Postmodernidad

Cultura y filosofía contemporánea. Definición. Pensamiento postmodernista. Origen. Ideólogos burgueses. Sociedad. Estructura. Grupos sociales. Ciencia y tecnología. Poder. Teoria feminista. Esencialismo. Iluminismo. La religión. Texto biblíco. Moda

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La posmodernidad

La posmodernidad se inicia con un desencanto y desconfianza en la razón ilustrada y la metafísica tradicional, lo que conduce a una debilidad de pensamiento. Esta “posmodernidad débil” ha sido propiciada por un conjunto de pensadores que ponen en tela de juicio los axiomas filosóficos que caracterizaban épocas anteriores.

Comúnmente se tiende a confundir los términos de posmodernidad y postmodernismo, es por esto que se hace necesario aclarar las diferencias que existen entre estos dos conceptos:

La posmodernidad es un término que describe la condición cultural e intelectual contemporánea, y como tal hace referencia al discurso intelectual y especialmente filosófico que incide en la multidireccional cultura y sociedad de los últimos tiempos. El término postmodernismo, en cambio, hace referencia a un tipo concreto de discurso, que argumenta o interpreta diversos planteamientos teóricos, y en el cual se instaura la problemática e inquietudes de un nuevo tipo de ficción lejos ya de los cánones tradicionales, a la que suele aludirse con el genérico y no menos problemático término de ficción posmodernista.

La posmodernidad es un fenómeno cultural mucho más amplio y un término bastante neutro. Se puede afirmar que está en todas partes, en la publicidad, en los edificios, en la narrativa, en la música, en nuestra vida cotidiana, en la forma de vestir, de hablar, etc (Frederic Jameson). La posmodernidad es en cierta medida, la condición de nuestro tiempo. El postmodernismo en cambio, es una serie de argumentaciones, tesis, proposiciones; es una interpretación de la historia y de la política, de la ética y de la relación entre ética y política.

II. Posición Teórica: postmodernismo

ð Definición

Es difícil hallar una definición de posmodernidad como tal vez se podría encontrar de otras ideologías pues no es sencillo conceptualizar algo que está ocurriendo en este mismo instante. El concepto de postmodernismo, es tan posmoderno que significa muchas cosas. De acuerdo con Capra la humanidad está transitando por uno de los momentos de cambio más importante de su historia, comparable con el surgimiento de la agricultura. El postmodernismo es una clasificación filosófica de este momento histórico de tránsito, propio de un periodo de crisis que afecta sensiblemente a la sociedad.

Para Humberto Eco el postmodernismo es una tendencia que no debe ser categorizada simplemente como un periodo cronológico (actual) propio de Occidente, sino que es una categoría espiritual o meta histórica que trasciende, va más allá, hace referencia a una situación de crisis propia de cada época. Cuando lo clásico, entendido como un conjunto de experiencias depuradas y decantadas en el tiempo asimiladas e interiorizadas por el colectivo, se convierte en una carga pesada, surge el deseo de liberarse, de abrirse a nuevos caminos. Así, el postmodernismo intenta destruir el pasado, buscar un nuevo lenguaje, pero sin referencias a las que aferrarse.

El postmodernismo es, para Jameson y para Anderson, la atmósfera simbólica de nuestros días: sus fundamentos sociales son el dominio mundial del capital financiero y la unificación electrónica del planeta. El postmodernismo es también la señal cultural de un cambio en el horizonte existencial de la gente. La vida se desenvuelve ahora únicamente en el presente sin una visión clara de pasado o futuro, un estilo basado en la nostalgia sustituye la memoria social y los relatos utópicos. Tiene la necesidad de cuestionar los grandes ideales de la sociedad válidos desde la época ilustrada y así, tras dudar de la validez de la razón, dice adiós a todo fundamento y a los grandes principios que regían la modernidad para abrirse a una nueva época en la que reina la indeterminación, la discontinuidad y el pluralismo.

La posmodernidad se puede definir desde un punto de vista de la libertad humana, la libertad de librarse de los mandatos, según los generadores de esta teoría de pensamiento, si hay ya sean reglas, leyes, o todo aquello que haga del ser humano una especie encerrada en mandatos no podrá ser feliz.

El pensamiento posmodernista guía al ser humano en una vida de libertad, en una libertad que no es destructiva para la actual sociedad, sociedad que no es regida por reglas y por teorías, más bien de una manera destructiva mira a su alrededor medita y crítica tanto la realidad como a las teoría que han surgido para la aparición ya sea de la tecnología y avances en lo humano. Realmente no cree en los descubrimientos de la ciencia ni en la realidad que esta pueda dar, pues el postmodernismo critica a la ciencia a tal punto que su argumento es decir que los cambios tecnológicos se han dado dependiendo de la perspectiva humana que pueda tener cierto individuo al estudiar cualquier cosa que lo rodee en el mundo y el universo.

Como ejemplo los posmodernos critican la forma de estructurar las sociedades antiguas los llamados antropólogos, pues éstos fabrican la realidad desde su punto de vista para ciertas civilizaciones que existieron anteriormente. Si se es antropólogo y se estudia cierto grupo social que existió tiempo atrás, como ser humano se puede tener atracción como también se puede tener repudio a ciertas costumbres que este grupo pudo haber practicado, y así se genera una historia de vida a partir de los gustos y disgustos que se percibieron al estudiar este grupo social, es decir se genera una historia desde el punto de vista de la persona que estudia a otras personas.

Relacionado con la falta de verdades absolutas aparece otro elemento distintivo del postmodernismo: el abandono de la razón y el desprestigio de la idea de progreso, la razón ha sido reemplazada por la estética, por los valores creativos; la categoría de interesante (que es estética) ha sustituido a lo verdadero (que es epistemológica). Así el posmodernista no cree en esa realidad pues es un artificio generado por la raza humana.

Debido a la falta de confianza en la razón hay una pérdida de preocupación por la realización colectiva, y resalta un interés por la realización de uno mismo. Esto se observa en el retorno a lo religioso: hay un "boom" de lo sobrenatural y de las ciencias ocultas (quiromancia, astrología, videncia, cartas astrales, cábalas, etc.). En la posmodernidad, a diferencia de la modernidad, no hay prejuicio en aceptar explicaciones por más irracionales que sean. Además de un retorno de lo irracional; también retorna Dios. El Dios del individuo posmoderno no pude ser demasiado exigente. Puesto que el individuo posmoderno obedece a lógicas múltiples, su postura religiosa también las tiene; estructura su mundo metafísico tomando ideas judaístas, cristianas, hindúes y añadiendo, quizás, una pizca de marxismo y/o paganismo.

El individuo posmoderno obedece a lógicas múltiples y contradictorias entre sí. En lugar de un yo común lo que aparece es una pluralidad de personajes. Todo lo que en la modernidad se hallaba en tensión y conflicto convive ahora sin drama, pasión ni furor.

Los posmodernos rechazan las ideologías modernas del siglo XIX, mezclan aspectos de distintas ideologías, actitud que les parece libertaria y creativa permitiendo romper esquemas fijados. El postmodernismo disuelve las ilusiones de la modernidad y a diferencia de la modernidad que era ingenuamente optimista,  lleva una carga pesimista. Además, mientras que el modernismo sólo lograba captar una audiencia de élite, el postmodernismo se muestra capaz de extender su hegemonía por doquier y borra cualquier diferencia entre lo que antaño se denominaba "alta" y "baja" cultura.  Los posmodernistas sostienen desde la "filosofía de la sospecha", el fin del humanismo, del dominio del sujeto trascendental al que identifican con la razón metódica y la destrucción de la subjetividad. Construyen una salida antirracional, en donde el "nuevo hombre liberado", es un ser pasivo y sin proyectos.

La filosofía de la sospecha absorbe el mundo exterior en forma pasiva, imponiéndosele los objetos que vienen desde afuera. El sujeto no pregunta, y si lo hace, sabe que la respuesta ya ha sido formulada.

Se dice que el deseo de saber demasiado sólo puede traer males. Opinan que el "pensamiento débil" tiene dos grandes ventajas:

A.1. Buscar el sentido único para la vida conlleva una apuesta demasiada alta (todo o nada).

A.2. Todo aquel que cree tener una gran idea trata de ganar para ella a los demás y, cuando estos se resisten, recurrirá fácilmente a la implementación de la fuerza.

El individuo posmoderno renuncia a buscar un sentido único y totalizante para la vida. La suya es una postura confortable, alérgica a las exigencias radicales. Los posmodernos renuncian a discutir sus opiniones; "vive y deja vivir".

Los posmodernos buscan crear una nueva forma de pensamiento que permita la liberación del ser humano y que lo libere de la opresión en la que vive. De esta forma busca acabar con las estructuras y sistemas sociales de la época, para promover una nueva forma de desarrollo humano. Debido a esto, es que la posmodernidad busca desarrollar ideas claras acerca de su ideología que reflejen su pensamiento y busquen acabar con el esquema de la modernidad.

Estas ideas sustentan la posmodernidad, sin embargo, no pueden ser legitimizadas académicamente porque resultaría contradictorio con la condición posmodernista, ya que ésta no necesita legitimizarse porque es una condición que no propone nada ni abraza utopías. Estas ideas posmodernas son las siguientes:

A.1. La conducta de la sociedad debe guiarse más por los impulsos de los individuos, es decir, por las inquietudes y deseos de éstos, y debe dejar un poco más de lado los sistemas sociales, es decir, los pensamientos e ideas que han sido establecidos anteriormente por la sociedad, ya que no se estaría tomando en cuenta la opinión de cada individuo, sino que se estaría siguiendo con una conducta establecida por unos pocos, pero que rige sobre muchos.

A.2. La ciencia debería dar un cambio y salirse del esquema de que puede analizar al individuo, no todo en el ser humano es racional y pretender estudiarnos a todos por igual sería un error grave dentro de la cultura posmoderna, debido a que una de las cosas importantes dentro de la posmodernidad es la pluralidad.

A.3. Es importante rescatar los discursos y opiniones de los otros, dejando a un lado el discurso unívoco que se vivía antes. Esto ya se ha venido dando gracias a la introducción de los medios masivos de comunicación.

ð Origen.

Se ha dicho que la idea de la posmodernidad fue diseñada por los ideólogos burgueses, con el problema de que la definición que se le ha dado ha sido demasiado rígida o tiesa, para explicar los cambios que se han operado, entre 1979 y 1991.

Lo posmoderno en Francia, designó en un primer momento un estilo arquitectónico. Es precisamente desde la arquitectura donde se comienza a nombrarlo como tal. En Inglaterra adquirió una aplicación más extensa donde se reivindica el derecho al eclecticismo, a la remiscencia del barroco, al sincretismo contra la pureza geométrica; el postmodernismo revalida la ambigüedad, la pluralidad, la coexistencia de estilos, algo así como un todo vale.

Después del triunfo en la arquitectura el postmodernismo se extendió al arte en general, a la sociología, a la filosofía, etc.

Se considera como la ideología de la sociedad de consumo y del individualismo capitalista.

Históricamente, se podría afirmar que la posmodernidad surgió debido a una serie de crisis que se venían dando en diferentes sistemas sociales que operaban (u operan) en los últimos años, uno de los principales es el Sistema Capitalista.

Actualmente sabemos que el capitalismo ha pasado por diferentes crisis periódicas, un ejemplo es la de la Depresión de 1929. Asimismo una de las razones por la que más se ha pensado que el capitalismo ha entrado en crisis, es que ha hecho que el mundo se divida en dos bandos, los ricos quienes sustentan el poder en sus manos, y son dueños de los principales sistemas de producción, y los pobres que por el contrario están sometidos a los estatutos que los poderosos impongan, pasando por grandes calamidades y situaciones de miseria. Observando estas injusticias humanas es que el postmodernismo busca una salida a este problema, revelándose contra todas las consecuencias que el capitalismo ha provocado.

Si bien no se puede hablar de un periodo histórico concreto en el que se constituya la posmodernidad, sí se puede afirmar que la posmodernidad empezó a tener sus primeras manifestaciones en la década de los ochentas, cuando se empiezan a hacer mayores cuestionamientos y críticas a los sistemas sociales, políticos, económicos, que operaban en esos momentos.

ð Características

La caracterización de la posmodernidad ha sido un proceso bastante complejo, debido no sólo a la novedad de este término, sino también a la gran cantidad de diagnósticos, y cuestionamientos a los que se ha sometido esta nueva situación. Para caracterizar y definir la posmodernidad han existido muchos autores que se evocan cada uno a diferentes puntos de vista; mientras unos piensan que es una continuación de la modernidad, apelando al carácter inacabado del proyecto moderno, otros autores un poco más radicales, piensan que la posmodernidad es una rotura radical con el antiguo paradigma de la modernidad. Estos autores piensan que el proyecto de la modernidad está liquidado.

Sin embargo se puede decir que los principales rasgos de esta teoría son:

C.1. Crítica a Europa: critica a la razón europea por haber permitido aberraciones históricas y no considera la cultura europea como modelo.

C.2. Racionalidad de la ciencia: cuestiona la ciencia como única vía para llegar a la verdad; esto porque se considera a la ciencia como un sistema teórico, y a la teoría como aquello que trata de explicar la realidad pero no lo hace en su totalidad.

C.3. Trata de instaurar una condición humana sin utopías.

La critica es la principal arma de este pensamiento, básicamente las criticas surgen debido a que existe un resentimiento a la clase de vida y de pensar del régimen Europeo dado que la Europa a sido la generadora de muchos comportamientos característicos de la ciencia.

III. Cultura

La cultura es un conjunto de rasgos distintivos, que engloban tanto lo material como lo espiritual, lo intelectual y lo afectivo, que caracterizan a una sociedad o grupo social en un periodo determinado. Es la totalidad compleja que incluye conocimiento, creencias, arte, derecho, costumbres y cualesquiera otras actitudes o hábitos adquiridos por el ser humano como miembro de la sociedad, es decir, es aquella libertad que nos permite construirnos y definirnos como seres humanos individuales.

El papel fundamental en el surgimiento de la cultura posmoderna lo tienen las nuevas tecnologías que se apoyan en el lenguaje. Estas son las que han modificado el estatuto del saber, saber que se traduce en cantidad de información y se imbrica de poder. Un saber no universal, sino heterogéneo y que corresponden a los diversos juegos del lenguaje. Se genera una cultura que no es filosófica, más bien se genera una cultura de crítica pues tampoco está de acuerdo con la filosofía.

La cultura posmoderna se caracteriza por la incredulidad hacia los relatos propios de la modernidad, los relatos marxistas, idealistas, iluministas, y también el relato cristiano y el liberal. Además por tener rasgos anglosajones y estadinenses. Pues esta es una cultura de personas muy sedentarias, las cuales sólo observan y viven en las comodidades a pesar de criticar la forma de haber nacido éstas, es una cultura que vive de lo que otros han hecho e investigado. De hecho para las personas posmodernistas su lugar cómodo de vivencia debería ser la ciudad, dado que sólo ahí se puede obtener beneficios de comodidad y en cierta parte la información para elaborar cada vez más en la mente este sentimiento de destrucción de la modernidad.

Esta cultura por ser destructiva desde el punto de vista de las teorías y la realidad también se le puede analizar su comportamiento en lo que es su forma de gobierno, aquí se parece mucho al anarquismo, en el tipo de gobierno el anarquismo define su forma de administrar sus bienes, dice que el gobierno no debe de participar tanto en lo relacionado con los bienes de las personas, se puede decir que las personas no necesitan que un gobierno se meta en sus territorios. Además su idea de la vida es vivir sin tener que soportar mandatos, vivir en libertad pero sin caer en un liberalismo absoluto. Así es la forma de pensar de los posmodernistas pero no tan rigurosamente, pues su forma de vida es tener que vivir sin reglas pero si las hay solo las critican, no tienen porque molestarse.

Este pensamiento al negarse a las demás culturas es a su vez una cultura llena de cibernetismo (de algo que critica), el postmodernismo tiene por decirlo así una cultura virtual, la cual le brinda la información que necesite.

A pesar de su cultura tecnológica cabe decir que los posmodernistas por estar ligados a tanta información pueden tener en su forma de ser diferentes culturas, pues los medios de información acercan cada vez más las diferentes culturas, y por ende se dan a conocer las diferentes costumbres que se dan en todas éstas.

Los enunciados posmodernistas explican que existen diferentes culturas al rededor del mundo porque cada cual se construye la propia, por lo cual también nos dicen que no se pueden tomar decisiones basados en promedios y mucho menos tomando la cultura europea como parámetro.

Una de las experiencia típica de la cultura posmoderna es la percepción del "shock", experiencia disruptiva de la tradicional reflexiva y que W. Benjamín hace 60 años, recortaba al ámbito de la experiencia del arte de vanguardia y al de la tecnología reproductiva y en la actualidad esta presente en todos los campos de la cultura. Si al principio la experiencia del shock fue vislumbrada por Benjamín como transformador de la tradición, en la actualidad se ha convertido en reafirmador de lo existente. Hace tiempo que el shock perdió sus impulsos subversivos para ser parte de las técnicas de la industria cultural y cualquier intento de reavivar su espíritu crítico no tendría ningún sentido. La estética del shock está presente en la realidad más cercana de las personas del mundo de hoy: la de los medios masivos de comunicación. Estética común al video clip, y que no solo remite a un corto producido para una difusión de un tema musical, sino que la televisión, ciertas producciones cinematográficas y literarias reclaman cada vez más parecerse a ese tipo de videos, en donde la caótica proliferación de imágenes fragmentada y desconectadas vuelven imposible una lectura lógica y lineal.

La cultura posmodernista es aquella que contenga todos los principios que nos rigan de tal manera que nos permita ser personas críticas ante las realidades mundiales, que nos entreguen esa libertad que se ha mantenido oculta durante casi siempre, pero sobre todo que seamos personas individualistas, capaces de dar nuestras opiniones personales sin ningún tipo de temor, para así expresar nuestra verdadera esencia como seres humanos. La cultura posmoderna es en definitiva una pluralidad de subculturas que corresponden a diversos grupos sociales y que adquieren su propia legitimación a existir y a coexistir con otras subculturas con igual o similar reconocimiento social.

IV. ¿Existencia o no existencia de Instituciones sociales?

Distintas teorías exponen que las Instituciones Sociales constituyen una compleja estructura que conforma el tejido social a través de las cuales los individuos desarrollan sus acciones, sin embargo el postmodernismo desmiente estas teorías para exponer el concepto que más se acerque a la realidad actual.

A. Grupo Social

Con base en diferentes teorías se puede decir que un grupo social es una agrupación de cierto número de individuos unidos que tiene conciencia de pertenecer al mismo, de que entre ellos existen semejanzas que les permiten diferenciarse de quienes no pertenecen al grupo. También se dice que los seres humanos realizan sus actividades desde un grupo social y que para integrarse a cualquier grupo es necesario someterse a un proceso de socialización que inicia en la familia y que continúa al interrelacionarse con los demás.

Desde el punto de vista posmodernista lo social no tiene gran importancia pues se basa en teorías que guían la realidad, pero que no son exactamente reales. Lo verdaderamente importante es dar la libertad al ser humano de ser social en la forma en que este lo conciba

En las sociedades actuales (posindustriales, posmodernas) el pasar por un proceso de socialización para pertenecer a un grupo social es innecesario ya que el mundo en el que vivimos se ha convertido principalmente en un ente individualista, donde cada uno piensa diferente y puede creer en lo que mejor le parezca. Además el papel de la familia y la escuela como agentes socializadores se van reduciendo al aumentar la influencia de los medios de comunicación de masas que transmiten componentes de la sociedad global. En definitiva el postmodernismo está en total desacuerdo con la existencia de los grupos, debido a que estarían encasillándolos dentro de ciertos comportamientos que limitan la autenticidad de cada ser humano.

B. Sistema Social

El sistema social para el postmodernismo está basado en lo que es la verdad sin tener que

orientarse en diferentes teorías de las realidad humana, se guían por satisfacer sus necesidades ya sean de carácter fisiológico y psicológico, el sistema social no se define puesto que no hay grupos de personas que quieran revolucionar su forma de pensar de tal manera que intenten generar un monopolio de este sistema.

Su sistema requiere de información sólo para observar y criticar la realidad. No es como el pensamiento del Realismo Mágico que se forma desde la adulación del un todo poderoso, en este pensamiento se adula a la persona misma dado que se necesita sólo de una persona para poder regir la vida de cada uno. Se concentran diferentes formas de ver la vida, de sentirla y de diferentes formas de actuar, se da una libertad de querer pensar lo que se quiere, realmente el sistema social para el postmodernismo está incluido en cada individuo que representa a este nuevo pensamiento.

Una posición bastante parecida a la posmoderna es la anarquista. Esta última propone la ruptura de los sistemas en los que exista un soberano o una autoridad, ya que la existencia de un sistema social en el que no halla una jerarquía permite llevar al máximo la libertad individual y la igualdad social.

Estas son ideas fundamentales en el desarrollo de la ideología anarquista, ya que consideran que los seres humanos tienen una capacidad innata que deben explotar en libertad, sin ninguna coacción que los limite; y por supuesto bajo un soberano no pueden hacerlo, ya que se encuentran inmersos en un grupo en el que no pueden ser totalmente libres.

De esta forma se puede llegar a afirmar que los anarquistas son también socialistas, ya que todas las principales ramas del anarquismo están opuestas al capitalismo. Este último está basado en la dominación y la explotación. Como señaló Daniel Guerin en su libro Anarquismo, "el anarquismo es realmente un sinónimo del socialismo. El anarquista es primeramente un socialista cuyo fin es la abolición de la explotación del hombre por el hombre".

El anarquismo no se deriva de las reflexiones abstractas de un intelectual o un filósofo, sino de la lucha directa de los trabajadores contra el capitalismo, de las necesidades de los trabajadores, de sus aspiraciones de libertad e igualdad.

Un aspecto importante sobre el anarquismo que no se puede pasar por alto es el concepto de organización dentro de una sociedad. En el anarquismo no puede existir la libertad desenfrenada, sino que como en toda sociedad debe existir una organización, ya que sino la vida humana sería imposible. Tal y como lo indica George Barret en Objeciones al Anarquismo: "para llegar al sentido pleno de la vida debemos cooperar, y para cooperar tenemos que llegar a acuerdos con nuestros semejantes. Suponer que tales acuerdos significan limitaciones a la libertad es en verdad un absurdo; al contrario, son el ejercicio de nuestra libertad. Si vamos a inventar un dogma sosteniendo que el llegar a acuerdos es dañar la libertad, entonces la libertad se vuelve tiranía inmediatamente, puesto que prohíbe a los hombres los más ordinarios placeres cotidianos."

A través de esta cita queda claro cuál es la posición de los anarquistas, quienes buscan una libertad e igualdad para los seres humano, pero que exista una organización.

Ahora bien, para entender la relación que existe entre posmodernidad y anarquismo había primero que conocer la ideología de esta última. De estas ideologías se puede observar que ambas buscan la abolición de los grupos y sistemas sociales, ya que la existencia de éstos encasillaría la situación del ser humano en un lugar determinado, y no estaría en las facultades de hacer y expresarse como cada persona prefiera, limitando la libertad de la que se habla tanto en la posmodernidad como en el anarquismo. Por lo tanto el sistema social que proponen estas dos teorías es uno tal que no existan grupos sociales, mas sí una organización determinada por todos.

C. Estructura Social

La estructura de los sistemas socioculturales es considerada como el resultado de la combinación de elementos como sexo, edad, parentesco, territorio, especialización y dominación. Para que exista una estructura debe de haber primero un sistema social, pero como ya se mencionó antes el sistema se define dentro del individuo mismo.

Por otro parte la integración y aceptación de distintos valores (morales, ideológicos, culturales...) es uno de los aspectos más apreciados del postmodernismo, pues permite la convivencia pacífica entre diferentes grupos humanos. Dicha consideración igualitaria es un hecho positivo pues rompe con el dogmatismo, fanatismo, etnocentrismo y demás injusticias cometidas por las ideologías modernas.

V. El papel de la ciencia y la tecnología

Uno de los factores que ha hecho que se desarrolle la posmodernidad, ha sido la introducción de la ciencia y la tecnología en la sociedad (donde cada vez se hace más presente). Por ejemplo en la ciencia se encuentra un historiador y filósofo estadounidense Samuel Kuhn, quien afirma que la ciencia no puede desarrollarse con viejas teorías, sino más bien que deben adoptarse aquellas que superen a las anteriores, produciéndose así Revoluciones Científicas, las cuales traen consigo más conocimiento, nuevas ideas y planteamientos, es decir, nuevos "paradigmas". Estos paradigmas se involucran dentro de la ideología posmoderna.

Por otro lado se encuentra la tecnología que también juega un papel determinante en el desarrollo de la posmodernidad. Principalmente los medios de comunicación son los que más han influido, cada persona tiene entretenimiento en sus propias casas, no tiene necesidad de salir a establecer relaciones sociales, con lo que cada ser humano se vuelve más individualista.

Se puede analizar el papel que juega los medios de comunicación en la conformación de la posmodernidad. Ahora se tiene el Internet brindando la más detallada información de todas las cosas que se puedan imaginar, de este modo se enriquece la posmodernidad debido a que si se tiene suficiente información las críticas se generaran con más peso, además que se puede hacer comparaciones entre teorías pues ya se conocerían por medio de los medios de información actuales.

Los medios de comunicación también han permitido acabar con el monopolio de las decisiones mundiales, debido a que todas las culturas tienen la oportunidad de expresar sus opiniones con respecto a los fenómenos de la época, abriendo la participación y la existencia de muchos puntos de vista, rompiendo con lo que tradicionalmente existía, y por supuesto conduciéndonos cada vez más al camino de la posmodernidad.

Según los avances de la actual tecnología se puede observar que la teoría y la realidad han estado muy unidas, y por consiguiente se debe de tomar en cuenta a la hora de definir nuestro propio criterio, acerca de lo que es la sociedad y en que pensamientos se debe avanzar en la vida. El postmodernismo critica todos los puntos de vista de las ciencias pero éstas han llevado a la humanidad a grandes descubrimientos, de hecho las críticas y los cuestionamientos son buenos pues así se puede mejorar los métodos de investigación y los sistemas sociales, pero esto no genera una revolución, no genera un cambio que pueda beneficiar verdaderamente el quehacer humano.

VI. El poder desde la perspectiva posmoderna

“Qué es lo singular del discurso hegemónico que hoy expresa la dominación? Lo que aparece como nuevo es algo bastante antiguo. La significación racional del discurso se manifiesta a través de la imposición de la palabra. Palabra vacía, consigna paralizante, sin entender porque estamos en el mundo.”

  • Habermas -

La palabra vacía con la que se manejan los representantes de los intereses del postmodernismo, paraliza cualquier tipo de acción alternativa, es un envío movilizante, paralizante, es un mensaje que indica el hacer, el quehacer y el pensar. La masa obedece las palabras y sus consignas, y luego las repite.

"Quien domine la jerga no necesita decir lo que piensa, ni siquiera pensarlo rectamente; de esto le exonera la jerga, que al mismo tiempo desvaloriza el pensamiento".

