Rinconete y Cortadillo; Miguel de Cervantes

Siglo de Oro de la Literatura española. Novelas ejemplares. Dramatización y diálogos

  • Enviado por: Guadalupe
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 12 páginas
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Rinconete y Cortadillo

Personajes

Rinconete y Cortadillo: Dos muchachos de hasta edad de catorce a quince años; el uno ni el otro no pasaban de diez y siete; ambos de buena gracia, pero muy descosidos, rotos y maltratados. Capa, no la tenían; los calzones eran de lienzo, y las medias, de carne. Bien es verdad que lo enmendaban los zapatos, porque los del uno eran alpargatas, tan traídos como llevados, y los del otro picados y sin suelas, de manera que más le servían de cormas que de zapatos. Traía el uno montera verde de cazador; el otro, un sombrero sin toquilla, bajo de copa y ancho de falda. A la espalda, y ceñidas por los pechos, traía el uno una camisa de color de gamuza, encerrada, y recogida todo en una manga; el otro venía escueto y sin alforjas, puesto que en el seno se le parecía un gran bulto, que, a lo que después pareció, era un cuello de los que llaman valones, almidonado con grasa, y tan deshilado de roto, que todo parecía hilachas. Venían en él envueltos y guardados uso naipes de figura ovalada, porque de ejercitarlos se le habían gastado las puntas, y porque durasen más se las cercenaron y los dejaron de aquel talle. Estaban los dos quemados del sol, las uñas cairieladas y las manos no muy limpias; el uno tenía una media espada, y el otro, un cuchillo de cachas amarillas, que los suelen llamar vaqueros.

Arriero

Hombres I, II y III

Asturiano

Soldado

Estudiante

Chico

Ganchuelo

Monipodio

ACTO I

PERSONAJES:

  • Rinconete

  • Cortadillo

  • Arriero

  • Hombres I, II y III

  • (El escenario es básicamente un cruce de caminos en el que se ve al fondo unas tierras llenas de molinos y una casucha abandonada más cerca en cuya fachada se sentaran los personajes

    ESCENA I

    (Entran Rinconete y Cortadillo cada uno por un lado del escenario encontrándose en el medio de este los dos y colocándose el uno al lado del otro se miran y comienzan a hablar.)

    Rinconete: ¿De qué tierra es vuesa merced, señor gentil hombre, y para adonde bueno camina?

    Cortadillo: Mi tierra, señor caballero, no la sé, ni para donde camino, tampoco.

    Rinconete: Pues en verdad que no parece vuesa merced del cielo, y que éste no es lugar para hacer su asiento en él: que por fuerza se ha de pasar adelante.

    Cortadillo: Así es; pero yo he dicho verdad en lo que he dicho; porque mi tierra no es mía, pues no tengo en ella más que un padre que no me tiene por hijo y una madrastra que me trata como alnado; el camino que llevo es la ventura, y allí le daría fin donde hallase quien me diese lo necesario para pasar esta miserable vida.

    Rinconete: Y ¿sabe vuesa merced algún oficio?

    Cortadillo: No sé otro sino que corro como una liebre, y salto como un gamo, y corto de tijera muy delicadamente.

    Rinconete: Todo eso es muy bueno, útil y provechoso, porque habrá sacristán que le dé a vuesa merced la ofrenda de Todos Santos por que para el Jueves Santo le corte florones de papel para el monumento.

    Cortadillo: No es mi corte de esa manera, sino que mi padre, por la misericordia del cielo, es sastre y calcetero, y me enseño a cortar antiparas, que, como vuesa merced ya sabe, son medias calzas con avapiés, que por su propio nombre se suelen llamar polainas, y córtolas tan bien, que en verdad me podría examinar de maestro, sino que la corta suerte me tiene arrinconado.

    Rinconete: Todo eso y más acontece por los buenos, y siempre he oído decir que las buenas habilidades son las más perdidas; pero aún edad tiene vuesa merced para enmendar su ventura. Mas si yo no me engaño y el ojo no me miente, otras gracias tiene vuesa merced secretas, y no las quiere manifestar.

