Posmodernidad y ética

Principios morales. Gilles Lipotetsky. Medios masivos de comunicación. Nueva moral. Tecnociencia. Moralización laboral. Posmoral y sexualidad

  • Enviado por: Marcelo Cassettari
  • Idioma: castellano
  • País: Argentina Argentina
  • 3 páginas

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Posmodernidad y ética: ¿La era del posdeber?

Gilles Lipotetsky dice que aquello que ha perdido vigencia en la segunda mitad de este siglo es el deber. La obligación ya no es movilizadora de las conductas sino al contrario, ese rol (mover las conductas) lo desempeña la necesidad de satisfacción del deseo.

Desde el siglo XVIII hasta 1950 se produjo en Europa un proceso de secularización de las éticas religiosas. Dios deja de aparecer como garantía de moralidad en las conductas. Aunque esta primera etapa de secularización ética mantuvo una forma religiosa: el deber mismo.

La segunda etapa, que comienza a mediados de nuestro siglo, va a disolver justamente ese resabio religioso; se trata de la “época del posdeber”.

La abnegación y el sacrificio ya no pesan como ideales de vida. En cambio se exaltan el bienestar, el ego y la satisfacción en el plano individual.

El “efecto ético” es una de las mejores manifestaciones del posdeber. En esta cultura no solo se permite la presencia de grupos fundamentalistas religiosos o moralistas, sino que se promueve y populariza el debate sobre temas como la droga, el aborto o la pornografía.

Si hay un progreso en la moral para los tiempos del posdeber, consistirá en la capacidad para modificar con mayor rapidez los excesos, las injusticias y los errores.

Posdeber y medios masivos de comunicación

La era del posdeber se asienta en el conjunto hedonismo - consumismo - individualismo que vive la cultura presente.

En las sociedades contemporáneas, la comunicación se ha vuelto instantánea y planetarizada.

Los medios masivos de comunicación aparecen jugando un papel central en la constitución de nuevas valoraciones. Los medios, a través de la publicidad, son responsables en gran parte de exacerbar el consumo, creando necesidades donde no las había (todo es susceptible de ser comprado o vendido). Con respecto a la información, podemos decir que se vuelve hiperrealista y teatralizada, y esto permite que cualquier acontecimiento se transforme en noticia.

Todo debe ser exhibido, y de ser posible, en directo, no importa de que se trate, pues, como señala el autor, en este posmoralismo importan mas los hechos que los valores.

Empiezan a proliferar programas televisivos y radiales que se disputan el espacio de lo privado poniéndose al servicio de la historia más particular. Lo privado pierde sus límites y se vuelve público.

La consigna es ver y mostrar todo de cerca, en sus mínimos detalles.

La televisión deja de ser vehículo de hechos para convertirse en generadora de hechos. Hoy es muy difícil independizar lo real de los medios.

El hombre se ha vuelto más sensible a la miseria expuesta en la pequeña pantalla que a la más cercana y tangible. Hay mas compasión por el semejante distante que por nuestro prójimo cercano.

Las técnicas de caridad fueron adaptadas al espectáculo y la publicidad: “Ya no hay causas nobles sin grandes estrellas, ni colectas sin sonido”. El telecaridad es el nuevo sujeto de esta escenografía mediática.

En la sociedad del posdeber, el mal se espectaculariza y el ideal está poco magnificado.

La nueva moral del trabajo y la empresa en relación con la tecnociencia.

En la era del posdeber el trabajo deja de ser uno de esos deberes hacia uno mismo y adquiere, y adquiere una nueva significación sustentada en un doble proceso:

  • El primero es el desarrollo de los valores individualistas hedonistas consumistas del nuevo tipo de sociedades. La sociedad de consumo de masas y sus normas de felicidad individualista llevan a que el hombre no valore al trabajo en si (es decir, como una forma de autorrealización), sino que valore el bienestar, el ocio, el tiempo libre, orientando las aspiraciones colectivas hacia los bienes materiales, las vacaciones y la reducción de la jornada laboral.

  • El segundo es el de la adopción por parte de las autoridades empresariales de una nueva practica: la gestión participativa. Esta supone que los recursos humanos constituyen un factor fundamental en la productividad de la empresa. Dicha gestión consiste promover la iniciativa y creatividad personales, la eficiencia y responsabilidad. Estos elementos (pasan a ser la clave del logro económico) parecerían que vienen a reemplazar la tradicional explotación de la fuerza de trabajo, la disciplina, etc.

  • La preocupación por la ética en la empresa se basa en que la moralización de los negocios contribuye al éxito comercial (“la ética es un buen negocio”). Esto se puede entender en dos sentidos:

    • Como herramienta para incrementar la eficiencia del personal: ya vimos como la gestión participativa promueve la responsabilidad y la implicación psicológica del trabajador.

    • Como preocupación por el bien publico y los deberes hacia la comunidad: se trata para esto de llevar adelante la construcción simbólica de la imagen institucional de la empresa, afianzando para esta una personalidad y una orientación moral continua; ya que de este modo mejora la relación con el publico (aquí la ética se utiliza como una estrategia).

    El futuro humano y planetario que se avizora por obra del matrimonio entre la ciencia y el capitalismo parece cobrar la forma de la catástrofe.

    Uno ejemplo de esto es la ecología. Las estrategias comerciales logran detectar estas necesidades, y hacen posible la apertura de un nuevo mercado que da lugar al ecoconsumo. Así aparecen ecoindustrias, econegocios y productos verdes, que cobran una expansión espectacular. La ecología articula una nueva estrategia de comercialización.

    El otro ejemplo se da con la bioetica. El surgimiento de la bioetica se origina en el temor a las formas que pueden cobrar los engendros (producto de la clonación, transplantes, experimentaciones con seres humanos) de una biología instrumentada a partir de la lógica del mercado.

    Posmoral y sexualidad

    Lipovetsky distingue dos tendencias que modelan nuestras sociedades. Una exalta los placeres inmediatos, sean consumistas, sexuales o de entretenimiento: drogas, alcohol, sexo salvaje, bulimia de los objetos, etcétera.

    La otra, en cambio, privilegia el manejo racional del tiempo y del cuerpo, el profesionalismo en todo, la obsesión por la excelencia, la calidad, la salud y la higiene.

    El sexo ha dejado de ser identificado con el mal y la falta, y la cultura represiva ha perdido su crédito. El sexo - pecado ha sido reemplazado por el sexo - placer.

    El sexo posmoralista no debe vigilar, reprimir: debe expresarse sin tabues, con la única condición de no perjudicar al otro.