Platón y las formas políticas

Filosofía griega. Filósofos griegos. Política. Alma. Concepción platónica. Tiranía. Democracia ateniense. República platónica

  • Enviado por: Diego Trompeta
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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Introducción.

El filósofo griego Platón nació en Atenas en el año 428 a. C. Su verdadero nombre era Aristocles, y el sobrenombre de Platón responde a su vigor físico o como apuntan algunos especialistas a la anchura de su frente. Su ascendencia, tanto por parte de padre como de madre, era noble. Su padre descendía del rey Codro y su madre pertenecía a la familia de Solón, por lo tanto, no es de extrañar que sus aptitudes intelectuales lo impulsaran al estudio de la política en todas sus dimensiones.

Su primer contacto con la vida política tuvo lugar en el año 404 a. C. cuando la aristocracia se alzó con el poder y dos allegados suyos, Cármides y Critias, ostentaron cargos importantes y de gran relevancia en el gobierno oligárquico del momento. En el año 399 a. C., el interés de Platón por la vida política sufre un importante cambio debido a la condena a muerte de su maestro Sócrates. Tal condena se originó en el seno de la democracia ateniense que manifestaba así una clara deficiencia en su método por conducir a la muerte a un ciudadano que manifestaba opiniones contrarias a la tradicional creencia popular. Este hecho histórico se convertirá en uno de los puntales de la lanza que Platón utilizará en contra del sistema democrático.

Concepción dualista del hombre.

La teoría platónica del alma posee un antecedente histórico en el movimiento religioso órfico anterior al nacimiento de Platón. Hasta entonces, se había creído que el hombre se componía únicamente de sustancia material, es decir, de cuerpo, y que con su desaparición, se ponía fin de forma inmediata a la existencia humana. Sin embargo, Orfeo introduce un nuevo componente en el hombre, el alma. Ésta es inmortal y por tanto no desaparece con el cuerpo. Platón hará uso de esta teoría para fundamentar la tesis principal de su pensamiento. Si el alma es inmortal, debe existir necesariamente un lugar destinado a ella, el mismo lugar en el que se encontraba antes de “caer” en el cuerpo y vivir condenada dentro de él. El cuerpo es materia y por tanto contingente, es decir expuesta a continuos cambios; por otra parte, el alma es inmortal e inmutable, no está determinada por las leyes de la causalidad; es, según Parménides, y es imposible que no sea.

Para Platón, el alma estaba próxima a los dioses y gozaba de su compañía antes de verse recluida en el cuerpo. La definición de alma que introduce Platón posee una característica especial, y es que recurre al mito para explicar la triple división característica del alma humana. El alma es como un carro alado tirado por dos caballos y conducido por un auriga. El auriga simboliza la razón, y los dos caballos las partes concupiscible e irascible del alma. De esta manera alegórica, el filósofo ateniense describe cómo la razón debe controlar los otros dos aspectos del alma con la intención de alcanzar una vida más rica en virtudes y categoría moral, ya que de lo contrario, la vida se encaminaría por derroteros inciertos y el carácter de dignidad intrínseco a toda existencia humana sería racionalmente inviable, alejándose de la máxima socrática según la cual “toda vida sin búsqueda (de la virtud) no merece la pena ser vivida”.

La República. Estructura del sistema político ideal platónico.

La verdadera intención de la política, a juicio de Platón, debe ser el cuidado del alma, y por tanto, tratar de convertirla en lo más virtuosa posible. Las condiciones materiales para que esta función sea posible, se encuentran en la polis o ciudad, dentro de la que el rey filósofo fundará una sociedad basada en el supremo valor del bien y de la justicia. La ciudad -estado se convertirá en la única posibilidad de realización de todos y cada uno de los valores morales del individuo y en la única forma posible de sociedad. Platón advierte que la construcción de tal ciudad, sólo será posible atendiendo al conocimiento del hombre y su doble dimensión (cuerpo - alma). De esta manera, el Estado no será otra cosa que la ampliación de nuestra alma, una reproducción en una mayor dimensión de nuestra propia psyche.

