Colonización de América

Historia de América. España. Portugal. Política Colonial. Colonias españolas. Colonias portuguesas. Civilizaciones Precolombinas

  • Enviado por: Marisol Martinez Amata
  • Idioma: castellano
  • País: Argentina Argentina
  • 83 páginas

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TRABAJO DE INVESTIGACIÓN DE HISTORIA Y COMPUTACIÓN

CURSO:

  • 4º B.M.

FECHA DE ENTREGA:

  • 18 DE NOVIEMBRE DE 1999

INDICE

Introducción ...................................................................................................................... 4

Colonización Española

Economía .................................................................................................................6

España y América: el comercio Atlántico ................................................6

Mercados y actividad comercial ...............................................................7

Distribución e intercambios .......................................................................10

Minería .........................................................................................................12

Sistemas de trabajo .........................................................................12

Condiciones de trabajo ..................................................................15

Repercusiones sociales ...................................................................16

Producción de plata .......................................................................17

Producción de Oro ..........................................................................17

Sociedades indígenas bajo el dominio español ...............................................19

Contactos iniciales e instituciones coloniales .........................................21

Estructuras políticas ....................................................................................23

Religión ........................................................................................................ 28

Tributos .........................................................................................................30

Mano de obra ............................................................................................ 30

Tierras ........................................................................................................... 33

Aculturación ............................................................................................... 34

Estrategia urbana ................................................................................................. 37

Iglesia Católica en la Hispanoamérica colonial ...............................................42

América del Sur en el siglo XVIII .......................................................................... 49

Colonización Portuguesa

Breve introducción ................................................................................................51

Comienzo de la colonización ..............................................................................51

Descubrimiento y primera exploración ...................................................53

Economía

Introducción ...............................................................................................55

Período de las factorías ............................................................................ 59

Período de asentamiento de propietarios ..............................................60

Ciclo del oro ................................................................................................63

Minería ...............................................................................................64

Quintos ..............................................................................................65

Contrabando ...................................................................................66

Sociedad ................................................................................................................68

Problemas con otros países europeos

Francia y España ........................................................................................69

Holanda .......................................................................................................73

Política

Establecimiento del gobierno real ...........................................................73

Religión

Obra de los jesuitas ....................................................................................75

Expansión hacia el sur

Colonia de Sacramento ............................................................................78

Conclusión ........................................................................................................................81

Bibliografía ........................................................................................................................82

INTRODUCCIÓN

Cuando descubre el mundo que lo rodea, el hombre se siente diferente, quiere conocerlo y dominarlo, y, mediante un continuo desarrollo de sus posibilidades en su capacidad de observación, comienza un intenso proceso de exploración y de dominio que lo llevará a la total conquista de la Tierra.

El hombre adquiere una de las características más esenciales de la especie humana: la capacidad de adaptación que habrá de permitirle aceptar profundos cambios del marco en que vive, mientras otras muchas especies no los pueden superar. La conciencia de esa adaptabilidad da al hombre la plena confianza en sus recursos y le permite comenzar la exploración sistemática del territorio en que vive y ampliar constantemente ese conocimiento.

El primer paso marca la temprana variabilidad de su régimen económico. Ese marco se amplía con el desarrollo de una economía cazadora cuando pasa a ser factor decisivo en la diversificación y especialización de los distintos grupos humanos. La nueva actividad queda señalada con un sentido de mejora, de afán de beneficio, de ganancia; es decir, como un sentido económico que ya no habrá de abandonar y que marca la exploración como conquista.

Pero si una exploración puede tener una finalidad en sí misma, como afán y deseo de conquista no queda satisfecha con la obtención de lo deseado sino que lleva el germen de una permanente ambición que exige nuevas exploraciones las cuales llevarán al hombre al descubrimiento y conquista de la totalidad de la Tierra, lo que sólo ha conseguido en nuestro tiempo.

A consecuencia de la aparición de la economía de producción y el nacimiento de las primeras industrias, propio de una sociedad sedentaria, la actividad explorador adquiere un ritmo creciente y extraordinario, y en lo sucesivo será el comercio el verdadero industrializador de la exploración.

Como es lógico, el ritmo de las exploraciones y conquistas se halla en razón directa respecto al desarrollo de los medios de transporte y de un modo bien acusado en relación con la estructura social, política y económica de las diversas sociedades.

En el siglo XV, en ausencia de una poderosa clase burguesa, las propias coronas de Portugal y Castilla tomaron la iniciativa de la expansión de sus dominios más allá de la península: la primera en Madeira, los Azores y en la costa occidental de Africa; la segunda, en las islas Canarias. Estos fueron los lugares donde se ensayaron soluciones a problemas que la conquista de América traería consigo más tarde. ¿Qué era la ocupación legítima?. ¿Cómo iban a tratar los conquistadores a los conquistados?. ¿Qué obligación misionera tenían los monarcas y cuáles eran sus derechos de patronato?.

ECONOMÍA

La población en el Río de la Plata, permaneció sumamente dispersa a lo largo del período colonial. La gran excepción fueron las 30 misiones guaraníes de los jesuitas, situadas entre el alto Paraná y el alto Uruguay. En el siglo XVIII su población alcanzó y, ocasionalmente sobrepasó, los 100.000 habitantes. Éstas estuvieron económicamente bien organizadas y eran mayoritariamente autosuficientes, aunque producían yerba mate en gran medida destinada a la exportación. En conjunto, la ausencia de mercados internos restringió la producción de la mayoría de las mercancías agrícolas. Aquellas ramas que lograron desarrollarse estaban ajustadas a la demanda exterior. En la provincia de Tucumán, se producían tejidos para Potosí hasta que disminuyó la mano de obra, a principios del siglo XVII, y los productores mejor situados asumieron el control de este mercado. Entonces. Tucumán se convirtió en una región productora de mulas para el mercado de Alto Perú.

ESPAÑA Y AMÉRICA: EL COMERCIO ATLÁNTICO

España y su imperio americano, el Viejo Mundo y el Nuevo, estaban unidos por el océano Atlántico. Veleros de madera, frágiles según los criterios modernos, hicieron trabajosamente la ruta de ida y vuelta a América año tras año durante más de tres siglos, con asombrosa constancia y regularidad. La «carrera de Indias», como se llamaba a menudo la conexión marítima hispanoamericana y al comercio que transportaba, era también, por supuesto, un factor económico y en último término, social y cultural de gran importancia. Las flotas traían de Europa maíz, patatas, azúcar y tabaco, así como oro y plata. A su vez, Europa enviaba al tiempo que gentes y manufacturas, trigo, cerdos, ovejas y ganado bovino que afectaron grandemente la dieta y el paisaje americanos. La propia «carretera» atravesó una serie de ciclos, cortos y largos, que reflejaban y afectaban al mismo tiempo las condiciones socioeconómicas de la madre patria y de las colonias. A medida que las rivalidades imperiales europeas crecieron, especialmente en el Caribe, la carretera fue amenazada, directamente por piratas y corsarios e indirectamente por los esfuerzos de los contrabandistas del norte de Europa, para sustituirla en su papel de proveedor y cliente del imperio hispanoamericano.

La empresa colonial española, o, para ser más precisos, castellana, en el Atlántico siguió casi un siglo de exploraciones portuguesas de las costas atlánticas orientales. Portugal había iniciado también la colonización en las islas de la plataforma continental europea y africana. El que Castilla llegara al Nuevo Mundo antes que Portugal fue un accidente: se debió a la decisión de Colón de abandonar Lisboa y la corte de Juan II para buscar apoyo en Fernando e Isabel. El descubrimiento y colonización de América por España fue, así pues, parte de una expansión ibérica por el Atlántico llevada a cabo durante los siglos XV y XVI y comandada por los portugueses.

España y Portugal disfrutaban de una gran ventaja sobre las naciones del occidente europeo por la posesión de la costa y los estuarios entre Lisboa y el río Guadalquivir. Allí se encontraron el Mediterráneo y el Atlántico, de igual modo que sus tradiciones marineras y sus técnicas de navegación. Había muchos buenos puertos en Galicia, Asturias y el País Vasco, y algunos construyeron facilitaron barcos a la carrera, incluido el primer barco de Colón, durante los siglos del comercio de las Indias. Las Canarias se convirtieron en la parada obligada y preferida de la ruta de las Indias españolas, y las Cabo verde la parada empleada cuando se navegaba la costa de África o al ir con rumbo este. Las Azores y, en menor medida, Madeira eran más adecuadas para las flotas que volvían de América, y los barcos españoles las usaban cuando lo necesitaban y los portugueses lo permitían. Las Canarias llegaron a ser algo así como un laboratorio para la conquista y la colonización de Hispanoamérica. Muchas de las técnicas e instituciones de la conquista y colonización y algunas de las nuevas cosechas e industrias se probaban, mejoraban y establecían en Canarias.

MERCADOS Y ACTIVIDAD COMERCIAL

Debido a la pobreza de las comunicaciones terrestres y al gran volumen de las mercancías agrícolas y ganaderas, la distancia a los centros de población española se convertía en una factor crucial, que en gran parte condicionaba el valor de la tierra y el de la producción. Cuando decaía la minería o descendía la población de una ciudad, inevitablemente ellos afectaba de manera negativa al sector rural de las áreas circundantes. Por otra parte, la producción especializada de artículos de escaso volumen y de elevado valor a la vez, como el vino y el azúcar, que se prestaba al comercio de larga distancia, aún así proporcionaba considerables beneficios. También el transporte de animales vivos, mulas y ganado, a pesar de la lentitud, podía ser un negocio a larga distancia. Finalmente, la comunicación marítima, si estaba disponible, reducía considerablemente el problema del transporte de las mercancías agrícolas a los mercados. Tanto el Pacífico como los grandes ríos cumplieron con esta función. Por otra parte, en relación con los costos de producción de muchos bienes locales, la existencia de un gran número de impuestos sobre el consumo y los aranceles internos, siempre obstaculizaba el comercio de larga distancia.

Poco se sabe en torno al modo en que se realizaban las transacciones comerciales de los productos. Los grandes hacendados, tanto los laicos como los eclesiásticos, vendían la mayor parte de sus mercancías a través de sus agencias corresponsales en Potosí y otros pueblos («remisiones»). Otros preferían realizar las ventas de sus productos en su propio lugar o en el de los compradores. El sistema de celebración de ferias regulares desempeñaba en papel clave en algunas actividades comerciales, tales como las relacionadas con la venta de mulas y ganado. Los religiosos, en general, parece ser que preferían vender sus artículos directamente a los consumidores, en lugar de depender de los comerciantes. El sistema llamado «repartimiento forzoso de mercancías» a los indios y mestizos pobres constituyó el elemento más importante del comercio interior, hasta que dicho sistema se suspendió legalmente, en 1780. En Perú, las mulas procedentes del Río de la Plata y los tejidos de Quito y Cuzco integraban las principales mercancías de este tipo de comercio. El reparto implicó una masiva redistribución de las mercancías andinas, tales como el tejido y la coca, desde las áreas productoras a las no productoras. Los corregidores, responsables de los repartos, eran, probablemente en gran medida, las caras visibles de los comerciantes profesionales.

La rentabilidad de la agricultura y la ganadería sólo puede calcularse en términos de relación con el marco general de rentabilidad de otras ramas de la economía. El beneficio «normal» en cualquier actividad de Hispanoamérica, durante el siglo XVIII, probablemente no excedía el 5 por 100. Se sabe que las haciendas de los jesuitas especializadas en el cultivo de la caña de azúcar y de la vid obtenían fácilmente beneficios más altos, pero bajo ningún modo se pueden considerar típicas.

Hacia 1550, el cronista Pedro Cieza de León, profundamente impresionado por la fertilidad de los suelos irrigados de la costa peruana y de la sierra, expresó la creencia de que la siguiente generación presenciaría la exportación hacia otras partes de la América española de «trigo, vino, carne, lana e incluso seda». Este sueño, sin embargo, no se cumpliría, debido en gran parte a que estos bienes eran los mismos que se producían en Nueva España. No obstante, el comercio agrícola pronto se desarrolló en el interior de la región en una escala bastante importante. Por ejemplo, en Lima, con una población de 25.000 habitantes en 1610, se consumieron alrededor de 240.000 fanegas de trigo, 25.000 de maíz, 3.500 cabeza de ganado, 400 ovejas, 6,9 toneladas de arroz y 200.000 botellas de vino. Estas mercancías procedían de zonas tan lejanas como Chile, al igual que otras más cercanas.

Sin embargo, la gran amenaza para los intereses comerciales peruanos se produjo hacia fines del siglo XVII, con la saturación gradual de tejidos ingleses y azúcar brasileño en el nuevo Virreinato del Río de la Plata. La apertura legal, en 1776, del puerto de Buenos Aires al comercio ultramarino con España fue verdaderamente un momento crucial, aún cuando el descenso comercial a través de la sierra sureña no fue ni mucho menos repentino.

Hasta mediados del siglo XVIII, al menos en el Río de la Plata, coexistió una economía monetaria externa con una economía natural en la esfera doméstica, caracterizada por el comercio de trueque e incluso el uso de «moneda de la tierra». El desarrollo del comercio noroccidental era claramente dependiente de la minería altoperuana. Las exportaciones anuales de mulas pasaron de 12.000 bestias en 1630, a 20.000 en 17000. Pero a partir de aquí y hasta mediados de siglo, las exportaciones descendieron considerablemente, coincidiendo con el período en el cual la minería estaba en su punto más bajo. No obstante, a finales de la centuria posterior, se alcanzó un nivel de 50.000-60.000 animales.

El ritmo y duración del proceso de conquista varió de un área a otra. Las plantas y animales del Viejo Mundo cambiaron completamente la base de los recursos del continente de América del Sur. Después de un primer período de dependencia de los alimentos indígenas, obtenidos en forma de tributos de encomienda, los españoles se mudaron de los pueblos y establecieron redes de huertas y estancias ganaderas. De este modo, una economía de tipo europeo, basada en el valor de cambio, se impuso sobre la economía indígena tradicional, basada en el valor del uso, en el trabajo colectivo y en la práctica del trueque. El desarrollo de los grandes latifundios estuvo estrechamente relacionado con el descenso de la población nativa americana y el aumento del número de españoles y mestizos y, sobre todo, con la expansión de la minería. Las exportaciones de larga distancia, como por ejemplo el trigo de Chile y el cacao de Venezuela, también fomentaron el surgimiento de grandes fincas. Hacia fines del siglo XVII, las instituciones rurales básicas lograron estabilizarse y fijar la pauta para el resto del período colonial. En general, el siglo XVIII presenció la expansión de la agricultura. La tendencia demográfica ascendente amplió los mercados y aseguró un constante suministro de mano de obra, a pesar de los altibajos de la minería. Durante el período colonial, en las posesiones españolas de América del Sur muy raras veces las empresas ganaderas y agrícolas llegaron a ser capaces de explotar su potencialidad máxima, sobre todo debido a que el tamaño del mercado no lo permitía.

La composición de la elite terrateniente no fue homogénea ni estable. Las propiedades territoriales variaron considerablemente entre sí respecto al tamaño, producción, deudas, acceso a los mercados y disponibilidad de mano de obra. La sucesión del patrimonio territorial a través de la herencia parece haber sido menos frecuente que la adquisición territorial mediante compra. La relativa importancia de las haciendas, en comparación a las propiedades de tamaño pequeño y mediano y a las comunidades indígenas, también varió en relación con el tiempo y el espacio. Los grandes terratenientes eran, a menudo, simultáneamente funcionarios públicos, comerciantes y mineros que gozaban de un gran poder local, pero, sin embargo, dependían de las fuentes de ingresos no agrícolas o de los créditos de la Iglesia o de los comerciantes urbanos. Los latifundistas orientaron sus explotaciones hacia la obtención de beneficios y sus haciendas se integraron dentro de la economía de mercado, hicieron uso de sistemas laborales coercitivos, aun que, a menudo, paternalistas. Sus empresas no alcanzaron elevados niveles de rentabilidad y sus riquezas pocas veces era encauzadas hacia usos productivos.

DISTRIBUCIÓN E INTERCAMBIOS

Las posesiones españolas de América tuvieron varios sistemas de producción, distribución e intercambio imbrincados e interrelacionados, los cuales pasaron por fases de prosperidad y declive, expansión y contracción.

En el nivel más bajo estaban la agricultura campesina y los intercambios en los pueblos. En las pequeñas unidades indígenas y en los márgenes de hacienda se producía maíz, frijoles, tubérculos, algo de pulque y chicha, sal, aves de corral y otros pequeños animales domésticos, y ropa tejida a mano. A medida que estos artículos básicos fueron necesarios en los grandes mercados, tales como las ciudades españolas, la comunidad indígena jugo el papel principal en los primeros tiempos de la encomienda, aportando grandes cantidades de productos de primera necesidad para vender o, vía tributo, para subastar en las ciudades. Al debilitarse la encomienda, descender la población indígena, y convertirse las ciudades y centros mineros en mercados más grandes y más atractivos, los productores y distribuidores indígenas fueron apartados en grado considerable por campesinos españoles, propietarios de haciendas y obrajes y comerciantes mestizos o españoles. Gran parte del intercambio se hacía mediante trueque o mediante monedas sustitutas, tales como granos de cacao, pastillas de azúcar moreno u hojas de coca. También eran comunes el dinero en su valor más bajo y la moneda falsificada.

En zonas pobres y marginales de la América española, tales como Paraguay, Tucumán y la Venezuela rural, con poca población indígena y sin un producto importante que llamara la atención a los españoles, los pocos colonos españoles encontraron que ellos no tenían otra alternativa que la de vivir a costa de la producción indígena.

El cacao, el tabaco, las fibras de cactus y, el pulque y las hojas de coca son cultivos típicamente americanos, que desarrollaron valores comerciales dentro de la economía europeizada debido a la transformación de las pautas de distribución. Los productores campesinos o indígenas gradualmente perdieron el control del sistema de mercado y algunas veces de la tierra y también del proceso productivo.

En algunos sitios y en algunos momentos, los indígenas y otros grupos campesinos fueron capaces de resistir tales intrusiones y adquisiciones mediante muestras de solidaridad comunitaria.

Hacia principios del siglo XVII, la expansión de los mercados urbanos de carne y cereales (tanto de maíz como de trigo), fueron suministrados en su mayor parte por estancias de españoles, criaderos de ovejas y cerdos, haciendas, labores y huertos comerciales. Hacia el siglo XVIII, nueve rutas comerciales conducían a Ciudad de México y permitían introducir en la población centenares de arrias de mulas y carretas de bueyes cargadas de maíz, trigo, ganado, cerdos, pieles, azúcar, vino y vegetales, al igual que tejidos, tintes y mercancías europeas. Lima fue también un gran mercado, que permitió a la ciudad atraer algunos productos básicos desde una distancia considerable, un lujo que lógicamente no se podía permitir una isla o ciudades localizadas en las tierras altas, como Ciudad de México, Bogotá o Quito.

La distribución de los productos básicos dentro de las grandes ciudades fue siempre un problema. Los comerciantes, hacendados, viticultores y agricultores trigueros compartieron la misma mentalidad colonial, la cual favoreció el monopolio. Tendieron a excluir la competencia y a retener la circulación de productos a la espera de las épocas de escasez y precios elevados. Las autoridades de las ciudades, audiencias y gobiernos virreinales intervenían para hacer el sistema mas justo. Estas mismas autoridades explotaban los monopolios, o sacaban la subasta el permiso para monopolizar a cambio de entregar una cantidad garantizada de artículos.

Los almacenes pertenecientes al gobierno, denominados pósitos o alhóndigas, instituciones que en un principio funcionaron de modo intermitente durante las épocas de escasez, mediante la confiscación y retención del suministro del maíz indígena que llegaba a la ciudad en forma de tributo, para luego redistribuirlo a precio fijo en los mercados de las ciudades principales. Hasta cierto punto, los propios cabildos se convirtieron en monopolizadores. Este, normalmente lejos de ser un organismo acaudalado, a menudo, tomaba prestado fuerte cantidades de dinero para adquirir productos de primera necesidad para el pósito, y luego encontraba tentador recuperar sus desembolsos para beneficio propio. Las víctimas fueron los habitantes de las ciudades, que no disponían de medios para pagar precios de monopolio.

En todo momento hasta finales del periodo colonial, el comercio de larga distancia estuvo regulado o limitado por factores determinantes de tiempo, distancia, carga, espacio y fletes de transporte. En general, el comercio por mar era menos caro y más expeditivo.

A lo largo del periodo colonial, el eje de todas las rutas iba desde Potosí, a través de la Paz y Cuzco, a Lima- El Callao, y de allí costa arriba hacia Panamá y Acapulco y, finalmente, Ciudad de México.

MINERÍA

  • Sistemas de trabajo

La minería dependía de la fuerza de trabajo indígena. Los negros, esclavos o libres, representaban tan sólo una pequeña porción, excepto en las minas de oro, donde integraban la mayor parte de la mano de obra. La ocupación más cercana al trabajo físico de las minas que realizaban los blancos era la prospección; por lo general eran supervisores y propietarios. También podían encontrarse mestizos ejerciendo tareas físicas en las minas hacia el siglo XVIII, pero cuanto más españoles parecían, más difícil era que se dedicaran a dichos trabajos.

Los sistemas comunes de trabajo implantados en la etapa colonial proporcionaron a la minería sus trabajadores indígenas: generalmente, por orden cronológico, dichos sistemas fueron los de encomienda, esclavitud, trabajo forzado y trabajo a jornal.

El reclutamiento forzado de trabajadores indígenas sucedió a la encomienda, aunque no se puede distinguir una separación neta entre ambos sistemas. En los dos virreinatos (México y Perú), el reclutamiento de mano de obra para la minería estaba ampliamente organizado hacia finales de la década de 1570: se trataba del «repartimiento» en Nueva España y la mita («turno» en quechua) en el Perú.

A lo largo del siglo XVI, la mano de obra reclutada superó gradualmente a la de encomienda y a los esclavos indígenas en las minas. A medida que finalizaba la fase militar de la conquista, los suministros de esclavos fruto de las guerras justas decayeron; y simultáneamente se reforzaron las leyes que limitaban la esclavización de los indígenas. Mientras tanto, la corona y muchos colonos empezaron a encontrar ventajas en los sistemas de reclutamiento de mano de obra, ya que su consecuencia inmediata era la de apartar a los indios del arbitrario control de los encomenderos y ponerlos a disposición del creciente número de españoles no encomenderos. Los reclutamientos oficiales también proporcionaban a la corona la posibilidad de cumplir otros objetivos: primeramente, crear una fuerza de trabajo nativa asalariada en América, ya que otra diferencia entre los reclutamientos oficiales y la encomienda era que los indios reclutados recibían un salario: por otra parte, limitar la duración de los períodos de trabajo de los indios, puesto que se asignaban los reclutamientos para períodos determinados, aunque variables, según las necesidades locales de trabajo.

