Persecuciones contra los cristianos

Historia universal. Crisis del tercer siglo. Nerón. Diocleciano

  • Enviado por: Dominic Alcaraz
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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LAS PERSECUCIONES CONTRA LOS CRISTIANOS

Una superstición nueva y maléfica

La primera toma de posición del Estado romano contra los
cristianos se remonta al emperador Claudio (41-54 d. de J. C.).
Los historiadores Suetonio y Dión Casio dijeron que Claudio hizo
expulsar a los judíos porque estaban continuamente discutiendo
entre sí por causa de cierto Chrestos. «Estaríamos ante las
primeras reacciones provocadas por el mensaje cristiano en la
comunidad de Roma», dice Karl Baus.
El historiador Cayo Suetonio Tranquilo (70-140 aproximadamente),
funcionario imperial de alto rango bajo Trajano y Adriano,
intelectual y consejero del emperador, justificará esta y las
sucesivas intervenciones del Estado contra los cristianos
definiéndolos.
Como superstición el cristianismo es puesto en conexión con la
magia. Para los romanos la superstición es ese conjunto de
prácticas irracionales que magos y hechiceros usan para estafar
a la gente, sin educación filosófica.
La acusación de magia (como la de locura) es un arma con la cual
el Estado romano tacha y somete a control nuevos y dudosos
componentes de la sociedad como el cristianismo.
Con la palabra maléfica se sospecha del vulgo que imagina esta
novedad (como toda novedad) empapada de los delitos más
innominables, y causa de los males que se desencadenan
inexplicablemente, desde la peste al aluvión, desde la carestía
a la invasión de los bárbaros.

Cuerpo abierto, pero etnia cerrada y sospechosa

El imperio romano es (y se verá especialmente en las
persecuciones contra los cristianos) un gran cuerpo abierto,
dispuesto a absorber todo nuevo pueblo que abandone su propia
identidad, pero también una etnia cerrada y sospechosa. Con la
palabra etnia, grupo étnico (del griego éthnos) se indica un
grupo social que se distingue por una misma lengua y cultura,
sospechoso hacia cualquier otra etnia. Roma, en su organización
social de ciudadanos libres, con todos los derechos, y esclavos
sin derechos, de patricios ricos y plebeyos miserables, de
centro explotador y periferia explotada, está convencida de
haber realizado el sueño de Alejandro Magno: hacer la unidad de
la humanidad, hacer de todo hombre libre un ciudadano del mundo,
y del imperio una «asamblea universal»
El que quiera vivir fuera de ella, mantener la propia identidad
para no confundirse con ella, se excluye de la civilización
humana.
Roma teme a estos «extraños», a estos «diversos» que podrían
poner en discusión su seguridad. Y como ha establecido la
«concordia universal» con la feroz eficiencia de sus legiones,
quiere mantenerla a golpes de espada, de crucifixiones, de
condenas a los trabajos forzados, de destierros.
En una palabra: Roma usa la «limpieza étnica» como método para
tutelar la propia tranquila seguridad de ser «el mundo
civilizado».

