Teorías cartesianas

Filosofía moderna. Descartes. Racionalismo. Existencia de Dios. Teoría de las ideas. Finito e infinito

  • Enviado por: Antonio Ruiz Ortín
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 5 páginas
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DESCARTES

I. ANÁLISIS Y EXPLICACIÓN

En la tercera meditación Descartes demuestra filosóficamente la existencia de Dios. Consiste en aplicar el principio de causalidad a la idea de Dios, y no al mundo, como hace Sto. Tomás. Pero como en la preparación de la prueba y en la prueba misma Descartes hace un uso intensivo de su teoría de las ideas, será conveniente exponer esta teoría antes de enfrentarnos con el tema de Dios.

  • Las ideas

  • El pensamiento:

    En Descartes, el pensamiento tiene un significado muy amplio: nombra cualquier actividad de la mente, tanto intelectual como volitiva y afectiva.

    Las ideas:

    Descartes divide los pensamientos en ideas por una parte y sentimientos, actos de voluntad y juicios, por otra. Las primeras son los hechos de conciencia más simples: son como imágenes que representan cosas; los segundos son más complejos, pues en ellos algún tipo de representación acompaña siempre la mera representación de las cosas.

    Evidencia de las ideas. Claridad y distinción:

    Desde el punto de vista de su evidencia, las ideas se dividen en claras y oscuras; y las claras en distintas y confusas. Una idea es clara cuando transparenta las cosas y oscura cuando las oculta. Una idea es distinta cuando está separada de cualquier otra idea, de modo que pueda ser definida; si no admite definición, entonces, aunque sea clara resultará confusa.

    Verdad y falsedad:

    No se debe confundir la claridad y oscuridad de las ideas con la verdad y la falsedad de los juicios. Las ideas no pueden ser verdaderas ni falsas, sino claras u oscuras.

    El error: razón, voluntad e imaginación:

    Según Descartes, nuestros juicios serían siempre verdaderos sí únicamente juzgásemos cuando tenemos ideas claras y distintas. Pero sucede que el hombre no solo es razón, sino voluntad e imaginación. La voluntad con su impaciencia, precipitación, y la imaginación, con sus prevenciones y prejuicios, nos impulsan con frecuencia a juzgar, a pronunciarnos sobre cosas cuyas ideas no tenemos claras, por lo que tales juicios resultan falsos. Para Descartes, el error fundamental y más corriente consiste en juzgar que las ideas, que están en mí, son conformes a las cosas, que están fuera de mí.

    El criterio de verdad. La costumbre:

    La claridad y distinción de las ideas constituyen el criterio general de verdad, “todo lo que veo con distinción y claridad es verdadero”. Sí esa verdad particular es clara y distinta, entonces cabe sostener, con carácter general, que todo lo que sea claro y distinto resultará verdadero. Este criterio garantiza que a toda evidencia subjetiva corresponde siempre, fuera del sujeto, una verdad objetiva. La función de la regla consiste en asegurar la conformidad de las ideas con las cosas. Con la costumbre paso, de manera irracional y ciega, de ideas oscuras y confusas en mi a supuestas realidades fuera de mí. Si embargo, la validez y fiabilidad de tal criterio no es absoluta, porque, el último término, puestos a dudar, cabe la posibilidad de que sea objetivamente falsa una cosa concebida por nosotros de manera clara y distinta.

    Sustancia y accidente. Razón y sentidos:

    Descartes identifica las ideas claras con los conceptos matemáticos y con algunas nociones básicas de la filosofía, como la noción de sustancia: Una realidad que existe por sí misma. Con independencia de cualquier otra. Las ideas de las cosas materiales, si se basan en los sentidos son, ideas oscuras y confusas, e, incluso, materialmente falsas y solo resultan claras y distintas cuando están elaboradas por la razón, ya sea por la razón matemática, ya sea por la razón filosófica.