El más extenso, organizado, famoso y -según las estimaciones generales - infame de los reclutamientos forzados mineros fue la mita de Potosí. Puede tomarse como modelo de otros reclutamientos tanto en Nueva España como en Sudamérica, aunque cada uno tuviera detalles específicos. Normalmente se responsabiliza personalmente de la mita de Potosí y de su crueldad, al virrey peruano que implantó el sistema, don Francisco de Toledo. Pero Toledo actuaba de acuerdo a instrucciones generales de la corona para forzar a los indios a la minería -instrucciones que le crearon tales cargos de conciencia que vaciló durante dos años antes de llevarlas a la práctica.

La mita exponía claramente a los indios a un exceso de trabajo, a pesar de las salvaguardias legales previstas por la corona y los funcionarios. Los datos parecen probar que los salarios se pagaban. Pero la carga de trabajo se incrementó, especialmente a medida que la población indígena andina iba en declive, y que el turno de un trabajador volvía a repetirse antes de transcurridos los siete años. Hacia 1600, en casos extremos los mitayos debían pasar uno de cada dos años en Potosí. Evidentemente, la mita contribuyó a la despoblación, ya que aceleró el declive ya existente al provocar la huida de las gentes de las provincias en las que se realizaban las levas, y al impulsar a algunos mitayos a permanecer en Potosí al amparo anónimo que les proporcionaban las masas de población india de la ciudad, y al desarticular los ritmos agrícolas y de la vida familiar.

Después de la mita en Potosí, la de Huancavelica ocupaba el segundo lugar en cuanto a la cuantía de los indios reclutados. También ésta fue creada por Toledo. Absorbía, a principios de la década de 1620, unos 2.200 indios cada año, cerca de una sexta parte de los enviados a Potosí Pero los mitayos de Huancavelica debieron padecer muchas más calamidades que los de Potosí, a juzgar por los extraordinarios riesgos que comportaba el trabajo en estas minas de mercurio: vapores tóxicos y roca blanda propensa a los corrimientos. También existían reclutamientos forzados menores en otras partes, como por ejemplo para la producción de oro en Chile a finales de siglo XVI y comienzos del XVII; para el oro de Quito desde, según parece, el siglo XVI; para la plata de Nueva Granada desde principios de la década de 1.600; y para la plata de Nueva España desde mediados del siglo XVI.

La corona no ignoraba las inicuidades de las levas; y, de hecho, a pesar del atractivo económico y político que el reclutamiento de mano de obra tenía para la corona, su imposición fue arduamente debatida en España, ya que contradecía el principio de libertad fundamental de los indios. Generalmente, sin embargo, prevaleció el criterio de que el bien público requería el reclutamiento forzado de los indios para las minas. Su abolición no se produjo hasta 1812.

En las culturas caribeñas, los españoles encontraron al naboría, «plebeyo dependiente de un noble y que por tanto no participaba plenamente en los derechos y obligaciones generales de la comunidad» Los españoles aplicaron el mismo término a una categoría similar en Nueva España, y que más tarde se hispanizaría llamándose laborío. En territorio inca, el yanacona ocupaba más o menos la misma posición. Los indios pertenecientes a dichas categorías no tardaron mucho en mostrar si fidelidad a los nuevos señores, los conquistadores españoles, mientras que muchos otros indígenas imitaban esta actitud, aunque no fueran sino plebeyos comunes, creyendo que una dependencia personal y directa de los españoles sería más beneficiosa que la servidumbre indirecta en la encomienda. Naborías y yanaconas asumieron rápidamente una gama amplia de funciones en la sociedad colonial, a cambio de muchas de las cuales recibían un salario, convirtiéndose así en los primeros trabajadores asalariados.

Esta forma incipiente de trabajo asalariado en la minería se incrementó rápidamente por dos razones. En primer lugar, la minería requería habilidades que una vez adquiridas eran muy apreciadas. Cualquier propietario estaba dispuesto a recompensar a un indio que hubiera aprendido a picar el mineral o los procesos de refinamiento, y a pagarle salarios suficientemente alto como para hacer atractivo el trabajo fijo en la mina. En segundo lugar, muchos de los centros mineros se encontraban en zonas donde la población no era susceptible de ser reclutada o sometida a la encomienda, ya fuera por su dispersión o por su belicosidad.

El trabajo asalariado fue la forma preponderante de empleo en los grandes distritos mineros desde finales del siglo XVI en adelante. Los sistemas primitivos no desaparecieron por completo, especialmente en los distritos secundarios o más apartados: la encomienda neogranadina del siglo XVII, la esclavitud en las zonas fronterizas del norte de Nueva España, donde la lucha contra las incursiones de los indios seguían proporcionando esclavos legalmente. Pero el trabajo asalariado se convirtió en la norma, especialmente en Nueva España, donde el crecimiento minero sobrevenido desde finales del siglo XVII generó tal demanda de mano de obra especializada, que a fines del siglo XVIII el costo del trabajo acaparaba hasta las tres cuartas partes de los gastos totales de algunas empresas. En Nueva España siguieron practicándose los reclutamientos forzados, aunque en escasas ocasiones. En los Andes centrales, la pervivencia de la mita fue más evidente, abasteciendo Potosí y Huancavelica de una preciada mano de obra barata hasta finales del período colonial, mientras que probablemente los funcionarios gubernamentales locales seguían organizando de manera informal (y estrictamente legal) levas de menor importancia, para beneficiar a otras minas.

  • Condiciones de trabajo

Las condiciones de trabajo en la minería y las refinerías eran siempre incómodas y a menudo peligrosas. Bajo tierra, el trabajo más desagradable correspondía a los trabajadores más especializados, los «barreteros», quienes extraían el mineral de los filones con picos, cuñas y barras. Esta tarea requería un esfuerzo físico considerable, y se desarrollaba siempre en espacios reducidos, con frecuencia a temperaturas elevadas, y siempre mal iluminados y pero ventilados. Pero mucho pero era el papel de bestias de carga asignado a hombres sin pericia que acarreaban el mineral hasta la superficie; los barreteros estaban mejor remunerados, tanto por sus salarios más elevados como por la oportunidad, a veces lícita y a veces no, de llevarse trozos de mineral. La suerte de los acarreadores. Era poco variable. Portando diversos tipos de recipientes para el mineral -cestas de enea, tenates (bolsas de piel), sacos o incluso frazadas de lana de llama en Charcas - trepaban por túneles retorcidos, apenas del ancho de un hombre. Se subía por escalones excavados en la roca o por escaleras escarpadas hachas de troncos con muescas o con fajas de cuero atadas a dos palos paralelos. A medida que crecía la mina, se formaban grandes cavidades en su interior, y las caídas podían suponer la muerte. Las cargas eran pesadas los propietarios de las minas exigían la extracción de cantidades mínimas, aunque estuviera prohibido hacer tal cosa. Aunque resulte increíble, existen indicios de que los tenateros de finales del período colonial cargaban 140 kilos a sus espaldas. Trabajaban en la oscuridad, a menudo alumbrados solamente por la luz de una vela atada en la frente o en un dedo, y estaban sometidos a grandes riesgos. Muchos caían muertos o quedaban mutilados. Pero el peligro físico no era el único riesgo. En las altas minas andinas, especialmente, los cambios de temperatura entre el fondo y la superficie podían provocar enfermedades. En Potosí, por ejemplo, incluso antes de 1600, algunas minas tenían más de 200 m de profundidad, en el fondo de las cuales la temperatura era considerable. Al subir con su carga, el apire salía a casi 5.000 m a temperaturas glaciares. El resultado más frecuente eran las enfermedades respiratorias, a menudo intensificadas por el polvo, especialmente tras la introducción de las voladuras. Las caídas y las enfermedades eran riesgos mucho mayores que los derrumbamientos de las minas, que no parecen haber sido demasiado frecuentes.

Las minas de oro y mercurio comportaban riesgos particulares. Puesto que muchos yacimientos auríferos eran placeres en zonas bajas y húmedas, los trabajadores se encontraban expuestos a contraer enfermedades tropicales. Además debían permanecer largo rato trabajando en el agua. Las minas de mercurio de Huancavelica eran, sin embargo, más desagradables y peligrosas. Afortunadamente para los trabajadores, eran las únicas minas de mercurio en todo América. Sin duda, eran estas las minas más malsanas y peligrosas de todas. La roca que rodeaba el mineral era blanda e inestable, lo cual hacía que los derrumbes fueran frecuentes. Pero lo peor de todo era que los túneles estaban llenos de gases venenosos, lo que aumentaba enormemente los riesgos del trabajo.

El refinado también encerraba sus riesgos, de los cuales dos eran especialmente graves. Las machacadoras producían mucho polvo, que inevitablemente provocaba silicosis. Por otra parte, en varias etapas de la amalgama los trabajadores estaban expuestos al envenenamiento por mercurio: en la mezcla del mercurio con el mineral, cuando los indios pisaban la mezcla descalzos; en la destilación del mercurio de la pella; y en la calcinación para recuperar el mercurio. En los dos últimos procesos, se intentaba atrapar y condensar el vapor de mercurio, pero siempre escapaba una cierta parte.

  • Repercusiones sociales

Tanto para los individuos como para las comunidades afectadas por ella, la minería tenía consecuencias sociales profundas. Para los emigrantes españoles o los colonos pobres la minería suponía una forma rápida, aunque peligrosa, de ascenso social. La riqueza de la minería reportó a quienes la ostentaron no sólo el reconocimiento social, sino también autoridad política. Por ejemplo, el mayor propietario minero del siglo XVII en Potosí, el gallego Antonio López de Quiroga, llegó a dominar en sus últimos años de vida el gobierno local del sur de Charcas. Fueron escasa las familias que siguieron siendo prósperas gracias a la minería durante más de tres generaciones.

También para los indios la minería podía suponer cambio sociales profundos. El más radical era el traslado del medio rural al urbano que imponía la minería, que suponía el abandonado de las comunidades agrícolas tradicionales y el paso a ciudades dominadas por los españoles. Dicho cambio les fue impuesto a muchos indios afectados por las levas, pero una vez efectuado, algunos decidían quedarse, de manera que desde finales del siglo XVI se formó un contingente de mineros profesionales en los centros principales que trabajabas por un salario y que tendieron a asimilar las costumbres españolas.

A pesar de las posibles ventajas que algunos indios encontrasen en establecerse en las poblaciones mineras, las repercusiones de la minería sobre la comunidad nativa fueron con frecuencia penosas. Resulta difícil evaluar las pérdidas de la población indígena provocadas por la minería, puesto que otras fuerzas destructivas estaban actuando simultáneamente, y además las condiciones variaban de un lugar a otro. De manera que, por ejemplo, el declive más brusco de la población india mexicana tuvo lugar, según parece, antes de que se extendiera la minería en Nueva España. Probablemente el mayor quebrantamiento de las comunidades indias tuvo lugar en el área de la mita de Potosí, simplemente porque era aquí donde se realizaban las levas más masivas.

  • Producción de plata

La fuente más fidedigna sobre la producción de oro y plata es el registro de la recepción de los derechos reales, elaborado por las oficinas de tesorería. Normalmente la población principal de una región minera importante disponía de su propia oficina, y se crearon más cuando emergía un nuevo distrito o cuando uno de los ya existentes experimentaba un notable crecimiento. Otra fuente, aunque más alejada de lo que hoy en día la producción de metales, son los registros de acuñación. El inconveniente de estos últimos es que no todo el metal precioso era acuñado, excepto quizás a partir de 1683, momento a partir del cual la acuñación se hizo obligatoria. Por tanto, generalmente los derechos reales son preferibles como indicadores de la producción.

Existe una importante influencia pero difícil de aprehender: el valor de la plata. Es un aspecto huidizo porque sin escasas las series de precios y salarios de la época colonial, lo que dificulta el conocimiento del poder adquisitivo de la plata. No cabe duda, sin embargo, de que los precios (calculados en plata) experimentaron una intensa subida a finales del siglo XVI y comienzos del XVII en diversos lugares, dentro de una tendencia inflacionista provocada por una alta producción de plata. Esta pérdida de valor influyó indudablemente en la crisis de producción de plata del siglo XVII. A finales del siglo XVII, los precios se estabilizarían, por lo menos en Nueva España; prolongándose la misma tendencia en el siglo XVIII. Esta estabilidad podría haber favorecido la recuperación de la minería. En síntesis, la plata sufrió una rápida depreciación hasta mediados del siglo XVII, en relación con el oro; a partir de entonces, la relación se estabilizó.

  • Producción de oro

Los derechos reales y la acuñación son, por tanto, indicadores de la producción real de oro menos fiables que en el caso de la plata. Nueva España, Nueva Granada, Perú y Charcas, y Chile. Estas fueron, sin duda, las mayores zonas productoras de oro. Nueva Granada ocupaba el primer lugar. Durante las primeras décadas que siguieron a la colonización, fueron varias las zonas de tierra firme que tuvieron un buen rendimiento en oro: por citar sólo las más importantes, el sur de Nueva España (Colima, Tehuantepec), Centroamérica (Honduras), el sur de Quito (Zaruma), la zona oriental del centro del Perú (Carabaya), el sur de la zona central de Chile (Valdivia). Pero solamente Nueva Granada disponía de yacimientos lo bastante abundantes como para permitir un incremento constante de la producción a lo largo del siglo XVI: y tras un hundimiento en el siglo XVII, experimentó un auge aún mayor en el XVIII. Se empleaba mano de obra de encomienda y esclavos negros. En el siglo XVI presenció una crisis debida en parte al derrumbe de la población indígena ante las enfermedades, y también al agotamiento del filón aurífero de Buriticá y de los yacimientos de placer de los ríos. La recuperación del siglo XVIII se produjo en gran parte gracias al Chocó, las selváticas laderas andinas encarnadas hacia el Pacífico en el centro de Nueva Granada.

Hacia mediados del siglo XVII, la producción de oro chileno era insignificante, pero de reanimó en el último decenio del siglo, experimentando una constante alza en el siglo XVIII. Esta recuperación se debió a la necesidad de incrementar las exportaciones para equilibrar el comercio chileno, y también al crecimiento de un sector de la población compuesto por mestizos pobres que, en busca de un medio de subsistencia, se dedicaron a la explotación de minas auríferas a pequeña escala en la zona norte del centro de Chile (Norte Chico).

La zona norte de Nueva España fue también una importante región aurífera en el siglo XVIII.

Fueron pocos los aspectos de la vida colonial sobre los que no repercutió la minería. El oro y la plata brillaban en los ojos de los conquistadores y exploradores.

Las prospecciones mineras impulsaron la conquista, exploración, población y explotación de Hispanoamérica, y fue la minería la que determinó en gran parte el ordenamiento económico interno de las colonias.

Por supuesto, las consecuencias externas de la minería son casi incalculables, ya que la plata y el oro eran los fundamentos de la riqueza que España extraía de su Imperio americano, u que a su vez suscitaba la intensa envidia de otras potencias europeas. No se ha calculado el porcentaje representado por los derechos reales en los ingresos que la corona obtenía de América; la cifra tampoco tendría mayor interés, ya que la producción de los metales preciosos en el valor total de las exportaciones hispanoamericanas, pero debió ser elevada, superior al 75 por 100 casi siempre.

SOCIEDADES INDIAS BAJO EL DOMINIO ESPAÑOL

El punto de vista de que ningún rastro de la cultura india previvió era coherente con la leyenda negra, tradición de la crítica antiespañola que se desarrolló en el siglo XVI, floreció en los siglos XVII, XVIII y XIX, y continuó influyendo en las interpretaciones de la historia española e hispanoamericana del siglo XX. Los críticos del colonialismo español argumentaban que los conquistadores fueron inhumanos, y que una consecuencia importante de su inhumanidad fue la innecesaria destrucción de las civilizaciones indias americanas. De esta manera, la leyenda negra acentuaba la falta de sensibilidad española, como si un conquistador menos cruel, o con un mayor aprecio por las culturas aborígenes americanas, hubiera salvado algo de las mismas para los tiempos posteriores de la conquista. Es interesante señalar que la apologética leyenda blanca, también resaltaba el carácter destructor de las conquistas. Los defensores del colonialismo español sostenían que las civilizaciones de América, con su canibalismo, sus sacrificios humanos y otras barbaridades, sólo podían merecer su destrucción.

En el siglo XIX, esa misma idea se vio reforzada por la literatura de los viajeros a la América española. El indio que en ella se describía era una persona miserable y deprimida, esencialmente la misma que en tiempos de Hernán Cortés. La conquista había eliminado todo lo bueno de la sociedad india y el resto se había ido anulando. Uno de los primeros y más perspicaces viajeros del siglo XIX, Alexander von Humboldt, relataba:

¨ Al principio de la conquista de los españoles, la mayor parte de los indios más acomodados, y en quienes se podía suponer alguna cultura de entendimiento, perecieron víctimas de la ferocidad de los europeos... Así no quedó de los naturales país sino la casta más miserable,... las heces del pueblo... llenaban ya en tiempos de Cortés las calles de todas las grandes ciudades del imperio mexicano..¨

Cien años después de Humboldt, a principios del siglo XX, se conocía mucho más sobre los indios americanos y sobre la historia de la América española. Pero este conocimiento estaba institucionalizado y compartimentado, y había grandes vacíos en los siglos posteriores a la conquista. Una disciplina, la arqueología, se concentraba exclusivamente en las civilizaciones previas a la conquista. Desde el punto d3e vista arqueológico, las sociedades indias eran «puras» hasta el momento del contacto con los blancos, a partir del cual quedaron contaminadas y carecían de interés para el estudio. Una segunda disciplina, la historia, relataba largamente los detalles de la conquista, y proseguía estudiando el período posterior desde una perspectiva administrativa e imperial. Una tercera disciplina, la etnología, retomó el tema indio en tiempos contemporáneos. Sus preocupaciones fueron los rasgos que pudieran identificarse como de origen indio o español, y la proporción existente entre los rasgos de origen supuestamente indios y los de origen supuestamente español, se convirtió en un tema de estudio principal.

Así, hasta hace muy poco, el conocimiento del indio americano ha permanecido fragmentado y disperso. Las tres disciplinas han continuado su función por separado, y ninguna ha hecho inteligible la transición de la sociedad indígena desde el período de conquista hasta el presente. Los pocos que estaban preocupados por los aspectos de la vida colonial india eran los estudiosos de los códices, como Eduard Seler.. O bien eran estudiantes de las lenguas nativas, como Remi Simeón.; o bien, tras las secuelas de la revolución mexicana de 1910, eran indigenistas como Manuel Gamio.. En los estudios peruanos, unos pocos especialistas, tales como Clements Markham, Hiram Bingham y Philip Means, trataron ocasionalmente temas indígenas coloniales.

La investigación formal de la historia indígena colonial se ha iniciado principalmente a partir de 1940. En México empezó como una ampliación de los estudios institucionales referentes a la mano de obra y a los tributos, y a los estudios demográficos que usaban las estadísticas de los registros tributarios. Las cifras demográficas, o su gran mayoría, estaban disponibles desde hacía tiempo, pero fue en las décadas de 1940 y 1950 cuando fueron recopiladas y comparadas de un modo que demostró la existencia de una gran población en la época de la conquista, y un brusco declive posterior. Los estudios tomaron un rumbo nuevo, centrando la atención en localidades y en la toponimia, dimensión de la familia india, tendencia a elevar los tributos, estructura social interna, descenso de la productividad y en la economía del siglo XVII. En Perú, donde los estudios coloniales indígenas de la mayoría de los temas empezaron más tarde y ahora continúan de forma menos desenvuelta, las visitas de inspección han supuesto un importante estímulo documental.

CONTACTOS INICIALES E INSTITUCIONES COLONIALES

El primer encuentro que tuvieron los indios con los españoles ocurrió en 1492, fecha en la que Colón descubrió América. A partir de este momento y durante un período de 25 años, la expansión española hacia otras zonas, y el aumento de los contactos entre españoles e indígenas se dio de forma gradual, de manera que todavía en 1517 el número de nativos que se encontraba en asociación directa o indirecta con los españoles, probablemente alcanzaba menos de un 10 por 100 del total de la población aborigen de América. En los siguientes 25 años, entre 1517 y 1542, con las rápidas incursiones españolas en la América central, México, Perú, el norte de Sudamérica y el norte de Chile, y con la penetración temporal de España en la Amazonia y al norte del Río Grande, el porcentaje de indios afectados se elevó a 90 por 100 o más. Después de 1542, las relaciones españolas con los indios se modificaron de muchas otras maneras, pero quedaban pocos contactos por hacer, y aquellos que se hicieron tuvieron lugar a un paso mucho más lento.

(mapa 1)

Los nativos de las islas occidentales eran agricultores sedentarios, distribuidos en comunidades de pequeño y mediano tamaño, en las que había clases sociales, curas, una religión desarrollada, preparación guerrera, un comercio servido por canoas, y autoridades locales hereditarias o elegidas. La primera isla que cobró importancia en las Indias occidentales fue La Española, en la que los indios pertenecientes a todas las clases sociales fueron capturados, esclavizados y forzados a trabajar en la agricultura, minería, transporte, construcción y en otras tareas relacionadas con las anteriores. Desde el principio, la población de las islas emprendió un precipitado descenso que, en pocas generaciones, terminaría con la desaparición total de los indios de esta parte de América. Como la población descendía, las incursiones españolas en busca de esclavos se trasladaron a las islas más lejanas, y una zona todavía más extensa cayó bajo el dominio español. Diversas incursiones militares en otras islas culminaron en la conquista militar de Cuba (1511), suceso que sirvió como precedente y como modelo para las principales conquistas del continente. La conquista, en su fase principal, terminó en 1542 con la expedición de Coronado hacia el oeste americano y la expedición de Orellana descendiendo el Amazonas. En general, la conquista procedió con mayor rapidez y probó ser más efectiva contra los estados indígenas que estaban organizados, porque éstos cayeron en manos españolas como entidades unificadas. En las sociedades más disolutas, por otra parte, los indios podían seguir luchando y cada comunidad podía resistir separadamente. La conquista fue intensa y destructiva, pero su principal efecto para la historia a largo plazo, es que puso a los indios bajo la jurisdicción española, se sometieron a su ley y todo su territorio quedó bajo control e influencia española, legal e ilegal.

La conquista no era un antecedente necesario para la conversión al cristianismo, pero en la práctica, en la experiencia indígena, aquella estuvo seguida de cerca por la conversión, y tanto desde la perspectiva española como desde la indígena, hubo una conexión entre ambas. Para los indios, el cristianismo parecía ser lo que hacía fuertes a los españoles. El cristianismo era especialmente impresionante desde la perspectiva de aquellos cuyos propios dioses de la guerra les habían fallado. Del lado español, los misioneros cristianos respondieron al inmenso desafío de la América pagana con un esfuerzo de conversión sin precedentes en los 1.500 años de cristianismo.

La encomienda o repartimiento fue la institución secular más importante que reguló las relaciones entre españoles e indios. Su rasgo básico y universal fue la asignación de grupos de indios a colonos españoles escogidos (encomenderos) para recibir tributos y mano de obra. Los términos encomienda y repartimiento se referían esencialmente a la misma institución, aunque el último remarcaba literalmente el acto de distribución y asignación de indios; mientras que el primero enfatizaba la responsabilidad del encomendero hacia sus indios. La palabra encomienda era el término preferido en la legislación española y en el uso metropolitano ordinario. La responsabilidad del encomendero incluía la asistencia cristiana de sus indios encomendados, y esto implicaba que tenía que haber un clérigo residente o itinerante que la proveyera. El carácter básicamente secular de la encomienda, sin embargo, nunca fue cuestionado.

