Adviento

Iglesia Católica. Cristianismo. Preparación Navidad. Venida de Cristo. Parusía. Domingos de Adviento

  • Enviado por: Baby Masy
  • Idioma: castellano
  • País: República Dominicana República Dominicana
  • 15 páginas

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A continuación les

presentare un trabajo el cual les habla sobre:

El Tiempo de Adviento.

  • ¿Qué es el Tiempo de Adviento?

Son las cuatro semanas anteriores a la Navidad, que comienzan el día de San Andrés. Esta palabra procede del Latín “Adventus” , que significa llegada y es un periodo de preparación antes de celebrar el naciemiento de Jesús.Señala el año del Comienzo eclesiástico

Espero que sea de su agrado y que le ayude a enriquecer más sus conocimientos acerca del Adviento o la Epoca Pre- Navideña….

Att:

Massiel Alexandra Tejeda Bello

Adviento
El Adviento Tiempo de Esperanza

La palabra adventus significa venida, advenimiento. Proviene del verbo «venir».

Es utilizada en el lenguaje pagano para indicar el adventus de la divinidad: su

venida periódica y su presencia teofánica en el recinto sagrado del templo. En

este sentido, la palabra adventus viene a significar «retorno» y «aniversario».

También se utiliza la expresión para designar la entrada triunfal del emperador:

Adventus divi. En el lenguaje cristiano primitivo, con la expresión adventus se

hace referencia a la última venida del Señor, a su vuelta gloriosa y definitiva.

Pero en seguida, al aparecer las fiestas de navidad y epifania, adventus sirvió

para significar la venida del Señor en la humildad de nuestra carne. De este

modo la venida del Señor en Belén y su última venida se contemplan dentro de

una visión unitaria, no como dos venidas distintas, sino como una sola y única

venida, desdoblada en etapas distintas. Aun cuando la expresión haga

referencia directa a la venida del Señor, con la palabra adventus la liturgia se

refiere a un tiempo de preparación que precede a las fiestas de navidad y

epifanía. Es curiosa la definición del adviento que nos ofrece en el siglo IX

Amalario de Metz: «Praeparatio adventus Domini». En este texto el autor

mantiene el doble sentido de la palabra: venida del Señor y preparación a la

venida del Señor. Esto indica que el contenido de la fiesta ha servido para

designar el tiempo de preparación que la precede.

1. Ilustración Historica

La historia de este período de tiempo es sencilla. Parece fuera de discusión el

origen occidental del adviento. A medida que las fiestas de navidad y epifanía

iban cobrando, en el marco del año litúrgico, una mayor relevancia, en esa

misma medida fue configurándose como una necesidad vital la existencia de un

breve periodo de preparación que evocara, al mismo tiempo, la larga espera

mesiánica. Habría que considerar también un cierto mimetismo litúrgico que

invitaría a plasmar aquí lo que la cuaresma es a pascua. Más aún, la posible

celebración del bautismo vinculada por algunas Iglesias de occidente a epifanía,

especialmente en Galia y España, motivaría también la institución de un tiempo

de preparación catecumenal. Este último hecho, expresado aquí en términos de

hipótesis, explicaría por qué el adviento aparece primeramente en Galia y en

España no como preparación a la solemnidad del 25 de diciembre, sino como

preparación a la fiesta de epifanía.

Al principio ni siquiera se llama adviento. Es un tiempo de preparación a la

fiesta de epifanía que dura tres semanas. Hay que anotar, sin embargo, que de

esta primera fase original no se encuentra ningún rastro en los libros litúrgicos

más antiguos. Más aún, estas tres semanas de preparación habría que

entenderlas en el marco de la piedad y de la ascesis cristiana, al margen de

estructuras litúrgicas consolidadas y estables, bien como acompañamiento de la

comunidad a quienes se preparaban al bautismo, o bien como reacción contra

los saturnales paganos, que tenían lugar precisamente durante esos días. A

finales del siglo V comienza a dibujarse en Galia una nueva imagen del

adviento. No se trata ya de tres semanas, sino de un largo período de cuarenta

días que daba comienzo a partir del día de san Martín (15 de noviembre) y se

prolongaba hasta el día de navidad. Se trataba, pues, de una verdadera

«cuaresma de invierno» o, como prefieren otros, «cuaresma de san Martín». En

España, la evolución del adviento se orienta en el mismo sentido. Los libros

litúrgicos, que reflejan la liturgia hispana del siglo VII, nos ofrecen un adviento

de treinta y nueve días. Comenzaba el día de san Acisclo (17 de noviembre) y

terminaba el día de navidad'.