Si el hombre está compuesto de cuerpo y alma y ésta se divide en tres, igualmente el Estado ideal debe responder a tal división, por tratarse de una ampliación de nuestra propia alma inmortal e inmutable. La aparición del Estado, nace como respuesta a las necesidades básicas de todo ser humano, que lejos de ser autárquico, precisa de ayuda de sus semejantes. Con arreglo a tal máxima natural, son necesarios los servicios de aquellos que satisfacen las necesidades materiales, desde el alimento hasta el vestido y la vivienda; igualmente, se requieren los servicios de unos hombres que se dediquen a la custodia y la defensa de la ciudad, y por último, y no menos importante, es necesario el esfuerzo de uno varios hombres que atiendan a ciertos asuntos relacionados con el gobierno de la ciudad. De esta manera, surgen los tres estamentos característicos de la sociedad ideal platónica en clara correspondencia con las tres partes del alma humana. En el primer estamento, predomina el aspecto concupiscible del alma, que es el más elemental y favorece el sometimiento de sus miembros a las clases superiores; en el segundo grupo, es la parte irascible del alma la que predomina y dota a esta clase social de fuerza y valentía. Por último, la clase social más alta está representada por la parte racional del alma humana, posibilitando a los que a ella pertenecen un nítido conocimiento de las leyes y normas que más se ajustan a la idea suprema de Bien y Justicia. La ciudad platónica se realiza en primera instancia en el interior del hombre; una educación no apropiada podría poner por encima de la razón otros aspectos del alma que llevarían al individuo y posteriormente a la sociedad en la que vive, a una desestabilización importante. Es por ello, que Platón elabora una nueva sistematización política después de la República. En el Político y en las Leyes, trata con especial dedicación la peliaguda cuestión de quién debe ser el gobernante o los gobernantes. Es consciente de que conquistar el ideal de la República se presume una tarea un tanto difícil, y que el hombre, lejos de ser o de intentar ser virtuoso, utiliza su razón, la parte racional de su alma, para satisfacer las necesidades de las otras dos que cada día aumentan más y más en nivel de exigencia. San Agustín, como introductor del pensamiento platónico en el seno del cristianismo, apuntaba dos aspectos importantes para conocer al hombre y las causas de su reiteración en el pecado: todo se reduce a Naturaleza y Gracia, y la última es concedida por Dios a quien Él estima conveniente. Los “agraciados” no pecan, son virtuosos y conocen la verdad. Son justos y bondadosos, por tanto conocen el Bien, ¿podrían ellos ser entonces los gobernantes adecuados?. La respuesta a esta pregunta y cuantos interrogantes a despertado la cuestión del gobernante ideal, no podemos encontrarla ni siquiera en el propio Platón, que desanimado por no encontrar hombres capacitados para tal misión, propone la creación de leyes recogidas en constituciones que garanticen una convivencia lo más pacífica posible y en consonancia con el sistema ideal sugerido en la República. Alertado por una posible corrupción del Estado ideal, sugiere la constitución mixta y la igualdad proporcional, con la intención de evitar un poder absoluto y un exceso de libertad que conducirían irremediablemente a un absolutismo tiránico, en el primer caso, y a una demagogia en el segundo. La justa medida en todo lo relativo al poder y a la libertad constituye la síntesis del último estadio dentro del pensamiento político platónico.

Tres formas políticas en la Grecia antigua: tiranía, monarquía y democracia.

Tiranía. Causas y características.