El declive de la encomienda en la segunda mitad del siglo XVI fue consecuencia de varios factores: el catastrófico descenso de la población indígena redujo el valor de las propiedades rurales, la legislación real progresivamente más efectiva, motivada por el humanitarismo cristiano para con los indios y el temor de que creciera en América una clase de encomenderos, controló la encomienda con regulaciones todavía más estrictas.

En la medida que las encomiendas individuales fueron revirtiendo a la corona, sus indios cayeron bajo la autoridad real directa. Ésta normalmente tomó la forma de corregimiento (o alcaldía mayor), en la que un oficial real nombrado corregidor (o alcalde mayor) era designado para ejercer el cargo de la jurisdicción colonial local. Sus deberes incluían el ejercicio de la justicia local, la exacción de los tributos de los indios, la ejecución de la legislación real y el mantenimiento del orden en la comunidad indígena. Era considerado el funcionario real que poseía el control más directo de las localidades indígenas. Los corregidores representaban la autoridad real en lugar de la personal, de la autoridad privada de los encomenderos, y la intención era que ellos trataran a los indios de forma más humanitaria. En la práctica, la explotación de los indios por los corregidores, con el desprecio de la ley, pasó a ser aceptada e institucionalizada.

A partir de la segunda mitad del siglo XVI, el sector privado adquirió un inmenso poder al margen de las encomiendas, a través de la propiedad de la tierra, de la explotación de las minas y del comercio. Los funcionarios reales, aunque tenían prohibido dedicarse a la explotación práctica relacionada con el desarrollo de los nuevos sectores económicos, lo hicieron con total impunidad. Tales prácticas, fueron en muchas partes toleradas por la ineficacia de la monarquía, al menos hasta las reformas borbónicas de finales del siglo XVIII, lo que contribuyó a la aplicación de los tipos clásicos de subordinación y aculturación indígena.

ESTRUCTURAS POLITÍCAS

La dominación española rápidamente fragmentó todas las grandes estructuras políticas de la América nativa. Ello se cumplió con los imperios azteca e inca, al igual que en los menores y menos desarrollados chibchas, tarascos, araucanos del norte y otras organizaciones políticas. La unidad indígena mayor que sobrevivió al proceso de fragmentación fue generalmente el «pueblo», o la localidad principal, llamada «cabecera». Al menos en teoría, y hasta cierto punto en la práctica, la fragmentación restableció una organización política indígena basada en discretas comunidades, siendo su justificación, el hecho de que estas unidades existían con antelación a la creación de los imperios azteca e incas, y otros estados que habían sido obligados a unirse a los mismos contra su voluntad. De este modo, el nuevo Estado español puede entenderse como un medio de liberación, devolviendo a los gobernantes de las comunidades locales su «independencia». La teoría española postulaba una alianza entre el rey y el soberano indígena local, entendiendo que cada uno de ellos era un «señor natural», en la oposición a la ilegítima y ahora rechazada burocracia imperial de los aztecas e incas y otros señores indios.

El cambio del gobierno precolonial al colonial supuso una «decapitación» de la estructura aborigen, realizando este corte precisamente por encima del nivel de la comunidad local. En el lugar de Moctezuma, Atahualpa y sus consejos, servidumbre y auxiliares, así como el equivalente de todo esto en otras zonas, la organización colonial introdujo virreyes españoles y el aparato colonial subordinado a corregidor o a su teniente.

El término cabecera, pueblo principal, es más específico que el término pueblo, que puede referirse a cualquier localidad, incluyendo una población subordinada a la cabecera. En los casos normales, se permitió subsistir a las organizaciones políticas subordinadas subsidiarias por debajo del nivel de la cabecera. En la terminología española, los pueblos más pequeños que estaban incluidos dentro de la jurisdicción de la cabecera eran sus «sujetos», y se entendía que éstos debían lealtad a la cabecera y que eran gobernados por ella. Los sujetos podían ser por ejemplo, barrios, barriadas, distritos o subdivisiones de la misma cabecera o, también, podían ser estancias, ranchos o rancherías situados a una cierta distancia. Esto aparecía como un principio fundamental y universal de la estructura política colonial. Ello fue aceptado por ambas partes, los indios y los españoles. En general fue esta unidad política, individualmente o en combinación de dos, tres, o más, la que fue dad en encomienda, la que se convirtió en parroquia en la organización eclesiástica colonial, y la que pasó a ser objeto de la jurisdicción de un corregimiento en la organización política colonial. La verdad es que las jurisdicciones geográficas de la encomienda, parroquia y corregimiento raramente coincidían en su totalidad.

Los jefes indígenas locales, fuera cual fuera su título, eran instrumentos en la promoción de las instituciones españolas de la iglesia, la encomienda y el corregimiento. El clero, los encomenderos y los corregidores dependían de los gobernadores locales para hacer efectivas las instituciones coloniales. En casos de no cooperación o de abierta resistencia, el clero, los encomenderos y los corregidores, estaban en condiciones de hacer uso de la fuerza o, en casos extremos, desterrar o asesinar a los jefes locales e instalar sucesores más dispuestos a cooperar. Tales prácticas, con certeza contribuyeron a las usurpaciones y a los caciquismos ilegítimos.

Una nueva hispanización política en los pueblos de indios tuvo lugar a mediados y a finales del siglo XVI. Empezó en Nueva España, donde los pueblos fueron inducidos -por virreyes, clero, encomenderos y corregidores- a desarrollar las instituciones gubernamentales de los municipios peninsulares ibéricos. Esto supuso cabildos (consejos municipales) con alcaldes (jueces), regidores (concejales) y otros funcionarios inferiores, todos indios. Los pueblos de indios respondieron positivamente a las demandas de tal política hispanizadora, y también pudo reflejar la presión ejercida por los españoles sobre los principales jefes indios y la presión equivalente ejercida por éstos sobre las comunidades. Todos ellos pertenecían a la clase alta de la sociedad indígena. Como en la España peninsular, los regidores podían representar a barrios particulares o sujetos. Los jueces indios veían las causas criminales que afectaban a los indios, manteniendo así un tribunal distinto de primera instancia. Parte de lo intrincado y complicado del prototipo municipal español, se reflejaba en las instituciones políticas indias de mediados del siglo XVI y de después. Normalmente, los jueces y regidores eran elegidos por el mismo cabildo del pueblo o por un grupo de votantes indios, los vecinos o vocales de la comunidad indígena.

En el siglo XVI, el nuevo gobierno nativo por medio del cabildo pasó a servir como principal intermediario entre el Estado español y la población india. En algunos lugares, los nuevos funcionarios indígenas, llamados generalmente gobernador o alcalde mayor, eran elegidos por los vecinos o por el cabildo en intervalos de uno, dos o más años, o en algunos casos, eran designados por la autoridad virreinal para períodos más largos. Este nuevo funcionario indio presidía el cabildo y, a la larga, rivalizaba y sobrepasaba al cacique en poder e influencia local. Cada vez más estos caciques fueron derrotando a los consejos de los pueblos en la lucha por el control político, lo que significó un declive en el principio del cacicazgo hereditario. Durante el siglo XVII, un cacique todavía podía ser una personalidad local influyente en virtud de sus tierras y riquezas, pero en el siglo XVIII su nieto o biznieto podía ser casi indistinguible entre la masa de la población indígena.

En grandes pueblos de indios de Nueva España, la hispanización política del siglo XVI fue todavía más allá. Los consejos contaban con salas de justicia y alojamientos, varias cámaras o despachos, un salón de actos para el cabildo indio y, frecuentemente, una cárcel. Los jueces y regidores entraban en sus salones ceremoniosamente, siguiendo las formas de los miembros del consejo español en las ciudades de españoles. Los procedimientos españoles de llamar al orden, registro, discusión y voto, fueron imitados en los consejos municipales indios. Algunas veces, las actas se conservaban en lengua indígena, ahora transcritas a la lengua española. Los alcaldes legislaban sobre los asuntos locales en su totalidad, asignaban parcelas, regulaban mercados, fijaban celebraciones, organizaban la recaudación del tributo y provisión de mano de obra, y disponían sobre numerosos asuntos que requerían la atención del gobierno municipal.

Debe recordarse, no obstante, que un cabildo indio, por muy hispanizado que estuviera, nunca fue una institución verdaderamente poderosa. Su autoridad estaba limitada a una reducida serie de opciones. Las principales decisiones locales eran tomadas por el clero local, el encomendero y el corregidor, de forma singular o en conjunto. Los cabildos en todo el mundo hispánico, tanto en la sociedad blanca como en la india, perdieron algo de su significado en el siglo XVII, y pasaron a ser todavía más formales, conservadores y limitados. Las pérdidas demográficas sufridas por los indios americanos y las deprimentes condiciones de la sociedad indígena, en su conjunto, quedaron reflejadas en la pérdida de categoría de los gobiernos indígenas locales. La creciente mezcla de razas empezó a cuestionar el concepto de gobiernos «indios» en los pueblos. La ley requería que los caciques y miembros del cabildo fueran indios. Pero aquí, como en cualquier otro lugar, el concepto de «indio» permitía una interpretación variable. Los casos de mestizas haciéndose pasar por indios, infiltrándose en los gobiernos indígenas ocasionalmente en el siglo XVI, y con una frecuencia mayor después, son bien conocidos.

Los recursos económicos correspondientes a los gobiernos de los pueblos de indios fueron siempre precarios, y los consejos locales estaban contantemente al acecho para obtener fuentes de ingresos suficientes. Los fondos comunitarios estaban constituidos por las cajas de comunidad, al igual que en los pueblos españoles. Recibían ingresos de cada cabeza de familia indígena, que contribuía con una cantidad fija para mantener al gobierno local, a menudo mediante el mismo proceso por el que se hacían los pagos del tributo al gobierno español. Algunas veces, los pueblos de indios requerían a sus residentes para que suministraran maíz y otros artículos, los cuales el cabildo podía vender para obtener ingresos monetarios. Con este propósito se podían asignar parcelas de tierra en los pueblos. Los rebaños de ovejas u otros animales en las propiedades del pueblo y el arriendo o venta de las tierras comunitarias a los españoles u otros indios, eran métodos adicionales mediante los cuales las localidades obtenían fondos.

Los gobiernos de pueblos de indios proporcionaron, además, una estructura para el mantenimiento de los sistemas de las clases indias. En el centro de Nueva España, se distinguía entre los indios pertenecientes a la clase alta, llamados generalmente «principales» y los pertenecientes a la clase baja, llamados pipiltin (en singular pilli). Los numerosos militares especializados y los otros títulos de los pipiltin cayeron en desuso o desaparecieron totalmente durante el siglo XVI. Pero en los gobiernos municipales hispanizados solamente los principales eran elegibles para ocupar cargos en el cabildo.

Los principales del centro de Nueva España fueron incapaces de mantener su situación en las circunstancias de deterioro que presenció la época colonial tardía. De forma progresiva, cabildo tras cabildo, y en la sociedad en general, se fueron desvaneciendo las distinciones entre principales y macehuales. En un principio, los españoles enfatizaban las distinciones entre ellos, no sólo en los cargos del cabildo, sino con respecto a otra clase de privilegios, exenciones y categorías. El declive de los cabildos en el siglo XVII fue paralelo al declive de los principales y la eliminación o abandono de sus privilegios. Algunos perdieron sus tierras, criados y riquezas, y pasaron a ser indistinguibles de los macehuales. Otros abandonaron la comunidad india y migraron a la ciudad, engrosando las filas de mestizos, mulatos y negros y del proletariado urbano. Mientras tanto, los mestizos, mulatos y negros se infiltraron en los cabildos, contribuyendo a la ruptura del concepto de gobierno «indio», pero lo que hicieron fue particularmente poner en peligro el papel tradicional de los principales, puesto que ellos eran los que habían dominado los puestos gubernamentales.

En Perú, los curacas surgieron como poderosas autoridades en el mundo posterior a la conquista, y desempeñaron el papel cacique universal como «gobernantes títeres», haciendo de mediadores entre la sociedad española e india. Al igual que sus equivalentes en México, los curacas peruanos fueron entonces amenazados por los gobiernos indios recientemente hispanizados e institucionalizados. Los cabildos indios, constituido a mediados del siglo XVI, primero en los pueblos principales, proliferaron rápidamente. Hacia 1565, la ciudad de Lima tenía tres, uno para los residentes indios, otro para aquellos que habían emigrado procedentes de cualquier lugar y un tercero para los habitantes de los alrededores más próximos. Las atribuciones de los cabildos tenían que ver con las propiedades, mercados, cárceles y otros asuntos locales, por supuesto bajo la jurisdicción superior de las autoridades españolas. Los alcaldes indios administraban justicia en primer lugar y los alguaciles constituían el cuerpo de policía local.

Un tema que todavía está poco entendido y que requiere una profunda investigación comparativa concierne al calpulli y al ayllu. Estos términos se refieren a las unidades sociales básicas por encima del nivel de la familia, en México y en Perú, respectivamente. Los investigadores han discutido el carácter de estas unidades, sobre si representaban o no grupos de parentesco, o si pueden ser consideradas como «barrios» o «distritos», en relación con la jurisdicción que ejercían.

RELIGIÓN

Fue con respecto a la religión que los españoles realizaron su más enérgico esfuerzo para modificar la sociedad indígena. Esto fue debido a que muchos aspectos de su religión resultaban ofensivos desde el punto de vista del cristianismo, y porque el cristianismo era considerado por los españoles la única religión verdadera. Los españoles estaban dispuestos a hacer uso de la fuerza para destruir templo, extirpar idolatrías, sacrificios humanos y otras prácticas, y castigar a los recalcitrantes. Pero, en principio, los españoles creyeron en una cristianización sin coacciones, y el esfuerzo misionero, a pesar de su intensidad y universalidad, fue en general, una operación pacífica. En esto se distinguía, y los indios podían apreciar claramente esta diferencia, de las conquistas militares que los precedieron.

Las religiones americanas nativas estaban lejos de ser uniformes, pero se pueden caracterizas fundamentalmente por ser politeístas y animistas, con veneración de cuerpos celestiales y fenómenos naturales, propiciación de deidades, chamanismo y participación ceremonial. Las religiones americanas más sofisticadas incluían objetos de culto, calendarios complejos, templos y edificios religiosos igualmente complicados, clases sacerdotales y literatura narrativa y astrológica sumamente ricas. Algunos elementos fueron adoptados por los españoles por la existencia de aspectos militares a los del cristianismo, especialmente le bautismo, la confesión, el matrimonio y el símbolo de la cruz.

En la década de 1520 comenzaron a desarrollarse serios esfuerzos de conversión a gran escala. La tarea principal de los misioneros era eliminar las evidencias más relevantes del paganismo y frenar o reducir el poder de los sacerdotes nativos, y en su mayor parte, estos pasos fueron satisfactoriamente cumplidos durante la primera generación. Después, los misioneros pusieron un gran énfasis en los dogmas esenciales e en los rasgos más visibles de la religión cristiana. Especialmente al principio, los misioneros se concentraron en los bautismos en masa y en la rudimentaria instrucción sacramental. Hay evidencias, en diversas partes de la América nativa, de que los indios se reunían voluntariamente y con entusiasmo para recibir el bautismo en masa. Los elementos de la religión nativa que se asemejan al cristianismo eran, algunas veces, utilizados como ayuda o guía en la instrucción cristiana, pero también es cierto que los misioneros temían a las prácticas paganas similares como si fueran obra del demonio, ideadas para aprisionar al incauto y distorsionar el propósito cristiano. Con el transcurso del tiempo, la necesidad y la ocasión para el bautismo en masa y el aprendizaje inicial, por supuesto, diminuyeron.

Con respecto a la creencia religiosa indígena, el resultado final fue el sincretismo, es decir, la fusión de la fe cristiana y de la pagana. Éste se dio de distintas formas. Los indios podían mantener una posición politeísta mediante la aceptación cristiana como un miembro adicional del panteón, o prestando la atención principal a la santísima trinidad o a la comunidad de santos más que al dios cristiano. La crucifixión podía parecer como un sacrificio humano. Los indígenas, que parecían estar venerando según el rito cristiano, podían llegar a colocar ídolos tras los altares a la espera de una respuesta en caso de que la religión cristiana les fallara. Elementos de la fe cristiana podían ser incorporados dentro de la perspectiva de un mundo esencialmente pagano. A lo largo del período colonial, el clero buscó y descubrió evidencias del paganismo que sobrevivía en objetos de culto escondidos o en prácticas encubiertas.

Los primeros misioneros iban de ciudad en ciudad y de una zona a otra, pero, a medida que su número aumentaba, fue desarrollándose un sistema episcopal y parroquial disciplinado, con un clero residente en las comunidades indígenas mayores. Los misioneros prestaron una atención especial a los hijos de la clase alta indígena, con la idea de que éstos se convertirían en los líderes de las generaciones posteriores y que estarían en posición de ejercer en el futuro una influencia cristiana sobre la comunidad. Al principio, el clero dirigía los servicios religiosos en edificios temporales o en capillas abiertas; más tarde, en las iglesias, a menudo amplias e impresionantes, construidas con mano de obra indígena. Frecuentemente, en el siglo XVI, el clero local funcionaba dentro de la institución de la encomienda.

En el siglo XVII, en cualquier comunidad indígena de la América española, el cristianismo jugaba un papel dirigente. En todas partes la Iglesia era la estructura mayor y más imponente. Dominaba un complejo de edificios subordinados, que algunas veces incluía un monasterio. Todas habían sido construidas por indios, a menudo mediante mano de obra voluntaria y no remunerada, y el mantenimiento y reparación habían sido fruto del trabajo indígena. Estaba prohibido que los indios fueran ordenados sacerdotes, pero todas las tareas menores eran llevadas a cabo por ellos, y, para el mantenimiento de la comunidad religiosa, era básica la existencia de una jerarquía de cargos ocupados por los indios. El día del santo patrón de la localidad -que a menudo era el santo que daba el nombre al lugar -, se celebraba una gran fiesta, que distinguía a una comunidad india de sus vecinos, algunas veces en un ambiente de competitividad. En todas las comunidades, las fiestas eran ocasiones semirreligiosas, que proporcionaban una relajación de la rutina y promovían una lealtad colectiva a la Iglesia, al Estado y la sociedad en general.

TRIBUTOS

El hecho de que los indios tuvieran que pagar tributos fue una de las primeras y fundamentales convicciones españolas en el mundo colonial. La tradición provenía de España, donde los campesinos eran pecheros, pagadores de pecho o tributos. En América, donde los colonos no pagaban pecho, la obligación de pagar el tributo cayó sobre la nueva clase baja no española. En teoría, los indios pagaban tributo como obligación de «vasallos» de la corona. 8A cambio de beneficios, o supuestos beneficios, de la civilización española. En la época anterior a la conquista, muchos indios tenían que pagar tributo, hecho que facilitó en teoría y en la práctica la exacción tributaria.

El tributo se convirtió en uno de los principales mecanismos de control ejercido por los encomenderos sobre los indígenas, y sus recaudadores tributarios, que normalmente eran indios, se hallaban entre los agentes de los encomenderos más temidos.

Dentro de la comunidad india, las exacciones tributarias tenían influencia importante sobre la producción local. Muchos artículos producidos por indígenas -maíz, cacao, tejidos nativos y muchos otros productos - continuaron siendo pagados como tributo. Algunas veces, los requerimientos del tributo eran para pagar en productos europeos para poderlos vender a cambio del dinero que necesitaban para pagar el tributo. Indudablemente el cultivo o fabricación de productos europeos constituía un paso en dirección a la hispanización.

MANO DE OBRA

La esclavitud legal e ilegal de los indígenas como mano de obra se dio principalmente en las Indias occidentales y en la parte adyacente de tierra firme, desde la América Central hasta Venezuela. En México y Perú, los conquistadores estuvieron más preocupados con la encomienda que con la esclavitud declarada, pero convirtieron en esclavos a indios capturados en las guerras, justificando la acción a través del requerimiento9.o por el principio de que los cautivos hechos en una guerra justa y cristiana podían ser legítimamente esclavizados. Los conquistadores también sostenían que los indios que eran esclavos en su propia sociedad nativa debían continuar siéndolo después de la conquista, puesto que esto implicaba simplemente la perpetuación de una posición preexistente y no un acta nueva de esclavitud. Durante un tiempo, la corona permitió la esclavitud de los indios en caso de rebelión y como castigo por delitos concretos. A lo largo del siglo XVI y durante el XVII encontramos ejemplos de esclavitud indígena entre los cautivos que habían sido capturados en guerras de frontera y entre individuos sentenciados por crimen. Pero, en general, después de las Leyes de Burgos (1512), el principio prevalente fue que los indios fueran personas libres y no esclavos.

En las indias occidentales las encomiendas concluyeron al cabo de dos generaciones, debido a la extinción de la población aborigen. No obstante, no se debería presumir que las condiciones duras de trabajo, tanto de la esclavitud como de la encomienda, fueron una causa directa de tal extinción. Al igual que en cualquier otro lugar, las enfermedades introducidas por los españoles fueron la causa principal. Obviamente, las enfermedades pueden haber tenido consecuencias más mortales debido a la fatiga, desnutrición y otras condiciones que se daban de acuerdo con las prácticas laborales españolas.

En el continente, la encomienda fue una institución onerosa para los indígenas, pero en las zonas principales su componente laboral estuvo limitado a las primeras generaciones coloniales.. Hacia fines del siglo XVI, en las zonas densamente pobladas, la encomienda se había convertido en una institución para la exacción del tributo, que ya no podía ser considerada como una fuente de trabajo privado. Los encomenderos, deseosos de poseer indios como mano de obra en estas áreas, estaban ahora obligados a depender en la nueva institución de la mita o «repartimiento» laboral.

El repartimiento laboral, como fue llamado en Nueva España, o mita, acabó siendo usado en el Perú y fue la nueva institución diseñada para regular la mano de obra de los indios en el sector público, tras la separación de este trabajo del sector privado o encomienda. Los trabajadores indios recibían un salario modesto y regresaban a sus comunidades al tiempo que un nuevo contingente, reclutado y asignado de la misma manera, ocupaba sus puestos.

La mita laboral, para las minas peruanas de Potosí, representa el repartimiento en su forma más impresionante. A fines del siglo XVI y durante el XVII, el flujo de trabajadores, hacia y desde la mina, asumió las proporciones de migraciones masivas. Los funcionarios indígenas dirigían la selección y organización. No existe otro grupo de esfuerzo de mano de obra colonial que pueda compararse a éste en número de personas, duración e intensidad. Sus rivales más cercanos en México fueron los que reconstruyeron Tenochtitlan en el siglo XVI y los que llevaron a cabo el drenaje del valle de México, a principios del siglo XVII. El repartimiento satisfizo las necesidades laborales de la colonia de modo más efectivo de lo que lo había hecho la encomienda, pero estuvo cada vez más sujeto a tensiones en la medida que la población nativa continuaba descendiendo. La tensión sobre las comunidades y sus gobiernos indígenas se agudizó, especialmente en aquellas zonas mineras y agrícolas donde la pérdida de población fue mayor.

