El discurso del método; Descartes

Filosofía moderna. Racionalismo. Búsquedad del conocimiento y verdad. Individualismo. Duda. Separación de cuerpo y alma. Existencia de Dios

  • Enviado por: Amancio Delgado
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 21 páginas
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El discurso del método
para dirigir adecuadamente la razón e indagar la verdad en las ciencias
(1637)

René Descartes
(1596-1650)

Presentación

En el índice he querido resaltar las líneas maestras de argumentación de este pequeña obra que significó una revolución en la filosofía de Occidente.

Publicado el año 1637, cuando el autor tenía cuarenta años, no sólo no ha perdido vigencia, sino que conserva toda su fuerza y frescura, aunque la dicción resulta algo arcaica. Al igual que ocurre con la filosofía y el modus vivendi griego, no será superado por el ser humano en su historia hasta que aprendamos a aplicar correctamente los principios mentales de una vida sana independiente de los gustos y caprichos del Poder. Es decir, hasta que la auténtica democracia gane carta de naturaleza y se imponga per se. O sea, nunca. De ahí su condición u-tópica.

Esta versión de El Discurso del Método de Descartes ha sido tecleada por mí, tomando el texto de la obra de Quintás. Es una edición personal dirigida a facilitarme el conocimiento de la obra, y como estoy contento de cómo me ha quedado, la dono a la comunidad cibernauta en condición de e-postalware (si te gusta mándame una postal al mail adelgado@mail.ddnet.es). He dejado para una futura edición los capítulos 5 y 6, más largos y aburridos que los cuatro primeros.

Índice

Si este discurso pareciera demasiado extenso para ser leído de una sola vez, podría dividirse en seis partes: en la primera se encontrarán diversas consideraciones relacionadas con las ciencias. En la segunda, las reglas más características del método que el autor ha indagado. En la tercera, algunas reglas de moral que ha obtenido de este método. En la cuarta parte, las razones que permiten establecer la existencia de Dios y del alma humana, que constituyen los fundamentos de su metafísica. En la quinta, se detalla el orden seguido en sus investigaciones de física y, en particular, la explicación del movimiento del corazón y algunas otras dificultades relacionadas con la medicina, así como también la diferencia existente entre el hombre y los animales en relación con el alma. En la última parte, expone lo que estima es necesario para avanzar en la investigación de la naturaleza más allá de donde él ha llegado, así como las razones que le han impulsado a redactar este discurso.

Resumen de la Primera Parte

El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, ya que cada uno estima estar tan bien provisto que hasta los que son los más difíciles de satisfacer en cualquier otra cosa, no suelen ambicionar por lo general más del que poseen...

me agradaría exponer en este discurso las orientaciones que he seguido, presentando mi vida como en un cuadro con la finalidad de que todos puedan juzgar...

Así, pues, no es mi deseo enseñar en este tratado el método que cada persona debe seguir para dirigir adecuadamente su razón...

juzgaba provechoso estar informado de las costumbres de los diversos pueblos, evitándose de esta forma el opinar que todo lo que es contrario a nuestras modas es ridículo y contra la razón, tal y como acostumbran a pensar los que nada han conocido...

Considerando, por otra parte, cuán diversas opiniones pueden darse relacionadas con una misma materia, defendidas por gentes doctas, cuando sólo una de ellas puede ser verdadera, estimaba como falso todo lo que no era más que verosimil...

en relación con las vanas doctrinas, consideraba que conocía suficientemente su valor, de forma que no podía ser engañado ni por las promesas de un alquimista, ni las predicciones de un astrólogo, ni por las imposturas de un mago, ni por los artificios o presunción de todos los que hacen profesión de aparentar saber más de lo que saben...

Tenía un gran deseo de aprender a distinguir lo verdadero de lo falso con la finalidad de ver claro en mis acciones y de avanzar con seguridad en esta vida...

Resumen de la Segunda parte

pensaba que es casi imposible que nuestros juicios puedan estar tan carentes de prejuicios...

ha sido preciso que fuéramos gobernados durante años por nuestros apetitos y preceptores, cuando con frecuencia los unos eran contrarios a los otros y, probablemente, ni los unos ni los otros nos aconsejaban lo mejor...

la lógica contiene muchos preceptos verdaderos y muy adecuados, hay, sin embargo, mezclados con éstos otros muchos que o bien son perjudiciales o bien superfluos, de modo que es tan difícil separarlos como sacar una Diana o una Minerva de un bloque de mármol aún no trabajado...

como la multiplicidad de leyes frecuentemente sirve de excusa para los vicios...

estimé que tendría suficiente con los cuatro siguientes con tal de que tomase la firme y constante resolución de no incumplir ni una sola vez su observancia...

El primero consistía en no admitir cosa alguna como verdadera si no se la había conocido evidentemente como tal...

El segundo exigía que dividiese cada una de las dificultades a examinar en tantas parcelas como fuera posible y necesario para resolverlas más fácilmente...

El tercero requería conducir por orden mis reflexiones...

Según el último de estos preceptos debería realizar recuentos tan completos y revisiones tan amplias que pudiese estar seguro de no omitir nada...

no debía intentar tal tarea hasta que no tuviese una madurez superior a la que se posee a los veintitrés años, que era mi edad,...

Resumen de la Tercera parte

Así como antes de iniciar la reconstrucción de la casa en la que se habita...

es necesario haberse dotado de alguna otra casa...

elaboré una moral provisional que no constaba sino de tres o cuatro máximas de las cuales deseo haceros partícipes...

Por la primera debía obedecer las leyes y costumbres de mi país,...

Principalmente estimaba como exceso todas las promesas por las que se enajena algo de la propia libertad...

Mi segunda máxima prescribía que debía ser lo más firme y decidido que pudiera en mis acciones...

Mi tercera máxima aconsejaba que debía intentar siempre vencerme a mí mismo antes que a la fortuna y modificar mis deseos antes que el orden del mundo...

estimaba que no podía hacer nada mejor que...

emplear toda mi vida en cultivar mi razón y avanzar tanto como pudiese en el conocimiento de la verdad, siguiendo el método que me había prescrito...

En los nueve años siguientes no hice otra cosa sino viajar de aquí para allá por el mundo, tratando más de ser espectador que actor en todas las comedias que en él se representan a diario...

Resumen de la Cuarta parte

decidí suponer que no existía cosa alguna que no fuese tal como nos la hacen imaginar...

considerando que hasta los pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos pueden asaltarnos cuando dormimos...

dándome cuenta de que esta verdad...

pienso, luego soy, era tan firme y tan segura...

primer principio de la filosofía que yo indagaba...

únicamente restaba la alternativa de que hubiese sido inducida en mí por una naturaleza que realmente fuese más perfecta...

nada hay en el entendimiento que previamente no haya impresionado los sentidos...

Quinta parte

explicación del movimiento del corazón y algunas otras dificultades relacionadas con la medicina. Sólo tecleado el principio del capítulo.

Sexta parte

razones que le han impulsado al autor a redactar este discurso. Capítulo no tecleado en esta edición.

El discurso del método
René Descartes
Texto de la Primera parte

El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, ya que cada uno estima estar tan bien provisto que hasta los que son los más difíciles de satisfacer en cualquier otra cosa, no suelen ambicionar por lo general más del que poseen. Al opinar de este modo no es verosímil que todos se equivoquen; más bien esto parece testimoniar que la capacidad de juzgar correctamente y de distinguir lo verdadero de lo falso, que es lo que propiamente se entiende por buen sentido o razón, es por naturaleza igual en todos los hombres. Según esto, la diversidad de nuestras opiniones no se origina porque unos hombres posean más razón que otros, sino que proviene solamente del hecho de que conducimos nuestras reflexiones por distintas vías y no examinamos atentamente las mismas cosas. No es suficiente, pues, poseer un buen ingenio sino que lo principal es aplicarlo correctamente. Las almas más eminentes son capaces de los mayores vicios como de las mayores virtudes. Y aquellos que caminan con gran lentitud si siguen el recto camino, pueden lograr una gran ventaja sobre aquellos que avanzan con mayor rapidez pero que se han alejado de tal camino.

Por mi parte, nunca he estimado que mi ingenio fuese en cualquier aspecto superior en perfección al que posee la generalidad de los hombres; por el contrario y con frecuencia he deseado una agilidad de pensamiento, una imaginación tan nítida y distinta o una memoria tan vasta o viva como la que otros poseen. No conozco otras cualidades si exceptuamos las enumeradas que puedan contribuir al perfeccionamiento del ingenio. Digo tal, pues, en lo relacionado con la razón o el buen sentido, en tanto que es la única propiedad que nos hace hombres y nos distingue de los animales, quiero creer que está en cada uno de nosotros, siguiendo en esto la opinión general de los filósofos cuando afirman que no existen diferencias de grado sino entre los accidentes y no entre las formas o naturalezas de los individuos de una misma especie.

