San Manuel Bueno, mártir; Miguel de Unamuno

Literatura española contemporánea. Generación del 98. Vida y obras. Argumento y tema: duda existencia e inmortalidad

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SAN MANUEL BUENO Y MÁRTIR

Miguel de Unamuno nace en Bilbao el 29 de septiembre de 1864. En 1870 muere su padre. Unamuno vive en Bilbao los episodios de la guerra carlista que después recreará en “Paz en la guerra”. Estudia Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid. En estos años, hasta 1892 según confesión propia, lee cuanto cae en su mano: filosofía (Kant, Hegel), psicología (Wundt, James) y se interesa también por la filología. Visita con asiduidad el Ateneo.

Lee su tesis doctoral. “Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca”. En 1885 es profesor en el colegio de San Antonio, en Bilbao. Más tarde en 1889 viaja a Francia y a Italia. Se casa con Concha Lizárraga, el único amor de su vida, su costumbre, como él la llamaba. Catedrático de griego en la Universidad de Salamanca, donde se instala para siempre. En 1892 nace su primer hijo.

A partir de 1892 Unamuno se empieza a interesar por el socialismo, pero es en 1894 cuando ingresa en el Partido socialista. Colabora en el periódico “La lucha de clases” hasta 1897 y lee obras de Marx. Y nace su segundo hijo. 1895 escribe “En torno al casticismo” y colabora en Der sozialistischer Akademiker de Berlín.

En 1896 comienza a desviarse de la ortodoxia marxista según demuestra su artículo “Signo de vida” en el que afirma que las disensiones dentro del socialismo son signo de vida, no de descomposición. Nace su tercer hijo, Raimundo, que sufre un ataque de meningitis a consecuencia de la cual se le desarrolla una hidrocefalia.

En 1898 escribe “La esfinge” para teatro y se retira de la oposición a la cátedra de Filología Comparada que ganó Menéndez Pidal. También escribe “La venda” (teatro) y “Nicodemo el fariseo” (pequeño ensayo). Tiene su primer encuentro con Ortega.

En 1900 es nombrado rector de la Universidad de Salamanca. Nace su cuarto hijo. En 1902 muere su hijo Raimundo. Nace su hija María. Escribe la novela “Amor y pedagogía” y “Paisajes” y “De mi país” que son descripciones, relatos y artículos de costumbres. Conoce a Emilia Pardo Bazán.

Escribe “Vida de don Quijote y Sancho” en 1905. Nace su hijo Rafael. En 1907 “Poesías”, en 1908 “Recuerdos de niñez y mocedad”, en 1909 “La princesa doña Lambra” para teatro, en 1910 “Mi religión y otros ensayos”, “El pasado que vuelve” y “Fedra” que son dos novelas para teatro. Nace su hijo Ramón.

En 1912 escribe “Del sentimiento trágico de la vida en los hombre y en los pueblos” (ensayo). “Contra esto y aquello” (articulo). En 1914 el ministro de Instrucción Pública y Bella artes destituye a Unamuno del cargo de rector. Publica “Niebla” (novela). Comienza a escribir “El Cristo de Velásquez” (poesía). Unamuno participa en campañas a favor de los aliados.

Escribe la novela de “Abel Sánchez” en 1917. En 1920 termina la poesía de “El Cristo de Velázquez”. Es nombrado candidato socialista para el Congreso de diputados. Sus compañeros le eligen de cano de la Facultad de Filosofía y letras.

El 20 de febrero de 1924, Unamuno es cesado en los cargos de vicerrector y decano y desterrado a la isla de Fuerteventura. El 9 de julio es indultado, pero él se destierra voluntariamente a Francia. Hasta el 25 de agosto de 1925 vive en París. Publica “Teresa” (rimas de un poeta desconocido, presentadas y presentado por Miguel de Unamuno). Se asienta en Hendaya, muy cerca de su patria vasca, y espera allí la caída de la Dictadura.

