Arquitectura griega

Edificación en la Grecia clásica. Obras arquitectónicas helenísticas. Teoría de las proporciones. Volúmenes y espacios. Templos. Urbanismo griego. Topos. Ciudades

  • Enviado por: Erick
  • Idioma: castellano
  • País: Nicaragua Nicaragua
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La arquitectura griega

La concepción artística de los griegos

El arte no es para los griegos una creación espontánea e improvisada, sino una conquista larga y penosa a través de una cadena de experiencias. Es una conquista de la techne, no una manifestación del espíritu. La representación humana, para un griego, es un hecho artístico sólo si pertenece a un determinado «estilo»; un edificio es arte cuando es simétrico (es decir, cuando se puede medir con un módulo); un sonido es arte cuando está guiado por un ritmo. Pero el teórico e historiador griego no piensa que todas estas conquistas, que todos estos puntos de llegada, tienen, como fundamento, un origen «funcional», que nacen de la función, del uso; función y uso que, cuando han alcanzado la perfección, se convierten en ley deductiva. «Dicta sunt omnia antequam praeciperentur; mox ea scriptores obsérvata et collecta ediderunt» (Quint-, V, 10, 120). Todo lo que cumple un objetivo determinado —vivienda, utensilios, sonido, etc.—, cuando queda estable­cido y reconocido por todos, se convierte en «arte» para Vitruvio y para los griegos. Y para ellos, un artista es aquel que aplica en toda su plenitud las leyes establecidas y acordadas; así pues, se deja sólo a la personalidad del artista el modo de aplicación de las leyes, la mayor o menor posesión de la Techne... Solamente en el siglo v aparece el concepto hedo-nista del ornamento como fin en sí mismo: ornaverunt volup-tatibus elegantium vitae.

(De Vitruvio-Architettura —Libros I-VIII—, Roma, 1960, pág. 33, nota.)

ERWIN PANOFSKY

La teoría de las proporciones en el arte clásico griego

El arte clásico griego tomó en consideración las mudanzas de las dimensiones como resultado del movimiento orgánico; el escorzo resultante del proceso de la visión; y la necesidad de corregir, en ciertos casos, la impresión óptica del espectador mediante ajustes «eurítmicos». En consecuencia, los griegos no podían partir de un sistema de proporciones que, al estipular las dimensiones «objetivas», también estableciera irrevocablemente las dimensiones «técnicas». Sólo podían admitir una teoría de las proporciones en la medida en que dejara al artista en libertad de modificar las dimensiones «objetivas» una y otra vez mediante una redistribución libre; en resumen, sólo en la medida en que se limitara a desempeñar el papel de antropometría. (...) .... el artista-teórico egipcio construía primeramente una malla de cuadrados iguales e insertaba luego en ella los contornos de su figura, sin preocu­parse porque cada línea de la malla coincidiera con una de las articulaciones orgánicamente significativas del cuerpo. (...) El artista teórico-griego procedía del modo opuesto.

No partía de una malla construida mecánicamente a la que adaptara luego la figura; comenzaba, en cambio, con la figura humana, diferenciada orgánicamente en torso, miembros y partes de miembros, y ulteriormente trataba de determinar de qué modo se relacionaban dichas partes entre sí y con el conjunto. (...) Así, no es un principio de identidad mecánica, sino un principio de diferenciación orgánica lo que constituye la base del canon de Polícleto.

(De The Meaning in the Visual Arts, Nueva York, 1955. Versión castellana: El significado en las artes visuales, Ed. Infinito, Buenos Aires. 1970. págs. 66. 67.)

ALOIS RIEGL

El espacio en la Arquitectura Griega

La casa griega con columnas se diferencia del templo egipcio ya en el exterior en cuanto que, a pesar deja pluralidad, si bien limitada, de espacios contenidos en su interior, forma una unidad bien diferenciada aunque no estrictamente centraliza­da. Los lados aislados son, sin duda, siempre conjuntamente con los planos, pero ya no en particular, superficies inarticula­das y tangibles, si bien resueltas con la alineación de pórticos de columnas. Si se quiere disfrutar visualmente de su relación intencional, como miembros de una unidad armónica, es necesario retroceder una cierta distancia: de lo qué se deduce que el templo griego sólo se puede comprender si se mira desde un punto de vista normal, de modo que la claridad tangible de los detalles y Ía vision óptica global del conjunto puedan tener el mismo valor.

No se puede acentuar la relación entre las superficies parciales y el conjunto de la obra sin que se interrumpa la severa unidad del plano; y, en realidad, podemos encontrar en la casa griega con columnas los primeros reconocimientos de la tridimensionalidad. de la sombra y del espacio. En el fondo, la misión principal de la arquitectura había sido desde siempre la delimitación más que la formación del espacio; pero la existencia del espacio como tal ya no se niega completamen­te. Tampoco los griegos de la época clásica han tratado de crear espacios internos; el único vano un poco amplio del interior del templo, la cella, se ha vuelto a llevar, al estado del patio egipcio, y la ventana —un medio tan usual hoy de comunicación entre exterior e interior de un edificio— no aparece nunca en el templo griego (salvo algunas excepcio­nes, que se explican por circunstancias especiales). Son sobre todo el techo y la forma oblonga general los que reflejan (a los lados, no en la fachada) la existencia de un espacio interior donde los hombres pueden moverse. En los pórticos de columnas, que recogen la sombra al Igual que los pliegues de la túnica clásica, puede reconocerse parcialmente la profundi­dad y el espacio; pero la mirada se detiene inmediatamente en !a pared posterior cerrada de la cella, como si fuera la superficie plana de un relieve. De todo esto se deduce que el arte griego ha encontrado, al menos en cierta medida, ¿unto a la apariencia material, palpable y, por tanto, capaz de actuar inmediatamente sobre los sentidos, el perfeccionamiento de su efecto por medio de los pensamientos derivados de la experiencia; a través, por tanto, de un acto subjetivo.

(De Snatromische Kunstindustrie. Viena. 1901.)

REX DISTIN MARTIENSSEM

Relaciones entre volúmenes y espacios en la Arquitectura Griega

(En un recinto sagrado griego)... Los volúmenes prácticos, de acuerdo con el sentido que le dimos a la palabra, son los propíleos, el templo y el tesoro (y en el caso de Delfos y Epidauro, la stoa), y la relación entre éstos puede apreciarse por medio del plano generador, donde interviene la distancia y la altura, o sólo la distancia en un sistema plano único, y en forma más completa, en función de la relación de volúmenes. Los altares y las estatuas autónomas constituyen «volúmenes sólidos» que pueden considerarse como interrupciones positi­vas a la comunidad del espacio visualmente penetrable que los circunda. La resolución final de estos elementos en un sistema completo depende primordialmente de la conserva­ción de cierta forma de continuidad espacial dentro del sistema, y este factor puede ser analizado ahora con referencia a las proposiciones enunciadas previamente sobre los espa­cios simples y complejamente graduados. Si consideramos los elementos «huecos» dentro del esquema (templo, tesoro y propíleo) en relación con sus contornos inmediatos, veremos que la relación es de tipo gradual, participando el volumen de transición, definido por el peristilo del templo, tanto del volumen aparente de la construcción como del volumen exterior que lo rodea. De este modo, existe una penetración mutua del espacio que opera en torno al plano definido sugerido por el peristilo mismo. (...)

Este volumen compartido en el caso del templo normal períptero abraza enteramente la construcción y genera una interrelación de orden altamente unificador. La transición directa entre un volumen simple rodeado de paredes y su espacio circundante no puede alcanzar este tipo de armonía, puesto que el carácter excluyeme del volumen ininterrumpi­damente definido siempre habrá de terminar por producir aislamiento más que una unidad mutuamente inducida. De este modo, el templo que se levanta dentro del períbolo se destaca como una entidad claramente identificable en virtud de su autónomo volumen aparente, y posee simultáneamente un valor de «superposición», determinado por las dos etapas de su definición. Así pues, su individualidad espacial logra coexistir con su participación como elemento de un sistema espacial específico.

La condición de los propíleos es análoga, pero su función y posición especiales como volumen de transición y al mismo tiempo práctico, determinan las consiguientes variaciones de su forma. El propíleo, a diferencia del templo, se halla situado contra el períbolo, y aunque su forma hueca está en directo contacto tanto con el espacio exterior, más allá del témenos, como con el espacio interno virtual del témenos, la construc­ción misma conserva el carácter de pared circundante por sus propios muros laterales. La característica disposición de las «columnas in antis» de la abertura hacia el témenos guarda consonancia con el tratamiento dado al peristilo del templo,... El estudio de la arquitectura griega se ha inclinado con demasiada frecuencia a contemplar el templo como una estructura aislada, estéticamente mensurable en función de su propia forma. Una estimación de este tipo descarta la existen­cia del templo como parte de un complejo, y le asegura sólo la significación de una forma tradicionalmente repetida, con un bajo índice de vitalidad. ( ) A Aristóteles le debemos la palabra «orgánico»; define la cualidad de un discurso armóni­co e íntegro. Como símbolo, es un término vital también para la arquitectura y la urbanística...

(De The idea of Space in Greek Architecture. Johannesburg, 1956. Versión castellana: La idea del espacio en la arquitectura griega, Ed Nueva Visión, Buenos Aires, 1972. Trad. Eduardo Loedel, págs. 141 -143.)

