Teóricos economistas

Economía. Postulados teóricos. Liberalismo económico. Adam Smith. La riqueza de las naciones. Malthus y Ricardo. Keynes. Intervencionismo. Milton Friedman y Monetarismo

  • Enviado por: Peña
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GENEALOGÍA DE “LO ECONÓMICO”

“Vendrán de vuelta los días; veremos”

En este informe se tratará a un grupo de hombres por los que podemos abogar celebridad y brillantez económica. Si nos dejamos llevar por los métodos que rigen los principales libros de historia, este grupo de hombres fueron personas sin aporte alguno en el materialismo que caracteriza nuestra corta noción de acontecimiento: no tuvieron armas en sus manos, no tuvieron nada que ver con la muerte de hombres, no reinaron sobre ningún imperio y estuvieron casi ausentes en las decisiones que delinearon el mundo que conocemos. Algunos de ellos gozaron de cierta fama, pero a ninguno se conoce como héroe nacional. Enfrentaron fuertes sanciones, por la incomprensión de sus ideas: aún así, ninguno llegó a ser considerado vergüenza nacional a pesar de pasar desapercibidos en muchos casos.

Empero, sus acciones, publicaciones e ideas, tuvieron en la historia más decisiva influencia que muchos otros que recibieron la “gloria de la fama”; produjeron quiebres históricos que fueron, con frecuencia, más trascendentes y sustanciales que el devenir de la guerra a través de los pueblos; fueron (y son) de hecho la causa de muchos conflictos bélicos entre sus seguidores. Para mal o para bien, tuvieron mayor influencia que muchos decretos y leyes promulgados por reyes y legisladores contemporáneos a ellos. Lo que estos hombres hicieron fue moldear y regir el proceder humano según la concepción económica de cada cual, eso sí, consecuentes siempre con el contexto histórico de sus ideas.

Como todo aquel que litiga con la inteligencia, adquiere de cierto modo mas vehemencia en sus palabras, se hace a una fuerza superior a la de la guillotina o el plomo. Estos hombres, a quienes trataremos aquí de soslayo, delinearon el mundo que hoy conocemos. Sólo unos pocos llegaron entrar en el campo de la acción; fueron estudiosos hombres que laboraron silenciosamente en la incertidumbre característica de una disciplina en gran parte especulativa, a pesar de lo cual, como prueba de su paso, dejaron grandes instituciones sociales o individuales destrozadas y continentes en explosión. Afianzaron o quebrantaron regímenes políticos, levantaron a unas clases sociales contra otras, enfrentando entre sí a las naciones. No por que la naturaleza de sus ideas supusiera un daño al otro, o si, sino por la extraordinaria potencia de sus descubrimientos en el ámbito económico.

Smith

Siempre se ha escrito sobre “lo económico”, pero es común en los tratados sobre esta disciplina aceptar que, como rigurosamente académica, nació con la divulgación de Adam Smith en 1776. Sus ideas en “La Riqueza de las Naciones” se avinieron análogamente con la declaración de la independencia en los Estados Unidos de América.

Teniendo en cuenta estos dos hitos, no es fácil dictaminar cual de los dos documentos tiene mayor alcance histórico. En la declaración se hizo un nuevo llamado para crear una sociedad dedicada a la “Vida, la Libertad y la búsqueda de la felicidad”. La Riqueza de las Naciones explicó como debía trabajar este proyecto de sociedad. En definitiva, parecían hechos el uno para el otro, la idea y la práctica de ciertos conceptos que aún pernean el globo.

Smith vio la luz en Escocia en 1723; su padre hacía parte del cuerpo jurídico militar y desempeñó el cargo de Interventor de Aduanas. Recibió educación en las Universidades de Glasgow y de Oxford. Llegó a ser profesor de lógica y más tarde de filosofía moral en Glasgow. Estando en ejercicio publicó “La teoría de los sentimientos morales”, allí pareciera dar prefacio a la comprensión de sus ulteriores ideas en el ámbito económico. Decía que la conducta humana es movida naturalmente por seis motivaciones: El egoísmo, la conmiseración, el deseo de libertad, el sentido de la propiedad, el hábito del trabajo y la tendencia a permutar y cambiar una cosa por la otra. Encontrados estos postulados, el hombre es juez de sus intereses y debe por ende dejársele en libertad de satisfacerlo a su parecer. Así, no sólo alcanzará su propio provecho sino que estimulará el bien de la comunidad.

Después de más de una década dedicada a la enseñanza, viajó por Francia y fue durante un tiempo tutor del joven Duque de Buccleuch. De él adoptó más adelante una retribución considerable que le permitió consumarse a sus escritos. No obstante, en 1778 aceptó la nominación de Comisario de Aduanas, función que llevó a cabo hasta su muerte en 1790.

Estos hechos destacados de su vida pueden revelar algo del método que acogió en la investigación económica y explicar por qué Adam Smith fue el primer economista ilustrado.

La Riqueza de las Naciones

Esta publicación fue, de un lado, una crítica a la ideología mercantilista sobre la que descansaba la política británica en las colonias y, de otro, la articulación del mecanismo, aún mal comprendido, de una nueva sociedad.

Smith, antes de escribir su obra, tuvo ocasión de relacionarse con el pensador económico más destacado de Francia, el Sr. Quesnay, quien mantenía la idea de que la riqueza de una nación procedía de su capacidad para producir y no de la cantidad de oro y plata que tuviera. Smith desplegó esta idea en los argumentos que opone La Riqueza de las Naciones a la política restrictiva y proteccionista del mercantilismo.