Inicia en febrero de 1928 su diario poético, el “Cancionero”, que sólo interrumpirá su muerte. Fue publicado en 1953 por García Blanco. Al caer la Dictadura regresa a España, donde se le recibe apoteósicamente. Escribe “San Manuel Bueno, mártir”. Estreno de “Sombras de sueño”. “Dos artículos y dos discursos”. En 1931 es rector de la Universidad de Salamanca. Presidente del Consejo de Instrucción Pública. Diputado en Cotes por Salamanca. Muere su mujer. Publica “San Manuel Bueno, mártir” y aparece en español “La agonía del cristianismo”.

Unamuno decida no presentarse a la reelección como diputado en los comicios de 1933. Aparecen en un mismo volumen “La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, Un pobre hombre rico o el sentimiento cómico de la vida y Una historio de amor junto con San Manuel Bueno, mártir”.

En 1934 se jubila de su actividad docente al tiempo que es nombrado Rector vitalicio de la Universidad. Se crea una cátedra que lleva su nombre. Doctor “honoris causa” por la universidad de Grenoble. Publica “El hermano Juan o el mundo es teatro”. En 1935 es candidato al Premio Nobel de Literatura.

Fue nombrado en 1936 Doctor honoris causa por la Universidad de Oxford. Azaña le destituye como rector de la Universidad. Poco después el general Cabanellas le confirma en su cargo. Enfrentamiento con Millán Astray en la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre. Franco le vuelve a destituir de su cargo. Fue arrestado en su domicilio, muere el 31 de diciembre.

San Manuel Bueno, Mártir, es una novela corta considerada por no pocos críticos como la más característica y perfecta dentro de la narrativa del autor. Por su fecha 1931 recoge las reflexiones del Unamuno viejo ante problemas que no habían dejado de atenazarle.

Unamuno advierte que el problema de esta novela es “el pavoroso problema de la personalidad, si uno es lo que es y seguirá siendo lo que es”. En este libro se afronta directamente el problema de la inmortalidad personal, es saber si moriremos del todo o no. Don Manuel el párroco de Valverde de Lucena, es el personaje central de la novela y una de las más complejas criaturas de ficción creadas por Unamuno. La novela se organiza en torno a su lucha interior y a su comportamiento para con el pueblo. En don Manuel se condensan además muchos de los problemas que inquietaron a Unamuno durante su vida.

Don Manuel es el “varón matriarcal”, lleno de cariad y de bondad, está atormentado por la angustia de la perduración, por su querer creer y no poder en la vida perdurable. El párroco vive acongojado por la muerte: no precisamente por el temor a la muerte, sino por sentir que si no se espera en la otra vida, “ He asistido a bien morir -dice- a pobres aldeanos, ignorantes, analfabetos que apenas si habían salido de la aldea y he podido saber de sus labios, y cuando no adivinarlo, la verdadera causa de su enfermedad de muerte, y he podido mirar, allá a la cabecera de su lecho de muerte toda la negrura de la sima del tedio de vivir. ¡Mil veces peor que el hambre!”.

Los personajes que entraman la obra, no se pueden decir que sean personajes de carne y hueso, sino almas: un cura, una muchacha, un hombre y un idiota. El autor no nos dice si sus cuerpos eran altos o bajos, fuertes o débiles. Pueden ser como se quiera. Apenas nos dice el sexo, las personas no son hombres y mujeres, sino padres e hijos y es esta una de las características de su obra. La tragedia de las cuatro almas de la novela de Unamuno es la preocupación del autor. Un sacerdote que enseña a creer a todo un pueblo, que hubiera hecho creer a todo el mundo y que, sin embargo, no cree, o no sabe si cree, o no sabe sé lo que cree es o no fe.

Don Manuel puede ser comparado con Cristo cuando clamo a su Padre: “¿Por qué me has abandonado?” ¿Qué le faltaba en el trance supremo al hijo de Dios? ¿La vida o la Fe?. Pero, sin embargo, son elegidos, por la voluntad de Dios, para salvarse con su fe.

Hay dos personas Ángela y Lázaro que saben el secreto del creyente que se cree sin fe, y como tienen que callarlo son, a la vez depositarios del secreto y creyentes, como los demás feligreses, en la fe de su pastor.

La tragedia esta en ellos y el protagonista. Saben que no cree su pastor y tienen, sin embargo, que creer en la fe, y es la tragedia de los que no saben, pero sospechan que la fe de su pastor está llena de dudas, dudas de la duda, ni siquiera de la fe.