GISELA M. A. RICHTER

Arquitectura Griega: el Templo, los Santuarios, el Teatro, las Viviendas

Si nos preguntamos cuál ha sido el origen del templo griego, resulta evidente que también aquí, como en otras formas del arte, los griegos se inspiraron y sacaron partido de la experien­cia de sus antecesores. La planta, por ejemplo, derivó del mégaron de la casa micénica, una sala rectangular con un pórtico frontal soportado por columnas. En Egipto, más tarde, los griegos tuvieron la oportunidad de ver espléndidos tem­plos en cuya arquitectura las columnas tenían un papel primordial; de hecho, ya en el Imperio Medio hay testimonios del uso de columnas de fuste estriado. Los arquetipos de los capiteles dóricos y jónicos provienen tanto del Mediterráneo oriental —Egipto y Asiría en particular— como del mundo cretense y también del micénico. Los principales ornamentos arquitectónicos usados en Grecia —flores de loto, palmas, espirales y rosetas— tienen también su origen en el mundo oriental, al igual que algunas molduras.

Sin embargo, a partir de estos elementos importantes, los arquitectos griegos consiguieron crear algo específicamente suyo; así, después de una primera fase de experimentación, se desarrolló un esquema preciso que, a parte de las infinitas variaciones de detalles y proporciones, permaneció sustancial­mente inmutable. A una sala central (celia) se unió un pórtico de columnas presente, prácticamente siempre, en la parte delantera (pronaos) y con frecuencia también en la fachada posterior (opisthodomos); las paredes laterales de la celia terminaban en forma de pilastras (antae) y una serie de columnas se situaban en el frente, en la fachada posterior y, a veces, alrededor de todo el edificio hasta formar una colum­nata continua (peristylon). Ocasionalmente también se colo­caban otras columnas en el interior de la celia para sujetar el techo. (...)

Determinados refinamientos contribuían a dar animación al alzado y a corregir ilusiones ópticas: esto se nota especial­mente en el Partenón, en el que las líneas rectas se sustituyen por lineas curvas. Mientras que el estilóbato y el arquitrabe presentan curvas cóncavas, los muros de la celia y las columnas exteriores se inclinan hacia el interior; los abacos y la cornisa sobresalen al exterior, el fuste de las columnas, que se va reduciendo con la altura, tiene un leve ensanchamiento convexo (éntasis) y las estrías aparecen menos pronunciadas en la parte superior que en la inferior. (...)

La entrada a los santuarios consistía a veces en una simple puerta (propylon). pero también podía estar formada por un conjunto más complejo (propylaia); el ejemplo más famoso es el de la Acrópolis de Atenas, erigido después de la destrucción de una estructura más arcaica del arquitecto Mnesicles en 437-432 A.C.: la parte que aún permanece en pie, parcialmen­te reconstruida, constituye un majestuoso acceso a la Acrópo­lis. El cuerpo central con sus cinco puertas estaba flanqueado al este y al oeste por pórticos dóricos prolongados hacia el norte para formar dos recintos, de los cuales uno era la pinacoteca, recordada por Pausanias; el espacio correspon­diente al sur, en cambio, no pudo usarse por estar ya ocupado o reservado a otras construcciones. En las dos alas, oriental y occidental, del pórtico las columnas utilizadas eran dóricas en el exterior, mientras que las interiores eran jónicas y más altas para salvar el desnivel del terreno. (...). En la época antonina esta construcción sirvió de modelo a los grandiosos propíleos de Eleusis, y en los recintos sagrados de Priene y Samotracia se encontraron vestíbulos similares con alzados como los de los templos.

(...) El teatro griego estaba compuesto por una vasta orquesta circular (donde se desarrollaban las danzas rituales) con un altar en el centro y un auditorio curvo, con frecuencia semicir­cular (Iheatron, es decir, lugar desde el que se puede ver) apoyado generalmente en la pendiente de una colina. Debido a que los actores necesitaban un espacio que les facilitase entrada y salida, asi como los cambios de vestimenta, había también una escena (skene), separada del auditorio por dos pasadizos (parodoi) que permitían el acceso a la orquesta desde el exterior. Parece ser que al principio la escena estaba al mismo nivel que la orquesta, pero poco a poco se fue levantando y se le añadió una columnata, y con el tiempo las estructuras de piedra sustituyeron a las anteriores de madera; sin embargo, aún no se ha conseguido un acuerdo pleno sobre las diversas fases evolutivas del teatro. (...)

Entre los teatros mejor conservados está el de Epidauro, erigido por Polícleto el Joven hacia el año 350 a.C., en una época en la que el teatro había alcanzado una forma monu­mental. La orquesta circular medía casi 25 metros de diámetro y tenía en el centro un altar de Dionisios; el auditorio, mayor que un semicírculo, se abría tras ella dividido en dos planos por un corredor (diazoma) y unas gradas radiales formaban sectores circulares (kerkides) en número de doce en la parte más baja y casi el doble en las partes superiores. (...)

Los griegos tuvieron al principio casas de una gran simplici­dad, hechas con muros de madera y ladrillos de barro secados al sol. Se sabe muy poco del resto de la configuración de la casa en los tiempos arcaicos, pero, por ejemplo, por la inscripción referente al alquiler de la casa de Alcibíades (cfr. también Plutarco, Alcibíades, 164) puede deducirse que a finales del siglo v, en algunas viviendas privadas, se buscaban ciertos refinamientos.

Las excavaciones de Olinto ha sacado a la luz los cimientos de más de cien casas de finales del siglo v a.C. y de la primera mitad del IV: suelen tener una planta casi cuadrada, son todas de un solo piso con una entradá que da acceso al patio, y en algunos casos hay un péristilo, uno o más pórticos y algunas estancias situadas dé forma que reciban la mayor cantidad posible de sol también en iñvierno. Bástanté similares son las casas helenísticas de Priene, Délos, Pella y Morgantina en las cuales se mantienen aún los elementos fundamentales ya descritos, aunque el conjunto suele ser más rico: las estancias se abren al patio y el peristilo tiene la función de un jardín. Una puerta y alguna ventana, en general a gran altura del suelo, se asoman a las estrechas callejuelas exteriores.

(De A Handbook of Greek Art, Londres, 1959.)

ERNST LANGLOTZ

El templo griego como absoluta perfección clásica

La arquitectura no es reproducción de un cuerpo humano, pero en Grecia la figuración plástica de un espacio se organiza como la de un cuerpo. En otras épocas no ha sido así. Mucha gente indicaría el Panteón o Santa Sofía de Constantinopla como los mejores ejemplos clásicos de organismo arquitectó­nico, Pero estos dos edificios pertenecen a la Antigüedad tardía y no hay en ellos una creación plástica completamente conseguida y mucho menos un espacio corpóreo Y es tomando como punto de partida un organismo como Santa Sofía, que se encuentra completamente en el polo opuesto de la arquitectura griega, como se puede entender lo clásico como hemos intentado definirlo en la escultura. De hecho, en la arquitectura bizantina no existe más que un espacio esféri­co, aparentemente suspendido, que rodea al hombre en base a puros valores de elasticidad. El espacio de la arquitectura griega, en cambio, es estático, dividido en miembros como un cuerpo humano, especialmente en el caso del templo dórico

A finales del siglo vi a.C. el templo dórico, mejor que ninguna otra construcción, adquirió un aspecto fijo y canónico. La imagen estructural del cuerpo, tal como la expresa la tectónica de las formas, debe alcanzar naturalmente su punto más elevado en el momento en el que dicha tectónica se ve claramente acentuada y la armonía de las proporciones resulta perceptible a los sentidos. De hecho, es algo notorio que los griegos sabían apreciar las proporciones del mismo modo en que nosotros valoramos los tonos musicales.

Las construcciones más antiguas, en lo que nos es posible, reconstruirlas mentalmente, no poseían esas relaciones armó­nicas, por ejemplo, entre la longitud y la anchura del edificio. Dificultades técnicas se oponían a que tales relaciones se pusieran de manifiesto, sobre todo la anchura del espacio interior. Estas dificultades ya se habían superado hacia el año 500 a.C. El templo de Afaia en Egina, levantado probablemen­te alrededor del año 500 a.C., presenta un insigne ejemplo de esta suprema armonía de las diversas partes. El elemento fundamental de un templo dórico es la posibilidad de calcular todas las relaciones, desde los bloques del estilóbato hasta las proporciones de las metopas y los triglifos y la inclinación del tímpano. Quizá se podría decir que el templo dórico se resuelve en términos de cálculo: de hecho, no son posibles divergencias notables sin que la belleza total quede compro­metida. Pero hoy sabemos que la forma sublime de un templo griego depende de variaciones incalculables en los intervalos entre ejes de columnas, en su inclinación, en la curvatura de las líneas horizontales y de otros refinamientos. Por otra parte, el elemento clave lo constituye la capacidad de calcular toda la estructura del edificio. Y esto se revela, ante todo, en lo que puede denominarse el centro neurálgico del templo dórico, el triglifo.

(De // classico nell'architettura, en «Enc. Un. dell'Arte», Istituto per la collaborazione cultúrale, Venecia-Roma, 1958, Vol. III, págs. 730-735.)

