Relato de un náufrago; Gabriel García Márquez

Literatura hispanoamericana. Narrativa. Novela aventuras. Naufragio. Luis Alejandro Velasco. Personajes

  • Enviado por: Drew
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 8 páginas

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Relato de un náufrago está más cerca de una crónica, porque es la transcripción organizada de una experiencia personal contada en primera persona por el único que la vivió”

El 28 de febrero de 1955 algunos miembros de la tripulación del destructor Caldas, de la marina de Colombia, cayeron al agua y desaparecieron en una tormenta en el mar Caribe. La búsqueda se inició inmediatamente, pero después de cuatro días se desistió dándolos por muertos. Sin embargo, diez días más tarde, uno de ellos apareció moribundo en una playa desierta.

A partir de estos hechos, García Márquez hizo una reconstrucción de lo ocurrido. Una cronología que, casi minuto a minuto, traduce la angustia y la desesperación de un hombre que se queda con nada mas que una balsa a la deriva. La agonía por la falta de agua y comida y la inmensidad amenazadora del horizonte son el escenario aterrador en el que sobrevive un hombre solo en el mar.

Diez días y diez noches en tan solo un frágil bote con un único objeto que lo acompaña junto al mar: su viejo reloj, que le da la noción del tiempo que, en algunos momentos, necesita.

Colombia estaba entonces bajo la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla. La prensa estaba censurada y el problema de los periódicos era encontrar asuntos sin rastros políticos que entretuvieran a los lectores.

Cuando Luis Alejandro Velasco llega a vender su historia al periódico ya había sido proclamado héroe de la patria y había conseguido hacer una pequeña fortuna gracias a la publicidad. Los editores pensaron que las palabras del náufrago serian una reiteración de la historia que ya todos conocían. Pero no fue así.

Cuando le pidieron que describiera la tormenta, él contestó: "es que no hubo tal tormenta". Esa verdad, nunca antes publicada, fue el inicio para que todo el mérito que había obtenido se desvaneciera, y su nombre fuera olvidado.

Lo que realmente ocurrió fue que la nave se movió por el viento y la carga, mal estibada en cubierta, se soltó ocasionando la caída de los marineros al mar.

El relato fue deformado para que no se descubriera la realidad, ya que estaba prohibido transportar carga en ese tipo de barco y fue por culpa del peso de ésta que no se pudo maniobrar un rescate para los hombres en el agua y además, la carga era de contrabando. No hubo tal tormenta, el gobierno habría agradecido al náufrago el limitar su declaración. Y, a partir de la verdad, el protagonista empezó a ser olvidado por el mismo pueblo que antes lo había hecho un héroe.

El relato, que como el mismo autor afirma “está más cerca de una crónica, porque es la transcripción organizada de una experiencia personal contada en primera persona por el único que la vivió”, narra un fragmento de la vida de un personaje real que empieza antes de que el barco zarpe. Las acciones, los pensamientos y las de sensaciones de un joven de 20 años que vive un naufragio que parece que nunca va a terminar y que rechaza la muerte y a veces la vida.

Luis Alejandro Velasco, marinero en servicio de la armada colombiana, se encontraba en la ciudad norteamericana de Mobile. Debía esperar allí cerca de ocho meses, junto al resto de la tripulación, mientras que el A. R. C. Caldas era reparado. En Mobile pasaba el tiempo libre con sus compañeros y con su novia. En uno de sus últimos días de espera vieron en el cine la película “El motín del Caine”, y quedaron todos impresionados por la tempestad que vieron en la gran pantalla. A partir de ese momento el protagonista se ve inmerso en un mar de malos presentimientos.

El 28 de Febrero de 1955, cuando faltaban apenas 10 minutos para el mediodía, y 2 horas para llegar a su destino un brutal golpe de viento tiró al personaje junto con ocho compañeros al mar. Luis Alejandro pudo ver cómo varios de sus compañeros se ahogaban, pero él se puso a salvo en una balsa salvavidas, aunque sufrió un fuerte golpe en la rodilla, que marcó sus acciones en los 10 días siguientes.

