Religión

Creencias, ritos y dogmas. Tipos: naturales y fundadas. Ateísmo. Sagradas Escrituras. Testamento. Biblia. Budismo. Judaísmo. Islam. Cristianismo

  • Enviado por: A. Nónimo
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 23 páginas
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APUNTES SOBRE LA RELIGIÓN

AUTOR: ANÓNIMOReligión

Conjunto de creencias, ritos y dogmas que delimitan y concretan la relación del ser humano con lo sagrado o, mejor, las relaciones entre él y el ser fundamental, transobjetivo y transsubjetivo, que llamamos Dios. Sin embargo, no es fácil definir la religión con independencia de la propia tradición religiosa, consciente o inconsciente, como tampoco lo es hallar una definición que pueda aplicarse del mismo modo a las religiones llamadas naturales (politeísmo, totemismo, animismo, sintoísmo, chamanismo), a las religiones fundadas (cristianismo, judaísmo, islam, budismo), a las de Oriente y a las de Occidente, a las religiones reveladas o a las de talante filosófico (confucianismo, taoísmo, maniqueísmo, mazdeísmo) o, incluso, en una misma religión, a sus dimensiones externas, exotéricas y públicas, y a su ámbito místico o esotérico.

Según algunos, el término religión vendría del latín «religare»; sería entonces el vínculo mediante el cual el ser humano se relaciona con el origen absoluto. Según otros, provendría del término «relegere». En este caso, se trataría de la capacidad del ser humano de releer, revisar o «recordar» la propia vida y la vida de su comunidad a la luz del Absoluto. No obstante, ante el espectador no indiferente aparece un conjunto de religiones de las que sabe que son solidarias de las condiciones geográficas, históricas, sociales y económicas de los distintos pueblos e individuos: distintas son las religiones según sean los pueblos recolectores, pastores, cazadores, nómadas o sedentarios, por no hablar de las diferencias entre las religiones de los pueblos preindustriales y postindustriales. Pero, en su esencia, y más allá de ambiguos intereses apologéticos, la religión trasciende las distintas culturas y es capaz de adaptarse, en principio, a nuevas condiciones, actuando en la historia y en la psicología de los pueblos, llevándolos a una progresiva madurez humana, a una creciente humanización. Por lo mismo, la experiencia subyacente de lo sagrado y de lo absoluto, cuya búsqueda especifica al ser humano con toda su potencial grandeza, es lo que en realidad busca el estudioso de la religión a través de las distintas religiones.

Actualmente, la existencia de un ateísmo práctico y, a menudo, teórico (cuya función es, probablemente, criticar y purificar un excesivo «saber» sobre Dios y lo sagrado), el incremento vertiginoso de los conocimientos científicos, psicológicos y antropológicos, la crisis consecuente de las religiones autoritarias y colectivas que esgrimían un «sagrado» extrínseco y, a menudo, aplastante (y que suelen reaccionar mediante el fundamentalismo integrista), la creciente interacción entre las distintas religiones a causa de la mayor comunicación entre todos los pueblos de la Tierra, hacen que el espíritu de la religión perviva y se manifieste, con toda su ambigüedad, necesidad y riesgo, en multitud de búsquedas, las cuales cristalizan en sectas, pequeñas comunidades de base, en un ecumenismo radical (no sin peligro de sincretismo) y en la progresiva toma de conciencia de que la religión es algo absolutamente personal, no sólo privado.

En esta toma de conciencia, el individuo, seguramente bajo la moción misma del Absoluto, apoyándose o no en su propia tradición religiosa, se abre a nuevas experiencias y busca relacionarse directamente con la divinidad mediante formas y fórmulas que le expresen auténticamente y en las que pueda reconocerse. De esta manera, las antiguas religiones colectivas y autoritarias, necesarias seguramente en un estadio infantil de la humanidad, parecen evolucionar hacia un nuevo paradigma, hacia una interioridad más acorde con la dignidad del ser humano, de tal forma que éste pueda descubrir en sí mismo aquella trascendencia inmanente que funda su libertad, su esencial fraternidad con todo ser humano, el hallazgo de la propia misión y su autonomía radical frente al «mundo».

Así, la religión y las religiones acreditan su verdad cuando acentúan y educan la calidad de la tolerancia y del respeto ante lo Real y ante otras religiones y creencias. En definitiva, la religión en cuanto lenguaje que no surge solamente del ser humano, apunta constantemente al Misterio inefable, más allá de los actos y las palabras, y que, en un análisis en profundidad del concepto mismo de religión, ha de ser su origen último: «Feliz quien sabe -dijo Rilke- que, detrás de todos los lenguajes, se encuentra lo Indecible».

Sagradas escrituras

Con esta palabra griega, Biblia, que significa «libros», se designa el conjunto de libros canónicos, es decir, «inspirados» por Dios, para los cristianos, del Antiguo y del Nuevo Testamento. La Biblia no es, pues, como el *Corán, un solo libro, sino una colección de obras escritas por autores distintos en tiempos diferentes. Nacida en el desierto con *Moisés en el s. XIII a.J.C., pasó a Palestina, donde se desarrolló al ritmo del pueblo y de los acontecimientos, cuya marcha histórica relata, interpretada y vista como revelación de Yahvé y conciencia de la elección de *Israel.

El Antiguo Testamento

No está claro cómo se llegó a establecer la colección de libros que hoy conocemos por Antiguo Testamento. En tiempos de Jesús, se aceptaban como canónicos hasta 46 libros. En nuestra idea actual -Biblia cristiana-, los libros del Antiguo Testamento forman varios grupos. El primero es la Torá (Ley) o Pentateuco (cinco rollos), formado por Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Al segundo grupo pertenecen los libros históricos: Josué, Jueces, Rut, Samuel I y II, Reyes I y II, Crónicas I y II, Esdras, Nehemías, Tobías, Judit, Ester y Macabeos I y II. En el tercer grupo, compuesto por los libros poéticos, se enumeran los Salmos, el Cantar de los Cantares y las Lamentaciones. El cuarto grupo, el de los libros sapienciales, está formado por Proverbios, Job, Eclesiastés (Qohelet), Eclesiástico (Ben Sirá) y Sabiduría. El último grupo, el de los libros proféticos, consta de dos series: la de los profetas «mayores»: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, y la de los «menores»: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías y Baruc.