Don Manuel tiene que confesarle a Ángela y Lázaro su secreto, para poder aliviarse de él. El cuida de mantener viva la fe en su pueblo, para que se crea siempre en la inmortalidad y así pueda vivir.

Cuando Ángela va confesarse, le plantea la cuestión:

“Me atreví, y toda temblorosa le dije:

-Pero usted, padre, ¿cree usted?

Vaciló un momento, y reponiéndose me dijo:

-¡Creo¡

-¿Pero en qué, padre, en qué? ¿Cree usted en la otra vida?, ¿Cree usted que al morir no nos morimos del todo?, ¿Cree que volveremos a vernos, a querernos en otro mundo venidero?, ¿Cree en la otra vida?

El pobre santo sollozaba.

-¡Mira hija, dejemos eso!”

Don Manuel vela para que no pierdan la fe en la otra vida y con ella el contento de vivir. Intenta congojosamente, que los demás sus hermanos crean por él cuando no puede, que lo ayuden a creer aquellos a quienes él ha corroborado en su fe. Busca salvar su personalidad en la de su pueblo, creer con todos ellos, ya que solo no puede.

En la novela encontramos una estrecha relación entre la figura de son Manuel y la de Jesucristo, Por lo pronto, ambos tienen el mismo nombre: Manuel (Emmanuel) es también el nombre de Cristo, Emmanuel quiere decir “Dios con nosotros”.

El párroco pide a Ángela, en la última comunión general que reparte, que rece por Jesucristo, y recordemos también la tremenda confesión de don Manuel a Lázaro: “Mas de uno de los más grandes santos, acaso el mayor, había muerto sin creer en la otra vida”. Hay muchos episodios que ponen de relieve el parecido entre don Manuel y Cristo. En esta ocasión, la acción del párroco nos recuerda la curación de un paralítico en la piscina: “En la noche de San Juan, la más breve del año solían y suelen acudir a nuestro lago todas las pobres mujerucas, y no pocos hombrecillos, que se creen poseídos, endemoniados, y que parece no son sino histéricos y a las veces epilépticos, y Don Manuel emprendió la tarea de hacer él de lago, de piscina probática y tratar de aliviarles y si era posible de curarles...”

A lo largo de la novela también se han ido haciendo varia alusiones a la estrecha reilación entre Moisés y don Manuel. En uno de los pasajes fundamentales de la novela, Don Manuel se compara con Moisés, con el caudillo que conduce la caravana y que muere sin entrar en la tierra de promisión.

Otro de los personajes importantes de la novela es Lázaro el hermano de Ángela. El simbolismo de este nombre resulta bien claro: Unamuno lo ha escogido para recordar al Lázaro del Evangelio, a quien Cristo resucita. El personaje de Lázaro introduce en la novela un nuevo tema: si debe darse primacía a los problemas políticos y sociales sobre los de índole espiritual y religiosa o a la inversa.

Una característica fundamental en Unamuno es el amor que sentía hacia los disminuidas mentales, los tontos, parece que arranca de una experiencia personal. En la novela el personaje de fe inocente es Blasillo, el tonto del pueblo. Blasillo repite como un eco, sin entenderlas, las palabras de son Manuel: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Incluso muere al mismo tiempo que don Manuel. Blasillo representa el grado máximo de la fe ciega, inocente, que don Manuel desea y predica para su pueblo.

Unamuno al escribir la novela utiliza el recurso llamado de manuscrito encontrado (de estirpe cervantina). El relato no está puesto en boca del autor, ni tampoco en don Manuel, sino en labios de una muchacha, Ángela Carballino, que va envejeciendo a lo largo de él. De este modo el protagonista está visto desde fuera de sí mimo, como un prójimo también.

Ángela Carballino, es una ferviente admiradora de Don Manuel. Desempeña diversas funciones y de ahí la complejidad de su figura. Ángela es narradora, mensajera, confesante, confesora, testigo, ayudante e hija-madres del protagonista.

