad sur peninsular por la nobleza, el clero y en ciertos casos los municipios, generaron una fuerte concentración en el dominio de la tierra, que instituciones como el mayorazgo (herencia del primogénito) impedían fragmentar.

    Por contra una amplia mayoría de campesinos subsistía sin apenas capacidad ni incentivos. A ellos se sumaban unos privilegios excesivos de la Mesta, que mantenía extensos baldíos para pasto de una ganadera ovina trashumante, junto con unos malos medios de transporte de los productos cosechados o elevadas cargas tributarias.

    Los primeros proyectos de la reforma agraria se llevaron a cabo en el siglo XVIII destacando el "Informe sobre la Ley Agraria" redactado por Jovellanos. Las resistencias de los grupos privilegiados, abortaron la puesta en marcha de medidas. Tampoco fueron superadas por las reformas liberales del siglo XIX. Las desamortizaciones eclesiásticas y civil promovidas en 1836 y 1855, promovidas por los gobiernos de Mendizábal y Mandoz supusieron la salida al mercado de un elevado volumen de tierras (la superficie cultivada aumento en 4 millones de Ha. en la primera mitad del siglo), pero las condiciones en que ésta se produjo guiada por razones fiscales favorecieron el acaparamiento por parte de los terratenientes y miembros de la burguesía urbana, sin mitigar los agudos contrastes sociales ni impulsar la modernización agraria.

    Desde el siglo XVIII, la crisis estructural del campo se hizo especialmente aguda en ambas Mesetas, al no contar con la posibilidad de importar grano que tenían las regiones litorales ante el mal estado de las infraestructuras viarias. Se produce así una verdadera inversión poblacional de densidades en favor de las regiones litorales, que en 1787 sumaban ya el 58% de los habitantes.

    La crisis urbana, en particular de las ciudades interiores que habían basado su anterior prosperidad en el comercio y la manufactura (Burgos, Toledo, Segovia. Medina del Campo), con la consiguiente ruralización del conjunto, frenan la expansión de la burguesía y de las clases medias, esenciales en desarrollo de la economía capitalista.

    La construcción de plazas mayores, de planta regular, sobre todo en los siglos XVI y XVII, en cuyo entorno se situaban los símbolos de los poderes que dominaban la ciudad (Iglesia, Ayuntamiento y mercado), junto al crecimiento de arrabales extramuros, completaban el tejido urbano.

    Por su parte, el poblamiento rural consolidó unas situaciones regionales muy diversas. Frente a los pueblos de grandes dimensiones y relativamente alejados entre sí, dominantes en la mitad meridional (Andalucía occidental, Castilla la Nueva, Extremadura) se estableció un poblamiento disperso (Galicia, áreas montañosas de la Cordillera Cantábrica, Prepirineo Catalán y algunas áreas mediterráneas de huerta). Entre ambos extremos puede situarse la concentración de pequeños núcleos relativamente próximos: Castilla la Vieja, León, Aragón.

    En este marco demográfico, socioeconómico y territorial comenzarán a hacerse patentes algunos de los impactos derivados del movimiento industrializador que, tanto fuera como dentro de nuestras fronteras, marcaron los cambios esenciales de la pasada centuria.

  • LOS INICIOS DEL PROCESO Y EL FRACASO DE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL DEL SIGLO XIX

  • UNA INDUSTRIALIZACIÓN TARDÍA Y DISCONTINUA

  • La Historia contemporánea de España debe tener presente al retraso relativo con que se inició aquí la Industrialización por comparación con otros países de Europa noroccidental y sobre todo, la atonía imperante durante décadas, que acabaron por situar a nuestro país entre los países de desarrollo tardío que constituyen la periferia continental.

    Tras el profundo estancamiento que para la economía española supusieron las tres primeras décadas del siglo XIX, el segundo tercio conoció los inicios de un proceso de modernización permitiendo cuadruplicar la producción industrial entre 1831 y 1861.

    Junto al desarrollo de la agroindustria en Andalucía y las regiones interiores o del textil lanero y algodonero, principalmente catalán, que en 1860 representaban en conjunto mas del 70% del VAB Industrial español. También se produjo cierta dinamización de la metalurgia y la química, así como los curtidos, calzados, papel, madera.

    La incorporación española a la era del maquinismo, con la puesta en marcha de la primera máquina de vapor en la fábrica algodonera barcelonesa.

    En los años posteriores, el surgimiento de la siderometalurgia asturiana en la década de los sesenta y la vasca en la de los ochenta, modernización de la industria del papel en Cataluña, Guipúzcoa, Alcoy, fabricación de maquinaria también en Cataluña, son hitos de un proceso que generó una creciente desigualdad territorial.

    El otro pilar básico en que se cimentó el crecimiento económico de la época fue la Minería Explotadora, tanto de hierro como de plomo, mercurio, cinc, etc. Así, durante décadas, España se especializó en el contexto internacional como abastecedora de materias primas, poco o nada elaboradas, hacia potencias industriales dominantes, al tiempo que importadora de bienes de equipo, capitales y maquinaria.

    Como resultado de todo ello, en 1900 la población activa industrial no superaba el 15% del total. Andalucía ocupaba una posición destacada con el 19% de los activos en el sector, pero era rebasada por el País Vasco y Madrid. En un plano intermedio habría que situar a Baleares, Valencia o Asturias, frente al vacío casi absoluto del resto de la España interior.

    La existencia de límites internos al Desarrollo del Capitalismo Industrial Español ha sido el argumento mas frecuente para justificar el fracaso de esa Primera Revolución Industrial, junto a la deficiente desamortización del suelo que impidió una efectiva modernización del campo, pueden también mencionarse otros tres tipos de factores:

    • La relativa escasez de recursos productivos, tanto humanos como tecnológicos, de capital e incluso naturales.

    • En segundo lugar, la debilidad mostrada por el mercado de consumo interno ante la estructura social imperante, con un predominio de población campesina poco productiva, así como la difícil exportación ante la débil competitividad empresarial

    • La inestabilidad política que acarrearon las guerras carlistas, los sucesivos golpes militares y la pérdida de las últimas colonias supuso un freno complementario a los anteriores.

    • REVOLUCIÓN DEL TRANSPORTE E INTEGRACIÓN TERRITORIAL

    • La parcial incorporación de España al conjunto de sociedades industrializadas está ligada a la aplicación de la máquina de vapor en el ámbito del transporte, tanto marítimo como, sobre todo, terrestre: la aparición del ferrocarril.

      En el plano geográfico, fueron diversos los efectos generados por la consolidación del ferrocarril, tanto en el transporte de mercancías como de personas. Al aumentar la rapidez y seguridad de los movimientos, junto a la capacidad de carga tuvo lugar una reducción de los costes, aunque el trazado fue esencialmente radial. Se consolidó la posición de Madrid como principal centro de intercambio y redistribución.

      El auge ferroviaria también tuvo diversas limitaciones:

    • Los elevados recursos financieros pudieron haberse utilizado en otros sectores mas rentables

    • El carácter especulativo y apenas planificado de bastantes de esas inversiones.

    • Escaso tráfico en muchas de las líneas.

    • El modesto desarrollo industrial y los limitados avances en la consolidación de una agricultura moderna de mercado, son factores de primer orden para su interpretación.

    • LAS INERCIAS DE UNA AGRICULTURA TRADICIONAL

    • Todavía a comienzos de nuestro siglo mas de dos tercios de la población activa total, se empleaba en la agricultura, tan solo un 15% en la industria y un 18% en los servicios. De ahí la importancia de los fenómenos relacionados con el campo.

      Entre éstos sobresale el de la propiedad agraria, que mantenía en España acusados desequilibrios. Los intentos de reforma agraria se habían sucedido desde Carlos III y se habían mantenido vivos desde entonces. Esta política culminó con la reforma agraria de la Segunda República, que acabó sin resultados prácticos. De ahí que la lucha por la tierra en el sur representó para los braceros el objetivo irrenunciable mientras que en el norte la crisis agraria condujo a los jornaleros e incluso a pequeños campesinos hacia la emigración nacional y ultramarina.

      Corno herencia de esta situación y de una fuerte acumulación de población en el campo se fue generando una presión elevada sobre la tierra, y ello a pesar de un importante éxodo rural, que fue dejando un número de pueblos vacíos o semivacíos.

      Pero esta crisis, potenciada por la pérdida de la últimas colonias, obligó a buscar nuevas respuestas, incrementar las superficies cultivadas, a disminuir los barbechos y a elevar los aranceles, con el fin de defenderse de la competencia exterior.

      El secular atraso y falta de dinamismo agrario se pretendió corregir mediante la Desamortización de los bienes de la Iglesia y de los municipios, pero no fue capaz de superar los obstáculos.

      El impulso roturador, no se acompañó de un impulso técnico de capitalización de las explotaciones agrarias, sino que se basó en la utilización de una mano de obra abundante y barata. El consumo de abono tampoco realizó grandes progresos en el siglo pasado y en el conjunto de la agricultura española el uso de los aperos tradicionales era mayoritario.

      Algo similar ocurría con las estructuras, tanto viarias como hidráulicas. El estado lamentable de los caminos y vías de comunicación dificultaba y encarecía los transportes. En obras hidráulicas tampoco se realizaron grandes avances.

    • CRECIMIENTO Y URBANIZACIÓN DE LA POBLACIÓN

    • Como consecuencia de todo lo anterior, la población española experimentó diversas alteraciones a lo largo de la centuria que pueden resumirse en cuatro fundamentales: un moderado crecimiento de sus efectivos, una aceleración de los procesos migratorios y con ello, de la urbanización, así como ciertos cambios en su distribución regional.

      Entre 1797 y 1900, los residentes en el territorio español aumentaron en más de ocho millones, un 76,5% sobre la cifra inicial. La reducción de las crisis debidas a períodos de hambre, epidemias o guerras estabilizó "las tasas de crecimiento". La esperanza de vida al principio de siglo es de 34,8 años.

      Aunque las migraciones interiores aumentaron en la segunda mitad del siglo al acentuarse la crisis agraria, mejorar las comunicaciones e irse consolidando los focos industriales catalán y vasco, junto al de Madrid, sus efectos fueron aún bastante limitados.

      La importancia relativa tuvo la emigración exterior, dirigida hacia los nuevos países de ultramar y el norte de África, en tanto la destinada a Europa quedaba en segundo plano. Las salidas anuales hacia América del sur, calculadas en 347.000 entre 1882 y 1900 fueron la válvula de escape para un buen número de campesinos procedentes principalmente de Galicia, Asturias y Canarias. Por otra parte los flujos de alicantinos, murcianos y almerienses emigraron hacia Argelia hasta alcanzar los 160.000 residentes en este territorio al comenzar nuestro siglo.

      Hay que tener en cuenta el proceso urbanizador, ya que si en 1857, al realizarse el primer censo oficial de población, solo un 16% de los españoles residía en municipios con mas de 10.000 habitantes, calificados estadísticamente como urbanos, tal proporción se duplicó en 1900, pese a lo cual es indudable que la nuestra siguió siendo una sociedad esencialmente rural, tanto si se tiene en cuenta el tamaño de los asentamientos como la economía y cultura dominantes.

      La situación urbana heredada a mediados del siglo XIX mostraba los rasgos propios de una sociedad preindustrial: tamaño y ámbito de influencia reducido, funciones dominantes de carácter comercial, administrativo, portuario o eclesiástico/militar, y una estrecha relación con el entorno rural circundante, lo que explica que el mayor número de ciudades y el mayor dinamismo correspondiera con frecuencia a espacios de próspera agricultura.

      La expansión de la segunda mitad del siglo se concentró en dos tipos de núcleos: Los de carácter industrial (Barcelona, País Vasco) y las capitales administrativas.

      Otros dos cambios de interés fueron el aumento de relación entre las ciudades, que acentúo su especialización funcional y una reorientación del proceso urbanizador en favor de la mitad norte y el litoral peninsular, en detrimento de la España interior.

    • MODERNIZACIÓN ECONÓMICA Y CRISIS EN LA PRIMERA MITAD DE NUESTRO SIGLO

    • La primera mitad del siglo actual en España se caracteriza por un comportamiento dispar, dado que, frente a coyunturas expansivas, se suceden otras represivas, de modo que en conjunto se asiste a una ligera modernización del país, que sólo a partir de los años cincuenta comienza a superar el atraso y los problemas surgidos a raíz de la crisis del 29 y de la guerra civil. Esta etapa termina en 1959, cuando el Plan de Estabilización puso las bases para un cambio estructural del espacio y sociedad españoles.

    • LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN ESPAÑA

    • La atonía industrial que acompaña la crisis finisecular de la economía española y la pérdida de las últimas colonias, se prolongó en el comienzo del siglo actual y ahondo la distancia que nos separaba de los países centrales del sistema, embarcados ya en una segunda revolución industrial. En la década siguiente a la primera guerra mundial se reinició un proceso de crecimiento sostenido, que permitió situar las tasas anuales de aumento de la producción industrial por encima del 5% durante más de una década, pese al declive de la exportación. Se incorporaron de forma progresiva algunos símbolos de la revolución tecnológica del momento, como el automóvil, el avión, el teléfono, la radio.

      El paréntesis que supusieron la recesión económica iniciada en 1929 y sobre todo, la guerra civil, volvió a interrumpir el proceso expansivo, registrándose una tasa media anual de -1,8% para la producción industrial durante el decenio 1931/1940. El aislamiento exterior, la burocratización y los errores de una imposible política autárquica que pretendía basar exclusivamente el desarrollo español en los insuficientes recursos endógenos, retrasaron la recuperación económica posterior, con lo que solo en 1950 volvió a alcanzarse el PIB logrado 20 años antes. La guerra civil debilito a España y el nuevo régimen la apartó del mundo por varios lustros.

      Fue en este medio siglo cuando se consolidaron toda una serie de rasgos estructurales que han marcado la evolución del sistema industrial español en años posteriores, identificados como un modelo de sustitución de importaciones orientado a satisfacer la demanda interna y con fuertes barreras defensivas frente a la competencia exterior.

      Frente a la debilidad mostrada por la burguesía industrial, salvo en casos como el catalán, la presencia de la banca privada, y más tarde, del capital público en la propiedad de las empresas, aumentó de forma general, en coherencia con los rasgos propios de un país de desarrollo medio.

      Si en el primer caso la banca vasca fue pionera en su vinculación a la industria, en el segundo la participación directa se produjo con la creación del Instituto Nacional de Industria en 1941. Los objetivos del INI se centraron en el control de los sectores estratégicos y la industria militar, junto a la sustitución de la iniciativa privada en aquellos otros que exigían cuantiosas inversiones de capital fijo, sólo amortizables a largo plazo.

      Ante el proceso de nacionalización económica, la presencia de empresas multinacionales resultó bastante marginal salvo en los sectores mas avanzados (Siemens, Standard Eléctrica, General Eléctrica Española). La dependencia exterior estuvo mas bien vinculada en este período a la importación de tecnología y bienes de equipo.

    • HACIA LA CONCENTRACIÓN ESPACIAL DEL POTENCIAL PRODUCTIVO

    • En lo referente a la distribución territorial de la capacidad productiva, el crecimiento parece asociado a los contrastes entre los tres vértices dominantes (Cataluña, País Vaso y Madrid) y el resto, entre las regiones litorales e interiores y finalmente, entre las áreas urbanas y rurales.

      Finalmente la incipiente expansión de algunos servicios sociales y del turismo, así como de los empleos en la administración civil y militar, elevaron de forma apreciable el peso relativo de los servicios hasta situarlos en una cuarta parte de la población activa total al final del período. La progresiva concentración en las ciudades, en comparación con los importantes déficit que padecían las áreas rurales, fue uno de los factores que incidieron sobre la aceleración del éxodo rural, aunque menor que las transformaciones producidas en la actividad agraria esos años.

    • LA LENTA MODERNIZACIÓN DEL CAMPO ESPAÑOL

    • En la superación de la crisis de principios de siglo tuvo una importancia destacada la parca recuperación y modernización del campo, con todas sus implicaciones económicas, sociales y espaciales. Se observa una clara recuperación y progreso agrarios desde los últimos años del siglo pasado hasta el inicio de la década de los treinta, en que, a consecuencia de la crisis del 29, se produjo una inflexión a la baja, a ello se sumó la coyuntura recesiva de la guerra civil, que colapsó la evolución positiva precedente, de modo que hasta los años 50 no se consiguieron los niveles técnicos y productivos de preguerra. Solo a partir de finales de los 50 comenzó una nueva etapa que cambió radicalmente el espacio y la sociedad rural.

      Los años cincuenta pueden ser considerados como la etapa dorada de la agricultura tradicional a partir del nombramiento de Rafael Cavestany como ministro de cultura en 1951 y comenzó una fase liberalización de precios y de apoyos y subvenciones a la producción agraria que, unida a la sobreabundante y barata mano de obra, logró reequilibrar las producciones básicas, antes de entrar en la etapa desarrollista; todo ello acompañado de importantes transformaciones técnicas infraestructurales.

      Los sesenta primeros años de este siglo, a pesar de que mantengan viva la agricultura tradicional, introducen avances técnicos significativos, a pesar de que haya un claro atraso en la utilización de maquinaria agrícola y en el consumo de insumos modernos, abonos y semillas seleccionadas sobre todo.

      El incremento del consumo de abonos y la tímida incorporación de maquinaria facilitan el crecimiento de las producciones agrarias a lo largo del siglo, pero junto a estos factores, no se puede olvidar la expansión considerable que alcanzan las infraestructuras hidráulicas, pues es precisamente en estos decenios cuando se construyen, organizan y ponen en funcionamiento el mayor número de embalses, canales y zonas regables del país.

      En suma, durante los años cincuenta hubo un progreso generalizado de la agricultura española, que se acompañó de otras transformaciones importantes, como la repoblación forestal de mas de 1 millón de Ha. Asimismo, durante estos años se potenció la cabaña ganadera, que había sufrido un retroceso enorme en la crisis finisecular. Es evidente que la evolución comentada no afectó por igual a todas las regiones, pues ni las condiciones ecológicas ni las sociales y económicas eran análogas.

      Los desequilibrios estructurales se centraban en el Sur y en el Oeste, donde el cortijo y la dehesa constituían los tipos de explotación predominante. No sucedió lo mismo en Asturias, Cantabria o País Vasco, donde la actividad agraria se pudo combinar con la industria de modo que la agricultura a tiempo parcial favoreció la capitalización de las explotaciones. Por el contrario, las regiones del interior peninsular, mantuvieron una explotación familiar media predominante, basada en los cultivos típicos de los secanos. Finalmente, la España mediterránea cálida, desde Cataluña pasando por Valencia, hasta Murcia, se consolidó en esta etapa como el dominio de la explotación agraria intensiva, apoyada por los cultivos de exportación, principalmente cítricos y hortalizas.

    • EFECTOS SOBRE LA POBLACIÓN Y EL POBLAMIENTO

    • La evolución de la población es un buen indicador de los cambios económicos y sociales experimentados en cualquier etapa histórica, lo ocurrido en España durante la primera mitad de nuestro siglo viene a reforzar esta teoría.

      En primer lugar, se produjo una notable, caída de la mortalidad, cuya tasa anual llegó a reducirse en esos sesenta años a menos de una tercera parte, pese a la epidemia de gripe de 1918 y la guerra civil. Esta tendencia, que se fue afirmando lentamente se vio acompañada por un retroceso de la natalidad, lo que hizo posible elevar las tasas de crecimiento natural hasta valores en torno al 1% anual.

      El excedente de brazos del campo, la creación de empleo en las ciudades y en las obras públicas o la mejora en los medios de comunicación, intensificaron el éxodo rural y los flujos migratorios interregionales. Los tres focos de atracción principales fueron: Madrid, Barcelona y Vizcaya. Así mediante el recurso al método del balance (diferencia entre crecimiento total y crecimiento vegetativo) se estimó de manera aproximada los saldos migratorios provinciales.

      La emigración exterior experimentó una desaceleración al aumentar las restricciones en los países de acogida. La suma de factores que han venido apuntándose intensificó el trasvase de población en favor de las ciudades, que por vez primera en 1950 reunieron un volumen de residentes mayor que los municipios con menos de 10.000 habitantes.

      Como es lógico suponer, el proceso urbanizador resultó mas intenso en aquellas regiones afectadas por un mayor impulso industrial, lo que explica que las mayores tasas de 1960 se situaran en la cornisa cantábrica, Cataluña y Madrid, siendo también elevadas en la Andalucía occidental, costa mediterránea y valle del Ebro. La aceleración del movimiento urbanizador planteó una creciente necesidad de ordenación del espacio interno de la ciudad.

      El primer tercio de siglo fue especialmente fértil en innovaciones teóricas y normativas. La incorporación de algunas propuestas del urbanismo, como las ciudades jardín según el modelo Howard, y el planteamiento regional de corte anglosajón son las más destacadas. Sobresale como aportación autóctona la propuesta de "ciudad lineal" realizada por Arturo Soria, que con el objetivo de lograr para cada familia una casa, en cada casa una huerta y un jardín, pretendía la urbanización de espacios de baja densidad e interclasistas, articulados por un eje de comunicación (tranvía urbano), en estrecho contacto con el campo circundante, de los que tan solo llegó a realizarse un tramo de apenas 6 Km. en la periferia nororiental de Madrid.

    • APERTURA, CRECIMIENTO Y DEPENDENCIA EN LOS AÑOS DE DESARROLLISMO

    • Frente a las etapas anteriores, en las que la sociedad y el espacio españoles evolucionaron lentamente, en esta nueva fase que comprende el periodo 1960-1975 se produjo una aceleración de los cambios apuntados, que comenzó con la apertura de nuestras fronteras al exterior y siguió con la integración plena de la economía en el contexto internacional. Auge en la movilidad de la población, el proceso urbanizador, desequilibrios regionales o la planificación indicativa.

    • LA CONSOLIDACIÓN DEL PROCESO INDUSTRIALIZADOR

    • Los años cincuenta conocieron ya una cierta recuperación del pulso económico y una moderación del aislamiento precedente con la mejora de los abastecimientos exteriores tras la firma del acuerdo con Estados Unidos y la incorporación a los organismos internacionales. No obstante, la ruptura con el modelo autárquico, junto a una relativa liberalización del mercado interior y la plena inserción de la economía mundial sólo se produjeron con el PLAN DE ESTABILIZACIÓN, aprobado en 1959. El ajuste, apoyado por la mayor parte de la burguesía industrial y financiera nacional y contando con organismos internaciones, comenzó a dejar sentir sus efectos en 1961.

      Desde esta fecha y hasta 1974-1975 se registró un período de crecimiento sin precedentes del PIB. Su abrupta crisis en la segunda mitad de los años setenta, al converger el final del ciclo económico con la descomposición del régimen político, supuso el inicio de un proceso de reestructuración.

      En cuanto a la apertura exterior, la incorporación a una economía mundial, que vivía una fase expansiva sin precedentes, supuso un impulso global para la economía española: aumento de ingresos por turismo, emigración de excedentes laborales hacia Europa como válvula de seguridad frente al paro, transferencias de capitales generadas por esos emigrantes, aumento de la exportación al devaluarse la peseta, etc. Pero el efecto mas significativo fue, sin duda, el rápido incremento de la inversión extranjera directa mediante la instalación de un buen número de empresas multinacionales.

      Pero buena parte de la expansión y del cambio estructural debe vincularse directamente a la actuación de las empresas de capital nacional, que continuaron siendo ampliamente dominantes en el conjunto, y que debieron evolucionar para adaptarse a la nueva situación.

      El INI perdía el peso de su anterior protagonismo en la política industrial, sin embargo, el aumento en el consumo de manufacturas privado y público (viviendas, infraestructuras, etc.), la existencia de crédito barato, un estricto control político de la fuerza del trabajo o diversos incentivos fiscales y financieros que cristalizaron en los Planes de Desarrollo de 1964, crearon un marco que animó a la inversión empresarial.

      Se produjo un fuerte incremento del consumo energético en esos años. Progresiva sustitución del carbón por los hidrocarburos. Tampoco puede olvidarse los importantes efectos económicos y territoriales generados por el auge turístico iniciado en esos años. También se elevó el turismo interior.

      El auge turístico se integra en un proceso más amplio de avance hacia una economía de servicios. Junto a una rápida evolución en las pautas culturales y de comportamiento tuvieron lugar importantes cambios sociolaborales, con ampliación de las clases medias y del proletariado urbanos.

      El crecimiento económico también acarreó transformaciones demográficas, con una progresiva moderación de las tasas anuales de mortalidad general y sobre todo, mortalidad infantil, en tanto las de natalidad se mantenían prácticamente constantes con lo que, dentro de la peculiar transición demográfica española, entre 1956-1965 se alcanzaron los mayores crecimientos vegetativos del siglo, algo superiores al 1% anual. Este baby boom español, asociado al aumento de la nupcialidad y fecundidad que propició la mejora económica, se convertiría en factor de presión sobre el mercado de trabajo en los años ochenta ante el elevado número de jóvenes que alcanzaron la edad activa en esas fechas.

    • CRISIS DE LA AGRICULTURA TRADICIONAL Y MODERNIZACIÓN DEL CAMPO.

    • Los años del desarrollismo, entre 1960 y 1975, supusieron para la agricultura española un vuelco total de las condiciones en que se desenvolvía, transformándose radicalmente todos los elementos del espacio, sociedad y la economía agrarias. El proceso industrializador desencadenó los cambios iniciales, demandando mano de obra industrial, que procedente del campo, emigró hacia la ciudad en busca de mejores condiciones de vida.