Hasta David, seguramente, se trata de una literatura oral. Los grandes escritos históricos y proféticos se formaron en el período de la monarquía (ss. XI-VI a.J.C.). Durante el destierro y los inicios de la diáspora y del judaísmo, la Torá o Pentateuco, iniciada en el período anterior, adquirió su forma definitiva. Con los libros poéticos y sapienciales terminó (s. I) el conjunto de libros del Antiguo Testamento, todos ellos escritos originalmente en hebreo (excepto Sabiduría y el libro II de los Macabeos). Los judíos enumeran 39 libros. Los protestantes, para el Antiguo Testamento, reconocen también 39. Los católicos, que admiten la versión griega de los Setenta, reconocen 45.

El Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento, redactado totalmente en griego, es una colección de escritos concernientes a la «nueva» alianza establecida por Jesucristo. A principios de la era actual, las dos primeras generaciones cristianas dieron testimonio de la obra de Jesús en los 27 libros del Nuevo Testamento, que sólo en el s. IV fueron reconocidos como «canon»: los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas (llamados también «sinópticos») y Juan, Hechos de los Apóstoles, las cartas de san Pablo (I Tesalonicenses, Romanos, Gálatas, I y II Corintios, Filemón), las que se le atribuyen (Efesios, Filipenses, Colosenses, II Tesalonicenses, I y II a Timoteo, Tito y Hebreos), la de Santiago, dos cartas de san Pedro, dos de san Juan y la carta de Judas, todo ello coronado por el libro del Apocalipsis, también llamado «Visión de Juan». Esos 27 libros del Nuevo Testamento son aceptados generalmente por todas las confesiones cristianas.

Interpretación de la Biblia

La Biblia es Escritura y por la escritura se fija la palabra. Quien escribe confiere a su palabra un valor y un carácter intangible. De este modo, la Escritura tiene como función recordar, garantizar y sellar la palabra de Dios, que no es algo escrito, sino acontecimientos significativos. Así, de la ley escrita en piedra, se pasa a la ley inscrita en los corazones. Sin esta referencia a la palabra viva de Dios que habla a seres humanos vivos y concretos, la Escritura se convierte en letra muerta.

Por otra parte, el hecho de que la Biblia fuera considerada como Escritura Sagrada en un sentido bien distinto al que acabamos de señalar, ha dificultado que se la pudiera tratar como un conjunto de libros realizados por mano humana con una compleja elaboración que es necesario comprender justamente para captar y entender de verdad su valor religioso, sobreponiéndose a una idea de Dios que anulaba la realidad humana. La plasmación de la Biblia revela ante todo la potencia creadora de un pueblo, auténticamente «inspirado» a lo largo de su historia, con su universo mental propio (distinto del nuestro), y que es un legado esencial de nuestra cultura.

A causa de la Reforma protestante y su principio de «libre interpretación», los países de tradición católica se cerraron a la defensiva. El tratamiento de la Biblia iniciado por Lutero cuestionaba la autoridad y se traducía, en el terreno político, en los ataques al Imperio de los Austrias y el debilitamiento del papado. La investigación filológica (ss. XVIII y XIX) condujo a descubrir las incoherencias textuales de la Biblia, cuestionando una determinada concepción de su verdad, que se pretendía «científica» e «histórica». Con el paso de los siglos, la filología reconoció sus propios límites y el cristianismo ha ido madurando un concepto del carácter sagrado del texto que no anula terrenos autónomos, propios del conocimiento científico. Todo este proceso de investigación fue aceptado muy tardíamente por la Iglesia Católica, ya avanzado el s. XX, sobre todo gracias al Concilio Vaticano II y al trabajo previo de sus exegetas que reconocían la no historicidad de algunos hechos (y sí en cambio su «poeticidad») y aceptaban la existencia de géneros literarios con esquemas propios que matizan el carácter «histórico» de algunos eventos (piénsese en la anunciación a María).

Este arduo proceso secular caracteriza a nuestra cultura, que ha sabido tratar críticamente sus fuentes, manteniéndolas, sin embargo, como tales. Quizá en el futuro se presente como tarea relativizar la distinción entre literatura sagrada y profana y encontrar un suelo común, que se adivina fecundo, en el concepto de «fuente clásica». De esta forma se prolongaría la vieja intuición de nuestros humanistas, que querían traducir y difundir la Biblia para que las nuevas lenguas adquirieran el rango de verdadera «cultura».

Budismo

Sabiduría, religión y filosofía que tienen su origen en Buda, «el Iluminado». El budismo surgió en el noreste de la India en el s. VI a.J.C. en un tiempo de agitación religiosa, como reacción, en parte, al brahmanismo sacrificial.

La iluminación de Gautama

La vida de Gautama, su fundador, se sitúa por lo general entre el 560 y el 480 a.J.C. Nació en el bosque Lumbini, en las laderas del Himalaya. Su padre era jefe de Kapilavastu; su madre, Mahamaya, murió siete días después del parto. Tras una infancia y una juventud fáciles, rodeadas de placeres y protegidas del sufrimiento, se casó con Yashodara y tuvo un hijo, Rahula. La curiosidad le condujo a traspasar los muros del palacio paterno: el contacto con la amarga vejez, con la enfermedad frecuente y con la muerte inevitable, la toma de conciencia del carácter efímero y contingente de la condición humana, le afectaron tanto que dejó a su familia para entregarse, en figura de mendigo, a las más severas prácticas ascéticas, a las más críticas meditaciones en busca de una paz que había extraviado y que anhelaba inquebrantable. Tenía entonces 29 años.

El día de la luna llena de Vesakha (mayo de 523), meditando al pie del árbol bodhi en Uruvela, cerca del río Neranjara, afluente del Ganges, como fruto de una prolongada fermentación hacia la verdad interior, obtuvo la iluminación: intuyó que todo sufrimiento proviene del deseo y de la ignorancia de la verdadera condición del ser humano. Por consiguiente, quien elimina el deseo elimina el dolor y, si no somos ignorantes, si somos conscientes del morir de toda vida, desaparece la preocupación por el mundo material, nos liberamos de la concupiscencia, del anhelo, de la ilusión, del egoísmo de la personalidad. Por lo mismo, la vejez, la muerte y la rueda de las reencarnaciones quedarán superadas.

A partir de ese instante de luz, dejó de llamarse Siddharta Gautama para convertirse en el Buda. Cerca de Benarés pronunció su primer sermón sobre la ley de las cosas («dharma»). Reunió algunos discípulos y durante veinte años prosiguió su predicación a lo largo de la cuenca del Ganges.

