Rufino Arellanes Tamayo

Pintor. Vida y Obra. Arte mexicano. Zapoteco. Indígena. Política. Revolucionario. Pintura mexicana

  • Enviado por: Sergio Fernández de Cossío
  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 3 páginas
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Rufino Arellanes Tamayo (1899 - 1991)

Introducción

Nació en Oaxaca el 26 de agosto de 1899. Al morir su madre en 1907 queda al cuidado de su tía Amalia, con quien vivió a partir de 1911 en la capital de la República. Trabaja en la sección de dibujo etnográfico en el museo nacional de Antropología (1910), donde tuvo contacto con el arte precolombino y el arte popular mexicano, que influye en su obra. Se inscribe en 1917 en la Academia de San Carlos, alternando sus estudios con la atención de un negocio de frutas en el mercado de la merced. Dos años más tarde se dedico a pintar e investigar por su cuenta. En 1921 fue designado jefe del Departamento de Dibujo Etnográfico del Museo Nacional de Arqueología. En 1925 alquiló su primer estudio en la calle de La Soledad, donde pintó Dos mujeres en la ventana, Paisaje con rocas, Reloj y teléfono, El fonógrafo, Dos niñas mexicanas y Pareja con maguey, y diseño un ex libris para Jaime Torres Bodet. En 1926 presentó su primera exposición de pinturas (de las casi 220 que llevó a cabo). Mezcla la influencia del cubismo de Picasso y del surrealismo con el indigenismo para llegar a un estilo propio de carácter internacional, sin dejar de ser profundamente americano. Capta la alegría de vivir con su vigoroso colorido, la condensación de la forma y la movilidad rítmica de la iluminación. En este mismo año, 1926, se traslada a Nueva York, donde expuso sus obras en el Art Center. Regresa a México (1928) donde trabaja con Siqueiros y Orozco, reconocidos muralistas compatriotas suyos. Sin embargo, los murales de Tamayo apenas revelan una muy leve influencia de éstos, como se aprecia en el fresco realizado en el Museo Nacional de Antropología e Historia (1938), en el saliente mural México hoy (1932, Palacio de Bellas Artes), en el Smith College de Northampton (1943) y en la decoración de la sala de conferencias del edificio de la UNESCO en París (1958) entre otros trabajos. En 1932 estuvo al frente del Departamento de Artes Plásticas de la Secretaría de Educación Pública. En 1933 realizó un mural en la Escuela Nacional de Música. En los años siguientes expuso en San Francisco, México, Nueva York, Chicago y Cincinati, y vivió indistintamente en México y Estados Unidos de Norteamérica, donde fue instructor de la Brooklyn Museum Art School, y pintó el mural de la Hillyer Art Library de Northampton, Massachusetts. En 1950 viajó e Europa, a tiempo que se instalaba la Sala Tamayo en la Bienal de Venecia, acontecimiento que despertó el interés de los críticos europeos. A este acto siguieron las exposiciones en la Knoedler Gallery de Nueva York, la Galerie Beaux de Páris y el Palais des Beaux Arts en Bruselas. En septiembre de 1952 recibió el segundo premio en la Pittsburgh International Exhibition. En 1953 se le otorgó el gran premio de pintura en la II Bienal de São Paulo, junto con Alfred Mannesier de Francia. Ese mismo año hizo el mural El Hombre, para el Museo de Bellas Artes de Dallas. Estas se refieren al nacimiento de la nacionalidad mexicana y contiene una versión del México presente. Sus obras de caballete se han expuesto prácticamente por todo el mundo, de entre estas sobresalen: Animales (1941), Venus saliendo del baño, Retrato abstracto de un hombre, Aparador, Mujeres en el espacio (1971), El hombre rojo y Hombre y mujer. Varios museos guardan obras suyas los museos más representativos son: El de Arte Moderno en Nueva York, México, París y Río de Janeiro, en la Galería Nacional de Arte Moderno de Roma, entre otros. Durante su primera fase creativa, Tamayo se apegó a la perspectiva lineal, una de cuyas mejores muestras es su Autorretrato de 1931. En el curso de la segunda tuvo fuerte influencia de Barque, según se advierte, en El Barquillo de fresa (1938). Y en la tercera se libró de ataduras y desarrollo su propio estilo. Vive fuera de México durante 25 años; diez en París y quince en Nueva York. Aunque siempre es notoria la influencia de la Revolución mexicana, se separa pronto de la escuela muralista de México, cuya tendencia caracteriza a la mayoría de los artistas contemporáneos de Tamayo. En 1974 se inauguró en la Ciudad de Oaxaca el Museo de Arte Prehispánico Rufino Tamayo, con 1,300 piezas coleccionadas y donadas por el artista; y el 29 de mayo de 1981 se abrió al público el Museo Rufino Tamayo en el Bosque de Chapultepec. De 1981 a 1982 Tamayo fue director de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Varias instituciones de enseñanza superior lo honraron con el título de doctor Honoris Causa: Manila (1974), UNAM (1979), San Francisco (1982), así también fue galardonado con los premios: Nacional de Artes (1964) y el Colouste Gulbekian, por el Instituto de Artes de París (1969); el grado de comendador por la República Italiana (1971); denominación de Hijo Predilecto, por el gobierno de Oaxaca (1972); la Copa de Oro de Florencia (1975), medalla por el Departamento del Distrito Federal (1982), y por último el galardón Albert Einstein, por el Instituto Técnico de Israel (1983). Muere en su cuidad natal en el año de 1991.

