Stalin

Historia universal. Gobierno ruso. Purgas. Conspiración

  • Enviado por: El remitente no desea revelar su nombre
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 14 páginas
publicidad

 

En el año 1934 en la URSS, bajo el gobierno de Stalin, se había dado temporalmente un ambiente cuasi-liberal donde se permitía a la oposición reuniones y artículos dirigidos a la prensa, aunque estaba prohibido criticar al Partido Comunista. Estas concesiones se vieron interrumpidas cuando en diciembre de ese año fue asesinado un comunista de alto rango cercano a Stalin, Sergei Kirov; algunos creen que Stalin sabía sobre aquello pero lo importante de todo esto es que a partir de ese momento se produjo un cambio, no habría más concesiones “liberales”. Luego de un juicio se liquidó a los responsables, este fue el punto de partida de una campaña de terror dirigida a cualquiera que en opinión de Stalin era su opositor. Éste parecía poseído por el terror al terrorismo y por el deseo de convertir este terror en un arma mortal contra aquellos a quienes pretendía eliminar para siempre de la vida política, hubo una fervorosa búsqueda de terroristas dentro de todas las ramas del Partido.

Así fue cómo surgieron los procesos y las purgas, que posteriormente se han ido reiterando hasta constituir un carácter distintivo del régimen estaliniano. Se estima que entre 1936 y 1939, los años más duros de estos procesos, entre muertes y castigos en campos de concentración -gulags- se vieron afectados quince millones de personas. Lo llamativo de esto es que no sólo se liquidaba a personas comunes sino también (y principalmente) a gente del Partido que era seleccionada para comparecer en procesos públicos y confesar delitos o conspiraciones de las cuales nunca habían participado, más adelante veremos lo absurdo que eran las denuncias.

Paradójicamente, a pesar del surgimiento de una burocracia soviética que se cristalizaba como una clase o casta privilegiada con respecto al resto de la sociedad, y que realizaba su propia política exterior, claramente diferenciada de la del proletariado revolucionario. A pesar de que nunca antes desde la Revolución de Octubre habían sido más grandes las desigualdades sociales en la URSS. Nunca los trabajadores, obreros, campesinos, habían estado sometidos a un régimen tan duro, nunca tan completamente desprovistos de derechos políticos, tan privados de toda libertad o de opinión, tan desarmados frente a la burocracia. Y a pesar de que jamás la ideología oficial se había encontrado en tan violenta contradicción con los fines y aspiraciones de la revolución, la popularidad y el culto a la persona de Stalin fue creciendo gradualmente junto a todas estas violaciones.

En este trabajo se intentará comprender la lógica y el sentido de los procesos estalinianos, así como también la culpabilidad o responsabilidad en todo esto de los partidarios, y cómo o por qué es que ante toda esta situación nadie conspiró realmente contra Stalin.

Antes de comenzar, sería bueno diferenciar procesos de purgas; los procesos constituían una forma de castigo reservada a las elites, a dignatarios comunistas, mientras que las purgas también afectaban al pueblo llano a las “gentes sencillas”1. Por otra parte, necesitaríamos describir un poco la burocracia que había en el sistema político estaliniano. Todo el poder sobre la URSS estaba concentrado en las manos de una elite burocrática. Todo el poder sobre ésta elite estaba concentrado en las manos del “gran líder”. Cuando Stalin decide una política de “comunismo hacia adentro” se cierra una etapa, la de la idea revolucionaria. Dentro del país se pierden un poco las fuerzas revolucionarias y a la vez comienza a surgir uno de los peligros de los cuales Marx preveía iban a surgir luego del triunfo de la revolución, la amenazante burocracia propia del nuevo sistema. Esta nueva casta o clase que formaban los “burócratas” fue blanco de muchas críticas, aunque las críticas no fueron públicas en la URSS hasta después de la muerte de Stalin; un ejemplo de ello es el Informe “secreto” presentado por Nikita Jruschov al XX Congreso del Partido en Febrero de 1956 2.

