Segunda República (1931-1936)

Historia española contemporánea del siglo XX. Alfonso XII. Alcalá Zamora. Manuel Azaña. Calvo Sotelo. Primo de Rivera. Indalecio Prieto. Alejandro Lerroux. Derecha monárquica. Guerra Civil. General Franco. Falange. Frente popular. Constitución 1931

  • Enviado por: Ana Moreno Bellanato
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 25 páginas
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LA SEGUNDA REPÚBLICA

Índice

  • Introducción

  • Izquierdas y derechas, dos familias políticas irreconciliables

  • la familia izquierdista

  • la familia derechista

  • El desarrollo de la experiencia republicana (1931-1936)

  • la transición

  • el bienio de las reformas

  • el bienio negro

  • El frente popular

  • a. las coaliciones electorales

  • las elecciones de 1936

  • meses decisivos

  • el fracaso del golpe de estado

  • la agonía de la República

  • ANEXO: GOBIERNOS DURANTE LA REPUBLICA

    INTRODUCCIÓN

    Estertores de la Monarquía

    En 1931 el régimen monárquico se encontraba agotado y en un callejón sin salida. Aunque para hallar las causas profundas de esta situación habría que remontarse al comienzo del siglo XIX, cuando se produce la quiebra social de España - lo que se ha dado en llamar la aparición de las dos Españas -, la causa más inmediata hay que buscarla, como han señalado numerosos autores, en la complacencia de la monarquía de Alfonso XIII en la Dictadura del general Primo de Rivera. A partir de este momento, la monarquía estaba herida de muerte y el gran error del rey y sus seguidores fue sin duda considerar que, después de retirar al general, se podría volver al parlamentarismo como si no hubiese pasado nada.

    Por primera vez en mucho tiempo parecía posible la modernización profunda de la estructura del país. La burguesía se disponía a barrer la aristocracia y sus cómplices, realizando su revolución específica, la revolución liberal y democrática.

    A comienzos del siglo XIX, dos formas distintas de entender el papel de la monarquía habían conducido a las guerras carlistas, auténticas guerras civiles que debilitaron enormemente el poder real y lo sometieron al capricho de los generales. Desde entonces, serán éstos los árbitros de la escena política y sus pronunciamientos la forma normal de cambio de gobierno, iniciando de este modo el largo periodo de intervención de los militares en la política.

    Lejos de procurar una solución, Alfonso XIII alentó por un lado la aventura militar en Marruecos y por otro no logró dar cauces adecuados para un auténtico régimen de representatividad parlamentaria. De esta forma, se convertía en instrumento de las clases más acaudaladas, posponiendo una vez más las grandes reformas que el país necesitaba. Entre los mayores problemas, destacaban por su fuerte contenido ideológico, la cuestión agraria, el atraso del sistema educativo, sometido a la influencia de la Iglesia y los nacionalismos emergentes vasco y catalán.

    Estado real de la situación en España

    La situación en el terreno económico no era nada halagüeña. En el sector agrícola, mientras en una parte de España se practicaba una agricultura de subdesarrollo, incapaz de proporcionar la supervivencia a sus habitantes, en otra, la más rica y poblada, el mal sistema de distribución de la tierra arrojaba al hambre y a la desesperación a la gran mayoría de la población. Por lo que se refiere a la industria, localizada exclusivamente en Cataluña y el País Vasco, las políticas proteccionistas practicadas casi ininterrumpidamente la habían colocado en una situación de obsolescencia que la incapacitaba para salir a los mercados exteriores, una vez finalizada la primera contienda europea.

    La atracción que los regímenes europeos recién instalados ejercieron sobre los intelectuales españoles indujo a éstos a visitar los diferentes países y ha escribir sobre sus viajes. Pero a pesar de las evidentes coincidencias en el pensamiento, la mayor parte de los autores tuvieron cuidado de manifestar las diferencias en el caso español y los de los otros países europeos.

    La colaboración de los socialistas con la República estaba viciada desde el comienzo por consideraciones ideológicas. A la República burguesa se la consideraba, según Largo Caballero, como una necesidad histórica. Desgraciadamente muchos trabajadores la consideraban imprescindible, como paso ineludible para llegar al fin de sus ideales.

    Las relaciones entre los partidos

    La desunión de la familia izquierda es consecuencia de su origen. Los distintos grupos políticos se habían unido para derrocar a la monarquía, pero una vez conseguido este objetivo era evidente que cada uno tenía una idea bien diferente de lo que había que hacer en el futuro, y la tarea de gobierno tropezaba continuamente con dificultades insalvables.

    Por su parte, el aglutinamiento de las derechas era, por las mismas razones, más fácil, en la medida en que su fin último era idéntico para todos los grupos: derribar la República. La dinámica de los acontecimientos hacía que las derechas contaran ahora con ese elemento a su favor, igual al que habían gozado sólo unos pocos años antes los partidos que habían traído la República.

    La influencia de la Iglesia

    La influencia de la cuestión religiosa en el desarrollo de los acontecimientos fue muy importante. La Iglesia, que hasta el siglo XIX había sido un elemento de unión en España, no supo ver los cambios que la Ilustración y la Revolución francesa habían provocado y, en su afán de volver al pasado anterior, fomentó la desunión entre los españoles, que habría de conducir a las guerras civiles carlista. Derrotada en estas guerras y vendidos sus bienes por la Desamortización, se arrojó en brazos de las clases poderosas - terratenientes y alta nobleza -, constituyendo a partir de entonces y hasta fechas muy recientes un bloque monolítico opuesto a toda idea de progreso.

    IZQUIERDAS Y DERECHAS, DOS FAMILIAS POLÍTICAS IRRECONCILIABLES

    La familia izquierdista

    El presidente Alcalá Zamora

    Alcalá Zamora había sido dos veces ministro en el anterior régimen, del cual se había separado a raíz de la Dictadura de Primo de Rivera.

    Posteriormente, en su discurso en Valencia el 13 de abril de 1930, definió su postura a favor de una República moderada.

    Es un hecho corroborado que uno de los factores que más pesaron a la hora de designar presidente de la República fue el de no alarmar a las fuerzas conservadoras con el nombramiento. Y aunque en un principio se habló también de candidatos como Cossío, al final la elección recayó en Niceto Alcalá Zamora.

    La controvertida figura de Azaña

    Para alguno de sus contemporáneos, Azaña fue un monstruo; Lerroux le llamaba “la serpiente”, y aunque reconocía su talento ocasional opinaba que era “un alma ensombrecida por no sé qué decepciones primarias”. Para otros era el único auténtico político republicano, la última esperanza de la República. Estas encontradas opiniones dan la medida de la singularidad de Azaña, que era ante todo un intelectual, un notable escritor y un orador impresionante. Tenía dos pasiones: la República y la modernización de España. La conciencia de su valía le llevó a adoptar una actitud arrogante y despectiva con respecto a los restantes políticos, que, a la postre, le granjeó numerosas enemistades. A su lado logró aglutinar a un conjunto de hombre, la mayoría intelectuales y amigos, en el partido Acción Republicana, sin profunda base social. Políticamente su pensamiento era heredero de los liberales del siglo XIX como Canalejas y de los reformistas. Al llegara al gobierno impuso sus ideas principalmente en los terrenos de las reformas del Ejército, la reforma agraria y las autonomías. Su gran fracaso fue no haber sabido integrar a una gran parte de España en el proyecto republicano debido a su actitud de radical jacobino y a su profundo anticlericalismo. Para Azaña, la República era para los republicanos y las derechas no tenían cabida en ella.

    Entre los contemporáneos pocas voces fueron benevolentes con el partido radical-socialista. A la hora de formar gobierno con el partido de Azaña y los socialistas, corría el chiste de que Alianza Republicana era el haz, el partido socialista la hoz y el partido radical-socialista la hez. Los ademanes de sus miembros eran propios de un radicalismo verbal, estéril, con apariencia revolucionaria. Para Alcalá Zamora, “cada reunión de este partido era una tormenta, cada discusión un relámpago, cada voto un trueno”.

    Maura y el orden público

    En el primer gobierno de la República, a Maura le tocó dirigir la cartera de Gobernación, sin duda una de las más conflictivas en la nueva etapa por el contumaz problema del orden público. Como él mismo confesó en sus memorias, “a partir de mayo, o sea, al mes de entrar en posesión del cargo, yo dejé prácticamente de ser ministro de un gobierno para pasar a ser cabo de vara o loquero mayor de un malcomió suelto y desbordado... No oía, no veía, ni participaba en verdad en ninguna de las deliberaciones del gobierno, atrofiada la mente cada una de las horas del día y de la noche con el obsesionante problema del orden público y de la lucha a brazo partido con los bandos de insensatos que estaban hiriendo de muerte a un régimen recién nacido”.

    Miguel Maura, el hombre que llegó a predecir la guerra civil, condenó sin duda el régimen posterior, lo que también refleja su honestidad política.

    El partido radical, reminiscencia decimonónica

    Alejandro Lerroux había fundado el partido radical en 1908 como partido republicano en Cataluña, alternativa entre nacionalistas y anarcosindicalistas. Esta posición de centro izquierda, afianzada sobre la base del anticlericalismo y la demagogia le permitió contar con el voto de una gran parte de las clases medias burguesas. Ahora bien, al entrar a formar parte del gobierno de la República en 1931, vio claro que el espectro político radical le había sido arrebatado por los azañistas y radicales-socialistas, con lo que automáticamente inició el desplazamiento a la derecha.

    Entre todos los testimonios de sus contemporáneos, no se encuentra uno sólo que sea mínimamente favorable a Lerroux. Entre ellos, destaquemos los juicios de dos hombres no políticos, cuya honestidad y patriotismo creemos que está fuera de toda duda. Para Unamuno, “ es republicano para que los republicanos dejen de serlo”. Para Antonio Machado, Lerroux era “un hombre profundamente viejo, un alma decrépita de ramera averiada y reblandecida... que se encarga de... amontonar sobre ella- ¡nuestra noble República!- todos los escombros de la inagotable picaresca española.