CESARIBRANDI

El «topos»: respeto por los caracteres del lugar en la urbanística griega

... Al construir los Propíleos se tuvo muy en cuenta que se llegaba por la derecha, y que la primera visión se tenia también desde la derecha: a esta visión en escorzo se adaptó toda una serie de refinamientos ópticos, que van desde los intervalos diferentes entre las ventanas del cuerpo avanzado de la izquierda, al alzado levantado a la derecha, por pura simetría, dado que tras él estaba el templo de Atenea Niké, que no se quería demoler e incluso se reedificó —y ¡de qué forma tan divina! Es, en resumen, la falsa perspectiva, como en Bramante o Borromini: es, asimismo, la fachada sin nada detrás... (...) Escalar la pendiente de los Propileos, aunque sea en zig-zag, nos ilustra, nos inculca rápidamente algo que nadie debería olvidar al visitar las antigüedades griegas. Fuese debido a su sentido terrenal o a cualquier otra cosa, en aquel lugar que elegían para construir, casi siempre elegían la roca, esta roca se convertía en algo sagrado, algo que se debía tallar modificándolo lo menos posible. Es un punto incontrovertible, pero muy oscuro para nuestra sensibi­lidad. No era un amor por el paisaje, un romanticismo natural al pie de la letra, sino justamente el respeto «tópico» del lugar, de sus facciones naturales. Nada es más augusto que aquellas columnas divinamente dimensionadas y aquellos ritmos; a un trecho, a un paso, la roca bruta, salvaje, confusa, sobre cuyo zig-zag montaba la rampa. Nunca fue recubierta ni nivelada. (...) (Lo que se encuentra sobre la Acrópolis, una vez pasados los Propileos.) Es así como esa roca venerada conserva escrita toda su historia, de un modo que solamente los doctos, ciertamente, saben leerla, pero que de ninguna manera es discutible...

Jamás se nivelaron aquellas asperezas, nunca se trató de arreglar de otra forma que no fuese en los aspectos naturales y casuales, los parajes de los templos y de los monumentos. Si a esto se añade la falta de planificación con la que han sido construidos, como se aprecia en cualquier maqueta de la Acrópolis, todo esto queda aún más en entredicho. En resu­men, la supremacía de la espacialidad de la estatua o del monumento, del espacio natural, se presentaba, en una recep­tividad tan directa, de golpe, sin necesidad de mediación, de recuerdos, de ambientes...

Estas improntas sobre la piedra, esta civilización, neolítica aún, en el fulgor más clásico, desconcierta y conduce a meditacio­nes muy singulares. Precisamente porque en realidad no creo que fuese un respeto religioso: y tanto es así que, cuando se trataba de burlarse de la buena fe de los creyentes, por ejemplo con la fuente salada de Poseidón en el Erecteión, que contenía el truco y el pasadizo secreto para los Sacerdotes, no se tenían demasiados escrúpulos, y, por tanto, no habrían hecho falta excusas para conferir una disposición más urba­nística a los alrededores de los templos. No se hizo porque no se tenía necesidad. Pero pensemos que aún se pueden ver, en la roca a la izquierda del Partenón, los surcos que sirvieron para delimitar el recinto de los novillos destinados al sacrificio, en un templo arcaico, precisamente cuando se disponía de estos establos sagrados en la Acrópolis. Los establos desapa­recieron, pero los surcos y los agujeros todavía existen. Ningún palimpsesto puede ofrecer tanto.

(De Viaggio nella Grecia Antica, Vallecchi, Florencia, 1954, págs. 47-54.)

La ciudad griega

N. D. FUSTEL DE COULANGES

Las «Ciudades-Estado»

La característica más importante de la historia de Grecia (y de la de Italia antes de la conquista romana) es la fragmentación llevada al exceso y el espíritu de aislamiento de todas y cada una de las ciudades. Grecia no logró nunca formar un solo estado: ni las ciudades latinas, ni las ciudades etruscas, ni las tribus sannitas pudieron nunca formar un cuerpo compacto Se atribuye la división incorregible de los griegos a la naturale­za de su territorio, y se dice que las montañas que se entrecruzan establecían divisiones naturales entre los hom­bres; pero no había montañas entre Tebas y Platea, ni entre Argos y Esparta, ni entre Sibari y Crotone. Como tampoco las había entre las ciudades del Lazio, ni entre las doce ciudades de Etruria. La naturaleza física tiene sin duda cierta influencia en la historia de los pueblos, pero las creencias del hombre tienen mucha más potencia. Entre dos ciudades vecinas había cosas mucho más insuperables que una montaña: había una serie de limites sagrados, había diferencias entre los cultos, había una barrera que toda ciudad levantaba entre el extranje­ro y sus dioses. Dicha barrera prohibía a los extranjeros entrar en los templos de sus divinidades poliadas: y exigía, a través de estas divinidades, que se odiase y se combatiese al extranjero.

Por este motivo los antiguos no pudieron establecer, ni siquiera concebir, una organización social que no fuese la ciudad. Ni los griegos, ni los itálicos, ni los propios romanos durante mucho tiempo, tuvieron nunca la idea de que varias ciudades podrían unirse y vivir en iguales condiciones bajo un mismo gobierno. Entre dos ciudades podía existir una alianza, una asociación momentánea con vistas a obtener un beneficio o afrontar un peligro, pero jamás era una unión completa, puesto que la religión hacía de cada ciudad un cuerpo que no podía agregarse a otro: el aislamiento era la ley de la ciudad

Con las creencias y los hábitos religiosos que hemos visto, ¿cómo habrían podido diversas ciudades fundirse en un mismo estado? La asociación humana no se comprendía y no parecía normal más que en tanto que basada en la religión: el símbolo de esta asociación debía ser una comida sagrada hecha en común. En rigor, algunos miles de ciudadanos podían reunirse alrededor del mismo pritaneo, recitar las mismas preces y repartirse los platos sagrados. Pero intente­mos, con estos hábitos, hacer un solo estado de toda Grecia. ¿Cómo se harán las comidas públicas y todas las ceremonias sagradas a que los ciudadanos están obligados a asistir? ¿Dónde estará el pritaneo? ¿Cómo se hará la purificación anual de los ciudadanos? ¿En qué se convertirán los límites inviola­bles que han marcado, desde los orígenes, el territorio de la ciudad, y que la han separado para siempre del resto del país? ¿Qué pasarán a ser los cultos locales, las divinidades polla­das*, los héroes, que habitan en cada uno de los pueblos? Atenas tiene en su territorio al héroe Edipo, enemigo de Tebas: ¿cómo se puede unir a Atenas y Tebas en un mismo culto y bajo un mismo gobierno?

Cuando se debilitaron estas supersticiones (y lo hicieron mucho más tarde en el espíritu del pueblo) ya no era momento de establecer una nueva forma de estado. La división estaba consagrada por las costumbres, por los intere­ses, por el odio inveterado, por el recuerdo de viejas luchas: ya no se podía volver al pasado.

Todas las ciudades apreciaban mucho su autonomía: esta palabra expresaba un conjunto que incluía su culto, su derecho, su gobierno, toda su independencia religiosa y política.

' Divinidades protectoras de las ciudades. (N.delT.)

Para una ciudad era más fácil someter a otra ciudad que anexionársela: la victoria podía hacer esclavos a todos los habitantes de una ciudad vencida, pero no podía hacerlos conciudadanos de los vencedores. Fundir dos ciudades en un solo estado, unir la población vencida con la victoriosa y asociarlas bajo un mismo gobierno es algo que nunca se vio entre los antiguos, salvo una extraña excepción de la que hablaremos más tarde. Si Esparta conquista Messenia, no lo hace para formar un solo pueblo de espartanos y messenios: expulsa o esclaviza a los vencidos y se apropia de sus tierras; Atenas hace lo mismo con Salamina, con Egina, con Meló. (...)

De esto se deduce que todo vencedor se encontraba en la alternativa de destruir la ciudad vencida y ocupar su territorio. o bien dejarle toda su independencia; no había término medio: o la ciudad dejaba de existir o era un estado soberano. Si tenía su culto debía tener su gobierno: si se perdía uno, se perdía el otro, y en este caso ya no existía.

Esta independencia absoluta de la ciudad antigua no pudo cesar hasta que las creencias en la que se basaba desaparecie­ron completamente. Sólo después de que las ideas se transformasen y que las sociedades antiguas sufrieran diversas revoluciones se pudo llegar a concebir y establecer un estado mayor, regido por otras normas. Pero para esto fue necesario que los hombres descubrieran otros principios y vínculos sociales diferentes de los de la era antigua

(De La cité antique. París, 1864.)

GUSTAVE GLOTZ

elementos y características de la ciudad griega

Si el nacimiento de la Ciudad está envuelto en tinieblas en las que se avanza sólo a la luz fugaz de hechos dispersos, y con el hilo conductor de débiles conjeturas, se aprecian, en cambio, algo más claramente los elementos constitutivos de la Ciudad ya formada.

