Partidos políticos de la Restauración española

Historia de España contemporánea. Siglo XIX, XX. Reinado de Alfonso XII, XIII. Regencia de María Cristina. Movimiento obrero. Anarquismo. Socialismo. Carlismo. Republicanismo. Nacionalismo catalán, vasco, gallego

  • Enviado por: Jesús Jurado Anaya
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 12 páginas
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Hª POLÍTICA Y SOCIAL CONTEMPORÁNEA

Los partidos políticos de la Restauración

1. LOS PARTIDOS DINÁSTICOS

1.1 El reinado de Alfonso XII

Como señalé en el anterior trabajo, la restauración de la monarquía alfonsina se vería traducida en lo político por la articulación de un modelo bipartidista, de inspiración inglesa, único sistema eficaz en el intento de estabilizar la monarquía parlamentaria a juicio de Cánovas. De esta forma, la vida política se establecerá sobre la base de los partidos que aceptan la legalidad constitucional: “un solo partido -diría Cánovas- no puede asegurar y hacer duradera la restauración (...) por ello mi deber es procurar cuanto esté a mi alcance de formación de grandes partidos políticos en los cuales pueda apoyarse el trono para las diversas soluciones que exigen los tiempos”.

Así, Cánovas emprenderá la tarea de institucionalización del sistema, mecanizando la formación de dos grandes partidos, fruto de la conveniencia política más estricta. Por un lado, el Partido Conservador, encabezado por el propio Cánovas, que se presenta como heredero de “moderados” y “unionistas”, basado en la aristocracia residente en Madrid, terratenientes, aristocracia rural y los moderados de clase media; junto a él -y por otro lado- el Partido “Fusionista” (más tarde conocido como Partido Liberal), unión de los “constitucionales” y “centralistas” del Sexenio, encabezado por Práxedes Mateo Sagasta, cuya base social se localizará en los medios comerciales e industriales.

El turno de partidos en el poder será el fruto de una cadena de pactos entre ambos, apoyados por la manipulación electoral, favorecida legalmente como expliqué en mi anterior análisis de la Constitución de 1876. Afirma Miguel Artola que Cánovas “confundió (...) el bipartidismo británico con una alternancia de partidos, que en Inglaterra era una posibilidad que no era en modo alguno regular, en tanto que en España se practicaba con un rigor cíclico que no tiene parecido con ningún país del continente”.

De este modo, comenzó el turno de partidos con dos gobiernos del Partido Conservador -uno de Martínez Campos y otro de Cánovas- en los que por una parte se reprimió a la oposición (censura de prensa y Ley Electoral de 1878, que favorecía el derecho a voto de los propietarios agrícolas frente al de la burguesía industrial, de carácter más progresista) y al mismo tiempo se favorecía su unificación (Asamblea monárquico-liberal de marzo de 1880, probablemente alentada por Cánovas). Así, Sagasta consiguió reunir en torno a sí a importantes figuras como Alonso Martínez (Centralista), Martínez Campos (que abandonó el Partido Conservador por diferencias con Cánovas), Jovellar, el Conde de Xiquena y otros, consolidando su Partido Liberal-Fusionista. El 10 de febrero de 1881 sería llamado por el rey a formar gobierno, tras lo cual procedió, como estaba previsto, a disolver las cámaras y convocar unas nuevas elecciones que le dieran la mayoría parlamentaria.

En estas elecciones de agosto de 1881, gracias a las medidas liberalizadores del nuevo gobierno (supresión de la censura previa en prensa), pudieron participar nuevos grupos como los demócratas posibilistas y republicanos afectos a Castelar, los progresistas de Cristino Martos y algunos de los miembros del antiguo Partido Radical del período revolucionario, así como los tradicionalistas (carlistas y la Unión Católica de Alejandro Pidal, algo más flexible que los anteriores), que sin embargo se unirían a las filas canovistas en 1884. Siguieron, pues, excluidos los partidos y grupos obreros, los republicanos federales de Pi y Margall y los republicanos revolucionarios de Ruiz Zorrilla, partidarios de un complot militar que acabara con la monarquía alfonsina.

Este proyecto golpista republicano cristalizó en agosto de 1883 con levantamientos militares en Badajoz, que no fueron secundados por los grupos obreros, poco atraídos por la república conservadora que proponía Ruiz Zorrilla. Aunque fueron rápidamente reprimidos por Martínez Campos, supusieron un duro golpe que desprestigió al gobierno sagastino. Lo que unido a la aparición oficial de la “Izquierda Dinástica” a finales de 1882 (facción del Partido Liberal a favor de una rápida y radical reforma democrática), liderada por Serrano y apoyada por grandes figuras como Montero Ríos o Moret, con gran apoyo parlamentario, acabará obligando a Sagasta a pedir al rey un decreto de disolución de las Cortes para proceder a unas nuevas elecciones, petición que le será denegada, llamando el monarca a Cánovas para la formación de un nuevo gobierno conservador en enero de 1884.