    Pero con ser duros los juicios respecto a Lerroux, no lo eran menos los que iban dirigidos hacia sus correligionarios, los mejores de los cuales, Marcelino Domingo y Martínez Barrio, abandonaron el partido en 1924 y 1934.

    Las relaciones entre el PNV y los carlista

    La ruptura entre el PNV y el partido tradicionalista se produjo con ocasión de la Asamblea de Municipios Vascos que en apoyo del Estatuto estaba convocada para el día 14 de junio de 1932. Los Carlistas aprovecharon esta circunstancia para convocar un mitin de carácter católico-fuerista en la misma fecha, rompiendo así la posibilidad de unión entre ambos. A partir de aquel momento, el PNV abandonó la compañía del tradicionalismo y se acercó a los socialistas.

    El tema de Navarra, antes como ahora, fue uno de los puntos de batalla más importantes para la aprobación del Estatuto. Con ocasión de la firma del estatuto catalán en San Sebastián en septiembre de 1932, Prieto, entonces ministro del gobierno, abordó directamente el problema al afirmar que , después del estatuto catalán vendría el vasco, pero solucionando una cuestión previa: la actitud que había de adoptar Navarra. “Si Navarra no quisiera venir al Estatuto único, aunque se abstuviera la mayoría del País, sería un error traerla y, si nos empeñamos en no recobrar la autonomía para las tres regiones restantes, perderemos una magnífica coyuntura”.

    El pesimismo anarquista ante la República

    El Partido Sindicalista que fundó Pestaña en marzo de 1934, después de su expulsión a raíz del manifiesto de los Treintistas, tuvo muy poca relevancia en la vida política española. La intención del mismo era acercarse progresivamente a posturas más moderadas, cercanas a la UGT; sin embargo, la atmósfera que se respiraba en España en aquellos días no era propicia a moderaciones. Como dice Hugh Thomas, el idealismo anarquista revolucionario era tal, que en cada pueblo de España había por lo menos un obrero consciente, que tenía preparada la bandera negra y roja para izarla a la primera ocasión en el cuartel de la Guardia Civil.

    El comunismo incipiente

    El comunismo jugó durante los primeros tiempos de la República un papel prácticamente nulo. Como indica García Escudero, sin masas, sin dirigentes de relieve ni garra revolucionaria, hablar de conquistar el poder era, en frase de Trotsky, “desempeñar el papel de payaso y de charlatán”. Por esta razón se abandona la quimera de la revolución y se establece el principio del parasitismo, que consistía en actuar sobre los dirigentes de otras organizaciones para conseguir el control indirecto de las masas, táctica que empezó a aplicarse sobre el socialismo.

    La familia derechista

    La derecha de inspiración católica

    Entre los partidos de la familia derechista, la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) fue, sin duda, el más importante. Partido católico por excelencia, se inspiraba en el ideario de Acción Católica. Ángel Herrera Oria, el fundador del importantísimo diario católico El Debate, máximo dirigente de Acción Católica, fue su principal promotor.

    Desde el primer momento, defendió la idea de la accidentalidad de las formas de gobierno, argumentando en contra del conocido principio de que ser católico y republicano al mismo tiempo era imposible. Trabajó en el sentido de lograr que la Iglesia Católica no se hundiese junto con la monarquía alfonsina, posibilidad evidente en aquellos decisivos momentos.

    Un gran error de este grupo de la CEDA fue no haber conseguido integrar en sus filas al sector minoritario del catolicismo de izquierdas, más avanzado que el representado por El Debate. Como ocurrió en el otro bando, también en las derechas faltó ese elemento moderador de trascendental importancia para tender puentes de entendimiento en la crispada vida política española.

    La iglesia junto a la derecha

    La jerarquía eclesiástica se inclinaba claramente por la derecha, donde encontraba defensa y cobijo ideológico, aunque hubo algunas excepciones notables como el cardenal Vidal y Barraquer, arzobispo de Tarragona. Este clérigo, que empezó recomendando serenidad y prudencia a los demás obispos, que saludó, en nombre de la Asamblea episcopal catalana a los ministros de la República manifestando “nuestra misión no es política sino moral, religiosa y social y siempre puede el gobierno de la República contar con nuestra colaboración”, acabó sus días en el exilio después de la victoria de Franco por su negativa a adherirse al nuevo régimen.

    Victoria derechista de 1933

    Al ganar la derecha las elecciones en 1933, la composición del partido a juicio de uno de sus más notables representantes, Giménez Fernández, era la siguiente: “un centro, formado por la burguesía media que vivía sólo el problema político y seguía a Gil Robles, como al salvador de España lo mismo que seguiría a Calvo Sotelo, a José Antonio Primo de Rivera o al general Franco; un ala derecha de latifundistas, conservadores e incluso reaccionarios, fronterizos de los agrarios, y un ala izquierda, nutrida de las ideas sociales de los Propagandistas y El Debate. Del conjunto de los 115 diputados conseguidos, unos 25 eran cristianos sociales, otros 30 monárquicos o conservados y los 60 restantes oportunistas”

    La victoria de las derechas en noviembre de 1933 tuvo un signo inequívoco para las izquierdas y, el 25 de noviembre, el Partido Comunista dirigía una carta a la Agrupación Socialista madrileña en busca de un programa mínimo de unión que comprendiera la expropiación de las tierras y bienes de los latifundistas, así como la disolución de la Guardia Civil.

    Alcalá Zamora juzgó de ocasión perdida el fracaso del -según sus palabras- contubernio radical-cedista que gobernó a España durante dos años. “Pudo haber sido útil para el país permitiendo la transacción política moderada y asegurando una buena y honesta administración. No fue así ni pude conseguir que lo fuese... Esa realidad fue que el partido radical se entregó políticamente a una desatada reacción derechista, mucho más extremada que bajo gobiernos conservadores monárquicos y a cambio de ello Acción Popular permitió y aún me obligó a soportar una mala administración”.

    La derecha monárquica

    La desgraciada apertura del Círculo Monárquico Independiente fue llevada a cabo el 10 de mayo, después de la visita de Luca de Tena a Alfonso XIII en Londres el día 5 del mismo mes. La posterior manifestación de los monárquicos exaltados, la agresión a un taxista y las numerosas refriegas que siguieron fueron el primer acto de provocación contra la República que había de culminar en la Guerra Civil.

    Como hecho más significativo dentro de las filas monárquicas hay que destacar la aproximación de las dos corrientes que hasta aquel momento habían estado enfrentadas: la tradicionalista y la liberal. Tal acercamiento estaba propiciado sin duda por varios factores entre los que destacan la falta de continuidad dinástica de la rama carlista y las últimas declaraciones de Alfonso XIII después de su caída, en las que aparecía una clara orientación hacia la monarquía tradicional que propugnaban los carlistas.

    Ha existido una gran polémica acercan de los posibles acuerdos dinásticos establecidos gracias al acercamiento entre carlitas y alfonsinos. Según algunos autores, el encuentro y firma de los acuerdos en agosto de 1931 entre Don Jaime y Alfonso XIII tenían por objeto la unión de las dos ramas en Don Juan, con la condición de éste fuera educado en los principios tradicionales. Según otros autores, tal cosa nunca existió. Lo que en cualquier caso sí fue cierto es que a la muerte de Don Jaime, el jefe de la rama borbónica, Don Alfonso Carlos, reconoció tales pactos. En todo caso, el pacto no llegó a consumarse por la aparición de la corriente ultramontana del carlismo, que no aceptó tal solución y, capitaneada por Fal Conde, emprendió el camino del integrismo más extremista. Una vez más, la facción más radical de un partido se imponía al resto.

    Las relaciones entre las dos ramas principales de la derecha

    La relación entre monárquicos y cedistas tampoco se consumó en los primeros momentos de la República. Gil Robles explicó claramente: “Cuando vi que se hundía la Corona y flotaba la Cruz que la remataba, cogí la Cruz, que era lo único que me interesaba. Las diferencias, pues, estaban claras y se podían leer todos los días en los editoriales de El Debate, órgano de los cedistas, y del ABC, portavoz de los monárquicos. Precisamente lo que no soportaban los monárquicos era esa supeditación del trono al altar, pues para ellos estaba bien claro que ambos iban indisolublemente unidos como si, en realidad, fuesen una misma cosa.

    La derecha de corte fascista

    El primer movimiento nacional sindicalista fue protagonizado por Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo. Las JONS (Juntas Ofensivas Nacionales Sindicalistas) eran la unión de los grupos capitaneados por estos dos hombres cuyo ideario se proclamaba a través de las revistas La Conquista del Estado y Libertad. Para Ledesma, el remedio de España debía buscarse en los viejos campesinos castellano -llamada a la tradición integrista- en contra de la contaminación judía. Para Redondo, había que conservar las esencias religiosas, corrompidas a su vez por la burguesía. Sus símbolos fueron el yugo y las flechas y su lema, “España, una, grande y libre”, que monótonamente sería repetido a lo largo de los siguientes casi cincuenta años.

    José Antonio Primo de Rivera inició su carrera política en mayo de 1930, aceptando el cargo de Vicesecretario de la Unión Monárquica, grupo formado por algunos elementos conservadores que permanecían fieles a la idea de dictadura amparada por la monarquía, tal y como había sido el gobierno de su padre, el General Primo de Rivera. Dispuesto a defender la memoria de su padre, según propia confesión, se presentó a las elecciones de octubre de 1931 por Madrid, pero fue derrotado. A partir de entonces comenzó a madurar su animadversión hacia el antiguo régimen político y a distanciarse tanto del liberalismo republicano como de la derecha caciquil. Por sus antecedentes aristocráticos jamás podría acercarse a los obreros e ir codo a codo con ellos , aunque la revolución era inevitable, debía ser llevada a cabo por unos escogidos, una élite, “una minoría creadora”, en frase de Ortega y Gasset. Con este bagaje ideológico nació la Falange.

