Sófocles

Literatura universal antigua. Tragedia griega. Teatro griego. Ayante. Antígona. Las traquinias. Electra. Filóctetes. Edipo

  • Enviado por: Alvaro Nieto
  • Idioma: castellano
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SU VIDA

Nació en Colono, una pequeña aldea situada en el margen izquierdo del río Cefiso, muy cerca de Atenas, en 497-496 antes de Cristo.

Era hijo de Sófilo, de una distinguida familia que ocupaba un lugar relevante en la sociedad ateniense. Recibió una educación esmeradísima, tanto en lo físico como en lo intelectual.

Los antiguos griegos, que eran tan aficionados a los azares y sincronismos significativos, inventaron uno muy pintoresco en torno a sus tres grandes trágicos y a la batalla de Salamina. Según ellos, Esquilo, que había peleado ya en Maratón, contribuyó como soldado al triunfo ateniense; Sófocles dirigió el coro de efebos que celebró la victoria, y Eurípides nació el mismo día del combate.

Lo cierto es que, a los dieciséis años de edad, Sófocles, que había recibido de su maestro Lampro una cuidada instrucción musical y, además, era muy hermoso y procedía de excelente linaje, fue elegido para regir las danzas e himnos triunfales en honor de la memorable jornada de Salamina. Adolescente entre adolescentes, efebo entre efebos, el hijo de Sófilo destacaría entre sus compañeros por su encanto personal, el mismo irresistible encanto que, alo largo de toda su vida, le permitía conseguir cualquier cosa de cuantos le rodeaban. Y la presencia armónica y gallarda del jóven Sófocles danzando alrededor de los trofeos hechos con los despojos del enemigo derrotado, unida a la precocidad de su talento y a la bondad de su carácter, hicieron de él un hombre feliz y equilibrado y le confirieron desde entonces una popularidad entre sus conciudadanos y un atractivo social tal que pocas personas han gozado, en la historia de la literatura, de tanto aprecio por parte de sus contemporáneos como gozara él no sólo como dramaturgo, sino también, y de manera fundamental, como hombre.

El efebo de Salamina siguió encantado, después de la batalla, a los espectadores de su ciudad: bailó y representó a Nausíca jugando a la pelota, y sirvió de modelo a Polignoto para pintar una figura de Támiras, el mítico citarista.

Su primera representación dramática, una tetralogía de la que, probablemente, formaba parte un Triptólemo, tuvo lugar en 468. Venció en esa ocasión a Esquilo y logró inaugurar la serie de dieciocho victorias que la lista epigráfica de los triunfadores en las Dionisias le atribuye. El Suda, léxico bizantino, suma a los triunfos de las Dionisias los obtenidos en las Leneas y habla de veinticuatro victorias. Lo que parece cierto, según la Vita, es que no fue relegado nunca al tercer puesto en el concurso.

Con veintiocho años contaba cuando triunfo por vez primera como dramaturgo. Cuenta Plutarco en su Vida de Cimón que los jueces de aquel certamen de 468 no se nombraron por suertes, siguiendo la antigua costumbre, sino que fueron Cimón y otros estrategos quienes dieron la preferencia a Sófocles sobre Esquilo. Si de adolescente había asombrado a sus compatritas por su gracia, belleza y simpatía, de jóven iniciaba su carrera dramática interrumpiendo viejos hábitos que poco o nada significaban ante la brillantez de su genio. Al contrario que Eurípides, fue el arquetipo del triunfador durante toda su vida.

Siempre se sintió un ateniense: un ateniense antes que otra cosa. Por ello, rechazó todo tipo de invitaciones de tiranos y reyes extranjeros y quiso vivir siempre en el Ática. Y, como ateniense militante que era, ocupó cargos de importancia en la vida política de su ciudad.

Fue nombrado estratego, junto a Pericles, en la expedición contra Samos (441-440 a. De C.). No parece que hubiera exhibido especiales dotes militares, pero era tanta su fama y popularidad en Atenas que no era de extrañar su nombramiento. Además, acababa de estrenar (442) su Antígona, que fascinó a sus conciudadanos hasta el punto de que se ha pensado que el cargo no fue sino una recompensa por haber compuesto una tragedia tan hermosa. Y es que la literatura y el arte abrían las puertas del poder en una ciudad como Atenas.