A pesar de las evidentes afinidades entre la cuaresma y este adviento de

cuarenta días, sería un error interpretar ambos períodos de tiempo con el

mismo patrón. En ambos casos se trata de un período de preparación. Pero en

adviento la práctica penitencial del ayuno no tuvo jamás la relevancia que tenía

en cuaresma. Adviento, en esta segunda fase, venía a ser un tiempo

consagrado a una vida cristiana más intensa y más consciente, con una

asistencia más asidua a las celebraciones litúrgicas que ofrecían un marco

adecuado a la piedad cristiana.

La institución del adviento no aparece en Roma hasta mediados del siglo VI.

Los primeros testimonios los encontramos en los libros litúrgicos. Precisamente

en el Sacramentario gelasiano. En una primera fase el adviento romano incluía

seis domingos. Posteriormente, a partir de san Gregorio Magno, quedará

reducido a cuatro. Y así ha llegado a nosotros.

Originariamente, el adviento romano aparece como una preparación a la fiesta

de navidad. En ese sentido se expresan los textos litúrgicos más antiguos. A

partir del siglo VII, sin embargo, al convertirse la navidad en una fiesta más

importante, en competencia incluso con la fiesta de pascua, el adviento

adquirirá una dimensión y un enfoque nuevos. Más que un período de

preparación, polarizado en el acontecimiento natalicio, el adviento se perfilará

como un «tiempo de espera», como una celebración solemne de la esperanza

cristiana, abierta escatológicamente hacia el adventus último y definitivo del

Señor al final de los tiempos. El adviento que hoy celebra la Iglesia ha

mantenido esta doble perspectiva.

2. Espíritu y dimensión del adviento hoy

Toda la mística de la esperanza cristiana se resume y culmina en el adviento.

Por otra parte, también es cierto que la esperanza del adviento invade toda la

vida del cristiano, la penetra y la envuelve.

Hay que distinguir en el adviento una doble perspectiva: una existencial y otra

cultual o litúrgica. Ambas perspectivas no sólo no se oponen, sino que se

complementan y enriquecen mutuamente. La espera cultual, que se consuma

en la celebración litúrgica de la fiesta de navidad, se transforma en esperanza

escatológica proyectada hacia la parusía final. La espera, en última instancia, es

única; porque la venida del Señor, aparentemente múltiple y fraccionada,

también es única.

Las primeras semanas del adviento subrayan el aspecto escatológico de la

espera abriéndose hacia la parusía final; en la última semana, a partir del 17

de diciembre, la liturgia del adviento centra su atención en torno al

acontecimiento histórico del nacimiento del Señor, actualizado

sacramentalmente en la fiesta.

3. Adviento y esperanza escatológica

La liturgia del adviento se abre con la monumental visión apocalíptica de los

últimos tiempos. De este modo, el adviento rebasa los límites de la pura

experiencia cultual e invade la vida entera del cristiano sumergiéndola en un

clima de esperanza escatológica. El grito del Bautista: «Preparad los caminos

del Señor», adquiere una perspectiva más amplia y existencial, que se traduce

en una constante invitación a la vigilancia, porque el Señor vendrá cuando

menos lo pensemos. Como las vírgenes de la parábola, es necesario alimentar

constantemente las lámparas y estar en vela, porque el esposo se presentará

de improviso. La vigilancia se realiza en un clima de fidelidad, de espera

ansiosa, de sacrificio. El grito del Apocalipsis: «¡Ven, Señor, Jesús!», recogido

también en la Didajé, resume la actitud radical del cristiano ante el retorno del

Señor. En la medida en que nuestra conciencia de pecado es más intensa y nuestros límites e indigencia se hacen más patentes a nuestros ojos, más ferviente es nuestra esperanza y más ansioso se manifiesta nuestro deseo por la vuelta del Señor. Sólo en él está la salvación. Sólo él puede librarnos de nuestra propia miseria. Al mismo tiempo, la seguridad de su venida nos llena de alegría. Por eso la espera del adviento, y en general la esperanza cristiana, está cargada de alegría y de confianza.