En la primera noche, trató de orientarse por medio de la puesta del sol y la localización de la Osa Menor. Estaba convencido de que ya habrían comenzado las operaciones de búsqueda de los supervivientes. Pero esta esperanza se desvanecía con el paso del tiempo.

En el segundo día vio un punto negro en el horizonte que se acercaba a gran velocidad hacia la balsa. Poco a poco ese punto negro se convertía en un avión y creyó que sería inmediatamente rescatado, pero el avión desapareció. Desde ese día Luis Alejandro empezó a tomar nota de lo que le rodeaba: ahora sabía que los aviones partían y volvían desde la misma dirección, desde Cartagena de Indias (así tenía un punto de orientación), y de que todos los días, desde las 5 de la tarde hasta el anochecer, aparecían los tiburones merodeando la balsa.

El tercer día comenzaba a tener visiones. Veía a su mejor amigo en la marina, Jaime Manjares, con el que mantenía breves conversaciones a lo largo de su travesía.

Al cuarto día pierde la noción de los días y no sabe con seguridad si la balsa avanza o retrocede, bebe un poco de agua de mar para saciar la sed que le perseguía desde la primera noche. En la noche del cuarto al quinto día, mientras conversaba con su amigo Jaime, vio las luces de un barco pero éste desapareció.

Lo más importante del quinto día fue la visita de las gaviotas. Creer que se encontraba cerca de la costa le dio fuerzas. Una de esas gaviotas murió en las manos del marinero al confiarse en exceso y, para colmo, la repugnancia le hizo desperdiciar el manjar y desecharlo por la borda.

Al sexto día, debido al hambre, se echó a la boca varias tarjetas de cartón de Mobile. Fue un gran alivio y eso supuso un aumento de su imaginación, llegando a probar el sabor de los zapatos.

En el séptimo día pensó, al ver tantos peces alrededor de la balsa, que podría coger uno con facilidad, pero éstos le desgarraron las yemas de los dedos. La mezcla de la sangre con la gran cantidad de peces hizo de imán para los tiburones que aparecieron en gran número. De repente uno de éstos dio un aletazo y apareció en la balsa. Golpeó al animal con el remo hasta que se dio cuenta de que era en realidad uno de los peces que, perseguido por los tiburones, había logrado introducirse dentro de la balsa. Despedazó al pez, y después de dos bocados que saciaron su hambre mientras limpiaba su presa un tiburón se la arrebató. En un ataque de rabia asestó un duro golpe contra el tiburón y éste respondió tragándose medio remo.

En la noche del séptimo al octavo día se levantó un oleaje aún más fuerte que el del día del naufragio. Una gigantesca ola dio una fuerte sacudida y despidió al náufrago fuera de la balsa, pero pudo volver a ella. Una segunda ola mandó de nuevo al náufrago al agua. Luis Alejandro se encontraba debajo de la embarcación pero el oleaje le dio la vuelta por segunda vez a la balsa y con un esfuerzo sobrehumano el protagonista logró introducirse de nuevo en ella.

Al amanecer del octavo día una gran gaviota revoloteaba en las inmediaciones de la balsa, no había duda, estaba cerca de tierra firme. Así despertó la mañana del noveno día. Se percató del tremendo mal estado en el que se encontraba. Pensaba en dejarlo todo, atarse a la balsa y esperar a que la muerte lo viniera a buscar. Por la tarde fue sorprendido por una extraña raíz oscura que sobresalía por la superficie del mar enredada a los cabos sueltos de la balsa. Sin pensárselo dos veces hincó el diente a la misteriosa raíz de medio metro.

La novena noche resultó ser la más larga de cuantas había estado a la deriva. Fue una noche en la que reflexionó sobre los últimos acontecimientos acaecidos en los últimos días y le llevó a no dormir en toda la noche. Se despertó al amanecer con estado de locura avanzado a su entender y vio una sombra que le hacía suponer tierra firme, pero pensó que se trataba de otra alucinación. Cuando vio realmente el contorno de la costa pensó arrojarse al agua y nadar hacia la orilla que se encontraba a unos 2 kilómetros y medio. Se tiró al agua, eran las 10 de la mañana del 9 de Marzo.