    Ledesma Ramos creía en un principio que la unión con Falange podría ser beneficiosa desde un punto de vista práctico. En primer lugar, porque las JONS estaban sin fondos, y en segundo lugar, porque creía que sus ideas podrían ser difundidas mucho mejor dentro del grupo de Falange. Y fue cierto, pues a partir de ese momento, Falange adopta los estilos y la ideología de la dialéctica revolucionaria propia de Ledesma, aunque matizándola con la estética joseantoniana. Este cambio de orientación revolucionaria, sin embargo, no agradó mucho a la derecha tradicional y los apoyos financieros empezaron a retirarse de las arcas de Falange, teniendo con ello relativamente controlado el grupo hasta el estallido de 1936.

    EL DESARROLLO DE LA EXPERIENCIA REPUBLICANA (1931-1936)

    La transición

    Las primeras horas de la República

    Como es obvio, el 14 de abril fue vivido de muy distinta manera por republicanos y monárquicos. A este respecto, es muy revelador el ambiente que reinaba en Madrid la tarde de aquel día, cuando los rumores sobre el abandono del rey corrían de boca en boca por calles y cafés. Lo que para unos era motivo de júbilo y esperanza, para otros era explosión descontrolada de la chusma capaz de cualquier desmán. Como imagen expresiva están las memorias de dos destacados personajes de uno y otro bando: Alcalá Zamora y el general Berenguer. El primero se disponía a tomar posesión del gobierno provisional de la República; el segundo abandonaba el Ministerio de la Guerra y, temeroso ante las invectivas de los ciudadanos, buscaba un escondite seguro.

    Como muy a menudo se ha escrito, el 14 de abril fue el triunfo de la clase media republicana, de la pequeña burguesía intelectual frente a la alta burguesía, cuyos intereses habían sido defendidos por la Monarquía. El gran mérito de los republicanos fue abrir cauces para que todas aquellas fuerzas políticas que habían estado ahogadas durante el régimen anterior salieran a la superficie y apoyaran el nuevo régimen. De entre ellas, dos tenían particular importancia: los catalanistas y los socialistas. El gran error fue creer que todas estas fuerzas iban a anteponer los ideales republicanos a los específicos de cada grupo, ya fueran la cuestión social o el autogobierno.

    La representatividad del primer gobierno de la República

    No se puede creer que la composición del primer gobierno respondiera a la correlación de fuerzas existentes. En primer lugar estaban Alcalá Zamora y Miguel Maura, dos representantes de la alta burguesía que, aunque de intachable sentir republicano, no representaban a ninguna fuerza importante, sino, a lo sumo, un poco a la sombra del pasado. En segundo lugar, había un grupo de republicanos, radicales y radicales-socialistas, representantes de partidos demasiado apegados a los usos y maneras del funesto parlamentarismo decimonónico. Unos y otros motivaron la desconfianza progresiva de las masas que, decepcionadas, se fueron poco a poco radicalizando.

    La República de los intelectuales

    La II República española fue llamada la República de los intelectuales, pues ellos fueron los que la trajeron y gobernaron en los primeros años. Todos la acogieron con entusiasmo y la sirvieron y todos, o la gran mayoría de ellos, fueron perdiendo fervor paulatinamente decepcionados. Es el caso de Azorín, de Unamuno, de Ortega, de Pérez de Ayala, de Marañón y de tantos otros. El fracaso de los intelectuales con la República, que en cierta forma fue su obra, es fruto en muchas ocasiones de su anticipación a los hechos. Tributarios de una profunda visión de los problemas y de las raíces de los males de España, forzosamente debían estar invadidos de un profundo pesimismo que paralizaba sus actos. Del “no es esto, no es esto “ de Ortega a “la República no va, se nos va” de Unamuno, todos ellos acabaron siendo profetas de la desgracia.

    Estatuto jurídico del gobierno provisional

    La misma denominación del documento “Estatuto jurídico del Gobierno provisional” de idea de la obsesión del primer gobierno y, en particular, de su presidente Alcalá Zamora por las formas del Derecho, en las que las libertades de conciencia, de derecho sindical y derecho de propiedad eran los pilares fundamentales.

    Al proclamar Maciá a Cataluña como “Estat Integrant de la Federació Ibérica”, se despertaron los temores sobre la unidad de España. No en vano había sido uno de los puntos esenciales de la campaña de la Monarquía el que la República representaba ni más ni menos que la desintegración de España. Con el viaje de los ministros Marcelino Domingo, Nicolau D'Olwer y Fernando de los Ríos a Barcelona se ganó un tiempo precioso para hacer recapacitar a Maciá, pero el problema no fue nunca completamente dominado a satisfacción de todos, no bastó con esta visita ministerial, sino que fue necesario el viaje de Alcalá Zamora y su recibimiento enfervorizado en Cataluña para encauzar el tema catalán.

    A los pocos días de la visita del presidente provisional de la República a Barcelona, Maciá hizo el nombramiento de ministros, esta vez no del gobierno catalán, sino de la Generalitat.

    Primer problema de la República: evasión de capitales

    Ya en el primer Consejo de Ministros del 16 de abril, Indalecio Prieto dio a conocer la noticia de que empezaba una emigración de capitales a gran escala. Pese a la política de apaciguamiento llevada a cabo por la República con respecto a las clases adineradas, poco se pudo hacer para evitar la evasión de capitales. Al final, el 29 de mayo de 1931, el gobierno estableció la vigilancia total de cambios, dividiendo las operaciones en moneda extranjera en tres grupos: los especulativos y de evasión, naturalmente prohibidos: los de características financieras que necesitaban autorización previa y los demás que, con diferentes motivos, a la postre también dependían de la autorización de Centro Oficial de Contratación de Moneda.

    Las reformas militares de Azaña

    No hay documento mejor para ver el alcance de las medidas que pretendía Azaña para la reforma del Ejército que el discurso improvisado que pronunció en las Cortes el 2 de diciembre de 1931: “... El ejército servía en España para todo: ha servido para dirimir discordias de la dinastía, ha servido para ir a las campañas coloniales, ha servido para ir a África; pero nunca, desde que se acabó la guerra de la Independencia, se ha tratado en España de negociar y de formar el ejército en condiciones tales que pueda competir con un ejército extranjero, en una guerra de carácter internacional...”

    Las recetas que Azaña propugnaba eran: “...en primer lugar, suprimir todo lo que estorbaba en la institución militar... así, por ejemplo, los capitanes generales de las regiones, herencia de virreinatos;” ...así, por ejemplo también, la jurisdicción militar, radicada en el Consejo Supremo de Guerra y Marina...; el exceso de personal que gravaba el presupuesto y que se atajó con el decreto sobre retiros voluntarios; y la dotación de aquello de lo que se carecía para conseguir un ejército moderno; preparación e instrucción que pasaba por la reducción de las unidades; de medios necesarios; armas, material, acuartelamientos, campos de tiro, hospitales, etc. En resumen, “en la obra del Ministerio había que deshacer lo antiguo, suprimir lo sobrante, transformar el presupuesto y además abrir los caminos para el porvenir.”

    La facción extremista del anarquismo

    La tentación extremista representada por el anarquismo de la FAI, dirigida por Durruti, Ascaso y García Oliver, era patente a primera vista. Como testimonio de ello está la descripción del primer encuentro entre Durruti e Ilia Ehrenburg, el célebre escritor ruso miembro del Soviet Supremo y testigo de excepción de aquellos años. “En Barcelona, conocí al líder de la FAI (Federación Anarquista Ibérica), Durruti. Estábamos sentados en un café. Durruti me mostró un revólver y unas granadas de mano. <¿No tiene miedo?... Ya sabe que no voy a entregarme vivo>. Sus opiniones eran más que fantásticas, pero me cautivó en seguida por su valor, por su honestidad y nobleza de alma.”

    La situación social del clero

    El clero no constituía una clase homogénea. La mayoría de los curas de los pueblos y los frailes vivían en una cierta pobreza, mientras la alta jerarquía eclesiástica, aliada de las clases altas, vivía en la opulencia, reproduciendo así la misma realidad social que existía a escala nacional. Sin embargo, la imagen del alto clero era la que la gente tenía de la Iglesia y, fruto de la ignorancia, su odio anticlerical hacía que casi todos los vecinos de cada pueblo estuvieran dispuestos a quemar la iglesia del pueblo vecino, dejándose tal vez matar por defender la del suyo propio.

    Los hechos del 10 de mayo

    Para el domingo 10 de mayo estaba prevista la inauguración del Círculo Monárquico. Al parecer sin consultarlo con Miguel Maura, el Director General de Seguridad, Carlos Blanco, autorizó la reunión correspondiente. Pero el hecho fue que unos “mal aconsejados señoritos” monárquicos tuvieron la provocativa idea de sacar un poderoso altavoz por una de las ventanas dando vivas a la Monarquía. Los acordes de la Marcha Real atrajeron la atención de los transeúntes que, por ser domingo, había muchos. El público fue parándose poco a poco frente al edificio, hasta llegar a formar una masa hostil. Llamadas por teléfono, llegaron las fuerzas del orden público que desalojaron el local sin daño para las personas y detuvieron a los responsables del tumulto, que con sus gritos subversivos habían producido la excitación de los ciudadanos.