4. Adviento y compromiso histórico

La invitación del Bautista a preparar los caminos del Señor nos estimula a

realizar una espera activa y eficaz. No esperamos la parusía con los brazos

cruzados. Es preciso poner en juego todos nuestros modestos recursos para

preparar la venida del Señor.

Los teólogos están hoy de acuerdo en afirmar que el esfuerzo humano por

contribuir a la construcción de un mundo mejor, más justo, más pacífico, en el

que los hombres vivan como hermanos y las riquezas de la tierra sean

distribuidas con justicia, este esfuerzo —se afirma— es una contribución esencial

para que el mundo vaya madurándose y preparándose positivamente a su

transformación definitiva y total al final de los tiempos. De esta manera, la

«preparación de los caminos del Señor» se convierte para el cristiano en una

urgencia constante de compromiso temporal, de dedicación positiva y eficaz a la

construcción de un mundo nuevo. La espera escatológica y la inminencia de la

parusía, en vez de ser motivo de fuga del mundo o de alienación, deben

estimularnos a un compromiso más intenso y a una integración mayor en el

trabajo humano.

El adviento nos hace desear ardientemente el retorno de Cristo. Pero la visión

de nuestro mundo injusto, marcado brutalmente por el odio y la violencia, nos

revela su inmadurez para la parusia final. Es enorme todavía el esfuerzo que

los creyentes debemos desarrollar en el mundo a fin de prepararlo y madurarlo

para la parusía. Deseamos con ansiedad que el Señor venga, pero tememos su

venida porque el mundo aún no está preparado para recibirlo. El cielo nuevo y

la tierra nueva sólo se nos aparecen en una lejana perspectiva.

5. El adviento entre el acontecimiento de Cristo y la parusía

La venida de Cristo y su presencia en el mundo es ya un hecho. Cristo sigue

presente en la Iglesia y en el mundo, y prolongará su presencia hasta el final

de los tiempos. ¿Por qué, pues, esperar y ansiar su venida? Si Cristo está ya

presente en medio de nosotros, ¿qué sentido tiene esperar su venida?

Esta reflexión nos sitúa frente a una tremenda paradoja: la presencia y la

ausencia de Cristo. Cristo, al mismo tiempo, presente y ausente, posesión y

herencia, actualidad de gracia y promesa. El adviento nos sitúa, como dicen los teólogos, entre el «ya» de la encarnación y el «todavía no» de la plenitud escatológica.

Cristo está, sí, presente en medio de nosotros; pero su presencia no es aún

total ni definitiva. Hay muchos hombres que no han oído todavía el mensaje del

evangelio, que no han reconocido a Jesucristo. El mundo no ha sido todavía

reconciliado plenamente con el Padre. En germen, sí, todo ha sido reconciliado

con Dios en Cristo, pero la gracia de la reconciliación no baña todavía todas las

esferas del mundo y de la historia. Es preciso seguir ansiando la venida del

Señor. Su venida en plenitud. Hasta la reconciliación universal, al final de los

tiempos, la esperanza del adviento seguirá teniendo un sentido y podremos

seguir orando: «Venga a nosotros tu reino».

Lo mismo ocurre a nivel personal. En el hondón más profundo de nuestra vida

la luz de Cristo no se ha posesionado todavía de nuestro yo más intimo; de ese

yo irrepetible e irrenunciable que sólo nos pertenece a nosotros mismos. Por

eso, también desde nuestra hondura personal debemos seguir esperando la

venida plena del Señor Jesús.

6. Actualización de la venida del Señor y esperanza

Nuestra esperanza, abierta de este modo hacia las metas de la parusía final,

durante los últimos días de adviento se centra de manera especial en la fiesta

de navidad. En esa celebración, en efecto, se concentra y actualiza, a nivel de

misterio sacramental, la plenitud de la venida de Cristo: de la venida histórica,

realizada ya, de la cual navidad es memoria, y de la venida última, de la

parusía, de la cual navidad es anticipación gozosa y escatológica.