La tiranía fue conocida en Grecia en las épocas arcaica, clásica y helenística. Con el tiempo, el concepto adquirió un sentido peyorativo que no poseía al principio, además, cuenta con una característica especial, y es que supuso en todos los casos una forma de gobierno provisional, ya que no duró muchas generaciones y nunca se llegó a consolidar. El gobierno tiránico, se caracteriza principalmente, por ser un sistema político absoluto manifestado en la figura de un caudillo o jefe de Estado dotado de plenos poderes y, paradójicamente, sancionado por la opinión pública. El pueblo respaldó la tiranía en momentos en los que la situación económica y social desfavorecía a la mayoría. Por tanto, desde esta óptica, es fácil comprender cómo la tiranía era incapaz de asentarse en el poder durante un largo período de tiempo, puesto que su función era de carácter meramente práctico: venía a solucionar determinados problemas de carácter económico y social con la finalidad de estabilizar un orden social mancillado y abrir el camino a otras formas de gobierno tales como la democracia o en algunos casos la oligarquía. Esta finalidad, era desconocida, al menos en parte, por el propio tirano. Al menos desconocía o no quería pensar que tal desenlace era inevitable, de todas formas, desde un planteamiento lógico, si el tirano es capaz de dar fin a un sistema ya establecido, siempre cabe la posibilidad de que el nuevo sistema creado pueda igualmente llegar a su fin.

De entre las causas que favorecieron el nacimiento de la tiranía como forma de gobierno, cabe destacar tres importantes:

  • El hundimiento de la pequeña propiedad agrícola que se traducía en un número cada vez mayor de deudas con la clase aristocrática gobernante.

  • La aparición de una nueva clase social: los comerciantes y artesanos, que a medida que ganaban en riqueza, exigían más igualdad con respecto a los nobles.

  • Los hoplitas. Como clase militar, era de vital importancia contar con su apoyo si uno quería ejercer la profesión de tirano. Los hoplitas se costeaban su propio armamento y con ello alcanzaban la categoría de ciudadanos. Desde ese momento, exigen más derechos.

  • Un ejemplo de tiranía: Corinto.

    Anteriormente he mencionado, entre otros puntos, la importancia de los hoplitas o guerreros en la implatación o surgimiento de la tiranía. Aristóteles identifica tiranía y organización militar, pero es cierto que no todos los tiranos eran caudillos o jefes de hoplitas, algunos llegaron al poder desde la administración o cualquier otro cargo público. Este es el caso de Cipselo en Corinto. Perteneciente a la clase gobernante por línea materna, Cipselo conoce al detalle el hermético círculo de los Baquíadas. Esta clase social aristocrática desfavorecía a todos los que no pertenecían a ella y a pesar de generar una gran riqueza en Corinto, toda esta riqueza iba siempre a parar a sus manos. Este hecho, es quizás el detonante que abrió las puertas a la tiranía posterior de Cipselo. El descontento popular trajo consigo la aparición de un nuevo gobernante que procedía del pueblo pero que igualmente estaba relacionado con la clase gobernante del momento. Es importante señalar que la tiranía surge como alternativa a un gobierno establecido que se caracteriza por la desigualdad manifiesta en su sociedad. Este gobierno era aristocrático y casi siempre, incapaz de solucionar los problemas sociales y económicos que cada día eran mayores en un Estado regido por el principio de herencia que otorgaba derechos pero también responsabilidades a muchos que en algunos casos no estaban capacitados para un cometido de tal magnitud.

    Cipselo, introducirá importantes modificaciones socio - económicas, tales como la redistribución de bienes y el empleo de la riqueza para la construcción de obras públicas. De esta manera, no sólo ponía fin a un sistema caracterizado por las injusticias sociales, sino que también garantizaba trabajo para las clases más desfavorecidas y embellecía la ciudad con una riqueza que hasta entonces sólo había pertenecido a la clase dirigente.

    Un ejemplo de monarquía: Esparta.

    El sistema político espartano se ha denominado monarquía con todas sus consecuencias. Manifiesto esta opinión, porque creo que tal sistema no responde exactamente a lo que hoy podríamos considerar un sistema monárquico, principalmente por el hecho de que en Esparta no había monarquía, sino diarquía, esto es, un gobierno constituido no sólo por un rey sino por dos. La tradición espartana justificaba este hecho por el mito de una raíz común de las casas reales, los Agíadas y los Euripóntidas, pero al margen de la veracidad de esta suposición, el caso es que la diarquía espartana evitaba la concentración del poder en una única persona, evitando la absolutización y corrupción de dicho poder. Como decía el pensador británico Lord Acton “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