Las elecciones de abril de 1884 supusieron una gran victoria conservadora, puesto que los Liberales se presentaron divididos entre Fusionistas e Izquierda Dinástica, obteniendo los segundos un mayor número de escaños. El nuevo gobierno será breve debido a la grave crisis que sacudió a la monarquía por los nuevos levantamientos militares (republicanos en Gerona y carlistas en el Ampurdán) y sobre todo por la muerte de Alfonso XII el 5 de noviembre de 1885. A fin de salvar a la Corona de esta amenaza, Cánovas y Sagasta se reunirán en el Pacto de El Pardo, por el cual el primero se comprometía a ceder el gobierno (“a un nuevo reinado, como el que comenzó ayer -diría Cánovas-, le corresponden nuevos ministros también”) al reunificado Partido Liberal-Fusionista (salvo una pequeña sección izquierdista, los romeristas).

1.2 La regencia de Mª Cristina

La reina regente Mª Cristina (aún embarazada del futuro Alfonso XIII) hará formar gobierno a Sagasta, según lo acordado, dando así comienzo al “Gobierno largo” de los liberales, que se prolongará hasta 1890. Esta etapa trajo consigo una liberalización expresada en iniciativas como la Ley de Asociaciones (1887), que restablecía el derecho de asociación; la supresión de la esclavitud en Cuba (1886); el Código Civil (1889), en el que se exaltaba el derecho a la propiedad descuidando las facetas sociales; la creación de la jurisdicción contencioso-administrativa; y sobre todo la Ley de Sufragio Universal (1890), que ampliaba el electorado de 800.000 a 5.000.000 de españoles, todos varones mayores de 25 años. Los liberales dan por finalizado su programa legislativo y Cánovas, bajo el compromiso de respetar las medidas anteriores, es llamado a formar gobierno.

El sufragio universal no impidió la fraudulenta fabricación de mayorías desde el ministerio de Gobernación, pero lo dificultó bastante, especialmente en las grandes ciudades, donde se observó un triunfo de liberales y republicanos en estas elecciones de 1891. El gobierno conservador llevará a cabo fundamentalmente políticas proteccionistas, y será breve por la brecha abierta dentro del Partido entre Cánovas y Silvela, que lo abandonará hasta la muerte del primero, asumiendo entonces, como más tarde veremos, su presidencia. Sagasta forma nuevo gobierno (diciembre 1892) y convoca elecciones (enero 1893), en las que atraerá el apoyo de los posibilistas de Castelar, frente al fraccionamiento del Partido Conservador. Graves problemas en política exterior (Guerra de Marruecos e Insurrección Cubana) y, derivado de éstos, un enfrentamiento entre el Ejército y la Prensa, saldado con el asalto impune a los locales de dos periódicos por parte de militares, hacen que Sagasta presente su renuncia, aceptando Cánovas de nuevo la presidencia (marzo 1895), aunque manteniendo las Cortes de mayoría liberal hasta pasado un año

Una vez obtenida la mayoría conservadora en las elecciones de abril de 1896, Cánovas procede a endurecer la política exterior, destinando mayores recursos económicos y humanos a Cuba, e interior, reprimiendo los movimientos anarquistas (Juicios de Montjuich). Esto le costará su asesinato en octubre de 1897 por parte del anarquista Angiolillo. De esta forma, Sagasta ha de enfrentarse nuevamente al reto de formar gobierno a pocos meses del previsible Desastre del 98. Se ve, pues obligado a afrontar la responsabilidad de la rendición y defenderse de las críticas de socialistas, tradicionalistas y republicanos, que trascienden los hechos bélicos y cuestionan la misma esencia del régimen. Pierde su apoyo parlamentario y es llamado Silvela, ahora principal líder conservador, a formar gobierno. Se da un “relevo generacional” en las filas conservadoras, con figuras como Eduardo Dato, que proponen un plan reformista: ampliación de las bases del partido, inclusión de las reivindicaciones descentralizadoras de las burguesías regionales, y reajuste de la Hacienda y la economía nacionales. Pero un fuerte aumento de los impuestos les acarreó las críticas generales y graves problemas internos, así que 1901 Sagasta es llamado, por última vez, a ponerse al frente del país.