Según el Diccionario de la Lengua, Poder significa dominio, imperio, facultad y jurisdicción de la que dispone el individuo para mandar o ejecutar. Capacidad de imponer la propia voluntad sobre los otros.

Desde el postmodernismo, el poder se traduce en saber, es decir, quien tenga acceso a más conocimiento será quien logre tener más herramientas para someter a los otros y lograr su objetivo. Esta concepción se debe a que se ha dejado de lado aquellas posiciones en donde el poder se consigue con la fuerza, con la riqueza, o simplemente se hereda.

Hoy día, el auge de las tecnologías y la imposición de los medios masivos de comunicación ha obligado a aquellos que deseen obtener poder o posiciones de mando, a empaparse del conocimiento que se requiere para manejar las nuevas invenciones y de este modo buscar estrategias que le permitan llegar a la mente de la población para lograr de ésta las actitudes deseadas por aquellos que lo solicitan.

Existen opiniones muy variadas de lo que significa poder. Por ejemplo el novelista y dramaturgo ruso Mijáil Bulgákov señala que "Todo poder es una violencia ejercida sobre las gentes". Se puede observar que esta posición es bastante radical, debido a que trae a colación la palabra "violencia", la cual da la impresión de fuerza o guerra. Si bien es cierto, esta definición de poder en alguna época pudo resultar bastante acertada, hoy, en plena posmodernidad no tendría tanta aceptación, ya que como se mencionó antes el poder se adquiere de otra forma, a través del conocimiento.

Otra definición sobre lo que significa poder la tiene el periodista y economista Joaquín Estefanía, quien afirma que "el poder es potestad, poderío, prepotencia, preponderancia, dominio, mando, privilegio, pero ante todo es superioridad, ya que argumenta que todo poder es una conspiración contra el débil." Esta definición se podría ajustar un poco más a la definición de poder en la posmodernidad, ya que definitivamente sí se da una conspiración (como él mismo llama) en contra del débil. Sin embargo, el débil en esta caso no es precisamente aquel que no tenga fuerza o riqueza, sino quien no cuente con las herramientas para apoderarse de la información, y que no tiene más remedio que dejarse llevar por lo que la "cultura de masas" le impone a través de los medios de comunicación.

A partir de la globalización se habla de que el poder ha perdido su carácter jerárquico; actualmente es horizontal y se le representa en forma de "red". Este tipo de poder ya no es autoritario, sino que se ha vuelto manipulador. Se puede observar que esta afirmación tiene mucha relación con lo que se mencionaba anteriormente, el poder ya no viene heredado verticalmente, sino más bien se extiende a todos aquellos que logren alcanzarlo.

Para lograr alcanzar este poder horizontal se requiere de la capacidad de jugar con las apariencias y con las emociones, se trata de "parecer" justos y decentes, agradables y sutiles pero astutos. En el juego del poder no se mide al hombre por sus intenciones sino por el efecto de sus acciones.

Un exponente del postmodernismo, Habermas, plantea que el pensamiento posmoderno se halla inundado de un rechazo de las ideas de universalidad, racionalidad, verdad y progreso propio de la modernidad, lo que convierte al "pos" en un "anti" modernismo. Habermas ataca especialmente a quienes están en condiciones de confundir razón y dominación, en la confianza de que al abandonar la razón nos liberaremos de la dominación.

Como es común desde la teoría posmoderna siempre caben contradicciones; por un lado se nos dice que el poder si existe y por el otro nos asegura que una palabra impronunciable es jerarquía. La relatividad cultural a la que conduce el postmodernismo sostiene que no existe una autoridad externa legítima y además que cualquier afirmación de poseer el conocimiento es considerado como un acto de imposición de poder y es puesto a un lado como posición de intolerancia.

James Lacan critica al psicoanálisis y a Freud por apoyar posiciones de poder, el postmodernismo implica el predominio de tendencias de las cuales el psicoanálisis queda a contrapelo pues según Lacan, Freud excluyó lo Real y comenta: “ Quienes se sostuvieron conservando la radicalidad de la falta, lograron que el psicoanálisis despertara enorme interés en el mundo. Quienes creyeron “que sabían” no pudieron lograr que ese interés se conservara... por el contrario, decayó al no ser ya capaz de conmocionar en la medida que se aleja de “decir algo” de alguna verdad.”

Básicamente el poder desde el punto de vista del postmodernismo se puede definir como la concepción de anti-libertad dado que cuando se tiene poder se tiene al ser humano en un estado de opresión de libertad, es un individuo que no puede expresarse como él es no tiene su concepto de vivir dado que se lo han quitado.

El que tiene poder es el individuo que no se quiere tener dentro de este pensamiento, sin embargo el poder se puede obtener por medio del conocimiento, el posmoderno alimenta su mente con los medios de información, por lo tanto el que está más informado tendrá la capacidad de poder ejercer su poder, lo importante es ejercerlo desde un punto de vista que no moleste a los demás en su vida cotidiana, creer que el poder sea una forma de dar un consejo para que el otro individuo no se sienta oprimido por esta situación.

Se debe ver el poder como la comprensión de las ideas entre individuos, que se pueda llegar a un acuerdo, nunca querer oprimir al otro.

A. Comparación Anarquismo-postmodernismo

Al hablar de poder en la posmodernidad, no se puede dejar de comparar con la concepción que tiene la posición anarquista sobre este término.

La anarquía nace por la opresión de los obreros inmersos en un mundo capitalista y explotador.

Según la Anarquía el poder es el que hace sucumbir al ser humano en la maldad hacia los demás entes sociales, de hecho la definición de la palabra Anarquía nos da su pensamiento, Anarquía significa, sin soberano, sin gobierno. Se nota que este significado nos atrapa en una vida sin poder, opresión, sin un gobierno, aunque se destaque mucho que no se quiera tener gobierno, también se habla que no se debe tener mandato en forma general, pues el poder corrompe.

El anarquismo se niega rotundamente a la existencia de un soberano en una sociedad, ya que limitaría la libertad que cada individuo tiene de expresarse libremente, esto al encontrarse bajo el mandato de una persona. Según el anarquismo, cada persona ostenta el poder en sus propias manos, ya que es libre de hacer lo que sus instintos le pidan, claro está sin pasar al grado de libertinaje.

Para los anarquistas, la falta de soberano no debe traducirse en desorden o caos total, ya que dentro de una determinada sociedad debe existir una cierta organización que le permita a los individuos vivir tranquilamente. Sin embargo, esta organización no está liderada por una sola persona, sino por un grupo de individuos que la integran y que ponen a funcionar la sociedad adecuadamente.

La visión de poder que se da en el postmodernismo, tiene varias similitudes con esta posición. Para el postmodernismo no debe existir un líder absoluto que ostente el poder, ya que al igual que el anarquismo, considera que el poder está en el acceso al conocimiento, y que cada individuo puede accesar a él, dependiendo de las herramientas con las que cuente.

B. Liderazgo y Jefatura

Desde la posición posmoderna los líderes son quienes poseen la información. En el último decenio quienes deseen ser líderes más eficaces han tendido a identificar y mejorar los atributos del liderazgo; es decir, las cualidades interiores o personales que hacen al líder eficaz.

Los atributos de un buen liderazgo caen dentro de tres categorías amplias: quiénes SON los líderes (principios, motivaciones, rasgos personales, carácter); qué SABEN los líderes (destrezas, habilidades, rasgos); y qué HACEN los líderes (conductas, hábitos, estilos, competencias).

Los líderes no solamente generan dedicación individual sino también capacidad organizacional. La capacidad organizacional se refiere a los procesos, prácticas y actividades que crean valor para la organización. Los líderes tienen que ser capaces de traducir el rumbo organizacional en las directivas, la visión en práctica y el propósito en proceso.

A todo líder lo identifican una serie de atributos que contribuyen a él, como honestidad, capacidad de inspirar, imparcialidad, capacidad de apoyar a otros. Los líderes de carácter viven los principios practicando lo que predican; poseen y generan en los demás una imagen positiva de sí mismos y exhiben capacidad cognoscitiva y encanto personal en alto grado.

Para ser líder se deberá tener, entonces, las siguientes cualidades:

B.1. Inspirar confianza.

B.2. Poseer carácter e integridad.

B.3. Ser una persona compenetrada de la ética organizacional, que además de querer y saber

vivir, posea las virtudes de humildad, sensibilidad y austeridad.

B.4. Sin ser "técnico", conocer perfectamente los resultados que se pueden lograr a través de las tecnologías específicas que dominan sus liderados.

  • B.5. Concentrar sus fuerzas en lo que es importante.

  • B.6. Ser una persona capaz de corregir rápidamente sus errores.

  • B.7. Ser una persona informada, porque debe estar permanentemente siguiendo, evaluando y juzgando, con sus liderados, los resultados obtenidos por éstos en sus respectivos trabajos

VII. Identidad Posmoderna

A. Personalidad

La personalidad representa a las propiedades estructurales y dinámicas de un individuo o individuos, las cuales se reflejan en sus respuestas características a las situaciones. Esto significa que la personalidad se refiere a propiedades permanentes de los individuos que tienden a diferenciarlos de las otras personas. 

La personalidad posmoderna es muy llamativa dado que una persona posmoderna no le importa expresarse entre las personas pues no le importa el que dirán, tiene una forma de reaccionar ante los demás pues el posmoderno no cree en lo que creen los demás, no tiene como discutirle a otra persona, sino más bien la ignora, pues de echo es una persona que critica a toda costa las cosas de la vida, ve la realidad de las cosas pero la relaciona con el destino, todo lo que sucede porque tiene que suceder y nada más.

Aquí notamos otra contradicción pues un posmoderno no tiene una personalidad de líder pues tampoco cree en un liderazgo, ni en organizaciones para cambiar las circunstancias

B. La Identidad

"La identidad cultural de los diversos pueblos en la actualidad se va homogeneizando o generalizando según ciertas pautas comunes en marcha hacia una cultura estandarizada. Este proceso es propiciado por los poderes generadores de nuevas necesidades de consumo, que manejan a su vez los medios de comunicación social y la producción ofrecida."

La identidad no está dada de antemano: se construye, se aprende, evoluciona. No es algo que nace de una vez y para siempre. El problema de la identidad ha sido quizás el problema esencial de nuestra cultura. La identidad es considerada como la faceta más importante de ciertas luchas tanto pacíficas como violentas. Ha estado presente ante el fenómeno de la modernidad y lo está ante la posmodernidad. La identidad se puede definir como la forma de poder distinguir un individuo que pertenezca a un grupo social de otro. Aquí es importante destacar que la identidad posmoderna no esta bien definida pues los seres posmodernos no se encuentran en grupos relativamente notables en cierta parte del mundo o lugar.

Las identidades constituidas se deshacen: la crisis de alteridad es crisis de identidad, afirma María Cristina Reigadas. Nos vamos alejando de la época en que las identidades se definían por esencias ahistóricas: ahora se configuran más bien en el consumo, depende de lo que uno posee o es capaz de llegar a apropiarse. Las transformaciones constantes en las tecnologías de producción, en el diseño de los objetos, en la comunicación, vuelven inestable a las identidades fijadas en repertorios de bienes exclusivos de una comunidad étnica o nacional."

La posmodernidad es una época globalizada, estandarizada, donde se busca un estereotipo de pensamiento, en el cual las personas se encuentren enmarcadas dentro de ciertos patrones de comportamiento, que lleven a formar una nueva identidad mundial.

La identidad posmoderna se genera de la moda, el posmoderno se viste por ejemplo a la moda, pues total se tiene plata y no se tiene que andar sin ropa, se compra lo que se compra pues eso es lo que está en las tiendas. Es decir, la globalización de la economía está definiendo una identidad más vinculada con los bienes a los que se accede que con el lugar donde se ha nacido.

Para poder hablar más detalladamente de lo anterior, es necesario dar ciertas definiciones para poder explicar lo que se entiende por ellos. La identidad de un pueblo está dada por "lo que un sujeto se representa cuando se reconoce o reconoce a otra persona como miembro de ese pueblo, que constituiría un sí mismo colectivo.

La homogeneización es un proceso según el cual dos o más elementos se van configurando según pautas comunes, hasta adquirir la misma naturaleza o género.

Tras el debilitamiento de la razón y la pérdida del fundamento, el hombre comienza a cuestionarse el sentido de la historia, la verdad y la estructura estable del ser y su sujeto, y a partir de estas reflexiones va elaborando una concepción del mundo que lo rodea y de él mismo radicalmente a aquella existente.

Se da un proceso de suma individualización que permite al individuo elegir de una variada oferta de valores de tipo moral, ideológico, cultural...; permite confeccionarse a modo de rompecabezas su propia identidad individual.

Realmente las identidades posmodernas no se pueden distinguir dado que una persona que profesa este pensamiento está sumergido en un mundo el cual lo rodea mucha gente y muchos pensamientos que se diferencian de este, por lo que se tiene que ajustar a un modo de vida el cual lo hace ser de una manera de costumbre de vida por ejemplo en la cual esta persona vive. Cabe destacar que estas personas se comunican o por lo menos ven el mundo desde el punto de vista de los medios de comunicación, aquí se presenta una forma de comunicación virtual con la aparición del Internet. Se puede presentar que las personas se conozcan sin tener contacto visual o por lo menos corporal. Por lo que se indefine o por lo menos es más difícil definir su identidad.

Un factor que ha resultado determinante en la formación o pérdida de una identidad, ha sido el consumismo que ha venido aumentando en los últimos tiempos. Con el paso del tiempo los hábitos de consumo se van modificando, así como también, la forma de poner el producto en contacto con la gente.

Los medios de comunicación social y el proceso de globalización influyen en este creciente deseo de consumo de los individuos, y por consiguiente también van formando una identidad colectiva de un pueblo, ya sea creándoles nuevas necesidades y haciéndolos dependientes a éstas.

El problema de la identidad ha sido quizás el problema esencial de nuestra cultura. Ha estado presente tanto en la época romántica, la moderna y por supuesto la posmoderna.

En la época romántica se daba una visión del yo, que lo caracterizaba como un individuo pasión, alma, creatividad y moral. El yo estaba guiado, para los románticos, por sentimientos éticos, solidaridad, instintos maternales y aún un cierto grado de placer.

Desde esta época se puede observar cómo el pueblo tenía una identidad volcada totalmente al rescate de los sentimientos, de la conmoción por el otro, de ayuda al prójimo. Esta visión llevaba al pueblo a actuar de una manera en la cual se pensara en los demás, en cómo iban a afectar nuestras acciones a aquellos que estaban cerca de nosotros.

Esta visión romántica, sin embargo, se ha deteriorado bastante en nuestro siglo y fue en parte reemplazada por una concepción modernista de la personalidad, según la cual los elementos claves del funcionamiento humano son la razón y la observación.

Las personas no se guían ya por ideales sublimes sino por una razón más bien práctica. Los modernistas creían que los hombres podían descubrir la esencia del universo y de la misma condición humana.

El ser humano moderno tenía una identidad muy diferente al romántico. Su identidad se volcaba más a la parte racional del ser humano; sus acciones estaban planeadas de una manera muy práctica, y actúan con los demás, partiendo del supuesto de que todas las personas son a su vez lógicas y prácticas.

La posmodernidad va dejando atrás las visiones románticas y modernas del yo, y va proponiendo un yo saturado por la gran diversidad de relaciones sociales fomentadas por la tecnología.

En la época actual, los medios de comunicación han dejado de estar en manos de unos pocos y se han vuelto interactivos, permitiendo que cada persona haga y envíe imágenes en lugar de simplemente recibirlas, como antes.

Según Alvin Toffler, la consecuencia directa de este proceso es una acentuación de la individualidad, es decir, vamos progresivamente haciéndonos más diferentes unos de otros, y ello por dos motivos: primero, porque al ofrecérsenos una gran diversidad de modelos a los cuales identificarnos, configurará un yo único. Segundo, porque al tener cada uno de nosotros la oportunidad de proyectar su imagen al mundo, pretendemos mostrar aquello que nos diferencia y que nos identifica.

Esta opinión de Toffler calza muy bien dentro de lo que es la formación de la identidad en la posmodernidad. Al encontrarnos cada uno de nosotros frente a tanta invasión de productos, tanta masificación de las opiniones, ideas y pensamientos, buscamos algo que nos diferencie de los demás, algo que nos haga únicos y que nos permita destacarnos de alguna manera, y no convertirnos en simples robots de aquellos que ostentan el poder y que tratan de manipularnos a su antojo.

Otro autor que nos habla de la identidad en la época posmoderna es Kenneth Gergen. Él habla de cómo las relaciones sociales han ido cambiando en los últimos tiempos. Por ejemplo hace apenas un siglo el contacto social se circunscribía a un espacio físico inmediato, teníamos contacto diario sólo con nuestros vecinos y seres físicamente próximos, pero hoy ya es distinto: merced a las tecnologías de alto nivel podemos relacionarnos en cualquier momento con cualquier persona de cualquier parte del mundo, con la cual se han multiplicado enormemente las relaciones sociales. Esto impuso nuevas formas de vida, nuevas formas de vincularse. El hogar familiar ya no es más aquel nido estructurado sobre la base de relaciones íntimas, sino un lugar de paso, donde cada uno mantiene relaciones con el exterior, con amigos, con usuarios lejanos de Internet.

De aquí podemos comparar estas dos posiciones, resaltando que Toffler afirmaba que en la era posmoderna el ser humano se tornaba más individualista. Gergen en cambio dice que el ser humano va perdiendo cada vez más su individualidad por obra de las tecnologías. Sin embargo aunque pareciera haber una contradicción entre los diferentes puntos de vista, no la hay, ya que ambas constituyen fases de un mismo proceso: en la medida en el que el yo se satura de nuevas y variadas experiencias siente que se desestructura, que se desintegra y que pierde así su identidad, su individualidad, pero, en una segunda fase, este mismo yo saturado da paso al yo configurador de Toffler, que intenta poner un orden en aquella confusión.

Los yoes romántico y moderno sí eran individualistas, aunque cada cual a su manera: habían logrado consolidar una identidad, bien basada en la pasión o bien en la razón.

El yo posmoderno aún está buscando esa identidad, persiguiendo una individualidad pero al mismo tiempo criticando y renegando del individualismo romántico y moderno. El yo posmoderno se opone a estos intentos dogmáticos por definir la esencia humana proponiendo el libre juego del ser, es decir, no dando definiciones a priori de lo que es el hombre sino dejando que éste se desarrolle libremente, pudiendo así encontrar todas sus potencialidades y posibilidades de crecer.

Esta actitud determinante del yo posmoderno, se ha visto reflejado en muchos casos que últimamente están cobrando mucho auge, como es la formación de la identidad de los grupos minoría que se forman en nuestro país. Por ejemplo los homosexuales y feministas.

C. Feminismo Posmoderno y Teoría del Género

El feminismo posmoderno es una tendencia que va de acuerdo con la concepción de mujer según Julia Kristeva, quien dice que: “ mujer no representa tanto un sexo como una actitud.”

Paulo Navarro comenta que cuando habla de feministas posmodernos se refiere a toda persona (hombre o mujer) con capacidad de distinguir que algo está cambiando, que una filosofía dominante impuesta desde hace siglos se está modificando porque ya no funciona, porque se ha desmitificado o deconstruído.

C.1. El postmodernismo y la teoría Lesbiana y Gay

En los años 80 se produjo un repentino entusiasmo por la obra de los Maestros del postmodernismo -Lacan, Foucault y Derrida- seguido de su incorporación a la teoría feminista. En el momento actual el proyecto de elaborar una teoría lesbiana independiente aparece como una empresa extravagantemente separatista. las estrellas de la nueva teoría lesbiana y gay, Judith Butler y Diana Fuss, son ambas mujeres, aunque se dedican a reciclar un feminismo fundamentado en los Maestros postmodernos - en su mayoría gays - que no hiera la sensibilidad de los gays.

La versión del género introducida por la teoría lesbiana y gay es muy distinta del concepto de género de las teóricas feministas. Se trata de un género despolitizado, aséptico y de difícil asociación con la violencia sexual, la desigualdad económica y las víctimas mortales de abortos clandestinos. Quienes se consideran muy alejadas de los escabrosos detalles de la opresión de las mujeres han redescubierto el género como juego. Lo cual tiene una buena acogida en el mundo de la teoría lesbiana y gay porque presenta el feminismo como diversión, y no como un reto irritante.

Fijémonos ahora en las autoridades que cita la nueva teoría lesbiana y gay. En las notas de su introducción, Diana Fuss cita a Judith Butler, a Lacan, en varias ocasiones a Derrida, a Foucault y a nueve varones y dos mujeres más. Lo cual resulta verdaderamente sorprendente, teniendo en cuenta el importante corpus de teoría feminista lesbiana original que podría servir de fuente de inspiración; pero estas obras no existen para la nueva teoría lesbiana y gay.

En la raíz del problema de género en la nueva teoría lesbiana y gay se halla la idea del predominio del lenguaje y de las oposiciones binarias que procede de Lacan y de Derrida.

El lenguaje adquiere una importancia sin par. Mientras que otras feministas consideran el lenguaje un factor importante, en medio del panorama de otras fuerzas opresoras que perpetúan la opresión de las mujeres - las restricciones económicas, la violencia de los varones, la institución de la heterosexualidad -, para las nuevas abogadas posmodernas de la teoría lesbiana y gay el lenguaje se convierte en un asunto primordial. El lenguaje actúa a través de la construcción de falsas oposiciones binarias que controlan misteriosamente la manera de pensar y, por consiguiente, de actuar, de las personas.

La feminista posmoderna excluye a los varones del análisis. El poder se convierte, en sentido foucaultiano, en algo que navega por ahí en perpetua reconstitución, sin cometido real y sin conexión alguna con las personas reales. Por consiguiente, Judith Butler adscribe el poder a ciertos "regímenes", afirmando que "los regímenes de poder del heterosexismo y del falogocentrismo persiguen su propio crecimiento por medio de una constante repetición de su propia lógica...":

El hecho de que la heterosexualidad esté en un continuo proceso de autointerpretación es prueba de que se encuentra en peligro constante: "sabe" de su posibilidad de desaparecer.


Dentro de la teoría feminista, Butler denomina movimiento "pro-sexualidad" a aquel que mantiene que la sexualidad "se construye siempre en términos del discurso y del poder, entendiendo parcialmente el poder como ciertas convenciones culturales heterosexuales y fálicas". Corrobora esta definición y afirma que resulta imposible construir una sexualidad en los márgenes de estas convenciones:

Si la sexualidad es una construcción cultural dentro de las relaciones de poder existentes, el postulado de una sexualidad normativa "antes", "en los márgenes" o más allá" del poder representa una imposibilidad cultural y un sueño políticamente inviable que demora la misión concreta y actual de repensar todas las posibilidades subversivas, para la sexualidad y para la identidad, dentro de los propios términos del poder.

El feminismo en su acepción habitual ha sido declarado imposible. La teoría posmoderna se utiliza para apoyar el proyecto libertario sexual y, más concretamente, el sadomasoquista.
La mayoría de las feministas de los setenta y de los ochenta probablemente se habrán encontrado luchando en favor de la eliminación del género y de la sexualidad falocéntrica.

Las ideas de las obras de los Maestros postmodernos resultaron sumamente convenientes porque constituían una justificación intelectual y permitían anular y ridiculizar desde la academia cualquier objeción feminista. En Gender Trouble, Judith Butler demostró que el psicoanálisis de antaño, representado por un trabajo de Joan Riviere de 1929 sumado a unas declaraciones de Lacan sobre la femineidad como mascarada y parodia, pueden ser utilizados por las nuevas teóricas lesbianas y gays procedentes de los estudios culturales en defensa de la representación de la femineidad por las lesbianas como una estrategia política. En otro lugar esta representación es llamada "mimetismo", aunque esta palabra no se adecua al análisis de Butler, dado que sugiere la existencia de un original que es mimetizado.


Según Luce Irigaray, mimetizar significa "asumir el rol femenino a propósito... para rendir "visible" a través de un juego de repeticiones algo que debe permanecer invisible..." Representar lo femenino significa "decirlo" con ironía, entre comillas, como hipérbole, o como parodia. En el mimetismo y también en el campo, la ideología se "hace" con el fin de deshacerla y así aportar nuevos conocimientos: que el género y la orientación heterosexual que debe asegurarlo son antinaturales e incluso opresivos.

Sin embargo, Tyler critica esta idea. Apunta que si todo género es una máscara, resultará imposible distinguir la parodia de lo "real". Lo real no existe. De esta manera el potencial revolucionario se pierde.

Aparte del retorno al género, hay otro aspecto del enfoque posmoderno de los estudios lesbianos y gay que no parece constituir una estrategia revolucionaria claramente útil. Se trata de la incertidumbre radical respecto de las identidades lesbiana y gay. Tanto los teóricos como las teóricas adoptan una postura de incertidumbre radical. Para los incipientes movimientos lesbiano y gay de los setenta, nombrar y crear una identidad eran cometidos políticos fundamentales. Nombrar tenía una especial importancia para las feministas lesbianas conscientes de cómo las mujeres desaparecían normalmente de la historia de la academia y de los archivos, al perder su nombre cuando se casaban. Éramos conscientes de la importancia de hacernos visibles y de luchar por permanecer visibles. La adopción y la promoción de la palabra "lesbiana" eran fundamentales, ya que establecían una identidad lesbiana independiente de los varones gays.

Las teóricas y los teóricos del postmodernismo lesbiano y gay tratan de erradicar incluso el concepto de una identidad temporalmente estable. Tras este empeño subyacen tres cuestiones políticas.

La primera es el miedo al esencialismo. No parece ser una cuestión especialmente relevante para las feministas lesbianas, que son conscientes de que su identidad lesbiana es una construcción social deliberada y claramente intencional. Preocupa, sin embargo, sobre todo a los teóricos gays masculinos que se hallan ante una cultura gay mucho más arraigada en la idea de una identidad esencial que la lesbiana. La preocupación de los varones gays por el esencialismo ha derivado en una especial atención de la teoría gay y lesbiana a este tema.

Las autoras posmodernas anuncian con fervor la importancia de su postura subjetiva, no vayan a pensarse que aspiran a la universalidad o a la objetividad. Las feministas lesbianas desarrollaron su propia versión - al margen de la teoría posmoderna- en los boletines informativos de los ochenta, donde se encuentran descripciones del siguiente orden: "ex-hetero, clase media, obesa obsesa, fem, libra", etc; sin embargo, habitualmente estaban seguras de todos estos aspecto de su identidad.

La teoría lesbiana actual está generalmente menos dispuesta a cuestionar o abandonar la idea de una "esencia lesbiana" junto con la política de identidad que deriva de esta esencia común. Por otra parte, los teóricos masculinos gays han refrendado rápidamente la hipótesis construccionista social que proclama Foucault, y han desarrollado unos análisis más escrupulosos referentes a la construcción histórica de las sexualidades.