Smith escribía, a favor del libre cambio, que “La riqueza no consiste en dinero ni en oro, sino en lo que se consigue con el dinero, el cual solamente tiene valor para comprar”. Discrepaba con los fisiócratas en la importancia que estos atribuían a las clases agricultoras como origen de toda riqueza efectiva, pero se acordaba con ellos en su actitud crítica hacia las sociedades que otorgaban una importancia primordial al privilegio y no a la producción.

Cómo se mantiene estructurada y hacia dónde va la sociedad era la principal pregunta que asaltaba a Smith desde su perspectiva económica.

La réplica a la primera interrogante está en las Leyes del mercado y en la interacción del interés individual y la competencia. Por ejemplo, supongamos que tenemos un cierto número de fabricantes de zapatos. Cada fabricante tratará de imponer a sus zapatos un precio tan elevado como pueda, pero si alguno de ellos eleva sus precios por encima de lo que exige el costo de producción, entrarán en el negocio de zapatos otros fabricantes, quienes tratarán de abrirse paso vendiendo a precios más bajos, esto forzará a los demás a bajar sus precios o a quedarse sin vender sus productos. De esta manera se vienen a la vez dos implicaciones. En primer lugar el fabricante se verá obligado, por las fuerzas de la competencia, a vender sus productos a un precio máximo de costo de producción (si eleva mucho el precio habrá otros que irrumpan gustosos en su negocio). En segundo lugar, el fabricante se ve obligado a ser lo más eficiente posible para mantener sus costos bajos y permanecer en condiciones competitivas.

La "mano invisible" del mercado también dirige a las personas en su elección de empleo y hace que tengan en cuenta las necesidades de la sociedad. El taxista, el cantinero y el repostero entran a su profesión porque esperan ganar en ella. No hay nada en esto que sea inmoral o antisocial, ya que ellos no hacen más que leer los signos que los precios proveen en el mercado; a medida que una sociedad necesita más carniceros, se eleva el precio que se está dispuesto a pagar por ellos (es decir, su salario), de igual forma, más personas se sentirán inclinadas por este oficio. Como consecuencia de ello, los salarios de los carniceros volverán a bajar o, al menos, quedarán nivelados.

Igualmente, el mercado controla las mercancías que han de producirse. Si los consumidores quieren más zapatos de los que se producen a un precio dado, tenderán a pagar más al competir por el calzado escaso. En consecuencia, los productores se verán impulsados a producir más zapatos. La naturaleza de la economía de mercado es que en ella todo se convierte en mercancía al asignarle precio, y que tanto la oferta como la demanda de estas mercancías es sensible a los cambios de precio.

Hay que tener una idea clara de la importancia revolucionaria de esta doctrina. El mercado es impersonal y no conoce favoritos; se acabarían las prerrogativas específicas de la nobleza. Esta idea debe ser contrastada con los procedimientos anteriores para organizar la sociedad, en ellos cada uno tenía asignado un lugar y en él permanecía toda la vida. El mercado no solamente da por supuestos el interés individual y la competencia, sino que requiere la existencia de movilidad, en virtud de la cual una persona puede perseguir su egoísmo. Así, la doctrina de Smith es a la vez dinámica y democrática.

Smith describió tanto lo que sucedía en una sociedad como lo que a su parecer debía suceder. Sin embargo, como descripción de la realidad, su teoría obviamente se ajustaba con mucha más exactitud a la sociedad de finales del siglo XVIII que a la de la segunda mitad del siglo XX. Una condición previa para el funcionamiento eficaz del mercado era que ninguna de las piezas del mecanismo productivo, ya sea del lado de los trabajadores o del de los capitalistas, sea tan grande que interfiera las fuerzas de la competencia. Las amenazas del sistema eran los monopolios. Hay que recordar que Smith escribió antes de la Revolución Industrial y de la aparición de producciones a gran escala. Actualmente la economía está dominada por gigantes económicos que tienen a su servicio millares de empleados, miles de millones de dólares invertidos y un volumen globalizado de ventas y producción.

A Smith le interesaba también hacia dónde iba la sociedad. Al responder a esta pregunta, Smith subraya los efectos convenientes de la acumulación de bienes por los empresarios. Estos beneficios, creía Smith, serían reinvertidos y utilizados para comprar maquinaria nueva, la cual acarrearía mayores posibilidades en la división del trabajo y el aumento de la productividad, por tanto conduciría una mayor riqueza. En su famosa descripción de una fábrica de alfileres, Smith observaba que al concentrarse cada hombre en una tarea, podía producir más que si hubiera tenido que operar por sí sólo cada una de las fases del trabajo. También observaba que los hombres que lo rodeaban y que estaban haciendo grandes fortunas no la derrochaban en una vida suntuosa, sino que ahorraban, acumulaban y reinvertían. Se establecía así una tendencia hacia la entrada de máquinas nuevas y finalmente una mayor productividad. Smith veía en esta acumulación el motor que pondría en movimiento el mejoramiento de la sociedad.

Su visión del progreso

Los capitalistas obtienen beneficios. Los beneficios se invierten en maquinarias. Más maquinaria significa mayor demanda de mano de obra. Los salarios se elevan. Como consecuencia de los salarios más altos, los beneficios descienden y la expansión se extingue, pero la demanda de mano de obra también disminuye a medida que decae la acumulación (inversión). Al disminuir la demanda de mano de obra, los salarios bajan; en consecuencia, los beneficios vuelven a elevarse. El proceso de acumulación prosigue su marcha.