Por encima de todo, tiene que defenderse. En sus orígenes, encontrarnos una colina sobre la que refugian los habitantes del campo amenazados por una agresión enemiga o por una banda de piratas. Tiene casi siempre una o más acrópolis. Además, el desarrollo de la ciudad baja suele hacer necesaria la construcción de su recinto extendido: ya la epopeya nos muestra alrededor del astu muros flanqueados por torres y provistos de puertas. Se entiende así en qué sentido podía decir Aristóteles que el sistema defensivo de la acrópolis era adecuado para la monarquía y para el régimen oligárquico, mientras que la democracia prefería las fortalezas de llanura. Efectivamente, no faltan ciudades abiertas, y mucho antes del período histórico. Cuando los dorios de Laconia descendieron de las montañas donde estaban situados inicialmente, funda­ron un campamento en las orillas del Eurota y, confiando en la solidez de sus petos, no construyeron murallas alrededor de las cuatro aldeas que formaban Esparta. Muchas localidades del Asia Menor no tenían murallas para oponerse a los ejércitos lidios, pero tuvieron que ponerse a construirlas con urgencia ante la amenaza persa. A finales del siglo v a.C. Camiro no estaba fortificada, al igual que Elide a principios del IV. Sin embargo, cuando una ciudad había alcanzado un cierto tamaño y, sobre todo, cuando era rica y pretendía desarrollar una acción política, se proveía de unas buenas murallas. Mileto en Jonia, Assos en Eólida y Cnido en Doria eran plazas fuertes. Los pisistrátidas hicieron construir alrede­dor de la Acrópolis y su Pelárgico las murallas «pelasgas», de un perímetro notable para la época. Con razón Tucídides,

echando un vistazo al pasado lejano de Grecia, sitúa el período de las ciudades fortificadas tras el de las aldeas abiertas. (...) El hogar común tuvo por sede durante mucho tiempo el palacio del rey. sumo sacerdote de la ciudad...

Cuando decayó la realeza, el hogar común, divinizado bajo el nombre de la diosa Estia, se hizo inseparable del edificio en el que se encontraban el primer o los primeros dignatarios de la ciudad, el prítano o el colegio de los prítanos: se convirtió en el centro del pritaneo y Estia era su protectora... (...) No había ciudad sin pritaneo: «el pritaneo es el símbolo de la Ciudad», penetrale urbis, según la enérgica expresión de Tito Livio En la época en la que el Atica estaba dividida en gran número de pequeñas ciudades, cada una tenía el suyo: cuando estuvo formada por una sola ciudad, había un pritaneo único, que ahora era la morada del arconte, que había desplazado al rey, pero a la que éste volvía, sin embargo, con los reyes de las tribus para dictar sentencias de un marcado carácter arcaico. Siempre que se fundaba una colonia, los emigrantes se llevaban consigo del hogar de la metrópolis el fuego que había de arder en el nuevo pritaneo... (...)

No lejos del pritaneo se levantaba el Bouleuterion ( ), donde residía el Consejo o Boule (). Cualquiera que fuese el régimen político de la ciudad, el Consejo era un órgano del que no podía prescindir. Cuando los ancianos que estaban un cierto tiempo junto al rey como gerentes () o boulefurui () se convirtieron en los dirigentes del gobierno, muy bien podían hacerse representar ante el hogar común de los prítanos; pero siempre tenían necesidad de un local para sus reuniones. Asimismo, aunque la democracia sustituyó a la aristocracia, el pueblo, que no podía estar permanentemente en asamblea, necesitaba un cuerpo restrin­gido para preparar los decretos, entrar en relación con los magistrados, recibir a los embajadores extranjeros, enviar delegados a la casa común, etc. El Consejo se podía llamar, como era el caso más frecuente, boule () o bien, como en ciertas ciudades, senado o geronia (); sus delegados en el pritaneo podían llevar el nombre, admitido generalmen­te, de prítanos o la denominación especial, propia de los megaresos, de esimneii (), pero no había una sola ciudad en la que faltase. La separación del bouleuterión y el pritaneo es bastante antigua. (...).

Como resultado del régimen constitucional de las polis, el conjunto del pueblo no poseía derechos políticos o, al contra­rio, los tenían todos; pero, en todo caso, era indispensable que pudiera reunirse. Para esta reunión, llamada agora, era necesaria una plaza pública que tenía el mismo nombre. Era, ante todo, el mercado. «En casi todas las ciudades —dice Aristóte­les— una exigencia imprescindible es la compra-venta para satisfacer las necesidades recíprocas, siendo el intercambio el medio más eficaz para bastarse a sí mismo, objetivo supremo de la asociación de los hombres en una comunidad política.» La plaza, destinada a los negocios debía estar, por tanto, «en una posición favorable para la entrada de todos los productos, tanto los del mar como los del interior», y las comodidades que ofrecía para los aprovisionamientos hacía que el pritaneo se situara en sus proximidades: lo afirma Aristóteles y lo confirman, por ejemplo, las excavaciones de Priene. Pero el agora no servía solamente para los intercambios comerciales; con los mercaderes y los clientes se mezclaban también los curiosos y los desocupados. A cualquier hora del día era el lugar convenido para pasear, para conocer las noticias, para hablar de política y era allí donde se formaban las corrientes de la opinión pública. Así pues, el agora era especialmente adecuada para servir de lugar de reunión de las asambleas plenarias convocadas por el rey o por los jefes de la aristocra­cia para que el pueblo tuviera conocimiento dé las decisiones de los jefes o deliberase con plena soberanía. También en las ciudades militares cuyo ejército estaba en guerra había ágoras: durante la guerra de Troya hubo una en la que los jefes de los aqueos, como los pretores romanos, lanzaban sus arengas a los guerreros o hacían justicia.

Naturalmente, en el centenar de ciudades en la que estaba dividida Grecia, tal institución, como todas las demás, tuvo muchas variantes. El agora, en sentido topográfico, se podía desdoblar. En las ciudades aristocráticas de Tessalia la plaza del mercado se dejaba abierta al tráfico, mientras que la plaza de la Libertad, situada a los pies de la colina sobre la que se levantaba el pritaneo, estaba reservada a los ejercicios gimni-cos de los ciudadanos privilegiados. En las ciudades demo oráticas, especialmente en las que habían conseguido un alto grado de desarrollo, el agora antigua era a veces demasiado angosta y estaba con frecuencia demasiado congestionada para servir para las cada día más numerosas asambleas populares: en la Atenas del siglo v a.C. dichas asambleas se reunían normalmente en la colina del Pnix, adaptada a tal fin, y solamente en casos extraordinarios lo hacían en el agora. Por otra parte, la Asamblea conservó el nombre de «agora» sólo en las ciudades de segundo orden: por ejemplo en Delfos, Naupatto, Gortina, Cos y sobre todo en los asenta­mientos urbanos menores tribus, etc.— y en las asociacio­nes religiosas fratrías', etc. . Ecclesia es el nombre con el que se designaba generalmente a la Asamblea del pueblo, salvo los dorios, que con frecuencia preferían el de Alia (cfr. el tribunal de la Eliea en Atenas) y especialmente los espartanos, que la llamaban Vapelle. Pero tales diferencias no impedían que los griegos considerasen el agora como una condición esencial de la vida cívica. (...)

La capital cuya preeminencia refrendaban la acrópolis, el pritaneo, el bouleuterion y el agora— poseía un territorio más o menos extenso que le era necesario para vivir. Allí se encontraban la mayor parte de las casas y el puerto, puesto que la acrópolis, que había determinado la ubicación de la ciudad, estaba situada por lo general a una cierta distancia de la costa, en una posición elegida por poblaciones que temían la piratería A través del puerto, la Ciudad, cuyos dominios estaban casi siempre rodeados por montañas, se comunicaba con el mundo exterior y añadía a sus propios recursos las riquezas de las que carecía. En todo caso, de la aglomeración urbana principal, el astu, dependía un número más o menos grande de caseríos, pueblos, aldeas, llamadas conai, demoi y también algunas veces, como en Laconia, potéis.

(De La cité grecque. París, 1928.)

Entre los antiguos griegos, sección de una tribu que tenia sus propios ritos y sacrificios. (N. del T.)

MARIO COPPA

La ciudad de Míleto

La planta de la ciudad jónica de Mileto —como es sabido— ocupa una posición singular entre los estudios de la historia urbanística: de ruptura respecto al paisaje urbano de las elaboraciones anteriores, gracias a la contribución de la cultura jónica y de la escuela pitagórica, muy fecunda a lo largo del siglo vi a.C.; y de referencia para los sucesivos planteamientos de los planos reguladores de Olinto, Priene hasta llegar a la edad helenística con los programas de Alejandro y los seléucidas en el área del Cercano Oriente.

El acuerdo entre los historiadores sobre Mileto es casi unáni­me: Wiegand y von Gerkan, al reconstruir el esquema urbano, han subrayado los aspectos funcionales innovadores, la modulación centrada en la manzana tipo de dimensiones lOO x 175 pies de Eubea, que corresponden a 29,50 x 51,60 metros, las posibilidades de adaptación del módulo a servicios y equipamientos que requerían superficies mayores que la unidad base. En este último argumento se ha detenido bastante Wycherley con el análisis de las transformaciones operadas, durante las épocas helenística y romana, en las ágoras norte y sur con la articulación de las stoas en el intento de concluir y de definir el centro urbano.