El autor Víctor Serge, en su publicación “dieciséis fusilados en Moscú” dice: “Todas las oposiciones, abiertas o clandestinas, dispuestas a resistir en las prisiones o resueltas a envilecerse para subsistir en el Partido, consideran la burocratización del régimen como la pérdida de la revolución, la degeneración y la muerte del Partido, la pérdida del poder por el proletariado. Todos los políticos que están en el banco de los acusados lo han dicho o escrito muchas veces. Stalin es para ellos la encarnación de la burocracia que los aplasta para liquidar la revolución proletaria, pero, fieles a los compromisos contraídos, se callan”. Los burócratas tenían grandes beneficios y comodidades respecto del resto de la sociedad, un ejemplo de ello es la diferencia en pagos recibidos por unos y otros que iban desde 400 a 1500 rublos, pero tenían además una serie de beneficios adicionales3. Muchos historiadores se preguntaron si la burocracia estaliniana y su “desarme” del proletariado no llevaría a una contrarrevolución social; Serge concluía: “La lucha entre las oposiciones y la burocracia no enfrenta ya diversas tendencias del movimiento obrero porque se ha convertido en una lucha de clases”.

Entre los interminables procesos, públicos y privados, cuatro fueron los de mayor importancia: “el juicio de los dieciséis” (Zinoviev, Kamenev, Smirnov, y otros) en el año `36; “el juicio de los diecisiete” (Piatákov, Radek, Sokolnikov, y otros) en el `37; el juicio secreto de Tukhachevsky y otros generales de alto rango del Ejercito Rojo en el `37; y “el juicio de los veintiuno” (Rykov, Bukharin, Krestinsky, Rakovsky, Yagoda, y otros) en el `38. Entre todas éstas personas procesadas estaban todos los miembros del Politburó de Lenin, excepto Stalin y Trotsky, que estaba en el exilio. Por lo que podemos ver, los procesos estaban dirigidos a comunistas pero a categorías muy definidas de éstos. Principalmente se perseguía a los veteranos del Partido (cuya adhesión se remonta a la época de la Revolución de Octubre), y también a intelectuales, judíos (como vemos es un criterio étnico, socio-cultural), y cosmopolitas (cualquiera que halla tenido vinculaciones en el extranjero).

Con respecto a los judíos, hay autores que se plantean el antisemitismo en los procesos ya que muchos de los procesados eran judíos. En la cultura popular rusa ya estaba arraigado el antisemitismo desde principio de los años '30, o sea que en las purgas y procesos estalinianos simplemente se aplicaba un arraigamiento popular. Al judío se lo asociaba con cosmopolitismo ya que era internacionalista porque no tenía patria; pero la razón no era exclusivamente la religión (inclusive en el Partido Comunista de la URSS había muchos judíos) sino que además a eso se le agregaba la acusación de trotskista, titista, etcétera.4.

Los viejos revolucionarios tenían una culpa: no debían todo lo que eran únicamente a la burocracia estaliniana; algo les quedaba de su pasado de combatientes, pasado del que guardaban, en el fondo de su ser, una tradición, unos recuerdos. ¡Recuerdos peligrosos, peligrosa tradición! ¿Cómo no recordar a este propósito que el más grave desacuerdo entre Lenin (ya próximo a su muerte) y Stalin (apoderándose de los puestos dirigentes del Partido) versó sobre la cuestión nacional? Los viejos recordarían esto, y ello le resultaría peligroso, por su pasado eran temibles competidores. Al liquidar a los viejos bolcheviques, Stalin, se deshacía de los hombres de espíritu más revolucionario. La institución de un poder personal de tal modo en contradicción con los principios socialistas y la tradición bolchevique no podría hacerse sin la eliminación de la vieja guardia de octubre. Aunque sus últimos restos fueran un tanto pasivos, era imposible que no pesasen, siendo entonces una amenaza para el porvenir estaliniano. Seguramente, en esta época, Stalin estaría arrepentido de haber dejado partir a Trotsky, quien ahora estaba exiliado en el exterior. Trotsky era la cabeza más alta de este frente amenazante, y hasta que no cayera, la República estaría en peligro; había una especie de miedo contrarrevolucionario, y liquidando a “gente de Trotsky” se daba el ejemplo a la sociedad de lo que no se debía hacer. Había algo que era cierto, el viejo revolucionario bolchevique reclamaba desde su exilio reformas en la URSS, pero no hablaba de una nueva revolución. Lo que le preocupaba a Stalin es que circulaban por la República boletines que escribía el exiliado, no entre los trabajadores, pero sí entre los altos oficiales y gente influyente en el Partido que había colaborado con Trotsky en el pasado y sentía un gran respeto por él. Uno de los boletines que circulaban en los años '32-'33 (años marcados por una crisis económica en la URSS) decía: “En vista de la incapacidad del presente líder de salir de la crisis económico-política, la convicción sobre la necesidad de cambiar el liderazgo del Partido crece día a día”5.