    Cortadillo: Sí tengo; pero no son para el público, como vuesa merced ha muy bien apuntado.

    ESCENA II

    ( Rinconete se sienta y hace un gesto de invitación para que Cortadillo también lo haga, el cual, con una sonrisa, agradece el detalle y se sienta.)

    Rinconete: Pues yo le sé decir que soy uno de los más secretos mozos que en gran parte se puedan hallar; y para obligar a vuesa merced a que descubra su pecho y descanse conmigo, le quiero obligar con descubrirle el mío primero; porque imagino que no sin misterio nos ha juntado aquí la suerte, y pienso que habemos de ser, déste hasta el último día de nuestra vida, verdaderos amigos. Yo, señor hidalgo, soy natural de la Fuenfrida, lugar conocido y famoso por los ilustre pasajeros que por él de contino pasan; mi nombre es Pedro del Rincón; mi padre es persona de calidad, porque es ministro de la Santa Cruzada: quiero decir que es bulero, o buldero, como los llama el vulgo. Algunos días le acompañé en el oficio, y le aprendí de manera, que no daría ventaja en echar las bulas al que más presumiese de ello. Pero habiéndome un día aficionado más al dinero de las bulas más que a las mismas bulas, me abracé con un talego, y di conmigo y con él en Madrid, donde con las comodidades que allí de ordinario se ofrecen, en pocos días saqué las entrañas al talego, y le dejé con más dobleces que mi pañizuelo de despojado. Vino el que tenía a cargo el dinero tras mí; prendiéronme; tuve poco favor; aunque, viendo aquellos señores mi poca edad, se contentaron con que me arrimasen al aldabilla y me mosqueasen las espaldas por un rato y con que saliese desterrado por cuatro años de la Corte. Tuve paciencia, encogí los hombros, sufrí la tanda y mosqueo, y salí a cumplir mi destierro, con tanta priesa, que no tuve lugar de buscar cabalgaduras. Tomé de mis alhajas las que pude y las que me parecieron más necesarias, y entre ellas saqué estos naipes (se mete la mano por el cuello de la camisa y los saca de allí), con los cuales he ganado mi vida por lo mesones y ventas que hay desde Madrid aquí, jugando a la veintiuna; y aunque vuesa merced los ve tan astrosos y maltratados, usan de una maravillosa virtud con quien los entiende, que no alzará que no quede un as debajo. Y si vuesa merced es versado en este juego, verá cuanta ventaja lleva el que sabe que tiene cierto un as en la primera carta, que le puede servir de un punto y de once; que con esta ventaja, siendo la veintiuna envidada, el dinero se queda en casa. Fuera desto, aprendí de un cocinero de un cierto embajador ciertas tretas de quínolas, y del parar, a quien también llaman el andaboba, que así vuesa merced se puede examinar en el corte de sus antiparas, así puedo yo ser maestro en la ciencia vilhanesca. Con esto voy seguro de no morir de hambre, porque aunque llegue a un cortijo, hay quien quiera pasar tiempo jugando un rato. Y desto hemos de hacer luego la experiencia los dos: armemos la red, y veamos si cae algún pájaro de estos arrieros que aquí hay: quiero decir que jugaremos los dos a la veintiuna como si fuese de veras; Que si alguno quisiese ser tercero, él será el primero que deje la pecunia.