Obsérvese que éste es un proceso continuo de desarrollo y no simplemente un círculo económico. La acumulación implica mayores medios de producción y mayor división del trabajo. Una mayor división del trabajo significa mayor productividad y más riqueza para la nación. El resultado es un paraíso de arduo trabajo.

Malthus y Ricardo

Finalizando el siglo XVIII eran pocos los ingleses acomodados que ponían en duda que vivían en el mejor de todos los mundos posibles. William Godwin, por ejemplo, preveía un futuro en el que "ya no habría solo un puñado de ricos y una multitud de pobres... No habrá guerras ni crímenes ni eso que se llama administración de justicia; no habrá gobiernos”. Además “no se conocerá la enfermedad, ni la angustia, ni la tristeza, ni el resentimiento". El reverendo Thomas Malthus contribuyó en gran medida a desfigurar esta visón entusiasta del mundo. En una obra, publicada anónimamente en 1798, con el título de Ensayo sobre el principio de la población en lo que respecta a la mejora futura de la sociedad, afirmaba la presencia natural de una tendencia a que la población deje atrás todos los medios posibles de subsistencia. En lugar de progreso, Malthus preveía un futuro dramático de la sociedad, según el cual sería el instinto de reproducción humano el que impulsaría irrevocablemente a la humanidad hacia el abismo de su existencia.

David Ricardo, compañero y antagonista de Malthus, en su obra Principios de Economía Política, trazó una visión de la sociedad que resultaba tan devastadora para el mundo esperanzado de Adam Smith como para la visión más espectacular de Malthus. Smith había imaginado la sociedad como una familia, que crecería y aumentaría su riqueza, siempre que se le dejase sola. Para Ricardo, la sociedad era una lucha que enfrentaba las fuerzas principales del progreso; los terratenientes y los industriales. Ambos, decía, “estaban destinados a perder”.

Aunque estos dos economistas estaban en desacuerdo sobre casi todos los problemas, no lo estuvieron en lo que Malthus sostenía acerca de la población. Malthus argumentaba que la raza humana tendía a multiplicarse a un ritmo muy rápido y que, en cambio, la tierra, a diferencia de la población, no puede multiplicarse. La consecuencia de esto sería que, tarde o temprano, el número de habitantes dejaría atrás a la cantidad de alimentos necesarios para mantenerlos. Las guerras, las epidemias, las pestilencias y las plagas resultarán necesarias para regular la población; "El hambre parece ser el último y más temible recurso de la naturaleza", observaba Malthus.

Ricardo admitía las ideas de Malthus acerca de la expansión de la población y las convirtió en teoría económica. En la teoría de Ricardo, a medida que la población crece, se ponen más y más tierras en cultivo para cosechar. Él sospechaba que esto haría subir el costo de los cereales, pero no en los buenos campos que ya estaban en cultivo, sino los campos de segunda calidad recién incorporados al cultivo. El contraste en los costos llevaría a la obtención de beneficios -llamados renta de la tierra- por parte de los terratenientes bien situados que producían a bajo costo. En consecuencia, a medida que la población creciera, y se fueran poniendo en cultivo más tierras, la renta de las tierras buenas se elevaría constantemente. No sólo subirían las rentas, sino también los pagos (salarios). Pues a medida que los cereales resultaran más costosos de producir, habría que pagar más a los trabajadores con el fin de permitirles, justamente, "comprar su pan de cada día" y mantenerse vivos.

La derivación era una predicción singularmente lúgubre. El trabajador estaba forzado a permanecer siempre marginado dado que, cada alza del salario suponía más hijos, con lo que el número de jornales se elevaba y, con la competencia, los salarios volvían a bajar al nivel mínimo de subsistencia.

Aparte de la oscura vista sobre la población expuesta por Malthus y la visión de Ricardo sobre la asfixia de la sociedad, Malthus concibió una idea económica que dio comienzo a otro motivo de expectación. Malthus vivía intranquilo por la posibilidad de un “atascamiento general, una crecida de mercancías sin clientes.

A Ricardo le parecía una increíble paranoia esta proposición. Él creía que la ambición de bienes era eterna, y que la capacidad para adquirir las mercancías estaba garantizada. Es decir, todo bien que era producido tenía un costo en salario, renta de la tierra y beneficios, pero todo costo suponía un ingreso para alguien. Por ende, cualquiera que fuese el precio de un bien material o de servicio, siempre existía alguien que tenía capital para comprarlo.

La raíz de las discrepancias entre Ricardo y Malthus residía en el hecho de que se trazaban interrogantes distintas. Para Malthus el problema era “cuánto habrá. Para Ricardo el problema era asunto mucho más controversial; “qué se lleva cada cuál”.

Ricardo y su visión de la dinámica social

La población crece. Se ponen en cultivo más tierras para alimentar a la cantidad en aumento. La tierra es propiedad desigual; a medida que crece la población, se ponen en cultivo tierras menos fértiles. El terrateniente que tiene tierras más fértiles puede producir más barato que el terrateniente con tierras menos fértiles. Al aumentar la población, aumenta la demanda de productos de la tierra, y el precio de estos se eleva. Los salarios se elevan también para dar de comer al trabajador, y esto reduce los beneficios. Como todos los cereales se venden en un mercado y a un solo precio, el terrateniente que tiene mejores tierras obtiene mayores beneficios de la subida resultante en los precios. La diferencia entre su beneficio y del terrateniente con tierras menos fértiles se define como renta de la tierra. La implicación es que el terrateniente aumenta sus ganancias sin incrementar su aportación real a la sociedad.