    Pero la cosa no quedó ahí y nadie pudo impedir que la multitud quemara dos automóviles estacionados frente al local, ni que una gran masa humana llegara hasta la Puerta de Sol ante el edificio de la Gobernación para protestar por lo ocurrido, pedir la disolución de la Guardia Civil y la destitución de Maura, ni tampoco impedir que una impresionante multitud se dirigiera al periódico ABC. La situación acabó con la intervención de la Guardia Civil, dos muertos y varios heridos.

    Quema de iglesias y conventos

    No se sabe a ciencia cierta cuál fue el origen de los incendios de iglesias, atribuidos por algunos historiadores tanto a elementos izquierdistas o anarquistas como a monárquicos, estos últimos con la intención de desacreditar a la República. La versión oficial, dada por Miguel Maura, decía que eran fruto de “un maridaje absurdo y suicida entre elementos monárquicos y comunistas”. En consecuencia, con ello se practicaron a las pocas horas más de un centenar de detenciones entre monárquicos -como Luca de Tena- y comunistas que se intentaban manifestar en la Plaza Mayor.

    Por otro lado, cabe señalar que, entre las fuerzas republicanas, tanto los partidos burgueses como los socialistas y la UGT se unieron a las condenas de los atentados a las iglesias de forma inmediata. Al conocerse la noticia de la quema en Madrid y en algunas ciudades andaluzas, las organizaciones republicanas se prestaron a vigilar y defender los conventos, y montaron guardia ante sus puertas. Éste fue el caso de Zaragoza y Valencia. En Barcelona, Maciá durmió en la Generalitat aquella noche en vigilancia por si acaso se reproducían en esta ciudad los tristes y lamentables sucesos.

    La cuestión religiosa en las Cortes Constituyentes

    El tema religioso en las Cortes Constituyentes fue sin duda el que mayor carga ideológica y pasional arrastró. Pero no era la primera vez que el Estado trataba de recortar el poder, la riqueza o la influencia de la Iglesia, ni en España, ni en otros lugares. En España estaban los antecedentes de la expulsión de los jesuitas de 1766/77. llevada a cabo por Rodríguez de Campomanes bajo el reinado de Carlos III, o los decretos desamortizados de Mendizábal de 1837, por los que la Iglesia tuvo que ceder una gran parte de sus posesiones, hasta llegar a los intentos de 1887 de registrar las órdenes religiosas a través de la ley de Asociaciones.

    La precipitada decisión de Maura de proceder a la expulsión del obispo de Vitoria fue censurada con energía por Alcalá Zamora, tanto más por cuanto aquél había sido uno de los principales valedores para que el Gobierno adoptara la norma de consultar con el Presidente cualquier decisión de importancia que se tomara en cualquier ministerio. La torpeza había sido más imperdonable por cuanto ya habían existido conversaciones entre el Presidente de la República y el nuncio Monseñor Tedeschini para que éste intercediera obligando al obispo de Vitoria a dejar sus ataques contra la República.

    La expulsión de los jesuitas y el argumento de Azaña

    El principio formulado por Azaña para proceder a la expulsión de los jesuitas y no de las restantes órdenes religiosas fue el de tratar de forma desigual a los desiguales. Principio que luego volvería a aplicar en el caso de la discusión del estatuto de autonomía de Cataluña.

    Es interesante hacer una reflexión sobre las ideas de Azaña en cuanto al papel de las minorías para entender su postura a favor de la expulsión de los jesuitas. Azaña valoraba la importancia del pueblo, pero, coincidiendo con otros intelectuales como Ortega, cree en el papel fundamental que les cabe a las minorías directoras; y en este sentido, sabe perfectamente que para conseguir ese papel al que aspira, primero hay que suprimir a los competidores, aquellos que durante siglos han monopolizado la dirección de las masas y secuestrado sus auténticos valores morales.

    El bienio de las reformas

    La realidad de la República

    A finales de 1931, la República aparecía, a los ojos de Europa, consolidada. Se había aprobado una Constitución inspirada en los más modernos y progresistas principios políticos, había sido elegido Presidente un católico conservador que gozaba del más unánime prestigio en el país, y gobernaba, con amplio apoyo parlamentario, un gabinete de coalición burgués-obrero de carácter reformista. Sin embargo, la realidad era bien distinta. La Constitución había nacido muerta, porque los ideales democráticos y liberales que encarnaba, en plena crisis mundial de los mismos, no eran aceptados por amplias capas de las clases obreras y medias, por la alta burguesía, y además había generado dos poderosos enemigos: la Iglesia y el Ejército. Todos ellos se aprestaron a conspirar y luchar contra la República.

    El 15 de diciembre de 1931, tras la elección de Niceto Alcalá Zamora como Presidente de la República, Azaña daba a conocer a la prensa el nuevo Gobierno, compuesto de los miembros de su partido, dos radical-socialistas, tres socialista, un catalán, uno de ORGA (Organización Republicana Gallega Autónoma) y un independiente. Era un gobierno de izquierdas con objetivos reformistas.

    Azaña estaba decidido a resistir las presiones de la extrema izquierda y la extrema derecha.

    Durante todo el mes de enero de 1932, se sucedieron los disturbios laborales. En San Sebastián hubo huelga general el día 9. En Bilbao el día 17, con ocasión de un mitin de los tradicionalistas, se produjeron cuatro muertos, declarándose también la huelga general en Vizcaya. Dos días después se produjo la huelga revolucionaria en la cuenca del Llobregat, donde de setecientos a ochocientos mineros armados ocuparon diversos pueblos, cortando las comunicaciones telefónicas con Barcelona. El Gobierno tuvo que utilizar el ejército para aplastar la sublevación.

    Durante el primer semestre de 1932, seguía habiendo una España legal y una España real. Por un lado, el Parlamento, las decisiones gubernamentales; por otro, la conflictividad social en campos y fábricas, las conspiraciones, pero también las reuniones y congresos de los partidos políticos y sindicatos.

    La sanjurjada

    Se agudizó la actividad conspiratoria de parte de la derecha que, esencialmente monárquica, no aceptaba las “reglas de juego” impuestas por la Constitución. Se constituye un Junta Provisional en Biarritz presidida por el general Barrera, antiguo Capitán General de Cataluña, durante la Dictadura, que establece contactos con el general Goded - jefe del Estado Mayor hasta su cese el 27 de junio de 1932 -, que a su vez conspiraba para instalar dentro de la República un régimen de derechas antisocializante. Esta conspiración estaba inspirada por diversos políticos conservadores y pronto fue encabezada militarmente por el general Sanjurjo.

    La intentona golpista fue sofocada rápidamente en Madrid, pero en Sevilla, el general Sanjurjo había conseguido apoderarse de la ciudad, tras detener al gobernador civil y sin que el general González, gobernador militar, supiese impedirlo.

    Socialistas, anarquistas y comunistas unieron sus esfuerzos contra el sublevado general, organizándose la resistencia rápidamente. La ciudad quedó paralizada automáticamente, mientras aparecían grandes carteles con “muera Sanjurjo”. Desde Córdoba marchaban sobre Sevilla importantes fuerzas gubernamentales y en Sevilla tanto el coronel Polanco como el teniente coronel Tassara hicieron saber a Sanjurjo que no estaban dispuestos a colaborar.

    La “sanjurjada” había fracasado totalmente.

    El gobierno aprovechó el fracaso de la sublevación para desmontar la importante trama antirrepublicana, desmantelando gran parte del ala más reaccionaria del Ejército.

    Su evidente reforzamiento tuvo como consecuencia inmediata la rápida aprobación del Estatuto Catalán y la Ley de Reforma Agraria en un mismo día, el 9 de septiembre de 1932, leyes cuya discusión y debate había ocupado todo el verano.

    El Instituto de Reforma Agraria

    Dicho Instituto, actuando por medio de Comités Regionales, tenía que señalar las propiedades que debían ser expropiadas y la manera cómo debían ser explotadas las tierras así obtenidas. Una clase especial, los nobles, perdían sus propiedades sin derecho a reclamación alguna. Se pagaba una compensación basada en la declaración de ingresos hecha por los propietarios, pero, como casi todos ellos habían falseado, en su beneficio, tales declaraciones, tenían que resignarse ahora a perder la mitad o la tercera parte del valor de sus propiedades.

    El Papa adopta una postura contraria al gobierno republicano español

    La Ley de Congregaciones religiosas iba a dar a las derechas un arma ideológica de primera categoría para reunir descontentos contra el Gobierno. En ella templos y monasterios caían bajo el concepto de edificios de utilidad pública, quedando sometidas las órdenes religiosas a severo control civil, quedándoles vedada la posibilidad de ejercer la enseñanza. Lo más duro fue la prohibición total de ejercer la enseñanza. Si la Ley era hostil a la Iglesia, la respuesta de ésta acentuó esta hostilidad: se hablaba de “sacrilegio” al referirse al matrimonio civil y al divorcio, y se daban instrucciones para una “guerra escolar” verdadero preludio de la guerra civil, encomendando a los padres apartar a sus hijos “del trato y de la amistad de los compañeros escolares que pueden poner en peligro su fe y costumbres cristianas”.

    La pastoral colectiva era una llamada a la resistencia pasiva contra la aplicación de la Ley de Congregaciones. Fue apoyada por el Papa Pío XI en su encíclica “Dilectisima Nobis” en la que por primera vez adopta un tono de neta hostilidad hacia los gobernantes republicanos: “...porque la gloria de España esta íntimamente unida con la religión católica, nos sentimos doblemente apenados al presenciar las deplorables tentativas, que de un tiempo a esta parte están reiterando para arrancar a esta nación de Nos tan querida, con la fe tradicional, los más bellos títulos de nacional grandeza”.

    El bienio negro

    Once gobiernos en dos años

    A lo largo del bienio negro, la política de los sucesivos gobiernos fue haciéndose más conservadora; los problemas heredados del período anterior no sólo no se arreglaron, sino que se agravaron.

