San Agustín de Hipona

Catolicismo. Biografía. Vida y Obra. Los libros. Creación. Alma. La ciudad de Dios

  • Enviado por: Romina Graciela Asunción
  • Idioma: castellano
  • País: Argentina Argentina
  • 14 páginas
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Universidad Católica de Salta

Subsede Gendarmería Nacional

'San Agustín de Hipona'

“San Agustín”

Materia: Filosofía

Introducción:

San Agustín ha sido uno de los santos más famosos de la Iglesia católica. Después de Jesucristo y de San Pablo es difícil encontrar un líder espiritual que haya logrado ejercer mayor influencia entre los católicos que este enorme santo. Su inteligencia era sencillamente asombrosa, su facilidad de palabra ha sido celebrada por todos los países. De los 400 sermones que dejó escritos, han sacado y seguirán sacando material precioso para sus enseñanzas, los maestros de religión de todos los tiempos.

Su vida:

San Agustín, (Aurelio Agustín, en latín Aurelius Agustinus, este último significa: “Consagrado, bendecido”). Nació el 13 de noviembre del año 354 en Tagaste (norte de África-actual Suk Ahras, Argelia).

Su padre Patricio era pagano, de temperamento violento. Su madre Mónica, fervorosa católica, una gran santa. Tenía un hermano llamado Navigio (gran amigo suyo durante toda la vida) y una hermana que fue la primera religiosa en África.

De niño era sumamente inquieto, y aunque poseía una inteligencia envidiable y una memoria portentosa, tenía que castigarlo con azotes para que estudiara. Sus padres lo mandaron a estudiar a Cartago, pero en el colegio se dejó llevar por los malos ejemplos y su comportamiento no fue nada santo. Eso sí, en las lecciones llegó a ser número uno, y en las declamaciones el que más sobresalía. En las discusiones académicas era prácticamente invencible. Pero su moralidad no era ejemplar, muchos noviazgos, asistencia a funciones de teatro nada recomendables.

En el año 371 muere su padre. A los 17 años, San Agustín, comienza a vivir en concubinato con una joven mujer y tiene un hijo al que llama Adeodato (que significa Dios me lo ha dado).

Luego leyó una obra que le hizo un gran bien y fue el “Hortensius” de Cicerón. Este precioso libro lo convenció de que cada cual vale más por lo que es y por lo que piensa que por lo que tiene.

Pero luego sucedió que tuvo un retroceso en su espiritualidad. Ingresó a la secta de los Maniqueos, que decía que este mundo lo había hecho el diablo y enseñaban un montón de errores absurdos. Esa doctrina que fue traída de Persia al imperio romano y se hizo pasar por secta cristiana, aunque en realidad era una religión pagana. Además combina elementos de religiones orientales, del judaísmo y de los agnósticos y una metafísica de carácter dualista que se basa en la existencia de dos sustancias opuestas, una buena (luz) y una mala (tinieblas).

En el 374 enseña retórica en Tagaste y al año siguiente se establece en Cartago. Entre tanto su madre no cesaba de orar por su hijo para que se convirtiera al catolicismo.

En el año 383, San Agustín se encuentra con Fausto de Milevo, la figura más destacada del maniqueísmo en África, pero el santo se desilusiona y se separa de la religión.

Fue a Milán (384) y conoció allí los “escritos de los platónicos”, se le descubrió como una revelación el hecho de que más allá de este mundo corpóreo hay aún otro mundo ideal, y comprendió entonces, contra los maniqueos, que Dios tiene que ser incorpóreo. Se dio cuenta de que la persona humana vale muchísimo más por su espíritu que por su cuerpo y que lo que más debe uno esmerarse en formar es su espíritu y su mente. Y cuando a través de los discursos de Ambrosio se pone plenamente en contacto y afinidad con la espiritualidad del cristianismo, experimenta una fundamental transformación en su ser íntimo.