Marx

Karl Marx nació en Tréveris, Alemania Occidental, en 1918. Pertenecía a una familia judía de la alta clase media; pero su padre abandonó la religión judía poco después de nacido Marx.

En la actualidad se considera generalmente a Marx como un economista que trabajó dentro de la tradición clásica; pero tanto sus partidarios como sus críticos convienen en que fue mucho más (o mucho menos) que un economista; fue un revolucionario que usó el estudio de la economía política como un instrumento de la lucha política. El mismo sostuvo que era necesario descubrir las leyes de la evolución mediante el estudio de la economía política para adquirir así un arma teórica sin la cual la nación política estaba condenada a la impotencia.

Marx: su doctrina económica

Hemos visto cómo las condiciones brutales y sombrías que imperaban en la Europa del siglo XIX produjeron un grupo de pensadores que intentaron persuadir a los gobernantes de Europa de que instituyesen cambios en la sociedad a fin de hacer de ella un lugar mejor donde vivir. En aras de esta empresa, los socialistas utópicos desarrollaron grandes esquemas en los que describían el funcionamiento de la sociedad perfecta. Marx fue más allá, siguiendo un camino diferente que los socialistas utópicos a quienes despreciaba. Marx afirmaba que el cambio era no solamente deseable, sino también inevitable, e intentó demostrar que quienes trabajaban a favor de una revolución comunista no solamente estaban del lado justo, sino también del lado de los vencedores.

La base de la teoría marxista la constituía su análisis de la historia, fundada en el materialismo dialéctico. Engels explicaba el materialismo dialéctico de la siguiente manera: la concepción materialista de la historia arranca del principio de que la producción y el intercambio de productos constituyen la base de todo orden social; que en toda sociedad, entre cuantas han aparecido en la historia, la división de la sociedad en clases está determinada por aquello que se produce y cómo se produce y por la forma en que se intercambia la producción. Según esta concepción, escribía, "Las causas últimas de todos los cambios sociales y de todas las revoluciones políticas hay que buscarlas, no en las mentes de los hombres, sino en las mutaciones experimentadas por los métodos de producción y de intercambio; esas causas no deben buscarse en la filosofía, sino en la economía de la época a que se refieran".

En otras palabras, la fuerza básica en la historia es, para Marx, la estructura económica de la sociedad. Esto no excluye el impacto de las ideas, sino que sostiene que las ideas son un reflejo de la sociedad que las alienta. Implica también que las ideas tienen que ser juzgadas de acuerdo con su relevancia para la sociedad existente.

El interés principal de Marx consistía en demostrar que el capitalismo estaba cavando su propia fosa. Según una de sus tesis, a medida que el capitalismo se iba desarrollando, se hacia más interdependiente de la tecnología o capital constante. Sin embargo este hecho tecnológico estaba en contradicción con la organización competitiva y carente de planes de la sociedad capitalista. Como consecuencia de ésto, las economías capitalistas sufrirían crisis y hundimientos. Además, el capitalismo estaba creando el germen de su propia destrucción, pues a medida que se desarrollaba lanzaba cada vez más agentes al proletariado, que se empobrecía progresivamente. De ahí que Marx viera en la evolución de la sociedad capitalista, su condena inevitable. Su análisis se centraba en las razones del carácter inevitable de esta condena y no, como el de los socialistas utópicos, en un plan básico para la sociedad del futuro.

El objetivo del gran libro de Marx, El Capital, era descubrir las "leyes del movimiento" de la sociedad capitalista. La palabra movimiento es importante aquí, porque al cargar el acento sobre la mutación y el movimiento, Marx se distinguió de la corriente principal de la ciencia económica ortodoxa que había de sucederle en el mundo anglo-norteamericano, del mismo modo que se distinguió de los socialistas utópicos por la importancia que atribuía a las leyes que según él harían inevitable el cambio.

Marx construyó su crítica al modelo capitalista demostrando como explotaba necesariamente a su clase trabajadora y cómo esta explotación conduciría inevitablemente a su destrucción. La teoría de Marx comenzaba con la teoría del valor basada en el trabajo, tal como la había recibido de los economistas clásicos Smith y Ricardo. Según esta teoría, el valor de una mercancía se medía por la cantidad de trabajo que socialmente se necesitaba en su creación. (Después de Marx la corriente principal de la ciencia económica ortodoxa se apartó de esta opinión para sostener que el valor de una cosa era el precio que alcanzaría en el mercado).

En el mundo teórico de Marx, todo se vendía por su valor; y el valor de la mano de obra es la cantidad de trabajo que se necesita parar crear la mano de obra, es decir, un salario de subsistencia. En otras palabras, las energías vendibles de un trabajador valen la cantidad de trabajo socialmente necesario para mantener vivo a ese trabajador.

La clave de la explotación, en este sistema, está en el hecho de que existe una diferencia entre el salario que un trabajador recibe y el valor del producto que ese trabajador produce. A esta diferencia la llama Marx plusvalía. Al trabajador se le paga lo que se le debe y con su trabajo produce valor suficiente para que se le pague. Sin embargo, un trabajador no es contratado únicamente por la duración de la jornada necesaria para pagarle su salario de subsistencia. Contrariamente, el trabajador conviene en trabajar durante toda la jornada que el capitalista le señale, que en los tiempos de Marx era de diez a once horas diarias. Esto sucede porque el capitalista monopoliza una cosa; el acceso a los medios de producción mismos. Si un trabajador no está dispuesto a trabajar esa jornada completa de trabajo, no encontrará empleo.