      Al mismo tiempo, se fueron abandonando producciones tradicionales excedentarias y potenciando otras demandadas por una población que cambió su dieta tradicional de cereales y legumbres por otras mas ricas, que añadía leche, carne, frutas y hortalizas a las producciones básicas. La explotación agraria, mejor equipada y tecnificada, se fue agrandando y adaptando a la demanda del mercado nacional e internacional, de modo que el campo español quedó así completamente renovado, la edad media de los trabajadores se elevó, excesivamente equipado, con unas explotaciones pequeñas, que producían a costes mayores de los del mercado internacional. Eran la cara y la cruz de la agricultura española: una modernización evidente, pero con claras disfuncionalidades, como lo pone de manifiesto la tremenda caída de la agricultura en el PIB. Así la década de 1950 supuso la etapa dorada de la agricultura tradicional. A partir del ingreso en la Comunidad comienza una nueva fase.

      El fenómeno arranca, pues, del éxodo rural y de la consiguiente mecanización, desencadenado a partir del proceso industrializador. Éxodo y mecanización modificaron las bases de la agricultura tradicional que se vio obligada a adaptarse a las nuevas realidades. Las producciones, superficies y el comercio agrarios cambiaron de signo. Las producciones tuvieron que responder a una demanda más exigente y voluminosa, tanto por el cambio de la dieta tradicional como por la gran afluencia de turistas. Las superficies cultivadas se reorientaron a las necesidades y exigencias de las máquinas y del mercado; el comercio exterior se hizo subsidiario de las producciones internas, aportando gran cantidad de piensos para una ganadería que se modernizaba aceleradamente.

      Se abandonaron muchas tierras no mecanizables y se roturaron otras, creció a un ritmo vivo el regadío y disminuyó el barbecho, incremento las frutas y hortalizas en la España mediterránea cálida y valle del Ebro y los de uva, girasol patata, maíz y trigo, del que se produjeron excedentes en 1967. A partir de este año el trigo cede extensión a la cebada. En los cultivos industriales se incrementaron las producciones como la remolacha y se produjo una auténtica explosión en el girasol que fue expandiéndose desde el sur hacia el norte de España.

      La ganadería también conoció asimismo una expansión sin precedentes, tanto la de bovino como la de porcino y aviar. El único ganado de renta a la baja fue el ovino y el caprino. La ganadería de equino se hunde presionada por la mecanización.

      Ante estos cambios profundos de las producciones y superficies agrarias, se modifica también el comercio exterior, para adaptarse a una nueva demanda. Si tradicionalmente España había sido exportadora de productos agrarios y en 1960 los productos alimenticios representaban un 53,2% del valor exportado, en 1975 habían caído al 21,7%.

      La denominada “Política de Estructuras" se orientó a la labor concentradora, que se consideraba indispensable para la modernización del campo. La concentración hizo cambiar la mentalidad del agricultor, que pasó a considerar la tierra como un bien económico, más que como un patrimonio y atributo familiar del que no se podía desprender.

      En cuanto a las infraestructuras, la ampliación, mejora y extensión del regadío continuó siendo la clave. El Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario (IRYDA) logró poner en marcha diversos planes, que elevaron la superficie regada desde 1.828 a más de 3 millones de Ha., distribuidas por todo el territorio nacional, aunque con predominio claro en la España mediterránea cálida y valles o cuencas de los ríos.

      A pesar del indudable progreso del regadío y de todas las transformaciones del campo español, las estructuras agrarias básicas (propiedad y explotación) no cambiaron suficientemente. Las modificaciones en la propiedad agraria no tuvieron demasiada importancia, pues el número de propietarios continuo siendo muy elevado y muy parco el tamaño de la propiedad. En realidad, el tamaño medio en la primera mitad de los ochenta está en torno a "1 Unidad Agraria Tipo", o sea, unas 65 Ha. equivalentes de secano, aunque la disparidad dimensionales sean enormes.

      Durante los años sesenta y setenta se echan pues, las bases de la agricultura moderna en España que ha conocido una crisis profunda para adaptarse a un nuevo modelo económico: el propio de un país industrial de Europa occidental que ha obligado a reducir tremendamente el empleo en el campo, a incrementar el tamaño de la explotación, a tecnificarla y modernizarla, a producir a costos competitivos, etc.; hechos que han provocado cambios drásticos y adaptaciones insuficientes a la nueva realidad social y económica del país. Los años posteriores a la crisis mundial de 1973 no supusieron más que una fase de estancamiento y adaptación a las coyunturas, una especie de freno a la crisis general del campo, aunque ya en los años ochenta se cambió el rumbo de la política agraria para empezar a adaptarse a la normativa de la Comunidad Europea.

    • DE LA POLARIZACIÓN ESPACIAL A LOS PROCESOS DE DIFUSIÓN.

    • La consolidación de una sociedad plenamente industrializada, tanto en lo económico como en los aspectos socioculturales o demográficos, supuso una paralela profundización de los procesos polarizadores, dominantes desde el pasado siglo.

      No obstante, se vio contrarrestada por el desarrollo de procesos difusores que favorecieron el trasvase de actividades y población hacia ciertos ejes, ciudades medias, etc. contribuyeron eficazmente a lograr una mayor integración del sistema territorial español.

      Las tendencias concentradoras fueron visibles, inicialmente, en la industria con el reforzamiento de aquellas áreas que ya contaban con una mayor densidad fabril, si bien se inició el debilitamiento de algunas monoespecializadas como Asturias.

      Su constatación puede hacerse en tres planos sucesivos y complementarios:

      • A escala regional Cataluña, País Vasco, Madrid y Comunidad Valenciana, aumentaron su presencia en la población activa industrial española del 51,1% en 1955 al 60,5% en 1975, frente al declive continuado de Andalucía, las dos Castillas, Galicia e incluso Asturias. El progresivo desplazamiento de la actividad industrial hacia el cuadrante nordeste peninsular permitió a algunos autores proponer la hipotética diagonal Castropol (Oviedo) - Cartagena como divisoria entre la España fabril y la agraria.

      • Al reducir la unidad de observación, los contrastes se agudizan, pues si en 1955 las cinco provincias mas industrializadas reunían el 44% de la producción y empleo en el sector, dos décadas después superaban ya la mitad del total.

      • En el plano urbano, las ciudades con mas de medio millón de habitantes duplicaron efectivos industriales, mientras que las situadas entre 200.000-500.000 habitantes lo hicieron en un 80%, los núcleos que no alcanzaban los 20.000 habitantes sólo crecieron en un 43%, muy debajo del 69% correspondiente al promedio español.

      Estas tendencias centrípetas se vieron complementadas, aunque sólo parcialmente compensadas, con el inicio de un proceso difusor desde las áreas mas saturadas hacia su entorno próximo. Esta tendencia que se inicio en los focos tradicionales catalán y vasco, dio origen a la formación de verdaderos ejes de desarrollo, principalmente en el valle del Ebro y litoral mediterráneo, con algunas ciudades como Vitoria, Zaragoza, Valencia o Alicante en rápida expansión. Frente al contraste litoral interior, la concentración en el triángulo Barcelona-Madrid-Bilbao, se fue definiendo con progresiva nitidez una “Y" en rápida expansión que enlazaba los litorales cantábrico y mediterráneo a través del Ebro. En posición excéntrica quedaban otros focos como Valladolid, Avilés, Gijón. al tiempo que se acentuaba la evolución regresiva del resto.

      El efecto multiplicador de la industria sobre los servicios, destinados tanto a la producción como a una población que elevaba su renta, junto a la crisis de la agricultura tradicional, aceleraron el trasvase del campo a la ciudad y de las regiones agrarias a las industriales hasta límites extremos, agravando el despoblamiento de extensos territorios.

      En los años sesenta, unos 2,6 millones de personas abandonaron su provincia de residencia, en tanto que 1,4 millones se desplazaba de unos a otros municipios dentro de las mismas. Respecto a la emigración exterior, el cambio esencial fue la sustitución del tradicional flujo ultramarino, por el destinado a los países europeos. La emigración entre 1962/1976 ascendió a mas de 1 millón de personas, al que debe sumarse otro millón y medio con un carácter temporal (principalmente hacia la vendimia francesa), lo que supone una cifra muy importante que vino a aliviar las presiones que sobre el mercado de trabajo supuso el Plan de Estabilización y la acelerada desagrarización posterior.

      Sus destinos fueron Suiza, Alemania y Francia, donde fueron a ocupar por lo general puestos de escasa cualificación. Si bien es cierto, que la emigración supuso la entrada de divisas y transferencias de capital tampoco puede ignorase, la descapitalización humana y el envejecimiento de amplios espacios, privados así de lograr un cierto desarrollo endógeno, el consiguiente aumento de la desigualdad territorio, el desarraigo social y familiar padecido por algunos de los implicados, o los problemas de la vivienda y déficit de equipamientos para muchas ciudades que recibieron la avalancha migratoria.

      La urbanización de la sociedad española, es el último tipo de transformación a mencionar. No solo aumentó el número de municipios por encima de 10.000 habitantes, sino que además el crecimiento resultó superior en las ciudades de mayor dimensión dando origen a la formación de verdaderas áreas metropolitanas.

      En el interior de las ciudades tuvo lugar una profunda transformación de su morfología y estructura interna, a veces con destrucción de un patrimonio arquitectónico de inestimable valor.

      Pero lo más representativo, sin duda, de esos años fue la rápida expansión de las periferias urbanas para acoger los nuevos contingentes de población en grandes polígonos de viviendas, de iniciativa privada o pública, escasamente integrados y con frecuentes insuficiencias en materia de equipamientos.

      Todo este conjunto de tendencias, comenzó a verse alterado a partir de los años setenta, iniciándose un período de cambios acelerados que llega hasta la actualidad.

    • EL SIGNIFICADO DE LAS INFLUENCIAS EXTERIORES Y DE OTROS CONDICIONANTES INTERNOS

    • No puede finalizarse esta presentación de factores explicativos del presente sin aludir con brevedad a otros condicionantes complementarios, no asimilables con facilidad a la periodización utilizada.

      La influencia ejercida por lo que pueden calificarse como infraestructuras físico-naturales y superestructuras político-institucionales constituye referencia obligada, a la que parece conveniente incorporar un comentario acerca de las cambiantes influencias procedentes del exterior, centradas sobre todo en los efectos del proceso de integración europea que tantos y tan diversos impactos está derivando.

    • EL PESO DE LOS FACTORES ECOLÓGICOS DE LA ORGANIZACIÓN ESPACIAL

    • Es evidente que el espacio físico representa algo mas que un mero soporte de la actividad económica y que dicha actividad se adapta en cierto modo al medio ecológico, en cuanto quiere aprovechar su potencial. Así, un relieve accidentado y con grandes desniveles dificulta los intercambios y la articulación e integración regional al igual que los climas fríos o áridos dificultan el aprovechamiento agrario. Sin embargo, todos estos factores se superan cuando existen recursos cuya explotación económica compensa los gastos necesarios para su puesta en funcionamiento.

      En este sentido, España cuenta con un potencial ecológico considerable, aunque dispar y no suficientemente aprovechado, en función de las propias dificultades, como la elevada altitud, la escasa accesibilidad de extensos territorios, climas contrastados, etc.

      Situación planetaria entre 36º latitud norte en la Punta de Tarifa y 43º47 N de la Estaca de Bares, confiere al territorio español una primera singularidad: clima templado. Este fenómeno se ve potenciado por su posición suroccidental en el continente eurasiático, con lo que hace de encrucijada entre éste y el africano, sirviendo de puente de influencias dispares, tanto biogeográficas como culturales.

      Por otro lado, la posición entre dos grandes masas de agua, con importantes precipitaciones que caen sobre las regiones noroccidentales, incrementadas por los relieves montañosos. También con los contrastes térmicos entre un océano templado y un mar cálido. Estos aspectos unidos al gran desarrollo de las costas, potencian la importancia de la pesca como actividad económica. El clima de estas latitudes es básicamente mediterráneo, con predominio de los vientos del Oeste, excepto en el caso de Canarias, afectadas por los alisios.

      En principio existen dos dominios climáticos, de los que el Mediterráneo ocupa la mayor parte y el Atlántico que se extiende por Galicia y el norte. El ámbito mediterráneo se distingue ante todo por la aridez estival que dura de 3 a 5 meses, lo que determina un tipo de cobertura vegetal específica, principalmente el encinar. Desde la perspectiva agraria es el mundo de los secanos extensivos, con la denominada trilogía mediterránea (vid, olivo y cereal) y de los regadíos intensivos; el aprovechamiento del agua en verano se convierte, así en una necesidad y en una gran potencialidad.