Él mismo dice que fue una sensación extraña el volver a pisar tierra bajo sus pies. Completamente agotado por su esfuerzo se tumbó. La segunda persona que se topó con el náufrago (la primera había corrido asustada) fue un hombre con un burro y con un perro que le comunicó que había llegado a la población de Urabá, en Colombia. Junto con su mujer y subido al burro le condujeron hasta su casa en dónde fue atendido sorprendido al saber que nadie tenía ningún tipo de noticia del naufragio del destructor.

El doctor Humberto Gómez fue el primer médico que reconoció al náufrago y después lo llevaron en avioneta hasta Cartagena de Indias en donde le aguardaba su familia. Una vez allí lo trasladaron al Hospital Naval en donde no se le permitió la entrada más que a su padre, los médicos y los guardias.

La historia del náufrago publicada inicialmente como serie periodística y más tarde como suplemento por el periódico colombiano “El Espectador” agotó sus ediciones así como la paciencia del entonces dictador Gustavo Rojas Pinilla.

La historia principal, la supervivencia en la balsa, transcurre en un período de tiempo de diez días, pero esta historia está enmarcada por la vida del protagonista: su anterior estancia en Mobile, Alabama, y su posterior estancia en el hospital.

La narración es muy lenta ya que cuenta con una abundante descripción, tanto de las diferentes situaciones como del estado físico y de ánimo del protagonista. La narración, al ser un relato, sigue un orden temporal y cronológico que no es alterado por ningún tipo de retrospección.

El tiempo es un factor muy importante a lo largo de esta obra. El protagonista no escatima en incluir en su relato los días y las horas en los que transcurren las diferentes situaciones, Las doce y treinta y uno de la madrugada del 27 de febrero, y en calcular el tiempo que pasará para que ocurra tal o tal cosa: “...saqué en horas la cuenta del tiempo que nos faltaba para llegar a Cartagena; nos faltaban exactamente 24 horas...”, “Calculé que nos debía faltar un cuarto de hora para las doce. Dos horas para llegar a Cartagena.”, “...dos o tres horas, calculé...”, “Hice mis cálculos: antes de dos horas los aviones estarían allí...”

Además de sus constantes referencias al paso de los días, a las fechas y a las horas y minutos también nos encontramos con numerosos adverbios de tiempo, “... esa mañana...”, “..en un instante...”, “...no me di cuenta en que momento...”, o acontecimientos que marcan momentos del día como son el amanecer y el atardecer.

Como si fuera un fanático del reloj, ya antes de que éste se convierta en su único compañero de balsa, lo contempla minuto a minuto, “Miré el reloj...”, “Saqué la mano para mirar la hora...”, y se distrae escuchando el palpitar de las agujas: “...entonces cerré los ojos y oí perfectamente el tic-tac de mi reloj. Escuché durante un minuto aproximadamente.”

Gracias a su “histeria” por conocer el paso del tiempo supo cuanto había pasado vagando por el mar del caribe hasta llegar a las costas sur americanas: “ Al principio llevaba la cuenta de los días por la recapitulación de los acontecimientos [...] Al mediodía decidí hacer dos cosas: [...] Segundo, hice con las llaves, en la borda, una raya para cada día que pasaba, y marqué la fecha...”

Según la ocasión o lo ocurrido el náufrago explica como el tiempo transcurre diferente a como él lo nota. Tal y como a todos nos pasa, las horas nos pueden parecer minutos o los minutos días: “Me pareció que hacía mucho tiempo que todo había ocurrido, pero en realidad sólo habían transcurrido diez minutos...”, “... los minutos eran largos e intensos...”, “... el día avanzaba rápidamente...”

Gracias a su reloj podía controlar el horario de la naturaleza que, al fin y al cabo, era lo único con lo que contaba. Así podía saber a que hora oscurecía o amanecía y algo mucho más útil: a qué hora llegan los tiburones, “... los tiburones son unos animales puntuales: llegarían un poco después de las cinco y desaparecerían con la oscuridad, así podía protegerse: “Desde ese momento no volví a sentarme en la borda a partir de las cinco de la tarde.”

