Sociedad y Estado en el siglo XVIII español; Antonio Domínguez Ortiz

Historia de España. Crecimiento demográfico. Sevilla. Hambre

  • Enviado por: José María Moreno Corredor
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 12 páginas
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HAMBRE EN SEVILLA EN 1709.

AHoy, 4 de Marzo, la hogaza de pan a cuatro reales. Por las calles caen muertas de hambre las personas sin que nadie pueda remediarlo (...) Las personas parecen esqueletos, habiéndose llegado al extremo de guisarse públicamente en la Plaza del Pan, alverjones que se venden a los pobres hambrientos (...) Los vecinos que tienen oficio y no encuentran donde trabajar van al campo a coger vinagreras, espinacas, tagarninas y otras porquerías y se las comen. La mucha necesidad en los lugares a hecho venir a Sevilla imnumerables hombres, mujeres y niños; pero la ciudad está tan escasa de medios que no hay en qué ganar un real; con que no pudiendo los vecinos sustentarse, menos lo pueden los forasteros. Así caen muertos de hambre por las calles diez o doce cada día.

Hoy, 20 de Marzo, ha valido el trigo en la Alhóndiga a 115 reales la fanega y el pan a 37 cuartos la hogaza. En los hospitales no caben los enfermos, así es que los despiden (...) Hoy, 22 ha valido la fanega de trigo a 120 reales (...) domingo de Ramos, 24 de Marzo se vendió en pan a 47 cuartos la hogaza, y el mejor a 52. En Triana se nedió hoy pan de alpiste (...) Miércoles 3 de abril se ahogaron en la limosna que repartía el arzobispo seis personas y se maltrataron con el atropellamiento muchas más. El siguiente día se ahogaron en dicha limosna cuatro personas.@

Texto citado por: DOMÍNGUEZ ORTIZ, A.: Sociedad y estado en el XVIII español. Barcelona, 1976. Pag. 30.


El texto que voy a comentar está sacado de Las Memorias manuscritas de Aldama, extractadas en su Historia de Sevilla por Guichot, y a su vez, sacadas del libro Sociedad y Estado en el siglo XVIII español, de Antonio Domínguez Ortiz. Este historiador nació en 1909 en Sevilla, siendo catedrático de Enseñanza Media en Granada (1940-1967) y de Historia en la Universidad de Madrid. Está considerado como uno de los mejores especialistas en la historia del Antiguo Régimen, en particular de la historia social. En 1982 recibió el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.

En el siglo XVII se produjo una grave crisis en Europa, la cual aniquiló a gran parte de su población, a la producción y a la sociedad. Los gobiernos europeos, por otra parte, no supieron salir de esta crisis que produjo tantas muertes, expulsiones, desprecio del trabajo, aridez, expulsiones, extensión de las manos muertas, cosechas deficientes, poca renovación de técnicas agrícolas, bajada de precios de la renta de la tierra y del grano.

Según E. J. Hamilton, los precios estuvieron en alza en el siglo XVI, pero le siguió una tendencia a la baja, sobre todo a partir de 1650, donde se produjeron fuertes oscilaciones. La tendencia a la baja se estabilizará hacia 1680 y continuará hasta mediados del siglo XVIII. Todo ello fue consecuencia de la crisis del XVI, la cual acabó con la población española en un 25%, haciendo que los precios de los pricipales medios de subsistencia descendieran en una tercera o cuarta parte respecto a su nivel anterior.

La agricultura española dieciochesca no se diferencia mucho de la del siglo anterior: despoblación, aridez y miseria. Hasta el siglo XIX, la agricultura española se caracterizaba por satisfacer las necesidades humanas de medios alimenticios. Las malas cosechas llevaron al labrador a la subalimentación, la muerte y la ruina. Fueron años de hambre en el país 1709, 1723, 1734, 1750, 1752, 1763-64, 1784-93, 1800-04. En la segunda mitad del siglo la mejora de los transportes mitigó un poco el hambre de las regiones centrales, y desde luego la de ciudades como Madrid. La periferia nunca sufrió hambres tan intensas como el centro, gracias a la mayor blandura de su clima y al tráfico marítimo, concretamente el de cabotaje.

El año de 1709 fue muy crudo en la Andalucía Occidental, llegándose a mantener muchos hombres con raíces de árboles y frutos silvestres, ya que apenas había trigo, cebada u otras semillas.

