René Descartes

Filosofía moderna. Filosofía cartesiana. Filósofos. Racionalismo. Moral. Pensamiento. Búsqueda del conocimiento

  • Enviado por: Tenaciyas
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DESCARTES

Filósofo y científico francés, nació en La Haye (Francia) en 1596. La posibilidad de establecer un conocimiento cierto, fuera de toda duda, constituye la preocupación dominante de la filosofía de Descartes.

LA UNIDAD DEL SABER.

Descartes parte de la idea de que la ciencia es única aunque se aplique a objetos diferentes y se manifieste en un conjunto de ciencias. La causa fundamental es que la razón también es única.

Su pretensión era dedicarse a la búsqueda de la verdad mediante el solo uso de la razón para escapar al Escepticismo. En definitiva, se trata de estructurar un sistema de proposiciones verdaderas en las que nada se admitiese que no fuera evidente e indudable. En este sistema, todas las partes debían estar conectadas y bien fundamentadas.

Simboliza la universalidad de la ciencia mediante la imagen de un árbol cuyas raíces son la metafísica, su tronco, la física o filosofía natural, y las ramas, las ciencias prácticas.

LA BÚSQUEDA DEL CONOCIMIENTO CIERTO.

El tema del conocimiento ocupa el centro de las preocupaciones de Descartes.

EL PROBLEMA DE LAS IDEAS.

El conocimiento es, para Descartes, una representación en la mente humana de lo que se da fuera de ella. Lo que representa a las cosas en la mente son las ideas.

Plantea tres cuestiones que recuerdan la problemática platónica: qué se entiende por idea, qué clases de ideas hay y cuál es su origen y que relación tienen con las cosas.

Para Descartes idea son aquellos contenidos de la mente que se refieren a cosas, que son imágenes o representación de las mismas.

Atendiendo a su origen, distingue entre ideas innatas (nacidas conmigo), adventicias (venidas de fuera) y facticias (inventadas por mi mismo). Descartes de importancia a las ideas innatas en el proceso del conocimiento, pues los sentidos tienen para él escasa fiabilidad.

Por ello, la idea de Dios pasa a ser para D3escartes el fundamento del conocimiento humano, la garantía de que no nos equivocamos, de que las ideas se relacionan con las cosas. Al valorar la función de la inteligencia o el pensamiento en el conocimiento humano por encima del papel que desempeñan los sentidos, se sitúa en una perspectiva intelectualista.

Establecidos los tres tipos de ideas utiliza el criterio de cómo se presentan a sujeto que conoce. Distingue entre ideas claras (aquellas que se imponen simplemente con su presencia a una mente atenta) y distintas (aquellas que no pueden confundirse con ninguna otra).

EL MÉTODO AL SERVIVIO DE LA RAZÓN.

Descartes plantea la conveniencia de reconstruir la estructura del saber en forma de un proceso deductivo en el que no queden lagunas. Con ello pretende obtener un conocimiento independiente e la experiencia, cuya garantía se encontrará en la correcta aplicación de las deducciones.

Descartes decide buscar su propia manera de aplicar el método deductivo.

Mecanismos mentales del conocimiento racional.

El método cartesiano se orienta a dirigir los mecanismos mentales que intervienen en el proceso de organización del conocimiento. Dos son para Descartes esos mecanismos mentales o procesos de conocimiento racional:

  • La intuición es una especie de “luz natural” que permite que la razón capte inmediatamente ideas simples sin que haya posibilidad de duda o error.

  • La deducción es el modo de conocimiento por el que la razón descubre las conexiones que se dan entre ideas simples.

Según Descartes, éstos son lo dos únicos modos de proceder en el conocimiento que tiene el entendimiento. El método consiste en partir de una primera verdad absoluta de la cual se deriven otras verdades y que cada una se apoye en la anterior, y se constituya un encadenado de verdades.

Las cuatro reglas del método.

Descartes establece cuatro principios fundamentales para pasar con seguridad de unas verdades a otras. La primera se refiere a la intuición y las tres restantes a la deducción.

  • La primera regla es la de la evidencia intelectual. Sólo hay que admitir como ciertas las ideas que se presentan con claridad y distinción a la mente.

  • La segunda regla, en la que habla de la división o análisis, prescribe reducir un problema a los aspectos más simples.

  • La tercera regla o de síntesis trata del paso de lo simple a lo complejo. Partiendo de los principios conocidos intuitivamente, podemos deducir el resto de proposiciones.

  • La cuarta regla o de revisión prescribe hacer enumeraciones de los pasos que se van dando.

El resultado de aplicar correctamente las reglas del método es la certeza, definida como estado intelectual que excluye la posibilidad de toda duda en relación con el objeto de demostración.