A pesar de todas sus cuentas no tardó mucho en dudar sobre la veracidad de sus cálculos: “Al cuarto día ya no estaba muy seguro de mis cuentas en relación con los días que llevaba de estar en la balsa. ¿Eran tres? ¿Eran cuatro? ¿Eran cinco?...”

A partir del tiempo sabía cuanto tenía que esperar o cuando tenía que olvidar una empresa: “...vi las intermitentes pero inconfundibles luces de un barco [...] a los veinte minutos, las luces habían desaparecido por completo.”, “La presencia del tiburón me hizo desistir de mi propósito. Decepcionado [...] A los pocos minutos sentí una terrible alegría: siete gaviotas volaban sobre la balsa.”, “Esperé más de media hora...”

  • Mary Address: era la novia del protagonista en Mobile, al que conoció dos meses después de la llegada de éste. Se entendía con Luis Alejandro gracias a una mezcla entre el inglés y el castellano, que aprendía con gran facilidad. Aunque solían ir al cine ella prefería los helados.

  • Jaime Manjarés: mejor amigo de Luis Alejandro en la armada, es el protagonista en las alucinaciones del náufrago a las que asiste con su uniforme de trabajo: pantalón y camisa azules y gorra.

  • Diego Velázquez: compañero del náufrago en el destructor, con quien compartió el miedo tras la película “El motín del Caine”.

  • Luis Rengifo: Era el marino primero y fue uno de los muertos en la catástrofe. Nacido en Chocó, llevaba su profesión en la sangre. Serio y estudioso hablaba el inglés perfectamente. Se había graduado de ingeniero civil en Washington y estaba casado con una dominicana. Dormía en la litera de abajo de Luis Alejandro, dormía siempre tranquilo y roncaba profundamente.

  • Ramón Herrera: Amigo íntimo del protagonista. Originario de Arjona, siempre alegre, tocaba el tambor e imitaba a todos los cantantes. Tal y como pensaba hacer Velasco, él también había decidido abandonar la marina al regresar a Cartagena. Fue otro de los marineros muertos en el accidente pese a que estuvo a punto de compartir la experiencia de la balsa con Luis Alejandro.

  • Miguel Ortega: Cabo primero y artillero. Tenía experiencia en viajes largos y estaba familiarizado con el mar. No hablaba más que de su mujer e hijos y todo lo que se gastó en Norteamérica fue para llevar regalos a su familia en Cartagena. Murió ahogado junto a ocho de sus compañeros.

  • Jaime Martínez Diago: teniente y segundo oficial de operaciones. Único oficial muerto en el naufragio. Alto, fornido y silencioso. Nacido en Tolima y excelente persona.

  • Julio Amador Caraballo: Suboficial primero y segundo contramaestre del buque. Alto y bien plantado. Ahogado tras el accidente.

  • Elías Sabogal: Suboficial y jefe de maquinistas, fue quien más manifestó su alegría de volver a casa, le esperaban en Cartagena su esposa y sus hijos con un nuevo hermano al que aún no conocía. De unos 40 años de edad, pequeño, de piel curtida, robusto y conversador.

  • Guillermo Rozo: Suboficial de guardia.

  • Eduardo Castillo: Almacenista, nacido en Bogotá, soltero y muy reservado. Otro de los muertos en el accidente.

  • Dámaso Imítela: De un blanco pálido, con sombrero de caña y con pantalones enrollados hasta las rodillas. Fue el primer hombre que prestó ayuda al náufrago tras pisar tierra firme.

  • Inspector de policía: Inspector de policía de la población de Mulatos. Fue la primera persona que prestó protección al superviviente del naufragio.

  • Humberto Gómez: Primer médico que examinó a Luis Alejandro.

También están todos los demás compañeros de la marina, los peces, tiburones y gaviotas que acompañaron al protagonista en su travesía, los hombres que le condujeron a San Juan, el guardia que custodiaba su habitación en el Hospital Naval y el reportero que logró infiltrarse en la habitación.