    Cortadillo: Sea en buena hora (dijo con entusiasmo), y en merced muy grande tengo que la vuesa merced me ha hecho en darme cuenta de su vida, con que me ha obligado a que no encubra la miá, que, diciéndola más breve, es ésta: Yo nací en el piadoso lugar puesto entre Salamanca y Medina del Campo, mi padre es sastre; enseñóme su oficio, y de corte de tijera, con mi buen ingenio, salté a cortar bolsas. Enfadóme la vida estrecha del aldea y el desamorado trato de mi madrastra. Dejé mi pueblo, vine a Toledo a ejercitar mi oficio, y en él he hecho maravillas; porque no prende relicario de toca ni hay faldriquera tan escondida que mis dedos no visiten ni mis tijeras no corten, aunque le estén guardando con los ojos de Argos. Y en cuatro meses que estuve en aquella ciudad, nunca fui cogido entre puertas, ni sobresaltado ni corrido de corchetes, ni soplado de ningún cañuto. Bien es verdad que habrá ocho días que una espía doble dio noticia de mi habilidad al Corregidor, el cual, aficionado a mis buenas partes, quisiera verme; mas yo, que, por ser humilde, no quiero tratar con personas tan graves, procuraré no verme con él, así, salí de la ciudad con tanta priesa, que no tuve lugar de acomodarme de cabalgaduras ni blancas, ni de algún coche de retorno, o por lo menos un carro.

    Rinconete: Eso se borre; y pues ya nos conocemos, no hay para qué aquesas grandezas ni altiveces; confesemos llanamente que no teníamos blanca, ni aún zapatos.

    Cortadillo: Sea así; y pues nuestra amistad, como vuesa merced, señor Rincón, ha dicho, ha de ser perpetua, comencémosla con santas y loables ceremonias. ( Se levanta del suelo y ayuda con un brazo a que Rinconete también se levante una vez que los dos están de pié, Cortadillo abraza a Rinconete con fuerza. Rinconete se sienta en el suelo y saca las cartas, mira a Cortadillo, este le guiña un ojo y comienzan a jugar a la veintiuna).

    ESCENA III

    ( por un lado del escenario aparece un arriero, que al principio solo se sienta cerca de estos a mirar)

    Arriero: ¿puedo jugar con vosotros y hacer tercio?

    Rinconete: ¡Claro!

    (Pasado un rato jugando el arriero se pone en pié gritando.)

    Arriero: He perdido doce reales y veinte y dos maravedís. Ahora niños vais a devolvérmelos sin rechistar.

    Cortadillo: Para eso vas a tener que luchar(comienzan a pelear)

    ESCENA IV

    ( pelearon hasta que el arriero quedó en el suelo doliéndose de sus heridas. A esto pasaron tres hombres).

    Hombre I: ¡Pero, parar ya de pegarle que seguro ha pagado ya su injusticia!

    Hombre II: ¿Dónde vais muchachos? Nosotros vamos a Sevilla, y sería una buena defensa que vinieseis con nosotros.

    Rinconete: Allá vamos, y serviremos a vuesas mercedes en todo cuanto nos mandaren.

    Hombre III: Entonces disfrutaremos de vuestra compañía hasta las puertas de Sevilla.

    Cortadillo: Pues muchas gracias amigos, creo que es mejor que nos alejemos cuanto antes no vaya a ser que este viejo arriero tenga amigos por aquí cerca que quieran ajustarnos las cuentas por dar a cada uno lo que se merece ( los dos amigos se van con ellos dejando al arriero sentado en el suelo, maldiciendo).

    Arriero: Seguro que me han hecho trampas. ¡Ahí, si les pillara!

    ESCENA V

    ( El grupo de los cinco continúan andando, el arriero sale de escena, cuando llevan un rato andando uno de los hombres se para y habla.)

    Hombre III: Hasta aquí llega nuestro camino, estamos a las puertas de Sevilla, siguiendo por aquí llegareis al centro sin problemas.

    Cortadillo: Muchas gracias.

    Hombre I: Creo que el mismo favor que nosotros os hemos hecho ha sido el que hemos recibido.

    Rinconete: Otra vez, muchas gracias y espero veros de nuevo muy pronto.