Desde el primer párrafo de la novela, constan el nombre y la función narrativa de Ángela Carballino: “quiero dejar aquí consignado, a modo de confesión y sólo Dios sabe, que no yo, con que destino, todo lo que sé y recuerdo de aquel varón matriarcal...”. Ángela se atiene a las circunstancias y dichos. Por eso induce a confiar en su palabra. Ángela habla desde el principio al fin en un tono que tanto se ajusta a las situaciones como las constituye del modo -en forma- que el lector la enfrenta, oímos su voz, aun si en lo dicho -en lo escrito- se intercalan otras, incluida la de Don Manuel. Siendo ella enlace único entre lector e incidente novelado. Habla de los personajes en la novela y desde ella, pero a un lector situado fuera, al otro lado de la página.

La función testimonial de Ángela Carballino es participe en la acción. También es mensajera de Dios. Su función como tal se bifurca: en una dirección es mensajera entre Dios y Don Manuel, y en otro sentido, mensajera entre Don Manuel y el lector.

Ángela tiene además una función confesante desde el principio, pues confesión es su relato, se advierte luego que la reilación natural de Ángela con Don Manuel es la de penitente a penitenciario. La confesante se convierte en confesora. Ángela sabe ya, por boca de Lázaro el secreto de Don Manuel. Es ella quien hace la pregunta fundamental: “¿cree usted?” de donde y después de la sobreentendida respuesta negativa, se deriva la cuestión o petición última del sacerdote: “y ahora, Angelina, en es nombre del pueblo, ¿me absuelves?”. Don Manuel se siente culpable de ocultar a los feligreses su incredulidad, de mantenerles en el engaño. Necesita ser perdonado y solicita el perdón de quien en ese momento representa al pueblo, que sin vacilara le absuelve.

La relación paternofilial de Don Manuel y Ángela, en el texto es explicita y acorde a las realidades presentadas: “padre espiritual” de la muchacha es el párroco, padre de su espíritu, en el sentido de engendrarlo y formarlo según lo conocemos. Pero, conforme va introduciéndose la hija en el alma del padre y descubriendo en sus sombras y repliegues la necesidad de consuelo va transformándose y adaptándose a las exigencias de su nuevo papel. Siente afecto maternal por el padre y por ser madre, además de ser pueblo, para consolarle, lo absuelve, cuando salen de la iglesia después de darle la absolución, “se le estremecían las entrañas maternales”.

Una vez sobrepuesta al descubrimiento de las penas en que vive, se convierte en cronista de sus hechos. Transmisora de la imagen creada hace su San Manuel, el único Don Manuel que el lector conoce.

En cuanto a su estructura externa, la novela está dividida en 25 fragmentos que se llaman secuencias. Las 24 primeras secuencias son el relato de Ángela, la última es una especie de epílogo del autor.

En la estructura interna cabe distinguir tres partes, seguidas del epílogo del autor:

I Secuencia 1-8. Son las noticias preliminares sobre don Manuel, que Ángela nos transmite de oídas o partiendo de ciertas notas de su hermano.

II Secuencia 9-20. Es el cuerpo central del relato, a partir del regreso de Ángela al pueblo, primero, y de Lázaro, después. Con ello la narración recibe un nuevo impulso que nos lleva hasta el descubrimiento del secreto del santo. Termina esta parte con la muerte del sacerdote.

III Secuencia 21-24. Final del relato de Ángela

Secuencia 25. Epílogo del autor.

En cuanto al estilo podemos decir que hay una gran intensidad emocional, la gran densidad de ideas, el gusto por las paradojas, sin pasar por alto el lirismo de ciertos momentos.

La novela no es sólo un marco conceptual sino que explica el uso importante del pretérito imperfecto y la imprecisa referencia a un ahora en el que se desarrolla la trama. Casi desde el principio del relato, en cuanto Ángela Carballino empieza a describirnos cómo solían ser la vida de Valverde de Lucena y la de don Manuel en su relación constante, domino, monótono y obsesionante, el imperfecto. Leemos, por ejemplo, que la población de Valverde de Lucena solía acudir al lago las noches de San Juan, acudía a misa, cantaba a coro, o que lo más de los habitantes “no querían morirse” sino cogidos de la mano de don Manuel, el cual, por su parte “trabajaba manualmente”, “solía hacer la pelotas para que jugaran los mozos”, se interesaba en los embarazos, “solía acompañar al médico en su visita”...