      Por otro lado, esa aridez estival, ha permitido la explotación de otro recurso de gran trascendencia en la España actual: el turismo. La abundante insolación, unida a la casi certeza del verano seco mediterráneo, junto con otros factores socioeconómicos ha hecho de España la primera potencia mundial por número de turistas, fundamentalmente en la costa Mediterránea.

      Como país mediterráneo, España cuenta también con una serie de riesgos derivados de especialmente las inundaciones de otoño y primavera, lo que ha obligado, sobre todo en la vertiente mediterránea, a regular los ríos mediante embalses, que a su vez, proporcionan el agua necesaria para la puesta en práctica del regadío. Por otro lado, también se producen los riesgos térmicos: olas de frío, sequías, etc.

      La España atlántica que solo ocupa un 20% del territorio, se caracteriza por un clima lluvioso a lo largo del año, bajo el que la hierba (el prado) permanece verde, sin agostarse en verano.

      El relieve supone un elemento más en la organización territorial. España es un país grande, a escala europea con 504.750 Km2. que permite el desarrollo de una cierta diversidad no sólo climática, sino también geológica y por lo tanto, del roquedo y los minerales. Sin embargo no aporta abundancia de recursos minerales, más bien escasos, sobre todo, en lo referente a energía, ya que no cuenta prácticamente con petróleo y el carbón se localiza en vetas estrechas y muy fracturadas.

      Su extensión se distribuye en un conjunto de tierra altas predominantes (altitud media de la Península Ibérica 660 m). Esta elevada altitud hace un conjunto de tierras frías, de acusados rigores invernales, que dificultan seriamente las comunicaciones, los intercambios y la integración regional.

      Como país predominantemente mediterráneo, España cuenta con un clima de prolongada insolación anual, pero dada su aridez estival, necesita el concurso del agua, embalsada, explotada y distribuida artificialmente para aprovechar adecuadamente dicho potencial.

      La escasez de cobertura arbórea, que en estado de monte alto no representa mas que un 8,6% del territorio nacional, es fiel reflejo de la pobreza en precipitaciones, a pesar de que las deforestaciones y roturaciones hayan reducido enormemente la cubierta vegetal climática y por más que la España atlántica conserve aún importantes masas de coníferas y frondosas en buen estado.

    • INCIDENCIA DE LA ORGANIZACIÓN POLÍTICO-ADMINISTRATIVA DEL TERRITORIO

    • Puede afirmarse que la naturaleza del poder político requiere varios elementos: un ente o lugar donde se producen las decisiones, un ámbito en el cual se pretende que éstas tengan vigencia y unos órganos encargados de garantizar su ejecución.

      En consecuencia, la estructura politico-administrativa del Estado conlleva la formalización de un modelo de organización espacial que suele tener, por lo general, un alto grado de permanencia en el tiempo, manteniendo su vigencia durante períodos muy prolongados y que ejerce diversas formas de influencia sobre otros componentes del sistema territorial. Por tales motivos, la división actual en Municipios, Provincias y Comunidades Autónomas resulta un factor de raíz política pero con una incidencia geográfica que puede ahora resumirse en algunas de sus dimensiones.

      la división provincial resulta de especial interés. Su delimitación propuesta por Javier Burgos en 1833 dividió el territorio en 49 provincias, que ascendieron a 50 en 1927 al desdoblar la antigua provincia de Canarias.

      La pretensión de Javier Burgos fue impulsar la riqueza y el desarrollo, mediante un sistema administrativo centralizado en cada capital de provincia. Se intentó dar a cada provincia cuantos elementos de vida se juzgaban necesarios en aquella época, como suelos de vega, cumbres, ríos.

      La provincia fue asumida pronto y ha llegado a convertirse en una unidad funcional con mas de siglo y medio de vigencia en virtud de la capacidad de gestión administrativa, política y económica desarrollada por las Diputaciones Provinciales creadas en 1836. En una perspectiva geográfica, su significado puede relacionarse con al menos, dos efectos complementarios:

      • Por un lado, la división provincial favoreció desde sus orígenes una polaridad administrativa, comercial y de servicios profesionales o personales en las respectivas capitales, principalmente en aquellas áreas de la España interior donde faltaron otros elementos de dinamización de sus economías urbanas.

      • Por otro, debido a su tradición la provincia resulta un marco espacial condiciona notablemente la propia visión y utilización del territorio. Resulta la unidad básica con la que se confeccionan en la actualidad numerosas estadísticas. Pero resulta, además, la circunscripción electoral con la que eligen tanto el Parlamento español como los Parlamentos Autonómicos.

      En el organigrama administrativo, las provincias aparecen subdivididas en las entidades base que son los Municipios, de los que en 1991 se contabilizaron 8.126.

      Pero la unidad territorial de mayor importancia, tanto en la tradición de estudios geográficos como desde la perspectiva politico-administrativa que ahora interesa, es sin duda, la Región.

      La Constitución de 1.978 consagró el surgimiento del llamado Estado de las Autonomías, constituido por 17 Comunidades. La transferencia de competencias desde la administración central a los gobiernos y parlamentos autonómicos, producida con ritmo e intensidad diversos, ha incorporado así un ingrediente nuevo y cada vez mas necesario para analizar y valorar las políticas sectoriales y territoriales que se aplican hoy en España.

    • LA CRECIENTE APERTURA EXTERIOR: INCIDENCIA DE LA INTEGRACIÓN EN LA COMUNIDAD EUROPEA

    • La Historia de España aparece marcada por la alternancia de períodos en los que domina la apertura a las influencias exteriores con otros de cierre de fronteras, en que cobran fuerza las tendencias aislacionistas. Razones muy diversas, desde las estrictamente económicas a las político-ideológicas, culturales e, incluso, dinásticas subyacen en esas fluctuaciones.

      Con tales precedentes, la reciente integración en la Comunidad Europea supone un cambio cualitativo con relación a situaciones anteriores, pues la progresiva disolución de las fronteras estatales de la actual Europa de los Quince y la mayor movilidad de personas, mercancías, capitales, información o tecnología está forzando un profundo cambio estructural necesario para operar en este nuevo contexto.

      Parece así hoy evidente que frente al aislamiento y autarquía de la posguerra civil la nueva realidad del territorio, sociedad y economía españoles está marcada por la adaptación a las "reglas de juego" vigentes en el interior de la Comunidad Europea.

      El Tratado de Adhesión de España a la CEE significó un paso decisivo para la integración en Europa y, a través de ella, en el resto del mundo. El Tratado se amparó en los diversos contactos y negociaciones precedentes, que cristalizaron en el Acuerdo Preferencial de 1970, el cual supuso un primer paso para la homologación.

      Las duras negociaciones que siguieron, tanto antes como después de la muerte de Franco, evidencian las dificultades existentes entre España y los países de la CEE, hasta que, por fin se consiguió la formalización del Tratado y el Acta de Adhesión, que entraron en vigor en Enero de 1986, obligando a España a la aceptación de la normativa comunitaria referente al establecimiento del mercado único, para lo cual se acordó un período transitorio, que terminaba en 1992, excepto para algunos sectores, como el de frutas y hortalizas (Enero 1996), uno de los mas competitivos y temidos por los otros países comunitarios.

      Pero esta situación se profundizó con la firma del Acta Única en Febrero de 1986, cuyo objetivo era el logro de un mercado interior, es decir "un espacio sin fronteras interiores”. Su entrada en vigor a partir del 1 de Julio de 1987 favoreció la armonización de políticas económicas y sociales, así como de todo tipo de intercambios.

      No obstante, el paso mas importante en este sentido ha sido dado recientemente mediante el Tratado de Maestrich, firmado el 7 de Febrero de 1992, que contempla la Unión Monetaria y la Unión Política como objetivos finales; a lo que se añade, además, la toma de decisiones supranacionales por los organismos comunitarios.

      En una panorámica que presta especial atención a los aspectos geográficos, la integración supraestatal incide sobre los países miembros en cuatro vertientes complementarias, donde la presencia de la Comunidad resulta ya indispensable para interpretar una situación y unos problemas actuales, definidos por:

    • Una creciente especialización regional de la actividad agraria, contraponiendo la especialización ganadera y los pastos, forrajes o cereales-pienso de la vertiente atlántica a la especialización agrícola (frutas, hortalizas, oleaginosas) de la mediterránea.

    • Una progresiva integración de España en el marco de una economía-mundo de carácter global, donde se intensifican los movimientos internacionales de capital y la importancia estratégica de los grandes grupos empresariales, cada vez mas diversificados en su actividad y multilocalizados según una estricta división espacial del trabajo que asigna a cada país o región aquellas funciones para las que ofrece ventajas competitivas según la cantidad, calidad y precio de sus recursos (naturales, humanos, de capital, conocimiento, etc.).

    • Una integración territorial cada vez mas estrecha mediante el fortalecimiento en la densidad y calidad de las redes de transporte y telecomunicación transeuropeas (red de autopistas, autovías, red ferroviaria de alta velocidad, programas ESPRIT, BRITE, COMETT, etc.).

    • Una creciente presencia de los Fondos Estructurales (FEDER, FEOGA, FSE) en la implantación de las políticas de desarrollo regional/local y de la política social/laboral sustituyendo o complementando las competencias tradicionales del gobierno central. La declaración de un área como Región Objetivo 1 (regiones atrasadas), de Objetivo 2 (industrias en declive), o de Objetivo 5b (zonas rurales desfavorecidas), o su inclusión en otras iniciativas de desarrollo (programa Leader) se ha convertido en factor de primer orden para la captación de recursos públicos con estos fines.

    • Los recursos destinados por el Fondo Social Europeo a la lucha contra el desempleo de larga duración o la inserción profesional de los jóvenes suponen apoyos complementarios. Pese a todos, el logro efectivo de una mayor cohesión social y territorial dentro de la CE sigue siendo una de las principales asignaturas pendientes del proceso, con repercusión muy directa en países como el nuestro que se sitúan en la periferia de la Comunidad


      TEMA II: LÓGICA ESPACIAL DEL SISTEMA PRODUCTIVO: EL DECLIVE DE LAS ACTIVIDADES AGRARIAS Y PESQUERAS.

      El espacio agrario, como espacio productivo y económico se adecua a la demanda local, comarcal, regional, nacional o mundial. Por tanto el espacio agrario es cambiable y su organización refleja el tipo de economía agraria que soporta.

      En España se pueden distinguir tres dominios agrarios bien diferenciados:

    • Dominio atlántico o de la España ganadera o de los bosques.

    • Dominio mediterráneo que ocupa la mayor extensión en torno al 80% del territorio. Aquí se distingue un sector cálido conocido como la España hortofrutícola por excelencia y otro fresco y frío.

    • Dominio mediterráneo fresco de la España meseteña interior, con una elevada altitud media, inviernos rigurosos y largos y veranos muy calurosos y secos. Representa un vasto conjunto agrario de gran potencialidad en los regadíos.

    • El espacio total agrario que cuentan estos dominios es de 27 millones de has. SAU, pero únicamente se labran 20,2 millones. Esto supone el 40% de la superficie total, existiendo mezcla de grandes explotaciones y medianas. Todas ellas han conocido un nítido proceso de tecnificación y se ejerce una constante presión social sobre el campo obligando a retirarse a los agricultores.

    • La agricultura española en la Europa comunitaria: la incidencia de la política agraria común.

    • El ingreso de España en la CE se produjo en el momento en que la Comunidad había decidido revisar a fondo su política agraria debido a las disfuncionalidades que habían surgido ante la excesiva protección al agricultor, creando una Europa fuerte capaz de colocar sus productos en mercado internacional, pasando de una situación de desabastecimiento a otro de enormes excedentes.

      Esto hizo que la PAC no aguantara la presión de los elevados costes, que supuso entre un 60 y un 75% del presupuesto comunitario. España ingresó en ella cuando se estaba haciendo balance o reestructurándola.

      Los logros de la Europa comunitaria se basaron en la agricultura, capaz de auto-abastecerse y de exportar cuando la Europa había sido deficitaria en productos agrarios. Estos logros conseguidos a través de organizaciones comunes de mercado (OCM), protegieron al agricultor por las vías de unos precios altos con "prevelements". Con todo esto el agricultor europeo se sintió estimulado para producir más y más, todo este mecanismo favoreció la acumulación de enormes cantidades de excedentes, tanto de mantequilla como de vino, carne, etc., que eran compradas por el FEOGA y vendidas con pérdida en el mercado internacional.

    • EL MARCO DE LA PAC Y SU REFORMA.

    • En el documento de reflexión de la Comisión Europea, del 1 de febrero de 1991, sobre el desarrollo y futuro de la PAC, se hace balance en el que se diagnostican los problemas y se marcan las directrices para su reforma en profundidad; estas directrices debían ajustarse a los acuerdos comerciales en el seno del GATT, los cuales obligarían a nuevas modificaciones.