1.3 El reinado de Alfonso XIII

La muerte de Sagasta, el 5 de enero de 1903, trajo consigo el definitivo hundimiento del bipartidismo canovista. Dada la extrema similitud de los programas electorales de los Partidos Conservador y Liberal, que les hacía compartir no sólo la misma clientela electoral sino incluso algunas figuras políticas, sólo cabía la capacidad personal de dos líderes para dar vida al turno. Pero había demasiadas facciones beligerantes en ambos partidos como para hacer surgir un líder carismático.

Silvela, viejo y cansado, abandonó pronto la jefatura de su partido, cediéndosela a Maura, que se propuso una “revolución desde arriba” (idea propia del Regeneracionismo) para devolver la prosperidad económica, política y moral al país. Le disputó el liderazgo Fernández Villaverde (partidario tan sólo de ciertas reformas económicas), que finalmente consiguió formar gobierno en julio de 1903. Pero la autoridad de Maura entre los conservadores se reafirma y Alfonso XIII vuelve a nombrarlo jefe de gobierno en diciembre de ese mismo año, dando comienzo su “gobierno corto”, cargado de proposiciones de ley: sobre la Administración Local, el procedimiento electoral, la reorganización de la Armada... Pero interviene ahora un nuevo factor, la voluntad del joven rey. Recordemos que la Constitución de 1876 otorgaba al monarca enormes poderes, que Alfonso XII y su esposa apenas habían usado, confiando en el buen juicio de Cánovas y Sagasta. Sin embargo, Alfonso XIII hará desde el comienzo de su reinado un excesivo uso de ellos, provocando las llamadas “crisis orientales” (por el Palacio de Oriente, residencia real). Así pues, la caída de Maura en diciembre de 1904 ha de considerarse un simple capricho real.

Le tocaba el turno a los liberales, pero el liderazgo era aún más confuso en este partido. Se enfrentaban, en principio, Montero Ríos y Moret. El primero creía en la necesidad de atraerse a los sectores más moderados del republicanismo; el segundo no lo tenía tan claro. Otros “barones” del partido también reclamaban mayor protagonismo, y de este modo se suceden nada menos que cinco gobiernos (dos liderados por Moret, uno por Montero Ríos, otro López Domínguez y otro Vega Armijo) en apenas año y medio. Son gobiernos de gabinete, sin una autoridad destacada, que demuestran la desunión de los liberales. Y en este tormentoso momento cuando se da una difícil situación en Cataluña: el periódico satírico “Cu-Cut” publicó unas viñetas críticas con el Ejército, que respondió con el asalto de su sede por unos oficiales. El gobierno no se atreve a castigarlos y además los militares exigen el paso de los delitos “contra la Patria y el Ejército” a la jurisdicción militar. Moret acaba cediendo, promulgando la Ley de Jurisdicciones (marzo 1906). Esto provoca la creación de una plataforma de partidos, Solidaritat Catalana, que incluía desde carlistas hasta republicanos federales, y obtendría en las elecciones de 1907 nada menos que 41 de los 44 escaños correspondientes a Cataluña.

Ante esta crisis, Alfonso XIII vuelve a llamar a Maura en enero de 1907, y éste se propone llevar a cabo las reformas sobre la Administración y el sistema que no pudo completar en su anterior gobierno.

  • Reformas sociales: Creación del Instituto Nacional de Previsión, Ley de Descanso dominical, restricción del trabajo infantil y femenino

  • Intervencionismo económico: Ley de Protección Industrial

  • Reforma electoral: Obligatoriedad del voto (para politizar a las clases medias, reforzando los partidos dinásticos)

  • Descentralización: Ley de Administración Local (legalizaba las mancomunidades catalanas)

Las reformas no causaron buena impresión a los caciques de su partido, pero lo que determinó la caída de Maura más inmediatamente fue la Semana Trágica de Barcelona: los obreros se negaron a ser reclutados para la guerra de Marruecos y hubo luchas callejeras y quema de conventos. La durísima represión llevó a una serie de manifestaciones masivas contra Maura, a quien finalmente el rey destituyó.

Al frente del Partido Liberal había conseguido llegar Canalejas, que al ser nombrado presidente en febrero de 1910 planteó nuevas propuestas, a la que se opusieron distintos grupos sociales:

  • Sustitución de los consumos (impuestos indirectos sobre productos de primera necesidad) por impuestos progresivos sobre la renta. A esta ley se opusieron, como es lógico, las clases acomodadas.

  • Ley de Reclutamiento, que establecía el servicio militar obligatorio sólo en tiempos de guerra. Críticas de los militares.