Nerón y los cristianos vistos por el intelectual Tácito

En el año 64 un incendio acabó con 10 de los 14 barrios de Roma.
El emperador Nerón, acusado por el pueblo de ser el autor del
incendio, echó la culpa a los cristianos. Empieza la primera,
gran persecución que durará hasta el 68 y verá perecer entre
otros a los apóstoles Pedro y Pablo.
El gran historiador Tácito Cornelio (54-120), senador y cónsul,
describirá este acontecimiento escribiendo en tiempo de Trajano
sus Annales. Él acusa a Nerón de haber culpado a los cristianos
injustamente, pero se declara convencido de que estos merecen
las peores penas, porque su superstición los impulsa a cometer
estas acciones. No comparte ni siquiera la compasión que muchos
experimentaron al verlos torturados.
 La célebre página de Tácito:
«Para cortar por lo sano los rumores públicos, Nerón inventó los
culpables, y sometió a refinadísimas penas a los que el pueblo
llamaba cristianos y que eran mal vistos por sus infamias. Su
nombre venía de Cristo, quien bajo el reinado de Tiberio había
sido condenado al suplicio por orden del procurador Poncio
Pilato.
 Momentáneamente adormecida, esta maléfica superstición irrumpió
de nuevo no solo en Judea, lugar de origen de ese azote, sino
también en Roma, adonde todo lo que es vergonzoso y abominable
viene a confluir y encuentra su consagración.  Primeramente
fueron arrestados los que hacían abierta confesión de tal
creencia.
 Después, tras denuncia de estos, fue arrestada una gran
muchedumbre, no tanto porque acusados de haber provocado el
incendio, sino porque se los consideraba encendidos en odio
contra el género humano.
Aquellos que iban a morir eran también expuestos a las burlas:
cubiertos de pieles de fieras, morían desgarrados por los
perros, o bien eran crucificados, o quemados vivos a manera de
antorchas que servían para iluminar las tinieblas cuando se
había puesto el sol. Nerón había ofrecido sus jardines para
gozar de tal espectáculo, mientras él anunciaba los juegos del
circo y en atuendo de cochero se mezclaba con el pueblo, o
estaba erguido sobre la carroza.
Por esto, aunque esos suplicios afectaban gente culpable y que
merecía semejantes tormentos originales, nacía sin embargo hacia
ellos un sentimiento de compasión, porque eran sacrificados no a
la común ventaja sino a la crueldad del príncipe» (15, 44).
 
Los cristianos eran considerados también por Tácito como gente
despreciable, capaz de crímenes horrendos. Los peores crímenes
hechos a los cristianos eran el infanticidio ritual y el
incesto. Estas acusaciones, nacidas del chismorreo de la
gentuza, fueron sancionadas por la autoridad del emperador,
persiguiendo a los cristianos y condenándolos a muerte.
Desde ese momento se añadió a la persecución contra los
cristianos un nuevo crimen: el odio contra el género humano.
Plinio el joven, irónicamente, escribirá que con una acusación
semejante se habría podido condenar a muerte a cualquiera.

Acusados de ateísmo

Las noticias de la persecución que afectó a los cristianos en el
año 89 son muy escasas, bajo el emperador Domiciano. Tiene mucha
importancia la noticia dicha por el historiador griego Dión
Casio, que en Roma fue pretor y cónsul. En el libro 67 de su
Historia Romana dice que bajo Domiciano fueron acusados y
condenados «por ateísmo» el consul Flavio Clemente y su mujer
Domitila, y con ellos muchos otros que «habían adoptado los usos
judaicos».
La acusación de ateísmo, en este siglo, es dirigida contra quien
no considera divinidad suprema la majestad imperial.
Domiciano, durísimo restaurador de la autoridad central, pide el
culto máximo a su persona, centro y garantía de la «civilización
humana».
Se sabe que un intelectual como Dión Casio llame «ateísmo» el
rechazo del culto al emperador. Significa que en Roma no se
admite ninguna idea de Dios que no coincida con la majestad
imperial. Quien tiene una idea diversa es eliminado como
gravemente peligroso para la «civilización humana».