Agustín tiene varios amigos que lo acompañan, aconsejan y animan. Son Alipio, que desde joven lo ha ayudado siempre. Elpidio, su hermano y Adeodato, su hijo. Un día Romaniano, le cuenta la historia de San Antonio Abad que dejó su vida de riquezas y comodidades y se fue a un desierto a rezar y a hacer penitencia, y Agustín exclama: “Todos estos se atrevieron a dejar su vida mundana y empezar una vida de santidad ¿por qué yo no? ¿qué es lo que me detiene para dar este paso?” Y fue entonces cuando en la casa de la vecina unos niños que jugaban y repetían mucho la frase: “Abre y lea!! ¡Abra y lea!! ¡Abra y lea!!”. Él no recordaba haber oído nunca repetir esa frase en juego, consideró aquello como un aviso de Dios y abrió el primer libro que encontró en la mano. Era la Santa Biblia.

Abre el Nuevo Testamento y lee la frase de la Epístola de los Romanos: “Nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias.”

Aquello fue como un relámpago en su cerebro, empezó a llorar y se dio cuenta que hasta entonces su comportamiento había sido todo lo contrario de lo que Dios manda en estas frases que acaba de leer, y que era necesario empezar una vida totalmente nueva y distinta de la anterior.

Se convierte al cristianismo, tiene aproximadamente 32 años.

Después de leer esta frase, Agustín le contó a su amigo San Alipio que ya no tiene dudas sobre su fe y este le leyó el versículo de San Pablo: “Tomad con vosotros a los que son débiles en la fe.” Ambos se dirigieron a contárselo a Santa Mónica, la cual alabó a Dios y se alegró enormemente.

Se retira con algunos amigos (386) a la finca del Casiciaco, juntos a Milán, deja plasmados en unos breves escritos sus pensamientos.

En abril del año 387, Agustín de manos de San Ambrosio, recibe el bautismo, junto a su hijo Adeodato y a San Alipio.

La santa madre de agustín, no se cambiaba por nadie, ya había logrado todo lo que anhelaba, la conversión de su hijo. Ahora podía partir contenta para la eternidad. Y entonces sucedió que viajando con Agustín para el África, antes de embarcarse en el puerto de Hostía, ella se sintió morir, y expiró en sus brazos dulcemente. Agustín la lloró amargamente y durante toda su vida guardó su recuerdo, como su tesoro más preciado de la juventud.

En el año 391, parte a Hipona, conoce a Valerio, obispo de esa ciudad y es consagrado por él, sacerdote. En ese lugar funda un segundo monasterio.

Comienza a preparar sus primeros sermones, de los cuales en la actualidad se conservan más de 500. Los temas de sus sermones, eran todos sacados de la Santa Biblia, pero con un modo tan agradable y sabio que la gente se entusiasmaba.

Y sucedió que al Valerio, el obispo, el pueblo lo aclamó como nuevo obispo y tuvo que aceptar. En adelante será un obispo modelo, un padre bondadoso para todos. Vivirá con sus sacerdotes en una amable comunidad sacerdotal donde todos se sentirán hermanos. Será gran predicador invitado por los obispos y sacerdotes de comunidades vecinas. Él tenía la rara cualidad de hacerse amar por todos.

Aproximadamente en el año 399 o 400, escribe las “Confesiones” después comienza el “Tratado sobre la trinidad”. El libro Confesiones lo ha hecho famoso en todo el mundo. Su lectura ha sido la delicia de millones de lectores en muchos países por muchos siglos. Él comentaba que a la gente le agrada leer este escrito por gozar leyendo de los defectos ajenos, pero no se esmeran en corregir los propios. La lectura de las “Confesiones” de San Agustín ha convertido a muchos pecadores. Por ejemplo Santa Teresa cambió radicalmente de comportamiento al leer esas páginas.

El santo fundó también una comunidad femenina. Tras la muerte de su hermana, que fue la primera “abadesa”, el santo escribió una carta y en ella y en dos sermones se encuentra comprendida la famosísima “Regla de San Agustín”, en la cual se han basado los fundadores de comunidades en todo el mundo.