  • Reformas en la financiación de la Iglesia y Ley del Candado (que prohibía la entrada de nuevas órdenes religiosas), que acarrearon un conflicto con el Vaticano y la derecha católica.

  • Acercamiento al catalanismo con la Ley de Mancomunidades, que posibilitaba la unión de distintas Diputaciones.

  • Arbitraje estatal en los conflictos laborales y prohibición de la huelga revolucionaria. El movimiento obrero manifestó su desacuerdo.

Pese a este talante progresista, o quizá precisamente por ello, Canalejas fue asesinado por un anarquista en noviembre de 1912. Alfonso XIII llamó entonces a formar gobierno a Dato, opuesto a Maura y nuevo líder conservador. El gobierno de Eduardo Dato (1912-1917) tendrá que hacer frente a las presiones derivadas de la I Guerra Mundial, la Revolución Rusa, la Guerra de Marruecos y las reivindicaciones nacionalistas y obreras. Se hacen frecuentes las disoluciones de las Cortes, las medidas autoritarias, los atentados, las huelgas generales... El sistema es cada vez más inestable e ineficaz. De esta forma, tras la caída de Dato, desgastado tras cinco años de mandato, comienzan los llamados “gobiernos de concentración”, que agrupan a liberales y conservadores. Es la muerte del bipartidismo, y sólo se intenta ya retrasar el hundimiento definitivo de la Monarquía.

En los seis años que van desde 1917 a 1923 se suceden nada menos que trece gobiernos. Ante esta total inestabilidad, agudizada por huelgas generales a las que siguen violentas represiones, el general Miguel Primo de Rivera da el 13 de septiembre de 1923 un golpe de Estado con el beneplácito del rey, dando fin al régimen constitucional.

2. EL MOVIMIENTO OBRERO

Para comprender la evolución del movimiento obrero en la España de la Restauración es necesario señalar antes sus antecedentes, especialmente los del Sexenio Revolucionario. En nuestro país, hasta el decreto de libertad de asociación promulgado por el gobierno provisional revolucionario de 1868 (y sancionado constitucionalmente por los artículos 17 a 19 de la Constitución de 1869), el asociacionismo obrero se desenvolvió en condiciones de prohibición y clandestinidad. A partir de 1868 se desarrollarán los acontecimientos que irán dando cuerpo a la organización del proletariado español.

Así, inmediatamente después del decreto de libertad de asociación, se funda en Barcelona la Dirección Central de Asociaciones Obreras que articulará las sociedades de resistencia que habían subsistido al período de clandestinidad y aquellas creadas al amparo de la nueva situación. Pronto, en el congreso de diciembre de 1868, se transformará en el Centro Federal de las Sociedades Obreras. A este congreso concurrirán 61 sociedades y se definirá partidario de la forma de gobierno republicano-federal. Poco después llegará a España el primer representante de la Internacional Obrera fundada en Londres en 1864, el italiano Giuseppe Fanelli, enviado de Bakunin. Fanelli creará tanto en Madrid como en Barcelona los primeros núcleos de la Internacional en España, al tiempo que abrirá las bases de la posterior dualidad de orientaciones del proletariado español:

  • La línea del socialismo de base marxista, que cree en las posibilidades del juego político y en las perspectivas revolucionarias del marxismo, señaladas en las declaraciones del II Congreso de la Internacional en dos puntos básicos: que “la emancipación de los trabajadores es inseparable de su emancipación política” y que “el establecimiento de libertades políticas es una medida principal de absoluta necesidad”.

  • La línea sindicalista, con componentes ácratas, alejada y enemiga de la acción política, confiada en las posibilidades de una organización meramente sindicalista y en los resultados finales de la acción directa, la huelga general revolucionaria y la destrucción del Estado por el proletariado. Dicha línea crecerá en conexión con la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, que se declarará colectivista, federalista, anarquista y finalmente atea, rechazando “toda acción revolucionaria que no tenga por objeto inmediato y directo el triunfo de la causa de los trabajadores contra el capital; pues quiere que todos los estados políticos actualmente existentes se reduzcan a simples funciones administrativas de los servicios públicos en sus países respectivos, estableciéndose la unión universal de las libres asociaciones tanto agrícolas como industriales”.