Una asociación ilícita, pero en el fondo innocua

En el 111 Plinio el joven, gobernador de la Bitinia a orillas
del Mar Negro, estaba regresando de una inspección de su popular
y rica provincia cuando un incendio acabó con la capital,
Nicomedia. Mucho se habría podido salvar si hubiera habido
bomberos. Plinio da parte al emperador Trajano (98-117): «Te
toca a ti, señor, valuar si es necesario crear una asociación de
bomberos de 150 hombres. De mi parte, cuidaré de que tal
asociación no incorpore sino bomberos...» Trajano le responde
rechazando la idea: «No te olvides que tu provincia es presa de
sociedades de este género. Cualquiera sea su nombre, cualquiera
sea la finalidad que nosotros queramos dar a hombres reunidos en
un solo cuerpo, esto da lugar, en cada caso y rápidamente, a
eterías». El temor a las eterías (nombre griego de las
«asociaciones») prevaleció así sobre el temor a los incendios.
El fenómeno era antiguo. Las asociaciones de cualquier tipo que
se transformaban en grupos políticos habían conducido a César a
prohibir todas las asociaciones en el año 7 a. de J. C.:
«Quienquiera establezca una asociación sin autorización
especial, es pasible de las mismas penas de aquellos que atacan
a mano armada los lugares públicos y los templos». La ley estaba
siempre en vigor, pero las asociaciones seguían floreciendo:
desde los barqueros del Sena a los médicos de Avenches, desde
los comerciantes de vino de Lión a los trompetistas de Lamesi.
Todas defendían los intereses de sus afiliados ejerciendo
presiones sobre los poderes públicos.
Plinio no tardó en aplicar la prohibición de las eterías a un
caso particular que se le presentó en el otoño del 112. Bitinia
estaba llena de cristianos. «Es una muchedumbre de todas las
edades, de todas las condiciones, esparcida en las ciudades, en
la aldeas y en el campo», escribe al emperador. Continúa
diciendo que ha recibido denuncias por parte de los fabricantes
de amuletos religiosos, estorbados por los Cristianos que
predicaban la inutilidad de baratijas. Había creado una especie
de proceso para conocer bien los hechos, y había descubierto que
ellos tenían «la costumbre de reunirse en un día fijado, antes
de la salida del sol, de cantar un himno a Cristo como a un
dios, de comprometerse con juramento a no perpetrar crímenes, a
no cometer ni latrocinios ni pillajes ni adulterios, a no faltar
a la palabra dada.
Ellos tienen también la costumbre de reunirse para tomar su
comida que, no obstante las habladurías, es comida ordinaria e
innocua». Los cristianos no habían dejado estas reuniones ni
siquiera después de la orden del gobernador que decía la
interdicción de las eterías.
En la carta (10, 96), Plinio le dice al emperador que en todo
esto no ve nada malo. Pero la repulsa a ofrecer incienso y vino
delante de las estatuas del emperador le parece un acto de
escarnio sacrílego. La obsesión de estos cristianos le parece
«irrazonable y necia».
De la carta de Plinio aparece claro que han parado las
acusaciones absurdas de infanticidio ritual y de incesto. Quedan
las de «rehusarse a rendir culto al emperador» y de constituir
una etería.
El emperador responde: «Los cristianos no han de ser perseguidos
oficialmente. Si, en cambio, son denunciados y reconocidos
culpables, hay que condenarlos».
Con otras palabras: Trajano anima a cerrar un ojo sobre ellos:
son una etería innocua como los barqueros del Sena y los
vendedores de vino de Lión. Pero ya que están practicando una
«superstición irrazonable, tonta y fanática» (según la juzga
Plinio y otros intelectuales del tiempo como Epicteto), y ya que
continúan rehusando el culto al emperador (y por consiguiente se
consideran «ajenos» a la vida civil), no se puede pasar todo por
alto. Si son denunciados, se los ha de condenar. Continúa luego
el «No es lícito ser cristianos». Víctimas de este período son
por cierto el obispo de Jerusalén Simeón, crucificado a la edad
de 120 años, e Ignacio obispo de Antioquía, llevado a Roma como
ciudadano romano, y allí ajusticiado. La misma política hacia
los cristianos es la empleada por los emperadores Adriano
(117-138) y Antonino Pío (138-161).