Roland Martin, en una revisión reciente de la urbanística griega antigua, vuelve a plantear las correspondencias entre el plano de Mileto y los escritos teóricos de Aristóteles, que había especificado las tres funciones zonales —públicas, sagradas y privadas— que se debían tener en cuenta en el planteamiento de los nuevos planos, pero también reconoce la adhesión milesia al espíritu pragmático de los griegos y, subrayando el valor parcial de la modulación, vuelve a poner a Mileto dentro del ámbito de la tesis habitual que limita el papel griego en la historia de la urbanística antigua.

Otro filón de revisión de conceptos hasta ahora ampliamente aceptados, de juicios y prejuicios desarrollados precipitada­mente, nos lo ofrece Ferdinando Castagnoli no tanto al atacar el contenido del plano sino al revisar el elemento principal en que se basa —la manzana tipo-- que podría ser más extensa longitudinalmente, en cuyo caso, el ejemplo singular de Mileto perdería el carácter de excepción para volver a un patrimonio cultural más difundido que permite otras, y poste­riores, manifestaciones. (...)

El acuerdo sobre el plano de Mileto tiene en cuenta: el planteamiento del programa urbano respetando las ideas desarrolladas por la escuela filosófica que había teorizado sobre la nueva sociedad democrática con la participación al mismo tiempo de los gobernantes, de los soldados y de los trabajadores, aportando respectivamente la sabiduría, la forta­leza y la templanza; y también la correspondencia de la escala urbana con el territorio jurisdiccional y con sus recursos y producciones, tanto de entrada como de salida. La ciudad debía ser «una y suficiente». Metodológicamente Mileto verifi­ca los principios de la zonificación y el estudio, llevado unitaria y racionalmente, desde el asentamiento general hasta el detalle edificatorio en su célula residencial, insertada geo­métricamente en la manzana tipo. Finalmente se reconoce, a pesar del rigor de la modulación, las amplias posibilidades de componer organismos arquitectónicos y espacios urbanos eliminando de la retícula cuantas unidades sean necesarias para proporcionar los edificios y los propios espacios públicos, con una normativa preliminar y unas ordenanzas edificatorias de actuación que han sido ejemplo primero para Colofone y después para Pérgamo.

Hasta aquí el acuerdo, pero ya hemos apuntado en las dos últimas investigaciones de Martin y de Castagnoli unas posi­ciones de duda. La una y la otra abren perspectivas para la investigación futura ante todo sobre la directriz cultural urba­nística que, a partir de determinado momento, se extiende por las costas del Asia Menor y del Ponto Eusino, las áreas egeas e itálicas, las costas y el interior de Anatolia y del Cercano Oriente llegando hasta los lejanos valles del Indo y del Ganges.

(De // modulo nella storia degli insediamenti urbani e rurali, en AA. vv., «Teoría della progettazione architettonica», Dédalo, Bari, 1968, págs. 53-54.)

MARIO COPPA

Ordenanzas de edificación y planos reguladores en la urbanística helénica

El estudio de la programación urbana en las escuelas (milesia y de Olinto) que han surgido y que han determinado la difusión de criterios innovadores no va separado de normas y ordenanzas que interesan a la ciudad y a la comunidad; no poseemos el texto adoptado en las escuelas, con sus referen­cias teóricas y con las reglas elaboradas ya en los primeros siglos de la difusión helénica; se conservan en Pérgamo fragmentos de una inscripción de la época imperial que

reproduce en cuatro columnas un texto anterior, de la época real, que ilustra, en los aspectos legislativos, los procedimien­tos adoptados, las sanciones y el funcionamiento de los órganos de tutela a partir del siglo IV a.C.

Los astynomos son funcionarios de policía, ayudados por hodopoios, a los que corresponde la supervisión técnica de los trabajos; en la primera columna, además de las sanciones impuestas a aquellos que de cualquier modo han alterado el suelo público y a los que los nomofilacos están encargados de cobrar inmediatamente la multa, se establecen las dimensio­nes de las secciones viarias en el campo (10 y 4 metros) con los impuestos relativos a la construcción y a la manutención a cargo de los propietarios con fachada a la calle bajo las dos formas, de prestación de un trabajo o de pago de una contribución, anticipando, y realizando, los acuerdos entre particulares y entes comunitarios. En consecuencia, los asty­nomos actúan en las calles Interiores y en las vías exteriores que desde un cierto radio afluyen a la ciudad.

En la segunda columna se contempla el caso de obstrucción del suelo público con desperdicios, materiales de desecho o escombros y las sanciones, encomendadas en primera instan­cia a los anfodarcos, son confirmadas por los astynomos (...)

Columna III: recoge minuciosamente las reglas de deslinde, los muros para sostener las terrazas que en el caso de Pérgamo constituían fuente perenne de discordia: los pagos por las reparaciones, los daños, la manutención a cargo de los particulares, en partes proporcionales entre el que ha provoca­do el daño y el que lo ha sufrido; como en el caso de construcciones que se apoyan en el muro de división o entre propiedades contiguas de uno o dos pisos. Estas disposicio­nes tienden a sancionar la situación de hecho, mientras que para aquellas que se pueden verificar con nuevas construccio­nes es obligatorio el común acuerdo. Respecto a las galerías o pozos destinados a las canalizaciones la legislación es minu­ciosa en cuanto a detalles constructivos, en las responsabili­dades de quien realiza los trabajos, que en cualquier caso no debe perjudicar a los vecinos, en el establecimiento de accesos para la inspección que están regulados por la presen­cia, además de las partes interesadas, del arquitecto y de los astynomos. El arbolado debe mantenerse a una distancia tal que no comprometa la estabilidad del muro, contra el cual no pueden amontonarse escombros ni basuras. Mientras que los párrafos de las dos primeras columnas se referían más a ordenanzas de policía urbana, esta tercera columna parece especificar normas relacionadas con un reglamento edificato­rio que se había entendido en concomitancia con el plano regulador de la ciudad, posteriormente integrado a base de casas verificadas en la práctica de la realización o de la vida administrativa de la comunidad.

La cuarta columna del texto de Pérgamo parece, en cambio, relatar disposiciones de carácter higiénico... (...)

De este texto de Pérgamo se han condensado normas particu­lares que se pueden dividir en tres partes: reglamento edifica­torio, reglamento de higiene, observancia y tutela de normas urbanísticas; indirectamente se ha reconstruido un cuerpo de especialistas y de guardianes del orden sobre cuya existencia hay testimonios literarios en Atenas, en Kyzikos, en Rodas y en número variable en lasos, en El Píreo, en Eraclea. El arquitecto, repetidamente mencionado en otras civilizaciones precedentes, mantiene en tierra helénica la función principal de superintendente de los trabajos públicos y suele estar acompañado en todas las grandes ocasiones de una comisión más o menos numerosa: Colofone. Tanto en el texto de Pérgamo como en otras referencias aparece también el proce­dimiento que se solía seguir. Fijado el programa en sus líneas generales y nombrada la comisión, ésta configuraba el progra­ma dentro de ciertos límites hasta llegar a una serie de detalles que permitieran la definición y la asunción de los respectivos gravámenes por medio de un acuerdo expreso (convención). Estipulada ésta, los trabajos se adjudicaban más o menos conjuntamente suministrando los elementos necesarios para la valoración y para la ejecución; en las obras de preeminente interés arquitectónico se aportaban bocetos y maquetas, como para la obra de El Pireo, y entonces el arquitecto era íntegra­mente responsable. Firmada la convención y establecido el presupuesto, los bienes del arquitecto se hipotecaban; si se respetan los gastos se le conceden honores y recompensa con la tolerancia de posibles aumentos hasta de un 25 por ciento con cargo al tesoro público; los excesos superiores se pagan con los bienes confiscados. La responsabilidad individual no admite excepciones.

Los programas previstos y realizados en los términos examina­dos hasta ahora presuponen la absoluta libertad y disponibili­dad de los terrenos ocupados después: las comunidades primitivas habían elaborado derechos consuetudinarios en el ámbito de la jurisdicción territorial y el suelo, ya sea de uso público o compartido entre dos o más núcleos de personas, no tenia ninguna función privada, definiéndose ésta solamen­te con el módulo del asentamiento unifamiliar; ya hemos visto su expresión en el mégaron y en las premisas del plano de Esmirna.

Pero el proceso de privatización elaborado se acentúa con la planificación helénica, y los términos público, privado y sagrado tienen un significado preciso. La ciudad griega presu­pone la anulación, si bien temporal, de esta división para volver a proponerla planificada en términos y limites renova­dos; de estas expropiaciones iniciales no tenemos más docu­mentación que la que trata del derecho adquirido por victoria, e impuesto obligatoriamente a la comunidad vencida, o bien la que trata de deliberaciones internas de la asamblea popular Olinto. (...)

La expropiación y las consecuentes indemnizaciones se re­cuerdan en tiempos más recientes, entre los siglos IV y III a.C., y ya tienen en cuenta casos particulares para la realización de obras de carácter excepcional o marginal: pero, ¿se habían elaborado ya durante la fase clásica de la urbanística helénica, entre los siglos VIII y IV a.C.? A juzgar por los asentamientos en tierras sicilianas e itálicas debemos dar una respuesta afirmati­va, aunque el precio pagado en algunos casos pueda haber sido simbólico; que las costas han sido tierra de conquista económica es un hecho conocido y las poblaciones ya asentadas, con usos y tradiciones propias, o han obstaculiza­do decididamente la llegada de los colonos, como en Gela, o bien, sin noticias de luchas, se deben haber unido a ellos mediante un acuerdo, como en Megara Hyblea. En este sentido hablan favorablemente tanto la convivencia entre las diversas poblaciones que han opuesto ciertas resistencias, como en Serra Orlando, como también, sobre todo, la elabora­ción de textos legislativos con el rigor de las normas generales y particulares.