    Una de las cuestiones más graves que se prolongó hasta finales de 1935 en el Gobierno radicales-CEDA fue su ineficacia para solventar los problemas económicos y restaurar el espíritu de concordia que acuciaba al país. Todo quedó, como siempre, en la defensa de los viejos intereses y privilegios de los más poderosos.

    José Antonio Primo de Rivera resumió con absoluta crudeza lo que significó la conducta de los gobernantes del bienio negro en un entrevista que concedió al periodista norteamericano Jay Allen en octubre de 1936: “Gil Robles tiene la culpa de todo. Durante dos estúpidos años, cuando podía haberlo hecho todo, no hizo nada”.

    Las derechas se reafirman

    Se puede decir que el “bienio negro” fue una etapa reaccionaria, por cuanto las reformas iniciadas en el primer bienio se detuvieron. Se revocaban así los ideales de modernización y cambio de los primeros momentos de la República.

    En odas partes, las derechas se aliaban sin que hubiera entre ellas oposiciones insalvables, sino simples cambios de opiniones que en nada afectaban al consenso ante lo esencial. Por el contrario, las izquierdas republicanas encontraban obstáculos para las alianzas en pequeñeces insustanciales, mientras que los socialistas se afirmaban en una postura que rechazaba toda colaboración con los partidos republicanos, llegando a afirmaciones que decía que los socialistas nada tenían que ver ni con las derechas ni con los partidos republicanos de izquierda.

    El voto de las mujeres

    En las elecciones de 1933, las mujeres fueron, en general, poco abstencionistas, y no es nada seguro que votasen a las derechas tanto como se ha dicho. Se puede ver que en Madrid, donde más del 52% del censo estaba compuesto por mujeres cabe suponer que éstas votaron a las izquierdas. No ocurrió lo mismo en zonas de fuerte influencia eclesiástica.

    La respuesta anarquista

    Otra causa de la derrota de las izquierdas fue la abstención de los anarquistas. En 1931 gran cantidad de ellos habían votado por primera vez, contagiados por el entusiasmo general. Este año habían organizado una campaña de “no votar”. El lema divulgado por los anarquistas antes de las elecciones fue “frente a las urnas, revolución social”. Con el movimiento revolucionario del 8 de diciembre pretendieron demostrar primero su decidida postura de lucha, expresión de un sentimiento compartido por un sector del proletariado; segundo la oposición al socialismo, adelantándose en la única salida revolucionaria que quedaba tras la derrota electoral: la acción; y el tercero, demostrar a la opinión pública que su abstención no había hecho el juego a las derechas (aunque en realidad no fue así).

    La conversión de Lerroux

    El pretendido izquierdismo del Lerroux de otros tiempos se vio que había pasado definitivamente a la historia durante los diez primeros meses de la República; su negativa a seguir colaborando con los socialistas le hizo salir del gobierno el 16 de diciembre de 1931, para no volver a entrar en él sino en noviembre de 1933, tras las elecciones que dieron el triunfo a la derecha agrupada en torno al Partido Radical y la CEDA.

    Las bases ideológicas del Partido Radical eran muy débiles; un ciego anticlericalismo, en principio, y una cierta dosis de demagogia que atraía a parte de la clase media urbana que veía en el Partido Radical una compensación con respecto a otras fuerzas populares más amenazadoras para sus intereses.

    Las medidas reaccionarias del nuevo gobierno

    En el espacio de pocas semanas toda la legislación de las Cortes Constituyentes que fijaba salarios y condiciones de empleo fue anulada o amortiguada. La garantía a los arrendatarios contra cualquier desposesión caprichosa fue suprimida: unos 10.000 campesinos que habían sido asentados en grandes propiedades de Extremadura fueron desposeídos de sus derechos. Los salarios fueron reducidos en un cuarenta y cincuenta por ciento, los terratenientes, para colaborar, comenzaron a despedir trabajadores. Al mismo tiempo todo aquello de la legislación anticlerical del último gobierno que podía ser escamoteado lo fue y la sustitución de las escuelas religiosas por laicas fue pospuesta indefinidamente. El presupuesto de educación fue también drásticamente reducido. Estas medidas eran extraordinarias por demás, ya que los radicales habían ganado siempre sus elecciones por su sello anticlerical y habían votado recientemente a favor de la laicización de la educación.

    Los grandes terratenientes, representados en las Cortes por los Agrarios - dentro de la CEDA - y por la Liga Regionalista, se oponían a cualquier reforma real. El Gobierno Republicano se proponía pagar las tierras, por principio, y también porque la mayoría de los propietarios eran españoles de clase media cuyo apoyo esperaba, así, poder conservar. La depreciación de la peseta, los déficits de tesorería y las conflictivas evaluaciones de las tierras que debían distribuirse contribuían a complicar la cuestión de la compensación financiera. El volumen ínfimo que alcanzó la práctica de distribución de tierras durante el período de 1932-34 y que sólo benefició a doce mil familias campesinas, fue el fallo más importante que se registró en el conjunto de las iniciativas republicanas.

    Los campesinos, los grandes perdedores

    La desesperada situación del campesinado fue reparada parcialmente en la legislación republicana del bienio azañista. Ahora, los intereses representados por la mayoría parlamentaria, que no parecían ser los intereses del pueblo, acabaron con las pocas normas redactadas a favor del campesinado en los dos primeros años del régimen republicano. Los salarios agrícolas, que en los primeros años de la República eran de diez o doce pesetas diarias, disminuyeron a cuatro. Aunque en 1934 el nivel general de desempleo no superó el 10% de la población activa, alcanzó el 40% entre el millón de obreros rurales sin tierra.

    Las leyes que las Cortes habían promulgado fijando las rentas y prohibiendo los desahucios injustificados de los arrendatarios habían sido rechazadas por los radicales o no se habían llevado a efecto. Se expulsaba a los arrendatarios por todo el país como en los malos días del pasado. En Cataluña ocurrió lo mismo: en pocos meses más de mil familias fueron desposeídas de la tierra que, en la mayoría de los casos, habían cultivado varias generaciones.

    El Gobierno, para reanimar el comercio y estimular el capital, tomó medidas tales como la reducción de los salarios, despidos de trabajadores y promulgación de leyes que protegían únicamente a los arrendatarios. La consecuencia de todo esto fue un enorme aumento de la miseria.

    Una provocación para las izquierdas

    La mayoría de los partidos que gestaron el advenimiento republicano se pusieron en guardia ante la entrada de la CEDA en el Gobierno.

    En el terreno de las posturas políticas, que no en el de los hechos, los bandos contendientes quedaron así:

    De un lado: todas las fuerzas obreras del país, y Partido Republicano Conservador, Unión Republicana, Partido Nacionalista Republicana, Izquierda Republicana, Partido Federal Autónomo, Izquierda Radical Socialista, Partido Nacionalista Vasco y Partido Autónomo Valenciano.

    De otro: Partido Republicano Radical, Acción Popular, Partido Agrario, Liberal Demócrata, Renovación Española, Lliga, Falange Española y Partido Tradicionalista.

    En las esferas del Poder se conocían los preparativos de los socialistas (huelga general).

    Lerroux dio a conocer la declaración del estado de guerra que comprendía a todo el país, de acuerdo con el siguiente texto: “En Cataluña, el presidente de la Generalitat, con olvido de todos los deberes que le imponen su cargo, su honor, su autoridad, se ha permitido proclamar el Estado catalán. Ante esta situación, el Gobierno de la República ha tomado el acuerdo de proclamar el Estado de Guerra en todo el país.”

    En las horas de paz no escatimó la transigencia. Declarado el Estado de Guerra, aplicará sin debilidad ni crueldad, pero enérgicamente, la ley marcial.

    Llamada a la revolución

    En Asturias lograron sincronizarse los esfuerzos de los socialistas, los anarquistas y los comunistas que se lanzaron no a la huelga sino a la revolución, al darse a conocer la composición del nuevo gobierno de Lerroux. La voluntad revolucionaria se apoderó de los obreros asturianos y concretamente de los mineros que, armados con dinamita, se lanzaron a la acción con una energía que guardaba relación con la angustiosa circunstancia social en que vivían.

    Fue necesaria la intervención del ejército, y sobre todo de las tropas moras al mando del teniente coronel Yagüe, para que el gobierno pudiera recuperar plenamente el control de Oviedo y, poco a poco, de toda Asturias.

    Cada autor, cada grupo, cada clase, tuvieron una respuesta a la revolución asturiana de 1934:

    “El suceso más importante de la comuna asturiana fue el de impedir la instauración del fascismo en España: los fascistas debieron reconocer que ellos no triunfaron por sus propios medios, como se demostró en la “sanjurjada”, y que no rechazarán más el entrar en el Gobierno con la complacencia y la complicidad de los falsos republicanos” (Carlos M. Roma).

    Sin embargo, Mario G. Coca, del partido socialista, opina casi lo contrario:

    “Gracias a la revolución de octubre, la CEDA extendió por toda la red política de España los intensos tentáculos de su poder que no correspondían a su fuerza real.”

    Para Gerald Brenan, el movimiento sirvió para aterrar a la burguesía, a la vez que enardecer el espíritu del proletariado en España.

    El concepto de propiedad

    Giménez Fernández, Ministro de Agricultura, anunció que presentaría pronto “un proyecto de acceso a la propiedad. Los asentamientos pueden fracasar, pero la división de la tierra para que una familia de labradores pueda cumplir su misión, y con el tiempo adquirir la tierra en propiedad, eso no puede fracasar. Tengo que decirlo, que en virtud de esta obra no cesaría la reforma agraria, aunque muchos, que hoy tienen mucho se queden con algo menos, todos deben tener algo”.