No dudo en afirmar que creo haber tenido una gran suerte, pues desde mi juventud estuve en contacto con ciertas orientaciones que suscitaron en mí consideraciones y máximas a partir de las cuales he llegado a formar un método por medio del cual me parece que es posible acrecentar gradualmente mis conocimientos y situarlos poco a poco en el grado más alto que sea alcanzable, teniendo presente no sólo la mediocridad de mi ingenio, sino también la corta duración de mi vida. Pues ya he recogido tales frutos que, aun cuando en los juicios que sobre mí mismo hago siempre tiendo a inclinarme hacia el lado de la desconfianza más que hacia el de la presunción, y aun cuando, al observar con espíritu filosófico las distintas empresas y actividades de los hombres, no encuentro casi ninguna que no me parezca vana e inútil, no deja de producirme una gran satisfacción comprobar el progreso que he alcanzado en la búsqueda de la verdad ni dejo de concebir tales esperanzas para el futuro como para que pueda dudar de que si entre las ocupaciones propias de los hombres existe alguna calificada e importante, no sea tal la que ha sido elegida por mí.

Puedo, no obstante, estar equivocado y apreciar como oro y diamantes lo que no es sino un trozo de cobre o cristal. Conozco nuestra propensión a equivocarnos en todo lo que nos afecta y cuán sospechosos deben parecernos los juicios pronunciados en nuestro favor por los amigos. Con todo me agradaría exponer en este discurso las orientaciones que he seguido, presentando mi vida como en un cuadro con la finalidad de que todos puedan juzgar. De este modo, recogiendo las opiniones que han de surgir, tendré un nuevo medio para instruirme que sumaré a los que empleo habitualmente.

Así, pues, no es mi deseo enseñar en este tratado el método que cada persona debe seguir para dirigir adecuadamente su razón únicamente intento presentar cómo me he esforzado en dirigir la mía. Aquellos que se atreven a dar preceptos deben estimarse más hábiles que aquellos a los que se dirigen y, por esta razón, los primeros son censurables si cometen el menor error. Pero supuesto que propongo este tratado solamente como una historia o, si se prefiere, como una fábula, en la que junto con algunos ejemplos imitables se encontrarán quizá otros varios que con razón no serán seguidos, espero que llegue a tener utilidad para algunos sin que llegue a ser perjudicial para nadie y que todos agradecerán mi franqueza.

Desde la niñez fui habituado en el estudio de las letras y tenía un apasionado deseo de conocerlas, pues me persuadían de que mediante tales estudios se podía adquirir un conocimiento claro y al abrigo de dudas sobre todo lo que es útil para la vida. Pero modifiqué por completo mi opinión tan pronto como hube concluido mis estudios, momento en el que existe la costumbre de ser recibido en el rango de los doctos. Tantas dudas y errores me embargaban que, habiendo intentado instruirme, me parecía no haber alcanzado resultado alguno si exceptuamos el progresivo descubrimiento de mi ignorancia. Y sin embargo, realizaba mis estudios en una de las escuelas más notable de Europa, centro en el que consideraba que debían encontrarse hombres sabios si es que existían en algún lugar de la tierra. Había llegado a conocer todo lo que los compañeros aprendía pero no estando satisfecho con las ciencias que nos enseñaban, había llegado a revisar cuantos libros cayeron en mis manos, relacionados con las ciencias estimadas como las más curiosas y raras. Por otra parte, era sabedor de los juicios que otros hacían sobre mí y no apreciaba que se me considerase inferior a mis condiscípulos aunque algunos de ellos ya hubiese sido destinado para ocupar puestos de nuestros maestros. Finalmente, nuestra época me parecía tan floreciente y fértil en destacados ingenios como cualquier otra. Por todo esto me llegué a sentir con ánimos para tomar la libertad de juzgar a los demás por mí mismo y para pensar que no existía doctrina alguna en el mundo tal y como la que se me había hecho desear al inicio de mis estudios.

No dejaba por ello de estimar el valor de los ejercicios que se practican en las escuelas. Las lenguas allí estudiadas reconocía que eran necesarias para comprender las obras de la antigüedad; apreciaba que la graciosa elegancia de las fábulas excita el ingenio así como que las memorables acciones narradas por la historia lo exaltan y siendo leídas con discreción contribuyen a la formación del juicio. Opinaba también que la lectura de las grandes obras es similar a una conversación mantenida con las gentes más honestas del pasado, que han sido sus autores y, a la vez, una conversación minuciosa en la que nos dan a conocer únicamente lo más selecto de sus pensamientos; así mismo, consideraba que la elocuencia posee una belleza y una capacidad de seducción incomparables y que la suave dulzura de la poesía puede engendrar entusiasmo; estimaba que las matemáticas permiten sutiles invenciones que pueden contribuir tanto a satisfacer a los curiosos como a facilitar las artes mecánicas y a disminuir el trabajo de los hombres; creía que los escritos relacionados con temas de costumbres contienen múltiples enseñanzas y abundantes exhortaciones a la virtud que son de gran utilidad, que la teología enseña la doctrina para alcanzar el cielo y que la filosfía ofrece el medio que nos permite hablar con verosimilitud de todas las cosas y hacernos admirar por parte de los menos sabios; que la jurisprudencia, la medicina y otras ciencias proporcionan honores y riquezas a quienes las cultivan; finalmente juzgaba que era necesario examinar todas las ciencias, hastas las más supersticiosas y falsas, con el fin de arpeciarlas en su justo valor y prevenir el error.

Pero estimaba también que ya había dedicado suficiente tiempo no sólo al aprendizaje de las lenguas, sino también a la lectura de los libros antiguos, de sus historias y fábulas. Y puesto que es casi lo mismo conversar con personas de otros siglos que viajar, juzgaba provechoso estar informado de las costumbres de los diversos pueblos, evitándose de esta forma el opinar que todo lo que es contrario a nuestras modas es ridículo y contra la razón, tal y como acostumbran a pensar los que nada han conocido. Pero así como cuando se dedica excesivo tiempo a viajar llega uno a sentirse extranjero en su país, de igual modo cuando se posee curiosidad excesiva por los acontecimientos de los siglos pasados, se llega por lo general a ignorar lo que acontece en el momento presente. Por otra parte, las fábulas suscitan la imaginación de muchos sucesos como posibles, cuando en absoluto lo son. Aun las más fieles historias, si bien no cambian ni revalorizan los sucesos con el fin de hacerlos más dignos de ser leídos, sin embargo omiten casi siempre la descripción de aquellas circunstancias más vulgares y menos reputadas por su distinción. Todo ello motiva una impresión de realidad y que aquellos que reglan sus costumbres por los ejemplos que de ellas obtienen, estén expuestos no solo a caer en las extravagancias de los héroes de nuestras novelas, sino también a concebir proyectos que son superiores a sus fuerzas.

Admiraba en alto grado la elocuencia y era un amante de la poesía, pero opinaba que tanto la una como la otra eran cualidades del ingenio más que frutos del estudio. Aquellos que poseen una excelente capacidad para razonar y disponen con orden sus pensamientos con la finalidad de hacerlos claros e inteligibles, siempre serán capaces de persuadir sobre el tema que se han propuesto aunque hablen la lengua de la baja Bretaña y jamás hayan estudiado retórica. De igual forma los que son capaces de evocar las invenciones más agradables y expresarlas con el mayor ornato y delicadeza, no dejarán de ser los mejores poetas aunque desconozcan el arte poética.

El estudio de las matemáticas me producía un especial deleite dada la certeza y evidencia de sus razonamientos. Pero aún no había logrado percatarme de su verdadera función y, considerando que únicamente eran aplicadas a las artes mecánicas, me producía una gran extrañeza el que dada la firme solidez de sus fundamentos no se hubiera construido sobre los mismos algo más destacado. Por el contrario, los escritos de los antiguos paganos relacionados con temas de costumbres los comparaba con palacios de soberbia magnificencia, pero construidos sobre la arena y el lodo, exaltan en grado máximo las virtudes y las presentan como lo más estimable de cuanto hay en el mundo, pero no facilitan un conocimiento suficiente de la virtud y, frecuentemente, lo que califican con tan digno nombre no es sino insensibilidad, orgullo, desesperación o parricidio.