La doctrina budista

Originalmente, el budismo parte de un total agnosticismo acerca de las grandes preguntas metafísicas que, aunque fueran contestadas, no curarían, según el Buda, el dolor de lo efímero. Sólo la ampliación de la conciencia, la experiencia de la absoluta vacuidad (nirvana), de lo inefable e impensable por esencia, puede cerrar la herida de la radical finitud de todas las cosas. El mundo al que nos apegamos es como una casa que arde y que acabará por consumirse.

Buda enseñó también la solidaridad universal de todos los seres humanos, que se descubre al renunciar al propio ego, a la personalidad que el iluminado brinda a todos los seres del universo, con los que se sabe unido. Aquel profundo investigador de la mente humana, murió, al parecer, en Kusinagara a sus 80 años, recomendando a sus discípulos que no buscasen auxilio sino en sí mismos, sin negar ni afirmar la existencia de Dios ni del alma humana, haciendo reposar su camino en la pregunta por la realidad última.

Las «cuatro verdades excelentes» del budismo son: el dolor, su causa, su supresión y el camino hacia esta supresión. El dolor forma el tejido mismo de la vida humana, que a su vez es producto de la ignorancia, causa de las pasiones, del deseo, del apego a los objetos exteriores que, actuando por medio de la sensibilidad, dan origen a los seres. La extinción de la ignorancia destruye la potencia de los sentidos, con lo que acaba el ciclo de las transmigraciones. La vía para ello son los «cuatro buenos caminos»: la ciencia, que demuestra la vanidad del mundo exterior, la toma de conciencia de la contingencia de los objetos, la inanidad del yo y la locura de identificarse con él; la observancia de las cinco «prohibiciones»: matar, robar, cometer adulterio, mentir y emborracharse; la abstención de los «diez pecados»: como el asesinato, el robo o la charlatanería; la práctica de las «seis virtudes trascendentales», a saber, la limosna, la moralidad perfecta, la paciencia, la energía, la bondad y el amor al prójimo. De esta forma, todo ser es responsable de sus actos y sufre las consecuencias de los mismos («karma»). El sabio, en caso de alcanzar la perfección, se convierte en bodhisattva y finalmente en buda.

Las escuelas budistas

Unos 140 años después de la desaparición física de Buda sobrevino la gran escisión entre la secta hinayana (Pequeño Vehículo), más tradicional e individualista, y la mahayana (Gran Vehículo), más solidaria y universal, ya que el boddhisattva retrasa su entrada en el nirvana y se queda en la etapa que lo precede en beneficio de la humanidad. Se sucedieron también diversos concilios. Por otra parte, muchos peregrinos chinos visitaron la India a partir del s. I d.J.C. Y al tiempo que declinaba, hasta hacerse minoritario, en su lugar de origen, absorbido por el hinduismo, el budismo prosperaba en países vecinos, como el Tibet. A mediados del s. VI penetró en Japón, donde, en el s. XII, creó una variante netamente original, el zen.

Entre las principales escuelas budistas, además de las mencionadas, pueden citarse: la madhyamika, que intenta adoptar una vía media entre la existencia y la no existencia: la realidad es innombrable e incalificable; la yogakara, para la cual sólo la conciencia es real: el espíritu es la realidad última y nada está fuera de él; la sukhavati o tierra de felicidad, según la cual el ser humano sólo alcanza la liberación por su fe en la gracia de Buda, que debe ser constantemente invocado; finalmente, la dhyana, que se especifica por sus métodos de meditación.

En la actualidad, el budismo cuenta con más de trescientos millones de adeptos. Sin embargo, en cuanto religión colectiva, se aparta netamente de la experiencia del Buda, centrada en una honda interiorización de la conciencia humana y en un monaquismo estricto de corte netamente masculino.

Judaísmo

Religión de los judíos, fundada por Abraham. Origen y madre de todas las confesiones que se fundan en la Biblia, como el cristianismo y el islam, se convirtió en la religión de los descendientes de Israel, nombre que recibió Jacob, después de luchar toda una noche con un ángel, y que significa «el que luchó contra Dios».

Historia del judaísmo

Para el judaísmo, los acontecimientos históricos encierran un significado profundo. Son «dabar Yahvé», es decir, «palabra y acción de Dios», a través de las cuales Dios habla y se comunica. A diferencia del budismo y del hinduismo, que se abisman en la profundidad de la conciencia, el judaísmo atiende a los hechos, a la historia, a la unidad de sentido que subyace en ella y da coherencia a los acontecimientos, a veces extraños y paradójicos, a menudo frustrantes, siempre bajo la promesa divina de liberación, gozo y plenitud, expresada original y prototípicamente en el hecho de la salida del país de servidumbre, Egipto. De esta forma, Israel y su Biblia enseñan a leer la propia biografía desde una perspectiva de «revelación» y son fermento del Espíritu en medio de los laberintos y meandros de la historia humana.

Los israelitas (o hebreos) se instalaron en Egipto, donde José, uno de los hijos de Jacob, desempeñaba un alto cargo en la corte del faraón. Allí se multiplicaron, pero se convirtieron en esclavos. Bajo la dirección de Moisés pudieron liberarse del dominio egipcio y marchar por el desierto hacia la tierra prometida por Yahvé. En el desierto, Israel, convertido en pueblo de Dios, recibió de Moisés el Decálogo. Bajo la jefatura de Josué, los hebreos entraron en la tierra de Canaán. Tras un tiempo en que estuvieron regidos por los llamados «jueces», eligieron a un rey, Saúl, al que sucedieron David y su hijo Salomón. A la muerte de este último, se produjo un cisma y se formaron dos reinos, Judá e Israel. Tentado Israel por la idolatría de sus vecinos, surgieron los profetas, hombres como Elías, Eliseo, Isaías, Jeremías, Ezequiel o Daniel, que, con su palabra inspirada, exhortaban al cumplimiento de la alianza con Yahvé y la obediencia a su ley.

El reino de Israel fue destruido en 722 a.J.C. por los asirios y el de Judá sucumbió en 586 a.J.C. bajo el poder de Nabucodonosor. Muchos de sus habitantes fueron deportados a Babilonia. En 538 a.J.C., Ciro autorizó a los desterrados el regreso. En 444 a.J.C., el escriba Esdras proclamó solemnemente un pacto de fidelidad a la ley de Moisés. Se edificó el segundo templo en Jerusalén, en el mismo emplazamiento que el anterior, que a su vez sería destruido por los romanos el año 70 d.J.C. A partir de entonces, su culto fue sustituido por el de las sinagogas.