    TELÓN

    ACTO II

    PERSONAJES:

  • Rinconete

  • Cortadillo

  • Asturiano

  • Soldado

  • Estudiante

  • Chico

  • ( Ahora el escenario es una plaza donde hay un mercado en plenas ventas. Ael llegan Rinconete y Cortadillo por uno de los laterales observando todo con cara de asombro)

    ESCENA I

    ( Caminan despacio, al otro lado del escenario hay un chico que lleva una especie de mochila muy grande, que sirve para cargar cosas. Al verlo se miran y se acercan a él.)

    Rinconete: ¡Hola muchacho! ¿De dónde eres?

    Asturiano: Soy de Asturias.

    Cortadillo: Y ¿en qué trabajas?

    Asturiano: Soy un recadero, mi oficio es llevar las compras de quien me lo pidiera a su casa.

    Rinconete: Pero, seguro que eso es muy cansado, se come poco y se gana aún menos.

    Asturiano: ¡No, no, no! El oficio es descansado, algunos días salgo con cinco o seis reales de ganancia, como cuando me apetece y todo lo que necesito. Ahora, me tengo que ir a seguir trabajando. Adiós.(sale de escena.)

    Cortadillo: Hasta otra ocasión Asturiano. (Hablando en secreto con Rinconete) Este trabajo nos vendría muy bien como tapadera de nuestros robos.

    Rinconete: Estoy de acuerdo, vamos a ponernos manos a la obra.

    ESCENA II

    ( en esto llegaron un medio estudiante y un soldado, el que parecía estudiante se acercó a Cortado por un lado, y el soldado, a Rincón).

    Rinconete y Cortadillo: (A la vez) En nombre sea de Dios.

    Rinconete: Para bien se comience el oficio, que vuesa merced me estrena, señor mío.

    Soldado: La estrena no será mala, porque estoy de ganancia y soy enamorado, y tengo de hacer hoy banquete a unas amigas de mi señora. (Cortadillo y el estudiante desaparecen de escena cuando este señala fuera del escenario.)

    Rinconete: Pues cargue vuesa merced a su gusto, que ánimo tengo y fuerzas para llevarme toda esta plaza, y aun si fuere menester que ayude a guisarlo, lo haré de muy buena voluntad. ( Rinconete se va con el soldado).

    ESCENA III

    (Al rato llegan los dos cada uno por un lado y vuelven a encontrarse en el medio como ocurrió al comienzo.)

    Rinconete: Buenas tardes, ¿cómo te ha ido?

    Cortadillo: Mira ( saca una bolsa de su bolsillo), con ésta me pagó su reverencia el estudiante, y con dos cuartos; mas tomadla vos, Rincón, por lo que pueda suceder. ( En esto llega corriendo el estudiante y cuando ve a cortadillo se acerca a él).

    Estudiante: Cortado, no habrás visto una bolsa de este tamaño (hace gestos con las manos), has de saber que para mi es muy importante, por que en ella llevo quince escudos de oro en oro, y con tres reales de a dos.

    Cortadillo: Lo que yo sabré decir desa bolsa es que no debe de estar perdida, si ya no es que vuesa merced la puso a mal recaudo.

    Estudiante: ¡Eso es ello, pecador de mí, que la debí poner a mal recaudo, pues me la hurtaron!

    Cortadillo: Lo mismo digo yo; pero para todo hay remedio, si no es para la muerte, y el que vuesa merced podrá tomar es, lo primero y principal, tener paciencia; que de menos nos hizo Dios y un día viene tras otro día, t donde las dan las toman, y podría ser que, con el tiempo, el que llevó la bolsa se viniese a arrepentir y se volviese a vuesa merced sahumada.

    Estudiante: El sahumerio le perdonaríamos.

    Cortadillo: (Poniendo cara de estudioso) Cuanto más, que cartas de descomunión hay, paulinas, y buena diligencia, que es madre de la buena ventura; aunque, a la verdad, no quisiera yo ser el llevador de esa bolsa, porque si es que vuesa merced tiene alguna orden sacra, parecermehía a mí que había cometido algún grande incesto, o sacrilegio.