Honraba con un respetuoso sentimiento la teología y, como cualquier otro, aspiraba a merecer el cielo. Pero habiéndoseme enseñado como algo muy seguro que su camino no es menos accesible para los ignorantes que para los doctos y que las verdades reveladas, que al mismo conducen, excede la capacidad de nuestra inteligencia, no llegué a caer en la temeridad de someterlas al débil análisis de mis razonamientos, pues opinaba que para acometer su examen y finalizarlo con éxito era necesaria alguna extraordinaria asistencia del cielo y ser, pues, algo más que un hombre.

Nada opinaré sobre la filosofía. Únicamente, viendo que había sido cultivada por los ingenios más destacados que han existido desde hace siglos y que, sin embargo, no existe cuestión alguna sobre la que aún no se discuta y, en consecuencia, que no sea dudosa, carecía de la presunción necesaria para abrigar la esperanza de alcanzar un final más felíz que el de otros. Considerando, por otra parte, cuán diversas opiniones pueden darse relacionadas con una misma materia, defendidas por gentes doctas, cuando sólo una de ellas puede ser verdadera, estimaba como falso todo lo que no era más que verosimil.

En relación con las otras ciencias juzgaba que en la medida en que tomaban sus principios de la filosofía, no podían haber construído algo sólido sobre cimientos tan poco estables. Ni el honor ni el provecho que prometen eran razones suficientes para incitarme a su conocimiento, pues, gracias a Dios, no me encontraba en una situación tal como para verme obligado a convertir la ciencia en un oficio con el que acrecentar mis riquezas. Y aunque no hiciera pública demostración de despreciar la gloria como el cínico, estimaba excesivamente poco aquella que únicamente podía adquirir mediante falsos títulos. Finalmente, en relación con las vanas doctrinas, consideraba que conocía suficientemente su valor, de forma que no podía ser engañado ni por las promesas de un alquimista, ni las predicciones de un astrólogo, ni por las imposturas de un mago, ni por los artificios o presunción de todos los que hacen profesión de aparentar saber más de lo que saben.

Por estas razones, tan pronto como la edad me permitió alejarme del acatamiento a mis preceptores, abandoné de forma total el estudio de las letras y tomando la decisión de no buscar otra ciencia que la que pudiera encontrar en mí mismo o en el gran libro del mundo, dediqué el resto de mis años de juventud a viajar, conocer cortes y ejércitos, tratar con gentes de diversos temperamentos y condición social, coleccionar experiencias, ponerme a prueba en las ocasiones que la fortuna me ofrecía y reflexionar en cualquier ocasión de forma tal sobre las cosas que se presentaban que siempre pudiese obtener algún provecho. Pensaba, pues, que podía alcanzar mayor verdad considerando aquellos razonamientos relacionados con asuntos importantes para uno, pues su desarrollo puede inmediatamente serle contraproducente si ha juzgado mal, que aquellos otros que hace un hombre de letras en su lugar de estudio, relacionados con especulaciones carentes de toda aplicación y que no tendrán otra consecuencia para él si exceptuamos que quizá pueden constituir un motivo de vanidad tanto mayor cuanto más alejadas se encuentren del sentido común, ya que habrá debido emplear para ello más ingenio y artificio en intentar hacerlas verosímiles. Tenía un gran deseo de aprender a distinguir lo verdadero de lo falso con la finalidad de ver claro en mis acciones y de avanzar con seguridad en esta vida.

También es verdad que durante la época en que no hacía sino considerar atentamente las costumbres de los otros hombres, apenas encontraba alguna de cuya validez pudiera convencerme, observando que en esta cuestión existía tanta diversidad como la anteriormente indicada en relación con las opiniones de los filósofos. Así, pues, el mayor provecho que de tal observación obtenía era que, viendo muchas cosas que aunque nos parecen extravagantes y ridículas, no por ello dejan de ser generalmente aceptadas y aprobadas por otros grandes pueblos, aprendía a no creer nada con seguridad de todo lo que había sido persuadido únicamente por la costumbre y el ejemplo, librándome de esta forma poco a poco de muchos errores que pueden ofuscar nuestra luz natural y hacernos menos capaces para seguir la razón. Pero después de haber empleado varios años en realizar un estudio del libro del mundo, intentando adquirir alguna experiencia, tomé un día la resolución de analizar todo según mi razón y de emplear todas las fuerzas de mi ingenio en seleccionar los caminos que debía seguir. Estimo que ésto me permitió obtener un provecho mayor del que hubiera podido alcanzar permaneciendo en mi país y atendiendo a mis libros.

El discurso del método
René Descartes
Texto de la Segunda parte

Me encontraba entonces en Alemania, país al que había sido atraído por el deseo de conocer unas guerras que aún no han finalizado. Cuando retornaba hacia la armada después de haber presenciado la coronación del emperador, el inicio del invierno me obligó a detenerme en un cuartel en el que, no encontrando conversación alguna que distrajera mi atención y, por otra parte, no teniendo afortunadamente preocupaciones o pasiones que me inquietasen, permanecía durante todo el día en una cálida habitación donde disfrutaba analizando mis reflexiones. Una de las primeras fue la que me hacía percatarme de que frecuentemente no existe tanta perfección en obras compuesta de muchos elementos y realizadas por diversos maestros como existe en aquellas que han sido ejecutadas por uno solo. Así, es fácil comprobar que los edificios emprendidos y construidos bajo la dirección de un mismo arquitecto son generalmente más bellos y están mejor dispuestos que aquellos otros que han sido reformados bajo la dirección de varios, sirviéndose para ello de viejos cimientos que habían sido levantados con otros fines. Así sucede con esas viejas ciudades que, no habiendo sido en sus inicios sino pequeños burgos, han llegado a ser con el tiempo grandes ciudades. Estas generalmente están muy mal trazadas si las comparamos con esas otras ciudades que un ingeniero ha diseñado según le dictó su fantasía sobre una llanura. Pues si bien considerando cada uno de los edificios aisladamente se encuentra tanta belleza artística o aún más que en las ciudades trazadas por un ingeniero, sin embargo, al comprobar cómo sus edificios están emplazados, uno pequeño junto a uno grande, y cómo sus calles son desiguales y curvas, podría afirmarse que ha sido la casualidad y no el deseo de unos hombres regidos por una razón la que ha dirigido el trazado de tales planos. Y si se considera que siempre han existido oficiales encargados del cuidado de los edificios particulares, con el fin de que contribuyan al ornato público, fácilmente se comprenderá cuán difícil es, trabajando sobre obras realizadas por otros hombres, finalizar algo perfecto. De igual modo, me imaginaba que los pueblos que a partir de un estado semisalvaje han evolucionado paulatinamente hacia estados más civilizados, elaborando sus leyes en la medida en que se han visto obligados por los crímenes y disputas que entre ellos surgían, no están políticamente tan organizados como aquellos que desde el momento en que se han reunido han observado la constitución realizada por algún prudente legislador. Es igualmente cierto que el gobierno de la verdadera religión, cuyas leyes han sido dadas únicamente por Dios, está incomparablemente mejor regulado que cualquier otro. Pero, hablando solamente de los asuntos humanos, pienso que si Esparta fue en otro tiempo muy floreciente no se debió a la bondad de cada una de sus leyes, pues muchas eran verdaderamente extrañas y hasta contrarias a las buenas costumbres, sino a que fueron elaboradas por un solo hombre, estando ordenadas a un mismo fin. de igual modo, juzgaba que las ciencias expuestas en los libros, al menos aquéllas cuyas razones solamente son probables y que carecen de demostraciones, habiendo sido compuestas y progresivamente engrosadas con las opiniones de muchas y diversas personas, no están tan cerca de la vedad como los simples razonamientos que un hombre de buen sentido puede naturalmente realizar en relación con aquellas cosas que se presentas. Y también pensaba que es casi imposible que nuestros juicios puedan estar tan carentes de prejuicios o que puedan ser tan sólidos como lo hubieran sido si desde nuestro nacimiento hubiésemos estado en posesión del uso completo de nuestra razón y nos hubiésemos guiado exclusivamente por ella, pues como todos hemos sido niños antes de llegar a ser hombres, ha sido preciso que fuéramos gobernados durante años por nuestros apetitos y preceptores, cuando con frecuencia los unos eran contrarios a los otros y, probablemente, ni los unos ni los otros nos aconsejaban lo mejor.