    La constitución espartana, atribuida a Licurgo, establecía que todos los ciudadanos espartanos eran iguales. Poseían tierras que adquirían por derecho hereditario y hasta los siete años de edad vivían con su madre. A partir de entonces pasaban por diversas etapas educativas hasta que alcanzaban la mayoría de edad, los veinte años. Desde ese momento, pasaban a formar parte de los banquetes comunes y su disponibilidad con respecto al Estado debía ser total y absoluta. Estos banquetes comunes se caracterizaban por estrechar lazos entre ciudadanos que en un momento determinado podían ser llamados a filas con el propósito de combatir en defensa de su ciudad o por los intereses de la misma. Las tierras de los espartanos, el kleros, eran trabajadas por los ilotas, que eran considerados como esclavos públicos aunque realmente trabajaban para un espartano particular. Su status podría ser equiparado al de los siervos de la gleba en la sociedad feudal.

    Aparte de los reyes, Esparta contaba con tres instituciones políticas de vital importancia para la comprensión de su sistema de gobierno. Una de ellas, era el Eforato, compuesto por cinco éforos elegidos por los ciudadanos. Eran los encargados de aplicar las leyes y de controlar el entrenamiento militar y la educación de los jóvenes, y su poder en materia legislativa, alcanzaba a la misma institución monárquica, o en este caso, diárquica.

    La otra de las tres instituciones espartanas, es la conocida como Gerusía. Los gerontes eran ancianos mayores de sesenta años que provenían de la alta clase aristocrática. Eran elegidos, al igual que los éforos, directamente por el pueblo, en función de su mayor grado de virtud y sabiduría. Los elegidos, gozaban de su cargo de por vida. El número total de este consejo de ancianos alcanzaba la cifra de treinta, y para llegar a este cupo, se introdujo la incorporación de los dos reyes. La función de la Gerusía era principalmente la aprobación de proyectos de ley que luego se someterían a la votación de la Asamblea.

    La Apella, era la Asamblea de todos los ciudadanos de Esparta. Su función básica era la de aceptar o rechazar las proposiciones de ley que le fueran planteadas. Se reunían mensualmente y su competencia legal llegaba incluso hasta la intervención en las disputas acerca de las sucesiones reales, sin embargo, y como describe Plutarco, el poder de la Asamblea popular en la toma de decisiones estaba restringido por la interpretación subjetiva de los gerontes. A pesar de constituir un elemento claro y característico de toda sociedad democrática, la Asamblea popular no gozaba de los derechos mínimos que la caracterizan. Sólo la elección de los miembros de las instituciones espartanas dotaba de cierto grado de democratización al conjunto de ciudadanos que formaba parte de Asamblea de la ciudad de Esparta.

    Un ejemplo de democracia: Atenas.

    El desarrollo de la democracia en Atenas, pasa por la intervención de dos figuras destacadas en este proceso: Solón y Clístenes. A Solón se le atribuye la creación del denominado Consejo de los Cuatrocientos. En este Consejo, se proponían proyectos de ley y demás cuestiones relativas al Estado que más tarde se discutirían y decidirían en la Asamblea. Por su parte, Clístenes, dotó de mayor poder a la Asamblea reafirmando su carácter soberano, propio de una democracia establecida. La Ekklesía, nombre con el que se conocía a la Asamblea, estaba formada por todos los ciudadanos de Atenas, teniendo en cuenta que por ciudadano se entendía a todo aquel que gozaba de derechos políticos, esto es, poseedor de un patrimonio o capaz de comprar equipo militar. Los miembros de la Asamblea podían ser todos aquellos ciudadanos, atendiendo a la descripción antes formulada, mayores de dieciocho años. Las reuniones se celebraban tantas veces como se considerase oportuno y al menos cuarenta veces al año, y en ellas se debatían todos y cada uno de los asuntos concernientes al Estado. Igualmente se procedía a la elección de los magistrados, que en un principio eran elegidos únicamente por la clase noble, pero con la ampliación de los derechos de la Asamblea, el voto se hizo extensible a todo el conjunto de la población.