Sevilla, capital andaluza y situada a la orilla izquierda del Guadalquivir (a 120 kilómetros de la desembocadura), posee un puerto fluvial que le otorga una función privilegiada en una encrucijada de caminos cuya vía principal, orientada por el río, recibe diversas rutas transversales que la enlazan con Extremadura, las altiplanicies interiores granadinas y el Mediterráneo. Por lo tanto, Sevilla ha sido definida desde sus orígenes, como puerto fluvial, puente entre el Atlántico y el interior de Andalucía.

En casi toda Europa Occidental se produce un aumento de población, en unos países antes que en otros. En España hay un aumento general de un 50%, aunque con menos diferencias regionales. La población española puede cifrarse en 1712 en siete millones de habitantes. La población de la periferia creció más que la del interior.

En Andalucía, la población osciló entre 1.300.000 y 1.900.000 habitantes. Ésto indica un crecimiento bastante moderado, e incluso hay especialistas que afirman que hay un estancamiento. En Andalucía hay que distinguir un comportamiento distinto entre la oriental y la occidental, con ritmos distintos de crecimiento. Durante la primera mitad del siglo XVIII, la población creció más que en la segunda, e incluso, en la primera mitad, crece más la oriental. En claro contraste con el interior peninsular, hay un carácter predominantemente urbano de la población. Cualquier pueblo mediano, superaba cualquier capital del interior peninsular, duplicándolos o triplicándolos, siempre y cuando no se contase a Madrid.

Hay que añadir la existencia dentro de Andalucía de grandes ciudades: Cádiz, Sevilla y Granada. Sólo son superadas por Madrid o Barcelona.

En cualquier caso, ese pequeño crecimiento de la población hay que relacionarla con la inexistencia de transformaciones agrarias. Es decir, no hay síntomas de revolución agraria.

España seguía siendo un país con abrumadora mayoría rural. Todos los centros urbanos, incluso Madrid, tenían una proporción de población rural. Pero la población realmente urbana era y es la adscrita a los sectores secundario y terciario (servidores, parásitos, mendigos...).

La minoritaria población urbana tenía un peso decisivo en el conjunto de la nación, pues vivía a expensas del agro circundante, al que presta servicios imprescindibles, pero no tan elevados como la contribución que de él requiere.

SEVILLA.-

Dentro del mismo reino de Sevilla, hay diferencias. Según el profesor León C. Álvarez Santaló en su libro La Población de Sevilla en las Series Parroquiales: Siglos XVI-XIX, la estabilidad demográfica de Sevilla roza la decadencia. Sin embargo, en el área rural, se manifiesta un crecimiento moderado, pero sostenido. El auge demográfico del s. XVIII sólo benefició a las ciudades que poseían puertos y a los núcleos urbanos pequeños y medianos, así como a las zonas pequeñas vinícolas y olivareras. Sin embargo, en Sevilla no se apreció este crecimiento, quedando estancada la población desde la crisis de mediados del s. XVIII.

En definitiva, el profesor Álvarez Santaló tiende a suponer que el área rural presenta mejores posibilidades de crecimiento demográfico que la estrictamente urbana, aunque no es automática la adscripción de una u otra zona a procesos de crecimiento o de entascamiento. Es evidente la necesidad de multiplicar la información local antes de establecer un mapa fiable de la tendencia demográfica andaluza. Parece también perfilarse que, en los casos de crecimiento constatado, la tendencia presenta sus caracteres más evidentes a partir del primer tercio y sobre todo de la segunda mitad del siglo (teniendo en cuenta que el núcleo epidémico en torno a 1709 parece constante en toda la zona y creó problemas para el despegue en la primera mitad del siglo). El hecho de que un núcleo tan importante y significativo como Sevilla resulte inmóvil y casi regresivo, no hace sino añadir incógnitas a la tendencia general. Indudablemente, el fenómeno más espectacular es, como ocurriera en el período anterior, el crecimiento disparado de Cádiz en la medida en que prácticamente nos obliga a establecer una correlación directa entre la coyuntura comercial atlántica y la población de la zona.

El valle bético ha sido siempre una de las zonas más vitales de España por la riqueza de sus suelos y porque tiene una pluviosidad satisfactoria comparada con el resto de la Iberia seca. Por desgracia, las oscilaciones climáticas, quizás muy acentuadas en el siglo XVIII, producían de vez en cuando grandes catástrofes, ya por la sequedad (invierno y primavera de 1734 y 1750), ya por las lluvias excesivas, las cuales producían inundaciones e impedían la maduración de los granos. Ésto último fue lo que ocurrió en 1708, y tuvo como consecuencia las espantosas hambres de 1709 y 1800. Con frecuencia se asociaba el exeso de humedad a las plagas de tercianas y otras enfermedades.