    Origen de las ideas:

    Descartes divide las ideas en innatas, adventicias y facticias. Las ideas innatas parecen provenir de la propia naturaleza del sujeto; las adventicias, de cosas existentes fuera; las facticias, de ficciones e invenciones del sujeto. Descartes, solo valora las ideas innatas en las que pretende basar el conocimiento.

    Realidad objetiva de las ideas:

    Cabe otra clasificación de las ideas. Las ideas desde el punto de vista del contenido, desde el punto de vista de la mayor o menor realidad objetiva que representan pueden dividirse o jerarquizarse según su grado de perfección.

  • La idea de Dios

  • Descartes demuestra la existencia de Dios a partir de la idea de Dios, combinando la idea de Dios con el principio de causalidad, al considerar la idea de Dios no en sí misma, sino en relación causal con nuestra finitud.

    Planteamiento de la cuestión:

    Descartes no se pregunta directamente si existe Dios. Solo se pregunta si existe algo más que uno mismo: se trata de saber si entre las ideas que hallo en mi, hay alguna que me remita a una cosa fuera de mí. La existencia de cosas exteriores al sujeto se prueba “desde dentro”, desde la conciencia, a partir de las correspondientes ideas

    El principio de causalidad:

    A juicio de Descartes, el principio de causalidad debe aplicarse a las ideas. Así, a la realidad objetiva debe corresponder una realidad efectiva adecuada a la perfección que representan. Quede claro: aplicar el principio de causalidad a las ideas, significa considerarlas como efectos que exigen una causa en consonancia con la realidad objetiva que encierran.

    De esta forma, el problema se concreta: se trata de encontrar en mi una idea tal que, por vía causal, me remita a otra que esté fuera de mí.

    Eliminación de ideas:

    Como el planteamiento anterior todavía resulta muy general, es necesaria una táctica o estrategia de eliminación. Habrá que suprimir todas aquellas ideas cuya causa pueda ser yo, no sirven para demostrar que existe algo más que yo.

    Idea y demostración de Dios:

    Sólo queda ya, por exclusión, la idea de Dios. Entonces se impone reconocer que la idea de Dios en mi tomada como efecto que exige una causa adecuada a la realidad objetiva que representa, no puede proceder de mí, dada mi finitud, y tiene que provenir de Dios mismo: con lo que queda demostrada la existencia de Dios. He aquí los tres pasos de la demostración: Primera premisa: tengo en mi la idea de Dios como ser infinito. Segunda premisa: yo soy finito. Conclusión: existe Dios como ser verdaderamente infinito, que ha puesto esa idea en mí, como su sello o huella.

    Objeciones y respuestas:

    Descartes reconoce dos posibles objeciones a su demostración:

  • La idea de infinito sería una idea negativa, compuesta y derivada de la negación de la de finito.

  • La idea de finito sería una idea confusa y oscura, e, incluso, materialmente falsa.

  • Pero Descartes responde así:

  • La idea de infinito es positiva y simple, anterior a la de lo finito.

  • La idea de infinito es clara y distinta, tiene más realidad objetiva que cualquier otra y, por tanto, es la más verdadera y la que menos se presta a la duda y a la falsedad.

  • El concepto de infinito:

    Esta noción era muy oscura para los filósofos griegos, ellos entendieron el infinito como algo indefinido. La infinitud como el modo de ser propio de Dios, por el cual trasciende toda perfección finita.

  • Dios en la filosofía de Descartes:

  • Bondad y veracidad de Dios:

    Descartes razonará así: “Dios existe. Y Dios es bueno y, por tanto, veraz. Por consiguiente, no puede engañarnos permitiendo que nosotros creamos como creemos, que existe el mundo, los demás, nuestro propio cuerpo y que dos más dos suman cuatro, sin que efectivamente se den esas cosas. No hay razón alguna para considerar la posibilidad de un genio maligno empeñado en engañarnos, ya que Dios, en su bondad no consentiría eso”.