Verdad es que jamás vemos que se derriben todas las casas de una villa con el único propósito de reconstruirlas de modo distinto y de contribuir a un mayor embellecimiento de sus calles; pero sí se conoce que muchas personas ordenan el derribo de sus casas para edificarlas de nuevo y también se sabe que en algunas ocasiones se ven obligadas a ello cuando sus viviendas amenazan ruina y cuando sus cimientos no son firmes. Por semejanza con esto me persuadía de que no sería razonable que alguien proyectase reformar un Estado, modificando todo desde sus cimientos, y abatiéndolo para reordenarlo; sucede lo mismo con el conjunto de las ciencias o con el orden establecido en las escuelas para enseñarlas. Pero en relación con todas aquellas opiniones que hasta entonces habían sido creídas por mí, juzgaba que no podía intentar algo mejor que emprender con sinceridad la supresión de las mismas, bien para pasar a creer otras mejores o bien las mismas, pero después de que hubiesen sido ajustadas mediante el nivel de la razón. Llegué a creer con firmeza que de esta forma acertaría a dirigir mi vida mucho mejor que si me limitase a edificar sobre antiguos cimientos y me apoyase solamente sobre aquellos principios de los que me había dejado persuadir durante mi juventud sin haber llegado a examinar si eran verdaderos. Aunque me percatase de la existencia de diversas dificultades relacionadas con este proyecto, pensaba, sin embargo, que no eran insolubles ni comparables con aquellas que surgen al intentar la reforma de pequeños asuntos públicos. Estos grandes cuerpos políticos muy difícilmente pueden ser erigidos de nuevo cuando ya han caído, muy difícilmente pueden ser contenidos cuando han llegado a agrietarse y sus caídas son necesariamente muy violentas. Además, en relación con sus imperfecciones, si las tienen, como la sola diversidad que entre ellos existe es suficiente para asegurar que bastantes la tienen, han sido sin duda alguna muy mitigadas por el uso; es más, por tal medio se han evitado o corregido de modo gradual muchas a las que no se atendería de forma tan adecuada mediante la prudencia humana. Finalmente, estas imperfecciones son casi siempre más soportables para un pueblo habituado a ellas de lo que sería su cambio; acontece con esto lo mismo que con los caminos reales: serpean entre las montañas y poco a poco llegan a estar tan lisos y a ser tan cómodos a fuerza de ser utilizados que es mucho mejor transitar por ellos que intentar seguir el camino más recto, escalando rocas y descendiendo hasta los precipicios.

Por ello no aprobaría en forma alguna esos caracteres ligeros e inquietos que no cesan de idear constantemente alguna nueva reforma cuando no han sido llamados a la administración de los asuntos públicos ni por su nacimiento ni por su posición social. Y si llegara a pensar que hubo la menor razón en este escrito por la que se me pudo suponer partidario de esta locura, estaría muy enojado porque hubiese sido publicado. Mi deseo nunca ha ido más lejos del intento de reformar mis propias opiniones y de construir sobre un cimiento enteramente personal. Y si mi trabajo me ha llegado a complacer bastante, al ofrecer aquí el ejemplo del mismo, no pretendo aconsejar a nadie que lo imite. Aquéllos a los que Dios ha distinguido con sus dones podrán tener proyectos más elevados, pero me temo, no obstante, que éste resulte demasiado osado para muchos. La resolución de liberarse de todas las opiniones anteriormente integradas dentro de nuestra creencia, no es una labor que deba ser acometida por cada hombre. Por el contrario, el mundo parece estar compuesto principalmente de dos tipos de personas para las cuales tal propósito no es adecuado en modo alguno. Por una parte, aquellos que estimándose más capacitados de lo que en realidad son, no pueden impedir la precipitación en sus juicios ni logran concederse el tiempo necesario para conducir ordenadamente sus pensamientos. Como consecuencia de tal defecto, si en una ocasión se toman la libertad de dudar de los principios que han recibido, apartándose de la senda común, jamás llegarán a encontrar el sendero necesario para avanzar más recto, permaneciendo en el error durante toda su vida. Por otra parte están aquellos que, teniendo la suficiente razón o modestia para apreciar que son menos capaces para distinguir lo verdadero de lo falso que otros hombres por los que pueden ser instruidos, deben más bien contentarse con seguir las opiniones de estos que intentar alcanzar por sí mismos otras mejores.

Sin duda alguna habría sido uno de estos últimos si no hubiera conocido más que un solo maestro o no hubiera tenido noticia de las diferencias que siempre han existido entre las opiniones de los más doctos. Pero habiendo conocido desde el colegio que no podría imaginarse algo tan extraño y poco comprensible que no haya sido dicho por alguno de los filósofos; habiendo tenido noticia por mis viajes de que todos aquellos cuyos sentimientos son muy contrarios a los nuestros, no por ello deben ser juzgados como bárbaros o salvajes, sino que muchos de entre ellos usan la razón tan adecuadamente o mejor que nosotros; habiendo reflexionado sobre cuán diferente llegaría a ser un hombre que con su mismo ingenio fuese criado desde su infancia entre franceses o alemanes en vez de haberlos sido entre chinos o caníbales, y sobre cómo hasta en las modas de nuestros trajes observamos que lo que nos ha gustado hace diez años y acaso vuelva a producirnos agrado dentro de otros diez, puede, sin embargo, parecernos ridículo y extravagante en el momento presente, de modo que más parece que son la costumbre y el ejemplo los que nos persuaden y no conocimiento alguno cierto; habiendo considerado finalmente que la pluralidad de votos no vale en absoluto para decidir sobre la verdad de cuestiones controvertibles, pues más verosímil es que sólo un hombre las descubra que todo un pueblo, no podía escoger persona alguna cuyas opiniones me pareciesen que debían ser preferidas a las de otra y me encontraba por todo ello obligado a emprender por mí mismo la tarea de conducirme.

Pero al igual que un hombre que camina solo y en la oscuridad, tomé la resolución de avanzar tan lentamente y de usar tal circunspección en todas las cosas que aunque avanzase muy poco, al menos me cuidaría al máximo de caer. Por otra parte, no quise comenzar a rechazar por completo alguna de las opiniones que hubiesen podido deslizarse durante otra etapa de mi vida en mis creencias sin haber sido asimiladas en virtud de la razón, hasta que no hubiese empleado el tiempo suficiente para completar el proyecto emprendido e indagar el verdadero método con el fin de conseguir el conocimiento de todas las cosas de las que mi espíritu fuera capaz.

Había estudiado un poco, siendo más joven, la lógica de entre las partes de la filosofía; de las matemáticas, el análisis de los geómetras y el álgebra. Tres artes o ciencias que debían contribuir en algo a mi propósito. Pero habiéndolas examinado, me percaté de que en relación con la lógica, sus silogismos y la mayor parte de sus reglas sirven más para explicar a otro cuestiones ya conocidas o, también, como sucede con el arte de Lulio, para hablar sin juicio de aquellas que se ignoran que para llegar a conocerlas. Y si bien la lógica contiene muchos preceptos verdaderos y muy adecuados, hay, sin embargo, mezclados con éstos otros muchos que o bien son perjudiciales o bien superfluos, de modo que es tan difícil separarlos como sacar una Diana o una Minerva de un bloque de mármol aún no trabajado. Igualmente, en relación con el análisis de los antiguos o el álgebra de los modernos, además de que no se refieren sino a muy abstractas materias que parecen carecer de todo uso, el primero está tan circunscrito a la consideración de las figuras que no permite ejercer el entendimiento sin fatigar excesivamente la imaginación. La segunda está tan sometida a ciertas reglas y cifras que se ha convertido en un arte confuso y oscuro capaz de distorsionar el ingenio en vez de ser una ciencia que favorezca su desarrollo. Todo esto fue la causa por la que pensaba que era preciso indagar otro método que, asimilando las ventajas de estos tres, estuviera exento de sus defectos. Y como la multiplicidad de leyes frecuentemente sirve de excusa para los vicios de tal forma que un Estado está mejor regido cuando no existen más que unas pocas leyes que son minuciosamente observadas, de la misma forma, en lugar de un gran número de preceptos del cual está compuesta la lógica, estimé que tendría suficiente con los cuatro siguientes con tal de que tomase la firme y constante resolución de no incumplir ni una sola vez su observancia.

El primero consistía en no admitir cosa alguna como verdadera si no se la había conocido evidentemente como tal. Es decir, con todo cuidado debía evitar la precipitación y la prevención, admitiendo exclusivamente en mis juicios aquello que se presentara tan clara y distintamente a mi espíritu que no tuviera motivo alguno para ponerlo en duda.

El segundo exigía que dividiese cada una de las dificultades a examinar en tantas parcelas como fuera posible y necesario para resolverlas más fácilmente.