Hasta aquí, Marx solamente ha demostrado la existencia de la explotación. Falta por demostrar por qué este sistema es insostenible y tiene que derrumbarse. Todos los capitalistas obtienen ahora beneficios, por la diferencia entre lo que pagan a sus obreros y el valor del producto creado por esos obreros. Pero los capitalistas compiten todos entre sí. Por esa razón tratan de acumular, a fin de ensanchar las escalas de su producción a expensas de sus competidores.

Ahora empieza la dificultad. La expansión requiere más trabajadores, y para obtenerlos, los capitalistas tienen que competir entre ellos. Los salarios tienden, pues, a subir, y los beneficios a bajar. Smith y Ricardo habían sostenido que los trabajadores salvarían su propia posición engendrando hijos. Para Marx, la doctrina malthusiana era un "libelo contra la raza humana", pues el proletariado no es tan miope como para caer en tal consideración. En su lugar, la disminución de los beneficios es contrarrestada temporalmente sustituyendo obreros por máquinas, lo cual incrementa la reserva de los desempleados; con su competencia harán que los salarios bajen nuevamente. Pero como los beneficios están constituidos solamente por la diferencia entre los costos de trabajo y lo que se persigue de la venta de las mercancías, el capitalista sigue cogido en la trampa. Si "automatiza" la producción, su margen de beneficios se reduce con ello, porque tiene menos trabajadores de quienes extraer "plusvalía". Si continúa contratando trabajadores, el nivel de salarios se eleva y sus beneficios descienden. Por cualquier camino que elija, la tendencia a largo plazo le lleva hacia una tasa descendente de los beneficios y hacia una serie de crisis cada vez más graves.

Irónicamente puede decirse que el mismo Marx dio al sistema capitalista un plazo de vida más largo con su estímulo al socialismo, al incitar con ello al capitalismo a efectuar las reformas que le salvaron la vida.

Crítica al funcionamiento capitalista

El trabajo es fuente de todo valor. El trabajador recibe por su trabajo un pago inferior del producto que él crea. Esta diferencia, que es beneficio, recibe el nombre de plusvalía. Marx supone que todos los capitalistas buscan aumentar sus beneficios mediante la expansión de sus empresas. Como consecuencia de ello, compiten entre sí por la mano de obra y los salarios se elevan. Por esta razón bajan la plusvalía y los beneficios. Entonces los capitalistas introducen maquinarias para desplazar trabajadores. Como consecuencia de este desplazamiento los salarios bajan de nuevo. Sin embargo, la sustitución de trabajadores por maquinaria ha estrechado la base sobre la que puede obtener plusvalía y beneficios. Por consiguiente, la tasa de beneficio tiende a descender a largo plazo. Al final esta da lugar a crisis (depresiones).

Keynes

John Maynard Keynes nació el 5 de junio de 1883 en Cambridge, Inglaterra. Murió el 21 de abril de 1946 en Firle. Se formó en Cambridge, donde estudió bajo la influencia de Alfred Marshal. Durante cuarenta de esos sesenta y tres años, es decir, desde que salió de la universidad hasta su muerte, se mantuvo en constante actividad como economista, pensador, escritor, maestro, funcionario público y estadista. Con sólidos conocimientos en economía y una extensa preparación matemática, Keynes adquirió muy pronto un notable conocimiento del mundo de los negocios y de los asuntos públicos. La conexión de Keynes en sus últimos años con los asuntos del estado fue tal, que le brindó una oportunidad única que no gozó ningún otro economista anterior a él; de hacer que sus ideas influyesen directamente en la formación y dirección de la política. Para algunos las doctrinas de Keynes son tan peligrosas y subversivas como las de Marx, una curiosa ironía puesto que Keynes se oponía de cierto modo al pensamiento Marxista y estaba totalmente a favor de apoyar y mejorar el sistema capitalista.

La razón de la desconfianza hacia Keynes es que más que ningún otro economista es el padre de la idea de una “economía mixta” en la cual el gobierno juega un papel crucial. Para muchos de esta época todas las actividades del gobierno se consideraban sospechosas cuando menos, y en el peor de los casos dañinos por completo. Por esto, para algunos, el nombre de Keynes está desacreditado, pero a pesar de ello sigue siendo uno de los innovadores de la disciplina económica, una mente que debe ser clasificada, junto con Smith y Marx, como una de las más importantes que haya producido la economía.

Keynes: doctrina económica mixta

Todos los grandes economistas fueron producto de sus épocas: Smith, la voz del capitalismo optimista e incipiente: Marx, el vocero de las víctimas de su más sombrío periodo industrial; Keynes, el producto de una época aun posterior: La Gran Depresión.

La Gran Depresión del decenio de 1930 no solo fue una tragedia humana, para la cual ninguna de las herramientas de la Economía tradicional podía encontrar explicación y mucho menos remedio. La depresión golpeó a Estados Unidos como un tifón. La mitad de la producción desapareció. Una cuarta parte de la fuerza laboral perdió su trabajo. Más de un millón de familias citadinas se encontraron con sus hipotecas vencidas y perdieron sus casas. Se perdieron nueve millones de cuentas de ahorros cuando, para no abrir nunca más, cerraron los bancos.