    Dios, tercer nivel de certeza:

    Descartes se instala en esta certeza, desde la cual puede garantizar la realidad del mundo y la objetividad de las evidencias matemáticas. La existencia de Dios funciona como una certeza de la certeza, o una garantía; pero tiene que ser así en la medida en que la verdad “Yo existo” sólo se garantiza a sí misma.

    Error inevitable y error evitable:

    Ahora bien, es un hecho que el hombre se equivoca. El Dios de Descartes sólo garantiza que no podemos equivocarnos de derecho, es decir de manera inevitable. Con Dios se disipan las dudas de que si su razón esté hecha de tal manera que, cuando piensan con ella, siempre, sistemática y fatalmente, se equivocan. Descartes dice que podemos estar tranquilos respecto a esto, que Dios nunca permitiría esto. Pero Dios sí permite que nos equivoquemos de hecho, de manera inevitable. Esas equivocaciones no son imputables a Dios, sino al hombre, cuando, llevado de su impaciencia o de sus prejuicios, se pone a juzgar las cosas partiendo de ideas oscuras y confusas. Dios no es responsable de nuestros errores.

    Contraste en la filosofía de Descartes:

    Puede parecer sorprendente que Descartes, tan crítico, tan escrupuloso, acepte la existencia de Dios tal como es establecida por el argumento ontológico, no encontrando reparo alguno en una demostración tan dudosa como ésta. Es como si, a última hora, se produjese una pérdida de rigor y de exigencia en su filosofía.

    Necesidad de Dios:

    Descartes, por el planteamiento que ha hecho, está obligado a recurrir a Dios. El tema de Dios aparece por necesidad. Terminar apelando a la veracidad de Dios es el precio que Descartes tiene que pagar por sus anteriores excesos críticos, por haber ido demasiado lejos con la duda. Al problematizarlo todo Descartes se ha metido en un atolladero del que no cabe salir, si no es con el recurso a la existencia de Dios. Este Dios, que garantiza, la objetividad del mundo y de la certeza matemática, constituye la otra cara de la moneda cuya cruz es aquel genio maligno. También podría decirse que si Descartes se permite el lujo de elevar tanto el nivel de duda, es porque a contado de antemano con esa verdad que es la existencia de Dios.

    El argumento ontológico: Sto. Tomás y Descartes:

    Aristóteles y Sto. Tomás daban por supuesto la existencia del mundo. Pero tal camino se le cierra a Descartes, desde el momento en que la duda pesa sobre el mundo. Descartes no da por supuesta la realidad del mundo y, además, tiene que demostrar la existencia de Dios. Durante esa demostración no podrá apoyarse en el mundo. Se ve que la única salida que le quedaba a Descartes era apoyarse en el argumento ontológico. Aristóteles y Sto. Tomás demuestran la existencia de Dios a partir del mundo; Descartes demuestra la existencia de Dios a partir de la idea de Dios, y luego demuestra la existencia del mundo a partir de Dios.

    Descartes resulta un espíritu totalmente moderno; lo que le interesa de verdad es el mundo, no Dios: por eso problematiza y pone a prueba el mundo, y apenas cuestiona a Dios.

    Filosofía y sentido común:

    Por último cabe pensarse que, Descartes viene a aterrizar en pleno sentido común, identificándose con el punto de vista corriente, de la gente. Pero aquí se trata tan sólo de un acuerdo o coincidencia aparentes entre sentido común y filosofía. Porque el sentido común únicamente tiene mera opinión (correcta, si, pero ciega) sobre estas cosas; y la filosofía, conocimiento cierto. Ella, pues, en un sentido no cambia nada, y, en otro, lo cambia todo. Así, pues, después del ejercicio filosófico, todo sigue igual, pero de manera diferente, de manera más libre y racional. Y tal diferencia basta para justificar la filosofía.

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