Había en el norte de África unos herejes llamados Donatistas, que enseñaba que la Iglesia no debe perdonar a los pecadores y que como católicos solamente deben ser admitidos los totalmente puros (pero ellos no tenían ningún reparo en asesinar a quienes se oponían a sus doctrinas).

En 410, se realizó en Cartago una conferencia entre los católicos y los donatistas. Allí los católicos dirigidos por nuestro santo derrotaron totalmente en todas las discusiones a los herejes y estos fueron abandonados por la mayor parte de sus seguidores, y la secta se fue acabando poco a poco.

Vino enseguida otro hereje muy peligroso. Un tal Pelagio, que enseñaba que para ser santo no hacía falta recibir gracias o ayudas de Dios, sino que uno mismo por su propia cuenta y propios esfuerzos logra llegar a la santidad. Agustín se le opuso con sus predicaciones y sus libros y escribió un formidable tratado de “La Gracia”, el cual prueba que nadie puede ser bueno, ni santo, si Dios no le envía gracias ni ayudas especiales para serlo, en este tratado tan lleno de sabiduría, se han basado después de los siglos, los teólogos de la Iglesia católica para enseñar acerca de la gracia..

En el año 410, Roma fue saqueada por Alarico (rey de los Visigodos), San Agustín para responder a los ataques contra el cristianismo, empezó un nuevo libro, el más famoso después de las Confesiones, “La Ciudad de Dios”, la cual concluyó en el año 426 (empleó 13 años redactándolo). Allí defiende poderosamente a la religión católica y demuestra que las cosas que suceden, aunque a primera vista son para nuestro mal, están todas en un plan que Dios hizo a favor nuestro que al final veremos que era para nuestro bien. (Como dice San Pablo: “Todo sucede para bien de los que aman a Dios”).

En el año 430 el santo empezó a sentir continuas fiebres y se dio cuenta de que la muerte lo iba alcanzar, tenía 72 años y cumplía 40 años de ser fervoroso católico, su fama de sabio, de santo y de amable pastor era inmensa. Los bárbaros atacaban su ciudad de Hipona para destruirla, y él murió antes de que la ciudad cayera en manos de semejantes criminales. Durante su enfermedad curó un enfermo, con solo colocarle las manos en la cabeza y varias personas que estaban poseídas por malos espíritus quedaron libres. (San Posidio, el obispo que lo acompañó hasta sus últimos días, escribió después su biografía).

El 28 de agosto del año 430, se cumplió aquella frase famosa que había escrito “Nos has creado para Ti Señor, y nuestra alma no encontrará la verdadera paz, sino cuando logre descansar en Ti”. En ese día descansó en la paz del Señor, y fue a gozar para siempre en el cielo, de la verdadera paz, la que nunca se va acabar.

La teología cristiana está basada en su mayor parte en la extraordinaria riqueza del agustinismo. Tanto la Iglesia católica como la Iglesia protestante (Juan Calvino y Martín Lutero), han sido influenciadas por el pensamiento de San Agustín y sin duda éste hombre ha sido el más grande filósofo del cristianismo primitivo.

OBRAS:

  • De los escritos primeros: “Contra académicos” (386), una discusión con el escepticismo de la academia nueva. “De beata vita” (386), viejo tema de la felicidad. “De ordine” (386), sobre el orden de las cosas y sobre el mal. “Soliloquia” (386-387), sobre el conocimiento, la verdad, la sabiduría y la inmortalidad. “De inmortalitate animae” (387). “De quantitate animae” (387-388). “De libero arbitrio” (388-395), libertad y origen del mal. “De diversis quaestionibus 83” (388-395), una porción de cuestiones bíblicas, teológicas y filosóficas. “De magistro” (399), sobre el enseñar y el aprender. “De vera religione” (391), tema de la fe y la ciencia.

  • De los escritos posteriores: “Confessiones” (387-401). “De Trinitate” (400-416), obra más extensa sobre las relaciones de la razón y la revelación y con un intento de pensar la Trinidad ayudándose de la introspección en el espíritu del hombre. “De civitate Dei” (413-426), obra maestra de Agustín, en 22 libros, con su visión del imperio romano en ruina y su filosofía de la historia.