Contra esta terrible realidad de desempleo y pérdida del ingreso de la economía, igual que el mundo de los negocios o los asesores del gobierno, no tenían nada que ofrecer. Básicamente, los economistas se encontraban tan perplejos ante el comportamiento de la economía como el resto del pueblo estadounidense. En muchos aspectos la situación nos recuerda la incertidumbre que comparte el público y la economía ante la inflación actual.

Fue en este contexto de consternación y pánico dónde apareció el gran libro de Keynes: Teoría General del Empleo, El Interés y el Dinero (1943).

La esencia de su teoría consistió en hacer del ahorro el eje de la dificultad del sistema y en afirmar que no había nada automático en el mecanismo del mercado que mantuviese a la economía en empleo total.

Economistas como David Ricardo se habían burlado de la idea de Thomas Robert Malthus de que el ahorro podía conducir a atascamientos generales. Para ello era evidente que los atascamientos no podían ser causados por el ahorro, porque ahorrar significa invertir; es decir, significa que el dinero que uno no había gastado en consumo para sí mismo, lo gastaba en nuevos activos físicos para su fábrica.

El pensamiento económico tradicional había atribuido siempre (según Malthus) una gran importancia a la tendencia automática del mercado para resolver todos los problemas. No había problema económico que el mercado no fuera capaz de resolver si se le dejaba actuar por sí solo. Keynes intentó demostrar que no había nada de automático en el funcionamiento del mercado (particularmente en el mecanismo del ahorro-inversión).

Para comprender el pensamiento de Keynes acerca de la manera como el ahorro puede causar dificultades, tenemos que comprender cómo se determina el bienestar de una nación. La prosperidad nacional depende esencialmente de la fluidez del dinero que pasan de mano en mano. Con cada compra que hacemos, transferimos una parte de nuestro dinero al bolsillo de otra persona. De un modo semejante, cada moneda de nuestro dinero, ya sea de salarios, beneficios o intereses, se deriva en definitiva del dinero que ha gastado alguna otra persona.

Visto desde esta perspectiva, es evidente que si guardáramos el dinero constantemente, romperíamos la corriente circular del dinero. Al actuar de esa manera congelaríamos una parte del dinero que se nos entrega y devolveríamos a la sociedad menos de lo que esta nos da. Por supuesto, nuestro dinero no lo guardamos en el hogar, sino que lo almacenamos en bancos o en acciones, de donde pueden ser sacados por la empresa para fines de inversión, reintroduciéndolos así en la corriente del dinero.

Obsérvese, sin embargo, que en este mecanismo de ahorro-inversión no hay nada de automático, y las empresas no utilizan necesariamente todos los ahorros potenciales en inversiones. Una importante diferencia histórica entre la época de Malthus y la de Keynes es que a principios del siglo XIX, el ahorro y la inversión los hacía casi siempre la misma persona. Como decía Ricardo, el pequeño hombre de negocios que ahorraba, lo hacia para comprar más equipo. Pero en el siglo XX el ahorro y la inversión los hacen con frecuencia personas diferentes, tales como los padres de familia y los directivos de las sociedades anónimas, respectivamente. La idea de que el mecanismo ahorro-inversión no funcionaba con tanta suavidad como creían Ricardo y la ciencia económica tradicional fue lanzada por primera vez por Keynes en su libro Teoría general del empleo, el interés y el dinero. Para Keynes la redacción de esta obra representó “una lucha para escapar” de las viejas ideas, y lo mismo representó para sus lectores en aquel tiempo. Pero, vista retrospectivamente, la lucha fue continua y la Teoría general no fue sino su conclusión triunfal. Keynes mismo se daba perfecta cuenta de la novedad de su intento, y lo creía en fuerte contraste con lo que consideraba el principal objeto de los economistas clásicos. La economía política clásica -aboga Keynes- se ocupó de la distribución del producto social más que de su cuantía. En otras palabras, el clasicismo trataba de explicar los determinantes de las participantes relativas en el ingreso nacional de los diversos factores de la producción, y no las fuerzas que determinan el nivel de dicho ingreso (que también puede llamarse nivel de ocupación o de actividad económica en general). El supuesto implícito del sistema clásico es que el sistema económico tiende espontáneamente a producir una ocupación plena de los recursos de que dispone. La teoría de Keynes se basa en la negación de ese supuesto. Los clásicos ignoraron virtualmente el problema de la crisis, tampoco analizaron específicamente la posibilidad de que hubiera diferentes niveles de actividad económica con la misma cantidad de recursos.

Keynes se ocupó de los agregados: ingreso, consumo, ahorro, inversión, más bien que de la determinación de los precios individuales, que formaba la médula de la teoría económica del ayer. El estudio de los determinantes del nivel general de la actividad económica, aunque olvidado pronto por los ortodoxos, fue la llamada más importante del clasicismo antes de que perdiese definitivamente su vigor.

Algunas ideas Keynesianas

Keynes sostenía que en una economía de mercado era posible mantener una situación de equilibrio con desempleo. El Estado tiene la obligación de intervenir para estimular la demanda agregada y así propiciar el pleno empleo. Argumentaba Keynes que el desempleo masivo es el resultado de una demanda agregada insuficiente. Por lo tanto, para corregir tal situación el Estado debía intervenir y establecer ciertos “controles vitales” a fin de ejercer una influencia orientadora del gasto público. Para Keynes, a través del libre mercado no era posible alcanzar la meta del pleno empleo, pero aún en el caso de que circunstancialmente alcanzase por esa vía, tal situación no sería duradera, puesto que siendo el mercado inestable, muy pronto la economía tendría que aproximarse bien a una recesión, bien a un auge inflacionista.