Marco Aurelio: el cristianismo es una locura

Marco Aurelio (161-180), emperador filósofo, pasó 17 de sus 19
años de imperio guerreando. En las Memorias en que cada noche ,
bajo la tienda militar, anotaba algunos pensamientos «para sí
mismo», se encuentra un gran desprecio hacia el cristianismo. Lo
consideraba una locura, porque proponía a la gente común,
ignorante, una manera de comportarse (fraternidad universal,
perdón, sacrificarse por los otros sin esperar recompensa) que
solo los filósofos como él podían comprender y practicar después
de largas meditaciones y disciplinas. En un rescrito del 176-177
prohibió que sectarios fanáticos, con la introducción de cultos
hasta entonces desconocidos, pusieran en peligro la religión del
Estado. La situación de los cristianos, siempre desagradable,
bajo él se puso más áspera.
Las comunidades del Asia Menor fundadas por el apóstol Pablo
fueron sometidas día y noche a robos y saqueos por parte del
populacho. En Roma el filósofo Justino y un grupo de
intelectuales cristianos fueron condenados a muerte. La
cristiandad de Lión fue destruida a raíz de la acusación de
ateísmo e inmoralidad. (Perecieron entre torturas refinadas
también la muy joven Blandina y el quinceañero Póntico).
Las relaciones que nos han llegado dan a entender que la opinión
pública había ido creciendo con respecto a los cristianos.
Grandes calamidades públicas (de las guerras a la peste) habían
levantado la convicción de que los dioses estuvieran contra
Roma. Cuando se supo que en las celebraciones expiatorias
ordenadas por el emperador, los cristianos estaban ausentes, el
furor popular buscó pretextos para arremeter contra ellos.
Esta situación siguió también en los primeros años del emperador
Cómodo, hijo de Marco Aurelio.

La ofensiva de los intelectuales contra los cristianos

Bajo el reinado de Marco Aurelio, la ofensiva de los
intelectuales de Roma contra los cristianos fue muy alto.  «A
menudo y erróneamente - escribe Fabio Ruggiero - se cree que el
mundo antiguo combatió la nueva religión con las armas del
derecho y de la política. En una palabra, con las persecuciones.
Si esto puede ser verdadero (y, de todos modos, solo en parte)
para el primer siglo de la era cristiana, ya no lo es más a
partir de mediados del segundo siglo.

 Tanto el mundo gentil como la Iglesia comprenden, más o menos
en la misma época, la necesidad de combatirse y de dialogar en
el terreno de la argumentación filosófica y teológica.

La cultura antigua, entrenada desde siglos a todas las sutilezas
de la dialéctica, puede oponer armas intelectuales refinadísimas
al conjunto doctrinal cristiano, y muy pronto la misma Iglesia ,
dándose cuenta de la fuerza que el pensamiento clásico ejerce en
frenar la expansión del evangelio, comprende la necesidad de
elaborar un pensamiento filosófico-teológico genuinamente
cristiano, pero capaz al mismo tiempo de expresarse en un
lenguaje y en categorías culturales inteligibles por parte del
mundo grecorromano, en el cual viene a insertarse cada vez más».