      El proceso de reforma de la PAC comenzó con la publicación, en 1985, del Libro Verde de la agricultura europea, estableciendo recorte de precios, tasas, cuotas a los productos excedentarios, sobre todo a los lácteos y cereales.

      En el Memorándum de 1985 se propuso:

    • Reducir las producciones excedentarias mediante una política de precios.

    • Elevar eficazmente las rentas de las pequeñas explotaciones.

    • Apoyar la actividad en zonas sensibles

    • Mejorar el medio ambiente evitando su deterioro.

    • Como medidas complementarias, la retirada de tierras (set aside) más la producción extensiva y la jubilación anticipada que no tuvieron éxito.

      Esta política se ha endurecido, impuesta en parte por la presión ejercida por Estados Unidos sobre los responsables comunitarios del GATT, y por todos los fallos descubiertos que son: fuertes excedentes, restitución a la exportación y acaparamientos de las subvenciones por unos pocos.

      En 1992 la nueva PAC pretende, manteniendo los tres principios de unidad de mercado, preferencia comunitaria y solidaridad financiera, adecuar los precios comunitarios abaratándolos y compensar las pérdidas al agricultor mediante subvenciones directas, es decir, premiar las rentas no el producto.

      En ese año, se aprobó la reducción de la superficie cerealista en un 15% y se toman medidas para reducir excedentes de cereales. Nueve son los objetivos de la nueva PAC:

    • Mantener suficientes agricultores.

    • La función productiva y protección del medio ambiente.

    • Desarrollo rural.

    • Equilibrio de producciones.

    • El resto de los puntos se resumen en el estímulo de la competitividad, adecuar los precios a las regiones e impulsar ayudas directas para compensar las pérdidas.

      Todos son acuerdos difíciles de conseguir debido a la presión ejercida por EE.UU. con el acuerdo en el seno de la GATT.

    • LA INCIDENCIA DE LA NUEVA PAC EN EL CAMPO ESPAÑOL.

    • Como apunta Lamo de Espinosa y otros, los agricultores españoles nunca habían vivido una etapa semejante de desconcierto, pues antes de la entrada en la CEE habían invertido grandes sumas ahora resulta que lo que producen carece de mercado. Se les dice que produzcan menos, extensifiquen sus cultivos y se mantengan en un mundo empobrecido para conservar la naturaleza.

      El agricultor está desorientado y desanimado, situación que conoce desde el momento de la adhesión. El tratado recogía, gestionado principalmente por el FEOGA dos vertientes, una de política de precios y otra estructural. Todas estas medidas, principalmente el FEOGA, han trabajado sólo en su versión "precios", jugando negativamente para España.

      En cuanto a la política de "estructuras" se ha hecho muy poco. Las ICM (indemnizaciones compensatorias de montaña) han supuesto propinas. (En 6 años 100 MM. de pta.). La reforma de los fondos estructurales tuvo que ser emprendida antes de 1990. Se pretendió coordinar las acciones de FEDER, FSE y FEOGA financiando el desarrollo de determinadas regiones, entre las que estaban las de Objetivo 1 y las de 5a y 5b.

      Objetivo 1 ocupan más del 75% del territorio español y para ellos se han ido presentando Planes de Desarrollo Regional o de zonas rurales.

      Objetivo 5a y 5b regiones que necesitaban adaptarse o estimular el desarrollo cuentas con menos de 1 Millón de habitantes.

      Para estos objetivos se han presentado Planes de Desarrollo Regional o de zonas rurales.

    • Las estructuras productivas: desajustes internos y externos de las producciones agrarias.

    • Condicionadas por la CEE y GATT se producen una especialización productiva regional y comercial: seguir las actitudes de cada espacio, potencial ecológico demográfico y técnico.

    • CONSUMO, PRODUCCIÓN Y COMERCIO AGRARIOS.

    • España a pesar de contar con una población agraria de las más cuantiosas de la CE, ha sido durante largos años incapaz de satisfacer la demanda interna, debiendo importar grandes volúmenes compensado en parte con la exportación de frutas y hortalizas, aceites, vinos, de manera que desde 1964 el comercio exterior ha sido deficitario.

      Por lo que respecta al consumo, es evidente el cambio experimentado en la dieta alimenticia a favor de los productos proteicos y dejando más al margen los feculentos. El cambio ha sido tan importante que podemos hablar de una modernización de la dieta.

      Aumentan aquellos alimentos que se consideran de mejor calidad desde el punto de vista gastronómico y social. Han descendido el azúcar, patatas, carnes grasas (cerdo). Se ha mantenido el aceite de oliva y los huevos han retrocedido levemente.

      Resumiendo: se observa un estancamiento de la demanda, salvo en productos de calidad con denominación de origen o con cierto grado de elaboración industrial.

      En los valores de PFA, es destacada la participación valorativa del sector ganadero, con un porcentaje del 40%, frente al 50% del forestal y al 55% de la agricultura, que es el grueso productivo.

      En lo anteriormente expuesto entendemos que la agricultura española está minusvalorada pero en términos absolutos, el producto interior bruto agrario a precios constantes se ha multiplicado por 1,49% en 1990, ocupando la tercera posición en la Europa Comunitaria.

      No todas las regiones tienen la misma producción pues difieren bastante unas de otras. El Levante participa con unos elevados porcentajes en la PFA por su producción de frutas y hortalizas. También debemos mencionar a Cataluña como una de las regiones de mayor rendimiento por has. y mayor aportación al PIB nacional.

      El comercio exterior ha variado poco, tanto en cuantía como en dirección. Seguimos exportando hortalizas, frutos frescos, aceites y vinos.

      Importamos maíz y soja, madera, tabaco, textiles, leche y carne. Ha crecido la importación de trigos blancos de la CEE y animales vivos. Disminuye el maíz americano.

      • Las producciones forestales y el estado de los montes.

      Los montes han significado muy poco en el conjunto del producto agrario (4% de PFA) y del que 2,5% corresponde a maderas y el 0,9% a caza y pesca. Adquieren una importancia fisionómica extraordinaria. Por herencias del pasado la imagen de España es la de un país desolado; esto ha influido en la actualidad de cara a la producción forestal, insuficiente porque el grado de autoabastecimiento en madera y leña oscila en torno a un 75%, de modo que cada año se importa alrededor de una cuarta parte de la madera consumida, de ahí el desequilibrio en la balanza comercial agraria.

      Las principales partidas de importación corresponden a las coníferas de latitudes frías o a las frondosas latitudes tropicales.

      En la producción nacional predominan las maderas destinadas a serrerías y chapas.

      Estos datos ponen de manifiesto la pobreza económica del sector forestal nacional y su escaso grado de desarrollo, aunque en los últimos años se ha advertido un importante progreso en las frondosas de rápido crecimiento como los chopos. Es previsible un aumento de la producción de frondosas junto con la de coníferas.

      La repoblación forestal se centró en los años cincuenta y sesenta efectuándose una media de casi 100.000 ha/año entre 1952 y 1984, sobre todo el avance ha sido importante en las coníferas sobre las frondosas. Pero es de destacar la devastación ocasionada por los incendios, que han llegado a destruir la mitad de las hectáreas repobladas.

      La superficie forestal alcanza casi 23 millones de ha, de las que tan sólo 7,5 millones corresponden al bosque y el 15% está poblado de arbustos y matorral. El terreno forestal se distribuye entre 2 millones de ha. de frondosas frente a 5,5 millones de coníferas. Las mejores masas de frondosas autóctonas se encuentran en los Pirineos y Cordillera Cantábrica; es decir, en los terrenos más ásperos y fríos de la España atlántica.

      En las áreas de transición dan paso a los bosques capaces de tolerar cierta aridez estival, como los rebollares. El escaso valor económico de estas especies está causando lamentablemente su retroceso, también influye en ello el escaso valor de su madera. De ahí que estos montes tengan más valor cinegético y de pastos que maderero, en contra de lo que sucede con el eucalipto y los pinares.

      El pino más extendido en España es el pino pinaster o resinero, seguido del halepensis y del silvestris. Los dos primeros son pinos mediterráneos, de lento crecimiento pero resistentes al frío y a la aridez. En Galicia, sin embargo, encuentran buenas condiciones para se desarrollo. En las Cordillera Central e Ibérica se desarrolla el tipo Valsaín

      Los montes eran utilizados tradicionalmente para pastos libres y su repoblación ha dado lugar a conflictos sociales resueltos a menudo incendiando los montes.

      • Producciones y espacios ganaderos de España.

      Según el Censo Agrario de 1989, España disponía de un total de 8,9 millones de unidades ganaderas (cada unidad ganadera equivale a unos 500 kg. de peso vivo: una vaca lechera representa 1 UG; una oveja=0,1 UG; una cerda madre=0,5 UG; una gallina 0,014 UG) de las que un 36,6% correspondían al bovino, un 18% al ovino, un 28% al porcino y otro 11% al aviar.

      Se mantiene la preeminencia del bovino, pero con un gran peso en la ganadería industrial -porcino y aviar-, que representan la principal fuente de abastecimiento de carne en el mercado español.

      La ganadería industrial adquiere una gran importancia en la economía agraria de Cataluña destacando el porcino y el aviar, además de cebaderos y terneras. Esto se debe a la integración de capital por empresas agroalimentarias, que aportan la materia prima, lechones y pollitos para el engorde, y pienso; mientras el ganadero pone el establo y el trabajo. Esta ganadería industrial se da tanto en régimen de cooperativa como en privado, destacando en el primer caso la cooperativa de Guissola y en el segundo destaca la compañía Valls, una de las mayores empresas ganaderas de Europa.

      En cuanto a nivel geográfico el porcino predomina en las áreas de montaña y de Cataluña Central mientras el aviar lo hace en Cataluña meridional.

      La cabaña de porcino ha llegado a los 17 millones de cabezas. Las aves para carne y huevos mantienen un nivel elevado, con unos 55 millones de gallinas. Las producciones ganaderas alcanzan un valor próximo a los dos quintos de PFA, siendo el porcino y el aviar los que aportan los mayores porcentajes (51,6 y 25,6%), mientras que el bovino no llega más que a un 14% y el ovino a un 6%. Sin embargo, el bovino acapara mayor significación en la producción.

      La clave hay que buscarla en los caracteres de esa ganadería industrial, que se distribuye por todo el territorio.

      En cuanto a la distribución comercial, sobresale Cataluña, con el mayor número de unidades ganaderas de porcino y aviar de España, principalmente en torno a las comarcas del Urgell y Seguiá. En conjunto, la ganadería industrial adquiere una extraordinaria importancia en la economía agraria de Cataluña.

      En el resto del país, la ganadería industrial aparece más dispersa, aunque con algunas concentraciones. El Valle del Ebro, Navarra y Guipúzcoa representan una prolongación del eje catalán.

      Un segundo foco se localiza en Castilla-León, en la Tierra de Pinares, dedicado a la cría del cerdo en ciclo cerrado, importando más la producción aviar. En Galicia también la aviar y en Andalucía, Extremadura y Salamanca, el cerdo ibérico. La extensiva está representada por bovino y ovino.

      En cuanto a los espacios que soportan la carga ganadera (espacios de acusados contrastes) están:

      El prado húmedo franja atlántica, verde todo el año; dehesa de importante extensión y pastizales.

      Prados bajos se extienden por la España atlántica en una franja no superior a los 400-600 m. de altitud, son los de mayor calidad. También las superficies forrajeras de la España interior tienen unos rendimientos elevados, de unos 15/tm/ha/año.

      Estos espacios ganaderos de calidad ocupan poca extensión, sólo afectan 1,4 millones de prados naturales.

      Un segundo tipo de espacios ganaderos está representado por los montes pastados y las dehesas, bastante extensos pero con poca capacidad productiva, debido a los malos suelos. Ocupan en total 8 millones ha, esto supone un 27% de SAU.

      Otro tipo de espacios ganaderos es el de rastrojeras y el erial, superficies ganaderas de baja calidad sin embargo muy extensas aunque de baja calidad productiva

      La distribución del bovino prima claramente a la España atlántica, con un segundo foco en la Cataluña húmeda y, a mayor distancia en la penillanura de oeste español, donde se trata de una ganadería mucho más extensiva, asociada a la dehesa pero está conociendo, junto al ovino, un auge considerable, basado en la exposición de l regadío forrajero.

      La cabaña de vacuno de carne se localiza en las montañas y penillanuras, con variedad de razas, aunque predomina la vaca suiza. Estas vacas se explotan tanto para carne como para leche en zonas de buena comunicación, pero en los lugares poco accesibles para la recogida de leche a diario, se han especializado en la cría del ternero hasta los 400 kg. de peso.