En el centro de Nueva España los patrones agrícolas ya no podían asegurarse los trabajadores que necesitaban mediante el repartimiento, hacían contratos laborales con trabajadores individuales, prestaban dinero a los indios para ser devuelto en forma de trabajo y otros medios, y de otras maneras desafiaban o burlaban el sistema. El repartimiento agrícola se deterioró todavía más y, finalmente, en 1633 fue abolido. La industria minera de Nueva España ya había dejado de depender de él y ello significó que sólo una pocas operaciones controladas por el Estado, entre las que sobresalía el drenaje del valle de los lagos de México, continuó recibiendo un número considerable de tales trabajadores.

De este modo, a fines del siglo XVII y en el XVIII, en el centro de Nueva España, la mayor parte de la mano de obra indígena era «libre». En la medida en que la población nativa volvió a incrementarse, las condiciones del mercado de trabajo rural se invirtieron en relación con lo que había sido. Ahora había demasiados trabajadores respecto a la oferta de trabajo. Los trabajadores sin empleo desbordaban de sus pueblos y erraban por el campo. Debido a la competencia en el empleo, el salario de los trabajadores rurales, que había aumentado regularmente desde principios del siglo XVI hasta mediados del XVII, permaneció casi constante durante los 150 años posteriores. Esta situación fue ventajosa para los hacendados, que mantenían un núcleo de trabajadores en sus propiedades durante todo el año laboral y podían alquilar un número adicional de trabajadores para hacer frente a las tareas estacionales.

En la zona central de los Andes prevaleció una situación diferente. La mita continuó siendo el principal instrumento para reunir a los trabajadores en Potosí y otras minas peruanas a lo largo del período colonial. La tecnología minera estaba mucho más atrasada que la mexicana.

En las ciudades de la América española, al igual que en las zonas rurales, los indios realizaban la mayor parte del trabajo. No obstante, las condiciones urbanas fueron bastante diferentes de las del campo. Para las tareas urbanas el trabajo a través del repartimiento fue común en el siglo XVI, y persistió de manera interminable, algunas veces con largas interrupciones, durante el período colonial.

Todavía hay otra institución de trabajo que es relevante en la vida indígena. Se trata del «obraje», un taller creado especialmente para la producción de tejidos de lana. Los obrajes comenzaron a desarrollarse en el siglo XVI con mano de obra indígena. Las principales tareas que se realizaban en el obraje eran las de limpiar, cardar, hilar y tejer. Hacia el siglo XVII, los obrajes se habían convertido en fábricas de explotación y pasaron a ser famosos por sus bajos salarios y por sus horribles condiciones. Indios y no indios, culpables de crímenes, eran condenados a trabajar en el obraje, durante mese o años, y a lo largo de la época colonial, los indios que se encontraban en estas condiciones eran considerados como trabajadores esclavos.

TIERRAS

En teoría, el gobierno español respetó la propiedad de la tierra de los indígenas, y trató de limitar la de los españoles a las zonas vacías o a extensiones cuya transferencia a manos españolas no perjudicara los intereses indígenas. Pero en la práctica este principio no se cumplió. Naturalmente, los españoles se apropiaron de las valiosas zonas urbanas conquistadas en Tenochtitlan y Cuzco, y los indígenas se vieron totalmente incapaces para resistir la apropiación de los bienes que, en estas ciudades y en otras, llevaron a cabo Cortés, Pizarro y sus respectivos seguidores. Las autoridades del gobierno colonial español que se ocuparon de la concesión de las tierras -cabildos, virreyes y sus agente - se caracterizaron por anteponer los intereses españoles a los indígenas. Los españoles sostenían que ellos necesitaban más tierras para la agricultura a gran escala y para los gastos del ganado que la que requerían los indígenas para sus cultivos intensivos a pequeña escala. Desde la perspectiva de los españoles, las tierras que los indígenas usaban para cazar u otros menesteres comunitarios estaban «vacantes» y, por lo tanto, disponibles para ellos. Existe la idea de que todas las tierras de América, que a la larga pasaron a manos de los españoles, fueron usurpadas a los indios. No obstante, hubo una amplia diversidad de «usurpaciones», que incluyó la compra, el comercio y la donación voluntaria por parte de los indios. En este sentido, resulta extremadamente compleja la cuestión de las «reclamaciones» contrarias de indígenas y españoles.

En un principio, los colonizadores españoles fueron atraídos hacia las zonas densamente pobladas del México central y de los Andes centrales, donde dieron más importancia al botín, mano de obra y tributo que a la tierra. Por consiguiente, fueron estas zonas las que sufrieron las conquistas mayores y las que más pronto se vieron afectadas por las encomiendas más prolongadas del continente. La encomienda fue la institución inicial adecuada aquí, y de modo significativo no importaba la concesión de tierra, sino la concesión de indios para tributos y trabajo.

El proceso no fue sencillo. En la tradición indígena, una parcela de tierra vacante por muerte de su ocupante, normalmente, revertía a la comunidad, hasta que ésta asignara un nuevo titular. La disponibilidad de ocupación no era considerada motivo para que fuera ocupada desde fuera. Si no había dentro de la comunidad un candidato al que se le pudiera asignar la parcela, los ancianos, el cacique, o el cabildo indígena, podían mantenerla como un bien comunitario, hasta que apareciera un titular adecuado. En cualquier caso, el poseedor sólo dispondría del usufructo de la propiedad. Podía mantenerla mientras la cultivara y la usara para mantener a su familia. La forma de considerar el uso de la tierra que tenían las comunidades indígenas estaba en conflicto con la noción de propiedad absoluta que tenían los españoles, y complicaba cualquier simple sustitución de propiedad hispánica por propiedad india cuando la tierra llegaba a estar inocupada hasta la muerte.

Por otra parte, la capacidad de la comunidad para retener sus tierras fue severamente deformada bajo las circunstancias coloniales. Las comunidades indígenas se debilitaron, no sólo por la reducción de su tamaño, sino también por la despoblación. Cuando las dificultades se hicieron suficientemente graves, las comunidades indígenas se vieron obligadas a someterse.

Al margen de las transferencias legales, los registros coloniales sobre las transacciones de tierras están repletos de pruebas falsas, amenazas y otras prácticas ilegales. Los indígenas fueron persuadidos para que «vendieran» a los españoles porciones de las tierras del común de las comunidades. Los españoles negociaban la venta de una propiedad y recibían, o tomaban, otra más conveniente. Los españoles sobornaban o forzaban a los indios para que donaran tierras. Los indios alquilaban tierras a los españoles y, después de recibir el pago del alquiler durante unos años, se les daba a entender que ellos habían estado recibiendo los plazos de una venta, y que ahora se les exigía la plena transferencia de la propiedad. Contra tales prácticas, algunas veces, la comunidad indígena era incapaz de ofrecer resistencia o retrasar el efecto. Se sabe que los indios subrepticiamente cambiaban de lugar los mojos, presentaban títulos de propiedad falsificados y, de otras maneras, intentaban engañar a los españoles. Las comunidades indígenas ganaron pleitos en los tribunales coloniales contra los colonos españoles que les habían arrebatado sus tierras. Pero a la larga, el lado español salía favorecido, ya que los españoles eran más ricos y más poderosos, podían ofrecer sobornos y precios más elevados, disponían de abogados más hábiles y podían aguardar la próxima oportunidad que les favoreciera. Las tierras que llegaban a caer bajo el dominio de los españoles, raramente revertían a manos de los indígenas.

ACULTURACIÓN

La mayoría de las instituciones educacionales que los españoles establecieron para los indígenas, estaban asociadas con las campañas destinadas a la conversión religiosa. Este era el caso en las zonas con densa población indígena durante el período inicial, y, más tarde, en las fronteras, donde los misioneros continuaban contactando con los indios no conversos. Además de la instrucción religiosa, en las escuelas de las misiones se llevaron a cabo algunos esfuerzos encaminados a proporcionar los rudimentos de una educación laica. De estas escuelas salieron miembros escogidos de la clase alta indígena, especialmente hijos de caciques, con conocimientos de la lengua castellana y con habilidad para leer y escribir. Una escuela ejemplar y destacada de este tipo fue la de Santa Cruz de Tlatelolco (Ciudad de México), donde los estudiantes pertenecientes a la clase alta indígena aprendían latín y se les ofrecía una educación humanística más o menos comparable a la que se proporcionaba en los colegios aristocráticos de España.

Uno de los líderes del trabajo misionero del siglo XVI fue Vasco de Quiroga10. Sus reglas apuntaban hacia una población indígena letrada, donde la propiedad fuera común, los cargos rotativos y una economía basada en la agricultura y las artes manuales. Su ideal era poner en práctica la sociedad ideal concebida por Tomás Moro para la doctrina de la perfectibilidad de los indios. El trabajo de Quiroga destaca por lo que revela de la mentalidad misionera y de la filosofía del humanismo cristiano en la forma de un Nuevo Mundo. Peor, en la práctica, la trascendencia que tuvo para el cambio de la sociedad india fue mínima.

En el siglo XVI, los indígenas de la clase alta, particularmente los caciques, fueron quienes tuvieron las mayores oportunidades para la hispanización. Los caciques sabían que jugando el papel de gobernador local títere obtendrían privilegios, y fueron rápidos en explotar esas posibilidades. A los caciques, y a otros miembros de la clase alta india, se les permitía llevar armas de fuego, espadas, usar vestimenta de corte español, montar a caballo y confraternizar con colonos blancos. En el siglo XVI, un número sorprendente de indios pertenecientes a la clase alta viajaron a España para presentarse a la corte real, donde solicitaron privilegios adicionales, títulos de nobleza y escudos de armas, como reconocimiento oficial de su rango y del apoyo real o supuesto, que ellos o sus padres habían jugado en la conquista española.

El declive de los caciques en los siglos XVII y XVIII fue resultado del cúmulo de nuevas circunstancias en las postrimerías de la historia colonial. Los caciques perdieron a sus criados, bien por enfermedad, en el repartimiento, o en las haciendas de los españoles. Su poder político se vio afectado por la competencia de los cabildos que habían sido hispanizados en las ciudades. Sus comunidades dejaron de apoyarles y fueron dejados a merced de empresarios blancos o mestizos.

Para la inmensa mayoría de la población indígena, la adopción de rasgos y productos españoles fue un proceso mucho más lento y más selectivo que para los caciques u otros indios pertenecientes a la clase alta. La mayoría de los indígenas no aprendió la lengua castellana. Las lenguas nativas llegaron a incluir términos en español, pero se trataba principalmente de palabras prestadas para las que estas lenguas no tenían equivalente. La mayor parte de las casas indias y de los métodos de construcción que se usaban en el siglo XVIII, difería muy poco de los del siglo XV. En lo que a la indumentaria se refiere, algunos indios usaban pantalones, camisas, sombreros y tejidos de lana, mientras que otros conservaban completamente, o en parte, la vestimenta india originaria. Durante la colonia se generalizó el consumo de muchos productos que en la época anterior habían estado limitados a las clases dirigentes, siendo ejemplos destacados de ello el pulque, en México, y la coca y la chicha en Perú. Los indios criaban cerdos y ovejas a escala limitada. Parece ser que la crianza de caballos y de ganado se convirtió en una costumbre india más propia del Perú que del México central, quizá debido a que la llama nativa sirvió como una preparación psicológica. En las zonas agrícolas sedentarias de México donde los españoles establecieron haciendas y estancia, los indios temían y odiaban a las vacas y a los bueyes, al menos en parte, por la intrusión destructiva que causaban en las tierras agrícolas. Pero, como es bien sabido, los caballos se convirtieron en un complemento importante de la vida india migratoria, más allá de la frontera mexicana, ya que estos animales facilitaban las incursiones, el robo y el contrabando. Una adopción similar del caballo, y por razones parecidas, se dio en Venezuela, Chile, en el este del Chaco y otros lugares donde podían mantener actitudes de hostilidad en torno a los límites de las zonas sedentarias, y llevar una vida migratoria y merodeadora.

Los españoles prohibieron a los indios comunes que portaran espadas o armas de fuego. Pero, para la mayoría de aquellos que vivían dentro de la sociedad indígena, el hecho de llevar espadas o armas de fuego habría sido un acto antisocial.

La comunidad indígena misma era una institución conservadora que impedía la aculturación. La nostalgia de los esplendores desaparecidos del pasado nativo era más propia de los pueblos del Perú que de los de México, ya que los gobernantes incas continuaban siendo recordados en los dramas, boato, retratos, y cuando actuaban escenificando la vida del imperio inca anterior. La ideología incaica, hasta cierto punto, estuvo presente en la principal rebelión indígena del siglo XVIII, la de Tupac Amaru

El repartimiento (o reparto) de efectos fue un importante instrumento colonial tardío de aculturación forzada. En éste, los corregidores, aunque tenían prohibido emprender actividades comerciales, eran los promotores y agentes principales de la distribución económica entre los indios. En algunos casos, éstos sustituyeron a los comerciantes indios, a intermediarios blancos o vendedores ambulantes, cuya práctica, en los siglos XVI y XVII, consistía en visitar a las comunidades indígenas y distribuir mercancías en los mercados nativos.

Durante los siglos posteriores a las conquistas, la vida en las comunidades indígenas tendió a ser abiertamente pacífica, pero, algunas veces, estallaron rebeliones locales, dirigidas contra controles específicos, tales como nuevos impuestos, demandas laborales, repartimiento de efectos y usurpaciones de tierras. Mujeres y niños participaron de forma característica, al igual que los hombres. Como muchos otro acontecimientos de la vida indígena, las rebeliones eran iniciativas que partían de la misma comunidad, que expresaban una protesta india colectiva. Eran emotivas, intensas y de corta duración, a menudo duraban unas pocas horas. La típica sublevación no afectaba seriamente al gobierno español y era suprimida con rapidez. La más famosa, la de Tupac Amaru en perú a principios de la década de los ochenta del siglo XVIII, tuvo numerosas consecuencias para la comunidad, pero se distinguió de las otras por el hecho de afectar a un área más extensa, la zona central y norte de la sierra andina, y duró más tiempo, de 1780 a 1782.

Lo que sobrevivió de la cultura india en la América española puede identificarse principalmente a nivel individual, familiar y de comunidad. Para las comunidades, la tendencia fue a independizarse una de la otra, resistir las presiones españolas de forma colectiva, y sobrevivir como depositarias de los vestigios del indianismo. La cultura de la clase alta nativa desapareció, no, como pensaba Humboldt, a causa de las muertes durante la época de las conquistas, sino gradualmente con el paso del tiempo, y a través de los procesos históricos de extirpación y adaptación. Salvo algunas excepciones, los caciques, principales conductores de la hispanización, abandonaron a la sociedad indígena por sus propios intereses privados. Otros que no eran caciques, ni tan sólo principales, abandonaron los pueblos para incorporarse a las haciendas, plantaciones, minas, o ciudades, o para ocultarse en los bosques, o para errar por los caminos. Pero los supervivientes de los pueblos se apoyaron mutuamente, oponiéndose al cambio. Mientras pudieron, conservaron sus propios sistemas agrícolas, indumentaria, vida cotidiana, comida y costumbres locales.

ESTRATEGIA URBANA

El proyecto «castellano» de desarrollo urbano no se puso en práctica inmediatamente en la Española, marco inicial del impulso colonizador español en América. Las primeras ciudades -incluidos los intentos desafortunados de La Navidad y La Isabela, fundadas por Colón en su primer y segundo viaje respectivamente, y la subsecuente cadena de centros que cruzaba la isla alcanzando la costa sur de Santo Domingo -, fueron erigidas sobre planos irregulares y no se diferenciaban demasiado de las «factorías» comerciales con que contaban los italianos en el Mediterráneo o los portugueses en Africa. Dos años de experiencia demostraron claramente dos cosas: en primer lugar, que la costa sur era mucho más favorable tanto para las comunicaciones con la Península como para el control de interior y el envío de expediciones a Tierra Firme; en segundo lugar, se hizo evidente la inviabilidad social y económica de utilizar la cadena interior de factorías como fuentes de tributos.

(mapa 2)

Nicolás Ovando, que fue destinado como gobernador a Santo Domingo, llevaba instrucciones de fundar nuevas poblaciones teniendo en cuenta las condiciones naturales y la distribución de la población. También se le ordenó que en adelante los cristianos fueran concentrados en municipios, pauta que marcaría el precedente de la segregación de las «villas» españolas respecto de los «pueblos» indígenas. Ovando llegó en abril de 1502 junto con 2.500 colonos. Cuando después de dos meses un huracán destruyó su capital, la reconstruyó en la orilla derecha del Ozama para mejorar las comunicaciones con el interior. El plano de la nueva ciudad fue el primer ejemplo de un trazado geométrico en América. Ovando ideó los patrones para una res de «villas» en La Española, quince de las cuales recibieron los blasones reales en 1508. Algunas se situaron en el oeste y sureste para controlar el trabajo de los indígenas; otras fueron emplazadas cerca de los depósitos auríferos o en zonas adecuadas al desarrollo de la agricultura y la ganadería. La ciudad de Santo Domingo era la capital y también el puerto más importante. La cifra promedio con que se fundaba una ciudad era de 50 vecinos. Algunas ciudades albergaban un hospital, según una planificación regional de asistencia médica. Como coordinador del plan, Ovando escogía los emplazamientos urbanos, controlaban los nombramientos municipales y fijaba la disposición de los «solares» entorno a las plazas.

Al finalizar su mandato, Ovando gobernaba sobre una población europea de entre 8.000 y 10.000 habitantes. En el momento de su regreso a España en 1509, sus planes no se habían cumplido. No se habían construido caminos apropiados y su decisión de abolir el ineficiente sistema de recaudación tributaria, eliminar los caciques y distribuir los indios a los encomenderos, las minas y la corona, precipitó el derrumbe de la población aborigen. Hacia mediados del siglo XVI, los asentamientos estaban desiertos y la ruta norte- sur que habían establecido los hermanos Colón prevalecía sobre el plan de integración este- oeste proyectado por Ovando. Ello llevaría a la evacuación de las poblaciones del norte y oeste en 1605-1606 y la cesión del sector oeste de La Española a los franceses.

En la fase caribeña de la conquista, se produjo el triunfo de la unidad municipal como instrumento agrourbano de colonización, y la experiencia de Ovando fue tenida en cuenta por la corona en las instrucciones que en 1513 hizo llegar a Pedrarias Dávila para la colonización de la Castilla de la Castilla de Oro11.. Para entonces, los obstáculos para el establecimiento de una próspera red de centros eran manifestados: ausencia de una red viaria utilizable, rápido agotamiento de los recursos mineros, diezma de la población indígena y el atractivo de las expediciones a tierra firme. Los inconvenientes de hacer depender la planificación de toda una zona de la supervisión directa de un funcionario al servicio de la corona también eran evidentes. Tanto en Cuba como en La Española, las asambleas de procuradores empezaron muy pronto a hacer valer sus prerrogativas municipales.

La acción protagonizada por Hernán Cortés y sus compañeros al negarse a reconocer la autoridad de su inmediato superior. Diego Velázquez, al dar comienzo a las campañas mexicanas, es un clásico ejemplo de cómo las elites municipales podían, llegado el caso, elegir un caudillo a través del cual entraban en relación vasallática con el rey. La llamada «primera carta» que Cortés envió desde Veracruz el 10 de julio de 1519 dirigida a la corona, decía que, aunque Velázquez había enviado la expedición sólo en busca de oro y había ordenado la vuelta inmediata a Cuba, «que lo mejor que a todos nos parecía era que en nombre de vuestras reales altezas se poblase y fundase allí un pueblo en que hubiese justicia, para que esta tierra tuviesen señorío...». Cortés decía que «le placía y era contento» de designar los «alcalde mayor», completándose así el proceso de legitimación.12.

Cuando se define la sociedad y la economía colonial hispanoamericanas como arcaicas y resistentes a los cambios, se olvida frecuentemente que, tras la fase caribeña de ña conquista, unos pocos miles de españoles fijaron, en el plazo de dos generaciones, el modelo urbano de un continente y medio, y que éste ha perdurado en gran medida hasta nuestros días. Hacia 1548, se habían creado centros de control urbanos, tanto en la costa como en el interior, desde el altiplano mexicano hasta Chile. Muchos de ellos ahora son conocidos como capitales de naciones modernas: Ciudad de México, Ciudad de Panamá (que cambió de emplazamiento en 1671), Bogotá, Quito, Lima, La Paz, Asunción y Santiago. Caracas fue fundada en 1567, mientras que Buenos Aires lo que fue definitivamente en 1580, tras haber sido una población de carácter efímero de 1535 a 1541. El vasto alcance del modelo de poblamiento refleja la necesidad de los colonizadores de contar con centros de control para las incursiones en busca de mano de obra indígena y tributos. Sin indios, dice el refrán, no hay indias. Tras las primeras experiencias, en las Indias españolas se abandonaron los enclaves comerciales, que caracterizaron la expansión en ultramar de portugueses, holandeses e ingleses, y potenció la apropiación directa de los recursos mineros y agrícolas.

La colonización se convertía en una tarea de «urbanización», es decir, una estrategia de poblamiento encaminada a la apropiación de los recursos y a la implantación de una jurisdicción. La urbanización, en su sentido demográfico más simple -entendía como aglomeraciones de población que crecen más rápidamente que las zonas adyacentes -, es difícilmente cuantificable para los siglos XVI y XVII, incluso si se limita la atención a las ciudades de europeos existentes en Hispanoamérica. Para empezar, los recuentos efectuados en la época toman como unidad al vecino, es decir, propietarios que tienen bajo su control un séquito o encomienda de indios que antes que simples residentes (habitantes o moradores) y transeúntes (estantes), variando enormemente de un lugar a otro la relación vecino- moradores. Por otra parte, en la época en que se establecieron allí las altas jerarquías urbanas, la población indígena -rural y urbana -había sido diezmada de tal manera que los criterios corrientes de urbanización y desurbanización carecían de sentido. Sin embargo, utilizando los recuentos disponibles y estableciendo índices valorativos de las funciones urbanas, es posible extraer ciertas conclusiones acerca del desarrollo urbano durante el período comprendido entre 1580 y 163013.. Durante dicho pequeño lapso de tiempo, parece ser que las grandes ciudades administrativas crecen más deprisa que las pequeñas. El modelo urbano más amplio se definió, por aquel entonces, más como un «esquema» de las ciudades que como complejo de «sistemas» urbanos interconectados.

