Validos

Historia universal. Duque de Lerma. Conde duque de Olivares

  • Enviado por: Sergio Muñoz
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 10 páginas
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Entre las intrigas palaciegas de las cortes europeas del siglo XVII hizo su aparición un nuevo personaje. Los validos o privados fueron hombres muy distintos entre sí. Nada tienen que ver dos mentalidades como Lerma u Olivares, por mencionar a los más ilustres. Sin embargo dos aspectos eran comunes a todos los validos: la amistad con el monarca y la intervención en el gobierno. Este nuevo fenómeno ha sido, en la mayoría de casos, tratado como un hecho secundario en la política del siglo XVII. La figura de Gaspar Gzmán, conde de Olivares, sólo ha sido reivindicada en toda su importancia en época reciente de la mano de J.H. Elliott. La historiografía tradicional trató a estos hombres como meros arribistas (afirmación cierta en algunos casos), hombres preocupados por su propio ascenso personal dentro de la corte. Interpretaciones demasiado simplistas afirman que los validos llegaron a gobernar por la debilidad de los monarcas, desprovistos de la talla suficiente para llevar las cuestiones de estado. Pierre Vilar llega a calificar de “pobres hombres” a Felipe III, Felipe IV y CarlosII.-->[Author:AV] Se olvidan estos autores de los arrepentimientos de Felipe III, de la indecisión de Felipe IV por entregar el gobierno del estado a Olivares, y del testamento de éste último, encaminado a evitar que reaparezca la figura del valido. El privado aparece como consecuencia lógica de un proceso que racionalizaba la enorme maquinaria del estado. El valido velaba por el correcto funcionamiento del enorme monstruo administrativo. La elección y posterior permanencia en el poder de los validos se debió tanto a la supuesta debilidad del monarca como a los propios méritos de éstos. Cabe destacar que los reyes, incluida doña Mariana de Austria, no olvidaron siempre, ni de la misma forma, sus obligaciones como gobernantes.

PRECEDENTES

En la maquinaria del estado de los siglo XVI y XVII el rey estaba en la cúspide de un sistema polisinodial, es decir, compuesto por una multiplicidad de consejos de procedencia bajomedieval o de época renacentista. Estos consejos no funcionaban desconectados los unos de los otros ni su estructura interna se diferenciaba en lo fundamental. Con frecuencia los miembros de estos consejos lo eran de más de uno a la vez. Este sistema tan complicado restó eficacia a la maquinaria del estado. A finales del siglo XVI el sistema polisinodial había quedado obsoleto. Era del todo necesario unificar en una cabeza las informaciones, demandas y resoluciones que producían todos los consejos. En este marco aparece la figura de un ministro superior situado entre el monarca y los consejos. Éste acabó situándose entre el rey y sus secretarios.

La figura del secretario del rey resulta imprescindible para poder entender la posterior aparición del valido, que asumirá muchas de sus funciones. Con Carlos V toman importancia los secretarios del Consejo de Estado. Francisco de Cobos, hombre de procedencia humilde, encarna a la perfección al secretario de del monarca que a su vez es también secretario de Estado. Esta duplicidad provocó que en los secretarios prevaleciera siempre una de las dos facetas, con el peligro de entregarse en demasía a la labor burocrática y ser desplazados en e trato personal con el monarca por otro secretario personal. De todas formas cabe decir que la amistad entre el rey y su secretario se debió al trato, y de ninguna forma era anterior a la elección para el cargo, cosa frecuente en el caso de los validos. Estos secretarios fueron en un principio altos oficiales con competencias muy delimitadas, aunque en algunos casos, y debido a la amistad conseguida con el monarca, desbordaban sus competencias. En un primer momento el rey unicamente veía en su secretario al funcionario, al burócrata, y sólo con el trato y la amistad (y no en todos los casos) ampliaba sus atribuciones.

