Canción de Navidad; Charles Dickens

Literatura universal del siglo XIX. Novela realista inglesa. Relato de ficción. Tema navideño. Argumento y personajes

  • Enviado por: Jachi
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 7 páginas
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RESUMEN DE LA OBRA.

Ebenezer Scrooge es un adinerado anciano, residente en una ciudad inglesa. A este hombre tan sólo una cosa le interesaba: ganar dinero. Por lo visto, era lo único que le producía satisfacción ya. No se sabe bien para qué querría amasar tanta cantidad de dinero, pero ahí estaba su hobby favorito; no le divertía gastárselo, sino juntarlo, y contarlo una y otra vez. Por supuesto, era alguien no preocupado en mejorarse como persona. Sus modales no eran del todo correctos con la gente; incluso los que le apreciaban, como su sobrino Fred, sufrían su falta de humanidad y del más mínimo cariño. Repito que su mayor preocupación era la de aumentar su capital, por eso no sentía escrúpulos a la hora de echar de mala manera a pedigüeños de su despacho, o a mandar a paseo a todo el que le pidiera la más miserable limosna. Claro está, su profesión era la de banquero. Tenía una pequeña oficina en medio de la ciudad, con solamente un empleado, Bob Cratchit. Éste también conocía a Scrooge. No le quedaba otro remedio, ya que estaba completamente oprimido por sus exigencias. Únicamente quince chelines por semana como sueldo. Pero lo que más molestaba a Bob era la temperatura de su lugar de trabajo: como el viejo no gastaba ni un real en carbón, pues... Así es como era Scrooge, frío como el mismo invierno. Y con frialdad trataba a sus desdichados clientes, que no podían retrasarse en sus pagos ni un solo día. En resumen, Ebenezer era un hombre totalmente deshumanizado y cruel.

Pues bien, una noche, concretamente Nochebuena, al llegar de cenar en una taberna de mala muerte, se le apareció el espectro de su antiguo socio, Jacobo Marley. Su aspecto era aterrador: arrastraba una larga cadena y estaba cubierto por harapos. Marley había sido el único amigo de Scrooge en vida, el único que podía entender su mentalidad, probablemente el único que podía igualarle en maldad. Y llevaba muerto siete años exactamente, cuando decidió mostrarse ante su compañero. Al reprimir Scrooge su terror, le pudo preguntar al fantasma el objeto de su visita, y éste le contestó que quería hacerle abrir los ojos. Quería prevenirle y alertarle: Jacobo estaba condenado a vagar por el mundo de los muertos arrastrando su pesada cadena, la que había forjado durante su vida al no perdonarle la deuda a una pobre mujer, al robarle dinero a sus clientes, al no prestar si no era con intereses, al no regalar nada jamás. El viejo Ebenezer todavía estaba a tiempo de evitar ese destino, y Marley se lo hizo saber. Una vez hecho eso, desapareció en la noche.

Antes de volver al lugar del que procedía, el socio de Scrooge le advirtió que iba a ser visitado por tres espíritus tras la campanada que daba la una. Y en efecto, presentose el primero de los espectros, que tenía apariencia joven, bien parecida. Estaba vestido de blanco, cubierto por flores estivales, no como las que sostenía en una mano, que eran invernales, y de él emanaba una inquietante luz que estremecía al asustado anciano. Según le dijo, era el fantasma de las Navidades que ya habían sido. Scrooge no lo entendió al principio, pero el espíritu se lo llevó volando del lugar sin pararse en explicaciones. Y entonces comprendió. Llegaron a un lugar que le era muy familiar. El pueblo donde vivía en infancia. Scrooge no sabía lo que sentir al ver todo aquello, si pena o alegría, hasta que se vio él mismo. Estaba en una escuela, solitario y melancólico, estudiando, y sintió tristeza por ese niño. Después pudo reconocer a su hermana Fran, que había venido para recoger al joven Scrooge (habían transcurrido, en un santiamén, unos años) y anunciarle que cenarían todos juntos en Nochebuena. Y fue cuando el viejo sintió aún más tristeza, ya que parecía querer mucho a aquella chica, que había muerto muchos años ha, dejando a su sobrino Fred. Más tarde, aparecieron en una oficina o algo parecido, y Ebenezer se alegró por un momento: había visto a su antiguo jefe, Fezziwig, del que conservaba gratos recuerdos. Valoraba que cada año, este gracioso personaje les organizara una fiesta a él y a sus compañeros de trabajo, y que además, les pagaba muy dignamente, a pesar de ser aprendices. No se dio cuenta de la contradicción en la que había caído. Incluso expresó a su fantasmagórico acompañante que deseaba haberle dicho un par de palabras a su ex jefe. Después, al contemplar la siguiente visión, Scrooge terminó con la alegría que le había producido verse a sí mismo en la juventud, para llegar a llorar, él, que tan inhumando era y tan sin sentimientos parecía. Miró fijamente a la que estuvo a punto de ser su esposa, y como discutían ella y él, en el pasado, claro. No aguantaba la idea de ver como la había dejado marchar, de cómo la había “espantado” por sus ya peligrosas aficiones al dinero y al poder. Más aún cuando la volvió a ver, un tiempo más adelante, pero como él mismo decía, “igual de bella”. Estaba casada y tenía muchos hijos. La familia parecía tener problemas económicos, pero no cambiaba lo más mínimo la expresión de felicidad que había el rostro de la pareja, y eso a Scrooge, le destrozó. Y su penar se tornó en ira hacia el espectro, que desapareció ante sus ojos, sin mediar más palabra, haciendo que el viejo estuviera de nuevo en su oscuro dormitorio.