Podríamos ir un poco más lejos diciendo que las lesbianas y los gays se construyeron en realidad de manera harto diferente; sin embargo Fuss, con su enfoque consecuentemente lesbiano y gay, opta por mostrarse más suave y cautelosa. Si tenemos en cuenta que las teóricas y los teóricos del postmodernismo se consideran campeones de la atención a la "diferencia", resulta interesante observar que en algunas ocasiones se muestren tan tímidos a la hora de constatar estas diferencias políticamente construidas entre hombres y mujeres. Fuss parte de la teoría gay masculina y de los varones posmodernos en general, y mientras que no cita a Faderman, su bibliografía lista diecinueve títulos de Derrida.

La teoría lesbiana y gay posmoderna logra que quienes no quieren más que utilizar las herramientas del sexismo y del racismo, se sientan no sólo en su derecho, sino además revolucionarios. Los Juegos de roles lesbianos, el sadomasoquismo, la masculinidad del varón gay, el travestismo, el mimetismo, de todo esto puede extraerse todo el placer y el provecho del sistema de la supremacía masculina, en el que el sexo es y no podrá ser nada más que desigualdad de poder. Entonces, disfrutar del statu que se denomina "parodia", para que los intelectuales alarmados por su propia excitación puedan sentirla tranquilamente.

A las teóricas lesbianas y gays posmodernas que no quieran conseguir su placer de esta manera, las ideas de la incertidumbre radical, de la naturaleza utópica o esencialista de todo proyecto de cambio social, les proporcionan el soporte teórico de un liberalismo y de un individualismo caballeroso

Estos grupos han vivido mucho tiempo reprimidos por la misma sociedad, impidiendo que se expresen libremente, por lo tanto han vivido toda su vida con una identidad falsa, que no les ha permitido explotar el yo posmoderno que llevan dentro. Por esto ahora han encontrado la oportunidad de desarrollarse libremente aceptando su condición sin prejuicios, y simplemente siendo ellos, y creciendo como personas. Resulta difícil saber si realmente con su condición han encontrado su identidad, sigue escondida, o más bien han pasado ya a ser parte de la identidad colectiva que todos tenemos, producto de la globalización de nuestras vidas.

ð La búsqueda de identidad del pueblo

“Cuando no es la identidad cultural la que encierra al individuo en su ámbito cultural y, bajo pena de alta traición, le rechaza el acceso a la duda, a la ironía, a la razón y la vida guiada por el pensamiento cede suavemente su lugar al terrible y ridículo cara a cara del fanático y del zombie.”

Alain Finkielkraut

Como respuesta a esta pérdida de identidad, se han buscado alternativas para recuperar algo de lo que se ha perdido. Existen varias medidas que se han tomado al respecto; el fortalecimiento del nacionalismo es una de ellas, en Costa Rica vemos por ejemplo la reconstrucción de la Casona de Santa Rosa como una respuesta a esta crisis y evitar perder lo nuestro. El proteccionismo a la economía regional. Hoy en día vemos cómo los políticos toman más en cuenta al productor nacional y buscan planes para brindarles mayores beneficios.

Estos actos, que tal vez a nuestra simple vista no son muy importantes, han sido muchas veces tomados como respuesta a esta crisis de identidad que está viviendo el pueblo costarricense, por eso es importante conocer nuestra propia historia, reconocer nuestros valores, practicar la autoestima y la dignidad, para poder así tratar de recuperar un poco de nuestra identidad nacional.

VIII. La Comunicación

Todos nos comunicamos; comunicarse es una de esas experiencias sustancialmente humanas que asumimos como parte de nuestra cotidianeidad. Al pensar el fenómeno de la comunicación, frecuentemente nos encontramos con definiciones confrontadas, nociones contradictorias y bastantes significativas.

Comunicarse suele ser vincularse, poner en común, compartir, intercambiar. La comunicación asumida como un trabajo específico o relacionado con alguna otra tarea de tipo cultural suele transformarse en producción de mensajes, manejo de instrumentos o canales, estrategias informativas.

La comunicación representa el espacio donde cada cual pone en juego su posibilidad de construirse con otros. Pero transformada en práctica social, comenzó a constituir una esfera de preocupaciones para analistas de diversos orígenes.

La comunicación es importante para los posmodernos dado que sin ella este pensamiento no se podría definir, pues es indispensable que la comunicación exista tanto entre las personas que piensan igual como las que pertenecen a otra forma de pensamiento, pues solo así se refuerza este pensamiento, en lo que respecta la comunicación y sus medios como la cibernética sirven de mucho para florecer nuevas ideas.

Según Gianni Vatimo: "La llamada sociedad posmoderna es la sociedad de la comunicación. En el nacimiento de una sociedad posmoderna desempeñan papel determinante los medios de comunicación; esos medios caracterizan a una sociedad como una sociedad más trasparente, más consciente de sí, más ilustrada, incluso caótica.”

Cuando hablamos de globalización, se piensa en un conjunto de relaciones económicas, políticas y sociales que han modificado sustancialmente a la estructura mundial. Donde más claramente se nota estos cambios son en los medios masivos de comunicación, a partir de los avances tecnológicos y de las modificaciones políticas y económicas operadas en el nivel mundial.

A partir de este punto es donde se establecen los estereotipos en la vida humana, ya que los medios de comunicación transmiten mensajes masivos, uniformados, estandarizados, los cuales son recibidos en el mismo momento por personas diferentes, en distintos lugares del mundo. Hoy los mensajes son generados y manipulados en un lugar ajeno, por personas ajenas y con intereses ajenos a la comunidad que los recibe. De tal forma que poco a poco estas personas van logrando crear también necesidades ajenas a las que nosotros necesitamos.

Para resguardar nuestra identidad social y cultural dentro de un mundo globalizado, es necesario comprender y utilizar los avances tecnológicos de acuerdo a nuestros propios intereses.

A. Los medios de Comunicación

Más allá de la caracterización sobre la posmodernidad, existen rasgos comunes a todas las descripciones y que permiten denominar la cultura actual con características diferentes a una visión clásica de la modernidad. Uno de esos elementos es el gran desarrollo de los medios de comunicación en las últimas décadas que ha llevado a muchos a denominar la época actual como la de la "cultura de la comunicación". Los modernos medios de comunicación son, en gran medida, los responsables de las transformaciones y los causantes de los fenómenos con los cuales se caracteriza la cultura posmoderna. Desde la visión de la posmodernidad como fin de los grandes relatos hasta la posmodernidad como debilitamiento del pensamiento racional y la visión de una historia unitaria y lineal, el papel de los medios de comunicación ha sido el medio de batalla fundamental a la hora de las argumentaciones.

A principios de siglo Teodor Adorno pensó que los medios de comunicación social tendrían el efecto de producir una homologación general de la sociedad, haciendo posible e incluso favoreciendo la formación de dictaduras y gobiernos totalitarios capaces de ejercer un control exhaustivo sobre los ciudadanos por medio de una distribución de eslóganes publicitarios, propaganda, concepciones estereotipadas del mundo" (p. 190 de su obra).

Hoy en día, los medios de comunicación constituyen una herramienta persuasiva que nos permiten mantenernos en continua comunicación con los distintos sucesos sociales, económicos y políticos tanto a escala nacional como internacional. Las sociedades actuales se encuentran permanentemente en comunicación; en ellas, los medios tienen el poder de conectar las partes dispersas en el todo, desempeñando un papel importante en la promoción cultural y la formación. Su acción aumenta en importancia por razón de los progresos técnicos, de la amplitud y la diversidad de las noticias transmitidas.

Un medio de comunicación es una institución que produce y reproduce una realidad pública, y como dice Mauro Wolf en su obra "Los efectos sociales de los medios", los medios no solo transmiten información sobre la realidad sino que también plasman la realidad del contexto social político. Estos especialistas pueden transformar cualquier hecho real en la materia prima de un mensaje-noticia, en un producto, que a su vez pasa a alimentar el circuito de la información.

La noticia tiene un sentido y una función que se ha hecho imprescindible como vínculo social e intersubjetivo que permita reunir la pluralidad cultural de los miembros de una comunidad, y generar una historia común, una identidad y un discurso propio en el que puedan reconocerse.

"Los medios masivos de comunicación son un poderoso medio de socialización, a la par de la familia, la escuela y el trabajo, que modelan los sentimientos, las creencias, entrenan los sentidos, ayudan a formar la imaginación social; en síntesis, fomentan y facilitan ciertas construcciones mentales por donde transcurre luego el pensamiento de las personas en sociedad".

Si algo caracteriza al siglo XX ha sido el desarrollo de la "cultura de masa", a través de los medios de comunicación que han vivido una expansión enorme y paralela al perfeccionamiento del capitalismo, convirtiendo a la noticia, en esencia una pieza breve y sesgada de la actualidad, en el centro de la cultura popular. Periódicos, radio y más tarde la televisión, se han convertido en los creadores de debates, de ideas compartidas, de cohesión social, de mitos y leyendas.

Los medios de comunicación social pueden engendrar cierta pasividad en los usuarios, haciendo de éstos, consumidores poco vigilantes de mensajes o de espectáculos. Los usuarios deben imponerse moderación y disciplina respecto a los mass-media. Han de formarse una conciencia clara y recta para resistir más fácilmente a las influencias de los medios.

Los medios, por un lado, pueden contribuir a la formación de individuos más cultos, mejor informados y más libes, pero por el otro, pueden servir para la difusión de una cultura superficial, rutinaria y consumista; pueden ser utilizados para entender e ilustrar nuestros ocios, como también para alienarnos con falsos señuelos, falsos ídolos y falsas doctrinas.

La existencia de una sociedad dividida en muchas subculturas, caracterizada por el pluralismo cultural popular avala tal premisa. Para ellos, los medios reflejan los cambios que van ocurriendo en una sociedad en un momento dado, pueden agregar ímpetu y acelerar las cosas, pueden establecer agendas, pueden incrementar el conocimiento, pero nunca tienen ni tendrán la capacidad de uniformar a la gente.

En las sociedades contemporáneas es cada vez mayor la importancia de los medios masivos y en particular de la televisión. Esta influye sobre la forma de actuar o de pensar de las personas, logra modificar la forma en que los hombres conocen y comprenden la realidad que los rodea.

"Los medios de comunicación son parte esencial de los procesos de comunicación de las sociedades modernas; aportan interpretaciones de la realidad, que son internalizadas por sus públicos. Las personas pueden desarrollar construcciones subjetivas y compartidas de la realidad a partir de lo que leen, escuchan o miran. Por tanto, su conducta personal como social, puede ser moldeada en parte por las interpretaciones aportadas por los medios ante hechos y temas sociales, con respecto a los cuales los individuos tienen pocas fuentes alternativas de información".

El proceso de socialización es continuo y generalmente pasa en forma inadvertida. Ni el contenido ni los métodos de socialización son inmunes a la influencia de los medios, la influencia y el cambio pueden tener lugar y de hecho lo tienen. "Los medios de masa, se pueden admitir, constituyen sólo un aspecto del proceso, pero sería muy sorprendente en verdad si no desempeñaran un cierto papel en la modelación de nuestras actitudes respecto de la vida, de nosotros mismo y de los demás".

Los medios en general, se han convertido en la primera escuela, tanto para la creación y la legitimación de formas de conducta, la visión que el hombre tenga de sí mismo, la sociedad y sus relaciones.

En la sociedad de los medios de comunicación se abre un propósito de emancipación que cuenta a su base con la oscilación, la pluralidad, y en definitiva la erosión del principio mismo de realidad. Vattimo, refiriéndose a Federico Nietzsche, considera que una realidad ordenada gracias a la razón sobre un único principio es apenas un mito que asegura la humanidad en estado primitivo y bárbaro.

El efecto positivo de los Medios de Comunicación social es el de estimular el desarrollo de ese elemento emancipador. Pero ¿de qué nos estamos emancipados? : nos liberamos de la idea de una racionalidad central, y se entra a participar de una corriente donde el mundo estalla en una multiplicidad de racionalidades. Este carácter emancipador de la comunicación puede convertirse en un rasgo mayúsculo del conocimiento, unido a esa capacidad de fascinación que se desea evidenciar. Si la búsqueda de emancipación se hace más aguda con la modernidad, la comunicación ofrece la posibilidad de que sus objetos de estudio y sus medios entren en diálogo.

No es casual que los debates en comunicación hayan vivido un proceso histórico que circula por la comunicación como una ciencia humana, pasando por el método positivo y empírico, hasta llegar al mundo actual, donde las ciencias de la comunicación se integran a partir de toda una serie de objetos supuestamente coherentes entre si, tanto en los paradigmas que la fundamentan como en los problemas y temas que abarca.

IX. Valores y Principios

Los valores son reglas de origen social a partir de las cuales cada individuo rige su vida. El aprendizaje de los valores y de las actitudes en un proceso en el que influyen distintos factores y agentes. Aunque los rasgos de personalidad y el carácter de cada cual es decisivo, también desempeñan un papel muy importante las experiencias personales previas, el medio donde crecemos, las actitudes que nos transmiten otras personas significativas, la información y las vivencias escolares, los medios masivos de comunicación etc.

Actualmente, los valores y principios por los que se guiaba nuestra sociedad no son los mismos. Más aún, no son ni siquiera enseñados por los mismos organismos que antes. Hoy los medios masivos de comunicación llegan a la mente de los niños mucho antes de que éstos vayan a la escuela. La enseñanza de los valores por parte de la familia, cada vez va disminuyendo, y esto se da debido a que los padres se encuentran lejos de sus hijos, ya que se encuentran trabajando o realizando otro tipo de actividades.

La culpa de que esto suceda no es del seno familiar. Si bien es cierto los padres deben estar muy pendientes de la educación que reciben sus hijos, hoy en día nos encontramos dentro de un mundo que nos imposibilita cada vez más esta labor, los padres necesitan salir a competir por el futuro de sus hijos y de ellos mismos, ya que necesitan tener las herramientas suficientes para poder adquirir un poquito de conocimiento que le permita al menos adquirir un tanto de poder dentro de esta sociedad.

De esta forma es que la familia bombardeada por tanta televisión, tanta Internet, y tantos medios masivos de comunicación, se deja llevar por los valores impuestos por esta nueva cultura masificada, en donde lo importante es estar a la moda con lo "último" que ha salido al mercado, pero que desgraciadamente cuando lo hemos adquirido vemos que esto "último", ha pasado a ser viejo, porque algo "novedoso y mejor" ha pasado a ocupar su lugar.

Básicamente los valores que profesa el pensamiento posmoderno son de carácter lógico con su pensamiento, no se ajustan a los valores que ha formado o ha puesto a la disposición de todos la sociedad actual, dado que esta está llena de diferentes ideologías.

La posmodernidad descubre por si sola y se dedica a criticar los valores y principios actuales,

genera sus valores y principios viendo de una manera lógica y razonable como se pueden tratar a las demás personas, y como debe de ser el comportamiento ante éstas

X. Actitudes y aptitudes

A. Actitudes

La manera de actuar del posmoderno es de carácter sencillo pero de manera grande se sabe defender dado que no permite contradicciones que los demás puedan hacerle comunicar defiende su pensamiento basándose en que estamos aquí porque somos como cualquier ser que debe nacer, crecer, reproducirse y morir.

B. Aptitudes

Los posmodernos son aptos para crear alrededor de ellos un buen flujo de información dado que ellos viven de la información, es necesaria para éstos.

Los posmodernos tienen la aptitud de manejar los medios de comunicación pues es indispensable para ellos tener bastante información, tienen la aptitud de vivir aislados de las demás personas, por lo que se dijo anteriormente, se crea una forma de vida virtual.

XI. La Percepción

La percepción, como vinculo vital de la conexión del hombre al mundo, incluye al sujeto como perceptor, al acto de percibir y el contenido de lo percibido. El sujeto humano perceptor visualiza al mundo como campo vivido, horizontal y este acto une al sujeto con lo percibido. Lo percibido, sus contenidos, que resultan del tal acto, afecta la influencia del sujeto en el mundo. Obtenemos así que la percepción es un todo reflexivo, integral que abarca, al perceptor, el acto de percibir y el contenido de lo percibido.

La percepción como todo reflexivo e integral es el contexto inminente de localizar todo contenido de pensamiento. Esta percepción está limitada por tres factores, a saber:

  • Los medios de comunicación que encuadran y facilitan la percepción.

  • La jerarquía de los sentidos, es decir, el oído, el tacto, el olfato, el gusto y la vista, que estructura el sujeto como perceptor encarnado.

  • Las presuposiciones epistémicas que ordenan el contenido de lo percibido.

Estos tres factores están relacionados e interactúan. Este conjunto constituye un campo de percepción. Estudios recientes revelan que los medios de comunicación, la jerarquía de los sentidos

y las presuposiciones epistémicas cambian con el correr del tiempo.

El nuevo campo perceptual, de nuestro siglo, está constituido por una cultura electrónica, por la extrapolación del sonido y de la vista, y la sistematización sincrónica de oposiciones binarias y diferencias sin identidad. La revolución perceptual destruyó el campo ideal de una personalidad individual así como la causalidad freudiana del subconsciente ya no es viable, pues la persona contemporánea tiene mucho menos de personalidad integrada, mucho menos de interior. El campo de la percepción determina el contenido del conocimiento. Pero ese campo es, a su vez, determinado por la sociedad como totalidad, pues el conocimiento dentro de la totalidad es mucho más que una simple ideología o superestructura. Es la conciencia intencional dentro del campo perceptual. Pero los medios de comunicación, la jerarquía de los sentidos, y el orden epistémico que constituyen ese campo están determinados por la estructura de la totalidad.

XII. Motivación

El elemento revolucionario constitutivo de la posmodernidad, fue la ruptura con la visión teológica del orden social y la constitución de una nueva cosmovisión en la que la razón como atributo del hombre, fue un instrumento de transformación del mundo, por el cual puede pensarse a si mismo en su subjetividad.

El lenguaje que estaba cargado de ambigüedades y desprovisto de certezas racionales comienza, con Newton y Kant, a depurarse, otorgándosele formas más transparentes, ordenándolo alrededor de lo matemático (lenguaje científico).

El sujeto pasa a ser conciencia, despojando a las cosas de cualquier misterio.

En el Renacimiento, la idea de perfección esta en el pasado que hemos extraviado (Nietzsche retomará esta idea a lo largo de su obra). Para los pensadores de las luces la idea de perfección está adelante. La naturaleza le otorga al hombre conocer cada vez más la naturaleza humana buscando la perfección.

Para la posmodernidad no hay límites. El hombre es el que construye el sentido de su propia acción. No hay una previa articulación externa. Los individuos son dueños de su propia acción.

La motivación de vivir para un posmoderno es querer pasar la vida sin tener que preocuparse de nada, vivir en un mundo de opresión tecnológica como lo son los tiempos actuales, en el que la gente vive atrapada en un mar de tecnología, y que por consiguiente vuelve al individuo un ser oprimido y estresado, pero que no sucede con el posmoderno, este individuo que no se sorprende de lo que sucede a su alrededor, pues las cosas pasan porque tiene que pasar, y la gente no entiende que le están robando su libertad, se están quedando oprimidos.

Por lo que lucha el posmoderno es por su libertad, es lo más sagrado que puede tener en su vida, pues de este pensamiento es que nace esta ideología.

Toda la información que inunda la mente de este tipo de persona por los medio de comunicación es sumamente exagerada y por eso se alientan a saber como piensan los demás individuos que forman esta sociedad para poder criticar y formular nuevas ideas que defiendan su teoría.

XIII. Conclusión

El postmodernismo es producto de lo que Marc Augé (1994) define como las tres figuras del exceso:

A. La superabundancia de acontecimientos del mundo contemporáneo y su consecuente dificultad de comprensión y asimilación.

B. La superabundancia espacial con medios de comunicación (transportes, satélites...) que acortan distancias que conducen a la aldea global. Y donde la imagen manipulada posee un poder peligrosamente superior a la información portadora.

C. El proceso de suma individualización que permite al individuo elegir valores -tanto del pasado como presentes- de tipo moral, ideológico, cultural..., confeccionarse a su modo su propia identidad individual.

A nuestro parecer la teoría posmoderna es un poco contradictoria ya que plantea ideas de libertad individual y de no pertenencia a una organización, cuando sabemos que el solo hecho de compartir una ideología nos hace parte de un grupo.

Además critica a la ciencia y la cataloga como un peligro para la raza humana cuando en numerosas ocasiones gracias a ella se ha podido mejorar la calidad de vida y las facilidades de los seres humanos.

En comparación con el anarquismo el postmodernismo disfruta de una libertad desde el punto de vista político, se desea tener bienes, territorios de una manera en la que el gobierno no pueda interponerse con su burocracia. Los dos piensan que si hay mandato hay esclavitud.

El análisis y la crítica que realiza constantemente hacia el entorno es en vano ya que de nada nos sirve sentarnos a analizar los problemas que estamos viviendo y a señalar las causas de los mismos, si no se quiere mejorar en algo el mundo en que vivimos.

El postmodernismo: El fin del modernismo

¿Qué es el postmodernismo? En general, se reconoce que el postmodernismo no es una filosofía, según nuestra idea típica de lo que es una filosofía. No es un sistema filosófico único y bien elaborado que busque definir y contestar las grandes preguntas de la vida. El postmodernismo es, más que nada, una descripción del esquema mental de la cultura occidental en la segunda mitad del siglo veinte. Algunos lo llaman un estado de ánimo. Nosotros podríamos decir que es una descripción de los fracasos del modernismo, junto con una mezcolanza de sugerencias para una nueva orientación del pensamiento y la vida.

El modernismo es el nombre dado a una forma de pensar que nació en la era del Iluminismo. Es una perspectiva muy optimista sustentada por los éxitos de las ciencias, que produjeron una tecnología realmente maravillosa. Podíamos entendernos a nosotros y nuestro mundo y, trabajando juntos, podríamos arreglar lo que estaba roto en la naturaleza y en la vida humana.

Lamentablemente, al final del día hemos descubierto que nuestro optimismo estaba errado. Obviamente, no hemos solucionado todos nuestros problemas, y cuanto más aprendemos más nos damos cuenta de lo poco que sabemos. La razón no ha estado a la altura de su reputación en el Iluminismo.

No sólo no hemos podido arreglar todas las cosas, sino que la tecnología que tenemos ha tenido algunos efectos colaterales malos. Por ejemplo, la movilidad que resultó del transporte moderno nos ha sacado de comunidades estables que brindaban normas de comportamiento, de protección y un sentido de continuidad entre el hogar, el trabajo y las demás actividades de la vida. Agreguemos a eso la globalización de nuestras vidas que nos pone en contacto con personas de muchos trasfondos diferentes y con muchas creencias y formas de vida diferentes, y podemos ver por qué luchamos para mantener algún tipo de continuidad en nuestras propias vidas. Sentimos que nos estamos volviendo personas divididas mientras corremos de aquí para allá, y en cada destino encontramos conjuntos de valores y expectativas diferentes. En palabras del teólogo Anthony Thiselton, la resultante "falta de estabilidad, falta de una identidad estable y una pérdida de confianza en las normas o metas globales generan una incertidumbre, inseguridad y ansiedad profundas." Ya no tomamos nuestras señales de la tradición o de nuestro propio "giroscopio" interno-un conjunto internalizado de valores que nos guían en nuestras vidas. Tomamos nuestras señales de otras personas que están dirigidas por otros. Tomamos nuestras señales de otras personas que supuestamente "saben" y pueden decirnos lo que debemos hacer y ser en cada compartimento distinto de nuestras vidas. Nos encontramos "ansiosos por conformar, pero siempre en duda en cuanto a qué es exactamente a lo que debemos conformarnos." Nos sentimos "cómodos en todas partes y en ninguna parte, capaces de una intimidad superficial con todos y en respuesta a todos."

Todo esto produce en nosotros un sentido de estar constantemente en el cambio. El debate acerca de lo que era fundamental en nuestro universo-el cambio o la estabilidad-ocupó el pensamiento de los filósofos griegos mucho antes de Cristo. Este debate sigue en nuestros días. De hecho, un escritor señaló que "el postmodernismo puede ser visto como un debate acerca de la realidad." La búsqueda, en tiempos modernos, por encontrar lo que es verdaderamente real-lo que es verdadero y estable-ha cedido. En los tiempos postmodernos, el cambio es fundamental; el cambio es normal.

En todo esto nos parece que perdemos nuestro sentido de identidad. De hecho, como veremos, los pensadores postmodernos de avanzada dicen que no tenemos ningún yo.

Los temas básicos: la verdad, el lenguaje y el poder

Señalé antes que el postmodernismo es más una descripción de los fracasos del modernismo que una filosofía en sí misma. Uno de los temas clave que divide a las dos eras es el de la verdad. Mientras que el modernismo era bastante optimista acerca de nuestra capacidad de conocer la verdad, no sólo acerca de nosotros y de nuestro mundo sino también acerca de cómo mejorar la vida, el postmodernismo dice que en realidad no podemos conocer la verdad. Para mencionar una forma en que nuestra falta de confianza en la razón para llegar a la verdad misma se evidencia, piense en cuántas veces las disputas se resuelven con insultos o apelando a la frase siempre disponible: "Bueno, esa es tu opinión," como si eso pusiera fin al asunto, o aún con la fuerza. Según notó un estudioso, "la discusión se ha transformado en retórica. La retórica luego pasa a depender de la fuerza, la seducción o la manipulación."

Dado que no podemos realmente conocer la verdad-si es que hay una verdad para ser conocida-no podemos contestar preguntas acerca de la realidad última. No hay una única "historia"-como se la llama-que explique todo. Así que, por ejemplo, el mensaje de la Biblia no puede ser tomado como verdadero porque pretende dar respuestas finales acerca de la naturaleza de Dios, del hombre y del mundo. En la jerga del postmodernismo, es una metanarración, un historia que cubre todas las historias. Toda metanarración es rechazada de plano. Simplemente no podemos tener ese tipo de conocimiento, según los postmodernistas.

Uno de los problemas básicos de conocer la verdad es el problema del lenguaje. El conocimiento es mediado por el lenguaje, pero los postmodernistas creen que el lenguaje no puede relatar adecuadamente la verdad. ¿Por qué? Porque hay una disyunción entre nuestras palabras y las realidades que pretenden reflejar. Las palabras no representan con precisión la realidad objetiva, se piensa; son sólo convenciones humanas. Pero si el lenguaje es lo que usamos para transmitir ideas, y las palabras no reflejan con precisión la realidad objetiva, entonces no podemos conocer la realidad objetiva. Lo que hacemos con las palabras no es reflejar la realidad, sino crearla, en realidad. Esto se denomina constructivismo, el poder de construir la realidad con nuestras palabras.

Lo que significa esto para la naturaleza humana en particular es que no podemos en realidad hacer afirmaciones universales acerca de los seres humanos. No podemos saber si existe tal cosa como la naturaleza humana. Quienes sostienen el constructivismo dicen que no existe ninguna naturaleza humana propiamente dicha; somos lo que decimos que somos.