  • Temas principales del pensamiento de San Agustín

    LA VERDAD

    La verdad es el punto de partida del pensamiento de San Agustín.

    Al caer en la cuenta Agustín de que ha estado en el error mientras abrazaba el maniqueísmo, se le ocurre plantearse la duda de si se da la verdad en general.

    A San Agustín le ha preocupado el problema de la posibilidad de verdades absolutas.

    Parte Agustín de hechos de inmediata evidencia, de los datos de conciencia, como hará después Descartes.

    Como él dice “si yerro, sé que existo”. Con ello ha descubierto Agustín, las verdades de la conciencia; y con ello cree haber superado de raíz el escepticismo.

    Concepto de verdad: Agustín presupone que la verdad debe en todo caso ser eterna y necesaria. Otra cosa es lo que se cree saber, a base de una sensación circunstancial. Lo mismo que Platón llega Agustín al concepto de la verdad en su sentido ideal pasando por la matemática. Se ha adelantado Agustín a la teoría de Hume sobre el valor y alcance de la experiencia sensible y a la distinción leibniziana entre verdades de hecho y verdades de razón.

    Fuente de la verdad:

    Experiencia sensible: la decisión sobre el valor necesario y eterno de la verdad no tiene ciertamente en ella su base.

    Espíritu: la fuente de la verdad la encuentra en el espíritu del hombre. A diferencia de Kant, Platón y Descartes, para Agustín el espíritu está siempre unido y como adherido a algo superior a él. Tiene una originalísima y peculiar posición en este punto.

    Teoría de la iluminación: Agustín concibe una iluminación mediante la cual la verdad se irradia desde Dios sobre el espíritu del hombre. Para la palabra “iluminación” pudo ofrecerle ocasión a Agustín la Sagrada Escritura, que designa a Dios como la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

    Esencia de la verdad: el fundamento de la verdad son las ideas y razones eternas en el espíritu de Dios. La verdad coincide con ellas, y ellas son las que constituyen el auténtico ser y esencia de la verdad. Los modelos o tipos en la mente de Dios. En ellos ve Agustín al igual que platón, el ser verdadero, el “ser en verdad”.

    LA CIUDAD DE DIOS.

    Origen del Estado: es evidente también para Agustín el carácter natural de la sociedad civil. “El pueblo es la masa de seres racionales que se reúne a impulsos de una unidad concorde en la voluntaria prosecución de sus fines”. Hombres y Estados son para Agustín voluntad pero les incumbe ser voluntad ordenada y sujeta a normas.

    Ciudad de Dios y ciudad del mundo: su concepción social se resume en los dos esquemas intuitivos de “ciudad de Dios” y “ciudad del mundo”. Esta contraposición expresa mas bien las dos comunidades espirituales según la ley de Dios o contra ella, comunidad del orden o del caos, del ideal o del instinto. La ciudad del mundo (civitas terrena) puede quizás estar edificada sobre un orden humano, puede incluso presentar el aspecto de una magnífica organización; puede ser capaz de grandes realizaciones, pero mientras su esencia entera esté volcada en los bienes de esta tierra, de los cuales hacía gozar (frui) en vez de usar (uti) para un más alto fin.

    En el fondo no será mas que desorden y sus valores serán en realidad pura ilusión. La ciudad de Dios, en cambio, consta de hombres que entran en el eterno orden de Dios. No se sumergen en las cosas exteriores para gozarlas o gozarse en ellas, sino que viven en Dios y de Dios, un orden ideal, y en el seno de él los hombres y el mundo se instalan en la paz y en el sabático reposo de Dios.