      El ovino se asocia a áreas de climas frescos a fríos y de poca humedad, cono escasa capacidad de producción de hierba, aunque con excepciones en Cataluña, País Vasco y Galicia, donde la oveja lacha tolera bien la humedad.

      El ovino es generalmente extensivo, explotados por ganaderos que son dueños de su propio rebaños, frente al sistema tradicional en el que los pastores eran asalariados y malpagados.

      • Producciones y espacio agrario de los secanos mediterráneos y regadíos interiores.

      Los cultivos propios de los secanos se centran en la trilogía mediterránea -cereal, vid y olivo- complementada con otros de menor entidad aunque el maíz y el olivo ocupan cada vez más una superficie importante.

      Es un espacio extenso y extensivo que afecta a casi todo el territorio español, aunque en el interior meseteño existan algunas concentraciones.

      Los regadíos interiores representan espacios agrarios de transición entre el regadío costero y el secano meseteño, predominando el carácter de uno u otro según la integral térmica de cada sector y otras circunstancias socioeconómicas. Se caracteriza por el peso de la remolacha, la patata y el cereal regado.

      De los 46,7 millones de ha. de SAU de España, tan sólo 20,2 eran tierras de cultivo en 1990, que se distribuían entre 17 millones de ha. de secano y 3,2 en regadío.

      Los secanos españoles ocupan, pues, algo más de los dos quintos del territorio nacional y se reparten con regularidad por todo el país, excepto en las áreas de prado atlántico, incluidas las pirenáicas, en las montañas interiores de orientación ganadera y en la franja mediterránea costera dedicada al regadío.

      Todos ellos se caracterizan por una relativamente escasa pluviosidad, una integral térmica baja, aunque más alta en las Depresiones del Ebro y del Guadalquivir, y unos suelos pobres en materia orgánica. La extensión y producción de los cultivos se ha modificado a tenor de la demanda; algunos aprovechamientos tradicionales han quedado relegados a un papel marginal, mientras que otros relativamente nuevos como el girasol han invadido los secanos, e incluso lo regadíos mediterráneos.

      El grupo más importante continúa siendo el de los cereales, dada su aportación a la PFA.

      En los secanos destacan los cereales con 8 millones de ha., de las que un millón se riegan, sobresaliendo las tierras de la España interior, altas y frescas, con precipitaciones anuales entre 350 y 600 mm, valoradas siempre como tierras de pan llevar.

      Las mayores densidades corresponden a los páramos y campiñas sedimentarias de Castilla-León, junto con las tierras altas sorianas, los somontanos oscenses -Hoya de Huesca y las comarcas centrales de Cataluña. Secundariamente, Castilla-La Mancha, los páramos alcarreños de Guadalajara y Cuenca y la Mancha alta de Cuenca. Andalucía, a pesar del gran volumen de cereal triguero, no destaca debido a la producción diversificada en otros cultivos.

      Finalmente, algunas comarcas moderadamente cerealistas deben este carácter al valor de maíz regado, como sucede en el Valle del Ebro, en las vegas del Guadiana o en los llanos de Albacete.

      A pesar del área cerealista tradicional, el trigo sólo ocupa 2,3 millones de ha. La cebada y el maíz como cereales pienso lo han desplazado. Las leguminosas por el contrario, han caído en picado, debido a las dificultades de mecanización y a sus bajos rendimientos. Estos cultivos han perdido terreno frente a la soja.

      Los secanos arbustivos -viñedo y olivar- han conocido mejor suerte. El viñedo, tras la crisis de los años sesenta, se ha mecanizado y se ha adaptado a un mercado más exigente. Se vio favorecido tras la entrada de España en la CE y los precios han crecido satisfactoriamente, por lo que se han aprovechado las ayudas comunitarias, etc.

      Pero los excedentes de vino pueden obligar a reducciones de precios, que afectarían a comarcas como La Mancha de Ciudad Real, Toledo, Cuenca y Albacete, que en conjunto producen más de la mitad del vino español, llegando algunos municipios a recoger tanto vino como por ejemplo Castilla-León o Murcia. A estas comarcas se suman las de Utiel-Requena en Valencia, Tierra de Barros en Badajoz, Jumilla en Murcia o el Condado de Huelva.

      Tanto los blancos de calidad andaluces como los blancos de Rueda, los de Galicia o los tintos del Duero y de la Rioja, tienen un mercado sólido.

      Los rendimientos son aceptables, en torno a 4.000 a 6.000 kg./ha de uva, cifras muy distantes a las de Burdeos o Languedoc, poco remuneradoras cuando se orientan a vinos embotellados de calidad.

      El olivar, tras recesiones por la crisis de la agricultura tradicional, ha logrado afianzarse debido en gran parte a la mayor demanda de grasas vegetales de calidad.

      La superficie olivarera, con unos 2,1 millones de ha. se concentra en las campiñas de Jaén y Córdoba, seguidas de las de Sevilla, Málaga y Granada. A ellas se suman las de Badajoz, Toledo, Ciudad Real y Tarragona, pero es verdaderamente Jaén, donde adquiere el carácter de monocultivo. Es donde encuentra excelentes condiciones ecológicas, tanto por la integral térmica como por el grado de humedad y buenos suelos.

      Una pequeña parte se destina a la aceituna de mesa, pero el grueso de la producción va destinado a la obtención de aceites en almazaras cooperativas o privadas. En Andalucía predomina la segunda modalidad.

      Fuera de las campiñas béticas, el olivar continúa teniendo importancia en las tierras bajas mediterráneas de Extremadura, Castilla-La Mancha y Levante, y un poco en el Valle del Ebro, pero va perdiendo porte y capacidad productiva.

      Los rendimientos son muy variables, en función del carácter vecero del olivo. Alcanzan cotas próximas a los 2.500 kg. de aceituna/ha, muy aceptables y siempre que el árbol esté cuidado.

      Los secanos mediterráneos admiten una extensa gama de cultivos adicionales, entre los que sobresalen el almendro y el girasol. El primero forma parte de los secanos, localizado en la orla interna de las llanuras regadas costeras.

      La distribución del girasol sobre el espacio agrario español adquiere gran importancia como cultivo industrial. También podemos incluir dentro del secano, la remolacha azucarera andaluza. Este cultivo también se realiza en regadío, como la caña de azúcar, el lúpulo, achicoria y tabaco.

      El girasol, con 1,4 millones de ha en 1992, ha conocido una acelerada expansión gracias a la reforma de la PAC que lo ha subvencionado.

      Antes había ocupado los regadíos y secanos de las campiñas béticas y páramos y serranías de Cuenca y posteriormente se ha extendido por toda España.

      La remolacha constituye el esquilmo más importante entre los cultivos industriales por su rendimiento económico. Comenzó su cultivo en Granada y se trasladó al Ebro para centrarse finalmente en el Duero, donde ha logrado los máximos rendimientos y calidad industrial de la materia prima.

      En el Duero se siembran entre 90.000 y 100.000 ha, casi todas en regadío. Se trata de un cultivo social. Ocupa todas las vegas de los ríos, principalmente las del propio Duero, Tormes, Pisuerga, Esla-Órbigo y Páramo leonés. Es una remolacha de primavera-verano, frente a la de las campiñas del bajo Guadalquivir, donde ha predominado la de secano, sembrada en otoño y recogida en julio. Es de peor calidad industrial que la de regadío.

      La caña de azúcar representa un cultivo marginal. Se localiza en las costas y tierras bajas de Málaga y Granada.

      El azafrán se localiza en la Mancha de Albacete y el lúpulo en los regadíos leoneses del Órbigo-Porma-Esla. Este cultivo sólo adquiere importancia en la economía agraria de pequeñas explotaciones.

      El algodón se localiza básicamente en las campiñas de Sevilla, Córdoba y Cádiz. Marginalmente en las llanuras del bajo Segura entre Alicante y Murcia y vegas del Guadiana.

      El tabaco se cultiva esencialmente en la vega de Cáceres, El Bierzo, costa asturiana y riberas navarra y valenciana, así como en los regadíos toledanos del Tajo. Tanto este cultivo como el algodón dejan substanciales márgenes económicos.

      • Los regadíos mediterráneos hortofrutícolas.

      Destacan por su participación en la PFA, con una cuarta parte del total, no por su extensión: casi medio millón de ha las hortalizas, un cuarto de millón los cítricos y casi un millón los frutales no cítricos. El almendro se incluye en los secanos mediterráneos a pesar de que cuente con unas 45 ha regadas.

      Los regadíos mediterráneos son los espacios agrarios más intensivos, de mejores condiciones ecológicas, de mayor capacidad de empleo de mano de obra y más altos rendimientos económicos, representando la meca de la agricultura mediterránea.

      Se dan técnicas de agriculturas muy dispares: técnica de invernadero y enarenado con la del aire libre, grandes explotaciones capitalistas con la explotación familiar, tierras con grandes disponibilidades de agua frente a las que escasea el recurso.

      Las comarcas especializadas se sitúan en las llanuras del litoral levantino, y se añaden otras de la Costal del Sol malagueña, Maresme barcelonés, costa onubense y las tierras de las vegas del Ebro, Tajo, vegas del Guadiana y algunas áreas de Galicia y el Bierzo leonés.

      La costa levantina se ha especializado en la citricultura y horticultura, con buenos rendimientos y comercialización.

      Es necesario mencionar la importancia de toda la costa andaluza para la agricultura bajo plástico. Gracias a ella se puede conseguir un elevado número de cosechas anuales en un mismo invernadero. Su extensión se estimaba en unas 26.000 ha de instalaciones fijas a finales de 1990, localizadas en la costa de Almería, Cádiz, Alicante y Valencia, casi todas aprovechadas mediante suelos enarenados.

      Aunque toda la costa mediterránea está especializada en frutas y hortalizas, Castellón y Valencia se ha orientado preferentemente a distintos tipos de naranja y mandarina.

      La fresa y el fresón se están extendiendo aceleradamente por la costa onubense. Junto a la franja costera se desarrolla hacia el interior una segunda corona de comarcas más altas y frescas, en las que predominan frutales menos termófilos como peral, manzano, ciruelo, etc.

      No se puede pasar por alto el gran valor de los espacios agrarios de Baleares y Canarias, que constituyen sendas potencias en los cultivos mediterráneos.

      El plátano ha supuesto un elemento de capitalización económica en el valle de la Orotava en Tenerife. Su problema es la escasez de agua porque la acapara el sector turístico. Junto a la platanera los cultivos de flores, el tomate, las "papas" y las hortalizas.

      En Baleares, las producciones y espacios agrarios se asimilan a los levantinos. En unas y otras isla los secanos se valoran muy poco.

      La hortofruticultura es el tipo de agricultura más progresiva y competitiva en España por sus buenos rendimientos, aunque sufre las oscilaciones de las típicas crisis de comercialización.

    • Población agraria y estructuras básicas: los desequilibrios espaciales y sociales en la propiedad y explotación.

    • Ya hemos visto que la producción debe ajustarse a la demanda de mercado, por tanto, también tendrá que adaptarse a la mano de obra y medios disponibles.

    • POBLACIÓN AGRARIA: CAÍDA Y ENVEJECIMIENTO.

    • Según la encuesta de 1989 de población de activa, indica que las personas ocupadas en el sector primario eran 1,6 millones esto supone el 13% de la población ocupada española. El 11,6 % en la agricultura y el 0,7 % pesca.

      La población activa agraria continua cayendo, pues en 1990 era del 10,5% y el 0,7% de la pesca. En 1991 los activos agrarios cayeron al 9,5% de la población activa.

      La población activa agraria de 60 años o más supera el 15%. El escaso atractivo de la nueva PAC prevé que el proceso de envejecimiento continúe. Además, al querer conducir hacia exportaciones más eficientes hará que el número de ellas disminuya. Todo ello implica un descenso de 0,5 millones de agricultores para el año 2.000

      Hay que recordar que la base social (3/4 partes) procede del trabajo familiar.

      Otra característica es el trabajo discontinuo. Por ejemplo, 1 UTA es el trabajo que realiza una persona durante un año, 275 o más jornadas y todas las explotaciones que existen en España.

      Existen disparidades regionales. En número absoluto: Andalucía y Galicia son las comunidades que mayor número de aquellas registran. En número relativo: Galicia, Extremadura y las dos Castillas.

    • BASES TÉCNICO-ECONÓMICAS Y TIPOS DE EXPLOTACIÓN.

    • La población trabaja en el marco de la explotación, célula fundamental de organización del espacio agrario.

      • Los medios de producción: maquinaria e insumos.

      Las innovaciones tecnológicas en la agricultura no han tenido un éxito por igual en todos los cultivos, en la remolacha por ejemplos pueden ahorrar jornadas de trabajo, mientras que en el olivar no se pueden utilizar máquinas por el perjuicio que pueden causar al árbol.

      En cuanto a los insumos, se avanza en los niveles de abonado; pero parece producirse una baja leve en cereales para reducir costos.