    Sobre la propiedad diría: “Como toda propiedad tiene que basarse sobre el concepto de que los bienes se nos han dado como medio para subvenir a la naturaleza humana, el uso de bienes que exceden de lo preciso para cubrir estas necesidades para la que la propiedad fuera creada puede ser abusivo, y lo es, ciertamente, cuando ésta coincide con un estado de extrema necesidad de otros hermanos nuestros”.

    El 26 de marzo de 1935 llegó la crisis provocada por el indulto de los responsables de la revolución asturiana de octubre, por lo que la CEDA se retiró del Gobierno, Giménez Fernández no volvió al Ministerio de Agricultura y la reforma agraria sufrió un colapso.

    Aumenta el paro como consecuencia de las medidas adoptadas para reactivar la economía. A ello contribuye en el sector agrario la actitud de los terratenientes que durante el periodo de 1934-1935 suprimen los puestos de trabajo fijos y los de labores consideradas menos necesarias. También se observa en estos años la tendencia patronal a aumentar el trabajo agrario contratando grupos familiares, lo que supone una merma de hombres adultos asalariados.

    EL FRENTE POPULAR

    Las coaliciones electorales

    En el momento de las elecciones de febrero de 1936 acudieron a las urnas nueve millones y cuarto de españoles sobre un total de doce millones y medio. La participación electoral registró un aumento de un millón y cuarto de votantes con respecto a las anteriores elecciones de 1933. Los anarcosindicalistas no participaron en el Frente Popular - salvo alguna excepción, como el caso de Ángel Pestaña, elegido diputado por Valencia -, pero sí apoyaron con su voto a la coalición de izquierdas, sobre todo porque su programa electoral incluía la amnistía.

    El papel de los comunistas

    A principios de 1936 la fuerza de los comunistas, aun constituyendo un núcleo muy activo, es todavía exigua y, en cualquier caso, muy localizada. Prieto y Azaña fueron los más entusiastas iniciadores del bloque de izquierdas, el Frente Popular sería la continuación de una alianza que ya pretendieran poner en pie en 1933, excluyendo a los comunistas.

    Los meses inmediatamente siguientes al triunfo del Frente Popular verían ascender la radiante estrella de Largo Caballero. Durante su estancia en la cárcel, Largo había leído las obras de Marx y de Lenin, a los sesenta y siete años. Entonces diría él mismo:”de pronto vi las cosas tal como son realmente”.

    El ecléctico P.S.O.E.

    Una y otra vez los historiadores intentan desentrañar el carácter del ecléctico PSOE durante estos años. Madariaga señaló en 1930 que las claves del éxito de los socialistas en España se debían a su instinto de gobierno desde arriba, a su respeto por las instituciones y a su sentido de la autoridad. Brenan y otro estudiosos que visitaban entonces nuestro país llenos de curiosidad, se asombraban ante el poco arraigo de la burguesía liberal en España, con la consiguiente repercusión en lo que se denominaba proletariado: desde un reducido núcleo de obreros industriales hasta amplios sectores de braceros agrícolas. Intentando explicarse el sentido del socialismo español escribió Brenan: “Lo que el socialismo ofrece, lo que todo español desea, es seguridad. El lado ético del socialismo, la creencia de que a cada cual se dará, no según sus méritos, sino según sus necesidades, también está hondamente arraigada en el natural ibérico. Esta creencia, que nunca fue corriente en las democracias, es parte de la tradición católica española.”

    Gestación de pactos

    Tras el fracaso de 1933, Azaña se dedica, no sólo a propugnar la necesidad de un bloque electoral de izquierdas, sino a intentar reconstruir la propia izquierda burguesa, atomizada en diversas formaciones con diferencias poco notables. Era mucho más lo que les unía que lo que les separaba: todos expresaban anticlericalismo, antiaristocratismo y antimilitarismo. En abril de 1934 se fusionan Acción Republicana, la O.R.G.A. (Organización Regional Autonómica Gallega) y los radicales socialistas de Domingo Albornoz.

    La actitud del Gobierno ante el movimiento huelguístico de octubre del 34 y su intento de implicar a Azaña en el levantamiento - es sabido que la izquierda republicana no participo - fueron factores que aceleraron el proceso de unificación de la burguesía republicana : Izquierda Republicana, Unión Republicana y Partido Nacional Republicano firman un pacto de conjunción política, que desde su origen realiza campaña pública en pro de la unidad electoral. Entre los socialistas, solamente Prieto será la cabeza visible en pro de la unidad con las fuerzas republicanas. Tanto Largo Caballero como Fernando de los Ríos (en otro tiempo defensor de la unión con los republicanos) se oponen a esta estrategia.

    El polémico P.O.U.M. (Partido Obrero de Unificación Marxista)

    Andrés Nin y Joaquín Maurín formaron, junto con algunos disidente socialistas, el núcleo inicial de P.C., a raíz de que el PSOE se sumara a las tesis de la Segunda Internacional. Nin y Maurín visitaron Rusia con el ánimo de exponer sus ideas sobre una táctica diferente a los comunistas soviéticos. Volvieron al final de la dictadura primorriverista y fundaron el Partido Comunista de Izquierdas, de carácter trotskista, que tuvo cierto arraigo entre un sector de la clase obrera de Cataluña.

    El POUM se fundó en septiembre de 1935, agrupando pequeñas fuerzas dispersas que no consideraban al PC como un cauce revolucionario válido. Según éstos pensaban “la única doctrina que dictaba Trotsky a los marxistas revolucionarios españoles era la de seguir rígidamente los principios y la de denunciar duramente todas las debilidades políticas de los demás”.

    La posición política de Durruti

    Ante las elecciones de 1936 la organización anarquista se encuentra ante un gran dilema. Si la CNT invitaba a sus partidarios al boicot electoral, como hizo en 1933, ponía en peligro la libertad de 30.000 detenidos; si aconsejaba votar, reconocía el sufragio universal y el parlamentarismo, que los anarquistas siempre habían combatido. Durruti halló una solución para este dilema. La lucha electoral adquirió tal acritud que ningún sector parecía dispuesto a aceptar una derrota. La izquierda anunció que si las derechas ganaban las elecciones responderían con medidas revolucionarias; la derecha dijo que un victoria de la izquierda conduciría a la guerra civil. En los actos celebrados Durruti expresó la siguiente conclusión: “Estamos ante la revolución o la guerra civil. El obrero que vote y después se quede tranquilamente en su casa, será un contrarrevolucionario. Y el obrero que no vote y se quede también en su casa, será otro contrarrevolucionario.”

    Las dificultades de las derechas para una coalición

    La unidad de las derechas quedará definitivamente rota con el gobierno presidido por Portela y la consiguiente oposición de la CEDA y de Gil Robles al mismo y a toda fuerza política que colaborara con él. No había duda alguna de que por la fuerza de sus implantación, su éxito en anteriores comicios, la capitalización del sentimiento religioso de las clases medias y la incansable actividad de Gil Robles, la CEDA había de protagonizar cualquier intento de llevar a cabo una coalición de derechas que pudiera responder a las alianzas del Frente Popular.

    Los monárquicos de ambas dinastías -alfonsinos y tradicionalistas- no llegaban a hermanar sus esfuerzos. La CEDA no quería invitar a ninguno de ellos a una coalición porque ello equivalía a desmentir su condición de partido republicano. Por si fuera poco, el pacto de Renovación Española con José Antonio Primo de Rivera en el que éste se comprometía a contener sus ataques a la monarquía a cambio de recibir ayuda financiera, y los contactos de un sector de los monárquicos con Mussolini, quien estaba dispuesto a suministrar armas para el logro del derrocamiento de la República española, convertía cualquier alianza electoral con este grupo en una aventura de resultados imprevisibles.

    Las elecciones de 1936

    El 16 de enero se da a conocer la existencia del pacto que había quedado plasmado en un documento titulado “Manifiesto del Frente Popular”.

    El manifiesto no se decidió a recoger la propuesta socialista que pretendía el control obrero de la industria, aunque sí anunció la revisión de la legislación social, la fijación de salarios mínimos y una mayor independencia entre lo social y lo laboral. Quedaba en el aire la aprobación de un subsidio de parados.

    En referencia a la desunión de las derechas en esta consulta electoral, debe hacerse en términos relativos. En realidad, sí se produjo la unidad pero no de forma absoluta. Y ello, en buena medida porque desde las cúpulas conservadoras no se valoró correctamente la situación y esa unidad formal no se juzgó como absolutamente necesaria.

    La formación de candidaturas y el P.S.O.E.

    Sobre la formación de candidaturas de la izquierda aplicado a los socialistas, Javier Tusell en su libro las elecciones del Frente Popular señala: “En realidad, en este tema de la proporcionalidad se enfrentaban, en el seno del socialismo, las posiciones antagónicas de Largo Caballero y Prieto. Para el segundo, el programa había de tener un carácter reformista y no revolucionario y en la confección de las candidaturas debía favorecer a los partidos burgueses. De esta manera, en frase de Largo, el Partido Socialista quedaba convertido en “mozo de estoques” de los republicanos. En segundo lugar, las dificultades procedían del acoplamiento en las candidaturas del Frente Popular de comunistas o sindicalistas que no habían combatido en 1931 y 1933 con las izquierdas y que representaban una fuerza que había que soldar a los socialistas y republicanos, concediéndoles algunos puestos. Así, dado el hecho de que la mayoría había de ser republicana y de que reducidos partidos proletarios debían ocupar algún puesto aun con mero carácter simbólico, quien salió perjudicado de la formación de las candidaturas fue el Partido Socialista. El hecho era recalcado por la prensa de derechas para señalar las derivaciones extremistas que iba tomando el Frente Popular.”