El tercero requería conducir por orden mis reflexiones comenzando por los objetos más simples y más fácilmente cognoscibles, para ascender poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más complejos, suponiendo inclusive un orden entre aquellos que no se preceden naturalmente los unos a los otros.

Según el último de estos preceptos debería realizar recuentos tan completos y revisiones tan amplias que pudiese estar seguro de no omitir nada.

Las largas cadenas de razones simples y fáciles, por medio de las cuales generalmente los geómetras llegan a alcanzar las demostraciones más difíciles, me habían proporcionado la ocasión de imaginar que todas las cosas que pueden ser objeto del conocimiento de los hombres se entrelazan de igual forma y que, absteniéndose de admitir como verdadera alguna que no lo sea y guardando siempre el orden necesario para deducir unas de otras, no puede haber algunas tan alejadas de nuestro conocimiento que no podamos, finalmente, conocer ni tan ocultas que no podamos llegar a descubrir. No supuso para mí una gran dificultad el decidir por cuáles era necesario iniciar el estudio: previamente sabía que debía ser por las más simples y las más fácilmente cognoscibles. Y considerando que entre todos aquellos que han intentado buscar la verdad en el campo de las ciencias, solamente los matemáticos han establecido algunas demostraciones, es decir, algunas razones ciertas y evidentes, no dudaba que debía comenzar por las mismas que ellos habían examinado. No esperaba alcanzar alguna utilidad si exceptuamos el que habituarían mi ingenio a considerar atentamente la verdad y a no contentarse con falsas razones. Pero, por ello, no llegué a tener el deseo de conocer todas las ciencias particulares que comúnmente se conocen como matemáticas, pues viendo que aunque sus objetos son diferentes, sin embargo, no dejan de tener en común el que no consideran otra cosa, sino las diversas relaciones y posibles proporciones que entre los mismos se dan, pensaba que poseía un mayor interés que examinase solamente las proporciones en general y en relación con aquellos sujetos que servirían para hacer más cómodo el conocimiento. Es más, sin vincularlas en forma alguna a ellos para poder aplicarlas tanto mejor a todos aquellos que conviniera. Posteriormente, habiendo advertido que para analizar tales proporciones tendría necesidad en alguna ocasión de considerar a cada una en particular y en otras ocasiones solamente debería retener o comprender varias conjuntamente en mi memoria, opinaba que para mejor analizarlas en particular, debía suponer que se daban entre líneas puesto que no encontraba nada más simple ni que pudiera representar con mayor distinción ante mi imaginación y sentidos; pero para retener o considerar varias conjuntamente, era preciso que las diera a conocer mediante algunas cifras, lo más breves que fuera posible. Por este medio recogería lo mejor que se da en el análisis geométrico y en el álgebra, corrigiendo, a la vez, los defectos de una mediante los procedimientos de la otra.

Y como, en efecto, la exacta observancia de estos escasos preceptos que había escogido, me proporcionó tal facilidad para resolver todas las cuestiones, tratadas por estas dos ciencias, que en dos o tres meses que empleé en su examen, habiendo comenzado por las más simples y más generales, siendo, a la vez, cada verdad que encontraba una regla útil con vistas a alcanzar otras verdades, no solamente llegué a concluir el análisis de cuestiones que en otra ocasión había juzgado de gran dificultad, sino que también me pareció, cuando concluía este trabajo, que podía determinar en tales cuestiones por qué medios y hasta dónde era posible alcanzar soluciones de lo que ignoraba. En lo cual no pareceré ser excesivamente vanidoso si se considera que no habiendo más que un conocimiento verdadero de cada cosa, aquel que lo posee conoce cuanto se puede saber. Así un niño instruido en aritmética, habiendo realizado una suma según las reglas pertinentes puede estar seguro de haber alcanzado todo aquello de que es capaz el ingenio humano en lo relacionado con la suma que él examina. Pues el método que nos enseña a seguir el verdadero orden y a enumerar exactamente todas las circunstancias de lo que se investiga, contiene todo lo que confiere certeza alas reglas de la Aritmética.

Pero lo que me producía más agrado de este método era que siguiéndolo estaba seguro de utilizar en todo mi razón, si no de un modo absolutamente perfecto, al menos de la mejor forma que me fue posible. Por otra parte, me daba cuenta de que la práctica del mismo habituaba progresivamente mi ingenio a concebir de forma más clara y distinta sus objetos y puesto que no lo había limitado a materia alguna en particular, me prometía aplicarlo con igual utilidad a dificultades propias de otras ciencias al igual que lo había realizado con las del Algebra. Con esto no quiero decir que pretendiese examinar todas aquellas dificultades que se presentasen en un primer momento, pues esto hubiera sido contrario al orden que el método prescribe. Pero habiéndome prevenido de que sus principios deberían estar tomados de la filosofía, en la cual no encontraba alguno cierto, pensaba que era necesario ante todo que tratase de establecerlos. Y puesto que era lo más importante en el mundo y se trataba de un tema en el que la precipitación y la prevención eran los defectos que más se debían temer, juzgué que no debía intentar tal tarea hasta que no tuviese una madurez superior a la que se posee a los veintitrés años, que era mi edad, y hasta que no hubiese empleado con anterioridad mucho tiempo en prepararme, tanto desarraigando de mi espíritu todas las malas opiniones y realizando un acopio de experiencias que deberían constituir la materia de mis razonamientos, como ejercitándome siempre en el método que me había prescrito con el fin de afianzarme en su uso cada vez más.

El discurso del método
René Descartes
Texto de la Tercera parte

Así como antes de iniciar la reconstrucción de la casa en la que se habita o basta con realizar su derribo, efectuar la reserva de materiales, arquitectos o bien ejercitarse uno mismo en la construcción, además de haber diseñado con atención el plano, sino que también es necesario haberse dotado de alguna otra casa en la que se pueda estar alojado cómodamente durante el período de construcción, de igual modo con el fin de no permanecer irresoluto en mis acciones aunque la razón me obligase a estarlo en mis juicios y, por otra parte, con el fin de no dejar de vivir por ello con la mayor dicha que pudiera, elaboré una moral provisional que no constaba sino de tres o cuatro máximas de las cuales deseo haceros partícipes.

Por la primera debía obedecer las leyes y costumbres de mi país, conservando la religión en la cual Dios me ha concedido la gracia de ser instruido desde la infancia, rigiéndome en cualquier otra cuestión por las opiniones más moderadas y más alejadas de todo extremo, que fuesen comúnmente practicadas por los más sensatos de aquéllos con los que me tocase vivir. Pues, estando resuelto desde entonces a no estimar en nada mis propias opiniones, dado que deseaba someterlas a examen, estaba seguro de que lo mejor que podía hacer era aceptar las de los más sensatos. Y aunque quizá existan otras personas tan sensatas como las que viven con nosotros entre los persas y los chinos, me parecía más útil tomar como regla las opiniones de aquéllos con los que tuviese que vivir. Y para conocer cuáles eran verdaderamente sus opiniones, estimaba que debería prestar más atención a lo que tales personas ponían en práctica que a lo que decían, no sólo porque, dada la corrupción de nuestras costumbres, hay pocas personas que deseen decir todo lo que piensan, sino también porque muchas lo ignoran, pues siendo diferente el acto del pensamiento en virtud del cual se cree algo de aquel otro por el cual se conoce que se tiene tal creencia, frecuentemente se da el uno sin el otro. Y entre varias opiniones, igualmente aceptadas, no elegiría sino las más moderadas, no sólo porque son las más cómodas en la práctica y probablemente las mejores, pues todo exceso generalmente es pernicioso, sino también porque me apartaría menos del verdadero camino en caso de equivocación que si, habiendo elegido una de las opiniones extremas, hubiese sido la otra la que hubiera sido preciso seguir. Principalmente estimaba como exceso todas las promesas por las que se enajena algo de la propia libertad. No desaprobaba por ello las leyes que para remediar la inconstancia de los espíritus débiles o para consolidar la seguridad del comercio permiten establecer votos o contratos, obligando a perseverar en los mismos, tanto cuando se posee un buen propósito como cuando el proyecto no es sino indiferente. Pero puesto que no veía cosa alguna en el mundo que permaneciera constantemente en el mismo estado, y como, en lo que me concierne, me prometía perfeccionar progresivamente mis juicios y no empeorarlos, hubiese pensado que cometía una gran falta contra el buen sentido si, porque aprobaba entonces alguna opinión, me hubiese obligado a tener que aceptarla posteriormente como buena cuando quizá hubiera dejado de serlo o yo hubiera dejado de estimarla como tal.