(De Storia dell'Urbanistica dalle origini all'Ellenismo, Vol II, Einaudi, Turín, 1968, págs. 1114-1117.)

EL HELENISMO

ARNOLD HAUSER

Sociología del Helenismo

En la época helenística, esto es, en los trescientos años que siguen a Alejandro Magno, el centro de gravedad de la evolución se traslada por completo desde Grecia al Oriente. Los influjos, empero, son mutuos, y nos encontramos —por primera vez en la historia de la humanidad— con una cultura mixta verdaderamente internacional. Esta nivelación de las culturas nacionales es lo que da primordialmente a la época helenística su carácter eminentemente moderno. Una fusión de las tendencias particulares se realiza sólo en la medida en que se eliminan las cesuras demasiado marcadas no sólo entre occidental y oriental, griego y bárbaro, sino también entre los diferentes estamentos, aunque no entre las clases. A pesar de las diferencias siempre crecientes de fortuna, de la acumula­ción cada vez más concentrada de capital y del continuo aumento de las clases proletarias —en una palabra, a pesar de que se van agudizando las diferencias de clase—, se lleva a cabo una cierta nivelación social, que pone fin a los privilegios de nacimiento. Este proceso es el que por fin completa la evolución que desde el fin de la monarquía hereditaria y del sacerdocio autoritario tendía a la supresión de las diferencias sociales. El paso decisivo lo dan los sofistas al desarrollar un concepto de arete ( ) completamente nuevo, indepen­diente de la clase social y del origen, para hacer participar en él a todos los griegos. La siguiente etapa en el proceso de nivelación le corresponde a la stoa, que intenta liberar los valores humanos también de los caracteres de raza y naciona­lidad. Desde luego, con su falta de prejuicios nacionalistas, la stoa no hace más que dar expresión a una realidad ya conseguida en el imperio de los Diádocos, del mismo modo que la Sofística, con su liberalismo, es sólo un reflejo de la situación creada por la burguesía ciudadana comerciante e industrial.

Ya la circunstancia de que cualquier habitante del Imperio pueda, con sólo cambiar de domicilio, convertirse en ciudada­no de una ciudad cualquier, significa el fin de la idea de la ciudadanía vinculada a la polis. Los ciudadanos se han convertido en miembros de una comunidad económica; las ventajas provienen de su libertad de movimientos, no de su adscripción a un grupo tradicional. Las comunidades de intereses no se orientan ya por la igualdad de raza y nacionali­dad, sino por la igualdad de oportunidades personales, la economía alcanza el grado de capitalismo supranacional. El Estado favorece la selección de los hombres realizada de acuerdo con su habilidad en los negocios, porque los elemen­tos que se afirman en la lucha por la existencia resultan también los más útiles para la organización interna del imperio mundial. La antigua aristocracia, por su afán de distinguirse y aislarse, de mantener la pureza de su raza y de su cultura tradicional, no resulta en absoluto adecuada para la organiza­ción y administración de tal imperio. El nuevo Estado la abandona a su destino y acelera la formación de una clase dirigente burguesa, apoyada sólo en su poder económico, sin prejuicios de raza ni de clase Esta con su movilidad en el orden económico, su libertad frente a las tradiciones petrifica­das y sin sentido, su racionalismo capaz de improvisar, está Ideológicamente muy cerca de la antigua clase media, y resulta el mejor aglutinante para la consolidación política y económica de los pueblos del imperio mundial helenístico.

Es verdad que el estilo artístico de las épocas anteriores no era siempre unitario; con frecuencia convivían en ellas, en los estratos sociales superiores, un arte aristocrático, estrictamen­te formal, elevado, y, en los inferiores, un arte más uniforme; o existía un arte sagrado, conservador, y otro profano, progresis­ta. Pero antes del helenismo apenas hubo época alguna en la que orientaciones de estilo y gusto completamente diferentes tuvieran su origen en una misma esfera social, y en la que se creasen obras de arte de los más opuestos estilos para una única clase social, para un único estrato cultural. El «naturalis­mo», el «barroco», el «rococó» y el «clasicismo» de la época helenística se desarrollan, ciertamente, uno tras otro en la Historia, pero, por fin, conviven todos a la vez; desde el principio comparten el favor del público lo patético y lo íntimo, lo solemne y lo común, lo colosal y lo menudo, lo tierno y lo gracioso De la autonomía del arte descubierta en el siglo VI, completada de modo consecuente en el V, transfor­mada en escepticismo en el IV, resulta ahora un juego virtuo­sista de formas arbitrarias, un afán de hacer experimentos con posibilidades abstractas de expresión, una libertad que, aun cuando realiza todavía excelsas obras de arte, confunde y desvaloriza los patrones orientados por el arte clásico. La disolución de los principios del estilo clásico está enlazada directamente con los cambios en la estructura del estrato social que es cliente del arte y arbitro del gusto. Cuanto menos utilitario se vuelve este estrato social, tanto más heterogéneas son las orientaciones estilísticas que coexisten unas junto a otras. El cambio más importante en la composi­ción del público adviene con la aparición de la antigua clase media, hasta ahora sin particular influencia en el campo del arte, como un nuevo cliente en la adquisición de obras de arte, como una clase consolidada en el aspecto económico y social. Este estrato social juzga el arte, desde luego, con criterios distintos que la nobleza, si bien muchas veces, y frecuentemente con gran ambición, se esfuerza por acomodar­se al gusto de aquélla. Otro factor nuevo, decisivo para el futuro, dentro del conjunto de los clientes de obras de arte, son los príncipes y sus cortes: éstos plantean al arte exigencias completamente distintas que las que plantean la nobleza o la burguesía, si bien tanto la nobleza como la burguesía procuran apropiarse los aires principescos e imitar, en los límites más modestos de su propio arte, el estilo teatral y pomposo de las cortes. Así la tradición clásica del arte se mezcla, por una parte, con el naturalismo del estilo 'de género burgués, y, por otra, con el lujuriante barroco del gusto áulico.

(De Sozialgeschichte der Kunst und Literatur, Munich, 1950. Versión castellana: Historia social de la Literatura y el Arte, Ed. Guadarrama, Madrid, 1962. Trad. A. Tovar y F. P. Vargas-Reyes, págs. 115-116, 118.)

LEONARDO BENEVOLO

La Arquitectura Helenística

En el mundo helenístico, el trabajo artístico no sólo acentúa su propia autonomía, sino que se establece como institución. Mientras que antes los artistas eran individuos excepcional­mente desligados de los habituales vínculos sociales, ahora llegan a ser una clase, con sus propias conexiones a nivel internacional

Nace en este período la organización científica del trabajo intelectual y se forman instituciones adecuadas para favorecer las búsquedas y los intercambios culturales: academias, mu­seos, bibliotecas. Los gobiernos de los Estados helenísticos hacen casi todos una «política cultural», reúnen a artistas y científicos en centros dotados de todos los elementos necesa­rios. El primero de estos centros es el de Alejandría, con su famosa biblioteca. Todo ello favorece la colaboración y la división del trabajo, relegando a segundo plano los valores individuales, causando una separación progresiva entre arte y vida, alentando en la arquitectura y en las artes figurativas la técnica abstracta, en literatura la erudición y la filología pura: al mismo tiempo, acostumbra a una visión histórica de los problemas, hace aptos a los hombres de cultura para apreciar con igual disposición de ánimo las experiencias de todas las épocas pasadas y de todos los países. De aquí el eclecticismo, que es uno de los caracteres más importantes de la edad helenística; no sólo varios estilos y varias tendencias coexisten en los mismos lugares y al mismo tiempo, sino que se producen verdaderos reviváls de estilos arcaicos.

La universalidad de las reglas arquitectónicas formuladas precedentemente no se pone en duda a causa de la amplifica­ción del campo de acción; por el contrario, recibe una aprobación definitiva, concretándose en una exacta disciplina, seguida en todas partes con la misma firmeza. En efecto, cuando los griegos entran en contacto con los pueblos indígenas, el repertorio de la arquitectura griega no se mezcla con el local —excepto en Egipto, donde la fuerza de una antiquísima tradición se impone también a los nuevos domi­nadores—, sino que conserva y acentúa su unidad y genera­lidad.

La tendencia a la reflexioc y a la organización induce justamente ahora a formular con precisión científica el sistema de las reglas clásicas; nace ahora, se puede decir, la teoría de Ja arquitectura, se escriben los primeros tratados —todos perdidos, pero en parte resumidos por el tratado de Vitruvio, escrito en Ia época de Augusto— y aparece junto al diseñador de proyectos el teórico de la profesión.

Ello cambia el equilibrio de la cultura arquitectónica, aumentando el peso de los factores racionales; el margen de libertad consentido por las reglas tiende a restringirse, se perfila una casuística de soluciones típicas, un standard, diríamos hoy; el contenido de la tradición arquitectónica empobrece, pero en compensación adquiere una mayor independencia de las condiciones exteriores; por tanto, una adaptabilidad a diversas y numerosas circunstancias, preexistencias ambientales y costumbres de ejecución. (...)