El cuerpo de estrategos constaba entonces de diez miembros, entre los que destaba con luz propia, sin lugar a dudas, Pericles. Sófocles fue enviado a Quíos en busca de ayuda mientra Pericles se dirigía a Samos con el grueso del ejército. En Quíos, Próxeno, otro ateniense, acogió al poeta con deferencia, ofreciendo opulentos banquetes en su honor. Sófocles, tan encantador y simpático como siempre, no hacía más que decir frases ingeniosas a su anfitrión, sicutía sobre adjetivos poéticos con un maestro local, hacía gala de su amplia cultura ante el auditorio y, como no, coqueteaba con los escanciadores y les robaba besos a las arpistas. La diversión que aquella estancia en Quíos le proporcionó, le hizo opinar en público que el oficio de estratego no era tan aburrido y tan severo como le había parecido en un principio. Fue siempre un frívolo incorregible.

Las honduras de las que surge el teatro sofocleo presentan una contrapartida biográfica de luz, encanto y gracia, frivolidad y ligereza. No deja de ser peregrino el hecho de que haya sido un individuo de su carácter quien, como ningún otro, investigara en las profundidades del sufrimiento humano y supiera plasmar de una manera tan admirable en sus tragedias la miseria de la existencia.

Muchos eran los adjetivos que lo definían, el triunfador, el encantador, el frívolo, y llegó al extremo de formar, junto con un grupo de personas cultivadas, un tíaso o cofradia en honor de las Musas, algo así como un círculo elegante que practicaba y predicaba una vida social intensa llena de exquisitez y espiritualidad.

Acaso fuera Sófocles nombrado estratego una segunda vez, según parece desprenderse de un texto de Plutarco. Lo que es seguro es que la participación deñ dramaturgo en la vida pública adquiere, hacia 435, nuevos perfiles: en torno a esa fecha nos lo encontramos como miembro de la comisión principal de finanzas del Estado, un organismo que desempeñaba funciones tributarias y se ocupaba de percibir las contribuciones federales.

En 413, forma parte del consejo o proboulé encargado de velar por la seguridad de Atenas tras la temeraria y catastrófica expedición a Siracusa. En ese momento se presta, pues no ve otro remedio, a la usurpación oligárquica de los Cuatrocientos, cuya caída, sin embargo, reclamaría airadamente después, aunque no fuera más que para no perder la aureola de héroe popular que le otorgaran desde niño sus compatriotas.

Hombre profundamente religioso, participó en el acto público en que los atenienses adopatron, en 420, el culto de Asclepio, divinidad de la medicina e hijo de Apolo. Llegó incluso a componer un peán en honor de este dios, un peán del que hoy, por desgracia, sobreviven escaso restos. De su íntima piedad y devoción nos habla el hecho de que, al morir, recibiera honores de este héroe bajo el nombre de Dexio (“favorable”). De este modo, quien en vida había sido sacerdote de un genio de la salud llamado Halón, pasaba en muerte a ser él mismo una divinidad menor del mismo género que aquélla a la que sirvió. Nada le faltó a Sófocles, vivo o muerto, para que su felicidad fuese completa. Hay hombres que tan sólo vienen a ganar a este mundo.

De Nicóstrata, su esposa legítima, tuvo un hijo, Yofonte, también poeta trágico. Y de una extranjera, Teóride de Sición, con la cual, según las leyes atenienses, no podía contraer matrimonio, le nació otro hijo, Aristón, que murió, parece ser, bastante jóven.

La ancianidad de Sófocles fue admirada ya en la antigüedad por su nobleza y placidez, y por el grado portentoso de inteligencia y sensibilidad con que abordó una longevidad que nada tuvo de decrepitud.

Poco antes de su muerte, desavenencias familiares vinieron a turbar su serena vejez. En efecto, su hijo Yofonte, quería que le privasen de la administración de sus bienes por imbécil o demente. El motivo de semejante pretensión era el extremado cariño que profesaba Sófocles a un nieto suyo hijo de Aristón, llamado también Sófocles, como su abuelo, y los temores de Yofonte a perder, a causa de ese afecto, la legítima herencia. Llevado el pleito ante el tribunal de los frátores, especie de justicia municipal, y oído Sófocles, los jueces fallaron contra Yofonte. Cuenta Plutarco en su tratado Anseni sit gerenda respublica (“Si los ancianos deben participar o no en la vida política”) que el dramaturgo, en contestación única a las imputaciones de su hijo, se limitó a leer a los jueces algunos pasajes de la tragedia Edipo en Colono, que últimamente había compuesto; entre otros, les cantó el coro en que los ancianos de Colono ponderan ante Edipo las maravillas de su comarca, tan querida por los dioses (versos 668 y siguientes de la pieza). Quizá esta historia sea falsa. Quizá Yofonte fuera siempre un hijo tierno y resopetuoso; pero si el canto de los ancianos de Colono no sirvió realmente de apología a Sófocles, bien puede aseguarrse que ningún alegato hubiera dejado más convencidos a todos lo jueces del mundo, y con más razón a unos hombres de la tierra del Ática, cuyas virtudes y excelencias celebraba el poeta.