Al comenzar el siglo XVIII, Sevilla no se había repuesto aún de las catástrofes del siglo anterior. Además, en este siglo, ocurrieron hechos negativos importantes: repercusiones de la guerra de Sucesión, años de malas cosechas, secuela de mortalidades anormales, perenne amenaza del río, contra la que no había defensas eficaces, porque si se cerraban las puertas y portillos de las murallas, Sevilla se convertiría en una isla en medio de la campiña inundada, provocando muchas veces la presión del agua que saltasen los husillos, inundando las zonas bajas, sin contar con que Triana y otros barrios, situados fuera de las murallas, no disponían de ninguna protección.

Sevilla no pudo seguir el moderado crecimiento de la demografía española y permaneció estancada en torno a los 85.000 habitantes, con una leve tendencia al aumento que se vio contrarrestrada por la peste de 1800, la cual acabó con 14.000 personas. Toda esta cantidad de personas cabían en cinco kilómetros cuadrados.

A mediados del siglo XVII, Sevilla dejó de tener la mayor población en beneficio de Madrid. En el siglo XIX, Sevilla pasó de ser la segunda población con más dinamismo a ser la tercera, ahora en beneficio de Barcelona. Las causas de este estancamiento de la población sevillana son varias, entre ellas la pérdida del monopolio comercial americano, pasando la Casa de la Contratación a Indias que, tras un largo forcejeo de influencias con Cádiz, quedó consumado en 1726. Ya hacía tiempo que los más poderosos cargadores se habían trasladado a Cádiz, pero la ausencia de un organismo tan calificado no dejaba de ser un contratiempo sensible.

La catástrofe demográfica provocada por la epidemia de peste en 1649, que supuso la pérdida de unos 60.000 habitantes, no fue superada por Sevilla hasta entrado el siglo XIX.

Las epidemias del siglo XVIII no fueron los típicos contagios, sino etapas de hipermortalidad, producidas por la subalimentación, producida principalmente por las lluvias tardías que provocaron a su vez, malas cosechas.

La subida de precios que aparece en el texto en tan poco tiempo, no es de extrañar. Cuando un bien de primera necesidad es escaso y muy solicitado, o lo que es lo mismo, cuando hay poca oferta y mucha demanda, los precios se disparan. El cereal seguía siendo el elemento básico en la alimentación del español del siglo XVIII, como el producto más asequible para todas las capas de la población, y el único capaz de alimentar a una población en aumento.

La organización estatal supo mantener instrumentos existentes desde antiguo: el rey en la cúspide de la pirámide del Estado, así como los Consejos, los secretarios del Estado y del Despacho, y las Audiencias. La organización castellana de los municipios igualmente fue respetada. Se trataba de instrumentos que ejercía sus funciones desde arriba. Por el contrario, se abolieron las constituciones propias de las regiones forales (los fueros de Aragón, Valencia y Cataluña), implantando en ellas el modelo castellano. Las medidas borbónicas de centralización también afectaron profundamente a las posesiones de Ultramar.

Por otra parte, el mundo rural no experimentaba progresos apreciables en los rendimientos. El incremento de producción que exigía una población creciente había que buscarlo en la extensión de los cultivos. A raíz de la despoblación del s. XVII, existían tierras disponibles, ya que hubo grandes extensiones abandonadas para el pastoreo. Las mejores tierras, en cambio, fueron cultivadas.

En la segunda mitad del siglo XVIII, la falta de medios técnicos hizo que las nuevas tierrras cultivadas, de peor calidad, no alcanzasen los rendimientos necesarios, lo que hizo que se fuesen abandonando las tierras marginales de escasa calidad.

España, en conjunto, tenía un clima casi igual que el de hoy; la sequía era el problema mayor; pero las lluvias abundantes, extemporáneas, de primavera, más frecuentes quizá que hoy, eran las responsables de numerosos desastres agrícolas, como lo muestra una rápida ojeada a la coyuntura de aquel siglo, en la forma elemental en que hoy la conocemos. Tal fue el caso de la primavera de 1708 y sus fatales resultados.