Tan agotado estaba, que se durmió con facilidad, hasta que llegó el segundo de los espíritus, igualmente, a la una de la madrugada. Esta nueva aparición era más dicharachera y jovial que la anterior. Estaba vestida con una toga sencilla, descalzo, con una corona de acebo en la cabeza, algo descubierto. Era grande, de pelo largo. Scrooge se había propuesto no ponerse nervioso en cuanto llegara el próximo, mas no pudo evitarlo. Sin más charla, ambos partieron hacia la Navidad, ya que este era el fantasma de la Navidad presente. El primer sitio que visitaron fue la casa de su empleado Cratchit. El padre de familia aún no había llegado al hogar, y parecía que le esperaban con ansia su mujer y sus tres hijos. En el ambiente, un agradable (y alimenticio) aroma, como a asado. Pero no sólo se respiraba la comida, el amor que se concentraba allí era aún más perceptible. Por lo visto, la hija mayor de Bob había llegado pocas horas antes de la ciudad en la que trabajaba, por lo que aumentaba la atmósfera de emoción. Por fin llegó Bob, acompañado de Tim, su tullido hijo menor, que había salido a su encuentro. La felicidad llegó con él, y la fiesta. Pronto se pusieron a comer todos juntitos, en familia, un modesto ganso. Modesto, frugal, pero dignísimo (y exquisito, suponemos). Scrooge no decía nada, tan sólo les miraba, con cierto cargo de conciencia, por lo mal que trataba a Cratchit normalmente. De repente, un macabro presentimiento le abordó y preguntó al espíritu si Tim, ese pobre y maravilloso niño, viviría. La incertidumbre no dejaba a Ebenezer en paz y le pidió, emocionado por el brindis que le habían dedicado ELLOS A ÉL, al espectro que se marcharan. Así lo hicieron, para llegar a la casa de su sobrino Fred, que estaba organizando una juerga, junto a familiares y amigos. En mitad de la distendida tertulia, el travieso Fred se puso a imitar a su tío, exagerando sus malvados gestos y sus expresiones de desprecio hacia todo lo que no fuera dinero (en esta edición, Scrooge suele utilizar el término “estupideces”, pero cada lectura tiene una distinta interpretación: “paparruchas, escaramujos, patrañas,...”). Ebenezer pronto se metió en la conversación de sus familiares, esos a los que casi nunca ve, inconsciente de que no podían verle u oírle. En esta ocasión, el ambiente era de alegría, de júbilo, de fiesta. Y Scrooge creyose partícipe de él de tan intenso que era. Incluso jugaba con los presentes a las adivinanzas y a la gallinita ciega. Había olvidado por completo, no sólo que no podían percibirle, sino que además estaba en camisón. Pero el fantasma le obligó a abandonar la sala, anunciándole que le quedaba poco tiempo. Scrooge se fijó en que estaba envejecido, y le preguntó qué le ocurría. El espíritu le contestó que es corta la vida de la Navidad, que debía marcharse ya. Se evaporó mientras el anciano le agradecía aquellos instantes de felicidad que le había concedido, para dejarlo otra vez, en su cuarto.

