Vocación monástica y el Monasterio de Silos

Teología. Monaquismo cristiano. Historia. Monjes benedictinos. Tradiciones silenses. Manuscritos medievales

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La Vocación

Monástica

y el

Monasterio de Silos

Monaquismo, también llamado monacato, es el modo de vida practicado por personas que han abandonado el mundo por razones religiosas y dedican sus vidas, tanto en solitario como integrados en una comunidad, a la perfección espiritual.

Monaquismo cristiano

Los votos de celibato, pobreza y obediencia bajo el que vive el clero monástico cristiano son denominados consejos evangélicos. Una persona ligada por tales votos se denomina religioso (del latín, religare, ligar). Quien pertenece a una orden monástica se llama monje.

Mucho antes del nacimiento de Jesucristo ya existían diferentes formas de monaquismo. Entre los judíos las comunidades de los esenios presentaban muchas de las características de las órdenes religiosas. Los primeros eremitas cristianos parecen haberse establecido a las orillas del mar Rojo, donde en la época precristiana los Terapios, orden de eremitas paganos, ya se había establecido. No mucho después, las regiones desérticas del norte de Egipto se convirtieron en lugar de retiro para quienes huían de las persecuciones contra los cristianos, tan frecuentes en el Imperio romano durante el siglo III, y para quienes encontraban intolerables los vicios del mundo. La forma más primitiva del monaquismo cristiano era quizás la de los anacoretas o eremitas; un desarrollo más tardío se encuentra en los estilistas, que pasaban la mayor parte del tiempo subidos a columnas simbolizando así su separación del mundo y la mortificación de la carne. Poco después, sin embargo, la necesidad de la propia vida religiosa produjo ciertas modificaciones. Para combinar la reclusión personal de los individuos con el común ejercicio de los deberes religiosos, los primitivos eremitas tenían una serie de celdas separadas llamadas laura, a las cuales podían retirarse después de haber cumplido sus obligaciones comunitarias. De la unión de la vida comunitaria con la soledad personal se deriva el nombre de cenobita (del griego, koinos bios, vida común), síntesis que distinguía a una cierta clase de monjes.

San Antonio es considerado como el fundador de la forma de vida cenobítica. Se estableció en Alejandría, y la fama de su santidad, al igual que su serenidad y su sabiduría, atrajeron a muchos discípulos. La mayoría de sus seguidores le acompañaron cuando se retiró al desierto. Uno de sus discípulos, san Pacomio, fundó un gran monasterio en una isla en el río Nilo. Pacomio instituyó para sus súbditos una regla monástica, la primera regulación de este tipo que se conserva. Miles de discípulos le siguieron, y fundó varios monasterios para varones, así como uno para mujeres bajo la dirección de su hermana. Todas estas casas reconocieron la autoridad de un solo superior, un abad o archimandrita. Constituyen el tipo original de la orden religiosa.

La forma cenobítica de monaquismo fue introducida en primer lugar en Occidente en Roma y el norte de Italia por san Atanasio, en el norte de África por san Agustín de Hipona, y en la Galia por san Martín de Tours. La regeneración religiosa efectuada por san Benito de Nursia en el siglo VI aportó al monaquismo oriental su forma permanente.

Típico del monaquismo occidental son las abadías, comunidades autónomas de monjes gobernados por un abad o por monjas dirigidas por una abadesa. En su interior se encuentra la iglesia, el dormitorio, el refectorio o comedor, y la hospedería para los viajeros. Los edificios encierran un amplio patio al que solía rodear un claustro o arcada cubierta. Las abadías de la edad media eran pacíficos retiros para eruditos y los centros principales de la piedad cristiana y la enseñanza. Una de las abadías medievales más antiguas y más grandes era la de Monte Casino, fundada por san Benito en el 529.

De las órdenes monásticas de Occidente, entre las más prominentes se encuentran las de los benedictinos, cartujos, cistercienses y premonstratensianos.

Historia de silos

El Monasterio de Santo Domingo de Silos se halla ubicado en la parte oriental de un pequeño valle de la gran meseta castellana, que el primer documento conservado del Archivo de Silos, del año 954, ya denomina como valle de Tabladillo.

La vida del hombre en Silos y en su comarca, se remonta a tiempos prehistóricos, conocida hoy en día gracias a una serie de excavaciones arqueológicas. La vida monástica en todo el valle de Tabladillo, especialmente en Silos, comenzó, según afirma la tradición, en la época visigoda, tal vez en forma de pequeñas comunidades, relacionadas e independientes entre sí al mismo tiempo.