El imperfecto es el tiempo obligado para la descripción de acciones pasadas. Es indispensable el empleo del imperfecto para la creación de las memorias de Ángela Carballino, gracias al imperfecto nos adentramos imaginariamente en la continuidad invariable de un modo de vida eterna o intrahistórico. La realidad de lo narrado se nos mantiene a una distancia imprecisa. Las acciones de don Manuel y de sus hijos espirituales como lo cotidiano, lo de siempre sin ahora específico. Pero seguimos sin tener noción exacta del tiempo en que todo ocurre.

Valverde de Lucena no es un lugar histórico sino intrahistórico, como lo es el tiempo en el que transcurre la historia, es decir, que ésta no tiene lugar hoy ni lo tuvo ayer, o lo tendrá mañana, sino que se desarrolla en un tiempo que está fuera de estas coordenadas y que podríamos llamar siempre. El relato está enmarcado por la palabra Ahora que abre la novela y que también la cierra, pues las últimas reflexiones de Ángela tienen lugar al hilo de un “Y ahora...”. El tiempo de la novela transcurre entre estos dos ahoras tan inconcretos. Esta dimensión temporal se refleja además en los tiempos verbales de la novela.

Las formas expresivas del relato requieren una especial atención a la hora de analizar la novela, por ejemplo, la confesión que don Manuel le hizo a Lázaro de su agonía no nos llega en la reproducción directa de un diálogo presente entre los dos, sino en una confesión de Lázaro a Ángela cuando Lázaro, movido de su honradez, se ve obligado a explicar cómo y por qué su conversión ha sido un engaño. Dialogo recordado dentro del recuerdo de otro dialogo. Con lo que resulta que no eran tres, como equivocadamente creíamos, los personajes que ocupan la escena en la memoria de Ángela Carballino, sino apenas dos, Ángela y Lázaro, mientras que don Manuel parece alejarse de nuevo de nosotros hacia la niebla donde le hallamos en las primeras páginas de la novela y de la cual sólo había salido para vivir en el interior de los otros dos personajes.

El paisaje y su simbolismo también son dignos de mención. Valverde de Lucena es una aldea que no forma parte del mundo, de la historia, sino de la intrahistoria. “Escenario hay en San Manuel Bueno, mártir -dice Unamuno en el prólogo- sugerido por el maravilloso y tan sugestivo lago de San Martín de Castañeda, en Sanabria, al pie de las ruinas de un convento de bernardos y donde vive la leyenda de una ciudad, Valverde de Lucen, que yace en el fondo de las aguas del lago.”

Unamuno utiliza además la leyenda de la villa sumergida con una doble intención simbólica. Esa villa “sumergida en el lago espiritual de nuestro pueblo” representa el recuerdo de los muertos de la aldea, el recuerdo de aquellos que han hecho posible la vida que hoy tiene el pueblo. Para Unamuno, los muertos forman la parte escondida del iceberg en la que se sustentan los vivos, a los que influyen en sus creencias, en su conducta. Don Manuel se sumerge en el lago de la fe de los que murieron, para que ellos sostengan la suya.

Pero además de esta dimensión social, la leyenda de la villa sumergida tiene otro simbolismo individual centrado en la propia figura de don Manuel. Se nos dice que “había En sus ojos toda la hondura azul de nuestro lago” y recuérdense sobre todo las palabras de Ángela:

“Yo creo.. que en el fondo del alma de nuestro don Manuel hay también sumergida, ahogada, una villa y que alguna vez se oyen sus campanadas”.

La montaña, el lago, la nieve.. debemos evitar atribuir un solo significado a cada uno de estos elementos. La montaña no significa siempre lo mismo y el lago tampoco: n son símbolos unívocos. En la novela hay dos maneras opuestas de entender el mundo: la de los creyentes y la de los que poseen la verdad. El lago y la montaña no tienen el mismo significado para unos y para otros.

Como conclusión y reflexión personal puedo decir que es una de las grandes obras de Unamuno. Encontramos las grandes preocupaciones del autor que nos llevan a reflexionar y a cuestionarnos nuestra propia fe, si es o no una verdadero fe, y si en verdad hay algo después de la muerte, a pesar de lo que nos han dicho.