Nacido en 1934 en la ciudad de Bogotá, Luis Alejandro Velasco se enroló en la Armada colombiana. A bordo del ARC Caldas llegó hasta Mobile, donde esperó 8 meses, junto a sus compañeros, la reparación del destructor para regresar a Colombia.

Fue el 28 de febrero de 1955 cuando un golpe de mar se llevó a Velasco de la cubierta donde se encontraba junto a otros marineros. Fue el único que consiguió subir a la balsa salvavidas arrojada al mar, dando así comienzo a su aventura. Tras 10 días sin comer más que dos pedazos de pez crudo y tan solo bebiendo unos sorbos de agua salada, perseguido por los mismos tiburones arribó sin sentido a las costas de su país.

Allí esperaba un reportero que colaboraba en la redacción de “El Espectador” de Colombia que respondía al nombre de Gabriel García Márquez. Apenas tuvo noticia el periodista de lo ocurrido decidió hablar de él en una serie de crónicas publicadas por “El Espectador” en abril de 1955 bajo el título de “La verdad sobre mi aventura”.

Pero aún tendrían que pasar 15 años antes de que el mundo entero conociera la historia de este náufrago gracias a que García Márquez publicara su obra. Nada más hacerlo, el escritor cedió los derechos de autor de su obra a quien la había vivido. La cantidad, cifrada en 2.000 dólares anuales, dejó de ser suficiente en 1983, cuando Velasco exigió los derechos de traducción de la obra que por entonces estaba traducida a 37 idiomas. Todo concluyó con la pérdida de todos los derechos de aquel marinero. Velasco, sin embargo, se arrepintió y pidió perdón al escritor poco antes de morir por haber ensuciado su imagen.

Licenciado con honores de la Armada tras el naufragio, «fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de belleza y luego aborrecido por el Gobierno y olvidado para siempre», escribe García Márquez.

Ya en el olvido, Velasco trabajó como agente comercial de una empresa de seguridad en Bogotá. Sus hijos siempre admiraron su capacidad para contar historias. En 1995 publicó una en la que contaba su propia versión sobre el naufragio.

Luis Alejandro falleció en su ciudad natal el 2 de agosto del 2000.

García Márquez presenta a Luis Alejandro como un personaje real, joven e impaciente pero al tiempo calculador: “Hice mis cálculos...”, “dos o tres horas calculé...” Aunque en un primer momento se pueda pensar que tal vez solo fuera la desesperación la que le hiciera volverse así, esta característica se observa también al principio del libro: “...saqué en horas la cuenta del tiempo que nos faltaba para llegar a Cartagena..., lo que si podría ser es que el ansia por volver a tierra sin sufrir ningún percance como imaginaban después de haber visto “El motín del Caine” le hacía calcular el tiempo una y otra vez.

En todos sus cálculos se observa, a lo largo de toda la obra, que hacen referencia al tiempo. Desde el principio hasta el último día, cuando llega a la playa, resalta una y otra vez la hora y el día en el que se encuentra. (Se explica más detalladamente en el capítulo “el tiempo”)

Tal y como todos los jóvenes, tanto de entonces como de hoy en día, a Alejandro le gustaba divertirse, salir con su novia o sus amigos, incluso navegando pensaba en salir por la noche a celebrar la llegada a Cartagena: “Pensaba dormir tan pronto como entregara la guardia, para poder divertirme esa noche en tierra firme...”

Compañerismo, supo que también se le puede llamar así aunque se trate de la marina. Velasco ayudaba a sus compañeros en lo que podía, así se refleja en su actitud con Miguel Ortega: “No podía moverse [...] le ayudé a incorporarse y lo coloqué en su litera de babor [...] -vamos a conseguir que no hagas la guardia- le dije.”

Tanto con su novia, Mary Adress, como con sus amigos del barrio Olaya o su familia de Bogotá Luis Alejandro era bastante “fiel”. Escribía cartas todas las semanas a todos y cada uno de ellos, como él mismo decía: “nunca he sido perezoso para escribir” Así le había prometido a Mary escribirle dos veces por semana.