Las circunstancias de su muerte varías según los biográficos. Hay quien dice que se atragantó con un grano de uva. Otros pretenden que murió por el exceviso esfuerzo realizado leyendo un largo pasaje de Antígona. Hay quien afirma que murió de alegría por un triunfo. Una fuente muy sugestiva nos habla de que, obedeciendo a una advertencia cursada por Dioniso en sueños, Lisandro, el rey de Esparta que sitiaba Atenas, dejó el paso libre a Sófocles en su último viaje al panteón familiar, en el camino de Atenas a Decelia.

La fecha de su muerte es, sin embargo, clara: acababa de morir cuando Aristófanes, en 405 antes de Cristo, representó Las ranas en las Leneas.

Ningún otro poeta fue más amado por los atenienses. Pero Sófolces no cayó en la trampa de la presunción ni en la ceguera del orgullo. Vencedor de Esquilo, buscó la amistad del viejo combatiente de Maratón; rival de Eurípides, nunca sintió celos de él, la única persona capaz de hacerle sombra. Esa sensación de equilibrio, de euritmia psíquica, de mesura que caracterizó su vida, está admirablemente reflejada en las estatuas y retratos que conservamois de él.

Rival de Esquilo en la invención, inferior a Shakespeare por el mismo concepto, no tiene quien le aventaje ni quien le iguale en la armoniosa perfección del todo. Si esquilo había llevo a la escena grandes hechos legendarios o históricos, buscando el efecto en la magnificiencia del lenguaje y en otros elementos líricos, Sófocles dio a esos hechos una importancia secundaria y basó sus tragedias y sus victorias en el hombre mismo, en ese hombre en el que vida y arte, por obra y magia del clasicismo, se funden para siempre.

SU OBRA

Desde su adolescencia, gozó del favor constante del público. Como recitador, bailarín y citarista primera, y como dramaturgo después. De las ciento treinta piezas que, aproximadamente, compuso este triunfador nato, conservamos tan sólo siete, fruto de una selección llevada a cabo hacia el siglo II después de Cristo por exigencias de la escuela, pero podemos constatar la existencia, mediante noticias indirectas o fragmentos aislados, de otras ciento veintitrés.

Según el Suda, citado anteriormente, escribió peanes y elegías, entre ellos el peám dedicado a Asclepio. La misma fuente indica como sofocleo un escrito en prosa, Sobre el coro, en el que parece que polemizaba con Tespis y con Quérilo; ek motivo de la polémica bien pudiera haber sido el número de coreutas, que el autor de Antígona aumentó de doce a quince; otro tema controvertido sería el del tercer autor, introducido por Sófocles y adoptado por Esquilo. La Poética de Aristóteles nos dice que otra importante innovación fue la introducción en el teatro griego de la escenografía. También fue el primero en dividir la trilogía en piezas aisladas e independientes en lo que se refiere al contenido; sin embargo, esta ruptura de la unidad trilógica no constituyó para Sófocles una regla sin excepción, pues la Telefia, auqnue no ha llegado hasta nosotros, probablemente fue una trilogía.

La cronología de las siete tragedias conservadas es muy problemática. Se supone que es el Ayante la primera, fechable entre 460 y 450. Antígona, aunque no con total certeza, dataría de 442. Después de 438 compondría Las Traquinias, pues imita en esa pieza algunos rasgos de la Alcestis euripidea, que se representó ese año. Edipo rey es anterior a 425, pues un pasaje de la obra aparece parodiado en Las Acarnienses de Aristófanes. En cuanto a Electra, sólo puede decirse que es un drama tardío, pero sin más precisiones cronológicas. Filóctetes, en cambio, se representó con seguridad en 409. De Edipo en Colono, la pieza que esgrimiera en el pleito contra su hijo, sabemos que fue estrenada postumamente en 401 y que fue el nieto homónimo del poeta quien la hizo representar.