La profesión de fe judaica, que enhebra la experiencia histórico-religiosa de Israel, queda formulada con las palabras de Moisés: «Escucha, Israel; el Eterno, nuestro Dios, el Eterno es uno». La fuente del judaísmo es la Biblia hebrea, formada por lo que los cristianos llaman Antiguo Testamento, que se divide en tres partes: la ley de Moisés, o Pentateuco (Torá), los Profetas y los Hagiógrafos. Existe además la ley oral, que complementa a la Torá y que a su vez fue puesta por escrito con el nombre de Misná. Comentada por las escuelas rabínicas de Palestina y Babilonia mediante la Guemará, forma, junto con la Misná, el Talmud, redactado definitivamente en Babilonia a fines del s. V.

La fe judaica

El judaísmo se presenta como una alianza de Dios con los patriarcas y su descendencia fundada en la elección de los varones para que difundieran el culto de Yahvé entre las naciones. Consistía, por parte de Dios, en una promesa de protección perpetua y, por parte de los hijos de Israel, en un compromiso de fidelidad a la ley divina. Los mandamientos, contenidos esencialmente en el Decálogo, son: «Yo soy el Eterno, tu Dios, que te ha sacado de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre. No tendrás otro Dios más que a mí y no te fabricarás ningún ídolo. No tomarás en falso el nombre del Eterno, tu Dios. Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Honra a tu padre y a tu madre. No matarás. No darás falso testimonio contra tu prójimo. No desearás adueñarte de cosa alguna de cuantas pertenecen a tu prójimo». Según uno de los principales teólogos judíos, Maimónides (1135- 1204), la fe judaica se resume en trece artículos: 1) Dios es Creador y Providencia del mundo. 2) Es uno y único. 3) Es espíritu y no puede ser representado bajo ninguna forma. 4) Es eterno. 5) Sólo a él se deben dirigir las preces. 6) Todas las palabras de los profetas de Israel son verdaderas. 7) Moisés fue el mayor de todos los profetas. 8) La ley, tal y como los judíos la poseen, fue dada por Dios a Moisés. 9) Nadie tiene derecho a modificarla ni reemplazarla. 10) Dios conoce todas las acciones y todos los pensamientos de los hombres. 11) Dios recompensa a los que cumplen sus mandamientos y castiga a los transgresores. 12) Él enviará al Mesías anunciado por los profetas. 13) El Mesías hará que los muertos vuelvan otra vez a la vida.

Existe además en la Torá una legislación que abarca la administración de justicia, el trato que se ha de dar a los siervos o la dirección de la guerra. La misma ley del Talión, «ojo por ojo y diente por diente», no es un precepto moral -la Torá ordena el perdón y condena la venganza-, sino un principio jurídico para uso exclusivo de los jueces en funciones para medir la pena proporcionada al delito.

Las fiestas

Las fiestas principales del judaísmo son el sábado, la Pascua, Pentecostés y los Tabernáculos: constituyen el conjunto de fiestas de peregrinación, cada una de las cuales perpetúa el recuerdo de un acontecimiento histórico. A ellas hay que añadir las solemnidades austeras del día anual y del día de la Expiación o Gran Perdón, consagrado a la plegaria y al ayuno. Durante los sábados y demás días festivos está prohibido trabajar. Otras fiestas menores del calendario israelita son la de las Suertes, aniversario de la liberación de los judíos de Persia, y la de la Inauguración, que conmemora la purificación del templo de Jerusalén después de las victorias de Judas Macabeo, llamada también «fiesta de las luces». Los días del calendario israelita empiezan por la tarde y duran hasta el atardecer del día siguiente, conforme a las palabras del Génesis: «Y hubo tarde y hubo mañana».

La liturgia prescribe tres oficios cotidianos: por la mañana, al mediodía y por la tarde. Los sábados, los días festivos y el comienzo de los meses religiosos, se añade un oficio complementario. El día de la Expiación concluye con un quinto oficio. El culto acaba con la proclamación de la esperanza de Israel: conversión del género humano al único Dios y petición a Dios para que apresure el advenimiento de su reino.

Islam

Religión fundada por Mahoma en Arabia en el s. VII d.J.C., a partir de sucesivas revelaciones frangmentarias recibidas del arcángel Gabriel. La suma de estas revelaciones constituye el Corán, que se compone de 114 suras o capítulos y cuya redacción definitiva no se realizó hasta el tercer califato. La palabra islam significa «entrega» (a Dios).

Los dogmas y preceptos del islam

Los principales dogmas del islam, originados por la lectura y la meditación del Corán a lo largo de un proceso complejo, son la existencia de un único Dios, creador increado del mundo, y de los ángeles, ministros de Dios (junto a los cuales se encuentran los yin, una especie de diablos). Según la creencia islámica, Dios se ha revelado al mundo y le ha invitado al monoteísmo por medio de sus profetas, Moisés, Abraham y Jesús, el último de los cuales, su «sello», es Mahoma. El musulmán cree en la vida futura, en la que los buenos son recompensados con el paraíso y los malos castigados en el infierno, tras la resurrección y el Juicio Final. Con el paso del tiempo se formó una serie de dogmas, unas veces aprobados, otras discutidos o condenados, como el de la predestinación, admitido por la ortodoxia sunní.

Junto a los dogmas coránicos son esenciales las prescripciones cultuales, que son cinco: la profesión de fe («No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta»), que se ha de pronunciar en todas las circunstancias importantes de la vida y en la hora de la muerte; las oraciones rituales diarias y la del viernes en la mezquita; la limosna legal o impuesto religioso con fines de beneficencia; el ayuno del mes de ramadán; y la peregrinación a La Meca. A estas cinco prescripciones, consideradas como «pilares» del islam, hay que añadir, según algunos, la de la guerra santa contra los no creyentes.

Algo peculiar del islam es que su culto carece de liturgia y de ministros: ni el almuédano, encargado de llamar a los fieles a la oración desde lo alto del minarete, ni el imán que dirige las preces, ni el predicador, son sacerdotes. Por lo que se refiere a la oración diaria, el musulmán ha de realizar cinco veces al día (al amanecer, al mediodía, entre las tres y las cinco de la tarde, antes del crepúsculo y por la noche) el salat u oración ritual, que consiste en un conjunto de ritos, gestos y palabras. Cada una de tales oraciones ha de ir precedida por una ablución purificatoria y debe hacerse con el rostro vuelto hacia La Meca. La peregrinación a esta ciudad santa debe hacerse al menos una vez en la vida, pero puede realizarse por procuración. El ayuno consiste en una abstinencia observada durante un mes lunar, el mes del ramadán, en cuyos días, desde la salida a la puesta del sol, el fiel debe abstenerse de comida, relaciones sexuales, tabaco, etc. Por otra parte, lo reunido con el impuesto sobre las cosechas o las ganancias se destina a la beneficencia y al sostenimiento de los recaudadores de tales diezmos.