    Estudiante: (con voz dolorida) Y ¡cómo que ha cometido sacrilegio! : que puesto que yo no soy sacerdote, sino sacristán de unas monjas, el dinero de la bolsa era del tercio de una capellanía, que me dio a cobrar un sacerdote amigo mío, y es dinero sagrado y bendito.

    Rinconete: Con su pan se lo coma; no le arriendo la ganancia: día de juicio hay, donde todo saldrá en la colada, y entonces se verá quién fue Callejas el atrevido que se atrevió a tomar, hurtar y menoscabar el tercio de la capellanía. Y ¿cuánto renta cada año? Dígame, señor sacristán, por su vida.

    Estudiante: ( contesta con cólera) ¡Renta la puta que me parió! Y ¿estoy yo agora para decir lo que renta? Decidme, hermano, si sabéis algo; si no, quedad con Dios, que yo la quiero hacer pregonar.

    Cortadillo: Nome parece mal remedio ése; pero advierta vuesa merced que no se le olviden las señas de la bolsa, ni la cantidad puntualmente del dinero que va en ella; que si yerra en un ardite, no parecerá en días del mundo, y esto le doy por hado.

    Estudiante: No hay que temer de eso, que lo tengo más en memoria que el tocar de las campanas: no me erraré en un átomo.

    Cortadillo: Pues ahora que hago memoria me parece saber de un chico que si no ha sido él, por lo menos debe saber quien. (dice para sí) Pero me va a costar encontrarlo. (dice lo siguiente mientras mete la mano en el bolsillo del estudiante y saca un pañuelo que este llevaba. En esto aparece en escena un muchacho que se queda mirando la acción del robo) Señor estudiante mío, ven a este mismo lugar esta tarde que ya me encargo yo de encontrar el ladrón y el bote.

    ESCENA IV

    ( Mientras que el estudiante se va de escena el otro personaje, que se había dedicado a mirar durante el robo, se acerca a Rinconete y Cortadillo mientras estos ríen y se alegran de lo bien que les ha salido el robo)

    Chico: Digánme, señores galanes: ¿voacedes son de mala entraña, o no?

    Rinconete: No entendemos esa razón, señor galán.

    Chico: ¿Qué no entrevan, señores murcios?

    Cortadillo: Ni somos de Teba ni de Murcia. Si otra cosa quiere, dígala; si no, váyase con Dios.

    Chico: ( Empezando a irritarse) ¿No lo entienden? Pues yo se lo daré a entender, y a beber, con una cuchara de plata: quiero decir, señores, si son vuesas mercedes ladrones. Mas no sé para qué les pregunto esto, pues sé ya que lo son. Mas díganme: ¿cómo no han ido a la aduana del señor Monipodio?

    Rinconete: ¿Págase en esta tierra almojarifazgo de ladrones, señor galán?

    Chico: Si no se paga, a lo menos regístranse ante el señor Monipodio, que es su padre, su maestro y su amparo; y así, les aconsejo que vengan conmigo a darle obediencia, o si no, no se atrevan a hurtar sin su señal, que les costará caro.

    Cortadillo: Yo pensé que el hurtar era oficio libre, horro de pecho y alcabala, y que si se paga, es por junto, dando por fiadores a la garganta y a las espaldas; pero pues así es, y en cada tierra hay su uso, guardemos nosotros el desta, que por ser la más principal del mundo será el más acertado de todo él. Y así pude vuesa merced guiarnos donde está ese caballero que dice, que ya yo tengo barruntos, según lo que he oído decir, que es muy calificado y generoso, y además hábil en el oficio.

    Chico: ¡Y cómo que es calificado, hábil y suficiente! Eslo tanto, que en cuatro años que ha que tiene el cargo de ser nuestro mayor y padre no han padecido sino cuatro en el finibusterrae, y obra de treinta envesados y de sesenta y dos en gurapas.

    Rinconete: En verdad, señor, que así entendemos esos nombres como volar.