Por eso nuestra espera no es una ficción provocada por cualquier sistema de

autosugestión psicológica o afectiva. Esperamos realmente la venida del Señor

porque tenemos conciencia de la realidad indiscutible de su venida y de su

presencia en el marco de la celebración cultual de la fiesta. Al nivel del misterio

cultual —que es nivel de fe— se aúnan y actualizan el acontecimiento histórico

de la venida de Cristo y su futura parusía, cuya realidad plena sólo tendrá lugar

al final de los tiempos.

No solamente en navidad; en cada misa, en el «ahora» de cada celebración

eucarística, se actualiza el misterio gozoso de la venida y de la presencia

salvífica del Señor entre nosotros. Nuestra espera tiene, pues, un sentido. La

explosión de gracia y de luz que tiene lugar en la fiesta de navidad es como el

punto culminante de la espera, en el que ésta se consuma y culmina

plenamente.

7. El misterio de Cristo en el tiempo: hasta que él venga

Pero la venida de Cristo, efectuada en la esfera del misterio cultual, no es plena

ni definitiva. La provisionalidad es una de sus notas características. Sólo la

parusía final tendrá carácter definitivo y total. Sólo entonces aparecerán el cielo

nuevo y la tierra nueva de que habla el Apocalipsis. Hasta entonces es preciso

repetir, reiterar una y otra vez la experiencia de su venida al nivel del misterio.

Así este continuo esperar y este continuo experimentar, un año tras otro, los

efectos de su venida y de su presencia irán madurando la imagen de Cristo en

nosotros.

La repetición cíclica de la experiencia cultual del adviento y de la navidad, más

que la imagen de un movimiento circular cerrado en sí mismo, donde siempre

se termina en el punto cero que constituyó el punto de partida, nos sugiere la

imagen del círculo en forma de espiral donde cada vuelta supone un mayor

grado de elevación y de profundidad. Así, cada año nuestra espera es más

intensa y más ardiente, y nuestra experiencia de la venida del Señor más

profunda y más definitiva. De este modo, cada año la celebración litúrgica del

adviento constituye para nosotros un verdadero acontecimiento, nuevo e

irrepetible.

8. Los modelos de la espera mesiánica

Durante el adviento, la Iglesia pone en nuestros labios las palabras ardientes,

los gritos de ansiedad de los grandes personajes que a lo largo de la historia

santa han protagonizado más intensamente la esperanza mesiánica. No se

trata de remedar artificialmente la actitud interior de estos hombres, como

quien representa un personaje en una obra de teatro. La espera continúa. La

salvación mesiánica no es todavía una realidad plena. Por ello, esos grandes

hombres siguen siendo hoy día como los portavoces en cuyo grito de ansiedad

se encarna todo el ardor de la esperanza humana.

El primero de estos protagonistas es Isaías. Nadie mejor que él ha encarnado

tan al vivo el ansia impaciente del mesianismo veterotestamentario a la espera

del rey mesías. Después Juan Bautista, el precursor, cuyas palabras de invitación

a la penitencia, dirigidas también a nosotros, cobran una vigorosa actualidad

durante las semanas de adviento. Y, finalmente, María, la Madre del Señor. En

ella culmina y adquiere una dimensión maravillosa toda la esperanza del

mesianismo hebreo.

La espera continúa. Continuará hasta el final de los tiempos. Hasta entonces,

Isaías, Juan Bautista y María seguirán siendo los grandes modelos de la

esperanza, y en sus palabras seguirá expresándose el clamor angustioso de la

Iglesia y de la humanidad entera ansiosa de redención.

Primer Domingo de Adveinto

Con el primer Domingo de Adviento empieza un nuevo el Año litúrgico. Comenzamos de nuevo la

peregrinación anual en torno a los diferentes aspectos del Misterio de la salvación, en torno a la

Encarnación, vida, predicación, muerte y resurrección de N.S. Jesucristo, causa y centro de nuestra

salvación, por el amor y la gracia de Dios, con el poder y la comunicación del Espíritu Santo.

En este año seguimos el Ciclo “C”, es decir, el tercer itinerario previsto, por el camino de las santas

Escrituras, en el ordenamiento litúrgico actual. Este tercer ciclo está construido sobre el evangelio de

San Lucas, cuyo texto nos irá conduciendo por los diferentes pasos de la vida del Señor a lo largo de

todo el año.