  • Del Centro Federal de Asociaciones Obreras, adherido a la Internacional y que contará ya desde 1869 con el primer periódico obrero español, “La Federación”, surgirá, desde el núcleo internacionalista de Madrid, una propuesta (febrero 1870) a todas las sociedades obreras para la celebración de un congreso nacional. Este congreso se celebraría en Barcelona a partir del 19 de julio de 1870 bajo el lema de la Internacional: “No más derechos sin deberes, no más deberes sin derechos”, y contó con la participación de unas 140 sociedades, representadas por entre 85 y 100 delegados. Se llegó finalmente a la redacción de dos dictámenes: el primero reconocía la orientación bakuninista y la reticencia a la burguesía revolucionaria; el segundo se refería a la organización interna de los trabajadores, y daría lugar a las estructuras sobre las cuales se basaría la Federación Regional Española. Según este dictamen, los trabajadores se asociarían por oficios formando Secciones, que al federarse constituirían la federación local; la unión de las distintas federaciones locales da lugar a la Federación Regional-nacional, cuya representación es un consejo federal elegido por los congresos.

    De esta forma nace la Federación Regional Española de la Internacional, en un clima en el cual aún no se manifiestan con claridad las contradicciones entre sus dos líneas ideológicas básicas, lo que sucederá a raíz de la Conferencia de Londres de 1871, donde estallaría la divergencia entre la corriente autoritaria (Marxismo) y antiautoritaria (Bakuninismo). El estallido de la Comuna de París ese mismo año pondrá en alerta a la burguesía española, que acusará a la Internacional de fomentar las huelgas revolucionarias, nombrándola enemiga de la moral, la religión y la patria, poniendo en tela de juicio su legalidad.

    Finalmente, el golpe de Estado del general Pavía acabará con el período republicano; en enero de 1874 Serrano disuelve legalmente la Internacional en España. Se abre así una nueva etapa de clandestinidad en la que además se producirá la definitiva escisión del proletariado español.

    2.1 El anarquismo:

    La ilegalizada FRE estaba dividida en anarquistas (revolucionarios y federacionistas) y societarios (pacíficos y sindicalistas). Estos últimos pudieron beneficiarse en 1876 de la libertad de asociación promulgada por la Constitución; no así los anarquistas, objeto de la represión canovista. Este clima de violencia y represión llevaría a la huida o deportación a América de numerosos obreros, que expandirían en el este continente su ideología, y a la disolución en 1881 de la FRE por sus problemas internos. Pero ese mismo año se funda en Barcelona la Federación de Trabajadores de la Región Española, su heredera, en la que vuelven a enfrentarse dos tendencias: los bakuninistas anarco-colectivistas (mayoritarios entre los obreros catalanes) y los kropotkinianos anarco-comunistas (mayoritarios en el campo andaluz). Estos últimos supuestamente crean -nunca quedó demostrado y pudo ser un montaje policial- la Mano Negra, una asociación secreta de carácter terrorista, que centraba su acción en sabotajes y acosos a terratenientes. Fuera o no real, la Mano Negra se convirtió en un instrumento de las autoridades contra el anarquismo andaluz, que llevaron a cabo una brutal e indiscriminada represión. La FTRE condenó los actos de la Mano Negra, lo que provocó su abandono por parte de las secciones andaluzas, y finalmente su desaparición en 1887.

    Se crea entonces el Pacto por la Unión y la Solidaridad, entre societario y anarquista, formado únicamente por catalanes y levantinos y sin más objetivos que “las ocho horas y la emancipación de la clase trabajadora”, a conseguir básicamente mediante la huelga, lo que les llevará a pactar con los socialistas en mayo de 1890. En cambio, el anarquismo andaluz insistirá en su carácter violento: en febrero de 1892 millares de campesinos armados con hoces, guadañas y palos tomarán Jerez de la Frontera sembrando el terror entre los propietarios, a causa de las malas cosechas y un aumento del paro. La Guardia Civil reprimió el levantamiento, comenzando entonces una espiral de violencia que incluyó la ejecución de numerosos anarquistas por un lado, y por el otro los atentados contra Martínez Campos (1893), la procesión del Corpus de Barcelona (1896), Cánovas (1897), etc.

    En 1896 se disuelve el Pacto por la Unión y la Solidaridad por una radicalización general del movimiento, provocada por la desproporcionada reacción gubernamental ante los atentados. Se producen levantamientos sindicalistas en Levante y comienza el apoyo de intelectuales como Leopoldo Alas “Clarín” o Miguel de Unamuno, mediante su participación en la revista anarco-comunista “Tierra y Libertad”.

    A comienzos de siglo, la acción terrorista e individual ya había mostrado su ineficacia. El anarquismo se centra ahora, por tanto, en el paro violento como táctica revolucionaria. A esta estrategia responden las huelgas generales de Gijón, La Coruña y Sevilla en 1901, aunque continúen los actos terroristas tales como los atentados contra Maura (1904) y Alfonso XIII (en París en 1905 y en su boda en 1906). En 1907 es fundada Solidaridad Obrera, más radical que el Pacto anterior y principal factor de los sucesos de la Semana Trágica. Tras la represión, Solidaridad Obrera se transforma en un sindicato de masas: la Confederación Nacional del Trabajo.