El secretario adquiere importancia en el momento en el que el monarca no acude a las deliberaciones de los consejos para no coartar la libertad de estos y envía a su secretario como enlace entre él y el consejo. Aunque como secretario del consejo es de menor jerarquía que los consejeros, al ser el enlace con el monarca y tener trato personal con él, se coloca en una posición de ventaja dentro del consejo.

El secretario es también el hombre que tiene acceso a todos los problemas del Estado. Podía leer la correspondencia referente a los asuntos de Estado y Guerra. El secretario acaba situándose entre el rey y sus ministros. Fue también, en gran medida, el administrador de la gracia real, ya que informaba y aconsejaba al rey sobre los candidatos a recibir concesiones reales.

Su rango es inferior al de ministro cortesano, no es miembro de la aristocracia, procede de los incipientes núcleos de clases medias urbanas, a lo sumo pertenece a la pequeña nobleza. Su puesto viene dado por su formación universitariau oficinesca, capaz de desempeñar las funciones necesarias para la administración de la monarquía. Es un burócrata, un hombre anónimo que por su situación no puede encabezar ningún grupo en la corte. No posee clientela propia fuera de su ámbito de trabajo administrativo. Su fuerza procede de sus conocimientos técnicos, éstos le hacen imprescindible para el monarca.

Desde el reinado de Carlos V se incrementa la presencia de pequeños burgueses en las tareas de gobierno. Felipe II mantiene la tendencia que mantiene a los estamentos privilegiados en las instancias superiores del poder. Esta tendencia se mantiene durante el Barroco, ya que es consustancial con el Estado absolutista y con la sociedad estamental. Este sistema no permitegrandes aspiraciones a los miembros de la burguesía o de la hidalguía. Aquí nace la profesionalización de los secretarios de Estado, procedentes todos ellos de clases intermedias. Estos secretarios solían sucederse unos a otros dentro de la misma familia, cabe destacar a los Eraso, los Pérez, los Idiaquez, los Gaztelu o los Vázquez.

EL VALIDO

Es durante el reinado de Felipe III cuando hace su aparición el valido. Éste asume algunas de las funciones propias del secretario de Estado y aumenta sus atribuciones. El rey cuanta ahora con una persona que goza de su amistad y confianza: “su mayor privado”. El Consejo de Estado quedó en el siglo XVII en manos del valido. El “despacho de los negocios” y la correspondencia dirigida al rey (tanto la ordinaria como lareservada) quedan en sus manos. La tres facetas que estuvieron en manos del secretario de Estado pasan ahora a manos del valido. Es más, Lerma u Olivares se hacen auxiliar por los mismos secretarios de Estado a quienes habían suplantado. El valido cuenta también con sus propios secretarios personales. Esta nueva figura se acaba perfilando como algo más parecido al rey que a un simple secretario. El valido, a diferencia del secretario de Estado, tiene ambición de mando, es miembro de la alta nobleza, y goza de la amistad del monarca. No se contenta con ejercer una influencia sobre el monarca, obtiene un cierto reconocimiento y un título jurídico-político. Serán auténticos hombres de gobierno, de mediocre o excelente talla política.

La amistad con el rey, auténtico cimiento de su posición, sólo podía conseguirse viviendo en la corte. Y únicamebte los más altos cargos de la Iglesia o los nobles de más elevada alcurnia podían acceder a la vida cortesana. Para entender la figura del valido es necesario conocer cómo la alta nobleza se sirvió de él para acceder a los puestos más elevados del poder. Las familias que pugnaron, y finalmente acapararon el poder por medio del valido (Lerma, Guzmán-Zuñiga y Haro), admitieron la nueva institución que representaba y se rebelaron cuando un intruso entraba en escena (Valenzuela). Para ellos el valido sólo tenía sentido si lo encarnaba una persona de la más alta distinción.