Sobre las poblaciones crónicamente desnutridas se cebaban las mortíferas epidemias que, por su extensión y virulencia, causaron auténticas catástrofes. En Quesada, por ejemplo, los vecinos lamentaban en 1700 el abandono de sus tierras de labor y la necesidad de importar trigo a una población que, en el siglo XVI, producía no sólo para su abastecimiento sino también para vender al exterior. La esterilidad fue motivo en el día de San josé de 1707, de un nuevo tumulto en la ciudad de Úbeda. El panorama se muestra oscuro entre esta fecha y 1715, período durante el que predominaron los años de duras cosechas, debiéndose autorizar por parte de la Corona registros de granos en domicilios particulares, especialmente eclesiásticos, casas de tercias, obras pías y recaudadores de impuestos. Una plaga de langostas, sumada a las alteraciones climatológicas, culminaba el temible castigo de factores naturales negativos para la población. A menudo y con fuerte virulencia, arrasaba los campos, como nos indica el testimonio de la población en 1708, de la que se dice que Ano es posible a las fuerzas humanas extinguir la plaga que destruye los campos@. De aquí que la población carente de medios y técnicas para enfrentarse a ella recurriera a conjuros, oraciones, procesiones o agua bendita pasada por la cabeza de San Gregorio Ostiense, reliquia venerada en la diócesis de Pamplona, de la que el pueblo esperaba la virtud destructora de la langosta, oruga, pulgón y otros insectos.

Por otra parte, el mayorazgo llegó en el siglo XVIII a su máxima expresión, haciéndose cada vez más frecuente la incorporación de éstos. Era una masa de bienes vinculados de tal manera por la voluntad de su fundador, que los sucesores de éste sólo tenían su administración y usufructo; podían aumentarlo, pero no enajenar ni la menor parte de él. El mayorazgo era considerado como una institución indispensable para conservar el lustre de la nobleza, aunque también los que no eran nobles podían fundarlos.

La insuficiencia de la producción provocó la subida de los precios agrícolas. A su vez, este aumento hizo mayor la apetencia de tierras. Los jornales experimentaban grandes oscilaciones. Cuando la mano de obra abundaba se imponía la ley de la oferta y la demanda y se llegaba a jornales que no permitían ni aun la más mísera subsistencia.

Vicens Vives, así como Domínguez Ortiz y Juan Mercader, se atreven a decir que la revolución alcista de los precios agrícolas es el hecho dominante de la economía española durante el siglo XVIII, debido a que desde 1765 hasta comienzos del siglo XIX, se produjeron guerras imperialistas y las cada vez mayores concentraciones industriales, que equivalen a bocas que consumen productos agrícolas básicos sin contribuir a su producción.

En 1700, los productos industriales valían un 4=3 % más baratos que los agrícolas. En 1720, un 16=7 %. Sin embargo, en 1780, por ejemplo, los agrícolas valían un 8=9% más baratos.

Por otra parte, las crisis de subsistencias y los perjuicios al agricultor por malas cosechas eran combatidas, posiblemente ya desde la Edad Media, mediante organismos de crédito rural llamados Pósitos, y también a través de Sociedades pías, destinadas a mitigar los catastróficos efectos de los años de hambre y de la mala distribución de la tierra. La distribución de dichos pósitos era desigual, siendo mayor en el Centro y Sur. En el litoral mediterráneo y cantábrico no eran necesarios, debido a la facilidad de importar grano extranjero. Su decadencia tiene que ver con la creciente intromisión de la Hacienda, que a fines de siglo recababa fondos de los mismos. El sistema de Pósitos quedó arruinado a fines del siglo XVIII, desmoronándose con la Guerra de la Independencia. La situación de los campesinos sin la ayuda de los Pósitos, no pudo ser más angustiosa.

sEVILLA.-

Andalucía occidental fue un ejemplo privilegiado en el estudio de los precios agrícolas gracias a los trabajos del norteamericano E. J. HAMILTON. Señalaba este autor que el siglo XVI conoció un alza de precios espectacular (índice de 33=3 en 1501 y de 137 en 1600) como consecuencia del flujo de plata vertido por las Indias a Sevilla; esa Arevolución de los precios@, como se le llamó, fue, sin embargo, bien tolerada por cuanto se correspondía con una etapa de expansión económica que haría suponer un auge del volumen de negocios y una importante alza comercial. A partir del siglo XVII cambiaría el panorama: los envíos de remesas indianas se contraen, se reducen las superficies cultivadas, se inicia una aguda fase depresiva, inmersa en una fluctuación de precios con marcada tendencia al alza continuada: los coeficientes en Andalucía serían de 400 en 1600, 425 en 1630, 500 en 1650, fecha a partir de la cual se detectaría un cambio tendencial a la baja, aunque sostenido, durante las dos décadas siguientes. En Écija, el precio de la fanega de trigo que valía a 36 reales en 1636, pasaría a costar 110 reales en 1648.