    En 1911 la CNT celebra su primer Congreso, en el que se marcaron 3 puntos clave:

  • Organización federalista

  • Apoliticismo, buscando agrupar a todos los trabajadores sin credo político definido

  • Acción directa, esto es, la resolución de los conflictos entre patronal y obreros sin intervención de mediadores

  • La asociación es ilegalizada ese mismo año y hasta 1914, cuando se alía con la UGT contra la Guerra Mundial. Pero la Revolución Bolchevique debilitaría mucho el movimiento anarquista, ya que muchos de sus miembros se pasaron a las filas del comunismo. En cualquier caso, y pese a las reservas propias de su apoliticismo, la CNT apoyó la Revolución Rusa, pero no llega a entrar en la III Internacional. A partir de 1918, y alentado por algunos éxitos parciales en cuestiones laborales, el anarquismo apuesta decididamente por el acoso terrorista a la patronal, que responde contratando a otros pistoleros. Ante esta situación surgen cuatro posturas:

  • Posibilistas (Seguí, Boal, Peiró): Pretenden minimizar la violencia y serán por ello asesinados por sus compañeros más radicales.

  • Indecisos (Pestaña, Buenacasa): Cercanos a los anteriores, pero con menor compromiso.

  • Procomunistas (Nin, Maurín, Arlandis): acabarán formando parte del PCE

  • “Grupos Secretos” (Durruti, Jover, García Oliver): Proclives al terrorismo antipatronal y fundadores, en 1927, de la FAI

  • A la llegada de la Dictadura la CNT estaba en apogeo, con más de 600.000 afiliados, y de entre todas sus corrientes internas (anarquistas, sindicalistas, anarco-sindicalistas y anarco-comunistas), se imponía la facción más violenta de los anarcosindicalistas.

    2.2 El Socialismo:

    La llegada a Madrid en 1872 de Paul Lafargue, yerno de Marx, había provocado la expulsión de la corriente marxista de la Federación Regional Española, creando los expulsados la Nueva Federación Regional Española, grupo que, influenciado por Engels, se transformará en 1879 en el Partido Socialista Democrático (más tarde Obrero) Español, liderado por Pablo Iglesias y que reclamaba la abolición de las clases, la posesión del poder político por la clase trabajadora y la transformación de la propiedad privada en propiedad social, añadiendo una serie de objetivos inmediatos como el derecho de huelga o la reducción del horario de trabajo. Este recién fundado PSOE tendría, por ahora, verdadera implantación sólo en Madrid.

    El PSOE marcaría su línea de acción con dos hechos: una huelga de tipógrafos (la primera del reinado de Alfonso XII) y su presentación a las elecciones legislativas (con ningún éxito, dado el sufragio censitario entonces vigente). El Congreso Obrero de Barcelona de 1882 recomendará la afiliación al PSOE, que se verá aún más reforzado tras la creación del periódico “El Socialista”, que permitió la organización y coordinación de las distintas agrupaciones socialistas creadas en Madrid, Aragón, Castilla, Cataluña, Valencia y País Vasco.

    En el Congreso Obrero de Barcelona de 1888 se fundaría la Unión General de Trabajadores como agrupación apolítica con el mayor número posible de afiliados que, por medio de la huelga, obtuviese mejoras concretas. A pesar de su carácter apolítico, la UGT mantuvo desde el principio una estrecha relación con el Partido Socialista, tanto en orientación política como en cargos de dirección compartidos.

    En 1890 se constituye en París la II Internacional (exclusivamente marxista), cuya principal decisión fue la convocatoria de una huelga-manifestación el 1º de mayo en homenaje a los anarquistas asesinados en Chicago y para reivindicar la jornada laboral de 8 horas. La dirección de la huelga en España fue básicamente socialista, pero en Cataluña fue también apoyada por anarco-sindicalistas. Se mostró entonces la fuerza del joven movimiento, pues paralizó las principales ciudades -Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao- hasta tal punto que el presidente Sagasta tuvo que negociar con una comisión delegada. La jornada de 8 horas se conseguiría al año siguiente.

    La proclamación del sufragio universal en 1890 supuso una gran esperanza para los socialistas, que se presentaron a las elecciones sin coaligarse con ningún partido burgués. El fraude electoral les hacía casi imposible lograr un escaño, pero al menos podían utilizar las campañas electorales como método de agitación y propaganda. Con todo, en 1898 ya obtenían oficialmente más de 20.000 votos. En 1909 obtendrían su primer escaño, participando activamente en la vida política y aliándose con catalanistas y republicanos en la Semana Trágica de Barcelona.