Hay un segundo problema con el lenguaje. Los postmodernistas son muy sensibles a lo que llaman la voluntad de poder. Las personas ejercen poder y control sobre otros, y el lenguaje es una herramienta que se usa para hacer esto. Por ejemplo, definimos roles para las personas, hacemos afirmaciones acerca de Dios y de lo que Él exige de nosotros, etc. Al hacerlo, definimos expectativas y límites. Por lo tanto, con nuestras palabras controlamos a las personas.

Como resultado de este concepto del lenguaje y su poder para controlar, los postmodernistas son, prácticamente por definición, sospechosos. Lo que la gente dice, y aún más lo que escribe, es sospechoso de ser una herramienta para controlar a otros.

¿Qué significa esto para la naturaleza humana? Significa que si tratamos de definir la naturaleza humana, se considera que estamos intentando ejercer el control sobre otras personas. Como dijo alguien, hacer de una persona un sujeto-un tema de estudio y de análisis-es sujetar a esa persona; en otras palabras, ponerla en una caja y definir sus límites.

Por lo tanto, la naturaleza humana no puede ser definida, así que para todos los propósitos prácticos no existe la naturaleza humana. Hay más, sin embargo. No sólo no existe la naturaleza humana en general, sino que no hay personalidades individuales tampoco.

El postmodernismo y el yo

Miremos con mayor detenimiento el punto de vista postmoderno del yo.

El escritor Walter Truett Anderson da cuatro términos que usan los postmodernistas para hablar del yo y que tienen que ver con los temas del cambio y las múltiples identidades. El primero es multifrenia. Esto se refiere a las muchas voces diferentes en nuestra cultura que nos dicen quién somos y qué somos. En palabras de Kenneth Gergen: "por cada cosas que 'sabemos que es verdadero' acerca de nosotros, otras voces dentro de nosotros responden con duda y aún con burla." Nuestras vidas son multidimensionales. Las diversas relaciones que tenemos en nuestras vidas nos tiran en diferentes direcciones. Representamos "tal variedad de roles que el concepto mismo de 'yo auténtico' con características conocibles desaparece de la vista." Y estos roles no se superponen ni son congruentes de ninguna forma significativa. Como dice Anderson: "En el mundo postmoderno, uno simplemente no llega a ser un 'alguien' único y consistente."

El segundo término es proteano. El yo proteano es capaz de cambiar constantemente para adecuarse a las circunstancias actuales. "Puede incluir cambiar de opiniones políticas y de comportamiento sexual, cambiar de ideas y de formas de expresarlas, cambiar formas de organizar nuestra propia vida." Algunos consideran esto como el proceso de encontrar el yo verdadero. Pero otros lo ven como una manifestación de la idea de que no hay ningún yo verdadero y estable.

En tercer lugar, Anderson habla del yo descentrado. Este término se centra en la creencia de que no existe ningún yo. El yo está siendo redefinido constantemente, y constantemente está sufriendo cambios. Como enseñó un filósofo: "El sujeto no es quien habla el lenguaje, sino su creación." Por lo tanto, no hay ningún "yo" perdurable. Somos lo que se nos describe que somos.

El cuarto término de Anderson es el-yo-en-relación. Este concepto se encuentra a menudo en estudios feministas. Simplemente significa que vivimos nuestras vidas no como islas en cuanto a nosotros sino en relación con personas y a ciertos contextos culturales. Para entendernos correctamente necesitamos entender los contextos de nuestras vidas.

Si juntamos estos cuatro términos, tenemos la imagen de una persona que no tiene ningún centro sino que está tirada en muchas direcciones diferentes, y está constantemente cambiando y siendo definida externamente por las diferentes relaciones que tiene con otros. Todas estas ideas claramente van en una dirección diferente de la que tomó la sociedad moderna. Antes se creía que nuestra meta debía ser lograr la integridad, encontrar el yo integrado, reunir todas las partes aparentemente diferentes de nosotros en un todo cohesivo. El postmodernismo dice "no, eso no puede pasar porque por naturaleza no somos un yo cohesivo."

Así que no hay ningún "yo," ninguna personalidad interna para luchar con todos estos roles diferentes y determinar cuál aceptaré, cuál no y, en última instancia, quién soy realmente. Entonces, ¿cómo ocurren los cambios? ¿Quién decide cómo soy o quién soy? Según el pensamiento postmoderno, somos modelados por fuerzas exteriores. Estamos construidos socialmente.

La vida construida socialmente

¿Qué significa estar construido socialmente? Simplemente significa que los valores, lenguajes, el arte, los entretenimientos de nuestra propia sociedad, y todo aquello que nos rodea cuando crecemos, definen quiénes somos. No tenemos identidades fijas que puedan separarse de lo que nos rodea y que permanezca igual aun cuando ciertas características y circunstancias puedan cambiar.

En un tiempo se creía que lo que hacemos externamente refleja lo que somos por dentro. Pero, si no hay un "dentro," debemos depender de lo que está afuera para definirnos. Somos producto de fuerzas exteriores sobre las que tenemos diferentes grados de control. El postmodernista sospechoso considera que tenemos poco control sobre todas las fuerzas que actúan sobre nosotros.

Por lo tanto, somos creados de afuera hacia adentro, en vez de adentro hacia afuera. Si en las sociedades tradicionales la posición de una persona estaba determinada por su rol, y en las sociedades modernas la posición estaba determinada por el logro, en tiempos postmodernos la posición de una persona está determinada por la moda o el estilo. A medida que cambia el estilo, debemos cambiar con él, porque si no nuestra identidad quedará en duda. Una cosa es querer encajar con nuestros pares. Otra cosa completamente distinta es creer que nuestra propia identidad está ligada con las modas del momento. Pero así es la vida en el mundo postmoderno.

Sin embargo, estar ligado con las modas del momento significa que no hay ningún contexto externo para nuestras vidas. Estamos "situados históricamente." Eso significa que nuestras vidas sólo pueden ser comprendidas en el contexto del momento histórico presente. Todo lo que importa es el ahora. Lo que fui ayer es irrelevante; lo que seré mañana es una incógnita.

Resumamos nuestra discusión hasta este punto. En los tiempos postmodernos no hay ninguna confianza en nuestra capacidad de conocer la verdad. No hay ninguna metanarración que sirva para definir y dar un contexto a nada. El cambio es fundamental, y los cambios vienen a menudo y no siempre forman un patrón coherente. No hay ninguna naturaleza humana, ni hay verdaderas personalidades; no existe ningún "yo" que sea identificable a lo largo de mi vida. Todo lo que soy, lo soy porque he sido "creado," por así decirlo, por fuerzas exteriores. Una de las fuerzas más potentes es el lenguaje, con su capacidad de definir y controlar. Mi vida es como una historia o un texto que está siendo escrita y reescrita constantemente. Soy según cómo he sido definido. Lo que soy hoy no significa nada para mañana. Para validarme, debo asumir la tarea de definirme, de escribir mi propia historia de mi modo, sin dejar que otros la escriban por mí.

Pero, para muchos postmodernistas esto no es en realidad un ejercicio individual para nada. Soy parte de un grupo, y se espera que siga perteneciendo a este grupo y que sea definido de acuerdo con mi grupo. Además, no se le permite a nadie afuera del grupo que participe en el proceso de definición. Así que, por ejemplo, los hombres no tienen nada que decir a las mujeres acerca de cómo deben actuar o los roles que deben cumplir.

Resultados

El resultado final de todo esto es lo que usted ya sabe. La vida en el mundo postmoderno es una vida de inestabilidad. Para citar a Thiselton nuevamente, la pérdida de estabilidad, identidad y confianza "generan una incertidumbre, inseguridad y ansiedad profundas . . . El yo postmoderno vive diariamente con la fragmentación, la indeterminación y una intensa desconfianza" de todas las afirmaciones de una verdad última o de normas morales universales. Esto da como resultado una actitud defensiva y una "preocupación creciente con la autoprotección, el interés propio, el deseo de poder y de recuperar el control. El yo postmoderno, por lo tanto, está predispuesto a asumir una postura de estar listo para el conflicto." [18] Nuestra fragmentación, nuestra falta de un "giroscopio" interior que nos dé dirección y equilibrio, las presiones de las fuerzas exteriores para conformarnos, la falta de continuidad en nuestras vidas, trabajan en conjunto para quitarnos todo sentido de quiénes somos, o de que aun seamos personas individuales.

Algunas personas pueden desesperarse ante esto. Pero muchos creen que deberíamos aceptar esto antes que combatirlo. Si no estamos contentos con nuestra "historia" individual, deberíamos reescribirla. Simplemente necesitamos aceptar nuestra multiplicidad interior e idear una historia que la explique. "Si el significado se construye en el lenguaje," dice un escritor, debemos aprender a contar "historias mejores, más ricas y más extensas" acerca de nuestras vidas.

Pero, si las fuerzas que nos rodean son tan fuertes, ¿cómo podremos enfrentarlas? Si nos encontramos resistiendo a otros que tratan de definirnos o de fijar normas por nosotros, indicando que creen que son lo suficientemente fuertes como para tener una influencia sobre nosotros, ¿cómo podremos alguna vez evitar ser absorbidos por su "pensamiento de grupo," donde siempre se espera que sigamos la línea oficial? ¿Qué ocurre con nuestra propia individualidad? ¿Acaso no hay lugar para nuestro conjunto único de dones y capacidades, necesidades y deseos, amores e inquietudes individuales?

Considere también el potencial de pérdida para el individuo en favor del grupo. ¿Qué pasa si las normas u objetivos del grupo anulan a los individuos del grupo? El profesor Ed Veith ha hablado de las similitudes entre esta mentalidad y la del fascismo en su supresión del individuo en favor del grupo. Sea que se den cuenta o no, los postmodernistas no están estableciendo una base para validar a los oprimidos, sino que están "resucitando formas de pensar que nos dieron la Guerra Mundial y el Holocausto." Veith cita al escritor David Hirsch, quien dijo: "Los proveedores de las ideologías postmodernistas deben considerar si es posible anular a los seres humanos en la teoría sin, al mismo tiempo, hacer que las vidas humanas individuales no tengan valor en el mundo real."

Una respuesta cristiana

¿Existe una respuesta en Cristo para los "no-yos" fragmentados y sospechosos del mundo postmoderno?

En la opinión de este escritor, es cuestión de simple sentido común que somos personalidades individuales con una identidad que llevamos a lo largo de nuestros años, a pesar de los diversos cambios que experimentamos. "Yo" puedo hacerme responsable por las cosas que "yo" hice hace cinco años. El individuo que es llevado al banquillo de los testigos es considerado el mismo "yo" que fue testigo de sucesos específicos del pasado. A una trabajadora se le promete una pensión cuando se jubila con el entendimiento de que la jubilada será la misma persona que la que trabajó por varios años. Además, sabemos que tenemos un conjunto de habilidades, grandes o pequeñas, que son nuestras y que podemos usar para el bien o para el mal. Naturalmente nos resistimos a ser moldeados a la imagen de otras personas y a ser impedidos de expresar nuestra propia naturaleza verdadera.

¿Tiene algo que decir Cristo al individuo postmoderno que no puede compartir el punto de vista del sentido común de que es la misma persona hoy que la que fue ayer? ¿Y puede decirle algo a la persona que quiere afirmar o recuperar su propia identidad y quiere trazar un curso para su vida para que, como individuo, pueda experimentar y aprender de Él y pueda desarrollar una personalidad propia.?

Por cierto que sí. El llamado de Dios en Cristo es a individuos dentro de la historia mayor de la obra de Dios en este mundo. Por una parte, al haber sido creados por Él nos vemos como personas a las que se les puede hablar como Jeremías, con la noticia de que Dios lo conoció antes que naciera. Era el mismo Jeremías que estaba siendo formado en el vientre de su madre al que Dios habló como adulto . Además, en Cristo nos reconocemos como individuos responsables que deben dar cuenta de nuestras acciones sin señalar con el dedo acusador a la "sociedad".

En Cristo podemos reconocer que somos modelados, en gran medida, por lo que nos rodea, y que estamos situados históricamente hasta cierto punto. Pero no estamos atrapados. La redención "promete liberación de todas las cadenas de causa y efecto de fuerzas que retienen al yo en su pasado."

Hay más. En Cristo, la sospecha que caracteriza al hombre postmoderno que siempre está en guardia para no ser redefinido y controlado por otros se disuelve en un amor que se entrega a los intereses de Dios y de otros hombres. La voluntad de poder del hombre postmoderno que es autodestructivo deja lugar a la voluntad de amar que se extiende para construir en vez de controlar. Ciertamente podemos encontrar un terreno común con personas de otros grupos. "La cruz de Cristo en principio hace añicos los límites y los conflictos entre judíos y gentiles, mujeres y hombres, libres y esclavos". Si reconocemos nuestra condición de situación histórica relativa, nos ayudará a entender la importancia de la iglesia local como el contexto social dentro del cual las barreras se destruyen. En Cristo, entonces, tenemos amor antes que conflicto, servicio antes que poder, confianza antes que sospecha.

En Cristo, reconocemos que a veces la vida parece caótica, que hay lugares de oscuridad donde nos sentimos abrumados por fuerzas exteriores que no se comportan como deberían, de acuerdo con nuestras ideas. Piense en las experiencias de Job y del escritor de Eclesiastés. Pero somos llamados a "poner la mira en las cosas de arriba" , a poner nuestra confianza en "el temor de Jehová" en vez de darnos por vencidos en desesperación o tratar de encontrar una solución simplemente reescribiendo nuestra historia con nuestro propio conjunto de "realidades" preferidas.

Thiselton resalta la importancia de la resurrección para el hombre postmoderno. "La resurrección ofrece la promesa de la esperanza desde más allá de nuestras fronteras de la condición de situación histórica del yo postmoderno, en su aprieto restrictivo." Además, "la promesa nos llama 'desde adelante' invitando al yo postmoderno a descubrir una identidad reconstruida." "Constituye una 'segura y firme ancla' que vuelve a centrar al yo. Otorga al yo una identidad de valor y provee un significado provechoso para el presente." La obra de Cristo promete la restauración del yo individual que "una vez más, llegará a llevar completamente la imagen de Dios en Cristo como una personalidad definida por el dar y el recibir, por el amar y por el ser amada incondicionalmente." Como escribe Steven Sandage: "La esencia absoluta en la vida no es el cambio sino la fe en un Dios que no cambia, el 'ancla del alma' que nos recuerda que somos extranjeros que anhelamos un país mejor"

El mensaje de esperanza es el que los hombres y mujeres postmodernos necesitan oír. Ese mensaje, entregado dos milenios atrás, aún habla hoy. "La palabra de Dios permanece para siempre" . Algunas cosas nunca cambian.

El término posmodernidad nace en el domino del arte y es introducido en el campo filosófico hace una écada por Jean Lyotard con su trabajo La condición moderna (1983). La noción se ha difundido ampliamente pero en general su uso indiscriminado conduce a confusión, ya que en realidad pueden distinguirse tres actitudes posmodernas.

La primera, la de aquellos que van a la zaga de la escuela neomarxista de Frankfurt; los Habermas, los Adorno, los Eco etc, que critican a la modernidad en aquello que le faltó llevar a cabo como proyecto moderno de los filósofos del Iluminismo. En una palabra, su crítica a la modernidad radica en que no acabó su proyecto. Y así pueden afirmar: «fieles a los ideales de la Ilustración para trabajar por Las Luces de hoy» (J. Derribar: L'autre cap); «Es necesario retomar el proyecto del Iluninismo» (A. Finkielkarut: La défaite de la pensée).

La segunda, es la de aquellos representantes del pensamiento débil, los Lyotard, Scarpetta, Vattimo, Lipovetsky etc., que defienden un posodernismo inscrito en la modernidad. Es decir que son los autores que en su crítica a la modernidad proponen una desesperanzada regisnación. Pero sin abandonar su confianza en la razón entendida al modo moderno. Así podra afirmar Lipovetsky; «No tiremos al niño con el agua del baño: las perversiones de la razón prometeica no condenan su esencia. Si la razón moral amarra el cabo, sólo la razón instruida puede acercarnos a puerto»

Su mérito estiba en que la aguda descripción de una realidad alienante que entorna al hombre de hoy, como lo es el poder caso omnímodo de los medios de comunicación con su capacidad de «dar sentido» a las cosas y noticias que valoradas y analizadas en sí mismas carecen de sentido». La obsesión por lo nuevo, que lo hace convertible con lo verdadero. el dominio de la publicidad, ue al poner el ser a la venta confunde la existencia con mercadería. La manipualción de la naturaleza por la técnica, considerada falsamente como un instrumento con neutralidad ética.

Estas dos actitudes se caracterizan más bien como una crítica a la modernidd, que como una propuesta positiga a la superación de la misma.

En nustra Artgentina actual donde la imitación tintinea por todas partes los que «trabajan de filósofos» -grondona, Sebrelli, E. Díaz, López Gil, O. Terán, Marí etc.- se columpian alegremtne entre estas dos corrientes in entender nada (Cfr. los suplementos culturales de «Clarín» y «La Nación»).

Finalmente, la tercera actitud es la de aquellos pensadores como R. Steuckers, G. Fernández de la Mora, M. Tarchi, P. Ricoeur, G. Locchi y otros que, someten a crítica la modernidad con un rechazo de la misma. No sucede en este caso como en el denominado «pensiero debole», que es un hijo desencantado de la modernidas, sino que aquí la oposición es frontal y además se ofrece propuestas de superación.

Si bien este posmodernismos, que podríamos llamar fuerte, presenta algunas variantes nietzcheanas y neo-paganas como en el caso de O. Mathieu, G. Faye, J. Esparza o A. de Benoist, básicamente, se caracteriza por una búsqueda y defensa insobornable de la identidad de los hombres y de los pueblos. Una crítica enjundiosa al mundialismo y al proyecto político del atlantismo.

Ahora bien, en nuestra opinión, la crítica a la modernidad tiene que ser dirigida a los relatos o discursos que con pretensión de universalidad elaborá aquella. De estos grandes relatos de la modernidad haremos referencia a seis: La idea de progreso indefinido, el poder omnímodo de la razón, la democracia com forma de vida, la subjetivación dle cristianismo, el afán de lucro, y la manipulación de la naturaleza por la técnica.

El siglo XVII se caracteriza por el intenso y rápido progreso de las ciencias de la naturaleza, en donde Bacon y Galilego destacan com particularmente fecundos como métodos de investigación: la experimentación y el cálculo matemático. Este progreso inmenso en un dominio del saber llevó al hombre modenro a postular para todo el campo del saber y del obrar humano como principio incontrastable del progreso indefinido.

Ya con el Renacimiento, siglo XV, Dios deja de ser el centro de reflexión para pasar a ocupar su lugar el hombre en cuanto sujeto. Es decir, el hombre pasa a ser considerado como creador de un mundo propio cuyo espíritu y dignidad se revelan en las obras maestras de la antigüedad clásica.

Y, cual es el instrumento que permite a ese hombre el acceso a ese ideal del progreso indefinido? Una facultad que le pertenece por derecho propio: la razón. Y específicamente, la razón calculdora exaltada por la ciencia matemática como órgano idóneo para el descubrimiento de las leyes que regulan la experiencia y constituyen la estructura racional del mundo. La atribución de un poder omnímodo a la razón por parte del hombre moderno, fue a partir de ese momento un hecho normal, natural y evidente.

La democracia como forma de vida es uno de los últimos relatos de la modernidad. Comienza a constituirse en paradigma universal a partir del último cuarto del siglo XVIII, y es la Revolución Francesa su gran impulsora. Y es la versión liberal de la sociedad política la que da origen a la democracia moderna. no percatándose que la democracia es una forma de gobierno, como lo son la monarquía o la aristocracia, y que por ende, reducir al hombre sólo a la forma de vida democrática, es encorsetarlo y privarlo de las múltiples y variadas formas de vida que el hombre se da, y se puede dar a sí mismo para existir plenamente.

La subjetivización del cristianismo nace con el libre examen de las escrituras impulsado por la Reforma protestante del siglo XVI encabezada por Lutero y Calvino. y se consolida con el primado de conciencia del filósofo Descartes para quien el descubrimiento de la verdad es obra personal de la razón que actua y vive en cada individuo. El «pienso, luego existo» es la única verdad incuestionable a que arriba la razón cartesiana. Esta subjetivización del cristianismo produjo como resultado una cristiandad paratida en sectas como la que hoy vivimos en América. Para beneficio exclusivo de los bussiness-predicadores y endeudameinto de los fieles que los siguen.

El otro gran movimiento gestado en el siglo XVII, junto al progreso de las ciencias de la naturaleza, es la formación de los Estados nacionales sobre la ruina del Estado feudal y la aparición de una nueva clase: la burguesía. Movida, no ya por los ideales cristiano-caballerescos de la Edad Media, sino por el espíritu de lucro.
El último de los grandes discursos de la modernidad es la manipulación de la naturaleza (hombre-incluido) por la técnica. Este relato quiere significar que la instrumentación práctica del poder omnímodo que se lo otorgó a la razón, puede hacer con la naturaleza y con el hombre lo que quiera. Sosteniendo que la pauta moral está justificada por su propio progreso.

Estos grandes relatos de la modernidad quebraron. No tanto por la crítica que se le hciera desde una óptica premoderna, sino por las consecuencias contradictorias a que los mismos arribaron.

Así, al progreso indefinido de las ciencias físico-naturales lo detuvo la quiebra de la física clásica por parte de los Einsteind, los Plank y los Heisenberg. Así como la falta de un acorde progreso moral, por no hablar mejor de retroceso, del hombre contemporáneo.

Al poder omnímodo de la razón lo quebró no sólo el descubrimiento del inconsciente (Freud) sino la función desenmascadora de lo irracional (Nietzsche) y la captación emocional de los valores (Scheler).

A la democracia como forma de vida, la frustró no sólo el fracaso de los gobiernos socialdemócratas sino además la afirmación de otras posibilidades de organiación política, fuera del marco del capitalismo liberar (de Marx a Kadaffi). Y en nuestros días la lucha de los pueblos (de croatas a kurdos) siguiendos sus ideales nacionalistas para seguir existiendo en la historia.

A la subjetivización del cristianismo, la opción preferneical por los pobres de la Iglesia católica que supera el ámbito individual para insertarse raigalmente en el dominio social. El mensaje, en última instancia iluministas de la teología de la liberación de los años setenta-ochenta, está siendo reemplazado hoy por la teología del marginal en hispanoamérica. Desde el campo filosófico la consolidación definitiva de la fenomenología y su lema ir a las cosas mismas terminó con el psicologismo subjetivista.

El espíritu de lcuro pardce no quebrado aún. Pero la disconformidad con él, por parte de los pueblos dependientes, es algo manifiesto; a pesar de la machacona publicidad del modelo de globalización neo-liberal. De tanto vivir con «la ñata contra el vidrio -en este caso el de la televisión- y no poder adquirir ninguno de los productos que como panaceas nos ofrece el primer mundo por carecer de medios, hace que la opción de vida sea más y más la marginal o informal.

Por último, la manipulación de la naturaleza y del hombre por la técnica, ha concluido en la alienación y dependencia del hombre en sus propios productos. El hombre no sólo como esclavo sino al sentirse producto de la técnica, comienza a reaccionar de la única manera posible: con serenidad para con las cosas. Se da cuenta como observó agudamente Heidegger que «podemos usar los objetos técnicos, servirnos de ellos en forma apropiada, pero manteniéndonos a la vez tan libres de ellos que en todo momento podamos desembarazarnos de ellos» (cfr. M. Heidegger:f Serenidad).

Estamoa asistiendo al nacimiento de una nueva época. la quiebra de los paradigmas abarca todos los dominios. Comenzando por la tan mentada quiebra del equilibrio ecológico. La confusión de las funciones es total (el político es empresario, el deportista pensador, el santo asistente social, los estultos son filósofos, etc).

No existe una visión totalizadora del hombre, el mundo y sus problemas, sino retazos, visiones parciales y coyunturales. El hombre está forzado a preguntarse nuevamente por él, a tratar de encontrarse a sí mismo. y ello no es fácil, pero no le queda ninguna otra salida genuina.

Está obligado a instaurar un nuevo arraigo en el mundo, que se funde en la preferneica de su propia ecúmene cultural y en su pertenencia a un suelo. De lo contrario se transformará en un homúnculo.

La Postmodernidad es la etiqueta que ponemos a un paquete con ideas blandas en su interior que de vez en cuando abrimos para mirar si algo de lo que contiene se puede salvar.

En la era de la información se insensibilizan las conciencias, se fomenta el olvido y nos vemos obligados a ocuparnos sólo del instante. Nada es ya perdurable. A cada momento nos llegan nuevos datos, nuevas informaciones que se inscriben sobre lo anterior, a modo de horrible palimpsesto. Nos convertimos en seres programados listos para asimilar y olvidar casi simultáneamente lo que hemos aprendido.

La basura informativa es útil porque se recicla incesantemente: se transforma en otra basura, a su vez reciclable en una nueva basura, que a su vez se convierte en nueva basura...

Bajo este genérico de postmodernidad se esconde, sin embargo, lo nuevo. Postmodernos son el Subcomandante Marcos y los movimientos de liberación que en algunas partes del mundo arrebatan al poder una parte de su protagonismo para dárselo a esa instancia llamada pueblo. Estas incubadoras de futuro nos recuerdan el pasado y mantienen viva nuestra memoria en el presente. Lo viejo no acaba de morir ni nos deja vivir.

Fredric Jameson desafía con sus análisis a los portavoces de esta disolución postmoderna, recordándonos que el marxismo sigue siendo un instrumento útil para dar respuestas a los problemas del mundo. Hemos entrado en una tercera fase del desarrollo capitalista y la cultura postmoderna constituye su sustrato autónomo. La era de la globalización, basada en la electrónica y las nuevas tecnologías, es cualitativamente distinta a las fases precedentes: la de los mercados nacionales de la primera revolución industrial y la de la expansión imperialista y colonialista de la Primera Guerra Mundial. El sociólogo norteamericano argumenta con criterios marxistas que esta nueva etapa de la historia contiene todo lo malo del capitalismo, pero también el germen del progreso hacia una nueva civilización socialista.

La cultura postmoderna descansa sobre la absolutización del presente ahistórico, que condensa en sí todas las dimensiones temporales en una sola. Crea a cada instante nuevos sucesos sin el lastre de su proceso -como escribía Vicente Verdú en el diario El País no hace mucho. La modernidad construía el sujeto monádico, la postmodernidad lo deconstruye, disolviéndolo en el fetichismo de las mercancías y en el poder de la tecnología (Heidegger). El sujeto de la modernidad aparecía estrechamente vinculado a su objeto; se constituía en relación con las cosas, en su historicidad y trascendencia. El sujeto postmoderno en cambio, se degrada en su virtualidad, en sus conexiones difusas con el mundo. Desaparecen las instancias mediadoras entre el individuo y la globalidad y son sustituidas por el mercado.

Lo queramos o no, vivimos en la postmodernidad y es a partir de ahí que debemos actuar: crear nuevas cartografías espaciales, un nuevo sujeto político capaz de orientar la acción hacia un mañana liberador.