El alza de los precios del siglo XVII empezó a remitir en 1680, fecha a la que siguen una serie de años de bajos precios agrícolas durante la primera mitad del XVIII lo que vendría a remarcar, una vez más, negativamente a la centuria del seiscientos. La realidad es que las fuertes oscilaciones de precios del siglo XVII tuvieron como causa las manipulaciones monetarias (inflaciones y deflaciones continuadas).

En los datos suministrados por Hamilton (recogidos de los libros de cuentas de hospitales y monasterios de Sevilla y Cádiz), encontramos que los precios del trigo y del aceite marcan un aumento entre 1760 y 1800, habiéndose mantenido prácticamente estabilizados en la primera mitad del siglo; los precios de los granos se multiplica por 2=5 mientras que los del aceite se siguen a corta distancia; sólo el vino parece haber permanecido estancado en sus precios a lo largo de la centuria. Dentro de este siglo es evidente un cierto aumento de la demanda que podría coincidir con leves signos de crecimiento demográfico.

En 1502 se creó en Sevilla la Casa de la Contratación, un organismo que ejercía el control monopolístico del comercio americano, situación que convirtió a la ciudad sevillana en el puerto europeo más importante, lo que se tradujo en una gran expansión urbana. Pero esta expansión se paralizó cuando se produjo el traslado a Cádiz de este organismo y la crisis del comercio colonial. Pese a ello, según Domínguez Ortiz, se construyeron numerosos centros manufactureros, como la Real Casa de la Moneda, la Real Fábrica de Tabacos (comenzó a construirse en 1728 con planos del arquitecto Wanderbourg), la Real Fábrica del Salitre (para la elaboración de la pólvora y la fundición de cañones) y otras de jabones, azulejos (en Triana) y sedas. Estas tres últimas eran industrias privadas. Puede sorprender la vaguedad de esta información y, sin embargo, reuniendo todos los datos cuantitativos de que disponemos en la actualidad sobre la población laboral sevillana y el volumen del utillaje industrial y que han sido presentados y recopilados en un trabajo de los profesores Bernal, Collantes de Teherán y García - Baquero (Sevilla, de los gremios a la industrialización) no podemos mejorar realmente las afirmaciones de Domínguez Ortiz.

En cuanto a la Guerra de Sucesión, Sevilla no tuvo una intervención armada, aun cuando contribuyó con dinero y con algunas tropas expedicionarias enviadas al norte. Salieron también de Sevilla algunos barcos para evitar que la flota inglesa se apoderara de Sanlúcar de Barrameda, como ya había ocupado el Puerto de Santamaría. Contribuyeron el Arzobispo, la Audiencia, la casa de Misericordia, el Consulado y el Convento de la Merced con 17.300 pesos y 2.000 doblones y 36.000 reales, y abundante trigo y mantenimientos. De aquella guerra, la mayor expedición sevillana fue mandada por el marqués de Villadarias contra el sur de Portugal, mientras que Felipe V atacaba por el centro y dos divisiones iban guiadas por el marqués de las Minas y el general Tilly. En 1704 se terminó la campaña, pero lamentándose de la pérdida final de Gibraltar.

La guerra volvió a producirse en 1705. Los portugueses llegaron a Jerez de los Caballeros, mientras que los castellanos conquistaban Serpa, y Mora en el Algarve.

En 1709, a consecuencia de la guerra, la crisis alimenticia se dejó sentir y entre los numerosos fugitivos de Extremadura que se habían refugiado y mal albergado en nuestra ciudad, se declaró una epidemia de fiebres infecciosas en la que murieron 13.000 personas.

Finalmente, Felipe V entró en el trono español a costa de perder Gibraltar, Menorca y Terranova. La entrada de esta nueva dinastía no benefició a Sevilla para nada, puesto que a pesar de los grandes sacrificios económicos que Sevilla había hecho a favor de la causa de Felipe V, éste trasladó la Casa de la Contratación y Consulado del Mar a Cádiz, lo que levantó un clamor de protestas que duró desde 1717 hasta 1727. Sin embargo, quedó en la ciudad gaditana el monopolio del comercio con Indias.

Por otra parte, la utilización del suelo en la provincia de Sevilla, era la típica de un país mediterráneo y que se conoce desde los tiempos más remotos de la antigüedad: cereal, olivar, vid y extensos pastizales, agricultura de clima seco con presencia irrelevante de superficie irrigada.