Ensayo sobre la pintura de Tamayo

Definir a un artista por sus antecedentes es tan vano como pretender describir a un hombre maduro por las señas de identidad de sus padres y familiares más cercanos. Las obras de los otros artistas sitúan a una obra individual, no la definen. Cada obra es una totalidad autosuficiente: comienza y termina en ella. El estilo de una época es una sintaxis, un conjunto de reglas conscientes e inconscientes con las que el artista puede decir todo lo que tenga en mente. Desde el principio, la pintura de Tamayo se distinguió de todas las otras por la preeminencia de ciertos elementos y por la forma singular de combinarlos.

Tamayo es riguroso y se ha puesto una limitación estricta: la pintura es, ante todo y sobre todo un fenómeno visual. El tema es un pretexto; lo que el pintor se propone es dejar en libertad a la pintura: las formas son las que hablan, no las intenciones ni las ideas del artista. La forma es emisora de significados. Dentro de esa estética que es la de nuestro tiempo, la actitud de Tamayo se singulariza por su intransigencia frente a las facilidades de la fantasía literaria. No porque la pintura sea antiliteraria, sino porque afirma el lenguaje de la pintura, no es verbal sino plástico.

El dibujo de Tamayo es de un escultor y es lastima que no nos haya dado sino unas cuantas esculturas, lo que distingue a un ilustrador de un pintor es el espacio: para el primero es un marco, un límite abstracto; para el segundo, un conjunto de relaciones internas, un territorio regido por leyes propias. En la pintura de Tamayo las formas y figuras no están en el espacio: son el espacio, lo forman y conforman. El espacio de Tamayo es una extensión animada: el peso y el movimiento, las formas sobre la tierra, la obediencia universal a las leyes de gravitación o a las otras, más sutiles, del magnetismo.

El elemento reflexivo es la mitad de Tamayo; la otra mitad es la pasión, contenida y ensimismada, pues jamas se desgarra y mucho menos se degrada en la elocuencia; una violencia encadenada, o mejor, dicho desencadenada sobre si mismo, lo aleja y lo acerca a un tiempo del expresionismo en sus dos vertientes. Tamayo plasma en sus pinturas estas dos vertientes que son, por un lado, el expresionismo alemán y el barroquismo.

Si se piensa en los dos polos que definen a la pintura de Tamayo, el rigor plástico y la imaginación que transfigura el objeto, se advierte inmediatamente que su encuentro con el arte precolombino fue una verdadera conjunción.

La actitud de Tamayo obedece a: a escultura mesoamericana, como la pintura moderna es ante todo una lógica de las formas, las líneas y los volúmenes. Esta lógica plástica, a la inversa de lo que ocurre con la grecorromana y renacentista no esta fundada en la imitación de las proporciones del cuerpo humano sino en una concepción del espacio radicalmente distinta una concepción, que para los mesoamericanos era religiosa; para nosotros, intelectual. En uno y otro caso, se trata de una visón no humana del espacio y el mundo. Correspondencias artísticas de estas concepciones contradictorias: en la tradición renacentista la figura humana es de tal modo central que hay una tentativa por someter el paisaje mismo a su imperio; en el arte precolombino y en el moderno, en cambio, la figura humana se somete a la geometría de un espacio no humano.

Para Tamayo la realidad es: corporal, visual. Sí el mundo existe: lo dicen el rojo y el morado, la iridiscencia del gris, la mancha del carbón; lo dice en la superficie lisa de esta piedra, los nudos de la madera, la frialdad de la culebra de agua. Las relaciones entre las sensaciones y las estructuras y formas que crean al enlazarse y separarse, se llama pintura. La pintura es la tradición sensible del mundo. Tal es el origen del rigor de Tamayo frente a la pintura. Su actitud más que una estética, es una profesión de fe: la pintura es una manera de tocar a la realidad. No nos da la sensación de la realidad: nos enfrenta a la realidad de las sensaciones.

En Tamayo el simbolismo no es abstracto: su mundo es la vida cotidiana. Esta observación no tendría interés pues se ha dicho que el arte de Tamayo consistía en insertar la vida cotidiana en el ámbito de la poesía y el rito. Es decir: el arte de la transfiguración, tejido de sensaciones pictóricas que es un cuadro de Tamayo, a sí mismo una metáfora. ¿Pero que dice esta metáfora? Que el mundo existe, la vida es la vida y la muerte es la muerte, todo es. Afirmación de la que no están excluidas ni la desdicha ni el azar, es un acto de imaginación más que de la voluntad o el entendimiento. El mundo existe por obra de la imaginación que, al transfigurarlo, nos lo revela.