OBRAS

La acción de Ayante (o Áyax, aunque es más correcta la primera denominación) se desarrolla en su mayor parte ante la tienda del héroe en la llanura de Troya. No es una obra de carácter, sino de situación (Aristóteles dirá en la Poética que en una tragedia no privan los caracteres -ethos- sobre la situación -praxis-, sino al contrario). En Ayante, Sófocles busca sobre todo la praxis, la situación. No hay un estudio psicológico del protagonista. Cuando éste se suicidara (verso 865), pudiera parecer que la obra daría fin. Pero para un griego toda batalla, toda muerte, debe ser seguida por unas honras fúnebres, por un enterramiento, al igual que ocurriera en La Ilíada, de Homero. A Sófocles le preocupan mucho siempre los aspectos religiosos. Ayante ha pecado, ha incurrido en hybris, en desmesura: ningún ateniense que acudiera a la representación podría culpar a Atenea del castigo que le ha impuesto. Además, para un griego, la muerte no es el peor de los castigos; muy superior es el quedar sin sapultura tras ella.

En cuanto al suicidio, muy frecuente en él, hay que decir que es siempre una salida heroica ante una vergüenza o un deshonor. La vida es menos importante que el honor, la timé. Otra interpretación del suicidio sería ya plenamente religiosa: el hombre, parte del kosmos, del orden universal, está sometido a las normas del mismo; el pecado es una falta que infinge ese orden; el suicidio, una de las maneras de restaurar el ordern perdido. (En La Ilíada, por ejemplo, Aquiles incurre en pecado de hybris, de desmesura, al matar vergonzosamente a Héctor: debe, por tanto, suicidarse o arrepentirse, y opta por la segunda de estas soluciones.)

La escena de Antígona se desarrolla delante del palacio de Tebas, a la mañana siguiente de ser rechazados los expedicionarios argivos que atacaron la ciudad y de las muertes fratricidas de Eteocles y Polinices. Se destacaron dos señalados méritos de esta tragedia. El primero, la increíble belleza de tres de sus coros: el que celebra con alborozo la liberación de Tebas, la hermosísima oda sobre el poder de Eros, infatigable en el combate, y el famoso canto del Hombre y de sus portentosas empresas. El otro de los méritos sería la pintura del conflicto entre dos deberes en que se encuentra Antígona. Suponer indiscutible el derecho de la heroína y hacer de ella un símbolo de la libertad y de la oposición a la tiranía, como han hecho tantos imitadores desde la Antigüedad hasta la actualidad, sería convertir la tragedia en un manual para ignorantes sensibleros. Tampoco Creonte es el villano estúpido e intrínsecamente perverso del celuloide mudo o de los cuentos populares. Recordemos la importancia casi ilimitada que tiene el Estado para casi todos los atenienses. Tanto Antígona como su oponente tienen razón -su parte de razón-, lo que nunca podría parecer extraño, pues cuando dos razones se enfrentan suele ocurrir que ambas esgrimen argumentos de peso a favor de sus posiciones respectivas, que ambas razones son “inocentes” en su planteamiento inicial y que la culpa -si la hay- sólo se va adquiriendo paulatinamente en el proceso de esa dialéctica.

Las Traquinias (o Mujeres de Traquis) desarrollan su acción ante la casa que Ceix (o Ceice, el rey de Traquis), cedió a Heracles, al pie del monte Eta. La figura central y el espíritu que informa esta tragedia es Deyanira, la esposa del héroe. A su lado, Heracles no desentona en importancia, pues él es quien, en realidad, mueve los hilos de la trama (a pesar de su ausencia de la escena hasta el último tercio de la obra).

El tema de la culpabilidad consciente de Deyanira o su desconocimiento de la verdad atroz qque había en su tragedia, fue analizado hace varios años en toda su complejidad por jóvenes estudiosos de su teatro. Y se llegó a la conclusión de que la heroína es inocente. Afirmaron que “Toda la trayectoria del personaje respira una nobleza y una sensatez menifiestas”.

La antigüedad admiró ya la composición de Edipo rey, considerándolo como el más acabado modelo de drama. Los antecedentes materiales de esta tragedia aparecen sólo durante una acción que se inicia muy poco antes de la catástrofe. Este análisis revelador sirve, con su energía y fuerza de sugestión, para dar actualidad dramática a la lucha de Edipo ha de sostener contra los obstáculos crecientes que va acumulando la fatalidad contra los presentimientos sombríos que poco a poco van cobrando forma en su alma. El parricidio y el incesto flotan en esta atmósfera trágica y acechasn constantemente a su autor material, quien, por otra parte, es tan inocente como lo fueran Deyanira, Antígona y Creonte.