Unidad y variedad en el islam

El islam no es sólo una religión; es también una ley que rige y ordena el comportamiento del creyente en todas las circunstancias de su vida política, social e individual. Su fuente es el Corán, explicado, completado e interpretado mediante la tradición (sunna), que entra a formar parte de la legislación musulmana. Los doctores, o ulemas, que estudian, conocen y enseñan la ley, desempeñan el cargo de directores de conciencia y de jurisconsultos en las comunidades en que se desenvuelve su actividad, sin llegar a constituirse en clerecía aparte.

Sorprende el éxito de la religión de Mahoma, que fue capaz de aglutinar tribus nómadas de beduinos que nada tenían que ver entre sí hasta convertirlas en una gran nación y crear una refinadísima cultura. Basta con comparar la sutil y fascinante arquitectura de la Alhambra con el monasterio de Ripoll, que es su contemporáneo.

Bajo los cuatro primeros califas sucesores de Mahoma, la nueva religión fue expandida por los árabes mediante conquistas militares. En tiempos del califato omeya de Damasco (650-750) se creó un imperio que se extendía desde el Atlántico hasta el Indo, y que incluía toda la costa meridional del Mediterráneo. Este imperio frenó su expansión en tiempos de los abasíes, para desmembrarse posteriormente en Estados regidos por dinastías independientes. Con todo, pese a perder la unidad política el imperio islámico conservó la unidad moral, institucional y económica; con lo cual el islam, como religión, aumentó el número de sus adeptos penetrando en la India, en el Turkestán chino, Insulindia y el África negra, donde aún prosigue su expansión. En Europa, en cambio, sólo tiene presencia en los Balcanes, en la Rusia meridional y en algunas escasas regiones de Europa oriental, donde, sin embargo, ha protagonizado, unas veces como víctima y otras como verdugo, sangrientas batallas. El término islam se aplica a los musulmanes ortodoxos, pero también a las sectas tildadas de heréticas por la ortodoxia: los chiíes y los jariyíes, separadas del tronco por divergencias políticas, por maneras de entender el califato o por pequeños detalles teológicos.

Como suele suceder en todas las religiones colectivas, junto a la concepción según la cual lo básico para el musulmán es la observancia rígida hasta el escrúpulo de la ley, existe otra tendencia, la de los místicos, cuyos jefes a veces están dotados, o se les atribuye, la baraka o «gracia especial» (capacidad de curar, de profetizar, de adivinar, etc.). Los adeptos de tales tendencias tratan de ponerse en comunicación íntima y directa con Dios mediante la ascesis, meditaciones y recitaciones de textos coránicos. Tales cofradías, que se diversifican en razón de los métodos empleados para conseguir el éxtasis, y en ocasiones dotadas de gran fuerza e influencia en ambientes populares, no sólo han sido y son combatidas por el islam ortodoxo sino que además son miradas con desconfianza por el actual movimiento modernista, que aspira a depurar y renovar la religión mediante el retorno al islam primitivo.

Cristianismo

Experiencia, testimonio y doctrina de los que creen en Jesús, el Cristo, como Hijo de Dios e Hijo del Hombre. El cristianismo irrumpe con la predicación, los milagros y la persona misma de Jesús de Nazaret, cuyo mensaje es que «Dios», el Dios de Israel, del Éxodo y de la Pascua, acoge incondicionalmente al ser humano, cuya realidad más honda, inconsciente e invulnerable consiste en ser justamente su hijo. El Dios de Israel, en Jesús, se ha convertido en el Dios de todos los hombres (judíos y paganos, hombres y mujeres, amos y esclavos) y de todo el hombre (de su espíritu, de su alma y de su cuerpo), no nominal, sino eficazmente cuando encuentra en el ser humano la fe.

Un mensaje de liberación

«Convertirse» es aceptar esa «buena noticia», decir «sí» a ese amor incondicional y dejar que obre en la propia vida de tal forma que, poco a poco, la acción, el «mundo» y el «yo» se transformen, pasando de una existencia caída, enferma, debilitada, cercada por el miedo y la preocupación, a la libertad, al gozo, a la abundancia de bienes, a la alegría y a la esperanza, que, porque se funda en la promesa incondicional de Dios, es firme y segura. Atrás quedaban superadas una existencia «pagana», sin Dios, abandonada al propio arbitrio, y una existencia «judía», cuya relación con Dios consistía en una obediencia escrupulosa y culpabilizada a los mandamientos de la Ley, que, aunque decían lo que se había de hacer, no daban la fuerza para ello.

Jesús traducía ese mensaje de liberación en hechos significativos. Positivamente, yendo a los «sin ley», a los marginados (leprosos, pecadores, niños y mujeres), curando a los enfermos, mostrando la abundancia de los bienes (relatos de multiplicaciones de panes y peces), generando una nueva relación entre el varón y la mujer, venciendo a la muerte, de tal forma que el ser humano podía reconciliarse con su propia vida y con el Dios de su vida, pasar de la «súplica» y la «exigencia» a la «acción de gracias». Negativamente, mediante la denuncia de la religión colectiva como «mercado», el anuncio de la destrucción del templo, la abolición de los preceptos sacrosantos de la ley (curando en sábado cuando estaba absolutamente prohibido hacerlo) y el rechazo del estado de indignidad jurídica y social de la mujer al mostrarse en público con ella, con el escándalo consiguiente del pueblo.

De esta forma, sacerdotes, escribas y fariseos, que veían su poder quebrantado al sentir amenazadas las estructuras esenciales de su religión, descargaron su ira en Jesús, que acabó «traicionado» por sus hermanos judíos, «ajusticiado» por los paganos y «desamparado» por su Dios. Sin embargo, ese final desastroso, con el que no se funda ningún movimiento colectivo y menos una religión, se encuentra en el origen paradójico y singular del cristianismo. Por un acontecimiento descrito como «don del Espíritu», los discípulos conocieron íntimamente que Jesús vivía una existencia nueva y activa, dotada de nueva energía: siguieron las curaciones, la transformación de personas, el descubrimiento de nuevos ámbitos de la conciencia y del ser. Los perseguidores, como Saulo, se convertían en «enviados» de Jesús, cuya palabra, puesta a prueba por la muerte, la traición y el desamparo, seguía siendo perdón y gracia, alegría y esperanza para todos los que, judíos y paganos, intervinieron en su muerte.