Las argumentaciones de los intelectuales anticristianos

Las argumentaciones de Marco Aurelio (121-180), Galeno
(129-200), Luciano, Peregrino Proteo y especialmente de Celso
(los tres últimos escriben sus obras en la segunda mitad del
segundo siglo) se pueden resumir así:  « 'Ser salvado' de la
falta de sentido de la vida, del desorden de las vicisitudes, de
la nada de la muerte, del dolor, se puede dar tan solo en una
'sabiduría filosófica' por parte de una élite de raros
intelectuales.
El hecho de que los cristianos pongan esta 'salvación' en la
'fe' en un hombre crucificado (como los esclavos) en Palestina
(una provincia marginal) y proclamado resucitado, es una locura.
El hecho de que los cristianos crean en el mensaje de este
crucificado, dirigido preferentemente a los marginados y a los
pobres (al 'polvo humano') y que predica la fraternidad
universal (en una sociedad bien escalonada en forma de pirámide
y considerada 'orden natural') es otra locura intolerable que
causa fastidio , que lo trastorna todo. A los cristianos hay que
eliminarlos como destructores de la civilización humana».
La crítica de los intelectuales anticristianos se centra en la
idea misma de «revelación de lo alto», que no está basada sobre
la «sabiduría filosófica»; en las Escrituras cristianas, que
tienen contradicciones históricas, textuales, lógicas; en los
dogmas «irracionales»; en el asunto del Logos de Dios que se
hace carne (Evangelio de Juan) y se somete a la muerte de los
esclavos; en la moral cristiana (fidelidad en el matrimonio,
honestidad, respeto de los demás...) que puede ser alcanzada por
un pequeño grupo de filósofos, intelectualmente pobres.
Toda la doctrina cristiana, para estos intelectuales, es locura,
como locura es la pretensión de la resurrección (es decir, del
predominio de la vida sobre la muerte), la preferencia dada por
Dios a los humildes, la fraternidad universal. Todo esto es
irracional.
El filósofo griego Celso, en su Discurso verdadero, escribe:
«Recogiendo a gente ignorante, que pertenece a la población más
vil, los cristianos desprecian los honores y la púrpura, y
llegan hasta llamarse indistintamente hermanos y hermanas...
El objeto de su veneración es un hombre castigado con el último
de los suplicios, y del leño funesto de la cruz ellos hacen un
altar, como conviene a depravados y criminales».

Las primeras tranquilas reacciones de los cristianos

Durante años los cristianos estuvieron callados. Se expanden con
la fuerza silenciosa de la prohibición. Oponen amor y martirio a
las acusaciones más infamantes. Es en el segundo siglo cuando
sus primeros apologistas (Justino, Atenágoras, Taciano) niegan
con la evidencia de los hechos las acusaciones más infamantes, y
tratan de expresar su fe (nacida en tierra semítica y confiada a
«narraciones») en términos aceptables por un mundo de filosofía
grecorromana.
Los «ladrillos» bien alineados del mensaje de Jesucristo
empiezan a ser organizados conforme a una estructura
arquitectónica que pueda ser estimada por los griegos y romanos.
Serán Tertuliano en Occidente y Orígenes en Oriente (en el
tercer siglo) quienes den una forma sistemática e imponente a
toda la «sabiduría cristiana». Con los «ladrillos» del mensaje
de Jesucristo se intentará delinear la armonía de la basílica
romana; como después, con el pasar de los siglos, se intentará
delinear la audacia de la catedral gótica, la sólida serenidad
de la catedral románica, la fastuosidad de la iglesia barroca...

La grave crisis del tercer siglo (200-300)