La fórmula de poder se basa en la personificación del monarca con el Estado y la acaparación de de gran parte de los puestos políticos por miembros de la nobleza, que acaban identificándose también con el Estado. En esta sociedad estamental la nobleza, junto con el clero, componen la clase dominante. La aristocracia y la monarquía sellan una alianza por el control del Estado. Esclarecedora a este respecto resulta la frase que Baños de Velasco escribe hacia 1670: “Príncipe a quien le falta el brazo derecho de los nobles no diga que tiene espada para defender su reino y castigar a los rebeldes”.

La aristocracia ve ya en el siglo XVI las ventajas de la absorción de los órganos de gobierno municipales. Esta misma nobleza se esforzó en dar a las figuras más destacadas de la política y de la burocracia estatal. Las riendas del estado pasan de los castillos a las estructuras administrativas del Estado. La aristocracia ansía cargos durante el siglo XVII y envía a sus hijos a estudiar en las universidades.Por este motivo el control de las presidencias de los consejos acaba en manos de la nobleza que en su pugna por el control de los engranajes del poder relegó a un segundo plano a quienes no pertenecieran a ella.

Max Weber llama “Estado moderno burocrático-patrimonial” a esta fórmula por la cual se producía una apropiación privada de puestos públicos. A través de la apropiación de estos puestos se conseguían instancias de poder y rentas percividas através de su ejercicio. De la misma forma también se vinculaban a estas familias las plazas delos Colegios Mayores, verdaderas puertas para acceder a los oficios públicos. Se conseguía de paso controlar los cargos de la jerarquía políticoadministrativa.

Cabe no olvidarse de la existencia de una clientela cortesana entre cada personaje poderoso y sus privados. Éstos poderosos solían repartir mercedes y puestos en la administración a aquellas personas que estaban bajo su protección, ya sea por méritos propios o por la mera adulación. El esquema se repite en las esferas más altas del poder. El rey dispone así de alguien que disfruta de su privanza. Se instaura una nueva forma de feudalismo cortesano; a la corte se va “a privar”. Privados tiene Lerma, Osuna u Olivares, privados, en definitivas cuentas, acaba teniendo el rey.

El valido encaja en este complicado sistema de privanzas, pierde el caracter de mera anécdota. ël es la persona que goza de la confianza del monarca, “su privado más valido” o “su mayor valido”. En esta época existían distinciones entre la esfera lo privado y la esfera de lo público dentro de la monarquía. La privanza y la patrimonalización de los cargos públicos hicieron posible que apareciera el valido en las cotas más altas del poder del Estado.

El rey es el Estado. Está rodeado de unos mitos y ritos que le protejen, justifican su poder y dan legitimidad a la represión contra sus posibles detractores. Finalmente se sacraliza la figura del rey; su poder viene directamente de Dios, es su elegido para reinar. Por este motivo el monarca no está sujeto a críticas. En la sociedad del Barroco existe una opinión pública que desea expresar sus críticas. Resultaba casi imposible realizar críticas sobre el monarca, y aún así se corría gran peligro. Por eso resultaba necesaria la presencia de una figura no sacralizada pero lo suficientemente cerca de la cúspide del poder para ser el blanco de las críticas, y, en última instancia, poder ser renovado. El rey era quien más se beneficiaba de la presencia de esta figura; si la actuación del valido era buena, el mérito de su elección recaía en el rey. Si por el contrario resultaba nefasta, siempre se podía recurrir a su sustitución. El valido actuaba como un pararrayos, encauzando hacia él las posibles críticas al monarca..

FUNCIONES E INSTITUCIONALIZACIÓN DEL VALIDO.

El valido se fue otorgando una serie de atribuciones dentro de la monarquía que contribuían a asentar su poder. En el presente apartado veremos como Lerma y Olivares, por escojer a los dos más representativos, revistieron su labor de cargos y atribuciones que lograron legitimar su figura.