Otra teoría argumenta que el criterio utilizado no era más que un camuflaje o racionalización de un criterio único: el de generación. O sea, los procesos se nos muestran como un procedimiento de eliminación de una generación por otra. Así se justificaría el que los grupos que ofrecen a los interrogadores el ángulo de ataque más fácilmente aprovechable sean los fundados en una aventura históricamente fechada y circunscrita. Ésta teoría nos podría hacer pensar que Stalin quería deshacerse de sus “privilegiados burócratas” y sentirse así en una especie de alianza con el pueblo, unidos en contra de los “nuevos señores”. Dispositivo este cuyo poder simbólico, santificado por la tradición, reforzaba la legitimidad del sistema comunista. Pero de todas formas, esta no sería una buena solución ya que no se estaría atacando el problema de la burocracia de raíz, sino que se estaría reemplazando burócratas por potenciales burócratas, o sea, sería una solución a corto plazo.

Sin embargo hay quienes creen que la causa de los procesos no se puede explicar con cuestiones domésticas, el poder de Stalin dentro de la URSS parecía muy fuerte como para que algún descontento amorfo y desorganizado represente alguna amenaza inmediata. Solo algún shock súbito, o algún desorden convulsivo que envolviera a toda la maquinaria de poder, sería capaz de impedir el actuar de sus tropas. Un peligro de ese tipo estaba tomando forma; y amenazaba desde el exterior. El primero de los grandes procesos, el de Zinoviev y Kamenev, se llevó a cabo un par de meses más tarde de que las tropas de Hitler marcharan a Rhineland; el último, el de Bukharin y Rykov, finalizó con la ocupación nazi en Austria. Stalin sabía cuánto odiaba Hitler al comunismo soviético. El imperialismo alemán se estaba rearmando y testeando su poder; un ataque a la URSS parecía inminente e inevitable. Stalin parecía tener dos alternativas, un acuerdo con Hitler o la guerra contra éste. En la URSS, decidió Stalin, no podían haber desacuerdos en tal situación. Para él, eso significaba que todos debían hacer lo que él decía. Aunque para algunos esta explicación de los procesos no es la correcta porque de alguna manera debilitó a la URSS, sus condenas liquidaron a miles de soldados de sus propias tropas.

Isaac Deutscher, en su biografía política sobre Stalin, nos propone un ingenioso diálogo ficticio entre el fantasma del último Zar de Rusia (que cayó en la Revolución de Octubre de 1917) y Stalin, para mostrarnos porque éste debería temer a una futura guerra: “Su final se acerca”, susurra el fantasma, “explotando el caos de la guerra, ustedes me destruyeron. Ahora el caos de otra guerra lo va a destruir a usted”. Stalin responde: “Usted no aprendió nada, usted no fue destronado por la guerra misma, sino por el Partido Bolchevique. Nosotros utilizamos las condiciones de la guerra para sacar ventajas, pero...” “¿Esta usted seguro”, interrumpe el fantasma, “que ninguna oposición utilizará una nueva guerra en su ventaja? ¿Qué pasa si los alemanes toman Kiev, o aparecen en las puertas de Moscú?” “Se lo digo, usted tenía el Partido Bolchevique en su contra, mientras que yo he exiliado a Trotsky y he eliminado a toda oposición”. El fantasma contesta con furia: “¿En 1914-17 no lo tuve a usted en Siberia y no estaban Lenin y Trotsky en el exilio?...”6. Esto nos puede dar una idea de por qué Stalin trató de eliminar a todo oponente posible. Imaginemos que todos los líderes de la oposición estaban vivos en el año 1941 y fueran testigos del mayor peligro que enfrentó el poder de Stalin, de las terribles derrotas del Ejercito Rojo, y la presencia de Hitler en las puertas de Moscú. ¿No hubiesen conspirado finalmente contra Stalin?, sin embargo esto no ocurrió y puede ser una clara muestra del éxito de sus asesinos procesos contra sus “competidores de poder”.

Stalin no podría estar seguro de que alguien que quisiera vengar a sus victimas surja desde los rangos de los seguidores de estos. Habiendo destruido al primer “equipo” de potenciales lideres de un gobierno alternativo, no podía eximir al segundo, tercero, cuarto, y enésimo equipo.