LA METAFÍSICA CARTESIANA.

El concepto aristotélico de sustancia como “aquello a lo que corresponde ser en sí y no en otro” determinó la concepción ontológica de la Edad Media. La filosofía escolástica había distinguido dos órdenes de realidad: Dios (realidad infinita) y las criaturas (realidad finita). Esto equivalía a admitir la existencia de tres tipos de realidades:

  • El mundo (cosmos), totalidad de la realidad material de cuyo estudio se ocupaba la cosmología racional.

  • El ser humano, compuesto de cuerpo y alma, del que se ocupaba la psicología racional.

  • Dios, ser supremo, objeto de estudio de la teología natural.

La sustancia en Descartes.

Los racionalistas mantienen una continuidad con el pensamiento anterior y por ello conservan el concepto de sustancia, aunque modifican el contenido de este concepto e incluso su definición.

La definición que da Descartes de sustancia es: “una cosa que existe de tal modo que no necesita ninguna otra para existir”.

La sustancia es entendida como aquello que existe por sí, como el elemento estable y permanente de la realidad, que es soporte de los accidentes y subyace a todos los cambios. El concepto de sustancia es una de las ideas innatas.

Tipos de sustancia.

Descartes es dualista, ya que distingue dos órdenes de realidad: la, materia y el espíritu. Si embargo habla de tres tipos de sustancia, una infinita (Dios) y dos finitas: la sustancia pensante (yo o alma) y la sustancia extensa (los cuerpos materiales). Cada una se define por sus atributos fundamentales: la finitud para la sustancia divina, el pensamiento para el yo y la extensión en el caso de la materia.

Las sustancias finitas son autónomas y no necesitan la una de la otra para existir. Así, garantiza la libertad del alma y su independencia respecto del cuerpo. Sin embargo, ambas dependen de la sustancia infinita que las ha creado y las conserva.

Aunque Descartes mantiene en Dios creador no es centro de su preocupación filosófica, sino una pieza necesaria de su sistema, el cual gira en torno al yo o sujeto cognoscente.

EL PROCESO DEDUCTIVO CARTESIANO.

El método cartesiano consiste en el uso de la intuición y de la deducción. Mediante el primero conocemos aquellas verdades de suyo evidentes e inmediatas (los axiomas); con la segunda alcanzamos aquellas verdades que, sin ser inmediatamente evidentes, alcanzan una evidencia inmediata gracias a que llegamos a ellas partiendo de los axiomas y a través de una cadena de razones, es decir, de pasos sucesivos que son evidentes (análisis y síntesis).

Armado de éste método Descartes intentará edificar una filosofía a modo de una ciencia universal que pueda elevar nuestra naturaleza a su más alto grado de perfección.

Desarrollo del proceso deductivo.

  • El punto de partida que establece es la duda universal que consiste e poner entre paréntesis todos los conocimientos anteriores. Esta duda universal es una duda metódica que consiste en no admitir la verdad de ninguna cosa mientras no se alcance una certeza absoluta. Los motivos que encuentra Descartes para dudar son: los engaños de los sentidos, los errores en el razonamiento, la dificultad que nos afecta a veces, de distinguir los pensamientos que tenemos estando despiertos de aquellos que pueden ocurrírsenos en sueños, y, la posibilidad de ser engañados por algún dios o genio maligno.

  • En el proceso d la duda metódica encuentra, por intuición intelectual, la primera evidencia incuestionable: “pienso”, de la cual se desprende la existencia de su yo personal, su propia existencia como sustancia pensante: “luego existo”, que es el segundo paso de los indicados. De esta conciencia de la existencia del propio yo, Descartes irá deduciendo las demás realidades: las sustancias infinita y extensa.

  • A la vez que se encuentra a sí mismo como sustancia limitada, por ser capaz de cometer errores, Descartes comprende la necesidad de la existencia de Dios, sustancia infinita, sin limitaciones de ningún tipo.

  • Esta existencia de Dios garantiza la verdad de las ideas claras y distintas, “pues no sería posible que Dios, que es eternamente perfecto y verdadero, las hubiera puesto en nosotros si fueran falsas”. Las ideas falsas lo so por tener en ellas algo confuso y oscuro. Con esto, Dios resulta garante de la verdad de nuestro conocimiento, siendo el error el resultado evitable de un uso incorrecto de nuestras facultades mentales y no la consecuencia fatal del engaño de una “genio maligno”.

  • En el doble paso siguiente se ocupa de demostrar cual es la esencia de las dos sustancias finitas: afirma que el pensamiento es la esencia del yo, o alma, mientras que la extensión es la esencia del cuerpo.

  • Finaliza su exposición demostrando la existencia de las cosas materiales o sustancia extensa.