El Evangelio de Lucas es un evangelio escrito para los no judíos, con menos expresiones semíticas, más cercano a nosotros. Especialmente apto para el Adviento por ser el Evangelio más mariano. A lo largo del año nos insistirá en la humanidad de Jesús, en la misericordia de Dios, en las dimensiones eclesiales y comunitarias de la vida cristiana, en la importancia de la misión apostólica de la Iglesia.

Segundo Domingo de Adviento

Con el Segundo domingo de Adviento el evangelio sitúa la figura del Precursor en un marco histórico y geográfico para significar que la

acción salvadora del Mesías se cumple en el interior del tiempo y de la historia humana, con lo que el

tiempo se hace "tiempo de gracia" y la historia "historia salvífica".

Juan, El Bautista, es el guía de la penitencia y conversión para preparar el camino del Señor.

Hoy, como ayer, son muchos los caminos que están bloqueados y hacen imposible la llegada del Señor

salvador.

La "VOZ del desierto" grita y propone la conversión para desbloquear los senderos para ver la salvación de Dios.

La verdadera conversión es reavivar el sentido de Dios; supone una disponibilidad radical y renuncia total a sí mismo.

El hombre de hoy está casi insensibilizado para esta conversión y cree que esta conversión e una

evasión y un renunciar a sus recursos y ocupaciones reales. Si los cristianos pierden el sentido de la

conversión a Dios, ¿Cuál será su testimonio?

Tienen que hacer visibles ante Dios y ante los hombres los frutos de la conversión y de la salvación.

Tercer Domingo de Adviento

Con el Tercer Domingo de Adviento el evangelio nos invita a vivir alegres en el Señor. Se busca la alegría en el alcohol, droga, sexualidad, etc.

Es una alegría superficial, falsa y vacía. El verdadero gozo se halla en la experiencia de la presencia de Aquel que

está en medio de nosotros.

La alegría es el signo de vivir constantemente una sincera conversión y de aceptar la voluntad divina.

Solamente el que, como María, tenga un corazón pobre y experimente el sufrimiento de los oprimidos será capaz

de experimentar la verdadera alegría,

Seamos alegres para ser artífices de un mundo nuevo fundamentado en el Evangelio.

Cuarto Domingo de Adviento

Con el Cuarto Domingo de Adviento el evagelio que Dios tiene necesidad de los hombres para la realización de sus designios. Sus caminos no son nuestros caminos.

David pretende algo que parece razonable, construir un templo que encierre el Arca de la Alianza, signo de la

presencia de Dios en medio de su pueblo.

Dios no vive en el estrecho ámbito de un lugar, lo desborda y lo trasciende. La realidad de una Virgen Madre es

significativa de lo que Dios puede y quiere hacer. Ella, conocedora de las promesas, esperaba al Mesías y se

convierte por el "si" al ángel en Madre del Esperado.

En su silencio nos enseña cómo esperar y acoger al Señor en la próxima fiesta de Navidad. Su fe debe ser nuestra

fe; su esperanza, nuestra esperanza; su pobreza, nuestra pobreza.

Ella se convirtió en la verdadera morada de Dios.

En Adviento:

Esperar contra toda desesperanza

Familiares, amigos y hermanos todos. En mitad del Adviento, nos toca despedir a .... Lo hacemos con tristeza

porque la muerte nos arrebata a un ser querido pero también lo hacemos con agradecimiento, porque toda vida es buena y

bendita para Dios. Pero sobre todo esta despedida, los cristianos la hacemos con esperanza. Esperanza en que ... que se

unió a la muerte de Cristo por el Bautismo, lo sea ahora también por la resurrección.

Aunque es verdad que esto de la esperanza, como lo de tener fe, no es tan fácil. Porque la vida se empeña una y

otra vez en poner a prueba nuestros mejores deseos y esperanzas. La vida con todo su cortejo de desamores y

desengaños, las dificultades por encontrar un trabajo digno, la enfermedad que acaba apareciendo inexorablemente y tarde

o temprano, la muerte. Todo esto hace mella en nosotros, con los años se instala en nosotros el cansancio, la desilusión, la

desconfianza y acabamos malviviendo o sobrellevando la vida instalados en el más feroz individualismo y egoísmo. Y no

hay cosa que más se parezca a la muerte que esa soledad en la que se encierra el que ha desesperado de todos y de sí

mismo.