La relación entre superficie cultivada y productiva, es superior en el reino de Sevilla a la media de Castilla. El cereal seguía siendo el elemento básico de la alimentación del español del siglo XVIII, como el producto más asequible para todas las capas de la población, y el único capaz de alimentar a una población en aumento. En el Catastro de Ensenada (1752), la extensión de las tierras calmas alcanza un 51=8% en la provincia de Sevilla, y constituyen el 78=8% de las tierras cultivadas. Unos ochenta años después, esta extensión cerealística se reducirá al 29=6%, siendo el 73=6% de tierras cultivadas.

En el transcurso del siglo XVIII, las frecuentes uniones de mayorazgos y los mayores beneficios de la explotación de las tierras aliviaron.

A fines del siglo XVIII, el reino de Sevilla sufriría una permanente escasez de grano que debía importar para su subsistencia del extranjero y de otros reinos de Andalucía, como Jaén y Granada. En los primeros años del ochocientos se mantuvo la necesidad de importar trigo.

La sociedad del siglo XVIII español, era muy parecida a la del Antiguo Régimen, donde la unidad básica era la familia con carácter patriarcal. La familia era la base de la estructura social y económico (a través de los mayorazgos).

La sociedad apenas cambió entre los siglos XVII y XVIII. Tan sólo tuvo cambios en el comportamiento humano, pero muy lentos, tanto que da la impresión de que la sociedad apenas se movía.

Entre la sociedad de 1621 y la de fines del siglo XVIII, advertimos varios rasgos diferenciales:

Menos presión social, disminución del mito del honor.

Una notable simplificación de los grados de la jerarquía social.

Paulatino trasvase de los valores estamentales a los dinerarios.

Reforzamiento de las categorías ligadas a la consolidación del Estado: burocracia y Ejército.

La sociedad marginal bajoandaluza se simplificaba en: moriscos, esclavos, judeoconversos, pícaros y gitanos. En el siglo XVIII los esclavos eran muy escasos, exeptuando los berberiscos que, como esclavos del rey, trabajaban en las carreteras, arsenales y otras obras públicas, y cuya suerte era muy dura.

Por otra parte, la España del siglo XVIII era una nación rural en un 80%, tanto desde el punto de vista económico como demográfico. Incluso la escasa población urbana estaba directamente ligada a la prosperidad del agro: el clero por los diezmos; la nobleza y la burguesía por sus propiedades rústicas, y hasta el pueblo artesano estaba tan interesado en la cosecha que, cuando peligraba, organizaba procesiones de rogativas o acudía en masa a matar la langosta.

SEVILLA.-

La pérdida de importancia del puerto de Sevilla sobreviene al aumentar de tamaño los buques, que necesitan cada vez más calado, siendo insuficiente el río Guadalquivir. Por ello, Cádiz obtiene el privilegio de los embarques a Indias, lo que señala el comienzo de la decadencia de Sevilla. Al disminuir el trabajo aparece el paro y la pobreza. Una parte del vecindario, ya no puede seguir viviendo en casas particulares, y muchos ricos emigran, así como muchos conventos, faltos ya de limosnas, se cierran. Ésto será el motivo de que palacios y casas señoriales, y conventos, se dediquen a viviendas de gentes empobrecidas, lo que hace nacer el Acorral de vecindad@, donde se albergan familias enteras en una sola habitación, con un retrete y un grifo para medio centenar de personas.

Sin embargo, el siglo XVIII no es todo miseria. Se produce un renacimiento cultural, dirigido por Melchor Gaspar de Jovellanos, durante el tiempo que fue magistrado en la Audiencia. El Asistente o Alcalde-Gobernador de Sevilla don Pablo de Olavide, acaudilla el movimiento cultural de la llamada Ilustración, y el Regente don Francisco Bruna, inicia los estudios de Arqueología, y la creación de los museos. Aparecen las Academias de Medicina, y de Buenas Letras, y la antigua Universidad de Santa María de Jesús, y la de Santo Tomás, ambas religiosas y dedicadas casi exclusivamente a estudios de Teología y Cánones, se integran en la Universidad oficial, con facultades para estudios científicos.

DEMOGRAFÍA

Todo indica que la expansión demográfica ha ido forzando el aumento de las roturaciones.

SOCIEDAD

M la página 227 del A.D.O. y la 329.

INTRODUCCIÓN

DEMOGRAFÍA

ECONOMÍA

SOCIEDAD

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