Se ha querido dar a esta trama la interpretación siguiente: Edipo se propuso descifrar el misterio de la vida, con lo cual derribó y provocó la muerte de la Esfinge, el ser híbrido y enigmático que lo encarnaba; al obrar así, se colocó al margen de la naturaleza, que es fuerza creadora inconsciente, haciéndose culpable del crimen del conocimiento. Esta opinión, no exenta de alguna profundidad metafísica, no parece compatible con las intenciones del autor, quien, en el caso de Edipo, quiso poner en escena la inexplicable desgracia que afliga a todos los humanos, inocentes o culpables, y que constituye la esencia de lo trágico; y destacó la grandeza y la dignidad del hombre quien se castigue a sí misma, separándose de la humanidad por un acto de voluntad libremente elegido.

Aquella habilidad en la composición ya celebrada por los antiguos hace de Edipo rey la más perfecta construcción dramática de las letras universales, el paradigma de cómo debe conducirse una acción teatral desde que se levanta el telón hasta que cae definitivamente. Además, el Edipo rey inaugura, de alguna forma, la literatura policiaca, que no es pequeño mérito para cuantos valoran un género tan poco prestigiado, pero tan prestigioso, tan dificil y apasionante.

El argumento de Electra es el de las Coéforos o Coéforas de Esquilo. Pero aquí no ya es Orestes, sino su hermana, quien desempeñaba el papel principal. Orestes es tan sólo el brazo que ejcuta: la idea de venganza, la ira, el implacabe rigor residen en el alma de Electra. Hay detalles dignos de tenerse en cuenta en esta Electra sofoclea (conservamos en su integridad una tragedia de Eurípides con el mismo título). Uno es, por ejemplo, el hecho de que el horror del matricidio no preocupe en absoluto al autor, que atribuye su responsabilidad al oráculo que lo ha ordenado. Otro rasgo curioso de la tragedia es que la acción transcurra siempre desde el punto de vista de Electra, tamizada a través de la historia y carácter de la protagonista. Reseñable es también la pieza considerada como tetaro -eso que conocemos por “teatro” a partir de la Comedia Nueva-: teatral y efectista es, sin duda, el magnífico lamento sobre la urna, lo mismo que la intervención de Crisótemis y, más adelante, la espera del supuesto cadáver de Orestes por parte de Egisto, el esposo de Clitemnestra. Hay algo de vivaz, de coloreado en la Electra de Sófocles que no encontramos en las Coéforas ni en la pieza homónima euripedea.

Filóctetes situa su escena delante de la cueva del protagonista, en la desolada isla de Lemnos. Tragedia tardía, en ella Sófocles hace uso prolijo de los tres actores, y de la forma más amplia posible. Hay una espléndida descripción de la vida de Filóctetes en el calcinado paisaje de la isla en que vive. La astucia de Ulises produce una obra maestra de intriga. El ingenuo carácter de Neoptólemo está bellamente trazado.

Probablemente sea ésta la pieza más patética de Sófocles. La lucha interior de Filóctetes entre el deseo de abandonar su espantosa soledad, recobrar la salud y colaborar eficazmente en una gloriosa empresa, y el odio que ha jurado a quienes le abandonaron es de un patetismo y una fuerza dramática impresionantes. El cuadro ed los sufrimientos físicos del héroe y el de sus tormentos morales, aún más agudos cuando cree que Neoptólemo le ha engañado, hacen de esta obra el drama de dolor por antonomasia.

En Edipo en Colono, su última tragedia, no hay catástrofe. Se ha dicho que es “la representación de un desenlace misterioso cuya índole sagrada y mística trasciende la esfera trágica a la luz de una reconciliación que surge de la existencia msima de una víctima sublimada por el dolor”. Es la tragedia en que el dolor se santifica, se hace sagrado. En ninguna obra como en ésta se eleva Sófocles a mayor altura poética. La pieza es, ademas de lo dicho, un himno en honor de la ciudad de Atenas, una especie de testamento literario en el que el triunfador sobre todas las cosas que fue Sófocles se despide de su público y de su patria, expresando en su despedida las más puras ideas morales en un lenguaje arcano y sublime. Es la última y bellísima cabriola del efebo de Salamina, del citarista precoz, del estratego frívolo y snob, del dramaturgo a quien toda Atenas rindió durante casi un siglo tributo de cariño y admiración: Sófocles.