La postmodernidad como discurso

Decía hace ya bastante tiempo Jean François Lyotard que la crisis de los grandes relatos nos empujaba hacia el vacío. Pero más que ante una era del vacío, nos encontramos ante un momento del reciclaje discursivo, de la fragmentación y multiplicación de los discursos sociales y de su canalización hacia las aguas pantanosas del pensamiento único.

Para adaptarse a los sucesivos palimpsestos, el discurso pierde su coherencia, se hace añicos. Uno se ve envuelto en toda esta barahúnda y en ocasiones se encuentra perdido. Es lo que ocurre con la información que circula por la internet: nos perdemos entre esa retahíla sin sentido, ni concierto, ni orden en que consisten las infinitas dosis de información que llegan hasta nuestro ordenador.

El discurso postmoderno está hecho con retales de pensamiento, jirones de lenguajes confusos. Nadie se atreve ya a declararse marxista, o liberal, o católico, sin más. Prefiere decir que es un poco de esto, un poco de lo otro. No hace mucho conocí a un recién licenciado en Filosofía que se declaraba «anarco-fascista». Intentaba razonar esta confusa identidad con jirones textuales que había ido recogiendo a lo largo de su carrera: San Agustín, De Maistre, Nietzsche y no recuerdo quién más. Justificaba su «ideología» deslindando lo individual de lo colectivo, el yo del nosotros. Venía a decir que en lo personal se identificaba con el anarquismo y en lo social con el autoritarismo. Y yo pensaba, atónito ante estas explicaciones: ¡he ahí las piltrafas que engendran nuestras universidades!

Perdemos de vista el horizonte y dejamos de pisar el suelo. Las ideologías que nos sostenían se resquebrajaron con la postmodernidad. Navegamos sin rumbo por redes invisibles, a la deriva. Ante el «fin de las certezas» que corresponde con una época gobernada por las mercancías, el dinero y una hiperclase cada vez más reducida, sólo cabe decir: ¡vivan las certezas!

Porque los nuevos discursos encubren viejas miserias: la empresa, la policía, la explotación humana. Lo nuevo es tachado de viejo por los nuevos y viejos dictadores. Los cambios sólo son buenos si favorecen sus intereses.

Sorprende comprobar la simplicidad del pensamiento global y los efectos despóticos que emanan de él. Los grandes imperios de la comunicación rechazan el discurso crítico en nombre de una pretendida universalización de los valores de la cultura postmoderna. Al no reconocer la existencia de un sujeto histórico, agente de cambios futuros, este absolutismo postmodernista monopoliza los valores que guiaban la acción política revolucionaria. Puesto que la razón está de nuestra parte, dicen, los enemigos de nuestra civilización (léase movimientos sociales alternativos, nuevas corrientes socialistas, etc.) no pueden estar a nuestro lado defendiendo la democracia, los derechos humanos o la informática.

Pero, ¿no será que el mundo sigue dividido entre quienes tienen agarrada la sartén por el mango y quienes danzan y chisporrotean al calor del aceite dentro del recipiente? Nos dicen que todos formamos parte de la sociedad y que también tenemos derecho a empuñar el mango, pero nos hacen olvidar que la superficie del asa es mucho más pequeña que el resto del recipiente. Imaginemos que el mundo fuera una gran paellera: la inmensa mayoría seríamos granos de arroz.

Lo cierto es que la postmodernidad se puede contemplar como esta metáfora social de la paellera. Consumimos productos que nos consumen. Lo que desechamos se convierte en basura que por mor de la buena conciencia puede ser reutilizado nuevamente como producto de consumo. La información se recicla como la basura, mientras tanto somos cocinados (consumidos) y sujetados (por el asa) sin que nos demos cuenta. Un ciclo productivo, un tiovivo, un cuento de nunca acabar que se acaba con la muerte.

A cada generación le gusta identificarse con una gran figura mitológica o legendaria que es reinterpretada en función de los problemas del momento. Los hombres modernos gustaron identificarce con Prometeo, que, desafiando la ira de Zeus, trajo a la tierra el fuego, desencadenando así, el progreso de la humanidad.

En 1942, Camus sugirió que el símbolo más representativo de la modernidad no era tanto Prometeo sino Sísifo que fue condenando por los Dioses a hacer rodar sin cesar una roca hasta la cumbre de una montaña, desde donde volvía a caer siempre por su propio peso.

Ahora, los posmodernos dicen: "Hace falta ser tontos para saber que Prometeo no es Prometeo sino, Sisífo, y enpeñarce una y otra vez en subir la roca hasta lo alto de la montaña". ¡Dejémosla abajo y disfrutemos de la vida!.

La posmodernidad surge a partir del momento en que la humanidad empezó a tener conciencia de que ya no era válido el proyecto moderno; está basada en el desencanto.

Los posmodernos tienen experiencia de un mundo duro que no aceptan, pero no tienen esperanza de poder mejorarlo. Estos, convencidos de que no existen posibilidades de cambiar la sociedad, han decidido disfrutar al menos del presente con una actitud despreocupada.

La posmodernidad es el tiempo del yo ("de él yo antes que el todos") y del intimismo. Tras la perdida de confianza de los proyectos de transformación de la sociedad, solo cabe concentrar todas las fuerzas en la realización personal. Hoy es posible vivir sin ideales lo importante es conseguir un trabajo adecuado conservarse joven, conservar la salud, etc.

El símbolo de esta época ya no es Prometeo ni Sísifo, sino Narciso. Los grandes principios éticos y morales de la modernidad no se mantienen con carácter Universal, se entra en un ética de la situación, "todo depende".

El hombre en la posmodernidad empezó a valorar más el sentimiento por encima de la razón. Los posmodernos niegan las ideas de la modernidad sin analizarlas, ya que esto supondría tomar en serio la razón, rechazan con jovial osadía los ideales propuestos por los modernistas.

Y dicen que el deseo de saber demasiado sólo puede traer males. Opinan que el "pensamiento débil" tiene dos grandes ventajas:

  • Buscar el sentido único para la vida conlleva una apuesta demasiada alta (todo o nada).

  • Las grandes cosmovisiones son potencialmente totalitarias. Todo aquel que cree tener una gran idea trata de ganar para ella a los demás y, cuando estos se resisten, recurrirá fácilmente a la implementación de la fuerza.

  • El individuo posmoderno obedece a lógicas múltiples y contradictorias entre sí. En lugar de un yo común lo que aparece es una pluralidad de personajes. Todo lo que en la modernidad se hallaba en tensión y conflicto convive ahora sin drama, pasión ni furor.

    El individuo posmoderno, sometido a una avalancha de informaciones y estímulos difíciles de organizar y estructurar, esta en un incierto vaivén de ideas. El posmoderno no se aferra a nada, no tiene certezas absolutas, nada le sorprende, y sus opiniones pueden modificare de un instante a otro.

    Debido a la falta de confianza en la razón hay una pérdida de preocupación por la realización colectiva, y resalta un interés por la realización de uno mismo. Esto se observa en el retorno a lo religioso: hay un "boom" de lo sobrenatural y de las ciencias ocultas (quiromancia, astrología, videncia, cartas astrales, cábalas, etc.). En la posmodernidad, a diferencia de la modernidad, no hay prejuicio en aceptar explicaciones por más irracionales que sean. Además de un retorno de lo irracional; también retorna Dios. El Dios del individuo posmoderno no pude ser demasiado exigente. Puesto que el individuo posmoderno obedece a lógicas múltiples, su postura religiosa también las tiene; estructura su mundo metafísico tomando ideas judaístas, cristianas, hindúes y añadiendo, quizás, una pizca de marxismo y/o paganismo.

    Un modelo de sociedad postmodernista sería una conformada por infinidad de microcolectividades heterogéneas entre sí. Los posmodernos renuncian a discutir sus opiniones; "vive y deja vivir".

    El individuo posmoderno renuncia a buscar un sentido único y totalizante para la vida. La suya es una postura confortable, alérgica a las exigencias radicales.

    La posmodernidad, se caracteriza por:

  • EL hombre es producto de un proceso natural de evolución, que puede explicarse mediante la razón científica sin recurrir a fuerzas ajenas a ese proceso.

  • El proceso de desarrollo evolutivo se desencadena por el mecanismo de la competencia. La competencia genera el progreso no solo de la especie humana en un entorno hostil, en l que se sobrevivirá el más fuerte, sino del individuo humano, ya constituido de ese ámbito hostil de la especie de la que forma parte.

  • El Posmodernismo, como movimiento internacional extensible a todas las artes; históricamente hace referencia a un periodo muy posterior a los modernismos, y en un sentido amplio, al comprendido entre 1970 y el momento actual.

    Teóricamente se refiere a una actitud frente a la modernidad y lo moderno. Se trata de un movimiento global presente en casi todas las manifestaciones culturales, desde las películas de Quentin Tarantino y Pedro Almodóvar a la arquitectura de Ricardo Bofill, desde la literatura de William Burroughs y John Fowles a la pintura de Guillermo Pérez Villalta, y desde la filosofía a la televisión.

    El posmodernismo literario tiene su origen en el rechazo de la ficción mimética tradicional, favoreciendo en su lugar el sentido del artificio y la intuición de verdad absoluta y reforzando al mismo tiempo la `ficcionalidad' de la ficción, un ejemplo español puede ser Mariano Antolín Rato y sus novelas Cuando 900 mil Mach aprox (1973) o Mundo araña (1981). En la literatura en lengua inglesa las teorías posmodernistas han sido empleadas a menudo por escritores enfrentados a la experiencia poscolonial, como Salman Rushdie en Hijos de la medianoche (1981). El movimiento se acercó también a formas populares como la novela policíaca (El nombre de la rosa, 1980, de Umberto Eco).

    Los teóricos de la posmodernidad sólo coinciden en un punto: que el escándalo radical provocado en su momento por el arte moderno ha sido asimilado y recuperado por esos mismos burgueses liberales que en un principio tan sorprendidos y críticos se mostraron con él. Lo moderno ha llegado a integrarse en la cultura institucional elevado a los altares en galerías de arte, museos y programas de estudios académicos. Sin embargo, no hay consenso entre los posmodernistas sobre el valor de lo moderno, como tampoco hay consenso cultural sobre el valor del posmodernismo.

    En el caso de la arquitectura, el rechazo posmoderno del brutalismo y el International Style asociados con Le Corbusier y su sustitución por un estilo alusivo y ecléctico que alude en una suerte de pastiche caprichoso o paródico a estilos anteriores (desde el neoclasicismo al manierismo o el rococó) ha sido el centro de numerosos debates públicos. Tales debates olvidan con frecuencia el regreso aparente a los valores tradicionales, sin reconocer este hecho como un intento de aludir inconscientemente a estilos anteriores, más que de asimilarlos. El posmodernismo está más marcado por el camp y el kitsch que por la nostalgia; en términos generales, carece de la gravedad propia de los artistas y movimientos modernos de principios de siglo. Sin embargo, puede considerarse como la consecuencia lógica de la ironía y el relativismo modernistas, que llegan a cuestionar sus propios valores. El tono lúdico de la posmodernidad hace que resulte más fácilmente asimilable por la cultura popular o cultura de masas. Por otra parte, su aceptación superficial de la alienación contemporánea y su transformación de la obra de arte en fetiche han sido objeto de acusaciones de irresponsabilidad política.

    El filósofo francés Jean-François Lyotard considera que la explosión de las tecnologías de la información, y la consiguiente facilidad de acceso a una abrumadora cantidad de materiales de origen en apariencia anónimo es parte integrante de la cultura posmoderna y contribuye a la disolución de los valores de identidad personal y responsabilidad. Con todo, entiende la multiplicidad de estilos posmodernos como parte de un ataque al concepto representativo de arte y lenguaje, con lo que afirma más de lo que rechaza el modernismo de altos vuelos y allana paradójicamente el camino para su regreso triunfal.

     

    Interpretación bíblica y postmodernidad

  • ¿A imagen y semejanza de nuestro entorno social?

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    Desde sus mismo inicios la Iglesia ha sido fácil presa de los embates de la cultura dominante en muchas latitudes alrededor del mundo. Tal es así que ésta se ha convertido en réplica de su entorno social, aunque a veces cubierta con “un manto sagrado” como solía calificarla Leonardo Boff. Un vistazo a la historia de la Iglesia, especialmente en el mundo occidental, nos muestra que en todas las etapas de su desarrollo ésta ha asimilado y reproducido las ideas, los valores y los patrones de conducta de su contexto cultural, religioso, filosófico, literario, histórico-político y socio-económico. Lo mismo ha sucedido en el Mundo de los Dos Tercios. Tanto por aculturación como por autosegregación, en la Iglesia siempre han convergido lo mejor y lo peor del devenir histórico.

     

    A partir de la segunda mitad del siglo pasado, una corriente de pensamiento en

    particular ha intentado incrustar su estampa en la fe, pensamiento y ministerio de muchas comunidades de fe, afectando particularmente la concepción cristiana clásica sobre el significado de la Biblia y los métodos más comunes para interpretar la misma. Expertos en el estudio de la historia y la sociedad la rotulan como“la Postmodernidad”. Se cree, y con razón, que ésta ha ejercido un enorme impacto en la cultura occidental, con algunos coletazos en muchos sectores del Mundo de los Dos Tercios, mayormente entre los intelectuales. La ciencia y tecnología, la economía, la literatura, la cultura, la historia, la política, la filosofía y la religión no han podido contrarrestar la arremetida avasallante de este movimiento social.

     

    ¿Qué es la Postmodernidad y en qué manera ha afectado el estudio de las Escrituras? ¿Cuáles son los principios y métodos de interpretación más populares concebidos dentro de este movimiento? ¿Cuáles pudieran ser algunos pros y contras de los planteamientos innovadores de esta ideología? ¿Cómo incide este tema en la fe y la misión de nuestras comunidades de fe? En este trabajo buscamos dar respuestas tentativas a estas interrogantes a la luz de nuestra latinicidad, a objeto del motivar el diálogo, expandir nuestros horizontes intelectuales, reafirmar nuestra fe como seguidores de los ideales y persona Jesús y perfilar nuestra misión liberadora en el albor de un nuevo siglo.

     

     

    II. La Postmodernidad en pocas palabras

     

    Antes de discurrir sobre el legado de la Postmodernidad en nuestra manera de leer la Biblia, es menester que definamos lo que la Postmodernidad es. Permítanme destacar cuatro cualidades generales y entrelazadas. Primeramente la Postmodernidad es una corriente de pensamiento que sigue en la historia y está estrechamente ligada a la llamada "Modernidad”. Por un lado, es continuación y cumplimiento de la misma Modernidad; una etapa más y resultado natural del proceso de cambio social iniciado por ésta última. Por otro, la Postmodernidad es una reacción crítica a la Modernidad. [3] En segundo lugar, la Postmodernidad es una ideología, un sistema de pensamiento acerca del mundo en que vivimos y las relaciones entre sus miembros. Tercero, la Postmodernidad es un movimiento cultural. Como tal contiene y promueve valores, patrones de conducta y filosofías de vida muy concretos. Por último, la Postmodernidad representa una época o momento en la historia, cuyo génesis se remonta a principios del siglo veinte pero con creciente empuje a partir de los sesenta.

     

    ¿Qué más debemos decir sobre el tema? Dibujar un perfil específico de la Postmodernidad es una tarea muy comprometedora; en la actualidad contamos con muchas definiciones al respecto. [4] Sin embargo, para efectos del tema que nos ocupa y sin ánimo de ser simplistas, bien podemos calificar a la Postmodernidad como un movimiento de cambio social que ha cuestionado, fragmentado y rechazado todo aquello que se crea, acepta, legitima e impone sobre los demás “como esquema infalible”, para interpretar el pensamiento, los valores, el comportamiento y las relaciones humanas; es decir, la Postmodernidad ha deshecho y se ha opuesto a paradigmas rígidos que defiendan lo absoluto, lo verdadero, lo objetivo, lo normativo, lo universal, lo definitivo, etc. Como parte de este proceso, la Postmodernidad se ha dado a la tarea de enaltecer valores opuestos: lo relativo, lo parcialmente acertado, lo subjetivo, lo excepcional, lo local, lo tentativo, etc. Rebasando los confines del individualismo y el uso de la razón propugnados por la Modernidad, la Postmodernidad ha planteado una forma de conocer y vivir más integral, compleja y realista (epistemología); una que abarque también lo estético, lo intuitivo, lo emotivo, lo contextual, lo placentero, lo comunitario, lo diferente, lo poético, etc.

     

    Bajo estas directrices, la Postmodernidad ha resucitado y abogado a favor de la

    diversidad, heterogeneidad y singularidad de las experiencias humanas, especialmente las de aquellas a quienes la Modernidad ha relegado a la periferia y abusado de ellas. Una de sus funciones principales ha sido la de darle un "lugar" y "función" a todos los aspectos de la existencia humana. De ahí que el concepto de "la otra" persona o comunidad sea parte importantísima de cómo se estructure nuestra visión de la realidad y las relaciones de poder. En el Postmodernismo, sobre todo en sus versiones más extremas, no hay verdad absoluta sino verdades relativas y multiplicidad de puntos de vista. La vida no debe ya fraccionarse en extremos irreconciliables, como en la Modernidad. Lo superior no existe como tal, sino realidades elaboradas y filtradas por la percepción humana (inclusive la noción de Dios). Lo real y lo que se puede conocer es algo siempre mediado por los cinco sentidos en circunstancias bien definidas; todo lo demás es “ilusorio” o “ficticio”, por así decirlo. En el mundo existen muchas realidades y varias maneras de interpretarlas. Lo que el ser humano es, piensa y hace está fusionado con su propio contexto histórico-social y, desde ese punto de vista, es una experiencia válida, real y verdadera.

     

    Para los actantes postmodernos, toda interpretación del mundo es esencialmente construcción o producción social, es decir, fruto de una dinámica y compleja interacción de variables, en donde el ser humano es el constructor de su propia percepción del mundo (subjetividad) y cuya interpretación es el edificio construido; es decir, el conocimiento de la realidad. Por su carácter eminentemente contextual y parcial, consecuentemente, toda interpretación puede y debe ser deconstruida, es decir, desarmada, relativizada, limitada y ubicada dentro de su propio entorno, tomándose en cuenta todos los factores que han contribuido a la construcción de la misma, al igual que aquellos que han sido ignorados o excluidos. La subjetividad es una experiencia ineludible, por lo que debemos entender y respetar la de los demás (poniéndonos en su lugar), además de tener una conciencia crítica al respecto. En un ámbito postmoderno, el adagio "todo depende del cristal con el que se miren las cosas" adquiere un significado casi determinante y sin precedentes.

     

     

    III. Interpretación bíblica y el influjo de la Postmodernidad

     

    A. El marco histórico y su influencia en la lectura de la Biblia. Con el correr de los años, la Postmodernidad llegó a afectar nuestra valoración de la naturaleza de la Biblia, al igual que los métodos utilizados para entenderla. Pero este fenómeno no pudo materializarze sin los aportes preparatorios de la Modernidad.

     

    La Modernidad sirvió de cuna para el nacimiento y crecimiento de muchos de los pasos utilizados en la interpretación contemporánea de las Escrituras. Desde la época del Renacimiento, estudiosos dentro y fuera de la Iglesia comenzaron a ver a la Biblia como "un documento religioso más", y a analizarla con las mismas presuposiciones y procedimientos aplicados al estudio de cualquier literatura de la antigüedad. Dejando a un lado “la regla de fe” de la Iglesia, la idea de la Biblia como“revelación divina” y la interpretación alegórica y casi ahistórica de ésta, muchos comenzaron a parcializarse por el estudio crítico de la Biblia, hecho que rompió con las creencias dominantes de la Edad Media. La idea fue tratar de entender a la Biblia dentro de su propio entorno y a partir de la razón del individuo. De este modo poco a poco se fue prestando mayor atención a los idiomas originales y su estructura gramatical, asuntos relativos al contexto histórico-social de los autores y lectores originales, los géneros literarios de la Biblia, las condiciones geográficas del mundo antiguo, el propósito de los autores bíblicos al escribir, la identidad de los destinatarios originales, otras religiones y culturas, la mitología, etc. La Biblia comenzó ser vista como un objeto del espacio, el tiempo y la cultura. Al otro lado del espectro, entre los cristianos más conservadores hubo repetidos intentos por rechazar esta innovadora metodología. Otros más abiertos optaron por integrar esta manera de entender la Escritura, bajo la premisa de que Dios también se había revelado en la historia, aunque sin rechazar la inspiración y autoridad de las Escrituras. Esta opción, según ellos, permitía una mejor aplicación de las enseñanzas de la Biblia al contexto contemporáneo. Los Reformadores fueron quizá el mejor ejemplo de esta balanceada actitud.

     

    De este largo y complicado proceso dentro de la Modernidad eventualmente surgieron los principios, métodos y reglas sobre los que se basaron las disciplinas hermanas de “la hermenéutica” y “la exégesis” bíblicas, y más concretamente “el método histórico-gramatical” (iniciado en parte por los Reformadores y refinado siglos más tarde) y “el método histórico-crítico” (o“la crítica bíblica”, cuya génesis se remonta a los siglos dieciocho y diecinueve). Muchos de nosotros hemos sido instruidos en ellos en el uso de todas estas herramientas. Sin embargo, la historia no culmina allí.

     

    La Postmodernidad llevó a la Biblia y su interpretación a una esfera mucho más compleja. ¿En qué manera? Diversificando y sistematizando los postulados teóricos y reglas exegéticas generadas dentro de la matriz de la Modernidad. En esta nueva etapa, evolucionó la filosofía de la interpretación bíblica como tal, fueron revisados y perfilados los métodos tradicionales, se añadieron enfoques más específicos, se incorporaron los aportes de las ciencias sociales y se problematizó la naturaleza y el alcance de la lectura de las Escrituras. La Postmodernidad desenterró y acentuó, por así decirlo, otras dimensiones de significado ligadas a la lectura de las Escrituras, que la metodología clásica ignoró, trató inadecuadamente o relegó a un segundo plano. La naturaleza multifacética de la Biblia aunada al carácter polivalente del acto mismo de interpretación de los textos bíblicos, forzaron a los estudiosos a elaborar “nuevas maneras” de leer el AT y el NT. Como consecuencia de ello, el entendimiento de la Biblia se convirtió en una actividad más integral pero a la vez cuesta arriba, aún para los estudiosos.

     

    B. “Verdades” preconcebidas que permiten la lectura bíblica. Dentro del Postmodernismo se han desarrollado una serie de lineamientos teóricos que permiten (o hasta entorpecen a veces) la interpretación de las Escrituras, pero que han servido de cimiento para la llamada “nueva hermenéutica”. Enumeremos algunos de los más sobresalientes:

     

    1. La interpretación bíblica es un acto cotidiano, espontáneo y natural; es parte

    de nuestra relación con nuestros semejantes y el mundo. Señala un proceso mediante el cual discernimos, entendemos y explicamos cualquier fenómeno social. Nacemos y crecemos con la capacidad de concebir y emitir juicios sobre la realidad que nos rodea y con la que interactuamos. Este tipo de experiencia sigue una serie de “leyes” y “estrategias” transculturales de las que normalmente no estamos concientes, y a las que usualmente no damos nombre, ni sistematizamos.

     

    2. La interpretación de la Escritura es resultado y causa de una interrelación dinámica, real y compleja entre quien interpreta (el sujeto), lo interpretado (el acontecimiento fuera del texto bíblico), el texto bíblico (la mediación) y el escenario y circunstancias que posibilitan la existencia de todos estos elementos e influyen en cada uno de ellos (el contexto).

     

    3. Desde esta óptica, la interpretación escriturística es fundamentalmente “construcción social” ; es decir, conducta humana que crea una realidad de manera lógica y coherente a partir de una cosmovisión; y “acto contextualizado” , es decir, fenómeno ubicado en el espacio, el tiempo y la cultura; en el aquí y el ahora. La interpretación no viene del cielo o emana de la nada.

     

    4. Esto quiere decir que la interpretación de la Biblia es un hecho tanto real y posible, como finito, parcial o incompleto; es algo relativo, que siempre se da en torno a o a luz de una serie de variables. De este modo se posibilita nuestra comprensión de la Escritura pero también se la limita considerablemente.

     

    5. En realidad no existe tal cosa como la objetividad o neutralidad total al interpretar la Biblia; tampoco la interpretación "absoluta" y "final". Hay simplemente pluralidad de lecturas y lectores. Desde esta perspectiva, el intérprete nunca agota el significado de la Biblia.

     

    6. Por lo tanto, toda lectura de la Biblia es relativamente válida, auténtica y legítima. Como tal merecen respeto y debe dárseles espacio para existir.

     

    7. Nadie va al texto tabula rasa; siempre llevamos a él nuestros preconceptos, predilecciones y posturas, los cuales son resultado de nuestras personalidades, tradiciones, historia, educación, experiencias cotidianas, etc.

     

    8. La interpretación de la Biblia puede y debe ser vista con sospecha y deconstruida, es decir, desarmada y ubicada dentro de un marco social específico. La siguiente pregunta recoge bien el sentido de este postulado: “¿Por qué debo creer que tu interpretación de un texto particular de la Biblia es acertada o verdadera”?”

     

    9. Tanto el AT como el NT no surgieron de la nada o aparecieron en la historia como por arte de magia; no cayeron directamente del cielo como meteoritos. Los textos bíblicos son artefactos culturales, en otras palabras, producto y reflejo nítido de su compleja, multiforme y cambiante relación el ambiente geográfico, histórico-político, socio-económico, cultural, filosófico y religioso. Por lo tanto, tienen significado principalmente dentro de este marco. Lo mismo se aplica a todos los personajes de la Biblia y a nosotros como intérpretes.

     

    10. Por ser expresiones concretas del lenguaje y de conducta humana, los textos bíblicos son también "construcción social" y como tal codifican maneras particulares de concebir el mundo, son extensiones concretas de cómo se experimenta el mundo. En este sentido, son "testigos" de la interacción de los escritores con la realidad circundante. También son parte de un complejo sistema de relaciones y reglas que posibilitan la comunicación de significados dentro de su contexto social. En pocas palabras, son discurso.

     

    11. Los textos bíblicos encarnan y aluden a diversas experiencias sociales, hablan con diferentes voces y son susceptibles a varias interpretaciones. Estos asumen, aluden o expresan experiencias humanas a varios niveles. No reflejan un solo punto de vista humano. Son depositarios de variados significados "escondidos" y "evidentes". Es decir, tanto la Biblia misma como su lectura son multidimensionales y multidireccionales.

     

    12. Finalmente, existe una amplia y creciente brecha o abismo histórico-social que nos separa del texto bíblico, los acontecimientos fuera de ellos y su mundo social. Una lectura informada, responsable y consciente de las complejidades y posibilidades asociadas a la interpretación de la Biblia, ayuda a acortar la brecha que se para estos mundos buscando un ajuste o integración de los mismos. Es decir, construye puentes hermenéuticos.