Esta experiencia aglutinó a las personas en comunidades (iglesias), que se entendían a sí mismas como «luz» en la oscuridad, «levadura en la masa», como un poco de «sal» en la realidad más bien sosa y absurda del mundo. Surgieron lentamente los escritos que hoy conocemos como Nuevo Testamento y que son, ante todo, el testimonio de los discípulos acerca del poder de Jesús y de su Dios a la espera del asentimiento libre del ser humano. Las persecuciones que, como sucedió con el Maestro, los discípulos tenían que padecer en carne propia a fin de verificar y contrastar la realidad de su experiencia, eran, por lo mismo, un incremento de alegría.

El cristianismo posconstantiniano

Sin ese núcleo vivo y casi explosivo de las primeras generaciones cristianas no puede explicarse el éxito del cristianismo en el seno de un mundo pagano. Ahora bien, que poco a poco se fuera contaminando con la mediocridad, la superstición y la inercia, con el legalismo judío y el juridicismo romano, que con la paz de Constantino la ya no joven Iglesia se aliara con el poder político y pretendiera convertirse en civilizadora de una Europa bárbara, que quería uniforme y uniformada, que la levadura se convirtiera en masa (aunque no del todo) y que la sal perdiera su sabor (aunque no totalmente), quizá forme parte de la revelación de Dios en medio de la realidad espesa y endurecida de lo excesivamente humano. Aun así, que la Iglesia, de ser fuerza vivificadora, pasara a civilizadora, entendiéndose a sí misma como una religión más en pugna con otras, no deja de ser un motivo constante de interrogación para el historiador de las religiones, que no puede menos de medir la honda discontinuidad entre el origen del cristianismo y la historia posconstantiniana.

Al parecer, la plena identificación con las estructuras del cristianismo social, entendido como religión colectiva, quizá sea un impedimento mayor para sorprender la originalidad radical de Jesús y su poder de «salvación», como lo fue la identificación con las estructuras del judaísmo. No es imposible pensar que, gracias a la crisis vertiginosa de la «cristiandad» en una sociedad secularizada, poco a poco surja de nuevo la pregunta por la vitalidad de los orígenes, la comunión viva con la primera comunidad de discípulos y con aquel que fue su centro e iniciador. Quizá en la situación actual de las iglesias, «traicionadas» por la civilización que contribuyeron a establecer y «desamparadas» por su Dios, aparezca una comprensión más honda del sentido de Jesús y un mejor discernimiento de su presencia junto con los signos que la acompañan.

Catolicismo

El catolicismo, palabra que en griego significa «total, universal», teológica y espiritualmente, de iure, significa la característica propia de la comunidad de los llamados por el Espíritu a creer y adherirse a Jesús, visto como revelación de Dios a todos los hombres y a todo el hombre y como promesa hecha al ser humano de alcanzar la totalidad y plenitud de su propia humanidad.

En efecto, tras la muerte de Jesús en la cruz y los acontecimientos carismáticos que la sucedieron, los discípulos fueron tomando conciencia, a pesar de su propia tradición religiosa, de que el Dios y Padre de Jesús era el Dios de los judíos y también de los gentiles, de los hombres y de las mujeres, de los «amos» y de los «esclavos», de los vivos y de los muertos, es decir, de todo el hombre y de todos los hombres. Por lo mismo, fueron tomando conciencia del significado y alcance universales, «católicos» del ser de Jesús, que no apuntaba a una sola nación ni a una institución, siempre parcial, sino al ser del hombre, un ser humano nuevo, libre del miedo, feliz y capaz de amar, fortalecido y renacido por la presencia del Espíritu, en camino hacia su real identidad de «hijo de Dios». Por Jesús, la revelación de Dios dada a los judíos se extendía también a los paganos, a los que no se debía circuncidar ni obligar a realizar las prácticas judías. La muerte de Jesús en la cruz significaba la ruptura con el particularismo y la ley judías. Tal fue, sobre todo, la misión de Pablo de Tarso.

Por otra parte, la catolicidad de Jesús se expresaba mediante imágenes y símbolos. En este sentido, el ser católico de la comunidad de los creyentes en Jesús había de aprovechar todo lo que de bueno y verdadero hubiera en cualquier religión, sociedad, cultura, sabiduría o descubrimiento de los hombres. Por lo mismo, tal vivencia no se sentiría a gusto en ninguna religión determinada, siempre particular, sino sólo en el dinamismo vivo que, como el de Jesús, bajo el magisterio y la fuerza del Espíritu, apunta no hacia el hombre religioso, sino hacia el hombre nuevo (Efesios 2 y 3), hacia la total actualización de todas sus potencialidades y carisma.

El catolicismo, rama del cristianismo De hecho e históricamente, el catolicismo, como doctrina, experiencia y práctica católicas, es una rama del cristianismo. Se especifica primero ante el cisma de Oriente, reconociendo la autoridad del obispo de Roma, legítimo sucesor de Pedro, y posteriormente, en confrontación con la Reforma protestante, subrayando esa misma legitimidad y primacía que asegura la unidad de la Iglesia en el espacio y en el tiempo, primacía promulgada y subrayada solemnemente mediante el dogma de la infalibilidad pontificia y la declaración de la jurisdicción universal del papa sobre toda la Iglesia en el Concilio Vaticano I (18 de julio de 1870).

De esta forma, la Iglesia católica se entiende a sí misma como una comunidad de vida espiritual en torno al pontífice de Roma, donde Dios dispensa su gracia por medio de los siete sacramentos (bautismo, confirmación, penitencia, eucaristía, unción de los enfermos, orden, matrimonio), que han de ser administrados por los pastores legítimos. La profesión de fe católica se expresa sobre todo en el símbolo de los apóstoles o «credo».