La legislación española aportó los fundamentos para diferentes tipos de concesión de tierras. Una de ellas era la «capitulación», mediante la cual se concedían poderes a una cabeza de expedición para fundar ciudades y distribuir tierras durante cuatro u ocho años, según el ritmo del proceso de ocupación efectiva. Otra era una concesión de tierras vacantes de acuerdo con lo estipulado en los códigos promulgados: por ejemplo, que los fundadores de la ciudad no podían ser propietarios en ciudades ya existentes, que los futuros fundadores debían garantizar la presencia al menos de 30 vecinos, y que las nuevas ciudades que se fundaran debían ocupar 4 leguas y distar 5 leguas de los centros preexistentes. En una cédula del 1591, que se denomina «reforma agraria», las tierras que no habían sido concedidas a nadie, habían de revertir a la corona, según se estipulaba en un tercer tipo de disposiciones, la venta por subasta. Incluso entonces, un cabildo podía conseguir la tenencia colectiva de la tierra como persona jurídica o, en caso de una subasta, aparecer como un simple postor y redistribuir entonces la tierra libremente.

IGLESIA CATÓLICA EN LA HISPANOAMÉRICA COLONIAL

Para entender el establecimiento y la organización de la Iglesia católica en América es necesario, en primer lugar, considerar las condiciones en que se encontraba la península Ibérica en ese momento. A fines de la Edad Media, los reinos ibéricos habían sufrido una experiencia decisiva: la reconquista de los antiguos territorios cristianos de manos del invasor árabe. Dentro de sus territorios los gobernantes de los reinos hispánicos habían practicado durante muchos siglos una relativa tolerancia hacia sus súbditos no cristianos. Sin embargo, desde principios del siglo XV en adelante se aprecia una creciente insistencia en la asimilación de estos elementos no cristianos en el seno de la cristiandad. En 1492, los judíos españoles tuvieron que escoger entre el bautismo o la expulsión de los dominios de Fernando e Isabel. Los moros se enfrentaron con la misma disyuntiva en Castilla en 1520, y en Aragón en 1526. Para entonces, ya se estaba bastante lejos de la actitud misionera defendida en el siglo XIII.

En la época de la primera llegada de Colón a la Antillas, el papado había estado interviniendo durante más de medio siglo en las expediciones de exploración y conquista tanto de Portugal como de Castilla. En el caso de las indias españolas, las bulas Inter caetera (1493) y Eximiae devotionis (1493 y 1501) de Alejandro VI, Universalis ecclesiae (1508) de Julio II y Exponi novis (1523) de Adriano VI, otorgadas a la corona castellana, determinaron la estructura esencial del trabajo de evangelización católica en América.

La corona de Castilla asumió el control de la vida de la Iglesia en un grado desconocido en Europa (excepto en la recién conquistada Granada). La política eclesiástica se convirtió en un aspecto más de la política colonial, coordinada a partir de 1524 por el Consejo de Indias. La Corona se reservaba el derecho de presentar candidatos para los nombramientos eclesiásticos en todos los niveles y se responsabiliza de pagar los salarios y de construir y dotar catedrales, iglesias, monasterios y hospitales con los diezmos de la producción agrícola y ganadera. La corona también se reservaba el derecho de autorizar el traslado del personal eclesiástico a las Indias, y en 1538 ordenó explícitamente que todas las comunidades entre Roma y las Indias tendrían que llevarse al Consejo para su aprobación (el pase regio o exequatur).

La iglesia de América tenía asignada una misión práctica: activar la sumisión y la europeización de los indios y predicar le lealtad de la corona de Castilla. Cualquier resistencia por parte de la Iglesia al cumplimiento de esta función se consideraba un problema político y como tal era tratado.

Este compromiso era conveniente era necesario para el Estado, pero no está tan claro que lo fuera también para la Iglesia. ¿Por qué tenía la Iglesia que dejarse atar los pies y manos a los intereses del poder secular de la corona española? Había muchas razones, entre las cuales se destacan: la preocupación de los mundanos papas renacentistas, especialmente Alejandro VI, el papa Borja de valencia, por el engrandecimiento familiar, la política europea y, después de 1517, la ola creciente de protestantismo: la carencia de medios de Roma para organizar y financiar la propagación de la fe en el Nuevo Mundo sin disponer de ayudas políticas; el celo chauvinista de muchos eclesiásticos españoles que reconocían que el rey de España tenía, en cualquier caso, mucho más que ofrecerles que el papa de la lejana Roma. Bajo el Patronato Real, los clérigos disfrutando de un notable grado de tolerancia que les permitía ser oídos en todas las causas del gobierno. Sin embargo, comparando las ocasiones que la metrópoli y en América para discutir el sistema en el que trabajaban, el número de veces que tomaron iniciativas en este sentido fue insignificante.

El primer escenario de los conflictos de conciencia sufridos por las autoridades fueron la Antillas. En 1509 el rey Fernando había legalizado la encomienda. En diciembre de 1511 el fraile dominico Antonio Montesinos denunciaba a los colonos desde el púlpito: «estáis todos en pecado mortal», decía, «y en él vivís y morís por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes víctimas». Con estos dicterios se preparaba el terreno para la primera batalla entre el Evangelio y el colonialismo, una lucha que iba a ser la piedra de toque de la vida de la Iglesia en América. La primera reacción del Estado fue aprobar las Leyes de Burgos en 1512, que inauguraron una serie intentos por parte de las autoridades para mediar entre estos dos intereses incompatibles. Dos años más tarde, Bartolomé de las Casas, fraile dominico, párroco y encomendero en Cuba, empezó su gran defensa de los indios que duraría hasta su muerte en 1566. Este primer escenario (caribeño) del colonialismo castellano en América sirvió para poner de relieve una contradicción esencial: si las bulas papales hacían de la conversión de los nativos la justificación de la soberanía española, justamente las personas encargadas de esta tarea se veían obligadas a censurar los fines económicos y sociales de la empresa colonial.

Las dos décadas posteriores a 1519 representaban la fase decisiva de la dominación castellana en América. Desde su base de las Antillas, los españoles conquistaron México y Centroamérica y después se dirigieron al sur de Panamá y Venezuela, a través del Pacífico, para conquistar el imperio inca. Los conquistadores entraban en un mundo desconocido. La expansión territorial significó el descubrimiento de sociedades complejas, organizadas según unos sistemas totalmente ajenos a los de Europa. Además, sus estructuras religiosas estaban arraigadas funcionalmente en la vida de aquellas sociedades. Sólo después de que se hubo abierto el horizonte geográfico y humano se dio cuenta la Iglesia de la labor evangelizadora que se le pedía en el Nuevo Mundo. Los mismos conquistadores estaban llevados, en parte, por el fervor religioso de realizar sus hazañas. Estaban convencidos de que al subyugar unas poblaciones, desconocidas hasta entonces, servían por igual a la cristiandad y a su monarca como vasallos; a su fe como misioneros; y a sí mismos, como hombres de honor. Una vez que se hubo establecido la autoridad española, entraron en escenas las órdenes misioneras para evangelizar los pueblos conquistados. A su vez, los frailes estaban respaldados por la espada represiva de la autoridad. De este modo, primero vino la conquista militar y política, a la que le siguió después la conquista «espiritual». Tanto la iglesia como el Estado se vieron necesitados de unos servicios que se prestaban mutuamente.

En el ámbito de la actividad misionera en América, las ideas reformistas de la península ya habían confluidos con las corrientes del milenarismo y del utopismo. Para muchos, el Nuevo Mundo era la oportunidad ofrecida por la Providencia para establecer el verdadero «reino evangélico» o «pura cristiandad».

Los jesuitas, creados en 1540, eran en sí el fruto del ideal reformista. También lo fue su intervención en América. Estaban desembarazados de la carga del pasado. Soñaban con implantar un cristianismo libre de los errores que desfiguraban la fe en Europa. Su impulso utópico floreció plenamente en el siglo XVII, con lo que ellos llamaron las «reducciones indias» (especialmente en Paraguay). Su diferencia hacia Roma y su marcada estructura jerárquica se ajustaban también al modelo de cristianismo decretado en el Concilio de Trento (1545 - 1563).

La evangelización de las Indias se vio afectada en sentido negativo por las tendencias que ratificó el Concilio. Así, la liturgia siguió siendo en latín, con lo que se restringí el acceso de los fieles a la palabra de Dios. El Concilio mostró evidente hipersensibilidad en cuanto a la ortodoxia teológica. Se consolidaron las estructuras eclesiásticas, y se dejó la vida de la Iglesia ampliamente en manos de los clérigos, situación agravada en América por el complejo de superioridad racial que determinaba la conducta de la mayoría de los colonos, laicos o clérigos.

La Iglesia del Nuevo Mundo fue el producto de la fusión de dos corrientes. Una fue el traslado de las características de la Iglesia de la península Ibérica en la era de los descubrimientos: la otra fue la ratificación de estas características por parte del Concilio de Trento. Siguiendo las líneas maestras establecidas por parte del Concilio de Trento, un decreto real, la «Ordenanza del Patronazgo» (1574), reafirmó la autoridad episcopal. El obispo se convirtió en pieza esencial de la vida eclesiástica de cada diócesis. No sólo el clero secular, sino también el regular, a través de la parroquia o de la doctrina, fueron gradualmente sometidos a la autoridad del obispo local.

Hispanoamérica puede presentar un distinguido grupo de hombres firmemente dedicados a extender el evangelio en las circunstancias menos propicias. Eran pobres, devotos, de sólida formación teológica, conscientes de sus deberes y poco inclinados a dejarse impresionar por el poder civil. No es casual que las circunstancias coloniales hicieran mostrarse a la mayoría de ellos como defensores de los indios, como por ejemplo: Antonio Valdivieso en Nicaragua, Juan del Valle en Popayán, Pedro de la Pena en Quito, Alfonso Toribio de Mogrovejo en Lima y Domingo de Santo Tomás en La Plata.

La iglesia, como institución, en Hispanoamérica como en España, funcionaba a través de sus obispados. Las diócesis se establecían como consecuencia de las conquistas militares o, ya muy avanzado el período colonial, del crecimiento de la importancia económica de ciertas regiones. La primera diócesis, Santo Domingo, se creó en 1504: hacia mediados del siglo XVI, existían ya casi la mitad de las diócesis, al tiempo que la ocupación básica del territorio efectivamente colonizado por España ya había tenido lugar en esa fecha. No sólo se establecieron relativamente pocas diócesis después de 16000, sino que ninguna constituyó un centro principal de la organización eclesiástica. La única excepción, relativa, fue, Buenos Aires, sede fundada en 1620.

El significado que tenía un obispado en la sociedad colonial era que constituía un centro administrativo autónomo: sacramentalización, nombramientos, función judicial de la Iglesia, etc. También era el responsable del trabajo misionero, de la legislación sinodal y de la formación de los seminaristas. En relación con la autoridad civil, presentaba candidatos para los nombramientos, actuaba junto con la estructura administrativa civil en todos los niveles y estaba encargado de ejecutar las leyes que emanaban de las autoridades políticas -el consejo de Indias, el virrey, la Audiencia -.

A nivel local, la pieza clave de la organización de la Iglesia era la parroquia, institución procedente de Europa, donde ya habían sufrido una larga evolución desde su origen en la antigua Roma. El Concilio de Trento ratificó su papel como cédula básica de la vida católica. La parroquia tuvo que adaptarse a las condiciones americanas: los misioneros -en su inmensa mayoría miembros de las órdenes religiosas - crearon «doctrinas» para la evangelización, mientras que el clero secular fundó parroquias para los españoles. Las primeras eran, en su mayor parte, rurales, las últimas, totalmente urbanas. Las «doctrinas» incorporaban la tarea evangelizadora y civilizadora, tarea entre las que se incluía el enseñar la doctrina cristiana a adultos y menores, restringir algunos sacramentos, vigilar ciertas prácticas idolátricas y reprimirlas, organizar la vida social de los conversos, y otras actividades parecidas. Las parroquias asumieron el trabajo de trasplantar y conservar la fe de la comunidad española.

Se acepta generalmente la extraordinaria importancia de las órdenes religiosas a la hora de llevar al cristianismo a Hispanoamérica. Para ello ha habido razones muy concretas; por ejemplo: el mayor celo misionero y la mayor manejabilidad de una cantidad concreta de trabajadores. En cambio, la gran masa del clero secular era moral e intelectualmente decadente y su trabajo era difícil de coordinar.

Hablar de los mendicantes en la evangelización de América es hablar de las cuatro grandes órdenes -franciscanos, los primeros en llegar a México (1524) y Perú (1534), dominicos, agustinos y mercedarios -, cuya labor era visible en la estructura de cualquier ciudad de la Hispanoamérica colonial. Cada orden tejía rápidamente gran cantidad de lazos a todos los niveles de la sociedad local -órdenes terceras, cofradías, legados testamentarios, arriendos del patrimonio conventual, capellanías, escuelas, familias cuyos hijos profesaban en la orden, culto en el templo, festividades patronales. A estas cuatro órdenes se les sumaron pronto los jesuitas (1568 -1672): habían sido fundados recientemente en Europa, pero tenían una enorme movilidad. Sin exagerar, puede decirse que la mayor parte de la carga que suponía el cristianizar América recayó en estas cinco órdenes religiosas. Constituyeron la reserva estratégica de la Iglesia, facilitando hombres para el trabajo misionero en la frontera cada vez que se abrían nuevas zonas de colonización. En el caso de lo jesuitas, a la evangelización se unía su importante contribución en el campo de la educación.

Con una más tardía aparición en escena, hay otro grupo de órdenes de diversas características, pero ampliamente dedicadas a cuidar a los enfermos y necesitados en las ciudades. Su simple existencia atestigua las nuevas necesidades de una sociedad colonial que iba adquiriendo complejidad. Los hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios estuvieron presentes en América desde 1602 y se extendieron notablemente, tanto por nueva España como por Perú. También aparecieron los hipolitanos (desde 1594 en adelante), los antoninos (desde 1628) y los betlemitas (desde 1655), todas las órdenes fundadas en suelo americano, en Nueva España. Tan sólo los betlemitas tuvieron cierta difusión en el continente.

Otras órdenes se ocuparon de una tarea pastoral parecida -las carmelitas, jerónimos, trinitarios, y mínimos - aunque estaban representadas sólo por grupos reducidos en unas pocas ciudades. Pero aun así, Felipe III les ordenó que regresaran a España porque no tenían autorización real para estar en América. Por otra parte, desde la segunda mitad del siglo XVII los capuchinos arraigaron profundamente en varias misiones de Venezuela (Cumaná, Llanos de Caracas, Guayana y Maracaibo).

Las órdenes religiosas femeninas nacieron, al menos en muchos casos, en suelo americano y no parecen ser un traslado de la metrópoli sino un producto local autónomo. Se producen auténticas refundaciones de órdenes, sin filiación jurídica, tan sólo con inspiración espiritual, de las casas de la península. Todas las órdenes femeninas de Hispanoamérica -clarisas, agustinas, carmelitas - fueron de vida monástica, contemplativa y no eran ni misioneras ni educadoras. Su función misionera en lo que concierne a las «repúblicas de los indios» fue insignificante. Puesto que se fundaron en América, el personal de las órdenes femeninas era, en su inmensa mayoría, criollo y, en menor medida, mestizo. Los conventos para mujeres tuvieron un papel educativo y caritativo de considerable importancia para las hijas del sector criollo de la sociedad. Preparaban a las muchachas para la vida matrimonial y acogían como miembros permanentes a las que no querían o no podían casarse. Sin embargo, las mujeres indias no se aceptaban como iguales en la vida de los conventos. Se admitía en ellos a algunas nativas, pero constituían un nivel más bajo que se dedicaba a las labores manuales dentro del convento. Era más probable encontrar indias y mestizas como «beatas», un tipo inferior de vida religiosa que apareció primero en Nueva España, poco después de la conquista española, y que sirvió para evangelizar a las mujeres y elevar su nivel cultural o para resolver problemas sociales. Algunas jóvenes criollas y mestizas entraban en la vida religiosa fuera de las órdenes establecidas, aunque en algunos casos pertenecían a la Orden Tercera (franciscanas). Hacían de su casa un convento, donde podían dedicarse ala oración y a formas más o menos extremas de penitencia; a veces, también, a obras de caridad.

En los primeros tiempos de la colonización castellana de América, los sacerdotes tomaban la decisión de viajar al nuevo Mundo de forma individual y espontánea. A medida que pasó el tiempo, sin embargo, tomó cuerpo todo un conjunto de trámites, que era, en cierta medida, resultado de la progresiva reglamentación del «pase a Indias» por parte de la corona. En su mayoría, los seculares siguieron actuando individualmente durante todo el período colonial; en cambio, los regulares desde la segunda mitad del siglo XVI en adelante operaban dentro de una estructura organizada para reemplazar las vacantes en el ámbito misional.

Tan pronto como se ratificaba la decisión de los misioneros, éstos viajaban a Sevilla o al Puerto de santa María, a Jerez de la Frontera o Sanlúcar de Barrameda, donde esperaban la autorización de la casa de Contratación para embarcar. También tenían que esperar el barco que iba a transportarlos al Nuevo Mundo. Este período de espera podía durar casi un año, pero finalmente, cuando la corona había pagado el billete de su travesía trasatlántica y los costes de su manutención, los misioneros se hacían a la mar bajo el mando del procurador que había viajado a Europa a reclutarlos. Una vez llegados a puerto -y esto era algo que no se podía garantizar, pues tanto los naufragios como la captura por parte de piratas eran riesgos muy reales -, se dividían entre las casas religiosas de la provincia en cuestión. De esta forma se incorporaban a la gran maquinaria política - eclesiástica de América: se habían convertido en nuevos misioneros bajo el patronato de la corona de Castilla.

AMÉRICA DEL SUR EN EL SIGLO xviii

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BREVE INTRODUCCIÓN

La Europa bajomedieval hacía tiempo estaba vinculada con Asia por tenues rutas terrestres; pero no fue hasta que el empuje portugués penetró en el Atlántico, a principios del siglo XV, que el último vacío oceánico en la intercomunicación se cerró.

Portugal, como el resto de Europa, había sufrido un grave descenso de población a mediados del siglo XIV; el consiguiente abandono de las tierras marginales, junto con la despoblación de ciudades y pueblos, había creado una clásica «crisis feudal» en los altos estratos de una sociedad económicamente oprimida por la pérdida de muchas de sus rentas habituales.

La conquista portuguesa del puerto marroquí de Ceuta en 1415, y la visión complementaria de un sugestivo imperio del Norte de África, resultó ser un callejón sin salida. Se demostró la imposibilidad de intentar de nuevo la reconquista peninsular de Marruecos: la población beréber era excesivamente resistente; la portuguesa era demasiado pequeña, y sus recursos militares demasiado escasos.

El empuje portugués se desvió hacia el oeste, adentrándose en el mar y bajando la costa de África, aunque la acometida exterior no se limitó sólo a eso. Estas travesías les llevaban inevitablemente a entrar en contacto con las islas del Atlántico, cerca de Madeira y las islas Canarias primero, con las Azores y Cabo Verde después-->[Author:DL。̨i].1 Fue la experiencia portuguesa aquí, incluso más que en África, la que creó el modelo empleado después en la colonización de Brasil.

COMIENZO DE LA COLONIZACIÓN

La ocupación francoespañola cerca de Canarias en 1402, estimuló a los portugueses a iniciar una exploración seria, dirigida al asentamiento y la agricultura. Esto empezó entre los años 1418 y 1426, bajo el liderazgo de dos señores terratenientes allegados al príncipe Enrique y un noble italiano de la corte. El desarrollo de las Azores quedó rezagado de Madeira por varios años. Descubiertas o redescubiertas en 1427, las Azores empezaron a colonizarse 1439. Finalmente, Cabo Verde fue explorado entre los años 1456 y 1462, pero su desarrollo y colonización fueron más lentos.

Estas islas fueron incorporándose progresivamente dentro de un sistema económico centralizado en Lisboa, que era dirigido por la corte portuguesa y los ricos comerciantes de la capital.

Ya que las islas estaban deshabitadas cuando fueron descubiertas, la primera fase de su explotación fue necesariamente extensiva. En los primeros años, desembarcaron animales para que se reprodujeran en los nuevos alrededores, lo que hacía posible que se reuniera periódicamente el ganado para proceder a su matanza y embarcar los productos derivados a Portugal para su venta. El desarrollo de Madeira empezó en esta fase y sus primeros habitantes llevaron consigo ovejas, cerdos y vacas.

Los primeros colonos llegaron en 1439, y durante varios años se dedicaron a atender los rebaños existentes.

EL mismo modelo se repitió en las islas de Cabo Verde donde, antes de que empezara la colonización, desembarcaron cabras para que se multiplicaran en libertad.

Ya que la población portuguesa, como casi toda la europea, estaba en decadencia (en la primera mitad del siglo XV), se necesitó cierto tiempo antes de que estas islas atrajeran la suficiente gente para establecer la agricultura. Llegó el momento de cambiar desde la fase inicial de explotación extensiva a través de la cría de ganado, a una segunda fase de explotación más intensiva a través del cultivo de cereales.

En Madeira, esta segunda fase se produjo sólo poco años después de iniciada la primera fase, debido a una inesperada emigración de colonos desilusionados. La isla estaba cubierta por inmensos bosques2 que se iban quemando para dejar espacios abiertos para el trigo. El suelo daba enormes cosechas: 50 veces superior a lo sembrado. Según iba extendiéndose la población, la riqueza del suelo, sin embargo, iba descendiendo con las sucesivas cosechas; los costos de la producción del trigo aumentaron, los beneficios comerciales disminuyeron y las inversiones cambiaron hacia otros productos mejor remunerados.

En Azores, la segunda fase empezó hacia 1442, y a medida que las exportaciones de trigo de Madeira descendieron, las de aquí subieron.

A diferencia de Madeira y Azores, las islas Cabo Verde pasaron a la fase subsiguiente del arroz, algodón, fruta y azúcar.

Desde 1450 en adelante, empezaron a proliferar los viñedos y cañaverales. La producción anterior de azúcar a la de Madeira estaba centralizada en el oriente próximo, Sicilia y España. Las Azores, debido a sus condiciones climáticas, nunca llegaron a alcanzar esta fase.

Desde ese momento la proliferación del cultivo de azúcar comenzó a decaer, debido a la manera en que la tierra fue explotada.

Los portugueses habían evitado, por norma, cualquier intento de colonización significativa a lo largo de la costa: la población nativa era demasiado densa para ser dominada fácilmente, y la zona era poco atractiva ecológicamente. Para explotar la costa, eligieron un modelo que adoptaron de las ciudades comerciales italianas mediterráneas de fines de la Edad Media. Aquí la clave constitucional era la factoría (feitoria) o fortaleza comercial. Ésta está defendida por la guarnición del castillo encabezada por un caballero y administrada por un factor (feitor) o agente comercial. La mercancía fijada se almacenaba en la factoría y se vendía después a los capitanes portugueses de las flotas comerciales.

Éstos eran atacados con frecuencia por piratas extranjeros que se apoderaban de los barcos y mercancías cuando no hacían intentos directos de romper el frágil monopolio portugués del comercio con los nativos. La corona portuguesa solía responder con patrullas guardacostas para alejar a los barcos sin licencia, mientras que jurídicamente solicitaba y recibía el reconocimiento de sus derechos de monopolio en una serie de bulas papales3 sobre derechos exclusivos en América.