     

    Baste decir que todos estos axiomas no son los únicos, ni necesariamente los más importantes, aunque de utilidad. Por lo pronto, debemos saber que estos se basan en la observación y sistematización de cómo los seres humanos hemos interpretado los textos a lo largo de la historia, y sirven de “marco de referencia” o “lentes” para estudiar la Biblia. En este sentido, estas “verdades” son herramientas convencionales, arbitrarias y perfectibles.

     

    C. Varias maneras de leer la Biblia. Por causa de la Postmodernidad, la interpretación bíblica hoy día no es el simple acto de entender y explicar textos, sino un complejo proceso de comunicación en el que muchos elementos juegan un papel transcendental en la producción de sentido. La intención del autor al escribir, el texto bíblico y su contexto, aunque importantes, no son suficientes. Existen otras variables que posibilitan, influencian y enriquecen nuestra lectura y conocimiento de las Escrituras. Además, la Biblia habla con diferentes voces y los intérpretes de ella construyen diferentes interpretaciones. Por tal motivo, es indispensable formular una metodología más amplia o completa, es decir, una que de cabida a variados ángulos de interpretación, que los valore por igual y busque integrarlos. Saber cuáles son estos ángulos, entender su naturaleza y explicar su funcionamiento, nos permite recobrar dimensiones de significado en la Biblia que de otra manera pasarían desapercibidas. De allí que para leer la Biblia apropiadamente, se deba acudir a ella con mente abierta y tomando en cuenta una amplia gama de componentes.

     

    Los métodos para interpretar la Biblia en la Postmodernidad pueden clasificarse bajo tres áreas que podríamos denominar “mundos de significado”. Algunos de ellos se concentran más en el autor del texto bíblico (“el mundo detrás del texto bíblico”). Otros enfatizan el texto mismo (“el mundo dentro del texto bíblico”). Finalmente, otros hacen hincapié en el lector moderno y la experiencia misma de leer la Biblia desde su ubicación social (“el mundo delante del texto bíblico”).

     

    1. El mundo "detrás" del texto bíblico. Los métodos agrupados bajo esta primera designación destacan todo lo concerniente al origen, desarrollo, creación y significado de los textos bíblicos dentro de su contexto histórico-social. Leer la Biblia implica, entonces, entender y explicar todos aquellos factores que influyeron y llevaron a los autores bíblicos a poner por escrito sus ideas (el texto como producto); es decir, precisar la historia antes de la formación del texto bíblico a partir de "pistas" que la misma Biblia suministra (historia pre-texto). Pero a la vez supone explicitar lo que el texto bíblico significó para sus autores y lectores originales en un momento dado. El intérprete moderno debe ir detrás de la Biblia misma para sumergirse dentro de ella, a fin de reconstruir su trasfondo y tener una mejor comprensión de la misma a la luz de éste. Es una especie de arqueología del texto, en la que se desentierra al autor, su mundo e historia. Es como mirar la Escritura por medio de una ventana y detallar lo que está detrás de ésta. Por esta razón algunos prefieren la frase “métodos centrados en el autor.”

     

    Bajo estos parámetros los estudiosos aunan esfuerzos por explicar la historia de la formación y transmisión de los manuscritos bíblicos (sobre los que se basan nuestras traducciones contemporáneas), y reconstruyen un “texto matriz” cercano a lo que pudo haber sido la copia del texto "original", haciendo uso de muchos manuscritos. Para tal fin se desarrollan criterios metodológicos a partir de la experiencia de escribir y copiar manuscritos en la antigüedad, al igual que del sentido común y probabilidades (crítica textual). No se puede interpretar la Biblia a menos que hayan textos que interpretar, sean estos escritos en los idiomas originales o traducidos al castellano.

     

    Una vez que se tiene el texto bíblico reconstruido, se procede a identificar las posibles líneas de pensamiento o tradiciones (orales o escritas) de donde el autor de un texto bíblico dado pudo haber tomado sus ideas y modificado las mismas en el texto que finalmente escribió (crítica de fuentes). Pero las tradiciones de las que los autores bíblicos dependieron para escribir sus mensajes no son estáticas; más bien atraviesan un proceso histórico en el que cambian de significado dentro y fuera de la Biblia, con el correr de los años y el paso de un contexto a otro (crítica de la historia de la tradición). De particular importancia es el cambio de "tradición oral" a "tradición escrita", y la forma o género literario que el mensaje adquirió en el texto bíblico, luego de un largo y complejo proceso de creación, modificación y edición de sus ideas, a la luz de nuevas circunstancias sociales (crítica de formas). Como parte de este proceso que se enfoca en el origen y desarrollo de las tradiciones, también se presta atención a cómo un autor bíblico utiliza la información en el texto bíblico. Por eso es importante concentrarse en su trabajo redaccional o editorial. No es sólo lo que el autor escribe, sino también cómo presenta la información y lo que todo esto tiene que decir sobre su teología y propósito al escribir (crítica de la redacción).

     

    Por cuanto los textos bíblicos se refieren constantemente a personajes, eventos, circunstancias, fechas y lugares especiales en un contexto socio-cultural concreto y distante del nuestro, para entender mejor la Biblia es imprescindible determinar la veracidad de tal información, al igual que el significado de los textos bíblicos a la luz de su trasfondo geográfico, histórico-político, socio-económico, cultural, filosófico y religioso (crítica histórica o del trasfondo social). Lo que el autor quiso decir y como los destinatarios pudieron haber entendido su mensaje, es clarificado por este acercamiento. Finalmente, la Biblia, por ser una colección de documentos en un solo libro y haber cumplido funciones históricas específicas en la comunidad de creyentes que los preservó, interpretó y compiló, debe ser vista como Escritura e interpretada como un todo y producto final, sobre todo a la luz de la fe. Además, pasajes individuales de la Biblia se utilizan para interpretar otros textos (como por ejemplo la interpretación cristológica del AT) (crítica canónica).

     

    2. El mundo "dentro" del texto bíblico. Si el foco principal en el apartado

    anterior fue el mundo detrás del texto, ahora el énfasis cambia hacia el texto mismo y su complejo universo de relaciones y significados. El intérprete de la Biblia pone su energía en entender y explicar no la producción sino el producto. Lo que el autor bíblico intentó decir puede descubrirse en las palabras del mismo texto. Pero existen también significados allí más allá del propósito del autor, pues en cierta medida el texto ya no está bajo el control de su autor y es un ente autónomo o independiente. Bajo esta categoría normalmente colocamos “métodos centrados en el texto”.

     

    Dentro de estos linderos, el intérprete busca comprender y explicar el idioma original de la Biblia, al igual que los elementos que conforman el texto bíblico como discurso (palabras, frases, oraciones, párrafos, etc.) y los significados de cada uno de ellos (crítica gramatical). Considerando que los textos de la Biblia son expresiones concretas del lenguaje, y que como tales conforman un complejo sistema de relaciones, valores y significados, el exegeta indaga también sobre el sentido de cada uno de estos elementos y del texto como un todo; aquí el asunto de importancia es saber qué significa el texto y cómo se comunica este significado al lector (crítica semiótica o estructuralismo). De la mano de este enfoque, tenemos también aquel que da especial atención al estilo, imágenes, artificios literarios, estrategias de persuasión y organización del discurso del autor, para una comunicación más eficaz de sus ideas a los lectores originales en un contexto dado (crítica retórica). Puesto que los seres humanos utilizan diversos medios de comunicación para impartir sus ideas, también se busca entender el contenido, la forma y el propósito de los géneros literarios que aparecen en los textos escriturísticos (crítica literaria).

     

    3. El mundo "delante" del texto bíblico. En contraste con todo lo anterior, existen métodos cuya finalidad es comprender y exponer lo que sucede no detrás del texto bíblico o en el mismo texto, sino en el lector y en su experiencia al leer desde su propio contexto histórico-social. Aquí se hace hincapié en cómo el intérprete recibe y procesa la información bíblica desde una ubicación social particular años más tarde. La lectura de la Biblia es una especie de diálogo entre dos horizontes cuya fusión genera sentido en y para el intérprete (el horizonte bíblico y el horizonte del lector). La Biblia es como una casa de espejos en la que se reflejan ideas, valores, eventos y patrones de conducta similares a los de hoy. Al estudiarla no sólo aprendemos del pasado sino también de nosotros mismos. Cuando la Escritura se interpreta desde este ángulo, se abre con ello camino para la aparición de multiplicidad de lecturas, todas ellas iluminadas por las coloridas experiencias humanas. Los tipos de lectura que funcionan de esta manera se denominan “métodos centrados en el lector”. Es aquí donde la Postmodernidad ha hecho quizá su más clara e innovadora contribución.

     

    En este estilo de interpretar la Biblia, lo que lector moderno percibe y como reacciona en su diálogo con ésta pasan al centro del escenario. Su experiencia en cierta manera colorea (y hasta determina) lo que el intérprete observa y procesa en su conversación con el texto bíblico (crítica lector-respuesta). Ya que nuestro conocimiento de la realidad (inclusive de la Biblia) es generado por una compleja relación entre quien conoce (subjetividad) y lo que se conoce (objetividad) en un contexto dado, los textos bíblicos deben siempre entenderse como construcción o producción social. Esto quiere decir que nuestro entendimiento de la Biblia siempre nos llega por medio de interpretación y que ésta, por ser específica y contextual, es incompleta y relativa. Por tanto, es aconsejable cuestionar "las ideas absolutas" y mirar la realidad desde puntos de vista no tomados en cuenta (crítica deconstructiva). Por cuanto los seres humanos siguen los mismos patrones de conducta a lo largo de la historia y en varias culturas, es posible diseñar y utilizar “modelos” y “teorías” actuales para entender mejor las ideas, los valores, y el comportamiento de las culturas bíblicas, y viceversa. Desde este punto de vista, la lectura de la Biblia es siempre una experiencia transcultural. Para este enfoque la Sociología y la Antropología Cultural son vital importancia (crítica socio-científica). Además, en la Biblia hay muchos cuentos e historias, cuya estructura literaria sigue ciertos patrones que la asemeja a las narrativas modernas, incluyendo componentes tales como trama, personajes, tiempo, lugar, circunstancias, punto de vista, ideología, etc. En vista de ello, para mejorar nuestra comprensión de cómo las ideas fluyen y son recibidas por los lectores bíblicos y contemporáneos, es saludable identificar y explicar el género narrativa y la interrelación de los elementos que lo conforman (crítica narrativa).

     

    Partiendo de contextos contemporáneos de explotación, marginalización, opresión y exclusión, muchas personas correlacionan su sufrimiento a lo largo de la historia con lo que la Escritura registra, es decir, hacen una relectura de la Biblia a partir de sus experiencias, y con la ayuda de las ciencias sociales articulan lineamientos de fe y acción para defender su causa y propiciar cambios sociales (crítica liberacionista). Bajo la sombra de esta corriente, por ejemplo, se puede analizar las características principales de los imperios dentro y fuera de la Biblia (crítica colonial o post-colonial) y el lugar y rol de las mujeres dentro de sociedades patriarcales (crítica feminista). No puede comprenderse el mundo actual y el antiguo a menos que analicemos de fondo las relaciones de poder y las estructuras que han subyugado a muchas personas.

     

    Todos los métodos clasificados pedagógicamente bajo estos “mundos de significados” ilustran el hecho que la Biblia no tiene un significado final, cerrado y absoluto, como sus mismas historias y enseñanzas así lo demuestran; su interpretación esta abierta al dinamismo de la vida. Por tal razón el ser humano nunca agota el sentido y pertinencia de las Escrituras. Además, dichos métodos no se excluyen, ni pueden operar eficazmente prescindiendo el uno del otro. Cada uno de ellos a menudo integra o se basa en muchas de las contribuciones hechas por los otros. También tienen una fuerte dosis interdisciplinaria, aunque reteniendo sus matices muy particulares. Más que una "crisis" en la interpretación de la Biblia, todos estos aportes reflejan un cambio en el significado cultural de la interpretación.

     

     

    IV. Evaluación "postmoderna” de la interpretación bíblica postmoderna

     

    Considerando que la Postmodernidad ha relativamente moldeado lo que somos y que no podemos desprendernos de su secuela, considero apropiado someter esta ideología a un sano escrutinio, dándole "una taza de su propio chocolate", es decir, sacando a relucir sus aportes y limitaciones.

     

    A. "Engendros" de nuestro ambiente. La Postmodernidad ilustra con nitidez

    que tanto nosotros como los personajes de la misma Biblia, somos fruto directo y sujetos creadores de todo lo que está a nuestro alrededor. La fe y la vida siempre se dan en la historia y la cultura, mediadas por el ropaje que nuestra sociedad conoce, utiliza y provee gratuitamente. Todo lo que hacemos afecta nuestra identidad, especialmente la manera como leemos la Biblia. Hablar de la Postmodernidad en una ocasión como ésta es recordar su impacto en nosotros y puntualizar los condicionamientos que han contibuido a ello. De allí que el presente proverbio se cumpla una vez más: "dime lo que crees y muéstrame lo que haces (cómo lees la Biblia), y te diré que ideologías han influido en ti".

     

    B. La multicolorida experiencia humana. La Postmodernidad ha podido

    rescatar y promover el hecho que los seres humanos no somos iguales, que estas diferencias están arraigadas en nuestra posición y función en el mundo y que todo esto se manifiesta a través de variados mecanismos sociales. Los seres humanos creemos, sentimos, interpretamos y actuamos de modos distintos. La Biblia y nuestra interpretación de ella están sujetas a esta "ley de la vida". Por eso contamos con una amplia gama de recursos exegéticos y enfoques para nuestro provecho. Hay de todo "en la viña del Señor" y mucho que aprender. Dentro del seno de esta ideología, resurge entonces una nueva apreciación por lo que es "fuera de lo común", sentándose con ello bases sólidas para un sano pluralismo y respecto por el derecho ajeno, aun cuando haya desacuerdos entre nosotros.

     

    C. Libres para ser y actuar. Dentro de este marco, todo ser humano tiene el

    deber y el derecho (por lo menos en teoría) para decidir qué creer y cómo actuar en la vida; inclusive para determinar qué creer de las Escrituras, cómo interpretarlas y qué buscar en ellas. Gracias a los espacios teóricos abiertos por la Postmodernidad, no tenemos que ser presos de los absolutismos o las restricciones impuestas por aquellos que nos dicen que siempre hay "una sola manera de ver las cosas". Ya no hay excusa para encajonarse dentro de esta falacia o mito. La filosofía de vida propugnada por la Postmodernidad de alguna manera nos ha devuelto la dicha de saber que sí podemos y debemos determinar nuestro destino.

     

    D. La dádiva del realismo. Si bien es cierto que la Postmodernidad ha

    demostrado que todo conocimiento de la realidad es mediado por nuestra interpretación, y que la interpretación es un acto situado en la historia y, por lo tanto, impreciso e incompleto, también es cierto que ésta es el único recurso tangible con el que contamos para hacer sentido de la vida y la misma Biblia. Hay un fuerte sentido de realismo atado a nuestra condición humana, el cual merece nuestra apreciación y ponderación. En el proceso, la Escritura se convierte en algo más a nuestro alcance y resurge con un enorme potencial; para ser un libro más pertinente. La Postmodernidad ha desacralizado la Biblia haciéndola más humana y relevante, pero no por ello menos inspirada o autoritativa.

     

    E. Una espada de doble filo. Por desgracia, bajo la consigna de que toda perspectiva es “válida”, muchos pueden utilizar porciones selectas de la Biblia para apoyar ideas y valores preconcebidos, legitimar posiciones de privilegio, abusar de los más débiles y perpetuar la explotación, la colonización, la marginalización y la exclusión de individuos y grupos sociales. Con la Biblia se puede “probar” hasta lo insólito: exigir obediencia a regímenes totalitarios (neo-colonialismo), defender la esclavitud (esclavismo), justificar “la cacería be brujas” y tildar a los demás de “herejes” (ortodoxia a ultranza) y defender las doctrinas preconcebidas de una confesión cristiana particular (denominacionalismo), etc. A partir de una lectura parcializada de las Escrituras y bajo la consigna de que "toda interpretación es producción social", se puede marginar el rol y el estatus de la mujer e intensificar su sufrimiento (machismo, sexismo o chauvinismo), defender la causa de los ricos o los pobres al extremo (clasismo) y rotular a los demás de “paganos”, asumiendo ingenuamente que nuestra cultura es “mejor” que las demás (etnocentrismo). Si no nos cuidamos, nuestro mejor aliado puede convertirse en nuestro peor enemigo.

     

    ¡Sí! La lectura de la Biblia al estilo postmoderno es algo peligroso, pero por fortuna es esta misma corriente de pensamiento la que nos permite reconsiderar y actualizar nuevas ideas, valores y acciones. Paradójicamente la Postmodernidad ha demostrado que, a partir de la Biblia, se pueda también construir una teología que sea pertinente, permita un reencuentro con el Creador, proclame la fe cristiana, afirme la dignidad humana y defienda los derechos de aquellos que fueron marginados y abusados por la Modernidad: los indígenas, los negros, los latinos e hispanos, las mujeres, las culturas del orbe, otras religiones, los esclavos, los pobres de la tierra, etc. En este sentido podemos decir que la interpretación de la Biblia a la postmoderna es una experiencia ambigua o ambivalente; hecho que nos incomoda pues siempre queremos estar seguros de lo que sabemos y creemos. De esta ideología aprendemos, quizá a regaña dientes, que nuestra especificidad es nuestra mayor limitación (porque no sabemos de todo y lo que sabemos es limitado), pero también nuestro mejor tesoro (pues gracias a nuestra subjetividad podemos obtener significado). No podemos vivir con esta forma de pensamiento, pero tampoco podemos vivir sin ella; hecho que la hace, en cierta medida, un "mal necesario".

     

    F. La historia se repite. Reconocemos que la Postmodernidad ha forjado la

    fibra de la personalidad cultural de muchos pueblos. Pero como siempre ha sucedido en la historia, ésta se ha movido y beneficiado principalmente a aquellas personas de los sectores privilegiados: los intelectuales. Como en otras épocas, la discusión sobre el tema ha excluido a las masas, las ha convertido en objeto de análisis o la información les ha llegado tarde. De modo que hablar sobre la Postmodernidad es, en cierto modo, irrelevante para muchos de nosotros, pues su contenido no nos ha afectado directamente, no queremos que esto suceda o "ni nos va, ni nos viene". Con todo, es nuestro deseo que al exponernos a esta forma de pensamiento en el presente trabajo, algo haya podido calar bien dentro, o por lo menos incentivarnos a "retener lo bueno y desechar lo malo."

     

    G. Todo vale, nada vale. En sus manifestaciones más radicales, la Postmodernidad

    podría dar la impresión de que todas las cosas tienen el mismo valor y están al mismo nivel; asunto que es relativamente fácil de afirmar desde un contexto de privilegio, oportunidades, comodidad y abundancia. No obstante, en la práctica, nosotros sabemos y sentimos (sobre todos los que siempre han estado al margen de situaciones de privilegios) que “la verdad” es o debería ser otra. De ahí que la Postmodernidad, llevada a su lógica e inevitable conclusión, pudiera encaminarnos a un rotundo rechazo de lo divino (ateísmo), hacernos creer que la objetividad, como base para la adquisición de "la verdad" y "la moralidad", es un imposible (escepticismo), mera ilusión sensorial sólo comprobada por los cinco sentidos (empiricismo), o en el peor de los casos, una invitación a rechazar de plano los valores y el orden de las cosas (nihilismo). Afirmar que lo real es ilusión y lo que es ilusión es real, no nos lleva a ningún lugar, crea una crísis en la ética y puede deshumanizarnos. Llevada a sus últimas consecuencias, la Postmodernidad nos dejaría sin criterios para enjuiciar el modus operandi del Talibán y el Al Qaeda o de las naciones poderosas y sus políticas en contra del Tercer Mundo.

     

    H. Mejoramiento del pensamiento, recrudecimiento del sufrimiento. Gracias a los aportes de la Postmodernidad, hoy día podemos desglosar la Biblia, explicar con lujo de detalles sus mensajes y revalorizar nuestras interpretaciones. Pero si bien es cierto que nuestra comprensión del mundo y de la Biblia ha "mejorado" a nivel intelectual (por lo menos en algunos sectores), no podemos decir lo mismo sobre las grandes mayorías que aún viven al margen de los que detentan el poder y sus beneficios. ¿Acaso el nuevo conocimiento producido por la Postmodernidad nos ha hecho ser mejores seres humanos? ¿Ha servido de algo esta información para cambiar o modificar las estructuras sociales que perpetúan e intensifican el dolor? Avanzar en el saber o problematizar el mundo que nos rodea no necesariamente lleva a mejorar la condición del prójimo. Por desgracia los marginados siempre han sido marginados, a pesar del "progreso" tecnológico, económico, cultural, político o teológico, no importando qué ideología o movimiento de cambio social esté de moda. Ni la Modernidad ni la Postmodernidad han podido secar las lágrimas de nuestros hermanos y hermanas, mucho menos eliminar las causas de la agonía y el dolor humano. Progreso en el manejo de data no es siempre sinónimo de progreso humano. Saber más de la Biblia tampoco. Se requiere mucho más de nuestra parte.

     

     

    V. ¿Y ahora qué?

     

    Para concluir permítanme compartir algunas recomendaciones que quizá podrían hacer de nuestra lectura de la Biblia una empresa más a tono con la misión de nuestras iglesias y la coyuntura histórica por la que estamos pasando.

     

    A. Dar la bienvenida a nuestra subjetividad. Por cuanto es imposible desprenderse de nuestra condición de ser constructores de significado al leer la Biblia, o metemos la cabeza dentro del agujero y negamos lo innegable o simplemente admitimos nuestras limitaciones como intérpretes y tratamos de hacer lo mejor posible con lo que somos y tenemos a nuestra disposición. La última opción es más atractiva que la primera. Por lo tanto, sin dejar la fe en Dios y nuestro compromiso con El, debemos aceptar y adoptar (quizá con resignación) nuestra finitud humana con integridad, honestidad y humildad, y utilizarla como un medio para leer la Biblia mas eficazmente y llevar a cabo nuestra misión en la vida como cristianos. Un asunto es asumir nuestra "subjetividad" (nuestra condición de ser sujetos o intérpretes), otra cosa abrazar "el subjetivismo", lo cual es un extremo. Debemos optar por lo primero y solicitar la ayuda divina.

     

    B. Recordar que la interpretación es don, arte y ciencia. A pesar de lo que muchos predicadores tradicionales pudieran aseverar, entender las Escrituras a cabalidad es ardua y seria labor. Pero hacemos la salvedad que aunque todos podemos y debemos interpretar la Biblia, no todos tenemos la capacidad para ser "perceptivos" y descubrir muchas de las verdades contenidas en ella. Ciertas personas en la iglesia han sido dotadas para ello (i.e., el carisma de la docencia), aunque reconocemos que nadie sabe de todo todo el tiempo tampoco, ni siquiera "los expertos". No obstante es bueno recordar que con trabajo y dedicación todos podemos ser “mejores lectores”. Pero para que este sueño se haga realidad, se amerita disposición, disponibilidad y entrenamiento. El Espíritu de Dios no premia o ilumina la flojera, ni la ignorancia adrede. Finalmente, recordemos que existen ciertas reglas y principios que rigen la manera como se lee y debe leerse la Biblia, en las cuales debemos instruirnos.

     

    C. Concentrarnos en lo que sabemos y esforzarnos por saber más. Fácilmente toda

    la discusión de este trabajo podría descorazonar o bajar la estima personal a muchos. Pero más que producir sentimientos negativos, nuestra reflexión ha buscado exponernos (quizá por primera vez) a una forma de pensamiento de la que deberíamos saber más. Nuestro slogan debe siempre ser "conocer más para ser más sabios". Mientras caminamos en pos de esa meta, debemos enfatizar no el conocimiento que no tenemos, sino el que tenemos que no ponemos en práctica; hay que ser fieles "en lo poco" y "en lo mucho". A la misma vez, debemos abrir unas ventanas para que la brisa fresca de un nuevo punto de vista pueda entrar. Para conocer mejor la Biblia necesitamos manejar nuevas pautas, pues no podemos interpretarla apropiadamente sin metodología.

     

    D. Leer la Biblia desde otros puntos de vista. Si creemos que la Biblia contiene un

    mar de experiencias y variadas dimensiones de significado, y que existe multiplicidad de métodos que ponen de relieve esas realidades, no debemos conformarnos con leer la Biblia de la misma manera toda la vida. Mucho de lo mismo es contraproducente; sería incurrir en el mismo error de la Modernidad. Nuestro enfoque y actitud deben cambiar. Por tal motivo es recomendable leer la Biblia desde otras perspectivas, especialmente desde ópticas a las cuales no estamos acostumbrados o de las que poco sabemos (es decir, desde el reverso). Es más, hay que interpretar la Biblia aún desde aquellos puntos de vista que nos hace sentir incómodos o con los que estamos en desacuerdo. Por ejemplo, adoptar la posición de "la víctima" (o quien pierde) en los relatos bíblicos puede ser una experiencia iluminadora y liberadora. Debemos salir de la prisión de la mera lectura religiosa de la Biblia. Ya que los seres humanos no somos iguales y las experiencias varían aún dentro de la misma Biblia, debemos tratar de aprender de lo que otras personas tienen que decir sobre un tópico dado. No podemos estar en acuerdo o desacuerdo con alguien, a menos que hayamos colocado todas las cartas sobre la mesa y haber tenido la delicadeza de "escuchar" primeramente.

     

    Para iniciar esta desafiante aventura, hay que dejar nuestro orgullo a un lado y deshacernos del ingenuo pensamiento de que “todo lo sabemos y no tenemos nada más que aprender”, o de la excusa escapista de que “El Espíritu Santo nos enseña todo lo que debemos saber”. Hay que darle a Dios un chance para que nos cambie, usando otras construcciones sociales. La multiplicidad de lecturas abre las puertas hacia "la verdad", y enriquece nuestra fe y ministerio.

     

    E. Interpretar en comunidad. Por cuanto la Biblia es una colección de documentos

    que hablan con diferentes voces, están sujetos a variadas lecturas y son fruto de la labor de varias comunidades, la Escritura no debe leerse de forma aislada. Ya que cada uno de nosotros siempre tiene algo que aportar a su comprensión (en virtud de nuestras multiformes experiencias), la lectura de la Biblia no debe dejarse sólo en las manos de los expertos tampoco. Esta debe estudiarse en contexto de familia: desde, con y para nuestros pueblos. De modo que hay que popularizar su lectura y estudio, como se ha hecho entre las Comunidades de Base o grupos de crecimiento espiritual. A veces ponemos mucho énfasis en la experticia y entrenamiento de pastores, sacerdotes o profesores, hasta el punto de menospreciar y excluir a otras personas, especialmente a aquellos con poca o ninguna educación formal. Aunque siempre debe haber un lugar para la erudicción en la Iglesia, no obstante, ésta debe estar constantemente al servicio de la Iglesia y en diálogo con lo que el pueblo interpreta también. De acuerdo a Postmodernidad, “la verdad” es una realidad que no puede obtenerse de manera total y para nuestra completa satisfacción, pero esto no quiere decir que no podamos unir fuerzas para encaminarnos en esa dirección. Como pastores, educadores y líderes debemos ceder parte de nuestro poder institucional para que otros participen de la interpretación de las Escrituras. Como pueblo y laicos, debemos reclamar nuestro derecho a ser parte de ello en igualdad de condiciones. ¡En la multitud de lecturas hay sabiduría!