El tercer siglo ve a Roma en una gravísima crisis. Las
relaciones entre cristianos e imperio romano se invierten (aun
cuando no todos lo perciben).
La gran crisis es así descrita por el historiador griego
Herodiano: «En los 200 años anteriores, no hubo nunca un
sucederse tan frecuente de soberanos, ni tantas guerras civiles
y guerras contra los pueblos limítrofes, ni tantos movimientos
de pueblos.
Hubo una cantidad incalculable de asaltos a ciudades en el
interior del imperio y en muchos países bárbaros, de terremotos
y pestilencias, de reyes y usurpadores. Algunos de ellos
ejercieron el mando largo tiempo, otros tuvieron el poder por
brevísimo tiempo. Alguno, proclamado emperador y honrado como
tal, duró un solo día y en seguida terminó».
El imperio romano se había extendido poco a poco con la
conquista de nuevas provincias. Esta continua conquista había
permitido la explotación de siempre nuevas tierras (Egipto era
el granero de Roma, España y la Galia su viñedo y olivar). Roma
se había adueñado de siempre nuevas minas (Dacia había sido
conquistada por sus minas de oro). Las guerras de conquista
habían procurado turbas inmensas de esclavos (los prisioneros de
guerra), mano de obra gratuita.
Hacia mediados del tercer siglo (alrededor del 250) se advirtió
que la fiesta se había acabado. Al este se había formado el
fuerte imperio de los sasánidas, que produjeron durísimos
ataques a los romanos.
 En el 260 fue capturado el emperador Valeriano con todo el
ejército de 70 mil hombres, y las provincias del este fueron
devastadas. La peste acabó con las legiones supervivientes y se
propagó lentamente a lo largo del imperio. Al norte se había
formado otro conjunto de pueblos fuertes: los godos. Inundaron a
Mesia y Dacia. El emperador Decio y su ejército en el 251 fueron
masacrados. Los godos bajaron devastando, desde el norte hasta
Esparta, Atenas, Ravena. Los escombros que dejaban eran
terribles. Perdieron la vida o fueron hechas esclavas la mayoría
de las personas cultas, que no pudieron ser sustituidas. La vida
regresó a un estado primitivo y selvático. La agricultura y el
comercio fueron aniquilados.
En este tiempo de grave incertidumbre las seguridades
garantizadas por el Estado se vienen abajo. Ahora son los
gentiles quienes se vuelven «irracionales», y confían no ya en
el orden imperial, sino en la protección de las divinidades más
misteriosas y raras. Sobre el Quirinal se levanta un templo a la
diosa egipcia Isis, el emperador Heliogábalo impone la adoración
del dios Sol, la gente recurre a ritos mágicos para tener lejos
la peste. Y sin embargo también en el tercer siglo hay años de
terrible persecución contra los cristianos. No ya en nombre de
su «irracionalidad» (en un mar de gente que se entrega a ritos
mágicos, el cristianismo es ahora el único sistema racional),
sino en nombre de la renacida limpieza étnica. Muchos
emperadores (por más que sean bárbaros de nacimiento) ven en el
retorno a la unidad centralizada el único camino de salvación.
 Y decretan la extinción de los cristianos cada vez más
numerosos para arrojar fuera de la etnia romana este «cuerpo
extraño» que se presenta cada vez más como una etnia nueva,
pronta a sustituir el imperio fundado sobre las armas, la
rapiña, la violencia.

Septimio Severo, Maximino el Tracio, Decio y Treboniano Gallo

Con Septimio Severo (193-211), fundador de la dinastía siria,
parece pronunciares para el cristianismo una fase de desarrollo
sin estorbos. Cristianos ocupan en la corte cargos influyentes.
Sólo en su décimo año de reinado (202) el emperador cambia
radicalmente de actitud. En el 202 aparece un edicto de Septimio
Severo, que conmina graves penas para quien se pase al judaísmo
y a la religión cristiana. El cambio del emperador, solamente se
puede comprender pensando que él se dio cuenta de que los
cristianos se unían cada vez más estrechamente en una sociedad
religiosa universal y organizada, dotada de una fuerte capacidad
íntima de oposición que a él le parecía sospechosa.
Las devastaciones más llamativas las sufrieron la célebre
Escuela de Alejandría y las comunidades cristianas de Africa.
Maximino el Tracio (235-238) tuvo una reacción violenta y cerril
contra quien había sido amigo de su predecesor, Alejandro
Severo, tolerante hacia los cristianos. Fue devastada la Iglesia
de Roma con la deportación a las minas de Cerdeña de los dos
jefes de la comunidad cristiana, el obispo Ponciano y el
presbítero Hipólito.
Que la actitud hacia los cristianos no ha cambiado en el vulgo,
nos lo manifiesta una verdadera caza a los cristianos que se
desencadenó en Capadocia cuando se creyó ver en ellos a los
culpables de un terremoto. La revuelta popular nos revela hasta
qué punto los cristianos eran todavía considerados «extraños y
maléficos» por la gente. (Cf K. Baus, Le origini, p. 282-287).
Bajo el emperador Decio (249-251) se desencadena la primera
persecución sistemática contra la Iglesia, con la intención de
desarraigarla definitivamente. Decio (que sucede a Filipo el
Arabe, muy favorable a los cristianos si no cristiano él mismo)
es un senador originario de Panonia, y está muy apegado a las
tradiciones romanas. Cree poder restaurar su unidad juntando
todas las energías alrededor de los dioses protectores del
Estado. Todos los habitantes están obligados a sacrificar a los
dioses y reciben, después, certificados. Las comunidades
cristianas se ven desconcertadas por la tempestad. Aquellos que
rehusan el acto de sumisión son arrestados, torturados,
ejecutados: así en Roma el obispo Fabián, y con él muchos
sacerdotes y laicos. En Alejandría hubo una persecución
acompañada de saqueos.
En Asia los mártires fueron numerosos: los obispos de Pérgamo,
Antioquía, Jerusalén. El gran estudioso Orígenes fue sometido a
una tortura deshumana, y sobrevivió cuatro años (reducido a una
larva humana) a los suplicios.
No todos los cristianos soportan la persecución. Muchos aceptan
sacrificar. Otros, mediante propinas, obtienen a escondidas los
famosos certificados. Entre ellos, según la carta 67 de
Cipriano, hay a lo menos dos obispos españoles. La persecución,
que parece herir mortalmente a la Iglesia, termina con la muerte
de Decio en combate contra los godos en la llanura de Dobrugia
(Rumania). (Cf M. Clèvenot, I Cristiani e il potere, p. 179 s.).
Los siete años sucesivos (250-257) son años de tranquilidad para
la Iglesia, turbada solamente en Roma por una breve oleada de
persecución cuando el emperador Treboniano Gallo (251-253) hace
arrestar al jefe de la comunidad cristiana Cornelio y lo
destierra a Centum Cellae (Civitavecchia). La conducta de Galo
se debió probablemente a condescendencia para con los humores
del pueblo, que atribuía a los cristianos la culpa de la peste
que asolaba al imperio. El cristianismo era todavía visto como
«superstición» extraña y maléfica (Cf K. Baus, Le origini, p.
292).