    En estas dos primeras décadas del S. XX el PSOE se reafirma como Partido, dada su disciplina, organización, sentido táctico y carácter de masas, y se extiende por nuevas zonas del territorio español, como Asturias, Andalucía y Extremadura. Muestra de ello es que a la muerte de Pablo Iglesias, en 1919, el Partido ya cuenta con más de 40.000 afiliados, y la UGT con 112.000. Pero en 1921 sufrirá una escisión: la creación de la III Internacional planteaba al socialismo español adherirse a la línea comunista del movimiento obrero o permanecer bajo los postulados de la II. Surgen entonces los llamados “terceristas”, que crean el Partido Comunista Obrero Español, y a ellos se le une el Comité Nacional de Juventudes Socialistas, dando origen al definitivo Partido Comunista de España.

    3. EL CARLISMO

    Tras su derrota en 1874, el Carlismo se enfrentaba al reto de la incorporación al panorama político como un nuevo partido de ámbito nacional. Para ello, Carlos VIII eligió a Cándido Nocedal, procedente del liberalismo isabelino, como líder del partido. Con él se unieron a las filas carlistas los llamados “neocatólicos”: restos del Partido Moderado y liberales católicos. Sin embargo, una vez vieron asentada la monarquía alfonsina, muchos de estos, liderados por Alejandro Pidal, se pasaron al Partido Conservador, argumentando que era prioritario defender la unidad católica prescindiendo de principios dinásticos o legitimistas.

    Este cisma no tuvo mayores consecuencias, sin embargo distinto fue el caso de los “integristas”. El integrismo era un movimiento que se estaba dando entonces en toda Europa y se basaba en la dualidad Bien-Mal, el rechazo a la libertad de opinión y el pluralismo político, y la supeditación del poder civil al religioso. Ramón Nocedal, líder integrista e hijo del ya difunto líder carlista, acusará a Carlos VIII de liberal, fundando el nuevo Partido Católico Monárquico en 1889.

    Vázquez de Mella encabezó una nueva escisión en el seno del carlismo a raíz del posicionamiento de Jaime I (sucesor de Carlos VIII) a favor de los aliados en la I Guerra Mundial. Los “mellistas”, como se llamó a sus partidarios, eran germanófilos y rechazaban el progresismo del nuevo “rey”, que llegó a definirse como socialista y se alió con republicanos y obreros frente al gobierno de Madrid.

    Por tanto, vemos que en este período el carlismo se debilita y escinde en varias familias a derecha e izquierda. La II República hará volver a los integristas al seno del movimiento, lo que determinará su apoyo al golpe del General Franco. Sin embargo, el jaimismo será la facción que finalmente se imponga, definiéndose hoy día el Partido Carlista como socialista autogestionario y federalista.

    4. EL REPUBLICANISMO

    Después de 1874, el movimiento republicano cae en el desencantamiento, sufre la represión y se divide en múltiples facciones. La mayoría de los republicanos se exilia en Francia, por lo que muchas de sus ideas están basadas en la III República Francesa.

    El republicanismo padeció demasiados personalismos, que se expresaron en una gran división interna. Estas son las principales corrientes: apoyo

  • Federalistas: Eran los más numerosos y estaban liderados por Pi i Margall. El Partido Republicano Federal tuvo en principio el respaldo de las clases populares urbanas en Cataluña, Valencia y Andalucía, pero el crecimiento del PSOE le restó gran parte de su apoyo.

  • Unionistas: Liberales y burgueses, apuestan por la unidad política y territorial de España. Liderados por Nicolás Salmerón, crean en 1891 el Partido Centralista.

  • Radicales: Careciendo de apoyo popular, se lanzan a la lucha armada (pronunciamientos de 1883 y 1886). Su jefe es Ruiz Zorrilla y se agrupan en el Partido Republicano Radical.

  • Posibilistas: Grupo de demócratas conservadores, partidarios de la unidad nacional y el orden social y encabezados por Emilio Castelar. Aceptan participar en el sistema político restauracionista mediante el Partido Republicano Posibilista y pactan en ocasiones con los liberales.

  • En lo restante del S. XIX no fueron capaces de renovarse doctrinalmente y se enzarzaron en largas polémicas. Intentaron, sin embargo, formar frentes comunes, como el Partido Demócrata Progresista (Salmerón, Zorrilla y el federalista Figueras) o la Asamblea Nacional Republicana, después Unión Republicana, que en 1893 consigue fundir a Federalistas y Unionistas.