     

    F. Disfrutar a plenitud la lectura bíblica. No podemos permitir que la influencia de

    ninguna ideología o nuestra falta de conocimiento de ella, nos abrume, desanime, intimide o nos arrebate la dicha de leer las Escrituras, por muchos dolores de cabeza que esto pudiera ocasionar. Nuestra interpretación de la Biblia no tiene que ser una actividad mecánica, seca, meramente racionalista, mucho menos irrelevante. Hoy y siempre debe ser una experiencia festiva, agradable y placentera hasta lo sumo. La invitación es a redescubrir con alegría el poder transformador y la satisfacción de leer esta sagrada colección de documentos antiguos.

     

    G. Leer la Biblia desde el marco de la fe. Para muchos de nosotros interpretar la

    Escritura no es gimnasia académica o aerobics religioso. Es más bien una empresa muy exigente que parte desde la fe cristiana misma y se nutre de ella durante toda la vida. Porque creemos en Dios y Cristo tomamos tiempo para estudiar la Escritura. En ellas Dios se nos da a conocer. Y porque tenemos fe, debemos hacer lo que mejor esté a nuestro alcance para entender mejor la Biblia. Por eso dedicamos tiempo y energía a explorar nuevos métodos. Pero todo esto lo hacemos a la luz de la fe cristiana. Ser cristiano representa la posición desde y a través de la cual interpretamos la Biblia. En lenguaje postmoderno afirmamos que esta es una de las presuposiciones no-negociables de nuestro trabajo y misión, cuyo precedente encontramos en la historia misma del cristianismo.

     

    H. Conocer para amar, servir y liberar. Para cerrar, no olvidemos que explicar la

    Biblia mejor jamás pueden ser el fin último de la vida cristiana. Debemos mantenernos al margen de la bibliolatría, pues ésta no debe ocupar el lugar que sólo pertenece al Creador y Dios de la historia. Tampoco el foco de atención deber ser describir la Postmodernidad y su impacto en la forma como estudiamos el AT y el NT. Nuestro norte es conocer más, a objeto de mostrar nuestra devoción al Señor y solidaridad con nuestro prójimo. El conocimiento de cualquier cosa en la vida es siempre instrumental. De las abstracciones debemos movernos a la acción. La Biblia tiene que ser mucho más que un libro sobrenatural, fuente de datos históricos, instrumento para alimentar la piedad personal, excusa para la especulación, guía para el devocional privado o un mero recetario para “arreglar” lo que sucede a nuestro alrededor. Debe ser una herramienta para la transformación individual, social e institucional de la realidad temporal. Por lo tanto, todo conocimiento adquirido que impida la realización de esta noble misión lleva a revivir una especie de gnosticismo. Conocimiento no es sinónimo de "verdad", y conocimiento sin amor por Dios y los demás, es un sin sentido.

     

    Al reflexionar sobre la Postmodernidad y la Biblia, estoy seguro que a partir de ahora nuestra lectura de la Escritura, la historia y la cultura no será la misma, pues en nuestro peregrinar por la vida siempre encontraremos tanto “joyas viejas” como “joyas nuevas” a las que daremos sabor de lo nuestro, y en todas ellas de seguro encontraremos “palabras de vida”.

    LA MODA EN LA POSTMODERNIDAD

    La moda ya no es algo meramente relativo al vestir. La moda es, según la conocida tesis, un fenómeno social total. Por eso, esforzarse por comprenderla supone ampliar la reflexión al contexto sociocultural y antropológico.

    Que la moda sea total quiere decir que se ha convertido en el modo de irrumpir toda realidad en el ámbito social. Constituye el fenómeno mismo de lo social. Ese carácter totalizante de la moda es el resultado de la confluencia de tres características de nuestro mundo:

    En primer lugar, de la necesidad imperiosa de generar artificialmente un espacio común en un mundo cada vez más amplio y más vacío en virtud de la incomunicación personal de fondo de los individuos que lo habitan. Hoy es necesario establecer la comunicación entre personas muy diversas y muy distanciadas, en la medida en que la sociedad se ha hecho pluricultural y globalizada. Esta situación aumenta la necesidad de tipificar la realidad para poder establecer con cierta precisión los sujetos del diálogo social y los términos del consenso. Los medios técnicos para lograr ese artificio son la imagen y las telecomunicaciones. En un mundo en que la mediación espacio-temporal se ha hecho muy compleja, la imagen se muestra como el vehículo inmediato de la comunicación: aquello que compartimos se hace de imágenes tipificadas repetidas, de lugares y sentidos comunes, que se hacen comunes en virtud justamente de su repetición. Pasado un tiempo, cambian las imágenes y con ellas nuestra existencia común.

    En el espacio intercontextual generado artificialmente, la moda ha venido a ser el nuevo lenguaje básico. No un “pérfido” lenguaje, sino quizás el único posible en las condiciones actuales de la existencia social. La palabra y el diálogo han sido sustituidos por la imagen y la moda: es ahí fundamentalmente donde nuestros espíritus comunican. Algunos de los oráculos de nuestro tiempo lo diagnostican con claridad: así G. Lipovetsky en su conocido ensayo El imperio de lo efímero, considera la imagen como el artífice máximo de la civilización superior que ha tenido lugar en la historia. También J. Baudrillard estaría de acuerdo en considerar la moda como fenómeno cumbre de la civilización. Por su parte M. Kundera se refiere a la imagología, es decir, la capacidad de creación de simulacros y sucedáneos, como el milagro materialista de nuestro tiempo

    La moda en su combinación con la imagen ha llegado a convertirse, por tanto, en el fenómeno del renacer a la realidad de cualquiera de los aspectos de nuestra existencia. Consideramos algo como real cuando aparece ante nuestros ojos y puede ser contemplado por todos al mismo tiempo y en el mismo sentido, no importando a los efectos de la realidad si proviene de la imaginación o del sueño. En efecto, como bien expresa G. Vattimo, máximo representante de la postmodernidad filosófica: “eso que llamamos la realidad del mundo es algo que se constituye como contexto de las múltiples fabulaciones”.

    La moda es por tanto, una categoría de la existencia individual y colectiva, que en la misma medida en que se ha hecho total ha venido a ser universal.

    En segundo lugar, el carácter totalizante de la moda se ha hecho posible por el economicismo capitalista, que ha venido a configurar el orden en que tienen lugar todas nuestras acciones. Como sugiere M. Rivière “la moda ha ayudado a construir el paraíso del capitalismo hegemónico”[4]. Sin duda, capitalismo y moda son realidades que se retroalimentan. Ambos son un motor del deseo que se expresa y satisface consumiendo; ambos cuentan de modo especial con emociones y pasiones, con la atracción por el lujo, por el exceso y la seducción. Ninguno de los dos conoce el reposo, avanzan según un movimiento cíclico no-racional, que no supone un progreso. En palabras de J. Baudrillard: “No hay un progreso continuo en esos ámbitos: la moda es arbitraria, pasajera, cíclica y no añade nada a las cualidades intrínsecas del individuo”. Del mismo modo es para él el consumo un proceso social no racional. La voluntad se ejerce -está casi obligada a ejercerse- solamente en forma de deseo, clausurando otras dimensiones que abocan al reposo, como son la creación, la aceptación y la contemplación. Tanto la moda como el capitalismo producen un ser humano excitado.

    En tercer lugar, el condicionamiento de toda la realidad por el progreso técnico, que hoy en día es un fin en sí mismo independiente de la vida humana, ha afectado a la moda. Al igual que el arte, la moda sigue las leyes del progreso técnico y se hace autónoma respecto a la belleza, al bien y a la verdad. Para el caso del vestir, por ejemplo, comprobamos en la actualidad la autonomía del vestido respecto al cuerpo -el caso tan conocido del tallaje- y respecto del diseño e incluso respecto del vestir mismo: las últimas tendencias consisten justamente en deconstruir el vestido.

    Todos estos fenómenos contribuyen a configurar una estética de la frivolidad que lleva aparejada una moral de la frivolidad, tal como la entiende por ejemplo Rorty, las cuales son la expresión misma del pensamiento contemporáneo postmoderno, para el cual la moda parece constituirse en la expresión misma del pensamiento, puesto que pone de manifiesto de modo fenoménico su debilidad.

    Para darse cuenta de lo que esto quiere decir basta mencionar a G. Lipovetsky para quien “la mayor lección de la moda es que nos hace comprender, en las antípodas del platonismo, que, actualmente la seducción es lo que reduce el desatino, lo artificial favorece el acceso a lo real, lo superficial permite un mayor uso de la razón, lo espectacular lúdico es trampolín hacia el juicio subjetivo”. Aunque Lipovetsky quizá no lo expresa del todo claramente, lo que parece estar detrás es la tesis nietzscheana, recogida por los filósofos postmodernos, de que lo aparente es lo real.

    Lo característico de la frivolidad es la ausencia de esencia, de peso, de centralidad en toda la realidad y, por tanto, la reducción de todo lo real a mera apariencia: es una nueva sofística en la que, al igual que aquella con la que combatió Sócrates, la retórica erística prima sobre la verdad.

    En efecto, la moda es una suerte de retórica-sofística que nos hace sumergirnos en una orgía de la apariencia. J. Baudrillard diría incluso en una post-orgía, en la que toda la realidad se nos presenta como pura exterioridad absolutamente manipulable. Ya la modernidad fue una orgía, un momento explosivo en que se consiguió la liberación en todos los campos. ¿Qué hacer después de la orgía? Fingir -dirá este autor postmoderno-. “Ya sólo podemos simular la orgía y la liberación, fingir que seguimos acelerando en el mismo sentido, pero en realidad aceleramos en el vacío”. Sabemos que no somos libres, pero fingimos la liberación. La moda viene a ser el concepto de esa liberación sin libertad: posibilidad, transformación sin resistencia sobrepasando todos los límites sin nunca dejar de tener necesidad de liberarse de alguno. El proceso de liberación al infinito se muestra como la mayor atadura. De ahí la necesidad de vivir en la ficción: en la ficción de la liberación.

    En la era de la apariencia cada uno busca su look, que es como su identidad de plástico. “Como ya no es posible definirse por la propia existencia -dirá J. Baudrillard-, sólo queda por hacer un acto de apariencia sin preocuparse por ser, ni siquiera por ser visto. Ya no: existo, estoy aquí; sino: soy visible, soy imagen -look, look! -. Ni siquiera narcisismo, sino una extroversión sin profundidad, una especie de ingenuidad publicitaria en la cual cada uno se convierte en empresario de su propia apariencia”.

    Creo que no se puede describir mejor el actual significado de lo que aquí queremos decir con la expresión “moda total”. En esta situación de apariencia total, se disuelven las diferencias entre bien y mal, verdad y falsedad, lo mismo y lo otro, interioridad y exterioridad. Es la confusión total en la que tampoco hay espacio para el humor, porque como dice acertadamente M. Kundera, “el humor sólo puede existir allí donde la gente distingue la frontera entre lo relevante y lo irrelevante. Y esa frontera se ha vuelto hoy imposible de distinguir”.

    En lo que hace relación al vestir, la forma de indiferencia, de liberación, más básica para entender la moda actual es la homologación del cuerpo a los objetos, en el sentido de que el cuerpo no pasa a primer plano como lo haría en un naturalismo, sino como impregnado de artificiosidad. Como apariencia y pura exterioridad no hay modo de diferenciar el cuerpo humano de los demás objetos. Uno y otros son presa del poder de la técnica, que es lo único que queda de poder y de dominio en el contexto de la debilidad del pensamiento y la voluntad. La reconversión artificial del cuerpo se constituye de hecho en una nueva religión.

    Esta situación aparece descrita de un modo muy claro en el libro de M. Rivière, Lo cursi y el poder de la moda: “La utilización masiva de instrumentos para la transformación del cuerpo es una verdadera religión, supone un ritual, requiere unos sacrificios, unos dogmas y normas morales cuyo objetivo es el acceso a un nirvana terreno: la eterna juventud, el desafío de la muerte. La religión del culto al cuerpo promete una nueva vida en sus ritos y en su magia, presentándose como un desafío al reinado del mal, entendiendo por mal lo natural, hasta que esa nueva vida artificial se convierta en la encarnación del nuevo mal. El narcisismo resulta una expresión excesivamente liviana para reflejar la realidad del nuevo hombre artificial. El maquillaje del yo, machacando al cuerpo en el fundamentalismo laico de su culto para adaptarlo a la identidad soñada, no pretende otra cosa que hacer del hombre un dios de la realidad nueva y esplendorosa que ese hombre trata de inventar”.

    Es decir que, curiosamente la única forma de dominio que se ejerce es aquella del sacrificio para adaptarse a la apariencia cambiante y sin sentido. Y ese sacrificio pertenece a la única forma de culto posible para el mundo de la exterioridad y es el culto de la figura. Las diosas de ese culto, sin duda, son los y las modelos.

    Como decíamos, la estética de la frivolidad lleva aparejada una ética de la frivolidad. El fenómeno de la moda total cuestiona el yo, tal como se había entendido en la modernidad: una identidad racional, definida individualmente, subjetivizada al máximo, con un poder ilimitado sobre su entorno. El yo rortyano postmoderno nos aparece, por el contrario, como un yo infinitamente revisable y compatible con una multiplicidad de identidades incoherentes, es caleidoscópico, especular y puede adquirir en sociedad distintos roles confundentes entre sí. La sociedad consiste entonces en un conjunto de yoes descentralizados constituidos por múltiples piezas de retazos culturales deconstruidos. Como vimos, exactamente igual que el vestido. Desde esta interpretación del yo, no es posible una integración de la experiencia, no podemos hallar una continuidad en la acción que permita hablar de perfección, de cumplimiento de la propia personalidad, sin la cual toda ética no es más que una ética fingida, una ética puramente superficial sin interioridad, una ética frívola.

    En la orgía de la apariencia, lo imaginario ha triunfado sobre lo real, pero aún cabe preguntarse dónde queda la realidad. La realidad queda mediada por la ficción, la cual presta al yo postmoderno un gran número de servicios. Veamos cuales son.

    Quizás la función clave que ejerce la moda al yo en este contexto general es procurarle una oferta de identidades. La moda es una especie de “supermercado del yo”[16]. La creación de los diferentes looks, no es más que una tecnología de la identidad. Ajusta mis deseos momentáneos proyectados en la imaginación a un tipo social que se me ofrece en el mencionado supermercado: así hoy voy de romántico, mañana de hippie, pasado de mujer fatal, etc. Los constructores del supermercado deciden en su agenda las posibilidades de mi identidad. Lo grave del caso es que además el look supone una identidad definida exclusivamente por la exterioridad, por la apariencia, y reflejada de un modo particular en el vestido, aunque también en los lugares, las costumbres, el lenguaje. Es lo que ocurre hoy con la estética de la delgadez. Se ha impuesto como modelo de identidad contemporánea por antonomasia. Es un componente meramente exterior de la identidad, pero en el que nos reconocemos y fuera del cual, experimentamos un rechazo.

    Curiosamente por muy alienante que parezca la identidad prefabricada en nuestra decripción, es un valor en alza. “El éxito de la identidad prefabricada -dirá M. Rivière- es que cada uno se la organiza de acuerdo con lo que previsiblemente triunfa”[17]. Permite por eso la moda un uso utilitarista de la propia personalidad.

    Todo eso, sin embargo, no tiene generalmente nada que ver con la historia personal, es más, puede llegar a ocultarla, a hacerla imperceptible a mis propios ojos. La identidad se configura desde fuera de nosotros mismos. Cuantos más ojos tienen los demás para con nosotros, menos capacidad de mirarnos desde nuestro interior nos queda. Los ojos de los demás nos hacen olvidar que somos también protagonistas de nuestra propia historia, que somos más que una mera función del cambio social. No podemos distinguirnos a nosotros mismos de nuestro disfraz. ¿Cómo es posible entonces la ansiada liberación? La salida de ese disfraz es el camino interior. Consiste en alumbrar el propio nombre, es decir, la verdad del propio ser desde lo profundo de cada uno y contando con la propia historia. También entonces la moda tiene un papel relevante, a saber: expresa la identidad, pero no la constituye.

    Un segundo servicio que presta la moda al hombre contemporáneo, y que me parece también extralimitado en nuestro mundo postmoderno, es el de ser el espejo social por antonomasia y, en esa misma medida, distorsionar la inclinación natural a la imitación que reside en todo ser humano. Toda situación social se ha convertido en una pasarela. Casi no podemos elegir a nuestros héroes, porque han quedado ocultos tras el brillo de esos escenarios.

    En tercer lugar, la moda supone para el ser humano una redefinición del tiempo desde el ciclo de la moda: las famosas “temporadas”. Al final de cada una de ellas se crea una especie de vértigo en espera de lo nuevo. El tiempo queda redefinido otra vez desde la exterioridad. Lo nuevo es puramente cambio y viene a quitar el peso del aburrimiento existencial de las imágenes que se repiten: cambian las formas, los colores, los estilos, las identidades. No soportaríamos que no se diera ese cambio, la existencia se convertiría en algo demasiado pesado.

    A la inconstancia del yo le corresponde una inconstancia del tiempo. La moda redefine las dimensiones del tiempo y las reduce a una, que es fundamentalmente el presente. No existe el pasado, porque la moda es efímera. Se desvanece totalmente en cuanto es sustituida. El futuro existe en forma de expectativa, de deseo en presente.

    El tiempo queda marcado en función de unas expectativas meramente aparentes que, a mi modo de ver, falsean la disposición del ser humano a la esperanza. Y ésta es la siguiente función. Con la recreación del tiempo, queda redefinida la esperanza. La verdadera esperanza que supone, en el ejercicio del espíritu, el descubrimiento de la riqueza del ser de las cosas en la experiencia de lo mismo, de la repetición, queda sustituida por el dejarse sorprender por la novedad. En cualquier caso al no ser radical novedad se agota en muy poco tiempo y de nuevo aparece el aburrimiento y el vértigo, la dependencia de la oferta.

    Un servicio de la moda añadido a los anteriores, y éste de gran interés para la clase gobernante, consiste en formar parte de la educación política, de la democratización. Todos los diseñadores se esfuerzan por decirnos, y hasta nos lo hacen creer, que “la moda está en la calle”. Esa afirmación, que a los consumidores de moda siempre nos sorprende, tiene un carácter eminentemente democrático. Desde el periodo de entreguerras, con el surgimiento del prêt à porter, la moda del vestir no ha hecho más que avanzar en un continuo proceso de democratización. El primer paso consistió en que toda la población tuviera acceso a la moda del vestir. El segundo es la posibilidad de manipular esa realidad humana en favor de la aceleración del proceso democrático. En este sentido la moda es un instrumento democrático más para lograr el consenso social. Un medio, por otro lado dudoso, pues, bajo la apariencia de una gran pluralidad y liberalidad genera una indiscutible homogeneidad, como señalaba A. Fikielkraut .en un artículo de La Vanguardia de hace ya algunos años.

    Por último, el vestir adquiere un papel relevante en la redefinición de las relaciones humanas, que en el contexto de la moda total consiste fundamentalmente en seducir. Aquí viene al caso la conocida afirmación de Yves Saint-Lauren: “La gente ya no quiere se elegante, quiere seducir”. Y eso es ejercer un poder. Lo característico de la elegancia es conservar siempre una cierta distancia para no perturbar la intimidad del otro. Es una forma de respeto. Generalmente la elegancia invita, pero no impone. Por el contrario, la seducción se impone, conduce generalmente a donde no se quiere ir: es un engaño.

    La seducción reduce así fácilmente las relaciones humanas al nivel de la inmediatez que se mueve fundamentalmente por impulsos, apetitos, impactos, emociones, sentimientos, comodidad. En ese nivel de la inmediatez todos somos iguales y es muy fácil la manipulación: El “material humano” se hace así tremendamente previsible y, por tanto, flexible para las intenciones del poder.

    Ahora bien, siendo tantos los servicios que la moda presta al ser humano de nuestros días -aunque, realmente lo serían si hallasen la medida entre la apariencia y la realidad-, ¿no es cierto que ha descuidado algunas de las dimensiones humanas a que afecta? Vayamos ahora a ellas.

    En un sentido físico, el ser humano se viste para aislarse y protegerse del medio. Por eso, cuando no necesita protegerse deja de cubrirse: los pueblos primitivos de las regiones tropicales viven más o menos desnudos. Hay que distinguir aquí, sin embargo, el cubrirse del vestirse. En las diferentes culturas los seres humanos nos cubrimos de diferente modo, según las necesidades que nos impone el medio. Es ésta una necesidad física. Ahora bien, por encima del fenómeno de cubrirse está el de vestirse, que es más que cubrirse, es algo espiritual.

    Interesan más aquí, desde el punto de vista antropológico, los rasgos espirituales del vestir.

    En primer lugar hay que decir, siguiendo en este punto el análisis de Rafael Alvira, que le vestirse es una forma de habitar el mundo, una forma de “tener”.

    Como absoluto el hombre pertenece a la esfera del ser, como relación a la esfera del tener. Porque necesariamente el hombre hace referencia a la alteridad, el hombre “tiene”. Su forma de relacionarse con las demás cosas es poseerlas, simplemente porque es en algún sentido superior a ellas. Con las personas la lógica de la posesión es diferente y se llama amor, que es el poseer por medio de dejarse poseer. Tener es ser capaces de añadir algo al propio ser. El hombre, al poseer la realidad, configura el entorno a su medida, según es él mismo. O, lo que es igual , puede “alargar”, “prolongar” su interioridad en todo lo que le rodea. Muy especialmente configura el entorno inmediato donde vive, la casa y el vestido.

    Supone, por tanto, una relación entre una interioridad y una exterioridad. Precisamente, porque el ser humano tiene interioridad, y porque cada ser humano es una persona única, hay una infinita modelación del entorno por parte del hombre. Todo lo que tiene que ver con la acción humana puede adquirir muchas formas, aunque no todas, sin dejar de ser humano.

    Nos vestimos al caer en la cuenta de que estamos presentes ante otros, que son ajenos a la propia interioridad. Ante esa mirada del otro configuro mi exterioridad como expresión de lo que soy. Esto nos enriquece, porque añade a nuestro ser corporal nuevos significados que expresan la riqueza interior, dándole así a nuestra apariencia externa una gran profundidad. El vestir dice algo de nosotros, pero no nos desvela completamente, de modo que siempre queda algo por conocer. Es la mediación necesaria para el trato social. Nos da la posibilidad de entrar en diálogo con los demás en la clave en que nos hayamos propuesto en cada caso. Los demás se dirigen a nosotros según nos presentemos. El vestir es una invitación al diálogo y al tipo de diálogo que buscamos. En que sea simplemente una sugerencia para ello consiste, como mencionamos más arriba, la elegancia. Esa sugerencia se caracteriza por el respeto a quienes me ven y con los que quiero dialogar. Así no supone una violenta interferencia en su intimidad.

    La elegancia no es el lujo o la ostentación, y ni siquiera la riqueza del vestido, sino que es la finura en el trato con los que nos rodean; la elección adecuada para el diálogo adecuado.

    El hecho de que exista moda en el vestir nos habla de otro fenómeno espiritual, que tiene que ver con el ya mencionado diálogo, y es la necesidad que tenemos de asemejarnos y distinguirnos de los demás. Ya hacía referencia a ello G. Simmel en la definición que da de la moda: “Así la moda no es otra cosa que una de la formas de vida en las cuales la tendencia a la igualdad social y a la diferenciación individual y a la variedad se conjugan en un hacer unitario”.

    Las personas necesitamos reconocernos en los demás para no sentirnos solos, pero al tiempo nos queremos distinguir, porque de hecho, somos diferentes en nuestra individualidad. Esa posibilidad de distinción en el contexto de igualdad nos la da, entre otras cosas, el vestido y la moda. Con la mediación del vestido podemos al tiempo acercarnos y marcar las distancias precisas.

    El vestir supone, por tanto, una relación entre la interioridad y la exterioridad; entre el ocultamiento y el aparecer. Sin ese claroscuro no hay lugar para una experiencia verdaderamente humana en el ámbito del vestir. El vestido, por tanto, representa la necesidad de ocultar la intimidad a la mirada de los demás y, al mismo tiempo, -pues sólo se puede comunicar lo que de algún modo está oculto- la necesidad de comunicarla “medialmente”, es decir, la necesidad de modelar la propia exterioridad. En este diálogo del ocultamiento y del aparecer hallamos otro significado netamente espiritual del vestir que hace relación a la sexualidad humana: es el pudor.

    El pudor no sólo hace referencia al ámbito de la sexualidad humana, sino a todos los ámbitos tocantes a la conservación de la propia intimidad. Pero, sin duda, el hecho de que el ser humano tenga un carácter sexuado hace que el fenómeno del pudor sexual tenga que ver con el vestido. Porque mi cuerpo, soy yo.

    Se habla hoy continuamente de “moda unisex”. La indiferenciación de los sexos pertenece a las nuevas tendencias. Ahora bien, eso de ningún modo elimina el juego de los sexos en el ámbito del vestir, porque de hecho la realidad sigue existiendo y la realidad humana es sexuada, aunque se pueda jugar a que no lo es. Hacerlo, lo único que añade es una sofisticación mayor y, por tanto, una mayor confusión, en el juego social y antropológico de los sexos. Es muy difícil pensar la realidad sin tomar en cuenta los valores masculinos y femeninos, sea quien sea quien los represente.

    Dicho esto se entiende que el vestir, en la función de cubrir o descubrir, dependiendo de las culturas, juega un papel fundamental para que se haga posible una experiencia humana y no infrahumana en la vivencia de la propia sexualidad.

    Como conclusión: la moda no es, sin más, un fenómeno advenedizo a la realidad humana, sino profundamente humano, siempre que se ajuste a su medida, siempre que no se abandone al pseudos. La moda a comienzos del siglo XXI, sin embargo, ha sobrepasado con mucho el sentido pleno que tiene dentro del marco de la experiencia verdaderamente humana y, en su totalización, se ha convertido en uno de los modos de alienación del ser humano. Se hace necesario a comienzos del nuevo siglo volverla a pensar integrándola dentro del sentido global de una vida humana plena. Sólo entonces encontrará la verdadera fuerza que permita para ella un despliegue auténticamente creador.

    LIBERTAD EN LA POSTMODERNIDAD

    . Sin libertad, no puede brotar el amor. No se puede decir nunca a nadie: te pido que me ames. El amor, o es libre en la persona, o no es amor.

    Por ello, siempre que uno cohíbe, rebaja, menosprecia, etc., la libertad del otro, él mismo es el causante de que éste otro no lo pueda amar. A los tiranos, por temor o a la fuerza, se les obedece. Pero nadie los quiere.