Valeriano y las finanzas del Imperio

En el cuarto año del reinado de Valeriano (257) se originó una
dura persecución de los cristianos. No se trató de un asunto de
religión, sino de dinero. Ante la precaria situación del
imperio, el consejero imperial (más tarde, usurpador) Macriano
indujo a Valeriano a intentar taponarla secuestrando los bienes
de los cristianos.
Hubo mártires ilustres (desde el obispo Cipriano a papa Sixto
II, al diácono Lorenzo). Pero fue tan solo un robo encubierto
por motivos ideológicos, que terminó con el trágico fin de
Valeriano. En el 259 cayó éste prisionero de los persas con todo
su ejército y fue obligado a una vida de esclavo, que lo llevó a
la muerte.
Los cuarenta años de paz que siguieron, favorecieron el
desarrollo interno y externo de la Iglesia. Varios cristianos
subieron a altos cargos del Estado y se mostraron hombres
capaces y honestos.

El desastre financiero recae sobre Diocleciano

En el 271 el emperador Aureliano ordenó a los soldados y a los
ciudadanos romanos abandonar a los godos la vasta provincia de
Dacia y sus minas de oro: la defensa de esas tierras costaba ya
demasiada sangre.
Puesto que no había más provincias para conquistar y explotar,
toda la atención se dirigió al ciudadano común. Sobre él se
abatieron impuestos, obligaciones, prestaciones (manutención de
acueductos, canales, cloacas, caminos, edificios públicos...)
cada vez más onerosos.Ya no se sabía si se trabajaba para
sobrevivir o para pagar los impuestos. En el año 284, después de
una brillante carrera militar, fue aclamado emperador
Diocleciano, de origen dálmata. Debido al desastre de las
provincias, en lo sucesivo los impuestos serían pagados per
cápita y por yugada, es decir, un tanto por cada persona y por
cada pedazo de terreno cultivable.
El cobro fue confiado a una burocracia enorme que no se dejaba
escapar nada haciendo imposible evadir el fisco, que castigaba
de manera deshumana a quien lo hacía y que costaba muchísimo al
Estado.
Los impuestos eran tan pesados que quitaban la gana de trabajar.
Remedio: Se prohibió abandonar el puesto de trabajo, el pedazo
de tierra que se cultivaba, el taller, el uniforme militar.
«Tuvo así inicio -escribe F. Oertel, profesor de historia
antigua en la Universidad de Bonn- la feroz tentativa del Estado
de exprimir la población hasta la última gota... Bajo
Diocleciano se realizó un integral socialismo de Estado:
terrorismo de funcionarios, fortísima limitación a la acción
individual, progresiva interferencia estatal, gravosa tasación».