Keynes decía que la prosperidad depende del fluir continuo de un volumen suficiente de gasto en la economía. Dado que el gasto de los consumidores es realmente estable, los cambios en el ciclo económico están determinados por los cambios en el volumen del gasto en inversión. Si la inversión decae, el gasto disminuye, la fluidez del dinero disminuye también y se inicia la contracción económica.

La inversión es una rueda motriz de la economía en la que no se puede confiar sin que los empresarios tengan de esto culpa alguna, se encuentra amenazada constantemente, y esto equivale a la contracción económica. Keynes atribuye a la importancia de las expectativas como una fuerza motriz que pone en marcha la inversión. Cuando la perspectiva es desalentadora, simplemente la inversión se detiene.

Una economía en estado de depresión puede muy bien no salir de ella; no hay nada inherente en esta situación que sea capaz de rescatarla.

Esta es la idea más compleja. Los economistas anteriores a Keynes pensaban que durante una recesión existirían ahorros no utilizados, y que estos ahorros darían lugar a que bajase el precio de los mismos, es decir, el tipo de interés. El efecto de la baja del tipo de interés estimularía de nuevo la inversión, con lo cual comenzaría un movimiento ascendente. Todo el mecanismo era tan automático como aquel mediante el cual el mercado se descongestiona de una oferta excesiva de zapatos hace que el precio de estos baje, la baja del precio de los zapatos hace que la gente compre más zapatos, y de esta manera se descongestiona el mercado. Keynes hizo notar que en el fondo del ciclo económico no se produciría una crecida de los ahorros, porque a medida que el poder adquisitivo de la gente disminuía, también se mermaban sus ahorros.

Cuando vacila el gasto en inversión, se precisa de una intervención del gobierno con el fin de mantener en la economía el nivel del gasto.

Este punto se basa en la necesidad de la intervención del gobierno para mantener el empleo total. El mecanismo de compensación que Keynes proponía cuando se debilitara la inversión privada, era el gasto gubernamental. Esto produciría simultáneamente un doble efecto: introduciría más dinero a la economía y, al hacerlo estimularía la inversión privada.

El punto crucial del mensaje de Keynes era, pues, que el gasto del gobierno podría ser una política económica esencial para un capitalismo deprimido que tratará de recuperar su vitalidad.

La idea central que Keynes aportó al pensamiento económico moderno fue aquella según la cual no existe ningún mecanismo automático para mantener el empleo total ni para sacar a la economía de una caída. Por esta razón resultaba necesaria una acción consciente por parte del gobierno, haciendo entrar en juego el gasto público, lo cual significa él estimulo público de la inversión o del consumo privados.

Milton Friedman: Monetarismo

En los años recientes se ha producido gran controversia por un enfoque a la administración monetaria llamado monetarismo, en su base, es parte de una visión mayor de la naturaleza autocorregible y autopropulsora de nuestro sistema económico.

El principal vocero del monetarismo durante los años pasados ha sido el profesor Milton Friedman, Premio Nóbel de Economía. Trabajó en la Universidad de Chicago y actualmente trabaja en el Instituto Hoover de California. La mayoría de los monetaristas, inclusive Friedman, culpan de la mayor parte de la inestabilidad de la economía al gobierno federal, argumentando que la inflación que ha registrado Estados Unidos con los años se podría haber evitado si no se hubiera aumentado la oferta monetaria con tanta velocidad.

Es interesante señalar que la mayor parte de los monetaristas no son partidarios de una política activa de estabilización monetaria. Es decir, no son partidarios de ampliar la oferta monetaria durante épocas “malas” y de frenar el crecimiento de la oferta monetaria durante épocas “buenas”. En términos generales, los monetaristas suelen ser muy escépticos en cuanto a la capacidad del gobierno para administrar macroeconómicamente.

Friedman lleva muchos años respaldando una política de crecimiento monetario constante y lento. En concreto, sostiene que la oferta monetaria debería crecer a un ritmo igual al crecimiento promedio del producto (ingreso) real. Es decir, debería seguir una política constante que acomode el crecimiento real pero no la inflación.

La inflación

Para Friedman, la inflación la inducen los gobiernos al aumentar la cantidad de moneda más rápidamente que la producción. Tres son las causas para que ello ocurra. Según cita Friedman en una conferencia:

Una de ellas, vigente desde hace muchos siglos, es que los gobiernos, obligados a gastar, no se atreven a elevar abiertamente las cargas impositivas. Recurren por ello a un impuesto encubierto que es la inflación (...) La inflación es un tipo de impuesto muy peculiar. Se trata del único tributo que puede ser introducido sin que nadie deba refrendarlo mediante su voto. Ningún congresista se vio en la necesidad de levantarse y decir: “Yo voto por la inflación”. Pero ello no significa que debe tratarse de un verdadero impuesto directo, cobrado en los pedazos de papel que para pagar sus programas el gobierno imprime. Es también un impuesto indirecto, porque a medida que la inflación avanza, el contribuyente se ve incluido en escalones cada vez más elevados de la progresividad fiscal, con lo que, sin necesidad que la ley sea modificada, queda sometido a mayores tipos impositivos.

La segunda causa aludida por Friedman alude al compromiso que los gobiernos suelen asumir al propiciar políticas de pleno empleo, recurriendo para ello a incrementos en el gasto público, mediante el simple expediente de incrementar la emisión de billetes.

Los gobiernos no han provocado deliberadamente los altos niveles de inflación que hoy experimentamos. Son éstos consecuencia indeseada de otras medidas, tales como la política de pleno empleo y de bienestar social, que han obligado a aumentar en exceso el gasto público.