    Sentido de la historia del mundo: es el sentido de la historia del mundo el que estas dos ciudades se contrapongan y luchen entre sí. Hace ver Agustín con ejemplos del Antiguo Testamento y de la historia griega y romana que las fuerzas del bien han de luchar siempre contra las fuerzas del mal. En todo caso, y ésta es la tesis agustiniana, en cualquier forma que transcurran a lo largo de la historia las varias incidencias y escaramuzas entre las dos ciudades opuestas, la luz y las sombras, en definitiva la societa terrena o del diablo prevecerá, y saldrá vencedora la civitas dei. “Pues el bien es inmortal y la victoria ha de ser de Dios”.

    EL BIEN.

    Principio de moralidad: las razones eternas en la mente de Dios son para Agustín los fundamentos del conocer y del ser (fundamentos de la moralidad). A éstas las denomina ley eterna que significa la voluntad de Dios que manda conservar el orden natural y prohíbe el perturbarlo.

    La ley eterna abarca todo el orden del ser, entendiendo el ser en su más amplio sentido, de modo que se comprendan en él como sectores parciales el ser de la naturaleza o mundo corpóreo, el ser ideal de la validez lógica y el ser de las prescripciones morales.

    Queda en Agustín la ley eterna, tomada como orden ideal total, erigida en principio de la moralidad. Dice Agustín que Dios es el último principio el bien moral. Todo lo bueno es bueno por Él, como todo lo verdadero es sólo verdadero por Él y todo lo que tiene en realidad tiene su ser sólo por Él.

    Voluntad de Dios: Junto a la sabiduría de Dios se admitirá también como principio la voluntad divina. Ésta voluntad de Dios no es voluntad de capricho, sino que realmente coincide con la divina sabiduría y con la esencia misma de Dios.

    La acción moral:

    Primado de la voluntad: lo ético es para él voluntad, o, como él gusta de decir, amor. La voluntad es todo el hombre. La acción moral en Agustín se produce como función de un estado profundo del corazón humano, que se llama voluntad y amor. De tal manera ve Agustín el alma de la moral en el amor. Se ha hablado de un primado dela voluntad en Agustín y no por casualidad se ha complacido el arte en representarle como el santo de corazón inflamado.

    Lógica del corazón: el corazón tiene también su ley según Agustín. En la voluntad del hombre están inscritas con trazos imborrables las leyes del bien.

    Lugar natural: “Ama, pero fíjate bien que es lo que merece amarse”. Todo tiende en efecto a su natural lugar, el fuego hacia arriba, la piedra hacia abajo, llevada siempre de su interno peso, y “mientras este natural orden no se restablece, todo está en inquietud; ponlo en su recto orden, y todo estará en sosiego”. Dios es el primer amor del que todo amor vive.

    “A priori” del valor: Hay en Agustín una respuesta apriórica del valor. “Así como nuestro espíritu, antes de que alcancemos la felicidad, tiene ya en sí impresa una noción e ella, de modo que sabemos ya de ella y con fe y sin dudar decimos que queremos ser felices, así también, aún antas de alcanzar la sabiduría, tenemos ya impresa en nuestro espíritu su noción, por la cual, cada uno de nosotros, a la pregunta de si quiere ser sabio, responde que sí, sin sombra de duda”.

    Felicidad:

    Plenitud del amor: si el amor es el alma de la vida ética, se revela ya con ello cual ha de ser su fin y conocimiento. Lo pone Agustín en la felicidad.

    Uti-frui (usar-gozar): dice sobre el tema que toda inclinación y tendencia ha de gravitar hacia el bien. Sólo una petición guiada por el bien lleva a la felicidad.

    Paz: la paz es el supremo objetivo de la ciudad de Dios y no menos el fin de cada vida particular. Cuando el hombre ha llegado a domeñar sus deseos impulsivos y apetitos y ha alcanzado la verdadera vida, el verdadero bien, entonces se cumple lo que el señor le ha prometido: paz sobre paz (Epist. 130,2).

    DIOS.

    Existencia de Dios:

    La existencia de Dios es cosa clara para san Agustín por el hecho de que su concepto pertenece a los conceptos fundamentales del espíritu .

    San Agustín aduce a sus propias pruebas para la existencia de Dios , una de las cuales es la prueba noológica la mas característica. El razonamiento es el siguiente.