La Iglesia católica

Durante muchos siglos, la Iglesia romana, que ha reivindicado para sí el nombre de «católica», que ha transmitido junto con la Escritura, el dogma y los sacramentos, la memoria de Jesús, negó la característica de «católica» a las restantes confesiones cristianas. El Concilio Vaticano II, en cambio, reconoció la pertenencia a la Iglesia de esas mismas confesiones e implícita y consecuentemente, su catolicidad, dentro de un proceso aún en curso. Por otra parte, la crisis actual de la cristiandad, el ateísmo como fenómeno sociológico creciente, la proliferación de experiencias religiosas, el contacto con otras religiones, el descubrimiento de las profundidades inconscientes del ser humano (que se cierran ante toda prohibición o imposición venidas de fuera), cuestiona profundamente la forma religiosa y moral, más bien monolítica y autoritaria, de la institución romana.

Protestantismo

Conjunto de doctrinas e Iglesias surgidas de la Reforma. El protestantismo constituye una de las grandes familias cristianas, junto con el catolicismo y la ortodoxia. Etimológicamente, significa «adelantarse para testimoniar» y se aplica a aquellos cristianos que, a finales del s. XV, especialmente en Alemania, Francia y Suiza, dieron testimonio de una forma de entender la fe que les obligó a romper con el pontífice romano. A su vez, se divide en tres ramas principales, luteranismo, calvinismo y anglicanismo, origen de diversas corrientes religiosas, que cuentan con un fondo común de doctrina fundado en la profesión de fe de los primeros concilios ecuménicos de la cristiandad. Positivamente, les es común la fe en la palabra de Dios escuchada a través de la Escritura (cuya veracidad está atestiguada por el Espíritu Santo a la Iglesia y a cada creyente) y la salvación sólo por la gracia. Negativamente, todas las formas de protestantismo rechazan la autoridad del papa.

Los orígenes del protestantismo

A fines del s. XV, en una Iglesia que había impuesto su latinidad a los países germánicos, en un ambiente que clamaba por una reforma religiosa radical en las voces de John Wycleff y Jan Hus, y que lo seguía haciendo a través de Ulrico Zuinglio y de los escritos de Erasmo de Rotterdam, estudioso de la Biblia y crítico respecto a las creencias religiosas de su tiempo, Roma no renunciaba a su política de grandeza temporal. Para expresarla, intentaba reedificar la gran basílica de San Pedro, para lo cual tenía que recabar fondos, no encontrando medio mejor que el de repartir indulgencias a cambio de limosnas.

Por ese mismo tiempo, un monje agustino, Martín Lutero (l583-1546), tras una grave crisis de escrúpulos y desesperación, descubrió en la Carta a los Romanos de san Pablo el texto que, fundamentando la justificación por la fe, crearía una nueva espiritualidad pretendidamente fiel a los orígenes cristianos. Tal concepción chocaba con aquello mismo que era una fuente de ingresos para Roma. De esta forma, el 31 de octubre de 1517, Lutero fijó públicamente sus 95 tesis contra el principio y la práctica de las indulgencias, tras lo cual consiguió la adhesión entusiasta de jóvenes teólogos como Melanchton y la ayuda inicial de Erasmo. No tardó en exponer (1520) su doctrina acerca del sacerdocio universal de los bautizados, la reducción del número de sacramentos a tres y, junto a la libertad cristiana del hombre interior, la necesidad de una ortodoxia basada estrictamente en la Escritura a fin de corregir las desviaciones eclesiásticas. De aquí tenía que nacer una Iglesia nueva dotada de una renovada disciplina política.

El 10 de diciembre de 1520, Lutero rompió con el papa al quemar en una plaza de Wittenberg la bula pontificia que le instaba a retractarse. Poco después se confrontaba con el emperador en la Dieta de Worms (1521). En el castillo de Wartburg, donde tuvo que refugiarse a la sombra de Federico de Sajonia para escapar de las tropas imperiales, realizó una de sus obras magnas, la traducción del Nuevo Testamento al alemán. No tardaron en quedar abolidos los votos monásticos, el celibato sacerdotal y el culto a las imágenes.

La expansión del protestantismo

Tras la Confesión de Augsburgo (1530), el luteranismo se afianzó arraigando en el modo de ser alemán y liberándose del espíritu mediterráneo, que le era extraño. Encontró el nada desinteresado favor de los príncipes alemanes, que deseaban adueñarse de los bienes de la Iglesia, al tiempo que se enfrentaba con el anarquismo religioso del anabaptismo y la guerra de los campesinos, ahogados éstos en un baño de sangre. Aquella reforma originó otra en el corazón de Francia. En noviembre de 1533, el rector de la Sorbona leía un manifiesto en favor de la Reforma protestante redactado por un joven teólogo de 24 años, estudioso de Séneca, lógico riguroso y rígido moralista, que andando el tiempo había de crear una floreciente y estricta Iglesia protestante en Ginebra. El teólogo en cuestión se llamaba Juan Calvino. Por su parte, en Inglaterra, Enrique VIII, antiguo defensor de la Iglesia romana, rompía con el papa Clemente VII (1534) porque éste se oponía al repudio de la reina, Catalina de Aragón. Nacía así la Iglesia anglicana, autocéfala, que anulaba los privilegios de la Santa Sede, pero no la jerarquía episcopal ni el dogma católico.

El protestantismo no tardó en consolidarse: por el paz de Augsburgo (3 de octubre de 1555) se reconocía la existencia oficial de las Iglesias y los Estados luteranos en el interior del Imperio. En 1598, el edicto de Nantes ponía fin a las sangrientas guerras entre los partidarios de Calvino, llamados hugonotes, y los católicos, reconociendo la existencia legal del calvinismo, equidistante tanto de Roma como de Lutero. El protestantismo, en su versión luterana, se extendió por las dos terceras partes de Alemania y se introdujo en Austria, Hungría y Polonia. El calvinismo, por su parte, se difundió por los Países Bajos y Escocia. A causa de la expansión marítima de ambos países, no tardó en conquistar nuevos adeptos en América del Norte y África del sur.

Cultos minoritarios

Entre las religiones que el ser humano ha creado en su búsqueda ambivalente de protección y seguridad, de sentido y verdad, algunas presuponen un alto grado de civilización, como las religiones celta y griega, las de los imperios mesopotámico, egipcio y romano y las grandes religiones históricas como el cristianismo, el judaísmo y el islam, sumadas al hinduísmo y al budismo. Con todo, existen otras, la mayoría de las cuales aún perviven entre los primitivos actuales y aportan datos sustanciales para la comprensión del espíritu religioso de la humanidad.