Mi segunda máxima prescribía que debía ser lo más firme y decidido que pudiera en mis acciones y que no debía seguir las opiniones más dudosas, después de haberme determinado a ello, con menor constancia que si hubiesen sido muy seguras. En esto imitaba a los viajeros que, encontrándose perdidos en algún bosque, no deben vagar dando vueltas, de un lado para el otro, ni mucho menos detenerse en un lugar, sino que, por el contrario, deben dirigirse siempre con las menores desviaciones posibles hacia un punto, no alterando la dirección de su marcha por débiles razones aunque en un principio la hayan elegido exclusivamente al azar. Pues de esta forma, si no llegan al lugar exactamente deseado, al menos llegarán a alguna parte en la que se puede presumir que estarán mejor que en medio del bosque. De igual modo, puesto que las acciones de la vida no toleran frecuentemente plazo alguno, es una verdad cierta que mientras no esté en nuestro poder distinguir las opiniones más verdaderas, debemos seguir las más probables; asimismo, aunque no nos percatemos con anterioridad de la mayor probabilidad de unas en relación con otras, sin embargo, debemos optar por unas y considerarlas en lo sucesivo no como dudosas, en cuanto que se refieren a la práctica, sino como muy verdaderas y ciertas a causa de que la razón que nos ha determinado a seguirlas es de tal índole. Esto fue suficiente para liberarme en lo sucesivo de todos los arrepentimientos y remordimientos que turban generalmente las conciencias de esos espíritus débiles y volubles que, con inconstancia, se dejan arrastrar a practicar como buenas las mismas acciones que posteriormente han de considerar que son malas.

Mi tercera máxima aconsejaba que debía intentar siempre vencerme a mí mismo antes que a la fortuna y modificar mis deseos antes que el orden del mundo. En general, debía acostumbrarme a pensar que no existe nada que esté enteramente en nuestro poder con excepción de nuestros pensamientos, de forma tal que después de haber hecho lo que hemos estimado mejor, en relación con todos los asuntos que nos son ajenos, todo aquello que nos reste para triunfar es absolutamente imposible para nosotros. Este solo pensamiento me parecía ser suficiente para impedirme desear en lo sucesivo lo que no pudiera alcanzar y, por lo tanto, para vivir feliz y satisfecho; pues no tendiendo naturalmente nuestra voluntad a desear sino las cosas que nuestro entendimiento le presenta en cierto modo como posibles, es claro que si consideramos todos los bienes que están fuera de nosotros como igualmente alejados de nuestro poder, nunca más sentiremos disgusto alguno por carecer de aquellos que parecen debidos a nuestro nacimiento cuando nos veamos privados de ellos sin culpa nuestra, de igual modo que no lo sentimos si no poseemos los reinos de la China o de México. Y haciendo así, como suele decirse, de necesidad virtud, no sentiremos mayores deseos de estar sanos cuando estemos enfermos, o de estar libres cuando estemos en prisión, de los que ahora sentimos de tener un cuerpo compuesto de una materia tan poco corruptible como los diamantes o de poseer unas alas para volar como los pájaros. Pero confieso que es necesario un gran ejercicio y una meditación frecuentemente reiterada para acostumbrarse a ver las cosas de este modo; en esto consistía, según mi opinión, el secreto de aquellos filósofos que fueron capaces en otro tiempo de sustraerse al imperio de la fortuna y, a pesar de los dolores y la pobreza, de estimarse tan felices como los dioses. Pues, habiéndose ocupado sin cesar en la consideración de los límites que les habían sido prescritos por la naturaleza, se persuadían de forma tan completa de que nada estaba en su poder sino sus propios pensamientos, que esto solo era suficiente para impedirles sufrir afección alguna por otros motivos; se apropiaban en modo tal de estos pensamientos que tenían cierta razón al estimarse más ricos, más poderosos, más libres y más dichosos que cualquiera de los hombres que, careciendo de esta filosofía, por muy favorecidos que hubiesen sido por la naturaleza y la fortuna, no llegan a disponer jamás de todo lo que ellos desean.

Finalmente, como conclusión de las reflexiones sobre esta moral, me daba cuenta de que debía realizar un atento examen de todas las ocupaciones que los hombres tienen en esta vida con el fin de intentar escoger la mejor. Y sin desear afirmar nada sobre las ocupaciones de otros, estimaba que no podía hacer nada mejor que continuar ejercitando aquella que tenía; es decir, emplear toda mi vida en cultivar mi razón y avanzar tanto como pudiese en el conocimiento de la verdad, siguiendo el método que me había prescrito. Había experimentado tan estimables compensaciones desde el momento en que comencé a ponerlo en práctica, que no pensaba que pudiera recibirlas más agradables ni más saludables en esta vida. Y como todos los días descubría mediante la práctica del mismo algunas verdades que me parecían bastante importantes y comúnmente ignoradas por otros hombres, la satisfacción que obtenía saciaba de tal forma mi espíritu que todo lo demás carecía para mí de interés. Por otra parte, las tres máximas precedentes no estaban fundadas sino sobre el deseo que tenía de continuar instruyéndome, pues habiéndonos dado Dios a todos una cierta luz natural para distinguir lo verdadero de lo falso, nunca hubiese pensado que debía contentarme un solo momento con las opiniones de otro si no me hubiese propuesto emplear mi propio juicio en su examen, cuando llegase el momento oportuno; y siguiendo estas máximas no hubiera podido liberarme de preocupaciones si no hubiese decidido aprovechar todas las oportunidades para encontrar otras mejores, caso de que las hubiese. Finalmente, no hubiese acertado a limitar mis proyectos, ni a ser feliz, si no hubiese seguido un camino por el que pensaba que no sólo podía asegurarme la adquisición de todos los conocimientos de los que fuese capaz, sino también el logro de todos los verdaderos bienes que estuviesen en mi poder, ya que no determinándose nuestra voluntad a la aceptación o rechazo de algo sino porque nuestro entendimiento se lo presenta como bueno o malo, basta con juzgar correctamente para obrar bien y juzgar lo mejor que se pueda para obrar de igual modo; es decir, para adquirir todas las virtudes y conjuntamente todos los bienes que puedan lograrse. Cuando se tiene certeza de que esto es así, no se puede sino ser dichoso.

Después de haberme convencido de estas máximas y haberlas colocado aparte junto con las verdades de la fe, que siempre han ocupado un privilegiado puesto en mi creencia, pensaba que podía con libertad intentar deshacerme de todas las otras opiniones. Y puesto que esperaba alcanzar más cómodamente mis objetivos conversando con los hombres que permaneciendo por más tiempo encerrado en la habitación donde había llegado a realizar tales reflexiones, continué mi viaje antes de que llegase a concluir el invierno. En los nueve años siguientes no hice otra cosa sino viajar de aquí para allá por el mundo, tratando más de ser espectador que actor en todas las comedias que en él se representan a diario; y, haciendo una particular reflexión en cada materia sobre aquello que podía hacerla dudosa y dar ocasión para equivocarnos, erradicaba de mi espíritu todos los errores que podían haberse deslizado en él con anterioridad. En esto no imitaba a los escépticos, que no dudan sino por dudar y fingen permanecer siempre irresolutos; por el contrario, mi único deseo era liberarme de la inquietud y rechazar la tierra movediza y la arena con el fin de hallar la roca viva o la arcilla. Pienso que en esto obtenía buenos resultados puesto que tratando de descubrir la falsedad e incertidumbre de las proposiciones que examinaba, no mediante débiles conjeturas sino siguiendo razonamientos claros y seguros, no encontraba alguna tan dudosa de la que no obtuviese alguna conclusión bastante cierta, aunque solamente hubiese sido la de que no contenía nada cierto. Y así como cuando se derriba una vieja casa se conservan los materiales para construir el nuevo edificio, de igual forma cuando destruía todas aquellas opiniones que estimaba mal fundadas, realizaba observaciones y recogía experiencias, que me han servido posteriormente para establecer otras opiniones más ciertas. Por otra parte, continuaba ejercitándome en el método que me había prescrito pues, además de que ponía cuidado en conducir mis pensamientos según sus reglas, en ocasiones reservaba algunas horas que empleaba de modo particular para ponerlo en práctica al tratar dificultades de la matemática o también algunas otras que podía considerarlas semejantes a las de las matemáticas, liberándolas de todos los principios de otras ciencias que no estimaba suficientemente firmes, como veréis que he realizado en varias cuestiones que son tratadas en este volumen. De este modo, no viviendo en apariencia sino como los que no tienen otra ocupación que la de disfrutar una vida agradable e inocente, esforzándose en separar los placeres de los vicios y haciendo uso a la vez de cuantas diversiones honestas están a su alcance para gozar de su ocio sin hastío, no dejaba de perseverar en mi intento y de avanzar provechosamente en el conocimiento de la verdad, quizá aún más que si me hubiese limitado a leer libros o a frecuentar gentes de letras.