    La verdad absoluta.

    El hombre descubre en los actos de su vida espiritual, en el pensar, en el sentir y en el querer, verdades eternas, inmutables y necesarias. Podrá el hombre pasarlas por alto, equivocarse sobre ellas, rebelarse contra ellas; ellas permanecerán invulnerables por encima de todo. No están en el espacio ni en el tiempo; no son nada del hombre perecedero, sino que se revela aquí dentro de hombre otro ser sobrehumano y supertemporal. Detrás de todo lo imperfecto tocamos lo perfecto, detrás de lo relativo lo absoluto, detrás de lo humano lo trascendente. Sencillamente por esta vía tocamos a Dios.

    San Agustín tiene ante los ojos el Convivio de Platón. Dios es mirado como lo perfecto sin lo cual es imposible pensar lo imperfecto; la verdad y la bondad originaria de todas las verdades y de todos los valores (como lo denomino Platón). Dios es aprehendido en las mismas verdades, lo mismo que en los bienes particulares tenemos ya el bien en si.

    Ascenso a lo inteligible: San Agustín se sirve del método elaborado en el neoplatonismo del “ascenso a lo inteligible”. La expresión prueba de la existencia de Dios no es adecuada, pues sugiere un paso a otra cosa mediante un proceso de demostración. Y lo que hace propiamente San Agustín es poner a plena luz los supremos principios del ser que están presentes ya en los seres sensibles, aunque sin diluir en el su propia modalidad. Para verlos en esta modalidad y en su propio valor se requiere un adiestramiento de la mente que abre los ojos a un “dado” distinto y superior a todo lo sensiblemente dado.

    El espíritu viviente: El punto de partida de San Agustín es el alma viviente y personal. El espíritu es para el algo mas que una validez lógica impersonal.

    San Agustín no ve en la vida una pura irracionalidad extraña y opuesta al espíritu, sino que reconoce su cercanía al logos. Éste es quien le da forma, y quien da al alma su vida. Y justamente aquí es donde descubre el la participación de esta vida anímica y de sus actos en la eterna, necesaria e inmutable verdad de Dios. La misma alma es con su vida intima un itinerario hacia el Dios viviente. Tenemos ante nosotros una prolongación cristiana del camino dialéctico de Platón hacia Dios.

    Esencia de Dios:

    Cuando San Agustín habla de Dios, sabe y subraya que el Dios infinito es incomprensible para nuestro entendimiento limitado.

    Para el Dios es infinitamente perfecto y eterno, y sobre todo que es el ser. “Todo lo que en Dios hay no es otra cosa , que ser” (In Ps. 101, serm. 2, n.10). Y además es el bien primero. Todo ser fuera de Dios es imagen y traslado de los modelos ejemplares que existen en su mente.

    Las ideas en la mente divina: San Agustín suscribe la teoría de las ideas, pero a la manera de Filón, ha incardinado las ideas en la mente de Dios. No constituyen ya un mundo lógico impersonal como en Platón; son ahora algo de Dios. Esto implica dos aspectos de incalculable hondura filosófica. Por un lado, las ideas no son algo en si independiente, sino que tienen un fundamento propio; y por el otro, se nos revela a través de ellas un acceso a la plenitud y riqueza de la naturaleza divina.

    CREACIÓN.

    La creación es una realización de ideas insertas en la infinita riqueza y plenitud de Dios.

    ¿Por que se dio la creación?

    “No se puede dar otra razón mejor que lo bueno debía ser creado por el Dios bueno; es lo que también tuvo Platón por la mejor respuesta al por que de la creación” (De Civ. Dei XI, 21).

    ¿Cual fue su punto de partida?

    Aquí se aparta San Agustín de Platón. Para el pensador cristiano no se da materia alguna eterna. Toma otras dos posibilidades en consideración; una emanación al modo neoplatónico, o una creación de la nada. Puesto que la primera solución implica introducir en la naturaleza de Dios lo finito y lo mudable, no queda sino la creación de la nada . Con este concepto queda cerrado el paso a toda emanación y también queda rota la unión con el neoplatonismo en un punto en que no puede ir con el pensamiento cristiano.