    Chico: Comencemos a andar, que yo los iré declarando por el camino, con otros algunos que así les conviene saberlos como el pan de la boca.

    ESCENA V

    (empiezan a andar de un lado para el otro)

    Rinconete: ¿Es vuesa merced, por ventura, ladrón?

    Chico: Sí, para servir a Dios y a las buenas gentes, aunque no de los muy cursados; que todavía estoy en el año de noviciado.

    Cortadillo: Cosa nueva es para mí que haya ladrones en el mundo para servir a Dios y a la buena gente.

    Chico: Señor, yo no me meto en tologías; lo que sé es que cada uno en su oficio puede alabar a Dios, y más con la orden que tiene dada Monipodio a todos sus ahijados.

    Rinconete: Sin duda debe ser buena y santa, pues hace que los ladrones sirvan a Dios.

    Chico: Es tan santa y buena, que no sé yo si se podrá mejorar en nuestro arte. Él tiene ordenado que de lo que hurtáremos demos alguna cosa o limosna para el aceite de la lámpara de alguna imagen muy devota que está en esta ciudad, y en verdad que hemos visto grandes cosas por esta buena obra; porque los días pasados dieron tres ansias a un cuatrero que había murciado dos roznos, y con estar flaco y cuartanario, así las sufrió sin cantar como si fueran nada. Y esto atribuimos los del arte a su buena devoción, porque sus fuerzas no eran bastantes para sufrir el primer desconcierto del verdugo. Y porque sé que me han de preguntar algunos vocablos de los que he dicho, quiero curarme en salud y decírselo antes de que me lo pregunten. Sepan voacedes que cuatrero es ladrón de bestias; ansia es el tormento; roznos los asnos, hablando con perdón; primer desconcierto es las primeras vueltas de cordel que da el verdugo. Tenemos más: que rezamos nuestro rosario, repartido en toda la semana, y muchos de nosotros no hurtamos el día del viernes, ni tenemos conversación con mujer que se llame María el día del sábado.

    Cortadillo: De perlas me parece todo eso; pero dígame vuesa merced: ¿hácese otra restitución o otra penitencia más de la dicha?

    Chico: En eso de restituir no hay que hablar, porque es cosa imposible, por las muchas partes en que se divide lo hurtado, llevando cada uno de los ministros y contrayentes la suya; y así, el primer hurtador no puede restituir nada; cuanto más que no hay quien nos mande hacer esta diligencia, a causa que nunca nos confesamos, y si sacan cartas de excomunión, jamás llegan a nuestra noticia, porque jamás vamos a la iglesia al tiempo que se leen, si no es los días de jubileo, por la ganancia que nos ofrece el concurso de la mucha gente.

    Cortadillo: ¿Y con sólo eso que hacen, dicen esos señores que su vida es santa y buena?

    Chico: Pues ¿qué tiene de malo? ¿No es peor ser hereje o renegado, o matar a su padre y madre, o ser solomico?

    Rinconete: Sodomita querrá decir vuesa merced.

    Chico: Eso digo.

    Cortadillo: Todo es malo. Pero pues nuestra suerte ha querido que entremos en esta cofradía, vuesa merced alargue el paso; que muero por verme con el señor Monipodio, de quien tantas virtudes se cuentan.

    Chico: Presto se le cumplirá su deseo, que ya desde aquí se descubre su casa. Vuesas mercedes se queden a la puerta, que yo entraré a ver si está desocupado, porque éstas son las horas cuando él suele dar audiencia.

    Rinconete: En buena sea ( el chico sale de escena )

    Cortadillo: Sería algo realmente bueno si trabajásemos con Monipodio.

    Rinconete: (al público) Creo que podría quedarme aquí para ser feliz toda la vida y disfrutar de la buena Sevilla. (aparece el chico otra vez)

    Chico: Habéis tenido suerte, Monipodio saldrá en seguida. Pasad a su casa.

    TELÓN

    ACTO III

    PERSONAJES:

  • Rinconete

  • Cortadillo

  • Chico