    Franco propuso un golpe de estado

    La campaña electoral se desarrolla de forma apasionada y con la asistencia de grandes multitudes a las convocatorias electorales. El triunfo de la coalición de izquierda que daba lugar al gobierno del Frente Popular produjo un júbilo tan desmedido que llegó a asustar a los diferentes grupos de derechas. Portela recibió solicitudes de muchos de sus principales representantes para declarar el estado de guerra, entre ellos del joven general Franco. No dejaba de ser un tanto extraña aquella situación en la que Franco y otros generales jóvenes que tenían fuerza y prestigio en el Ejército, en lugar de ser ellos quienes dieran el golpe, le propusieran que lo diera aquel viejo político que no tenía a nadie detrás. Portela consultó con Alcalá Zamora y el estado de guerra no se declaró, dijo que era descabellado “oponerse por las bayonetas a la voluntad popular”.

    La correlación de fuerzas dentro de la coalición

    En la formación del Frente Popular, el orden de los candidatos es indicativo de la correlación de fuerzas dentro de la coalición: el grupo más nutrido es el de los diputados socialistas, seguido a continuación, y por este orden, por Izquierda Republicana, Unión Republicana, Ezquerra de Catalunya y comunistas en quinto lugar. En general, el Frente Popular, al objeto de no dividir votos, presenta sólo un candidato por cada uno de los 341 puestos que concede la ley electoral.

    En la derecha, el grupo fundamental es la C.E.D.A., seguido de candidatos portelistas y radicales. Para la elección - una vez superada la cifra de 500 votos para tener derecho a ser candidato - se presentan 569 elegibles. Se da el caso curioso de que precisamente en provincias de mayor arraigo conservador pugnan dos o tres candidatos para el mismo puesto, lo que no ocurre en el caso de las izquierdas.

    Meses decisivos

    En febrero de 1936 todavía no hay un planteamiento claro de una posible guerra civil, pero el malestar va en aumento ante la irreconciliable convivencia de izquierdas y derechas.

    Muchos oficiales izquierdistas o en cualquier caso republicanos, fueron destinados a los puestos críticos de las fuerzas de policía nacionales. En un intento de frenar las conspiraciones militares, Azaña aleja a Franco y a Goded de Madrid enviando a Canarias al primero y a Baleares al segundo; el General Mola a Navarra. Esta última asignación, lejos de debilitar la insurrección, colocó a un jefe peligroso en uno de los focos más activos de conspiración. Franco, desde Canarias, se encontraba cerca del ejército de Marruecos en el que era muy popular y Goded, desde las Baleares, podría dirigir sin dificultades el levantamiento de Barcelona.

    Para poder hacer frente a los problemas laborales generados por la amnistía concedida a los obreros que fueron despedidos durante las huelgas de 1934, readmitiéndolos e indemnizándoles por los salarios perdidos, a la vez, que se indemnizaban a aquellos que les habían reemplazado, el gobierno ha de llegar a nacionalizar provisionalmente las minas de carbón asturianas que han sido abandonadas por sus propietarios, para confiar su explotación a cooperativas de trabajadores.

    Al descender la peseta, empieza la evasión progresiva de capitales. El anticlericalismo del pueblo hace que muchos sacerdotes que habían bendecido la explotación caciquil tengan que ocultarse. Pronto comenzará de nuevo la quema de conventos e iglesias. El ministro de Instrucción Publica vuelve a los antiguos planes de 1931-32, para sustituir la enseñanza de las órdenes religiosas por la estatal. La violencia contenida durante la campaña electoral vuelve a adueñarse de las calles. Socialistas y anarquistas hacen público su júbilo al verse libres de la cárcel y las bandas falangistas empiezan a desoír las instrucciones de José Antonio de no adoptar ninguna actitud de hostilidad hacia el nuevo gobierno ni de solidaridad con las fuerzas derechistas derrotadas. Pero lo que estaba claro, en aquellos difíciles meses después de las elecciones, era la imposibilidad de los cuadros de mando de los partidos de derechas y de izquierdas para hacerse con sus respectivas bases.

    El crédito exterior cayó en picado y en la primera semana de marzo tres aviones despegaban de Barajas con cuatro toneladas y media de oro que el Banco de Francia custodiaría como prenda para garantizar su menguada ayuda económica a la depauperada situación española.

    Argucia legal para destituir al Presidente

    La acusación de Prieto puede parecer absurda, pero se trataba de conseguir una dimisión constitucional del Presidente de la República, y por eso se le acusó de haber disuelto las últimas Cortes sin aparente necesidad. Las derechas, que tenían aún menos razones para desear mantenerle en el poder, se abstuvieron de votar, con lo que la caída de Alcalá Zamora se consumó.

    Ahora quedaba por resolver el problema de su sustitución que, ante la sorpresa general, fue resuelto por Azaña el aceptar que su nombre fuera propuesto. Como razón fundamental de esta aceptación, hay que convenir que desde su puesto de Presidente de la República, Azaña impediría la formación de un gobierno monocolor socialista y es visto también como garantía contra cualquier intento de involución fascista. Es elegido presidente de la República el 10 de mayo, por una aplastante mayoría.

    Los errores de Azaña y de los socialistas

    Azaña se daba cuenta de que, cualesquiera que fuesen las reformas positivas alcanzadas, el gobierno debía mostrarse capaz de mantener el orden público. A comienzos de marzo exigió a Largo Caballero que pusiera fin a los desfiles de celebración por la victoria electoral, monótonos pero inquietantes para algunos.

    El socialista moderado Indalecio Prieto advirtió con palabras inequívocas que las huelgas y desórdenes incesantes no contribuirían a implantar el socialismo, sino la dictadura militar. Fue tiroteado en un pueblo andaluz cuando se disponía a pronunciar un discurso, y recibió varias amenazas de muerte por escrito.

    En las divididas filas socialistas, quienes habían vivido el sufrimiento de los mineros asturianos apoyaban a Prieto, y quienes no tenían otra experiencia directa sino la oratoria eran partidarios de Largo Caballero.

    Sólo faltaba que el Partido Socialista completara su proceso de unidad ideológica y revolucionaria y que le secundaran las organizaciones sindicales del proletariado.

    Azaña propuso como presidente del gobierno a Prieto, a lo que el Frente Popular se opuso, considerando que lo que se necesitaba era un gobierno republicano capaz de llegar rápidamente a la realización del programa del Frente Popular.

    Largo Caballero, convencido de la proximidad de una revolución proletaria, estimaba que el Frente Popular ya había cumplido su misión al elevar con sus votos coaligados a la izquierda burguesa al poder. Rechazar la posibilidad de un gobierno con Prieto ocupando Azaña la presidencia de la República suponía paralizar virtualmente la capacidad ejecutiva del Frente Popular, prepararía las condiciones de vacío político que posibilitarían la implantación de una dictadura del proletariado.

    Azaña encarga, pues, a Casares Quiroga la formación de un nuevo gabinete.

    Un agitado mes de mayo

    Era el mes de mayo cuando se formó el débil gobierno de Casares Quiroga. El mismo mes en que los anarquistas celebrarían su Congreso y el mismo mes en que los socialistas madrileños afirmaban que sus objetivos serían: “Primero, la conquista del poder por la clase trabajadora por todos los medios posibles. Segundo, la transformación de la propiedad individual en propiedad colectiva social y común. En el periodo de transición, la forma de gobierno será la dictadura del proletariado.” El mismo mes en que habían tenido lugar masivas manifestaciones obreras en todo el país el día 1, la de Madrid encabezada por las recién creadas Juventudes Socialistas Unificadas, unión de las juventudes socialistas y comunistas de la capital. En ese mes ya se preparaba la rebelión. Franco estaba en su destino de Tenerife.

    El 19 de mayo Casares presentó el gobierno a las Cortes y en su discurso subrayó su intención de acelerar el ritmo de aplicación del programa del Frente Popular.

    Calvo Sotelo recriminó al Gobierno por seguir una política económica de clase y no orientada hacia el interés general; subrayó que las huelgas eran una forma de hacer la revolución, y acabó su intervención mostrando su “conformidad con el fascismo en el aspecto económico”. Cuando Salvo Sotelo pronuncia estas palabras ya está comprometido en el futuro levantamiento militar. Después habló Casares y a continuación Pasionaria. Basándose en su intervención, los propagandistas del franquismo difundieron falsamente que la diputada comunista había incitado al asesinato de Calvo Sotelo.

    La huelga de junio en Madrid

    Desde el triunfo en las urnas del Frente Popular, Madrid se había visto sacudido por numerosas huelgas que llegaron a afectar a los sectores profesionales más pacíficos, desde los ascensoristas a los camareros. En una asamblea conjunta de la CNT y de la UGT celebrada en Madrid se decide que la huelga tenga un carácter ilimitado. Los patronos ofrecieron resistencia; los comerciantes y los pequeño-burgueses se atemorizaron. La intervención contrarrevolucionaria falangista agravó la situación. La UGT recomendó la vuelta al trabajo porque el conflicto podía degenerar en un peligro grave para el régimen. Pero ello era precisamente lo que querían poner a prueba los anarquistas, provocando un enfrentamiento entre ambos que produce varios muertos. Los pistoleros falangistas sacan partido del río revuelto. El gobierno aprovechó el conflicto para tratar de decapitar a la aislada CNT, cerró sus locales y detuvo a los dirigentes de los albañiles.

    El fracaso del golpe de Estado

    Después de la victoria del Frente Popular muchos oficiales del Ejército empezaron a considerar seriamente la posibilidad de recurrir a la fuerza, pero les resultaba muy difícil ponerse de acuerdo. La mayoría de los miembros del cuerpo de oficiales eran liberales moderados y de origen pequeño-burgués, a quienes no atraían ni la ideología fascista ni la nostalgia reaccionaria de la monarquía. La UME (Unión Militar Española) sólo constituía una exigua minoría y la mayor parte de los generales desconfiaban unos de otros. Durante los meses de marzo y abril se tramaron algunos complots ineficaces, limitados a algunas guarniciones locales que no contaban con amplios apoyos. En abril fueron descubiertos en Madrid dos pequeños grupos, siendo detenidos varios oficiales.