    El carácter soberano de la Asamblea obedece a varias razones. Entre ellas, podemos destacar el surgimiento de nuevas clases sociales al igual que ocurre en otros puntos de la Grecia antigua. La concentración de riqueza en manos de comerciantes y artesanos favorece la aparición de una nueva clase con identidad propia que cada día que pasa ve crecer su poder y con ello las ansias de alcanzar mayor igualdad y derechos políticos.

    Conclusión.

    En este apartado, mi intención se centra en destacar los puntos más relevantes de las tres formas de gobierno anteriormente descritas y su relación, directa o indirecta, con el sistema político ideal platónico, núcleo central de este ensayo.

    En la primer forma de gobierno mencionada, la tiranía, podemos destacar que la concentración de poder en un figura determinada, representa su característica fundamental. La intención del tirano, se centra en acumular la mayor cantidad de poder y riqueza en sus manos, pero no únicamente con la finalidad de satisfacer sus ambiciones personales y expansionistas, sino también, con la idea de satisfacer las necesidades de un pueblo que ante la desolación de la injusticia social, ansía un cambio de gobierno que permita superar las diferencias sociales de un sistema aristocrático oligárquico. La aristocracia, se convierte en el enemigo directo del pueblo, y el tirano aprovechará esta coyuntura para afianzarse en el poder. Desde este punto de vista, podemos deducir, que sólo se trataría de un traspaso de poderes; lo que antes pertenecía a la aristocracia, ahora es patrimonio exclusivo del tirano, pero éste, apoyado por su propio discurso demagógico, tratará de convencer al pueblo de que el cambio de poder pasa de la aristocracia directamente al pueblo, y es éste, el pueblo, el verdadero gobernante. ¿Podría ser por tanto la tiranía una especie de forma democrática de gobierno?. No, si entendemos por democracia la actuación directa del pueblo en su propio autogobierno, pero la justificación de la tiranía se apoya en un tipo de democracia de carácter social y no meramente formal, es decir, el conjunto de leyes que rigen un gobierno aristocrático no son más que formalismos que apoyan únicamente a la clase más favorecida, olvidando los intereses reales de la población a la que gobiernan; en oposición a este tipo de democracia formal, considerada una especie de oligarquía, la tiranía, propone una democracia de carácter social, esto es, relativa a los intereses comunes del pueblo gobernado. La duda se plantea cuando nos preguntamos sobre la objetividad de los intereses comunes del pueblo. El conjunto de la población está formado por un amplio número de ciudadanos cuyos intereses varían en función de sus necesidades y gustos, por tanto, es difícil, o tal vez imposible, determinar cuáles son esos intereses comunes que afectan a todos y cada uno de los miembros de una sociedad. En el caso del Estado platónico, estos intereses están determinados por la educación de los individuos. Cuando el ciudadano ha sido educado dentro del propio Estado y bajo las pautas educativas marcadas por el Rey filósofo, que se ajustan a la Idea de Bien y la Idea de Justicia, no deseará otra cosa que encaminar su vida a la realización de tan supremas y absolutas Ideas. Sin embargo, a pesar de que en el caso de Platón, conocemos las máximas que deben regir toda vida individual y colectiva, esto es, las Ideas de Bien y Justicia, seguimos sin obtener respuesta acerca de la objetividad de tales conceptos abstractos y, para mucho, vacíos de contenido. El Rey filósofo, el gobernante de la República platónica, es el único referente objetivador que poseemos, es decir, el que determina lo que es bueno y justo para todos, en última instancia, porque es bueno y justo para él. El sistema ideal platónico, se ajustaría más a la forma de gobierno tiránica que a cualquiera de las otras dos mencionadas en capítulos anteriores de este ensayo. Principalmente, por el hecho de que ambas, la tiranía y el Estado platónico, excluyen al ciudadano de la participación directa en los asuntos que se refieren al Estado y, en consecuencia, a la libertad que supone el hecho de decidir la forma más conveniente de ser gobernados. La característica fundamental del sistema espartano y el ateniense, aunque con notables diferencias, es precisamente la que caracteriza a un Estado democrático. En el caso de Atenas, y a pesar del absentismo que tuvo lugar en determinados momentos de su historia más por causas económicas que ideológicas, el grado de democratización era mayor que el de Esparta, pero, a pesar de ello, ambos sistemas contaban con una institución representativa popular, que permitía al demos griego manifestar sus opiniones, y ajustar las decisiones al principio básico de toda democracia: el principio de la mayoría.