      Los fertilizantes representan un poco más de la décima parte de los gastos del sector que alcanzan niveles de consumo parecido al de la energía.

      • La tierra como medio de producción.

      La existencia de una estructura apenas modificada, el apego social y afecto, son impedimentos a la hora de dar salida al mercado a numerosas y pequeñas explotaciones o propiedades no funcionales e, incluso, sin cultivar puesto que existen más propietarios que explotaciones.

      Los precios de la tierra alcanzan su máximo en los plataneros (12 millones), cítricos y frutales y en regadíos interiores.

      Estas diferencias de valoración, 8 millones en frutales y 2 millones/ha en regadíos, son causadas por las distintas potencialidades económicas y otras causas, por lo que es necesario acudir a la explicación que ofrecen las unidades de dimensión europea (UDE).

      Un UDE equivale a 1.000 Ecus de Margen Bruto Estándar (MBS) y se obtiene restando de los ingresos brutos los insumos y otros gastos variables. Un UDE es aproximadamente 200.000 pta., dato del año 1993. A más UDE, mayor porcentaje de las explotaciones.

      Pero este índice no llega a aclarar el valor de las explotaciones familiares, medias y grandes. Por lo tanto, lo más lógico sería distinguir entre gran explotación física y gran explotación económica, pues hay grandes explotaciones en extensión que por sus bajos ingresos no pueden ser mejorables.

      Entonces nos encontramos con dos caras de la moneda: por una parte, la pequeña explotación familiar, capaz de ser mejorada y, por otra, grandes explotaciones de muy reducido número.

      Basándose en estas características, dimensiones físicas y económicas, se dibujan los tipos de unidad agraria predominante en cada región.

      • Tipos de explotaciones y paisajes agrarios predominantes.

      De acuerdo con los anteriores factores, partimos de la división entre la España mediterránea y la atlántica.

      La segunda, de vocación ganadera, agrícola y forestal. Está representada por todo el Norte, más algunos enclaves en la Ibérica y en el Sistema Central.

      En Galicia predomina el minifundio; a pesar de la modernización, las prácticas agrarias son ancestrales en muchos casos. En ganadería, predomina la vaca frisona.

      En la fachada cantábrica, por el contrario, la modernización ha afectado a casi todas las explotaciones, pero son competitivas por falta de tierra y en franca disputa por los usos industriales.

      La actividad ganadera se efectúa a tiempo parcial; es el caso de Asturias, Cantabria y País Vasco. Se localiza tal actividad en las áreas montañosas húmedas del Pirineo y Cantábrica, Ibérica y Central, con una ganadería de orientación cárnica.

      El tipo de explotación es familiar, de 30 a 60 vacas pardo alpinas y frisonas lecheras.

      El Oeste español representa el área de la ganadería extensiva en sistema de dehesas. Son muy frecuentes las dehesas de 200 cabezas de moruchos, alimentados con piensos compuestos y pajas. Los bebederos están construidos sobre depresiones del terreno. No falta el ganado ovino, pero son escasas las dehesas de porcino.

      En la España agrícola del interior las características son similares en las dos mesetas. La meridional, más cálida, recoge cultivos termófilos.

      En las depresiones del Ebro y Guadalquivir, los cultivos son de secano y regadío.

      En el Duero es característico la explotación cerealista. Hay una excesiva mecanización y además el resultado es poco rentable si se combina con viñedo o ganadería. La fuente principal de ingresos la constituyen la cebada en otoño y remolacha en regadío.

      En Castilla-La Mancha aumenta el tamaño medio de las unidades cerealistas, pero predominan las vinícolas complementadas con el olivar y cultivos regados de maíz, forrajes, melones, etc. En cuanto a ganadería, destacan las merinas en Campo de Calatrava.

      Las depresiones del Ebro y Guadalquivir, con sus secanos y regadíos, prestan mayor complejidad al paisaje agrario. En el Ebro, las explotaciones son semejantes al Duero y Castilla-La Mancha. Predomina la explotación familiar media más las unidades vinícolas tipo château francés y explotaciones cerealistas de regadío; principalmente maíz, forrajes y frutales.

      Adquiere peso la ATP en unidades de 1 a 5 ha. de viñedos o frutales.

      En el Guadalquivir predomina el cortijo, gran explotación que da personalidad al paisaje. La extensión media es de 500 ha. de media, orientadas al olivar y en otros casos a la tierra "calma": trigo, maíz, girasol, remolacha y viñedo. En el regadío conviven cortijos tradicionales con auténticas empresas agrarias, dinámicas y progresivas.

      La España costera-cálidad, peninsular e insular, se basa en la hortifruticultura al aire libre o en invernadero; frecuentemente sobre suelos artificiales.

      La explotación familiar media es de pequeñas dimensiones. Se habla en tahúllas porque la ha. resulta excesiva por unidad.

      En la llanura costera de Baleares y Canarias, con escasez de agua y tierras, el fenómeno es similar al anterior. Los costes de mano de obra y la competencia de otros mercados está frenando la rentabilidad de las explotaciones plataneras y de las huertas.

    • Agricultura, medio ambiente y desarrollo rural

    • Tras el análisis de la agricultura, actividad económica que más espacio utiliza, no s puede pasar por alto su incidencia en el deterioro medioambiental. Desde esta perspectiva distinguiremos del vertientes fundamentales: las modificaciones del medio, por un lado, y su contaminación, por otro.

      La primera y más importante consecuencia de la actividad agraria es la transformación de un ecosistema de bosque a otro de estepa, a pesar de que, bajo las condiciones ecológicas actuales se conservan bastantes bosques y se pueden recuperar sin problemas grandes espacios nemorosos.

      Las actividades contaminadoras han tenido más eco porque a menudo se le imputan hechos que no están demostrados, aunque todo el mundo los daba por verdaderos.

      Así, a la "contaminación difusa" propia de la actividad agraria se le imputa todo deterioro. Pero la contaminación del suelo por la agricultura se debe a la utilización de pesticidas, puesto que los abonos minerales no son contaminantes y el propio suelo libera minerales equivale.

      Los pesticidas utilizados en la actualidad suelen ser organofosforados, muy tóxicos pero poco persistentes, frente a los organoclorados, DDT, de gran persistencia, lo que les hace muy peligrosos pero menos tóxicos que están en la actualidad prohibidos. El peligro real radica en su utilización y manejo inadecuado porque su concentración en charca puede producir la muerte de fauna acuática. Lo difícilmente solucionable es que el uso de insecticidas ha provocado la disminución de aves insectívoras.

      Los problemas de deterioro y contaminación provienen en gran medida de la ganadería, tanto por vertidos directos de purines y estiércol a los ríos en las áreas de montañas como por la contaminación de acuíferos superficiales en las granjas de ganadería industrial.

      Desde la CE se ha defendido un programa de reforestación para hacer frente a estos problemas, además de impulsar el turismo y la artesanía.

      El plan quinquenal 1993-1997 contempla la reforestación de más de un millón de ha, entre las propuestas por la Administración central y las CCAA. De esta modo, la pérdida de actividad y empleo agrícola y ganadero podría verse compensada con una ganancia de actividad silvícola, convirtiendo realmente a los agricultores, si no en jardineros, al menos en celladores de la naturaleza en los que deben encontrarse parte de sus ingresos económicos.

    • El lento declive de una potencia pesquera

    • La pesca con un 0,7% de la población activa del país, y una aportación al PIB del orden del 0.5%, constituye una actividad primaria con una evolución similar a la de la agricultura.

    • REGIONES PESQUERAS Y LA IMPORTANCIA DE LAS CAPTURAS

    • El primer aspecto a destacar es la procedencia del pescado, porque una buena parte no viene de los mares que rodean a la Península, como sucede con la pesca de altura y gran altura, frente a la de bajura. Ésta se define como la que utiliza métodos, procedimientos y costumbres de carácter artesanal. Las de altura y gran altura introducen un proceso industrial; las flotas bacaladeras y las congeladoras constituyen un buen ejemplo de las de gran altura. El perímetro de las regiones españolas se distribuye de la siguiente manera:

      770 km. del Cantábrico, 771 km. Atlántico, 770 km. del litoral Canario, y 2.300 km. de las costas peninsulares e insulares del Mediterráneo.

      Los desembarcos han evolucionado positivamente durante todo este siglo excepto en los años 30 motivado por los bandazos políticos y la guerra civil, por el abandono de los caladeros tradicionales, debido a la adopción de las 200 millas como zona de explotación exclusiva de cada país a partir de 1977 y, definitivamente a partir de 1982.

      Las mayores capturas se lograron a mediados de los años 70 (en 1976 se desembarco 1,5 millones de toneladas), ya en los 80 descendió lentamente, hasta que en 1990 quedo por debajo del millón de toneladas, distribuidas entre las regiones pesqueras de la siguiente forma:

      1989

      1990

      REGIONES

      10 Tm

      10 Pta.

      10 Tm

      10 Pta.

      Cantábrica

      107

      31,4

      107

      33,9

      Noroeste

      620

      96,6

      547

      93,6

      Suratlantica

      90

      39,3

      90

      46,4

      Surmediterránea

      24

      76,6

      23

      9,2

      Levante

      28

      9,7

      27

      9,7

      Tramontana

      83

      23,9

      72

      23,1

      Balear

      4

      2,3

      4

      4,0

      Canaria

      66

      12,2

      84

      18,9

      TOTAL

      1022

      223,3

      954

      238,9

      Región del noroeste.- Incluye todas las costas gallegas, destaca por encima de las demás en tonelaje, en cantidad de pesca de gran altura y altura desembarcada; especializada mayormente en el mejillón. Le siguen en importancia la cantábrica. canaria y suratlántica.

      Región cantábrica.- Se extiende desde el Eo al Bidasoa. Es la segunda región en tonelaje y la tercera en valor de capturas. Destacan los puertos de Ondárroa, Bermeo y Gijón.

      Región suratlántica.- Entre Ayamonte y La Línea de la Concepción. De más importancia que la Canaria en peso descargado y valor. Recoge crustáceos de elevado precio. Sirven de base los barcos que faenan en los caladeros saharianos, pero con problemas por la cuestión política que afecta a la zona.

      Región canaria.- Practica la pesca de altura y gran altura. Por dificultades en el Sahara, se observa un retroceso con respecto a la cantábrica. El tercer puerto de España es el de Las Palmas.

      Región tramontana.- Situada entre los cabos de Creus y La Nao. Sobresalen los puertos de Barcelona, Tarragona, etc. y la región de levante, pobre en pesca, con puertos como Alicante, Cartagena, Torrevieja, etc. En cuanto a las especies capturadas, el primer puesto lo ocupan sardinas y anchoas.

      Destacan por tonelaje capturado en altura, el bacalao, la pescadilla, y la merluza. Pero recientemente la captura del bacalao se ha visto afectada por problemas con Canadá, respecto a los caladeros de Terranova y Escocia. De gran importancia son los viveros de mejillones y crustáceos, de gran peso económico en Galicia y en la zona suratlántica.

    • VARIEDAD Y PROBLEMAS DE LA FLOTA Y LOS CALADEROS.

    • La flota española adolece de un elevado grado de vejez. La Dirección General de Pesca estableció la división entre flota artesanal, constituida por embarcaciones de menos de 20 TRB; la flota litoral (costera o de bajura) entre 20 y 100 TRB, la flota de altura, entre 100 y 250 TRB y la de gran altura con barcos de más de 250 TRB, integrada por bacaladeros, balleneros y grandes congeladores.

      El mayor problema de la flota española es su pequeña capacidad por barco y vejez, si bien hay numerosas embarcaciones registradas, aunque inactivas, pero, en todo caso, demasiado pequeñas para faenar lejos de las plataformas continentales.

      En cuanto a los caladeros, la aplicación de la zona exclusiva de las 200 millas por los países ribereños a partir de 1974 fue reduciendo la libertad de pesca anterior, especialmente en los bancos de África occidental y en el Atlántico septentrional y meridional. Pero ha sido el banco sahariano y en toda el África occidental, el más rico a escala mundial, con abundancia de merluza, gambas, cefalópodos etc., donde España se ha visto más afectada y ha tenido que llegar a acuerdos bilaterales con Marruecos.

      Entre los caladeros españoles sobresalen por su riqueza los del noroeste y Cantábrico, donde la pesca de túnidos y de sardinas y anchoas, que llegan periódicamente en sus migraciones, y tienen gran peso, tanto para el consumo en fresco como para las industrias conserveras.

      A pesar de la disminución de las capturas, todavía hay un elevado número de puertos en los que la pesca constituye una actividad fundamental. De los 112 puertos españoles más importantes en pesca, 8 acaparan la mitad del tonelaje desembarcado y son, por orden decreciente: Vigo, Las Palmas, La Coruña, Pasajes, Algeciras, Huelva, Cádiz y Barbate.