La ampliación del campo geográfico, el desarrollo y la diferen­ciación de las estructuras políticas y sociales, el aumento de los medios técnicos y financieros puestos a disposición de los constructores, conducen por sí mismos a ensanchar e¡ campo de las experiencias arquitectónicas, forzando los límites esta­blecidos en el período clásico. Pero este ensanchamiento es menos firme y menos rápido de lo que parece a primera vista. En efecto, la tendencia a la reflexión produce una actitud más deductiva que inductiva; asi, la arquitectura helenística desa­rrolla de las premisas ya adquiridas todas las posibles conse­cuencias y combinaciones, pero acusa falta de decisión con respecto a las búsquedas esencialmente nuevas; la tendencia a la teoría y a lo abstracto obra en oposición a la multiplica­ción y al creciente empeño de las tareas prácticas. En el ámbito científico se ha observado, por ejemplo, que los helenísticos hacen enormes progresos teóricos —sobre todo

matemáticos—, pero el amor excesivo por la perfección formal los aparta de las aplicaciones prácticas, e impide que la técnica progrese acorde con el conocimiento puro. Por su tendencia analítica, sistemática y retrospectiva la edad hele­nística se parece al siglo XIX, pero falta casi siempre —y aquí termina la analogía— el espíritu despreocupado, la curiosidad por lo nuevo. Se puede, por tanto, concluir que las múltiples experiencias helenísticas no debilitan seriamente el principio de la limitación de las experiencias, sino que lo confirman, comprobando claramente todas las implicaciones contenidas en los limites prefijados. En la técnica de las construcciones se adquiere mayor virtuosismo y mayor audacia, pero no se experimentan sistemas estáticos sustancialmente distintos de los ya en uso.

La composición arquitectónica queda atada el equilibrio entre una presentación analítica de cada uno de los elementos, adaptada para la visión de cerca, y una presentación sintética relacionada con la visión de lejos; pero el equilibrio se mueve decididamente a favor del segundo aspecto; la evidencia plástica de los elementos es menos importante que e! efecto de conjunto, y la atención se dirige hacia los problemas de las relaciones entre las partes, más bien que hacia la conforma­ción de cada una.

En este sentido debe entenderse, por ejemplo, la mayor agilidad dada a las columnas, la contracción de las cornisas, la rigidez del equino dórico; no interesa ya subrayar la corporei­dad de cada columna, sino más bien reducir cada soporte al valor rítmico que interesa a la composición del conjunto.

La mayor variedad de los tipos de construcción y el deseo de extender los criterios de la composición por simetría a conjun­tos más complejos —...— exigen, por otra parte, que las relaciones .entre el orden y el edificio no sean demasiado rígidas; de ello, probablemente, el abandono parcial del dórico y la preferencia concedida al jónico y al corintio, para evitar el mecanismo dórico, que obliga más, y sobre todo, la necesidad de conmensurar el ritmo de las columnas y el de los triglifos

El abandono de las limitaciones de escala por la composición geométrica regular es quizá la innovación más importante que distingue la arquitectura helenística de la griega clásica.

Derrumbado el límite tradicional de la organización política —con la decadencia de la polis y la creación de las grandes monarquías de los Diádocos—, también en arquitectura llegan a ser precarias las relaciones métricas habituales, y las reglas codificadas empiezan a ser consideradas como cánones pro­porcionales sin conexión con una escala determinada y, por tanto, aplicables en cualquier escala. Este cambio está ligado, sin duda, al desarrollo de la ciencia preceptiva, porque los tratadistas están obligados a formular las reglas con números y figuras, favoreciendo un cierto mecanismo en las aplicacio­nes. Además, en la experiencia helenística aparece a menudo, quizá por influencia oriental, el gusto por las grandes dimen­siones; por lo menos dos de los más célebres monumentos de esta época —el Faro de Alejandría y el Coloso de Rodas— debían su fama justamente a su excepcional tamaño. Todo ello tiende a atenuar la tradicional contraposición entre edificio (cerrado) y paisaje (abierto).

Las relaciones entre la arquitectura y la escena natural resultan así profundamente modificadas. Puede decirse, de forma esquemática. que las arquitecturas toman un carácter paisajis­ta —no ya bloques contrapuestos al paisaje, sino casi partes del paisaje mismo—,y la naturaleza, a su vez, se presenta artificialmente, fijada en una determinada proyección como en un cuadro o en un fondo pintado, un edificio como la terraza del altar de Zeus en Pérgamo es una especie de pendant arquitectónico del paisaje que encuadra: mirando desde den­tro, el paisaje está encerrado en el marco arquitectónico; mirando desde fuera, el complejo arquitectónico está encerra­do en el paisaje según un exacto cálculo proporcional.

(De Una introduzione alfarchitettura, Barí, 1960. Versión castellana: introducción a la arquitectura, H. Blume Ed., Madrid, 1979. Trad. Floreal Mazia, págs. 40-42, 44, 46, 50 y 52.)

MARCEL POETE

La ciudad helenística-ciudad del monarca: Alejandría

Las ciudades que surgen tras las huellas de Alejandro o por iniciativa de sus sucesores presentan un carácter diferente a las de la colonización griega del período precedente: no son entidades en sí mismas, sino partes de un vasto imperio que ya, desde siglos anteriores, había visto el esplendor de antiguas civilizaciones. En vez de islas griegas desperdigadas por un mar bárbaro, son instrumentos de fusión entre las diferentes razas; sobre ellas se cierne la sombra del gran Rey o del Faraón, de quienes Alejandro y sus sucesores se han convertido un herederos por derecho de conquista. De este origen derivan su naturaleza y su aspecto: la estructura de la ciudad griega se transforma: de ciudad-estado pasa a ser ciudad en el estado, y todavía más en el estado oriental, donde el soberano omnipotente siempre ha tenido atributos divinos

La ciudad helenística es la ciudad en el seno de una monar­quía de derecho divino, análoga en ciertos aspectos (dejando aparte esa otra monarquía de derecho divino que será el imperio romano) al poder de Luis XIV. (...)

La ciudad helenística es la ciudad del monarca que juega el papel de protector de las letras y las artes, fruto de la cultura griega, que en Alejandría encuentran un auténtico centro en la Biblioteca y en el Museo, edificios reales unidos a la residen­cia del soberano, a cuyos auspicios queda sometida la cultura

La ciudad helenística es la ciudad del monarca, fundada para satisfacer las exigencias de su política. Surge al mismo tiempo en la península griega, en Egipto y en Asia Occidental, y se desarrolla con rapidez. Es la típica manifestación de un acto de voluntad individual, y por la amplitud de sus resultados puede compararse perfectamente, en el pasado, con las ciudades de los déspotas orientales y las de los tiranos griegos, y en el futuro, con las sistematizaciones urbanísticas de los emperadores romanos o con la mágica transformación de París llevada a cabo por Napoleón III. Es la expresión más completa, en el campo urbanístico, de la actividad de un jefe absoluto. (...)

Alejandría, fundada hacia finales del año 332 a.C. durante la expedición a Egipto del emperador macedonio, puede consi­derarse como la ciudad por excelencia de la época helenística. (...)

Según Diodoro Sículo, Alejandro habría establecido la planta; Estrabón, a su vez, nos describe al soberano en el acto de presidir la delimitación de la ciudad y el trazado de las calles. (...) Alejandría es una ciudad fundada completamente ex novo y, según parece, sin el ritual acostumbrado. En conjunto presenta un trazado bastante regular; la forma de clámide1, indicada por Diodoro y Estrabón como la del terreno sobre el que surge, ha determinado los ejes. correspondiendo las vías más largas a la dirección este-oeste. (...)

«Toda la ciudad —escribe Estrabón— está cruzada por calles por las que pueden correr caballerías y carruajes; de ellas, dos tienen una anchura superior a un plectro2 y se cortan en el centro formando un ángulo recto»; así pues, constituyen la principal encrucijada de Alejandría. La calle orientada en la dirección este-oeste atraviesa la ciudad casi por el centro refiere Diodoro —, que añade que «tiene una longitud de cuarenta estadios y una anchura de cien pies y está adornada a ambos lados por casas muy bellas y muchos templos magníficos y riquísimos»; es la llamada vía Canópica, flan­queada de pórticos... (...). La otra gran arteria, igual de ancha y también porticada, se encontraba con la anterior sin duda en las proximidades del centro, formando en el cruce una magni­fica plaza. La retícula dividía la ciudad en cinco barrios, designados con las letras del alfabeto griego, los cuales, a su vez, estaban subdivididos en manzanas o plintheia. El períme­tro urbano medía de catorce a dieciséis kilómetros «En resumen, la ciudad está llena de edificios públicos y sagrados», asegura Estrabón. Y es a lo largo de la vía Canópica donde se encuentran reunidos los edificios y los templos que adornan la ciudad: el Gimnasio —el más bello de los monumentos según el mismo autor, que menciona los pórticos de más de un estadio de longitud—, el Tribunal, con sus jardines que «ocupan justo el centro de la ciudad», el parque del Paneion, «que es una falsa colina en forma de estróbilo3, casi un cerro pedregoso al que se sube por medio de una escalera de caracol y desde cuya cumbre se puede ver toda la ciudad...» —algo así como el Laberinto del Jardín des Plantes desde el que igualmente se gozaba de la vista de París; el Sema «recinto en el que se encontraban las tumbas de los reyes y también la de Alejandro». A estos edificios debemos añadir el Museo y la Biblioteca, ambos dependien­tes, como el Sema, de los palacios reales, que extendían sus masas grandiosas hasta el mar. Estrabón alude al Museo «en el que hay un pórtico, una exedra y una gran sala donde solían cenar juntos los eruditos que componían el Museo. Este colectivo está provisto de rentas comunes y tiene un sacerdo­te que lo preside, elegido antes por el rey y ahora por el emperador». El barrio de los aplacios se denominaba Bruchion y estaba orientado hacia el Gran Puerto. (...) El factor comercial, es decir, los intercambios materiales, son algo inseparable del espíritu. No es solamente un inmenso imperio comercial, sino también un gran centro intelectual. Ambos factores están vinculados entre sí, como lo estarán más tarde, por ejemplo, en Florencia. (...)