Así, el duque de Lerma se convierte en el portavoz de la voluntad real ante el Consejo de Estado. Cuando Lerma ordena algo, lo hace casi siempre a través del secretario Estado, y transmite la orden por voluntad del monarca y en su nombre. No manda nunca en nombre propio, sino en nombre de Su Mjestad. Lerma logró servirse de este método para controlar al Consejo de Estado durante veinte años. La función del secretario de Estado es la de remitir los papeles al valido en vez de al rey. Lerma ejercía una labor de eslabón de enlace entre el Consejo de Estado y los demás consejos de la monarquía.

La relación del valido con los demás consejos de la monarquía fue también constante. En muchas ocasiones el valido enviaba órdenes a estos órganos, o contestaba directamente a sus consultas.

Lerma se dirige siempre a todos los organismos del mismo modo: en nombre del rey, simulando ser un mero transmisor de la autoridad real.

En cuanto a las relaciones con las Cortes, el presidente de las mismas solía actuar como intermediario o en su defecto la Junta de Asistentes. También despacha Lerma los memoriales elevados al Rey por los procuradores solicitando mercedes con motivo de las concesiones por los servicios de las Cortes. Sólo en 1615 Lerma cámbia la fórmula de intervención y aparece como procurador por la ciudad de Burgos.

Lerma pretende controlar el reparto de gracia y mercedes a los particulares. Actúa siempre de la misma forma: remite el memorial al secretario de Estado y le ordena que, de parte del monarca, comunique al interesado la concesión o denegación de la merced pedida.

En lo que se refiere a la correspondencia particular del Rey, Lerma interviene siempre en las más diversas cuestiones y en lo que podríamos denominar asuntos de política exterior. Desempeña un papel destacado en las negociaciones con Francia en 1612 y 1615.

En lo realativo a despacho de asuntos en fase de tramitación, el Rey no interviene nunca, mientras que en la fase resolutoria, hay muchas ocasiones en las que el monarca apunta al dorso de una consulta la resolución, y otras muchas es Lerma quien decide.

Se puede apreciar como la esfera de acción de Lerma abarca todos los aómbitos. El primer valido de Felipe III actuaba como enlace de todos los consejos de la monarquía, y en especial, entre el Consejo de Estado y los restantes. De esta forma el Consejo de Estado comienza a convertirse en órgano de asesoramiento personal del valido. De todas formas, Lerma no se reviste de ningún título oficial para realizar sus funciones, no fue ni siquiera consejero de Estado. En una cédula de 1612 está la base en la que se apoya Lerma para su intervención en el gobierno. Felipe III cuando redacta esta disposición, tiene plena consciencia de que no innova nada. En las primeras frases de dicha Cédula, el Rey declara los méritos personales del valido, y afirma publicamente lo satisfecho que está de sus servicios, que consisten en “llevar el peso de los negocios”. Posteriormente el Rey manda a los presidentes de los consejos que cumplan todo lo que Lerma les dijere u ordenare, y que le informen de cuanto quiera saber concerniente a dichos consejos. En este documento se revela el reconocimiento de la intervención del valido en el mando de la monarquía. Por esta Cédula de 1612 el Rey concede a las órdenes firmadas por el valido el mismo valor que a las por él rubricaba. El propio Felipe III, cuando decidió librarse de Lerma, acabó dándose cuenta de lo que significaba esta orden y en otra Cédula datada en 1618, cambiaba de las disposiciones de la anterior en cuanto a la forma de despachar los asuntos se refería.

Olivares se diferenciaba de Lerma en que pretendía mandar por afición al ejercicio y menester del gobierno. En lo único que no demostraba una gran afición al trabajo era en lo que refería al reparto de mercedes. De todas formas cabe decir que el conde-duque no regateó el esfuerzo ni el trabajo nunca. Olivares demostró siempre la creencia de que su función estaba revestida de un carcer oficial. Si el Rey se ocupa de las mercedes de los particulares, él ya no se sentirá simplemente el privado del Rey, sino su ministro. El conde-duque rehúsa el ejercicio y el nombre de privado, prefiere llamarse “fiel Ministro de su Majestad”. No se puede decir que Olivares intentase arrinconar al Rey y sustituirlo plenamente en el ejercicio del poder. Felipe IV, salvo temporadas, se ocupaba también de los papeles, más a menudo de lo que suele afirmarse. Hubo entre Rey y valido una cierta división del trabajo, llegándose a establecer entre Olivares y Felipe IV un sistema de colaboración. El conde-duque llegó a intentar aficionar al monarca “a los papeles”.