De este modo, hacia 1500, los portugueses habían elaborado dos modelos básicos: primero, las islas deshabitadas que jurídicamente consideraban como extensiones de su reino continental, se cedían a los señores como donaciones reales (doações) similares a las que se hacían a los nobles en el continente, y serían pobladas por inmigrantes portugueses usando el sistema de colonización; segundo, a lo largo de la costa africana, donde encontraron pueblos nativos, optaron por el comercio sin colonización, basado en el sistema de factoría.

Finalmente, cuando llegaron a la India4 el sistema que los portugueses impusieron fue el «africano». Encontrándose con una cultura en su «edad de oro», difícil de penetrar o conquistar, recurrieron a la implantación de un imperio basado en factorías, defendido por patrullas marítimas.

Pero Brasil, descubierto en el curso del segundo viaje a la India, presentaba una imagen más ambigua. Geográficamente, tenía semejanza con las islas atlánticas, pero como la costa africana, estaba poblada por salvajes aunque amables, llamados «negros» por los portugueses.

DESCUBRIMIENTO Y PRIMERA EXPLORACIÓN

Vasco de Gama, tras su retorno de la India en 1499, recomendó que la siguiente expedición fuera confiada a Pedro álvares Cabral,5 un hidalgo y miembro de la corte.

La flota de Cabral compuesta por 13 barcos siguió la ruta de Gama desde Lisboa, por Canarias a Cabo Verde, pero después de cruzar la zona de las calmas ecuatoriales fue empujado hacia el oeste por los vientos y corrientes del Atlántico sur y llegó a avisar la costa brasileña, cerca del actual Porto Seguro, el 22 de abril de 1500. Los ocho días que pasaron en Brasil proporcionaron un primer y breve encuentro entre dos civilizaciones, una que había emprendido un imperialismo agresivo, la otra situada culturalmente en la Edad de Piedra.

Los detalles de estos primeros contactos fueron narrados por el escribano de la flota, Pero Vaz de Caminha, en una carta al rey Manuel de Portugal6. El 1 de mayo la flota de Cabral levó anclas hacia la India, pero el barco de aprovisionamiento fue destacado para llevar noticias a la corte portuguesa. El rey Manuel notificó rápidamente el descubrimiento a Fernando e Isabel, y organizó una expedición para el año siguiente para una exploración más detenida de «Isla de la Santa Cruz», según Caminha.

Esta segunda flota de 13 carabelas partió de Lisboa en mayo de 1501 bajo el mando de Gonzalo Coelho, llevando a bordo como cronista a Américo Vespucio7.

La expedición de 1501-1502 exploró y dio nombre a muchos puntos a lo largo de unos 3200 km. de la costa brasileña, desde Cabo São Roque al norte hasta cerca de Cananéia al sur; éstos pronto fueron incorporados al mapa de Cantino, de 1502.

Este segundo viaje trajo a Lisboa las primeras muestras de palobrasil. Fundamentalmente, sirvió para establecer la ruta marítima entre Portugal y Brasil para el resto del período colonial. Los barcos que zarpaban de los puertos portugueses solían hacerlo hacia las islas Canarias y luego ponían rumbo hacia las de Cabo Verde para aprovisionarse de agua fresca y comida; esta etapa del viaje solía durar de 15 a 20 días.

De Cabo Verde, los barcos se dirigían hacia el sur por el sudoeste para cruzar la zona de las calmas ecuatoriales. Una vez atravesadas, viraban hacia el oeste hasta que tocaban Brasil en cualquier punto entre Cabo São Roque y Cabo Santo Agostinho, desde donde podían seguir la costa hacia el sur hasta el Río de la Plata.

Los barcos que volvían a Portugal tomaban rumbo norte desde el Cabo São Roque hasta que encontraban las Azores; de ahí navegaban en dirección oeste hasta Lisboa.

ECONOMÍA

INTRODUCCIÓN

Los colonos entraron en su primer gran ciclo económico luego de librarse de sus dos mayores preocupaciones: internamente, la resistencia de los indios, y exteriormente, la amenaza de la conquista francesa, pese a que ninguno de los dos problemas desapareció por completo. Se basó en la expansión de la industria azucarera con el consiguiente crecimiento de la población, así como del desarrollo social y administrativo.

Entre 1570 y 1585, de las ocho capitanías existentes, Pernambuco, Bahía y Río de Janeiro crecían, mientras que el resto estaba en varias fases de descenso, Porto Seguro, Itmaracá y São Vicente, más rápidamente; Ilhéus y Espírito Santo más gradualmente. El resto de las capitanías había sido efectivamente abandonado.

(mapa 4)

Espírito Santo concedida a Vasco Fernandes Coutinho, camarada de Duarte Coelho en la India, había prosperado en un principio, poniendo en funcionamiento unos cuatro ingenios de azúcar en 1540. Pero el donatario decidió volver a Portugal, dejando su colonia a cargo de sus subordinados, que demostraron ser incapaces de sacarla adelante después de la oleada de ataques indios que estallaron a mediados de la década de 1540. Cuando finalmente decidió regresar, Countinho se encontró con poco más de una pequeña colonia de sobrevivientes en estado de constante asedio; fue incapaz de remediar la situación.

La colonia llevó una pobre existencia hasta 1560, cuando Mem de Sá decidió enviar a su hijo Fernão, con seis barcos y doscientos hombres para someter a los indios e incorporar la capitanía a la corona. Fernão perdió su vida luchando, pero su primo Baltasar de Sá continuó la campaña y pacificó la región. Aunque la colonia nunca pareció capaz de atraer a muchos colonos, su industria azucarera se expandía rápidamente, y en los años 1580, los colonos que se quedaron disfrutaron de una de las rentas per cápita más altas en Brasil.

La capitanía de Porto Seguro fue concedida a Pero do Campo Tourinho, un consumado marino de Viana do Castelo, y empezó de manera prometedora. Sin embargo, también sucumbió la crisis de la década de 1540, que aquí influyó sobre la cuestión de ortodoxia del donatario. Tourinho fue acusado de herejía y blasfemia por un cabildo de clérigos, siendo expulsado apresuradamente a Lisboa (en 1546) para someterse a proceso ante la Inquisición. Aunque fue absuelto, nunca más regresó a Brasil. Desde entonces su colonia fue administrada por agentes reales.

Después de su muerte en 1556 pasó a manos de su hijo Fernão, y más tarde a su hija, Leonor. A ésta se le concedió una licencia real para venderla al primer duque de Aveiro, quien ya tenía un ingenio de azúcar allí. Pese a esto, durante el nuevo proceso de desarrollo de la industria azucarera, los agentes de Aveiro exterminaron a la mayoría de los nativos tupí, exponiendo la zona a las incursiones de los tapuia aimorés. Éstos aterrorizaron a los colonos de tal manera que sólo quedaba en pie un ingenio en 1585, y dos (Santo Amaro y Santa Cruz) de las tres ciudades que se habían fundado quedaron prácticamente vacías.

Ilhéus, situada entre Porto Seguro y Bahía, comenzó felizmente, pese a que su donatario, Jorge de Figuereido Correia, nunca se molestó en visitar su concesión; sólo se limitó a llevarla a través de un castellano, Francisco Romero. Éste estableció relaciones eficaces con los tupíes e incluso obtuvo su ayuda en la construcción de numerosos ingenios de azúcar.

Tras la muerte de Correia en 1552, sus herederos vendieron la capitanía (en 1561) a un comerciante capitalista de Lisboa, Lucas Giraldi, que ya poseía una concesión de terreno en la colonia. La industria azucarera vivió en las islas costeras de Tinharé y Boipeba en el extremo norte de la colonia.

São Vicente escapó de la crisis prácticamente ilesa. Aunque su capitán, Martim Afonso de Sousa, nunca la visitaba, después de su expedición de 1530-1533, la colonia progresó bajo la administración de una serie de lugartenientes competentes. En 1548, contaba con una población de seiscientos portugueses, unos tres mil esclavos y seis ingenios de azúcar.

Para su contra, São Vicente era la más lejana de todas las colonias europeas y estaba situada en una región de clima duro, poco adecuado para el cultivo de azúcar. Por consiguiente, su economía se orientó hacia las colonias del interior de São Pablo, el centro del territorio del trigo, cebada y viñedos que pronto se convirtió en la base principal de expediciones de esclavos.

El descenso que se produjo en el sector exportador, junto con una tendencia hacia la agricultura de cuasi-subsistencia produjo una disminución añadida de la salud y la población. Quince años más tarde, su población había descendido casi a la mitad y el valor de sus rentas a la corona no era mayor que el de la joven colonia de Río de Janeiro.

A diferencia de estas zonas de colonización, las cuales estaban en decadencia, el último cuarto de siglo fue para Bahía y Pernanbuco un período de éxito incalificable: estas capitanías se convertirían en los puntos centrales de Brasil durante el siglo siguiente.

Bahía fue colonizada en 1535 por Francisco Pereira Coutinho. En 1536 se ocupó de construir su capital, Vila Pereira, y hacia 1545 había conseguido fundar dos molinos de azúcar. Cuando la crisis de mediados de la década de 1540 azotó a Bahía, la colonia sucumbió; muchos de los colonos huyeron a Ilhéus en 1545. Coutinho los acompañó, y solamente fue inducido a retornar a Bahía por los indios que lo mataron a traición en 1547. El colapso de Bahía, expuesta a servir de importante fondeadero para los ataques franceses, fue una de las razones por la que se decidió establecer allí una plaza de administración real. Con la organización y el apoyo real, Bahía se reconstruyó; hacia el 1585 tenía doce mil habitantes blancos para mantener nueve parroquias y treinta y seis molinos de azúcar.

Pernanbuco marcó el límite norte de la colonización portuguesa antes de 1580. Duarte Coelho llegó a Pernambuco en marzo de 1535 con una multitud de seguidores, debido a su concesión de Nueva Lusitania y levantó su primera colonia muy cerca de la anterior factoría real. Exploró su territorio en busca de un lugar más céntrico, que encontró en Olinda en 1537. Allí construyó un torre para defensa en caso de asedio, junto con otros edificios fundamentales, y después realizó un viaje de inspección por su capitanía para expulsar a cualquier intruso francés que pudiere encontrar, y para pacificar a los indios caeté de la zona. Su política hacia los indios fue de firmeza, ejerciendo un control absoluto sobre ellos. Esta política funcionó gracias al dominio igualmente firme sobre colonos portugueses, la otra faceta de su destacado éxito político.

Hacia 1546, se habían creado cinco molinos de azúcar y había otros en construcción. Cuando Coelho murió en 1554, legó a sus dos hijos la mejor colonia fundada en Brasil.

En 1570 Pernambuco rivalizaba con Bahía como la colonia más avanzada; hacia 1585 la había superado claramente, por lo menos en lo económico, doblando la renta per cápita a la de la plaza de gobernador.

(mapa 5)

PERÍODO DE LAS FACTORÍAS

Una vez completada la fase inicial de descubrimiento y reconocimiento (1500-1502), la corona tuvo que afrontar el problema de cómo inventar un sistema de explotación para las tierras recién descubiertas.

Para el desarrollo de los pocos productos comerciales que se podían encontrar (esclavos, palobrasil, monos y loros), la corona optó por arrendar Brasil a un consorcio de comerciantes de Lisboa encabezado por Fernão de Noronha. Desgraciadamente el contrato no sobrevivió. Tenía la concesión de un monopolio comercial durante 3 años sin pago alguno a la corona durante el primer año, una sexta parte de los beneficios al segundo y una cuarta parte al tercero. A cambio, se acordaba enviar 6 barcos cada año para explorar 1900 km. a lo largo de la costa y la construcción allí de una plaza fortificada para la factoría.

La primera flota partió de Lisboa en agosto de 1502, arribó a Brasil cerca de Cabo São Roque, visitó la zona de Porto Seguro y regresó a Lisboa en abril del año siguiente, trayendo un cargamento de palobrasil y esclavos indios.

Vespucio estaba al mando de uno de los 5 barcos que integraban la flota del segundo viaje. Partiendo de Lisboa el 10 de junio de 1503, la expedición tropezó con una tempestad; fue ahí cuando el barco de Vespucio y el de otro capitán perdieron la flota. Ambos fueron hasta Cabo Frío (Brasil) donde permanecieron cinco meses para erigir la factoría que se exigía en el contrato y que guarnecieron con veinticuatro hombres. Un año después los dos barcos volvieron a Lisboa con una carga de palobrasil.

Hay signos evidentes de que la corona asumió directamente el control comercial de Brasil, al mismo tiempo que con el de la India. Restablecido en 1506, duró hasta 1534, cuando de nuevo las tierras fueron arrendadas, con el propósito de colonizar.

Durante los años de intervención real en la explotación, la corona portuguesa siguió ajustándose al modelo que había funcionado en África en el siglo XV, manteniendo las factorías reales en puntos estratégicos a lo largo de la costa, y concedió licencias a barcos privados para comerciar con los nativos bajo sus auspicios.

A lo largo del período de las factorías, las relaciones portuguesas con los indios fueron amistosas. Los proveyeron de artefactos tecnológicos que incrementaron los niveles de productividad de su economía tradicional, mientras en reciprocidad los indios proporcionaron la mano de obra necesaria para talar y transportar el palobrasil que se cargó en los barcos portugueses, así como los alimentos necesarios para el personal de la factoría. Las incursiones francesas en esta red comercial pudieron haber sido muy molestas para los portugueses, pero no perturbaron seriamente sus relaciones con los indios.

PERÍODO DE ASENTAMIENTO DE PROPIETARIOS

Se hicieron concesiones a un grupo de doce principales propietarios que iban desde soldados de fortuna que se habían probado a sí mismos en Oriente, hasta un cierto número de burócratas incluyendo un historiador humanista de alta distinción intelectual. Lo que tenían todos en común era los contactos con la corte, especialmente con Antonio de Ataide, el veedor de la tesorería. El hecho de que ninguno de ellos procediera de la alta nobleza no debe causar sorpresa.

Los doce concesionarios recibieron catorce puestos de capitanía en quince lotes por donación real. Ésta consistía en la concesión hereditaria de una gran parte de la jurisdicción real sobre un territorio concreto y sus habitantes, a un señor que actuaría como un «locum tenens» del rey hasta donde alcanzara lo que se expresaba en la donación. En sentido constitucional, las tierras bajo el control directo de la corona se convirtieron en un señorío, donde los derechos reales estarían restringidos a ciertos atributos de mayor señorío.

Coelho recibió la capitanía de Pernambuco como una posesión hereditaria, de la que tanto él como sus sucesores serían capitanes y gobernadores. Dentro de la cuestión hereditaria, no se reconocía la exclusión de los hijos naturales, los parientes transversales o colaterales.

Coelho tenia el derecho de nombrar notarios, escribanos, y otros oficiales subordinados en su capitanía; tanto a él como a sus oficiales se les había concedido la mayor parte de la jurisdicción civil y criminal, excepto en ciertos casos o personas reservados a la corona. También se le concedió el derecho de fundar ciudades e inspeccionar las elecciones de sus funcionarios.

Además de estos poderes jurídicos, Coelho se convirtió en «señor de la tierra», gracias a la donación de 10 leguas de costas de las que era propietario directo. Finalmente, como capitán tenía el derecho de autorizar todas las mejoras primordiales; éstos eran los derechos triviales que los señores feudales poseían generalmente durante toda la Europa medieval.

Para traer a los colonizadores, el resto de las tierras las volvió a conceder a los colonos, en régimen de propiedad absoluta.

En cuanto a las rentas del capitán, se componían de impuestos que normalmente se destinaban al rey: una décima parte del diezmo, la mitad de la décima parte equivalente en pescado capturado por los colonos, una décima parte de todas las rentas reales obtenidas en la capitanía, y una vigésima parte de los beneficios de palobrasil cortado; éste último se obtenía del donatario y se hallaba bajo dominio directo del rey.

La carta de donación al capitán se complementaba con una especie de pequeña constitución para su señoría. Ésta expresaba con detalle las relaciones con colonos y el capitán, así como los derechos de la corona.

El derecho constitucional de Coelho eximía a los habitantes de impuestos reales, pero la corona se reservaba su monopolio anterior sobre el comercio de palobrasil, así como su derecho sobre la décima parte de la pesca capturada, una quinta parte de los minerales extraídos y una décima parte del comercio efectuado dentro y fuera de la capitanía. El comercio con las capitanías era abierto tanto para portugueses como para extranjeros, pero únicamente el capitán y los portugueses residentes estaban autorizados a comerciar con los indios.

Sólo diez capitanías se habían establecido en el siglo XVI; Ceará y Santana fueron abandonadas por sus señores. De las diez establecidas, São Vicente y Pernambuco podían calificarse como prósperas antes de 1550. De las ocho restantes, Santo Amaro, Itamaracá, Espírito Santo, Porto Seguro, Ilhéus, podían considerarse moderadamente prósperas por lo menos por algún tiempo, mientras que São Tomé, Maranhão-Río Grande y Bahía pronto pudieron considerarse como un rotundo fracaso.

Estas diferentes fortunas se pueden atribuir en parte a las aptitudes individuales de los capitanes; en este sentido Coelho se destacó en Pernambuco por su excepcional capacidad. Sin embargo, la capacidad e incluso la presencia del capitán puede que no haya sido el factor decisivo, ya que Sousa nunca se tomó la molestia de visitar su concesión de São Vicente, y a pesar de esto, salió adelante bajo la dirección de un capaz lugarteniente, llegando a ser una de las dos más prósperas.

No era fácil conseguir colonos; la población portuguesa en la década de 1530 no superaba el millón y medio de habitantes, dispersos en unos 87500 Km2. A menudo había que buscar colonizadores entre los exiliados, que podían ser desde un infractor político a un delincuente común.

La falta de capital era otra de las dificultades que podía resultar fatal. Sólo algunos capitanes tenían un buen respaldo económico (Coelho tenia relaciones con comerciantes florentinos).

Los mayores desafíos no provenían de los problemas de adaptación de los europeos a una tierra virgen, sino sobre todo de la hostilidad de los indios costeros de habla tupí, y en menor medida de la población india de habla ge.

Dado el propósito de casi todos los capitanes para cultivar plantaciones de azúcar, los derechos de los indios sobre sus tierras fueron necesariamente infringidos. Aunque las tendencias migratorias de la sociedad india, tendían a disculpar esto a los portugueses, los indios poseían un sentido general de la territorialidad que las plantaciones portuguesas violaban. Aún más importante era que las plantaciones y los molinos de azúcar requerían un enorme y creciente potencial de mano de obra que los colonos no tenían capacidad de proporcionar; el único recurso era la mano de obra india. Dado que esta clase de trabajo que era necesario para poner en funcionamiento una plantación azucarera, se desconocía en la cultura india y era contraria a ésta, las dos culturas entraron en conflicto directo. Los hombres tupí estaban de acuerdo sobre la tala de árboles y no tuvieron dificultad en satisfacer las necesidades portuguesas, pero trabajar los campos era una tradición reservada a las mujeres indias; los hombres se negaban a hacerlo. Eran profundamente antimaterialistas y poco ambiciosos, y en cualquier caso los colonos poco podían ofrecerles para que el trabajo en las plantaciones les valiera la pena.

Los portugueses pronto se vieron empujados a esclavizar a los indios para que trabajaran en el creciente número de plantaciones y molinos. La esclavitud era ya una institución conocida por la cultura tupí, pero estaba ampliamente relacionada con el canibalismo ritual. Se esclavizaba a indios de las tribus próximas que eran eventualmente sacrificados, lo que conducía a una declaración de guerra por las familias de las víctimas.

Mientras los invasores disponían de espadas y cañones, los indios tenían que responder con arcos y flechas, hachas de madera, así como cualquier otro elemento que pudieran añadir en los ataques.

Antes que la enfermedad se cobrara sus víctimas, la mayor fuerza de los indios residía en su número. Algunas veces arrollaban a los portugueses, quienes tenían que refugiarse en las torres fortificadas que formaban el centro de muchos de sus asentamientos coloniales; entonces podían bajar al ser desgastados por el hambre. Por otro lado, si los portugueses conseguían resistir el tiempo suficiente, normalmente llegaban a sentirse frustrados y se marchaban.

Otra de las armas era el fuego que podía ser desbastador contra los techos de palmas de las molocas indias; además del fuego y la pólvora, los portugueses tenían el arma del soborno: los indios, que tras ser derrotados se sometían, eran recompensados con artefactos europeos, tales como anzuelos, guadañas y hachas de metal.

Dada la inmensa extensión de la costa brasileña que los portugueses intentaban colonizar, desde cabo Santo Agostinho al norte hasta Cananéia al sur, estas luchas eran siempre locales. La incapacidad de los indios para superar las rivalidades intertribales, hizo posible que los portugueses los dividieran y los dominaran fácilmente; hacer una alianza con una tribu en contra de una segunda y deponer a los antiguos aliados más tarde, era una táctica que los portugueses empleaban normalmente.

Durante los diez primeros años que siguieron a su llegada, los colonos portugueses tuvieron generalmente la cooperación de los indios, pero en las zonas donde la colonización no había conseguido el arraigo suficiente y era todavía frágil, la resistencia nativa resultó ser desastrosa, como la oleada de luchas que azotó la costa a mediados de los años 40 (Bahía, 1545; São Tomé, 1546; Espírito Santo, 1546; Porto Seguro, 1546). Hacia 1548, los daños y la desaparición de un control efectivo portugués en centros importantes como Bahía, expuso a Brasil a la creciente amenaza de incursiones e intentos de establecimientos franceses.

CICLO DEL ORO

Para los buscadores de oro de Brasil no había una ruta fácil hacia el interior. Las llanuras costeras, el sertão y las zonas montañosas sufrían condiciones climatológicas extremas de frío y calor, humedad y aridez, y períodos de sequías y lluvias torrenciales. Los animales salvajes, insectos venenosos y la flora perjudicial para los europeos abundaban. Los indios hostiles eran una continua amenaza y una fuerza a tener en cuenta en el interior de Brasil en el siglo XVIII. Muchos de los viajeros llegaban con una absoluta falta de preparación física o psicológica para tales viajes. Pocos valoraban las enormes distancias que tendrían que atravesar para llegar a las minas de Bahía, o las del Mato Grosso o Goiás.

Se desarrollaron dos redes de vías principales hacia Minas Gerais: la primera satisfacía las necesidades de los que buscaban acceso a las «minas generales», procedentes de São Paulo y de las zonas costeras de Río de Janeiro y Santos, y de puertos como Angra dos Réis y Paratí. También había tres rutas principales desde áreas costeras de la capitanía de Río de Janeiro: la de Caminho Velho, la de Taubaté y la de Santos. Estas rutas eran muy duras, llenas de afloramientos, con profundos barrancos, altas montañas, espesa maleza y terreno muy selvático.

El viaje desde la costa hasta las comunidades mineras duraba aproximadamente un mes. Hacia fines del siglo XVII, las dificultades de esta ruta indujeron al gobernador de Río de Janeiro, Arthur de Sá e Meneses, a encargar a García Rodriguez Paes que abriera una ruta más directa hacia Minas Gerais. Éste la llevó a cabo dirigiéndose por vía terrestre hacia Irajá, siguiendo los ríos Iguaçú, Paraíba y Paraibuna y desde ahí hacia las zonas mineras. Esta ruta fue conocida como Caminho Novo. Por la misma época se estaba construyendo un camino que unía directamente São Paulo con Río de Janeiro.