Analizaremos ahora la culpabilidad de los procesados, y la veracidad de las denuncias. Aquí hay que tener en cuenta la devoción de los condenados por el Partido. Tenían al Partido como único patrón para medir todos los valores, les resultaba imposible vivir fuera de las filas del Partido, y no vacilarían en afirmar que lo blanco es negro y lo negro blanco si así se lo exigiese el Partido. Para los militantes, el mundo se dividía en dos: el Partido y lo demás. Ser expulsado del Partido equivalía a ser arrojado del planeta, para pertenecer a su seno estaban dispuestos a todas las bajezas. Cabe preguntarse si los acusados comunistas no se veían irresistiblemente llevados a desarrollar un intenso sentimiento de culpabilidad inconsciente a partir del momento en que entraban en dificultades con el Partido (sustituto del padre). Un sentimiento de culpabilidad tan intrínseco es lo único que puede explicar la incapacidad mostrada por tantas víctimas para admitir su inocencia cuando se resolvió rehabilitarlas. Su obstinación en declararse culpables aun reconociendo que no sabían de qué, puesto que así lo había decidido el Partido. Al condenarlos, el Partido les exigía un nuevo sacrificio, mayor que los precedentes: un suicidio político y moral, el sacrificio de sus conciencias. Lo demostrarían yendo al encuentro de la pena capital. Sólo entonces se les creería que se rendían verdaderamente ante el jefe. Se les exigía ese sacrificio porque la República estaba en peligro. La sombra de la guerra se cernía sobre ellos, el fascismo los amenazaba. Si consentían a la condena, tenían una posibilidad de vivir, si se negaban desaparecerían de cualquier modo.

O sea, como podemos ver, los acusados eran obligados a confesar su participación en cualquier hecho que el Partido quisiese. Una enormidad de métodos de tortura física y psicológica eran utilizados para lograr ese cometido 7, y en los interrogatorios los acusados fueron también victimas de amenazas o chantajes relacionados con su vida privada.

Uno podría preguntarse por qué los dirigentes y militantes del Partido no salían de ésta institución, o por qué no conspiraban contra Stalin teniendo en cuenta que seguramente serían obligados a confesar. En primer lugar, hay que tener en cuenta lo descrito anteriormente con respecto a su devoción por el Partido, y los beneficios a los que accedían por ser parte de una burocracia privilegiada. Se cree además, que no había posibilidad de conjuraciones ni de terrorismo, esto era imposible en esa atmósfera de persecución, de vigilancia policial, de delación 8. Lo que sí había era odio, miedo, espera, bajo la apariencia de fidelidad a la línea general y al jefe “bienamado”.

Se podría argumentar también que éstos dirigentes por ahí esperaban un cambio de actitud de la clase trabajadora, y no actuar ellos como en una conspiración de algunos individuos para reformar el régimen a espaldas de la gente.

Confesando, quizá ellos se salvaban, y principalmente esperaban que de ese modo salvarían a sus familiares. En el año 1935 el Gobierno soviético promulgó una ley según la cual los niños de más de doce años podían ser condenados a las mismas penas que los adultos, incluida la pena de muerte. Las familias de los “enemigos del pueblo” estaban condenadas al ostracismo, y eran expulsadas de su vivienda entre otros castigos 9. Hay que tener en cuenta que si uno era sospechoso, se desgarraba la solidaridad que unía al acusado con la sociedad, y hasta con su familia. Todos se apartaban del acusado, y de su familia en cuanto caía en la desgracia. Por otra parte, todo acusado creía que las denuncias en su contra eran absurdas, y que la gente se podría dar cuenta fácilmente de que estaban forzadas a la realidad. La conciencia de su inocencia y el deseo de que ésta sea reconocida impiden al militante comunista, mejor que cualquier obstáculo exterior, huir de la injusticia de su Partido.

El tema del formulado de las denuncias y la culpabilidad de los condenados es un tema a tener en cuenta pues presenta un gran número de irregularidades10 ¿Es posible que todos los fundadores y líderes del Estado soviético, salvo Stalin y Trotsky (finalmente asesinado por agentes de Stalin en 1940), de un momento a otro se conviertan en terroristas, agentes del fascismo alemán, los enemigos más sobresalientes de su propio Estado? No, ninguna persona racional podría creerlo. Durante cuatro años se habrían preparado, ocho o diez atentados contra Stalin, sin que se cometiera ninguno o fuera siquiera intentado, ¿es esto posible?. Asombra la facilidad con que los supuestos emisarios pudieron entrar en la URSS (hasta había un rígido sistema de pasaportes para transitar dentro del país) e introducirse hasta en un congreso de la Internacional comunista. No asombra menos su total incapacidad de acción. ¿Cómo es posible que opositores de notables simpatías trotskistas, tales como Smirnov y Goltzman, pudieran viajar libremente al extranjero con diversos pretextos y en varias ocasiones?