  • EL MECANISMO CARTESIANO.

    Para Descartes, la res extensa o mundo físico puede explicarse mediante leyes algebraicas. El mecanismo cartesiano entiende la naturaleza como un conjunto uniforme, sometido a leyes fijas que se aplica a todos los cuerpos. Estas leyes son expresables matemáticamente, con lo que todo lo real queda reducido a una racionalidad matemática, teniendo como modelo explicativo esta ciencia deductiva.

    Para que esto sea posible, hay que admitir el espacio geométrico euclidiano, uniforme e ilimitado, y un tiempo de iguales características, y sólo tener en cuenta las cualidades primarias de los cuerpos, es decir, la extensión o magnitud medible, que puede cuantificarse, y la relación de orden. Estas cualidades primarias se consideran objetivas y dependientes de los propios cuerpos.

    Por el contrario, no se pueden tener en cuenta las cualidades secundarias, olores, colores, sabores…, que dependen de la percepción de los sentidos, siendo, por tanto, subjetivas. Descartes aplica este modelo a la explicación de la naturaleza y del cuerpo humano.

    LA FÍSICA CARTESIANA.

    La física cartesiana sólo tiene en cuanta la materia y el movimiento, que pueden explicarse matemáticamente. El movimiento se traduce a ecuaciones matemáticas, y se prescinde de toda consideración finalista.

    Como buen racionalista, renuncia a lo experimental. Se abandonan así los datos empíricos, perceptivos, a favor de los aspectos conceptuales. Se habla de masas, velocidades, aceleraciones, trayectorias… y nunca de colores, olores, sonido, etc. La verdad científica sólo es alcanzable si prescindimos de los sentidos y nos sumergimos en lo inteligible.

    Los cuerpos se identifican con masas puntuales en movimiento. Y el tiempo mide los desplazamientos desde un origen arbitrario. La física ha quedad así geometrizada. El conocimiento de las partes de un fenómeno es suficiente para explicarlo como totalidad. De la misma manera también es suficiente conocer los aspectos mecánicos de las cosas para explicar todo su comportamiento.

    Quedan excluidas en esta teoría las acciones a distancia y la existencia de “fuerzas ocultas”, considerando como tales los fenómenos gravitatorios, el magnetismo, la electricidad, etc., a la hora de explicar los fenómenos.

    Descartes admite el principio de conservación de la materia. Los cuerpos permanecen en reposo o movimiento si no hay una causa que modifique esta situación (principio de inercia). Pero no admite el vacío, ya que es necesaria la continuidad de la materia al no admitir acciones a distancia. El mundo es, para Descartes, un todo compacto.

    Esta concepción mecanicista del universo reclama la necesidad de explicar la causa del movimiento, verdadero origen del mundo. Dios es, según él, el creador de esta admirable maquinaria y el que la pone en movimiento.

    LA RELACIÓN CUERPO-ALMA.

    Descartes, consecuente con su mecanicismo, sostiene que el cuerpo es una máquina integrada por una serie de piezas cuyo conocimiento permite explicar cualquier acto humano.

    En tiende que el hombre es un compuesto de cuerpo y alma. El cuerpo está sometido a las leyes naturales por ser materia, es decir, que su atributo principal es la extensión que se manifiesta a través de la figura y el movimiento, sus dos modos reales de ser.

    El alma tiene como atributo principal el pensamiento. De ella pueden predicarse muchas modalidades: entendimiento, memoria, imaginación, voluntad, deseos, pasiones…

    El alma explica el pensamiento, pero no es principio de vida porque ésta se reduce a movimiento mecánico. En el caso del ser humano, se plantea un problema, el de las relaciones cuerpo-alma. Descartes sostiene que el alma está unida a todo el cuerpo a través de la glándula pineal, localizada en el cerebro.

    A través de esta glándula, el alma comunica al cuerpo sus pensamientos y demás operaciones y recibe de éste las impresiones.

    LA MORAL PROVISIONAL.

    En la tercera parte del Discurso del método propone un programa personal de moral que llama provisional. Este programa consta de tres máximas. En síntesis, cabe decir que apunta hacia una línea de conducta basada en la moderación.

    • La primera exige el respeto a las leyes y costumbres de su país y la práctica de la religión en la que le han educado.

    • La segunda prescribe actuar decididamente una vez tomada la determinada de hacerlo.

    • La tercera ordena practicar el control de los propios deseos antes que tratar de imponerlos a los demás.

    Encontramos en su pensamiento ético una tendencia intelectualista. El pecado radica en la ignorancia. Considera que la felicidad es el fin de la vida humana. La entiende como satisfacción espiritual o tranquilidad del espíritu, que es posible alcanzar sin tener que esperar a la contemplación divina.