Si se considera el aspecto general de la ciudad se encuentra esta multiplicidad de caracteres que ha dado lugar a concep­ciones urbanísticas nuevas. Falta el agora con su característica animación, elemento generador del desarrollo urbano; la sencilla retícula se hace regular y continua: en su diseño resaltan, sin embargo, las dos calles con pórticos que consti­tuyen los ejes. Bajo los pórticos de estas calles reina el movimiento que animaba el agora de las ciudades griegas, y a lo largo de ellas se alinean edificios, lugares públicos, vivien­das, etc. El mundo griego ya había introducido el pórtico, especialmente como remate del agora, pero aquí nos encon­tramos por primera vez con la verdadera calle porticada que volveremos a encontrar después, por ejemplo, en la rué de Rivoli de los tiempos de Napoleón I, igual que volveremos a encontrar el agora de tipo jónico en la place Royale o en la de los Vosgos en la época de Enrique IV, inspirada además en los Foros; o mejor aún en esa especie de feria parisina que pasó a ser el Palais- Royal cuando fue rodeado de galerías a finales del siglo XVIII. El lugar cubierto para la circulación en la ciudad, con los consiguientes efectos en esta última, puede seguirse en sus diversas formas desde el tiempo de los griegos hasta la gran fortuna de los pasajes de galerías en el París de la primera mitad del siglo XIX, pasando por los Piliers medieva­les de la place de Gréve, o del Hotel de Ville.

1 Capa corta usada por griegos y romanos. (N. del T.)

2 Palito o púa con que los antiguos tocaban los instrumentos de cuerda. Usado en sentido figurado como medida. (N. del T.)

3 Término botánico. Piña. (N. del T.)

Otro elemento urbanístico nuevo que se ve en Alejandría lo constituye el Paneion. que nos revela una viva atención por los puntos panorámicos, por las vistas de la ciudad. Nada parecido había surgido en el mundo griego antes del siglo IV ni, por otra parte, tampoco en el mundo oriental a menos que se quiera atribuir tal función a los jardines colgantes de Babilonia. La preocupación que aquí se manifiesta concreta­mente, la de dar una forma precisa a la visión libre para la contemplación del espléndido panorama urbano, se volverá a encontrar en la ciudad renacentista, después de haberse puesto de manifiesto en las ciudades helenísticas y romanas. En cuanto al carácter grandioso en el que se inspira Alejandría, en clara conexión con la presencia del monarca, parece más de origen oriental, es decir asirio-babilónico, que egipcio. Este gusto, extraño para los griegos, lo recibirán los romanos de las ciudades helenísticas y de ellos pasará a la época del Renaci­miento y a nuestras ciudades.

(De Introduction a 1'Urbanisme, París, 1920.)

LEWIS MUMFORD

Absolutismo, monumentalismo e intelectualismo en la época helenística

El período helenístico ha ganado entre los estudiosos de nuestra época muchos admiradores, entre los que se cuentan, en primera fila, los eruditos alemanes que reverencialmente identificaron el carácter implacable de Alejandro y otros señores absolutos con el de sus propios jefes, denigrando como a meros sentimentales a quienes, como Démostenos, tuvieron la osadía de oponérseles. Cada época tiende a alabar la parte del pasado que le devuelve su propia imagen; y, en ese sentido, la Grecia pergamínica está más próxima a nues­tros contemporáneos que la época de Solón. Al igual que nuestro tiempo, ese período fue más rico "en ciencias que en sabiduría; pues esa fue la época de Euclides, Arquimedes y Herón de Alejandría, de los matemáticos y físicos cuyos teoremas y experimentos echaron las bases de la estructura científica y técnica que, en realidad, no se erigió hasta el siglo XVII de nuestra era.

Aparte de esto, fue un período de organizadores y clasificado­res en todos los dominios del pensamiento, de esos espíritus enciclopédicos que se congregaron en la gran Biblioteca de Alejandría. (...)

Ef monumentalismo fue el atributo estético predominante en la ciudad helenística; y la expansión de este monumentalismo fue, como ha observado con justicia Roland Martín, el fait du prince. Este fue el vínculo que unió los esfuerzos urbanísticos de los tiranos del siglo vi con los de los «salvadores» del siglo III, como más de un emperador se autodesignó. Cabría decir, sin demasiada injusticia ni desmedro excesivo, que los nuevos déspotas contribuyeron a mantener su forma peculiar de desfalco público mediante una nueva especie de deslumbramiento estético; o mejor dicho, que resucitaron una vieja forma, demasiado bien conocida en Egipto, Asiria y Persia. La misma magnitud de sus obras públicas, que daban empleo a clases tan diferentes de mano de obra, en gran escala, sirvió tal vez, en cierta medida, para aplacar el descontento popular. Los gordos contratistas y los flacos jornaleros hicieron causa común. La ciudad helenística, con su red sistemática de calles, sus agregados sucesivos de teatros y baños, su mejor provi­sión de agua, que a menudo se llevaba por tuberías desde las montañas, elevó el nivel físico general de la población.

No era esto poca ventaja, y sería una tontería disminuir su importancia. Tampoco faltaron las innovaciones en materia de planeamiento, aparte de las que se introdujeron para facilitar la circulación del tránsito desde el puerto hasta los depósitos y que extendieron el alfombrado púrpura del poder. Para com­pensar por la extensión de la ciudad, que hacía cada vez menos accesible el campo circundante, se plantaron árboles dentro de la zona edificada; e incluso se utilizaron macetas con plantas como forma de decoración callejera. Dicha moda continúa hoy en muchas ciudades de Europa. Lo que hoy denominamos «mobiliario de la calle», aunque no fuera por completo invención de la ciudad helenística, en cualquier caso fue en ella objeto de atención asidua.

Hubo, además, una constante acumulación de templos, alta­res, fuentes y ofertas votivas, asociadas tanto con los vivos como con los muertos; en todas partes estos monumentos sirvieron como depositarios del recuerdo y de los sentimien­tos, recordando actos benéficos, victorias o la momentánea presencia de la grandeza; de modo tal que los ulteriores viajes de Pausanias por Grecia no son tanto una guía de los edificios como una Recherche du Temps Perdu. (...)

No hay duda de que la ciudad helenística desempeñó sus funciones comerciales con más eficacia, o por lo menos más sistemáticamente, que la ciudad helénica: era, por encima de todo, un «emporio». Pero tal vez su función magna fue la de servir como arena para espectáculos de masa, es decir, como recipiente para espectadores. Este énfasis puesto en el espec­tador, este tratamiento de la vida misma como un espectáculo, constituyó una debilidad crónica de la noción de cultura en la vieja clase ociosa, como algo incompatible con el trabajo y que hasta sería corrompido por la acción. No se trata aquí de una mera aberración de una posterior cultura decadente, puesto que ya había sido enunciada la idea en el apogeo de la sociedad griega, antes de Platón. ¿Acaso Pitágoras no había comparado la vida misma con los Grandes Juegos, «adonde unos iban a competir por los premios y otros iban con mercaderías para venderlas, pero los mejores acudían como espectadores?» En la ciudad helenística el papel de espectador era el más elevado, en él se unían ahora ricos y pobres, nobles y plebeyos. (...)

No cabe duda de que la estructura física de la ciudad helenística mejoró a medida que aumentaban los medios tecnológicos. La hazaña cumplida por Arquimedes al destruir las naves del enemigo mediante el uso del sol y de un espejo para dar fuego a sus velas puede servir como un símbolo del género de actividades ingeniosas que empezaron a posesio­narse de esta cultura clásica agonizante, en tanto que ella repetía, sin cesar, los viejos mitos y reproducía los antiguos movimientos, cada vez más inútiles, durante el lapso de todo un milenio. Porque en lo tocante a la vacuidad y la trivialidad de su vida caben pocas dudas. La antigua polis estaba muerta. Miedos de pesadilla y augurios supersticiosos anonadaban a los hombres en el momento mismo en que las ciencias se hacían más rigurosas en su método, y cuando partes cada vez mayores del mundo físico parecían estar «bajo control».

(De The City in History, Nueva York, 1961. Versión castellana: La ciudad en la historia, Ed. Infinito, Buenos Aires, 1966. Trad. E. L. Revol, págs. 245-248.)