Valiente: no he sabido muy bien si era valentía o un desarrollado instinto animal para defenderse de los tiburones lo que le impulsaba a pelearse a golpes de remo con esas fieras. De lo que si estoy segura es de que antes de haber pasado cinco días en esa balsa no lo habría conseguido.

“Nunca creí que un hombre se convirtiera en héroe por estar díez días en una balsa, soportando el hambre y la sed. Yo no podía hacer otra cosa. Si la balsa hubiera sido una balsa dotada con agua, galletas empacadas a presión, brújula e instrumentos de pesca, seguramente estaría tan vivo como ahora. Pero habría una diferencia: no habría sido tratado como un héroe. De manera que el heroísmo, en mi caso, consiste en no haberme dejado morir de hambre y sed durante diez días.”

Lo que más me ha interesado de esta obra no ha sido el antes, ni el durante, sino el después, el desenlace que casi no explica el libro. He elegido este fragmento del relato porque considero que lo que se tendría que aprender de éste es el ánimo de lucro de todos y cada uno de nosotros. Aunque García Márquez no habló de ello en su obra, ya que ni él mismo sabía lo que iba a suceder, lo que más me ha impresionado ha sido la vida del protagonista después de su recuperación: su fama.

Velasco, en este fragmento, explica el porqué de su heroísmo, ni tan sólo se daba cuenta de a que le llevaría éste. Su heroísmo se convirtió en fama lo que pasó rápidamente a ser un terrible afán de conseguir dinero y poder. Así, en 1983 Velasco reclamaba sus derechos para embolsarse los beneficios de la traducción de su experiencia a más de 35 lenguas, después de que el mismo García Márquez le hubiera cedido los beneficios netos de la edición y ventas de la obra en castellano. Al final todo concluyó en un juicio que determinó que Luis Alejandro se quedara sin ninguno de los derechos, ni tan solo los que ya tenía. Finalmente, poco antes de su muerte pidió perdón al autor de su obra y murió olvidado.

Eso nos demuestra que lo que tenemos que lograr con nuestras acciones es superarnos a nosotros mismos y conformarnos con lo que saquemos de ello, aunque no sea nada. Lo más importante no es lo que los demás vean en ti, o en lo que has hecho, sino lo que tu sientas, lo que a ti te infunda respeto por tu propia persona es lo que te ha de mover.

Gabriel Gracia Márquez nació el 6 de Marzo de 1928 en Aracataca, un pueblito en la zona atlántica de Santa Marta en Colombia. De allí sale el nombre de Macondo que es un pueblo que aparece en varias de sus novelas ya que Macondo era una plantación de bananas en Aracataca. En 1940 a los 12 años se mudó a Bogotá para estudiar con los jesuitas, se recuerda a él mismo en esa época como “ Un niño de ojos brillantes y atónitos.” Apenas conoció a sus padres y a su madre la vio por primera vez cuando tenía siete u ocho años, ya que esta lo había dejado al cuidado de sus abuelos a los que recuerda como seres fabulosos.

También dijo: “... sus estudios secundarios y su encuentro con el derecho en la Universidad de Bogotá le interrumpieron la fábula personal que se venía contando y que pudo retomar después...” Fue en ese momento cuando empezó a leer a Joyce y a Kafka y escribió cuentos imitándolos y trucándolos con resultados negativos ya que por allí no iba su camino y dijo: “ Destruiría estos cuentos si los tuviera al alcance de mi mano.”, pero ya habían sido publicados por el periódico “El Espectador”.

Tenía que trabajar de algo para ganarse la vida así que aprovecho sus ganas de escribir para meterse en el periodismo, que estudió en la Universidad de Cartagena de Indias y fue uno de sus odiados cuentos el que en 1946 le abrió las puertas del periodismo. Trabajó durante muchos años en “El Espectador” como redactor y reportero. Por esos años hizo las entrevistas que finalmente darían fruto varios años después a su famoso libro Relato de un Naufrago.

En 1954 el diario lo mandó como corresponsal a Europa, fijó su residencia en Roma y allí descubrió el Centro Cinematográfico Experimental, al que se suscribió inmediatamente y fue donde consiguió un curso de director de cine, mientras enviaba a Colombia sus impresiones y juicios críticos sobre las películas del día.