    ¿Cuando?

    El cuando de la creación queda en la eternidad, es decir, fuera del tiempo. El tiempo comienza a darse solo con la creación del mundo de los cuerpos. Por eso la pregunta de por que no fue el mundo antes o después , carece de sentido. Presupone ya el tiempo con los conceptos de antes y después, y el tiempo, lo mismo que el espacio, no se da sino con la misma creación.

    San Agustín prefería decir: “lo que no se sabe, simplemente no se sabe” (Confess. XI, 12,14). En todo caso Dios esta fuera de todo tiempo. No precede en el tiempo a los tiempos, porque entonces no seria antes que todo tiempo. Mas bien “antecede a todo lo pasado en la altura de una eternidad siempre presente” y domina todo lo futuro, porque este pasara, mientras El permanece para siempre y sus anos no envejecen. Los “años” y los “días” de Dios no son nuestro tiempo. Su “hoy”es la eternidad.( Confess. XI. 13,16). Para San Agustín el ser de Dios es distinto del nuestro. Su ser no es tiempo.

    Proceso cósmico:

    La marcha del proceso cósmico iniciado con la creación la explica San Agustín por medio de tres factores: materia, tiempo y formas eternas.

    Materia.

    La materia es el substrato de todo ser creado. No se puede negar verdadera realidad al ser creado, para reservarla a la idea. En esto San Agustín piensa de modo distinto que Platón. Para San Agustín la materia es lo no formado, pero tiene como oficio servir de pedestal y vehículo a la forma. Creada ella misma de la nada y manteniéndose en una sensible cercanía a la nada, se dan en ella no obstante la maravillosa obra de Dios.

    Tiempo: Sería más exacto entender la materia en Agustín desde la temporalidad.

    Tiempo y Creación.

    En la creación puede aparecer, ser vivido y contado el tiempo, porque el tiempo se da por el cambio de las cosas y este cambio es un cambio de las formas en la materia (Conf. XII, 7). Todo lo hecho en la materia esta en la categoría del cambio, del proceso, y por tanto del tiempo.

    Tiempo y eternidad.

    La eternidad es algo enteramente distinto del tiempo. La eternidad no conoce ningún cambio, mientras el tiempo esencialmente es cambio y solo cambio.

    El ser eterno se posee a si mismo todo de una vez para siempre; el ser temporal, en cambio, esta como partido, se rehace siempre, deviene. El mismo tiempo es un enigma. No lo podemos vivir y experimentar sino en el instante actual. Pero el instante no tiene duración (afirma Agustín de modo muy parecido a Klages). Si se extendiera en cierto espacio de tiempo, seria divisible.

    Tiempo y hombre: para San Agustín la percepción del tiempo es como una espiritual distensión de si mismo y el espíritu mismo es el que mide el tiempo.

    Forma: el factor mas importante del proceso mundano es la forma. No solo ocupa la forma el punto central de la teoría agustiniana del conocimiento, sino también el punto central de la metafísica.

    Creación simultanea: la información de la materia se dio de una sola vez en la creación, cuando se podía considerar la materia aun fuera del tiempo (creación simultanea), porque un antes y después solo tiene sentido con el tiempo surgido con la misma creación. Así San Agustín entiende el relato bíblico de la creación en seis días en un sentido configurado. Hay, no obstante, en la realización de la forma alguna diferencia, pues algunas cosas, como el día, el firmamento, la tierra, el mar, el aire, el fuego y el alma humana, fueron hechas en un instante en su forma definitiva, mientras que otras, como, por. Ej., los animales y el cuerpo de hombre, aparecieron gradualmente en el termino de una evolución.

    Las razones seminales: las formas son, pues, ahora razones similares, que solo con el tiempo van teniendo su connatural desarrollo. San Agustín introduce con ello la idea de la evolución en el proceso cósmico. Es el concepto de evolución antiguo que deriva la evolución de la misma naturaleza esencial de las especies.