Persecución de Galerio en nombre de Diocleciano

Los primeros veinte años del reinado de Diocleciano no vieron
molestados a los cristianos. En el 303, como un lance
imprevisto, se disparó la última gran persecución contra los
cristianos. «Es obra de Galerio, el 'César' de Diocleciano
-escribe F. Ruggiero-. Él puso término en el 303 a la política
prudente de Diocleciano, quien se había abstenido, no obstante
abrigara sentimientos tradicionalistas, de actos intransigentes
e intolerantes». Cuatro edictos consecutivos (febrero del 303-
febrero del 304) impusieron a los cristianos la destrucción de
las iglesias, la confiscación de los bienes, la entrega de los
libros sagrados, la tortura hasta la muerte para quien no
sacrificara al emperador.
 Como siempre, es difícil determinar qué motivos pudieron
inducir a Diocleciano a aprobar una política del género. Se
puede suponer que haya sido objeto de presiones por parte de los
ambientes paganos fanáticos que estaban detrás de Galerio.
En una situación de «angustia difusa» (como la llama Dodds),
solo el retorno a la antigua fe de Roma podía, a juicio de
Galerio y sus amigos, reanimar al pueblo y persuadirlo a
afrontar tantos sacrificios. Hacía falta un retorno a vetera
instituta, es decir, a las antiguas leyes y a la tradicional
disciplina romana. La persecución alcanzó su máxima intensidad
en Oriente, especialmente en Siria, Egipto y Asia Menor. A
Diocleciano, que abdicó en el 305, le sucedió como «Augusto»
Galerio, y como «César» Maximino Daya, quien se demostró más
fanático que él.
Solo en el 311, seis días antes de morir por un cáncer en la
garganta, Galerio emanó un airado decreto con que detenía la
persecución. Con ese decreto (que históricamente marcó la
definitiva libertad de ser cristianos), Galerio deploraba la
obstinación, la locura de los cristianos que en gran número se
habían rehusado a volver a la religión de la antigua Roma;
declaraba que perseguir a los cristianos ya era inútil; y los
exhortaba a rezar a su Dios por la salud del emperador.
Comentando ese decreto, F. Ruggiero escribe: «Los cristianos
habían sido un enemigo extremadamente anómalo. Por más de dos
siglos Roma había tratado de reabsorberlos en su propio tejido
social... Físicamente dentro de la civitas Romana, pero en
muchos aspectos ajenos a ella», habían al final determinado «una
radical transformación de la civitas misma en sentido
cristiano».

La revolución profunda

Las últimas persecuciones sistemáticas del tercero y cuarto
siglo habían resultado ineficaces como las esporádicas del
primero y segundo siglo. La limpieza étnica invocada y sostenida
por los intelectuales grecorromanos no se había llevado a cabo.
¿Por qué?
Porque las acusaciones indignadas de Celso («juntando gente
ignorante, que pertenece a la población más vil, los cristianos
desprecian los honores y la púrpura, y llegan hasta llamarse
indistintamente hermanos y hermanas») habían resultado a la
larga el mejor elogio de los cristianos. El llamamiento a la
dignidad de cada persona, aun la más humilde, y a la igualdad
frente a Dios (la punta más revolucionaria del mensaje
cristiano) había hecho silenciosamente su camino en la
conciencia de tantas personas y de tantos pueblos, a quienes los
romanos habían relegado a una posición miserable de esclavos por
nacimiento y de basura humana.

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