Por eso, ¿qué podemos hacer para recuperar la esperanza o para no perderla?. Es cierto que la vida nos golpea a

veces duramente, es cierto que estamos desengañados, desengañados del amor, desengañados de la política,

desengañados de la Iglesia. Es cierto que muchas veces no tenemos ganas de nada. Pero también es cierto que la

solución no pasa por abandonarlo todo, por desertar. Es necesario que aceptemos que las personas crecemos a base de

conflictos y de crisis, es necesario que comprendamos, como decía el poeta, que el camino se hace al andar y que la

verdadera humanidad está no en evitar los tropiezos sino en ser capaz de levantarse de nuevo y en intentarlo una y otra

vez.

Pero aún así podemos preguntarnos: ¿pero dónde podremos apoyarnos? ¿Dónde sacaré fuerzas para levantarme una

y otra vez? Nosotros, aquí en la Iglesia, creemos que encontramos ese apoyo, esa fuerza que nos ayuda a seguir adelante.

Nosotros creemos que aquí, en esta Iglesia santa y pecadora, se recuerda y se celebra el acontecimiento más importante

de la historia de la humanidad: la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Un acontecimiento que nos interpela y ante

el que no podemos quedarnos indiferentes. Y si bien es verdad que como comunidad de seguidores de Jesús, tenemos

mucho que aprender y mejorar, también es verdad que aquí no celebramos lo buenos o malos que somos sino lo bueno

que es Dios y lo mucho que nos ama. Algunos piensan con razón que no es necesario venir a misa para ser buenos. ¡Por

supuesto! Pero los que venimos a misa tenemos la conciencia de que somos olvidadizos, de que somos perezosos y

fácilmente tendemos al egoísmo y la desesperanza, por eso necesitamos que semana tras semana se nos recuerde que a

pesar de todo, a pesar el desengaño, el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra sobre el ser humano. El simple

hecho de compartir aunque solo sea la escucha de la palabra de Dios cada domingo, supone ya un aliciente, un salir de

nosotros mismos hacia los demás, una luz que se enciende cada semana en nuestra vida recordándonos que hay otro

horizonte para la existencia, un sentido para vivir.

Hermanos, muchos habéis puesto en cuestión vuestra pertenencia a la Iglesia y vuestra práctica sacramental.

Mantenéis vuestra presencia en los entierros como deferencia a las familias del difunto, y esto os honra. Pero desde aquí

también os invitamos humildemente a no abandonar esta Iglesia que nos vio nacer y a perseverar en ella, descubriendo la

fuente de esperanza que muchas veces se esconde detrás del pecado de la comunidad. A no abandonar las instituciones

por mucho que nos defrauden luchando por mejorarlas, a no cejar en vuestro empeño por amar, por muchos desengaños y

dificultades que encontremos. Y todo esto apoyándonos en Cristo, el vencedor del mal y de la muerte.

Esta oportunidad que hoy se nos da a todos de repensar nuestra vida y nuestra pertenencia a la Iglesia, es un motivo

más para dar gracias a .... Los muertos siempre tienen para nosotros mensajes que es necesario escuchar con los oídos

del corazón. Gracias por tu vida ..., gracias por tus trabajos, sufrimientos y alegrías, gracias por tus virtudes y por tus

defectos. Que el Señor te acoja y colme de felicidad todas tus esperanzas y se cumpla en nosotros la esperanza de

encontrarnos juntos un día.

Le doy gracias a mi maestra

por ayudarme con este trabajo a enriqueser más

mis conocimientos acerca de lo que es

El Tiempo de Adviento

Y poder apreciar lo hermoso que es,

Ya que en esta época puedo dedicarle un bello y precioso tiempo para estar en suma y plena comunicación tanto mental como espiritual con nuestro Señor Jesús y con nuestro amado Padre Dios….

Bibliografia

  • www. Google.com

  • Enciclopedia Encarta 99.

  • www. Episcopal.com

  • www. Anglicanos.net

  • www. Iglesianavarra.org

  • www. Servicato.com

  • www. Conferenciaepiscopal. Es

  • www. Dominicus.org/aragon/espiri/ancris/introad/1tiempodeespera.htm

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