Al toque de la una, como de costumbre, llegó el último de los espectros. Era muy alto, cubierto por una gran túnica negra que le escondía el rostro, y no pronunciaba palabra alguna, tan sólo señalaba a Scrooge a dónde debía dirigirse. Era el espíritu de las Navidades que serían. Lo primero que éste ordenó observar a Ebenezer fue la conversación que mantenían un grupo de hombres con pinta de altos ejecutivos. Parecían hablar de algo sobre un muerto, y que ya tendrían menos competencia, o algo así, pero cambiaron de tema rápidamente. Lo siguiente fue escuchar a una pareja hablar de que “el viejo ha muerto”; Scrooge supuso que se trataba de la misma persona de la que hablaban los otros. La mujer preguntó por una deuda, y el marido le dijo que por el momento estaba condonada, lo cual hizo aparentemente muy felices a ambos. El anciano, al ver eso, se extrañaba y hasta indignaba de que alguien se alegrara por la muerte de una persona. Más tarde, anduvieron por un barrio que olía a escoria, o mejor dicho, apestaba. No sólo por el olor en sí, sino por su increíble tenebrosidad. Ni un alma se detectaba por aquellos desolados parajes, excepto en el interior de una ruinosa tienducha, muy sucia y oscura. Allí se reunieron tres individuos, cada cual con peor pinta que el otro. Uno de ellos, sentado, veía como la mujer iba sacando cosas de una bolsa que traía, al igual que el hombre restante. Unas cortinas viejas, unas ropas descuidadas, algún que otro objeto curioso... El que estaba sentado les iba poniendo precio a medida que salían de la bolsa. Y Afirmaba que esa era la única herencia dejada por “el viejo”, la que ellos habían cobrado. Scrooge se marchó de allí muy mosqueado, mientras insultaba a aquellos malandrines. Y apareció en mitad de una melancólica habitación, silenciosa y negra, muy semejante a la de su dormitorio, sólo que sin cortinas y sin nada salvo la cama, por cierto, habitada por “algo” cubierto por una sábana. Scrooge no tuvo valor de destapar la sábana y ver la cara de ese desgraciado: reculó en el último momento. Y por último, visitaron un cementerio, en el que nuestro protagonista confirmó sus temores. Allí, abandonada, se encontraba la tumba de EBENEZER SCROOGE.

Nada más ver esto, se volvió al espectro y le suplicó una segunda oportunidad. Le imploraba que, ahora que había descubierto la felicidad que se esconde tras la Navidad, pudiera disfrutarla como no había hecho hasta ese momento. En su llanto, el espíritu desapareció y le dejó en su cuarto. Cuando despertó, apresurose a abrir la ventana y a preguntar qué día era. NAVIDAD, Scrooge no había perdido el tiempo. Todo parecía haber sido fruto de un sueño o algo por el estilo, pero Ebenezer no se paró en meditaciones y empezó su actividad. En primer lugar, compró un enorme pavo y lo mandó llevar a casa de su empleado Cratchit. Después, contento él y con una sonrisa jamás vista en aquel cascarrabias, le concedió el aguinaldo a unos señores que se lo pidieron el día anterior, sin éxito, naturalmente. Continuando con su imparable carrera de “bondades”, se presentó en casa de Fred, para cenar, lo cual llenó de sorpresa y felicidad al sobrino, que le hizo pasar en seguida. Y para concluir, cuando llegó al trabajo, felicitó a Bob y le aumentó el sueldo, como pago a sus malas acciones anteriores. Y Ebenezer Scrooge se convirtió en un buen hombre, el mejor de todos los que había en la ciudad, y fueron felices y comieron perdices.

OPINIÓN PERSONAL.

Desde luego, la Navidad es mi etapa del año preferida. Dura menos que el verano, pero tiene un encanto que no puedo resistir. Mi ritual navideño perfecto consiste en: preparar unos cuantos adornos por la casa, los justos para no hacer que luego su retiro sea fatigoso; un humilde belén (pequeño, digno, “básico”, y por supuesto, sin catalán); aunque parezca una incongruencia, un arbolito alumbrado; una partida al videojuego “Christmas Nights”; nieve por las calles (esto no se puede controlar, claro); y buen rollo. Eso sobre todo, buen ambiente, alegría, felicidad, risa. Se ve que Charles Dickens tenía una concepción de la Navidad en cierto modo semejante. En concreto, aquel pasaje en el que se encuentran la familia de Bob con su hija, me recuerda bastante a mi propia situación. De siempre, la Navidad ha sido época de encuentro. Mi hermano mayor viene cada año de un lugar diferente, siempre más alejado que el anterior, pero precisamente eso hace que la vuelta a casa sea más agradable. Incluso la venida de mi otro hermano me alegra en el fondo. En Navidad, hasta su bromas pesadas tienen encanto. Siempre he dicho que Navidad es tiempo de reunión, de familia, de perdón, de reconciliación... Pero de nada sirve pensar así si los que te rodean no piensan igual.