Las afirmaciones de los historiadores y la arqueología se apoyan para sostener que el Monasterio de Silos tuvo principio en el curso del siglo VII. Por aquel entonces, y dadas las características geográficas del valle, los monjes simultanearon la vida monacal eremítica con la comunitaria, en forma de colonias monásticas pequeñas que llenaron todo el valle. Esta vida primera se prolongó desde el siglo VII hasta finales del primer cuarto del VIII, cuando los árabes conquistaron la Península Ibérica. A partir de aquí, no sabemos si los monjes optaron por retirarse a las montañas cantabroastures para luego regresar como comunidad mozárabe.

En el siglo X, la comunidad de monjes de Silos tiene una vida pujante y está bien organizada. Conocemos los nombres de algunos de sus abades: Gaudencio (929-943), Diego (950), Placencio (954), Blas (978-979), Nuño de Doñasantos (1019), y tiene edificios monasteriales e iglesia. Posee propiedades bastante extensas que confirma el viernes 3 de junio de 954 el conde Fernán González. Funciona ya su scriptorium, del que se conservan aún 3 ejemplares: "Las Conferencias de Casiano", copiadas por el monje Alburano en 928; el "Comentario a la Regla de San Benito" de Esmaragdo, escrito en 945 por el monje Juan y, sobre todo, el famoso manuscrito que contiene "Las Glosas Silenses", de hacia 970. A fines del siglo X y durante la primera mitad del siglo XI, la comunidad de Silos decaerá material y espiritualmente, debido a las razzias de Almanzor.

Providencialmente, llega a Silos en este momento el Abad Santo Domingo. Era el 24 de enero de 1041 y regirá el monasterio durante 32 años, hasta su muerte acaecida el 20 de diciembre de 1073. Toda la historia del monasterio y de la comunidad girará en adelante alrededor de este gran hombre: se convierte en el titular del monasterio; es el patrono e intercesor ante Dios; es el taumaturgo que obra milagros... Gracias a su obra y a la de sus sucesores, nace en Silos el gran monasterio románico: el claustro genial, la gran iglesia románica con tres naves, pórtico y cinco ábsides y las otras dependencias necesarias para la vida de la comunidad.

Entre los siglos XI y XV, Silos será un monasterio con gran vida y actividad, tanto interna como externa, convertido ya en una comunidad observante e influyente; un centro de peregrinaciones y de vida cristiana en torno al sepulcro de Santo Domingo; un ejemplo notable de caridad cristiana y monástica, con la ayuda espiritual y material a los peregrinos y necesitados; un centro educativo con su escuela monástica; un extraordinario centro cultural, con su scriptorium, de donde salieron manuscritos de la talla del Beato que se conserva hoy en la Biblioteca Británica de Londres; un centro artístico con su admirable taller de orfebrería, y un patrimonio material muy extenso que da vida no sólo a la comunidad silense, sino también a muchas aldeas, iglesias, granjas y pequeños monasterios, repartidos especialmente por las dos Castillas.

Siglos más tarde, en 1512, Silos se adhiere a la Congregación Benedictina de Valladolid, y la comunidad entra en una etapa de normalidad a lo largo de tres siglos, de 1512 a 1835.

En 1835 se interrumpe la vida monástica en Silos. A consecuencia del decreto de desamortización del ministro Mendizábal y expulsión de los religiosos de sus conventos, el 17 de noviembre la comunidad benedictina de Silos se dispersa. En el desorden se iban a perder para el monasterio y para España la mayor parte de los manuscritos de su archivo, las alhajas acumuladas a lo largo de más de un milenio, y casi todas sus obras de arte. También los edificios, con el tiempo y la negligencia, se fueron deteriorando.

Afortunadamente, el 18 de diciembre de 1880, un grupo de monjes benedictinos franceses de la Abadía de Ligugé, dirigido inteligentemente por un monje de Solesmes, Dom Ildefonso Guépin, salvó a Silos de la catástrofe total al elegir sus ruinas como morada. Estos monjes fueron restaurando con esfuerzo el monasterio silense, y con la restauración material, procuraron recuperar parte de sus restos culturales; así, buscaron y encontraron 14 manuscritos medievales, muchos diplomas, también de la Edad Media, y casi todo el archivo de la Edad Moderna. En este largo siglo de vida monástica contemporánea, la comunidad benedictina de Silos ha tenido y tiene una gran vitalidad: con su testimonio, con sus celebraciones litúrgicas, con sus aportaciones a la cultura y con su irradiación fundando varias casas nuevas en España como Estíbaliz (Alava), Montserrat de Madrid, Leyre (Navarra), Abadía de la Santa Cruz (Madrid), y en Hispanoamérica México y San Benito de Luján en Buenos Aires, Silos ocupa un lugar importante en la Orden Benedictina actual.