    Muchas parejas, por el hecho de intentar dominar al otro, o bien de dominarse mutuamente, van marchitando y secando su antiguo amor.

    Pasa lo mismo entre padres e hijos, amigos, grupos de trabajo, etc. En último término, las contiendas del mundo tan trágicas de ordinario, son debidas a la opresión de las libertades.

    II. La modernidad, desde Descartes, ha ido fundamentando la libertad sobre la razón. La razón se erigió en cima del ser humano. Ella forjaría el progreso. La hegemonía de la razón ilustrada, sin embargo, ha conducido al mundo a las guerras más horribles utilizando las técnicas alcanzadas (Hiroshima, Nagasaki). Ha puesto en peligro, atentando contra la ecología, y ha amenazado con sus industrias la supervivencia misma de la humanidad. Y ha causado las máximas injusticias entre los pueblos ricos y pobres. La "sospecha" y el "desencanto" de este envanecimiento de la razón ponen en peligro que ahora se menosprecie esta maravillosa capacidad del hombre. Y muchas personas y sectores prefieren caer en esoterismos y en seguridades irracionales, así como dejar ir los sentimientos sin ninguna guía. Más que elaborar desde su trono el método cartesiano de la duda, sería mucho más sensato dudar de ella misma. La belleza, las evidencias, el amor, iluminan la razón.

    III. Si la modernidad pretendía basar toda la sociedad en la razón, la postmodernidad, ¿dónde podrá fundamentar esta convivencia?

    Entrevemos que hay alguna cosa que es igual de digna que la razón y el amor entre los seres: se trata de la libertad. Pero la libertad tiene por encima suyo un título. El cual es el origen. Un niño al que desde su nacimiento se le priva de todo movimiento y del ejercicio de sus sentidos, no llegaría a desarrollar su entendimiento. La libertad es necesaria para el desarrollo de nuestra potencia intelectual. Igualmente, sólo libremente y conociendo podemos amar. La razón sola no puede originar el amor. El odio, menos. La libertad, sin promover conocimientos, tampoco.

    La postmodernidad puede iniciar una nueva singladura hacia unos horizontes mejores, si parte de la libertad y sin menosprecio de la razón. Las dos pueden producir una mejor utilización de la técnica en el mundo, más respetuosa por el ser de las cosas. Conseguir que haya menos injusticia y, por tanto, una sociedad más feliz. Sin libertad, no puede haber felicidad.

    La libertad es un tesoro tan valioso en nosotros, que hay que ver muy bien en qué la invertimos. Que sea alguna cosa que valga la pena. Descubrimos que sólo el amor tiene esta condición. Cualquier otra inversión de la libertad que no lleve a amar, es una dilapidación. Por ello, la libertad debe hacer camino avanzando hasta llegar al amor. Un camino de sabiduría, y no sólo de conocimientos técnicos. Éstos, sin aquella sabiduría, nos pueden alejar del amor y hasta destruirnos.

    Los gritos de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, son excelentes. Pero nacieron como leones de zoológico, prisioneros del despotismo ilustrado. Por ello, paradójicamente, desencadenaron el terror y el imperio napoleónico, que pisotearon la libertad de la gente y de los pueblos, la igualdad entre las personas de todos los estamentos, y establecieron la insolidaridad de vencedores y vencidos. Es necesario liberar estos principios de la Revolución Francesa -y en consecuencia- de la esclavitud en que nacieron. Sólo entonces podrán ser origen y fundamento de la postmodernidad

    DROGAS Y POSTMODERNIDAD

    Desde la antigüedad hasta nuestros días el consumo de drogas ha tenido una aureola de perversa atracción en el hombre. De la ingesta de sustancias psicoactivas con fines religiosos o existenciales, de su utilización terapéutica a la intención de obtener estímulo o placer, de su uso como moda o respuesta contracultural a las tendencias sociales, la ingestión de éstas sustancias se ha ido masificando, a tono con la exaltación consumista que propone nuestra época. La droga emblemática de la posmodernidad acaso sea el éxtasis, porque idealiza el mundo joven y hedonista, sacraliza el poder y contempla la opción de convertir al cuerpo -devenido en mercancía- en objeto de desenfreno y descontrol.

    La relación del hombre con las sustancias alucinógenas o narcóticas proviene del remoto pasado. Desde la antigüedad, los individuos prominentes consumían sustancias que unas veces los calmaban y otras los excitaban, que combatían lo que hoy llamamos la ansiedad y el estrés -y los existencialistas denominaron angustia vital- o le insuflaban ánimo, alegría, energía o vigor. De la función terapéutica a la intención de obtener placer, o a partir de una búsqueda de tipo existencial, las drogas han tenido un extraño sabor de perversa atracción en el hombre de todas las épocas.

    Ya Dionisio hacía las veces de oficiante en las celebraciones realizadas en su honor. Dios griego asociado a la embriaguez extática, enteogénica, cientos de poetas han descrito las visiones provocadas por la ingestión de los alcaloides que se consumían en aquellos rituales orgiásticos. "La farmacia utópica moderna -expresa Enrique Ocaña ha sido el antro donde Dionisio ha celebrado su último renacimiento, generando utopías que oscilan entre la sabiduría trágica y el nihilismo narcótico. Pero el dios de la ebriedad ya no es sólo expresión de júbilo y plenitud, sino también iglesia para los desesperados, vehículo para evadirse de una aciaga realidad".

    Las leyendas describen las pociones mágicas de los curanderos, los filtros de las brujas, los ungüentos de hechiceros y alquimistas en la búsqueda de ciertos estados alterados de conciencia. Algunos han hablado de estados superiores de la psiquis, de hiperlucidez; otros, del momento de inspiración, del instante de iluminación, de transmutación de las conciencias. "La literatura poética del mundo entero -expresaba Louis Pauwels en los psicodélicos años '60- reboza de testimonios sobre estas bruscas iluminaciones. ¿Y cuántos hombres, que no son ni poetas ni místicos, han sentido que, durante una fracción de segundo, rozaban aquel estado?".

    Grandes obras literarias habían acompañado las experiencias de muchos escritores con las sustancias alucinógenas. La tradición de la literatura inspirada en la droga comenzó en el siglo XIX con el poeta Coleridge y con Thomas De Quincey y Wilkie Collins en Inglaterra, y Edgar Allan Poe en Norteamérica. Hacia 1840 se mudó a Francia con la generación de Baudelaire, Gautier y Nerval. Se acentuó más tarde, con la generación beat: Jack Kerouac, William Burroughs y Allen Ginsberg. Hasta ese momento, la droga había sido consumida como una experiencia personal, íntima, incluso secreta, como en el caso de los grupos ocultistas en los que participaban hombres de la talla de W. B. Yeats y Aleister Crowley. Pero, a mediados del siglo XX, se produce un quiebre: "la novedad de los años '50 y '60 consistió en que la invitación al lector se hacía muy manifiesta. Esto sucedía de dos maneras: una fue la de Ginsberg, Burroughs y Kerouac y gran parte de la generación de la psicodelia. Fue primordialmente un acto de protesta, un acto político que invitaba a rechazar los horrores y defectos de nuestra civilización. Tenía todo el sabor romántico de los hippies. La otra fue la de Aldous Huxley, Timothy Leary y Alan Watts: una experiencia en que la mística y la ciencia se combinan".

    A lo largo del tiempo, los términos utilizados para designar lo que genéricamente denominamos drogas han sido múltiples, y no siempre correcta su aplicación. Así, las drogas psicoactivas objeto de los primeros estudios realizados a partir de mediados del siglo XIX, cocaína incluida, recibieron el nombre genérico de narcóticos, cuando la etimología de dicha palabra -narcosis, dormir- es inapropiada en relación a los efectos que causa. Lo mismo sucede con el término alucinógeno, cuyo verdadero significado es "ofuscar, seducir o engañar haciendo que se tome una cosa por otra". La palabra psicodélico -de delon, mostrar- hace alusión a la manifestación de elementos psíquicos que en condiciones normales están ocultos, a la estimulación intensa de potencias psíquicas. Pero se halla indisolublemente ligada a la cultura pop sesentista, y no parece congruente descontextualizarla. El término enteógeno, creado en 1979, procede de la palabra griega entheos -Dios adentro- y designa aquellas drogas que producen visiones, y de las cuales pueden mostrarse que han figurado en ritos religiosos o chamánicos. El término fue acuñado por Robert G. Wasson para diferenciar los compuestos psicoactivos usados con fines de revelación o trascendencia de otros usados como meros estimulantes.

    A partir de fines terapéuticos, lúdicos, religiosos o existenciales, el consumo de drogas ha estado presente desde la antigüedad, y constituye un fenómeno crucial en el desarrollo de las sociedades contemporáneas, sobre todo desde mediados del siglo XIX.

    Hongos alucinógenos utilizados en los rituales chamánicos. El opio y su uso terapéutico. El hachís, la hierba que haría furor en la Francia de mediados del siglo XIX. La morfina, sustancia dominante en los ambientes más vanguardistas de su época. La cocaína y su vértigo, ya entrado el siglo XX. El peyote y Antonin Artaud, la mescalina y Aldous Huxley, la experiencia lisérgica y los hippies. Y el éxtasis, el furor de la posmodernidad. De la ingesta de sustancias psicoactivas con fines religiosos en la antigüedad, al uso lúdico e irresponsable que ha adquirido en el último siglo el conjunto de compuestos englobados bajo la denominación de drogas, han recorrido las sociedades y las culturas un largo camino a través del tiempo. Acaso la definición de Grellety sobre la neurosis como una "característica de las generaciones decadentes entregadas a la búsqueda de falsos paraísos" defina con exactitud nuestro tiempo actual, dominado por la incertidumbre y la ausencia de futuro.

    En muchas culturas, los estados modificados de conciencia han constituido un elemento básico en la vida cotidiana de sus comunidades, una práctica ritual y, asimismo, un camino espiritual para conectarse con la dinámica cósmica. Los enteógenos, según parece, han sido y son un medio más para lograr modificar el estado ordinario de la conciencia. Pero existen otras sustancias psicoactivas y también medios mecánicos para alcanzar estados similares, como la meditación o la respiración holotrópica. Aquellos defensores de la enteogenia afirman que, mediante la ingesta de alcaloides psicoactivos, se puede experimentar directamente lo sagrado, el efecto de lo divino. Wasson, a su vez, dedicó muchos años de trabajo a demostrar el papel de los hongos sagrados en la aparición de las religiones.

    En pleno siglo XX, ciertos intelectuales manifestaron sus inquietudes respecto de la importancia de las drogas en las manifestaciones religiosas y culturales de la humanidad. Aldous Huxley, uno de los pioneros en el campo de la psicodelia, vislumbraba una sustancia que transfiguraría al mundo y despojaría al ser humano de sus miedos, lográndolo abrir a la belleza de la vida. En los años '50 escribió "Las puertas de la percepción", un ensayo sobre su experiencia visionaria con mescalina, el alcaloide visionario del peyote. Poco antes, había publicado su notable novela "Un mundo feliz", en donde describía la utilización del soma, la droga ideal, "eufórica, narcótica, agradablemente alucinante", una sustancia que no dejaba secuelas incómodas o destructoras, y permitía mantener un statu quo social libre de inestabilidad e inquietudes subversivas. En ese paraíso artificial, en esa sociedad que había eliminado el sufrimiento en todos sus aspectos, nadie consumía alcohol, tabaco, heroína, cocaína ni cualquier otra droga imperfecta.

    La obra es, en realidad, una ironía a la vez que una visión alucinada de una humanidad deshumanizada, una virulenta crítica a la sociedad de consumo, a la manipulación totalitaria y la eliminación del pensamiento metafísico.

    Como ruptura dentro de los esquemas sociales de su época, la contracultura floreciente durante los años '60 estuvo fuertemente impregnada por la experiencia psicodélica. En esos años -que fueron, en palabras de Gilles Lipovetzky, "el saque del posmodernismo"- se consolida la cultura pop, indisociablemente ligada al concepto de consumo. Según Usó, la dietilamida de ácido lisérgico (LSD) y otras sustancias similares fueron empleadas con profusión por psiquiatras, farmacólogos y otros especialistas, en el terreno clínico y de la investigación científica, pero se dejó de utilizar como fármaco porque escapó del control de sus manos y se extendió por la calle, popularizándose su consumo. Pero la experiencia psicodélica es algo más que un simple elemento de la cultura pop. "Los psicodélicos o enteógenos no son sustancias que actúen en el organismo al modo de las drogas heroicas tradicionales (heroína, cocaína) sino que obran efectos profundos sobre la mente y el espíritu. De hecho, para muchos pueblos todavía no contaminados por misiones fundamentalistas, constituyen vehículos de ebriedad divina".

    La posmodernidad trajo consigo el aniquilamiento de las vanguardias, las artes, las ideologías y la revolución, y un aumento compulsivo de las posibilidades individuales de elección, una revalorización del yo individualista y del consumo. En este contexto, "es público y notorio que a ninguno de nuestros contemporáneos se le ocurriría entender la alteración de los estados de conciencia como algo más que un divertimento para el consumo".

    La utopiácea contemporánea

    En efecto, en los tiempos de mayor información acerca de la nocividad y los efectos negativos que produce la ingesta de tóxicos, nunca se había dado en toda la historia un consumo tan extendido y masivo de sustancias alteradoras de la conciencia.
    Paradójicamente, en la era del relax posmoderno, en los tiempos de la cultura del bienestar, de la abundancia y el confort, se ha exacerbado el recurso a mitigar, a través del consumo de sustancias tóxicas, un evidente malestar consustancial a nuestras sociedades. Ninguna época había creado y consumido tantas drogas como la nuestra: legales e ilegales, blandas y duras, químicas y orgánicas, a tono con la exaltación consumista que propone nuestro tiempo. "La estrategia para mantener el crecimiento del consumo y, por lo tanto, la reproducción del capital pasa, pues, por exacerbar el malestar en la cultura El recurso al consumo compulsivo de drogas es, con frecuencia, el emblema del desengaño de muchos individuos que, habiendo sido convocados por la publicidad a la fiesta del consumo, una vez en ella, su lugar es el de espectadores de una abundancia y un derroche del cual no participan".

    La búsqueda de estados alterados de conciencia como práctica ritual, mística y existencial parece no ser la premisa de éstos tiempos. Ya nadie invierte en los principios de trascendencia que rigieron los tiempos modernos: hoy prima el individuo y se desvanece lo social y grupal, el ocio reemplaza al esfuerzo y el goce y el placer en el aquí y ahora prorrogan el lejano futuro. Si la cultura pop está asociada al concepto de consumo, esta época confusamente denominada posmodernidad propone una institucionalización de la adolescencia, como el segmento etario que eterniza el consumo. En estos tiempos, un proceso de adolescentización inunda la sociedad, y un nuevo mandato se ha sumado como imperativo: ser joven, categoría que garantiza prestigio, descompromiso y placer duraderos. La adolescencia en la posmodernidad ha pasado a ser un estadio ideal en el cual instalarse definitivamente, un territorio eterno a través del cual obviar el paso del tiempo. La posmodernidad ha propuesto a la adolescencia como modelo social, y a partir de esto se ha adolescentizado a la sociedad misma.

    Es por eso que la droga emblemática de estos tiempos parece ser el éxtasis, "la mejor metáfora de la cultura de la posmodernidad, definida por su sacralización del poder, su intolerancia a la frustración, la idealización de los jóvenes y la desvalorización de los mayores, y la peligrosa equiparación de autoridad con autoritarismo. Se extiende sin fronteras en un mundo sin adultos".

    En los años treinta, en su obra "En busca de un nuevo placer", Aldous Huxley llegaba a la conclusión de que la diversión -y, por ende, el tedio- del hombre moderno eran básicamente los mismos que los que habían experimentado los antiguos griegos y romanos, y proponía un imaginario producto sintético que haría felices y dóciles a las generaciones futuras, una droga que transfigurara al mundo y lograra que al despertar el hombre tuviera la cabeza ligera y el físico ileso .

    Durante los años ochenta y noventa se extiende el consumo de una droga energizante conocida como éxtasis, una metanfetamina que provoca una profunda adicción, y que se impuso en la noche joven, en las discotecas de moda del mundo occidental. Comercializada en forma de pequeñas pastillas, de imagen inofensiva, provoca una sensación de empatía, de estimulación placentera y de una inusual energía con efectos prolongados. Sin dudas, el paraíso artificial en un mundo joven que ha logrado sacralizar el placer y el goce por sobre cualquier otro proyecto de vida. Un mundo feliz, eufórico, alucinante, mágico, al alcance de la mano. La utopiácea parece masificarse a un ritmo vertiginoso, paralelamente a la incomprensión de una sociedad cada vez más aislada y a un sistema mercantilista oportuno y vanidoso. El factor cultural parece ser hoy determinante en el indiscriminado aumento del consumo de estas sustancias: tanto el éxtasis -conocido como la droga del amor o droga de la marcha- como otros energizantes derivados de las anfetaminas, tan prohibidas como accesibles, tienen una imagen positiva en la valoración adolescente, por tratarse de una píldora pequeña, blanca, con aspecto de analgésico, y ser al mismo tiempo el gran estímulo que les abre las puertas de un mundo de placer adulto que desconocen y ansían.

    En un documento encargado por la ONU en los años '90 se alertaba acerca del riesgo inminente de las nuevas sustancias: "Las drogas sintéticas, como los derivados de la anfetamina, se convertirán en el siglo XXI en uno de los peores enemigos de la salud pública a escala mundial. El consumo podría adquirir carácter epidémico y constituir un riesgo mucho mayor que drogas clásicas hoy, como la cocaína, los opiáceos y el cannabis (marihuana). Basta una bañera como laboratorio, y hay recetas en Internet".

    En realidad, la droga conocida como éxtasis -o MDA (metoximetileno dióxido anfetamina) o MDMA- posiblemente tenga una historia de más de cien años, pero su uso no había atraído la atención. Hacia 1970 aparece tímidamente como un desinhibidor en terapias alternativas. En los años ochenta se produce su lanzamiento triunfal en la resplandeciente Europa, precisamente al calor de las concentraciones masivas que los anglosajones denominan rave, y también en las parties yuppis donde impera el diseño. El nombre mismo evoca un estado del alma embargada por un sentimiento de admiración o alegría, y ajena a todo lo que no es objeto de esos sentimientos, según la define María Moliner. Droga de síntesis -asociada al declive del alcohol y las drogas duras- con concomitancias místicas y aire new age, que religa con el misterio sin exóticos rituales y de forma hedonista y placentera , el éxtasis representa al conjunto de sustancias sintéticas estimulante-empático-alucinógenas que dictan las nuevas pautas del consumo de sustancias tóxicas.

    Si los años setenta fueron psicodélicos (LSD) y los ochenta anfetamínicos (cocaína), entrados los años noventa el éxtasis ha pasado a ser una de las drogas recreativas más populares, al producir una especie de síntesis entre ambas, ya que combina el efecto de los alucinógenos con el de las anfetaminas. Catalogada como droga blanda -por su creencia de que no genera adicción- se trata de una sustancia que produce, sin embargo, una gran dependencia psicológica: actúa sobre la serotonina, un neurotransmisor químico cerebral -conocido como transmisor del humor- cuya abundancia en el cerebro produce estados de alegría y apertura hacia los demás, pero cuyo agotamiento -por excesivas dosis de la sustancia- provoca cuadros depresivos que reemplazan a la euforia.

    La droga techno por excelencia se ha asociado a la moda de los rituales colectivos del imaginario adolescente y joven, las discotecas, y constituye el medio estimulante más apto para adaptarse con éxito a su propuesta y su estética: aumento de locuacidad, desinhibición, euforia, excitación sexual, energía, alucinaciones visuales y auditivas y disminución del apetito y el sueño. Pero, a su vez, altera el sistema de señales del individuo, y provoca efectos adversos tales como temblores, náuseas, aumento de la frecuencia cardiaca, deshidratación, y estados de paranoia, ansiedad, insomnio y pánico. Esta droga -al igual que todas las de diseño- es un fármaco sintético producido en forma clandestina, por lo que carece de todo control y las dosis oscilan enormemente según el fabricante. "La mítica revista The Face decía, en una entrevista en donde testimoniaba algunos casos de fallecimientos por ingesta de esa sustancia, que `comprar éxtasis es jugar a la ruleta rusa' (...) La Éxtasis-Cultura para algunos comienza a degenerar a medida que se hace masiva y ha creado ya una red de poder mafioso ligado a las bandas que se disputan el negocio de su distribución y venta. Otros la proclaman como el chamanismo del cambio de milenio".

    La masificación del consumo de las drogas duras ya había producido un profundo cambio socio-cultural hacia los años ochenta, en donde pasan de tener unas connotaciones de elitismo contracultural a percibirse como un verdadero conflicto social. De allí que haya cristalizado el estereotipo del drogadicto a través de su identificación con la cultura de la marginalidad. Pero, a diferencia de esto, "los jóvenes que consumen éxtasis u otras pastillas pueden ser, de lunes a viernes, excelentes promedios en la universidad, noveles profesionales destacados que combinan el alto compromiso semanal con un desenchufe garantizado -artificialmente- de sábado y domingo. Viven en sintonía con los valores de culto: eficiencia y bajo nivel de conflictividad".

    Cuerpo y (des)control

    En las sociedades tradicionales o primitivas, el cuerpo constituía un referente central y directo de la vida social: con su presencia permanente en la cotidianeidad -trabajos, juegos, habilidades corporales, rituales religiosos, sexo- lo corporal jugaba un papel sustancial en el colectivo de esas sociedades. A decir verdad, el primitivo no distinguía "entre el hombre y el cuerpo como lo hace el modo dualista al que está tan acostumbrada la sociedad occidental. En las sociedades tradicionales el cuerpo no se distingue de la persona (...) El cuerpo moderno pertenece a un orden diferente. Implica la ruptura del sujeto con los otros (...) El cuerpo occidental es el lugar de la cesura, el recinto objetivo de la soberanía del ego".

    En las sociedades urbanas se ha producido, por un lado, una pérdida de centralidad del cuerpo, en el sentido de que está mucho más mediatizado que en las sociedades tradicionales; y por otro, un control más rígido de la corporalidad -quizá relacionado con los roles de la especialización social-, una expresión no tan directa, o mucho más vicaria, de las emociones . Hay un control corporal que se exige institucionalmente (en la escuela, en el trabajo, o incluso en la calle) y que contrasta con determinadas zonas de permisividad corporal, como el espacio privado, doméstico, o las discotecas.

    Después de la lógica racional de la modernidad y de la rigidez e inflexibilidad totalitaria, el hombre occidental descubre una nueva relación respecto del cuerpo. Más allá de la preocupación posmoderna por éste y por su estética e interés hedonista, la utilización de sustancias estimulantes se inserta dentro de un contexto social que ha sido fragmentado, en una sociedad que reprime la expresión de las emociones a nivel corporal y se caracteriza por el predominio de las relaciones sociales duras.

    Lejos de las experiencias psicodélicas, místicas y contraculturales que marcaron los años sesenta y setenta, durante los ochenta, en una época que ya rechazaba los valores solidarios de la cultura del trabajo tradicional e impulsaba la competencia individualista a ultranza, se produce un aumento singular en el consumo de drogas como la cocaína, con su aureola de éxito, la droga de la performance, del joven ejecutivo agresivo, del `acelere', de la actividad frenética de los ochenta. Lo que ya marca una diferencia en torno al control corporal.

    La cocaína parecía simbolizar, con sus connotaciones de agresividad y status, la resistencia al control social del cuerpo, especialmente en los sectores económicamente más acomodados (en los estratos intermedios y marginales se utilizaban por entonces otros estimulantes que eran versiones más proletarias de la coca, como hipnóticos y distintos tipos de anfetaminas). Por aquellos años, la cocaína se consumía de manera discreta, de un modo ritual, ya colectivo, ya individual, en la alta sociedad. Pero, al masificarse su consumo, se expande hacia las otras capas sociales, y termina produciéndose un fenómeno de asociación -exacerbado por los medios- entre droga y marginalidad.

    El psiquiatra Ricardo Grimson postuló que, si en los años sesenta la ingesta de drogas era marginal y contestataria -un sinónimo de rebeldía-, en los noventa se convirtió en adaptativa y conformista. Hoy la droga calza justo en un sistema dirigido hacia el consumo inútil e ilusorio, porque "vende la ilusión de estar a la moda y tener fuerza, picardía, facilidad para superar todas las trabas".

    Aquella masificación del consumo de drogas como la cocaína -y la consiguiente imagen cultural asociada a la inseguridad ciudadana y el delito, más allá de su verdad o verosimilitud- logró la emergencia de nuevos consumos, como el éxtasis, y demás drogas de diseño, emparentadas con la asepsia y un bajo perfil de conflictividad.
    La fragmentación social, una característica distintiva de la posmodernidad -"hemos pasado de estar encuadrados en sistemas sociales dotados de una cierta estabilidad/continuidad, a vivir en sociedades con condiciones que tienden a la segmentación de nuestra vida cotidiana- ha extendido los espacios de permisividad en el consumo de las drogas de diseño, íconos de la época, como un intento de recomposición del individuo en busca de aquellos elementos ausentes en una sociedad fragmentada.

    La droga-símbolo de la posmodernidad es adolescente, y no plantea ninguna búsqueda de identidad -en el sentido de pertenencia ideológica, como había ocurrido con otras drogas en diferentes épocas-, permite recuperar las emociones en las relaciones interindividuales a través de la empatía, bucear a fondo en la propia individualidad y liberar el yugo del control social del cuerpo, a través de una expresión corporal frenética simbolizada por el baile en las discotecas, la hiperestimulación sensorial a partir de la música y los efectos lumínicos. Por otra parte, la práctica del consumo de drogas de diseño suele realizarse en toda su plenitud si se está completamente inmerso en la multitud de iguales, en la propia tribu, como un referente generacional. Finalmente, sus efectos alucinógenos podrían facilitar una cierta recomposición del yo después de la fragmentación provocada sensitivamente por ellos .

    Paradójicamente, en una época en que se da un control de la corporalidad a partir de la fragmentación social, en la posmodernidad el cuerpo se ha des-controlado. Devenido en mercancía -en una cultura en que ésta opera como paradigma, la cultura del consumo- el cuerpo se ha convertido en un objeto más, un utensilio, algo que se explota, se vende, se intercambia, se manipula, se refacciona, se derrocha:

    "Esta relación instrumental con el cuerpo -dice Jaime A. Carmona- pone a la orden del día el hecho de explorarlo como territorio de goces recónditos mediante la administración de sustancias. La droga deviene un medio para eliminar al otro en la búsqueda de goce, y da lugar a una experiencia autoerótica en la cual el cuerpo mismo es consumido como una mercancía. Esta nueva ética instrumental que rige la relación con el cuerpo en nuestra época contempla la opción de consumirlo desenfrenadamente como se suele hacer con las mercancías, y puede también entrar en el vértigo de la obsolescencia que caracteriza hoy la vida de aquellas".

    En la cultura del consumo, un cuerpo des-controlado parece ser la meca para los buceadores del paraíso artificio.