    Los preparativos para la sublevación avanzan

    Tras el fracaso de Sanjurjo, el núcleo principal del alzamiento fue la Unión Militar Española. Fue Valentín Galarza quien presentó un proyecto de plan a los oficiales más contrarios a la República a principios de 1936. Actuaba este coronel en nombre de Sanjurjo, que por entonces vivía en Lisboa. Aprobaron el plan los generales monárquicos miembros de la UME (Villegas, Goded, Fanjul, Barrera y Orgaz), que ya habían participado en la intentona de Sanjurjo.

    Desde finales de mayo se intensifican los contactos entre los distintos sectores de la ultraderecha. Mola es el organizador real de la conspiración. Trasladado a Navarra, cuenta además con una buena base social antirrepublicana: la herencia tradicionalista. El 25 de mayo, el plan estratégico de Mola ya está ultimado; el 30, Sanjurjo da su conformidad. Por esas mismas fechas, José Antonio pone a disposición de Mola unos 4000 falangistas para el principio del levantamiento.

    No cabe ninguna duda de que en julio la conspiración estaba muy avanzada y que un importante sector del ejército ya había decidido sublevarse para tomar el poder. No obstante, el asesinato de Calvo Sotelo fue el catalizador de la guerra. La tarde de ese domingo (12 de julio) ya había cundido el estupor ante la muerte de José Castillo, teniente de la Guardia de Asalto, a manos de los falangistas. Pero, hasta entonces, ninguna de las víctimas de la violencia política era tan conocida ni había ocupado un puesto político tan importante como Calvo Sotelo, que fue ministro de Hacienda bajo Primo de Rivera y, por tanto, poseía más experiencia administrativa y de Gobierno que ningún otro dirigente de los conservadores. Calvo Sotelo se había declarado francamente partidario de una constitución monárquica y autoritaria, y a favor del ejército como guardián de la tradición nacional. Para muchos, era la principal figura civil de las derechas, y le preferían a Gil Robles. Además era el dirigente político más relacionado con los militares conspiradores.

    Popularidad del jefe de Falange

    En estos momentos, José Antonio es el principal preso político del Gobierno, lo cual ocasionaba inquietud ante su posible fuga, por lo que se piensa en trasladarle de Madrid a Alicante, cosa que ocurrirá el 5 de julio.

    La orientación de la derecha española hacia el “fascismo” estaba decidida. En algunas provincias las señoritas de la buena sociedad llevaban ostensiblemente insignias de Falange en sus vestidos.

    La vacilación del general Franco

    Sin el asesinato de Calvo Sotelo tal vez el Alzamiento militar habría tenido algunas variantes. Poco antes Franco puso dificultades para ir a Tetuán. En principio se había convenido que tendría lugar a mediados del mes de julio, pero a medida que las fechas se echaban encima, Franco, en el ambiente tranquilo de las Islas Canarias, pensaba que podía no haber razón para precipitar el acontecimiento, siempre bajo la preocupación y el fracaso del 10 de agosto de 1932. Las cosas a su juicio iban mal, pero lo mismo podían seguir un tiempo más sin mayores preocupaciones, por lo que no veía motivo concreto para dar el paso, y así, el 12 de julio - esto es, antes del asesinato - envió un mensaje al coronel Galarza - enlace con Mola - que contenía tres palabras (Geografía poco extensa). El significado del mensaje cifrado era: “Franco no va” (se refería a Marruecos, que era la misión asignada). Mola, muy irritado, decidió que con Franco o sin él, la conspiración seguiría adelante. Dos días después, Mola recibía en Pamplona una nueva comunicación de Franco, rectificando la anterior y afirmando que sí iría a Marruecos.

    Franco comienza a actuar

    En la madrugada del 18, después de recibir un telegrama desde Melilla notificándole el levantamiento y tras dejar instaladas a su esposa y a su hija, Franco y sus ayudantes comienzan operar desde la Capitanía General de Las Palmas. Envía un telegrama al ejército en África y ordena a las fuerzas militares la ocupación de centrales telefónicas, nudos de comunicación, suministros eléctricos, etc.

    Mientras las emisoras canarias radian su discurso, Franco vuela en el Dragon Rapide. Él y sus ayudantes iban de paisano. Franco se afeitó el bigote, se colocó unas gafas y un sombrero de jipijapa. Los uniformes fueron arrojados al mar en una maleta.

    En casi todas las ciudades, el 18 de julio, los gobernadores civiles siguieron el ejemplo del gobierno de Madrid, y se negaron a cooperar con las organizaciones obreras que clamaban pidiendo armas. En muchos casos, esto permitió que tuvieran éxito las sublevaciones y firmó la sentencia de muerte de los propios gobernadores civiles y de los dirigentes obreros locales. Si los rebeldes se hubieran sublevado en todas las provincias de España el 18 de julio, es posible que el 22 de julio hubieran triunfado en todas partes. Pero si el gobierno hubiera repartido armas, y hubiera ordenado a los gobernadores civiles que hicieran lo mismo, utilizando de esta manera a la clase obrera para defender a la República desde el primer momento, es posible que el alzamiento hubiera sido aplastado.

    Al día siguiente del alzamiento militar, el Gobierno republicano se encontró en esta situación: por un lado tenía que hacer frente al movimiento que tomaba la ofensiva contra Madrid; y por otro a la insurrección de las masas proletarias, que sin atacar directamente al Gobierno, no le obedecían. Para combatir al fascismo, querían hacer una revolución sindical. La amenaza más fuerte era sin duda el alzamiento militar, pero su fuerza principal venía por el momento de que las masas desmandadas dejaban inerme al Gobierno frente a los enemigos de la República.

    La agonía de la República

    ¿Una situación revolucionaria?

    No había en la España de 1936 revolución social alguna, ni inminente ni inevitable. Prevalecía un espíritu revolucionario, pero, de haber querido imponerse por la fuerza habría sido aplastado por el Gobierno republicano de clase media, exactamente igual que se había acabado con las revueltas obreras de 1933 y 1934. El Estado republicano no se hallaba en plena descomposición, como había estado el ruso durante varios meses antes de noviembre de 1917; como en Francia, y mucho más que en Alemania, aquel Estado estaba esencialmente intacto, y capacitado para imponer su voluntad mientras no fuera subvertido desde su interior.

    Por una suprema ironía histórica, fue la misma insurrección militar lo que posibilitó la revolución social. Una vez destruida la cohesión de Estado y una vez permitido que las organizaciones obreras recibieran armas, no era ya factible detener la revolución social en la España republicana. Una insurrección de derechas había engendrado una revolución de izquierdas.

    Recelos ¿justificados? hacia los anarquistas

    Los anarquistas habían atemorizado a amplias capas de la población, sin ser finalmente capaces de tomar el poder en sus manos y aplastar toda resistencia. El resultado inevitable fue la reacción contra ellos, sobre todo en la Barcelona de 1937. Siguen controlando las fábricas, pequeñas y más o menos importantes, especialmente las textiles, porque siguen contando con el apoyo de la mayoría de los obreros manuales. Pero en las industrias de guerra, mucho más importantes, a pesar de contar con la fidelidad de la mayoría de los trabajadores, dependen de la ayuda de los consejeros técnicos, los cuales son casi siempre comunistas, tanto catalanes como extranjeros.

    “Somos los más y los mejores”

    Este sería el lema de los comunistas durante la guerra. Las divisiones existentes entre los socialistas propiciaron la ascensión irresistible de los comunistas; ellos fueron los más entusiastas partidarios del empuje de reconstrucción del Estado centralista; en mítines, en la radio y en su prensa insistían machaconamente en esta cuestión. Pero fueron ellos mismos, sin embargo, los que minaron la cohesión del Gobierno de Largo Caballero. Aunque ellos lo veían de otro modo: sus análisis suponían que - tras las derrotas inminentes de Asturias y del País Vasco - era urgente acabar con la atomización; de lo contrario, la guerra se perdería.

    Esta atomización política proviene de una larga tradición española que se remota hasta la Guerra de la Independencia, en cada región (incluso en cada provincia) se constituyeron Juntas que se repartían el poder y lo administraban sin tener en cuenta el resto del país.

    La sublevación se transforma en guerra civil

    En palabras del historiador Tuñón de Lara: “En la última semana del mes de julio de 1936, España entera estaba ya dentro del trágico engranaje de la guerra civil. No había aún frentes delimitados, pero las columnas que habían salido de las ciudades en poder de cada uno de los dos bandos entablaban ya sus primeros combates. Apenas podía hablarse de un poder coherente en ningún campo; “la anarquía castrense” dominaba en el de los sublevados y la debilidad de un Estado viejo hacía que los gobernantes compartiesen el poder con una pluralidad de organizaciones.”

    Fracasado el golpe de Estado, los militares sublevados se encontraron en una difícil situación. No podían volverse atrás porque sabían que su acción estaba penada con la muerte. Desconocían la capacidad de reacción de su enemigo y la ayuda que la República podía recibir del exterior jugando la indiscutible baza de su legalidad. La desconexión existente entre las áreas sublevadas y la dificultad de conocer con exactitud lo que realmente estaba sucediendo en las grandes ciudades impedían trazar planes precisos, además la necesidad de actuar rápido, utilizando el factor sorpresa, para consolidar su poder en las zonas donde habían conseguido un relativo dominio suponía llevar a cabo un feroz represión ; pero crear un clima de terror implicaba invalidar el sentido de su sublevación en la medida en que éste se justificaba como una reacción contra el desorden y la ola de crímenes y de atentado imperantes en la República desde que el Frente Popular había ganado las elecciones.

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