Para empezar, la gente te toma por imbécil si vas diciendo por ahí “felices fiestas” a personas que no conoces de nada. ¿Y por qué? ¿Es que acaso no les gusta? ¿Es que acaso son como Scrooge? Sí, lo son. Pero al igual que él, no son malignos, ni verdaderamente malintencionados. Son reprimidos, acobardados, temerosos de expresar esa felicidad que ellos mismo no ven, pero que está en su interior. Pero los peores no son estos. Si hay algo más detestable que alguien que no celebre la Navidad, es alguien que sí la celebre. ¿Y eso? Resulta que la gente es muy propensa a mal interpretar las buenas intenciones de los grandes autores, como Dickens. ¿Qué he hecho yo para merecer un castigo como es que cada mañana me levante el pesadísimo sonar de los megáfonos colocados en frente de mi balcón, con la cinta “villancicos 24 horas”? Si fuera sólo por la mañana... ¡Pero es que están dando guerra hasta las once de la noche! Francamente, por muy navideño que parezca eso de la música por las calles, me gustaría meterle el megáfono al dueño de la idea por donde yo sé. Por no hablar ya de la gente: para ellos deja de ser Navidad el dos de enero. ¿Por qué? Porque ya se han corrido la juerga padre, ya se han emborrachado a gusto y se han atiborrado de... yo qué sé. A la gente solamente le interesa eso, llegar con energía al treinta y uno de diciembre para aguantar el máximo posible haciendo el ridículo.

¿Y qué me decís de los regalos? Con la ilusión que despiertan en mí los paquetes etiquetados con nombres “para Juan, para Fran”. Y eso cada vez se estila menos. Ahora se lleva que te den el dinero (si es que te lo dan) los padres o los abuelos y te los gastes como tú prefieras. Pffff, vaya cosa; con lo bonito que es esperar al seis de enero, y ver como la persona a la que tanto aprecias abre su regalo, y lo mira con sonrisa y luego te mira a ti como diciendo “gracias”. Ahora no, consumismo puro y duro, a comprar y a gastar y a emborracharse. Esa es la diferencia de la gente corriente con Scrooge, que él quería el dinero para contarlo y verlo, cuando la gente lo quiere para llenar el carro del Carrefour hasta el tope e irse a casa a comer y a excederse. Yo creo que el secreto está en un término medio, ¿no? Y nada de regalar el veinticinco de diciembre, poniendo de excusa a Papá Noel, o mejor aún, Santa Claus. ¡Estamos en España, no en... Burguerlandia, aquí creemos en los reyes magos, leñe! Estamos todos locos.

Es frágil la línea que separa la paz de la violencia, y la gente no hace por evitar que la Navidad se convierta en un período desagradable. Todos debemos colaborar para que la cosa salga más o menos bien. Al menos, las cadenas televisivas colaboran, ofreciendo programación navideña. Que por cierto, en esta última Navidad pusieron “los fantasmas atacan al jefe”, adaptación humorística del clásico que nos ocupa. Y, cómo no, “qué bello es vivir”.

Voto por unas fiestas más cristianizadas, más sencillas, menos consumistas, más sentimentales... Cada año, el batacazo que me doy es mayor que el anterior, porque cada vez, la gente es más superficial. En lo que respecta al libro, creo que no cabe más comentario. Si he dicho tanto sobre la Navidad, será porque me ha gustado bastante. Yo ya conocía el argumento (¿y quién no?), pero no conocía el poder que tiene el auténtico cuento escrito por Dickens. Hombre, la verdad es que me asusté la principio: nada más empezar a leer me encasquetan “certificado de definición”, pero a ver, las traducciones dichosas...

En fin, como dice el autor al terminar el libro, que Dios nos bendiga a todos y que pasemos, sea la época del año que sea, una FELIZ NAVIDAD.

BIBLIOGRAFÍA:

CUENTOS DE NAVIDAD.

CHARLES DICKENS.

EDITORIAL P.P.P. EDICIONES.

COLECCIÓN JUVENIL.

MADRID, 1990.

206 PÁGINAS.

RELATOS.

EDGAR ALLAN POE.

EDITORIAL CATEDRA.

COLECCIÓN LETRAS UNIVERSALES.

MADRID, 1997.

385 PÁGINAS.

Canción de Navidad; Charles Dickens