Sin embargo, los nueve años se pasaron sin que hubiese llegado a tomar partido alguno en relación con aquellas dificultades que generalmente se discuten entre los doctos y sin que hubiese iniciado la búsqueda de una filosofía más cierta que la vulgar. Por otra parte, el ejemplo de varios excelentes espíritus que, habiéndose propuesto tal tarea, me parecía que no habían llegado a triunfar en su realización, me hacía imaginar una dificultad tan grande que quizá no hubiese intentado acometerla si no me hubiese llegado a enterar de que algunos hacían correr el rumor de que la había concluido. No sabría decir sobre qué fundaban esta opinión. Y si he contribuido a favorecerla en algo por mis discursos, estimo que debe haber sido al confesar más ingenuamente lo que ignoraba de lo que tienen costumbre de hacerlo aquellos que han estudiado un poco, y quizá también al mostrar las razones que me inducían a dudar de muchas cosas que otros estiman ciertas, pero no porque me haya vanagloriado de estar en posesión de doctrina alguna. Pero, teniendo un carácter tal que no deseo ser tomado por otro distinto del que soy, pensaba que era preciso que intentase por todos los medios hacerme digno de la reputación que se me concedía. Y hace justamente ocho años que este deseo me hizo alejarme de todos los lugares donde podía tener conocidos y retirarme aquí, en un país en el que la larga duración de la guerra ha obligado a establecer tales reglamentos que los ejércitos que se mantienen parecen servir exclusivamente para que los hombres gocen de los frutos de la paz con tanta mayor seguridad, y donde, en medio de la multitud de un pueblo muy activo, más preocupado de sus propios problemas que curioso de los ajenos, sin carecer de alguna de las comodidades que se disfrutan en las villas más pobladas, he podido vivir tan retirado y solitario como en uno de los desiertos más apartados.

El discurso del método
René Descartes
Texto de la Cuarta parte

No sé si debo entreteneros con las primeras meditaciones allí realizadas, pues son tan metafísicas y tan poco comunes que no serán del gusto de todos. Y sin embargo, con el fin de que se pueda opinar sobre la solidez de los fundamentos que he establecido, me encuentro en cierto modo obligado a referirme a ellas. Hacía tiempo que había advertido que, en relación con las costumbres, es necesario en algunas ocasiones seguir opiniones muy inciertas tal como si fuesen indudables, según he advertido anteriormente. Pero puesto que deseaba entregarme solamente a la búsqueda de la verdad, opinaba que era preciso que hiciese todo lo contrario y que rechazase como absolutamente falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de comprobar si, después de hacer esto, no quedaría algo en mi creencia que fuese enteramente indudable. Así pues, considerando que nuestros sentidos en algunas ocasiones nos inducen a error, decidí suponer que no existía cosa alguna que no fuese tal como nos la hacen imaginar. Y puesto que existen hombres que se equivocan al razonar en cuestiones relacionadas con las más sencillas materias de la geometría y que incurren en paralogismos, juzgando que yo, como cualquier otro estaba sujeto a error, rechazaba como falsas todas las razones que hasta entonces había admitido como demostraciones. Y, finalmente, considerando que hasta los pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos pueden asaltarnos cuando dormimos, sin que ninguno en tal estado sea verdadero, me resolví a fingir que todas las cosas que hasta entonces habían alcanzado mi espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños. Pero, inmediatamente después, advertí que, mientras deseaba pensar de este modo que todo era falso, era absolutamente necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa. Y dándome cuenta de que esta verdad: pienso, luego soy, era tan firme y tan segura que todas las más extravagantes suposiciones de los escépticos no eran capaces de hacerla tambalear, juzgué que podía admitirla sin escrúpulo como el primer principio de la filosofía que yo indagaba.

Posteriormente, examinando con atención lo que yo era, y viendo que podía fingir que carecía de cuerpo así como que no había mundo o lugar alguno en el que me encontrase, pero que, por ello, no podía fingir que yo no era, sino que por el contrario, sólo a partir de que pensaba dudar acerca de la verdad de otras cosas, se que, con sólo que hubiese cesado de pensar, aunque el resto de lo que había imaginado hubiese sido verdadero, no tenía razón alguna para creer que yo hubiese sido, llegué a conocer a partir de todo ello que era una sustancia cuya esencia o naturaleza no reside sino en pensar y que tal sustancia, para existir, no tiene necesidad de lugar alguno ni depende de cosa alguna material. De suerte que este yo, es decir, el alma, en virtud de la cual yo soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo, más fácil de conocer que éste y, aunque el cuerpo no fuese, no dejaría de ser todo lo que es.

Analizadas estas cuestiones, reflexionaba en general sobre todo lo que se requiere para afirmar que una proposición es verdadera y cierta, pues, dado que acababa de identificar una que cumplía tal condición, pensaba que también debía conocer en qué consiste esta certeza. Y habiéndome percatado que nada hay en pienso, luego soy que me asegure que digo la verdad, a no ser que yo veo muy claramente que para pensar es necesario ser, juzgaba que podía admitir como regla general que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas; no obstante, hay solamente cierta dificultad en identificar correctamente cuáles son aquellas que concebimos distintamente.

A continuación, reflexionando sobre que yo dudaba y que, en consecuencia, mi ser no era omniperfecto pues claramente comprendía que era una perfección mayor el conocer que el dudar, comencé a indagar de dónde había aprendido a pensar en alguna cosa más perfecta de lo que yo era; conocí con evidencia que debía ser en virtud de alguna naturaleza que realmente fuese más perfecta. En relación con los pensamientos que poseía de seres que existen fuera de mí, tales como el cielo, la tierra, la luz, el calor y otros mil, podía estimar que si eran verdaderos, fueran dependientes de mi naturaleza, en tanto que posee alguna perfección; si no lo eran, que procedían de la nada, es decir, que los tenía porque había defecto en mí. Pero no podía opinar lo mismo acerca de la idea de un ser más perfecto que el mío, pues que procediese de la nada era algo manifiestamente imposible y puesto que no hay una repugnancia menor en que lo más perfecto sea una consecuencia y esté en dependencia de lo menos perfecto, que la existente en que algo proceda de la nada, concluí que tal idea no podía provenir de mí mismo. De forma que únicamente restaba la alternativa de que hubiese sido inducida en mí por una naturaleza que realmente fuese más perfecta de lo que era la mía y, también, que tuviese en sí todas las perfecciones de las cuales yo podía tener alguna idea, es decir, para explicarlo con una palabra que fuese Dios. A esto añadía que, puesto que conocía algunas perfecciones que en absoluto poseía, no era el único ser que existía (permitidme que use con libertad los términos de la escuela), sino que era necesariamente preciso que existiese otro ser más perfecto del cual dependiese y del que yo hubiese adquirido todo lo que tenía. Pues si hubiese existido solo y con independencia de todo otro ser, de suerte que hubiese tenido por mí mismo todo lo poco que participaba del ser perfecto, hubiese podido, por la misma razón, tener por mí mismo cuanto sabía que me faltaba y, de esta forma, ser infinito, eterno, inmutable, omnisciente, todopoderoso y, en fin, poseer todas las perfecciones que podía comprender que se daban en Dios. Pues siguiendo los razonamientos que acabo de realizar, para conocer la naturaleza de Dios en la medida en que es posible a la mía, solamente debía considerar todas aquellas cosas de las que encontraba en mí alguna idea y si poseerlas o no suponía perfección; estaba seguro de que ninguna de aquellas ideas que indican imperfección estaban en él, pero sí todas las otras. De este modo me percataba de que la duda, la inconstancia, la tristeza y cosas semejantes no pueden estar en Dios, puesto que a mí mismo me hubiese complacido en alto grado el verme libre de ellas. Además de esto, tenía ideas de varias cosas sensibles y corporales; pues, aunque supusiese que soñaba y que todo lo que veía o imaginaba era falso, sin embargo, no podía negar que esas ideas estuvieran verdaderamente en mi pensamiento. Pero puesto que había conocido en mí muy claramente que la naturaleza inteligente es distinta de la corporal, considerando que toda composición indica dependencia y que ésta es manifiestamente un defecto, juzgaba por ello que no podía ser una perfección de Dios el estar compuesto de estas dos naturalezas y que, por consiguiente, no lo estaba; por el contrario, pensaba que si existían cuerpos en el mundo o bien algunas inteligencias u otras naturalezas que no fueran totalmente perfectas, su ser debía depender de su poder de forma tal que tales naturalezas no podían subsistir sin él ni un solo momento.