Religiones primitivas o arcaicas

En realidad, la búsqueda religiosa es tan antigua como el ser humano y está condicionada por su forma de vida. La inmersión del hombre primitivo en la naturaleza explica el animismo, es decir, la creencia en la actividad voluntaria de los seres orgánicos y anorgánicos y de los fenómenos naturales, a los que el creyente supone animados por un alma antropomórfica. El animismo se remonta a los orígenes de la humanidad. Para el hombre primitivo, los fenómenos cuyo funcionamiento no llegaba a entender eran promovidos y regidos por fuerzas oscuras y ocultas, que él se representaba a imagen de su propia voluntad. Este animismo ancestral conduce a la hechicería y a la magia, cuya finalidad es apartar o dominar esas fuerzas misteriosas, a las supersticiones y los tabúes. El animismo puede coexistir con formas teístas avanzadas.

Cuando, para vivir, el ser humano sólo disponía de la caza, el mundo animal presentaba una importancia extrema a sus ojos. Surgió de aquí la relación estrecha con un animal protector, el tótem, que da origen al totemismo (distinto de la zoolatría, o adoración de los animales), practicado por algunos pueblos de África y tribus indias de América del Norte. Relacionado con el totemismo se encuentra el fetichismo, que rinde culto a un objeto dotado de poderes sobrenaturales o mágicos (el fetiche se convierte en amuleto cuando lo lleva el individuo sobre su cuerpo, brindándole una protección global contra todo daño, distinto, por tanto, del talismán, que protege activamente contra un determinado daño).

El chamanismo, un fenómeno complejo que procede de sociedades norsiberianas y árticas y que se ha extendido a sociedades norteamericanas y sudamericanas, es una forma de propiciarse a los «espíritus» que provocan las enfermedades o que pueden curarlas. El chamán, u hombre-medicina, realiza en estado de trance un «viaje» para «convencer» a los espíritus a actuar en favor de los humanos o para luchar contra algún otro espíritu que les es hostil. Emparentado con él, se encuentra el espiritismo moderno, también llamado metapsíquica: los practicantes, a través del médium en trance, se ponen en contacto con espíritus desencarnados, a los que orientan y con los que se orientan, practicando a veces la curación espiritual de enfermedades físicas o mentales,

Expuesto a las grandes fuerzas de la naturaleza, el ser humano las contemplaba como una pluralidad de dioses, proyectando antropomórficamente sobre ellos las mismas pasiones, conflictos, rivalidades y favoritismos que se dan entre los humanos. Era preciso propiciarse a esos dioses, a fin de que los elementos también fueran favorables. Surgieron todos los politeísmos que, andando el tiempo, se jerarquizaban, ordenándose bajo un soberano único y apuntando al monoteísmo (islam, judaísmo). Éste, a su vez, tiende a degradarse, desdoblándose, para dar razón, sobre todo, de la presencia del mal: junto al Dios que es principio del bien, coexiste el Dios malo. Ejemplos históricos de esta derivación son el mazdeísmo, propagado por Zaratustra en el antiguo Irán, que predicaba la existencia, junto al dios bueno, Ahura-Mazda, del principio malo, Ahrimán, cuya destrucción se esperaba mediante el metal fundido; el mandeísmo, secta dualista de los primeros siglos de la era cristiana, que oponía la Luz y las Tinieblas, de tal forma que el alma, prisionera del cuerpo, presa a su vez de las Tinieblas, tenía que ser liberada por un enviado celestial; el maniqueísmo (que revivió entre los cátaros europeos), doctrina de los discípulos de Mani, los cuales, a un fondo cristiano, unieron elementos tomados de Zaratustra y de Buda, llevando al extremo el dualismo de Marción y aceptando la coexistencia y la lucha eterna del principio simbolizado por la luz y el representado por las tinieblas, identificado con la materia y el cuerpo.

Entre las religiones primitivas no se pueden olvidar las mistéricas, propias de pueblos agrarios y matriarcales y que perviven en distintos ocultismos y hermetismos; quien se inicia en ellas quiere unirse con la divinidad, que tiene siempre forma femenina (posiblemente la prostitución sagrada era alguna de sus prácticas). La iniciación está constituida por ceremonias de carácter simbólico, a veces orgiástico, siempre secretas, cuyo resultado, a través de una experiencia de muerte-resurrección, era algo así como el nacimiento a una nueva forma de vida, situada más allá de la dualidad vida-muerte. En Grecia, los misterios de Eleusis, una población que distaba unos veinte kilómetros de Atenas, fueron una manifestación de esta forma de religiosidad.

Religiones orientales

En la India, el vedismo (de «Veda», conocimiento) constituye un estrato muy primitivo (s. XIX a.J.C.): consiste en un conjunto de mitos de soberanía, guerra y fecundidad entre cuyas innumerables divinidades, a menudo antropomorfas, no parece darse una jerarquía organizada; sus relaciones con los hombres, con los que interfieren constantemente tanto para bien como para mal, se basan en la eficacia del sacrificio. Incluye un conjunto de libros sagrados, como el «Rigveda», escrito en sánscrito arcaico, que es el libro del sacerdote encargado del sacrificio. Con el paso del tiempo, la vida védica se petrificó hasta constituir una estructura inmodificable. El brahmanismo y, sobre todo, el budismo fueron, en gran parte reacciones: el primero para revitalizar el vedismo, el segundo para rechazarlo.

En China, junto al confucianismo, una doctrina moral, dominó el taoísmo, sistema filosófico y religioso según el cual existe un principio de orden y de unidad, que es misterio inefable, a la vez trascendente e inmanente y al que se da el nombre de Dao o Tao, el Camino, realidad suprema en la que todas las aparentes contradicciones se reabsorben. Se manifiesta, entre otros fenómenos, a través del azar y se convierte en principio de liberación para quien lo capta.

El sintoísmo es la religión nacional y animista de Japón: los dioses son personificación de las fuerzas naturales, considerando también como dioses a los espíritus de los antepasados. Pervivió hasta el desastre de 1945, que provocó la renuncia tanto a adorar al emperador como a exaltar la raza nipona.

En la actualidad, posiblemente ante la creciente uniformidad de la cultura mundial, prolifera una multitud de movimientos religiosos en forma de sectas (de salud, de salvación, de santidad) y de sociedades más o menos ocultas, que ya no intentan legitimarse a través de una institución religiosa mayoritaria: movimientos pentecostales, testigos de Jehová, anabaptistas, adventistas, Ciencia Cristiana, Peace Mission, la secta Moon, Hare Krishna, Misión de la Luz Divina... La creciente intercomunicación entre las personas, culturas y religiones crea también un nuevo sincretismo religioso, polivalente y ambiguo, pero existente.