    El análisis histórico - político de las sociedades, desvelan el carácter tiránico del sistema político ideal platónico, que más que ideal en el sentido de ser reflejo de una Idea absoluta, parece más bien que se trate de un Estado ideal para el soberano gobernante. Por muy claras que estén para Platón las Ideas de Bien y Justicia, no encontramos correspondencia de tales Ideas en el resto de miembros de la sociedad, igual que la idea de grandeza de Alemania que tenía Hitler, no era la misma para todos los alemanes que sufrieron las consecuencias de sus delirios de poder.

    El orfismo o religión órfica recibe su nombre del poeta Orfeo. Su contribución al pensamiento griego posterior es de vital importancia ya que introduce un nuevo sistema de creencias y valores morales que influirá decisivamente en la nueva concepción que se tendrá de la existencia humana y de la finalidad de la misma.

    Para Platón, el alma cae desde el cielo y se introduce en un cuerpo material que la aprisiona y corrompe.

    Parménides, fue un filósofo anterior a Platón y que influyó directamente en su concepción sobre el ser. Para Parménides, todo lo que es, tiene que serlo necesariamente, y lo que no es, no puede serlo jamás. De aquí Platón extrae su teoría acerca del alma humana, que puesto que es inmortal e inmutable, lo es para siempre y desde siempre, en clara oposición al cuerpo humano que es materia, mortal y por lo tanto, comprende la posibilidad de no ser.

    Nótese que escribo Bien y Justicia con la primera letra en mayúscula por constituir una Idea platónica, es decir, por tratarse del Bien y la Justicia en su sentido más esencial, más puro, y no como ideas u opiniones subjetivas acerca de lo que significa bueno y justo.

    San Agustín es uno de los pensadores cristianos más importantes de la historia. Sistematizó el pensamiento platónico y lo acomodó al pensamiento cristiano. Para el santo, la Gracia libraba del pecado pues procedía directamente de Dios. Quien no poseía tal Gracia estaba sujeto a la propia naturaleza humana incapaz de liberarse del estigma que la caracteriza: el pecado en todas sus manifestaciones.

    Los Baquíadas eran la clase gobernante de Corinto antes de establecerse la tiranía cipsélida. Practicaban la endogamia y eran aristócratas con plenos poderes.

    Plutarco decía que en el momento en el que la Asamblea hablase de una manera inadecuada, los gerontes podían disolverla. Si atendemos a la descripción de este hecho político, podemos constatar que el poder real de la Apella estaba supeditado a su comportamiento en las reuniones celebradas.

    En Atenas, las reuniones de la Asamblea eran tan frecuentes que muchos que tenían que trabajar no podían acudir con regularidad. Debido a ello, se propuso entregar una pequeña ayuda a todos aquellos que asistieran para que el número fuera mayor y la votación se ajustara a un número de votos igualmente mayor.

    El principio de la mayoría constituye el pilar básico de toda democracia. A la hora de aprobar o rechazar una ley, el resultado debe ajustarse a dicho principio, de esta manera, el número de ciudadanos a favor será superior al de aquellos que estén en contra, y por lo tanto, habrá más gente satisfecha con la resolución obtenida. Según el teórico político alemán Hans Kelsen, este principio es el único que puede aunar los intereses colectivos de una sociedad, ya que en el momento en el que éstos cambien, y el número de ciudadanos descontentos sea superior al de ciudadanos conformes con el sistema o con determinados aspectos del mismo, una nueva votación invertirá esta proposición restableciendo el orden.