En el sentido de este economista, la tercera causa de la inflación la dan las erróneas políticas aplicadas por los bancos centrales, los cuales han creído que les incumbía controlar los tipos de interés, cuando su verdadera misión debería consistir en regular la cantidad de dinero en circulación. En su empeño por controlar las tasas de interés han propiciando aumentos en la oferta monetaria imprimiendo nuevos medios de pago. El resultado final ha sido que los tipos de interés alcanzaron niveles muy superiores a los que le correspondían, de haber seguido las autoridades una política monetaria más acertada.

Después de analizar las causas de la inflación, pasa Friedman a proponer el remedio para la misma:

Cualquier economista sabe lo que hay que hacer, y yo no recurriré a rodeo alguno: la única manera de acabar con la inflación estriba en no permitir que el gasto público crezca tan rápidamente. El gobierno debe gastar menos; debe atemperar el aumento del circulante. Ninguna otra formula permitirá alcanzar el objetivo apetecido. Sólo la aludida mecánica permitirá frenar la inflación (...) Si decidimos ponerle remedio, sufriremos inevitablemente un período de más reducido crecimiento económico, durante el cual el nivel de paro también será mayor. Todo ello resulta inevitable, pues, para acabar con la inflación, es necesario frenar el gasto total.

Principios monetaristas

Los aumentos o disminuciones en la oferta monetaria afectan en forma directa al gasto, no sólo en forma indirecta a través de sus efectos sobre la tasa de interés. Los monetaristas creen que éste es el caso debido a que sostienen que el público tiene una fuerte propensión a conservar en forma líquida una proposición fija de su ingreso y que por lo tanto gastará cualquier exceso de efectivo que reciba. Si usted encuentra que su cuenta de banco tiene un saldo inesperadamente alto tendrá la tendencia a comprar algo en lugar de conservar el efectivo.

Además, las variaciones en el crecimiento de la oferta monetaria inciden sobre las tasas de interés de dos maneras diferentes: al crecer las cantidades de dinero, las tasas de interés bajan en un principio, pero, en una segunda etapa, tal crecimiento provocará un aumento en los precios lo cual tiende a subir las tasas de interés, por cuanto también genera un aumento en la demanda de créditos.

Friedman y los monetaristas argumentaban que sólo la política monetaria puede influir el curso del PIB. Detrás de este razonamiento existe un argumento que ya hemos escuchado: los aumentos en el gasto público sólo desplazan al gasto privado: el gobierno gasta más pero los hogares o las empresas gastan menos. Se dice que éste es el caso debido a que el gobierno tiene que financiar su actividad mediante fijación de impuestos o usando préstamos y que éstos restringen la capacidad del sector privado para gastar por su propia cuenta.

Como consecuencia de esto, los monetaristas desacreditan la política fiscal y alaban la política monetaria. Llevando a un extremo, el lema del monetarismo que no es sólo que “el dinero importa” sino que “sólo el dinero importa”.

Los monetaristas son escépticos respecto a la utilidad de la política fiscal para controlar la demanda agregada y se oponen a los gastos del gobierno considerando que tienen poca efectividad, pues simplemente desplazarán la demanda privada de inversión; en otras palabras, lo único que lograrán los gastos gubernamentales será sustituir la iniciativa privada por la pública.

Los monetaristas insisten en un aumento automático en la oferta monetaria, no en los cambios en la oferta dictados por la política de la Reserva federal. Los monetaristas dicen que el problema con la política de la Reserva federal que "estimula” la oferta monetaria una semana y “la restringe” por consiguiente, es que sólo logra introducir confusión en la situación económica y la más frecuente es que fije el rumbo equivocado. La razón es que la información sobre la que opera la Reserva federal siempre esta atrasada en semanas. El resultado, según el punto de vista de Friedman, es que lo más frecuente por parte de las autoridades monetarias de todas las naciones es gravar los problemas de sus países al ampliar la oferta monetaria cuando debieran estar restringiéndola y viceversa. La medicina correcta aplicada al momento incorrecto no cura la enfermedad; la empeora.

La cura es osada. Friedman propone que la oferta monetaria debe ser aplicada mediante un porcentaje fijo invariable adaptado al crecimiento a largo plazo de la producción de la nación. De esa forma, afirma él, la oferta monetaria no sólo se acomodará a la necesidad creciente de nóminas, inventarios y préstamos mayores, sino que la misma estabilidad de su crecimiento servirá para mantener la economía en el camino del crecimiento. Si encontramos que nos dirigimos a una recesión, digamos debido a acontecimientos internacionales, el aumento estable en la oferta monetaria aumentará las reservas de los bancos, estimulándolos a ampliar sus préstamos y por consiguiente sacarnos de la recesión. Por otra parte, si experimentamos un repentino brote de inflación, la misma tasa estable e invariable de crecimiento de la capacidad de los bancos para extender préstamos actuará como una restricción automática, limitando la capacidad de los bancos para financiar las demandas aumentadas por la inflación de sus clientes y, por consiguiente, ayudando a mitigar la presión inflacionaria.

Por otra parte, dados los desequilibrios que puede producir las fluctuaciones en la cantidad de dinero, ésta suele ser la causa tanto de inestabilidad del gasto nominal agregado como de los ciclos económicos, razón por la cual concluyen los monetaristas que si se logra controlar la oferta de dinero, se logrará al mismo tiempo una estabilización de las actividades económicas.

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