Olivares fue, desde 1622, miembro del Consejo de Estado. No solía acudir a éste si el asunto no revestía cierta importancia, limitándose a despachar con el secretario de Estado. El consejo se reunía cuando Olivares lo mandaba convocar y para tratar los negocios que él sometía a su opinión. Cuando asitía a una sesión del consejo, la consulta redactada después contenía el voto casi siempre extenso y justificado de Olivares, y el mero consentimineto de los demás consejeros. Esta consulta era después enviada al Rey, quien al dorso de ella declaraba su conformidad con las disposición del consejo. Con frecuencia Olivares envía al secretario de Estado no sólo los documentos referentes al asunto tratado, sino además la opinión o voto escrito sobre aquel asunto redactados anticipadamente. Olivares no firmaba en lugar del Rey, cuando daba una orden para ejecutar su propia decisión tomada a la vista de una consulta, no sólo firma su mandato sino que lo redacta en nombre propio. El consejo actúa casi siempre por iniciativa directa del valido y para su asesoramiento, pero las consultas van dirigidas al Rey, y es éste quien, casi siempre, las resuelve con su firma y su parecer. Aparentemente el valido era tan sólo un miembro más del Consejo de Estado.

Pero aparte del Consejo de Estado existía otro órgano consultivo del que es miembro principal el conde-duque. Se trata de la Junta de Estado. Las competencias de esta junta quedan muchas veces superpuestas a las del Consejo de Estado, y con frecuencia los miembros de uno lo eran de la otra. Se pretendió que la junta tratase las consultas del Consejo de Estado que el Rey u Olivares creyeran insuficientemente meditadas. Es probable que se intentara dotar al valido de una especie de consejo particular, directamente sometido a él. La existencia de tal junta venía a reforzar el carácter oficial de las funciones y del cargo desempeñados por el valido. por lo demás, su intervención ante la junta era mayor que ante el Consejo de Estado.

La correspondencia con los ministros de España en otras monarquías europeas, y con otros altos personajes extranjeros, quedaba canalizada a través de Olivares. los embajadores le escriben para informarle sobre la marcha de sus asuntos. En este aspecto, la colaboración entre Rey y valido era intensa, más que en otros ámbitos. Sólo en asuntos de importancia destacada era el Rey quien daba instrucciones escritas a los embajadores. En cuanto a la correspondencia con ministros de otras monarquías, es siempre el valido quien escribe, aparentando actuar en nombre del Rey (como en las cartas que Olivares dirige a la reina Ana de Franciao o a Richelieu). El valido actúa siempre como ejecutor de la voluntad de la voluntad real, ya que es el Rey quien encarna la monarquía española. El despacho con los embajadores corría a cargo de Olivares, salvo algunas excepciones. Rey y valido ven la correspondencia con los embajadores; la correspondencia dirigida al valido pasa por pocas manos, y en última instancia pasa del valido al Rey.

Pese a sus protestas por ello, Olivares se encargaba de aconsejar al Rey en cuestiones relativas a mercedes solicitadas por particulares. Su intervención en esta clase de asuntos fue mayor durante sus primeros años de valimiento.

Olivares se rodeó de títulos con motivo de justificar legalmente su intervención en los asuntos de gobierno. Se apoyó en diversos cargos y títulos oficiales de muy diversa naturaleza. Hay que destacar que aceptó muchos títulos por los ingresos económicos que representaban para su patrimonio. De todas formas, no fue tan codiciodo como Lerma. Se invistió de títulos honoríficos como Alcaide Perpetuo de los Alcázares y Atarazanas Reales de Sevilla ; otros para reforzar su posción en la Corte como el de Caballerizo Mayor. También consiguió para sí el título de Capitán General de la Caballería de España , el de Tesorero de la Corona de Aragón y el de Alguacil y Escribano Mayor de la Casa de Contratación de Sevilla.