Una segunda red de rutas se centraba en el río São Francisco, que nace en un río de Minas Gerais y desemboca en el Atlántico. Aunque éste era navegable, las cataratas de Paulo Afonso constituían un obstáculo para el transporte fluvial a lo largo de su curso completo. Siguiendo el margen del río, los viajeros podían escoger entre una serie de rutas hacia el interior de Minas Gerais o hacia el aislado Serro do Frío. Por otra parte, la región de São Francisco era insalubre en ciertas épocas del año, y además, los tupinambá que habían sido expulsados, continuaban haciendo emboscadas a los convoyes en ruta hacia Minas Gerais.

Aunque los viajeros pudieron haber utilizado rutas fluviales para ciertas etapas de sus viajes, predominaba ampliamente la travesía por vía terrestre.

Conocidos como «monzones», los viajes de ida desde São Paulo a Cuiabá duraban entre cinco y nueve meses. El mayor peligro de los mismos procedía de los indios hostiles de la parte alta de Paraguay. Los paiaguá eran gente de río y los guaicurú eran renombrados jinetes. Juntos o separados, estos indios mataron a muchos portugueses, Antes de su extinción en 1795, los guaicurú habían dado cuenta de cuatro mil portugueses.

La avalancha hacia Mato Grosso fue frenética, pero numéricamente inferior. Las dificultades de los viajes fueron en sí disuasivas; además, desde la primera época hubo indicios de desilusión y fracaso en Minas Gerais.

  • Minería

Durante la primera mitad del siglo XVIII, el oro fue la base de la economía y la sociedad de Minas Gerais, Mato Grosso y Goiás. Era importante que hubiera un patrón uniforme de oro, aún cuando éste se extrajera de diferentes minas o momentos.

En 1731, un informe preparado en la ceca del Salvador singularizaba las minas de Araçuahi y Fanado por el oro que éstas daban, el cual era superior en forma, color y ley.

Los depósitos auríferos estaban incluidos dentro de dos categorías: el oro que se encontraba en vetas y el que se encontraba en los ríos; los cateadores (faiscadores) extraían oro del lecho de los ríos, usando bateas (bateias) de madera o de metal.

A lo largo del período colonial, la tecnología minera continuó siendo rudimentaria. A pesar de que el rey hubiera dictaminado, en el siglo XVI, el envío de ingenieros de minas a Brasil. Las demandas de tecnólogos no fueron respondidas. Como resultado, la innovación técnica quedó limitada al desarrollo de las máquinas hidráulicas para incrementar la disponibilidad de agua para las minas.

Los esclavos de origen africano-occidental eran específicamente escogidos por su destreza. Aunque en algunas regiones pudo haberse usado la mano de obra indígena en las minas, en general la fuerza de trabajo estuvo integrada por esclavos africanos.

Las demandas de los mineros estimularon el comercio de esclavos hasta el punto que, durante las tres primeras décadas del siglo XVIII, las importaciones de minas a Brasil sobrepasaron a las de angoleños.

Los esclavos trabajaban en galerías subterráneas; eran víctimas de las infecciones pulmonares debido a la casi nula ventilación, y de las muertes causadas por derrumbamientos. El deterioro físico por exceso de trabajo era rápido y la mortalidad esclava considerablemente elevada. La esclavitud en zonas mineras proporcionaba puntos de contraste a la que se desarrolló en las plantaciones, siendo entre éstos la baja productividad el primero que sobresale. Esta productividad sólo dependía de la buena salud y diligencia del esclavo.

El trabajo en la minería a menudo se interrumpía debido a las disputas legales, intervención burocrática y cambios estacionales. Los propietarios con presencia suficiente se dedicaban a la agricultura para compensar sus pérdidas mediante el empleo de su fuerza de trabajo en los campos. Para el propietario ocupado exclusivamente en la minería, el único medio de reducir costos recaía en el acuerdo contractual con el esclavo. La única condición puesta era la de que al finalizar la semana el esclavo regresaría a su propietario con los jornales, si iba a explorar por su cuenta. Tal acuerdo sólo fue aplicado por cateadores, pues los esclavos que trabajaban en las lavras (donde se lavaban los residuos extraídos junto con el oro) permanecían bajo estricta supervisión.

Otra causa del descenso de la productividad era la falta de incentivos para los descubridores. Los gobernantes recomendaron a la corona que se establecieran incentivos mayores a los dispuestos.

Las enfermedades y los ataques indios también influyeron, pero lo más opresivo de todo fue tener que dar una quinta parte de todo el oro extraído.

La combinación de una excesiva imposición, la decepción, la ausencia de conocimientos técnicos, el gradual desplazamiento hacia la agricultura, y el fracaso de la corona en coordinar las actividades mineras, contribuyeron al declive de la producción de oro.

El resultado fue una explotación incontrolada, de una y otra región, cuyo único sostén fue a costa de las penalidades físicas y financieras.

  • Quintos

Los «quintos» eran el tributo a la corona, que correspondía a la quinta parte de todo el oro extraído.

Durante el período colonial, se intentaron al menos doce formas distintas de recaudación, para únicamente ser rechazadas o modificadas después de costosas experiencias. Éstas se dividieron en dos categorías generales: la recaudación mediante la forma de impuesto de capitación o recaudación en la casa de fundición.

La ventaja de las casas de fundición era la facilidad y la rapidez con que se podía llevar a cabo la recaudación, mientras que la recaudación mediante la capitación podía demorarse de dos a tres años.

La corona declaraba que ambos métodos permitían oportunidades excepcionales para la evasión del pago y el contrabando de oro libre de impuestos.

El principal motivo de queja en contra del impuesto de capitación era que éste no tomaba en cuenta el imprevisible devenir de la industria. También imponía un pesado gravamen sobre los propietarios de las lavras, quienes habían invertido con la esperanza de beneficios más altos. Los mineros sostenían que no tenían el deber de soportar toda la carga de sus capitanías, sobre todo cuando sus pagos eran muy elevados. Los agricultores estaban también sujetos al pago del quinto, y a otro impuesto, el «décimo» de todo lo que producían. El clero y los funcionarios públicos estuvieron dispensados del impuesto de capitación por una estipulada cantidad de esclavos usados para el servicio doméstico.

En los años de 1630 había existido una casa de fundición en São Paulo para la recaudación de los quintos, pero no fue hasta el siglo XVIII que se establecieron casas de fundición por todas las zonas mineras principales.

Se suponía que la recaudación se debía realizar dos veces al año, pero los funcionarios adelantaban la fecha, con lo cual imponían una carga adicional sobre los que tenían que pagar.

Nuevos métodos para recaudar el quinto fueron acompañados por regulaciones adicionales, que se definían por zonas. Pero la infraestructura administrativa era completamente inadecuada para hacer frente a los cambios que, con el paso del tiempo, sufrían los métodos de recaudación.

  • Contrabando

La naturaleza del oro, combinada con las inadecuaciones administrativas, el terreno, la codicia humana y el ensueño de elevadas ganancias hicieron que el contrabando fuera desenfrenado. En la colonia portuguesa existieron casas de moneda y de fundición falsas, aunque generalmente éstas tuvieron corta duración.

En un nivel de organización inferior se realizaba la degradación del oro en polvo mediante la introducción de estaño y otros metales, en cuya habilidad se consideraba que los esclavos habían logrado un alto grado de sostificación. El oro en polvo se coloreaba artificialmente para elevar su valor. El recorte y vaciamento de las monedas era una práctica tan común que forzó a la corona a ordenar periódicas retiradas de las mismas compensando a los propietarios según el valor intrínseco de la moneda. Todas estas actividades florecieron, pero las verdaderas ganancias a través del contrabando se realizaron mediante el transporte del oro clandestino, cuyo quinto no había sido pagado.

Si bien la convicción de la realeza de que los frailes y curas seglares eran activos en este tipo de comercio estaba bien fundada, los principales transportistas de oro de contrabando eran los vaqueros y comerciantes, que al disponer del conocimiento de los caminos laterales, puestos de registro y la frecuencia de los servicios que cumplían las patrullas, eran altamente solicitados.

A menudo, también se declaraba que los mineros tenían cajas de seguridad escondidas en los conventos de Bahía y Río de Janeiro.

La corona intentó todo para frenar esta situación. Se establecieron puestos de aduana y de registro en los caminos y ríos de las zonas mineras, y se incrementó el número de patrullas, las cuales a partir de 1750 usaron soldados indígenas. Lamentablemente para la corona, estas medidas produjeron poco éxito.

Una ley, sancionada en 1735, convertía el delito de degradación del oro a ser castigado mediante pena capital o exilio y confiscación de la propiedad. La corona trató de frenar el problema de la falsificación a través de una ley que ordenaba que cesara la acuñación de monedas que excedieran cierto valor, que todos los acuñadores debían usar troqueles uniformes (con la única variación de fecha y lugar), y que el collar debía reemplazarse por el acordonamiento de los bordes.

Las compras de oro que realizaban los orfebres estaban bajo una estrecha supervisión. A partir de 1752, todos los orfebres de la colonia eran requeridos a continuar sus profesiones en calles especialmente designadas.

La fase posterior del ciclo contrabandista se extiende más allá de las costas brasileñas, en Portugal, África y norte de Europa. Los buques que hacían el comercio con la India, de regreso a su punto de origen hacían escala en Salvador o Río de Janeiro, lugar donde los oficiales y las tripulaciones pasaban a ser transportistas del oro de contrabando.

Los pasajeros, soldados y marineros, escondían el oro dentro de las armas de fuego, barriles de maleza, santos de madera ahuecada y lugares ocultos en los cascos de los barcos. La corona promulgó leyes específicas para la inspección de los barcos antes de su partida del Brasil y para la llegada a Lisboa.

No obstante, las leyes hechas fueron sólo para esto parcialmente efectivas, debido a que su cumplimiento dependía de los capitanes y oficiales de los barcos, y ellos mismos eran los que participaban en el contrabando.

Mientras que el contrabando de Río de Janeiro se dirigía hacia Portugal, el de Salvador se orientaba hacia el oeste de África. A pesar de que las órdenes reales prohibían la exportación de oro a esa zona, la eficaz combinación de la demanda de mano de obra en las minas más la capacidad de pagar en oro, hacía que este comercio ilegal fuera rentable.

Para la corona, el daño era doble: primero, por la pérdida de ingresos; segundo, porque el oro brasileño cayó en manos de extranjeros, especialmente holandeses, quienes mantenían un comercio sumamente lucrativo con los portugueses.

El norte de Europa también proporcionó una alternativa atractiva. Entre 1709 y 1761, la corona promulgó al menos veinticuatro leyes que prohibían a los portugueses comerciar con extranjeros.

Las autoridades tuvieron que afrontar un problema triple: primero, la extensión del litoral brasileño convertía en imposible la tarea de vigilancia. Segundo, la diversidad de puertos incluía los puertos menores de Santa Catarina o Paratí, como también Río de Janeiro, Salvador y Pernambuco. Tercero, tal era la intensidad del ataque extranjero que cualquiera de las medidas emprendidas por la corona podía tener efectos limitados.

La ineficacia de medidas reales durante un siglo fue puesta de manifiesto en un informe de 1779, donde se explicaban las enormes cantidades de oro en polvo y barras, así como de piedras preciosas, que llegaban a los puertos del Reino Unido.

En las últimas décadas del siglo XVIII, cuando cayó la producción de oro, se renovó la de azúcar en el nordeste y comenzó a explotarse un nuevo cultivo, muy importante en los años siguientes: el café.

SOCIEDAD

La opulencia de la ciudad de Pernambuco era una leyenda: cuando los señores de los molinos de azúcar iban a la ciudad estaban acompañados por una multitud de criados, tanto indios como africanos. Se alimentaban de productos importados de Portugal (pan de trigo, aceite de oliva y vino) en vez de mandioca, aceite de palma y ron, que era la ración de un colono común, y se enorgullecían de su sobresaliente consumo, sin hacer mención de los espectaculares vestidos de sus mujeres. De hecho se trataba de conseguir un modo de vida opulento, lo que constituía una de las mayores atracciones para los inmigrantes que llegaron durante el último cuarto de siglo.

La mayoría de estos inmigrantes eran portugueses, pero también podían encontrarse en Brasil otros europeos, Italianos principalmente. Los inmigrantes portugueses que iban a Brasil en el siglo XVI venían de la populosa provincia del Minho, así como de la región de Lisboa.

Estos inmigrantes se agruparon en unas dieciséis o diecisiete colonias consolidadas a lo largo de la costa del este del Brasil. Cada capitanía tenía al menos una ciudad principal. La mayor parte de estas ciudades las había fundado el primer donatario, como se estipulaba en la cédula real. Éste concedía lotes urbanos a cada colono con tierras para cultivar en el territorio circundante. Los concejales debían ser elegidos por los ciudadanos propietarios, aunque el derecho del capitán de supervisar el proceso significaba que su influencia predominaba. En las capitanías de la corona (Bahía, Río de Janeiro) los funcionarios municipales eran nombrados casi siempre directamente por la corona.

Cada ciudad colonial se proveía de gran parte de sus alimentos, lo mismo que de trabajadores domésticos de los indios de las aldeas de los alrededores.

Los colonos que no vivían permanentemente en las ciudades se encontraban en las haciendas azucareras, pequeñas comunidades donde el señor del molino estaba rodeado y regía sobre sus trabajadores. En varios casos estas haciendas llegaron a ser más importantes que las ciudades.

Desde 1570 a 1585 la población blanca pasó de 20760 a unos 29400. Durante el mismo período el número de ingenios se duplicó, pasando de sesenta a ciento veinte.

Así comenzó el último auge azucarero de finales del siglo XVI y del crecimiento rápido de la renta per cápita de los blancos en Brasil.

En contraste con el acelerado crecimiento de ingresos por muchos de los colonos en el último cuarto del siglo XVI, la corona portuguesa parece haber participado mucho menos en el desarrollo del Brasil.

Desde el arrendamiento de la tierra (1502-1505), a su explotación directa por medio de factorías comerciales reales (1506-1534), culminó la creación de una administración real consumada (1549).

La corona portuguesa, fundamentalmente en su carácter señorial en sus actitudes, encontró sus recompensas brasileñas en los finales del siglo XVI, no tanto en la esfera económica, sino más bien en la del estatus y la del prestigio.

PROBLEMAS CON OTROS PAÍSES EUROPEOS

FRANCIA Y ESPAÑA

El interés por Brasil no era exclusivamente económico. Representaba también un problema geopolítico para los poderes ibéricos. Aunque todo el mundo estaba de acuerdo en que la mayor parte del territorio brasileño quedaba dentro de la esfera portuguesa, como se definió en el Tratado de Tordesillas , estaba en cuestión si las desembocaduras del Amazonas y del Río de la Plata quedaban en el lado portugués o español de la línea convencional. La búsqueda de respuestas se centró en el Río de la Plata durante la mayor parte de la segunda década del siglo.

Una expedición portuguesa había realizado el primer descubrimiento del Río de la Plata en 1511; Castilla respondió con la expedición de Solís de 1515. Esto provocó el funcionamiento de las patrullas guardacostas portuguesas; sin embargo, no impidió que España enviara a Magallanes a Brasil en busca de un paso hacia el oeste en 1519.

Tras años de negociaciones intermitentes, España depuso su reclamación sobre las islas de las Especias, siendo entregadas por Magallanes a Portugal, a cambio de 350000 ducados.

Más importante que el resultado final de los sondeos españoles bordeando Brasil, fue la ilegítima intromisión de los franceses en el comercio del palobrasil.

Los comerciantes franceses no intentaron establecer factorías según el modelo portugués, sino que comerciaron directamente desde sus barcos enviando agentes a vivir entre los indios, con quienes desarrollaron buenas relaciones. La competencia francesa no sólo privó a la corona portuguesa de ingresos, sino que hizo bajar el precio del palobrasil, incrementando los suministros en el mercado de Amberes. Además, los embargos franceses a barcos portugueses elevaron los costos hasta tal punto, que cada vez era menor el número de comerciantes dispuestos a arriesgarse en este tipo de comercio.

La respuesta inicial portuguesa fue enviar una flota para patrullar el mar con instrucciones de apresar o destruir los barcos extranjeros sin licencia que navegasen por sus costas. La expedición de Christóvão Jacques fue la primera, enviada en 1516; pero no pudo considerarse con éxito, ya que después de 1520 hubo un notable incremento de la piratería francesa, la cual no sólo se limitaba a Brasil. Los corsarios franceses se desplegaban en puntos de intersección estratégicos, tales como Azores y el estrecho de Gibraltar, para apresar los barcos españoles y portugueses. Un cálculo aproximado de los barcos apresados por los franceses arroja un resultado de veinte por año.

Los derechos exclusivos de Portugal sobre Brasil reposaban en las bulas papales sobre la jurisdicción universal del papado sobre el mundo, un concepto formulado en el siglo XIII. Éste daba al papa autoridad legítima para asignar derechos de monopolio sobre descubrimientos de mares y tierras a aquellos gobernantes que emprendieran la tarea de evangelización allí. Pero pronto este concepto fue atacado por críticos tomistas, cuyas ideas habían sido reafirmadas por el surgimiento renacentista del Derecho Romano, especialmente del Código de Justiniano. Armado así con un concepto más moderno, la corte francesa insistió en sus derechos para comerciar libremente y declinar todo respecto a cualquier derecho que no estuviera avalado por una ocupación efectiva. Los franceses consideraban a sus barcos y comerciantes libres para comerciar en cualquier zona de Brasil que no estuviera realmente ocupada por los portugueses, lo que significaba, de hecho, toda la costa.

Bajo presiones constantes durante la década de 1520, los portugueses tuvieron que retirarse de casi todos los frentes. Les resultaba imposible expulsar a los franceses con las patrullas; el mar abierto era interminable y los recursos reales eran demasiado escasos. Jurídicamente, las bulas papales y el Tratado de Tordesillas eran reconocidos por Castilla. Incapaz de persuadir al rey de Francia de sus derechos legales, Juan III recurrió temporalmente a sobornar a Chabot, el almirante de Francia, en su intento de controlar la piratería Francesa.

La política Portuguesa evolucionó entonces rápidamente. Por el año 1530, Juan III y sus consejeros llegaron a la conclusión de que debía ser implantada alguna clase de colonia permanente en Brasil. Este es uno de los propósitos de la expedición de Martín Alfonso de Sousa.

El primer compromiso de éste (patrullar la costa) revela que la corona aún no había abandonado por completo sus ideas sobre la defensa de sus intereses en Brasil, consistentes en despejar los mares de barcos ilegales, mientras que su segundo objetivo era establecer una colonia real a través de concesiones revocables a los colonos.

Finalmente se ordenó a la expedición explorar las desembocaduras de los ríos Amazonas y La Plata, para determinar su proximidad al meridiano de Tordesillas.

Por iniciativa de Diego de Gouveia, el director portugués del colegio de Sainte Barbe en París, tuvo lugar un cambio fundamental en la política, por el que la línea portuguesa de defensa retrocedió del mar a la tierra. En lugar de intentar mantener alejados a los barcos franceses de la costa brasileña, los portugueses establecieron asentamientos para evitar que la población india tuviera un comercio directo con los franceses. Estos asentamientos daban respuestas a la amenaza jurídica francesa: ahora Portugal podía reclamar la posesión efectiva de Brasil. Muchos de estos asentamientos privados cubrían la costa desde el Amazonas hasta el Río de la Plata.

Los franceses, sin embargo, no presentaban ninguna complicación religiosa y moral asociada con los indios. A pesar de que los ataques franceses a barcos portugueses continuaron después de 1535, las capitanías donatarias impidieron efectivamente que los franceses intentaran colonizar las zonas de asentamiento portugués. Igualmente, no habían abandonado la idea de fundar una colonia, y su atención creciente se dirigió a un emplazamiento extraordinariamente atractivo: Río de Janeiro.

Fue aquí donde Nicolas Durand, caballero de Villegagnon, decidió establecer su colonia «France Antarctique». Las crecientes luchas religiosas en Francia, hacia el 1550, habían producido grupos que veían al Nuevo Mundo como el lugar perfecto para una nueva comunidad, basada en una religión justa y libre de las intrincadas corrupciones de la sociedad europea.

Con el respaldo adicional de los comerciantes normandos y bretones, Villegagnon y su grupo partieron en 1555 en tres barcos, llevando seiscientas personas hacia la France Antarctique. Aunque Villegagnon daba la impresión de tener preferencia por los protestantes cuando reclutaba a sus colonizadores, se vio obligado a aceptar a católicos así como hugotones para completar su expedición, y a algunos ex-convictos también. Después de un viaje difícil llegó a la Bahía de Guanabara, donde finalmente construyó un fuerte, y una colonia pequeña en la isla de Serigipe. Los indios locales resultaron ser amistosos, debido al trato de los franceses y la ausencia de disputas, pero el gobierno riguroso de Villegagnon creó descontento entre los colonos, muchos de los cuales abandonaron el lugar yendo hacia el continente para fundar Henryville (Río de Janeiro). Su posición precaria, y el peligro de un ataque portugués hicieron que Villegagnon solicitara a Calvino un segundo reclutamiento de inmigrantes. Éstos recién llegados fueron la semilla para la destrucción final de la colonia. Eran dogmáticos, rígidos, y estaban embuidos de una férrea voluntad calvinista, y pronto empujaron al grupo a disputas teológicas sobre la naturaleza de la Eucaristía. Villegagnon, encolerizado por las actividades destructivas de los calvinistas, se convirtió de pronto a un catolicismo ortodoxo, abandonando la colonia y zarpando de vuelta a Francia en 1559.

La Francia antártica representaba una seria amenaza para el Brasil portugués, pues era una base desde la cual los franceses podían apoyar la oposición de los indios, extender su control hasta el Río de la Plata y atacar las rutas marítimas portuguesas de la India.

El gobernador Sá volvió su atención hacia Río. Tras recibir ayuda naval de Portugal, reunió una fuerza de aliados indios y partió hacia Bahía de Guanabra a principios de 1560. La fortaleza isleña fue tomada por asalto y los franceses se vieron forzados a huir en busca de refugio a los poblados indios de los alrededores.

Pero Sá carecía del personal y material necesarios para reconstruir y ocupar el fuerte, de manera que lo abandonaron. Como se lo temían, los sobrevivientes franceses volvieron a instalarse en las islas de la bahía, necesitándose una segunda expedición para desalojarlos. Este ataque fue dirigido por Estácio de Sá, sobrino del gobernador. Reuniendo las refuerzos locales de Espírito Santo y São Vicente, Estácio navegó hacia Río en 1565 y estableció una base militar al pie de la montaña de Pan de Azúcar. Su posición era suficientemente fuerte como para repeler los intentos franceses de rechazo al desalojo, pero insuficiente para tomar la ofensiva, hasta que llegaron refuerzos adicionales de Lisboa. Tan pronto como llegaron, Estácio atacó a los franceses en la orilla oeste de la bahía con un rotundo éxito. Sá resultó herido en combate y murió pocos días después, pero su tío tuvo ahora tiempo para fundar una colonia portuguesa permanente, situada en el actual Río. Se nombraron funcionarios municipales, la bahía y la región se aislaron de São Vicente, convirtiéndose la zona en la segunda capitanía real de Brasil.