Posteriormente quise indagar otras verdades y habiéndome propuesto el objeto de los geómetras, que concebía como un cuerpo continuo o un espacio indefinidamente extenso en longitud, anchura y altura o profundidad, divisible en diversas partes, que podían tener diversas figuras y magnitudes, así como ser movidas y trasladadas en todas las direcciones, pues los geómetras suponen esto en su objeto, repasé alguna de las demostraciones más simples. Y habiendo advertido que esta gran certeza que todo el mundo les atribuye, no está fundada sino sobre que se las concibe con evidencia, siguiendo la regla que anteriormente he expuesto, advertí que nada había en ellas que me asegurase de la existencia de su objeto. Así, por ejemplo, estimaba correcto que, suponiendo un triángulo, entonces era preciso que sus tres ángulos fuesen iguales a dos rectos; pero tal razonamiento no me aseguraba que existiese triángulo alguno en el mundo. Por el contrario, examinando de nuevo la idea que tenía de un Ser Perfecto, encontraba que la existencia estaba comprendida en la misma de igual forma que en la del triángulo está comprendida la de que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos o en la de una esfera que todas sus partes equidisten del centro e incluso con mayor evidencia. Y, en consecuencia, es por lo menos tan cierto que Dios, el Ser Perfecto, es o existe como lo pueda ser cualquier demostración de la geometría.

Pero lo que motiva que existan muchas personas persuadidas de que hay una gran dificultad en conocerle y, también, en conocer la naturaleza de su alma, es el que jamás elevan su pensamiento sobre las cosas sensibles y que están hasta tal punto habituados a no considerar cuestión alguna que no sean capaces de imaginar (modo de pensar propiamente relacionado con las cosas materiales), que todo aquello que no es imaginable, les parece ininteligible. Lo cual es bastante manifiesto en la máxima que los mismos filósofos defienden como verdadera en las escuelas, según la cual nada hay en el entendimiento que previamente no haya impresionado los sentidos. En efecto, las ideas de Dios y el alma nunca han impresionado los sentidos y me parece que los que desean emplear su imaginación para comprenderlas, hacen lo mismo que si quisieran servirse de sus ojos para oír los sonidos o sentir los olores. Existe aún otra diferencia: que el sentido de la vista no nos asegura menos de la verdad de sus objetos que lo hacen los del olfato u oído, mientras que ni nuestra imaginación ni nuestros sentidos podrían asegurarnos cosa alguna si nuestro entendimiento no interviniese.

En fin, si aún hay hombres que no están suficientemente persuadidos de la existencia de Dios y de su alma en virtud de las razones aducidas por mí, deseo que sepan que todas las otras cosas, sobre las cuales piensan estar seguros, como de tener un cuerpo, de la existencia de astros, de una tierra y cosas semejantes, son menos ciertas. Pues, aunque se tenga una seguridad moral de la existencia de tales cosas, que es tal que, a no ser que se peque de extravagancia, no se puede dudar de las mismas, sin embargo, a no ser que se peque de falta de razón, cuando se trata de una certeza metafísica, no se puede negar que sea razón suficiente para no estar enteramente seguros el haber constatado que es posible imaginarse de igual forma, estando dormido, que se tiene otro cuerpo, que se ven otros astros y otra tierra, sin que exista ninguno de tales seres. Pues ¿cómo podemos saber que los pensamientos tenidos en el sueño son más falsos que los otros, dado que frecuentemente no tienen vivacidad y claridad menor? Y aunque los ingenios más capaces estudien esta cuestión cuanto les plazca, no creo puedan dar razón alguna que sea suficiente para disipar esta duda, si no presuponen la existencia de Dios. Pues, en primer lugar, incluso lo que anteriormente he considerado como una regla (a saber: que lo concebido clara y distintamente es verdadero) no es válido más que si Dios existe, es un ser perfecto y todo lo que hay en nosotros procede de él. De donde se sigue que nuestras ideas o nociones, siendo seres reales, que provienen de Dios, en todo aquello en lo que son claras y distintas, no pueden ser sino verdaderas. De modo que, si bien frecuentemente poseemos algunas que encierran falsedad, esto no puede provenir sino de aquéllas en las que algo es confuso y oscuro, pues en esto participan de la nada, es decir, que no se dan en nosotros sino porque no somos totalmente perfectos. Es evidente que no existe una repugnancia menor en defender que la falsedad o la imperfección, en tanto que tal, procedan de Dios, que existe en defender que la verdad o perfección proceda de la nada. Pero si no conocemos que todo lo que existe en nosotros de real y verdadero procede de un ser perfecto e infinito, por claras y distintas que fuesen nuestras ideas, no tendríamos razón alguna que nos asegurara de que tales ideas tuviesen la perfección de ser verdaderas.

Por tanto, después de que el conocimiento de Dios y el alma nos han convencido de la certeza de esta regla, es fácil conocer que los sueños que imaginamos cuando dormidos, no deben en forma alguna hacernos dudar de la verdad de los pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos. Pues, si sucediese, inclusive durmiendo, que se tuviese alguna idea muy distinta como, por ejemplo que algún geómetra lograse alguna nueva demostración, su sueño no impediría que fuese verdad. Y en relación con el error más común de nuestros sueños, consistente en representarnos diversos objetos de la misma forma que la obtenida por los sentidos exteriores, carece de importancia el que nos dé ocasión para desconfiar de la verdad de tales ideas, pues pueden inducirnos a error frecuentemente sin que durmamos, como sucede a aquellos que padecen de ictericia que todo lo ven de color amarillo o cuando los astros u otros cuerpos demasiado alejados nos parecen de tamaño mucho menor del que en realidad poseen. Pues, bien estemos en estado de vigilia o bien durmamos, jamás debemos dejarnos persuadir sino por la evidencia de nuestra razón. Y es preciso señalar, que yo afirmo, de nuestra razón y no de nuestra imaginación o de nuestros sentidos, pues aunque veamos el sol muy claramente no debemos juzgar por ello que no posea sino el tamaño con que lo vemos y fácilmente podemos imaginar con perfecta claridad una cabeza de león unida al cuerpo de una cabra sin que sea preciso concluir que exista en el mundo una quimera, pues la razón no nos dicta que lo que vemos o imaginamos de este modo, sea verdadero. Por el contrario nos dicta que todas nuestras ideas o nociones deben tener algún fundamento de verdad, pues no sería posible que Dios, que es sumamente perfecto y veraz, las haya colocado en nosotros careciendo del mismo. Y puesto que nuestros razonamiento no son jamás tan evidentes ni completos durante el sueño como durante la vigilia, aunque algunas veces nuestras imágenes sean tanto o más vivas y claras, la razón nos dicta igualmente que no pudiendo nuestros pensamientos ser todos verdaderos, ya que nosotros no somos omniperfectos, lo que existe de verdad debe encontrarse infaliblemente en aquellos que tenemos estando despiertos más bien que en los que tenemos mientras soñamos.

René Descartes (en latín: Cartesius; de ahí el nombre de su filosofía es conocido como la filosofía cartesiana) nació en 1596, en el seno de una familia noble y acomodada. Se educó desde 1604 hasta 1612 en el colegio de los jesuitas de la Flèche. Luego, hasta el año 1618 vivió en París estudiando las matemáticas. Su moderada fortuna le permitió dedicar su vida al estudio, a la ciencia y a la filosofía. Entre 1618 y 1629 viajó mucho en el extranjero y hasta participó en la Guerra de Treinta Años. De 1629 a 1649 permaneció en Holanda, dedicado a los silenciosos estudios. Este año se trasladó a Estocolmo, invitado por la reina de Suecia, Cristina, donde murió al año siguiente, no pudiendo soportar el clima del norte de Europa.
Sus obras más significativas son: Reglas para la dirección del espíritu (Regulae ad directionem ingenii), incompletas, escritas hacia 1628 y publicadas en 1701; las Meditaciones (Meditationes de prima philosophia in quibus existencia Dei et animae inmortalis demonstrantur), escritas en 1640 y cuyo contenido comunicó a diversos filósofos y teólogos, lo que dio lugar a seis series de objeciones y respuestas; el Discurso del método (1637) y los Principios de la filosofía (Principia philosophiae), obra aparecida en 1644.