¿Por qué, si no había nada que ocultar, no se admitían abogados extranjeros en los procesos? Los abogados de los acusados, en el caso de que hubiesen, aun admitiendo la confesión de sus clientes, no habrían dejado de preguntar al tribunal si la intención de cometer un crimen, jamás realizado, es para la ley soviética un delito posible de la pena capital. La adhesión a un plan irrealizado, la promesa de apoyarlo, una ayuda apenas imaginada, ¿pueden ser castigadas tan severamente como un crimen realmente cometido? Zinoviev y Kamenev eran jefes del Partido bolchevique, al que habían dirigido largo tiempo; habían gobernado la URSS y eran también teóricos ¿Qué necesitan para desarrollar una política o para decidirse a recurrir al terrorismo individual de las directivas de Trotsky, a quien siempre han envidiado, combatido, abandonado, renegado? Uno tras otro, éstos “terroristas” que tenían tanto coraje como para desafiar un sistema duro como pocos y conspirar contra su máximo representante, se auto implicaban, y paradójicamente, a la vez, glorificaban y rendían culto a Stalin cuando confesaban ¡Que absurdo!

Los agentes enviados por Trotsky eran provistos por él de revólveres y municiones; sin embargo esta muy claro que podrían haber obtenido las armas en la URSS ya que entre los implicados había jefes del Ejército Rojo. Algunos acusados confesaron que el complot terrorista se había montado en 1927. Luego, otros acusados confesaron que se había terminado el plan en el año 1932. Uno se podría preguntar cómo fue que se tardó cinco años en descubrir el plan terrorista, ¿dónde estaba la súper-eficiente policía de vigilancia estaliniana? Las confesiones eran la única base para los veredictos y los procedimientos hacia los procesados. No fue presentada ninguna evidencia que pueda ser verificada por medio de procedimientos legales normales. En muchas de las acusaciones hay incongruencia respecto a fechas y lugares. Hay muchas más de todas estas incompatibilidades que se podrían agregar a las enumeradas, pero ya podemos tener una buena idea respecto a este tema.

Casi ningún acusado había cometido los crímenes confesados pero ninguno era inocente ¿Cómo es esto? Eran culpables, al menos, de haber contribuido, antes de su propia detención, a que personas inocentes se declararan culpables. Por ejemplo, Piatákov, condenado en el segundo proceso de Moscú, ejecutado en enero del '37, había presidido en 1922 el Tribunal Supremo que condenó en junio-julio de ese año a los social-revolucionarios. Eran culpables, sobre todo, de no haber convertido en realidad su secreto deseo de hacer aquello que injustamente se les reprochaba pero que no habían hecho. ¿O acaso nadie quería conspirar contra Stalin y así terminar con el constante asedio al que estaban sometidos? Eran culpables de haber cobardemente consentido, antes de su detención y bajo diversos pretextos, en renegar de sí mismos.

A pesar de los terroríficos procesos y las interminables persecuciones, la popularidad de Stalin en la URSS crecía día a día; este es otro de los temas que deberíamos analizar. Se cree que la gente que no participaba activamente en el Partido, no sabía de lo absurdo de las denuncias, o al menos no quería dudar de aquello. Seguían los procesos públicos (ya que estos eran transmitidos por la radio), se sentían a gusto cuando los denunciados confesaban sus actos, y eran al fin condenados. Veían reflejado en los acusados a los terroristas que querían terminar con su “vida feliz”. El autor Serge, publicó innumerables expresiones del pueblo con respecto a este tema: “Trotsky es un perro, amamos a nuestro gran Stalin como a un primogénito, como a un padre querido... Pido una cosa solamente: aplastad a esos monstruos”, “todo el pueblo exige que esos perros rabiosos sean fusilados del primero al último, no habrá piedad”. Estas palabras se escuchaban por doquier. Sin duda el jefe las había pronunciado y aprobado para la propaganda.