HOLANDA

En 1624, una flota holandesa tomó la ciudad de Bahía, pero en 1625, fue recuperada por una fuerza combinada de españoles, portugueses y nativos americanos. Los holandeses atacaron de nuevo posesiones portuguesas en 1630, y una expedición patrocinada por la Compañía de la India Occidental Holandesa, tomó Recife y Olinda, en Pernambuco.

La mayor parte del territorio entre la isla Maranhão y el curso bajo del río São Francisco cayó en manos holandesas. Afortunadamente, durante la inteligente administración del conde Joan Mauritz von Nassau, el territorio brasileño bajo dominio holandés prosperó durante varios años. Sin embargo, éste renunció en 1644, en protesta por las políticas explotadoras de la Compañía de la India Occidental Holandesa. Poco después de su salida, los colonizadores portugueses, con apoyo de Portugal, se revelaron contra el dominio holandés. Éstos finalmente renunciaron en 1661 por tratado a sus pretensiones sobre el territorio brasileño.

POLÍTICA

ESTABLECIMIENTO DEL GOBIERNO REAL

La decisión de la corona al enviar un gobernador real a Brasil no se proponía abolir las concesiones donatarias. La mayor parte de ellas se mantuvieron durante todo el siglo siguiente, y algunas de ellas hasta el siglo XVIII. Lo que el rey intentaba recuperar era la autoridad que generosamente había concebido.

Los motivos de la monarquía acompañaban al nuevo gobernador, Tomé de Sousa, que era pariente del veedor de la Tesorería.

En primer lugar estaba encargado de defender las capitanías más débiles de posibles ataques, y revitalizar las que estaban fallando. Estos fracasos habían sido el resultado justamente de estos ataques indios. La amenaza francesa persistía y las capitanías debilitadas eran los primeros objetivos para un posible asentamiento francés.

En segundo lugar, la corona quería incrementar sus rentas desde Brasil; el rey estaba siendo privado engañosamente de lo que se le debía y las capitanías poco productivas no le proporcionaban las rentas que esperaba de su explotación.

Para buscar la solución a estos problemas, Juan III eligió a tres funcionarios: el primero, un gobernador para defender y reforzar a los capitanes ineficaces e instaurar una política general para tratar con los indios; el segundo, un proveedor de la Tesorería para vigilar la recaudación de las rentas de la corona; y el tercero, un capitán mayor de la costa para dejar sentada la política del litoral.

Bahía fue designada como plaza del gobernador; era la localidad central de muy buen potencial. Y debido a que los últimos donatarios habían fracasado en su trato con los indios, fue posible recuperar la capitanía a sus herederos y reincorporarla al «reguengo».

Si el incremento del poder militar era una parte de la solución al problema indio, el otro aspecto consistía en la elaboración de una política eficaz.

Brasil había sido incorporada a la corona por voluntad de Manuel I, pero los indios nativos no se convirtieron en súbditos de la corona. Los portugueses no pudieron encontrar estructuras civilizadas en la sociedad tupí; parecían desprovistos de leyes identificables o instituciones religiosas. Por cierto, fue eso lo que indujo a los portugueses a considerarlos adecuados para la dominación y conversión, pero resultó ser un obstáculo frustrante. La organización social tupí no encajaba en ninguna de las categorías que los colonos pudieran comprender.

La corona acogió a los indios bajo su protección legal, y el regimiento dado a Tomé de Sousa había puesto hincapié en que nadie les hiciera daño, siempre que fueran pacíficos; era esencial que recibieran buen trato si iban a ser evangelizados. Por otro lado, los indios rebeldes que se resistían ante la cristiandad podían hacerse esclavos. De modo que se desarrolló en Brasil la distinción definitiva entre indios pacíficos, menores de edad necesitados de la protección de la corona mientras iban siendo gradualmente culturalizados (hasta alcanzar la ciudadanía completa como cristianos), y los belicosos, quienes podían ser usados como esclavos por los colonizadores. La esclavitud indiscriminada era una de las principales causas de la resistencia india, y esto a su vez, hacía difícil el desarrollo económico. En cualquier caso, la mano de obra india era fundamental para el avance de la industria azucarera, y solamente los esclavos podían proporcionar el trabajo necesario.

RELIGIÓN

OBRA DE LOS JESUITAS

El rey eligió a los jesuitas como sus agentes para convertir y pacificar a los indios, la orden misionera que había sido fundada hacía tan sólo nueve años (1540).

EL primer grupo de seis (incluyendo al padre Manuel de Nóbrega), salió con Tomé de Sousa; otros refuerzos llegaron en viajes posteriores. Pero su número total era escaso, sólo 128 para el período que cubría hasta 1598.

Hasta 1580, las actividades de los jesuitas pueden dividirse en cinco etapas generales: un período inicial de experimentación (1550-1553); un intervalo de estancamiento (1553-1557); la época floreciente de su colonización (1557-1561); la crisis de la guerra de Caeté y la consiguiente ola de enfermedades y hambre (1562-1563); y un período final de ajuste al consecuente descenso de la población india.

El objetivo de los jesuitas fue la conversión, pacificación y aculturación: la respuesta de los indios, después de curiosidad y aceptación inicial, fue la evasión, hostilidad y reincidencia. La actitud de los jesuitas ante su tarea varió de un tenaz optimismo a una compasión pesimista, pues pocos de ellos sentían respeto e inclinación por sus misiones. Nóbrega comparó a los tupí con perros y cerdos, y otro los describió como más parecidos a animales que a hombres. Sin embargo, a diferencia de los colonos, creían en la posibilidad de cambiar la sociedad india.

Al principio siguieron los métodos de los franciscanos, que preferían catequizar a los indios sin importarles lo lenta que fuera su tarea. Los jesuitas pronto descubrieron que los indios que creían haber convertido habían vuelto a su estado nativo cuando regresaron a su aldea. Para acelerar el proceso y preservar sus logros, decidieron movilizar a los indios de sus pueblos natales y restablecerlos en aldeas cuya extensión estaba determinada por la escasez de jesuitas que hicieran de supervisores. Esto no funcionó; naturalmente, los indios se escapaban a menudo.

Los colonos nunca apoyaron totalmente las aldeas jesuitas, que quitaban muchos indios a la fuente potencial de esclavos, aunque pronto encontraron un poderoso aliado en el primer obispo de Brasil, Don Pedro Fernandes Sardinha. A la decisión de la corona de crear un gobernador real le siguió la creación de una diócesis para Brasil, situada en Bahía.

Sardinha se presentaba con unas credenciales excelentes: formado como humanista en la Sorbona, sus primeros servicios como vicario general en Goa habían sido muy satisfactorios. Los propios jesuitas se lo recomendaron al rey, pero desafortunadamente su elección no fue tan afortunada como la de gobernador.

Una vez en Brasil, el contacto con los salvajes tupí despertó sus rígidas tendencias moralistas. No compartía la creencia de los jesuitas sobre la capacidad de conversión de los indios. Tampoco aprobaba la tendencia sincrética de la evangelización jesuita, el simple barniz cristiano sobre la obstinada cultura india. Mientras los indios fueran culturalmente menores de edad, no podían participar en la vida cristiana organizada.

Sardinha compensaba su indiferencia hacia los indios con la atención que dedicaba a las costumbres de los colonos, los cuales descubrieron que su actitud hacia los nativos y su falta de apoyo a los jesuitas congeniaban con sus intereses. El conflicto entre el obispo y los jesuitas les dio la oportunidad de continuar esclavizando a los indios, e hizo prácticamente imposible que el segundo gobernador, Duarte de la Costa, ejerciera su autoridad durante su mandato.

Como la hostilidad de Sardinha impedía la labor evangélica de los jesuitas, ni tampoco estaba apoyada efectivamente por el gobernador, trasladaron pronto el centro de su actividad a la capitanía de São Vicente al sur, donde los indios tupinikin resultaron ser más receptivos y meneables. Aquí establecieron (en 1554) una importante congregación india en São Pablo de Piratininga. El lugar situado al borde de la meseta interior dominaba la cuenca del río Tieté y formaba el núcleo original de la futura ciudad de São Pablo.

La noticia del conflicto entre el gobernador y el obispo de Bahía movió a la corona a llamar a este último a Lisboa (1556), pero su barco naufragó en las costas de Brasil donde murió y fue devorado en manos de los caeté, a quienes había desdeñado intensamente. El mandato de Duarte de la Costa terminó al año siguiente (1557), y con el nuevo gobernador, Mem de Sá, y un nuevo obispo, Don Pedro Leitão, la consolidación real portuguesa en Brasil entró en una nueva fase.

Sá era un colaborador voluntarioso y entusiasta de los jesuitas, que volvieron a concentrar sus actividades en los alrededores de la ciudad real de Bahía. Con el ejército a su disposición, hizo importantes incursiones en las zonas donde había indios paganos. De ahí que el primer período de su mandato fue la época dorada de las aldeas. Entonces aumentaron de dos a res a no menos de once en 1561, con una población total de 34000 habitantes a principios de 1562.

En 1562 Sá declaró una guerra justa contra los caeté. Como desagravio por la muerte del obispo ésta llegaba un poco tarde, pero probablemente sólo se hizo para apaciguar a los colonos, que estaban furiosos por el crecimiento de las aldeas. Desgraciadamente, la guerra desbordó hasta las más insignificantes condiciones impuestas por Sá; los caeté no solamente fueron apresados fuera de las aldeas, sino también dentro de ellas, en las que se habían refugiado confiando en las promesas de protección de los jesuitas. El resultado en las aldeas fue desastroso, y rápidamente Sá ordenó el fin de la guerra, pero obviamente ya era demasiado tarde.

Durante esta guerra incontrolable sobrevino otra crisis que flageló a la colonia: la enfermedad. La primera oleada llegó en 1562 y atacó a los indios de la zona entorno a Bahía; la segunda, en 1563, fue más extendida. Juntas eliminaron aproximadamente entre un tercio y la mitad de la población india, que carecía de inmunidad contra las enfermedades europeas, tales como la gripe, tuberculosis, viruela y sarampión. Esto no sólo redujo el número de aldeas (de once a cinco), sino que intensificó la competencia entre colonos por conseguir mano de obra entre los sobrevivientes.

Una consecuencia fue la transferencia del control físico sobre las aldeas que quedaban, a «capitanes situados» en los años siguientes (1564-1572). Este cambio fue proporcionado por el general de la Orden de los Jesuitas en Roma, a quien nunca había agradado la intensa participación de los jesuitas en la administración de las aldeas. Se trataba de crear un tipo de repartimiento de la mano de obra india, en orden a racionar sus servicios entre los reclamantes portugueses.

Al mismo tiempo, el hambre que había seguido a las epidemias obligó a muchos indios a venderse a ellos mismos o a sus parientes a los colonos para obtener alimentos. Estos hechos forzaron a la corona y a los jesuitas a centrar su atención en los problemas de la población india de Brasil. Muchas cuestiones que habían quedado sin respuesta durante años, empezaron a destacarse.

El debate comenzó en 1566, con la Junta encargada por el rey para hacer recomendaciones sobre la política indiana en Brasil. Participaron Mem de Sá, el obispo Leitão, los jesuitas Grão y Azevedo, así como los jueces de la corona. Después de un tiempo trabajando, el rey Sebastião decretó una ley en 1570 sobre el status de los indios. Incluso los nacidos libres podían ser esclavizados en dos situaciones: en el curso de una guerra justa declarada por el rey o su gobernador, o si eran sorprendidos practicando el canibalismo. El sistema de «resgate» (la práctica primitiva por la que se rescataba o redimía a los indios capturados en las guerras intertribales y a los condenados a muerte, imponiéndoles a cambio una servidumbre de por vida en beneficio del redentor) fue declarado ilegal. Se habían cometido muchos abusos: se incitaba a las tribus a luchar una contra otra para conseguir cautivos, y pronto cualquier indio apresado y hecho esclavo por los portugueses era redimido.

Pese a esto los colonos todavía enviaban violentas protestas a Lisboa. Por lo tanto, la ley de 1570 fue revocada y reemplazada en 1574 por un código modificado sobre la esclavitud india. De nuevo los resgates estaban permitidos, pero todos los indios esclavizados debían registrarse en la aduana.

Sin embargo, la realización final de un modo de vida para la población india, provenía de la evolución y los cambios de la propia sociedad colonial. De éstos, el más importante fue el incremento de esclavos negros importados de África. En 1570 se estimó que había entre dos mil y tres mil negros en Brasil; diecisiete años después, catorce mil. La creciente confianza en los esclavos negros atenuó larga y gradualmente la utilización de esclavos indios.

La distancia, sin embargo, no proporcionaba una seguridad absoluta. A fines del siglo, las primeras entradas hacia el interior fueron adquiriendo el carácter de expediciones organizadas en busca de esclavos. Con frecuencia, los gobernadores declaraban guerras justas a los indios de las tierras del interior y autorizaban licencias para resgates.

EXPANSIÓN HACIA EL SUR

COLONIA DE SACRAMENTO

En 1680, los portugueses enviaron una expedición hacia el sur, a la orilla este del estuario del Río de la Plata, y fundaron un asentamiento llamado Colonia do Sacramento. Esta fundación se llevó a cabo por Manuel Lobo, y se debió a la acción del gobierno portugués interesado en extender su conquista hacia esa zona. Pese a esto, la colonia era sólo un puesto portugués, pues la colonización de Brasil se detenía en Laguna, antes de la misma.

Pero el gobierno español de dichas tierras reaccionó, y tomó el núcleo portugués. En 1681, la colonia fue devuelta a Portugal, a través del Tratado de Lisboa.

La expansión brasileña hacia el sur estuvo precedida por la penetración en zonas del interior del país. Antes de mediados del siglo XVII, los partidarios de los paulistas (nombre por el que los residentes de São Paulo eran conocidos) habían alcanzado el curso superior del río Paraná. Debido a que estas expediciones eran emprendidas principalmente con el propósito de esclavizar a los indígenas americanos, los paulistas encontraron una oposición fuerte de parte de los jesuitas, y en consecuencia, de la corona. A partir de esto, muchos paulistas se convirtieron en exploradores, y fue así como comenzó una febril búsqueda por las riquezas minerales. Al oeste del actual estado de Río Grande do Sul, se instalaban jesuitas españoles, quienes habían fundado las misiones conocidas como los siete pueblos de las Misiones Orientales del Uruguay. Por lo tanto, una vasta región quedaba fuera de la dominación total española o portuguesa. Con la posterior Guerra de Sucesión Española, la colonia de Sacramento fue atacada, en 1704, y tomada al año siguiente. Permaneció bajo el dominio español hasta 1715, año en que fue devuelta a Portugal por el Tratado de Utrecht. A partir de ese momento, la preocupación portuguesa fue ligarla definitivamente a Brasil, lo que motivó la construcción de caminos y la fundación nuevos de núcleos poblacionales.

En 1728, Francisco de Sousa e Feria consiguió establecer la primera conexión entre Laguna y la colonia de Sacramento. Por la misma época, Cristóvão Pereira de Abreu, gran criador de ganado en Río Grande, abrió una carretera hacia Curitiba, garantizando las conexiones terrestres con São Paulo y el abastecimiento real de las minas. Esa misma política llevó al gobierno de Portugal a fundar Montevideo, en 1723.

La reacción española a tales acciones portuguesas fue apoyar a los jesuitas establecidos en los siete pueblos, destruir Montevideo (que fue refundada en 1726) y poblar el interior del actual Uruguay, como modo de aislar a la colonia de Sacramento del resto del Brasil.

En la década de 1740, Sacramento ya era un enclave portugués cercado por áreas de españoles. Gracias a las buenas relaciones entre las dos cortes, se pudo negociar y culminar con el Tratado de Madrid, firmado en 1750, en el cual se estableció el principio del «uti possidetis». Se delineó el actual mapa de Brasil, se decidió que Sacramento pasaría a España, debido a la colonización española circundante, y que los siete pueblos serían entregados a Portugal.

Se produjo, sin embargo, la resistencia de los jesuitas y la denominada «guerra guaranítica», en la cual los ejércitos español y portugués sometieron a los indígenas. Debido a esto, el Tratado fue anulado, pero posteriormente reemplazado por el de El Pardo, en 1761.

En 1762, con ocasión de la guerra de los Siete Años, en la que de nuevo combatieron España y Portugal, la colonia fue tomada por Pedro Antonio de Cevallos, y devuelta un año mas tarde.

En 1777 estalló un nuevo conflicto, en el cual Cevallos tomó nuevamente la colonia. Se destruyeron las fortificaciones y quedó obstruido el puerto. Con el Tratado de San Ildefonso, firmado en el mismo año, se decidió que tanto Sacramento como los siete pueblos quedarían bajo dominio español.

Posteriormente, en 1820, la colonia volvió al dominio portugués, cuando el rey Juan VI incorporó toda la región a Brasil. Al hacerse Uruguay independiente, en 1828, la colonia pasó a formar parte de su territorio.

A fines del siglo XVII, la disminución de la producción de azúcar en el nordeste de Brasil y la competencia de las plantaciones holandesas en las Antillas, marcaron el final de un período, pero también el comienzo de otro, pues en 1693 se descubrieron ricos depósitos de oro en la región de Minas Gerais, que al parecer, su influencia fue la más importante. Atrajo gente de todo tipo, de la más diversa condición social y de toda clase de sitios: zonas costeras brasileñas, islas de Madeira y Azores, e inclusive Portugal.

En los primeros años unos cuantos aventureros ingleses, irlandeses, franceses y holandeses frecuentaron la zona. Los frailes que abandonaron sus monasterios, los soldados que desertaron de sus guarniciones; comerciantes, antiguos plantadores de azúcar y gente con pretensiones de nobleza, hombres libres de color, los esclavos que abandonaron a sus amos, y los paulistas, acompañados por sus esclavos indios, fueron contagiados por la fiebre del oro.

Sólo un grupo se destacó por la ausencia: las mujeres, que en el caso de las blancas casi nunca estuvieron ahí; y aún entre los esclavos, su número inferior al de los hombres.

A lo largo de la primera mitad del siglo XVIII hubo fiebres de oro menores en muchas partes del interior. Los descubrimientos en Río das Contas, en los años 1720, persuadieron a muchos mineros a abandonar Minas Gerais. El descubrimiento de otras fuentes de riquezas causó un fuerte impacto en los mineros que se ocupaban del oro. Los más famosos de todos fueron los diamantes. Estos nuevos hallazgos desbarataban frecuentemente la estabilidad económica y social de las zonas mineras.

CONCLUSIÓN

Luego de una exhaustiva investigación debido a la recopilación para la elaboración del presente trabajo, hemos logrado nuestro objetivo: conocer más profundamente sobre las raíces de nuestra civilización, las causas de la conquista de nuestro continente y cómo los indígenas que en ese entonces lo poblaban fueron aculturados y, a la vez, sometidos por los europeos.

Llegamos a la conclusión de que el afán de enriquecerse y superarse que posee el hombre es tan grande, que fue ese deseo el que lo motivó a realizar sus descubrimientos.

Es sorprendente la ambivalencia en la que actuaron los conquistadores dentro del dominio de los indios, por un lado la conversión era una de las metas principales, ésta abarcaba la civilización, formación o aculturación puesta en marcha, en general, por las misiones religiosas; y por otro lado, los conquistadores venían a América con ansías de hacerse ricos, muchas veces, a costa del trabajo de los nativos. Cabe destacar, que gracias a los colonizadores las etnias pudieron fusionarse y es por eso que le debemos mucho a nuestros ancestros quienes nos transmitieron sus conocimiento y costumbre que hoy poseemos.

Creemos que este trabajo nos sirvió mucho para profundizar todos los contenidos aprendidos durante el año y para reflexionar acerca de cómo surgió nuestra cultura.

BIBLIOGRAFIA

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Tenateros en Nueva España, apires en las zonas de habla quechua.

Alejandro de Humboldt, Ensayo Político sobre el reino de la nueva España, Porrúa, México, D.F.

Líder de la investigación de códices y epígrafes a fines del siglo XIX y principios del XX.

6Tradujo los anales del México colonial del náhuatl al francés en el siglo XIX.

7 Partidario de un estudio profundo de todo lo indígena, combinando arqueología, historia y etnología, y cuya investigación en tres volúmenes, La población del valle de Teotihuacán (1922), fue la primera en examinar una comunidad nativa desde sus inicios arqueológicos hasta la época moderna.

8 Este término fue utilizado en el período colonial.

9 El requerimiento amenazaba con la esclavitud a los indios que rehusaran someterse y recibir el evangelio cristiano.

10 Misionero que intentó establecer en Nueva España sociedades utópicas indias en dos comunidades pequeñas que recibieron el nombre de Santa fe.

11. Instrucción real de 1513 a Pedrarias Dávila. «Ynstrucción para el governador de Tierra Fierme, la qual se le entregó 4 de agosto DXIII». En M. Serrano y Sanz, ed. , Orígenes de la dominación española en América, Madrid, 1981.

12. En J.B. Morris, ed., 5 Letters of Cortés to the emperor, Nueva York, 1962. (existen varias ediciones en castellano; para este texto de Hernán Cortés, Cartas de la Conquista de México, Madrid, 1985).

13. Período durante el cual la población indígena del México central disminuyó desde cerca de dos millones hasta aproximadamente unos 700.000.

1 Islas de Brasil.

2 Su nombre “madera” lo indica.

3 Establecidas entre 1437 y 1481.

4 Expedición encabezada por Vasco de Gama (1469-1524), en 1498.

5 (¿1460-1518?).

6 (1469-1521). Su gobierno comenzó en 1495.

7 (1454-1512).

Planta industrial destinada a moler la caña y obtener el azúcar.

Los nativos tupí aliados con los feroces tapuia goiticazes que ya habían destruido São Tomé.

(1506-1534).

Firmado en 1494, se estableció la línea de demarcación entre las posesiones españolas y portuguesas. La misma pasaría a 370 leguas al oeste de Cabo Verde, de polo a polo.

La expedición se llamó Fróis-Lisboa, financiada por Christóv*o de Haro (de origen castellano) y otros inversores.

Piloto mayor que exploró Yucatán (1508) con Vicente Yáñez Pinzón. Descubrió el Río de la Plata en 1516, donde sucumbió en manos de los indios.

(1480-1521). Estaba al servicio del emperador Carlos V.

Dispuesta así en el Tratado de Zaragoza, firmado en 1529.

Rey de Portugal entre 1521 y 1557.

Gobernó Brasil entre 1549 y 1553. Fundó la ciudad del Salvador (Bahía).

Tierras bajo el control directo de la corona.

Rey de Portugal en 1495.

Gobernó entre 1553 y 1557.

Su gobierno comienza en 1554.

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