    A partir de 1903 surgen nuevos líderes republicanos, lo que unido al “antimaurismo” y a la alianza con socialistas y catalanistas, provoca un alza del republicanismo. Tras la muerte de Ruiz Zorrilla, el Partido Republicano Radical toma nuevo impulso con la dirección del populista Lerroux. Nace también un nuevo partido republicano, el Partido Reformista, liderado por Gumersindo de Azcárate y Melquíades Álvarez, proclive a atraerse al liberalismo dinástico. El apoyo de Alfonso XIII a la Dictadura fomentará la unión y el fortalecimiento de los republicanos.

    5. LOS NACIONALISMOS

    El nacimiento de los nacionalismos periféricos en la España decimonónica está vinculado a factores culturales, sociales y políticos: por un lado tiene fuertes raíces culturales, lingüísticas, históricas, etc., y por otro es una reacción frente al centralismo del Estado Liberal y su cultura castellanizada.

    5.1 El nacionalismo catalán

    Desde 1830 se venía dando en Cataluña un movimiento cultural y literario romántico que pretendía recuperar la lengua y cultura catalanas, la Renaixença. El catalanismo político, sin embargo, es más tardío y tiene dos vertientes: una federalista y republicana, y otra tradicionalista y católica.

    El ex-republicano federalista Almirall creó en 1882 una fuerza política desligada de los partidos estatales: el Centre Catalá, cuyo objetivo es conseguir la autonomía. En 1885 redacta el “Memorial de agravios” contra Cataluña, entregado a Alfonso XII como protesta contra el librecambio que perjudica a la industria catalana.

    El fracaso de Almirall provoca la fundación de Unió Catalanista en 1891, que expresó su ideología en las “Bases de Manresa”: un poder regional autónomo como objetivo, el sufragio censitario, la recuperación de las Cortes Catalanas y el rechazo de derechos y libertades. Unió Catalanista rechazó la participación política, lo que motivó a Francesc Cambó a fundar la Lliga Regionalista en 1901 con un fuerte apoyo entre la burguesía catalana, afectada por el Desastre del 98.

    La Lliga propugna un ideal de intervención en el Estado, renunciando así al nacionalismo y apostando un regionalismo bien entendido. La formación en 1906 de Solidaritat Catalana constituyó un intento de configurar un bloque sólido frente al centralismo y autoritarismo de los gobiernos de Madrid, pero su fracaso desengaña a muchos catalanistas. Además, la Guerra Mundial demuestra que la burguesía catalana depende económicamente de las medidas proteccionistas estatales, dependencia que se hará también política cuando necesite la fuerza represora del Estado frente al pistolerismo anarquista. De este modo, el regionalismo burgués catalán pasa a formar parte del bloque de apoyo de la oligarquía liberal-conservadora, entrando algunos de sus miembros en los últimos gobiernos de concentración del régimen constitucional.

    5.2 El nacionalismo vasco

    La abolición de los fueros tras la III Guerra Carlista provoca un movimiento esencialmente rural a favor de la reintegración foral y la recuperación de la cultura vasca, frente a la industrialización que atrae a millares de trabajadores de toda España a las capitales vascas. La burguesía, en cambio, se beneficia de este auge industrial y de los “conciertos económicos” con el Estado. Esta identificación del capitalismo y el centralismo con lo español origina un pensamiento ultracatólico y antiliberal, inspirado en parte en el carlismo.

    Con estas ideas funda Sabino Arana en 1895 el Partido Nacionalista Vasco, opuesto al liberalismo, la industrialización, el españolismo y el socialismo. Se declara en principio independentista, pero al obtener tan sólo el apoyo de ciertos sectores de la burguesía bilbaína se modera, optando por el autonomismo. Los grandes industriales y las clases medias urbanas y rurales apoyarán al nuevo partido por temor al avance del socialismo en sus tierras. A partir de 1918 el PNV se hará hegemónico en los escaños correspondientes a las provincias vascas.

    5.3 El nacionalismo gallego

    Aunque con menor importancia que en los casos anteriores, también Galicia tuvo su Rexurdimento, un movimiento cultural y literario en pro del galleguismo. Hay dos corrientes: una progresista y liberal (con Rosalía de Castro o Manuel Murguía) y otra conservadora y católica (con Alfredo Brañas). El atraso socioeconómico gallego dificulta su implantación, llegando sólo a una minoría intelectual. El S. XX trae consigo la visión más progresista y combativa de Rodríguez Castelâo.

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    • Web del Partido Carlista - www.partidocarlista.com