    • LA POLÍTICA PESQUERA DE LA CE Y SU REPERCUSIÓN EN ESPAÑA.

    • La CE comenzó realmente a elaborar una política común de pesca en 1983, al año siguiente de la aprobación por la ONU de nuevo Derecho del Mar, que estableció la zona económica exclusiva de las 200 millas. Tras el ingreso en la CE, España ha tenido que adaptarse a la política pesquera comunitaria y reducir la captura por el problema de sobreexplotación en los caladeros.

      Todos los países comunitarios han renunciado prácticamente a su soberanía en materia de pesca en favor de la Política Pesquera Común, la cual afecta totalmente a España. Se le permitió, según el artículo 162 del Tratado de Adhesión. Este tratado que entra en vigor el 1-1-1996, a España se le autorizó una lista básica de 300 buques, con la limitación de sólo 150 buques podrán operar simultáneamente en aguas de la CE. Se limitaron las capturas de merluza, bacalao y jurel para evitar la sobrepesca. En suma, la pesca en España tiene muy poca participación en el PIB y escasa capacidad de empleo directo.

      España sigue siendo una potencia pesquera, pero debe buscar la alternativa de la acuicultura, que deberá representar una verdadera revolución cara al futuro siempre que la excesiva contaminación de la plataforma continental no acabe con la productividad de estas áreas.


      TEMA III: LÓGICA ESPACIAL DEL SISTEMA PRODUCTIVO: LA REESTRUCTURACIÓN DE LA INDUSTRIA

    • LAS DIMENSIONES DEL CAMBIO INDUSTRIAL EN ESPAÑA

    • Indicadores de la crisis industrial

    • En España el inicio de la crisis se hizo patente con unos años de retraso, para alcanzar especial virulencia a partir de 1975-1977. La crisis económica fue, ante todo, una crisis industrial. El sector fabril se vio directamente afectado por las convulsiones internas y externas. Algunos indicadores externos pueden dar cuenta de las dimensiones alcanzadas por esta crisis.

      • En primer lugar, el efecto más relevante fue la reducción del empleo industrial en un 28% a lo largo del decenio 1975-1985. Si esto se suma la destrucción de empleo en la construcción y la desagrarización, frente al débil incremento en el sector servicios, el resultado es la elevación de la tasa de desempleo más que en ningún otro país de la OCDE, pasando del 3,8% de la población activa en 1975, al 21,9% en 1985.

      • Sin embargo, no cayó la producción, que creció rápidamente hasta 1977, estabilizándose posteriormente. La productividad creció un 4% al año. La disociación de estos dos indicadores pone de relieve una de las vertientes del cambio industrial.

      • A partir de 1985 y debido a la entrada masiva de capital extranjero se produjo un período de recuperación que culminó en 1990. En la industria el empleo aumentó en un 20%. La producción creció un 23% en solo cinco años, superando el promedio de los países de la Comunidad. La recuperación de la inversión industrial culminó el proceso.

      El antiguo binomio industria - desarrollo resultó cuestionado ante la caída del sector en el conjunto de la economía española hasta el 23% de la población activa y el 26% del PIB en 1990.

      Si entre 1960-1975 un 45% del crecimiento se debió a la industria, desde entonces su participación quedó reducida al 30% por el mayor protagonismo del sector terciario.

      Además la crisis industrial acarreó efectos más diversos según ramas de actividad, tipos de empresas y territorios, afectando intensamente a la estructura del sistema industrial en su conjunto.

      En el plano sectorial, mientras las químicas, de alimentación o de papel y artes gráficas mostraron una elevada capacidad de respuesta positiva, las de textil/confección, madera y mueble, metalurgia básica y de transformación o materiales de construcción, padecieron una evolución más desfavorable.

      Esto supuso un cambio sustancial, debilitándose la participación de las industrias de cabecera y medios de producción, frente al mejor comportamiento de los bienes de consumo.

      No debe olvidarse que en la recuperación iniciada en 1985, tuvieron especial protagonismo algunas industrias denominadas de "demanda fuerte" por la Comisión de las Comunidades Europeas, sectores informático y de telecomunicación, material eléctrico y la industria aeronáutica o la química, junto a otras de "demanda media", como automóviles, plásticos, maquinaria y equipos. Las ramas de "demanda débil" (metalurgia básica y de transformación, construcción naval, textil y confección, cuero y calzado, madera, vidrio y cerámica, etc.), mantuvieron una producción con débil crecimiento, aunque fueron las que generaron mayor número de empleos, poniendo de manifiesto un dualismo interno que parece reforzarse con el tiempo.

    • La detención del proceso de polarización y nuevos ejes de crecimiento.

    • La novedad más significativa de estos años fue la detención del proceso de concentración dominante anteriormente, tanto a escala regional como provincias y municipal. Destaca la tendencia a una hegemonía creciente de Cataluña, Madrid, País Vasco y Comunidad Valenciana. Las regiones interiores, excepto Madrid, elevaron su presencia relativa.

      A escala provincial, de una parte, la proporción acumulada por las cinco más industrializadas retrocedió en esos doce años. De otra, se pone en evidencia un reparto algo confuso al observar la distribución de ganancias y pérdidas, al registrar Barcelona, Madrid, Vizcaya, Guipúzcoa o Asturias una evolución mas desfavorable que la del conjunto, mientras que Valencia era el foco industrial tradicional que mostró un mejor comportamiento relativo.

      Finalmente, la evolución del empleo industrial en establecimientos con más de 50 trabajadores, invirtió entre 1975-1985 el sentido de la relación de la década anterior, al ser los municipios con menos de 20.000 habitantes los únicos con ganancias. Las mayores pérdidas afectaron a las ciudades por encima del medio millón de habitantes.

      Esto favorecería un progresivo trasvase de industrias hacia espacios periféricos. Las anteriores relaciones de desigualdad entre centros y periferias quedarían desdibujadas.

      Una observación más atenta de otros indicadores básicos, permite establecer ciertas regularidades espaciales más nítidas en la evolución registrada desde 1975. Por ejemplo, se comprueba que, dentro de esa relativa dispersión del crecimiento, fueron los ejes del Ebro y del Mediterráneo los que reforzaron en mayor medida su posición, frente al debilitamiento del Cantábrico, Madrid y Barcelona.

      En cuanto al reparto de la inversión en nuevas industrias y ampliaciones para 1977-1988, los mayores niveles de capitalización continuaron produciéndose en Cataluña, País Vasco y Madrid, incorporándose los dos ejes ya mencionados, incluso la Galicia litoral.

    • LA REESTRUCTURACIÓN DE LA Industria ESPAÑOLA

    • Un enfoque estructural del cambio industrial

    • El cambio industrial en España resulta de la confluencia entre una serie de transformaciones globales, a escala internacional (factores externos), junto con las específicas condiciones que suponen la estructura industrial heredada y la coyuntura histórica del período, marcada por la transición democrática.

      Respecto a las mutaciones que marcan el nuevo ciclo, para algunos identificable como una Tercera revolución Industrial, cuatro son las esenciales:

      • Primeramente, tiene lugar una masiva incorporación de innovaciones ante el agotamiento del ciclo tecnológico anterior (electromecánica-química) y el inicio de otro con la microelectrónica y la información como ejes centrales. Todos estos sectores, junto con otros que les sirven de soporte, constituyen las industrias de nueva o alta tecnología.

      • El modelo fordista de principios de siglo, basado en la fabricación mecanizada en serie de grandes cantidades de productos homogéneos, realizada en establecimientos integrados verticalmente, experimentó un progresivo declive respecto al pasado. Son cada vez mas numerosas las actividades donde lo esencial es la capacidad de las empresas para atender una demanda diversificada. Esto resulta más fácil en unidades productivas de tamaño pequeño y mediano, y exige un mayor esfuerzo en diseño, calidad, servicio y posventa.

      • La creciente segmentación en fases de los procesos de fabricación, junto a la mejora del transporte y las comunicaciones, favorece una división del trabajo entre territorios, que se especializan según sus respectivas ventajas comparativas. Todo ello, junto a la apertura exterior, refuerza la mundialización de la economía y la posición semiperiférica de España.

      • Finalmente, el cuestionamiento del Estado del bienestar y de algunas conquistas sociales ante la prioridad a la reducción del déficit público y una progresiva desregulación del mercado de trabajo, para dotarle de mayor flexibilidad, son sus manifestaciones más frecuentes.

      Esta mutación global que afecta en profundidad la. organización y el funcionamiento de la industria, se ha visto matizada en el caso español por condiciones específicas.

    • Peculiaridades de la crisis industrial española,

    • Entre las primeras, la transición política generó un período de incertidumbre que incidió negativamente en el plano económico, reduciendo la inversión empresarial, tanto interna como del exterior, y postergando la adopción de políticas de ajuste de medio plazo, pese al intento de los Pactos de la Moncloa 1977.

      De mayor importancia son los problemas heredados del período desarrollista, resumidos en: una desfavorable especialización sectorial, una baja productividad, un escaso esfuerzo innovador y un elevado endeudamiento empresarial.

      • El hecho de que, aún en 1981, las industrias de demanda fuerte sólo representasen el 12,8% del producto industrial español, mientras otras de demanda débil duplicaban esa proporción, es un buen exponente al igual que ocurre con la excesiva dependencia del petróleo como base energética.

      • Por otra parte, la tradición proteccionista y el minifundismo empresarial no incentivaron una reinversión suficiente en la mejora de equipos y procesos, con lo que la productividad por persona ocupada se mantuvo en niveles inferiores a los de los países de nuestro entorno.

      • Unos gastos en investigación y desarrollo (I+D) de sólo un 0,33% del PIB, junto a una excesiva dependencia de los créditos bancarios son factores complementarios que agudizaron la crisis.

      • Resulta más discutible el efecto ejercido por unas subidas salariales que muchos autores apuntaron como factor clave en la pérdida de competitividad, pues además de que el aumento de los costes laborales unitarios sólo fue superior al de los precios en años concretos (1972-76, 1978-79 y 1981), sus niveles continuaron bastante por debajo de otros países europeos.

      • Respuestas empresariales y política industrial

      • Aunque las estrategias adoptadas por las empresas pueden ser muy diversas, pueden tipificarse unos cuantos comportamientos básicos, generadores de procesos de transformación específicos en la industria española.

        Las respuestas de carácter más defensivo han consistido un proceso de racionalización productiva, con reducción de los puestos de trabajo y, a veces, de la capacidad productiva, cuando no en cierre de las instalaciones.

        La precarización, por otra parte, del empleo, al abrigo de una legislación favorable, alcanza su máximo exponente en el caso de la economía sumergida.

        Las estrategias de adaptación positivas, se han orientado a fomentar las mejoras técnicas en procesos, productos y organización, y buscar nuevos mercados, desbordando cada vez en mayor número las fronteras estatales.

        También la segmentación de tareas entre establecimientos diversos para, reducir costes o mejorar la eficacia, lo que ha potenciado la proliferación de pequeñas firmas bastante especializadas en ciertos productos, tareas o servicios.

        Por último, la fabricación de aquellas piezas o productos acabados de menor valor añadido y que emplean mano de obra poco cualificada, han tendido a relocalizarse en áreas con bajos costes laborales y de instalación y con buena accesibilidad a los focos industriales tradicionales.

        Las características propias de cada territorio han favorecido un desigual reparto de estas respuestas, lo que se traduce en una creciente diversidad de área fabriles. No puede además ignorarse el papel que han seguido jugando los poderes públicos a través de las diversas políticas aplicadas desde la administración central, regional o local. La distinción entre políticas sectoriales, de apoyo a ciertas actividades, horizontales, cuando se busca mejorar las condiciones productivas cualquiera que sea el sector, y territoriales, si el criterio selectivo es de índole geográfico, suele ser comúnmente aceptada.

        La privatización de una treintena de empresas públicas desde 1985, o la falta, de una estrategia concreta de reindustrialización a medio plazo, son exponentes de tal situación.

        Las actuaciones llevadas a cabo desde el inicio de los años 80 se orientaron en tres direcciones principales:

        • reconversión y saneamiento de sectores y grandes empresas aquejados de grave deterioro y generadores de graves excedentes laborales.

        • fomento del progreso técnico y la exportación

        • flexibilización del mercado de trabajo y apoyo a las PYMES.

        Fueron en cambio postergados las acciones con objetivos de redistribución territorial explícitos. Tan solo un 5% de las ayudas a la industria otorgadas entre 1981-1986 se dirigieron al desarrollo regional, frente al 48% destinado a los sectores en crisis, el 25% al fomento de la exportación, o el 14% a la promoción de la inversión empresarial.

      • IMPLICACIONES TERRITORIALES DE LA RECONVERSIÓN INDUSTRIAL

      • Crisis sectorial y política de reconversión

      • Cada ciclo económico conlleva u