    Lo que quiere San Agustín valorar en el proceso cósmico es la forma y su fuerza. Con ello enaltece a la par el valor de la sabiduría y la omnipotencia divinas.

    EL ALMA.

    Una de las principales características de Agustín es su interés por el alma. El modo como trata el tema del alma, revelan en Agustín un espíritu de extraordinarias dotes psicológicas.

    Alma y cuerpo:

    El hombre como alma: también para Agustín constituye el hombre una unidad.

    Pero no es el hombre una nueva substancial resultante de la fusión de dos substancias.

    La unidad consiste más bien en que el alma posee al cuerpo, usa de él y lo gobierna. “El alma es cierta sustancia dotada de razón que ésta allí para dominar y regir al cuerpo”. El hombre es sólo el alma; el cuerpo no es un constitutivo esencial de igual rango; “es el hombre un alma racional que tiene un cuerpo mortal y terreno para su uso”. ( De mor. eccles. 52).

    Agustín considera al hombre esencialmente como alma, y por medio de él pasa a ser, patrimonio común del cristianismo en su posición frente al hombre en general.

    Substancialidad:

    Dado el puesto relevante que Agustín atribuye al alma, será naturalmente para él del mayor interés el demostrar que efectivamente el alma es una sustancia.

    Una vez más esta concepción de la substancialidad del alma se convierte por mediación de Agustín en uno de los puntales de la psicología posterior. La funda en una conciencia del yo que tiene tres momentos: realidad del yo, su independencia y su duración.

    Realidad del “yo”: la conciencia del yo no tiene como contenido algo de fantasía, sino auténtica realidad, una realidad que es el dato de la conciencia.

    Independencia: la independencia del yo se colige de la comparación del yo con sus actos. El yo es algo distinto de sus actos.

    Duración: pero justamente este yo que se distingue de sus actos, permanece a través de todos sus actos como algo igual e idéntico a sí mismo.

    Agustín ha asegurado la substancialidad del alma, a un ser independiente, permanente, real.

    Inmaterialidad:

    El arte fenomenológico de observación y descripción desplegado en la investigación del alma lleva a Agustín a deducir la inmaterialidad de ella. Todos nuestros actos anímicos carecen de extensión espacial. Pero todo lo corpóreo tiene altura, anchura y profundidad. Consiguientemente, el alma tiene que ser incorpórea.

    Inmortalidad:

    Alma debe justamente ser inmortal. La verdad es inmutable y eterna, y el espíritu humano también eterno.

    Verdad eterna: no se trata simplemente de que el alma sea portadora de la verdad o que en general se encuentren en ella verdades; no es esa la idea central; así no probaría, porque también se dan y se encuentran en el alma errores. Pero el error no es lo último y puede ser descartado. También se pueden perder verdades particulares. Pero por encima de todo vaivén del buscar la verdad, ésta el poder mismo de buscarla y encontrarla, y esto queda siempre como algo esencialmente inmanente al espíritu. En ello se anuncia algo absoluto e intemporal.

    En el alma viviente: el alma, penetra a través de sus contenidos en un mundo intemporal, en el mundo de la verdad. Y esto corresponde esencialmente al alma viviente.

    Agustín ve claro que es el yo viviente el que tiene que recordar, pensar y amar; que en él se manifiesta una inseparable vinculación con el reino de la verdad y del valor. Dicha inseparable vinculación afecta, a la sustancia del yo viviente y por ello el alma es inmortal.

    Origen:

    Agustín siempre encontró dificultades en el origen del alma. Para él ante todo es evidente que no puede el alma emanar de Dios, porque entonces el alma tendría que ser de algún modo una parte de Dios. Corrige también a Orígenes, que quiso adaptar la doctrina de la preexistencia del viejo platonismo al pensamiento cristiano.

    Hay que decir, pues, que el alma es creada. Y confiesa Agustín no haber alcanzado plena luz en este punto.

    BIBLIOGRAFÍA

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