No debemos olvidar que Gaspar Guzmán, III conde de Olivares, procedía de una de las ramas menores de la família de los duques de Medinaceli, título que tanto su padre como él mismo pretendieron para su rama familiar. Esta ansia de reconocimiento y por llegar a ser “Grande de España” le persiguió durante toda su vida.

Un título del que gustaba mucho Olivares era el de Canciller Mayor y Registrador de las Indias. Como consecuencia del cual podía asistir al Consejo de Indias y a la Junta de Guerra de Indias con asiento preferente a los demás consejeros excepto el presidente. No obstante, cabe decir que hizo poco uso de este título.

El título de consejero de Estado le permitía intervenir decisivamente en las cuestiones más generales e importantes de la monarquía. Se coloca inicialmente en situación oficial de igualdad respecto a los demás consejeros y se sirve de los secretarios como ofiiales a su servicio personal.

En 1639, y debido a su interés por intervenir en las Cortes, el Rey concede a Olivares “un regimiento perpetuo en las ciudades y villas con voto a Cortes, y del que fuera Procurador en Cortes, con voto fijo y perpetuo en cuantas más adelante se celebrasen”. Este nombramiento le facultaba para intervenir también en los asuntos internos de las ciudades y villas con voto en Cortes, ya que no se le designa procurador, sino también regidor.

Finalmente, y con motivo de las revueltas de Cataluña y Portugal, es nombrado en 1642 como Lugarteniente General, para que “estén a vuestra orden nuestros Exércitos en España y en las Islas adjacentes della”. Resultaba preciso revestir a Olivares de un cargo y títulos supremos, de un alto oficio militar para que pudiese con toda competencia ordenar y hacerse obedecer. No se eligió el título de Lugarteniente de modo caprichoso, sino en atención a que permitía al valido la transmisión de todos los poderes militares pertenecientes al Rey. Éste otorgaba a su valido un cargo no honorífico, sino efectivo y real.

El cargo y título que hubiera cubierto todas estas actividades era el de Primer Ministro. Parece ser que Olivares nunca lo obtuvo. Este título ronda sobre su figura, parece que se oriente hacia él, y en algunas ocasiones se lo llega a atribuir él mismo u otras personas.

Tan lógica parece la figura del valido como primer ministro que lo que necesita explicación no es su aparición sino el hecho de que carezca de la titulación de Primer Ministro

CONCLUSIONES.

Hemos visto cómo la figura del valido hizo su aparición, no de forma casual o debido a la debilidad de ciertos monarcas, sino como culminación de un proceso inciado tiempo antes a la llegada al poder de los “Austrias Menores”. Fueron personajes distintos que actuaron de diferente manera, pero que por lo general poseían rasgos comunes. Con un mayor o un menor acierto, consiguieron llevar las riendas de la monarquía más poderosa del mundo.

Para este estudio me he centrado en las figuras del duque de Lerma y del conde-duque de Olivares, ya que representan dos formas diferentes de entender el valimiento y son los dos validos que más poder lograron acumular en sus manos.

Estos hombres, injustamente olvidados por la historiografía tradicional, llevaron sobre sus hombros el peso de un Estado que influía en todos los demás con sus acciones. En el caso de Olivares, destacar su inmensa talla política, tan denostada por la “leyenda negra”, y su alto nivel como estadista. Los validos fueron, al fin y al cabo, hombres. Personas sometidas a las tentaciones de un poder casi ilimitado y que, en mayor o menor medida, sucumbieron a ellas.

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Pierre Vilar, Historia de España,Biblioteca club de bolsillo, París 1975.

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