Después de Roma fue a París y de allí viajó por toda Europa, mientras empezó a proyectar un libro secreto que constaba de muchos capítulos, uno de ellos se estiró tanto que terminó siendo un libró que se llamó El coronel no tiene quien le escriba.

Todo anduvo bien hasta 1955 cuando la dictadura de Roja Pinilla clausuró “El Espectador”. Pasó un año de suma pobreza sin saber cuando comería y viviendo en un cuartucho del Barrio Latino cerca del Panteón, en París. Por esa época se publico La Hojarasca

En 1956 volvió a Colombia y se casó con su novia Mercedes que lo esperaba hacía cuatro años. Se mudaron a Caracas donde trabajó mientras terminaba un capitulo más de su libro secreto que se llamaría Los funerales de Mama Grande. En 1956 cuando Castro entró en la Habana lo eligieron para que abriera la oficina de Prensa Latina en La Habana y Nueva York. Al año representó a Prensa Latina en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Sus relaciones se deterioraron con Prensa Latina y renunció a su puesto.

En 1961 se fue a vivir a México con cien dólares y cuando se los acabó se dio cuenta que necesitaba trabajar más duro, terminó su novela La Mala Hora ( donde se trata por primera vez el tema de la represión política y la tiranía de los gobiernos) y ese año ganó varios premios literarios, entre ellos el premio Nacional de Literatura de Colombia, pero eso no le daba para vivir. Por lo tanto se puso a escribir guiones para películas y un de sus cuentos, En este pueblo no hay ladrones, fue filmado para el festival de Locarno en 1965.

Su consagración definitiva se produjo en 1967 cuando publicó Cien años de soledad donde se puede ver con claridad el realismo mágico latinoamericano que es su principal característica literaria. En 1968 junto con otro grande, Mario Vargas Llosa, escribe una crítica literaria llamada La novela en América Latina. En 1973 recibe el premio II Romulo Gallegos.

En 1975 publica El otoño del patriarca.

En 1982 es galardonado con el premio Nobel de literatura por su brillante carrera literaria.

En 1991 adaptó para la Televisión Colombiana el guión de la novela María del escritor colombiano Jorge Isaacs.

Otras obras de Gabriel García Márquez son:

Crónica de una muerte anunciada (1981)

El amor en los tiempos del cólera (1983)

Textos costeños (1981)

Entre Cachacos (1983)

La increíble y triste historia de cándida Eréndida y de su abuela desalmada (1972) (Cuento)

Ojos de perro azul (1972) (Cuento)

Doce cuentos peregrinos

El general en su Laberinto

Personalmente el libro no me ha aportado nada relevante acerca de la vida en una balsa. Nunca me ha ocurrido nada semejante pero tampoco es algo tan inalcanzable suponer lo que pasaría de encontrarse alguien en esta situación.

Por otro lado, aunque la historia no me agrade ya que, a mi edad, la encuentro insustanciosa, me gustaría felicitar a García Márquez quien me ha demostrado, una vez más, su gran habilidad para la escritura. Cierto es que lo que a mi no me atrae, la falta de acción, de sucesos, de vida diaria, es lo que hace especial esta gran obra. ¿Cómo narrar diez días de profunda soledad en dónde lo único que hace el personaje es luchar contra la muerte? ¿Cómo alcanzar el no aburrir al lector explicando tan sólo el sufrimiento y las ganas de morir? Él lo consigue como, sin duda, no podría hacerlo nadie.

La historia de la historia

Historia real incluyendo los hechos ocurridos después del accidente

Argumento

Argumento de la obra.....................................................................................2

El tiempo:

Analisis de citas y comentarios.......................................................................4

Personajes secundarios:

Descripciones de los personajes según la obra...............................................5

Luis Alejandro Velasco:

La biografía real del protagonista incluyendo el después

Velasco en la obra:

Analisis del personaje principal......................................................................6

El heroísmo

Analisis del fragmento que más me ha gustado

El autor

Biografía de García Márquez..........................................................................7

Opinión personal.........................................................................................................8

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