Hay que tener en cuenta lo que influía en la gente, y especialmente en los jóvenes la propaganda de la figura de Stalin. Ésta aparecía todo los días en todos los medios, incluyendo diarios, radios, libros escolares, canciones, etc. Si había algún éxito, este se le atribuía a Stalin, si había algún fracaso se buscaba un responsable que habría hecho las cosas sin que lo sepa el líder. Esto llevó a que inevitablemente haya una categoría de sinceros y entusiastas creyentes del régimen estaliniano. Los partidarios conocían la verdad sobre las denuncias, pero estaban en un ambiente muy cerrado donde no debían hacer ningún tipo de cuestionamiento si querían vivir. Era la palabra “sagrada” de Stalin contra la de ellos, ¿cómo se le haría creer a la gente que los acusados eran inocentes? Cuanto más aclamaran las ideas del jefe más chances tendrían de escapar de la policía secreta. Así fue como el pueblo tenía como héroe al “gran jefe” y odiaba a los supuestos traidores, aunque éstos eran seguramente comunistas más fieles al Partido que Stalin. Con los procesos, los denunciados tenían que morir como traidores, y así a la vez la gente veía a Stalin como el salvador de la URSS.

En este análisis no podemos dejar de lado lo que significó Stalin para los habitantes de la URSS en lo que respecta a lo económico. A pesar de que sufrieron mucho y los esfuerzos fueron enormes (especialmente los campesinos) la URSS tuvo un crecimiento industrial que la puso a la par del resto de las potencias mundiales. Los planes quinquenales estalinianos fueron un motivo de orgullo para los soviéticos, y hasta fueron vistos con gran admiración por los países de occidente. En 1941 la URSS sobrevivió a la invasión de Hitler, sin la solidez industrial que le dio Stalin con los planes quinquenales la hubiesen destruido. Además de esto, había un sentimiento de identificación nacional frente al “enemigo de afuera” (especialmente antes de la Segunda Guerra Mundial) y finalmente, luego del triunfo en esta guerra, Stalin era visto como un Dios.

O sea, todos estos factores le dieron un amplio margen de maniobra a Stalin. Éste ofrecía una dieta combinada de terror e ilusión, porque si ofrecía sólo terror la gente se hubiese levantado contra el líder tan desesperadamente que ni la más poderosa policía política lo hubiese ayudado. Ofrecía a su gente un positivo y nuevo programa de organización social, que a pesar de privaciones y sufrimientos para varios, creaba también impensables aperturas y facilidades para muchos otros11.

Lo increíble de los procesos es cuan poco cambiaron la superficie de la URSS. Cuan poco la estructura del régimen pareció, después de todo, de verse afectada por el hacha pesada que cayó sobre ella. Después así como antes de los procesos, Stalin era aclamado como el padre de la gente, como el líder bienamado. Hay quienes creen que Stalin no estaba enterado de lo que sucedía (el pueblo “obviamente” desligaba toda responsabilidad de Stalin), sino que él daba vía libre a sus allegados para ir reestructurando progresivamente el conjunto de una pirámide organizacional con excepción del vértice, que obviamente no debía cambiar. Pero esto es difícil de creer teniendo en cuenta la forma en que se manejaba (como ya vimos anteriormente) el sistema gubernamental estaliniano.

Podemos concluir que los grandes procesos fueron la forma un tanto mezquina y circunspecta que adoptó un Stalin desconfiado, pesimista, caprichoso y despótico. Se pueden comparar con una obra de teatro, donde hay actores que aprenden sus papeles de memoria, y bajo las órdenes de un director (dictador), actúan frente a un pueblo entero. Para defender los logros de la revolución contra cualquier germen de perversión y de relajamiento era preciso que el hombre interiorizara los valores, normas y creencias nuevas, bien en apariencia y por miedo, bien por adhesión verdadera. Los procesos y las purgas eran una necesidad del funcionamiento del sistema político y social soviéticos. Hay que agregar también que estos procesos se llevaron a cabo en todos los países subordinados a la URSS, o sea que el numero de muertes se multiplica. La devoción por Stalin luego de su muerte es típica de un régimen paternalista (donde todo se dice y se hace a la manera del “gran jefe, padre”). Imaginémonos la situación en que se encontraban los soviéticos después de la muerte de Stalin (1953), se deberían sentir impotentes, a pesar de que quizá ya no tendrían que soportar persecuciones. Habían vivido y crecido por casi treinta años de acuerdo a lo que él decía, y bajo su protección, ¿qué harían ahora? Sólo alguien que vivió todo esto estaría capacitado para poder hacernos comprender lo que sentían por Stalin, qué era lo que admiraban de él a pesar de las grandes injusticias cometidas por éste.